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lunes, 20 de julio de 2015

La película de julio: Autómata, de Gabe Ibáñez


En 2014 se estrenó la película "Autómata", dirigida por Gabe Ibáñez y protagonizada por Antonio Banderas, y las críticas no resultaron muy favorables. Algunos la calificaban como una copia imperfecta de "Blade Runner", otros se quejaban de que, a ciertas alturas de la película, ésta perdía ritmo, y el hecho de que un director español se atreviera a desarrollar una película de ciencia ficción que (a pesar de llevar a cabo una más que digna producción) no podía competir con los recursos de Hollywood, pesó probablemente en la valoración de algunos críticos y espectadores. Sin embargo, ha sido un film que me ha llamado poderosamente la atención, y por eso escribo este post, para que los que la han visto reconsideren un cierto punto de vista y para que, los que no, se animen a echarle un visionado.

"Autómata" parte de un futuro distópico en el cual la raza humana se encuentra en una progresiva decadencia. Desertificación, cambio climático, altísimos niveles de radiactividad y un deterioro progresivo de la civilización que hace que cada individuo concreto se plantee emigrar a otros lugares quizás en mejores circunstancias o se cuestione si es conveniente tener hijos. En este mundo destrozado, los autómatas creados por el hombre le sirven como mano de obra de acuerdo a dos protocolos esenciales (que, efectivamente, beben en parte de las tres leyes de la robótica de Asimov): el primero, no dañar a ningún ser humano, y el segundo, no repararse a sí mismos o modificar a otros robots. La agencia de seguros a la que pertenece el personaje de Antonio Banderas acude siempre que hay algún problema relacionado con los robots para solucionarlo, y la misión que nuestro protagonista tiene encomendada parece que va a ser una más. Pero, pronto, el protagonista se va a encontrar con un dilema que va más allá de su comprensión y que pone en jaque todo el futuro de la raza humana. Y que no está muy seguro de que pueda o deba parar.

Es verdad que la primera parte de la película tiene un tono visual muy urbanita y oscuro que recuerda mucho a Blade Runner, pero, posteriormente, la historia va por otros derroteros, aunque sí que tiene muchas similitudes en cuanto a reflexiones filosóficas sobre el futuro de la humanidad y la posibilidad de nuevas formas de vida que vengan a sustituirnos. En ese sentido, es sorprendente la carga de profundidad de la película, que seguramente habrá echado atrás a muchos: explicarnos que es posible que en el futuro los robots tomen sus propias decisiones de manera autónoma, y adopten una forma de organización y de crecimiento radicalmente distintas a la humana, será sin duda algo que no será fácil de comprender ni asimilar para ninguno de nosotros. Tampoco será fácilmente asumible el hecho de que es posible que en el futuro dejemos de ser la "especie elegida" que siempre hemos creído, y que surgirán otras mejor adaptadas a los nuevos ambientes, incluso contraviniendo las leyes naturales que nosotros creíamos permanentes. La película discurre a un ritmo en muchas ocasiones pausado pero siempre rica en contenidos, reflexiva y al mismo tiempo muy trabajada desde el punto de vista visual y conceptual. No he tenido la ocasión de ver la cinta en su versión original, con lo cual no puedo hablar demasiado de los actores; es verdad que Banderas no es un experto en doblarse a sí mismo y se le nota, pero aún así diría que consigue sacar adelante este sufrido papel con buen oficio. Otros actores no destacan tanto (el mayor peso, en realidad, recae sobre los autómatas), aunque también sorprende una Melanie Griffith en un papel poco habitual en ella (como científica que trata sobre algunas de las cuestiones más innovadoras del ramo), pero con el que construye un personaje muy interesante y hasta diría que brillante, a pesar de que la cantidad de botox en la cara de Melanie no ayude a hacerlo demasiado creíble. No hay mucho que reprocharle a la película: tiene una bien cuidada fotografía, un guión bien hilado y, si acaso, efectivamente, algunos momentos algo más difusos, aunque éstos dejan lugar después a pasajes más sugerentes. En conjunto, diría te deja una curiosa visión sobre la naturaleza del hombre y nuestro devenir tal vez demasiado cercano al que yo creo que merece la pena echarle un vistazo.

"Autómata" toma prestadas viejas cuestiones de la ciencia ficción a partir de obras clásicas del género que sin duda le han influido (y de hecho no me resultaría extraño leer que Stanislaw Lem es uno de los autores de referencia del director), y les da una interesante vuelta de tuerca para plantearnos un nuevo punto de vista. Y, una vez más, con en otras obras también clásicas, nos hace preguntarnos si realmente somos los buenos en esta historia que vivimos. Una pregunta que, últimamente, a diario, no tenemos más remedio que plantearnos. Y pensar que es fácil que un día la respuesta sea por fin "no".

lunes, 15 de septiembre de 2014

El libro de septiembre: "Yo, robot", de Isaac Asimov


Protagonista de seguramente la peor adaptación cinematográfica de la historia (en el sentido de fidelidad al libro original), "Yo, robot", sin embargo, es considerado un clásico inolvidable para los fans de aquella rama de la ciencia ficción que se dedica a plantear los problemas futuros a los que se enfrentará el hombre, conforme éste vaya siendo capaz de crear entes artificiales con mayores capacidades e incluso inteligencia que él mismo. Asimov no inventó el concepto de robot; lo creó el autor perseguido por el nazismo hasta el lecho de muerte -literalmente- Karel Capek en su muy buena obra de teatro R.U.R., y él seguramente a su vez se basaba en trabajos como "Frankenstein" de Mary Shelley o en las leyendas alrededor del gólem que circulan por el barrio judío de Praga y que otros autores han reflejado en sus escritos, como Borges en su poema "El gólem" (por cierto, Kapek también es reconocido por escribir La fábrica del absoluto, una fábula sobre el espíritu religioso con uno de los inicios más desternillantes que yo haya leído nunca, aunque luego el propio Capek reconociera no saber cómo terminarlo). Asimov tampoco fue el que ideó el robot más afamado (los aficionados del género pueden debatir entre el Hal 9000 de 2001, los robots de la película -basada en un relato de Philip K. Dick- Blade Runner, Cortocircuito, Wall-E, los sobrecogedores ingenios mecánicos de Metrópolis o un par de candidatos adicionales); pero sin duda, Asimov pasará a la historia de la ciencia ficción como el mayor maestro en el campo de los robots gracias a una trilogía dedicada a los mismos. Una trilogía que gira alrededor de 3 reglas que Asimov inventó y que (seguramente), si llegan a desarrollarse robots tan avanzados como los que describe el autor norteamericano de origen ruso, acabarán inscritas en el cerebro de estos autómatas. Dichas reglas son:

De hecho, la primera obra de la saga, la propia Yo, robot, ni siquiera es una novela (como sí ocurre con las otras dos obras de la trilogía, Los robots del amanecer y Robots e imperio, las cuales asimismo fervientemente recomiendo; también descubriréis que algunos amplían esta saga con otros libros, pero como muchos ya sabréis, Asimov no creó estas novelas de manera independiente, sino que creó una gran obra épica sobre el futuro de la humanidad que abarca dieciséis volúmenes, más de cincuenta años de literatura y miles de años en la historia futura  de la humanidad), sino una recopilación de cuentos. Relatos sencillos, resueltos en unas pocas páginas, enlazados entre sí por una entrevista a la investigadora sobre robótica Susan Calvin -responsable en buena parte de este amanecer mecánico-, y en cada uno de los cuales se desgrana un problema y una duda sobre la futura relación de los seres humanos con los robots: ¿cómo se superarán los recelos lógicos e iniciales entre ambas formas de vida?¿Podrán los robots adquirir sentimientos tan humanos como la intuición o el amor propio?¿Debe permitirse que se presente un robot a las elecciones o tome decisiones en nombre de los humanos, o sin el consentimiento explícito de ellos?¿Es posible que un autómata desafíe las Tres Leyes en pos de un objetivo mayor?¿Cómo reaccionarán los robots ante dilemas y cuestiones similares que se plantearon en su día los humanos y que de una manera mejor o peor todavía no hemos resuelt?¿Qué ocurrirá cuando se ponga al límite el cumplimiento de alguna de las Tres Leyes de la Robótica? De Asimov se ha dicho muchas veces que es muy cerebral, y que sus historias sirven, más que como relatos, sobre todo para plantearse una disquisición sociológica sobre cómo sería un mundo bajo unas muy determinadas condiciones de vida. Pero ocurre que también, conforme nos planteamos distintos aspectos del entorno de los robots, y lanzamos preguntas en torno a él, en realidad las estamos haciendo con respecto a nuestros propios instintos y miedos, a nuestras más escondidos emociones (alguno de los cuentos, de hecho, tocan bastante la fibra sensible, que a Asimov a ratos se le daba tan bien manejar), y a la esencia profunda de lo que nos define como humanidad. Se dice también de Asimov  que en sus relatos, pese a hallarse poblados de robots, alienígenas o impresionantes viajes interestelares, el auténtico protagonista es el hombre. En este caso, somos nosotros -sirviéndonos de espejo nuestro propio reflejo frente a los autómatas-, los que realmente sufrimos el escrutinio en Yo, robot. Porque, quién sabe: si nos encontramos frente a individuos más útiles, más benevolentes, más sabios que nosotros... ¿en qué lugar quedaríamos?¿Podríamos soportarlo? Quizás un día nos toque averiguarlo.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La historia real de septiembre: Autómatas

Hace poco, la muy buena película del director italiano Giuseppe Tornatore (el mismo que nos encandiló con la inolvidable "Cinema Paradiso") "La mejor oferta", una de las nominadas a mejor película en los Premios del Cine Europeo del último año, nos traía a colación un tema que a los seres humanos, de una manera u otra, nos ha fascinado a lo largo de los siglos: las insondables, y siempre inquietantes, figuras de los autómatas.


A los hombres nos encanta construir mecanismos y artilugios mecánicos. Tienen algo de hipnótico, de mágico, de absorbente. Hay conceptos que nos atrapan y no nos dejan salir de ellos, como el tiempo encerrado en las manecillas de la creación erigida por un relojero. Nos hacen concebir un universo construido a base de reglas complejas y al mismo tiempo sencillas, con la capacidad de ser dirigido con la precisión absoluta de un diapasón. Por eso, la humanidad se ha emocionado cuando ha conocido la existencia de objetos como el mecanismo de Anticitera, por eso todavía nos sorprendemos ante la idea del helépolis, y esto lo ha reflejado el arte, como lo ha mostrado por ejemplo la estética steampunk. Pero quizás lo que más nos haya tocado la fibra sensible es cuando las normas de un mundo previsiblemente mecánico pueden aplicarse a la vida, el entorno más caótico, complejo y aparentemente incontrolable que existe. Cuando descubrimos que reglas como la proporción aúrea se ajustan a las formas de algunos seres vivientes, cuando escuchamos que la elaborada estructura social de un hormiguero se debe a la múltiple y superpuesta acción de unidades originariamente simples, es cuando nos sentimos más tentados de olvidarnos de las pruebas que nos da la razón y creer que detrás de toda esa ciencia tan perfecta tan sólo puede encontrarse un dios. Con razón o sin ella (no es precisamente mi intención darle alas al concepto del "diseño inteligente" ni entrar en una discusión sobre filosofía de la religión y la ciencia), está claro que hay algo muy especial en todo aquello, y por eso no es extraño que en la novela gráfica "Watchmen", el individuo más parecido a un ente divino sea hijo de un relojero. Porque todo es distinto cuando interviene la vida en ello. Todo es diferente cuando le pedimos a nuestra creación, ya sea un patito de goma o un ser humano generado contra natura, que abra la boca y diga "a".



La idea de generar una máquina que, en su diseño y movimiento, asemeje las evoluciones de los seres vivos -pues éste es el concepto de aútomata-, no es precisamente nueva, y se data la creación de algunos de estos artilugios desde antiguo, a pesar de que, en algunos casos, la historia real parece confundirse con la leyenda. Dicen que Herón de Alejandría diseñó un teatro de marionetas que representaban la guerra de Troya, que Nabis de Esparta tenía una máquina con forma de mujer (y cubierta de clavos) que acababa mediante un abrazo mortal con sus víctimas, y también que el Trono de Salomón era un árbol de bronce que aparte de ser móvil, contenía múltiples elementos semejantes a animales mecánicos, incluyendo pájaros cantores. Se cuenta que San Alberto Magno tenía un autómata como sirviente, que podía tanto recibir a las visitas como realizar labores domésticas, y que Santo Tomás de Aquino, al encontrarse a este último cacharro, opinó que había que destruirlo, pues aquello sólo podía haber ser engendrado mediante los auspicios del demonio. En el Lejano Oriente hay una larga tradición de autómatas, así como de extraordinarios muñecos que dan las campanadas cada hora en las plazas centrales de algunos pueblos centroeuropeos, como el afamado engranaje de la localidad de Rotemburgo, que conmemora la fecha en que la urbe logró salvarse gracias a una curiosa apuesta ejecutada por su alcalde. Consta que Leonardo da Vinci diseñó un par de ingenios mecánicos que parece que no llegaron a construirse, y se atribuye a Al Jazari la creación de un reloj-elefante y a Juanelo Turriano la de un "Hombre de Palo" que pedía limosna por las calles de Toledo. Incluso (relata la leyenda) se especula con que René Descartes construyó una muñeca que imitaba por completo a su fallecida hija Francine, y que incluso se la llevó en un barco, escondida en un cofre, durante una travesía. La leyenda prosigue diciendo que el capitán de barco abrió el cofre por curiosidad y que, espantado al encontrar a la muñeca, la tiró por la borda; a lo cual Descartes, en un ataque de furia, sería quien hiciera lo propio -arrojándolo al mar helado- con el capitán de barco.

Un autómata creado por Jaques-Droz llamado "El escritor", el cual redactaba mensajes personalizados de hasta cuarenta palabras, y que era capaz de mostrar incluso un gesto tan humano como el de pararse a pensar. Por otro lado, "El dibujante" tenía un repertorio de cuatro dibujos distintos y entre otras cosas, soplaba para limpiar el papel, mientras que "La pianista" subía y bajaba el pecho como si respirase y, al final de su actuación, respondía con una inclinación de cabeza a los aplausos del público.

Pero si los autómatas han tenido una edad de oro, ésta ha sido el siglo XVIII. Los autómatas adquieren formas humanas hiperrealistas y ejecutan acciones de naturaleza artística y delicada con gran primor y no menor esmero. Las cortes europeas se llenan de cabezas parlantes, ajedrecistas, pianistas, flautistas, dibujantes, cantantes e inanimados pero móviles escritores. De entre ellos, sobresalen varios nombres propios entre los autores de estos seres en movimiento, como von Knauss, von Kempelen, Jaquet-Droz o Robert-Houdin. La película "La mejor oferta" se dedica a recuperar la figura de Vaucanson, un conocido relojero el cual adquirió fama internacional al dedicarse al mundo de los autómatas. Entre ellos, destaca especialmente la construcción de "El pato con aparato digestivo", una máquina con forma de ánade que era capaz de ingerir un alimento -el cual atravesaba todo su sistema de digestión- y finalmente expulsaba los restos en forma de excremento. Sin embargo, parece ser que el pato tenía cierto truco, pues se dice que en realidad el ánade primigenio (el vídeo que os he enlazado tan sólo es el de una reproducción, pues el original se ha perdido) tenía un pequeño depósito donde almacenaba las "bolitas de excremento" que emitía, sin tener nada que ver con la partícula inicial que engullía el pato. De todas maneras, parece ser que las trampas eran una cosa común en la cuestión de los autómatas ("La mejor oferta" también se hace eco de este aspecto), y que detrás especialmente de ajedrecistas y cantantes había una serie de operarios más o menos escondidos consiguiendo que la "magia" de los autómatas fuera más espectacular, aunque no fuera necesariamente por sus actividades mecánicas.

Vaucanson se hizo tan famoso que sus servicios fueron requeridos por el gobierno francés. Realizó innovaciones en la automatización de los telares, aunque éstas no fueron incorporadas hasta muchos años después de que el relojero abandonara este mundo. Uno de los incidentes más desagradables tuvo lugar cuando, en medio de un conflicto huelguista relacionado con los mineros franceses, el gobierno le obligó a construir autómatas que les sustituyeran a la hora de trabajar -como vemos, el dilema entre puestos de trabajo y tecnología más avanzada no es precisamente nuevo-. Los mineros se tomaron esto como una afrenta directa, intentaron destruir los inventos (resultando este hecho en la muerte de varios obreros), y Vaucanson se vio obligado a exiliarse. Parece ser que el escritor alemán Goethe trató de recuperar algunos de estos engendros mecánicos, pero todos los que encontró se hallaban completamente destrozados. En general, prácticamente ninguno de los más afamados autómatas durante el siglo XVIII sobrevivieron, y sólo nos han llegado bocetos o copias elaboradas a posteriori. Imaginándome toda la historia de Vaucanson, no resisto la tentación de imaginarme a Goethe caminando entre los artilugios carentes de vida, en una escena  final que hubiera sido digna de una trama a la altura de la estremecedora Metrópolis. Como reflejo de un espacio de tiempo y un sueño que pudo ser y no fue.

"El Turco", uno de los autómatas más afamados. Se decía que era invencible en sus partidas de ajedrez contra rivales humanos, aunque seguramente había un operario jugando de verdad debajo.

Con el tiempo, los autómatas dejaron de frecuentar las cortes europeas y valorarse por su complejidad mecánica, y se acercaron mucho más al campo del espectáculo y la magia. A pesar de que hubo mejoras (el español Leonardo Torres-Quevedo construyó un ajedrecista que no requería de "trucos" ni operarios escondidos, basando su funcionamiento en electroimanes), en general se puso mucho menos empeño en ellos. Tras la Primera Guerra Mundial (un desagradable despertar colectivo de muchos sueños acumulados durante los siglos precedentes) se abandonó por completo la ilusión de los autómatas. Sin embargo, en la mente de los hombres comenzó a elucubrarse la posibilidad de unas máquinas que no fueran simplemente aparatos de repetición, sino que pudieran actuar -bajo su propia capacidad de razonar- autónomamente. Nacía el concepto de "robot", pero en este sentido, como en otros aspectos de la vida, la imaginación fue mucho más rápida que la capacidad científica o la técnica. Pero de eso, si os apetece, hablaremos la próxima semana. Hasta entonces.

Nota del autor: Muchas de estas informaciones han sido extraídas de la Wikipedia y de otras páginas web, incluyendo, entre otras, Anfrix, un magnífico blog (que desgraciadamente hace mucho que no se actualiza con frecuencia) que trata acerca de temas científicos y tecnológicos de una manera entretenida y apasionante. Echadle un ojo a ver si os fascina tanto como a mí. Un abrazo.