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miércoles, 1 de abril de 2020

La historia corta de abril: "Una nueva luna en la noche"

Serie de microrrelatos (originalmente publicados, con alguna modificación, en Twitter) a raíz de que un objeto celeste ha empezado a orbitar alrededor de la Tierra como un nuevo satélite. Esta unión -creen los científicos- será sólo temporal, y el asteroide se irá alejando definitivamente de la Tierra...


Una nueva luna ha empezado a dar vueltas alrededor de la Tierra. Unos lo explican debido a la fuerza de la gravedad; otros (yo entre ellos) lo denominamos amor.



El satélite contemplaba arrebolado el objeto de su deseo, de su amor, su codicia, intentando abrazarse a él, como había hecho un familiar suyo 65 millones de años antes hasta haber conseguido fusionarse. Mientras tanto, su amante, hierática, impenitente, sin compasión, seguía girando.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Una lista de recomendaciones originales de libros para regalar estas navidades

¿Te toca de nuevo hacer los regalos de navidades y no tienes ni idea?¿Te desmoñas por encontrar un obsequio maldito a tu cuñado, que nunca está conforme con nada?¿Quieres entregar algo que no sea lo clásico, lo típico, lo que todo el mundo conoce y busca en los estantes de las librerías? He aquí unas cuantas sugerencias que quizás puedan encandilarte a ti o a seres queridos (u odiados):

-El antropólogo inocente, de Nigel Barley. Un clásico moderno, publicado en 1983, narra la historia real, contada en primera persona, de cómo el joven antropólogo Nigel Barley decidió imitar a sus colegas y realizar un "trabajo de campo" fuera de los despachos. Para ello, escoge una tribu poco estudiada de África, situada en un país francófono, lo cual ya es un primer inconveniente para un británico. Pero Barley, muy escéptico con respecto al trabajo de los antropólogos, y con un muy irónico humor inglés, nos señalará las dificultades de tratar de aprender algo en una comunidad remota, donde los nativos apenas le comprenden (cuando no tratan directamente de tomarle el pelo) y nadie tiene ningún interés en que él culmine con éxito su trabajo. Barley publicaría más tarde una secuela de este tan entretenido libro aunque, por lo que me cuentan, no es tan desternillante como el original.

-No duermas, hay serpientes, de Daniel Everett. Continuando con la desmitificación del trabajo de los antropólogos se halla también esta narración en primera persona del antropólogo y misionero Daniel Everett, cuya idea era vivir acompañado de su familia con la casi aislada tribu piranha en la Amazonia, aprender su desconocido lenguaje, y tratar de convertirles al cristianismo. Aunque el libro resulta algo difícil de leer (posee ciertas deficiencias narrativas, aparte de realizar un pormenorizado análisis de la gramática del lenguaje piranha), hay unos cuantos hechos que resultan impactantes: desde las dificultades de Everett para convivir con los nativos (malentendidos, urgencias médicas en medio de la selva), hasta el hecho de que Everett descubrió que el lenguaje piranha no concebía el pasado ni el futuro, y por tanto resultaba imposible para él describirles los conceptos de Mesías, juicio final y salvación imprescindibles para enseñarles la fe de Cristo. La historia tuvo dos grupos de consecuencias, tanto académicas como personales para el autor: por un lado, puso en discusión grandes teorías sobre el lenguaje (como la de la gramática universal del famoso pensador Noam Chomsky) y, por otro, Everett acabó aprendiendo más de los piranha que ellos de él; entre otras cosas que él mismo había dejado de creer en Dios, lo cual le llevó a la ruptura con su familia.

-Sinopsis de cine: el escritor Ángel Sanchidrián comenzó a hacerse un nombre gracias a estos breves pero impactantes resúmenes de películas que iba destripando a sus seguidores de Facebook. Aunque luego se ha atrevido con más tipos de relatos, tanto dentro de las redes sociales como fuera de ellas ("Diario de un caniche", las historias de una "Luisi" que ha leído en exceso 50 sombras de Gray, o la novela de fantastía épico-humorística "Tres enanos y pico"), sus sinopsis, que combinan dosis de crítica mordaz con atrevidas metáforas, y un lenguaje tan elegante como el de una Jenny de polígono peleándose con una camionera de Cuenca, siguen siendo lo más descacharrante que cuenta en su arsenal, atreviéndose con clásicos, películas de todo género, e incluso vídeos de renombrados (es un decir) artistas (es un mentir) musicales como Paquirrín e Ylenia. Se trata de un sentido del humor muy especial que no es para todos los gustos pero sí puede seducir a toda clase de públicos; además, si os gusta, siempre podéis leer más las sinopsis que va publicando en Facebook, o también con convertiros en inversores preferentes para una segunda parte que, esperemos, no tardará mucho en salir. De hecho, por lo que escuché la última vez, es probable que esté preparado justo para Navidades.

-Casa de muñecas, de Patricia Esteban Erlés. Esta autora aragonesa de tintes góticos es una especialista en relato ("Azul ruso", de quien hablamos en otra ocasión, entre otros) y también ha incursionado en el ámbito de la novela ("La madres negras", que aún no he tenido oportunidad de leer), pero para mí sobre todo es una maestra del microrrelato, que cultiva desde su página de Facebook y también en libro como éste, donde nos abre la puerta a casas encantadas, fantasmas inquietantes y humanos aún más perturbadores, con influencias de Edgar Allan Poe y Shirley Jackson, las cuales ella no oculta sino que luce con orgullo.

-Pelos, de "Las Microlocas": siguiendo con los microrrelatos, cuatro jóvenes autoras (Eva Díaz Riobello, Teresa Serván, Isabel González e Isabel Wagemann) conocidas como "Las Microlocas" nos muestran sus mini-historias a partir de un concepto tan elástico, retorcido y cargado de raíces como el pelo, desde la punta de la melena hasta otra zonas más impúdicas, abriéndonos la oportunidad a escenas y retratos de variado pelaje.

-Para los aficionados a la cocina, dos libros también atípicos: Julian Barnes (uno de los autores más reconocidos en el panorama actual, sobre todo en el terreno de no-ficción, autor de "Arthur&George" entre otros) nos narra en "El perfeccionista en la cocina" sus pequeños dramas sobre los aspectos más cotidianos de la elaboración de las recetas, siempre desde el punto de vista de un cocinero aficionado algo tiquismiquis y quizás demasiado influido por su faceta de intelectual y escritor. Con aspiraciones de llegar a un público más amplio, "Esto no estaba en mi libro de historia de la gastronomía", de Myriam Sagarribay, sigue la estela de otros libros populares con título del mismo inicio que te desgranan aspectos variados de la historia: en este caso, del origen de buena parte de los alimentos que consumismos.

-Atlas de las constelaciones, de la escritora Susanna Hislop y la ilustradora Hannah Waldron, es un muy bello libro sobre la forma, origen y leyendas de las distintas constelaciones que podemos encontrar en el cielo. Ideal para aficionados a la astronomía como yo, al que le cayó de hecho como fantástico regalo de navidades. Otro regalo que todavía estoy leyendo es "La historia del mundo en mapas", un detallado análisis de la historia universal a partir de diversos mapas que ilustran cómo hemos ido cambiando a lo largo de las eras.

-Un libro exótico. A veces, es sorprendente la cantidad de textos que leemos influidos por la cultura mayoritaria de nuestro entorno. En España es sencillo localizar novelas estadounidenses, europeos y latinoamericanos, pero a veces es más complicado capturar libros escritos por africanos (aquí hablamos de unos cuantos sobre África, al que habría que añadir "Grita libertad", de John Briley, pero ninguno de ellos fue escrito por un africano autóctono; para mí es una asignatura pendiente, y acepto sugerencias), o por asiáticos -salvo quizás unas pocas excepciones turcas o japonesas, quizás por ser países más cercanos a Occidente-. No pretendo realizar una exploración sistemática, pero sí apuntar unas cuantas sugerencias: Tagore es una referencia clásica; "Cometas en el cielo", narrada por un estadounidense de origen afgano, se ha hecho famosa debido a su adaptación cinematográfica -muy hermosa, he de decir-; y de China, aparte de las leyendas mitológicas y unos cuantos premios Nobel de distinta orientación desde el punto de vista político, nos ha llegado recientemente la última revolución de la ciencia ficción ("El problema de los tres cuerpos", una curiosa interpretación del futuro que, como suele ocurrir con las obras de ciencia ficción, nos ofrece un espejo en el que en este caso aparece reflejado el turbulento pasado reciente de China). Yo, por mi parte, os aconsejo "Muerte de una heroína roja", de Qiu Xiaolong, sobre un investigador que trata el caso de una trabajadora modelo fallecida en extrañas circunstancias. Aunque algo desfasado respecto a la época actual (está ambientado en los años noventa), el libro, como buena novela negra, emplea un asesinato para analizar los claroscuros de una sociedad en profundo cambio como es la del gigante asiático.

-Si el precio no es un problema y deseáis un regalo no apto para todos los bolsillos, os podéis animaros a comprar esta copia del Manuscrito Voynich por poco menos de 8000 euros. El manuscrito, cuyo original se encuentra en la universidad de Yale y ha sufrido toda clase de especulaciones sobre su autoría, el idioma en el que está escrito o su propósito (recientemente han salido varias investigaciones al respecto, como ésta o ésta; como podéis ver, lo más probable es que se trate de un manual sobre el uso de hierbas para aplicaciones médicas escrito en una mezcla de varios idiomas), ha sido reproducida en 898 copias de manera artesanal para que podáis contemplar de cerca uno de los misterios más intrigantes de la civilización occidental. Lo mismo puede ser un buen obsequio para tu cuñado que todo lo sabe, a ver si es capaz de desentrañarlo. Otra opción alternativa, como me comentaron una vez, es regalar algún ejemplar de un libro inventado como el Necronomicón: hay unas cuantas copias muy interesantes a la venta, y aunque sin duda son más falsas que un bistec de vaca vegano, podéis quedar muy bien en las reuniones familiares.

-Para los niños, defiendo que hay que estimularles no necesariamente a que sean científicos, pero sí, en estos tiempos de magufismo y falsos oráculos, a que les entusiasme la ciencia y crean en ella. Antonio Martínez Ron, autor de varios fantásitcos blogs de divulgación científica ("Fogonazos" y "Libro de notas: Guía para perplejos", entre otros) co-escribe con su hija Laura "Papá, ¿dónde se enchufa el sol?", una serie de curiosidades sobre el mundo que nos rodea a partir de las preguntas que le hacía Laura a su padre. Ideal para esa generación futura que nos habrá de salvar a todos.

-Una posibilidad que tenéis es no regalar literatura, sino cine: sí, todos pensaréis en una suscripción a Netflix o HBO, pero desde aquí ofrecemos la opción de Filmin, con un catálogo de películas más alternativo -en ocasiones, demasiado-, pero que ofrece suscripciones parciales y permite disfrutar de joyas difíciles de encontrar en otro lugar: desde Macarroni hasta Coriolanus (ahora mismo no en cartel, pues el catálogo resulta vivo y cambiante, lo cual es bueno para disponer de los últimos estrenos menos comerciales).

-En cuanto a mí, ya sabéis que vuestra lectura es para mí el mejor de los regalos. Pero, si aparte, queréis hacer alguna donación literaria a bibliotecas o puntos de intercambio de libros, o también una donación monetaria a cualquier ONG de vuestra elección, no sé si os lo recompensará Dios, pero en todo caso yo os tendré en muy alta estima. Un saludo, y felices fiestas de cualquier tipo.

lunes, 3 de agosto de 2015

Los libros e historias reales de agosto: Un viaje literario a través del sistema solar

Casi desde el principio, el hombre levantó la vista y alzó la vista al cielo. Y casi inmediatamente después, comenzó a devanarse los sesos y a soñar con llegar hasta allí. Mucho antes de que Yuri Gagarin ascendiera por encima de la atmósfera y Neil Armstrong pisara la Luna, el ser humano como especie lo había hecho varias veces en su imaginación. Y eso mismo podemos hacer nosotros: podemos coger una nave fantástica y partir desde nuestra pequeña gota azul pálida hacia los confines de nuestro sistema solar, y recorrer al mismo tiempo algunas de las obras de la literatura y el cine relacionados con nuestros más cercanos vecinos. ¿Abrochados los cinturones? Allá vamos:

El Sol: Nos proporciona la vida y prácticamente todo, aunque un día se expandirá tanto que probablemente nos mate (si no engulléndonos, al menos consiguiendo evaporar los océanos), y otro se encogerá y morirá finalmente para transformarse en un cuerpo muerto que contendrá en su interior un diamante gigante, aunque para en ambos casos es muy probable que, para entonces, si no nos hemos expandido a otros planetas, nos hayamos definitivamente extinguido. Le aportaba su poder a Superman (aunque en "The Big Bang Theory" han tenido grandes discusiones al respecto), ha servido a algún telefilm para hipotetizar cómo puede destruirnos merced al viento solar o erupciones (en la mayor parte de los casos, con bases muy poco científicas), y en "Sunshine", de Danny Boyle, los astronautas se atrevían incluso a viajar hasta él. De momento, nosotros tendremos que esperar hasta que baje un poco la temperatura.


Fotograma de Sunshine (2007), dirigida por Danny Boyle. 

Venus: La diosa del amor, obviamente, tenía que ofrecer una superficie repleta de volcanes sulfurosos y unas condiciones de vida inhabitables para los viajeros procedentes de la Tierra. No obstante, por lo visto, en los años 20 a 50, cuando no se sabía tanto sobre este astro, se empleó mucho para los relatos de ciencia ficción, hablando sobre la posibilidad de encontrarse un Venus pantanoso, repleto de agua y rico en vida. Bradbury ("La larga lluvia"), Stapledon y Asimov se adentraron en estos océanos, mientras que otros autores (Preuss, Clarke en su 3001, también Stapledon en First and Last Men o la película japonesa The Venus Wars) se meten en procesos de terraformación para modificar la superficie de nuestro vecino. Los autores soviéticos (incluyendo el genial Lem de Solaris y Ciberíada) también anduvieron transitando esta calurosa región de nuestro sistema, e incluso Tolkien le proporciona un origen mitológico a la formación del planeta en el Silmarillion.



"Lucky Starr. Los océanos de Venus", de Isaac Asimov.

La Luna: Cómo no. El oscuro reflejo donde nos contemplamos. El reverso tenebroso del sol. Capaz de influir en las mareas, según se dice en las mujeres, y por supuesto en los amantes, los poetas y los hombres lobos. Incluso, hace tres siglos, alguno hipotetizó que era el lugar donde iban a pasar el invierno las aves para volver con la próxima primavera. Dicen que probablemente proviene de un fragmento de la Tierra que se desprendió tras el impacto de un gigantesco cuerpo celeste del tamaño de Marte, y quizás porque aún le dura el dolor de la separación, su cara oculta se niega por completo a volver la vista atrás. A pesar de que tenga similitudes en composición con la Tierra y también su propio campo magnético, la ausencia de minerales útiles ha hecho que (pese a que algún embaucador haya vendido parcelas a los más ingenuos) no nos hayamos molestado en visitarla nada más que como demostración del poderío espacial, primero por parte de los norteamericanos y -seguramente, en el futuro cercano- por los chinos. La contemplación, a simple vista, de depresiones muy similares a océanos, hacía fácil de creer la idea de que había selenitas correteando por la superficie del planeta, y ya desde los griegos había teorías al respecto. Pero quizás el primero que se dedica a especular un poco más sobre ello es Cyrano de Bergerac (sí, en efecto, la persona real en la que Edmond Rostand se basó para su personaje de la famosa obra de teatro "de las narices"), quien, en su "Historia cómica de los Estados e Imperios de la Luna", se dedica a emplear una sociedad imaginaria como crítica para la suya propia. Cyrano también se da una vuelta por el Sol, pero, desde luego, no será el único que se dedique a echar un vistazo por la Luna. El barón Munchausen también contactó con los selenitas antes de que la novela de Julio Verne De la Tierra a la Luna sirviera de modelo a todos los viajes espaciales imaginarios que vinieron después (Meliés, Tintín, la "Mujer en la Luna" de Fritz Lang), e incluso al auténtico del Apolo XI, aunque una historia también de ficción (el falso documental "Operación Luna") pusiera la pisada de Neil Armstrong en solfa. Otras obras más descacharrantes se han dedicado a fantasear acerca de atrapar la Luna (como hace "Gru. Mi villano favorito"), nazis que se esconden en la cara oscura (como ocurre en Iron Sky) o han colocado allí arriba a James Bond ("Moonraker"), una suerte de Robinson Crusoe, o incluso a Abbot y Costello. De todas maneras, conspiparanoias aparte, siempre nos quedarán todas las canciones infantiles que hablan sobre tocar ese planeta hecho de queso, e incluso sobre habitantes imposibles que sin embargo nos encantan que estén allí. O sea que, cuando os hablen de que no hemos llegado a la Luna, recordad: "hay un gallego en la Luna, Luna..." (o un payaso; o una madre que busca un hijo en la Tierra, etc). En el terreno de la ciencia ficción más seria, la reciente Moon, como buena obra espacial, utiliza los viajes espaciales como plataforma para reflexionar sobre la naturaleza humana, contando con Sam Rockwell en una, para mí, sobria pero muy convincente interpretación. De todas maneras, si la idea aportada por el actual director de la ESA triunfa, quizás estemos más cerca de que esta película (o muchas otras) adquieran un tinte más realista.


Cyrano de Bergerac en la Luna. Extraído de Wikicommons.

Marte: Si a la Luna podemos llegar a contemplarla con cierta melancolía y complicidad, el "Planeta Rojo" ha sido siempre el enemigo. Ya desde que el telescopio revelara la presencia de canales (ahora sabemos que en su día Marte contuvo un océano y atmósfera, aunque todavía no está muy claro si alguna vez albergó o sigue albergando microorganismos), las historias sobre marcianos empezaron a llenar los periódicos con flujo histérico, desvelando incluso los correteos de los extraterrestres mientras nos observaban con cautela o tal vez cierta animosidad. H.G. Wells provocó una invasión por su parte en "La guerra de los mundos", y Orson Welles llegó a aterrorizar a la población estadounidense con su narración radiofónica de la misma. Por otro lado, Ray Bradbury, en su colección de cuentos "Crónicas marcianas" utilizaba toda su sutil ironía y su imaginación para reflejar lo que en realidad eran los defectos más humanos que uno podía imaginarse. En este caso, los humanos éramos los invasores -hasta Santa Claus fue a conquistar a los marcianos en un film de los años 50- aunque también en otras películas (dirigidas por Brian de Palma, John Carpenter o Paul Verhoeven entre otros) nos han hecho viajar hasta un planeta que bien podía estar ocupado o en cambio presentarse como un páramo vacío de vida. Philip K. Dick y Arthur C. Clarke también ambientaron sobre el planeta rojo o sus satélites algunas de sus historias, y (más en el terreno de la ciencia ficción menos creíble) Burroughs creó con John Carter todo un subgénero más cercano a la novela de aventuras. Aunque, de entre todas las veces que los marcianos nos la han jugado (la última de ellas, probablemente la irreverente "Mars Attacks" de Tim Burton), quizás la más enigmática fue aquella en la que el escritor Johnathan Swift insinuó en Los viajes de Gulliver que Marte tenía dos satélites que, en realidad, consistían en naves espaciales con habitantes marcianos en su interior. Lo curioso es que, posteriormente a la publicación de la obra de Swift, el telescopio reveló que, efectivamente, Marte poseía dos satélites, que se denominaron Phobos y Deimos y que desde entonces han adquirido para la humanidad un aire sospechoso. Desde luego, yo todavía ando un poco suspicaz con ellos. Sin embargo, independientemente de la ficción, parece que somos los humanos los que peor nos hemos portado con Marte. La última, con la que parece la obra de ficción más elaborada de los tiempos recientes: el hipotético viaje a Marte por parte de una compañía privada, y cuya selección de voluntarios parece más una torticera maniobra publicitaria para crear dentro de unos años un programa de televisión al respecto (algo que, por cierto, ya especulaba Peter Hyams en el 78 en "Operación Capricornio Uno"). El futuro nos dirá.


Entre las curiosidades geológicas de Marte, el Monte Olimpo, el más alto de nuestro sistema Solar (27 kilómetros), y también tremendamente ancho (ocuparía la totalidad de la superficie del estado de Ecuador). Imagen extraída del blog Xatakaciencia

El cinturón de asteroides: El cinturón de asteroides que orbitan en torno al sol entre Marte y Júpiter (cuyo origen, seguramente, radica en la capacidad de este último de evitar que cerca de él se forme un gran planeta) ha servido no sólo de inspiración para numerosas persecuciones de naves espaciales entre rocas amenazadoras, sino como base de la tesis doctoral de James Moriarty, el archienemigo de Sherlock Holmes, titulada "La dinámica de un asteroide". ¿Cuál era el contenido de la tesis? Isaac Asimov, en uno de sus relatos de los Viudos Negros ("El último crimen"), ofrecía una desasosegante posibilidad, pero Robert Bloch e incluso los cómics de Spiderman han teorizado sobre lo que Moriarty describía en aquel primer y maligno acto.

Júpiter: Aunque Isaac Asimov tenía un cuento donde nos instaba a adquirirlo ("Compre Júpiter"), quizás la incursión cinematográfica más interesante sea la que este gigante gaseoso y uno de sus múltiples satélites, Europa, hicieron en 2010, la segunda parte tanto cinematográfica como literaria de 2001, una obra que creó Arthur C. Clarke y luego encumbró al cine Stanley Kubrick, aunque la segunda parte no fuera dirigida por este excéntrico director de cine británico. En esta ocasión, Júpiter participa en un impactante final que, además, termina de explicar buena parte de los enigmas de la primera parte. Yo os animo a echarle un vistazo y desentrañar el misterio. Por otro lado, en Europa one, una película independiente descrita como "de poco presupuesto, pero gran amor por el cine espacial", también viajan un ratito por el satélite joviano. Hablando ya de Júpiter propiamente dicho, un día habría que construir una historia ambientada en la Gran Mancha enclavada en su superficie, que parece consistir en una gigantesca tormenta eterna como no podernos ni imaginarnos. Hollywood sin duda pagaría los derechos.

Fotograma de la película 2010.

Saturno: Sus anillos nos han fascinado siempre, pero poco sabíamos de ellos hasta que la sonda Cassini-Huygens se tiró un lapso de 17 años viajando hasta allí, y empezó a mandarnos intrigantes informaciones principalmente sobre sus lunas: Titán, que contiene un océano de metano líquido y exhibe la mayor probabilidad de todo el Sistema Solar de albergar vida fuera de la Tierra, o Encelado, que contiene agua probablemente en estado sólido pero la expulsa a la atmósfera de forma parecida a un géiser. El aventurero espacial Lucky Starr, ideado por Asimov para los lectores jóvenes, tiene un libro ambientado por la zona (también viajó por las lunas de Júpiter y los océanos de Venus), aunque está claro que todavía nos queda por contar mucho acerca del otro gran gigante gaseoso de nuestro sistema.

Neptuno: Un planeta extraño, el único que gira sobre sí mismo en una dirección perpendicular a la de su órbita alrededor del Sol. No hay muchas referencias al respecto, aunque en Horizonte final, de Paul Anderson, se pegan un garbeo en dirección hacia allí.


Plutón: Está lejos, hace frío, ahora no es ni siquiera un planeta y encima no sabemos mucho de él, aunque la última sonda espacial nos está mandando imágenes alucinantes. Encima, tiene un satélite casi tan grande como él, Caronte, en lo cual parece más un sistema binario donde ambos planetoides giran el uno frente al otro como desafiándose, pero sin llegar a encontrarse nunca. No obstante, su lejanía sirvió precisamente de base para que Isaac Asimov reflexionara acerca de las dificultades de la comunicación a distancias interplanetarias y la posible solución que una madre de toda la vida puede aportar en el relato corto "Mi hijo el físico". ¿Seríais capaz vosotros de superar a esta astuta progenitora? Os recomiendo acercaros al cuento a ver qué se os ocurre. 


La Vía Láctea: Como suele decirse, es tan grande y está tan presente por todas partes, que la sombra de nuestra galaxia en el firmamento pasa muchas veces desapercibida. De hecho, a principios del siglo XX, un apagón en la ciudad de Los Ángeles sorprendió a las comisarías de policía porque los urbanitas habitantes de la ciudad donde se localiza Hollywood (el "hogar de los sueños") llamaron desesperados al descubrir que una mancha de aspecto lechoso les contemplaba amenazante desde los cielos. Pero nuestra galaxia también ha constituido la parte central de determinadas sagas, como la del Imperio Galáctico y la de la Fundación de Isaac Asimov (esta última será próximamente adaptada en una serie de televisión producida por Johnathan Nolan). De hecho, el punto de partida de la epopeya de la Fundación es que un científico, al prevenir la caída del Imperio Galáctico, decide crear dos Fundaciones -una dedicada a las ciencias básicas y la otra a la psicología- que permitan la supervivencia de la civilización durante el caos posterior a dicho declive, e instala esas dos fundaciones "una a cada lado de la galaxia". La Primera Fundación se encuentra en el perímetro más exterior pero, ¿y la otra? Para descubrirlo, tenéis que llegar como mínimo hasta el tercer tomo, pero estoy seguro de que la espera merecerá la pena.


La saga de la Fundación de Asimov incluye 7 libros, pero viene precedida de tres trilogías (la de los "Robots" y la del "Imperio Galáctico"), y en total hay una lista de como mínimo 16 libros contando la historia futura de nuestra galaxia en una narración coherente y realista a la par que entretenida. Habría que preparar un buen sofá y una bien iluminada ventana con vistas a la Vía Láctea para leérsela de un tirón.

Cometas y otros cuerpos fugaces: Si los terrícolas hemos mirado con aire esperanzador el cometa Halley, en su periódico paso cada 76 años cerca de la Tierra (aunque la película "Fuerza vital" hablaba de un enigmático descubrimiento escondido en su cola), no hacemos lo mismo cuando está a punto de estampársenos encima un meteorito, como ha ocurrido (o ha estado a punto) en las películas de Meteoro, Deep Impact o Armaggedon. El miedo está justificado porque ya en su día un trozo de roca nos facilitó a los humanos la vida al quitarnos de en medio a los dinosaurios. ¿Nos invade la sospecha de que una especie mejor se merece ocupar nuestro puesto?

¿Otras tierras?: Dos proyectos muy parecidos salieron casi a la vez en las pantallas de cine, en los que una réplica de la Tierra venía a hacernos reflexionar sobre qué es lo que nos dedicamos a hacer sobre la superficie de nuestra. La Melancholia de Lars von Trier tiene mucho de su sello personal y habrá quien le coja tirria a ella y a su protagonista, pero Otra tierra, entrando también en los terrenos de la meditación introspectiva, conecta mucho más con nuestro lado humano y con otras obras de la ciencia ficción clásica. De todas maneras, quizás ambas historias nos sirvan como recordatorio de que por el momento sólo tenemos un planeta, muy frágil y sin embargo valiosísimo (suena de fondo la canción Europa VII, de La Oreja de Van Gogh), y que tenemos la obligación de cuidarlo. Alguien me decía, al echarle un vistazo a este post, que tenía que incluir a la mítica serie de dibujos animados del "Capitán Planeta". Yo no era un gran fan de la misma, pero sí me quedo con el mensaje de que hogar sólo tenemos uno y sería una pena desaprovecharlo. Y las películas y libros sobre el espacio deberían ayudarnos a conseguirlo.


Cartel promocional de Another Earth (Otra Tierra), estrenada en el año 2011.

Y ésta es nuestra recopilación. Incompleta, sin embargo. De Mercurio y Urano, por el momento, no hemos encontrado historias. ¿Conocéis alguna?¿Echáis de menos alguna que debería encontrarse la lista? Ya nos contaréis. Este verano, mientras tanto, disfrutad de nuestro Sistema Solar. Vais a bordo de una gran nave espacial que circula a la velocidad de casi 30 km por segundo. Desde luego, es para celebrarlo.

lunes, 13 de julio de 2015

La historia real de julio: constelaciones de otras culturas que no fueron aceptadas

Gif animado publicado por The Washington Post que muestra la cercana posición de Venus y Júpiter en el firmamento a finales de este mes de junio. Tuve la suerte de contemplarlo hace un par de fines de semana mientras me encontraba en una carretera rural, y la verdad es que la posición de Júpiter -tan inhabitual y tan brillante- hacía pensar, más que en un cuerpo celeste, en un satélite artificial o un misterioso OVNI.

¿Quién no se ha tumbado una apacible noche de verano a contemplar las estrellas? Y, como adivinando la forma de las nubes en el cielo, intentado buscar las siluetas de las constelaciones que conocemos, o incluso dibujar algunas propias inspiradas por nuestra siempre fértil imaginación. Lo cierto es que tratar de encontrar formas reconocibles a lo que no es sino un simple producto del azar es uno de los defectos (o virtudes) habituales del ser humano. El nombre técnico es el de pareidolia, y explica tanto los curiosos recuerdos que nos estimulan las figuras de la Ciudad Encantada en la provincia de Cuenca, como que los griegos se pusieran a trazar uniones entre las estrellas para generar representaciones de sus dioses y sus héroes en el cielo. Luego, cuando la cosa se quiso hacer de un modo un poco más científico, la Unión Internacional de Astrónomos (esa misma asociación que decidió que Plutón dejara de ser un planeta -no se lo vamos a perdonar nunca, y más ahora que sabemos que tiene un color rojo infernal-) reconoció como oficiales un número de 88 constelaciones, de los cuales la mitad procedía precisamente de la creatividad de los griegos y fueron heredadas gracias a un mapa astronómico elaborado por Ptolomeo y posteriormente transmitido a través de los árabes. Las constelaciones modernas incluyen, además, algunas ideadas por reconocidos astrónomos de los últimos siglos (que se basaron tanto en personajes de la naturaleza y la mitología como en ideas mucho más modernas y tecnológicas), e incluso algunas procedentes de otras culturas que se pusieron de moda y alcanzaron una cierta popularidad en la civilización occidental (pues la fama pasajera, como en otros lados, también cuenta mucho en la ciencia). Sin embargo, si cada civilización tuvo sus constelaciones propias y sólo se han reconocido unas pocas, eso significa, evidentemente, que muchas otras se quedaron fuera de la lista. Y es a esas olvidadas agrupaciones de estrellas a las que nos vamos a referir en el día de hoy.

En realidad, las constelaciones nunca han sido algo con demasiado sentido. Las estrellas que forman parte de las mismas están separadas a enormes distancias entre ellas, sin formar parte de ningún sistema estelar en particular, y sólo nos parecen más cercanas porque, para nuestros ojos y con nuestra visión sesgada desde la Tierra, se nos asemejan en el mismo plano, cosa que no es verdad en absoluto. Por otro lado, en los últimos tiempos, los astrónomos prefieren, para localizar a las estrellas, un sistema de coordenadas que se nos antoja mucho más sistemático que una indicación del tipo "la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer". Además, ya sabemos que la localización de las estrellas en el firmamento se altera con nuestra propia posición dentro de la Tierra (no es lo mismo estar en el hemisferio norte que en el hemisferio sur), con las estaciones (no es lo mismo el cielo en invierno que en verano) y con el paso del tiempo (nuestros antepasados veían un firmamento ligeramente distinto al que contemplamos nosotros). Alguno os hablará de que las constelaciones zodiacales tienen sentido: en realidad, sólo son una convención para poder localizar los astros que forman parte del sistema solar en un mapa aparentemente estático del cielo, y de la misma manera que se nombran 12 constelaciones, podríamos haber formado diez, veinte u ochocientas. Aun así, estas agrupaciones de estrellas siguen despertando en nosotros un viejo sentimiento de nostalgia por un pasado en que todo era más manual, más pedestre, más ignoto, y también más abierto a lo sorprendente y desconocido. Y, en todo caso, tanto la Estrella Polar como la Cruz del Sur siguen constituyendo una buena manera de guiarse de noche en ausencia de brújula.

Pero vayamos ya al tajo: algunas formas de agrupar constelaciones no reconocidas actualmente por la Unión Internacional de Astrónomos o, al menos, no demasiado conocidas por el gran público. Por ejemplo:

-Con eso de que la Estrella Polar es clave para orientar la dirección norte en nuestro hemisferio, parece que un buen número de culturas se han empeñado en encontrar formas de localizarla más fácilmente. A nosotros nos suenan las referencias a la Osa Mayor y al carro que dentro de ella forman sus siete estrellas principales, pero en China, se piensa que dicho carro en realidad es un funcionario encima de su séquito, mientras que los mexicas creían que nuestra osa se trataba de un jaguar

Constelación del Jaguar (Ocelotl) de acuerdo a la cultura nagua o mexica. Imagen extraída de Wikicommons.

 -Lo que para nosotros es la cola de un escorpión en la constelación del mismo nombre, para los aborígenes de Maui se trata de la mucho más familiar figura de un anzuelo para pescar.

-La Vía Láctea (que nosotros tomamos como un camino lechoso y que no es sino el rastro de nuestra propia galaxia) era para los habitantes de la Patagonia un campo de cacería de ñandúes, donde podían distinguir incluso las piedras boleadoras con las que atraparlos, los cuerpos de los animales, e incluso un nido creado por estas aves. Pero más imaginativos eran todavía eran los aborígenes australianos, que encontraban en las manchas oscuras de la Via Láctea algunas figuras, como la de un gigantesco emú.


El emú de los aborígenes australianos dentro de la Vía Láctea. Extraído de Wikicommons.

-La constelación de Antínoo (creada por el emperador hispano Adriano en honor a su antiguo amor) fue la única de las antiguas que se perdió en la noche de los tiempos. Pero también se perdieron otras de diversos orígenes como "el gato", "el gallo", "la avispa", "la abeja", "el flamenco", "Cancerbero", "el globo aerostático", "el telescopio de Herschel", una que sirvió de loa al rey Federico de Prusia, otra que homenajeaba a las máquinas eléctricas, o algunas tan sugerentes como "el guardián de las cosechas", "el cetro de Brandenburgo" o "el toro de Poniatowski, rey de Polonia". Por otro lado, una constelación que representaba al Argo, la nave de los Argonautas, fue dividida en cuatro, una de las cuales desapareció (precisamente la correspondiente al mástil; quizás por eso la nave navegue dando tantos tumbos y dando lugar a tan maravillosas derivaciones).

-Los mexicas encontraban muchas semejanzas con animales de su entorno, pero también tenían un Mercado y una Cancha de Pelota; los hindúes trataban a las constelaciones como esposas del dios de la Luna, el cual las recorría en su camino a través de los cielos; los chinos, al igual que los hindúes, las denominaban "mansiones" y tenían su propio mapa estelar completamente autónomo, aunque conforme entraron en contacto con el mundo exterior incorporaron algunos de los dibujos occidentales; muchas de las constelaciones griegas, por otro lado, tenían inspiración egipcia o mesopotámica. Y, en general, todas las culturas emplearon el movimiento de las estrellas como base para calcular los desplazamientos en el firmamento del Sol y la Luna y como herramienta para sus calendarios, tan importantes para las labores agrícolas.

De todas maneras, fuera de la normativa de la Unión Internacional de Astrónomos (a la que se le puede hacer tanto caso como a la RAE), cada cual es libre de crear sus propias figuras. Isaac Asimov, por ejemplo, decía que la nebulosa denominada Cabeza del Caballo se le antojaba (al contemplar las imágenes captadas por el telescopio Hubble) mucho más a la figura amenazadora del Lobo Feroz. Puede que la denominación no suene muy canónica, pero en fin, ¿vosotros qué opináis?

Pues nada, ya sabéis: este verano, buscad un rincón apartado y libre de contaminación lumínica, haced vuestras propias composiciones y, ¿por qué no?, comentádnoslas. Quizás saquemos alguna idea interesante que proponerle a la Unión Internacional de Astrónomos. Y así podréis decir aquello de que hay una estrella en el cielo que lleva tu nombre. O, al menos, un nombre al cual habéis contribuido. Buenas y luminosas noches.

Posdata: si queréis saber más sobre este tema, podéis ir al lugar original donde se me ocurrió la idea para esta entrada del blog y de donde he sacado buena parte de la información que contiene; el Planetario de Madrid, aparte de ser un excelente entretenimiento para niños, ofrece una muy divulgativa y asimismo rigurosa información sobre la naturaleza de nuestros cielos, y más en estas noches claras de verano. Y a partir de allí, una vez bien aconsejados, podéis salir por vuestra cuenta y adentraros en el camino de las estrellas. Aunque ya sabéis que, en ocasiones, es mucho más interesante internarse por el camino de la oscuridad...

lunes, 1 de septiembre de 2014

La historia corta de septiembre. Colaboración: Astrabudúa.

Éste es un regalo que me ha hecho mi musa (voy a decir "la musa", porque aunque haya varias, ella es la principal e imprescindible) que no sólo me ha encantado por lo que cuenta y cómo lo cuenta, sino porque se relaciona con tres aspectos interesantes:
a) Responde a una apuesta por la que "la musa" tenía que escribir un cuento a partir de la palabra "Astrabudúa", el nombre de una estación de metro de Bilbao.
b) Surgió inspirado por la noticia de que la Unión Astronómica Internacional ha puesto en marcha un sistema por el cual se pueden proponer nombres para bautizar a las nuevas estrellas y planetas que se vayan descubriendo.
c) Coincide en el tiempo con el fin del impresionante viaje de la sonda Rosetta hacia su destino, después de recorrer una distancia inimaginable para los estándares humanos. Aunque, por lo visto, los logros del hombre en ese sentido han llegado incluso aún más lejos.
Espero que os guste. De momento, a quien se lo hemos enseñado le ha convencido, argumentando que "se ha quedado con ganas de más". Lo dicho, espero que también os provoque estrellitas en el estómago, o tal vez en el corazón.
Feliz semana a todos.

-¡Astrabudúa! Definitivamente es el nombre que deberían elegir. Aunque luego resulte no ser un planeta. Bueno, "le" resulten no ser un planeta, porque Plutón, de toda la vida, es y será planeta, digan lo que digan estos individuos empeñados en desnombrar cosas que existen y en nombrar cosas que no existen, para intentar demostrar su existencia despúes. ¿O no es eso lo que hacen con el Bosson de Higgs? -soltó ella, mirando interrogativa y expectante al muchacho, que la observaba con una media sonrisa cómplice.
- Pues podría ser, claro, ¿porqué no? -respondió con una carcajada-. Sin duda es un nombre difícil de borrar, y suena muy...espacial, o a brujería, entre el abracadabra y los astronautas.

***

Es el recuerdo que vino a su mente, cuando, muchos años después, observaba el cielo brillante, luminoso, protegido apenas con unas Rayban último modelo, junto con el más pequeño de sus nietos, Adrián, que escuchaba fascinado como su abuelo le contaba que esa pelota gigantesca que lentamente se acercaba hacia ellos, en sus inicios, había sido un planeta.
–Es el Plutón de tu generación, chico, sólo que esta vez sí acertaron cuando le negaron la categoría de planeta. Y la chica que le puso nombre, Adrian, no es otra que Sara, la que hace esas tartas que tanto te gustan.
-¿Ah, si, abuelo? -preguntó, con la boca entreabierta por la memoria el pequeño-. ¿Y por qué le puso ese nombre?
- Verás, una tarde de verano, tumbados a la sombra compartiendo un buen vaso de horchata (en aquella época éramos novios, ¿sabes?), recordó el nombre de una estación de metro de una ciudad llena de vida del norte de España, y le pareció que sería perfecta para nombrar uno de esos astros que hasta ahora estudiaba como K-37654 o P-876643. Así que, con toda su tozudez, perseveró y perseveró, acosando a todos y cada uno de sus antiguos profesores y de sus nuevos jefes y compañeros hasta que lo consiguió.
-¿FUISTEIS NOVIOS?-inquirió el chiquillo, para el que el resto de la explicación se había perdido ante esa novedad impactante.
-Jajajajaja, si, Adrián, lo fuimos. Y, guárdame el secreto, volvemos a serlo ahora.
-Ualaaaaa...¿Y podemos ir ahora a verla? Igual tiene tarta de melocotones...
Y, dando por acabada la observación del cielo, se acercaron a la casa de las cortinas verdes, donde Sara les recibió, satisfecha, y les sirvió una tarta de mango enterita, junto con una dulcísima taza de chocolate blanco, pues en unas horas, cuando Astrabudúa llegara hasta su destino, hasta abrazarse con aquellos que le pusieron nombre, no tendrían que volver a preocuparse jamás por la diabetes o el colesterol.

lunes, 22 de octubre de 2012

Pro Pluto

Disertación humorística de protesta redactada hace unos años a consecuencia de la decisión de la comunidad científica internacional de reducir a Plutón a la categoría de planeta enano. Ahora que tenemos una especie de Wall-E invadiéndole el planeta a los marcianos y haciéndoles fotos sin pedirles el copyright, una sátira para compartir unas risas, sin más pretensión.


PRO PLUTO


En relación a la reciente degradación del -anteriormente reconocido como planeta del Sistema Solar- macizo orbital de Plutón en el último congreso de la Unión Internacional de Astrónomos celebrado en Praga (ciudad que se caracterizó por la obsesión del emperador Rodolfo en torno a la alquimia y el movimiento de los cuerpos celestes), nosotros, los aquí firmantes, manifestamos nuestra más rotunda oposición y exponemos, en contra de este dictamen, los siguientes postulados:

1) PLUTÓN TIENE NOMBRE DE DIOS GRIEGO. Por muy razonamiento inverso que pueda asemejar, y a pesar de lo tautológico del argumento, si a todo planeta se le asigna nombre de dios griego (o latino, mejor dicho, que éstos no son sino burdas imitaciones de los helénicos), todo lo que tenga nombre de dios griego -por definición-, debe tratarse de un planeta. Cabría afirmar entonces que Caronte, por similaridad de caracteres, y también Ceres, habrían de ser proclamados como tales, puesto que también poseen dicha atribución, mientras que el siguiente “planeta enano” conocido, de apelativo alfanumérico impronunciable (también conocido cariñosamente como “Xena”), no debería constituirlo, pese a ser mayor todavía en tamaño que Plutón. Pero a esa especie de combinación críptica e indescifrable de cifras y letras pocos mortales con un mínimo de conocimiento de la cultura clásica podrían considerarle como astro merecedor de ser nombrado en el cielo, mientras que Caronte, por su propia denominación, debería constituirse en satélite de Plutón, tal y como originalmente se hallaba descrito. El hecho de que en este pequeño sistema el planeta mayor sea sólo ligeramente más grande que su acompañante, y el que en realidad ambos cuerpos celestes se encuentren girando el uno alrededor del otro, como en un continuo y tétrico baile, no es en realidad sino una reafirmación de este hecho, puesto que en realidad, Plutón no puede existir sin Caronte –malhumorado barquero sin el cual sería imposible que las almas arribaran al infierno-, ni Caronte puede existir sin Plutón, pues es a algún destino adonde han de ir a parar los atormentados, tal y como existe como el mar y el río, y éste y su afluente, pues es verdad que Dios, en realidad, no puede existir sin humanos que han de adorarle. Y si bien podría rebatirse que el origen del nombre de Plutón proviene de la poco romántica búsqueda de una analogía con el acrónimo del jefe del equipo que primeramente lo descubrió (P.L., se denominaba el muchacho), una vez impuesto el nombre, el irrevocable Dios de los infiernos puede molestarse severamente si se le arrebata la categoría de planeta propiamente dicho a su tutelado. Y yo, si perteneciera a la Unión Internacional de Astrónomos, tendría cuidado con este ente divino que decide el destino de todas las almas un día u otro. Aparte de considerar –dicho sea de paso-, que si un día llegan a la Tierra plutonianos cargados de armas atómicas, la noticia, como mínimo, no les va a hacer mucha gracia...

2) LA INMODIFICABLE TENDENCIA NATURAL DE LAS COSAS AL AUMENTO PROGRESIVO DE LA COMPLEJIDAD DE LOS SISTEMAS. Desde tiempos pretéritos, y ya en los albores de una todavía bisoña ciencia, el ser humano se ha caracterizado por ampliar las diversas clasificaciones que iba realizando con el tiempo, y no en disminuirlas. Así pues, y con el paso de los años, el número de especies conocidas ha aumentado progresivamente (descartando las extinciones y los animales posteriormente descubiertos como imaginarios, los cuales no han conseguido contrarrestar esa tendencia), de igual modo que el grado de profundidad de las teorías en física, y en general, nuestros conocimientos en cualquier ámbito de la ciencia se han incrementado de manera exponencial (que no aritmética), especialmente a lo largo de estos últimos dos siglos. Las enciclopedias son más grandes, el derecho civil y penal, más complejo, las posibilidades en literatura, mucho más amplias, y la tecnología evoluciona (de la misma manera en que lo hace la naturaleza) de tal manera que incorpora lo mejor de los ejemplos anteriores, y suma nuevos parámetros incrementando con ello el tamaño y complejidad de los modelos. Disminuir el número de planetas del sistema solar no sólo significaría una afrenta a esta ley universal que es tan grande como el hombre (y reflejada -aún más-, por la más poderosa de las normas de la física, la química y la biología, que es la ley de Murphy), sino que constituiría, además, un peligroso precedente de cara al futuro, no tanto para la ciencia -que siempre seguirá creciendo-, sino sobre todo, para nuestro concepción filosófica de cómo se halla constitutido el mundo, permitiendo quizás el olvido de que detrás de cada árbol derribado en el Amazonas hay cientos de especies aún no catalogadas, o que cada pueblo que inunda una presa significa la imposibilidad de desenterrar los tesoros arqueológicos ocultos que laten bajo sus suelos. Inhabilitar (por tanto), a Plutón como planeta, significa una marcha atrás en este largo proceso que empezó el Homo Sapiens hace ya más de cien mil años. Y como todo funambulista sabe, cuando caminas por la cuerda floja, la primera regla de todas es estricta: ni un solo paso atrás.

3) EN REFERENCIA A LAS RAZONES EXPUESTAS EN CONTRA, que la órbita de Plutón se cruce con la de Neptuno no es ningún inconveniente, puesto que de ser así, tanto se cruza un planeta con el uno como el uno con el otro, y a Neptuno (tanto por tamaño como por su denominación de Dios de los Mares), nadie se atrevería a arrebatarle la condición de planeta (y en cuanto a quien argumente razones estéticas, tales como que la órbita de Plutón es más excéntrica, menos razonable aún es el movimiento de Neptuno, en claro desequilibrio con las órbitas del resto de sus compañeros: además, y por estética, Plutón, por las razones de tipo byronianas anteriormente expuestas, debe permanecer también vigilante en su puesto; y no es raro después de todo que se cruce en el camino del dios de los mares, pues pensemos en cuántos cadáveres alberga, desde el inicio de los siglos, el inapelable fondo del mar). El diámetro de la masa rocosa también constituye un factor despreciable, pues es un hecho del conocimiento general –tal y como reclaman con rintintín las mujeres a sus maridos-, que el tamaño (o eso dicen) no importa. Por otro lado, alguna voz se ha alzado reclamando que la eliminación de Plutón significa un punto a favor de la ciencia en su lucha contra charlatanes y astrólogos, al recortar un planeta que anteriormente se encontraba incluido en sus particulares bases de datos (contradiciendo, de esta manera, la supuesta exactitud de su ciencia). No obstante, esto en realidad no es sino un aspecto del problema, ya que el golpe mayor se produjo en los años 30, cuando Plutón fue descubierto y por tanto se les hizo romper (ante los astrólogos y sus correligionarios), todos los esquemas a estos visionarios, al introducir una nueva variable la cual –cosas de la milenaria ciencia astrológia- en ningún momento se hallaba en sus cálculos. Eliminar Plutón constituiría volver a darles la razón a unos execrables sacacuartos, los cuales bien podrían refugiarse en que, después de todo, Plutón nunca llegó a ser un auténtico planeta, y por tanto sus predecesores tenían razón.

En todo caso, y más bien, creemos que las divagaciones esgrimidas por la Unión Internacional de Astrónomos para obviar a Plutón de la lista de planetas son a todas luces endebles e insuficientes, y que realmente, la inelección definitiva de Plutón como astro mayor del sistema solar se debe más bien a otros criterios, a saber, entre los posibles:
·         En el caso de la eliminación de la “ch” y la “ll” del alfabeto de la lengua española, la razón última de este suceso se debía verdaderamente a que los académicos pretendían expulsar a 3 ó 4 congéneres del panorama de las letras hispanas, y no sabiendo cómo hacerlo, encontraron como mejor solución tachar estas dos letras de nuestra lengua para, de este modo, eliminar hasta cuatro (ch, Ch, ll, Ll), sillones de académicos, a los cuales no podrían renovar. No es improbable que acabemos descubriendo que existe un organismo internacional en los cuales los nombres de los miembros se asignen por planetas, y con esta medida, excluyendo a Plutón, se ha conseguido expulsar al compañero que no paraba de fastidiar con el sonido de la armónica, o a la compañera por la cual nunca ganaban los partidos de golf de las competiciones entre empresas. Una vez más, no es el cielo el que influye al hombre, sino las necesidades del ser humano quienes determinan el destino de los cielos.
·         Por una razón más lingüística que semántica, y en el caso de los astrónomos de habla hispana, considerar que Plutón es un nombre poco apropiado para un planeta, subrayando que este astro, por su errático movimiento y su fría y distante órbita, bien podría considerarse todo un “plutón” verbenero.
·         En realidad, se debe todo a oscuros intereses inmobiliarios, de la misma manera en que el duque de Lerma trasladó la corte a Valladolid para luego devolverla a Madrid. Los astrónomos que han votado esa medida han empezado a comprar terrenos en Plutón -ahora que han descendido de coste-, y luego votarán a favor de incluirlo de nuevo en la lista de planetas, revalorizándose entonces sus tierras, y vendiéndolas al mejor postor. A lo cual nosotros, legítimos ocupantes de los actuales terrenos de Plutón, nos oponemos.

4) LA FUERZA DE LA TRADICIÓN. La misma entonación de la sentencia, al enumerar el nombre de los planetas, que aprendimos desde pequeños en el colegio, lo define. Los planetas del sistema solar son: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno... y nada más. Ahí falta algo, un punto y final, un noveno y alejado planeta, que cierre y dé sentido al conjunto, un punto remoto, frío y oscuro, que sirva de frontera, de límite final a esta estación, y que se manifieste como una advertencia a futuros visitantes de este sistema solar que provengan de lejanos planetas: de que los que allá se adentren no han de tener asegurada la vida. En contra de lo que se pueda pensar, la fuerza de la tradición es un parámetro al que ha de concederse tanta importancia como el radio del astro, o la longitud de la órbita. El inconsciente colectivo, ese espíritu común y trascendente que hace que -sin haberlo dicho nadie-, todos seamos conscientes de ciertas cosas, y que sin haberlo observado directamente, todos sepamos que tenemos corazón (o el mito de los gigantes, como el recuerdo escondido de nuestros bonachones hermanos mayores los Neardentales), constituye una fuerza generadora tan poderosa como el movimiento de las mareas, y que ha hecho incluso que el año 2000, pese a los razonamientos de todos los científicos, se haya convertido en inicio de siglo, y por tanto, que el aciago siglo XX, gracias a Dios, sólo haya durado 99 años. Por más que lo neguemos, habrá siempre impulsos instintivos que derroten a la fuerza de la razón: siempre esperamos que un cuerpo pesado caiga antes que uno ligero; los psicólogos negarán el psicoanálisis, pero tarde o temprano acabarán citando a Freud; y el Carrefour, después de todo, seguirá siendo Pryca. Por mucho que nos empeñemos, Plutón continuará manteniéndose como planeta, en la mentalidad de todos nosotros y en el imaginario colectivo, puesto que los profesores se lo transmitirán a sus alumnos, y éstos a sus hijos, y éstos a sus nietos, así hasta el final de los tiempos. Plutón será el planeta perdido, el planeta olvidado, pero precisamente por eso, por su carácter de perdedor, el eterno planeta sin nombre. De ser el coloso menor, el hermano renegado, aquel a quien contemplar con menosprecio por encima del hombro, el noveno satélite solar se ha convertido en el cabeza de león de los menores, el gigante a la cabeza de todos los enanos, y sobre todo, y por encima de todo, en el símbolo de la resistencia y la rebeldía ante aquellos astrónomos que, con su aire académico y su espíritu docto, han olvidado cuán insigne es su propia pequeñez, y el valor del dios de los infiernos. Así que contradictoriamente este astro (destinado por su tamaño y su lejanía a perderse progresivamente en el vacío de ese inmenso océano negro que son los confines del espacio), ha quedado instalado, como consecuencia de esta injusta e innecesaria extradición, ahora de manera definitiva en nuestras simpatías y en nuestras memorias. Con lo cual podemos afirmar, con un cierto deje de risita y venganza en el alma, que con su expulsión del sistema, Plutón, para todos los efectos, acaba de introducirse definitivamente en él.


            Nota adicional como advertencia: ENTRE MARTE Y VENUS TAN SÓLO SE INTERPONE LA TIERRA.

            Retomando de nuevo la nomenclatura clásica de los planetas como entidades mitológicas derivadas del acervo religioso griego y romano, hemos de tener en cuenta una serie de curiosas coincidencias que aparecen asociadas a aquellos cuerpos celestes que se presentan a ambos lados de nuestro estimado –ya por la costumbre- macizo conocido como planeta Tierra. A un lado y al otro se encuentran Marte y también Venus, dioses del amor y de la guerra. Sus condiciones climáticas guardan cierto paralelismo (o tal vez incoherencia) con las entidades las cuales representan: Marte es frío, inhóspito, e incapacitado para albergar vida. Venus, en cambio, el planeta del apoyo incondicional y el abrazo sincero, alberga temperaturas de más de cuatrocientos grados y ríos de lava candente que harían evaporarse instantáneamente a cualquiera que pusiera un solo pie en él. Esto ya era de sobra conocido por los astrónomos y eruditos: pero hay un detalle que quizás nos haya pasado desapercibido. Una pequeña china en el zapato, que pudiera resultar mortal.

            Porque si recordamos las viejas tradiciones asociadas al panteón helénico, no podemos obviar el hecho de que Ares y Afrodita, en el pasado, fueron amantes, y algunos dicen incluso que, finalmente (y por qué no, también ellos), acabaron enamorados. Pudiera parecer paradójico, ¿desde cuándo se asocian el amor y la guerra?, ¿no termina todo esto con las proclamas más afamadas de mayo del 68? Pero hemos de tener en cuenta que, después de todo, éstas son las dos grandes pulsiones entre las cuales se ha desplazado como un péndulo el hombre a lo largo de los siglos, el Eros y el Tanatos, la decisión de ser amado o ser temido, cuántas guerras desde la de Troya han sido iniciadas por el sexo, cuántas veces la guerra, a pesar de su crudeza, ha terminado por desencadenar entre almas atormentadas el amor. De hecho el sexo ha sido siempre asociado al fuego y por ende a la violencia, y la diosa púnica para el mismo, Ashtarté, es al mismo tiempo también la entidad representadora de la venganza. Así pues, este amor tiene un sentido, y una lógica, especialmente si recordamos que ninguno de los dos fueron dioses amables. Pero no por ello tuvieron más fácil la posibilidad de expresarse su amor.

            Porque también ellos, como Romeo y Julieta, como dos ingenuos amantes, sufrieron de la incomprensión (quizás no entendieron estos razonamientos anteriormente enunciados) y del reproche de sus pares. De hecho el tercero en discordia –el cornudo y maltratado Efesto (en efecto, qué feo era Efesto)- consiguió un día pillar in fraganti a ambos infractores y rodearlos como una malla de hierro la cual les impidió salir, con lo cual, durante todo una jornada, los dioses del panteón griego se pasearon para carcajearse de los burladores burlados, y por una vez –cazadores cogidos- las dos grandes pasiones que dominan al hombre contemplaron cómo se convertían en el hazmerreír de aquellos que iban o venían aunque solo fuera de paso. Quizás por ello interrumpieron sus relaciones, y pudiera ser por el miedo al ridículo por lo que no se volvieran a ver.

            Pero un día, pensemos, pueden volver. Desde esa distancia de millones de kilómetros que les separan, la fogosa y ardiente Venus, y el gélido y glacial Marte, aspiran por su retorno, que aporte un poco de paz y equilibrio a unas vidas que, de haber podido continuar juntos, quizás hubieran evolucionado distinto: Venus no hubiera tal vez despechado a todos los amantes que se hubo encontrado, Marte hubiera sido más tranquilo, más amable, podría haberse ahorrado (al estar más sereno) una o quizás dos guerras mundiales. Pero es que estas dos entidades, tan sólo se encuentran separados por una nimia e insignificante pantalla que se planta entre ambos dos: este escollo, fácilmente salvable, se trata de la Tierra.

            Y quizás por ello todas estas batallas que nos asolan, esa ola de sinsabores que consiguen que nunca seamos felices, y el que poco a poco nuestra atmósfera se pueble de metano y gases tóxicos, haciendo que nuestra atmósfera se aproxime cada vez más a la que hace del planeta Venus un acogedor lugar para que viva Plutón. ¿Están de alguna manera nuestros vecinos ejerciendo una maligna influencia sobre nuestras acciones y nuestro ambiente, incitando a nuestra destrucción para que, de esa manera, en el hueco subsiguiente, ellos puedan acercarse y que un día sean capaces de volver a estar de nuevo juntos?

            Se dice que el cinturón de asteroides situado entre Marte y Júpiter pudo constituir otrora un planeta extinto, el cual acabó destruido por crípticas fuerzas que desconocemos. Incluso el reconocido mitólogo Isaac Asimov propuso, en labios de James Moriarty, la famosa tesis Dinámica del asteroide, según la cual un genio malvado había sido capaz de llevar a su fin a este planeta primigenio, de la misma manera en que otro agente del pánico podría conseguirlo de nuevo. ¿Se aproxima de este modo el fin de nuestro planeta?¿Eros y Tanatos, asociados contra nosotros, para así retomar su amor?

            ¿Somos pues el último obstáculo, para la solución de todas las guerras y de todos los destrozos?¿Somos entonces los que evitamos, el idilio más hermoso?

            O tal vez todas disquisiciones no tienen sentido, y son en definitiva absurdas. O tal vez la esperanza de encontrar una influencia sombría –o luminosa, para los que creen en el horóscopo- de los planetas en nuestra vida, o de expulsar a Plutón de los cielos (quizás para de esta manera contrarrestar sus influjos) tan sólo corresponden al afán de no admitir una única realidad.

            Que el infierno, el amor y la guerra, somos nosotros.

            Y que ni Plutón ni Marte ni Venus, por mucho que quieran, tienen posibilidad de ayudar...

(Nota 1: este artículo iba acompañado de la mención de la siguiente viñeta, que creo que puede terminar de esclarecer dudas, o agravarlas todavía más: Diario El País (versión digital), 2/09/2006. Autor: Ramón.)

(Nota 2: no tengo la referencia de la imagen que pongo de portada. Si alguien se siente molesto por ello, que se ponga en contacto conmigo para que se retire o se añada la oportuna mención. Y perdón).