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jueves, 1 de julio de 2021

La historia real de julio: Nepal y yo

Hace muchos, muchos años, en mi familia reproducíamos con asiduidad un viejo chiste privado. Todo partió de una noticia según la cual, en Madrid (un lugar muy lejos de la Almería donde entonces habitábamos), un juez había mediado una disputa entre una señora que quería sentarse en un banco del parque, y una vagabunda que dormía en él y le había impedido a la primera sentarse. El juez -seguramente sin ganas de discutirle a la mendiga la autoridad de su pequeño mundo- dictaminó que la estancia durante un largo período en un emplazamiento concreto equivale a la posesión y que, por tanto, el banco del parque era propiedad de la vagabunda. Regocijados y entretenidos por el veredicto, en mi familia teorizábamos con la idea de viajar a Nepal, sentarnos en uno de los escalones de los largos caminos de subida necesarios para el acceso a los templos, aguardar el tiempo suficiente y, con la autoridad que emanaría de los muchos meses apoyados sobre nuestras posaderas, cobrarle el equivalente de un euro a cada uno de los muchos creyentes que cada día ascendieran o bajaran por las escalinatas. Era nuestro sueño anhelado, el retiro ideal: vivir de sentarse en unas escaleras, disfrutando del aire puro, de la espiritualidad religiosa, y de la paz del entorno. Porque, ¿qué demonios puede pasar en un país como Nepal?

Patio interior de un templo nepalí. Todas las fotografías de este post son del autor

Unos años después, nos llegó una estremecedora noticia de la que hace poco se cumplieron 20 años: el príncipe heredero de Nepal, enfadado con su madre porque no le permitía casarse con la mujer que amaba, había tomado una ametralladora de uno de sus guardaespaldas y se había cargado a su madre, a su padre, a su prometida, a varios de sus guardaespaldas y hasta a once miembros de la familia real, percance en el que el autor había resultado muerto él mismo. El crimen sacudió el país, y muchos de su coletazos aún perduran. Hace tiempo (más adelante comentaré por qué) tuve la oportunidad de visitar el antiguo palacio real de Nepal. Un lugar curioso, con todo el boato que podía ostentar una monarquía después de todo tercermundista -el palacio, de hecho, ofrecía un cierto toque kitsch, fruto de la remodelación que sufrió durante los años 70-, en cuyo jardín habían dejado sin reconstruir el lugar donde tuvo lugar el acto violento. Hay que reconocer que los nepalíes habían logrado un curioso equilibrio entre pretender homenajear a los fallecidos, mantener lo que sin duda era un lugar de interés histórico y turístico, y al tiempo no exhibir de forma llamativa los aspectos más sensacionalistas del asunto: unos carteles señalan los lugares donde cayeron los muertos, pero el lugar se mantiene con austera sobriedad, las fotografías, por lo que recuerdo, están prohibidas (escribo de memoria buena parte de los detalles de esta personal crónica, así que me perdonaréis alguna inconcreción o errata), y en general el trayecto se realiza en un sepulcral y respetuoso silencio.

El antiguo palacio real de Nepal. Del moderno (donde tuvo lugar la tragedia) no poseo fotografías, pues no nos estaba permitido tomarlas.

El recorrido por el infausto jardín es, en el fondo, el réquiem final por una institución que ya no existe. Poco después del incidente, ante la muerte de los herederos de la casa real nepalí, un tío del príncipe heredero asumió la corona. El tío, de hecho, en un momento determinado, derrocó al gobierno elegido por el parlamento y puso el país bajo la ley marcial. Lo cierto es que mucha rumorología apunta a que el famoso episodio del príncipe heredero no fue sino una cortina de humo para efectuar un golpe de estado orquestado por el futuro soberano para apoderarse del país. En esta tragedia propia de Hamlet, y durante un período muy tenso, la guerrilla maoísta que desde hacía tiempo se hallaba combatiendo en las montañas de Nepal ganó fuerza y simpatía popular, y al final se hizo con el control del estado. Con el tiempo, el país ha adquirido una nueva constitución y ha recuperado la paz social, aunque quizás no sea todavía el paraíso idílico que se había dibujado en nuestra imaginación en el pasado. Los tiempos de soñar en vivir de sentarse en las escaleras, seguramente, no volverán.

Plaza Durbar (la plaza principal de Katmandú, la capital de Nepal), invadida perennemente por las palomas.

Un tiempo más tarde, llegaron nuevas noticias de Nepal. En este caso, más cercanas y personales. Una familiar se casaba con un nepalí. Y, por supuesto, la boda tenía que ser en Nepal: además, del modo tradicional. Este último implicaba ocho días de celebración, aunque por lo visto iban a reducirlo a tres. Una pre-fiesta en Katmandú, un evento -dos días después-, también en la capital (el cual constituiría la boda propiamente dicha), y luego una tercera ceremonia que se celebraría en el pueblo natal de la familia del novio y que implicaba un acto ritual durante el que entre otras cosas se cocina un pescado (al final, por lo visto, milagros de la modernidad, era posible sustituir esto último por pagarle a alguien para que lo haga, cosa que fue lo que acabó ocurriendo). La familia de la novia, ubicada en localizaciones tan dispares como el Alto Aragón y Madrid, fue invitada a las dos primeras secciones de la celebración, mientras que la tercera se preveía un poco más recogida, en parte debido la dificultad de los medios de transporte. Aunque gente curtida en viajes, había que reconocer que la idea de que un grupo de hispánicos nos encontráramos en mitad de Katmandú resultaba tan exótica como una panda de samurais en la Puerta del Sol, o la estampa de Paco Martínez Soria recién llegado a la gran ciudad en una película de los años 60; pero a pesar de todo (o precisamente a causa de ello), el reto nos entusiasmaba tanto que teníamos claro que no nos lo podíamos perder. Así que hacia allá partimos.

Muestra típica de comida nepalí

Llegamos por distintas vías de comunicación y a través de diversos trayectos. En particular, mi chica y yo efectuamos antes un acelerado periplo por la India que incluyó Varanasi (Benarés), Khajuraho, Agra, Nueva Delhi y una gastroenteritis por cabeza. Estuvimos a punto de perder los zapatos en un templo sij y tuvimos la ocasión de comprobar que la comida india de verdad no es como la de los restaurantes: en Oriente, los platos que se supone que son útiles cuando no te apetece regodearte en el picante, por supuesto, abrasan las papilas gustativas sin la menor clase de piedad. Desmentimos la idea de que los indios conducen por la izquierda (en realidad el sentido, y por supuesto los carriles, son una religión que no piensan adoptar nunca), y verificamos la célebre hospitalidad de los humildes por la cual una familia nos ofreció comida durante el viaje en uno de los míticos ferrocarriles indios. Cuando llegamos a Katmandú ya estábamos curados de espanto, a pesar de lo cual coincidimos con las impresiones de viajeros pretéritos -algunos de ellos, decimonónicos- respecto a que la ciudad será muy bonita el día que terminen de construirla. Cosa que resulta imposible porque entre los terremotos que provocan que la mitad de los edificios estén en ruinas, la perenne pobreza del país, y un cierto gusto de los nepalíes por lo caótico, damos por descontado que la ciudad seguirá durante los próximos años apenas sin asfaltar, con sus calles levantando polvo a causa del tránsito entrecruzado de hombres, motos y bestias. De todos modos, es un lugar muy interesante para quien gusta de disfrutar de "lo auténtico" (eso que nunca existe, pero que puede aproximarse hasta cierto grado), y contemplar la mezcla de hippies desfasados, montañeros, turistas embobados y elementos locales conviviendo sin molestarse los unos a otros.

La vida se abre camino, o simbiosis entre naturaleza y edificios en Katmandú.

El primer evento fue bien, chistoso y divertido, con todos los invitados vestidos a la manera nepalí, como mandaba la etiqueta. Entre otras cosas, todo transcurrió sin contratiempos porque la novia (mis aplausos para ella) había aprendido nepalí a una velocidad extraordinaria y se le daba muy bien organizar al personal de acuerdo a la idiosincrasia local. También tuvimos que dar las gracias a Flora, Fauna y Primavera, tres simpáticas componentes de la familia del novio -cuyos nombres nunca supimos, de ahí que las denominemos como a las madrinas de la Bella Durmiente- que echaron una mano a las mujeres españolas en la difícil misión de colocarse de manera adecuada esas prendas de vestir denominadas saris (doy fe en que hay que hacer un máster avanzado para ponérselas). Aunque si creíamos que con esto acababan las incidencias a lo largo de la boda, nos hallábamos muy equivocados.

La pre-boda (o primera ceremonia). Me disculparéis si, de todas las fotos del enlace de las que dispongo, coloco las más impersonales, desenfocadas y multitudinarias que tengo a mano, con el objetivo de preservar la intimidad de los participantes.

El plato fuerte se reservaba para la segunda celebración. Punto primero: aprendes que organizar una boda es cuestión de toda la familia. Tanto que, durante el desayuno del día anterior, nos encargaron una misión: "Necesitamos un voluntario", indicó el padre de la novia, "para ir a buscar el pastel junto a Sadam Husein". Para los que hemos vivido desde la televisión dos guerras de Irak, el nombre no deja de trastocar todas tus concepciones mentales (por supuesto, me presenté voluntario en cuanto averigüé la naturaleza de la misión). Resulta que Sadam era un pariente del novio -aunque la familia era mayoritariamente hinduista, había cierta sección musulmana-, el cual no tenía la culpa de que sus muy comunes nombre y apellido coincidieran con los de uno de los dictadores más conocidos en los últimos tiempos. Pronto, sin embargo, los cometidos se multiplicaron. A varios de los primos de la novia les encargaron que se hicieran responsables de "la parte del jarrón". Esta sección consistía en que el novio tenía, durante cierto momento de la ceremonia, que intentar atrapar un jarrón que sus "nuevos primos" tratarían, de manera fingida, de escamotearle: en suma, era una manera tan jocosa como cualquier otra de indicar que había entrado a formar parte de las bromas y pullas bienintencionadas habituales en toda familia. Asignados cada uno a sus tareas, llegó el gran día. En esta ocasión, Flora, Fauna y Primavera se reencarnaron en unas amabilísimas camareras de hotel que, sin necesidad de compartir con las españolas ninguna clase de idioma común, flotaron cual pajaritos alrededor de las muchachas hispanas para conseguir que los saris se mantuvieran en su sitio. Cumplida esta primera cuestión, fuimos al lugar de la boda. Quizás es momento de extendernos sobre algunos detalles de la ceremonia.

Llegada del cortejo nupcial

Lo primero de todo es que la familia del novio arriba al lugar donde se celebra el show (digo, el asunto), a cuya puerta aguarda el padre de la novia -lo sé porque una de las funciones improvisadas que me tocaron ejercer aquel día fue la de traductor oficial del mismo mientras no llegara alguien que pudiera transmitirle los mensajes en inglés al español-. Dicha llegada familiar es una especie de fantástico desfile triunfal sin mucho orden ni concierto, lleno de música, color y, sobre todo, vestidos fastuosos. Uno podría tener dudas sobre quiénes son los novios en una boda india porque todos los trajes son espectaculares: hasta que los ve, momento en el que le queda claro, porque son más rutilantes todavía. Aquí tenemos que expresar una cierta diferencia cultural entre los dos mundos que nos ocupan. En algunas civilizaciones, la moda es minimalista: menos es más; en la India y Nepal, se han quedado en el barroco: más es siempre más. A aquella exhibición sólo le faltaban los elefantes. De todas maneras, en aquella boda hubo una particularidad especial: resultó que durante el segundo evento, la mayor parte de los occidentales vestíamos ropas tradicionales, mientras que los nepalíes llevaban puestos trajes y corbatas. Fusión cultural así no la encontráis ni en un restaurante de lujo. Después del desfile exterior, la multitud penetra en el recinto donde se celebra la boda, cada familia por un lado, de tal manera que ambos grupos humanos (con los contrayentes como punta de lanza) se encuentran en la parte superior de unas escaleras donde confluyen novio y novia junto a un séquito de acompañantes, en un gesto que simboliza la unión de los futuros cónyuges y de sendas colectividades. Creo que estaría prohibido (o, al menos, sería de mal gusto) sentarse en las escalinatas y cobrar un euro a los participantes, aunque si lo hubiéramos llevado a cabo nos hubiéramos puesto las botas. Terminado el proceso del encuentro de los novios, comienza la ceremonia propiamente dicha.

Encuentro de los novios en las escaleras. Como podéis apreciar de las vestimentas, ninguna boda nepalí es sencillita ni minimalista.

Hay dos cuestiones que incrementan la confusión en una boda nepalí. En un enlace occidental, primero tiene lugar la boda propiamente dicha, luego el convite y al final el baile. En la celebración nepalí, las tres fases tienen lugar simultáneamente (por tanto, mientras los novios están a lo suyo, hay quien disfruta con su sufrimiento, hay quien baila, y hay quien se aproxima a la mesa a deglutir a ambos carrillos). La segunda cuestión se refiere al oficiante, que en nuestro caso era un hombre, acompañado de dos mujeres mayores las cuales iban repartiendo marrones (o tareas) al primero que veían, y que eran quienes designaban las líneas maestras de la ceremonia, aunque de vez en cuando se contradecían. A buena parte de los congregados les se les adjudicó un rol -o, mejor dicho, una misión-. Mi chica tuvo que reunir a cuatro mujeres casadas de la familia para un extraño ritual que incluía colocarse un cuenco relleno de cosas en la cabeza. El primo de la novia asignado a la ceremonia del jarrón la dirigió con tanto celo que, durante unos minutos, temimos que los prometidos no llegaran a casarse. El padre de la novia y su futuro yerno tuvieron durante un tiempo que obedecer extrañas consignas del oficiante que requerían trasvase de líquidos y variadas ofrendas. A mí (liberado ya de las labores de traductor, una vez la novia se incorporó a la parte religiosa del asunto) me tocó a continuación participar en una insólita invocación a la cosecha en la que seis nepalíes, el padre de la novia y yo tuvimos que golpear el extremo de un palo sobre un cuenco para simbolizar el aplastamiento del arroz para obtener harina. Como podéis constatar, la cosa estaba como para aburrirse.

Ceremonia de aplastamiento de arroz en un cuenco. En algún lugar ahí atrás, supuestamente, estoy yo.

Lo sorpredenten es que, mientras hacíamos todo esto, la boda seguía su curso. Yo participé en el rito del palo, me fui en un coche a buscar el pastel -por lo visto Sadam Huseim iba en el auto, aunque en aquel momento pensaba que le habíamos perdido., volvimos sin saber lo que había que hacer con la tarta (descubrimos que, sobre este dilema, la familia nepalí estaba tan perdida como nosotros, lo cual desconozco si nos unió o nos distanció culturalmente) y, mientras tanto, a la novia siguieron pidiéndole que hiciera cosas cada vez más complicadas. De lo poco que entendí de la ceremonia, debe de haber un cierto interés en hacer sufrir hasta el límite de sus fuerzas a la contrayente del enlace, por motivos que desconozco. Aun así, ella aguantó con relativa entereza un proceso que duró numerosas y largas horas hasta que, en un momento determinado, supongo que asumieron que no iba a rendirse y la soltaron. Ya de manera más distendida, como digo, se sucedían a la vez el convite y al baile. Al respecto de este último, he de decir que no soy muy fan de "Paquito Chocolatero", pero ver a unos nepalíes bailar esta canción no tiene precio. Sobre esta última, y a pesar de su gran desaparpajo, los asiáticos decían que el problema de las canciones españolas es que no entendían las letras, lo cual me producía una sonrisilla al recordar las coreografías de Bolllywood que los españoles habíamos efectuado de manera bastante jocosa en el primer evento. Lo más curioso del banquete -y aquí reenganchamos con la parte política- es que, en Nepal (como en otras partes del mundo; yo mismo participé en Túnez en una boda en la que sólo conocía a una amiga de los contrayentes), la cuestión de los invitados es bastante laxa. No llegaron hasta el punto de invitar a todo el pueblo de la familia al ágape, como he visto que ocurre en algunas localidades pequeñas, pero se considera que la gente entra y sale de las bodas con relativa facilidad. Por ejemplo, el lado musulmán de la familia solamente hizo acto de presencia durante un tiempo. Como el novio pertenecía a la casta de los guerreros -una de gran consideración social-, allí en nuestra gran boda nepalí había también un cierto número de políticos. Hasta creo recordar que el Primer Ministro se pasó a saludar. Fue curioso observar cómo el padre de la novia departía con ellos: él no sabía nepalí, ellos no hablaban castellano, y el dominio de ambos contendientes del inglés era bastante relativo. Pero ya conocéis la innata capacidad de comunicación del ser humano, más si es español, y más en las bodas. Sobre lo que conversaron los antiguos guerrilleros maoístas de las montañas, ahora reconvertidos en congresistas, con un individuo nacido en Castilla que ha estado tanto en el ejército como en una comuna (y sin duda no desentonaba en ninguno de los dos ámbitos), sólo podemos especular.

Fase de baile, fotos, "vivan los novios" y demás excesos que sigue a toda ceremonia de boda.

Nepal es un país que tiene muchos problemas. Pobreza, un pasado de inestabilidad política que esperemos haya quedado atrás, terremotos... Puedes adorar sus ancestrales tradiciones, la belleza de sus montañas y la riqueza de su cultura a la vez que lamentas la forma en que la contaminación ensucia sus ríos o que los problemas de la globalización y el cambio climático amenazan la esencial industria del alpinismo. Por otra parte, no tengo queja con respecto a los nepalíes: prácticamente todos los que conocimos, tanto de lejos como de cerca, familia política o no, se portaron de una manera encantadora y cordiabilísima con nosotros, pese a que sin duda las diferencias culturales hacen que tengamos perspectivas distintas sobre muchas cosas (aunque, qué queréis que os diga: entre el caos mediterráneo y el nepalí, no veo demasiadas diferencias; quizá por eso nos parecen tan divertidos, y no tan lejanas sus tradiciones). Un país tan lleno de contradicciones y paradojas merece la pena. Yo he querido compartir con vosotros la manera en que éste ha entrado en mi vida, a múltiples niveles, entrecruzándose la esfera política y la familiar. A cada uno nos ocurre algo parecido con uno o dos lugares distintos. Espero que los vuestros os deparen tantas alegrías como a mí.

Una porción del Himalaya saludándonos desde la ventanilla del avión.

lunes, 5 de marzo de 2018

El libro, las películas, las historias reales de marzo: "Mal de altura", de John Krakauer, la película "Everest", el documental "Sherpa", y el mal de la cima del mundo.

En el centro de la imagen, el Everest, cubierto por nubes. A la derecha, el Llhotse, de cumbre más irregular y plana. Por delante, campos de nubes, a semejanza de ovejas sobresaliendo entre blancos prados. Imagen del autor desde avión comercial.

Hace unos años apareció en cine la película "Everest", un reflejo en celuloide del accidente más grave que ha tenido lugar en el mítico monte, en el año 1996, donde quince montañeros perdieron la vida. Poco después de verla, llegó a mis manos "Mal de altura" ("Into thin air"), de John Krakauer -autor también del título "Hacia rutas salvajes"-, el periodista que acompañaba a la expedición y que narró en aquel libro lo sucedido, recopilando tanto el suyo como otros puntos de vista. Aunque reflejan un acontecimiento común, las dos narraciones -aparte de las diferentes de formato- suenan con distinta melodía. Mientras que "Everest" se asemeja al sonido de una flauta dulce, "Mal de altura" resulta una composición polifónica. El símil con la flauta tiene su lógica, en el sentido de que, aunque emite una canción única, la descripción de lo que ocurrió aquellos fatídicos días en la montaña es fragmentaria, un instrumento que cuando funciona provoca vibraciones en cada uno de los agujeros por los que el aire sopla, que es justo donde se alojan los seres humanos que, entre las rocas, tratan de sobrevivir. En la película se siente la angustia que debió sentirse en el campamento base, cuando se asume que se ha perdido el control, que ya nada cabe esperar sino que este sea el último muerto, y cuando todo, en definitiva, se ha ido a la mierda. La película, por otra parte, rellena huecos que la crónica periodística de Krakauer no puede narrar (en el cine rara vez te puedes emitir imágenes en blanco, mientras que un ensayo valora su riqueza en ocasiones en la abundancia de agujeros negros), y es mucho más simple a la hora de exponer sus conclusiones, que en realidad no enuncia nunca, sólo insinúa: era la época en que empezaban a institucionalizarse las grandes expediciones comerciales al Everest, había muchos grupos tratando de coronar la cima el mismo día, los líderes tenían la presión de que los clientes habían puesto muchas ganas (y pagado mucho dinero) por estar arriba, y encima llegó una tormenta que buena parte del tiempo se pensó que no iba a presentarse. Krakauer, en ese sentido, esculpe una realidad mucho más poliédrica: sí, habla de la presión sobre los organizadores, incluyendo no sólo cuestiones de confianza y monetarias, sino también de fama y publicidad (a ese respecto, es dolorosamente sincera la confesión de Krakauer cuando indica que cree que el hecho de tener un periodista en el grupo pudo influir en la tragedia, ya que nadie quería quedar mal delante de los medios). Pero también ofrece algunos detalles que hacen replanteárselo todo. Por un lado que, para lo que es una campaña anual en el Everest, la cifra de muertos en el 96 fue relativamente normal. Por otro, que resulta muy difícil tratar de achacar culpas y responsabilidades a alguien cuando toma decisiones a gran altura. Por encima de los 8000 metros de altitud, no te rige bien del todo la cabeza. Un buen porcentaje de personas deliran, se desnudan, corren precipitadamente hacia arriba, pierden del todo la noción de lo que es factible y qué no. ¿Lo más doloroso de todo? Que los manuales de montañismo te dicen que, en caso de que veas que tu compañero tiene esos síntomas, no puedes intentar ni siquiera reducirle por la fuerza, porque a 8000 metros de altura no tienes fuerzas suficientes para permitirte ese esfuerzo. A 848 metros de la cumbre del Everest sólo puedes permitirte hacer lo que tienes que hacer o morir; decisiones aparentemente pequeñas pueden resultar trascendentales, y tú no te encuentras en el estado más óptimo para tomarlas. Así, el propio Krakauer narra dolido cómo en algunos momentos no se dio cuenta de los problemas de sus compañeros, o estaba físicamente exhausto como para poder atenderlos (lo cual, confiesa, le remorderá por siempre en su cabeza) y llega a contar, incluso, cómo durante varios minutos mantuvo una conversación con alguien que luego resultó que era otra persona distinta (a su vez, el otro componente del diálogo también creía que Krakauer era el guía a quien el periodista creía que le estaba hablando), confusión la cual llevó a que nadie supiera donde estaba un miembro de la expedición durante un período de tiempo clave. Krakauer viene a decir que, después de todo, ascender el Everest nunca va a ser una tarea fácil, y que ni todas las reglas que se apliquen ni todas las precauciones que se adopten al respecto van a evitar al cien por cien los accidentes: hace mal tiempo (e imprevisible), hasta tu jefe de grupo se puede volver loco y, como llega a afirmar el reportero, por muy difícil que sea para algunos de entender a veces, no se trata de una puñetera excursión en tren a Suiza. Si te metes, sabes que corres un cierto riesgo de no salir vivo de allí.

A pesar de esta puntualización clave, una cuestión que Krakauer critica bastante es la falta de pericia de los clientes en las excursiones comerciales. Los tiempos han cambiado mucho, y con ello también el fenotipo particular de los montañeros. En los orígenes primitivos, un club de escaladores llegó a definirse como "un grupo de caballeros que, accidentalmente, escalan"; luego llegó la época de los grandes retos, de coronar los catorce ocho miles o los siete grandes, de hacerlo cada vez de una manera distinta. Y cuando todo eso acaba (porque ya no hay más maneras diferentes de subir los ocho miles), cabe servir de guía para llevar a gente menos experta a la gran montaña. En particular al Everest, que técnicamente no ofrece muchas complicaciones (a ver: técnicamente; lo de tener una capacidad física envidiable que salva las dificultades de hacer lo mismo a ocho mil metros de altura, va aparte), y que supone un logro que colocar en un cuadro de tu despacho de directivo de una gran multinacional. El problema es que en el 96 se estaba empezando a hacer esto, se intuía que daba mucho dinero, y se llevaba a gente con una experiencia previa de escalada no nula, pero tampoco con demasiado bagaje para el hecho de tener que enfrentarte a unas condiciones tan adversas (clima gélido, mal de altura, falta de oxígeno) y encima subir una pared de roca y hielo. En el 96 hubo un problema con las cuerdas que debían tenderse en el escalón de Hillary (la parte más difícil de la ascensión del Everest) que causó un serio retraso, y el problema es que los guías no se atrevieron a decirle a la gente que lo más sensato, ante tanta gente acumulada en el mismo sitio, era darse la vuelta y, antes de que cayera una tormenta o la casi igual de terrible noche, retornar de nuevo en dirección al campamento base. Desde entonces se ha analizado mucho sobre lo que ha salido mal en las expediciones previas, y algunas cosas sin duda han mejorado, pero lo cierto es que hay cosas que no han cambiado: el Everest sigue siendo un reclamo comercial para expedicionarios probablemente no lo suficientemente preparados, el Everest se ha vuelto, como diría algún escalador, un "puto circo", y hay un tiempo relativamente breve (la climatología del Everest no da para grandes excesos) en el cual muchas expediciones pretenden coronar la cumbre. Ante esta situación, John Krakauer propuso, de hecho, que se obligara a que todo cliente que quisiera subir al Everest tuviera que hacerlo sin botella de oxígeno, para así forzar a que sólo los más preparados se atrevieran a ascender a la montaña. En ese sentido, en 2016, el gobierno de Nepal puso algunos límites para la ascensión, incluyendo que sólo podría intentarlo alguien que hubiera demostrado ascender antes al menos una montaña de 6.500 metros. Así pues, aunque el libro de John Krakauer fue muy discutido, y sus conclusiones son todavía objeto de polémica, está claro que hasta cierto punto, las autoridades han tomado nota de los accidentes que ha habido y están tratando de evitarlos. El problema es que no existe sólo ese problema, también se producen otros, y algunos están en rápida progresión.

Para empezar, el mundo de la montaña puede ser a veces tan salvaje como la selva, la sociedad de "El señor de las moscas", o la cúspide de la pirámide en Wall Street. Los tiempos en que gentiles e ingeniosos caballeros ingleses conservaban la buena educación mientras contaban historias en torno a un buen fuego, en fin, al menos por las palabras de escaladores recientes, parece que hacen tiempo que han pasado, y ahora existen unas reglas de juego más similares a las que podría haber en la tripulación mercenaria de un barco pirata pilotado por un (¿a que esto empieza a parecer una novela de Jack London?) salvaje lobo de mar. La competición es dura y no siempre limpia (esa siempre la hubo), hay mucho movimiento en un mundo muy falto de reglas o de gente encargada de cumplirlas (se han denunciado robos en los campamentos; a mí me recuerda en cierta medida a la situación en que hubo un asesinato en una base en la Antártida, y no hubo nadie que pudiera investigarlo) y -de eso se queja todo el mundo hoy en día- hay demasiada gente en la cumbre. No se trata ya sólo de dejar de atender peticiones de auxilio (a veces es complicado decidir si se trata de hacer un favor o de poner en riesgo la vida; las descripciones de algunos escaladores describiendo cómo tenían que dejar abandonados a sus compañeros son inconsolables), o de que los cadáveres que no pueden ser rescatados, conservados intactos sobre el hielo, sirvan de mojones kilométricos para indicar el curso de las ascensiones. Se han dado el caso de un individuo que se dejó caer agotado a un lado del camino, junto a un antiguo cadáver (con el mal augurio consiguiente) y han pasado horas hasta que nadie hiciera nada por ayudarlo, porque los jefes de equipo les decían a sus integrantes que no se entretuvieran en su camino hacia la cumbre. "Sálvese quien pueda", protestan algunos que se ha convertido en el lema de la subida hacia la montaña. El hecho de que haya más gente -situación que a lo mejor palía las recientes medidas del gobierno de Nepal-, o que los récords tengan que ser por definición cada vez más difíciles, no va a contribuir a que la cosa vaya a mejor. Entre otras cosas, porque la ambición por escalar la montaña siempre estará presente. Por ver qué se siente (aunque pueda ser decepcionante o breve), por las vistas (que también podemos vislumbrar de maneras más fáciles, como en avioneta o a través del vídeo), por el mérito, por el esfuerzo, por la innegable fascinación que ejerce sobre nosotros "lo más" alto, lo más grande, el infinito. Por ponernos a prueba a nosotros mismos. Por ver si nos hacemos más sabios. La respuesta más sencilla la pone la película Everest en un mensaje al unísono de los escaladores protagonistas, ant la insistencia del periodista: la subimos, simplemente, "porque está allí". Sea el polo, la montaña o la Luna, ¿merece mejor respuesta? 

Pero analicemos también otros problemas. Está, por un lado, el factor natural. El Everest está lleno de grietas, muchas de ellas bajo la nieve, que pueden ceder en cualquier momento, en algunos casos por terremotos (el de 2015, de hecho, destruyó el mítico escalón de Hillary, factor que se cree provocará más embotellamientos en la cima), de los cuales Nepal ha sufrido varios recientemente que han alterado incluso la altura del Everest. Y en los últimos años también, por el cambio climático. Ahora que empezamos la cuenta atrás para que el Kilimanjaro se quede sin nieve en su cumbre, el hielo del Everest es más fino y es más difícil fiarse de él. Esto, además, dificulta las expediciones que se hacen casi exclusivamente cuando el tiempo es mejor, para evitar en lo posible el factor climatológico. Por otra parte, desde el punto de vista ambiental, el Everest está hecho un desastre: viejos equipos, botellas de oxígeno, cuando no simple y llana basura, pueblan sus laderas, y de ahí que aparte de las iniciativas para rescatar cadáveres, se propongan con creciente frecuencia proyectos con el fin exclusivo de recoger algo de la ingente contaminación con que -como le pasa a tantas otras maravillas, naturales o artificales-, lo estamos ensuciando. Hay que contar, además, con el factor de los sherpas. Pero eso requiere de algo más de explicación.

No olvidemos que, antes de que un topógrafo indio describiera que una montaña hasta entonces anodinada en los Himalaya era la más alta del mundo, y el responsable inglés de turno le pusiera el nombre de Everest (como en otros casos, homenajeaba a su predecesor en el cargo), los nativos de Nepal le conocían como Sagarmatha, que quiere decir "frente del cielo", y los del Tíbet (hay que recordar que tanto el Everest como el Llhotse, con el que comparte una parte del macizo, se encuentra en la frontera entre Nepal y China, y que descendiendo por su cara más complicada se llega a este país último) le llamaban Chomolungma, o "madre del universo", o sea, que alguna intuición respecto a su altura debían de tener. De todos es conocido el nombre de sherpa, que define no tanto a los acompañantes locales a las excursiones al Everest como los pertenecientes a la etnia que abunda en la regiones anexas al gran monte asiático (a pesar de que existen sherpas tanto en la India como China y, por supuesto, Nepal). No hablaremos por tanto de su fantástica adaptación a la altura y el clima de la montaña, de Tenzing Norgay, el mítico sherpa que junto con Hillary escaló por primera vez el Everest, o de varios sherpas que poseen numerosos récord Guiness en relación con la escalada, estableciendo rankings muy semejantes a los de occidente, aunque por supuesto mucho menos publicitados. En cambio, pretendo traer a colación el documental "Sherpa" (2015), que trata el tema desde una perspectiva algo más moderna. Hasta ahora, los sherpas se consideraban el complemento ideal en la expediciones de alta montaña: solícitos, sacrificados, y capaces de cargar con un pesado equipo en unas condiciones durísimas para sus compañeros occidentales. Y todo ello, por un precio ínfimo, comparado con sus colegas también. Sin embargo, las cosas están cambiando últimamente. Los sherpas más jóvenes son más conscientes del mundo en el que viven: saben que las empresas de escalada hacen mucho dinero con ellos, y aunque aprecian las mejoras que el dinero procedente del montañismo ha producido en su comunidad, ya no tienen esa relación tan diligente entre jefe occidental y empleado asiático que era de uso tan común en el siglo XIX. Muchos sherpas, además, andan ofendidos con las actitudes occidentales que ellos consideran irrespetuosas (recordemos que, para ellos, la montaña es sagrada, aunque no olviden también que les da de comer), y con su escaso aprecio respecto de la labor que desempeñan los sherpas, reflejado tanto en el terreno económico como en el trato personal. Por otra parte, los sherpas que actualmente trabajan en las excursiones comerciales no desean que sus hijos continúen la tradición: las aportaciones de los donativos han servido para fundar escuelas, y ahora pretendan que sus hijos tengan una educación universitaria, busquen nuevas posibilidades, salidas laborales que casi con certeza les llevarán fuera de sus reductos aislados en Nepal. Para ellos, además, el número de excursiones tiene un límite: llega un momento que si no pueden estar con sus hijos, verlos crecer, si se juegan la vida a cada instante, no merece la pena continuar con ello; han reaprendido esa esencia tan budista de que no todo en la vida es dinero. De hecho, en los últimos años, a raíz de las dudas surgidas ate pasarelas de hielo quebradizas, peligro de terremotos, el hielo debilitado a causa del cambio climático, los sherpas se han sentido presionados por los promotores comerciales -que exigen, ante todo, continuar con las expediciones, pues no se toca la gallina de los huevos de oro-, arrastrados hasta los límite de su aguante psicológico y físico, y han dicho en ocasiones basta: en dos de las últimas campañas los sherpas han decidido plantarse y no arriesgar la vida de ni uno solo de ellos, impidiendo que ese año haya viajes a la cima. Un cambio que, sin duda, modificará las actitudes de los promotores comerciales respecto a los sherpas de cara al futuro. Quizás, de esta manera, pueda alcanzarse un equilibrio entre seguridad, prosperidad económica, y respeto a las tradiciones y, con un poco de suerte, al medio ambiente. El precario ecosistema del Everest, tan ciclópeo, tan mítico, pero en realidad tan frágil y asediado de peligros, sin duda lo agradecerá.