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lunes, 14 de septiembre de 2020

La historia real de septiembre: las múltiples vidas de Robert FitzRoy

Hay personas que viven rodeadas de tanta cantidad de historia que en un momento determinado les eclipsa. Quizás éste sea el caso del oficial de la marina británica Robert FitzRoy, quien pasaría a los anales principalmente por ejercer el rango de comandante del HMS Beagle, el barco que llevaría a las Galápagos a Charles Darwin, donde el biólogo británico reuniría las evidencias que le llevarían a proponer una teoría de la evolución que revolucionaría el mundo, iniciando una discusión cuyos ecos reverberan todavía hoy día con nuevas capas de matices sucesivos. Sin embargo, FitzRoy destacó por muchos más aspectos: fue un arrojado explorador, participó en relaciones innovadoras con las culturas aborígenes (lo cual incluye ser uno de los primeros defensores de los derechos de los nativos, así como ambivalentes experimentos que acabaron en tragedia), y tiene el logro de constituir un pionero en la ciencia de la meteorología, convirtiéndose en el primer hombre que realizó una previsión del tiempo con bases científicas. Más tarde os detallaré todos esos aspectos, incluyendo si la predicción acertó o no.

Retrato de nuestro protagonista (Wikicommons)

Hay dos pilares principales en los que descansa la biografía de FitzRoy y que motivan buena parte de su carrera profesional y motivaciones: en primer lugar, era un hombre noble, de padres ambos pertenecientes a la aristocracia (su apellido, por señalar, deriva de un ancestro que fue hijo bastardo de un rey), lo cual implicaba una educación exquisita y también la posibilidad de acceder a una serie de cargos en la oficialidad de la marina británica que, de no ser así, le hubieran sido vedados. Y, dos, era un hombre profundamente religioso, defensor exacerbado de la Biblia, una parte de su personalidad que influyó tanto en su relación con Darwin y sus teorías como en sus tratos con las comunidades indígenas.

FitzRoy había ejercido diversos cargos en la marina británica -de hecho, obtuvo la máxima calificación posible en el examen para teniente, algo que nadie había conseguido hasta entonces- hasta que en 1828, con veintitrés años, le llega la oportunidad de comandar el HMS (acrónimo para "His/Her Majesty Ship", nombre que por definición se le otorga a los buques de la armada en el Reino Unido) Beagle, en un momento circunstancias ominosas. El anterior comandante, Pringle Stokes, había sufrido una depresión después de atroces sucesos que habían tenido lugar en Puerto del Hambre (el nombre lo dice todo), uno de los muchos enclaves en la miríada de canales que forman parte de la Tierra de Fuego en el extremo sur del continente americano. El HMS Beagle se encargaba de la exploración de esas zonas con el objetivo de reclutar información que pudiera ser útil para los intereses estratégicos de un Reino Unido que, tras derrotar a Napoleón, había dejado de ensimismarse en Europa para mirar qué otros muchos rincones del mundo podía usar en su provecho, y el sur de lo que hoy es Chile y Argentina era uno de estos puntos clave. Como dice Javier Reverte en su libro <<Confines>>, que mencionamos de pasada en otra ocasión, ésta es una región inhóspita, poco fértil y de temperaturas muy bajas la mayor parte del año, donde casi todos los apelativos impuestos a los distintos accidentes geográficos tienden a destacar las dolorosas calamidades que tuvieron que afrontar los viajeros que arribaron a estas tierras. Sin embargo, FitzRoy, fiel a la flemática actitud clásica de la oficialidad británica, sigue adelante con su viaje y, de hecho, tuvo una idea basada en sus creencias religiosas: se llevaría a unos cuantos nativos de aquella zona, los denominados "fueguinos"; los trasladaría a Inglaterra, les enseñaría la fe cristiana, y ellos volverían más tarde a su tierra para difundir la buena nueva por el Nuevo Mundo. En total se llevó a cuatro aborígenes, tres de la tribu kawésquar (que fueron bautizados como York Minster, Boat Memory y Fuegia Basket -esta última sólo contaba con 9 años-) y un joven de catorce años de la tribu yagán, denominado Jemmy Button porque el pago que recibió su familia a cambio de su cesión fue un botón de nácar (button en inglés). Luego veremos la importancia que tuvieron estos nativos. La cuestión es que el viaje del Beagle prosiguió y, de hecho, descubrió el canal que lleva su mismo nombre, uno de los pasos marítimos más seguros por donde atravesar el continente americano todavía hoy en día -el artificial canal de Panamá le arrebataría su preeminencia-, sobre todo en comparación con los traicioneros estrechos y lenguas de agua que pueblan Tierra de Fuego, los cuales han servido de trampa para numerosos barcos que han arrostrado toda clase de penalidades (también horrendos naufragios) en esa región desde la época de Magallanes. La labor exploradora de FitzRoy ha sido reconocida sobradamente por su patria, ya que su nombre se yergue en numerosos hitos a lo largo de la geografía tanto de Sudamérica como del Reino Unido, incluyendo entre otros varios enclaves de las británicas islas Malvinas, o el monte FitzRoy, situado en el Campo de Hielo Patagónico, no muy lejos del famoso glaciar Perito Moreno.

Charles Darwin, antes de adquirir la barba característica con la que pasaría a la Historia, principalmente, como inspirador de la figura del mono que sirve de reclamo del célebre anís.

El segundo viaje del Beagle empieza en 1831. Por lo visto, no mucho antes de que el barco zarpara, se planteó una cuestión fundamental, y era quién iba a acompañar al comandante FitzRoy durante las comidas. Como hemos mencionado, los oficiales de las marina británica solían ser hombres ricos e instruidos, y no resultaba adecuado que se mezclaran con los recios y embrutecidos marineros -además de que aquello hubiera generado diálogos de besugos-. Por eso, era típico que, a bordo, se hallara un individuo que le hiciera compañía y charlara con el comandante durante almuerzos y cenas; aparte, podría ejercer en el buque una labor de tipo científico, pero en todo caso la principal función era actuar como apropiado conversador para la máxima autoridad del buque. Fue entonces cuando, merced a una serie de recomendaciones y contactos, surge el nombre de Charles Darwin, un joven por supuesto perteneciente a una buena familia, además de extensa y bien avenida (ambas ramas de la familia de Darwin mantenían relaciones de consanguineidad, y él mismo acabó casado con una de sus primas; de hecho, la observación de cómo ciertas enfermedades hereditarias que él poseía se acrecentaban en sus hijos le sirvió para un estudio sobre el tema). Fue también uno de sus tíos quien le recomendó al joven Charles que viera mundo antes de cumplir sus planes de ordenarse clérigo, el destino primigenio de la carrera del muchacho. Finalmente, es el escogido tras una entrevista personal para embarcarse en el navío. Hay que decir que ambos hombres, FitzRoy y Darwin, se llevaron bien (apenas se sacaban unos pocos años), a pesar de que desde muy pronto surgieron las diferencias. Aunque ambos fervorosos cristianos, los descubrimientos que Darwin iba encontrando le fueron convenciendo cada vez más a este último de que la visión de la Biblia en la que Dios crea al mundo en siete días era poco compatible con las evidencias naturales a favor de un cambio paulatino por el que las especies se adaptan a su entorno. Si bien esto generó discusiones entre ambos individuos, es verdad que mantuvieron en todo momento un comportamiento civilizado, y procuraban olvidar estos desacuerdos a la hora de comer. También fue problemática la relación de un Darwin poco avezado en asuntos de la mar con respecto a la tripulación, que veía cómo aquel intruso les llenaba la cubierta de "bichos" y "porquerías" que necesitaba para sus investigaciones. Aunque parece que le perdonaron tanto esa actividad como su tendencia a los mareos, porque le denominaron cariñosamente "el Filo" (de "filósofo"). Después del mítico viaje por Sudamérica, donde 1) el Beagle realizó nuevos descubrimientos geográficos, 2) Darwin recogió especímenes durante el mes y pico escaso que fondearon por las islas Galápagos, y 3) los fueguinos reclutados en el primer trayecto volvieron a casa (luego volveremos sobre eso), los caminos de los dos hombres divergieron. Cada uno, de una manera u otra, le acabó por dar una sorpresa al otro: FitzRoy, porque se casó casi inmediatamente a la vuelta, cosa que sorprendió a Darwin porque el comandante nunca le había hablado de ningún compromiso previo. En cuanto a la campanada de Charles, ésta tuvo que esperar: Darwin era un hombre religioso, pero más lo era su mujer, con lo cual el científico, sabedor de que su rompedora teoría de la evolución no gustaría a la iglesia -ni tampoco a su santa esposa- guardó sus hallazgos en un cajón durante décadas mientras se dedicó a otros asuntos (entre otros, el estudio del percebe, al que analizó tanto que lo llegó a aborrecer). Probablemente hubiera fallecido sin exponer sus teorías de no ser porque un joven llamado Alfred Wallace acudió a él para decirle que, en sus investigaciones en la Amazonía y el archipiélago malayo, había llegado a muy parecidas conclusiones, momento en que Darwin aprovechó para sacar del armario sus descubrimientos. Hay que decir que, pese a que en aquel primer momento la teoría se consideró fruto tanto del genio científico tanto del más prestigioso Darwin como del bisoño Wallace (se presentaron como co-descubridores, aunque hay polémica sobre cómo se ensalzaron los méritos de cada uno), el nombre de este último ha tendido a caerse del imaginario colectivo ya que, si bien Wallace realizó contribuciones muy interesantes en otros campos, incluyendo en el activismo social (estaba en contra de las políticas coloniales británicas, y realizó propuestas económicas novedosas, algunas de las cuales se aplican hoy en día), su apoyo al espiritismo le fraguó el descrédito de la comunidad científica, y le llevó a romper la relación con varios científicos y amigos, incluyendo el propio Darwin. La cuestión es que -por motivos radicalmente distintos, claro-, FitzRoy también se disgustó con Darwin, al sentirse ultrajado por las consecuencias que la teoría respecto a la sagrada creación del mundo por parte del Dios cristiano en siete días. Sin duda, además, pesaba en su airada crítica la responsabilidad que él mismo había tenido al proporcionar a Darwin los medios para elaborar aquel abyecto libro que pronto estaría en boca de todos bajo el nombre abreviado de "El origen de las especies". Siete meses después de la publicación del texto, tuvo lugar un fogoso debate en la universidad de Oxford entre partidarios y detractores de la teoría, hallándose entre los primeros Thomas Huxley (pariente de Aldous Huxley, el autor de "Un mundo feliz", y a quien Darwin, apocado polemista, concedió la responsabilidad de erigirse en paladín de la casa darwinista) y, entre los opositores, Robert FitzRoy, quien presentó como principal testimonio una Biblia y pidió a los allí presentes que concedieran credibilidad a Dios antes que al hombre. Pero ese debate FitzRoy, como otros en su vida, lo acabaría perdiendo.


¿Os acordáis de Jemmy Button, Fuegia Baket y York Minster, aquí presentes, de izquierda a derecha? Pues su historia acaba de empezar. Extraído de aquí, que también nos ha servido de fuente.

Pero antes de llegar a ese momento pasaron muchas cosas, incluyendo el segundo viaje del Beagle, durante el cual Darwin y FitzRoy aún se llevaban bien durante los almuerzos, y el comandante llevaba de vuelta a los fueguinos que se había llevado en el primer viaje (salvo uno de ellos, Boat Memory, que había fallecido en Inglaterra, según las fuentes de viruela o de sífilis). Hay que decir que los fueguinos fueron en general bien tratados, recibieron vacunas para prevenirse de las enfermedades del Viejo Mundo, aprendieron inglés y las enseñanzas cristianas, y fueron agasajados con regalos, incluyendo un sombrero que Fuegia Basket (como habéis comprobado, los nombres no fueron muy imaginativos) recibió de la soberana británica. Sin embargo, es difícil saber cuál era el punto de vista de estos expatriados, los cuales no pertenecían además a las mismas etnias. Por poner un ejemplo, los tres convencieron a los británicos de que en Tierra de Fuego había caníbales, idea de la que no se halló ninguna evidencia posterior pero que tardaría en descartarse un siglo (¿fue un malentendido?¿O había alguna intencionalidad detrás de ese embuste?¿Quizás probar hasta qué punto creían sus mentiras de cara al futuro, o se trató simplemente de un cómico "vacile"?). Para este segundo viaje, además de a los fueguinos y a Charles Darwin, FitzRoy -quien había subvencionado al completo la educación y mantenimiento de los aborígenes- se llevó, en su esfuerzo evangélico, al pastor Richard Matthews, quien debía colaborar en transmitir las enseñanzas cristianas entre los nativos. Mientras tanto, Charles Darwin no se llevaba muy bien con los fueguinos, y aunque tenía que reconocer que el adolescente Jemmy Button era muy simpático (todo el mundo destacaba que reía mucho), le resultaba difícil creer que esa clase de gente pertenecieran a la misma especie que los británicos. En descargo de Darwin, hay que recordar que más adelante (según algunos) se arrepentiría de esos primeros juicios, y que fue un firme defensor de la abolición de la esclavitud en cuanto contactó con la realidad de los países esclavistas. También es pertinente recordar que las costumbres de los fueguinos eran muy distintas de los occidentales: los habitantes de Tierra de Fuego, bien adaptados a su medio, tendían a untar su piel con grasa de animal de tal manera que no les hacían falta ropas para soportar el frío clima de su tierra natal (hasta se bañaban desnudos en el agua), pero el olor que desprendía esa grasa no debía de antojársele muy sofisticado a los europeos. De hecho, cuando -merced al esfuerzo civilizador- los fueguinos abandonaron esas técnicas de supervivencia y se pusieron ropas, esto provocó que dejaran de bañarse tan a menudo y les hizo víctimas de numerosas enfermedades. Pero esto se sabría mucho más tarde, y formaría parte de los tradicionales desencuentros entre distintas etnias, incluyendo también los que protagonizarían los fueguinos arrastrados al otro lado del mundo por el aprendiz de brujo FitzRoy.

Lo que ocurrió con ellos es confuso, pues sólo poseemos una de las versiones de lo sucedido, la que se anotó en los diarios de viaje de los ocupantes del Beagle. Por lo visto, desembarcaron y Jemmy Button tuvo oportunidad de reencontrarse con su antigua familia (aunque uno de sus parientes había muerto, lo cual le llenó de pesar). Tanto él como los otros dos fueguinos decidieron quedarse, y se construyeron chozas para ellos y para el pastor Matthews. A los pocos días, sin embargo, los navegantes del Beagle observaron cómo otros indígenas portaban objetos pertenecientes a sus fueguinos y Matthews, así que se alarmaron y volvieron al lugar donde los habían dejado, donde encontraron el campamento saqueado, a los fueguinos intactos, y a Matthews tan asustado por el asalto que se subió al Beagle y no quiso saber nada de la labor misionera nunca más. Los tres fueguinos, no obstante, optaron por permanecer allí. El problema fue que, casi un mes más tarde, cuando el Beagle retornó a la zona, encontró el lugar desierto, sin ninguna cabaña, y sólo más adelante una canoa donde divisaron a Button. Éste comentó que la tribu de Fueguia Basket y York Minster, los kawésqar, le habían robado todo lo que poseía, y que sus antiguos compañeros en Beagle habían participado en el ataque. Aun así, insistió en permanecer allí junto con la mujer nativa con la que recientemente se había desposado. Con lo cual, parece que, pese al tiempo transcurrido juntos, la rivalidad entre las distintas etnias había permanecido latente y se había manifestado al fin.

Claro que, como decimos, es difícil hacer juicios de valor a partir de sólo una de las versiones. Y más con lo que ocurrió después. El Beagle no volvió por esa zona (su tercer viaje, ya sin FitzRoy, fue a Australia) pero, años más tarde, Allen Gardiner, un oficial retirado de la Marina británica, decidió evangelizar a todo bicho viviente y, después de una serie de sonoros fracasos a lo largo de Sudamérica, no escarmentó y, ya que conocía la historia de los fueguinos de FitzRoy, intentó localizar a Jemmy Button en Wulaia, la zona donde FitzRoy lo había dejado. No sólo no lo logró, sino que falleció en el intento, como otros muchos soñadores cerriles que se adentraron en esa parte del mundo. No obstante, la sociedad misionera fundada por él decidió enviar otro barco (de nombre Allen Gardiner, en honor a su fundador), y esta vez tuvieron más suerte: unos nativos con los que contactaron reconocieron el nombre y avisaron al fueguino, así que Button pudo desempolvar un para nada olvidado inglés. Para entonces, ya se había desposado con otras dos mujeres y tenía, además, tres hijos varones. Después de unos primeros compases prometedores, los misioneros decidieron dejar una misión permanente en Wulaia. Sin embargo, como pasaron los meses y no tenían noticias de aquel rincón del mundo, los misioneros (con su sede principal en la isla de Keppel) enviaron una goleta que, cuando llegó, encontró la Allen Gardiner desmantelada y, como único superviviente, al cocinero de la misma, que había salvado el pellejo en unas condiciones penosas. El cocinero contó que los hombres de Button, con quienes los tripulantes de la Allan Gardiner mantenían una tortuosa relación (los occidentales se quejaban de robos, mientras que los indígenas les acusaban de no hacerles suficientes regalos), les habían tendido una trampa justo antes de celebrar la primera misa en la zona, y habían matado a todos los británicos salvo el cocinero, hasta ocho víctimas en total. A la serie de pesquisas públicas con las que se investigó el suceso se sumó el propio Jemmy Button, quien se presentó voluntario para declarar, afirmando que los ataques habían sido perpetrados por la enemiga tribu ona. No está muy claro si los ingleses lo creyeron o no, pero sí que decidieron dejarlo correr y no enviar una expedición de castigo. Quién sabe si los británicos no querían sumar nuevos enemigos a causa de un suceso que no tenían muy claro, o si es que pensaron que poco más podían sacar en limpio de aquella maldita tierra. De Jemmy Button poco se volvió a saber (su tribu siguió manteniendo relaciones con los misioneros, y alguno de sus hijos viajó a Inglaterra), pero hay un hecho curioso, y es que uno de sus descendientes fue bautizado como FitzRoy. En cuanto a los auténticos pensamientos de Button respecto a los hombres que trataron de civilizarlo, no los conoceremos nunca. Cuando pienso en su historia, me acuerdo de los pueblos de ciertas islas de la Polinesia que fingieron aceptar la fe cristiana, pero al tiempo seguían creyendo en sus antiguos dioses (o hacían un extraño sincretismo con la nueva religión), aunque esperaban bienes materiales de los viajeros recién llegados. Viajeros que por otro lado pretendían que los indígenas aceptaran sin más sus costumbres y su dominio, y no mantuvieran en cambio pensamientos negativos o ambivalentes ante aquellos "turistas" que trastocaban su modo de vida, mientras además creían que les estaban haciendo un favor. Sin embargo, lo más probable es que no dijeran mucho en voz alta. En parte tal vez por costumbres aún persistentes entre ciertas culturas (en resumen: si no tienes nada bueno que decir, es mejor no decir nada, expresar una esperanza o cambiar de tema); o, en parte, quizás, porque no servía de nada oponerse. Con lo cual, lo más fácil era lo que hacía Jemmy Button: guardarse el rencor, sonreír hasta que llegara un momento en que pudieran decidir por sí mismos, y tal vez entonces vengarse. Al final, como siempre, las relaciones entre distintas civilizaciones no son una cuestión de buenos y malos, sino más bien de bastante egocentrismo, y sobre todo mutua incomprensión. Aunque en algunas ocasiones, estas interacciones se encarrilan hacia buen puerto, o terminan en cambio como el rosario de la aurora.

Pero volvamos a FitzRoy, que no tiene nada que ver con estos últimos sucesos. Entre otros motivos, porque éste había vuelto a Inglaterra, se había casado, le habían aceptado en la Royal Geographical Society y había publicado tres libros con los sucesos y observaciones (incluyendo numerosas de carácter científico) durante sus viajes en el Beagle. Fue entonces nombrado gobernador de Nueva Zelanda, heredando de su antecesor los problemas que enfrentaban a los colonos ingleses con los nativos maoríes. Lo cierto es que ahí FitzRoy -lejos ya de los experimentos que había llevado a cabo con los fueguinos- trató de manifestarse ecuánime en este nuevo contexto, atreviéndose a condenar acciones ilegales de los colonos y a defender que los maoríes debían recibir un precio justo por las tierras adquiridas por los británicos. Es más, trató de facilitar el comercio de tierras entre unos y otros, pero bien porque sus medidas no funcionaban con la efectividad esperada, bien porque no recibió un apoyo suficiente de la metrópoli, lo cierto es que las tensiones se incrementaron entre colonos y maoríes, y el conflicto se recrudeció. Al final, una compañía británica con intereses económicos en la zona protestó ante Gran Bretaña, y FitzRoy fue sustituido por un sucesor que, según se dice, sí contó de un sostén más firme por parte del gobierno británico.

Y aquí llegamos a la última de las vidas de FitzRoy, narrada de manera elocuente por el magistral quinto episodio de la serie de divulgación científica de Netflix "Superconectados: La ciencia oculta detrás de todo", el cual construye un círculo de ideas alrededor de algunos de los desafíos más apabullantes de nuestro presente. Influidos por una descomunal tormenta que había hundido a numerosos navíos en la costa inglesa, las autoridades de Gran Bretaña nombran a FitzRoy como jefe de un departamento cuyo objetivo sería acumular todos los datos posibles sobre el tiempo en alta mar, y tratar de averiguar si de allí podía deducirse cuál era el tiempo que iba a hacer al día siguiente, con todas las ventajas que ello implica. En su diario de registros, FitzRoy llega a realizar la primera predicción meteorológica (indicando que el tiempo iba a ser "despejado"), y lo llamativo es que acierta. Sin embargo, sus previsiones eran todavía muy poco fiables, y tenía tantos aciertos (que servían para reforzar sus conclusiones) como errores (que molestaban a los buques que no habían zarpado por previsión de tormenta, y utilizarían muchos científicos tradicionales para oponerse a este amateur que intentaba hacerles sombra). Quizás FitzRoy captó la ironía del hecho de que él, el ardiente defensor de la iglesia frente a Darwin, sería en aquella ocasión el impulsor del método científico frente a sus opositores, miembros del paisaje académico que invocaban a Dios como el único individuo capaz de controlar el tiempo meteorológico. FitzRoy se acabaría suicidando, aunque no podemos saber a ciencia cierta si su muerte se debió a la decepción ante el reto de la previsión atmosférica, pues se veía sumido en crisis de este tipo con cierta frecuencia. Sabemos, por otra parte, que en su decisión podría haber influido el hecho de haber dilapidado buena parte de su fortuna durante su vida pública. Sin embargo, tras su fallecimiento, las autoridades británicas y sus antiguos amigos (entre ellos el propio Darwin) no tuvieron inconveniente en auxiliar a su familia. Hoy, como mencionamos, toda clave de topónimos evocan su nombre, incluyendo el área de pronósticos meteorológicos donde realizo sus estudios climáticos, cuya denominación hubo de ser modificada para que no se confundiera con otra Finisterre, la que tiene localización en España.

Al final, Fitzroy fue muchas cosas. Según Darwin, quien le admiraba, era el hombre con la personalidad más fuerte que había conocido nunca. En buena parte de los episodios de su vida simbolizaba el fin de un mundo al que en cierta medida representaba, frente a un nueva concepción de la Tierra a la que ayudó a nacer. Quizás, como han dicho algunos escritores (y han dado a entender Greene, David Lean o Conrad), en todas las regiones perdidas del mundo, al mando de una causa tan delirante como sublime, siempre hay uno de esos hieráticos, imperturbables tipos dispuestos a no alterarse en absoluto por muy espinosas que vengan las cosas, y a llevar su visión del mundo hasta el final: en definitiva, un buen muchacho inglés.

miércoles, 1 de julio de 2020

La historia real de julio. Lanzamiento de "Ciencia, y el Cosmos del siglo XXI", un tributo a Carl Sagan. Con mi pequeña aportación personal.

La verdad es que me hace mucha ilusión comunicaros este anuncio. Pero empecemos por el principio. Hace varios meses, Alicia Parra Ruiz y Quintín Garrido Garrido decidieron inicial un proyecto en el cual actuaban como coordinadores, y que constituía un gran homenaje al libro <<Cosmos>>, elaborado en los años ochenta por Carl Sagan y que constituía, junto con la afamada serie de televisión a la que complementaba, uno de los más difundidos y celebrados esfuerzos por divulgar ciertas cuestiones fundamentales de la ciencia al gran público. El proyecto actual consistía en "reconstruir", de algún modo, y ya entrado el siglo XXI, el libro original, encargando a distintos autores que lo volvieran a redactar a partir de los nuevos conocimientos de los que ahora disponemos, así como presentando su particular visión sobre cada uno de los temas. El esfuerzo realizado desde entonces ha dado sus frutos, y ahora tenemos este libro, Ciencia, y el "Cosmos" del siglo XXI, disponible de manera gratuita para todo el mundo con licencia Creative Commons, y que podéis descargaros en pdf aquí mismo (o en formato epub o mobi si lo preferís leer en el ebook).

Hoy es la presentación "oficial" y ante la prensa a lo largo y ancho del mundo castellanoparlante de un texto que puede atraer tanto a los que ya saben mucho de ciencia como para los que quieren aprender más de ella. Es posible, sin embargo, que no todos los títulos de los capítulos os interesen de igual modo, con lo cual podéis recurrir a un índice que os conducirá a cada apartado concreto. Como podéis ver, cada capítulo lleva aparejado no sólo la posibilidad de leer el texto o descargar del mismo en pdf, sino también (en algunos casos) una versión en inglés, e incluso un tema musical que viene a acompañar al texto, para que podáis ponéroslo de fondo y sentir que estáis escuchado la música de las estrellas (en algunos casos, mientras leéis acerca de las mismas).

Entre los autores con los que contactó Quintín Garrido estos meses, he de decir que tengo el privilegio de hallarme yo mismo, y que me sentí muy honrado desde el principio por participar en esta iniciativa. Y, en concreto, de todos los capítulos posibles que pude escoger para reinterpretar, me llamó la atención (ya sabéis, siento debilidad por los elementos solitarios y desamparados) el primero de los apéndices del libro, el cual trataba acerca de una cuestión matemática aparentemente sobria como la raíz cuadrada de dos. Sin embargo, como podéis leer en mi reelaboración del capítulo, esta disquisición aritmética esconde tras de sí una controvertida intriga histórica, que además nos ha servido de punto de partida para poder hablar sobre la forma en que se asienta el conocimiento, las dificultades que tienen las nuevas verdades para triunfar en la ciencia y, en definitiva (en un tiempo que nos ha demostrado lo difícil que es obtener certezas absolutas), cómo los científicos muchas veces tienen que hacer tripas corazón y reconocer, para que triunfe la ciencia en su conjunto, que su hipótesis no era la más cercana a la realidad que podía hallarse... incluso aunque la teoría que viene a sustituirla no nos entusiasme en absoluto.

Con el título: "Saber perder en ciencia: cuando no te gusta el resultado", este homenaje al "Apéndice 1: La reducción al absurdo y la raíz cuadrada de dos" del libro <<Cosmos>> de Carl Sagan, es mi tributo particular no sólo a aquellos hombres y mujeres que hicieron ciencia a pesar de todas las adversidades que se toparon por el camino, sino también de los esfuerzos por divulgarla. Podéis leer el texto en castellano, tanto en la web como en pdf, en inglés (he sido mi propio traductor, así que disculpad mis errores en una lengua no nativa), también narrado como audiocapítulo y, como en la versión del libro completo no he podido introducir todos los detalles que hubiera querido, os dejo en la parte final de este post lo que hubiera sido la versión completa, para que elijáis cuál preferís explorar. No obstante, yo os animo a echarle un vistazo al resto de los capítulos de este blog, escritos por apasionantes y apasionados científicos y divulgadores, y que contienen títulos muy atrayentes que llaman muchísimo la atención. Yo, de hecho, ya le he echado el ojo a más de uno para leerlos con calma y mucha atención.

Pues eso, que disfrutéis con esta versión de Ciencia, y el "Cosmos" del siglo XXI que intenta ser (dentro de lo que cabe) el equivalente a lo que -para la serie original de televisión de Sagan- ha supuesto la actualización de Neil deGrasse Tyson, y que en todo caso trata de ser un pequeño granito de arena que contribuya a que todo el mundo conozca, ame y difunda la ciencia. Una herramienta cargada de belleza -incluso aunque no todas sus hipótesis sean hermosas- y que, sin duda, siempre vamos a necesitar.

Os dejo aquí abajo con la versión original del capítulo sin recortes. Que (cualquiera de las versiones que escojáis) la disfrutéis.


Apéndice 1. La reducción al absurdo y la raíz cuadrada de dos.
Los apéndices suelen resultar un hábitat particular, dentro del complejo ecosistema de las páginas de los libros, adonde van a refugiarse variados especímenes en peligro, incluyendo, entre ellos, abigarradas explicaciones que no tienen cabida en el discurso general del texto, o donde tienden a flotar -libres de la competencia de prosaicos conceptos- los más filosóficos y etéreos debates. En el caso del primer apéndice del volumen original de “Cosmos”, Carl Sagan es capaz de aunar ambas vertientes a lo largo de unas elegantes líneas. Obviamente, no es mi objetivo repetir lo que tan elocuentemente expresó Carl Sagan en su día, aunque trataré de resumirlo de manera sucinta, a modo de simple introducción.
Carl Sagan habla sobre la raíz cuadrada de 2 (√2), la cual tiene como resultado un número irracional, es decir, que no se puede expresar como una fracción entre dos números enteros (los números enteros son el 1-2-3-4, etc..., hasta el infinito; sus fracciones serían del tipo ¾, 2/5, etc...). Fueron los pitagóricos (es decir, un grupo de matemáticos dirigidos por Pitágoras) los primeros que descubrieron que la raíz cuadrada de dos era un número irracional, mediante un argumento geométrico. Dicho argumento estaba basado en una reducción al absurdo, que, como explica el propio Carl Sagan, es una forma de razonamiento en la cual inicialmente asumimos como cierta una afirmación, seguimos paso por paso sus consecuencias, y al final llegamos a una contradicción, demostrando de este modo la falsedad de dicha afirmación. En este caso, Carl Sagan utiliza también la reducción al absurdo, aunque esta vez desde el punto de vista aritmético, para llegar a la misma conclusión que los pitagóricos. Sin embargo, nosotros emplearemos este apéndice como punto de partida para algo ligeramente distinto.
Para empezar, para entender un descubrimiento científico, a veces hay que trabajar desde las motivaciones de sus descubridores. Partamos pues de los pitagóricos, y en concreto de Pitágoras de Samos, una figura cuya vida estuvo envuelta en la leyenda, a la cual contribuyó la fundación de su propia escuela de pensamiento. Dicen que tras el encuentro con un anciano Tales de Mileto (uno de los primeros grandes exploradores, el hombre que catalogó las siete maravillas del mundo antiguo), un Pitágoras que ya era discípulo del famoso Anaximandro se dedicó a viajar: habría llegado como prisionero de guerra a Babilonia, habría recalado en la India, y es más factible la noticia de su visita a Egipto. Las pocas y poco fiables fuentes que poseemos dicen que, en todos esos países, Pitágoras contactó con magos y sacerdotes para imbuirse de sus conocimientos, y en lo que coinciden dichos textos es en que más tarde partió hacia Crotona, Italia –alentado, entre otras cosas, por el destierro de su patria natal-, donde creó su escuela. Si hasta ahora la vida de Pitágoras nos ha parecido sorprendente, más extravagante nos resultará la forma en que se dice que él y sus discípulos convivían: eran vegetarianos, se negaban a vestir pieles de animal, divagaban en el mundo de la meditación y buscaban vivir en un perenne universo de pureza. La tradición ha atribuido a la escuela pitagórica un carácter netamente matemático, y es cierto que realizaron grandes contribuciones a dicho campo (aunque resulte difícil determinar qué logros pertenecen a Pitágoras, y cuáles a los miembros de su escuela, pues todos los descubrimientos se atribuían por defecto al primero), entre otras el teorema sobre el triángulo rectángulo que lleva el nombre del maestro, o la descripción de los distintos tipos de poliedros regulares -a los que, por cierto, va dedicado el segundo apéndice de “Cosmos”-. Sin embargo, la escuela de Pitágoras abarcaba mucho más: puede parecer un reduccionismo simplificarlos como matemáticos, pero sin duda ellos hubieran estado de acuerdo porque, para sus integrantes, el universo podía descomponerse en cifras. A partir de allí radiaban el resto de sus ideas, mucho más vinculadas a la religión y la metafísica: la inmortalidad del alma; su concepción general de un universo ilimitado donde Sol, la Tierra y los planetas giraban en torno a un fuego central que identificaban con el número 1; la relación profunda que subyacía a la astronomía, la música y la medicina, que no era otra que una concordia mística que se articulaba alrededor de las matemáticas y de sus representantes más perfectos, los números. La perfección de esta serie de abstracciones los embriagó, y de ahí que el descubrimiento de la raíz de dos, y todo lo que ello conlleva, supusiera un doble mal trago.
        Entrando ya en el responsable directo de tan endiablado entuerto, las cuestiones relativas a la raíz de dos fueron exploradas por el pitagórico Hípaso de Metaponto, entre otras cosas profesor de Heráclito, y a quien se le atribuye también el método para construir un dodecaedro engastado en una esfera, y el descubrimiento de la relación entre el grosor de discos de bronce y el sonido que éstos producen al golpearlos (idea que se relaciona con el conocimiento pitagórico de que la longitud de las cuerdas de un instrumento musical determina su sonido, y que entronca con la teoría de la escuela acerca de la armonía de las esferas celestes). El caso es que Hípaso, aun perteneciendo a la escuela pitagórica, era el líder de los acusmáticos, una sección de la secta que, pese a formar parte de la misma, no tenía la misma categoría que los “matemáticos”, los cuales se hallaban bajo la supervisión directa de Pitágoras y conocían la doctrina en su totalidad, privilegio con el que no contaban con los seguidores de Hípaso: aquello constituía un primer y desafortunado desencuentro. El descubrimiento de los números irracionales fue producto, según se dice, de la casualidad: el resultado de dicha raíz se llevaba buscando bastante tiempo, pues constituye la medida de la diagonal de un cuadrado cuyo lado tuviera una longitud de 1 y, creámoslo o no, su valor tiene unas cuantas aplicaciones prácticas. Hípaso empleó la geometría para expandir los límites del saber hasta llegar a una conclusión que a todos dejó traumatizados: la raíz cuadrada de dos tenía que ser, necesariamente, un número irracional. El sueño que los pitagóricos habían vivido era tan plácido que el despertar trocó, de manera ineludible, en amarga pesadilla.
        Pero, ¿qué demonios les importaba a los pitagóricos que la raíz de dos no pudiera expresarse como la fracción de dos números enteros, y que en concreto correspondiera a un valor aproximado de 1,4 (Pitágoras, perdónanos si nos lees ahora mismo)? Pues que, obviamente, para gente obsesionada con la perfección, con la hermosura de las matemáticas, con la armonía de los planetas, las verdades tenían que ser expresadas mediante números perfectos, tales como los enteros, o al menos como fracciones de los mismos. Pero, ¿una cifra seguida por una lista de decimales que no termina nunca? (los filósofos helénicos ni siquiera llegaron a ver eso; los números griegos no operaban con esas herramientas). ¿Qué clase de aberración era ésa? Por eso, el resultado obtenido por Hípaso les incomodó. Dicen que Pitágoras se negaba a que le hablaran de los irracionales. Durante años, los pitagóricos obviaron la cuestión disfrazando la raíz cuadrada de dos como si se tratara de un número entero en sí mismo. En todo caso, impusieron un absoluto secreto: la existencia de los números irracionales no debía salir nunca a la luz. Hípaso incumplió esa regla, y como castigo, cuenta el mito, fue asesinado.
Aunque, como tantas otras cosas alrededor de los pitagóricos, no hemos de fiarnos a pies juntillas de las leyendas. Desde luego, hay rumores sobre que Hípaso fue expulsado de la orden, y también sobre que falleció en un naufragio en extrañas circunstancias, en las que se ha querido ver la oscura sombra del suicidio (como castigo autoinfligido por romper la pureza de las matemáticas, y para así dar reposo a su alma, que se refugiaría en otro cuerpo) o, tal vez incluso, la mano negra de los miembros de la escuela, que lo habrían empujado al mar. Una versión más delirante nos dibuja al propio Pitágoras arrojándole del barco, doblemente avergonzado no sólo por haber sido incapaz de rebatir el descubrimiento de Hípaso, sino también porque la infausta verdad procedía del líder de una rama de la escuela considerada inferior, para más inri la némesis natural de Pitágoras, al constituir la única figura en Crotona que podía hacerle sombra. Especulaciones aparte, lo cierto es que el supuesto secreto se rompió y hoy sabemos que existen los números irracionales: de hecho, varios de ellos (como π, o el número phi, también conocido como “la proporción aúrea”) han resultado de gran importancia para la comprensión de las proporciones tanto en el interior de los seres vivos como de los cuerpos geométricos. Una conclusión que, a pesar de su ambición de consuelo, a Pitágoras no le hubiera satisfecho en absoluto.
Ahora vamos a avanzar unos cuantos siglos, hasta llegar a un nuevo (aunque no demasiado diferente) tipo de polémica. A lo largo de la década de 1920, Albert Einstein y Niels Bohr se embarcaron en un debate que redefinió los términos de la física. Einstein había elaborado, poco tiempo antes, su Teoría de la Relatividad, un rascacielos de postulados edificado durante los ratos libres de su empleo en la Oficina de Patentes de la -repleta de casitas bajas- ciudad suiza de Zürich, basada en concepciones sumamente teóricas y abstractas y que a pesar de ello explicaba buena parte del funcionamiento real del universo, como si hubiera sido propuesta por los antiguos pitagóricos en un arrebato de inspiración. Este “conejo sacado de la chistera” sigue aún resistiendo la mayor parte de los ensayos experimentales que han osado tratar de refutarlo, manteniéndose firme de un reto a otro. No obstante, Niels Bohr (el hombre que había creado una versión del átomo que superaba a la de su maestro Ernest Rutherford) dijo una vez una frase que Carl Sagan intenta reducir al absurdo en el ya mentado apéndice 1: “Lo contrario de cualquier gran idea es otra gran idea”. En este caso, la afirmación revela ser cierta -a pesar de lo que diga Sagan-, pues el paradigma opuesto que surge ante los axiomas de la relatividad es la mecánica cuántica, sustentada en inicio por los descubrimientos de Max Planck y que propone una visión radicalmente diferente de la física, basada en probabilidades y en cuánto somos (y, sobre todo, no somos) capaces de observar y de medir. Einstein, de hecho, siempre rechazó aquella teoría -lo cual decepcionó a sus creadores, que se habían sentido en parte inspirados por él-, y convirtió la cuestión cuántica en el punto central de las intensas disquisiciones que mantuvo con Bohr, en las que se llevó al extremo las posibilidades de la discusión científica. Famosa es la sentencia de Einstein de “Dios no juega a los dados con el universo”, pero no menos impactante fue la serie de acontecimientos que se inició cuando Einstein trató de reducir al absurdo la teoría cuántica al apuntar a que, de acuerdo la misma, dos partículas que hubieran entrado una vez en contacto nunca llegarían a estar del todo desconectadas. Para su incredulidad, los discípulos de la mecánica cuántica analizaron aquella supuesta idiotez y descubrieron -también para su propia sorpresa- que era cierta, poniendo patas arriba los cimientos de todo su sistema de conocimiento, una vez más. Hoy en día, la contraposición entre teoría de la relatividad y mecánica cuántica sigue adelante: la relatividad es capaz de explicar a la perfección lo que ocurre con las grandes masas (como una renovada revisión de la armonía de las esferas), mientras que la teoría cuántica describe con certeza matemática lo que sucede a nivel subatómico; sin embargo, en el conjunto, las dos visiones no son capaces de ponerse de acuerdo. Mientras tanto, algunos ansían y ponen su empeño en una Teoría Unificada que exponga con sencillez las leyes básicas del universo, a partir de las cuales las distintas fuerzas fundamentales se deduzcan de manera elemental. La teoría de cuerdas lo está intentando, hasta ahora con esquivo éxito, y la reciente confirmación del bosón de Higgs puede aportar nuevas luces sobre la estructura básica de la energía y la materia. Hoy día, sin embargo, el final de la búsqueda de esa teoría absoluta a la que la física aspira, como a un unicornio dorado, o una suerte de científico Santo Grial, sigue sin vislumbrarse.
Einstein se hallaba disgustado con la mecánica cuántica porque, como fiel determinista, se sentía incómodo con unas premisas que otorgaban tanta relevancia a la probabilidad y a las cuantificaciones medidas por el observador. Sin embargo, él no llegó tan lejos, como Pitágoras, como para tratar de prohibir su divulgación (no hubiera estado en su mano y, en todo caso, seguramente su amor a la verdad no se hubiera permitido). De todos modos, no sería la primera vez, ni tampoco la última, en que la oposición de científicos más veteranos impide a una teoría joven y bisoña salir adelante. Un reciente estudio, incluso, ha llegado a proclamar que ciertas áreas de la ciencia sienten un reverdecimiento al fallecer científicos prominentes en dicho campo, como si la presencia de estas colosales figuras taponara el talento de poco reconocidos científicos que se atreven a oponerse a los dogmas aceptados de manera unánime. Max Planck, el padre de la teoría cuántica (aunque al primero al que desconcertó fue a él mismo), declaró: "Las nuevas ideas avanzan en ciencia no porque sean ciertas, sino porque sus enemigos fallecen". Quizás el mejor ejemplo lo encontremos también en el campo de la física con otro debate, el que tuvo lugar entre Rutherford (quien, además de ser maestro de Bohr, proporcionó el primer modelo atómico) y Lord Kelvin. Este último había hecho grandes contribuciones a la ciencia, pero contaba ya con una provecta edad y, desde su atalaya, se negaba a reconocer los datos que señalaban a que la antigüedad de la Tierra era en realidad mucho mayor que la que el propio Lord Kelvin había propuesto (por debajo de veinte millones de años). Por eso, cuando un imberbe Rutherford se plantó en una de las reales instituciones británicas, delante de un auditorio de 800 personas, para exponer cómo el fenómeno de la radiactividad apoyaba la noción de una edad del planeta Tierra de, al menos, varios cientos de millones de años, su única preocupación era lo que diría Lord Kelvin al respecto. El crucial acontecimiento se desarrolló en varias fases: lo primero de todo, durante la disertación, el venerable hombre que emanaba autoridad desde su estrado se quedó dormido. Más tarde, parece que se despertó y colocó una sonrisa beatífica -producto de la digestión de una buena siesta-, momento en que Rutherford encontró la clave para convencer al eminente pope: citó en voz alta una antigua frase del maestro en la que expresaba que la edad de la Tierra debía de ser de unos pocos millones de años, mientras no se descubriera una nueva fuente de calor que explicara los resultados obtenidos. Rutherford proclamaba, pues, que Lord Kelvin habría sido el primero en anticipar la existencia de esa nueva fuente de calor (que no sería otra que la radioactividad) y que, por tanto, era co-partícipe del reciente descubrimiento. Era un intento descarado de halagar la vanidad del anciano pero, como suele ocurrir en estos casos, la cuestión es que funcionó (la mayor parte de los que se oponen a un movimiento, después de todo, lo hacen por no sentirse parte central de él), y Lord Kelvin expresó un asentimiento complaciente. Fuera de la reunión, sin embargo, se dice que Kelvin siguió farfullando incoherentes y circulares diatribas en contra del principio de una longeva edad de la Tierra pero, para entonces, el obstáculo había sido salvado, y no por la fuerza de la razón y la forma de comportarse de los hechos, como dicta la ciencia, sino empleando la psicología y la forma de comportarse de los científicos, como dictan las relaciones personales. La ciencia, después de todo, tiene sus defectos, y éstos, como los inherentes a casi toda actividad humana, provienen fundamentalmente de que quienes la hacemos consistimos en seres humanos también.
En este caso, hemos hablado de nuevos hallazgos pero, quizás, lo mejor que puede aportar el futuro, por parte de las generaciones venideras, es un punto de vista distinto, una perspectiva inédita. La mayor parte de las ideas originales no han llegado por seguir insistiendo por las mismas vías, sino mediante aproximaciones revolucionarias que se creyeron impensables en su día. Tal vez, al respecto, el mejor ejemplo que podemos aportar es una anécdota que se atribuye a numerosas parejas de aprendiz-maestro, entre ellas la más conocida de Niels Bohr y Ernest Rutherford. Según la leyenda, Rutherford habría preguntado, en un examen, cómo determinar la altura de un edificio a partir de un barómetro. La solución canónica es utilizar el barómetro para medir la presión en la base y en la azotea del edificio y, a partir de allí, mediante una sencilla ecuación matemática, deducir la altura del mismo. Bohr, sin embargo, respondió durante el examen: “Tiraría el barómetro desde lo alto del edificio y, en función del tiempo que tardara en llegar al suelo, calcularía la solución”. Rutherford -cuenta la anécdota- se quedó intrigado con la respuesta y citó a Bohr para un nuevo examen, donde él discurrió varias decenas alternativas de contestaciones, que iban desde utilizar el barómetro como una regla de medir en varias tandas, o pasarse por la casa del portero y solicitarle: “Me gustaría saber cuánto mide este edificio, le ofrezco a cambio este bonito barómetro”. De acuerdo a la historia, Rutherford le habría reprochado: “Usted sabe que ésa no es la respuesta que estoy buscando”, a lo que Bohr le habría contrapuesto: “Quizás entonces debería reformular la pregunta”. A veces el mejor favor que le podemos hacer a la ciencia es replantear las viejas cuestiones, para las respuestas no se vuelvan caducas desde antes de empezar. Es la única manera de agitar el árbol de Newton para que, con suerte, el fruto que caiga sea uno más sabroso. O, al menos, uno distinto a una manzana.
        En parte, la ciencia (como cualquier otro campo) consiste en eso: gente que llega con conceptos nuevos los cuales, a las pretéritas generaciones, se les antojan irreverentes, ofensivos, hasta cabría decirse que irracionales. Pero que encajan mejor con una forma de ver el mundo que deriva de cómo funciona éste, o de tal vez de cómo funcionamos nosotros. Los científicos, mientras tanto, van y vienen; hoy los defensores de la teoría cuántica y los relativistas siguen espiándose de reojo, mientras que los pitagóricos fueron expulsados de Crotona por culpa de los vaivenes que tuvieron lugar tras meterse en el poco racional ámbito de la política. La ciencia, sin embargo, y las aportaciones que unos y otros nos donaron, por muy abominables y distorsionadoras que pudieran parecer al principio, se depositan en el sedimento que va asentando en el ser humano, donde los episodios biográficos y las disputas entre científicos se soslayan para dar lugar a lo que de una manera muy cauta podemos denominar “la verdad”; por muy imperfecta, incompleta y desafiante que ésta resulte. Incluso aunque tenga que pasar por un par de reducciones al absurdo, o de reducciones al absurdo del propio absurdo para probarse. Al fin y al cabo, la cualidad principal de un científico es la curiosidad, y ésta debe hallarse siempre dispuesta a darle la oportunidad de sorprenderse. Carl Sagan lo sabía, y nos transmitió parte de su alegría al quedar impresionado con los portentos del universo. Él nos concedió ese regalo, y el mejor apéndice u homenaje que nuestra generación puede hacerle a “Cosmos”, ese legado único, es (pese a poseer una óptica distinta a la de nuestros maestros, o precisamente a causa de ello) seguir impactándonos. Maravillándonos, si es preciso, ante la perfección de la imperfección.

lunes, 9 de marzo de 2020

El relato de marzo: "Bola de billar"

Bola de billar

Para mi hermana Helena, porque gracias a nuestra mala memoria me permite revisitar viejos argumentos, y hacer brotar de ese modo nuevas historias.


«En ciencia uno intenta decir a la gente, en una manera en que todos lo puedan entender, algo que nunca nadie supo antes. La poesía es exactamente lo contrario». Paul Dirac, físico norteamericano.


            Todo se fraguó en el relativamente corto (para el que lo sufre, en primera persona, se le antoja interminable) espacio de tiempo que transcurre mientras andas esperando entrar a un local. En concreto, ésta era la sala de fiestas de moda en aquella parte de la ciudad, y al menos lo seguiría siendo como mínimo durante un par de horas. El hombre solitario se encontraba aguardando en la cola cuando de repente llegó una pareja. Él tenía pinta de ejecutivo de éxito, de hombre al que nunca –entre otras cosas, porque no lo soporta- le negarán nada. Al lado, una morenaza a juego, de exuberante escote y unas larguísimas piernas en las que uno podría perderse durante unas cuantas décadas. El tipo que controlaba la fila de acceso (un hombretón de color, enorme, de metro noventa) escuchó lo que el recién aterrizado tenía que decirle al oído, y con una determinación no exenta de delicadeza les hizo colocarse por delante del individuo solitario que hasta ahora había aguardado paciente en la cola, separándoles con una cinta roja que daba la impresión marcar la frontera entre éxito y fracaso, entre la lozana figura del ganador y la execrable del perdedor. El triunfador cruzó sin pretenderlo una mirada con el hombre solitario, y enarcó las cejas en un gesto a medio camino entre la disculpa y la complacencia. <<No soy yo, son las reglas del juego>>, asemejaba querer decir. Sin embargo, un cierto gesto en la cara del otro hombre le debió resultar desafiante (o quizás era el libro que portaba su adversario en las manos), porque el caso es que el candidato a ejecutivo sintió la necesidad de justificarse y expresó:
            -Oiga, no me vaya a soltar el rollo de la frase ésa que está tan de moda últimamente. Ya sabe, eso de que todo lo que le pasa a un hombre nos afecta al resto y demás. No creo en ese tipo de cosas.
            El individuo solitario recitó mentalmente el poema de John Donne, popularizado por la novela de Hemigway, a la que aludía el interfecto: “Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.
            -La verdad –replicó el aludido-, no estaba pensando en eso. Más bien, en la ecuación de Dirac.
            El rostro del otro individuo se contrajo en una mueca: “¿Ecuaqué?”.
            -Seguro que la ha escuchado alguna vez –argumentó con parsimonia su oponente en el diálogo-. Se ha puesto muy de moda, la gente la comenta en foros, espacios de debate… La enunció en 1928 el físico Paul Dirac como una forma de definir ciertas partículas subatómicas de tal manera que cumplieran los postulados tanto de la mecánica cuántica como de la relatividad. La ecuación adquirió como propiedades intrínsecas varias derivaciones colaterales: profetizaba un nuevo tipo de sustancia, la antimateria (cuya mera existencia es aún uno de los grandes misterios del universo, ya que debería habernos aniquilado; por otra parte, tiene aplicaciones en diversos campos del conocimiento, por ejemplo la medicina). Además, es capaz de conjugar dos teorías, la relatividad y la mecánica cuántica, que entre ambas explican el universo, pero que no suelen casar fácilmente. Y, por último, llevó a la conclusión tan anti-intuitiva como inapelable de que que dos partículas, una vez interaccionan entre sí, de algún modo siguen influyéndose mutuamente, incluso aunque se alejen a kilómetros de distancia, con lo cual nunca llegarán del todo a separarse. Quizás debido a estas dos últimas cuestiones, a algunos les gusta denominarla “la ecuación del amor”, aunque una amiga mía prefiere llamarla “del respeto”, porque dice que es una forma de comprender que toda persona con la que te relacionas, incluso aunque sea de un modo casual y anecdótico, tiene una historia común contigo y por eso merece que la trates como si fuera parte de ti. En cierta medida, indica que toda persona es “uno de los nuestros”.
            -Sí, bueno, como teoría tiene un punto precioso, muy bonito –replicó el otro, altivo-. Pero,  seguramente, después de que yo desaparezca tras esa puerta, no nos volvamos a ver en la vida.
            -Es posible –repuso a su vez el primer hombre-, pero hay otra forma de encauzarlo. ¿Ha oído hablar de Fritz Haber? Era un químico alemán que desarrolló un fertilizante. El ejército alemán halló sus estudios muy útiles para desarrollar gases venenosos durante la Primera Guerra Mundial. Haber no le encontró a este hecho ningún inconveniente: decía aquello de que un científico, en tiempos de guerra, se debe a su país, que toda guerra provoca muerte independientemente de qué método la cause, etcétera, etcétera. Hay que decir que la muerte por gas es particularmente terrible, y por eso su uso ha sido prohibido en sucesivas convenciones internacionales. La mujer de Haber no lo entendió y se suicidó. Su hijo, años más tarde, también. Haber, por otra parte, recibió condecoraciones y cargos militares. Después de la guerra, siguió trabajando en el mismo campo y creó nuevos y más poderosos insecticidas. Los nazis aprovecharon su trabajo y lo emplearon para generar los gases que segaron la vida de millares de judíos. Entre ellos, una gran proporción de la familia de Haber, pues él era de origen hebreo. No le voy a decir que la culpa es el karma, porque, si esa entidad existe, debe de tratarse de un imbécil que no sabe muy bien dónde tiene los pies: creo más bien que la cuestión consiste en que, si le pegas una patada al mundo, al final ayudas a crear un lugar donde todo el mundo se da patadas entre sí y es más probable que te llegue alguna de vuelta. Como una bola de billar lanzada muy fuerte, que hace rebotar tanto las otras que éstas te acaban golpeando a ti. Tan sencillo como eso.
            En ese momento, apareció el hombretón de color:
            -Tenemos espacio para un asiento individual –permitió el acceso al hombre solitario-… y para una mesa de dos.
            Al decirlo, se dirigió al aspirante a ejecutivo y a su morena hecha por encargo, ya que otra pareja de personas, amoldada también a los mismos estereotipos, se les había adelantado, y era ahora la cinta roja la que se colocaba delante de los primeros.
            -Lo siento –frunció los labios el hombretón del color-. Ellos tenían aún mejores referencias que ustedes.
            El hombre solitario se adentró gozoso en la sala de fiestas, no sin antes mandar hacia atrás un saludo de indisimulada satisfacción.

lunes, 25 de mayo de 2015

La historia corta de mayo: Pensamientos del gato de Schrodinger dentro de su caja

Pensamientos del gato de Schrödinger dentro de su caja.
(Un regalo de una musa)


Nota: el gato de Schrödinger es una metáfora que suele enunciarse algunas veces para explicar algunos conceptos de mecánica cuántica. Tiene múltiples variaciones, pero la más sencilla es ésta: tenemos un gato en una caja. Sin embargo, después de un cierto tiempo, no sabemos si el gato está vivo o muerto. La física clásica nos diría que el gato tiene una probabilidad del 50% de estar vivo, pero que o lo está o no lo está, aunque no podamos saberlo. La física cuántica, en cambio (y, en este caso, el gato sirve como metáfora a un electrón u otra partícula subatómica), dice que el gato está en un estado 50% vivo-50% muerto. Esto ha generado múltiples discusiones, entrando incluso en el terreno filosófico. De hecho, un físico declaró una vez que, cada vez que escucha hablar del gato de Schrödinger, saca su pistola.

Repetimos:

Pensamientos del gato de Schrödinger dentro de su caja.
(Un regalo de una musa)

Diario de a bordo (o cómo sería el diario de a bordo del gato de Schrödinger si nos pusiéramos dentro de su piel cubierta de pelito muuuuuy suave. Y mullido).

No, mejor: Diario de a bordo. Una aproximación (Y gustoso).


Día 1.

te pones a pensar: me aburro
me aburro mucho
estoy en una caja
está oscuro
me da miedo
y si no estoy vivo?
y soy un fantasma?
Vaya mierda entonces
un fantasma aburrido
bu
Buuuu
vale
y ahora?
Buuuuuuu
si, eso me sale
pero soy un gato
debería hacer más Miiiaaauuuu
pero eso no da miedo
(Vale, yo no sirvo, mi cerebro se despista con facilidad)
(pero sigo con el gato)
Mrrrriaaauuusssss
eso mejor
Mrrrriaaaaausss
vale
da miedo
uhh, que susto tienen las paredes encimaaaaa
mira como tiemblan
ji ji ji
mji mji mji (mejor)
que se me olvida eso de ser un gato
vale...a ver...el instinto y eso..deberia cazar ratones.
No hay ratones
Debería dormir.
¿los fantasmas duermen?
En cualquier caso no tengo sueño
debería haber arañado a ese Schrödinger cuando pude
Tengo uñas?
si, mira, hacen ruido en la pared
ualaaa
(creo que tengo un gato tonto dentro de la cabeza)


lunes, 14 de octubre de 2013

La historia real de octubre: La desaparición de Ettore Majorana

Ésta, más que una historia, es una no-historia: algo que no ocurrió, no se sabe bien cómo terminó, o bien pudo no ocurrir nunca. Se trata de un misterio poco conocido y que, sin embargo, ha perturbado y cautivado la imaginación de aquellos que han tenido la oportunidad de entrar en contacto con él. En concreto, se trata de la desaparición de Ettore Majorana, físico nuclear italiano, en el año 1938.


(Imagen de Ettore Majorana. Extraída de Wikimedia Commons)

Escuetas son casi todas las biografías de Majorana que pueden encontrarse para el interesado en su vida, y es quizás porque Majorana tan sólo camina sobre la faz de la tierra unos treinta y un años, o al menos, ése es el tiempo de existencia que ofrece al mundo. Después de ese período, desaparece. Ettore Majorana era un individuo especial, que desde muy joven ya demostró una excepcional aptitud para la física y las matemáticas. Aunque con tan sólo nueve trabajos publicados en el momento de su desaparición, sus colegas parecen acreditarlo como un cerebro privilegiado, aunque también se encargan de destacar su carácter huraño y en gran medida melancólico. Incluso en este aspecto estaba de acuerdo su maestro, Enrico Fermi, un hombre célebremente conocido por su contribución a la física de partículas, y cuyo trabajo sirvió de base junto con el de otros científicos para, años más tarde, desembocar en la creación de la bomba atómica. Es comúnmente aceptado que la personalidad de los científicos -y en particular los que demuestran una mayor genialidad- puede bordear en algunos casos la locura. El problema fue que el carácter hermético y poco aceptado de Majorana fue acentuándose de manera progresiva con los años -agravado, además, por una gastritis que le afectaba bastante-, hasta que, un día, supuestamente tras tomar un barco para visitar a un amigo en Palermo, Ettore se esfuma de la escena. No deja nada detrás, salvo dos notas de las que parece emanar un pesado e intoxicante aroma a duelo de difuntos, y un tercer mensaje que apunta a un suicidio frustrado. Un par de meses antes, Ettore había realizado una serie de movimientos que inducen a pensar que se estaba preparando para terminar con su vida. Hasta aquí, la mente de Ettore: el resto, su cuerpo, desaparece.

Contando todos estos factores, la hipótesis de una muerte auto-inducida, arrojándose seguramente en medio del mar Tirreno, parece la más factible. Sin embargo, hablamos de una época extraña. En aquella época, científicos alemanes e italianos trabajan en un campo de moda, el de la física de partículas, del que que muchos sospechan que puede conducir a la creación de un arma mortíferamente destructora, secreto del cual se quieren apropiar también los estadounidense. El propio Fermi, huyendo de la Italia de Mussolini, aprovecha la concesión del premio Nobel para escapar a América, donde es acogido con los brazos abiertos para colaborar en el proyecto Manhattan. En este ambiente de continua y hasta certera paranoia, no es extraño que las teorías más conspirativas y tenebrosas tengan cabida, y que la imaginación sea poco proclive a aceptar incomprensibles dramas personales. ¿Un secuestro del físico para apropiarse de sus conocimientos nucleares?, improbable. ¿La eliminación de un hombre que había intuido demasiado?, poco creíble. Pero las teorías han sido muchas y han dado tal vez para demasiado. Leonardo Sciascia escribió una novela que teorizaba la reclusión voluntaria de Majorana en un monasterio; recientes titulares en Argentina difundían a bombo y platillo algunas fotografías que indicarían que Majorana había viajado a este país y habría vivido allí alrededor del año 1955; y quizás la más estremecedora opinión sea la mencionada en "El Siciliano" por parte de Alberto Seoane, según la cual Ettore Majorana se suicidió porque había sabido intuir el futuro, y era consciente de que si seguía avanzando en ese campo, algún día él mismo u otros se verían forzados a construir una bomba atómica, con lo cual, tratando de escapar de este destino ominoso, había decidido apartarse de la carrera arrebatándose voluntariamente de la vida. Sea o no verdad esta hipótesis (porque quizás nos estamos acercando tan sólo a una desgracia personal, tan cruenta e insondable como cualquier otra), lo cierto es que la idea cuajaría con el famoso enunciado de la paradoja de Fermi, en la cual el maestro y mentor de Majorana se preguntaba cómo era posible que el ser humano no hubiera contactado nunca con culturas extraterrestres avanzadas, y deducía que, tal vez, a partir de un grado determinado de desarrollo, una civilización acaba por fabricar armas con capacidad suficiente para su propia autodestrucción, y esto hace que desparezca antes de expandirse por el espacio, y por eso nunca podamos llegar a comunicarnos con ella. Este pesimismo respecto al futuro -asociado, con cierta lógica, al hombre que contribuyó a crear una de las armas más devastadores jamás descritas- quizás pueda englobarse en el contexto general de la muerte de Majorana, de cómo veía él el mundo, y de cómo lo consideraban también aquellos que lo heredaron. Isaac Asimov, en su relato "¿Se engendra ahí el hombre?", se preguntaba sobre si los límites de la locura pueden ser también los del conocimiento, y hasta qué punto podemos llegar a adquirir cierto grado de lucidez acerca de la estructura del mundo sin que la revelación de la verdad nos acabe con contudencia de derribar. Quizás Majorana -propondrán algunos- había llegado a esos límites, más allá de cuyas barreras no puedes contemplar nada más. Quizás el italiano llegó a sobrepasar algunos umbrales que tal vez todos (en cualquier circunstancia, por cualquier pretexto) nos encontremos constantemente muy cerca de traspasar.

miércoles, 1 de mayo de 2013

El relato de mayo: un cuento sobre el "perpetuum mobile"

      El perpetuum mobile es una máquina teórica que, hipotéticamente, debería ser capaz de generar movimiento de manera continua e infinita, sin necesidad de seguir aportando energía desde fuera del sistema. Se ha tratado de desarrollar esta máquina desde tiempos remotos (convirtiéndose en una especie de Santo Grial o de obsesión para la ciencia de épocas antiguas), siempre de manera infructuosa. El siempre inquisitivo Leonardo da Vinci lo intentó, pero concluyó que su consutricción era imposible. Finalmente, el segundo principio de la termodinámica zanjó definitivamente el tema al establecer que "no se puede transformar completamente el calor en trabajo" (es decir, el efecto del rozamiento haría siempre que se perdiera parte de la energía y que el aparato se acabara detuviendo). Pero no en el mundo alternativo donde se encuentra enclavado este relato de ciencia ficción. Espero que os resulte movidito.                                                       

Ad eternum

                                                            A Timoteo Rodero, y D.H, que nos han demostrado que, mucho más importante que el conocimiento, son el esfuerzo, las ganas, y la ilusión por aprender.

                                                            A Álvaro Ridruejo, muchas de cuyas aportaciones han contribuido a la elaboración de este cuento.

“Los hombres deberían morir por las mentiras. Pero la verdad es demasiado preciosa como para morir por ella”. Terry Pratchett.
                                               
            El guardia de seguridad del Museo decidió que no podía soportar ni un minuto más el contemplar las paredes desnudas, los inmensos huecos, los extensos espacios vacíos… Y decidió entonces pasar a la acción.

            Cogió uno de los audífonos informativos que proporcionaba el Museo para los visitantes. Tenía tres posibles opciones: la versión para niños, la de adultos, y para los estudiantes de ciencia. La de los estudiantes, por mucho que se esforzó, nunca fue capaz de entenderla, a lo largo de los diez años de trabajo en el Museo. La de los niños, pese a ser divertida, no pegaba con este momento. Accionó la de adultos.

            De repente, las paredes comenzaron a llenarse de luces, sonidos y colores… Las imágenes holográficas se pusieron en marcha, y el guardia comenzó a caminar, mientras recorría, lentamente, sin prisas, el recorrido del Museo. Nunca se escuchaba de escuchar de nuevo la historia que le estaban recordando los hologramas y los efectos especiales, las voces y las imágenes de otras épocas: eran muchas las veces que hacía esto, caminar solo, cuando no había nadie más en todo el vasto edificio, presenciando el mismo espectáculo al que asistían los miles de visitantes que llegaban al Museo cada día… En teoría no debería hacerlo, en teoría debía estar vigilando. Pero este Museo sólo tenía una cosa de valor… y nadie se atrevería jamás a tocarla…
            <<Dicen que el hombre>>, comenzó la narración, <<le da una tremenda importancia a la teoría… De hecho, tardamos en comenzar a volar, porque sir Isaac Newton determinó, mediante un análisis teórico, que esto era científicamente imposible, y, por tanto, nadie intentó demostrar lo contrario hasta mucho tiempo más tarde, mediante el sencillo método de probar a ver si funcionaba... Lo cierto es, gracias a Dios, en el caso de la invención a la que está dedicado este Museo, no se aplicó el mismo caso. Muchos dijeron que era una locura; la mayoría, una utopía imposible; Leonardo da Vinci lo dio por perdido; y, sin embargo, hubo un hombre que se atrevió a desafiar estos malos augurios, y consiguió sacarlo adelante. De no ser así, probablemente llevaríamos varios siglos de retraso científico en nuestro haber, y la Tierra sería hoy muy diferente a como la conocemos…
            El guardia aguzó el oído. Siempre lo hacía en esta parte, cuando comenzaba a ponerse interesante.           
            >>Se trata del perpetuum mobile, es decir, la máquina de movimiento eterno. Durante la Edad Media, múltiples alquimistas y pseudocientíficos trataron de construir un aparato que se moviera continuamente, pese al rozamiento de los componentes, la fricción, la propia acción de resistencia del aire… Nunca lo lograron, entre otras cosas, porque carecían de unas bases teóricas adecuadas. Sin embargo, en el siglo XVI, un hombre, Andrea Stolzok, del que desconocemos casi todo, incluso si éste es su verdadero nombre, desarrolló todo un cuerpo teórico de conocimientos que llegaba a la conclusión de que era posible fabricar un perpetuum mobile, y, lo que es más, que éste, en su infinito movimiento, podía abastecer de energía a los hombres para la eternidad. Todos sus escritos fueron encontrados mucho más tarde, casi un siglo después, por unos monjes benedictinos que se dedicaron a construir su aparato… El resultado fue sorprendente… El perpetuum mobile era posible, y se hizo realidad delante de sus propios ojos. Fue una suerte, porque el monasterio estuvo a punto de ser arrasado por un incendio, salvándose los documentos milagrosamente.
            >>Desde entonces, todo ha cambiado. Toda nuestra ciencia, nuestra tecnología actual, la que nos permite, ya en el siglo XXI, volar, llegar al espacio, alcanzar los límites del sistema solar, desentrañar los secretos del átomo, hacer posible el milagro de la fusión fría, construir los más potentes ordenadores con el tamaño de un reloj de pulsera, y los robots más avanzados que tanto han transformado el mundo, y que consiguieron acabar con las injusticias sociales del pasado, todo eso, se ha basado en el perpetuum mobile. Su propia existencia, así como de toda la teoría que lleva detrás, han hecho posible llegar casi hasta los límites del conocimiento de la física, las matemáticas, la astronomía, y e incluso las ciencias biológicas y químicas… Además, el concepto filosófico del perpetuum, como aparato que no descansa, que permanece siempre alerta, (no en vano es la base de los sistemas de seguridad actuales), ha influido a poetas, filósofos, literaturas, historiadores… Su movimiento cíclico ha inspirado a inspirado a movimientos religiosos y creado nuevas formas de espiritualidad. De hecho, Andrea Stolzok es el único hombre que ha recibido, a título póstumo, algún premio Nóbel, el de Física. Sin embargo, por más que hemos intentado escarbar en su biografía, ha sido imposible. Algunos dicen que en realidad se trata de varias personas, que es imposible que ésta sea la obra de un hombre solo. Otros, que en realidad existió, y que se trató del mayor genio de todos los tiempos. Einstein declaró, tras terminar su teoría del campo unificado (la cual significó prácticamente la resolución definitiva de la física de partículas), que se sentía el niño tonto de la clase al lado de Andrea Stolzok, cuya teoría fue incluso capaz de sobrevivir a la aparente contradicción que entrañaba el segundo principio de la termodinámica, la cual argumentaba que, para que parte del trabajo realizado por el perpetuum no fuera desperdiciado en forma de calor, habría que hacer que varios millones de partículas actuasen exactamente de la misma manera, y eso era estadísticamente imposible. En todo caso, sin dudas ya sobre la solidez de la teoría de Stolzok, y para nuestra pesadumbre, la mayor parte de la verdad sobre la vida de este científico continúa siendo un misterio…
            El guardia de seguridad pasó entonces a la habitación contigua: una habitación que, esta vez sí, poseía un elemento material que se hallaba exhibido en el Museo. Lo único que, realmente, podría ser de valor para alguien, pero que, por profunda veneración, y por sentido común, nadie se atrevería a sustraer.
            -Y aquí está-prosiguió la visita guiada-; el primer perpetuum mobile en la historia, construido en aquel monasterio benedictino. Como ven, su estructura básica es la de un péndulo, forma original que le dio Stolzok, aunque puede ser aplicable a cualquier otro diseño: automóviles, aviones, robots… El aparato parece sencillo, la parte de arriba se asemeja a la de una balanza, pero, en realidad, su mecanismo es tremendamente complejo, se dice que hay sólo cien personas en el mundo que lo han llegado a entender plenamente, incluyendo, claro está, los actuales directores del Museo. De hecho, el perpetuum mobile original que, como ven, todavía desplaza el péndulo a un lado y otro, autorregenerando la energía en cada movimiento, no es sólo un objeto decorativo de este Museo: todavía se sigue estudiando, en gran medida, su mecanismo de funcionamiento, en búsqueda de nuevas aplicaciones y posibilidades, por parte de los más reconocidos científicos del planeta. Así pues, este sencillo péndulo sigue siendo imprescindible para el conjunto de nuestra población. En este momento, les dejaremos solos, podrán quitarse los audífonos… Será así como puedan contemplar con mayor deleite este aparato. Dicen, incluso, que si se aguza el oído, puede escucharse el tic-tac de su mecanismo, aunque eso, estadísticamente, sólo lo hacen una de cada tres personas, y, según algunos, no es más que una alucinación colectiva. Pueden ustedes, señores…
            Y el guardia se quitó los cascos y contempló el pequeño péndulo, de unos treinta centímetros, situado sobre el soporte de metal que lo elevaba hasta la altura, en su punto máximo, de un hombre de estatura media. Estaba cubierto, además, por una urna de cristal. El guardia nunca se cansaba de contemplarlo: por más que lo miraba, no podía dejar de parecerle maravilloso aquel mecanismo genial que había otorgado al hombre algunos de los milagros más maravillosos que se hubieran producido en la historia.

            Y sin embargo, aquella vez, fue distinta.

            Porque, ese día, el guardia, dudándolo al principio, aterrorizándose cuando se cercioró, se dio cuenta de que el péndulo se desplazaba más lentamente…

            Lo hizo, hasta que su arco comenzó a disminuir, de forma cada vez más dramática…

            Continuó haciéndolo, hasta el final…. Continuó ralentizándose… hasta que, ante el indescriptible grito callado de terror del guardia, éste finalmente se detuvo.

                                    *                                  *                                  *

             Hinsgbury recibió la llamada en mitad de la noche.
            -¿Sí?-preguntó-. ¿Quién es?   
            -Tiene usted que venir, profesor Hingsbury.  
            -¿Dupont?¿Adónde?¿Sabe usted qué hora es aquí?
            -Pues al Museo, naturalmente -no hizo falta que le especificara cuál-. Tiene que venir en seguida. 
            -¿Pero qué demonios…? Maldita sea, Dupont, no tengo tiempo de acertijos matemáticos a las dos de la mañana. Si quiere le llamo yo dentro de seis horas, y hablamos.                   
            -Profesor Hingsbury, se lo aseguro, tiene que venir, es importante.  
            -Dupont, no pienso tomar un avión en mitad de la madrugada y cruzar todo el océano Atlántico sin tener un motivo justificado.
            -De acuerdo -susurró Dupont, bajando la voz-… No quería contarlo por teléfono, pero veo que no voy a tener más remedio…-redujo aún una cuarta el tono-. Se ha parado.
            El gesto de Hingsbury, enfundando en un pijama de cuadros, empalideció. Su mujer preguntaba, con los ojos cerrados, “cariño, ¿quíén es?”
            -¿Cómo que se ha parado?¿Qué se ha parado?
            Dupont masculló.
            -¿Es que hace falta que te lo diga?
            El corazón de Hingsbury se aceleró.
            -Voy para allá.
            En tres horas, había llegado al Museo, situado en Londres, desde los Estados Unidos. Este tiempo puede parecernos una exageración, pero se trataba de un vuelo lento, el único que había podido coger a esas horas, no contaba aún con el nuevo modelo de perpetuum, más evolucionado, y con el que sólo se tardaban dos.

            Hingsbury accedió al Museo gracias al guardia, que le abrió la puerta de atrás. El profesor americano se dio cuenta de que el guardia se encontraba temblando; no le extrañaba. No sabía, en las siguientes horas, si él mismo iba a entrar en un colapso nervioso.

            Cuando entró en la estancia, allí ya se encontraban todos: Dupont, Müller y Clark. No muchos, los imprescindibles. Los cuatro hombres que más sabían del perpetuum en estos momentos: eran, además, los cuatro directores del Museo, aunque sólo uno de ellos funcionaba como gerente real, Dupont, mientras que los demás era tan sólo honoríficos.
           
            Lo que más le sorprendió ver a Hingsbury por allí, era la presencia de un niño pequeño, de unos cuatro años años, de pelo rubio.
            -¿Dupont, qué hace tu hijo aquí?-preguntó antes de saludar
            El aludido, que se encontraba, como los otros, contemplando el perpetuum mobile, se dio la vuelta.
            -Estaba solo con él, su madre está de guardia en el hospital, no podía encontrar a nadie que le cuidase a estas horas, y no me atrevía a dejarle solo en casa, así que me lo he traído.
            Hingsbury hizo un gesto con la mano hacia el guardia, en dirección al niño.
            -Por favor, ¿se lo puede llevar a dar una vuelta? Que juegue un rato por ahí. Ya sabe donde están los juguetes del Museo para los niños, ¿de acuerdo?-se acercó a sus compañeros, y contempló, con el mismo impávido rostro con el que sus compañeros habían analizado el hecho, la noticia a la que tantas vueltas le había estado dando en su cabeza durante el viaje en avión: el perpetuum mobile, completamente inmóvil. Para Hingsbury, era como si la Tierra se hubiera salido de su órbita, en cuanto a sorprendente… y en cuanto a grave.
            -Vamos a ir por partes. ¿Quién más sabe esto?
            Se asumía, por supuesto, que el idioma del debate seria el inglés.
            -Nada más que nosotros cuatro, y el guardia.
            -¿Cómo lo descubrió?-le preguntó a Dupont, refiriéndose a este último-. ¡No lo habrá parado él!
            -¡Por supuesto que no!-bramó el francés-. Es de absoluta confianza. No ha dado una sola queja en veinte años de servicio.
            -Dice que se paró –intervino Clark pretendiendo desviarse de la suposición de Hingsbury-… sin más… Redujo la velocidad y, simplemente, se acabó por detener.
            El americano se mesó los cabellos. Ninguno de ellos había hecho el más mínimo gesto de saludo al llegar. Todos estaban tan preocupados, que no habían pensado ni siquiera en guardar las más mínimas formas.
            -¿Cuánto tiempo tenemos?-preguntó Müller.
            Dupont hizo cuentas.
            -Son las cinco de la mañana. A las ocho comienza a entrar el personal, pero a ésos podemos mantenerles controlados. A las nueve, los visitantes. Y es solucionarlo antes de entonces, o cerrar el Museo.
            Hingsbury enarcó una ceja.
            -¿De qué estás hablando?¿No estarás diciendo que vamos a ocultar lo que ha pasado?
            -Cálmate, James -le insistió Dupont.
            -¡Esto es un hecho científico de mi primera magnitud!¡Nos guste o no nos guste, tenemos que comunicarlo!
            -Hingsbury -pidió Clark-, tranquilícese, por favor. Nosotros llevamos ya aquí unas horas, y hemos tenido más tiempo para analizar la situación. Este asunto no tiene tan sólo -recalcó mucho estas últimas palabras- connotaciones científicas… Sino bastantes más. Comprende lo que quiero decir, ¿verdad?           
            Hingsbury se serenó, y asintió con la cabeza. Efectivamente, tenía muchas más implicaciones.
            -Hoy por hoy, todos los aparatos con los que funcionamos se basan en la tecnología del perpetuum mobile -declaró Dupont-. Nuestros conciudadanos van a trabajar en sus vehículos confiando en ese modelo. Si ahora les decimos que ese modelo es falso, que todo aquello en lo que confían, se basa en una quimera, será el caos.
            -No podemos decir la verdad sin más -concretó Müller-. Tenemos que tener, al menos, una mínima hipótesis sobre lo que ha ocurrido.
            -Y esa es la cuestión -puso los brazos en jarras Hingsbury-. ¿Qué ha ocurrido?
            Y se hizo un silencio quedo.

            Clark fue el primero en hablar.
            -Bueno, tal vez esto no le guste demasiado a Dupont… Pero tal vez ha sido un problema del Museo. Tal vez no se ha conservado todo lo bien que se debiera.
            Dupont negó con la cabeza.
            -Condiciones óptimas de temperatura, humedad… Queríamos que los materiales no sufrieran ningún daño que pudiera alterar el diseño original. Renovación del aire cada cierto tiempo, eliminación automática del polvo… Ningún perpetuum ha sido tratado igual.
            Müller se rascó la cabeza.
            -¿Hasta qué punto sabemos que está detenido del todo? Quiero decir, a lo mejor en realidad el movimiento se ha estado ralentizando en los últimos tiempos, y no nos hemos dado cuenta, por la propia costumbre de contemplarlo todos los días. Incluso puede que la velocidad haya ido disminuuyendo progresivamente desde que fue construido, y que la que nosotros contemplábamos era mucho menor que la inicial. Quizás, de hecho, ahora mismo no está detenido del todo, sino que tiene un movimiento a nivel microscópico, que no podemos apreciar con la vista.
            Dupont negó con la cabeza.
            -Sobre eso, sí que te puedo responder: los sistemas de detección indicaron un movimiento a velocidad constante, hasta hace unas horas, en que cesó drásticamente. Y el aparato está parado, al menos, con la definición de inmovilidad que se le puede aplicar a un objeto a esta temperatura: ya sabéis que incluso, en el cero absoluto, las partículas conservan un cierto movimiento. Pero sobre eso no te preocupes, Müller. El perpetuum está parado, y bien parado. No te sé decir si antes de que instaláramos los sistemas de detección iba más o menos rápido, pero desde luego, lo que es desde hace un siglo, la velocidad se ha mantenido constante.
            Hingsbury se acercó a la urna.
            -Tal vez le haya afectado algo exterior. Algo extraordinario, que no suele acontecer, y que ha opuesto una fuerza inversa a su movimiento, que lo ha hecho detenerse.
            -¿Cómo qué?-preguntó Clark.
            -No sé… Te diría que un desplazamiento del eje de la Tierra, pero eso sería un absurdo, de ser así, ya estaríamos muertos… Pero sí una causa que altere el equilibrio dinámico del planeta, su movimiento en general, algo extraño… un terremoto de dimensiones catastróficas, un meteorito lo suficientemente grande…
            -Para averiguar eso, tendríamos que acceder a los bancos de datos de los sistemas de detección de…-quiso decir Müller.
            -Ya lo he hecho-aseguró Dupont, entregándoles unos papeles meticulosamente doblados que guardaba en uno de los bolsillos de la chaqueta-. No ha habido nada; ni terremoto, ni meteorito, ni nada que se salga de lo común.           
            -¿Una nueva arma, diseñada por algún enemigo?-preguntó Hingsbury-. ¿Algo que sea capaz de detener los perpetuum?
            -Ningún loco osaría hacer eso -dijo Müller-. Sería el fin de la civilización misma.
            -Hay mucho loco suelto por ahí –replicó crítico el americano.
            -Sí -dijo Clark-, pero se necesitarían no una, sino varias personas, todos ellos con grandes conocimientos científicos. Y todos deberían poseer un elevado instinto homicida. La posibilidad es factible, aunque muy remota.
            Uno de los científicos pareció tener una especie de inspiración divina.
            -¿Y el perpetuum le hubiera comunicado su energía a la Tierra?-preguntó Dupont-. Al fin y al cabo, muchas de nuestras máquinas no son perpetuums en sí misma, sino adaptadores: aprovechamos la energía del perpetuum, que es infinita, para poner en marcha su mecanismo, que funcionará así eternamente. ¿Por qué no ha podido, basándose en el mismo principio, transmitírsela a la Tierra?
            Müller se encogió de hombros.
            -Podría, pero también sería muy raro. Si fuera así, lo tendría que haber hecho progresivamente, durante siglos, no en unos instantes.              
            -Quizás lo lleva haciendo, y nunca lo comprobamos-dijo Clark-. ¿Alguien le ha medido la velocidad a la Tierra últimamente?
            -No-dijo Dupont-. Nadie se ha esforzado en ello. De hecho, lo de medir la velocidad del perpetuum, fue más para darle gusto a los visitantes del museo, que por ninguna necesidad científica real. Nadie supuso que alguna vez nos sirviera para algo. Siempre se ha asumido que los perpetuum son… precisamente eso, perpetuos.
            -Quizás -elucubró Clark-, cuando el perpetuum transmitió la mayor parte de su energía a la Tierra, hubo una especie de aceleración, un proceso de retroalimentación, y, en un momento en que se había desplazado una energía crítica, se precipitó hacia… un colapso final -la palabra sonaba muy cruda, por mucho que trataran de atenuarla.
            -Eso estaría muy bien, Clark -dijo Hingsbury-, pero hay un problema. ¿Adónde le hubiera transmitido el perpetuum esa energía? La Tierra es muy grande, son muchas cosas. ¿A su movimiento? El giro de rotación se hubiera acelerado tanto, que hubiéramos muerto, el día y la noche serían alternados a tal velocidad que serían instantáneos. ¿A su temperatura, al calor fundido del manto, al movimiento de las placas tectónicas? Con la energía del perpetuum, cualquiera de estos hechos estaría provocando una hecatombe, que hubiera acabado ya con la vida en la Tierra.
            -Se os está olvidando algo –recordó Dupont-. Para todos esos planteamientos, os estáis basando en que, efectivamente, la energía del perpetuum es muy grande… No obstante, volviendo a la teoría, debemos recordar que, la energía del perpetuum, un aparato que genera eterno movimiento, y es inmune al rozamiento…
            -… es infinita -recordó Hingsbury-. Maldita esa, es verdad, en teoría, el perpetuum podría estar transmitiéndole energía a la Tierra, y acelerándola hasta hacernos desaparecer del mapa, por los siglos de los siglos, y seguiría sin detenerse.
            Y mientras añadía esa última frase, se fijó en que en el rostro de Müller había una pequeña sonrisa.
            -¿De qué te ríes, tú?-le preguntó, ligeramente irritado, el americano.
            Müller le contempló con una expresión enigmática.
            -Bueno, puede que, después de todo, la teoría estuviera mal.
            Todos se quedaron callados.

            Hingsbury se paseó alrededor del péndulo, la mano en la nuca.
            -¿Que está mal?¿Cómo que está mal?
Seguía bastante enervado.
-¿Cómo... cómo se te ocurre…?¡Es como… es mandar a la mierda toda nuestra base científica!¡Es olvidarse de todo lo que hemos hecho hasta ahora!¿Cómo te atreves siquiera a proponer eso?
-¡Pero se ha parado!, ¿no?
-¡Sí, se ha parado, eso no hace falta que lo repitas, lo podemos ver todos!
-¡Pues algo tiene que fallar entonces!
-¿Y cómo explicas tú doscientos años de progreso basados en una teoría que está mal?-replicó Hingsbury, mesándose los cabellos-. ¿Cómo se puede comer eso?
Müller trató de matizar el concepto.
            -No digo que esté completamente mal… Simplemente, puede que no sea tan perfecta como nosotros pensábamos.
            -¿Qué quieres decir con eso?-preguntó Dupont.
            Clark se restregó los ojos.
            -Empiezo a estar algo cansado de estar de pie, y tengo sueño. ¿Nos traemos los sillones del vestíbulo?
            Así lo hicieron. Colocaron los sillones formando un corro alrededor del soporte del perpetuum, de tal forma que podían observarlo ligeramente desde abajo, estando sentados, y así tratar de desentrañar, aunque sólo fuera a fuerza de erosionarlo con su mirada, alguna pista de entre su mecanismo… Era fundamental que se les ocurriera una idea. Y mejor si era pronto.
            -Estoy diciendo -continuó Müller el pensamiento que había introducido anteriormente- que, desde que la ciencia existe, ninguna teoría es cierta, ninguna hipótesis es todo o nada. No hay verdades absolutas, todo tiene su probabilidad, y su porcentaje de error. Hasta ahora, habíamos considerado la teoría del perpetuum absoluta, innegable… Pero tal vez, no sea tan perfecta como lo que nosotros pensamos. El grado de error de una teoría lo determina el hecho experimental: hasta ahora, ningún hecho experimental había indicado la existencia de fallo alguno en el modelo, pero… al fin ha ocurrido. Ha pasado después de trescientos años, lo cual demuestra que era una buena teoría, inmune al paso del tiempo… o casi.
            Los otros tres científicos meditaron las palabras del alemán.
            -No.
            -Imposible.
            -Completamente absurdo.
            -¿Por qué?-inquirió Müller-. ¿Tan difícil os resulta aceptarlo?¿Tan rígido se os ha quedado el cerebro, que no podéis asumir que la teoría no es perfecta?¿Y si resulta que nos hemos equivocado en nuestro concepto de infinito?
            -Ah, no, volver a las discusiones filosóficas sobre lo que es el infinito, no, por favor –rogó Hingsbury.
            -Volvemos a la paradoja de Aquiles y la tortuga –se desplomó sobre su asiento Dupont.
            -Para mí, sería inaceptable -interpuso Clark.
            -O peor –volvió de nuevo a la carga Dupont-. Significaría que todo el conocimiento en que nos basamos es absolutamente incierto. Sería como decirnos que la gravedad es mentira, que las cosas pueden ir tanto hacia arriba como hacia abajo.
            -¡Pero vamos!-objetó Müller-. No os estoy diciendo que la teoría es errónea, simplemente, que no es perfecta.
            -Pero es que esta teoría equivale a la perfección -repuso Clark-. La idea del perpetuum no es que se mueva un año, dos, veinte siglos; es un movimiento infinito. Es la misma base de la teoría; si te mueves de allí, no estamos hablando de lo mismo. Estamos hablando, entonces, de un aparato que da muchas vueltas y suministra energía mucho tiempo, pero un tiempo finito, y, entonces, toda la teoría se desploma, se viene abajo.
            -No me puedo creer que seáis tan cerrados de mente.
            -Pero es que debemos ser así de cerrados de mente -terció Hingsbury por primera vez desde la argumentación de la teoría del alemán-. Quiero aportar el grano de arena americano a este debate.
            -¿Y en qué consistirá ese grano?-preguntó Dupont.
            -En la practicidad.
            Se hizo un silencio incómodo.
            -Vamos, pensemos. El perpetuum no es famoso por ser una teoría genialmente elucubrada; es conocido, porque todo lo que conocemos, se basa en ellos. Los aviones, los coches, los ordenadores, los aparatos de los hospitales, incluso la tostadora eléctrica. Este mecanismo es la base de toda nuestra tecnología actual; y, lo que es más importante, se fundamentó siempre en que la teoría del perpetuum era perfecta. Pura, inmaculada… Sin fallos.           
            Los otros tres científicos meditaron sobre este punto. Müller preguntó.
            -¿Pero en qué afecta este fallo a la tecnología? Quiero decir, es que no acabo de ver el problema. El perpetuum, sea la teoría perfecta o no, nos ha proporcionado unos niveles tecnológicos, y un modo de vida adecuado en los últimos siglos… Eso ocurría antes, y seguirá ocurriendo ahora, aunque éste se haya parado.
            -¡Pues cambia mucho, Müller!-se levantó Hingsbury, y empezó a dar vueltas por la habitación-. A ver, os va a costar entenderlo, porque siempre que os preguntan por este asunto, siempre asumís que la teoría de Stolzok es matemáticamente perfecta… Y esa es la cuestión, que, de tanto usarla, no nos damos cuenta. Pensad, en que todos los aparatos, todos los diseños que se realizan, se basan en que el perpetuum no puede pararse.
            -Sí, en efecto, eso es así -cercioró Dupont, impaciente por llegar al fondo de la cuestión.
            -¡Pues bien!-exclamó Hingsbury-. Tal y como hemos planificado nuestro mundo, dependemos completamente del perpetuum. Todo nuestro modo de vida se asienta en él. Quiero decir, imaginemos que hay un terremoto, un tsunami, que cae un meteorito… Todos los sistemas de defensa se basan en la perfección del perpetuum. Pero si éste no es imparable, si es modificable… entonces, todos nuestros cálculos son incorrectos, y no podemos estar seguros de que van a funcionar…
            Müller se rascó la nariz.
            -Pero que no duren eternamente, no significa que no puedan funcionar con un tiempo. Al fin y al cabo, este perpetuum ha aguantado trescientos años. No está nada mal. No es el infinito, pero no es una mala aproximación, sobre todo teniendo en cuenta que fue elucubrado en el siglo XVI, construido en el XVII, y hecho con materiales mucho menos elaborados que con los que se elaboran los perpetuum actuales. Quizás éstos sí se aproximen mucho más a una cifra razonable, millones de años tal vez. Eso es mucho tiempo. El ser humano, para entonces, tal vez se haya extinguido, y entonces no tendremos que preocuparnos más del asunto.
            -Vale, Müller, ahí tenemos el primer perpetuum, pero, ¿y el segundo?
            Dupont -en algo se tenía que demostrar que era el director principal del Museo-, fue el que respondió más rápidamente.
            -El segundo está en un museo en Pekín.
            -¿Y el quinto?
            -Pues… ahí ya no llegan mis conocimientos.
            -¡Esa es la cuestión, ¿no lo veis?!-chilló histérico Hingsbury-. Como asumimos que cualquier perpetuum, proceda de la época que proceda, no fallará, hay sistemas claves para los seres humanos que se mantienen con perpetuums del XVIII, del XIX… Y nadie sabe exactamente qué es lo que regula cada uno.
            -Pero puede comprobarse-dijo Clark-. Tienen números de serie, están anotados en un registro. Y pueden sustituirse.
            -¿Por qué?-preguntó Hingsbury-. ¿Por otros perpetuum? Aunque a corto plazo se solucione el problema, lo cierto es que vamos a seguir pendiendo de un hilo. Porque, realmente, no sabemos si el proceso es igual para todos los perpetuum. Tal vez unos aguantan más, y otros menos; nunca se ha hecho un ensayo de tiempo, porque siempre se ha asumido que duraban eternamente. Los nuevos perpetuum se diferencian, más que nada, en los anteriores, no en su durabilidad, sino en la capacidad que tienen de producir más energía por unidad de tiempo. Y, si asumimos que, efectivamente, la energía de los perpetuum no es infinita, sino que tiene un valor, un valor concreto, tendremos que asumir que los nuevos perpetuum…
            -… cuanta más energía producen…-se dio cuenta Müller.    
            -… menos tardarán menos en llegar a su fin -concluyó la frase Dupont.
            -¿Lo veis?-dijo Hingsbury-. En realidad, no sabemos cuáles son mejores, si los nuevos o los antiguos. Cuánto tardarán de verdad. Es una bomba de relojería, puede que ahora mismo haya mil a punto de detenerse, o dos mil, o ninguno, quién sabe. Es la incertidumbre, más que nada, lo que me está poniendo nervioso. Y, además, pensad en toda una serie de sistemas militares que se han planeado a cien años vista, y en los cuales están influyendo los perpetuum… Todos ellos tendrían que ser reelaborados, reinvestigados, probablemente todos estén mal, probablemente todos provocarían una catástrofe si los dejáramos a su libre albedrío.
            -Pero hay un detalle importante -añadió Clark-. Nos hemos olvidado de un asunto.
            Hingsbury levantó la vista. Empezaba a encontrarse algo cansado. Estaban planteándose demasiadas cosas, en demasiado poco tiempo, se estaba hablando del agotamiento energético, del fin de la civilización, de la seguridad, del presente y futuro de la humanidad… Eran demasiadas cosas, demasiado impactantes, demasiado martilleantes en su cerebro, menos a esta hora de la madrugada y con jet lag, demasiadas responsabilidades para una noche. Pero es que el hecho al que se estaban enfrentando… era trágico.
            -¿Sí?-preguntó Dupont.
            -¿No estamos orientando la cuestión desde un punto de vista desenfocado? Al fin y al cabo, éste es el único perpetuum mobile que ha estado funcionando de forma ininterrumpida desde sus comienzos. En cambio, otros muchos han empezado a funcionar hace poco, han tenido distintos tiempos, distintas evoluciones… El segundo perpetuum, o el tercero, o los que sean, fueron siendo intercambiados, sustituidos por otros… Es cierto que nadie se esmeró, desde arriba, en que cada perpetuum estuviera en el sitio correcto según su fecha de caducidad, pero sí es cierto que los que regulan los sistemas y servicios más importantes –defensa, sanidad, etc.-, van siendo sustituidos continuamente por otros mejores… ¡A los perpetuum no les da tiempo de gastarse, porque son intercambiados continuamente! La propia selección natural, como si de un ser vivo se tratase, ha hecho que, en los lugares claves, haya contribuido más de un perpetuum, con lo cual, el “agotamiento”, por decirlo así, de las máquinas, no ha sido tan sufrido como el de otros aparatos que han permanecido en su puesto, incólumes, durante siglos… como este de aquí -señaló al que se encontraba encima de la mesa-. Pensemos que, en líneas generales, ninguno de nosotros conoce ningún aparato que no haya sufrido varios intercambios de perpetuum… No me extrañaría nada que los más antiguos, ni siquiera anduviesen ya en circulación, salvo en los museos.
            -Eso no elimina el problema principal -dijo Dupont.
            El instante de calma que les había proporcionado Clark, se diluyó ahora con este nuevo desafío.
            -¿Y cuál es el problema principal?-se exasperó Hingsbury.
            -El que nos encontramos con que nuestro principal sistema de abastecimiento energético es limitado; algo que nunca habíamos tenido en cuenta.
            Los demás se miraron entre sí.
            -Pensadlo: el hombre tenía la tracción animal; luego, algunas máquinas, muy primitivas. Pero llegó el perpetuum... y ahí se acabó toda inventiva. No tenemos sistemas alternativos. No los hemos desarrollado.
            Ése era un buen detalle. Ahí todos los demás estuvieron de acuerdo.
            -Bueno, hay otros sistemas energéticos -dijo Müller-. Está el petróleo.
            -Sí, está el petróleo, querido amigo, pero, ¿cómo aprovecharlo? Se sabe, a nivel teórico, que el petróleo sería un perfecto combustible para motores de combustión… ¡si alguien se hubiera molestado en inventar los motores de combustión!
            -Es verdad –confesó de forma ingenua Clark, cuyo rostro empezaba a reflejar ya la desolación del momento.
            -Miradlo desde este punto de vista -indicó Dupont-. La ciencia avanza por los caminos que le marcan las necesidades humanas, y la tecnología. Desde que llegó el perpetuum, nos marcamos como meta el perfeccionarlo, nunca el diseñar estrategias alternativas. Energía solar, eólica, todo ello son posibilidades teóricas, que se han elucubrado en disciplinas como la filosofía, pero que nunca han sido puestas en marcha por las ciencias básicas… ¿Para qué?, nos preguntábamos. ¡Si tenemos el perpetuum...!
            Se hizo el silencio ante esta última afirmación.
            -Creíamos que teníamos en nuestras manos el fin de todos nuestros males: la piedra filosofal, la fuente de la eterna juventud… Y, sin embargo, nos hemos encontrado con que nuestra energía es limitada, agotable… Que nuestros perpetuum están fatídicamente destinados, si es verdad que la teoría de Stolzok no es perfecta, uno por uno, a detenerse…
            El ambiente en aquellos momentos no pudo ser más incómodo, ni más opresivo.
            -Pero -aclaró Müller, queriendo quitarle algo de dramatismo a la situación-, no hay por qué desesperarse… Todavía -dijo con un tembleque en la voz- podemos seguir fabricando más perpetuum…
            -¿Podemos de verdad, Müller?¿Seguro?-preguntó Dupont-. ¿Hasta cuándo? Tanto dependemos del perpetuum, que, para muchos de los procesos industriales de la fabricación de nuevos aparatos de este tipo, hemos aprovechado la energía que nos proporcionaban los anteriores modelos; y éstos para construir otros más avanzados… Y así indefinidamente. Pero, ¿hasta cuándo?¿Hasta cuándo podremos seguir?¿Quién nos dice, que en un momento determinado, crítico, en el día que vayamos a construir un nuevo perpetuum, no tengamos siquiera la maquinaria para elaborarlo, y por tanto, nos hayamos quedado literalmente sin recursos? Y entonces sí, claro, podríamos construir nuevos perpetuum... pero a la misma velocidad con que pudieron los monjes benedictinos con este aparato, que fue muy lenta. ¿Puede nuestra civilización actual soportar una disminución del ritmo de vida tan brutal, en tan poco tiempo? La colonización espacial y la superpoblación que hemos alcanzado ha sido posible gracias a este invento, significa toda su base de sustentación, ¿significa que todas las personas que se han establecidos en las colonias, tendrán que volver...?
            Los demás se rebulleron en sus asientos. Sólo Müller quiso aportar algo de esperanza al plomizo momento que ahora se les avecinaba.
            -Bueno, qué pesimistas os veo esta noche. Para el momento en que tengamos que plantearnos esas decisiones, ya habremos desarrollado otras fuentes de energía.
            -¿Estás seguro, Müller?-preguntó Clark preocupado-. Todo ese esfuerzo lo hubiéramos tenido que hacer en siglos. Ahora, tenemos que hacerlo a toda velocidad –cosa que no siempre es posible pedirle a la ciencia-, porque sabemos que tenemos un tiempo limitado… El problema, es que no sabemos cuánto.
            -¿Cuánto?-preguntó Dupont.
            -Eso, cuánto -se preguntaba Hingsbury.
            Y se miraron entre ellos.
            -Si no sabemos cuál es la causa del problema, nunca sabremos de cuánto tiempo disponemos -dijo Hingsbury.
            Clark contempló el aparato. En su rostro se había afincado aún más el aire desolado.
            -Quizás sea únicamente problema de este perpetuum. Quizás no afecte a los demás.
            -O quizás les va a pasar a todos lo mismo a la vez –propuso ácido Dupont.
            -Por Dios, ni se te ocurra -se horrorizó Hingsbury.
            -A ver, empecemos por el principio…
            -No tenemos principio ahora mismo, sólo vemos el final…
            Se contemplaron, angustiados entre sí.
            -No puedo creerlo -dijo Dupont-. Las más brillantes mentes científicas del momento, sintiéndose impotentes.           
            -Pero es que es como para sentirse impotente -se dejaba caer en el sillón Hingsbury-. Es un problema como el que nadie ha tenido, nos sobrepasa por todos lados.
            -Podríamos ponernos a revisar las ecuaciones de Stolzok -propuso Müller.
            -¿Con la de vueltas que les ha dado todo el mundo?-replicó despectivo Dupont-. Estoy seguro de que no encontraríamos nada.
            -¿Alguna vez ha ocurrido algo como esto?-preguntó Hingsbury, menos conocedor de la historia de la ciencia-. Quiero decir, alguna vez que un principio fundamental haya sido puesto en solfa.
            -Bueno...-meditó Dupont-. Hubo algo parecido, en la época en que se investigaban las radiaciones beta. En aquellos tiempos, descubrieron que, por muy exactas que se realizaran las mediciones, siempre había una parte de energía que se perdía. Eso contradecía la norma básica del principio de la conservación de la energía. ¡Imagínate cómo se lo plantearon, la energía ya no es permanente, ahora desaparece de la nada, rompiendo el principio más básico de todos los que han asentado la ciencia! Fue un hecho dramático para muchos científicos, algunos, asustados, propusieron que habría que resignarse y, frente a toda lógica, poner en la ecuación, en lugar de una equivalencia, un “menos o igual”...
            -Pero entonces –continuó la historia Müller-, un científico planteó que el principio tenía que estar bien. Y que lo que pasaba era que había una segunda partícula, que no podían detectar, y que ocupaba la cantidad equivalente a esa energía. Fue la primera vez que se predijo la existencia de una partícula, a nivel teórico. Luego se ha hecho muchas veces, pero aquella vez, fue bestial. El caso es que acertó: fue la demostración de que la ciencia, después de todo, puede ser una cuestión de fe, de ser capaz de creer que la teoría se encuentra por encima de todo.
            -Eso es lo que me preocupa -respondió Clark-. Porque lo peor de todo será la reacción del público. Y el público, que cree a pies juntillas en esta teoría como si fuera una religión, aunque no la comprendan, tendrá una respuesta... en fin... Si la nuestra está siendo bastante descorazonadora, no me quiero imaginar la del resto de la humanidad.
            Todos guardaron silencio.
            -Ésa es otra -inqurió Müller, tragando saliva-. ¿Qué hacemos?
            -¿Cuánto tiempo tenemos?
            Dupont contempló con cansancio su reloj.
            -Una hora escasa antes de que lleguen los empleados.
            -Joder, joder, maldita sea -blasfemó Hingsbury-. ¿Y qué les vamos a contar?
            -Todo -dijo Müller.
            -Nada -dijo Clark.
            -¿Todo?-gritó Hingsbury al alemán-. ¿Estás loco?
            -Eso fue lo que dijimos: explicarlo con una hipótesis factible. No hay hipótesis, o, si preferís, la hipótesis es que la teoría es incorrecta. Se lo presentamos así, y ya está. ¡Antes eras tú el que te ofendías cuando insinuábamos el retrasar la noticia!
            -Creo que los acontecimientos han modificado bastante mi manera de pensar, mi querido amigo… lo que no entiendo ahora es tu postura.
            -¿Y cómo lo hacemos, Müller?¿Envolvemos el regalito en paquete para regalo?-inquirió sarcástico Dupont.
            -¿Qué sugerís entonces?-preguntó Müller.
            -No decir nada -terció Clark-. Cerrar el museo, aludiendo obras, y llamar aquí a más científicos, a militares, a las autoridades competentes… Ver qué opinan los presidentes de la Confederación Mundial.
            -¿Y qué haremos si empiezan a aparecer perpetuums que se paran por todo el mundo?¿Vamos a vallar cada esquina?         
            -Müller, por Dios, contarlo todo así sin más no es una opción -atajó Hingsbury-. No lo entenderían, de la misma manera que no lo entendemos nosotros: sería el caos. Atracos, desorden… maldita sea, la gente confía sus vidas, cada día, a los perpetuum, hay obreros que trabajan a cientos de metros de altura sobre un aparato que, en teoría, no puede fallar. ¿Cómo les vas a decir tú ahora que se suban allí arriba?
            -Sería el fin de la civilización -dijo Clark.
            -Es, el fin de la civilización -Dupont estaba ahora mismo terriblemente pesimista.
            -Vamos, señores, no seamos así -quiso tranquilizar Müller-. El hombre inventó el perpetuum, y puede valerse sin él.
            -El hombre se ha acostumbrado demasiado al perpetuum -bostezó Clark.
            -¡Por Dios!, ¿no eras tú el optimista antes? No te pongas apocalíptico; en el caso de que pasara cualquier cosa, la gente se adaptaría.
            -Pídeles volver al siglo XVII, a ver qué te dicen.
            -Volverá todo -dijo Dupont-. Todos los males que existían antes del siglo XVIII, y que creíamos haber erradicado… el hambre, la pobreza…
            -Estallará una guerra -predijo Clark.
            -Vuelven los cuatro jinetes del Apocalipsis -ironizó Hingsbury.
            -Y lo peor -puntualizó Clark-: ¿quién se atreverá a ser el mensajero del Apocalipsis?
            -¿A qué te refieres?-preguntó Müller.
            -¿Qué te imaginas que hará la multitud aterrada cuando se entere?¿Contra quien cargarán las culpas?¿Te gusta eso de ser profesor universitario, de ser reconocido por tus compañeros? Cuando te presentes ante el mundo, tú, garante del conocimiento, intérprete de los designios de los dioses, con tan sólo unos balbuceos inconexos como toda teoría sobre lo que ha pasado, veremos cómo reacciona la gente. Creo que lo que pasará con nuestras casas, y en general, con todas las de los científicos prestigiosos que ahora disfrutan de todo el respecto intelectual, social y monetario que nos puede dar la sociedad, será escandaloso comparado con lo que aconteció en un día de revolución en la Bastilla...
            Todos se plantearon hacia dentro esa posibilidad: hasta ahora, no se les había ocurrido pensar que este hecho afectara tan directamente a sus propias vidas. ¿Qué puesto le aguarda a un científico que no sabe dar respuestas?
            -Estoy agotado… No puedo más -se hundía el francés.
            Hingsbury empezaba a contagiarse. Comenzaba a darse cuenta del lío en que se habían metido. La humanidad debería evolucionar sólo hacia un lado, sólo hacia delante, así estaba construido el mundo desde sus orígenes. ¿Sería posible volver a empezar?¿Era tan corto, o tan largo, el tiempo que les aguardaba antes del colapso de los perpetuum?¿Comenzarían a fallar desde mañana, uno a uno, progresivamente, o tardaría aún un siglo en detenerse el siguiente?¿Cuánto tiempo le quedaba a la humanidad?¿Reaccionaríamos correcta y ordenadamente, o nos mataríamos entre nosotros? Sólo el futuro podía decirlo… Hingsbury se sentía como Jesucrito en el huerto de los olivos, rezando porque apartaran de él este cáliz. No, definitivamente, y pese a toda su capacidad racional como científico, no podía asumirlo. De ser así el futuro, no quería vivirlo.
           
            De repente, llegó el guardia, que se encontró con cuatro hombres -hace unas cuantas horas serenos, activos, como científicos rigurosos, seguros de sí mismos, respetados por la comunidad científica-, que se encontraban, en estos momentos, completamente abatidos y apesadumbrados, con el mismo lamentable aspecto que presentarían en una mañana de resaca. El guardia iba acompañado por el hijo de Dupont.
            -¿Pero qué pasa?-preguntó Hingsbury, con muy malos modos-. ¿Todavía queda una hora, no?
            El guardia se detuvo, con el niño en la mano, que también se asustó ante el grito proferido.
            -Lo siento…-se disculpó el americano-. Lo siento muchísimo… Es que no he dormido apenas, y la cosa no va muy bien -señaló al perpetuum-, como usted puede comprobar. ¿Qué es lo que pasa?-terminó la frase cansado.
            El guardia reflejaba también un rostro grave, una mirada preocupada.
            -Se ha adelantado una chica… Una de las programadoras… Tiene que hacer cosas en el sistema de esta habitación… ¿Qué le digo?
            Hingsbury se pasó la mano por la cara. Oh, no, era el fin… Mientras tanto, el hijo de Dupont no hacía más que molestar alrededor de su padre, que balbuceaba unas palabras en francés para tratar de calmarlo. El niño, que tampoco había dormido mucho, estaba sin embargo pletórico.
            -¿Qué le das a tu hijo para dormir, Dupont?-preguntó Müller-. ¿Anfetaminas?
            Éste, visiblemente agotado, parecía casi hablar menos francés que su hijo, prácticamente se hallaba ya completamente escurrido en el sillón.            
            -Es muy activo. Demasiado activo. Su madre se queja precisamente de eso.
            El niño, sin embargo, dejó de prestarle atención a su padre. Algo, mucho más emocionante, captaba su interés unos centímetros por encima de él.    
            -Allí -decía el niño en francés, con una lengua de trapo que hizo que a duras penas le entendieran-. Allí.
            Müller sonrió.
            -Vaya; cree que el perpetuum es un juguete -se quiso reír.
Pero no lo hizo cuando contempló los ojos de Hingsbury.
            -Por Dios, James… Estás completamente lívido. ¿Qué te pasa?¿Has visto un fantasma?
            Y, entonces, todos ellos empalidecieron. Hingsbury se aproximó a la urna.
            -¡Allí, allí!-gritaba el niño.
            Hingsbury quitó el cristal.

            Los otros se encontraban tan sorprendidos, que no tuvieron tiempo de moverse.     -¡Allí, allí!-gritaba el niño.
            Hingsbury le miró, desde su altura, con gravedad, como consultándole el último gesto, como si fuera él quien le estuviera dirigiendo.
            -Déplace-ça! –chillaba cada vez más alborozado el niño-. Déplace-ça!
            Y entonces, con el rostro más impenetrable que jamás pudo alguno de los presentes contemplar, con un sentimiento de sorpresa, que les impidió moverse del sitio, Hingsbury depositó el dedo sobre el eje del péndulo, que llevaba sin ser tocado más de trescientos años, lo desplazó ligeramente hacia un lado…

            … y lo puso de nuevo en marcha.
           
            Los ojos se le salían a todo el mundo de las órbitas, contemplando el horror, la herejía, el sacrilegio que su compañero había cometido sobre un objeto que –todos lo sabían-, ya no era nada más que un simple péndulo, sin ninguna de las características de un perpetuum. El guardia era el que se hallaba más tembloroso. Los otros, lo estaban menos, simplemente, porque se encontraban petrificados. El hijo de Dupont, mientras tanto, pegaba saltos de alegría.
            -Ça se déplace! Ça se deplace!
            Y, de repente, y entre la consternación general, Hingsbury se empezó a reír, se desternillaba, como si estuviera loco.
            -¡Usted!-le gritó exultante al guardia.- ¡Saque el champán, y traiga cuatro copas!
            El guardia se quedó atónito. Éste volvió la vista hacia Dupont.

            El francés, tan sorprendido como los demás, comenzó, a pesar de todo, a esbozar una breve sonrisa. Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
                       
            Clark, cuya flema británica parecía agrietarse por momentos, estuvo a punto de levantarse para preguntar por la monstruosidad que estaban haciendo… pero él también reflexionó, y se levantó con alegría.

            El rostro de Müller indicaba, a todas luces, una suprema felicidad.

            Todos, carentes de fuerza hace un momento, parecían ahora radiantes, hombres nuevos, como si hubieran vuelto a los veinte años. Hasta el guardia se contagió del estado de ánimo imperante, y asumió que, de una manera u otra, todo volvía a estar bien.
            -Propongo ahora un brindis -determinó Hingsbury, abrazándose sobre todo al guarda, y a Dupont, principales responsables, a partir de ahora, de vigilar que el perpetuum nunca dejara, aparentemente, de moverse; orientó entonces su copa en dirección al hijo de este último.
            -¡Por nuestros hijos!-proclamó-. ¡Porque tengan, a su vez, hijos tan listos, que le solucionen a sus padres todos sus problemas!
            Y todos brindaron, entre risas, elevando sus copas al cielo. Mientras tanto, Hingsbury, que contemplaba la máquina, de nuevo en acción, origen de todos los problemas, acariciaba el cabello del niño.
            -Más vale que se cumpla nuestro brindis -susurró entre dientes el americano-. Y buena suerte -se agachó y le susurró al niño en la oreja-… La vais a necesitar…


                                                            FIN



            Nota: este cuento, por supuesto, no tiene ninguna base científica. Empezando por el hecho de que el perpetuum mobile es físicamente imposible (como hemos mencionado antes, contradice la segunda ley de la temodinámica), y siguiendo por varias inconsistencias que probablemente se nos hayan colado en algún razonamiento científico y que se podrán detectar con tan sólo rascar un poco. Este cuento, en realidad, sólo quiere servir un poco a modo de reflexión sobre la ciencia, la sociedad, la forma en que construimos nuestro mundo.. y lo que nos puede pasar algún día, de forma, probablemente, no muy distinta.

            Por cierto, la historia sobre el inicio de la aviación, la negación por parte de Newton de la posibilidad de la misma, y el logro final del primer aeroplano, es real, y corresponde, como todos sabemos, a los hermanos Wright (aunque hubo mucho desarrollo, por parte de otros científicios, anterior y posteriormente al invento). En cuanto a la primera partícula subatómica postulada, la historia también es real. En nuestro mundo sin perpetuum, el mérito corresponde a Pauli.