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lunes, 13 de febrero de 2023

La historia real de febrero: La gran redada de gitanos

Nos acordamos -con frecuencia, y con razón- del Holocausto que los nazis intentaron (y casi llegaron a cabo) con los judíos. Nos olvidamos con más facilidad de que las políticas de aniquilación de Hitler alcanzaron también a izquierdistas, homosexuales y gentes de otras etnias, como gitanos (entre estos últimos, el fenómeno se conoció como Samudaripen o Porrajmos). Pero lo que es resulta bastante desconocido para el gran público es que España intentó su propio holocausto, a su manera, con la población autóctona gitana. Fue el suceso que se denominó "La Gran Redada", o Prisión General de Gitanos.

Los gitanos (o calós, como se denominan a ellos mismos, en contraposición con los payos; también se les conoce como romanís) llegaron a España en 1424, procedentes originariamente de la India, y su entrada fue autorizada al año siguiente por un salvoconducto de Alfonso V de Aragón. Su vida nómada les hizo muy diferentes desde el principio del resto de la población, y aunque han aportado (tanto a nivel colectivo como individual) muchas cosas al acerbo de su nueva patria, siempre ha habido problemas de convivencia. El problema surgía cuando algunos decidían que la mejor manera de eliminarlos (o de completar la homogeneidad de los reinos españoles iniciada por los Reyes Católicos con la expulsión de judíos) era, precisamente, erradicar a la cultura minoritaria de la ecuación. Se promulgaron hasta 250 medidas anti-gitanas (reclutamientos a galeras, expulsiones de determinados territorios, normas destinadas a la exclusión social o a que no consiguieran trabajo), algunas de ellas contradictorias, como las que obligaron a los gitanos a residir en ciertos municipios, lo cual conllevó que se trasladaran de localidades donde ya se habían integrado.


Arriba, fotografía de Niña Pastori, quien ejemplifica la contribución de la población gitana (ella tiene madre caló y padre payo) al mundo del flamenco, aunque, poco a poco, podemos encontrar gitanos tan orgullosos de su herencia como partícipes de todos los sectores sociales y profesionales. Abajo, marqués de Ensenada, responsable en buena medida de la Gran Redada.

Sin embargo, el punto álgido llegó durante el reinado de Fernando VI. En ese momento, el Consejo de Castilla (presidido por Vázquez Tablada, obispo de Oviedo) se decidió a acabar con "el problema gitano" de una vez por todas -"solución definitiva", lo denominaron-, y propuso un plan que sería ejecutado por el ministro más relevante de aquel momento, el marqués de Ensenada. La primera opción fue enviarlos como prisioneros a América (el mayor inconveniente era que podían acogerse "a sagrado" en las iglesias, pero el Papa les hizo el favor de revocar ese derecho, el cual siguió funcionando para todos los criminales excepto para los de origen romaní). Sin embargo, al ver que Portugal había intentado una propuesta similar y no le había salido bien, se decidieron a encerrar a todo el pueblo gitano, aislar a las mujeres de los hombres e impedir, en último término, que pudieran reproducirse. En puridad, estamos hablando de una extinción, un exterminio: en aquella época no existía la palabra genocidio, pero la idea no le iba a la zaga, y muchos historiadores la califican con ese término (si bien es verdad que de manera indirecta, porque el plan no era matar a los gitanos para lograrlo). Uno de los detalles graciosos fue que, a pesar de que la idea era abominable, en los documentos oficiales ni siquiera se quería mencionar la palabra "gitano" porque los ideales de la Ilustración veían feo discriminar por raza, así que muchas veces se trató de disfrazar este trato diferencial en base al oficio: esto causaría muchos problemas posteriormente, como veremos.

Hay que reconocer que la estratagema estaba muy bien ideada: se llevó a cabo un recuento minucioso de la población gitana (luego resultó que no era tan exacto como les hubiera gustado). Se planeó que la redada se ejecutara de manera sincrónica por las distintas zonas del territorio en el mismo día y hora (la medianoche del 30 de julio de 1749), y que fuera llevada a cabo por grupos que se organizarían en el máximo secreto. Muchos de los militares que recibieron las órdenes se enteraron de las mismas unas pocas horas antes de llevarlas a cabo, pues venían en sobres escrupulosamente cerrados que debían abrirse de manera simultánea: una vez hecho esto, habría que arreglárselas para localizar a los gitanos y separarlos entre hombres mayores de siete años, y mujeres y niños menores de esta edad (los primeros irían a trabajos forzados en arsenales de la Marina, y l@s segund@s a cárceles, hospicios o fábricas textiles; los niños, cuando crecieran, serían separados de sus madres, aprenderían un oficio y tendrían el mismo destino que sus progenitores). La financiación para organizar todas estas operaciones saldría de requisar los bienes pertenecientes a los gitanos (una idea que sin duda copiaron de la Inquisición, que ya llevaba años funcionando económicamente sobre esa base).

La parte más increíble de esta historia (lo que es raro, cuando hablamos de un plan español) es que todas las instrucciones se cumplieron con eficacia germánica. De hecho, las primeras horas fueron un modelo de planificación que hubiera encandilado a los nazis: hasta hubo poblaciones en las que se cortaron las calles para impedir la huida de cualquier gitano de la localidad. Se calcula que capturaron a unos 9000 calós, que se sumaron a unos 3000 que ya estaban en prisión; sin embargo, como suele decirse, no fueron todos los que eran (algunos gitanos huyeron, muchos porque contaron con ayudas de colaboradores), ni eran todos los que fueron (se asumió que todos los integrantes de determinadas profesiones eran romanís, y la justicia tuvo que dirimir determinados casos). Muchos gitanos se entregaron pacíficamente -no conocían el alcance del plan, y creían que era positivo colaborar con las autoridades-, incluso yendo al encuentro de los soldados, para sorpresa de los mismos (cosa que por ejemplo ocurrió en Vélez-Málaga), y la mayor resistencia tuvo lugar cuando se trató de separar a las familias, en particular a los padres de sus hijos, aunque sí hubo algunos conatos de rebeldía aislados. Por otra parte, hay que decir que muchos calós trataron de acogerse a sagrado (derecho que, como decimos, les había sido astutamente retirado para evitar que tuvieran una salida; eso sí, algunos religiosos les protegieron, a pesar de la prohibición, y las autoridades tuvieron que pasarles por encima); en cuanto a la población paya, su actitud fue variable, y aunque muchos trataron de defender a sus vecinos, otros en cambio fueron colaboradores activos de la Gran Redada, y delatores del pueblo objeto de persecución.

John Philip, que visitó España y recibió la influencia de varios artistas españoles, creó este cuadro (La ventana de prisión) sobre cómo padecía sus desventuras una familia durante la Gran Redada de Gitanos.

Sin embargo, toda la disciplina que habían mantenido las autoridades en esta primera fase de la operación se fue desarbolando a lo largo de las siguientes etapas. No había medios materiales suficientes para mantener encerrados a tal cantidad de gitanos, a pesar de que se habilitaron castillos, alcazabas e incluso barrios enteros -como uno en Málaga- para tal fin. Además, la falta de un registro detallado de los gitanos (muchos de los cuales se habían casado con payos o tenían certificados que les acreditaban como cristianos viejos) complicaba muchísimo las cosas a nivel de los responsables de la administración, la cual por otra parte se hallaba desbordada. En un momento determinado, la confusión era tanta (¿se era gitano según tu etnia o tu profesión?; ¿eras más o menos gitano según el arraigo en tu lugar de procedencia?; ¿se debía tratar igual a un gitano casado con una paya que a una gitana casada con un payo?; al final, en este último caso, la decisión que se adoptó fue que una familia era gitana si lo era el marido) que al final se decidió liberar a unos sí y a otros no, con lo cual el plan inicial empezó a hacer aguas.

No había espacio para tal masa de reclusos: los gobernadores pedían que no se les enviara a más, a pesar de lo cual éstos siguieron llegando. Las condiciones en las que se mantenía a los romanís eran deplorables (incluyendo el uso de grilletes), lo cual llevó a numerosas muertes, fugas y revueltas (éstas incluían burlas a los carceleros; varios grupos de gitanos decidieron hasta rasgarse las ropas y quedarse en cueros, lo cual dejó a sus guardianes descolocados). A pesar de que se ordenó castigar a los huidos con la horca, muchas autoridades locales consideraron desproporcionada la orden y no la cumplieron. En medio de la confusión, no era tan raro que a unos gitanos se les liberara por un lado y se les arrestara más tarde por el otro. Creo recordar que la primera vez que leí esta historia (mi memoria no está segura de si en un texto de Antonio Gómez Alfaro, el gran historiador moderno acerca de este tema, y que escribió un libro al respecto) se hablaba de permisos temporales para salir y hasta de visitas conyugales intermitentes, pero estos extremos no los he podido confirmar; en todo caso, os podéis imaginar el despropósito que era aquello, y el caos organizativo, en contraste con el éxito inicial de la operación.

Por otra parte, la medida, en muchos sentidos, resultó contraproducente: mientras que a los gitanos que tenían una vida más nómada resultó más difícil capturarles (se calcula que hasta 2000 se libraron de las redes que se cernían en torno a ellos), en cambio, a los que tenían un oficio y llevaban toda la vida en la comunidad -en buena medida, reasentados por las leyes anteriores; por eso estaban tan bien localizados- fue fácil atraparles. Sin embargo, su arresto, paradójicamente, fue el que más dañó a las economías locales. Hasta alcaldes y habitantes de sus pueblos pidieron insistentemente que les liberaran; eso, unido a las protestas de la comunidad caló (sobre todo por parte de las mujeres) acabó por forzar a las autoridades a modificar el desenlace final del asunto.

Unos tres meses después de la Redada se decidió liberar a un gran número de gitanos, hasta 5.000, que pudieron, de una manera u otra, demostrar "su honradez" (o sea, que tenían trabajo y arraigo); sin embargo, cuando volvieron, descubrieron que se habían quedado sin propiedades, y que tenían que reiniciar su vida desde el principio, lo cual no debió de apaciguar la conflictividad social. Los 4.000 restantes siguieron trabajando prácticamente como esclavos, siendo liberados poco a poco, hasta que, en 1763, Carlos III, quien había sucedido a Fernando VI (el cual había destituido al marqués de Ensenada hacía mucho), decidió finiquitar aquel dislate, indultar a los pocos cientos que aún quedaban recluidos y que no habían muerto por las malas condiciones de vida, y terminar con todo lo que le recordaba que aquella fallida operación había existido -Carlos III, incluso, decidió omitir explícitamente el suceso en legislaciones posteriores; según decía, porque dejaba en mal lugar a su antecesor Fernando VI-. Aun así, el problema logístico de la reubicación prolongó las trabas burocráticas dos años más, hasta que el rey ordenó liberar de manera inmediata a todos los gitanos que quedaba presos.

Aquel suceso dejó una huella indeleble en el pueblo romani; algunos de los que habían podido acreditar su honradez, para intentar evitar que les volvieran a arrestar, decidieron mimetizarse con el entorno y formar cofradías (como hicieron muchos conversos ante el empuje de la Santa Inquisición, o grupos de izquierdistas tras el triunfo de Franco); otros recitaron y cantaron el sufrimiento padecido, y algunos autores ubican allí el origen del quejío flamenco. Ni qué decir tiene que las relaciones con la comunidad paya quedaron indisolublemente dañadas; no es fácil llevarse bien con un pueblo a cuyo rey (Fernando VI) le dedicas canciones infantiles que cuentan lo mal que se ha portado con los tuyos. Eso, por no decir de la desconfianza que se generó entre el pueblo gitano y los valores de la Ilustración, así como con la comunidad paya. Muchas de esas cicatrices siguen supurando hoy en día. En cambio, en la historiografía española, al suceso, por bochornoso, se le dedicó escasa investigación y recuerdo; sólo unos pocos historiadores especialistas en el pueblo gitano han conseguido airear lo suficiente el asunto, que sigue siendo desconocido para la mayoría.

Hoy en día, todavía se hacen conmemoraciones de aquel acontecimiento nefasto para las dos etnias implicadas, sobre todo por parte de la comunidad romaní. Recientemente, el entonces vicepresidente Pablo Iglesias pidió perdón de manera oficial a los gitanos residentes en España, en nombre del gobierno, por los daños producidos por la Gran Redada. Pero lo que nadie puede asegurar es que sucesos como aquellos no vuelven a repetirse, sobre todo si no los recordamos. Desde este humilde blog, espero haber contribuido, con mi granito de arena, a solucionar esta amnesia.

martes, 7 de mayo de 2019

El cómic de mayo: "El tesoro del cisne negro", de Guillermo Corrral y Paco Roca

Paco Roca es ahora mismo la estrella más brillante en el pequeño (pero suficiente para albergar constelaciones) firmamento del cómic español. Nos tocó la fibra sensible con Arrugas, ha sido intimista con La casa, nos ha contado su vida en Memorias de un hombre en pijama, ha homenajeado a los republicanos que liberaron París en Los surcos del azar, y a los primeros humoristas que intentaron independizarse de sus editores en El invierno del dibujante. Y recientemente, ha decidido contarnos una historia atípica, un cuento de piratas que condena la piratería y una narración donde las gestiones burocráticas se tiñen de aventura y pasión: todo esto es posible cuando el marco de ambientación es la historia real de cómo España recuperó el tesoro del buque hundido "Nuestra señora de las Mercedes".

Recapitulemos. En 1786, la fragatra "Nuestra señora de las Mercedes" partió de América hacia España formando parte de un convoy, con el objetivo de traer a España un tesoro que hoy se nos antoja inimaginable (entre otras cosas, porque no se permiten expolios así de otros países, al menos efectuados de la misma manera). Pero un grupo de barcos ingleses se aproxima, hunde el barco, y captura al resto de las naves que forman parte de la expedición. Sin embargo, la empresa buscadora de tesoros "Odyssey" rescata el tesoro del pecio hundido de las profundidades del Atlántico, y se hubiera quedado con él de no ser por las diligencias que realizó ante la justicia el gobierno español (a las que ayudaron 50 años previos de reclamaciones legales, pues en un inicio, ante este tipo de descubrimientos mandaba la ley más antigua del mar, "el que lo encuentra se lo queda"). Hoy, buena parte del botín rescatado y de la historia puede admirarse en el Museo de Nacional Arqueología Subacuática sito en Cartagena, una institución apasionante, entre otras cosas porque va ofreciendo detalles acerca de las actuales expediciones que se están llevando a cabo donde se hundió "Nuestra señora de las Mercedes" para recuperar los restos del barco hundido, y que anuncian futuras adquisiciones para el museo.

Parte del tesoro rescatado del "Nuestra señora de las Mercedes", exhibido en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática en Cartagena. Foto del autor.

A partir de esta historia de ficción, Paco Roca y Guillermo Corral (un diplomático que intervino directamente en el caso real) han escrito una novela gráfica, "El tesoro del cisne negro", que guarda muchas similitudes con el hecho original, pero del que han alterado unos cuantos detalles para poder sin duda gozar de una mayor libertad en la narración. Sin embargo, los autores no ocultan su fuente de inspiración, como tampoco esconden la influencia de las clásicas novelas de aventuras del estilo Tintín,, hecho que es atestiguado por una portada que es constituye un evidente homenaje a la novela gráfica de Hergé "El secreto del unicornio". Sin embargo, como decíamos, ésta es una narración atípica: lejos de la figura romántica del pirata, inmortalizada por Stevenson con La isla del tesoro o por Espronceda en La canción del pirata (aquí, un artículo muy interesante sobre en qué se basó), aquí se presenta a los buscadores de tesoros como individuos sin escrúpulos que dañan los restos encontrados en su búsqueda avariciosa de monedas de oro y plata, sin importarles destruir el patrimonio histórico o aquellos componentes del naufragio que puedan tener un valor humano o museístico. De hecho, en lugar de los corsarios o marinos, en esta historia los héroes son los grises funcionarios del ministerio de Cultura, personajes cargados con algunos de los atributos característicos de los protagonistas de Paco Roca: individuos frágiles, inseguros, tiernos, impotentes las más de las veces ante un destino que les resulta esquivo. Allí, el manejo del color de Roca nos lleva de manera pausada pero intrigante a través de los laberintos de la batalla legal que en su día protagonizó el rescate de la "Mercedes", en una narración que se irá complicando conforme entren en juego nuevas tecnologías, intereses enigmáticos, métodos criminales y el entramado de poderes financieros y políticos. Una historia que suena veraz (aunque se haya tomado bastantes licencias), sin duda por el punto de partida del material.

"El tesoro del cisne negro", pues, conquistará tanto al público que aspira a revivir una novela de aventuras como al que pretenda redescubrir una parte de nuestra historia. Y pone hincapié en esos pequeños héroes anónimos que no aspiran a ser el terror de los mares, sino a emular a Costeau, o simplemente rescatar a los olvidados muertos que se acumulan en el fondo del océano o en las cunetas. A ellos los autores de este cómic les han proporcionado unas pocas pero significativas páginas de gloria, su pequeña gran oportunidad.

lunes, 26 de junio de 2017

El libro de junio: "El siglo de las luces", de Alejo Carpentier

“Hay épocas hechas para diezmar los rebaños, confundir las lenguas y dispersar las tribus”.
                       Alejo Carpentier. El siglo de las luces.

Existen (relativamente, para la intensidad y profundidad del terremoto que provocó) pocos libros ambientados en la Revolución Francesa. No demasiados que traten del Caribe. Y muchos menos dedicados a lo que fue la Revolución Francesa en el Caribe. Pero es que hay algunos textos que son inconcebibles sin el influjo particular de sus autores, de tal modo que, si éstos no hubieran existido, probablemente ningún otro hubiera podido alumbrarlos. Quizás por eso sólo Alejo Carpentier -suizo, de padre francés y madre rusa, que residió en Cuba y Venezuela durante buena parte de su vida y acabó muriendo en Francia- era capaz de pergeñar esta historia, un relato que abarca desde el final del período de la Ilustración hasta el principio del fin de la revolución francesa, saltando del Mar Caribe a Europa y de las ideas a la acción, allá donde el lector se atreva a acompañarle. La historia se narra desde el punto de vista de tres muchachos adolescentes, herederos de una fortuna en una Habana que es colonia española, donde un recién llegado (Victor Hughes, personaje de inspiración real) les va a poner en contacto con el mundo de la Revolución Francesa y de los nuevos conceptos que empiezan a extenderse en aquel tiempo, y modificará, a nivel individual, el rumbo de sus vidas para siempre. Se dice que Alejo Carpentier es uno de los precursores de lo "real maravilloso", una definición que muchos autores no dudan en igualar al "realismo mágico" que se hizo famoso años más tarde cuando los escritores del boom latinoamericano -García Márquez, Allende, Vargas Llosa- lo pusieron de moda. Y es que aparte de tratarse de una historia intensa (llena de sucesos dramáticos, pasiones, cambios de rumbo, reflexión intelectual y política), el autor no duda en salirse durante breves lapsos de tiempo de la trama principal, para dibujarnos con colorido el ambiente de la Europa y la Latinoamérica de aquella época, desde el mestizaje cultural del que el propio Carpentier era ejemplo, hasta los exóticos parajes, cambiantes escenarios y apasionantes trasfondos que recorre la novela. Se trata de un libro intenso, cargado de símbolos, descripciones y referencias culturales, que exige un poco de paciencia y de esfuerzo para leerlo (no es la típica lectura ligera de verano, aunque contenga mares y océanos suficientes para inspirarnos viajes) pero que, al lector al que le interesen los temas de los que habla, no acabará decepcionando, pues contiene aventura suficiente (en forma de corsarios y guerreros, libertadores y pensadores, libros y guillotinas) como para llenar unas cuantas vidas, y al mismo tiempo resulta un brillante reflejo tanto de las intensas luces de la Revolución, como también de sus alargadas y tenebrosas sombras. Os dejo el deseo de que no tengáis que vivir lo que proclama la frase de la novela que hemos citado al principio, y que, a ser posible, hasta que nos veamos, disfrutéis de tiempos menos convulsos. Un saludo.

Post-scriptum: Después de escribir esta reseña, me enteré de que, en su día, cuando Gabriel García Márquez leyó este libro, arrojó a la papelera las cien páginas que llevaba escritas del manuscrito titulado "Cien años de soledad" y empezó de nuevo, con pluma matizada por el evocador lenguaje de Carpentier. Había nacido, oficialmente, el realismo mágico.

martes, 15 de diciembre de 2015

El libro de diciembre:"Hombres buenos". Algunas reflexiones personales adicionales.

Arturo Pérez Reverte es autor de varios libros que he devorado en el pasado. La piel del tambor, El húsar, El maestro de esgrima, La sombra del águila, La tabla de Flandes, El club Dumas, o las primeras entregas de El capitán Alatriste me impactaron mucho en su día. Pero un texto más actual me ha llamado recientemente la atención, su última novela, Hombres buenos. Y, después de leerlo, quiero compartir con vosotros lo que me ha parecido y, después, unas cuantas reflexiones personales que vienen a cuento de lo que me ha hecho reflexionar esta historia.

"Hombres buenos" se basa en un hecho real: la adquisición y transporte a España, por parte de la Real Academia de la Lengua Española, de una primera edición de la Enciclopedia francesa. Demos un paso atrás para explicar el contexto: es el siglo XVIII, y después de un largo período de oscuridad en Europa, algunos autores empiezan a hacer hincapié en que debería ser la Razón (con mayúsculas), y no las viejas costumbres o las creencias religiosas, las que controlen la mayoría de nuestros actos. En el llamado Siglo de las Luces, filósofos como Diderot, D'Alembert o Condorcet deciden reunir en una sola obra todo un compendio del saber humano hasta entonces. Una obra progresista, iluminadora, que intenta que sea el conocimiento el que dirija el rumbo del mundo, y los filósofos, matemáticos y físicos los que modifiquen -para bien- la vida de un pueblo que debe recibir más atención por parte de sus gobernantes, en lugar de contar tan sólo con obligaciones. Voltaire, Rosseau, Newton, eran algunos de los inspiradores de esta obra. Y parece que, entre de las monarquías europeas, algunos están comenzando a reconocer su importancia, y el concepto de soberano ilustrado ("Todo para el pueblo pero sin el pueblo") acaba por ponerse de moda.

No obstante, la vida no es fácil para esos enciclopedistas. A la Iglesia no le gusta que su milenaria capacidad para decidir lo que es verdad o mentira, bueno o nocivo para el hombre, sea puesta en entredicho. A muchos no les gusta que las nuevas ideas (que incluyen revisiones sobre la forma de gobierno de los hombres, y ponen por tanto en duda la forma de ordenación de la sociedad) se extiendan entre el populacho. Y los reyes pueden verse cohibidos tanto por las presiones externas como por sus propios escrúpulos religiosos o el miedo a perder sus privilegios de clase. Eso hace que la Enciclopedia sea incluida en el índice de libros prohibidos por la Inquisición, y que sólo una cierta manga ancha permita que algunas ediciones circulen de manera clandestina en Francia. En el relato de Pérez Reverte, se reproduce a partir de los registros de la Real Academia de la Lengua Española como ésta (de relativa autonomía intelectual por aquella época) aprobó conseguir una copia de esta Enciclopedia de cara a empaparse de la misma y transmitir parte de su sabiduría a los diccionarios de la Lengua Española: para ello se decide enviar a París, a adquirir los veintiocho volúmenes de los que consta, a "dos hombres buenos". Dos académicos en cuya piel se mete Reverte y nos arrastra consigo.

Uno de los mejores logros del autor (quien, por cierto, utiliza su propio proceso documentación como medio de transporte para llevarnos a través de la trama) es la consecución de estos dos personajes principales, con quien no te tienes más remedio que encariñar. El primero, el "almirante" don Pedro Zárate, viejo marino experto en vocabulario naútico, de ideas reformistas y bastante anticlericales, pues opina que la Iglesia en gran parte responsable de la situación de oscurantismo que domina España (para que os hagáis una idea, hasta se interponía a la vacuna de la viruela porque atentaba contra los designios de la divina providencia); por otro lado, don Hermógenes Molina, el bibliotecario, un hombre dulce y amable, el típico sabio despistado y bonachón que produce ternura con tan sólo una sonrisa, y que trata de conjugar su fe en las reformas con su fe también en el cristianismo, lo cual le lleva a no pocas discusiones a lo largo del camino con su escéptico compañero de fatigas. Pero el natural sentido del deber y la bonhomía de ambos hombres, junto con las aventuras vividas codo con codo, hacen que estos personajes tan distintos en algunos aspectos se conozcan a lo largo del viaje, se hagan amigos y se protejan mutuamente. Dispuestos a correr toda clase de peligros por conseguir su propósito.

Y, efectivamente, los peligros les acechan. Académicos del partido conservador, e incluso alguno de los del ilustrado que pretende apropiarse de la exclusividad del saber procedente de Francia, conspiran a través de un "hombre para todo" (el amenazador villano de esta historia) para que no logren llevar su empresa a buen puerto. Una labor que se ve obstruida además por la dificultad de conseguir un libro prohibido, del que hay pocas copias y no todas de fiar. En fin, un trabajo complicado para nuestros dos hombres buenos.

A través de los dos académicos, descubrimos las entrañas del París de estos años: los cafés donde se reúne la intelectualidad; los salones donde la nobleza disfruta de la frivolidad y la galantería; el submundo de los duelos entre caballeros, o del de la venta ilegal de libros prohibidos, tanto ilustrados como pornográficos. Resulta interesante también el retrato que hace Reverte de los distintos protagonistas del flujo de ideas que anda bullendo en Europa en esos momentos, si bien en algunos momentos nos puede resultar algo sesgado y/o influenciado (para bien o para mal) por lo que sabemos que harán después y por la propia la mentalidad del siglo XXI: los ilustrados y enciclopedistas franceses, confiados (inútilmente, como sabemos) en que los reyes desarrollen las tan ansiadas reformas para que de esta manera los cambios tengan lugar de manera pacífica; un pueblo en buena parte acostumbrado a la apatía y que quiere creer que sus gobernantes son bondadosos y velan por ellos; algunos de los futuros revolucionarios, en buena medida intelectuales que no han sido reconocidos y que guardan rencor contra el mundo, creyendo que para que venga la limpieza es necesario primero un amplio baño de sangre; y, finalmente, las condiciones miserables y de carestía que hicieron que, en 1789, el pueblo francés explotara y pidiera por las armas lo que sus gobernantes no habían querido darles a pesar de las ideas de la Enciclopedia. Un período sangriento y salpicado de turbulencias en buena medida, pero al cual no cabe duda que debemos que ahora vivamos en otro tipo de sociedad.

Reverte relata una historia que no era fácil de narrar (al fin y al cabo, son dos académicos comprando un libro, incluso aunque este objetivo esté lleno de trampas), pero consigue salir adelante, empleando a veces trucos que él mismo nos revela en parte junto con la trama, como la creación de un alter ego escritor, miembro también de la Academia, que pretende informarse acerca de las andanzas reales de nuestros dos protagonistas. El libro, desde luego, está muy bien documentado, y las descripciones de los ambientes y personajes son sistemáticas y profundas. A veces, en ese sentido, se podría pensar que Reverte incurre en un riesgo que ya le amenazó en otras novelas (como "Trafalgar" o "El asedio"), y es que la novela descriptiva y costumbrista supere a la trama y los personajes, y la historia quede devaluada frente al retrato de una época y un entorno concretos. No obstante, en "Hombres buenos", lo que no falta es precisamente es alma. Y eso es porque estos dos académicos (hombres ancianos, en gran medida pacíficos, cuyas vidas han transcurrido siempre en los márgenes de la historia) están dispuestos a sacrificar todo lo que tienen en pos de un objetivo: la defensa de la razón, de unas ideas reveladoras que -confían- conseguirán llevar a la humanidad a un futuro más próspero, más libre, más justo. Este libro es, por tanto, una defensa del saber y de los libros como una manera de obtener el progreso material e intelectual de los hombres, y da por tanto un paso adelante en favor de la Enciclopedia, la Ilustración, y también de aquellos hombres que la difundieron y la hicieron posible. Es un relato de individuos que lucharon la batalla de las ideas contra la barbarie. De personas, en definitiva, que no se quedaron a un lado y se atrevieron a luchar. Es una historia no sólo de hombres buenos sino, también, de hombres valientes.

***

Ahora viene el turno de la reflexión personal. Otros libros han tratado en el pasado la importancia de este momento histórico en el que España tuvo la posibilidad de apostar por el camino de la razón y las luces y sin embargo se quedó a medias. Por ejemplo, Buero Vallejo, en su obra de teatro "Un soñador para un pueblo", cuenta cómo el marqués de Esquilache trata de promover iniciativas que ayuden al pueblo, y éste, manipulado por nobles que le utilizan en su beneficio propio y contra Esquilache, se rebelan contra el ministro y fuerzan a Carlos III a destituirle. En otros posts de este blog, hemos hablado de personajes revolucionarios de épocas posteriores (como Riego, que intentó que Fernando VII tuviera en consideración a las Cortes en defensa de una mayor libertad política) y también de qué hubiera pasado si aquellos ilustrados (hombres buenos, como dice Reverte) hubieran tenido mayor éxito en la consecución de sus ideas.

Lo cierto es que, como dice el propio Reverte en su libro, la historia del Siglo de las Luces español es una historia de la España que pudo ser y no fue (quizás por eso titulé a mi relato acerca del tema, en el último enlace, y parafraseando a Machado, como "un día en la otra España". Una España en la que a muchos nos gustaría vivir). Sí, Carlos III realizó unos cuantos intentos, pero el hecho es que la Iglesia pesaba mucho, los nobles no querían ver recortado su inmenso poder (no pagaban impuestos y poseían la mayor parte de la riqueza del país) y, como la mayor parte de los monarcas ilustrados (incluyendo ejemplos como Catalina la Grande o los franceses) tenían miedo de que, si se ponía en duda la divinidad de su poder o perdían en apoyo de la nobleza, corrieran el riesgo de perder su trono. De hecho, la historia nos dice que tanto estos monarcas como sus sucesores retrasaron o impidieron tanto las reformas que los pueblos tuvieron que exigirlas por la vía violenta, obteniéndolas finalmente no sin mucha sangre, sacrificio, y varios períodos más que terribles ... y a veces, ni siquiera consiguiéndolas del todo.

La verdad sincera es que España ha llegado tarde a la mayoría de las revoluciones, cuando siquiera las ha iniciado. Decía Reverte que el momento decisivo para la historia de España fue el concilio de Trento, pues tuvo que escoger entre la luz y el oscurantismo, y optó por lo segundo (también es conocida su frase, popularizada a través de este vídeo y mencionada de nuevo en este libro, de que en España hubiera hecho falta una guillotina, al menos en el terreno simbólico). En el Siglo XVIII, las iniciativas por cambiar el país fueron muy suavizadas, e incluso el término "iluminación" se cambió por el de "ilustración" porque sonaba más diluido. Pero también nos ha pasado en tiempos posteriores, con la Restauración, la caída de la II República, y 40 años de franquismo tras los cuales el dictador murió en su cama. Lo cierto se que cada vez que se ha intentado hacer un cambio profundo (en lo científico o en lo social) que nos sacara de las anquilosadas estructuras del pasado y lograra mayores niveles de progreso y bienestar para la mayor parte de la población, estas ideas han sido tachadas de "radicales" (recordemos que términos como democracia, laicidad o estado de bienestar han recibido este apelativo) y prohibidas, silenciadas e incluso motivo de violentas respuestas, como fue el caso del inicio de la Guerra Civil Española, que aniquiló buena parte de esas reclamaciones como una losa que se tardó mucho tiempo y de mala manera levantar.

Hoy en día, vivimos tiempos relativamente parecidos al de la Revolución Francesa. La brecha social, que había ido disminuyéndose muy poco a poco durante siglos, vuelve a aumentarse (generando una masa de "precariado", desahuciados, trabajadores pobres o excluidos del sistema) de una manera que no hubiéramos imaginado en décadas. Europa entera se ve dominada por los privilegios de unos pocos (una oligarquía financiera que controla al poder político gracias a la influencia que puede conseguir su dinero), los cuales luchan por mantener la ortodoxia, como la Santa Alianza de las monarquías europeas que en su día se opuso a la naciente revolución procedente del país galo. Al mismo tiempo, frente a los que piden un cambio de verdad, que acabe con los penosos niveles de desigualdad, falta de representatividad y difíciles condiciones de vida, se nos presentan aquellos que piden "un cambio tranquilo, un cambio sensato", el cual, como el de los nobles y reyes ilustrados, es difícil que vaya a llegar, porque ellos están más a gusto manteniéndose en sus posiciones y retrasando las necesarias modificaciones todo lo posible. Y si esos mismos privilegiados ponen al pueblo (incluso en contra de sus propios intereses) en enemistad con los reformadores -como es el caso del motín de Esquilache- simplemente para conseguir sus beneficios particulares, pues mejor que mejor, piensan ellos. Al fin y al cabo, se dicen, la gente es fácil de manipular. En la obra de Buero Vallejo, sin embargo, aparecía algún representante del pueblo llano, de los más desposeídos, que contemplaba de cerca a Esquilache y apreciaba su intención de modificar para bien la sociedad. Buero Vallejo, en medio de los años del franquismo, seguramente quería encontrar en esa sección de la población la mirada de aquellos que reconocen las ideas de iluminación que pueden ayudar a cambiar el mundo. Y se aferraba a esa esperanza para creer que las cosas podían mejorar.

Todas las revoluciones, sí, han llegado tarde o han fracasado en España. Desde la de los Comuneros, seguida de aquella que intentó hacer jurar la Constitución a Fernando VII, pasando por todas las demás. Hemos conseguido grandes avances, sí, pero ha sido por esfuerzo de revolucionarios individuales (y también de las grandes masas de "indignados" que les seguían) los cuales se han esforzado -a pesar de lo negro que pintaba el futuro en ocasiones- en seguir adelante, en hacer lo que era necesario. Por el futuro de ellos y el de sus hijos. Y por la esperanza de que, un día, una de esas revoluciones tenía que triunfar.

Dentro de poco, los españoles tenemos otra vez la posibilidad de apostar por el cambio. Nos lo tratan, por supuesto (por parte de los grandes grupos financieros, políticos, mediáticos) de evitar de todas las formas. Volviendo a llamar "radicales" a las reclamaciones políticas que (esperemos) nuestros hijos un día considerarán normales. Apostando por un cambio descafeinado que no provoque grandes alteraciones. Tratando de defender los derechos de los privilegiados como si fueran los nuestros propios, o desmontando aquellas conquistas sociales (educación y sanidad públicas, ayudas sociales a los más desfavorecidos -situación en la que cualquiera podemos encontrarnos-, derecho a un empleo digno, una sociedad que vele por cada uno de sus miembros) que se tardaron tantos años y tantos sudores en conseguir.

En esta ocasión, sin embargo, hay que apostar porque el cambio es posible. Y es posible, además, porque a pesar de las dificultades que opone el sistema, a pesar de todas las trabas que nos colocan, los sucesivos esfuerzos de los que estuvieron antes hacen posible que pueda conseguirse (como nunca hemos gozado de la ocasión) de manera pacífica, colectiva y democrática. Tenemos una oportunidad histórica para lograrlo. Pero, para ello, es necesario que nos armemos de valor, de derecho a reclamar lo que nos corresponde. Que olvidemos el miedo, que no pongamos excusas ante la injusticia. Que asumamos que son los ciudadanos los que tienen el poder, y no los que simplemente lo solicitan en voz baja para ver si les cae algo. Hemos de convertirnos en los dueños de nuestro propio destino, para así ayudar no sólo al más débil, sino ayudarnos también a nosotros mismos. "Liberté, egalité, fraternité"... ¿No eran ésas las cosas por las que andábamos luchando?

En efecto, sí, todo eso queremos. Pero no vendrá solo. Los derechos y las conquistas sociales no se obtienen a no ser que luchemos por ellos, y no se mantienen a no ser que hagamos un esfuerzo para conservarlos. Para lograrlo, hacen falta hombres y mujeres buenos; y también, asimismo, hombres y mujeres valientes.

Hay que apostar por el futuro. Yo apuesto porque éste tiene que llegar alguna vez. Hay que apostar por la gente, por el fin de la injusticia, por un mundo más digno, más humano. Hay que apostar porque ha llegado el momento de que se lleve a cabo el cambio. Hay que desear que este país se mueva para mejor. Yo creo que, el 20-D, nosotros (todos juntos, unidos, en esta ocasión sí, de una vez por todas), sí que podemos.