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lunes, 11 de mayo de 2026

El libro de mayo: "Orígenes", de Lewis Dartnell

Hay un símil, que aquí parafrasearé, en el que Dartnell explica cuál es el sentido de este libro. En el fondo, dice, es como cuando hablas con un niño de seis años y te pregunta "¿por qué?" respecto a alguna cuestión. Tú se la explicas y, al llegar al fondo del asunto, el niño vuelve a inquirir "¿por qué?", y debes bucear en una nueva capa de conocimiento, y así sucesivamente, hasta tener que remontarte al Big Bang. Pues ésa es un poco la cuestión. Dartnell lo quiere explicar todo: por qué surgió la raza humana en el Rift de África Oriental, y cómo las condiciones que vivió le dieron una ventaja para adaptarse al resto del mundo; cómo pasó de ser cazador-recolector a la agricultura y la ganadería, y qué condiciones motivaron que fuera de una manera y no de otra; de dónde saca el ser humano el carbón o el petróleo que hicieron posible la Revolución Industrial, por qué el polo de prosperidad pasó del Mediterráneo a Europa septentrional, o por qué China perdió impulso frente a Europa. Y, como Marvin Harris o Jared Diamond o Marx, no busca (al menos, casi nunca) explicaciones culturales, sino sobre todo condiciones materiales y objetivas que tienen su origen en la física del clima, la tectónica de placas o la profunda influencia que la vida ha tenido sobre nuestro planeta. A partir de estos factores, Dartnell aclara cuestiones tan alucinantes sobre cómo la Tierra llegó a estar cubierta por completo de un océano de hielo, cómo el plancton nos ha salvado de varias extinciones, por qué la vida ha causado las glaciaciones (que dificultaron la vida del ser humano, pero también permitieron en buena parte su expansión), y, en general, la base de buena parte de lo que comemos, consumimos, producimos o es la base de nuestro día a día. Todo ello trufado, además, de interesantes disgresiones y apasionantes anécdotas. En muchos sentidos, el libro es un gran clarificador: gracias a él, es más fácil tener una visión comprensible, basada en la causa y el efecto, de la historia evolutiva del ser humano, que quizás hemos leído a Arsuaga u otros científicos, pero de una manera más sistemática. El libro, por supuesto, combina múltiples ciencias (geología, biología, meteorología) y se ve obligado a simplificar, generalizar y también especular, pero, por un lado, revela una vasta erudición y trabajo de documentación de Dartnell y, por otro, proporciona una visión global al lector sobre de dónde venimos y, más importante, hacia donde vamos. Algo que necesitamos más que nunca aprender.

lunes, 1 de diciembre de 2025

Los libros de diciembre: pulpos, nazis y mujeres romanas.

-Los secretos del pulpo está escrito principalmente por Sy Montgomery, aunque es un libro ilustrado que ha sido editado por National Geographic, y que cuenta con varios colaboradores. No sé qué me han fascinado más, si las fotografías de las múltiples especies de pulpo, o el texto, que desgrana mil detalles sobre estos fascinantes animales, de los que aún desconocemos muchas cosas. Montgomery nos enseña a amar más aún a estas inteligentísimas criaturas, que han desarrollado un cerebro muy distinto del de los vertebrados, y que cada día nos revelan aspectos nuevos sobre su capacidad de camuflaje, su poder como escapistas, su sorprendente anatomía, sus increíbles sentidos y capacidades -detectar la luz por la piel; caminar sobre dos patas; aprender cosas incluso dentro del huevo, durante la fase embrionaria-, su chocante comportamiento y ciclo vital (son criaturas más sociales de lo que cabría esperarse), o las diferencias que hay entre especies o entre individuos, quienes cuentan con una personalidad propia. Como defecto menor del libro, advierto que a veces no es muy sistemático en el suministro de la información ni en el orden con que te proporcionan la misma -hay órganos de este molusco que sólo te explican después de haberlos nombrado varias veces, e incluso ni entonces-. Eso sí, con este volumen, os garantizo que tendréis menos ganas de comer pulpos, y más de promover que no se hagan granjas donde criar a los mismos para consumo humano.

-En el jardín de las bestias. Escrito por Erik Larsson, narra la historia real del embajador (de 1933 a 1937) de Estados Unidos en Alemania, William E. Dodd, quien fue a Berlín acompañado por su familia, incluyendo su hija Martha. El libro cuenta cómo tanto Dodd como su hija quedaron en parte seducidos por el ambiente de la época, llegando a creer (en unos años en que el nazismo parecía más contemporizador) que las derivas autoritarias y antisemitas del nuevo régimen no serían para tanto. Este ensayo, sin embargo, muestra cómo, al contrario de lo que anhelaban, la situación fue empeorando paulatinamente, y todos los cambios positivos que Dodd y su hija veían eran meros espejismos, o trucos de los fascistas alemanes para ganar tiempo y lograr la consecución de sus fines. ¿Que si lo he leído para ver si nos encontramos en una situación similar respecto a algún otro país actual? Para nada (guiño, guiño), no sé de qué me estáis hablando.

-Soror. Vamos ahora con un colectivo que, a ciertos seres humanos, les resulta tan incomprensible como los pulpos, o (sí, hay gente así) más despreciable que los nazis: las mujeres. En este volumen, Patricia González, historiadora, repasa cómo era la vida del "sexo débil" en la Edad Antigua, y en concreto en la antigua Roma. No sólo habla de las figuras más famosas (entre otras Livia, Fulvia, Agripina, de manera breve Cleopatra), sino sobre todo de las mujeres corrientes, describiéndonos detalles de su existencia cotidiana: cómo vivían, a qué les obligaban las leyes, cómo se modelaba su comportamiento para que se ajustara a un canon social. Para ello, la autora no recurre únicamente a las crónicas oficiales -normalmente parcas en referencias o sesgadas-, sino que recurre también a la arqueología y otros recursos, en muchos casos desmontando sesgos establecidos por los romanos (o por los propios historiadores), o subrayando que ciertas excepciones eran más comunes de lo que se creía. El único pero al texto -y sólo es una visión subjetiva- es que, al narrar la historia de Roma desde una perspectiva específica, parte de la base de cierto conocimiento de la época que quizá requiera de alguna lectura previa, pero no creo que eso sea un inconveniente para la mayor parte de quienes se sientan atraídos por este libro. Médicas, abogadas, niñas obligadas a casarse a una edad muy temprana, prostitutas, o viudas que manejaban su propia fortuna, desfilan por las páginas de "Soror", que por supuesto no es sólo un texto feminista, sino también un ensayo sobre cómo la política, la mitología y la historia se han encargado de instaurar en el imaginario colectivo una visión particular sobre las mujeres, sin que éstas pudieran describir (en casi ningún caso) su propio punto de vista. Una injusticia histórica que libros como éste quieren contribuir a reparar.

lunes, 11 de agosto de 2025

La historia real de agosto: nuevos hilos (y un vídeo) de Bluesky.

Una nueva ronda de hilos de Bluesky: tenemos el ambiente irrepetible de Tánger cuando era zona internacional y los perseguidos (gente muy interesante, pero también con sus claroscuros) se alojaban allí; también, la historia de un caracol cuya concha se daba la vuelta hacia el lado contrario, y le dio la vuelta a muchas concepciones que tenemos sobre ellos. Y, para variar, esto no es un hilo, pero sí un vídeo que he colgado en esa red social (también en otras, pero aquí se puede ver aunque no formes parte de ella) y en el que cuento la historia de cómo los fabricantes de helados Magnum descubrieron que era menos importante el sabor que el sonido. Espero que os llamen la atención. Un saludo.

viernes, 1 de agosto de 2025

Los libros de agosto: absorbentes y entretenidísimos ensayos

Varios ensayos que narran un sin número de episodios apasionantes relacionados con su temática. Tantos, que no puedo contarlos aquí, y os incito a devorar estos libros:

-Historias insólitas de los mundiales de fútbol. Luciano Wernicke (quien, por ciertos, tiene un texto similar sobre los JJOO) repasa no sólo los recórds, las tácticas, las figuras o las gestas deportivas más relevantes de las sucesivas ediciones de los Mundiales de fútbol masculino, sino que sobre todo se centra en lo que nos da la vida: las anécdotas, las casualidades afortunadas, los hechos sorprendentes, que en el caso de estos eventos deportivos que implican a tanta gente a tantísimos niveles (equipos, jugadores, espectadores, aficionados) son legión. Una enciclopédica recopilación de detalles curiosos, recomendable tanto para los fans del balompié como para simples seguidores del comportamiento humano.

-Historia de las ballenas y otros cetáceos. A Ana J. Cáceres se le nota su formación como científica, especialmente en la cuidadosa forma en que aborda lo que sabemos -y lo mucho que aún desconocemos- sobre estos fascinantes animales. Sin embargo, estos pequeños fragmentos de información, que tratan distintos aspectos de la vida de los cetáceos, están llenos de interés emocional, tanto desde el punto de vista de estas increíbles criaturas como bajo la óptica humana, ya que nuestra relación con ballenas, orcas, narvales o delfines se remonta a siglos atrás, ya sea desde el punto de vista mitológico, económico, social, cultural... hasta la tecnología más puntera juega un papel. Se habla de cetáceos empleados como ayudantes en la pesca, como militares y hasta como espías; de la forma en que estos animales han evolucionado, se alimentan y desarrollan su lenguaje; de maneras de recuperar a los que han tenido mala suerte (en muchas ocasiones, por culpa de la acción del hombre); y de la reacción popular en torno a estas criaturas, que también desempeña un rol esencial. Un imprescindible para amantes de los cetáceos; y, si no lo sois, terminaréis por caer enamorados.

-Países de NuncaJamás. Bjørn Berge tiene una curiosa afición: colecciona sellos, especialmente de naciones remotas que, en algún momento, han sido capaces de acuñar su propio sistema postal diferenciado, aunque hoy en día esas entidades políticas ya no existen. En realidad, más que estados, la mayor parte de estos lugares han sido regiones con cierta autonomía, que en muchos casos emitían sellos simplemente con el propósito de reafirmarse. Algunos duraron varias décadas y otros apenas un suspiro, unos representaban utopías y otros servían para legitimar regímenes despóticos, y pocos tuvieron una existencia ajena a los vaivenes de la guerra y la política. Lo que guardan en común es que, detrás de estos lugares (que pueden abarcar millones o unos pocos miles de habitantes), se esconden historias muy curiosas, alguna de las cuales me he dedicado a ampliar. Hay nombres conocidos como Manchuria, Trieste, Fiume, Danzing, Molucas del Sur o las Islas del Canal, y otros no tanto, como la zona internacional de Tánger, Cabo Juby, Bhopal y sus increíbles princesas, las regiones antagónicas de Sur de Rusia o la República del Lejano Oriente... En todo caso, un libro que sorprende a cada página, igual que las ilustraciones de los sellos del autor, representaciones de tiempos, países e ideas que ya no volverán a cristalizar. Ideal para devotos de la geografía política y de los relatos apasionantes. 

lunes, 14 de agosto de 2023

Nueva entrega de "El Gato de Hubble": Ramón y Cajal, el concurso

Bienvenidos a una nueva entrega de "El Gato de Hubble", donde hemos decidido en esta ocasión montar un concurso acerca de la figura del único premio Nobel de ciencias 100% español, el insigne Santiago Ramón y Cajal. Como veréis, a través de las preguntas y las respuestas aprenderemos un poco sobre de sus descubrimientos, pero también detalles anecdóticos (muy jugosos y divertidos) acerca de su vida, la cual ilustra de manera diáfana el panorama de la ciencia española e internacional en su tiempo, y también arroja luz sobre cómo está la situación en la época actual. Lo dicho, espero que con el programa descubráis cosas nuevas en relación a una biografía menos encorsetada de lo que parece y, sobre todo, os lo paséis bien. Un saludo.

Santiago Ramón y Cajal tuvo una vida agitada. A lo largo de su existencia fabricó un cañón (de niño), practicó la pintura, la fotografía y el culturismo (como podemos ver en la fotografía de arriba), casi le matan en la guerra (no sólo a tiros, y no sólo el enemigo), hubo de arrastrar a alguien del brazo para que la ciencia le hiciera caso, y tuvo un hermano con un periplo vital todavía más aventurero (hasta vivió una revolución). Si con esto no tenéis ganas de escuchar el programa, yo ya...

Posdata: como sé que alguno no tiene mucho tiempo para llegar al final de los podcast, pero pueden interesarle recomendaciones bibliográficas, aquí la biografía que recomendé de Ramón y Cajal (en la que escribe el mayor experto en el tema, Juan De Carlos Segovia, responsable del Legado Cajal), aquí la serie de televisión (que esperemos que ya se pueda ver sin problemas), y aquí algunos textos escritos por nuestro científico favorito que pueden encontrarse en librerías -en las bibliotecas, sin duda, habrá más-. Un saludo.


sábado, 1 de abril de 2023

Las películas de abril: "Brain Runner. Cinéfila-mente"

Imagen para la charla de Brain Runner diseñada a través de Stable Diffusion

He tenido oportunidad, una vez más, en el Espacio Fundación Telefónica, como parte de la exposición "Cerebro(s)", de dar una charla: "Brain Runner. Cinéfila-mente", donde hablo acerca de cómo el cine ha reflejado el funcionamiento del cerebro y las enfermedades mentales. Espero que os guste, en lo que toca a cine y en lo que toca a ciencia. En este enlace tenéis la charla directamente en Youtube. Un saludo.

lunes, 13 de marzo de 2023

Las historias reales de marzo: innovando en campos de concentración, resucitando teorías periclitadas, reduciendo cabezas.

Nuevos hilos publicados en Twitter, en Mastodon o (como os enlazo en un par de casos) a través de aplicaciones que los organizan en un formato menos fragmentado: sobre cómo España creó el concepto de campo de concentración en la isla de Cabrera, acerca del gallego que se coronó como rey de los jíbaros, y en relación con no sólo con una, sino con dos teorías científicas que parecían descartadas y al final revelaron ser aplicables en ciertos casos. Disfrutad de estas historias. Un abrazo.

martes, 22 de febrero de 2022

El artículo de febrero: ¿Ha resuelto la inteligencia artificial el enigma de la estructura de las proteínas?

En un nuevo artículo del blog Ciencia para llevar del diario 20minutos, dirigido por @CSICdivulga, presento un relato sobre videojuegos, competiciones milenarias, equipos multidisciplinares y un enigma aparentemente irresoluble que te lleva a preguntarte cuán lejos podrían llegar las máquinas. Una versión ampliada de estas disgresiones os las ofrecía yo aquí. Espero que os guste una versión o la otra. Un saludo.

lunes, 3 de enero de 2022

Las recomendaciones de enero: unos cuantos comentarios rápidos sobre libros, películas, series, y todo lo demás.

Una recomendaciones literarias y audovisuales sobre las que os cuento relativamente poco, pero que, si las seguís, creo que dejarán un poso interesante durante bastante tiempo:

-El evangelio de las anguilas, de Patrick Svensson. En este sorprendente libro, el autor combina la descripción de sus vivencias personales respecto a la pesca de la anguila (un mundo al que llegó a través de la influencia paterna) con la peculiar relación que tenemos los seres humanos con este escurridizo animal, cuya biología ha mantenido en jaque a los especialistas durante milenios. Descubriremos que Aristóteles o Freud se metieron a fondo en la cuestión de la reproducción de la anguila (un enigma aún no resuelto del todo), y las características de este particular animal, tan sorprendente e insondable, y más íntimamente asociado a los seres humanos de lo que pensamos. El libro trata de cuestiones sobre la memoria, el legado, la evolución conjunta del Homo Sapiens con otras especies con los que compartimos este planeta, el poder inextricable de la naturaleza, y las motivaciones para nuestros actos, ya seamos bichos de dos patas o de unas cuantas aletas. Un texto de extraña y evocadora belleza.

-Insumisas (2018). Esta película cubana, dirigida y guionizada por Fernando Pérez y Laura Cazador, narra la historia real de Enrique Fáber, un médico suizo que llega a la Cuba colonial del siglo XIX y tiene que lidiar con la complicada situación social (revueltas de esclavos, una prejuiciosa sociedad de la época) mientras trata de ejercer su profesión para salvar vidas, aunque las presiones serían mayores si se supiera la verdad: que en realidad Enrique Fáber es una mujer que ha fingido ser hombre para poder ejercer como galeno. Cabría pensar que por ser un biopic, una película de época y una obra realizada lejos de las coordinadas geográficas habituales, el film podría adolecer de ciertos problemas, pero lo cierto es que lleva muy bien tanto el ritmo como el sentido de la narrativa y la ambientación histórica, y además va mejorando conforme avanza el metraje. Chapó tanto a los actores como al personaje principal, por el que uno no puede sentir sino admiración. La película puede encontrarse en Filmin.

-Heimebane. Traducida como Home Ground fuera de Noruega, de donde es originaria, parte de la original premisa de que se elige a una entrenadora -mujer- para dirigir un equipo -masculino- de la primera división noruega. Partamos de los puntos negativos: presenta ciertas incoherencias de guión, las nociones futbolísticas contienen errores (no sé si de traducción, por desconocimiento, o para forzar la narrativa), y además la entrenadora posee una concepción del fútbol que a mí, personalmente, me horripila. A cambio de eso, la trama está muy bien llevada, entremezclando las cuestiones deportivas con las personales, con personajes secundarios muy atractivos, y sin miedo a llevar las situaciones al límite. La serie, por supuesto, trata la peliaguda posición de la entrenadora, única mujer en un mundo de hombres, pero también toca aspectos como el alto nivel de presión de los futbolistas profesionales, o cómo los factores extradeportivos afectan al juego. El hecho de que la serie sea noruega también le proporciona un cierto valor añadido, tanto en sus fortalezas como en sus debilidades: ves a hombres ayudando en las tareas domésticas, los personajes consumen una especie de tabaco masticable con una pinta rarísima, y los jugadores conocen hasta al panadero de la esquina (hay que decir que la serie está ambientada en un pueblo pequeño con un club sin mucho caché: que nadie espere, en esta ficción -de los, en general, poco atléticos futbolistas-, las preocupaciones típicas de Cristiano Ronaldo o Messi). La serie, con dos temporadas, puede disfrutarse en Filmin.

Posdata: a muchos, esta última serie os recordará a Ted Lasso, producida por Apple TV. Aunque con obvias similitudes, las dos series son muy distintas, aunque recomiendo ambas vivamente ("Ted Lasso", por su gran sentido del humor y un "buen rollo" que traspasa la pantalla). Nos seguimos viendo.

martes, 2 de noviembre de 2021

La historia real y la película de noviembre: Videojuegos, muchos asiáticos, y el engima de más de 50 años.

Ésta no es una historia típica. Y quizás la forma en que la comenzamos va a dejarlo patente. Nuestro relato terminará con un descubrimiento que puede revolucionar el mundo de la medicina y la biología, pero empieza con un chico cuya máxima aspiración era seguir jugando toda la vida, lo cual incluía el plan perfecto de un adolescente: encerrarse en un sótano y no parar de darle a los videojuegos. Todo ello, pasando por el momento en que el ingenio humano tuvo que hincar la rodilla frente a la tecnología y reconocer que ya no era el más listo de la  ̶h̶a̶b̶i̶t̶a̶c̶i̶ó̶n̶  creación.


Vamos a iniciar nuestra narración con este buen señor: Demis Hassabis, un londinense de ascendencia singapurense y grecochipriota (preparaos: la gente del futuro será así). De joven quería ser jugador de ajedrez -llegó a ser considerado un niño prodigio en el campo-, pero lo descartó porque fue testigo de cómo el ordenador Deep Blue derrotaba al campeón mundial Gary Kasparov, y dedujo que las computadoras habían superado en ese aspecto a los humanos. Por cierto, que aquella batalla trajo cola. Durante las partidas en las que el ordenador derrotó al ajedrecista humano, Kasparov le "tendió una trampa" al programa informático, el cual no "picó" en su estrategia. Kasparov sospechó que una mano humana estaba detrás de su derrota, y exigió a los programadores que publicaran los registros de los procesos internos de Deep Blue, para saber si alguien había "ayudado" al ordenador. Los programadores no quisieron responder a sus acusaciones, pero más tarde publicaron dichos registros, y hasta ahora nadie ha sido capaz de confirmar las acusaciones del ajedrecista. Desde entonces, la informática ha progresado mucho, y no sólo en el ajedrez: otro programa fue capaz de derrotar a los dos máximos ganadores del programa televisivo estadounidense Jeopardy. Pero todavía quedaba un reto mayor. Aunque para eso debemos seguir con la historia de Hassabis.

Hassabis era y es una persona interesada en los juegos, y de hecho acabó trabajando como creador de éstos. Por supuesto, se metió en el campo que más le permitía desarrollar su creatividad, que es el del entretenimiento a través del ordenador. No sólo fue muy reconocido a nivel de premios, sino que algunos de los videojuegos que creó fueron tremendamente populares. Pero Hassabis es una persona ecléctica, y mientras desarrollaba un cierto nivel como jugador de póker online, hacía también incursiones en el campo académico, en concreto de la neurociencia (tiene un estudio muy interesante que habla sobre la relación estrecha entre memoria y desarrollo de la imaginación). 

De todos modos, tiene pinta de que ya entonces Hassabis miraba más allá, y la experiencia que tenía en la industria tecnológica le sirvió para rodearse de un equipo que le ayudó en su siguiente aventura: Deepmind, una compañía británica de inteligencia artificial especializada en el aprendizaje automático y deep learning. No voy a explicar la diferencia entre estos dos conceptos porque seguro que hay lectores que entienden de este tema mucho más que yo. Sin embargo, voy a exponer lo que creo que es el concepto esencial para los no-iniciados: estos programas de inteligencia artificial son capaces de aprender a partir de sus propios errores y procesos internos, de tal manera que mejoran de modo cada vez más rápido, en un progreso exponencial. Deepmind (adquirido en 2014 por Google) se especializa en muchos asuntos distintos, pero lógicamente se encaminó a un tema que a Hassabis le entusiasmaba: los juegos. Pero no creamos que detrás sólo estaban los intereses de un individuo aislado: hay un motivo importante por el que este tipo de entretenimiento es tan esencial para el desarrollo de la inteligencia artificial, y es porque sus resultados son fáciles de interpretar. Por ejemplo, si (como se propone siempre entre risas) una inteligencia artificial tratara de ser un buen político, sería muy difícil evaluar si lo está haciendo bien o mal -pensad que ni siquiera los votantes nos ponemos de acuerdo en ello-. Pero, en cambio, en los juegos es muy fácil analizar el nivel de éxito: ganas o pierdes. Así que resultan un modelo de estudio ideal.

¿Y con qué juego intentaron testar sus programas? Pues con uno mucho más complejo que el ajedrez: el go. En Occidente no lo conocemos demasiado, pero en Asia causa auténtico furor. ¿Y por qué decimos más complicado? Porque en el ajedrez, el número medio de movimientos que puedes hacer por jugada es de 37, mientras que en el go son aproximadamente de 200. Por tanto, una partida de go tiene tantas posibles variantes que no puedes "explorar" todas las opciones disponibles mediante un ordenador, por muy potente que sea, sino que te ves obligado estimar. Ése es el caldo de cultivo ideal para poner a prueba a una inteligencia artificial, y por eso Deepmind se metió a fondo, creando un programa que fuera capaz de competir en dicho juego. El resultado se narra en un documental, AlphaGo (el nombre del programa desarrollado por la compañía), el cual os recomiendo vivamente, con la suerte de que puede visualizarse en Youtube.


Para empezar, los de Deepmind probaron con el campeón de go europeo (el cual, por cierto, es de origen asiático). Jugaron con él unas cuantas partidas -no os describiré cómo es el juego porque su mecanismo profundo es algo que tampoco entiendo; desde lejos, parecen dos personas colocando piedrecitas en posiciones predeterminadas en un tablero; por lo visto, la base es tratar de cercar áreas con las piedrecitas con el fin de englobar la mayor proporción de la superficie de juego-. El programa informático las ganó todas. Cuando este hecho se hizo público, el mundo del go profesional despreció aquella evidencia: decían que el competidor humano no tenía el nivel suficiente, e inmediatamente se sugirió que el programa debía enfrentarse al jugador más destacado del planeta, el coreano Lee Se-Dol, el cual llevaba 20 años dominando la disciplina: el Federer del go, o asi lo definieron. Es interesante comprobar la evolución del enfrentamiento a partir de la actitud de ese campeón mundial respecto al reto. Al principo, nuestro hombre se halla confiado (un poco "sobrado", como suele decirse popularmente) en que derrotará con solvencia al programa. Entonces pierde la primera partida, y lo achaca a que no ha jugado bien. En la segunda contienda, actúa de manera conservadora, y cae de manera más incontestable que la anterior; aun así, sigue argumentando que el problema son los errores propios, no que el ordenador suponga un salto cualitativo. Los que han jugado contra AlphaGo describen una experiencia "arrolladora", en el sentido de que el ordenador te aplasta por todos lados, de una manera agresiva que ni siquiera eres capaz de entender. Además, se observa que el programa desarrolla "movimientos anómalos": realiza jugadas que, desde el punto de vista clásico del juego, aparentan ser un suicidio; pero que, a posteriori, con el desarrollo global de la partida, demuestran ser fundamentales para modificar el curso de los acontecimientos. Hay un momento determinado en que Se-Dol mueve las piezas, entre desnortado y carente de esperanza, mientras transmite la sensación de que ha perdido el control. Sin embargo, inesperadamente, a partir de un movimiento clave, consigue ganar una de las partidas. Tras su victoria, Se-Dol se muestra tan agotado como sonriente, declarando que todavía existe un resquicio en el que los humanos tienen una opción para ganar (y suena tan derrotista, o tan falsamente optimista, como el último humano a punto de ser esclavizado por las máquinas). Los creadores de Deepmind analizan a fondo su derrota, y entienden que Se-Dol tomó una decisión con la cual sólo tenía un mínimo porcentaje de posibilidades de éxito, pero explotó ese resquicio, y fue capaz de derrotar al cálculo de probabilidades de la máquina. Se-Dol pierde finalmente el resto de las partidas, en lo que supone un baño de humildad para el género humano. Tres años después, Se-Dol se retiraría, arguyendo que es imposible derrotar a la computadora, y que su victoria sobre AlphaGo fue debida a un error del programa. Según el coreano, la inteligencia artificial pierde en ocasiones de una modo que le resulta tan poco comprensible a los humanos como cuando gana, pero eso no cambia la tendencia general. Hasta hoy, Se-Dol es la única persona que ha conseguido derrotar a un programa de ordenador de este tipo en el go. Por otra parte, muchos jugadores han adoptado algunos de los comportamientos "anómalos" desarrollados por los programas, demostrando que la inteligencia artifical ha llegado no sólo para cambiar nuestra modo de jugar, sino también para revolucionar nuestros esquemas de pensamiento.

Pero Deepmind quería llegar a un rincón más profundo, y se ha embarcado en el objetivo último de la inteligencia artificial: ayudar a los seres humanos no sólo a hacer los cálculos más accesibles, sino a resolver problemas que él no es capaz de solventar por sí mismo. El área en el que ha aterrizado con más ímpetu ha sido el de la medicina y la biología molecular. Los planes de Deepmind a largo plazo incluyen diagnosticar enfermedades a partir de imágenes de nuestra retina, así como ser determinar el pronóstico de la salud de un individuo mediante el análisis de sus constantes vitales. Pero, por el momento, el mayor logro que se le conoce no es ni mucho menos baladí. Ha quizás resuelto el denominado "problema de más de 50 años", y que probablemente sea objeto de un premio Nobel: el misterio del plegamiento de las proteínas. Pero esto requiere una explicación.

Las proteínas son las moléculas responsables de buena parte del funcionamiento del organismo de los seres vivos. Si las grasas y los azúcares se dedican en mayor medida a funciones estructurales y de alimento, las proteínas, aparte de estas actividades, son en una alta proporción enzimas (es decir, aceleran las reacciones bioquímicas del organismo), y también poseen funciones reguladoras, de transporte, de movimiento, defensivas, constituyen receptores de distintos tipos... Para que nos hagamos una idea, la principal función del famoso ADN -nuestra herencia genética- es decidir qué proteínas va a expresar la célula en cada momento concreto, y en qué cantidad. De hecho, cuando la biología molecular estaba en pañales, se pensaba que el responsable de la herencia genética tenía que ser una proteína (tan importantes son en nuestro organismo), y fue una sorpresa cuando descubrieron que era el ADN. Pero para saber cómo funcionan las proteínas tenemos que irnos a su estructura, donde se centra el fondo del problema que hoy nos ocupa.


La mioglobina, una de las primeras proteínas cuya estructura se describió.

Las proteínas (cuyo nombre, muy apropiadamente, viene de la divinidad griega Proteo, la cual tenía la capacidad de cambiar de forma a voluntad) tienen varios niveles de estructura. Lo primero es su estructura primaria, es decir, su secuencia. Una proteína en el fondo es una larga cadena de unas moléculas más pequeñas que se llaman aminoácidos, de los cuales (nos referiremos en este caso a los seres humanos) hay veinte tipos distintos. Una proteína puede tener desde unos pocos cientos a varias decenas de miles de aminoácidos, uno detrás de otro, en un número casi infinito de combinaciones. Luego, tienen una estructura secundaria -es decir, pequeños grupos de aminoácidos que se agrupan en una conformación particular, como una hélice o un bucle-. Finalmente, está la estructura terciaria, es decir, cómo se organiza la proteína en su conjunto (por ejemplo, la imagen que véis arriba es la estructura terciaria de la mioglobina). Esto se complica porque las proteínas pueden tener estructura cuaternaria (es decir, proteínas que se unen entre sí), pero de momento vamos a dejarlo ahí.

La cuestión es que, hasta ahora, no había manera de saber, a partir de la secuencia de aminoácidos de una proteína, cuál sería la estructura global de la misma (o, dicho de otra manera, de qué forma se pliega esa cadena de aminoácidos, como si fuera un gusano de múltiples segmentos enroscándose sobre sí mismo). Hay que tener en cuenta que, según la estructura que tenga, la proteína será capaz de unirse a otras moléculas o cumplir algunas de sus funciones: de hecho, proteínas de actividad similar suelen tener una forma similar también. La manera de descubrir el plegamiento final de una proteína, clásicamente, ha sido a partir de estudios bioquímicos muy complejos (la cristalografía de rayos X y la resonancia magnética nuclear, entre los más destacados) que requieren de meses o años. No es raro que la tesis doctoral de un científico especializado en estas técnicas sea descubrir la estructura de una proteína. La informática, a este respecto, había podido hasta ahora hacer poco. Determinados programas podían dilucidar estructuras secundarias (o sea, secciones parciales de la proteína), y se podía deducir mucho de la estructura de una proteína a partir de otras cuya secuencia fuera similar -digamos que pertenecerían a la misma familia-. El problema del plegamiento de las proteínas es una especie de Santo Grial de la biología que lleva más de 50 años planteándose: un profesor mío afirmaba, sin ningún género de duda, que, el día que se resolviera, el descubrimiento sería acreedor de varios premios Nóbel. Quizás por eso, desde 1994 hay un concurso denominado CASP que se celebra cada dos años y que otorga un premio a la compañía informática que sea capaz de mostrar un desarrollo más avanzado en la predicción de proteínas. Pero lo realmente esencial de este asunto no es la dificultad del reto: el día que conozcamos cómo puede plegarse una proteína a partir de su secuencia, no sólo conoceremos la función y los detalles del mecanismo de miles de proteínas nuevas, sino que, en teoría, podremos diseñar proteínas a voluntad, generando no sólo una descomunal cantidad de conocimiento teórico, sino abriendo múltiples posibilidades para la ciencia médica, farmacéutica o los procesos industriales, con aplicaciones de las que ahora mismo no somos ni siquiera conscientes. El desafío, por tanto, era lo suficiente atractivo para que Hassabis y su equipo -sin duda lleno de mentes brillantes- se pusieran a trabajar en ello.

Así que Deepmind se puso a diseñar un programa que pudiera absorber todo el conocimiento que poseemos de estructura de proteínas, realizara sus propias predicciones, y aprendiera a partir de ellas para así mejorar día a día. Idealmente, el programa debería ser capaz de replicar (desde la secuencia) las estructuras de proteínas que ya conocemos y, a partir de ahí, generar nuevas predicciones con las proteínas cuya estructura ignoramos. El resultado: el programa, AlphaFold, no sólo fue capaz de ganar las dos últimas ediciones del concurso CASP (tanto que han pensado seriamente en cancelarlo) sino que, sobre todo, cristalizó en dos artículos que salieron en 2021 en la revista Nature -una de las dos mayores publicaciones científicas del mundo- con la diferencia de una semana. Para que os hagáis una idea, el último alarde similar de éxito a nivel de publicaciones resultó ser un fraude, así que os podéis imaginar que no es un fenómeno ni mucho menos frecuente.

En el primer artículo, Hassabis y su amplio equipo describen cómo desarrollaron el programa, y los resultados que éste obtuvo, comparándolo con los obtenidos con las técnicas bioquímicas. En el segundo, amplían todavía más el reto: consiguen determinar la estructura de casi todas las proteínas humanas -casi; luego diremos el "pero"- y de un cierto número de especies importantes en investigación, hasta un número de 150.000 (hasta ahora, se habían un descrito un total de 100.000 estructuras de proteínas, de las potencialmente miles de millones que existen). Tengamos en cuenta un par de números: sólo se han publicado hasta ahora la posición de un 17% de los aminoácidos de todas las proteínas registradas en las bases de datos científicas de todo el mundo. AlphaFold, por otra parte, es capaz de determinar la posición de un 94% de los aminoácidos de las proteínas estudiadas con un alto nivel de seguridad. De repente, los científicos tienen toneladas de conocimiento que ahora habrán de certificar mediante los métodos clásicos para determinar si, en efecto, AlphaFold es tan fiable como afirma ser. Los siguientes años van a ser muy interesantes para constatar si Deepmind ha dado en la diana y resuelto "el problema de más de 50 años".

Nada más ser publicados estos artículos, empezaron las críticas. Algunas tienen sentido, y pasamos a enumerarlas a continuación:

-Una de ellas radica en que la capacidad de Deepmind para predecir la estructura de las proteínas se basa en la certeza de <<hipótesis de Anfinsen>>. Esta es una asunción realizada por un bioquímico estadounidense por la cual, en teoría, todos los detalles necesarios para conocer la estructura de una proteína están contenidos en su secuencia primaria. Hasta ahora, y por lo que conocemos de la forma en que se generan las proteínas, esto parece ser así, pero no se descarta que haya excepciones. Hay que tener en cuenta que las proteínas no se crean de golpe, sino por un proceso secuencial: primero se unen dos aminoácidos, luego se añade otro... Aunque parece que las células tienen sistemas para evitar que, durante el proceso, las proteínas se plieguen de manera anormal, ocurre que mientras las proteínas se van creando van adquiriendo lo que se denomina "modificaciones post-traduccionales": es decir, otras proteínas les añaden azúcares, grupos cargados eléctricamente, etc... Estas modificaciones "sobre la marcha" podrían afectar la estructura final de las proteínas (respecto a si dichos cambios se produjeran sobre una proteína ya completa), aunque, como digo, todavía no se ha demostrado. Por otra parte, sea cual sea el momento en el que se añaden, esas modificaciones post-traduccionales pueden alterar la estructura de la proteína sobre la que se encuentran, y habría que ver si AlphaFold es capaz de integrar todos estos parámetros.

-Otro de los problemas para AlphaFold es la capacidad que tienen las proteínas para interaccionar entre sí (la estructura cuaternaria que hemos mencionado antes), asunto en el que el programa todavía no se ha metido a fondo. En realidad, muchas funciones de las proteínas se basan precisamenten en cambios de conformación motivados por esas interacciones. 

-Por otra parte, con el objetivo de simplificar, el equipo de Deepmind limitó el tamaño máximo de las proteínas que incluyó en su análisis: es posible que proteínas de mayor tamaño no sólo sean más difíciles de analizar, sino que causen problemas complejos en cuanto a la fiabilidad de su estructura. Aun así, hay que romper una lanza en favor de AlphaFold, en el sentido de que el tiempo que invierte en determinar la estructura de una proteína de miles de aminoácidos es de unas seis horas, en contraste con los meses o años que se tarda mediante el sistema tradicional. 

-Por último, hay que decir que un porcentaje de los aminoácidos analizados por Deepmind no estaban contenidos en ninguna estructura clara. Pero también es verdad que se cree que existe una cierta proporción de las secuencias de las proteínas -o incluso proteínas casi completas- que no tienen una estructura clara (son proteínas "intrínsecamente desordenadas"), y de hecho se cree que este fenómeno puede ser esencial para su función. Una cuestión curiosa es que estos dos porcentajes (el estimado de proteínas "intrínsecamente desordenadas", y el de aminoácidos para los que AlphaFold no encuentra una estructura estable) coinciden sospechosamente, lo cual apunta a que el programa de nacionalidad británica, quizás, ha dado en el clavo.

Otras críticas, en cambio, se parecen más a las que sufrió AlphaGo por parte de los jugadores profesionales de este deporte: las del humano que no se cree que las máquinas le dominarán, justo antes de que le subyugue Skynet. Entre otras, que el auténtico problema del plegamiento de las proteínas no es cuál es el resultado final, sino describir el proceso detallado mediante el cual se produce (un enigma desde luego apasionante, aunque en mi modesta opinión no le resta méritos a lo conseguido, si se confirma, por parte de AlphaFold). Pero en el fondo lo que subyace es la sensación de que muchos biólogos están dolidos porque de repente han llegado un grupo de frikis amantes de los videojuegos y han enviado de una patada al rincón de la historia no sólo metodologías, sino también carreras y áreas científicas completas. Y, lo que es peor, les pueden robar uno de los más relevantes premios Nobel de Medicina o Química sin tener ni idea de estas especialidades, en un acto de intrusismo sin precedentes. Son las consecuencias colaterales del progreso, que dirían algunos. Siempre hay ganadores y perdedores, aunque uno querría pensar que la gandora, en global, con esta clase de cosas, es la especie humana y el planeta en su conjunto.

Como he dicho antes, los hallazgos de Deepmind aún deben confirmarse, pero abren la puerta a un mundo de medicamentos a la carta y de una mayor comprensión del funcionamiento del organismo, con todo lo que ello conlleva. Y, como hemos mencionado también, la inteligencia artificial puede tener otras múltiples aplicaciones en el campo de la medicina, las cuales aún se están desarrollando. El futuro llega y, junto a los coches autónomos y el procesamiento masivo de datos, llegan utilidades de la inteligencia artificial que modificarán nuestro mundo y que no podemos todavía atisbar. Lo que hagamos con ellas, como siempre, es cosa nuestra. Hay algunos que ya se están comprando la edición de lujo de las películas de Terminator, para ver si así les caen bien, en el futuro, a los robots. Aunque bien puede ocurrir que las inteligencias artificiales del mañana nos consideren seres inofensivos, e incluso a los que hay que estar agradecidos, por eso de que inventamos la escritura y los libros. Espero que por esa parte nos salvemos. Pasadlo bien y, mientras tanto, pensad en qué mundo les estamos dejando a las máquinas. Un saludo.

Post-scriptum: este tema, junto con otros apasionantes, relacionados con el futuro de la inteligencia artificial, los intentamos desarrollar los amigos del podcast del Gato de Hubble con la presencia estelar de un experto en el campo (hay que decir que el equipo del podcast ya desarrolló un estupendo programa sobre inteligencia artificial que os recomiendo, tanto por la información como por las risas. Sólo tres palabras: drones, cecina, León). Sin embargo, problemas técnicos nos han impedido hasta ahora publicarlo -quizás una inteligencia artificial se apiade de nosotros y nos ayude-, así que de momento tendréis que conformaros con esta humilde crónica. Nos vemos, nos leemos. Otro saludo, y disfrutad con las lecturas, al menos antes de que llegue la singularidad. Hasta muy pronto.

lunes, 27 de julio de 2020

La historia corta de julio: "El verano de su vida"

En el verano de su vida, al dios de la evolución le revelaron: "Hey, ya ha empezado el verano en la Tierra".  Lo curioso de las estaciones es que también se notan en el mar. No en el fondo marino, donde todo persiste inalterable, en esa paz y tranquilidad alterada esporádicamente por tormentas tan colosales que en tierra firme no podemos ni imaginar Pero en la zona más superficial sí hay alteración de las temperaturas, crecen otro tipo de flora y de microfauna... Esas cosas que hacen que el océano siga siendo uno de los lugares más misteriosos y fantásticos del cosmos.

Y, en una de ésas, nada un pez que pasaba distraídamente por allí y, atraído por el calorcito, asciende a un nivel superior. Y, una vez arriba, contempla a través de la superficie del océano el cielo azulado y, a lo lejos, una porción de una islita que está aflorando y se pregunta a sí mismo (del modo posible en que más o menos se lo puede preguntar un pez), "¿por qué no?".

Hubiera estado muy bien, porque ese pez tenía, sin saberlo, los genes que le hubieran permitido evolucionar sobre la superficie para crear una especie avanzada que además fuera poseedora de una gran empatía, enorme inteligencia, alta solidaridad con el planeta, e increíble compenetración entre sus miembros.

Pero al dios de la evolución le advirtieron, "Hey, se acabó el verano", y el dios, apesadumbrado, lo dejó para otro año. De un manotazo, dio por concluido el experimento, y mandó cerca del pez a un tiburón para que se lo comiera.

Lo que el dios no sabía entonces es que aquel pez, aún en el estómago del tiburón, luchando a aleta partida por la decisión entre la muerte y la vida, también se encontraba en el verano de su vida. Y que tenía la intención de disfrutar de las buenas temperaturas un rato más.

sábado, 9 de mayo de 2020

El podcast de mayo. Tercera entrega de "El Gato de Hubble" sobre la COVID: <<"Desescalando", que es gerundio y no existe>>



Si en una anterior entrega del podcast de "El Gato de Hubble" estuvimos haciendo predicciones sobre el apaciguamiento/la mitigación/la amortiguación del confinamiento (o, como hemos decidido denominarla todo el mundo, "la desescalada"), éste ya ha empezado en España, poco a poco y por zonas, y ha sido uno de los temas de los que más hemos hablado en el tercer podcast dedicado a la COVID. De hecho, enumeramos las nuevas normativas acerca de los paseos y sobre lo que implican las fases, lo cual os pude ser instructivo para los que el lunes pasáis a Fase 1, y para continuar elaborando planes a los que aún seguimos en Fase 0. Pero también hemos comentado algunos de los últimos descubrimientos científicos sobre el nuevo coronavirus y su modo de actuación, los tratamientos que se están probando ahora mismo para aminorar sus efectos, los métodos que centros de investigación extranjeros están siguiendo para localizar infectados, las consecuencias que está teniendo la epidemia a la escala económica, y cómo todos estos acontecimientos van a modular nuestras vidas. Junto con un servidor, se hallaban cuatro mentes tan agudas como bien informadas, que eran las de Daniel, Adrián, Almudena y Jorge (el equipo habitual al completo de "El Gato de Hubble", reunido al fin), y, como es habitual, aparte de datos que creemos que os pueden ser útiles, intentamos aportar bibliografía interesante no sólo para aprender sino para entreteneros y, como ya parece una nueva tradición, hicimos una porra (en este caso, ¿habrá repunte de la epidemia?) que, más allá del hecho de acertar o no, pretende desdramatizar un poco y también obligarnos a pensar por dónde pueden ir en el futuro los tiros. Sin más preámbulos, os dejo con el enlace al podcast: 

https://www.ivoox.com/egdh-s04e03-covid-19-desescalando-es-gerundio-audios-mp3_rf_50876420_1.html

Nos oímos, nos hablamos, nos leemos. En un futuro, seguro, nos abrazamos. Un saludo.

jueves, 23 de abril de 2020

El podcast de abril: COVID, predicción, y otros virus del montón.

Imagen de la cubierta del virus SARS-CoV-2, causante de la enfermedad conocida como COVID-19, tal y como la ha elaborado el CDC (Control Disease Center, o Centro de control de enfermedades estadounidense). Extraída de Wikicommons.

Las noticias se suceden a toda velocidad. Lo que ayer sabíamos, hoy queda desactualizado antes casi de que podamos discutirlo, pero como en estos momentos de incertidumbre necesitamos la información como el comer, los que tenemos cierta base científica estamos intentando recopilar los datos que nos llegan sobre el nuevo coronavirus y transmitírosla del medio más sencillo y provechoso posible. Hace unos cuantos días, el programa de Radio Gul "El Gato de Hubble", que en su día ya habló de infecciones emergentes (incluyendo el SARS) en un podcast en el que yo mismo participé, se reactivó para discutir lo que hasta el momento se sabía de la COVID-19, durante una charla que resultó muy interesante. Pero como decía, toda información se queda retrasada al cambio de poco tiempo, así que 10 días después se montó otro podcast en el que tuve la ocasión de intervenir junto con tres fantásticos compañeros no sólo sabios sino además majísimos, y en el que hablamos de asuntos apasionantes como las tácticas de confinamiento en otros países, los sistemas tecnológicos de control ciudadano, quién se está saltando las normativas, las posibilidades de reinfección, las medidas que se están poniendo en marcha en los hospitales para mejorar el tratamiento de los pacientes, e hicimos (con el mejor humor del que se puede hacer gala, dadas las circunstancias) una porra sobre cómo y cuándo empezará a modificarse en España el confinamiento. Os presento aquí el programa, que está en Ivoox y al que podéis acceder también a través del Twitter del @gatohubble. Éste es el enlace concreto: 

https://www.ivoox.com/egdh-s04e02-covid-19-parte-2-audios-mp3_rf_50176368_1.html

Y, por otro lado, deciros desde el principio que probablemente éste no será el último podcast que hagamos sobre el tema, vista la rapidez con la que evoluciona el panorama científico respecto al virus y sus consecuencias, y que con casi total seguridad dejarán como erróneas buena parte de nuestras previsiones y aclararán (o embrollarán más todavía) algunas de las hipótesis que en su día enunciamos. Mientras tanto, nos seguimos informando, nos hablamos y nos leemos. Seguimos en contacto.

lunes, 17 de julio de 2017

La historia real de julio. Podcast: ingeniería genética, CRISPR y otros cuentos.

Saludos a todos. El jueves 29 de junio participé en un evento especial: fui el invitado del día de "El gato de Hubble", un podcast que se emite regularmente dentro de la programación de Radio Gul (una emisora digital alternativa que nace a partir de gente aficionada al software libre en la Universidad Carlos III de Madrid), y en el que cada día se dedican a abordar un tema específico de base científica en función del invitado que han traído -en este caso, debido a mi formación como bioquímico, los tiros iban por allí-. Claro que el programa es un poco especial, porque cuando me contaron que sus referentes son Bill Nye y su programa de divulgación de ciencia para todos los públicos, pero también John Oliver con su sarcástico sentido del humor, me quedó claro que la idea que los fundadores del programa tienen es que uno puede y debe divertirse mientras habla de ciencia y suelta a la vez paridas mentales, un concepto con el que estoy completamente de acuerdo. El programa salió a las mil maravillas (o, al menos, contamos casi todo lo que queríamos contar, y yo me reí mucho mientras tanto), y espero que a vosotros también os guste y aprendáis un poco sobre el tema que tratamos: ingeniería genética y esa técnica tan moderna llamada CRISPR que tiene a todo el mundo revolucionado, entre otras cosas porque es el "boom" más comentado en la ciencia en estos momentos, y también porque, quizás, entre otras cosas, gracias a ella podamos conseguir próximamente un nuevo premio Nobel español. Aquí os dejo el enlace al programa (de una hora y cuarto más o menos), con la promesa de que, si todo el mundo está de acuerdo, es bastante probable que repita en "El gato de Hubble". Por mí, al menos, que no quede. Que tengáis buen podcast y buena ciencia.

lunes, 18 de abril de 2016

La historia real de abril. "Almerienses" ilustres: Hermano Rufino

El papel de los científicos que lo son por afición, y no por carrera, es controvertido. Bill Bryson afirmaba de un botánico de clase alta (quien, libre de cargas económicas, se dedicaba a catalogar todos los tipos de musgo que encontraba) que probablemente contribuyó a registrar tantas especies como las que pisoteó en su entusiástico impulso. Mucho se ha discutido también de la profesionalidad de los primeros egiptólogos que fundaron la disciplina, o de cuánto patrimonio irreparable tuvieron que salvar de las manazas de Heinrich Schliemann en sus indagaciones en Troya. Lo cierto es que a este tipo de aficionados hay que aplaudirles como pioneros, incluso aunque reprobemos algunas acciones concretas. Es el precio de iniciarse en algunos campos. En todo caso, del hombre sobre el que vamos hablar hoy existen pocas dudas en cuanto al legado que nos ha dejado en forma de patrimonio natural que podemos gozar para nuestro disfrute.

Tengo que empezar con una pequeña introducción acerca de cómo he conocido la labor del Hermano Rufino. Rufino Sagredo pertenecía a los Hermanos de La Salle, una congregación fundada hace casi tres siglos por San Juan Bautista de La Salle, un francés hijo de nobles que puso todo su empeño (y también su fortuna) en conseguir una escuela de calidad para niños pobres, fundando una congregación religiosa para tal fin. Su trabajo lo han heredado los Hermanos de La Salle, con colegios distribuidos por todo el mundo. Yo estudié en uno de ellos, en Almería, y aunque ya no soy creyente, no me disgustan la mayor parte de los valores que aprendí durante mi estancia allí. Sin embargo, la herencia del Hermano Rufino no entra tanto por el lado religioso como por el de las ciencias naturales.

El Hermano Rufino es uno de los componentes de esta sección que cumple aquel refrán de "no es el buey de donde nace, sino de donde pace". Oriundo de Burgos, pasó por Córdoba y Canarias, donde fue aficionándose a la mineralogía y la botánica como autodidacta. Cuando llegó al colegio almeriense, fue en calidad de profesor de Ciencias Naturales, y empezó a colaborar como miembro del Instituto de Aclimatación (hoy la Estación Experimental de Zonas Áridas del CSIC). Rufino trabajó sobre todo en el campo de la botánica, aunque la pieza sin duda más impresionante de la colección que ha heredado su nombre son los huesos de ballena que hace millones de años se depositaron en el fondo de un océano cuyo lecho emergería más tarde a la superficie y se convertiría en el rocoso desierto de Almería. De hecho, los compañeros de congregación que le conocieron suelen destacar el espíritu alegre y jovial con el que el hermano Rufino, con una edad ya provecta, salía a realizar excursiones por el medio natural. Cuantitativamente, no obstante, y aunque llame menos la atención, destaca su aportación en el terreno de las plantas, con miles de muestras vegetales envueltas en algunos casos en papeles de periódico tan antiguos que ellos mismos han adquirido valor histórico.

Durante mucho tiempo, la colección que recolectó el hermano Rufino (aunque otros religiosos, los Hermanos Jerónimo, Sennen y Mauricio, también intervinieron abundantemente en ella) permaneció fuera de los focos. La ocasión que tuve yo de conocerla fue cuando otro de los profesores del colegio, el Hermano Francisco Aguilera, empezó a poner en orden la colección de minerales, plantas y fósiles para convertirlo en un museo. El cual se abrió definitivamente al público en 2011.

        
      Una fotografía del museo. Extraída de la página web de la AMPA La Salle-Almería.


No he tenido ocasión de verlo abierto. Mis cortas visitas a Almería no me lo permiten. Pero sólo contemplarlo cuando estaba en proceso de preparación era una maravilla. Posee muestras procedentes de Almería, pero también de Marruecos, en concreto de la zona del Rif Oriental; alberga una fascinante colección de mariposas; presenta una exuberante variedad de restos de invertebrados (gasterópodos, bivalvos, insectos), y también hipnóticos ejemplos de taxidermia (como una impactante disección de un ave rapaz). Ahí entra no sólo el trabajo de los hermanos que recogieron las muestras a lo largo de más de 1300 excursiones, sino también el lento esfuerzo de ordenación y presentación en clave de museo que realizó el hermano Francisco Aguilera (a quien tuve la oportunidad de visitar personalmente en medio de su trabajo) durante muchos años.

Os dejo un enlace de la asocación de padres del propio colegio donde podéis contemplar fotografías del Hermano Rufino y de algunas de las secciones del museo (como digo, son especialmente impresionantes los huesos de ballena), y donde indica una dirección de correo electrónico con la que pueden contactar los interesados para visitarlo. Sin duda, ganará bastante con una ruta guiada a cargo de alguno de los más íntimos conocedores del museo. Puede parecer que esta entrada del blog tiene un sabor demasiado local y personal, y no lo niego, a pesar de que la trascendencia del hermano Rufino vaya más allá del colegio donde trabajaba y sea una referencia dentro de las ciencias naturales de la provincia. Pero creo que, en cierta medida, este post se trata de un recordatorio, para mí y para otros, de la cantidad de pequeños tesoros que no necesariamente están almacenados en reconocidos museos y superpoblados rincones turísticos, sino en lugares pequeños, discretos, en buena medida desconocidos para el gran público. El Hermano Rufino simboliza el poder de la acción de los pequeños gestos a lo largo de todos los días, y la capacidad de saber apreciarlo, esté cerca o lejos, en lugar de concentrarnos en unas pocas y a veces demasiado homogeneizadas referencias culturales. Para quienes les pillan muy a desmano determinados legados, es normal que el interés sea menor, a no ser que por casualidad pases muy cerca de los mismos (aunque, ¡ey!, incito a todos los que visiten Almería a visitar otras partes de su legado natural y cultural, y no sólo sus estupendas playas); pero para los que nos cruzamos en nuestra vida cotidiana con estas pequeñas maravillas, es un deber obligado. No obstante -todo hay que decirlo- es de ese tipo de obligaciones que sólo puede reportarte beneficios.

Nos leemos.

martes, 1 de diciembre de 2015

La historia real de diciembre: Animales muertos

Este mes de diciembre se celebra una nueva cumbre sobre el cambio climático en París. Una vez más, volverán a ponerse soluciones sobre la mesa para afrontar este reto que asoma al ser humano al abismo, y (seguramente, una vez más) volverán a adoptarse vagas resoluciones  que no llevarán a ninguna parte. Pero el tiempo se nos acaba, las consecuencias del ascenso de la temperatura dan sus primeros signos de aviso, y los ecosistemas se alteran de manera en algunos casos irreversible, siendo quizás su más temprano reflejo la extinción de ciertas especies que en algunos casos ya bordean la leyenda y, en otros, nunca creíamos que íbamos a dejar de ver. Con el objetivo de concienciar acerca del tema, ofrecemos en este post un pequeño muestrario de alguno de los animales (las especies vegetales ocuparían seguramente una enciclopedia) que el hombre ha llevado a la extinción, desde los tiempos antiguos hasta ejemplo más modernos. ¿Volverán algún día a existir -como apuntan algunos proyectos de ingeniería genética-, o, en cambio, nos añadiremos también nosotros mismos a la lista de animales extintos? Quizás analizando cada ejemplo lo podamos dilucidar.

-Prehistoria: ¿mamuts y neardentales? Como casi todos los detalles previos a la existencia de registros históricos, el asunto no está claro. Parece que hay indicios de que la caza intensiva de mamuts pudo llevar a su desaparición, pero un cambio climático presente en aquella época (el fin de las eras glaciares) pudo ser también el causante, o al menos formar parte de la ecuación que llevó al desastre. En cuanto a los neardentales (o cualquiera de las especies de homínidos relacionadas con la nuestra -animales después de todo-), también existe el misterio sobre si la causa de su extinción fue el cambio de clima, la falta de adaptación a las nuevas condiciones reinantes, o la competición por el mismo espacio que los Homo sapiens sapiens. Sobre la famosa teoría de que humanos y neardentales pudieron tener descendencia conjunta, las últimas investigaciones parecen apuntar aunque, si bien hubo cruces, fueron bastante esporádicos (calculan que unos siete a lo largo de los miles de años de relación conjunta). Así que, si bien en escasa medida, sí que parece que en parte es verdad aquello de que tenemos algo de Neardental dentro de nosotros.

-El dodo. Simpática por su graciosa apariencia, este pájaro gordo y algo torpe no estaba sin embargo preparada para que a las islas Mauricio llegaran en el siglo XVII un montón de exploradores hambrientos a quienes las aves no consideraban sus enemigos a pesar de devorarlas a dos carrillos y comerse todos sus huevos. No está claro si su carne era especialmente sabrosa, pero la cuestión es que, en apenas un siglo, ya se habían extinguido todos los miembros de su especie. Ha sido quizás el primer caso de especie extinta por el hombre que fue conocido por el gran público, y quizás por eso la cultura general lo tiene muy presente: hasta Iker Jiménez divulgó unas más que dudosas imágenes de un supuesto dodo actual dando vueltas delante de una cámara. E, incluso, en este humilde blog, le hemos hecho también algún pequeño homenaje.

-El virus de la viruela. Parece extraño incluir (en una lista que pretende promover la conservación de la naturaleza) a un bicho letal que se ha cargado a tantísima gente, pero lo cierto es que su relevancia radica en ser la primera especie que fue extinguida a propósito. Si bien la vacuna ideada por Jenner hizo mucho por disminuir su avance, no fue hasta que la URSS -en un ataque de propaganda del régimen comunista- realizó una vacunación masiva a nivel mundial a mediados del siglo XX cuando pudo declararse oficialmente erradicada la enfermedad. Aún hoy, sin embargo, no se ha querido eliminar la totalidad de los especímenes existentes (la investigación sobre la viruela podría llevar a mejores tratamientos contra otras enfermedades virales) y quedan dos muestras en sendos laboratorios de máxima seguridad en Inglaterra y Estados Unidos. El de Inglaterra sufrió una fuga en los años setenta que condujo a la muerte de la abuela de la periodista que había acudido allí para realizar un reportaje, lo cual condujo al posterior suicidio del responsable de las instalaciones. Hoy en día, los últimos reservorios de la viruela parecen tranquilos, aunque hay mucho debate sobre si ese tipo de lugares pudieran ser objetivo de terrorismo biológico. En todo caso, y afortunadamente (a pesar de la insistencia de los antivacunas) parece que otras especies de patógenos dañinos para el hombre podrían incorporarse a esta lista, como el (ya mencionado en otro post) parásito Dracunculus medinensis

-El tigre de Tasmania. Conocido también como tilacino o lobo de Tasmania, sobre este animal hay un área de misticismo y leyenda. Injustamente acusado en ocasiones de diezmar el ganado (parece que incluso se trucaron fotografías para convencer al gran público de este hecho), su caza masiva provocó que en los años 30 se creyera completamente extinto aunque, desde entonces, avistamientos puntuales han provocado continuas dudas sobre si pudiera encontrarse escondido algún ejemplar en los intrincados bosques de Tasmania. El magnate de la televisión Ted Turner ofreció incluso una jugosa recompensa para aquel que demostrase su existencia (más tarde le imitaron otros), aunque el tiempo ha pasado y sigue sin haber evidencias claras más allá de alguna fotografía dudosa. Esta falta de certeza ha provocado que el cine y la literatura hayan quedado prendados por su figura en más de una ocasión: a mí me cautivó un libro infantil que trataba sobre el tema (todavía me sigue obsesionando), y la película The Hunter se ha atrevido a poner rostro, bajo efectos digitales, a un hipotético último tilacino aún vivo y perseguido hasta la extenuación. Mientras tanto (cosas de haberse extinguido en la época moderna) siempre nos quedará el inquietante, conmovedor e hipnótico vídeo del último ejemplar conocido en cautiverio. Aunque no es lo mismo que saber que anda por allí afuera, menos es nada: con buena parte de los animales extintos, la Tierra no nos ha dado esa oportunidad.

-Aves gigantes: Los moas, el emú negro y el pájaro elefante (criaturas más verosímiles en una película fantástica ambientada en la época prehistórica que como seres reales y vivientes) poblaron respectivamente Oceanía y la isla de Madagascar hasta que la caza indiscriminada por parte de las primeras poblaciones humanas en esas zonas las esquilmó. No obstante, sus compañeras más pequeñas también han sufrido estragos: es el caso de las palomas pasajeras (el ave más común en Norteamérica hasta hace 200 años, hasta que una campaña para obtener su barata carne con el objetivo de alimentar a pobres y esclavos llevó su población al límite), o incluso de algunas de las especies de gallinas que producen los clásicos huevos blancos, por la simple preferencia de los consumidores por las que ponen los huevos morenos, que hace que las primeras estén a punto de desaparecer.

-En Oceanía: La llegada de los europeos y de las especies invasoras que trajeron consigo (el zorro entre los máximos implicados) fueron la causa de la extinción de algunos animales que habitaban en este entorno aislado: es el caso, entre otros, del bilby, el Toolache Wallaby o el Norfolk Kaká. El chochín de la isla Stephens fue descubierto casi en el mismo momento de su extinción: la leyenda dice que un gato le fue trayendo a su dueño (un farero que tenía como afición la ornitología) sucesivos ejemplares hasta que éstos, un día, se agotaron. De creerla a pies juntillas, sería el primer caso conocido de una especie completa que fue extinguida por un único animal, el susodicho gato, traído a la isla por su dueño europeo. No obstante, el caso es mucho más complejo: parece que en otras islas cercanas también había miembros de esta especie antes de la llegada de los occidentales (en esta isla, los chochines se extinguieron por culpa de las ratas que viajaron junto con los primeros colonizadores polinesios) y, por otro lado, algún blog se ha encargado de recordar la responsabilidad de la dejadez humana en la desaparición del pobre bicho, culpabilidad de los naturalistas del siglo XIX incluida.

-En el mar: Lo que no se ve no se conoce y, por tanto, lo insondable de las profundidades marinas está evitando que podamos apreciar la enorme mortalidad que produce la acción de la pesca sin control. Conocido es el peligro que corren las ballenas por su captura directa (la ballena gris del Atlántico, de hecho, desapareció en el siglo XVII), y también el daño que determinados tipos de redes pueden ejercer al capturar tortugas y delfines que caen accidentalmente en sus trampas. Como ejemplos de extinción de mamíferos marinos de gran tamaño, tenemos al dugong de Steller (devorado en el mar de Bering en el siglo XVIII) o la foca monje del Caribe (también desaparecida por lo comestible de su carne; la foca monje del Mediterráneo, por contra, está casi en las últimas debido a la megalomanía constructora en la costa del Meditérraneo. En España han sido prácticamente expulsadas de su nicho ecológico). Pero los propios peces también están en peligro. Algunos de forma directa, como el atún rojo, u otros de manera sutil: un ejemplo muy bueno es el de este post de @aberron, que muestra cómo la pesca constante en un territorio puede provocar que, con el tiempo, las capturas sean más pequeñas y nos acostumbremos a una naturaleza cada vez más menguada (En este sentido, me acuerdo de las declaraciones de un periodista que afirmaba que, contrariamente a lo que parece en los documentales, las selvas, en comparación con lo que mostraban antaño, se encuentran estremecedoramente vacías).


-Grandes mamíferos: Muy dependientes en ocasiones de su medio ambiente, sin duda su desaparición es doblemente dolorosa por la admiración que nos despiertan esos animales, y por lo evidente que se hace su ausencia en el nuevo entorno. A las variedades de tigre que han ido desapareciendo en los últimos tiempos (en muchos casos por la caza con fines exclusivamente deportivos) se suman especies como el rinoceronte negro de África Occidental (víctima de la caza furtiva, entre otras razones por su cuerno) o el raro delfín de río chino, quien, después de algún avistamiento aislado, fue oficialmente declarado extinto en 2008, víctima de la industrialización alrededor de las cuencas fluviales chinas. Otros felinos y tipos de lobo también han desaparecido o están en peligro constante por la alteración de su hábitat o la presión de los cazadores. Ya de los grandes hervíboros, cazados por su carne, ni hablamos: el antílope azul en la sabana africana, el hipopótamo enano en Madagascar, o la casi desaparición del bisonte norteamericano son buenas muestras. Para los aficionados a la historia, les dolerá saber que la especie de elefante cartaginés que Aníbal se llevó a conquistar Roma acabó sus días luchando en el Coliseo romano. Un ejemplo muy paradigmático es el del quagga, una clase de cebra que se extinguió sin que nadie se diera cuenta por la habitual confusión con sus parientes cercanos, de modo que su desaparición (tanto para conseguir su carne y su piel como para evitar que compitiera por el pasto con el ganado) fue descubierta cuando ya era demasiado tarde como para evitarlo.


-Anfibios e insectos: Dicen que los anfibios, por esa particular dependencia del agua que poseen, son muy sensibles a las alteraciones del entorno, y esa fragilidad es la que los hace ser los más tempranos marcadores de la degradación de un ecosistema, pues son los primeros seres afectados. Numerosas especies están desapareciendo -a causa de la contaminación o desecación de los lugares donde habitan- a una velocidad que muchos científicos destacan como alarmante (de entre ellos, el sapo dorado es el más conocido). Más flagrante incluso es el caso de los insectos, ya que su difícil estudio hace que determinados actos de barbarie del hombre (la tala abusiva del Amazonas, por ejemplo) provoquen que se extingan un incontable número de especies sin que ni siquiera los taxónomos hayan podido catalogarlas.

-Extintos en el último año. Para que comprobemos que el ritmo de desaparición no es ni mucho menos una exageración de los científicos, unos cuantos ejemplos de especies declaradas extintas en 2014, en la mayor parte de los cuales el hombre tuvo algo que ver: el eslizón del bosque de la isla Navidad, cuyo único espécimen falleció este año en un zoológico (las especies invasoras minaron su supervivencia); la tijereta gigante de Santa Helena (además de depredadores invasores, la extracción de piedra por parte del hombre fue la causa de su desaparición); y también el Plectostoma sciaphilum, un tipo de caracol que habitaba en una zona de roca caliza en Malasia la cual fue volada por los aires por una compañía cementera, arrasando con todos los miembros existentes de la especie. Pero no creamos que sólo se han extinguido recientemente animales pequeños: en 2013, desapareció el leopardo nubloso de Formosa, cuyos huesos eran muy apreciados en el mercado negro. En España, en el año 2000 se extinguió el último bucardo, una especie de cabra montesa que había sufrido un terrible acoso por culpa de la caza. 

-En cola para ser los siguientes en engrosar la lista: La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza emitió un informe en 2013 que decía que el 25% de los mamíferos, el 13,25% de las aves y el 31% de los anfibios se encuentran amenazados. Como ejemplos concretos de especies a punto de desaparecer (tanto, que algunas podrían ser declaradas extintas incluso este 2015, o el próximo 2016) se encuentran el tigre siberiano, el leopardo Amour, el rinoceronte de Java, el gorila de montaña, el literario Nautilus... pero la lista es interminable. Aquí, en España, recientemente, se denunciaba la desaparición del urogallo en Galicia, con riesgo de que esta situación se extienda a todo el territorio nacional. ¿De qué depende que todas estas criaturas no queden borradas del mapa para siempre? De mejor y más aplicada legislación internacional, sin duda, pero también de nosotros mismos (menos contaminación, menos sobreexplotación del medio ambiente en el día a día), y de nuestra tolerancia como votantes y consumidores ante ciertos tipos de actitudes de gobiernos y empresarios (entre las compañías con acciones más controvertidas a nivel medioambiental se encuentran algunas tan extendidas como Nestlé, Shell, Bayer o Samsung; no pocos llaman al boicot a aquellas corporaciones que, por motivos sociales o ecológicos, se merecen la reprobación de sus clientes) Hace poco, Greenpeace realizó una campaña en la que se le advertía a los políticos: "que el niño que fuiste no se avergüence del adulto que eres" (al respecto, os dejo el enlace al programa del partido que creo que puede afrontar mejor este problema, aparte de otras cuestiones sociales -de vez en cuando, en la vida, hay que mojarse-). ¿Nos pasará a nosotros lo mismo, y nuestro niño interior nos lo afeará? Quizá la supervivencia de estas especies depende de que nos quede claro el mensaje.

martes, 24 de febrero de 2015

El relato de febrero. Un cuento que estaba pendiente: "50 sombras de gris"

 Hace un tiempo (demasiado, me temo), como premio a un concurso relacionado con la novela "El troll", me comprometí a escribirle a Alicia Pérez Frías, la ganadora del concurso, un relato personalizado. Ella me pidió que en el relato aparecieran ratones (para eso, al fin y al cabo, es con lo que ella más trabaja en su laboratorio de investigación) y que contuviera mucho humor. El cuento se ha hecho de rogar, pero finalmente las musas nos han permitido escribirlo, y esperamos haber logrado ese objetivo de hacer reír a Alicia y que además, de paso, os guste también a vosotros. Ya me contaréis. Os dejo con estos ratones, que son tan amables que no muerden. Un saludo.

50 sombras de gris

Existe un error muy común en el uso del lenguaje. Básicamente, cuando nos dicen que algo está oscuro, pensamos en la más absoluta nada. Negrura inmensa, solemnidad fúnebre. Pero en realidad, cuando nos hallamos en el interior de una habitación oscura, nada más lejos de la ausencia de sentidos: puedes detectar a cientos de criaturas que bullen, gimen, roen, mascan y no dejan de actuar.
              
Sin embargo, si quieres intuir todo eso, has de poseer necesariamente un prodigioso olfato que te permita captar toda esa infinidad de detalles que ocurren bajo de la superficie de nada eterna. Y para ello, ayuda bastante que seas el ente más prodigioso de la creación: es decir, un ratón.
              
Y es entonces cuando, para ti, la oscuridad se convierte en una fiesta.
              
La Ciudad (a la que los animales externos a la misma denominan, simplemente, “el animalario”) es un lugar donde todas las opciones están abiertas, y cualquier cosa que te propongas es, con un poco de esfuerzo y algo de picardía, una alternativa factible. El animalario es un lugar donde se nace, se discute, se pelea, se come, se debate, se hace el amor, se planea, se sueña y se muere, a veces a la vez y no necesariamente en ese orden. Como toda organización mínimamente completa, se halla dividida en secciones: a un lado los recién llegados, todavía poco integrados en la vida urbana de la tribu; más allá, los ratones verdes brillantes, todo un fenómeno de la naturaleza, sobre todo por su constante preocupación por preguntarse qué les ha podido ocurrir a los otros ratones para que no hayan nacido así; se hallan en una región aparte los roedores obsesionados por los laberintos y por desactivar trampas para conseguir queso (se han conseguido establecer concursos de más de doscientos participantes); a la izquierda, cerca de la entrada, los adictos a la nicotina y los obesos, que no consiguieron moverse mucho más allá de donde los dejaron. Luego están los llamados “olímpicos”: buscan tesoros, se mueven bajo el agua, hacen todas esas chorradas y al final reciben un premio por parte de esos estúpidos humanos que, al parecer, no son capaces de hacer por su cuenta ninguna de estas cosas. El problema es que todas estas variedades de ratones se entristecen mucho cuando se encuentran faltos de estímulos, y languidecen aguardando el próximo reto, lo cual, sumado a los altos niveles de competitividad que demuestran cuando se hallan enfrascados en medio de los mismos, no les hace comportarse como los compañeros más adecuados cuando se ven sometidos a la rutina de lo cotidiano. Por eso, cuando un ratón ya se ha adaptado a la vida en el Animalario, lo que tiende es a unirse a alguno de los numerosos grupos de intereses rigurosamente científicos que se dedican a hacer lo que mejor se les da a estos ratones tan avezados: analizar en profundidad a los humanos.
              
Por ejemplo, en estos mismos momentos, se está celebrando un caluroso debate en el Foro Ratonil recién organizado en el centro de la urbe. Y allí, una severa investigadora, con sus gafas sostenidas en un precario equilibrio por encima de los bigotes, leía un sesudo informe que mantenía a la audiencia en tensión:
               -Y nuestras investigaciones han llegado a unas conclusiones perturbadoras –indicó, captando el nerviosismo de la audiencia-: cuando juntas a dos humanos de distinto sexo, varón y hembra, dentro de una misma habitación, en situaciones ideales de relajación y bienestar… aquello NO necesariamente tiene que terminar en sexo.
               La audiencia fue sacudida por un espasmo de sobrecogimiento y repulsión:
               -¡Qué asco!
               -¡Es espantoso!
               La opinión de una ratona de edad madura, muy formal tras sus enormes curvas y su posición asentada sobre el estrado, fue absolutamente tajante:
               -Guarras –sin temblar un ápice, dictaminó.
               A tan sólo unos cuantos metros de allí, otro grupo de ratones llevaba a cabo otra actividad imprescindible para el entendimiento de los humanos: tratar de identificarse con los mismos a través de sus manifestaciones culturales.
               -Y hoy, con todos ustedes, “Cómo conocí a la ratona que os da la leche”.
               Una nube de silbidos, roer de incisivos y pataleos. Se abre el telón. Aparecen un par de ratones machos, uno de ellos vestido con una peluca y rimel como si se tratara de una hembra. El que hace de macho expresa, mansamente:
               -Robin, te quiero.
               -Yo también te aprecio, Ted –indica la fingida ratona con voz de falsete-, pero no quiero tener nada estable contigo.
               -Ah, bueno –dice el macho ejecutando lo que en los ratones sería lo más parecido a un encogimiento de hombros.
               Se escuchan murmullos de confusión entre la muchedumbre:
               -No entiendo, ¿por qué no la obliga a tener sexo con él?
               -Es que –responde una ratona joven entre los espectadores- se está portando como un “Caballero”.
               -En mis tiempos –expresó con una mezcla de disgusto y añoranza un ratón más anciano-, si una hembra no quería nada contigo, la acosabas y ya está. Si no hubiera sido así –desplazó la cabeza hacia un lado-, no estarías tú aquí, ni tampoco ninguno de mis otros veintisiete hijos. No estas moderneces que se llevan ahora…
               -¡Psss, no expulséis tantas feromonas, que estoy intentando oler!-protestó uno de los espectadores.
               -Pues yo no entiendo por qué dicen que esto es una comedia –opinó otro-. Ya llevan diez minutos actuando y todavía sobre el escenario no se ha meado nadie.
               Pero un poco más allá, a cierta distancia de todo este bullicio, se hallan aquellos que, por definición, no pueden estar acompañados… Los inadaptados… Lo que nadie sabe es que hoy, precisamente hoy, van a acabar por encontrarse entre ellos.
               Ésta es la historia de cómo de esa unión surgió una gran aventura…

                                            *                                          *                                          *

               Y en el primero en quien nos vamos a fijar es en alguien cuyo propio nombre ya es absolutamente indicativo de su particularidad. La mayor parte de los ratones, en general, poseen denominaciones que o bien subrayan su condición de roedor (“Colita”, “Grisáceo”, “Pardito”, o la siempre inefable calificación -para sus dueños perennemente vergonzosa- como “Bigotitos”), o bien alguna cualidad excepcional del mismo (“Cojito”, “Verdeturquesa”, “Ohmehasmordidoratónasqueroso”). En cambio, este individuo, desde que ha tenido uso de razón, se ha venido en llamar (y no por decisión externa, sino por una espontánea elección, unilateral y proveniente de su voluntad propia) a sí mismo con el nombre de Perseus. Podría argumentarse que éste es el apelativo de un héroe mitológico, pero esto nuestro ratón –que no ha tenido mucho acceso a fuentes de historia clásica y no entiende demasiado de dioses griegos- lo desconoce y lo adopta sencillamente por una razón, y es porque, para él, ese nombre es completamente humano. Podría haber escogido quizás un apelativo más común (Pepe, Francisco, Arturito), pero quizás eso hubiera chocado aún más a los otros ratones y generado más preguntas, y en cambio con esta elección ha conseguido que desaparezca el problema primero –es decir, que pase desapercibido el hecho de que lleve un nombre humano-, sin más incidentes aparte quizás de dar alguna que otra explicación, pero no muy distinta de la que hubiera tenido que dar un niño humano llamado Perseo. Y es que Perseus, por encima de todo, tiene una obsesión: quiere vivir como un humano, ansía mimetizarse con ellos. No porque se haya vuelto loco o atraviese una crisis de identidad; Perseus anda metido en un gran experimento, en el cual intenta comprender a los humanos a fuerza de confundirse con uno de ellos. Al igual que el Pierre de Menard de Borges, que pretendía volver a escribir El Quijote tras convertirse en Cervantes, Perseus aspira a caminar como un humano, sentir como un humano, pensar como un humano y, finalmente, creerse del todo que es un humano. Y para ello el primer requisito, como buen homínido macho, es aprender a mear de pie. De ahí que le veamos transpirar en lo que para él supone un heroico gesto.Se eleva de puntillas. Eriza tensamente el espinazo. Toma impulso con los músculos de la vejiga y entonces…
               -¿Qué demonios estás haciendo?
               El tono de sorpresa reflejada en el timbre de la voz que le ha llegado desde detrás casi desequilibra la posición de Perseus, quien estuvo a punto de caer estampado de boca sobre el suelo. Cuando recuperó la verticalidad, el ratón se volvió hacia el lugar de donde venía la pregunta, encontrándose con un individuo de su misma especie, de pie, contemplándole con aspecto intrigado, como si fuera el bicho más raro que hubiera visto en su vida. Perseus, algo intimidado por este súbito mirón, dejó de ejecutar el acto que estaba llevando a cabo y se puso a observar al desconocido. Éste seguía manteniendo el aire ingenuo y levemente indiferente que a Perseus tanto le había descolocado desde el principio. La primera pregunta que pasó por su mente fue la que se hacía siempre: “¿Qué es lo que haría un humano en esta situación?”, y la respuesta era sencilla, así que decidió presentarse.
               -Hola –alargó la pata hacia el ratón-. Mi nombre es Perseus. ¿Cuál es el tuyo?
               El otro ratón no entendió el gesto. Se quedó un rato mirando la pata de su interlocutor y luego, al interpretar que el otro esperaba algo de él, también alargó la pata y chocaron las zarpas en un apretón.
               -No… no tengo un nombre. Pero los otros ratones del Animalario me llaman Juan.
               La cosa se quedó bastante fría a partir de este momento. Azorado, Perseus se acobardó ante la mirada penetrante del otro -el cual parecía aguardar constantemente una explicación- y se volvió hacia un lado, esperando que de esta manera el recién llegado Juan se olvidara de él y pudiera retomar tranquilamente lo que estaba haciendo. Y efectivamente, Juan dio la impresión de entender que su nuevo compañero quería estar solo, y se alejó de su lado. Perseus escuchó los pasos detrás de él. Se alejó, se alejó, se alejó. Se alejó, se alejó y se seguía alejando…
               -¡Eh, espera un momento!
               Juan se detuvo y se dio la vuelta.
               -¿Qué pasa?
               Perseus le observaba asombrado como si estuviera viendo en directo al héroe griego de su mismo nombre sosteniendo la cabeza de alguna señora con muy mala baba y un agresivo peinado fatalmente cuidado.
               -¿Qué haces ahí?
               Juan bajó la vista para ver a qué se refería. No vislumbraba nada especialmente excepcional: él se encontraba en un sitio normal, sobre la superficie blanca de la mesa del laboratorio, allí, como siempre, delimitado por las paredes de la inmensa jaula que albergaba a muchos de ellos y cuyos elevados muros impedían –a pesar de que se encontraban a cielo abierto- ninguna posibilidad de escapar.
               -No sé, ¿qué ocurre?
               Pero para Perseus era radicalmente distinto. Perseus lo que veía era un ratón… completamente alejado de todas las paredes. Esto puede parecernos una cuestión anecdótica, si lo vemos desde el punto de vista de un humano. Pero para Perseus, que tenía todavía suficiente alma de ratón en su interior para apreciar la diferencia, era un hecho llamativo: como todos los animales del bosque saben, los ratones no pueden caminar sencillamente a campo abierto por el miedo instintivo que tienen a encontrarse en medio de la pradera a una serpiente. Por eso, tienden siempre a transitar pegados a las paredes, a ser posible, mediando una buena dosis de oscuridad. Pero un ratón que paseara despreocupadamente tan lejos de los muros de la jaula -incluso teniendo en cuenta que no había serpientes a la vista-, sólo podía ser calificado de un imprudente, de un loco, o quizás…
               -¿Cómo has dicho que te llamaban?
               -Pues… Eso, en el animalario me suelen llamar Juan. Juan Sin Miedo.
               Perseus mantuvo la calma, como el tipo de persona que se encuentra a un dragón en un paso de peatones y comienza a charlar con él tranquilamente, pensando: “tranquilo. Si le hablas del tiempo, seguro que ni se acuerda de que es un dragón”.
               -¿Y por qué te llaman Juan sin Miedo, mi querido amigo?
              Juan se encogió de hombros.
             -No sé. Siempre he querido salir de aquí. Recorrer mundo. Explorar las cosas que hay más allá del animalario. ¡Ver qué hay fuera de aquí!
             ¿Fuera de aquí?¿Fuera de aquí? Perseus se revolvió. ¿Qué podía haber fuera de aquí que le pudiera interesar? Aquí lo tenía todo: su modo de vida, su tiempo de estudio, sus seres humanos... Claro que podría ser interesante estudiar a los Homo sapiens sapiens en su hábitat natural, es decir, fuera de las condiciones de laboratorio. Sería interesante ver qué pasaba cuando se quitaban aquellas batas. Tal vez…
                -No –se dijo a sí mismo, aunque lo hiciera en voz alta, como si se tratara de convencer al resto del mundo-. Para una fuga de este tipo (para un proyecto, quiero decir, como éste), se necesitarían varios individuos… Especialistas, cada uno encomendado a una misión. Y no sé yo si encontraremos individuos suficientes… Los ratones parecen estar a gusto en el animalario.
                Juan Sin Miedo adquirió un aire decidido en su mirada. Le señaló en una determinada dirección.
               -Ven conmigo.
           Algo escamado, Perseus le siguió. Durante unos pocos minutos, caminaron en silencio entre la inmensa ciudad flotante del animalario, donde los diversos subgrupos se odiaban, se amaban, interaccionaban o dejaban de hacerlo entre sí. Pero atravesando por encima de compañeros en toda clase de actitudes y posiciones, hubo un momento determinado en que –Perseus se apercibió- la densidad de ratones iba haciéndose más y más baja, hasta llegar a una zona en la que Perseus, a pesar de las obvias diferencias con el resto de su especie, no había llegado nunca: la zona de los renegados. De aquellos cuyas peculiaridades se habían hecho tan destacadas con respecto a las de sus compañeros, que ni siquiera tendían a juntarse con los demás, sino que tenían un nicho aparte. Ellos eran, a su manera, los excluidos. Pero aún así, Perseus confiaba en que fueran tan felices a su manera en el animalario, que no ansiaran escapar a ningún otro lado, y de esa manera el propio Perseus evitara plantearse que su plan absurdo de una fuga –quería decir, proyecto- pudiera ser de ninguna manera factible.
              Pero cuando llegaron al sitio, Juan sin Miedo le señaló con determinación a uno de sus compañeros.
                   -Fíjate en él.
              El ratón en cuestión estaba temblando. Pero el temblor en sí mismo no era nada, porque un temblor puede reflejar una situación puntual, y era más inquietante echarle un vistazo a los signos evidentes de nerviosismo crónico, como el pelo erizado, los ojos inyectados en sangre, o un agotamiento que se reflejaba desde las orejas hasta la cola retorcida pasando por los alicaídos bigotes. Pero lo peor fue cuando vislumbró a Perseus, y saltó espantado tratando de encontrar protección entre los barrotes de la jaula en la que todos se hallaban encerrados. 
                 -¡Ay, ay, ay!¡Un ratón!¡Un ratón!
                 -Sí, claro, un ratón, ¿qué pasa?
                 Y entonces lo comprendió.
                 -¿Es un ratón con miedo a los ratones?¿Y entonces, qué pasa cuando se mira a sí mismo?
              -¡Aaaaah!-gritó el interpelado para responderle. El susodicho acababa de vislumbrar de refilón una de sus zarpas.
               Perseus asintió frente a Juan sin Miedo, captando el mensaje.
             -De acuerdo, está claro, tenemos candidatos. Pero eso no resuelve buena parte de los problemas. Una vez salgamos de aquí, tus habilidades, Juan, serán muy útiles para poder caminar por el mundo exterior. Pero mientras tanto, la jaula constituye un muro para cualquier salida.
           De repente, Perseus vio algo. Sobresalía tan destacadamente que no sabía cómo no se había dado cuenta antes. A un lado del animalario, un ratón sin duda especial probaba sus habilidades únicas. El ratón tenía acopladas un par de estructuras que asemejaban inmensas alas a ambos lados de su cuerpo. El objetivo inicial de esas alas –aunque el ratón no lo supiera- era que el hueco que se formaba entre las mismas a la altura de la espalda sirviera como un lugar específico para aplicar medicamentos sin que el ratón pudiera toquetearse por culpa de las “supuestas alas”. Pero ya se sabe que la forma de nuestro cuerpo modifica nuestra manera de pensar, de tal manera que aquel roedor víctima de un experimento había acabado por creer que aquellos apéndices planeadores eran suyos e, incluso, que podía volar. O al menos, eso reflejaban las gafas de aviador que este ratón portaba siempre consigo. Perseus lo entendió desde el principio. Y por eso hizo la pregunta de manera directa, sin rodeos.
             -¿Puedes volar?¿Podrías sacarnos volando de esta jaula?
            Los bigotes del ratón se estiraron de placer.
           -¿Volar?¡Claro!¡Por supuesto!
         Lo cual, en la traducción mental de Perseus, estaba claro: aquel ratón no podía volar en absoluto, pero creía firmemente que lo haría. Le bastaba simplemente con eso.
         -¡Perfecto! Preparaos entonces para salir de aquí.

*                                          *                                          *

               Los ensayos de vuelo se convirtieron, por supuesto, en el espectáculo del día en el Animalario. Perseus dirigía las maniobras mientras Piloto (pues tal era el nombre del intrépido aviador de poblados bigotes) se pegaba alocadas carreras por una improvisada pista de despegue que debía servir como campo de prácticas para el momento de la verdad. Que de momento Piloto no pareciera dar visos de ser capaz de alzar el vuelo en ningún caso no parecía constituir un problemático impedimento (“todavía hay que practicar”, pregonaba Perseus con infinita paciencia), mientras ambos ratones recibían el siempre voluntarioso entusiasmo de Juan sin Miedo y la docta ayuda de Roche, un ratón experto en devorar (en todos los sentidos) guías comerciales de empresas farmacéuticas y que, a falta de un ingeniero aeronáutico, parecía el más adecuado para concretar los aspectos técnicos del asunto. Mientras tanto, una multitud de roedores se situaba alrededor del campo de experimentos, mientras dos individuos, más alejados, debatían acerca de los aspectos filosóficos de los mismos:
               -¿Tú crees que se matarán en el primer intento o en el segundo?
               -¿Hace una apuesta?
               -No, qué va; si me vuelvo a meter en el juego, mi esposa me mata.
               -La pregunta que me hago yo es qué pasará si se estrellan; es decir, adónde irán.
               -Creo que la respuesta es que la parte principal del cuerpo se queda allí pegado al suelo, mientras que algunos trozos…
               -No me refiero a eso, zopenco; sino adonde se dirige su espíritu, su… esa cosa que sientes entre las orejas.
               -Creo que eso también se machaca bastante.
               -¿Tú no crees que hay un cielo de los ratones? Un lugar al que todos vamos después de muertos y donde todo es feliz y maravilloso.
               -Yo escuché acerca de un lugar así, pero no había que estar muertos. Era en la India. Una especie de templo donde todo está lleno de ratones, y son sagrados, y los humanos se alegran si los tocamos, y hay cinco ratas blancas que traen especialmente buena suerte…
               -¿Ratones o ratas?
               -Nunca me ha quedado muy claro; era más un rumor que otra cosa, y quien me lo comentó fue interrumpido en su relato por una trampa con queso.
               -¿Y si hay cielo de los ratones, también habrá infierno?¿Adonde irán los humanos que se han portado mal con nosotros? Como esas malditas investigadoras…
               -Depende; ¿a qué van a ir, a pasarlo mal ellas, o a golpearnos con el látigo?
               -No tengo ni idea, compadre.
               Mientras tanto, Perseus estaba llegando a una peligrosa conclusión: se acercaba el momento en el que la inmensa multitud la cual se estaba congregando alrededor de la plataforma de vuelo empezaría a impacientarse, y eso quería decir que los sucesivos ensayos ya sólo servirían para ponerles aún más nerviosos y hacerles dudar del proyecto, minando la confianza de los propios implicados. Por tanto, había que partir ya, a pesar de que Perseus sabía de sobra que no estaban ni de lejos preparados para intentar este viaje. Pero las odiseas (bien sabía por su corta experiencia de la vida el ratón con nombre de héroe griego), si te esperas a iniciarlas con todo preparado y en su sitio, no las terminas nunca.
               -¡Bien!-hizo un súbito gesto para que todo el mundo le prestase atención-. Vamos a ponernos en marcha. Piloto cogerá carrerilla y echará a volar, y nosotros, agarrados a su cola, ascenderemos por encima de las paredes de la jaula.
               -¿Y qué hacemos con Pinky?-preguntó Juan Sin Miedo. Pinky, a la sazón, era el nombre del ratón que le tenía pánico a los otros ratones.
               -Le pondremos a la cola de Piloto un revestimiento de tela para que Pinky no tenga que tocarle la cola directamente. De hecho, nos lo pondremos todos, por si acaso hace falta que nos cojamos entre nosotros llegado el momento -añadió Perseus, quien seguramente no las tenía todas consigo.
               Tardaron unos 10 minutos adicionales en completar esos preparativos. Una vez hecho esto, se encontraban todos preparados: Piloto, enfocado hacia su objetivo mientras contemplaba el cielo (que no era otra cosa sino unos tubos fluorescentes que parpadeaban a la altura del techo del animalario), y todos los demás agarrados a su cola. Piloto se ajustó las gafas:
               -¿Todos listos?-hubo un murmullo de asentimiento general, por parte de algunas gargantas de manera más entusiástica que de otras-. ¡Pues allá vamos!
               Y Piloto empezó a correr. Todos los demás le seguían, agarrados de la cola, desplazándose a toda velocidad, procurando no descolgarse del ratón de cola. Sin embargo, Perseus constataba atormentado un problema: que, a pesar de toda la carrerilla, seguían sin levantarse ni el más mínimo ápice del suelo, y que -cada vez más cerca- se iban aproximando a la pared de la jaula. Y no sabía qué podrían encontrarse al otro lado, pero se temía que no serían globitos de colores y un cartel enorme que dijera: “Feliz cumpleaños, coged una galleta y sentaros en un sitio cerca del final”.
               -¡Venga, chicos, allá vamos!-gritó Piloto, entusiasmado, completamente absorbido dentro de aquel papel tan dramático. Pero para su desgracia, Piloto siguió sin impulsarse hacia arriba: simplemente, ayudado por la inercia de sus compañeros, se estrelló contra la pared de la jaula y la derribó, precipitándose todos ellos hacia el vacío.
               Aunque para Piloto, que se veía flotando por primera vez en el cielo, aquello había estado muy claro: en aquel momento, estaba volando. Y no tenía ni la menor idea de que se estaba a punto de estrellar.

                                            *                                          *                                          *

               Sin embargo, Perseus sí que era más consciente de que una caída a esa distancia bien podía matarles, y su estado de ánimo se encontraba ligeramente alterado. Por primera vez, contemplaba desde abajo la superficie de la mesa donde su inmensa jaula había estado situada durante todo este tiempo; y aquella visión no le gustaba, porque también podía mirar el suelo donde definitivamente iban a acabar machacados dentro de unos cuantos segundos. Empezaba a sospechar que, probablemente, el intento de salir de la jaula volando había sido, en el mejor de los casos, una posible mala idea.
               Pero entonces, Juan Sin Miedo les sorprendió. Sacó de un repliegue de su grasa corporal algo parecido a un pequeño látigo y lo empuñó para conseguir que el extremo de aquella improvisada herramienta quedara enganchado en uno de los agujeros de las fragmentadas paredes de la jaula, las cuales se agitaban todavía en el aire, sostenidas al resto de la jaula por encima de la mesa. De esa manera, Juan detuvo su caída, y quedó colgado de manera precaria de las paredes de la jaula gracias al látigo. Comprendiendo lo que había que hacer en ese momento, Perseus se agarró a la cola de Juan e instó con rápidos gestos  a los demás a hacer lo mismo, de tal manera que Roche se enganchó a la cola de Perseus, Pinky (con algo de asco, pero sobreponiéndose gracias al revestimiento de tela que tan apropiadamente habían colocado) hizo lo propio con la cola de Roche, y por último Piloto se asió a la de Pinky. Piloto se quedó tan cerca del suelo que el último tirón al engancharse le hizo descolocarse y caer, pero las alas amortiguaron su caída. “Un feliz aterrizaje”, pensó tumbado boca arriba, sonriendo todavía gracias al vuelo más largo que había recorrido en su vida.
               -¡Buena idea la del látigo!-le indicó Perseus a Juan desde abajo, ofreciéndole un gesto de satisfacción.
               Juan recibió este halago no especialmente convencido.
               -¿Te refieres a esto? –dijo señalando al látigo-. No sé. Pensé que tenía que llevarlo. Como que… pegaba con todo esto. Pensé que podría hacer falta. No sé por qué.
No obstante, aunque su situación ya no era crítica, seguía siendo desesperada: salvo Piloto, el resto de los ratones seguían colgados como una morcilla, pendientes de un fragmento de hierro que en cualquier momento podía desprenderse y hacerles caer.
               -¡Creo que he leído algo acerca de esto!-exclamó Roche, cuyo extremo conocimiento de revistas científicas le hacía encontrar soluciones para todo. Y recolocó sus gafas por encima de los bigotes para calcular la distancia a una de las patas de la mesa, e indicó a sus compañeros que se balancearan para crear un movimiento de péndulo a partir de la cola de Juan. Comenzaron a moverse, al principio muy suavemente: Roche les incitó a hacerlo con más brío.
               -Creo que el truco está en hacerlo como si trataras de bailar: mueve la cadera, uno, dos, mueve la cadera…
               Fueron ejecutando un recorrido cada vez más amplio (en lo que se les asemejó la conga más estresante de sus vidas), acercándose progresivamente de esa manera a la pata de la mesa. Después de tres o cuatro intentos, estuvieron a punto de alcanzarla, pero no llegaron del todo. Sin embargo, en el siguiente balanceo, Pinky (que estaba deseando librarse de la obligación de tener que agarrar una cola de ratón, por muy disfrazada que ésta estuviera) se agarró con fuerza a la pata de la mesa, quedándose sujeto en mitad de la misma. A continuación, Roche se dejó caer sobre la cabeza de su compañero, Perseus sobre la de Roche y Juan sobre la de Perseus, de tal forma que al final todos se encontraban agarrados a aquella inmensa columna como si se tratara de una barra de la estación de bomberos. Pero Pinky estaba tan horrorizado de tener un culo de ratón encima, que se dejó deslizar por la barra –perdón, la pata de la mesa-, y el resto de los ratones que quedaban por encima se deslizaron a continuación, quedándose todos amontonados en el suelo y con un fuerte dolor de posaderas. Perseus, aturdido todavía por el golpe, abrió los ojos: observó entonces como el resto de los ratones del animalario les contemplaban desde lo alto de la mesa, sorprendidos de que aún estuvieran vivos. Y sólo cuando escuchó la pregunta de Roche lo comprendió plenamente:
               -¿Y ahora qué?
               Perseus, todavía tumbado boca arriba, sonrió:
               -Somos libres.

                                            *                                          *                                          *

               La libertad, sin embargo, a veces significa simplemente escapar para acabar por meterse en una jaula más grande. Y lo que Perseus no sabía era que la mesa del animalario se encontraba en una habitación la cual a su vez estaba controlada por un científico quien, de acuerdo a las teorías más modernas de la revista Nature Science Cell SuperCool Journal to Publish if you are SuperCool, había decidido poner a los ratones todos juntos en una jaula grande y de techo abierto en lugar de en jaulas pequeñitas y cerradas para así intentar que los animales se encontraran un ambiente más natural y que “les recordara a su hogar” (siempre que el prado o las alcantarillas de las que los ratones provenían albergaran seres mitológicos vestidos con una bata azul, armados con un apéndice en forma de fregona, y que desprendiesen un fuerte olor parecido a la lejía. Aunque esto, por otra parte, explicaría alguno de los traumas infantiles de muchos de los roedores). Y este científico, que devoraba todos los artículos científicos a más velocidad aún que Roche, que tenía la misma capacidad analítica de Perseus, y la misma iniciativa y pasión por conquistar sus sueños que Piloto, no se llamaba Herbert von Karazen, ni Max Maximillian, ni Pierre Le Grandeur, como hubiera merecido, a pesar de que su lúcida claridad científica se encontraba en consonancia con todos esos nombres. No, el hombre que penetró con prestancia en el animalario, tras haber escuchado un cataclísmico sonido de paredes metálicas rompiéndose, era otro muy distinto, pero igualmente audaz: se llamaba Arturito, vestía gafas de hipermétrope que le hacían aparentar poseer ojos muy parecidos a los de un mochuelo, y cuando vio la jaula de los ratones completamente abierta (con, al fondo de la misma, cincuenta sombras de pelo gris bullendo de nerviosismo las unas sobre las otras), junto con unos cuantos animales correteando agitados debajo de la mesa, prácticamente entró en shock. Pero mucho más todavía cuando observó a un roedor con vestido con alas y gafas de piloto, a otro que también llevaba puestas gafas y había penetrado con aire voraz en un armario cargado de revistas viejas, y a otro que se encontraba armado con una especie de látigo que le daba un aire muy parecido a Indiana Jones, aunque con un estilo mucho menos presumido. Sin embargo, lo que más le sorprendió de todo fue cuando descubrió a uno de los ratones en el suelo, de pie, sobre sus dos patas, mirando al propio Arturito ávidamente, como si se lo comiera con la mirada. El ratón se puso a su vera, le tiró un par de veces del calcetín, y realizó un gesto que Arturito entendió como una petición de que le levantasen. Con algo de asco (porque no tenía puestos los guantes), Arturito cogió al roedor, lo alzó a la altura de sus ojos, y aguardó, porque el ratón parecía estar haciendo algo muy similar a comprobar su garganta. Y de hecho, Perseus, después de repasar mentalmente sus bien aprendidas lecciones sobre lenguaje humano, y tratar de adaptar su agudo tono de voz a los limitados oídos de los Homo sapiens (con lo cual le salió una extraña mezcla de gañido de cabra y cobaya a la que le estuvieran aplastando los testículos), se atrevió por fin a dar el paso y, con un aire de denodado esfuerzo, consiguió exhalar un forzado:
               -Hola, me llamo Perseus y quiero ser tu amigo.
               Y entonces fue cuando Arturito, después de un varonil grito, se desmayó.

                                            *                                          *                                          *

                Cuando Arturito volvió en sí, y después de colocar a los animales fugados en una jaula aparte, con tan sólo Perseus situado frente a él sobre uno de los estantes de la biblioteca, su situación mental distaba mucho de haberse calmado, y no hacía más que dar vueltas de un lado para otro de la habitación. Perseus, mientras tanto, a quien todo esto representaba mucho más que un sueño (¡un humano al natural!, ¡con el que podía estudiar su comportamiento en situaciones fuera del animalario!), se entretenía vivamente y procuraba permanecer atento a cada detalle. Aunque ahora mismo no sabía muy bien a qué carta debía quedarse, porque Arturito no parecía estarle hablando a él personalmente, y sin embargo, no había nadie más en la habitación:
               -Porque claro, ¿y cómo explico yo todo esto al profesor Fernández?, ¿y quién se va a creer esta historia?, peor, incluso, lo más probable es que me encierren en un manicomio, y además…
               Un “`plin-plin” procedente del ordenador vino a interrumpir su reflexión. Arturito se acercó hacia la pantalla y, al comprobar qué lo había causado, se pasó la mano por la cara, desesperado. Perseus, con su inmenso conocimiento de la problemática primate, recurrió a sus viejos apuntes de humanología humana (los cuales, en buena parte, consistían en una colección del cine de los años cincuenta y una copia barata del musical de “Los Miserables”) y, con la voz más seductora que fue capaz de expresar (y que recordaba en cierta medida al estornudo ronco de una ardilla), apuntó:
               -¿Problemas con las mujeres?
               Arturito, que parecía haber olvidado que Perseus se encontraba allí, pegó un intenso respingo:
               -¿Cómo lo has sabido?
               Perseus, quien se sentía interpelado por primera vez por un humano –y por lo tanto importante-, hinchado el pecho, se explicó:
               -Oh, es sencillo. Arqueamiento de cejas, enrojecimiento de orejas, rubor en las mejillas… y, todo hay que decirlo, empezáis a expulsar un tipo especial de feromonas –susurró más bajito al expresar lo siguiente-. No es por intentar ser hiriente, pero en esos momentos  oléis un poquito mal.
               Arturito agachó la cabeza y la desplazó pesaroso de un lado a otro.
               -Es… se trata de Nerea. Es una compañera de laboratorio. Siempre trato de impresionarla, pero nunca encuentro manera… Creo que le gusta ese estudiante australiano de intercambio. Surfista, rubio, larga melena… Para qué me voy a engañar, no puedo competir con eso.
               Perseus se rascó la cabeza con intensa fruición.
               -Bueno, quizás pueda servirte de ayuda. No quiero presumir, pero yo he estudiado a fondo los comportamientos y pulsiones humanas, quizás incluso desde un punto de vista más objetivo, teniendo en cuenta que siempre lo he contemplado desde fuera… Podría intentar ayudarte.
               Arturito le miraba con unos ojos (ya de sobra magnificados por las lentes) que se habían quedado ensanchados como platos:
               -¿Tú?¿Ayudarme?
               -Puedo andar escondido en un bolsillo e indicarte qué debes decir en cada momento. A cambio –Perseus aprovechó por primera vez el factor de encontrarse en una posición de poder-, tú te comprometes a encontrar una solución para que mis compañeros, que con tanto ahínco han buscado la libertad, vivan en un entorno adecuado donde puedan cumplir sus sueños. Firmaremos el pacto con un apretón de manos.
               A Arturito, la perspectiva de que un ratón pudiera auxiliarle en sus cuestiones amorosas le resultaba bastante poco halagüeña. Tener que estrechar la zarpa de un ratón, también.
               -No sé yo…
               -Vamos –le instó entusiasta Perseus-, seguro que lo has intentado de todas las maneras posibles y no te ha salido bien de ninguna de ellas. Confiando en mí, ¿qué puedes perder?-inquirió el ratón recordando uno de los mejores capítulos de McGiver a través de los cuales había aprendido el lenguaje humano. No le recordó a Arturito lo mal que acababa aquel episodio.
               Arturito dudaba, e incluso balbuceaba visiblemente. Pero había algo en aquella seguridad que emanaba del ratón, conforme elevaba la patita al aire, que le hizo sentirse valiente también.
               -¡Trato hecho!-selló el acuerdo Arturito con entusiasmo, y no dejó entrever que el tacto húmedo de las almohadillas plantares del ratón le había provocado un cierto desagrado.

                                            *                                          *                                          *

               El relato de cómo continuó la siguiente parte de la historia resulta un poco confuso al estar contado a dos voces: una primera bastante entrecortada y apagada (que era la de Arturito incapaz de hablarle a alguien que no fuera el cuello de su camisa), y otra la de Perseus (que directamente le hablaba al cuello de la camisa de Arturito porque básicamente se encontraba localizado dentro de un bolsillo de su chaqueta). Pero más o menos, debió ser un poco más o menos como sigue:
               -Hola, Arturo.
               -Hola, Nerea…-(hay que indicar que, en esta parte, la discordancia entre los dos testimonios es bastante abrupta; mientras Arturito dice que sostuvo un animado diálogo de gran contenido intelectual con la preciosa y esbelta Nerea, con sus gafas de pasta de color rojo y su maravilloso pelo castaño claro recogido en una voluminosa coleta, Perseus asegura que lo único que escuchó por parte de Arturito fueron farfullantes interjecciones, interrumpidos tartamudeos e, incluso, el sonidito de un par de gotas de baba cayendo desde sus labios. Acerca de la chica, Perseus dijo que, en fin, en el fondo, no estaba del todo mal).
               -¿Qué pasa, Arturito?-se escuchó de golpe, tras interrumpir aquella (independientemente de las versiones) breve conversación una voz que, inconfundiblemente, pertenecía a Billy, el famoso estudiante australiano de intercambio (aunque también podría corresponder a Billy, el famoso muñeco rubio musculado), quien le había pegado un empellón al joven científico en mitad de la espalda.
               En ese momento, los músculos del cuello de Arturito se erizaron de tensión y miedo, y Perseus supo que tenía que intervenir para que la siguiente escena acabara de la mejor manera posible. Le susurró el contenido de la frase que tenía que soltar a Arturito, quien la expresó prácticamente en el transcurso de un rechinar de dientes:
               -Te he pedido en ocasiones anteriores, por favor, que no me llames Arturito.
               -¿Qué pasa, te has pasado toda la noche aprendiendo esa frase? Venga, no te enfades, Arturito…
               -Creo que deberíamos cimentar nuestra relación sobre unas nuevas bases…
               -Qué filósofo vienes hoy. Oye, Nerea, qué guapa te has puesto…
               -El caso, Billy, es que quería comentarte…
               -Aparta, gafotas.
               -¿Ves?, era a ese tipo de comentarios a los que me refería…
               El cruce de frases se intercambió un par de veces más, en los que Perseus empleó todas las técnicas psico-sociales de las que disponía, y que procedían de su famoso manual de relaciones interpersonales “Quién me ha robado mi leche fermentada”, y ninguna de ellas, sin embargo, dio para su sorpresa ningún resultado.
               -Pues, por resumir, Billy, lo que yo quería pedirte…
               -O te apartas de aquí o te pego un piñazo en los morros.
               Definitivamente, aquello a Perseus le estaba exasperando. Era el ser humano más despreciable con el que se había topado, y ya había conocido a dos. Resignado, Perseus llegó a la conclusión de que, en algunas ocasiones, todo lo que has aprendido no sirve para nada y tienes que acabar haciendo, simplemente, aquello para lo que por naturaleza te encuentras predestinado desde el momento de nacer. Sin embargo, la verdad es que agradeció enormemente el haber aprendido a mear a dos patas cuando, tras unos cuantos segundos de duda, salió del bolsillo de la chaqueta de Arturo, se colocó encima del hombro de Billy, y le lanzó un buen reguero de agüita amarilla en la boca.

*                                          *                                          *

               Lo cierto es que el incidente resultó bastante aparatoso, y fue la comidilla de la universidad durante semanas; pero a pesar de las interminables discusiones sobre el tema, nadie consiguió averiguar de dónde había salido el ratón y por qué se había ensañado tanto con el pobre chico australiano, primero utilizando su vejiga y luego a base de emplear con habilidad (y un puntito de mala leche) sus agudos y pulcramente aseados dientes. Pero una vez pasada la primera impresión de sorpresa, la sin par conmoción y las risas, lo que acabó por recordar todo el mundo fue cómo Arturo fue capaz de quitarle el ratón de encima a Billy (mientras éste, por otro lado, sollozaba como una niñita de tres años) y conseguir que el fiero animal se convirtiera en un amigable roedor el cual sonreía de oreja a oreja conforme el joven científico le acariciaba con delicadeza el lomo. Y, mientras esto ocurría, la guapísima Nerea se aproximaba a su compañero de laboratorio y, tras parpadear un par de veces en una larga caída de ojos, enunciaba:
               -Es curiosa esa frase que cuentan acerca de que los animales no se equivocan con las personas, ¿no es verdad?
               Y así fue como empezó a fraguarse el final para cada uno de nuestros protagonistas.
               Nerea y Arturo acabaron juntos. Se casaron, tuvieron hijos, y hoy en día viven felices con un negocio de quesos. Fueron los inspiradores de un famoso monumento dedicado al ratón de laboratorio, que les recuerda la extraño carambola a través de la cual el destino les unió. Pero no todo es felicidad: Nerea posee una extraña obsesión por el Risk, y Arturito no sabe por qué le desaparecen los calcetines del armario y siempre se encuentra tan sólo calcetines impares. O sea, las preocupaciones habituales de una pareja normal.
               Piloto acabó trabajando para la NASA para toda clase de experimentos espaciales. Nunca ha conseguido aprender a volar, pero los tests de caída libre le mantienen engañado casi todo el tiempo. Ya prácticamente no se marea cuando ejecuta giros boca abajo.
               Roche empezó trabajando para una compañía farmacéutica, pero pronto les cogió manía, y ahora vive en una casa construida por sí mismo en Brasil a base de paneles de energía solar y materiales reciclados, proclamando un retorno a una vida más sencilla y en mayor comunión con la naturaleza. Ha escrito varios libros para ratones recomendándoles que sigan esa vía pero, incomprensiblemente, ningún ratón se lo ha comprado.
               Juan Sin Miedo trabaja en una agencia de rescate de palomas mensajeras atrapadas en lugares inhóspitos. En sus ratos libres, para relajarse, toca jazz en un club para gatos. Nunca ha entendido por qué ningún otro roedor viene a verle tocar.
               Pinky se metió en un curso intensivo para quitarse el miedo a los ratones. El curso ha sido todo un éxito, pero ha tenido como despreciable efecto secundario el hecho de que ahora Pinky le tiene pánico a la nieve. Los experimentadores noruegos que han llevado a cabo el proyecto no creen que esto tenga necesariamente que suponer un problema. Pinky vive en Oslo y se ha comprado una casa con amplios ventanales.
               El sistema de una única jaula para todos los ratones se encuentra actualmente en desuso, pero todavía, en los mentideros entre los ratones, cuando conversan, aún recuerdan la leyenda de aquel grupo de exaltados medio locos que se escapó de la jaula que entonces llamaban hogar. Una buena parte cree que fueron a parar a un lugar mejor; la otra mitad piensa que se los están comiendo como parte del pienso para animales.
               Y en cuanto a Perseus… ha adquirido una plaza como catedrático titular de un máster especializado en relaciones entre roedores y seres humanos. Vivió innumerables aventuras y pasó por muy diversas situaciones. Pero si queréis conocer el resto, qué narices, dice Perseus mientras gira el cómodo sillón verde donde se encuentra sentado y contempla a todos los lectores: dejad de leer y comprad el libro. O, mejor, id a ver la película. Perseus guiña el ojo. Suena música de los Bee Gees. Aparece una imagen de varios ratones surfeando sobre una playa hawaiana. Luego, los cinco ratones protagonistas salen tocando como componentes de una banda de rock sobre un escenario al fondo del cual se encuentran bailando Arturo y Nerea. El público son ratones, que gritan y aplauden con escandalosa animación.
              
-Pues no me ha parecido una buena comedia.
               -Pero si se han meado y todo.
               -Pero no se han comido a nadie.
               -Tú es que no entiendes de arte moderno.
               -Ya. ¿Me pasas las palomitas?
               -Calla, que viene el making-of.

               -Perseus, tienes que ofrecernos ahora algo para los comentarios del director: ¿hay alguna cosa que nunca hayas llegado a entender acerca de los humanos?
               Perseus apoya el mentón sobre la patita, reflexivamente, y pregunta:
               -Sí. ¿Por qué se ponen esos nombres tan ridículos?

FIN

               Es verdad. Es que son absurdos. Arturo, vaya nombre. Bigotitos… Ése sí que es un nombre resonante…

¿CONTINUARÁ?

(Música de los Bee Gees con voces de ratón cantando)