Mostrando entradas con la etiqueta Oscar Wilde. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oscar Wilde. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de noviembre de 2015

La historia real de noviembre: Cementerios

El primero de noviembre, miles de personas acuden a los cementerios a rendir honores a sus familiares o amigos fallecidos. Como toda actividad humana que implica a mucha gente, el hecho ha dado lugar a unas rutinas o circunstancias que, vistas desde fuera, pueden suscitar la curiosidad o directamente la sorpresa. Quizás, en ese sentido, la costumbre de mantener las tumbas limpias todo el año (incluso pasando el trapo por la propia) y disfrutar casi de una convivencia natural con los muertos que se produce en La Mancha y que retrataba Almodóvar en la película "Volver", sea una de las más llamativas. Pero, cuando no hay nadie, los cementerios pueden también ser lugares tremendamente interesantes. Bien sea porque se haya decidido rendir altos honores a la persona fenecida, o porque ese camposanto presente alguna característica particular que le haga único, hay necrópolis tan significativas que son incluso receptoras de una gran afluencia turística. En esta entrada, vamos a definir algunos de los tipos de cementerios más interesantes del mundo por donde podéis daros un garbeo y echar un vistazo. De hecho, yo mismo he visitado (a veces cámara en mano, como podréis comprobar) algunos de ellos, hasta tal punto que mi familia me ha preguntado por qué me entusiasma tanto "ir a ver muertos". Los motivos más interesantes por los que darse una vuelta por un cementerio pueden ser:

Cementerios hermosos: En nuestro intento por honrar a los que pasaron a mejor vida, algunos camposantos son auténticas obras de arte. Muchos contienen entre sus habitantes a individuos de excepcional fama y reconocidos en vida, como es el caso del camposanto de Père-Lachaise en París, el cementerio Tijvinskoe de San Petersburgo, el Panteón romano, la Santa Croce florentina (de la que Stendhal salió con su famoso síndrome, apabullado por su belleza), el cementerio de La Almudena en Madrid, o la abadía de Westminster en Londres. No obstante, otros cementerios (o tumbas individuales) son simplemente bellos porque alguien quiso específicamente que el ser querido que había pasado a mejor vida tuviera un hermoso lugar de descanso. Algunos "últimos refugios" no sólo son hermosos por cómo se configuraron, sino que han ido ganando con los años. Por ejemplo, la tumba de Oscar Wilde en el Père-Lachaise tenía tantas marcas de carmín procedentes de personas que querían honrarla con un beso, que las autoridades tuvieron que instalar un cristal protector para evitar que la corrosiva pintura de labios las deteriore. Luego (como esto de la belleza siempre es subjetivo), para gustos los colores. Por ejemplo, en Washington, el cementerio de Arlington a los fallecidos en la Segunda Guerra Mundial -con todas sus cruces dispuestas de una manera tan solemne y geométrica-, es desde luego impresionante, y también lo son los distintos memoriales a los soldados fallecidos en las diversas guerras que ocupan algunos de los espacios más significativos de la capital estadounidense. Pero como digo, ya es cuestión de opiniones. De hecho, a mí y a mi acompañante nos parecieron especialmente curiosos los cementerios turcos, con sus lápidas cubiertas por turbantes o sombreros de fez. Éste en concreto que os muestro en una de las fotografía de abajo (el camposanto del Monasterio de los Derviches, en Estambul), tiene la particularidad de poseer unos habitantes vivos muy especiales. Quieras que no, un poco de vitalidad siempre le da cierta alegría a los muertos.


Tumba de Oscar Wilde en Père-Lachaise, cubierta de marcas de besos de sus fans. Imagen original extraída de aquí.


Habitantes (latientes y que no lo son tanto) del pequeño cementerio del Monasterio de los Derviches en Estambul. Si los gatos gozan de libertad absoluta en la ciudad de los vivos, ¿por qué no iban a hacerlo en la de los muertos?


La tumba de George Wombwell, feriante, en Highgate (Londres), con una estatua del león Nero, uno de los animales que presentó en sus espectáculos. El amor de este señor por los animales es discutible, pero no cabe duda de que la imagen de Nero es majestuosa. Quizás por eso a mi amigo Fernando, fundador de Los Argonautas, le guste tanto. Imagen extraída de Wikicommons.

Tumbas de individuos reconocidos: A veces no basta con tener enterrados a nuestros ilustres prohombres en el cementerio más prestigioso de la ciudad, sino que se construye una estructura completa dedicada a ellos. Esto ocurre más frecuentemente cuando es el mismo gobernante el que diseña su tumba para que sea venerada en tiempos futuros, como es el caso de las pirámides de Giza o las tumbas de los monarcas españoles en El Escorial. En otras ocasiones, es la fama del cadáver que estos edificios contienen lo que les convierte en centro de peregrinación, como es el caso de Napoleón Bonaparte y su actual localización en el palacio de Les Invalides en Francia. Pero quizás el colmo de la exageración post-mortem la tenga la tumba del Primer Emperador de China, Shih Huang-Ti. Preocupado por la inmortalidad, diseñó aún así un complejo funerario de dimensiones desproporcionadas, del cual los guerreros de Xian tan sólo constituyen la puerta de entrada a una reproducción del mundo exterior que contendría seguramente canales de mercurio para simular los ríos, y joyas brillantes ancladas sobre una bóveda para hacerse pasar por estrellas. Tales maravillas, sin embargo, todavía no han podido ser contempladas por los ojos del siglo XXI: por un lado, porque los arqueólogos chinos dudan de que a día de hoy dispongamos de tecnología suficiente para preservar todas esas maravillas en cuanto salgan a la luz; y porque la leyenda dice, además, que la tumba está sazonada de trampas al más puro estilo Indiana Jones, para así evitar que los extraños saqueen el monumento. ¿Llegaremos a contemplarlo algún día? Las que son más difíciles que algún día veamos son las de Alejandro Magno y Gengis Khan. La primera, emplazada en Alejandría, se perdió seguramente durante las revueltas religiosas que precedieron a la caída del Imperio Romano, mientras que la segunda fue enterrada a conciencia en un lugar perdido en el desierto, liquidando después a los que conocían su ubicación para asegurarse de que nadie la pudiera nunca encontrar. Quizás, uno de los misterios de la arqueología más fascinantes entre los que aún no han sido resueltos.


Está claro que Keops, Kefrén y Mikerinos se quedaron a gusto con sus "tumbitas".


Los guerreros de Xian: guardianes custodios de un sueño todavía mucho mayor.

Cementerios originales: La originalidad siempre radica un poco en el punto de vista. Quizás para un judío no sea muy novedoso el camposanto hebreo en Praga, pero para el resto de las personas que habitan por esa zona (muchos de los cuales tan sólo penetran por visitar la tumba de Frank Kafka), desde luego sí que lo es. Aunque otros ofrecen más unanimidad: es el caso del cementerio colgante de Sagrada en Filipinas, el cementerio alegre de Sapantza en Rumanía, o el extraño caso del osario de Sedlec en la República Checa, donde los propios huesos se han utilizado como parte de la decoración de la capilla situada debajo de la iglesia original. Un poco macabro para el gusto de algunos, aunque sin duda ideal para los seguidores más acérrimos de Tim Burton. Tampoco hace falta irse muy lejos para encontrar tumbas originales: a las afueras de Madrid, un cementerio de animales rinde tributo a las mascotas que pasaron a mejor vida. Por otro lado, yo le tengo especial cariño (por motivos personales) al Tofet de Cartago, aunque, quizás, cuando uno descubre que la mayor parte de sus moradores son niños sacrificados a los dioses en virtud de una religión ancestral, lo mismo no te hace tanta gracia. Pero no quiero profundizar en esa historia, porque en otros escritos anteriores ya he hablado alguna vez de ella.


Lámpara de araña elaborada con huesos en el osario de Sedlec (República Checa). Imagen extraída de Wikicommons.

Cementerios bajo tierra: Todo lo que no queremos ver o pretendemos perder de vista rápidamente, lo enterramos bajo tierra. Desde los fallecidos que nos provocan angustia o pánico a la muerte, hasta (como decía Scorsese) los individuos que estorban a la mafia en una tumba improvisada en el desierto alrededor de la ciudad de Las Vegas. Pero enterrar los cuerpos a gran profundidad es casi imprescindible en el caso de que la presencia de los cadáveres cerca de la superficie suponga un riesgo para la salud humana (tal es el origen de las catacumbas de París) o de que los entierros que se celebren lo hagan bajo un rito no tolerado en aquella época (ése es el motivo por el que los cristianos construyeron las catacumbas en Roma). Por supuesto, tan tétrico ambiente ha servido de inspiración para múltiples sucesos de ficción, incluyendo desde reuniones de los Iluminati hasta un paseo de Frodo y Quasimodo de camino a la Corte de los Milagros en la novela de Víctor Hugo "Nuestra señora de París". Y seguro que para muchas más historias futuras.


Detalle de las catacumbas de París. Imagen extraída de Wikicommons.

Cementerios bajo el agua: Aunque es raro e incluso complicado a nivel práctico que los seres humanos quieran enterrar a los suyos cerca de una superficie líquida (salvo en los clásicos rituales vikingos), si nos ponemos un poco más metafóricos, existen ciudades enteras sumergidas bajo el agua (como los restos de buena parte de la antigua Alejandría, tras sucesivos terremotos) que pueden constituir en sí mismo el cementerio de una completa civilización. Asimismo, y como no sólo los seres humanos dejan de pasear por la superficie de la tierra -o del agua-, existen también cementerios de barcos hundidos, como en las islas Chuuk o en las cercanías de la costa española de Finisterre. En el mismo sentido (y ya fuera del agua), existen cementerios de aviones, de automóviles, pueblos fantasma por la desaparición de sus habitantes (ya sea por una guerra o por simple abandono)... Mención aparte (y volviendo al líquido elemento) merece mención esa región del Pacífico Sur donde las agencias espaciales planean el hundimiento de las sondas espaciales que retornan a la Tierra, y de la que ya hablamos en alguna otra ocasión, y que aunque está demasiado dispersa como para que la consideremos un cementerio, sí es un lugar adonde van a parar objetos en su día muy valiosos y ahora olvidados y perdidos por el hombre. Una definición quizás demasiado certera de cómo acabaremos también nosotros.

Cementerios donde vive gente: Podríamos hacer chistes sobre lo cara que está la vivienda y demás, pero la verdad es que los que sufren esta situación están para pocas bromas. Aprovechando el espacio, los más míseros entre los miserables instalan su hogar en el único sitio donde pueden permitírselo: dentro de los panteones familiares, o instalando frágiles tenderetes entre las lápidas para procurarse un refugio lo más decente posible. En La Ciudad de los Muertos de El Cairo o en el cementerio de Navotas en Manila, los habitantes que duermen sobre las tumbas procuran sin embargo darle un toque de color a su situación, y les agradecen en todo caso a los dueños de las lápidas que (en el caso de que conozcan sus circunstancias) les hayan permitido instalarse allí. Una muestra más de lo mal repartido que está el mundo, y quizás una contradicción al viejo dicho de que la muerte, al final, es lo único que nos acaba igualando a todos.

Cementerios imaginarios: Igual que se dice que hay cementerios de película, y el cine y la literatura han empleado a muchos reales para ambientar algunas de sus escenas más sobrecogedoras, también ha habido otros que se han creado específicamente para la ocasión. Es el caso del cementerio donde está enterrado el padre de Tom Riddle en la saga de Harry Potter, y que juega un papel muy importante en la trama de novelas. También tenemos (en un aspecto algo más figurado) el Cementerio de los Libros Olvidados de la saga de Carlos Ruiz Zafón. Por otro lado, más de una historia ha surgido de hoteles encantados o residencias malditas por su supuesta edificación encima de un cementerio indio. Con lo cual uno se pregunta quién es el malvado de la película de miedo, si los fantasmas o los tipos que concedieron el permiso de obra.

Y éstos son algunos de los cementerios más interesantes que se nos han ocurrido. Supongo que cada uno tiene sus preferencias (quizás el favorito sea el de vuestro pueblo, o donde se hallan enterrados vuestros familiares), pero estamos abiertos a sugerencias. ¿Alguno que echéis de menos?¿Uno que creáis que no debería faltar, aunque sólo sea por la importancia personal que tiene para vosotros? Si es así, escribidnos, y no dudéis en adjuntar foto. Los cementerios, al fin y al cabo, no se hacen sólo para los muertos, sino sobre todo para los vivos, para que podamos admirarlos. Y que, de esa manera, recordemos a los que están enterrados allí. Feliz Día de los Difuntos, para los que lo celebréis, y para los que no, al menos disfrutad de esta colección de tumbas. Y cuidaros mucho de no acabar demasiado pronto dentro de una. Hasta la próxima vez.

lunes, 12 de noviembre de 2012

La historia real de noviembre: "No lo hice por mi familia"

No lo hice por mi familia

            Hoy toca hablar de un personaje peculiar donde los haya. Genio, seductor, brillante, loco (¿quién de los que posee los tres primeros adjetivos no contiene parte del cuarto), derrochador de estilo y de vida, provocador y opuesto al sistema, azote de las normas establecidas, y por encima de todo, un profundo desdichado. Se llamaba Oscar Wilde.

            El destino de Wilde se ve abocado a la tragedia ya desde su mismo nacimiento. Es hijo de una destacada nacionalista irlandesa, la cual lamentaba profundamente no haber tenido una niña en lugar de un varón, y trata de compensarlo vistiendo a su descendiente de niña. Probablemente en este momento ya se marcó de manera indeleble la naturaleza de la existencia de Wilde, no tanto como homosexual, sino como ficha fuera de juego, nacido varón en lugar de hembra, en el siglo equivocado en el país equivocado. Un par de milenios antes, un siglo y poco después, Wilde hubiera tal vez sido dichoso. Pero nuestro joven Óscar, vestido ahora con traje de muñecas, no es capaz de predecir un negro y tortuoso futuro: aunque quizá en el fondo de sus infantiles sopas, comience a vislumbrar sombras...

            Hay dos maneras de asumir la diferencia: ocultarla y enterrarla para siempre en un zulo, o exhibirla y presentarla como un auténtico distintivo y punta de lanza. Wilde optó por esto último. Vestía chaquetas de terciopelo de vivos colores (rojos, verdes, explosivos rosas). Se paseaba con un girasol en la solapa y marcando tendencias en la moda, variando cada semana, incluso en el mismo día. Como era natural, ese tipo de comportamiento en la Inglaterra victoriana, tan cercana en algunos aspectos al mismo Medievo, no era demasiado bien acogida. De hecho, un grupo de compañeros universitarios de Wilde le alzaron en grupo y le arrojaron al río, a lo cual el escritor respondió con un irónico comentario acerca del excelente estado del agua, invitando incluso a sus rivales a que disfrutaran del baño. Así era Wilde: de cada humillación, hacía una exaltación de sí mismo. Lejos de agachar la cabeza, la elevaba casi hasta el cielo. Su pecado preferido, por supuesto, era la soberbia.

            De hecho, cuando llegó a los Estados Unidos, dispuesto a hacer explotar su fama como escritor y como hombre del momento, y le preguntaron si tenía algo que declarar, éste sólo afirmó, con entusiasmo, “Nada, salvo mi genio”. Era ingenioso y agudo, sutil y mordaz en sus comedias, y él lo sabía, y estaba dispuesto a venderse caro por ello. Se convirtió en un artista de éxito, presumía de un arte estéril y sin funciones políticas, puramente inútil y anhelante de la belleza en sí misma, y puso de moda todo un estilo (imitado por buena parte de la juventud) de pensamiento, en el vestir, y en el comportamiento como dandy. Pero incluso al más cabeza loca le toca sentar la cabeza, y Wilde, como todo caballero inglés, se acaba casando y teniendo hijos. Comienza quizás la etapa más rutinaria y aburrida de la existencia de este ser excepcional: ejerce como periodista, vive de manera asentada y burguesa. Pero eso sí, empieza una novela. Se llama "El Retrato de Dorian Gray", y es una obra maestra, dicen que la mejor novela en literatura inglesa. Y al mismo tiempo, y con el paso de los años, va descubriendo un nuevo aspecto de su vida, una caja de Pandora que ya no podrá cerrar.

            Un compañero mío tiene una curiosa teoría. Han sido muchos los críticos que han argumentado que con Dorian Gray, aquel individuo que disfrutó el privilegio de ser eternamente joven, Wilde manifestó una de sus más oníricas aspiraciones. Hasta ahí, estamos todos de acuerdo. Mi amigo llega un paso más allá. Explica que en realidad, y aunque fuera de manera inconsciente, Wilde reflejó en Gray buena parte de lo que había en él mismo. Según mi compañero, Wilde, como Gray, abusó en su juventud de su extrema belleza y de su condición de dandy, y fue como él, demasiado cruel, demasiado orgulloso y demasiado egoísta, y quizás el tándem Wilde-Gray pensara, al final de su vida, que si hubiera pensado menos en él mismo y más en los demás, quizás le hubiera ido mucho mejor. Personalmente, me resultaba particularmente difícil creer que un hombre fuera capaz de autoinculparse de esa manera, fuera de forma consciente o inconsciente, pero luego mi amigo me recordó el hecho de que Wilde murió de sífilis. La teoría me entusiasmó, y fue entonces cuando me propuse profundizar en la vida de Wilde.

            No obstante, analizado este punto, creo que la teoría de mi amigo no puede considerarse correcta del todo (aunque, en honor al rigor, bien pudiera ser que el equivocado fuera yo: mi conocimiento de Wilde no es tan exhaustivo como el de un biógrafo). Para el momento en que Wilde empieza a redactar El retrato de Dorian Gray (inspirado, efectivamente, por el comentario de un pintor acerca de la belleza de un joven que retrataba, y la posibilidad de que la eternidad del cuadro se transfiriera de manera perenne al joven), Wilde está felizmente casado, manteniendo una vulgar y anodina existencia similar a la que practican las personas que más aborrecen su modo de vida, y todavía no ha tenido tiempo de arrepentirse de su alocada vida pasada. Las consideraciones morales de este relato tampoco parecen tan imprescindibles en el análisis, ya que el propio Wilde, en un prólogo al libro que pretendía suavizar las críticas escandalosas que provocó la historia (donde entre el cínico lord Alfred y el joven Gray se da lo que constituye bastante claramente una relación entre joven y hombre maduro), afirma que los libros no son “buenos” ni “malos”, ni éticos ni malsanos, que el arte no tiene función para con la moral, que tan sólo existen, en la liteatura, la belleza, y la fealdad, y que si alguien encuentra maldad en las cosas bellas, es su ojo el que está viciado, y no el de la obra. A Wilde parecen interesarle más bien poco los aspectos moralizantes del relato, y por eso, aunque narra una historia cuyo germen y desarrollo serían más propios de Poe o de Stevenson, las consideraciones morales se convierten en una pura excusa para describir otra serie de cosas que sólo el genio atormentado y sufriente de Wilde podía escribir. De hecho, y volviend al tema de la autobiografía, la sífilis la adquiere probablemente poco después del inicio de la escritura del libro, y es justamente al final de la redacción de este cuando Wilde comienza a darse cuenta de que la existencia dentro de su matrimonio no le reporta toda la felicidad que quisiera y comienza a frecuentar ocultos y anónimos círculos de relaciones con hombres. Desconocemos en gran parte cómo serían ese tipo de contacto: hoy en día, en que las cosas son más explícitas –aunque no por ello, desgraciadamente, menos terribles de desvelar ante la opinión pública-, dos personas de tendencias homosexuales pueden conocerse a través de Internet, o incluso, de manera más tórrida, encontrar lugares comunes donde desconocidos sin riesgos pueden practicar sexo ocasional con el que dar rienda suelta a sus emociones ocultas. Pero estamos hablando de una época, y de una sociedad, muy distinta a la que vivimos en estos inicios de siglo XXI. La sociedad victoriana, y su prolongación eduardiana en el tiempo, era, en el fondo, un profundo gueto cerrado, un conjunto urbanizable rodeado de setos, detrás de los cuales, como en las novelas de Isabel Allende, se escondían las más terribles torturas. Lo importante no era lo que se hacía, sino lo que se decía, no lo que se era, sino lo que se aparentaba. Una sociedad llena de buenas maneras y convencionalismos sociales, que ocultaba detrás de sí mucho barro y mucha hipocresía, que admitía tan sólo un molde por el cual hacer las cosas, y a todo aquel que se saliera de él le atacaba, como a una galleta mal hecha. Así, entre tazas de té y gestos de amaneramiento, esta sociedad fue capaz de reventar como si se trataran de bueyes a los esclavos que adquiría en territorios colonizados, de instigar un profundo racismo de clases entre las carreras de caballos y los barrios industriales, y de albergar en su interior, aún escondidas, intenciones eugenésicas, y ciertas veleidades a favor de un futuro movimiento nazi. En realidad, el carácter de esta sociedad no era sino una extensión de la caracterísitica flema y superioridad británica (pecado de superioridad en el que, de un modo u otro, hemos caído buena parte de los pueblos), impulsada por el hecho de un imperio universal, y que se manifestó en actitudes tales como considerar las hambrunas en Irlanda un castigo divino en pago con la desidia del pueblo pelirrojo, o en bautizar barcos cada vez más grandes como los más imposibles de hundir en el mundo. Aquella situación, por supuesto, como todo estado totalitario y absoluto, atenazaba a las individualidades, e impedían que éstas florecieran, las forzaba a marchitarse. Virginia Woolf (otra de las grandes excluidas) en su obra Orlando, de profundos tintes homosexuales, describía de manera alegórica el completo siglo XIX como una gigantesca enredadera que había invadido el mundo, llegando hasta las mismas alturas de haber ocultado el sol, e impedir que la tierra disfrutara de él. El cristianismo vil que se practicaba, de cruz y de espada, rechazaba por completo las relaciones homosexuales, y consiguió que se prohibieran legalmente –en el caso del lesbianismo, ni siquiera eso: la reina Victoria, cuando se lo propusieron, afirmó que era inconcebible que dos señoritas realizaran actos de ese tipo-, con lo cual a un homosexual, en esta época, se le hacía absolutamente imposible llevar una vida normal, pues en cada avance, en cada paso, se encontraba con un escalón traicionero, con un muro insalvable, que no era capaz de escalar. Un gay, en esta época, no tenía otra salida que ocultarlo, o llevar su pasión en secreto, y de hacerlo, exponerse siempre no sólo a la vergüenza de ser descubierto, sino a la propia culpabilidad que la sociedad le había implantado, que le hacía considerarse un ser odioso y un pecador contra Dios y contra el hombre, alternando (suponemos, sobre todo, en el caso de Wilde), la rebeldía contra el sistema y contra toda la sociedad victoriana, con un profundo desprecio por sí mismo y su autoconsideración como ser amoral y depravado. ¿Se escondía detrás de todo el narcisismo de Wilde, después de todo, una deprivadísima autoestima? Quién sabe. Como decimos, esta situación de autoflagelamiento probablemente haría que las relaciones entre hombres (en ese oscuro ciclo detrás de las paredes de las mansiones victorianas), no llegaran a ser tan profundas como actualmente, sino que se limitarían a una relación de camadería y de amistad entre varones, de la misma manera en que lo hacen Aquiles y Patroclo, o los propios Gray y lord Alfred, casi siempre con el mismo estereotipo, la madurez experienciada frente a la bisoñez, con el único valor de su propia juventud. Pero volviendo a El Retrato, la teoría de mi compañero se vuelve mucho más extraordinaria si pensamos en Dorian Gray no como una representación de lo que le ha ocurrido a Wilde, sino más bien, de lo que le ocurrirá. Será un Wilde mucho más añejo, mucho más maltratado, el de la Balada de Reading o De Profundis, el que manifeste abiertamente los errores que cometió en su vida pasada, y las profundas consecuencias a las que le ha llevado -sobre todo- confiar en personas en las que no se debería haber apoyado. Será entonces cuando comience a manifestar los síntomas de la sífilis, y cuando, por aquella época, añore esos días de egocentrismo y de rosas en los cuales se sentía tan bien y que fueron, sin embargo, la base de su perdición. Pero no sería extraño considerar que Wilde, en cierta medida, ha sido capaz de ir más allá, y de retratar, quince años antes, no lo que es, sino lo que acabaría por ser. El médico Trousseu descubrió un síntoma, prototípico del cáncer de páncreas, que se acabaría encontrarndo en él mismo años después. El propio Delibes, en La hoja roja, describe la vida de un anciano que se ve morir, y acabaría convirtiéndose, en la senectud, en protagonista de su propio libro. Tal vez, incluso más clarividente, conscientemente o por casualidad, Wilde no contó lo que era en ese momento, sino que describió, a priori, la situación que acabaría por sufir, anticipándose en varios años a su propia vivencia. Convirtiéndose, sin quererlo, en el monstruo que acabó soñando, y que nunca meditó si podía ser. Encarcelado entre rejas de terciopelo por un pecado que hoy en día no hubiera sido sino una existencia corriente, sino, incluso según en que círculos, un modo de obtener el estrellato. Como decimos, Wilde se equivocó de siglo. De haber nacido con Isabel II, quizás no sería tan famoso, tan sólo un presentador de televisión de cierto renombre: pero hubiera sido más feliz.

            (En estos momentos, y aunque aparentemente no venga muy a cuento, me viene a la mente una escena de JFK: en ella, el personaje de Joe Pesci, un conspirador sádico y acelerado, el cual se dedica a avanzar en todo momento a mil revoluciones por minuto, y que consciente de que esa noche va a morir, recita como una plegaria estas palabras, y al hacerlo su tono se enlentece por primera vez en toda su frenética huida: “Yo quería ser sacerdote. Orar. Rogar. Amar a Dios. Pero sólo tenía un defecto... –dice entre lágirmas-. Un único y jodido defecto...” Nos es difícil de creer, hasta inverosímil, que un asesino enajenado y apegado a todos los vicios como el que interpreta Joe Pesci fuera a convertirse en una hermanita de la caridad sólo porque los sacerdotes hubieran dejado de lado su homosexualidad: de hecho, y con su peluquín de brillante cabello rojo, me lo imagino más siendo acusado de pederastia y protagonizando un sonoro escándalo eclesiástico, años después. Pero es curioso pensar la manera en que la simple cuestión sexual referente a una persona puede alterar de manera absolutamente radical su modo de vida, y conducirle desde la paz y la tranquilidad de la oración a una paranoica comedia dirigida a asesinar a todo un presidente de los Estados Unidos. El caso, aunque lejano, podría ser comparable al de muchos homosexuales hoy en día, y también al de Óscar Wilde. En muchos casos no se trata de la vida que les tocó vivir: sino la existencia que, después de todo, y en este caso de verdad contra natura, como introduciendo a golpes un cuadrado metálico en un círculo, les hizo comportarse de una manera, que hubiera sido la única posible: y la sola forma de actuar era explotar).

            La cuestión es que Wilde entra en el círculo gay del momento, y entonces, poco después de la finalización de la obra por la que es más conocido, conoce a “Bossie”. Bossie en realidad el apelativo cariñoso del aristócrata Alfred Douglas, bastante más joven que Wilde en esos momentos. Junto a él, el escritor irlandés encuentra su alma gemela, la persona con la que quiere compartir, más allá que con su esposa y con sus hijos, una forma de comportarse que es más real y más auténtica que la que le obliga a llevar la sociedad debido a su cortedad de miras. Bossie y Oscar pasean, almuerzan, comparten conversaciones y una casi convivencia juntos, y aunque luego Wilde se quejaría de la volubilidad y el comportamiento caprichoso de su compañero durante estos encuentros, no podemos dudarlo, en aquellos momentos, era feliz. No obstante, la felicidad para algunas personas, como casi siempre, no puede durar demasiado: ya se encargan de destruirla los demás.

            Efectivamente: en 1895, el padre de Bossie, lord Douglas, que ha seguido la relación de Wilde con su hijo y no la aprueba con buenos ojos, se atreve a dar un último paso, y le entrega una notita en mano a Wilde en los baños públicos. La nota le acusa, literalmente, de “sondomía”. Así, con falta de ortografía y todo. La historia se podría haber quedado allí simplemente, y no seguir mucho más, tan sólo por el hecho de que a la sociedad victoriana no le gustaba demasiado airear esta clase de asuntos. Pero no a Wilde. No con Wilde. Terriblemente aconsejado, probablemente llevado por ese espíritu que le acompañaba desde su niñez y que le obligaba, como Cyrano, a no ocultar sus defectos, sino a probar que eran superiores a cualquiera de las virtudes de sus coetáneos, Wilde demanda a lord Douglas por injurias. Comienza entonces un juicio, efectivamente, o más bien, un escarnio público. Sólo que el animal desnudo que va a quedar ensangrentado en mitad de la plaza, aquel al que la multitud va a gritar y pedir que le arrojen las picotas, no va a ser lord Douglas, sino él.

            Porque las acusaciones a lord Douglas, un reconocido miembro de la sociedad británica, se difuminan rápidamente, y se vuelven entonces en una terrible acusación contra Wilde, la de tendencias homosexuales. En aquella época, no existía la idea de que pudiera existir una personalidad homosexual. Se sabía de actos homosexuales, de comportamientos y de gestos, pero no formaba parte de las creencias de esta sociedad abigarrada el que un ser humano pudiera constituirse así, de esta manera, de tener adquirida de manera natural y consustancial el gusto por los hombres como parte de sí mismo. La homosexualidad era un delito, como el robo o las tendencias homicidas, y por tanto, como todo delito, tenía sus inductores, que por tanto debían ser condenados culpables. Para la alta sociedad británica, era mucho más fácil señalar a una sola persona como perversor y corruptor de la juventud (a la manera de Sócrates), que reconocer que algunos de los Bossie, los Johnnie, los hijos de los lores (y algún hombre adulto), tenían una pulsión inconfesable e irreconocible dentro de su interior, y que por tanto la completa sociedad del Imperio que había conquistado el mundo, desde sus más profundas raíces, se encontraba construida a base de madera podrida, y por tanto ponía de manifiesto la absoluta falsedad de unas convenciones y todo un orquestamento social refugiado en sí mismo a cuya intolerancia sólo un par de guerras mundiales, y muchos mártires sacrificados, fueron capaces de derribar. Y Wilde, además, era el arquetipo ideal del chivo expiatorio: con su forma de ser exagerada e histriónica, su ego narcisista y sus chaquetas de terciopelo y sus flores, constituía el puntal ideal a quien culpar de todos los males de esos chicos desviados (por supuesto, no era suya la culpa, sino del monstruo que les manipuló), y de paso cercenar de raíz un movimiento, el de la numerosa caterva de jóvenes que habían tomado como modelo a Wilde, a quien muchos miraron con recelo desde el principio, y sobre el cual las calvas cabezas cubiertas de empolvadas pelucas pretendían triunfar. La sociedad impuso su reto, y Wilde lo aceptó: y lo hizo, como siempre, a su manera. Como hacía todas las cosas.

            Convirtió el juicio en un espectáculo, en un show de ingenio y un duelo de mentes. A la pregunta del fiscal de si prefería la compañía de un hombre joven, Wilde declaró que le entusiasmaba más media hora con un hombre joven que un largo interrogatorio, incluso aunque fuera del señor fiscal. Sobre la cuestión del juez acerca de ciertas ideas suyas sobre Dios, contestó “He dicho que el mundo acabaría pronto, porque la mitad de la humanidad ya no creía en Dios, y la otra mitad no creía todavía en mí”. Y lo peor fue cuando los procuradores quisieron demostrar que mantenía relaciones con jóvenes a partir de uno de sus poemas. En respuesta a esto, Wilde lanzó una hermosa, vibrante, maravillosa disertación en favor de la amistad masculina, tratando de ensalzar el valor de ésta en sí misma, pero lo peor es que cuanto más ardientemente defendía su causa, cuando más febril se hallaba en su discurso, más convencidos se encontraban los escandalizados responsables de su futuro de que Wilde se había acostado continuamente con hombres. Al día siguiente, además, se trajeron testigos de las correrías nocturnas de Wilde, y allí el héroe se derrumbó: ya no pudo hacer nada. Fue condenado a dos años de trabajos forzados en la cárcel de Reading; ni tan siquiera trató de huir, para lo cual le ofrecieron ayuda sus amigos. La sociedad, como una célula a un parásito, lo había expulsado definitivamente de su círculo. En un mundo como éste, aquello equivalía a la muerte. Como Fouché de las conspiraciones napoleónicas, sufrió el fantasma del desierto. Por fin se había cumplido aquel sueño del entorno social que le había albergado: un rechazo que Wilde había denunciado en muchas de sus obras de teatro, y que de manera concluyente, por fin se había manifestado con todo su dolor.

            Podemos imaginar los años terribles de Wilde en la cárcel, él, todo un dandy y un aristócrata, un alma sensible y poética, dedicado a arrastrar pesadamente una rueda en un estéril y sombrío trabajo, rodeado de hombres pertenencientes a la peor calaña. Se encuentra deprimido y hundido. Escribe La balada de la cárcel de Reading, y De Profundis, una carta de queja y lamento ante Bossie (el cual se había refugiado detrás de las faldas de su padre, y renegado completamente de Wilde y de sus actos; luego, más adelante, quizás arrepentido, y como Wilde, se adhirió a la fé católica), quizás la más terrible misiva de amor despechado jamás redactada, reprochándole sus veleidades, sus inconsistencias, cuán falso era probablemente el amor que decía sentir por él (y aunque nunca expresa abiertamente estos sentimientos, probablemente acostumbrado a tapar todo con una cortina de amistad, tal y como exigía la sociedad del momento, el lenguaje no deja dudar a duda: nos hallamos ante un mensaje como el que podría haber tenido lugar entre una Madame Bovary y uno de sus amantes). Durante estos momentos, en los cuales hasta el habla le está en algunos momentos prohibido, Wilde siente sin duda el impulso de suicidarse. Una vez se le quitan las ganas cuando escucha, mientras pasea por el patio, unas palabras de labios de los rudos presos: “De todos los que estamos aquí, el señor Wilde quizás sea el que más sufra de todos nosotros”. A lo cual Wilde, sin volverse, negó con la cabeza en un gesto de humildad, “Todos somos igualmente desgraciados”.

            Luego el preso de la cárcel de Reading, celda C-33 (se haría una novela de H. Crane con este título) sale a al calle, y se autoexilia a París. Allí, lo que está viviendo de verdad es una muerte premeditadamente buscada y silenciosa, un auténtico suicidio en vida. Vaga errático, camina consumido además por una sífilis que le matará en pocos años. Se cambia de nombre –terrible es cuando pierdes incluso aquello que más invariablemente durante toda tu vida te ha definido-, y pretende que le olvide todo el mundo. Para los demás, está muerto, y sólo queda consumar el acto definitivo, el hecho en carne. De hecho, está a punto de hacerlo, de arrojarse al agua mientras contempla una noria batiendo en el río, pero entonces se le acerca un vagabundo, que se encuentra mirándole y también a la noria, y Óscar le pregunta, descarnado: “¿Qué?¿Usted también está desesperado?”, a lo cual el miserable le contesta, admirando su cabeza: “No, señor. Me encanta el ondulado. Soy peluquero”. A Wilde le chocó tanto la respuesta, que se le pasó el coraje, y se le quitaron las ganas de suicidarse.

            Wilde murió el 30 de noviembre de 1900, sin ver alumbrar el cambio de siglo, en el hotel d´Alsace de París, de una meningitis cerebral. Bossie se portó mucho mejor en la muerte que en la vida, y pagó los costes de Sebastián Malmouth, el último alter ego de Wilde. Sobre su mayor amor, el escritor irlandés lo resumiría todo en una frase “la diferencia entre una pasión y un capricho, es que el capricho dura un poco más”.

            Pero, ¿y su familia?¿Qué ocurrió con ella? Ocurrió que sufrió. Que tuvo que afrontar el escarnio público, otro cambio de nombre, y que su mujer (la cual murió antes de que Wilde saliera de la cárcel) tuviera que aceptar no que Óscar amara a otros hombres, sino sobre todo, que se amara más a sí mismo, hasta tal punto que fuera capaz de arriesgar en el altar público de un juicio toda su estabilidad y la de su familia, importándole tan sólo su propio ego malherido, sin considerar el futuro de las personas que le rodeaban –incluyendo también las de su propio círculo clandestino gay, los cuales también fueron afectados por su caída-. De este hecho puede considerársele -en su mayor parte- culpable a la sociedad de aquel tiempo (muy similar en ese aspecto a la de ahora), la cual fuerza a los homosexuales a casarse contra natura como coartada para su crimen, y hace que luego, al tener que ceder -como es lógico e inevitable-, a lo que verdaderamente sienten, acaba generando a veces situaciones como el maltrato, la traición o la desdicha (el propio Wilde afirmaría: "Todos los hombres han vivido su propia vida y han pagado un precio por ello. Lo único lamentable es tener que pagar tantas veces por un solo error."); pero no podemos excluir en ello la responsabilidad individual de Wilde. Como llegó a decir Frank Pittman[1] sobre este asunto, “los que sólo tienen en cuenta sus propios sentimientos deben de llevar una vida terriblemente solitaria”.

            Hay un caso parecido, con el cual podríamos, y quizás debiéramos establecer una cierta analogía. Se trata del de Tolstoi. Este escritor ruso se caracteriza, sobre todo, por un profundo y anegado cristianismo, pero no aquel falso y pomposo de la Inglaterra victoriana, sino uno de verdad, que pretendía un profundo cambio de las injusticias y desigualdades sociales. Tolstoi, un hombre de gran misticismo, fue el inspirador, a través de numerosas cartas con Mathama Gandhi, de buena parte del ideario que inspiraría su posterior lucha en Sudáfrica y en la India a través de la no violencia. Defensor de las clases bajas y de los endeudados campesinos, encontraba, sin embargo, una incoherencia entre los ideales sociales que proclamaba, y la clase social pudiente a la que pertenecía. Por eso, en el final de su vida, buscó vivir en el mayor de los recogimientos y separación de los esclavismos terrenales, e incluso le pidió a su mujer que renunciaran de manera implacable a la completa totalidad de sus riquezas materiales. Ésta se negó, de manera rotunda, y Tolstoi, enfrentado a una disputa doméstica y moral tan grande como la invasión de Rusia por parte de las tropas napoleónicas, huyó en mitad de la noche, escapando de su familia para acabar por morir tres días después en una remota estación de ferrocarril de alguna parte de Rusia, víctima de una neumonía, acompañado tan sólo (entre sus allegados) de sus médicos personales, y de su hija menor. Tolstoi mencionó en alguna ocasión: “las familias felices son todas iguales; las infelices lo son cada una a su manera”.

            Dos hombres que decidieron poner de lado a lo que la mayor parte de la humanidad considera su bien más preciado, la familia, a cambio de dos cosas distintas, pero semejantes. Tolstoi, sus ideales morales y sus principios (esa vieja disquisición entre ética para los seres cercanos y para los lejanos). Wilde, quizás su ego, su narcisismo, pero también, el derecho que tenía a vivir una vida que era suya y que unos factores externos, abductores de la libertad individual y los derechos, le pretendían arrebatar. Probablemente las acciones de estos dos hombres no sean igualmente juzgables: pero ambos se vieron arrastrados, por impulsos más fuertes que ellos mismos, a poner en segundo plano a un grupo de personas, a los que es seguro, tanto Tolstoi como Wilde (incluso a pesar de su homosexualidad) amaban, y a las que no por tener otro propósito en la vida dejaban de apreciar, y de sufrir por su destino. Como el mismo Wilde aseveró, “Cada vez que un hombre hace algo absolutamente absurdo, tiene siempre los más nobles motivos”. Óscar y León no se conocieron, pero como El guerrero y la cautiva, forman dos caras de una moneda en cuyo retrato, sin embargo, no se esconde Dios. Un Dios que no permitió que Tolstoi viviera en paz consigo mismo, y que condenó a Wilde a la ignominia, pese a que, en el principio de los tiempos, Él también amó a Adán...






[1] “El narcisismo como vía de escape de lo común y de lo corriente”. La nueva comunicación, artículos on-line, Famosos por ser como son.