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martes, 1 de julio de 2025

La historia corta de julio: "Cuando la Parca venga a buscarme"

                Cuando la Parca venga a buscarme, no la insultéis, ni le indiquéis mal el camino: a una señora mayor hay que invitarla a un sillón cómodo y ofrecerle un té, para que se sienta cómoda.

                Cuando la Parca me lleve, no quiero llantos ni miedos. Montad en cambio una fiesta: poned música, proyectad cine, traed libros. Comed como si fuera el último día, porque puede serlo; recomendaos series para los próximos seis meses, porque hay que aprovechar el tiempo.

                Gastaos poco dinero en mi funeral: invertidlo mejor en viajes. Si es posible, que mi ataúd sea biodegradable: no quiero robarle nada a la Tierra, ahora que vuelvo a ella. En la fiesta, poned contenedores para reciclaje: porque este planeta nos tiene que durar mucho, también para los que no estamos.

                Y esa noche, cuando gocéis del tiempo con vuestras parejas, o con un individuo desconocido que os guste, follad, follad muchísimo, y hacedlo a mi salud. Vuestra alegría es el mejor homenaje que podéis darme.

                Cuando la Parca venga a buscarme, recordad: la muerte no es un mal final, siempre que hayas vivido.


lunes, 8 de abril de 2024

Las historias cortas de abril: sobre la muerte.

        En el Registro de la Propiedad Intelectual, un anciano preguntaba si podía inscribir una poesía si la persona a la que se la había dedicado ya estaba muerta.

       -Es mi mujer, ¿sabe?

       Preguntaba si se requería su firma.

*

      En los cementerios, sobre todo en los pueblos, hay cubos donde se coloca el agua con lejía para limpiar las tumbas. La gente suele guardarlos, para la siguiente vez, en un hueco en el interior de los cipreses. Y cada cual tiene su sitio, todo el mundo sabe cuál es su árbol, y nadie le robaría nunca al otro.



lunes, 20 de marzo de 2017

El relato de marzo: Formas de cariño

Formas de cariño

            A pesar de todo, él le quería. A pesar de las ojeras. De la palidez pronunciada. De los signos de desgaste, evidentes en sus ojos. Aún así, el cachorro de gato le tenía en gran estima. Sentía debilidad por aquel niño humano, y mira que es difícil que un felino le pille cariño a un ser de otra especie. Pero habían permanecido juntos desde el nacimiento del cachorro, y el niño le había cuidado, acariciado, calentado a lo largo de aquellos tiernos y juguetones meses de existencia, transcurridos la mayor parte de ellos entre las paredes de esta casa. Por eso, el gato sintió una punzada de dolor cuando el niño, con muestras ineludibles de que Dama Muerte andaba tras él, se acercó a su mascota y le levantó entre abrazos.
          -No te preocupes, gatito. Yo voy a quererte siempre –expresó el niño, y no pudo evitar una lágrima-. Yo estaré siempre contigo. Nunca te abandonaré.
              El minino tampoco pudo reprimir un temblor de rabia e injusticia.
            Cuando llegó el aciago día, el gato lo sabía desde por la mañana. Al cabo de unas pocas horas, ya todo estaba dispuesto: el diminuto féretro, al fondo del cual no era capaz de verse (y a pesar de ello, todos sabían que estaba ahí) el cadáver del chiquillo, se encontraba allí, en el salón, con la tapa levantada. El cachorro podía observarlo desde su posición privilegiada sobre la mesa, donde ronroneaba sigiloso entre viejas fotos de familia e inútiles adornos cubiertos de polvo. A su lado, unos cuantos humanos que reconocía como los familiares del fallecido parlamentaban entre sí:
             -¿Estás seguro que debemos hacerlo?
            -Seguro –afirmaba rotundo uno de los hombres-. Él lo pidió expresamente antes de morir. Fue su último deseo.
          Y, nada más decir esto, en un movimiento preciso, agarró al gato de su menudo cuerpecillo y, contra su voluntad, lo introdujo dentro del féretro, encima del cuerpo.
              Lo último que vio el gato con sus ojos, mientras trataba con desesperación de desplazarse hacia arriba, fue la tapa del ataúd cerrándose sobre él.

martes, 26 de julio de 2016

El relato de julio: "El día que dijo no".

Este relato es, a la vez que experimental, surgido de un impulso instintivo. Tiene, por tanto, aquellos defectos o atrevimientos que son propios de una idea sin pulir o coartar por el intelecto, no pensada específicamente para la publicación en ninguna parte, sino que necesita ser expresada en libertad por sí misma. Precisamente a causa ello, no es un relato para todos los públicos: contiene escenas tórridas en el terreno sexual, y también en el de la violencia, en una mezcla de Eros y Tanatos que a algunos convencerá y que para otros no será plato de buen gusto. Por tanto, no es apto ni para menores de 18 ni para almas demasiado sensibles. Además, ya advierto que, por el momento, he decidido que el final quede en un alto, y quizás en el futuro (o bajo petición particular) revele los detalle que tendrían que ocurrir después. Si aún así os atrevéis a leerlo, espero que no os defraude. Como suele decirse, yo abro las puertas del infierno, y ya vosotros decidís si penetráis o no dentro de él...

El día que dijo no

La Ciudad bullía en el caos. Pero un caos organizado, dual, y a la vez asimétrico. Al mismo tiempo, la parte que permanecía en la anarquía se guiaba a su vez por un orden, aunque se tratara de uno invisible y despótico, y es que nada hay más homogeneizador para todos que seguir, al unísono, la inapelable ley del deseo. De hecho, si se recorrían los caminos ahora irreconocibles de la Ciudad a través del último mapa que se elaboró hace años, antes de que empezara todo esto, el viajero improvisado no entendería nada, salvo que algo muy terrible había ocurrido, y que ese algo había dividido la ciudad abruptamente en dos partes, cuya frontera podía trazarse a través de una abigarrada línea que cruzase la calle principal. Pero además, al viajero le sorprenderían, a uno y al otro lado de la frontera, los edificios a medio construir, puentes inacabados suspendidos en el aire y, sobre todo, observar cómo a un lado de la Ciudad la actividad se mantenía en plena ebullición, mientras, en la otra, todo se había sumido en un absoluto marasmo. Sin embargo, ésta era una parálisis solamente aparente, pues aquella mitad de la inmensa megalópolis estaba llena de seres individuales que habían perdido casi toda capacidad de asociarse entre sí y tan sólo buscaban una cosa: satisfacer su sexo, su apetito carnal, su erótica gula, en un ataque de lujuria sin límite que parecía no tener fin. No obstante, sí que lo tenía, aunque una vez cada seis meses. Y entonces el ciclo volvía a empezar.
Nadie sabe muy bien del todo cuándo empezó este proceso, ni siquiera si había un antes. Circulan leyendas acerca de que en los viejos tiempos la urbe era un todo unitario, y que esa época los hombres y las mujeres no tenían períodos de celo, sino que podían disfrutar del amor y el sexo todo el año, hasta regularlo a voluntad, y no como ahora, cuando un género de la humanidad se veía poseído durante seis meses de una furia impetuosa que le llevaba a buscar placer y satisfacción en todo cuanto tocaba, mientras el otro lado de la ecuación se mantenía ascético y sin ánimo ninguno, ocupando todas sus energías en reconstruir lo que seis meses de vorágine y despreocupación habían devorado. Había muchas y variadas teorías sobre qué había ocurrido para que esto fuera así (pues, argüían los teóricos, si existían historias acerca de que en otro momento fue de otra manera, algún punto tendría que haber sido el de inflexión), pero nadie encontró respuesta. En una ocasión, se pretendió erradicar el problema juntando a hombres y mujeres en la calle principal, en la frontera entre ambos mundos, en el momento preciso en que debía cambiar el ciclo, a media noche, bajo la luna llena, o debajo de las puertas, como si la presencia de umbrales diera a entender que allí las líneas divisorias se encontraban más difuminadas y fuera posible la transgresión de las reglas, pero todo fue inútil. El cambio sucedía de manera automática, y los ahora ordenados entes masculinos podían hallarse a sí mismos desnudos y mirarse entre sí con vergüenza y pudor, mientras contemplaban cómo las mujeres que habían intentado cruzar a su lado (como si encontrarse en la zona de los hombres les infundiera cierta protección) se convertían en cuestión de segundos en gatas en celo, restregándose contra los hombres sin que a ninguno de ellos les apeteciera tocarlas,  observándolas con oprobio, asco, naúsea y hasta pavor, y recordando por fin por qué era conveniente que cada sexo permaneciera en un lado distinto de aquella línea invisible. Y es que, en efecto, pasear por la zona de la ciudad invadida por el deseo infundía pánico: hombres o mujeres restregándose contra canalones, animales o contra ellos mismos, tratando de buscar un agua que aplacara su sed, un ansia a un fuego que no cesa, y que no había modo alguno de interrumpir. Si al menos aquel inexplicable arrebato de furia fálica o uterina hubiera cedido con las relaciones entre miembros del mismo sexo, todo hubiera podido resolverse de una manera aceptable para todos; desgraciadamente, los mecanismos de este intrincado mal no funcionaban así, y las relaciones entre individuos del mismo género no proporcionaban satisfacción alguna, dejando a los implicados con el mismo mal sabor de boca con el que habían empezado en un inicio, igual que el obligado onanismo no proporcionaba más que una calma pasajera (tan efímera como el paso de los suspiros) y, desde luego, bastante parcial. Así, a pesar de la nube de concupiscencia y de erotismo que fluctuaba en el ambiente, de los cuerpos desnudos tocándose y mostrándose, de los flujos que estérilmente se derramaban, nada finalizaba en la consecución del orgasmo, nada ni nadie podía aplacar su llamarada interior. Y mientras tanto, la sociedad permanecía completamente desestructurada, nadie producía nada, terminaba ningún proyecto o trabajaba, y durante esos seis meses terribles, la gente malvivía apenas tragando erráticos bocados, comiendo lo justo como para prolongar una inútil existencia ligada en exclusiva al ansia de copular, y devorando como langostas todo lo que se había construido hasta entonces, desandando lo andado (como en el telar de Penélope) para, seis meses después, volver a empezar.
Era digno de observar a estos seres humanos, más parecidos a zombies que a otra cosa, caminar por las calles de lo que en esos momentos parecía un apocalipsis nuclear sin retorno. Con las camisetas rotas, lacas apuntalando barrocos peinados que sin embargo acababan siempre revolviéndose, pechos y miembros al aire, los vellos púbicos exponiéndose, o rajas a lo largo de la zona de los glúteos de apretados pantalones ceñidos. Aquello parecía el final de los excesos de una cabalgata terminada hace horas y cuyos componentes, sin embargo, todavía siguieran caminando medio borrachos sin haberse enterado de que la fiesta ya no volvería nunca más. Era patético y a la vez motivo de mofa contemplar sus desmanes con tal de conseguir mitigar brevemente su ardor libidinoso, la forma en que sus cuerpos sensuales se retorcían en busca de un gramito de placer que, sin embargo, daba la impresión de que no iban a ser capaces de conseguir nunca… Y todo eso para, un tiempo después, vestirse todos con profesional traje y chaqueta, hacer como si nada de esto hubiera ocurrido, y dedicarse a reconstruir todo lo que daba la impresión que unos desconocidos habían desperdiciado muy poco tiempo atrás, con la misma frigidez de un muñeco de goma, rehuyendo todo el contacto que antes con ardor reclamaban.
Sin embargo, lo que contribuía a desestabilizar aún más la situación era la presencia de los niños. Por supuesto, aquella lógica absurda imposibilitaba la procreación, con lo cual hacía mucho tiempo que en la ciudad no nacían nuevos habitantes. Uno de los signos, sin embargo, que llevaban a pensar a los estudiosos que aquel cambio en los hábitos sexuales humanos no había ocurrido hacía demasiado tiempo era que aún existían jóvenes por la calle, e incluso –cada vez más raramente- se intuía la presencia de tiernos infantes. Éstos, sin embargo, habían interpretado aquella actitud que adoptaban los mayores como lo que era: un ataque a su supervivencia. Absortos el 100 por 100 de su tiempo en sus ansias de copular -al menos durante seis meses del año-, y ocupados durante los otros seis meses en luchar contra el enemigo interior y olvidar lo que habían sido, los padres de estos niños no les hacían ningún caso, y el propio concepto de paternidad ya no existía, siendo obligados los zagales a subsistir solos, educándose a sí mismos en bandas salvajes que, no por poco numerosas, dejaron de estar menos estructuradas y radicalizadas. Por otro lado, los niños consideraban aquel desinterés de los adultos por tener hijos un rechazo directo a su propia existencia, y por eso acabaron por vengarse, con toda la rabia que puede albergar un despechado e impetuoso corazón. Sus armas preferidas eran los fusiles de largo alcance, las pistolas semiautomáticas, instrumentos que permitieran atacar desde un escondite y, protegidos por la distancia, observar sus efectos, huyendo a continuación de manera atropellada, en un guirigay caótico, con la misma dispersión que una bandada de pájaros. Sus momentos favoritos para actuar eran cuando encontraban varios adultos juntos, lo cual era cada vez más difícil, pero había todavía dos circunstancias en que era posible. Una de ellas se daba en las ocasiones en que un grupo de adultos del mismo sexo se reunían en lo que era el intento de una orgía inútil, pues al final aquello no les aliviaba, pero que al menos era un acto que, mientras duraba, les liberaba en parte de la desesperación. Allí los niños actuaban con total impunidad, como si derribaran patitos en una de las atracciones de feria. La otra posibilidad importante era cuando alguno de los zombies ávidos de sexo se introducía en la casa de un individuo de género opuesto, esperando encontrar algo de satisfacción allí. Lo cierto es que eran momentos casi cómicos: lo que en otros tiempos se hubiera convertido en un delito de allanamiento de morada junto con violación de una joven muchacha, casi parecía una opéra bufa, pues las chicas no recibían aquel acto forzado con dolor o con pánico, sino más bien con desprecio, con una especie de “buf, ahora me viene a molestar el pesado éste” mientras aguardaban a que el hombre se descargara al fin en su vagina. Y de la misma manera, lo que podría haber sido el inicio de una película pornográfica en otros tiempos (el observar como una mujer joven se introducía en la casa de un hombre y de repente empezaba a desabrocharle los pantalones para introducirse en la boca todo su sexo), ahora se transformaba en una ridícula escena, pues la expresión de impaciencia del chico era de casi un estorbo al hallarse con que no podía vestirse para ir a trabajar porque algo se había metido allí, entre su pene y sus calzoncillos bóxer. Eran éstos instantes en que tanto unos como otros se hallaban bastante despistados, y los niños solían aprovecharse de ello en sus incursiones homicidas. A veces los niños también empleaban las armas de corto alcance, navajas para matar con cuchilladas precisas, o incluso en el peor de los casos machetes, que utilizaban en la calle con saña morbosa, sobre todo cuando algún impúber descargaba vengativamente toda su rabia sobre sus adultos, amputando brazos, pezones u otras zonas erógenas del cuerpo, aunque nada funcionaba, y era entonces cuando su rabia se tornaba impotencia, porque los adultos –feos o esbeltos, jóvenes o viejos- no se abstenían por eso de continuar, y seguían ahí, en medio de las aceras, desangrándose como cerdos, masturbándose como locos o follando como conejos, o tal vez las tres cosas a la vez. No obstante, quizás los niños pecaban de exceso de precipitación: con tan sólo haber esperado, esos adultos que no amaban a los niños hubieran perecido muy tempranamente, pues la esperanza de vida en la Ciudad se había acortado de manera drástica desde que este bucle de estaciones de celo y hastío había empezado a producirse con periodicidad en la misma. Y es que tanta fogosidad sin respuesta no tenía otro remedio que comerles por dentro, que matarles antes de que tuvieran la oportunidad de volverla a apagar.

La cruda realidad era que, sin niños que renovaran la especie, y con adultos que se alternaban entre construir y destruir la Ciudad en una condena digna de Sísifo, la urbe no tenía futuro y ésta se consumía. De no modificarse la situación en el medio o largo plazo, la megalópolis estaba condenada a extinguirse, con algún último “zombie del amor” que falleciera en medio de las calles vacías, llevándose consigo toda prueba de que el hombre existió, enterrándolo para siempre entre los recuerdos. Así que, quizás, para remediarlo, nosotros (que sí que conocemos la respuesta) deberíamos relatar cómo comenzó. Todo fue tal que así...

sábado, 1 de noviembre de 2014

El libro y la historia real de noviembre: "El libro de los finales".


Decidir cuáles van a ser las palabras finales con las que despedirte de este mundo no es fácil. Entre otras cosas, porque nunca estás seguro del todo de cuándo este momento va a llegar. No obstante, hay quien rebosa ingenio, ironía, pasión, sentimiento, profundidad filosófica, humanidad o humor a la hora de expresarse en el definitivo instante, bien en su lecho de muerte o en forma de epitafio. Con el propósito de divulgar algunas de las más sorprendentes de estas frases nace "El libro de los finales", de Albert Angelo, que recoge las últimas palabras de algunos afamados personajes históricos, o de otros que -aunque sólo fuera por sus más tardíos momentos-, merecieron ganar los siempre manidos pero en este caso sobradamente quince minutos de gloria. Para incitaros a conseguir el libro, os apunto alguna de las citas más intrigantes, cuyo contexto podréis averiguar si buscáis por vuestra cuenta o, más fácilmente, si adquirís una copia del texto. En todo caso, otro objetivo de mostraros estas frases es el siguiente, y es el de serviros de inspiración. Así quizás no os pase como a John Lennon, a quien, obviamente aturdido después de que le dispararan a los pies del edificio Dakota, sólo se le ocurrió afirmar: "¡Me han disparado!". De acuerdo que era lo más lógico, pero de acuerdo también que no es una frase para pasar a la posteridad, como evidentemente vais a pasar vosotros (guiñito, guiñito). A ver si alguna os ayuda para elegir la vuestra. Que con suerte, será dentro de mucho tiempo. Un "hasta luego":

"Lo sabía... Nací en una habitación de hotel y -maldita sea- moriré en una habitación de hotel". Eugene O'Neill.

"Espero que la salida sea radiante, y espero no volver jamás". Frida Kahlo.

"Hace mucho que no tomo champán". Anton Chejov.

"He arado sobre el mar". Simón Bolívar.

"En ese caso, ¿cuál es la pregunta?". Gertrude Stein.

"Creo que esta vez lo han conseguido. No quiero que me desnuden ellos, hazlo tú". León Trotsky.

"Maldita sea. No se te ocurra pedir a Dios que me ayude": Joan Crawford.

"Estoy harto de luchar". Harry Houdini.

"Veo una luz negra". Víctor Hugo.

"Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua". Del epitafio de John Keats.

"Es demasiado tarde. No podemos ganar, se han vuelto demasiado poderosos". Nota de suicidio de Abbie Hoffman.

Una excepción: el contexto de la frase "Adiós a todo el mundo" que pronunció Hart Crane antes de arrojarse por la borda de un barco ya lo relatamos en una entrada anterior. La pregunta que yo me hago al respecto es: cuando Crane se tiró, ¿encontró al otro lado, donde aterrizó, un mundo nuevo, mejor? Me gustaría averiguarlo.

martes, 18 de septiembre de 2012

El libro de septiembre: Homenaje a Terry Pratchett: El club de los... 72?

En los últimos tiempos ha estado de moda aquella famosa maldición de los 27 por la cual alguno de los artistas (preferentemente musicales, y preferentemente recientes) más afamados de la historia -Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, o hace muy poco Amy Winehouse- murieron a esa edad. Claro que siendo rockero, y con el consumo medio de drogas en esta subpoblación de la humanidad, tener al menos dos infartos antes de los cuarenta es un simbolo de status. Dicen que uno se hace viejo conforme observa que sus ídolos son más jovenes que uno mismo (algo que es dramáticamente fácil de conseguir si tus héroes lo son deportivos). A mí en cambio -aparte de que empiezo a constatar que a en ocasiones los personajes de mis historias empiezan a ser más jóvenes que yo- me pasa al contrario, que mis idolatrados van cayendo tras una larga vida y fructífera vida y a edades propias de Matusalén. Pero no dejo de quedarme menos triste por ello.
Esta idea me viene a la memoria dado que recientemente se cumplieron dos años de la muerte de Saramago a la muy envidiable cifra de 87 abriles. Pero tambien cayó, sin demasiada diferencia en el tiempo, Miguel Delibes a los 89 (después de una dura y larga enfermedad). Afortunadamente, el tiempo nos respeta a Eduardo Galeano, pero, como dijo Serrat sobre sus conciertos con Sabina, "nunca se sabe si este va a ser mi último concierto, el de Joaquin, o incluso el último vuestro, asi que vamos a a disfrutar y a no pensar mucho esas cosas". A Terry Pratchett, en cambio, el hecho de tener seguramente una de las mentes mas agudas e ingeniosas del pasado siglo no le ha protegido para que un Alzheimer algo precoz ataque sus neuronas en la sexta década de su vida y le haya inducido a que, mientras intenta terminar todos los libros que puede antes de que llegue la fatídica hora, se embarcase a realizar este documental sobre la muerte digna que le ha reportado varios premios y disparado una extensa polemica en el Reino Unido.
Nunca me han gustado los homenajes despues de muerto: todo parece bonito, todo el mundo te quería, nadie te deseaba ningun mal. Además, llegan siempre tarde: hemos aprendido a reconocer que Adolfo Suarez fue el mejor presidente de nuestra democracia cuando nuestros elogios ya no le sirven. De poco le valieron, tampoco, los homenajes a posteriori dedicados a Bécquer (aunque predijera con acierto que iba a ser así) o a Kafka. Decia un medico especialista en moribundos que uno nace siempre rodeado de medicos, enfermeras (y en ocasiones, añado yo, un padre histérico grabando con una camara de video) a pesar de que un bebé no se entera de nada, mientras que la mayor parte de las veces, los ancianos mueren solos, y en buena parte de las ocasiones conscientes de su soledad: más que homenajes, seguramente preferirán alguien que les acompañe en una casi siempre demasiado sobrecogedora cama de hospital.
Seguramente Terry no lea este tributo, claro: en castellano, en el maremágnum de Internet, por parte de un modesto admirador y con su cabeza tal como anda ahora mismo... Pero este post va dirigido a los que pueden hacerle inmortal: sus lectores, que pueden acudir a su obra, y escuchar las palabras de Terry, de generacion en generacion, y transmitir su recomendación a otros. Dicen que si bien la biología se comporta de forma darwinista, la cultura lo hace de forma lamarckiana: la manera que tenian los personajes de Bradbury de recordar los libros no es distinta de la tradicion oral con la que nacieron la Odisea o los cantares de gesta, o el modo en que los libros (a traves de manos salvadoras de incendios, monjes protectores u ocultos en escondites reconditos) han llegado a nosotros desde la Antigüedad. Y con ellos, todo el conocimiento humano.

No me quiero explayar mucho acerca de los libros de Pratchett (aunque sin duda lo acabaré haciendo), porque sin duda es mejor que os aproximéis directamente. Pero sí que os puedo dar unas cuantas indicaciones: ante todo, Terry es, sobre todo, y por encima de todo, un cachondo mental. No es una denominación extraña para alguien que tiene un invernadero de plantas carnivoras en el jardín, que en pleno siglo XXI se ha forjado su propia espada, y el cual defiende que el mundo seria un lugar mejor si hubiera mas orangutanes viviendo en él. Dice su biografía que empezo a trabajar en la sección de local de un periodico a los 17 y a las pocas horas ya habia visto un cadaver, lo cual desde luego (y en sus propioas palabras) es adquirir experiencia profesional de forma más bien rápida. Tambien, el hecho de trabajar durante mucho tiempo como representante de prensa de cuatro centrales nucleares debe contribuir en sobremanera a desarrollar un sentido del humor ironico, retorcido y algo macabro. La palabra que mejor lo definiría es, obviamente, inglesa: "witty", ingenioso, ágil, tanto que a veces va tan rapido que tienes que volver para atras para ver donde se habia quedado el chiste. Decia Bernard Shaw que si vas a contar la verdad, mejor que lo hagas con sentido del humor, o te matarán: y dicen tambien que el humor es la forma mas adecuada muchas veces de describir la realidad. Y en este sentido, también cabe decirlo de Pratchett: al lado de este tono de parodia continua y de humor inteligente en la mejor tradicion del estilo británico (muchas veces he definido el Mundodisco, ese universo particular que él se sacó del sombrero de hechicero, como una mezcla entre "El señor de los anillos" y los Monty Phyton), se encuentra muchas veces una profunda reflexión sobre cuestiones como la tolerancia, el perdón, el daño que los humanos sabemos  infligirnos entre nosotros, el sentido del deber o la solidaridad. Y de hecho dicen que sus libros fueron perdiendo muchas veces un componente fantasioso y eran cada vez más realistas, oscuros y lúcidos. No obstante, y aunque haya diferencias en la saga del Mundodisco (con sus mas de 45 títulos) desde el principio hasta el final, la seriedad y el humor se combinaban en ambos casos en buenas dosis, haciendo de este estilo unico e irrepetible una marca personal de la casa, y sencillo de reconocer para deleite de propios y extraños en cada ocasión.
¿Que es el Mundodisco? Bueno, es un planeta plano y circular que vaga por el espacio encima de cuatro elefantes, que a su vez se apoyan en una tortuga la cual (¿nada?, ¿bucea?) por el espacio sideral. Sobre este quelónido, se asientan sus continentes y sus océanos, sus seres humanos pululando, y tambien enanos, trolls, elfos, brujas, magos... los cuales desarrollan sociedades tremendamente parecidas a las de un mundo esférico y sin tortugas que seguramente nos sonará a los lectores. En e Mundodisco, hay un imperio parecido al chino, hay un continente remotamente similar a Australia, otro a Africa... Y luego, esta Ankh-Morpok, la ciudad protagonista de la mayor parte de las historias y parodia, como no (recordadlo, Terry Pratchett es britanico) de Londres. Ankh-Morpok es definida con una ciudad con un aire muy familiar... porque se nota que lo han respirado muchas familias antes. Con un río con un agua... tan poco liquida que no la llevan en cubos, sino en redes. Ya os podeis imaginar lo demas. Ankh-Morpok esta gobernada por el Patricio (un personaje tan agudo y elegante que el cine fue interpretado por Jeremy Irons), bajo el sistema de un hombre, un voto... el Patricio es el hombre, y el voto es el suyo. Sin embargo, el Patricio tiene aficion por hacerle creer a todo el mundo que son ellos los que controlan el destino de sus vidas, mientras el las dirige desde lo alto como en un tablero de ajedrez. A lo largo de la obra del Mundodisco, nos vamos encontrando con numerosisimas referencias sociales y literarias de nuestro propio universo: desde la Odisea hasta los Beatles, pasando por Conan el Barbaro, el periodismo, la magia o las guerras napoleónicas... como suelen explicar las contraportadas de sus libros (las ilustraciones suelen ser más bien bizarras y haceros creer que se trata de libros infantiles, pero creedme, son para jóvenes de 12 a 99 años), nada escapa a la inquisitiva pluma de tan hiperprolífico escritor. Sorprende tanta variedad, pero efectivamente, la ventaja de tener un mundo inventado es que todo es posible y puedes hablar de lo que te apetezca y te dé la gana. Y si se argumenta que Ankh-Morpok en un principio era mas medieval, bien es cierto que al final de la saga casi parece mas una ciudad victoriana (donde el Patricio ha conseguido que las cosas funcionen en la ciudad: no que funcionen bien, sino que funcionen), y que Pratchett puede aprovechar una lucha entre enanos y trolls para hablar del racismo y la tolerancia, o una rocambolesca aventura para criticar "el mayor crimen de todos, y que quizás por ello esta permitido: la guerra". Como decimos, todas las opciones estan abiertas, y eso es lo que le ha dado tanta versatilidad a la saga y le ha permitido progresar con el tiempo, convirtiendo a Pratchett en el segundo autor británico más vendido de la historia y (según una encuestra reciente) aquel cuyos libros se roban preferentemente en las grandes librerías de Inglaterra.
El Mundodisco no es una saga al uso: no hay un unico personaje principal. Hay muchos protagonistas, que se cruzan y comparten destino durante un tiempo, y a los que no volvemos a ver hasta varios libros despues. Sin embargo, no hace falta empezar por el primer tomo y terminar por el ultimo. Como dijo un crítico una vez sobre una de las obras de la saga: "sentía con este libro que habían empezado la fiesta sin mí; pero pronto me invitaron a bebidas, me ofrecieron un asiento, me presentaron a todos los personajes, y me hicieron sentir como en casa", así que podeis coger cualquier libro de la serie y comenzar; pero claro, cada personaje se encuentra tan solo en unos libros, y hay por tanto unas tramas o arcos argumentales (que podéis encontrar descritos en la Wikipedia) por si los queréis seguir. Entre los personajes mas famosos estan Rincewind (un aprendiz de mago fracasado el cual, aunque admite que huir de los problemas puede traerte más problemas, opina que siempre puedes huir de esos nuevos problemas, y por tanto ha desarrollado una envidiable capacidad de correr a toda pastilla); la Guardia de la Ciudad de Ankh-Morpok (especialista al principio en esconderse cuando intuían problemas pero que ahora se dedican incluso a mediar en disputas politicas y resolver casos de asesinato -han sido de los que más han evolucionado a lo largo de la serie-); la astuta e irreverente Tiffany Archer; el reconvertido (tras casi morir en la soga) ladrón de bancos Húmedo von Mustachen; los magos (adictos a la nicotina y a las buenas cenas); las brujas (capaces de dejarte seco sin usar la magia, tan sólo con una buena reprimenda o una poderosa mirada); y, quizas el mas omnipresente (lógicamente acorde con su papel, y que sólo dejó de aparecer en un libro del Mundodisco), la Muerte, con su guadaña preparada para llevarse a las almas cuando les llega la hora, sus comentarios que suelen poner punto y final (literalmente) a todas las preguntas, y progresivos intentos de entender a los humanos que nunca terminan del todo de fraguar. Con todo este desaguisado, ¿por dónde empezar? Yo caí en esta adicción cuando un buen amigo me prestó "¡Guardias!, ¿guardias?", y creo que es buen sitio donde arrancar -de hecho, los únicos libros que trato de leerme en orden son los referidos a la Guardia de la Ciudad-. Creo que, aparte de hacer un homenaje a Pratchett, os estaries haciendo un favor a vosotros mismos, garantizándoos horas de diversión durante muchos años.
En todo caso, cuando llegue la hora, seguramente Terry estara esperando a la Muerte con su sombrero de mago y comience una conversación llena de afilados comentarios donde la Muerte se pregunte si las frases las pone ella o las dice sólo porque el diálogo lo ha escrito el autor, y cavile sobre si eso puede llevar al final del tiempo o al inicio de otro universo... Será, sin duda alguna, una escena memorable. Lo bueno es que en la saga del Mundodisco (al menos mientras no se cumpla la maldición de que se termine, y de que nosotros nos lo leamos por completo) seguirá habiendo muchas más.

P.D. Ademas del Mundodisco, Terry Pratchett tenía tambien varios libros paródicos, incluyendo una saga sobre enanos, o una colaboracion con el escritor Neil Gaiman, "Buenos presagios", acerca del apocalipsis (con el dudoso record de ser el libro cuyos ejemplares han sufrido más percances a manos de sus lectores, incluyendo caerse en una bañera y ser ensambladas una a una las páginas de nuevo: sólo la historia de como se escribio la novela es una epopeya para partirse de risa), además de textos escritos en colaboracion con cientificos sobre las leyes físicas presentes en el Mundodisco (donde la luz viaja muy despacio, el tejido de la realidad se altera continuamente, el tiempo y el espacio se imbrican y la fé puede originar a los dioses).
Además, del Mundodisco se llevaron a cabo tres adaptaciones cinematográficas por parte de la BBC a partir de las correspondientes novelas. Para fans de todos los tipos. Quizás alguno de vosotros no sepa todavia que sois uno de ellos. Quién sabe...

P.D.2. En el momento que escribí este post, coloqué el título «la maldición de los 72» como contraste a la mítica maldición de los 27. No obstante, justo ese mismo día, me enteré de la muerte del entrañable actor Juan Luis Galiardo a esa edad. ¿Casualidad o destino? Dejo la respuesta es vuestras manos.