Mostrando entradas con la etiqueta opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta opinión. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de abril de 2026

El libro y la historia real de abril: "La isla de los ciegos al color", y una reflexión sobre Oliver Sacks y el oficio de divulgador

Hoy os voy a recomendar un libro, y después os voy a advertir algo sobre el autor. Uno podría pensar que la segunda parte es incompatible con la primera, pero eso os lo voy a dejar decidir a vosotros. Me parece que es la mejor manera de contar esta historia, pues refleja dos visiones diferentes que hemos recibido los lectores por separado. Y, en muchos sentidos, reflejan cronológicamente la sensación que hemos tenido al conocerlas. Dicho esto, preparad los cinturones, que allá vamos.

Muchos conocieron a Oliver Sacks por la película Despertares, basada en uno de los casos clínicos más relevantes de su carrera; otros, por su libro (uno de muchos) "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", en el cual nos describía algunos pacientes neurológicos con afecciones sorprendentes y extraordinarias. "La isla de los ciegos al color" va un paso más allá, pues combina muchas de las pasiones de Sacks, un hombre con múltiples intereses y biografía llamativa, y demuestra que es un divulgador todoterreno y cautivador. El punto de partida de este ensayo es el sueño de casi cualquier médico: pacientes de una rara afección genética (acromatópsicos, es decir, "ciegos al color", para los cuales el mundo es una escala de grises) que abundan en una alta proporción en una isla aislada del Pacífco, lo cual da lugar a toda clase de implicaciones médicas, personales y sociales. Sacks acude allí con varios colegas atraídos por el tema, y se deja seducir por el encanto de las islas remotas, un tema que le chifla desde niño. De ahí, la segunda parte del libro viaja a Guam, que también es una isla perdida, y donde asimismo existe una extraña dolencia neurológica, el lytico-bodig, pero en esta ocasión, su causa es desconocida. De hecho, el intento de averiguar su causa convierte a esta sección del texto en casi una novela de detectives, en la cual uno de los sospechosos más prometedores son las cicas, un extraño tipo de plantas que, por supuesto, también encandila a Oliver Sacks, quien en la tercera parte del libro despliega toda su faceta de amante de la botánica y se explaya con el paraíso exuberante que las cicas poseen en la isla de Rota.

Lo que cuenta Sacks es subyugante, y se halla salpicado de episodios médicos tan atrayentes clínicamente como humanamente conmovedores. Pero lo más impactante del libro son las disgresiones: el propio Sacks confiesa que empezó a meter tantas de ellas que el ensayo estaba multiplicando varias veces su tamaño inicial. Al final, lo solucionarion con unas notas al final del volumen que ocupan casi un tercio del texto, pero que no sobran en absoluto porque son extremadamente sugerentes: lo mismo te habla de la biografía de un investigador que de la clasificación de todo un género de plantas, de la historia (geológica, natural, cronológica) de un país, o de la sensación de los científicos al trabajar con períodos de millones de años. Porque Oliver Sacks es un polímata, y en este libro ha tenido la oportunidad de explayarse con algunas de sus obsesiones, pero, sobre todo, de darle salida a sus múltiples inquietudes, y el lector aficionado al conocimiento lo agradece. Después de terminar el libro, tendréis ganas de viajar, de leer, de conocer gente con vidas sugerentes y, sobre todo, de experimentar la vida a tope: y seguro que Oliver Sacks estaría muy de acuerdo con ello.

Hasta aquí, la reseña del libro. Ahora, sin embargo, llega la parte de la historia real, con cierto componente de opinión. Muchos sabréis que, recientemente, se han puesto muy en duda varios libros de Oliver Sacks ya que, a raíz de ciertos diarios, se ha revelado que algunos de los hechos que describía en sus casos clínicos eran exageraciones, cuando no directamente invenciones. Hay mucho debate sobre este asunto, y no sé hasta qué punto "La isla de los ciegos al color" se ve afectado por esto. Algunos médicos indican que las "invenciones" de Sacks eran compatibles con la clínica de otros pacientes, y que por tanto no comprometen la veracidad de sus textos. A uno le entran ganas de compararlo con el periodista Kapuscinski (también muy cuestionado respecto a ciertos relatos), quien más o menos deslizaba que podía justificarse que se narraran en primera personas hechos que no se habían visto directamente, pero que el autor sabía que ocurrían: sería una forma de "mentir para contar la verdad", que tendría cierta lógica en el caso de Kapuscinski, quien retransmitía conflictos tercermundistas olvidados donde se trataba de atraer la atención del público. Sin embargo, la delgada línea entre "hacer más brillante una historia para darle relevancia" y "tergiversarla para ganar relevancia como divulgador o influencer" es muy fina, y hoy, a principios del siglo XXI, sabemos el daño que hacen los bulos. Por eso, creo que los divulgadores actuales tenemos que aprender de los errores o zonas grises de nuestros maestros (ya sea Sacks, Kapuscinski o Cousteau -cuyos métodos hoy en día no nos parecería muy ecologistas-) y entender que hay que ser sincero con lo que uno cuenta, y que si se pretende hacer autoficción o un texto vagamente "basado en hechos reales" (de la misma manera en que lo hace el cine), siempre debes advertir sobre ello. La verdad es nuestra mejor arma y, si la perdemos, no ganaremos la guerra. Al fin y al cabo, en los inicios de todas las profesiones -ya sea la arqueología, la medicina o el derecho- se desarrolaban prácticas que hoy no se consideran aceptables, y actualmente no hacemos las cosas del mismo modo que nuestro predecesores. Dicho esto, nada de lo que he leído en otros lados me indica que "La isla de los ciegos al color" contega falsedades (y, en todo caso, Sacks no está vivo para recibir los réditos del libro, ni para defenderse de ninguna acusación que vertamos sobre él), así que yo recomiendo el texto con todas las notas, peros, astericos o salvedades que queráis ponerle. A partir de ahí, por supuesto, será el lector el que tenga que juzgar, sobre esto como sobre todo lo demás. Dicha esta parrafada, me despido, deseándoos buena semana y buenos libros.

lunes, 24 de noviembre de 2025

La historia real de noviembre: una reflexión sobre los asesinos en serie

El otro día tuve la oportunidad de ver El estrangulador de Boston, una película estupenda de 2023 alrededor de la serie de asesinatos que sacudió a Boston en los años 60, muy distinta -y, en mi opinión, mejor- que la primera versión del tema protagonizada por Tony Curtis (por cierto, si no queréis saber nada de estas películas, mejor no sigáis, que vienen spoilers). Y se me ocurrieron un par de reflexiones -nada originales, sin duda, y que no abarcan la totalidad del tema- que a lo mejor pueden interesar a algún lector.

Vamos a acotar primero los términos. Como muchos ya sabéis, aunque el cine (muy imbricado en estos temas) ha puesto en la mente de todos la imagen de un hombre que mata a un determinado perfil de víctimas por un impulso retorcido de su mente, el término "asesino en serie" no es un término clínico, sino policial. Se refiere a aquel individuo que asesina a varias personas (tres es el número mínimo aceptado) en un límite relativamente corto tiempo, pero no siempre se debe a un problema mental. Por ejemplo, hubo un caso (descrito en el libro Mind Hunter, que inspiró la serie de televisión, y que trata a fondo estos temas) de un hombre que entró en una residencia para señoritas para agredir sexualmente a una de ellas y, por culpa de que iba encontrándose con testigos incómodos, tuvo que matar a varias mujeres de golpe. Ese individuo, aunque técnicamente es un asesino en serie, en realidad sólo lo es porque le obligan las circunstancias. Pero no; nosotros vamos a referirnos al caso tan cinematográfico que han publicitado Mindhunter, Mentes criminales o la saga de Hannibal Lecter: una persona que mata a una víctima, y luego otra, y luego otra, sin motivo personal aparente, y que, sin no lo detinenen, volverá a matar.

El tipo humano lo conocemos todos: suele ser un hombre, con frecuencia blanco y de un país anglosajón, al que un trauma del pasado o una personalidad con tendencia a la violencia lleva a matar, en ocasiones de maneras muy específicas, elaboradas e imaginativas, y casi siempre a un rango muy concreto de víctimas. El concepto empieza a popularizarse después de la Segunda Guerra Mundial, y a raíz de ciertos especialistas en la elaboración de perfiles en Estados Unidos (por ejemplo, los agentes del FBI que escribieron el libro Mind Hunter). No obstante, con los años, la definición se ha ampliado mucho: ahora abarca a mujeres y gente de otras razas y países (con, además, muchas variantes en cuanto a su comportamiento criminal), aunque el esquema original sigue siendo el más popular, tanto en el imaginario colectivo como en la ficción.

Clínicamente, a estos individuos se les incluye dentro del trastorno antisocial de la personalidad: es decir, gente que no acata las normas y que no sienten excesiva compasión por el sufrimiento humano. Dentro de él, algunos especialistas distinguen ciertos perfiles (por ejemplo, bajo el término "psicópata"). Sin embargo, hay una cosa que debe quedar clara: no todos los "psicópatas" ni la gente con trastorno antisocial de la personalidad son asesinos. De hecho, la mayoría viven perfectamente integrados entre nosotros: quizá muchos no sean las personas más simpáticas del mundo (aunque, con frecuencia, son capaces de pasar por muy buenos vecinos), y unos cuantos suelen tener problemas con la ley o con otros congéneres, pero eso no significa que todos vayan por ahí matando gente. Es muy importante erradicar esos tópicos, porque, no lo olvidemos, la mayor parte de los criminales no tienen trastornos mentales, y la mayor parte de los enfermos mentales tampoco son criminales.

Pero ahora, vamos a entrar en el tema. En El estrangulador de Boston, una película muy bien dirigida, y estupendamente protagonizada por Keira Knightley, se realiza una afirmación muy interesante: dice que, en efecto, es probable que hubiera una persona que estrangulaba en Boston con unos métodos muy concretos. Lo hacía a mujeres que vivían solas, ancianas, a las que estrangulaba y les dejaba colocada en el cuello una media, a modo de lazo. Sin embargo, algunas de las teóricas 13 víctimas que dejó el estrangulador de Boston no encajan en ese perfil. Lo que insinúa esa película es que es posible que otros individuos aprovecharan el escándalo del estrangulador de Boston para cometer sus propios delitos y que le echaran la culpa al asesino. Algunos habrían matado a esas mujeres por motivos personales (una secretaria embarazada del sospechoso, casado y con hijos, lo cual le suponía una incomodidad), y otros serían diferentes agresores sexuales que, simplemente, habrían aprovechado los modus operandi del asesino para que los auténticos autores pasaran desapercibidos. La película elabora una teoría que, como todas las que implican a este tipo de asuntos, nunca podremos demostrar si es verdad. De hecho, seguramente lo más inquietante del film es que menciona que uno de los sospechosos de haber matado a alguna de las víctimas del estrangulador de Boston salió libre, y nunca volvió a saberse de él. Su nombre nunca se hizo público, y quién sabe lo que hizo después de que la policía y los periodistas le perdieran el rastro.

Pero me llama la atención la idea de gente que aprovecha un asesinato para tapar otro. Algo parecido se ha hablado acerca de los crímenes de Ciudad Juárez. Como sabéis, en esa zona ha habido una cantidad inmensa y terrorífica de feminicidos (más de seiscientos desde finales del siglo XX). Las causas seguramente son complejas: Ciudad Juárez es una ciudad fronteriza, pegada a su equivalente en Estados Unidos, El Paso. En ese sentido, la frontera con México se ha convertido en una distorsión: mientras que El Paso se mantiene bucólica y sin crímenes, todo el que quiere hacer algo turbio traspasa la línea de delimitación entre ambos países, y por eso Ciudad Juárez se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos del mundo. Además, como siempre, el capitalismo tiene mucho que ver: hay un montón de dinero implicado en el hecho de que ciertas fábricas se instalen en Ciudad Juárez (donde los costes laborales son más baratos) para luego vender sus productos en EEUU. Estas empresas contratan normalmente a mujeres jóvenes y vulnerables -las llamadas "maquiladoras"-, a las que les ofrecen salarios de miseria. Con frecuencia estas mujeres tienen que volver a casa solas, después de turnos interminables, de noche, en un lugar donde existen toda clase de personajes peligrosos, entre otras cosas porque (cómo no) Ciudad Juárez también es uno de los lugares de paso de las principales rutas de comercio de droga del mundo, pues desde la zona de la producción (Hispanoamérica) pasan al lugar de consumo (Norteamérica).

Cuando empezaron a revelarse estos feminicidios -con números que dan miedo y acongojan- muchos los atribuyeron al tráfico de drogas, a peleas entre cárteles, a esa complicada situación social, aunque también hubo teorías mucho más conspiradoras y "peliculeras" (hay una cinta, por cierto, Ciudad de silencio, que toca el tema, exponiendo con cierto acierto sus diferentes aristas). Sin embargo, poco a poco se fue haciendo evidente que las muertes de mujeres no se deben a un asesino en serie individual. Sino que, al final, aquel lugar se ha convertido en un pozo negro: todo aquel que tiene una cuenta personal que ajustar, o que pretende dar rienda suelta a su misoginia, aprovecha la fama de los feminicidios de Ciudad Juárez para que su crimen se convierta en uno más de la lista, en un nombre más en la multitud. En las muertes de Ciudad Juárez se entremezclan, pues, asuntos mafiosos, crímenes individuales, probablemente más de un violador y asesino en serie, y, sobre todo, muchísimo odio a las mujeres. Como dicen en la versión moderna de El estrangulador de Bostón (traduzco del original en inglés), <<(...) creasteis un mito, y necesitaba ser detenido. La gente quería creer que era Al [Albert de Salvo, el hombre acusado por la policía de los crímenes de "el estrangulador de Boston"], pero necesitaba creer que era Albert. La alternativa era demasiado perturbadora (..) Que hay demasiados Albert De Salvos ahí fuera. Y que nuestro pequeño mundo seguro es una ilusión. Los hombres matan a las mujeres. No empezó con Albert, y es seguro como el infierno que no terminará con él tampoco>>.

En ese sentido, me he acordado también de la reflexión final que aporta Alan Moore en el epílogo de su obra From Hell, acerca de los crímenes de Jack el Destripador. El lúcido Moore indica que, normalmente, lo que nos gusta (a los que nos sentimos atraídos por los casos de asesinos en serie) es la resolución del misterio, como si fuera un complicado puzzle cuyo dibujo, una vez encuentras la pieza adecuada, queda expuesto en su totalidad. Pero, en realidad, la vida real no suele ser así: los hechos reales son fragmentarios, inconexos, muchas veces carentes de sentido, donde nadie tiene la perspectiva global del alambicado caleidoscopio de la verdad. Nunca tendremos una visión clara e inequívoca de quién fue Jack el Destripador hasta los últimos detalles, nunca viviremos esa revelación mágica ("fue el médico de la reina", "el pintor", "el misterioso hombre americano") que queda tan bien en las películas. Ésa es sólo nuestra ambición, la de personas que deseamos encontrar orden en un mundo de caos, y que también anhelamos que, una vez atrapes al asesino, se acabe el peligro. Pero si salimos del juego policial del gato y el ratón, o de los detectives aficionados de las novelas, las cosas no son tan sencillas. Y, por supuesto también, nunca son fáciles de solucionar.

Quizá, de una parte de todo esto, tengamos culpa los propios escritores, sobre todo los que (no puedo negarlo) sentimos una cierta fascinación por este tipo de historias. Como dice Antonio Muñoz Molina, tendemos a endiosar como seres astutos y sofisticados a criminales normalmente mediocres y egoístas, y parece que la proliferación del género del true crime hoy día sigue esa misma tendencia. Sin embargo, creo importante hacer una distinción: como siempre, hay una gran distancia entre la ficción (donde encuentras a villanos muy atractivos, como el propio Hannibal Lecter), y la realidad, en la que los malvados suelen ser bastante más aburridos, insoportables, predecibles y, sobre todo, cercanos a nuestros vecinos de lo que nos gustaría. Hay cosas que toleramos en la literatura o el cine (o en el pasado lejano, donde casi se han convertido en ficción), y que no podemos juzgar igual para nuestra vida cotidiana. Es importante trazar esa línea, para no dar más importancia a los asesinos que a las víctimas y, sobre todo, para hacer justicia a estas últimas. De no ser así, puede que cometamos errores que lleven a más dolor y sufrimiento. Y, en este cúmulo complejo de factores que forman parte de un crimen, conviene que no aportemos un granito más de mal.

martes, 1 de julio de 2025

La historia corta de julio: "Cuando la Parca venga a buscarme"

                Cuando la Parca venga a buscarme, no la insultéis, ni le indiquéis mal el camino: a una señora mayor hay que invitarla a un sillón cómodo y ofrecerle un té, para que se sienta cómoda.

                Cuando la Parca me lleve, no quiero llantos ni miedos. Montad en cambio una fiesta: poned música, proyectad cine, traed libros. Comed como si fuera el último día, porque puede serlo; recomendaos series para los próximos seis meses, porque hay que aprovechar el tiempo.

                Gastaos poco dinero en mi funeral: invertidlo mejor en viajes. Si es posible, que mi ataúd sea biodegradable: no quiero robarle nada a la Tierra, ahora que vuelvo a ella. En la fiesta, poned contenedores para reciclaje: porque este planeta nos tiene que durar mucho, también para los que no estamos.

                Y esa noche, cuando gocéis del tiempo con vuestras parejas, o con un individuo desconocido que os guste, follad, follad muchísimo, y hacedlo a mi salud. Vuestra alegría es el mejor homenaje que podéis darme.

                Cuando la Parca venga a buscarme, recordad: la muerte no es un mal final, siempre que hayas vivido.


lunes, 21 de abril de 2025

La historia real de abril: Sobre los sentimientos.

 Sobre los sentimientos

(Reflexión escrita hace unos cuantos años)

                La Semana Santa ha dado para mucho. Entre otras cosas, para observar detenidamente a la gata de mi madre. Es súperentretenido. Se te queda mirando expectante, curiosa. Si te ocurre hacer algo estrafalario (un número musical, por ejemplo, ejecutado únicamente con fines sociológicos) primero te mira sorprendida, luego rehúye la mirada como si estuviera tratando con un loco peligroso, y al final escapa subrepticiamente, mirando de refilón para ver si le sigues. Supongo que la gata se escama porque no comprende por qué haces esas cosas (los animales tienen, por lo visto, un instinto muy arraigado para no meterse en lo que no entienden. Es lo que favorece, entre otras cosas, que no se coman a los insensatos a quienes se les ocurre poner una tienda de campaña en medio de África. Dicen aquello de que la curiosidad mató al gato, pero más bien da la impresión que es precisamente la falta de curiosidad, ese sentimiento tan humano, que nos ha dado entre otras cosas la ciencia y la filosofía, el que al gato le mantiene vivo). Y, en mi reproche mental hacia el minino –todavía no estoy tan loco como para hablarle en voz alta a un gato, como de hecho hacemos casi todos los que hemos interaccionado con un animal en algún momento-, aduzco que no se me ocurre una manera mejor de llenar del tiempo que hacer esa clase de gansadas en uno de esos impass que se generan con cierta frecuencia en nuestras vidas. De hecho, hasta le recrimino al felino esa suficiencia de la que alardea por la vida, ese no necesitar nada más que lo que tiene. La verdad es que la existencia de un Felix silvestris doméstico es muy simple. Cuando tiene que comer, comer, cuando tiene que dormir, duerme, y cuando tiene que cagar, pues lo hace, y el resto del tiempo se pasea de manera más o menos perezosa por la casa. De hecho, sus únicos conflictos con la vida han sido con mi madre a la hora de ver dónde caga, pero como mi progenitora se ha rendido con bastante rapidez, ni siquiera tiene ahí la gata donde rascar. Por lo demás, el animal parece no alterarse. Yo, la verdad, creo que viviría bastante oprimido así, sin ver ninguna serie de televisión ni leer un libro, pero la gata parece insensible al aburrimiento. Y se me ocurre que, aparte de este último, pocos sentimientos hay más genuinamente humanos. Decía el genial Terry Pratchett que el ser humano es tan estúpido que, en un mundo lleno de maravillas insondables y hechos sorprendentes, ha inventado el aburrimiento. Y tal vez sea verdad eso de que ese sentimiento lo hayamos creado nosotros, pues se me ocurre que en la Prehistoria (ocupados constantemente de qué íbamos a comer, adónde íbamos, en qué cueva podríamos dormir) aburrirse no era una de las opciones disponibles. Y, para cuando surgía un escaso rato de tiempo libre, para eso estaba la curiosidad.

                Cambiando de tercio (o quizás no tanto) en esta Semana Santa no me ha dado tiempo a aburrirme mucho, entre otras cosas, porque alguien muy cercano a mí había perdido a un miembro de su familia. Yo la consolaba, aportándole argumentos que a mí me sonaban tremendamente potentes: como que lo mejor que se podía sacar de este capítulo de su vida era la inmensa cantidad de recuerdos buenos que albergaba de esa persona; y, también, que el último episodio vivido con el fallecido había sido reciente, y muy positivo muy para los dos. Desde ese punto de vista, era la menos mala de las situaciones posibles. Claro que, conforme lo decía, una de las cosas que me pasaban por la mente es que lo que le pasaba por la cabeza a mi interlocutor no era tanto pena por la desaparición de alguien relacionado con momentos pasados, sino el lamento de que, con esa persona, ya no podrían generarse recuerdos nuevos: una especie de nostalgia por sucesos que nunca habrían de ocurrir. En cierto sentido, ahora que lo pienso, tal vez sea eso lo que más lamentamos de la muerte de un conocido: no tanto la añoranza de los buenos instantes que compartimos, sino, más bien, tristeza por todos aquellos que no podremos de ninguna manera vivir.

                Y a lo mejor, ahora que lo medito, ambas cuestiones se encuentren relacionadas. Puede que en nuestra lucha contra el tedio tan sólo nos tengamos los unos a los otros, como una manera de llenar la vida hasta la muerte. Quizá la desaparición de uno no nos recuerde tanto que algún día feneceremos como lo poco interesante que se volverá nuestra vida hasta que llegue el momento de morir. Tal vez cada conocido sea una forma de curiosidad, de abrirnos al abismo del otro; que la empatía no sea sino otra forma de ocupar nuestras vidas, tan necesaria y vital como el cine, la literatura, la mitología, todas esas cuestiones que hemos inventado para no aburrirnos. A alguno este pensamiento le puede parecer frívolo: comparar a las personas con un entretenimiento. Pero probablemente no haya nada más importante en la vida que llenar ese hueco, y es posible que no haya forma mejor de completar ese vacío tan grande que "los otros", ese concepto que necesitamos para mantener íntegro y cuerdo nuestro yo. Por eso, por escéptica que me mire la gata de mi madre como si me hubiera dado un arranque esquizofrénico, necesitamos montar esos números musicales. De hecho, cuando llegue la hora de mi muerte, no quiero que os pongáis tristes: no quiero ropas de luto ni duelo. Al revés; después de tirarme en un sitio que no requiera mucho gasto y no contamine demasiado, salid a divertiros: viajad, creced, vivid, iros de juerga, follad, follad muchísimo, follad con dos o tres personas, haced un cuarteto o un trío, y decid que se lo dedicáis a un amigo, que hacéis todas las cosas que os apetece llevar a cabo porque esa persona no puede hacer lo que le plazca nunca más. Que la pérdida de cada individuo debería celebrarse como una demostración de amor a la vida, y también a la humanidad, pues perder a alguien significa perder un poco todos de nosotros, y todos merecemos ser consolados. En fin, se me ocurre que, hace poco, un veterinario aconsejó a los dueños de animales que, cuando no les quede otro remedio que sacrificar a estos últimos, permanezcan junto a ellos para que no se sientan extraños, para tranquilizarlos, para darles amor. ¿Ves como tenía razón?, le replico mentalmente a la gata de mi madre, de momento (y esperemos que por mucho tiempo) tan ufana, mientras repaso la evolución de las especies y me doy cuenta de que las criaturas que llamamos superiores no han avanzado para tener escamas más duras o aguijones, sino en cambio pelos, calor, empatía, amor compartido, interacción social, fuerza del grupo, todas esas cosas que muchas veces desdeñamos y hasta que no llega el momento postrero no apreciamos. Y creo sinceramente que esa forma de hacer las cosas que escogimos los mamíferos (apostar por sentimientos tan poco prácticos como la curiosidad o el cariño) nos hacen más fuertes que el tiburón o los dinosaurios. Y ahora dejo de escribir porque me parece que la gata sabe que estoy escribiendo sobre ella, y creo que de un momento u otro se va a intentar vengar.

Post-scriptum: al revisar este texto, recuerdo que recientemente ha fallecido la gata de mi madre y, a pesar de que nunca se llevó demasiado bien conmigo, reconozco que la echo de menos. Adiós, Pippa: donde quiera que estés, espero que ejerzas de gato a gusto.

lunes, 11 de marzo de 2024

La historia real de marzo: ¿Ante nuestro propio ángel exterminador?

 ¿Ante nuestro propio ángel exterminador?

            Es uno de los clásicos más inolvidables del cine de todos los tiempos. La película “El ángel exterminador”, de Luis Buñuel, cuenta cómo un grupo de aristócratas, tras una fiesta, descubren que no pueden salir de la habitación en la que se encuentran. No hay ninguna barrera física, en apariencia ninguno de los allí presentes ha enloquecido y, sin embargo, una especie de muro invisible les obliga a permanecer enclaustrados, excusa que el director español (pues, por lo demás, la película es casi por completo mexicana) emplea para diseccionar las reacciones de los distintos personajes ante esta circunstancia. Lo que en ningún momento se llega a explicar es el porqué de ese extraño fenómeno. Aunque, tal y como últimamente ocurren las cosas, casi podríamos aceptarlo como un hecho normal.

            Hay un axioma en ciencia que dice que “si una cosa se puede hacer, se acabará haciendo”. Sin embargo, esta idea está trasladándose de manera peligrosa al mundo real. En un mundo con siete mil millones de personas, donde las estadísticas dicen que siempre hay un porcentaje residual para casi todo, da la impresión de que cualquier actividad es posible. Entre tantísima gente –empezamos a discernir-, cualquier tipo de pensamiento, por irracional o aberrante que nos parezca, tiene por probabilidad aleatoria altas posibilidades de acabar ocurriendo. Pueden tratarse de cuestiones insignificantes (como el tipo que se pasa horas delante del ordenador para batir el insulso récord de llegar hasta el final de una hoja de Excel –algunos ni siquiera sabíamos que una hoja Excel tuviera final-); en algunos casos, de puro bizarro, pueden ser hasta graciosas (como la afición de los coreanos de ver comer por Youtube en silencio a otra gente, o de millones de usuarios a ver lamer a otras personas pomos de puertas como si se tratara de un espléndido manjar -sí, ya me imagino que detrás de esto se esconde algo más sórdido. Pero permitidme abstraerme de ello, no quiero ni imaginármelo-); y en otros, sólo cabe calificárselas sencillamente de terribles y delirantes (individuos que se dedican a realizar actos violentos con el único objetivo de grabarlo en vídeo, colgarlo en Internet y ganar sus quince minutos de fama; quemar a un mendigo a lo bonzo, por poner un ejemplo). En este mundo que ahora se ha calificado de adicto a la “posverdad” –para ser sinceros, un término acuñado en gran medida por algunos periódicos sobre las opiniones que no les gustan, y también por diarios que no tienen en cuenta cómo muchos de sus artículos envenados pueden haber contribuido a generar esa “posverdad”-, escuchar a gente que apoya a Donald Trump, la homeopatía o las teorías de la Tierra hueca se han vuelto tan habituales que no son siquiera noticia de portada, puesto que no nos escandalizan ya. De hecho, a veces te encuentras pretensiones tan disparatadas como asociaciones de mormones gays (que piden ser considerados, dentro de la comunidad mormón, en igualdad de derechos con los heterosexuales para poder discriminar juntos a negros y nativos americanos), grupos de latinos nazis, o incluso gente que dice ser de izquierdas y a la vez votar a Susana Díaz. En fin, “hay gente p’a tó”, que dijo aquel torero al ser presentado a un filósofo, pensando seguramente que era una profesión muy idiota comparada con el noble arte de matar (y que me disculpe Thomas De Quincey, autor de “Del asesinato como una de las bellas artes”). A veces me pregunto, cuando en una encuesta sale un porcentaje ínfimo de personas que mantienen a la vez opiniones contradictorias, sin argumento alguno o carentes de base, si ese grupo de individuos han sido colocados allí por el estadístico para que le salga el estudio, o si son personas reales, con su par de manos y pies, su DNI y su número de la seguridad social. En otras ocasiones, en que la cosa es al contrario -cuando aparecen reportajes sobre que hay más gente en Estados Unidos que cree en los ángeles que en la teoría de la evolución, o que en el Reino Unido hay más personas que opinan que Sherlock Holmes existió que las que defienden que Winston Churchill fuera real-, ya se te quitan directamente las ganas de conocer a quienes les han pasado la encuesta.

            Pero hay cosas que empiezan a no tener ninguna gracia. Como la noticia que se ha revelado hace un tiempo acerca de una enfermera, en Italia, que fingía vacunar a niños cada día aunque ella (firme defensora de las ideas anti-vacunas) en realidad nunca les llegaba a pinchar. Por lo visto la descubrieron porque sus compañeros de profesión se daban cuenta de que, cuando esta mujer andaba al cargo, los niños nunca lloraban, como suele ser habitual cuando le clavas una aguja a un niño. Aunque la han pillado en su último trabajo, se sospecha que podría haber realizado la misma jugada durante años sin que nadie se diera cuenta (“siempre saludaba”, supongo que dirán ahora los vecinos). El escándalo se produce en un momento en que Italia ha decidido aprobar una ley por la que se obliga a los padres a vacunar a los niños menores de seis años, pues parece ya claro que ni mucho menos de la familia –la más sólida institución por excelencia- se puede uno fiar. La verdad es que yo nunca me he fiado mucho de nada (siempre me ha parecido sorprendente la cantidad de pruebas que se le hacen a los padres adoptivos para hacerse cargo de un niño, y las nulas precauciones que se toman respecto a los padres biológicos), ni de la familia ni de casi institución alguna, pero escuchar cómo los desvaríos de este particular ángel exterminador han provocado que supuestamente 7000 niños estén sin vacunar en Italia (7000 candidatos, por tanto, a morir de una enfermedad evitable), te hace pensar mucho sobre la naturaleza tan gratuita y absurda de la maldad. Uno puede entender que un supervillano quiera conquistar el mundo, que a Amancio Ortega le importe poco –si pretende con ansia montar un imperio- a cuántos niños tenga que obligar a trabajar, o que Rajoy se pretenda enroscar en su silla en el Consejo de Ministros porque, oye, a ver con quién si no va a comentar los viernes las portadas del Marca. Pero una crueldad tan ilógica, tan estéril, sin obtener ningún beneficio… da que pensar.

            Me diréis (y con razón) que esta enfermera no se distingue mucho de los talibanes, los terroristas suicidas, los integrantes de las SS y demás extremistas que eran y son capaces de destruir el mundo con tal de ver sus absurdas ideas llegar a la cumbre. O me señalaréis que esa enfermera, en su ignorancia, creía estar haciendo el bien, y que puede que algún día le ocurra como a aquella madre anti-vacunas que acabó teniendo a varios hijos infectados de enfermedades casi olvidadas, y declaró que se sentía “profundamente engañada” (provocando un multitudinaria y unánime: “a buenas horas, mangas verdes”). En ese sentido, me advertiréis, no es nada nuevo. No obstante, llega un momento en que choca el poder y la penetración que están adquiriendo tales ideas, y también la abundancia y variedad de las mismas. Lo dicho, ya no sé a qué echarle la culpa: si a que somos muchos miles de millones de personas, si a que con los recortes en educación cada día estamos peor evolucionados, o si con la contaminación que hay en el planeta nuestros cerebros ya no pueden dar para más. No soy capaz de decidirme. De vez en cuando –he de confesar- me asaltan esas democráticas ideas en las que creo sinceramente acerca de que la decisión de un solo individuo es casi siempre mucho peor que la que toma la mayoría en su conjunto, pero las visiones que tenemos en el imaginario colectivo de las turbas medievales, y la manera en que hemos comprobado últimamente que poniendo voces interesadas y dinero a cualquier tontería ésta acaba por tener una nube de seguidores detrás (y sólo hay que ver ciertos tipos de prensa, o cómo manejaba Esperanza Aguirre las cuentas de su partido cuando llegaban las elecciones) me hacen perder la fe en la humanidad. La poca que todavía no hemos perdido.

            Algunos tipos de escritores y de lectores somos partidarios –al menos, en ocasiones- de los misterios  del tipo rompecabezas lógico: ésos donde una pista te lleva a otra y al final dilucidas un misterio donde todas las piezas acaban de encajar. Las novelas después de Agatha Christie, y la triste realidad de cada día, nos han enseñado que, durante la existencia cotidiana, la vida es por lo general bastante más aleatoria y carente de sentido: que a veces no es sólo que ninguno de los habitantes de la casa donde se ha perpetrado el crimen sea el asesino, sino que éste era un tipo que pasaba por allí, no tenía nada contra la víctima y, cuando le preguntas por qué ha cometido el crimen, te responde: “Era un domingo por la tarde, me aburría, y con algo lo tenía que llenar”. A veces te da la sensación de que en eso consiste el famoso “fin de la historia” en el que nada lleva a ninguna parte. En ocasiones tienes que abstraerte de este tipo de cosas para no pensar que éstas son en realidad lo que Hannah Arendt denominaba “la banalidad del mal”.

lunes, 29 de enero de 2024

Una opinión muy personal sobre la llamada "generación de cristal"

Una opinión muy general sobre la llamada "generación de cristal".

Llevamos desde los griegos quejándonos de que la siguiente generación siempre es peor que la nuestra; y, como suele decirse, aquí seguimos.

Hay una cosa que suelo decir de un tiempo a esta parte; nuestros abuelos no tenían problemas de salud mental: simplemente bebían.

Nuestros padres tampoco tenían problemas, simplemente lo pagaban con sus hijos. Y mi generación tampoco tiene problemas, lo paga con la gente de su alrededor, que ni siquiera sabe de qué van nuestros traumas. Sin embargo, a su vez, esto genera una reacción negativa cuya consecuencia es que los afectados arrojan sus frustraciones sobre otra gente, y así sucesivamente...

De vez en cuando, la persona con problemas le cuenta a otro -alguien concreto, de confianza- lo que le pasa, pero no lo hace con el objetivo de arreglarlo: sino de que le escuchen, le comprendan y le justifiquen, en plan adolescente (todos somos un poco adolescentes). Y al final seguimos pagando nuestras neurosis -que seguramente no son culpa nuestra, pero acaban por hacer sufrir a los demás- con el resto.

La nueva generación ha adoptado otra manera: habla abiertamente de salud mental, y confiesa sus taras. Eso también tiene sus inconvenientes: primero, porque muchas veces se hace (¿lo hacemos?) también como autojustificación -en el fondo, los seres humanos somos muy parecidos-, y para quitarnos responsabilidad. Segundo: como en todo movimiento pendular, pasamos de un extremo a otro, le echamos la culpa de cualquier asunto a la salud mental, e incluso frivolizamos con el tema.

Pero quiero pensar que cuando pase una época de extremos, y se aclare el ruido y la furia, eso servirá para crear una sociedad más consciente de sus limitaciones y sus problemas: y en la que, de vez en cuando, rompamos el ciclo del dolor y, a pesar de los males que nos han infligido, reaccionemos frente a la sociedad que nos ha hecho daño aportando un balance positivo, aprendiendo, y tratando de enmendarnos a nosotros mismos (que es, al final, lo único que tenemos, y sobre lo que podemos hacer autocrítica: autocritica no entendida como castigo, sino para mejorar nuestras vidas y la relación con el entorno). O no respondiendo tan mal cuando señalan nuestros problemas. Incluso, siendo capaz de aconsejar a otros, no para recriminarles "es culpa tuya", sino para decirles (o para decirnos): "entiendo tu dolor, pero con él, en vez de hacérselo pagar a los demás y a ti mismo, tienes que sacar algo positivo para todos, incluyendo por supuesto -y para empezar- tú".

En ese camino andamos. Veremos cómo lo superamos. Como la mayor parte de las acciones humanas, en buena medida saldrá mal. Pero quiero pensar que, al menos en parte, mejoraremos.

lunes, 1 de agosto de 2022

Regalo de una musa: "Lecciones Disney"

Un regalo que me pasó mi mejor musa acerca de algunas de las películas que marcaron nuestra infancia. Disfrutadlo tanto como lo he hecho yo. Un abrazo.

"Estaba lavandome los dientes, momento tan bueno como cualquier otro para divagar sobre lo divino y lo humano (casi como en cualquier caso siempre que hay agua cerca...en la ducha, haciendo largos en la piscina, mirando la lluvia al caer, al fregar los platos...) cuando me puse a pensar en las lecciones Disney, especialmente en las lecciones a ignorar. No estoy de acuerdo con que no hay que soñar con el príncipe azul, ¡al contrario! creo que hay muchos chicos (o chicas) estupendos por ahí, y que cuando das con el tipo ideal, te hace tan feliz que merece la pena la búsqueda o la espera. Ahora bien, no porque sea guapo y sonriente será un príncipe azul, entendámonos, hay que mirar un poco más allá y darle tiempo a que se muestre cada uno como es. 

No sé en qué estaba pensando la Cenicienta para quedarse colgada de un rollo de una noche QUE NO RECUERDA NI SU CARA, eso sí es una lección para las muchachas del siglo XXI: ¿de verdad te importa un tipo que es capaz de casarse con tu hermanastra fea feísima y con voz de gato estrangulado sólo porque encaja en el perfil? De verdad? Jeje, siendo malos podríamos decir que eso pasó con cierto Príncipe que ya no lo es, que escogió una que vio y que encajaba...con su entorno.

Oh, espera, que no todo son princesas. También en Disney tenemos el perfecto ejemplo de hacer pasar a alguien por quien no es: Aladdin. Es un pobre callejero al que tienen que vestir de gran señor para hacerlo aceptable a los ojos de la familia (la chica no, ella le quiere por el interior ;)). Como cuando le pones corbata a un heavy para conocer a la familia. A veces hay que sufrir, pero...no cambies lo que te gusta, pues es probable que deje de convencerte. Punto para Jazmine, que se gustó de una pobre rata callejera y despreciaba al gran pretendiente. ¿O quizá era ella la que juzgaba por las apariencias?

Con la Bella Durmiente aprendimos que esconderse del destino no te va a dar resultado, así que ¿porqué no enfentarte a ello directamente? ¡Hay que ser valientes! Y educados, que los padres la liaron parda por clasistas.

Ay estas princesas que no aprenden...Hay una que me recuerda a las historias de cirugías mal hechas, o de niñas monas que se quitan costillas y otras barbaridades para verse más guapas. Un pacto con el diablo para desnaturalizarse, por el capricho de gustar a otros. Ningún cambio drástico es gratuito, todos tienen consecuencias. Vale que el marinero era un guapo de ojos azules, pero de toda la vida de dios, la sirena es la que seduce al marino ¡Y no al contrario!

La pobre Blancanieves es un consejo de madre hecho pelicula: no engullas, ¡mastica bien y no aceptes nada de los desconocidos!

Pero no todo son malas ideas en este pequeño mundo: también aprendes a interponer tu propio bien al de otros, aunque para eso tengas que ir a la guerra con el malvado Genghis Kan; o a apreciar los libros por encima de los placeres mundanos encarnados en un cachas con tres rubias colgadas del brazo; o a apreciar el corazón de los demás, aunque sean peludos y feroces, o se despiojen en público.

lunes, 28 de marzo de 2022

La opinión de marzo y abril: Un reloj

 Un reloj

 

De pequeño, mis padres estaban obsesionados con comprarme un reloj. Me regalaron tres o cuatro a lo largo de la vida. Que si debía llevar un reloj. Que si ya era lo suficientemente mayor para llevar un reloj (eso seguramente me lo dijeron un par de veces, con varios años de diferencia). En función de eso probamos varios modelos, los más afortunados de los cuales acabaron olvidados en un cajón (sustituidos por otros que “me resultan más ligeros para la muñeca” o “aguantan el agua, de esa manera no me los quito en la ducha”), aunque alguno acabó con la esfera reventada por culpa del impacto de un balón durante partido de fútbol. Por suerte –y contrastando con otras situaciones similares de mi vida- mis padres se avinieron a que al menos el reloj no fuera de esos que dan miedo sólo tocarlos debido al precio que han costado, ya que supusieron (con muy buen criterio, en mi opinión) que un hijo con tanta tendencia a perder y romper cosas no era el más adecuado para llevar esa clase de alhajas. La mayor parte de los artefactos, en todo caso, acabaron abandonados en el encima una mesita o al lado de donde me desvestía para meterme en la ducha. Debo de llevar casi dos décadas sin ponerme un reloj, porque en su lugar he usado el móvil, el reloj del PC, un temporizador en forma de huevo para las recetas de cocina, cualquiera de los cientos de relojes, carrillones o campanarios (en interiores o en exteriores) que los ayuntamientos o los dueños de las casas nos ponen a mano o, incluso, los “timer” tan conocidos en el mundillo de la investigación. A veces me pregunto por la obsesión de mis padres de que llevara reloj. Me figuro que, en su tiempo, era un instrumento con una utilidad lógica, aunque también me acuerdo de un señor que encontré en Santorini que decía que poseer un reloj, en su trabajo, resultaba imprescindible, ya que era la manera por la que se juzgaba su status y, por tanto, sus cualidades como vendedor. En definitiva, para este hombre constituía uno más de esos símbolos de opulencia tan propios de todas las culturas, los cuales causan tanta ilusión a los antropólogos (quizá porque ponen a los occidentales al mismo nivel que los bosquimanos) y que, la verdad, siempre me han parecido el ejemplo más representativo de la imbecilidad de nuestra especie. Yo me preguntaba qué fracción del sueldo tenía aquel individuo que dilapidar en aquel reloj y otros caprichos semejantes, motivados por la opinión de gente que no le importaba lo más mínimo, y si el dinero y el esfuerzo en obtenerlo se compensaba por el sueldo adicional que ganaba debido a que el resto del mundo era también igual de idiota y superficial. Creo que es ese aspecto concreto (el de la pura apariencia, lo que hoy en día llamamos postureo) el que, para muchas personas, convierte la adquisición de un reloj en una cuestión fundamental. Tengo un amigo que atesora –mejor dicho, acarrea– un reloj de los caros porque en su día se lo compraron sus padres. Tuvo un fallo mecánico hace diez años y, desde entonces, lo guarda en un cajón. Llegó un día en que, por circunstancias del destino, iba a pasar cerca de una tienda donde podían arreglárselo. Casi forzado por las circunstancias, lo sacó de su cómodo destierro. Le cobraban cien euros por reparar aquel reloj el cual, entre otras cosas, había dejado de ponérselo por miedo a estropear algo tan caro. Yo le pregunté si merecía la pena el coste, si no se lo iba a poner, y él me respondió, esperanzado: “Ya me lo pondré, ya”. A veces creo que ese tipo de relojes son la mejor metáfora sobre el legado que recibimos de nuestros padres (incluyendo los retos heredados, como el del cambio climático): algo carísimo, sin utilidad alguna, que nos resulta hasta perjudicial y cuyos problemas inherentes estamos obligados a solventar, entre otras cosas porque somos incapaces de renunciar a la herencia. Tenía razón Cortázar cuando decía que, cuando te regalan un reloj, tú eres el regalado. Sólo que no mencionaba que la maldición venía inscrita con el número de serie.

lunes, 15 de noviembre de 2021

La historia corta de noviembre: "Elogio de Milady de Winter"

 Elogio de Milady de Winter

                Todavía estoy esperando que, junto a la vindicación de Circe, de Maléfica, de Cruella de Vil y otras grandes villanas del cómic y la leyenda, lleguen las de algunas otras: la de Helena de Troya, obligada a servir como insensato instrumento de los dioses. La de las sirenas, que merecen el mismo reproche que los leones cuando comen carne. O a Milady de Winter, abandonada por un marido que ni siquiera se dignó a escuchar su historia, incomprendida, refugiada finalmente en la maldad de la locura como única manera de salir viva. En otra ficción, “Orange is the new black”, se insinuaba que buena parte de las presas se encuentran encerradas en las cárceles norteamericanas por culpa de algún hombre. Por otra parte, Sócrates decía que nadie se hace malvado por sí mismo. Todas esas villanas están esperando que alguien cuente su historia, y qué las ha llevado a estar ahí.

lunes, 26 de abril de 2021

La historia corta de abril: El Cristo rebelde

 El Cristo rebelde

 

Antonio Machado, hablando por boca de su alter ego Juan de Mairena, insinúa que Cristo fue en realidad un rebelde respecto a su padre. Habla de un Jesús que desciende a la Tierra para vivir y morir antes de tener un hijo, frente a un Dios de Israel para el cual la procreación era un aspecto clave. Argumenta que Jesús predica el amor, una doctrina que para el Dios del Antiguo Testamento debía de resultar más bien chocante. Algo similar opina Saramago en su Evangelio según Jesucristo cuando el padre de Jesús le explica a su vástago que ha de hacerse humano y fallecer para crear una nueva religión, una que perpetuará el recuerdo de Yavhé a lo largo de los siglos, incluso aunque sea un Dios un poco distinto del que anteriormente habíamos adorado. Yo me lo quiero imaginar de otra manera; quiero pensar que Jesús bajó al territorio que hoy conocemos como Palestina e Israel sin permiso del padre. Quiero creer que predicó por los campos de Judea una doctrina que sabía rechazada por su progenitor, y aun así la difundió, pues creía que era más válida que la ley vengativa y de obediencia que Yavhé había establecido con Eva, Abraham y Noé desde el principio de los tiempos. Creo que, cuando murió, Jesús era consciente de que iba a ir al infierno, igual que el Judas especulado por Borges sabía que había de sufrir condena eterna para obtener el perdón de nuestros pecados. Sólo entonces, tras la muerte de Cristo, al verse obligado Dios a castigar a su propio hijo, Yavhé, por amor de padre (ése que nunca sintió con tanto ardor por la gente que ahogó durante el diluvio), decretó que la fraternidad ya no sería un pecado, sino un motivo para ir al cielo. De esa manera se abrieron las puertas del Paraíso a los creyentes, frente a una prohibición anterior de acceso que, por parte de la iglesia, nunca había quedado bien explicada. Así, mi conclusión es que la acción del Padre y del Hijo no fue coordinada, sino contrapuesta, como suele ser natural porque, ¿qué hijo tiende a seguir los designios que le dicta su ancestro? Algunos teólogos me reclamarán que, si Dios y Cristo actúan de distinta forma, ¿no serían entonces dos dioses, en lugar de uno? Yo replico, al contrario, que una divinidad perfecta no podría existir sin contener una de las cosas más originales de la condición humana, que es el supremo acto de contradecirnos: y, si estamos hechos a su imagen y semejanza, desde luego debe de cambiar de opinión unas tres o cuatro veces por semana.

lunes, 1 de marzo de 2021

La historia corta de marzo: "La elección de Aquiles"

Dicen que Aquiles estaba destinado a tener una vida efímera y heroica antes que una larga y reposada. Su madre trató de apartarle de la primera alternativa disfrazándole de la mujer cuando Ulises buscaba reclutas para la guerra de Troya, pero su elección por las armas, antes que por las joyas (en una estratagema que urdió el de Ítaca para identificarle), reveló a Ulises la argucia y obligó al héroe a partir a la ciudad donde se escondía Helena. Alguien dijo una vez que Aquiles, después de muerto, dejó de estar obsesionado por la fama imperecedora y se preocupó más por las cosas que había dejado atrás cuando estaba vivo: entre otras, la familia. Pero pocos recuerdan que, una vez, Aquiles estuvo a punto (y tuvo la posibilidad) de elegir. Durante el largo diálogo que se detalla en la Ilíada, Aquiles -encabritado aún por el desaire que le había infligido Agamenón, por el cual permanecía en su tienda, ajeno a la batalla- empieza a reflexionar sobre esa dicotomía a la que parecía circunscrita su vida desde el principio, y da a entender que quizás sea hora de apartarse, de abandonarlo todo, de tomar la vía pacífica que siempre pareció la segunda opción. Que, quizás, ésta sea una existencia más cómoda, con la que un futuro de felicidad se presume asegurado. Luego tiene lugar la muerte de Patroclo; entonces, los acontecimientos se precipitan, y tienen lugar por el único espacio que ha quedado libre, sin posibilidad de huida. ¿Deja la historia de Aquiles una conclusión? Nuestros destinos se hallan siempre abiertos hasta que traspasamos una encrucijada tras la que se hunde el camino, o tiene lugar un hecho que vuelve cualquier trayecto irreversible. Pero recordemos que, hasta ese último momento, incluso el épico Aquiles tenía capacidad de decisión. Así que, si él pudo elegir, ¿quién no?

martes, 29 de diciembre de 2020

El artículo del mes: "How reading Noli me tangere got me closer to the pinoys"

Hace un tiempo os comentaba la historia de un artículo acerca de "Noli me tangere", el libro más importante de la literatura filipina, escrito en castellano por el líder nacional José Rizal; un artículo que no había encontrado acomodo en ninguna parte y que creí que sólo se publicaría en el blog. Sin embargo, gracias a la incansable labor de Nats Sisma Villaluna, y al nacimiento de la revista "Expat Herald", este mes por fin ha visto la luz "How reading Noli me tangere got me closer to the pinoys" (<<Cómo leer Noli me tangere me acercó a los filipinos>>). Como de momento la revista es solamente física y no está por Internet, el artículo sigue colgando en este enlace, aunque desde entonces ha sufrido alguna ligera modificación y actualización. Abajo, la imagen del texto, por si queréis echarle un vistazo al artículo finalmente publicado. Cualquier cosa que acerque los distintos países hace un mundo más humano y más justo. Estas páginas pretenden constituir mi pequeña contribución.



lunes, 29 de junio de 2020

Reencuentro


Reencuentro

                Le conocí superficialmente pero, aun así, me caía bien. Profesional en su campo. Defensor de la ciencia. Progresista. Yo colaboraba con él en un estudio de corte académico. Desarrollamos una investigación donde yo ejercía un trabajo de compilación y actualización de datos, una labor más mecánica que otra cosa, aunque creo que útil (me incluyeron en los agradecimientos del artículo), con lo cual nuestra relación tuvo lugar la mayor parte del tiempo a distancia. Me hablaron de su filiación a un partido político. Le felicité por correo electrónico el día que ganaron unas elecciones. Me contestó: “En cuanto vencen, siento que dejan de ser un poco los míos”. Me congratuló la respuesta, porque cuadra con mi sentimiento respecto a la política, donde uno no pertenece a un grupo humano o a un clan sino que crees en unas ideas, y por tanto eres leal a ellas y no a los que las traicionan en aras del poder o de cuestiones personales. Lo que últimamente ha venido en llamarse un partido instrumental, y que es lo que muchos creemos que debería haber sido desde el principio. La última vez que me lo encontré me quedé con un mal sabor de boca. Me lo topé por casualidad un día que visitaba aquel edificio que teníamos en común, en lo que esperaba fuera una misión breve y acelerada, y me sentí con la incomodidad de toparte con quien no esperas en el momento menos adecuado posible. Charlamos y, no sé muy bien cómo, aquello derivó en un debate, uno que estaba muy en boga aquellos días (¿cuándo no lo estará?) acerca de una generación de más edad que está claro que trabajó mucho pero que, en mi opinión, ha cerrado, en un exceso de ambición, las expectativas de la precarizada cohorte que la sucedía. Sin duda vosotros habéis visto ejemplos que justifican la discusión: individuos de sesenta años que defienden la política de recortes económicos, los cuales impiden que pierdan valor sus activos o su plan de pensiones, pero que no se dan cuenta de que esto dificulta el acceso a la universidad por parte de sus hijos (supongo que esperan garantizárselo ellos mismos pero, claro, uno cabe preguntarse qué van a hacer los hijos que no pueden confiar, para las cuestiones monetarias, en el paraguas de sus padres). Al mismo tiempo, supongo que la generación por delante de la mía rememora todos los trances que han atravesado -una dictadura, varias crisis, muchos años deslomándose a fondo, una legislación más dura en muchos aspectos- y se preguntan cómo estos pipiolos que acaban de llegar exigen cosas que en su tiempo no se daban por garantizadas. Es un debate legítimo, por supuesto, entre otras cosas porque da pie a múltiples matices. La cuestión es que en un momento determinado, en el fragor de la conversación (me emociono mucho durante esta clase de momentos; sin duda demasiado), hasta le llamé de manera algo enfática “hijo”, cosa de la que inmediatamente me arrepentí, no sólo porque no venía a cuento de nada aquella familiaridad, sino porque el otro me sacaba varias décadas. Mi interlocutor me replicó con otro “hijo” en la frase siguiente -que acepté como equitativo estoque de regreso- y recuerdo que a continuación me dijo que quizás las generaciones más jóvenes deberían reclamar con más fuerza sus derechos, tal y como hicieron las pasadas, cosa en la que le di la razón (en parte porque sí, porque la tenía, y en parte también porque después de mi salida de tono previa, quería terminar la charla de manera conciliadora). Y ésa fue la última vez que le volví a ver.
                Hace poco, he visto otra vez su nombre. Vinculado a un movimiento que tiene que ver en parte con la lucha generacional (de fantasmas del pasado que ya creíamos superados) pero, sobre todo, con el odio. No sé de qué extraña manera ha podido acabar este hombre, con sus antecedentes, en aquel punto. Con los datos que tengo, desde luego, resulta difícil dilucidarlo, y menos bajo aquel axioma de que para entender cualquier paso de un individuo has de recorrer, de principio a fin, su completa biografía. Pueden haber sido razones concretas, razones personales, quizás una complicada evolución ideológica y motivacional. Es posible que exista un motivo más o menos explicable, e incluso (arrepentido) me pregunto si el tono de la conversación que mantuvimos aquel día tuvo algo que ver. Pero, aun así, me resulta inconcebible. Sobre todo porque uno puede entender que -acerca del discurso de esa clase de grupos- haya aspectos muy concretos que seas capaz de discutir, matizar, justificar. Pero el argumentario en su conjunto resulta claramente infumable. Por la cantidad de colectivos contra los que atenta, por la insolidaridad general que manifiesta, por el aire destructor que mantiene, como los bárbaros que arrasan la hierba a su paso, sin mirar nunca atrás. Sigo sin entenderlo, pues. Podría tratar de indagar más a fondo para descubrir cómo ha ocurrido, pero no sé si me interesa recorrer cada uno de los escalones que puede llevar a una persona a ingresar en una asociación así. Es de aquella clase de preguntas que no te quieres realizar porque sabes que la respuesta tiene pinta de ser demasiado triste. Supongo que la historia de todo crecimiento personal pasa primero por decepcionarse con la generación de sus padres y, más adelante, decepcionarse con uno mismo. Quizás lo más sabio es aceptar simplemente que es así.
                Recuerdo una anécdota más sobre este hombre. Tiene un apellido curioso, por sus ancestros extranjeros (aspecto que a mí me encanta, pero que no sé si sus compañeros verían tan bien). Este apellido está relacionado con una vieja leyenda asociada a un héroe. De hecho, él solía contar que muchas personas le hacían el típico chiste referido a si era descendiente del insigne mito. Según él, su abuelo solía responder que no: que ellos descendían del villano. Por lo visto, el nieto rebuscó en la genealogía y se dio cuenta de que, en cierta medida (y dentro de lo en serio que pretendas tomarte las leyendas), tenía razón. Entonces pienso que quizás sea nuestro destino: bromeamos con el hecho de jugar a ser el malvado, y al final acabamos por transformarnos en él. O, como decía Nolan en su revisitación del murciélago oscuro, muere joven o vive lo suficiente como para convertirte en ya sabemos qué. Como he dicho antes, no puedo juzgar el caso (no quiero) porque no tengo información suficiente (no me atrevo) como para analizarlo a fondo. Seguramente porque prefiero quedarme con la imagen más positiva que guardaba en mi recuerdo. Sólo espero, con una petición callada, que algo como esto nunca acabe por ocurrirme a mí.

lunes, 10 de febrero de 2020

La historia real de febrero. Entierro de joven víctima de la Camorra sobre fondo gris.

Leyendo “Gomorra”, de Roberto Saviano (uno de los mejores retratistas del crimen en el sur de Italia), hay una escena que me hiela la sangre. Se trata del entierro de una adolescente asesinada por una bala perdida procedente de una pistola de la Camorra, la organización criminal con más poder en el área de Nápoles. Más allá del hecho (que acogota en sí mismo), resulta inquietante la actitud de algunos de los asistentes. Casi todas las ceremonias sociales cualquier parte del mundo –bautizos, bodas, comuniones, funerales- me causan un cierto repelús. Reúnen un conjunto de lugares comunes, tradiciones y mandatos varios, la mayoría de los cuales buena parte de de los asistentes no tienen ninguna gana de llevarlos a cabo, pero tienen que hacerlo porque lo dicta el patriarca o matriarca de turno, “porque se ha hecho toda la vida”, porque es lo que se espera de ellos o un número inacabable de razones de índole similar. Ver y dejarse ver, como suele decirse. Pasar lista para ver quién falta. Y de paso, es una buena oportunidad para que El Padrino (ya se apellide Corleone o Aznar) aproveche para hacer negocios. Que dos personas se estén casando, como suele decirse, es algo que a ninguno de los asistentes le importa. El entierro de esta chica, en cierto sentido, es una ceremonia más. Roberto Saviano cuenta cómo es frecuente que la madre de la víctima trate de arrojarse, en algún momento del desplazamiento del cadáver por las calles de la ciudad, por el balcón para matarse. Es una reacción tan típica, tan habitual en este tipo de acontecimientos, que parece ya estereotipada. Saviano advierte que no por ello debemos creer que el dolor de las madres es menos auténtico; simplemente, estas pobres mujeres no tienen otra manera con la que expresarse salvo por actitudes prefabricadas, que otros han hilvanado ya por ellas. Aunque a mí me asombra más el papel de las amigas de la víctima, del grupito con el que ella salía siempre a la calle, de su círculo vital. Sí, era su amiga, ella ha muerto y están dolidas, pero al mismo tiempo, este entierro significa para ellas algo más. Es como su presentación en sociedad al resto del mundo. A partir de este funeral, de sus lágrimas, de sus lloros y de sus aspavientos, comenzarán a contar en la vida de la comunidad. Sienten con sinceridad la muerte de su compañera; pero de algunas cabría decirse (como en un anhelo secreto) que estaban deseando que un día como éste llegara por fin ya. Luego estas chicas crecerán y harán su vida. En algunos casos se casarán incluso con chicos de la Camorra, en ciertos casos pensando, más que en la vida en común, en la pensión que tienen asegurada por parte de la organización de criminales si el muchacho acaba en presidio. Para nosotros, desde fuera, puede resultar paradójico, execrable, rocambolesco entre otros adjetivos, que una chica que está llorando la muerte de su amiga íntima a causa de la Camorra pueda siquiera sopesar en su mente la posibilidad de juntarse, años después, con uno de sus integrantes. Sin embargo, no es tan difícil en cuanto reflexionamos un poco sobre cómo se vive el día a día en ese tipo de ambientes, donde la impunidad, la aparente perpetuidad, la dificultad de eliminación de males tan enquistados como la Camorra, hacen que la gente olvide a menudo que los causantes de aquellos males y asesinatos son individuos concretos, con nombres y apellidos, y empiecen a pensar en estas muertes con la misma inevitabilidad con la que tratarían a una catástrofe natural. Con la misma resignación y evasión de responsabilidades con las que se juzgaba a ETA en determinados pueblos del País Vasco, o como se acepta en otros lugares de España que, de todas las grandes obras o acontecimientos, partidos como el PP o Convergencia acudan con el cepillo a sacar tajada. De hecho, no es raro que los miembros de la Camorra aparezcan en el propio funeral de la chica asesinada, demostrando ante todos quiénes son los que mandan. Pero, más que la intimidación con amenazas o cuchillos, da mucho más miedo la resignación interior; la rendición del espíritu. O cómo es mucho más sencillo ponerse del lado de los que mandan, de la mayoría silenciosa de las pistolas, con tal de sentirse parte del grupo más grande, del que triunfa, del que, como ha marcado todas las cartas, ha de tener necesariamente la razón. A pesar de todas las contradicciones, las cuales te llevan a llorar por tu amiga y luego a casarte con uno de sus asesinos, como si entre ambos hechos no huviera relación alguna. Pero así de idiotas somos los humanos.

El ser humano irracional evolucionó, en un mundo carente de razón, para poder sobrellevar una existencia sin traumas irresolubles entre lo que quería y lo que no podía alcanzar. Que seis mil años de civilización después, con un siglo de las Luces a nuestras espaldas, esa forma de actuar siga siendo la más adecuada para determinados entornos, dice muy poco de nosotros y de lo que permitimos. Las lágrimas de las chicas de la Camorra podrían corresponder a las de un enterramiento en el Neolítico por un asesinato causado por el chamán o el jefe de la tribu que les liderará mañana. Y ya no se sabe de quién es la culpa, si del jefe de la tribu, o del que no se atrevió a quitarle al chamán el gorro de plumas. Esos llantos, por tanto, son también los nuestros, y quien llora, que diría John Donne, lo hace también por ti.

domingo, 1 de diciembre de 2019

En un lugar de la memoria

Recientemente, me recomendaron un documental acerca de Kim Peek, un autista que tenía además la denominación de savant, afectado por el "síndrome del sabio" o, más vulgarmente, "tonto inteligente", es decir, aquella clase de enfermo mental (buena parte de los mismos, autistas o con síndrome de Asperger, aunque también se halla asociado a otras lesiones y problemas cerebrales) que se halla incapacitado para numerosas tareas de la vida cotidiana pero que tiene ciertas habilidades cognitivas que le hacen único, especialmente con comparación con el resto de los mortales. Así, en el caso concreto de Kim Peek, es dependiente para vestirse y asearse, no puede trabajar y apenas mantener una conversación normal, pero en cambio posee oído absoluto, y conoce qué día de la semana corresponde a cada una de las fechas de los últimos diez mil años; puede memorizar el contenido de un libro hasta la última palabra, pero si le preguntaras por un resumen de la historia o lo que ha sacado del texto en claro, te miraría con expresión aletargada, preguntándose qué has querido decir. A muchos les recordará a la famosa película "Rainman", y en el caso de Kim Peek (fallecido hace no muchos años), la referencia no es baladí, porque fue precisamente con él con quien contactó el mundo de Hollywood para inspirar el personaje interpretado por Dustin Hoffmann. Hasta la fecha, y a pesar de unas cuantas evidencias acumuladas y multitud de teorías propuestas, no se conoce el motivo por el cual los savant poseen estas habilidades (cada cual unas distintas), y qué relación tienen con las enfermedades con las que se encuentran asociadas. De hecho, que yo sepa (y a pesar de que, obviamente, existen personas con cualidades mentales extraordinarias que no son autistas), se ignora hasta qué punto sus habilidades especiales son consecuencia de su autismo o simplemente una derivación colateral, del mismo modo en que no sabemos discernir si los que reconocen números primos de más de seis cifras lo hacen porque identifican esos números como primos -como si en su cabeza estuvieran resaltados-, o en cambio lo hacen porque representan espacios en blanco en el contexto de todos los demás. En todo caso, los savant han sido objeto de admiración a lo largo de los siglos. Copan documentales, concursos de televisión, películas de ficción y novelas, de las misma manera que -desde el principio de los tiempos- nos han fascinado forzudos, gigantes, atracciones de feria, y también virtuosos de toda clase y condición.

En cierta medida, es paradójico que, en una época donde la alta tecnología permite levantar inconmensurables pesos, alcanzar alturas donde no soñaría llegar un pájaro, delimitar una nota en su precisión absoluta, aun así nos sigan fascinando estos fenómenos. Más aún en el caso de la memoria, aspecto en el cual un ordenador puede superar con diferencia al más dotado de los hombres, por muy savant que haya nacido o pueda llegar a ser. No hablemos ya de Internet, donde puedes localizar todo lo que deseas encontrar, incluso bastante más de lo que te hubiera gustado en un inicio. Y, sin embargo, nos siguen fascinando parábolas como la de Funes el memorioso, el célebre relato de Borges donde, a raíz de un accidente que le deja paralítico, un individuo adquiere una memoria portentosa que le permite recordar cada segundo de cada día. La contrapartida, apunta Borges, es que Funes pierde también la capacidad de abstracción: como evoca con exactitud la forma de un perro concreto de frente, y también de perfil, no puede imaginar que ambos sean el mismo perro, y al atisbar cada una de las infinitas diferencias entre los diferentes tipos de canes, no capta la idea de que exista el "perro" como especie, como conjunto de individuos. Lo cual no es exactamente lo que le pasa a los savant, pero es parecido. Y, de la misma manera, un ordenador de omnipotente sapiencia carece de esa capacidad de abstracción, de análisis. De hecho, y a pesar de las mejoras que se ha hecho de la inteligencia artificial en aspectos tales como el reconocimiento de objetos, cada captcha que nos realiza un oligofrénico test para demostrar que "no somos un robot" nos indica cuán lejos se encuentra ese propósito de alcanzar.

Y, tal vez, esa distinción entre el conocimiento que podemos memorizar (que es todo) frente al que podemos entender e interpretar (que es por definición menos), es el mayor síntoma de nuestros tiempos. Vivimos en una época donde podemos acceder a enciclopedias médicas en cantidad, pero abundan los antivacunas. Donde usamos GPS y accedemos a atlas continuamente, pero se fundan asociaciones de terraplanistas. Tenemos a nuestra disposición kilos de documentos publicados por la Unión Europea, pero en el Reino Unido, la búsqueda de los mismos ocurre, para gran parte de la sociedad, sólo justo al segundo siguiente de la votación del Brexit. En cierta medida, y salvando las distancias, parece que la sociedad en su conjunto (el ente colectivo, la inteligencia colectiva si es que eso existe y así quiere denominarse) se ha vuelto un poco savant. Hay una percepción bastante extendida -equivocada o no, asumiendo de manera quizá simplista de que haya una única causa a este fenómeno- de que tan amplia profusión de conocimientos se nos está indigestando, como si no supiéramos qué hacer con ella. Que, conformes conocemos más excepciones, estamos perdiendo de vista las reglas. En ese sentido, tal vez, en estos cruciales momentos de zozobra, algunos no miramos con tanta envidia a los "sabios autistas", sino más a aquellos que, con menos andamiaje de memoria, tienen más claro qué clase de estructura quieren edificar. Quizás no nos hacen falta tantos savant como sabios de veras. Aunque estos últimos no sean siempre fáciles de encontrar, ni siempre reconocidos como se merecen.

En contraste, el savant sigue siendo admirado. Quizás, porque su capacidad es indiscutible, objetiva. La del intérprete, en cambio, no tanto. Quizás es porque la intención del intérprete no siempre fue pura. Porque muchos utilizaron a su savant como un juguete de feria, con el que sacar dinero por cada uno que quisiera disfrutar de la atracción. Quizás porque admitir que alguien interpreta bien significa que nosotros no lo hacemos, y esa decepción resulta más dura que la de no poseer las habilidades del savant, las cuales al fin y al cabo desistimos, como comunes mortales, de superar. Quizás porque lo que no ha aprendido el savant, ni casi ninguno, es reconocer lo que no sabe. Tal vez es que, en esta sociedad tan posmoderna y tan pasada de vueltas, hemos llegado a demasiados relativismos sobre lo que es saber y lo que no; quizás ha llegado el momento de aprender a olvidar...

lunes, 7 de octubre de 2019

Circe y sus demonios

Esta historia (o reflexión, como queráis llamarlo) comienza con los agradecimientos de mi tesis. Para los no iniciados, ésta es en muchos sentidos la parte más importante del documento final que se entrega a un tribunal especializado con el propósito de obtener el título de doctor. Esta sección tiene relevancia por dos motivos: primero, porque allí tus jefes y compañeros van a ver recompensados los esfuerzos de haberte aguantado y ayudado durante un período de cuatro a seis años y, dos, porque debido al contenido científico de la tesis, estas pocas hojas resultan lo menos complicado del texto y por tanto lo único que muchos van a leer. En mi caso, yo personalmente me sentía un poco cansado del formato clásico que consiste en soltar una larga ristra de nombres, dedicándoles unas pocas palabras amables para cada uno. En ciertos sentidos, me recuerda a las invitaciones de una boda: llega un momento que, entre los imprescindibles, los que te apetecen, los necesarios, las obligaciones, y una larga colección de gente que a tú crees que no deberían estar en la fiesta, pero que se sentirían mal si no contaras con ellos (en mi caso, el de la tesis, las cuestiones se complicaban más todavía), se acumulan fácilmente de trescientos a mil invitados, que es justo lo más parecido que yo me imagino a un infierno hecho boda. Quizás por eso, cuando me ha dado por la ocurrencia de casarme, he organizado sólo celebraciones particulares, pequeñas, con diminutos grupos de amigos separados, reservando sólo una celebración más grande para la familia porque no encontraba mayor manera de subdividirlos. La cuestión es que, para la tesis, tomé una decisión que me pareció más adecuada: no nombraría a nadie en concreto (salvo los directores de tesis, porque su implicación era evidente), sino que sólo mencionaría de modo general a la familia, los amigos y los compañeros de laboratorio. El argumento era sencillo: los que realmente se lo merecían se sentirían incluidos (como escribí en el texto, "ellos ya saben quienes son", y no es una frase hecha, sino que procuro que lo sepan), y los que no, al menos no se sentirían rechazados o podían tratar de creer (o convencerse a sí mismos) de que también iba por ellos. La segunda elección que tomé fue la de dar un cierto tono literario a los agradecimientos, para de ese modo hacer la lectura más amena (me permitía, además, ser más atrevido con las metáforas, que para mí era la mejor forma de homenaje a mis seres queridos). Para ello, escogí comparar la tesis con un viaje (en cierto modo, en muchos modos distintos, lo es), y en concreto con la Odisea, la madre de los viajes literarios. En un momento determinado, nombraba -aquí llegamos al quid de la cuestión- a aquellos compañeros que, como hábiles marineros trabajando en equipo, velando los unos por los otros, me habían advertido de la presencia de algún Polifemo o alguna Circe. Ambos eran personajes genéricos y abstractos (no había nombrado a los compañeros elogiables, así que obviamente no iba a mencionar a los que detesto), y se referían a las adversidades que localizas a lo largo del camino: Polifemo, el gigante de un solo ojo que está a punto de devorar a los protagonistas de la Odisea, y Circe, que transforma a los compañeros de Ulises en cerdos, encantamiento del que se libra el héroe aqueo gracias a una protección especial que le otorga Mercurio. De todas formas, por razones históricas y circunstanciales, la gente (ya sabéis cómo es) quiso pensar que Circe representaba a una persona con nombres y apellidos del laboratorio, y tuve que responder un par de veces por esa referencia. Fue entonces cuando un amigo me trajo a colación una particular versión del mito de Circe. Él decía que, en el fondo, Circe no era la villana de la historia, a pesar de que en las múltiples versiones que se han hecho de la Odisea se la pinte así. Circe, en efecto (ejercía de abogado defensor mi amigo), convirtió a los compañeros de Circe en cerdos pero, ¿qué otra cosa iba a hacer cuando un grupo de hombres fornidos y armados se plantaron en su isla?¿Qué hubiera hecho una débil e indefensa mujer en su sano juicio ante una banda de  que podía abusar de ella, o tal vez algo peor? En cambio, reclamaba mi amigo, Circe al final acaba congraciándose con Ulises, enamorándose incluso de él, y le proporciona indicaciones para el resto del camino con el objeto de hacer más seguro su viaje y conducirle sano y salvo hacia su destino. En aquel momento, yo tenía bastantes objeciones que replicar al alegato de mi amigo, tanto si en su interpretación se refería a la supuesta persona del laboratorio que habría inspirado a Circe, como respecto a la propia hechicera en sí. Al fin y al cabo (pensaba yo) Circe era una maga poderosa, en principio superior en fuerzas y habilidades a los miembros de la expedición que llevaba perdida desde la guerra de Troya, y había sido un exceso convertirles en comestibles cochinillos sólo por si acaso, sin darles siquiera la posibilidad de explicarse. Pero luego, poco a poco, empecé a congraciarme con la idea, y no sólo porque observé que había gente tan de acuerdo con esa teoría que le había puesto el nombre de Circe a sus hijas. Y es que, con tantas cosas que hemos visto en este mundo, tanto a nivel tanto individual como colectivo, tantas veces, tantas bandas de soldados descarriadas, tantas manadas malditas y desenfrenadas, es natural que Circe, por mucho poder que supuestamente poseía (que quizás no era tanto, aunque tal vez me lo pareciera debido a lo sugerente del personaje), Circe, en fin, tuviera miedo, como casi cualquier mujer ante la brutalidad cruel que en ocasiones pueden exhibir los iracundos machos, y creyera que, en caso de duda, siempre es mejor prevenir que curar. La desconfianza: atacar primero para que no te ataquen a ti. El principio a veces tan excesivo que llamó a muchos americanos a creer en la falsa guerra de terror de George Bush (falsa porque sus propósitos eran distintos a los que prometía), o a que armemos una coraza de púas a nuestro alrededor que impide que nadie pueda dañarnos, a costa de nuestro contacto con los otros. Conforme reflexioné sobre esto, pensé también en la multitud de ocasiones en que la desconfianza nos hace perder el tiempo en esfuerzos inútiles (entre otras cosas, por imposibilitar el trabajo conjunto), o evita que llevemos a cabo acciones mucho más productivas que las que desarrollamos cuando  no nos hemos deshecho aún de los recelos iniciales. En ese sentido, se incluyen en esta categoría todo el trabajo defensivo de los estados para desarrollar ejércitos (la Guerra Fría al completo fue una pérdida de energías a escala mundial), las competiciones entre colegas que se pisan los méritos en sus respectivos empleos, las negociaciones entre partidos políticos y sectores sociales, y un largo etcétera. Claro que hablo de desconfianza incluso suponiendo que todos los actores tienen intenciones honestas y apuestan en conjunto por el bien común: si ya mencionamos a individuos sin escrúpulos, con intereses egoístas, frente a los que la desconfianza se encuentra plenamente justificada, entonces ya ni hablamos. Medité entonces, a continuación (como una sucesión en cadena de pensamientos) sobre hasta qué grado la desconfianza es o no la moneda común entre personas que contactan por primera vez (cuando conoces previamente a la persona, entonces puedes recelar o no, pero con razones fundadas), y si no nos iría mejor en general si concediéramos la presunción de inocencia desde un inicio. Y los primeros ejemplos que me vinieron a la mente fueron los encuentros entre pueblos que en un principio se hallaron incomunicados entre sí y cuyas vidas acabaron por cruzarse. Me vinieron a la mente las imágenes de navegantes, exploradores, conquistadores. Comerciantes, viajeros, trabajadores en busca de un salario. Turistas, mochileros, inmigrantes. El continuo y eterno viajar, y las interacciones, positivas y negativas, que se producen durante el proceso.

Recuerdo, a propósito de este asunto, una visita al Museo Nacional en Zürich, Suiza. Allí, se intentaba (quizás para revertir el sentimiento de xenofobia que está creciendo en los últimos años en ese país concreto) dar relevancia a los hombres que han hecho grande a Suiza desde su variada procedencia de distintos países de origen, y que constituyen casi todos los grandes prohombres del país: Hermann Hesse (alemán), Nestlé (también alemán), Maggi (italiano). Un panel del museo agregaba, aleccionador: "Todos los humanos procedemos de África. Salvo allí, nadie pertenece de verdad a sus países de nacimiento. Todos somos inmigrantes". Una idea parecida me vino a la mente cuando me comentaron el reciente descubrimiento de que todo el oro del universo -y los metales pesados, en general- proviene de explosiones masivas producidas a partir de colisiones de estrellas de neutrones (sé que la relación parece extraña, pero no se preocupen, todo tendrá su explicación). Desde allí, el oro ha viajado para acabar en las minas de la Tierra donde reposa el sueño de los justos y es extraído (dado su escasa utilidad industrial) para dar brillo a las joyas de quien pretende mostrar poder, o acabar fundido en lingotes para ser escondido en otra mina bajo tierra -en ocasiones llamada banco- donde también duerme el sueño de los justos, y sirve para hacer creer a algunos que son poseedores de riqueza y para demostrar poder también. Es decir, en el fondo -y volviendo al tema que nos ocupa-, el oro es un inmigrante llegado a la Tierra, como quizás las primeras moléculas de la vida, como Superman, con todas las implicaciones filosóficas que estos diversos hechos lleguen implicar (¿por qué, preguntado sea de paso, nos entusiasman tanto tanto las cosas que brillan?). Pero es que (reflexioné también), en el fondo, todos los elementos químicos son en su origen exógenos a la Tierra. Salvo el hidrógeno, todos los elementos generados (el helio y el litio durante el Big Bang, el resto en el interior de de supernovas y estrellas) lo han sido a partir de procesos de fusión nuclear en ambientes muchos más calientes de los que alguna vez ha poseído la Tierra. Es decir, como se ha proclamado tantas veces, somos polvo de estrellas, restos de los eventos cósmicos que han tenido lugar en el universo. Y esos inmigrantes de distintas procedencia han tenido forzadamente que contactar unos con otros. En el caso de los elementos químicos, vemos sus interacciones como algo natural, ya sea mediante reacciones químicas, enlaces, repulsión o explosiones. En el caso de los humanos, en cambio, resulta un poco más complicado. Sobre todo por los daños que las explosiones generadas pueden provocar entre ellos.

Desconfianza. Desconfianza (o al menos cierta precaución) hubo la primera vez que los indígenas americanos contactaron con los europeos que arribaron alrededor de los siglos XV y XVI a sus tierras. Por eso les enviaron lejos, en busca de lugares donde, según decían, se acumulaban oro (mira, otra vez el oro) y riquezas míticas, que siempre estaban muy lejos, siempre al oeste, siempre en otro lugar que no era allí. Eso, porque no les conocían; si llegan a saber lo que los europeos pretendían, seguramente no hubieran tratado de engañarlos, sino que los hubieran liquidado allí mismo. En un ejemplo más actual, en los países africanos, hoy en día, los lugareños de lagunas regiones se muestran recelosos ante los sanitarios occidentales que vienen distribuir vacunas, porque saben que, en ocasiones pasadas, los servicios secretos del Primer Mundo aprovecharon este sistema para recabar información, y ahora ya no se fían ante los voluntarios que pretenden prestar servicios de prevención sanitaria a niños y ancianos, aunque éstos acudan con la más desinteresada de las intenciones. Hasta puede que hubiera quizás también desconfianza en la actitud de Circe tras congraciarse con los griegos pues, ¿quién nos dice que, una vez descubierta, no fingió el amor con Ulises -que no era tampoco un santo, precisamente, como tampoco lo eran sus hombres- para evitar una violación en grupo, y sólo les mandó en un seguro viaje de vuelta como la mejor manera de quitarse de encima a todos ellos, de asegurarse de que no les volviera a ver? Desconfianza surgida de la decepción, de las malas experiencias, de la desdicha, del conocimiento del género humano. A veces, como hemos dicho, contraproducente, porque te impide realizar esfuerzos conjuntos, pero en ocasiones imprescindible, porque sabemos cómo es el otro, porque sospechamos que, si le damos la mano, amenazará con arrancarnos el brazo, porque en un alto porcentaje tenía razón Hobbes cuando pontificaba aquello de que "el hombre es un lobo para el hombre"... Y, sin embargo, existe una noción evidente: si todos nos preparamos para la guerra, entonces ésta se convertirá en inevitable. Con lo cual, la única consecuencia lógica es luchar en favor de la paz. Sin embargo, y en un desenlace previsible de la teoría de juegos, todas nuestras acciones van encaminadas a no constituir, en una hipotética batalla futura, el único y doliente perdedor. Lo cual nos lleva inexorablemente al enfrentamiento y, por tanto, a que caigamos derrotados todos. Destrucción mutua asegurada. Como casi ocurrió en la Guerra Fría, donde la paranoia con que el otro pudiera atacar primero estuvo a punto de conducir a que el mundo entero se extinguiera de una vez.

En este sentido, embriagan y llenan de alegría aquellas situaciones, excepciones históricas, donde la base del encuentro de los pueblos no es la desconfianza ni la lucha sino, por el contrario, la confianza o la colaboración. Hace poco, estuve en la región de Misiones, en Argentina, donde se destacaba el experimento sociológico -involuntario como experimento, aunque no por ello menos atrayente- tan original en el que los jesuitas crearon poblados (las llamadas "reducciones") para enseñarles la cultura occidental a los indígenas, incluyendo la lengua castellana y un oficio, con el objetivo de que pudieran ser dueños de su propio futuro en el día de mañana. Desde nuestro punto de vista moderno, tal actitud por parte de los religiosos nos puede parecer paternalista -y sin duda lo era-, pero lo que pretendo destacar es que la interacción no era exclusivamente unilateral: los indígenas tomaban las enseñanzas que les impartían los jesuitas (sobre todo en el arte y la música) y las reinterpretaban a su modo, y los sacerdotes hicieron un esfuerzo por aprender y conservar el guaraní, la lengua de sus aplicados alumnos. Desde luego, no era una relación de igual a igual pero, para los siglos XVII y XVIII, constituía, desde luego, como intercambio cultural, de lo más avanzado que había. Aunque para mí hay un ejemplo todavía más impactante. En ese mismo viaje, estuve en una región situada al noreste de la Patagonia, donde en el siglo XIX se fundó una colonia por parte de viajeros galeses. Una cuestión a destacar es que, durante los primeros tiempos, no tuvieron contactos con los nativos de la región. Y eso que los tehuelches (así se denominaban los aborígenes de aquella zona) las habían tenido crudas con los colonizadores previos; entre ellos, los españoles, uno de cuyos fuertes asaltaron para arrasar a cuchillo con todos sus ocupantes. Pero claro, la actitud de los españoles había sido otra: ellos eran hombres armados, como los hombres de Ulises. Los europeos disparaban y después preguntaban, con el mismo axioma en el que se basaba la desconfianza de Circe (o porque querían conquistar esa tierra a toda costa, como de hecho llegaron a lograr). En cambio, los galeses portaban herramientas de labranza; araban la tierra, se habían traído consigo a sus mujeres y niños. Aun así, el contacto se demoró un período de hasta dos años, momento en que una pequeña representación de tehuelches aparecieron en mitad de una boda galesa trayendo unos cuantos dulces. A partir de entonces, y a pesar de que se produjeron una serie de desencuentros y roces, en general hubo una coexistencia pacífica entre ambos grupos, incluso una cierta colaboración: los galeses les enseñaron a los nativos a cultivar la tierra, mientras que éstos les mostraron a los antiguos antiguos británicos cómo dar caza a los animales de la zona. Quizás la superación de la desconfianza sea esa: no pensar tanto en la intranquilidad que el otro genera, sino en qué puedes hacer tú por él. No responder al miedo con el miedo, o al temor de la agresión con la agresión; sino más bien al contrario, dejarlo descolocarlo, superando las barreras al ofrecer lo contrario de lo que esperan. Dar, como mejor manera de que luego ambos sean capaces de recibir. Quizás sólo se trata de que Circe escuche sólo un par de segundos antes de convertir a los hombres en cerdos, para al menos confirmar o desmentir si se merecen permanecer en esta guisa. Tal vez el camino para erradicar la desconfianza y, por tanto para la paz, es que nos arriesguemos un poco a perder (o perdamos un poco) para así darnos una oportunidad también a nosotros mismos. Porque sólo si trabajamos juntos, en este mundo cada día más interconectado y complejo, en el que todas las soluciones son globales, seamos capaces de conservar una mínima posibilidad de ganar.