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lunes, 15 de agosto de 2022

Los libros de agosto: unos par de ensayos históricos

Dos pequeños extractos de historia:

-Un pueblo traicionado. Paul Preston narra la historia de España desde la Restauración de Alfonso XII hata nuestros días -finaliza con la llegada de Pedro Sánchez a la presidencia del gobierno-. Y encuentra una serie de patrones comunes: corrupción a raudales (desde el caciquismo hasta los escándalos modernos, pasando por Lerroux y los chanchullos continuos durante el franquismo); una intensa violencia política que va sobre todo desde gobernantes a gobernados (poco hicieron los anarquistas y revolucionarios de principios del siglo XX en comparación con los sangrientos gobernadores civiles; y los atentados de ETA y los GRAPO palidecen en contraste con la represión de Franco, e incluso de las hordas ultraderechistas instigadas desde sus gobiernos); y muchas mentiras, incluyendo ataques con falsa bandera o estrategias de propaganda. Por supuesto, pasa a través de la dramática y todavía supurante guerra civil. En cualquier época, sin embargo, da la sensación de que los oligarcas y poderosos -desde el criminal Juan March hasta Carlos Fabra, descendiente de una larga estirpe de caciques- siempre se salen con la suya gracias al dinero y la connivencia con el poder. Aunque Preston minimiza algunos acontecimientos importantes para el imaginario colectivo español (ensalzando otros), quizás el mayor defecto es que se centra demasiado en el gobierno y en los personajes de su entorno (en el tráfago, ciertos individuos aparecen y desaparecen de la narración como el Guadiana). En general, sin embargo, a pesar de algunas afirmaciones un poco dudosas, da una buena perspectiva panorámica de la historia de un pueblo que, como conclusión, tiene motivos más que de sobra para sentirse traicionado; pueblo que, además, no tiene claro si le resultará sencillo encontrar alguna vez la forma de que esto, en el futuro, no sea así.

-Comerse a Buda. Bárbara Demick escribe un relato periodístico (para bien y para mal, pues se nota bien documentado -dentro de las dificultades obvias-, pero la narrativa es fragmentada y a menudo inconexa) sobre las tirantes relaciones de Tibet con China. Es interesante saber que el Tíbet se extiende más allá de las grandes montañas del Himalaya (la llamada "meseta tibetana" llega hasta muy adentro del corazón de China, y hay partes del antiguo Tíbet actualmente muy entremezcladas con la nación que les invadió en su día). También es llamativa la figura del Dalai Lama, en una encrucijada entre el Tíbet en el que nació y lo que le pide ahora su pueblo, bajo una difícil coyuntura política. Se habla de no-violencia, de revueltas y de autoinmolaciones, del choque cultural entre el pueblo chino y el tibetano, de tolerancia religiosa, de la Historia con mayúscula y las pequeñas historias de personajes humildes. Un buen punto de partida para los que, como yo, no sabíamos mucho sobre este conflicto y estamos deseando averiguar más.

sábado, 1 de junio de 2019

La historia real de junio: una lista de obras de arte y monumentos perdidos

Si en una entrada anterior señalamos las obras literarias más grandes jamás perdidas, ahora le toca a su versión artística (o, al menos, de cierto tipo de arte): un registro nada exhaustivo de pinturas, esculturas y obras arquitectónicas y monumentales que no resistieron el fragor de los tiempos, y que probablemente no lleguemos a encontrar nunca. Entre ellas cabe destacar:

-La inmensa mayoría de las siete maravillas del mundo. De lista que conformó Tales de Mileto a través de sus viajes por Egipto, Grecia y Asia Menor, sólo quedan en pie las pirámides. El Coloso de Rodas (que inspiraría otro Coloso erigido en Roma, con la cara de Nerón, que también se perdió, y que dio nombre a una futura "Maravilla del mundo moderno" -edificada al lado del donde se encontraba la escultura-, el Coliseo), que ocupaba la entrada del puerto de dicha ciudad, probablemente se derrumbó en un terremoto. Mismo destino sufrió el faro de Alejandría, cuyos restos sirvieron en parte para elaborar un fuerte, y lo que quedó fue cargado a lomos de camellos por parte un oscuro comerciante que los condujo a la noche de los tiempos. En cambio, las ruinas del Mausoleo de Halicarnaso fueron localizadas en Bodrum por un grupo de arqueólogos ingleses, que le preguntaron al sultán otomano si se podían llevar "unas piedras" y éste, pasmado de su interés por la geología, se lo concedió: para cuando se dio cuenta del valor de aquellas artificiales rocas, éstas ya se hallaban en los estantes del Museo Británico. Incendiado fue el templo de Diana en Éfeso por parte de un estúpido que (en un pensamiento excesivamente moderno) quiso destruirlo para que su nombre fuera recordado por la Historia y, por desgracia, lo logró. Nada sabemos de los jardines colgantes de Babilonia, ni siquiera si existieron, pero de quedar algo tras las sucesivas guerras en territorio irakí, lo más entero que permanezca serán las puertas de Ishtar. En cuanto a la estatua de Zeus en Olimpia, esculpida por Fidias, hay varias versiones. Una dice que el emperador Calígula mandó traerla a Roma y sustituir la cabeza de la escultura por la suya: en cuanto sus soldados lo intentaron, cuentan que el colosal Zeus de piedra se rió y los legionarios salieron corriendo. La estatua habría sido más tarde llevada a Constantinopla, donde quedó destruida por un terremoto. Sin embargo, a mí me gusta más la historia que dice que Fidias, al terminar la obra, le preguntó a Zeus qué le parecía y éste, como toda respuesta, arrojó un rayo sobre la estatua y ésta desapareció.

Reproducción de siete maravillas del mundo antiguo. Tomado de Wikipedia.

-No ha sido la única obra de Fidias que desapareció: su Atenea, esculpida para permanecer dentro del Partenón, tenía unas cubiertas doradas que el escultor -previsor de que le acusaran de apropiarse de parte del oro de los materiales- había hecho desmontables para demostrar su honradez, y que así no hubiera que recurrir a ningún complicado recurso matemático propio de Arquímedes (¡Eureka!) para exhibir su inocencia. Esas cubiertas, por supuesto, fue lo primero que volaron para obtener oro contante y sonante, pero la estatua entera también acabó perdiéndose. De la misma manera, la Atenea Promakos, que dominaba majestuosa la Acrópolis, ante sucesivas guerras e incendios, se volatilizó también, y suerte tuvimos de que el Partenón no desapareciera mientras los turcos lo empleaban como polvorín en una de las abundantes guerras en suelo de Grecia. El Partenón, eso sí, perdió el color de sus pinturas, material difícilmente preservable, y por eso tenemos tan pocas pinturas (de ahí la valía de los frescos de Pompeya) datadas en la antigüedad. El Ara Pacis de Augusto, por ejemplo, estaba cubierta de colorido (romanos y griegos tenían un estilo algo kisch, pero a algunos monumentos, cualquier cosa les sienta bien). Algunas esculturas no sufrieron tanto y sólo perdieron secciones, quedándose mutiladas: la Victoria de Samotracia, aún así, se ha convertido en un icono, pero sería interesante saber qué ocurrió con los brazos de la Venus de Milo, a la que se supone que encontraron con ellos y que (probablemente en una pelea por quedarse con los restos) fue en época moderna cuando  se desintegraron.

"Akropolis", por Leo von Klenze, con Atenea Promakos al fondo.

-Perdido ¿para siempre? quedó el rastro de la tumba de Gengis Khan, ya que los soldados que recorrieron el lugar con sus caballos para dificultar la búsqueda fueron ejecutados (y sus ejecutores, para estar seguros, también): su descubrimiento sería uno de los grandes hitos arqueológicos de cualquier milenio. La momia de Alejandro y su último apostento (visitable y visitado, hasta por emperadores romanos) también desapareció, y probablemente tuvieron algo que ver las revueltas cristianas que atentaban contra todo lo pagano y helenístico, incluyendo también la Biblioteca de Alejandría y su Museo. Un caso especial es la última morada de Shih Huang-Ti, primer emperador de China, de la que ya hablamos aquí: se sabe perfectamente dónde está, pues se halla bajo una colina anexa al lugar donde se desenterraron los guerreros de Xian, supuestamente encargados de velar por su descanso eterno. Sin embargo, los arqueólogos, a la hora de entrar, no las tienen todas consigo: primero, porque ya los guerreros de Xian se desprendieron de su capa de color al ser expuestos a la atmósfera, y no quieren excavar nada nuevo hasta que no estén seguros de que la tecnología lo pueda conservar. Y, segundo, porque las leyendas acerca de lo que contiene la tumba del hombre que quiso ser inmortal (una representación del mundo con estrellas reproducidas mediante joyas en la bóveda, y ríos de mercurio recorriendo la base) son tan proverbiales como los mitos sobre las posibles trampas mortales que existirían, destinadas a los incautos visitantes. Y a eso los arqueológos (muy mal pagados casi siempre) tampoco se quieren arriesgar. Hay dudas también sobre a cuántas personas vamos a encontrar en la tumba: en la época arcaica se enterraba a los allegados del difunto junto a él; luego se representaron con imágenes figurativas. Un cuento (cuyo origen no he podido certificar) habla de un hombre que iba a ser enterrado con Shih Huang-Ti y propuso como alternativa las estatuas: el final del relato decía que le hicieron caso, pero sólo a medias, pues las estatuas fueron construidas, pero también le enterraron a él. La veracidad de esta historia es dudosa, pero teniendo en cuentas las malas pulgas que gastaba quien mandó edificar la Gran Muralla, nada es descartable.

-Por fortuna, a pesar de que se perdiera tanto de la época e influencia de Alejandro Magno (incluyendo su propio cuerpo), sí se conservó una maravilla de estilo helenístico, la estatua de "Lacoonte y sus hijos", de datación incierta, de la que el escultor Miguel Ángel fue testigo de su descubrimiento en un campo en Italia. De Miguel Ángel hemos también unas cuantas esculturas, incluyendo dos Cupidos que falsificó haciéndolos pasar por esculturas antiguas, un Hércules que medía 2,40 metros, y una estatua de Julio II que destruyó el populacho de la ciudad de Bolonia. Por otra parte, la falta de interés de los sucesores de Julio II por la tumba de éste provocó que Miguel Ángel abandonara el proyecto monumental para el mausoleo del difunto Papa, el cual hubiera incluido al "Moisés" (ahora, solitario en San Pietro in Vincoli) y varios "esclavos" inacabados en un conjunto seguramente más interesante que cada obra por separado. Inconclusa también quedó la pintura "La batalla de Cascina", un fresco que Miguel Ángel abandonó porque le salió un encargo mejor (y cuyos esbozos en cartón desaparecieron, a lo que en parte pudo contribuir un artista rival). "La batalla de Cascina" tiene un doble interés, pues iba a adornar una de las paredes de la Sala de los Quinientos del Palazzo Vecchio en Florencia, destinada a la toma de decisiones del gobierno de la ciudad (es la sala más grande construida en Italia para este menester). La otra pared se destinó a que la ocupara el otro genio artístico de igual talla que vivió en la ciudad, Leonardo: de hecho, el contrato lo firmó en nombre de la República de Florencia un hombre llamado Maquiavelo, para que nos hagamos una idea del nivel que había en la época. Leonardo iba a hacer "La batalla de Anghiari", pero como el fresco no era la técnica más adecuada para su estilo de pintura, intentó un estilo alternativo, el encausto. Éste funcionaba bien cuando el secado se realizaba de manera adecuada, pero las condiciones de la Sala de los Quinientos no eran las más propicias, y la parte superior de la pintura empezó a desprenderse como si fuera pasta mojada. Leonardo abandonó el proyecto, que quedó empantanado y expuesto durante muchos años en la sala, hasta que hubo una remodelación que destruyó lo poco que quedaba de los proyectos iniciados por ambos pintores. No obstantes, muchos artistas vinieron a Florencia y quedaron fascinados por el cuerpo central de la pintura de Leonardo (más o menos intacto) y la violencia de la batalla que se mostraba, incluyendo Rubens, que hizo una copia, el único resto que nos queda de la obra original. Hoy en día esa reproducción se puede admirar en el Museo del Louvre; en teoría, hubiera sido la mejor obra de Leonardo, pero fue su compañera de museo, la Mona Lisa, la que salió beneficiada del estropicio. En todo caso, todo este episodio acerca de la sala acondicionada para ser decorada por Miguel Ángel y Leonardo ha sido ahora recientemente puesta en duda. Aunque, en todo caso, como historia, sigue resultando fascinante.

Copia del cuerpo central de "La batalla de Anghiari", elaborada por Rubens a partir del original de Leonardo da Vinci.

-Aunque las obras que más han sufrido son las de las épocas más antiguas, la Edad Contemporánea tampoco ha tratado muy bien a muchas manifestaciones artísticas. Guerras, incendios, terremotos, censura o muerte violenta de sus dueños, cuando no directamente robos, en especial en un siglo XX que padeció dos guerras mundiales (aún colea la destrucción del "arte degenerado" por parte de los nazis, o la incautación de obras a los coleccionistas judíos), han arrasado con lo que podía haber sido una de las épocas más prolíficas en la producción artística mundial. Un caso particular quiero traer a colación: el "Retrato del doctor Gachet", de Van Gogh (ver abajo), se encuentra ahora mismo en paradero desconocido. Fue comprada por el precio más alto por una pintura en su época, por parte de un hombre de negocios japonés. El millonario llegó a decir que quería quemar el Van Gogh después de su muerte: ante el escándalo, manifestó que sólo era una forma de hablar para expresar el amor que sentía por la pintura, y que probablemente lo cedería a un gobierno o un museo. Lo cierto es que no se sabe del todo lo que ocurrió después con el lienzo, y aunque los representantes del fallecido dicen que fue vendido a un coleccionista privado anónimo, el hecho de que el magnate japonés fuera incinerado da pie a escandalosas especulaciones. Aunque siempre cabe soñar que algún día (como desearíamos con las obras anteriores que hemos mencionado) lo volvamos a contemplar. Por suerte, existe otra copia (ambas fueron hechas por van Gogh) en el Museo d'Orsay de París, pero la historia viene a destacar lo frágiles que son las obras de arte, y el peligro de dejarlas en manos equivocadas (incluyendo, entre ellas, las privadas).


lunes, 7 de agosto de 2017

Los libros de agosto: libros con recetas de cocina

Si leer es un placer de los sentidos, y las buenas historias constituyen el alimento del alma, no es difícil dibujar una conexión entre gastronomía y literatura, y quizás es por eso por lo que no resulta complicado hallar escritores a los que también les fascina la buena comida y la buena mesa, y esto lo han reflejado en sus libros y en sus personajes. Recomendaciones de buenos libros de recetas encontraréis muchos por allí, y también listas de buenas historias que están relacionadas con la alta cocina -incluso alguna que contiene recetas interesantes-, pero para hacerlo más original, en esta entrada, realizada en colaboración con Cris Kitchen (la autora del blog más que amigo "La tentación vive... en lacocina"), ambos ofreceremos nuestra opinión sobre novelas relacionadas con el mundo de la gastronomía e intercalaremos -junto con la reseña de las mismas-, alguna recomendación gastronómica que debería acompañar a la lectura de estos libros, de tal manera que vivamos una experiencia más completa. ¿Preparados cubiertos y los tenedores? Todos a la mesa entonces.

-Las novelas de Carvalho: El detective gallego -afincado en Barcelona y creado por Vázquez Montalbán- ha renegado de la cultura (se dedica a quemar una media de un libro por novela para alimentar su siempre encendida chimenea), de los idealismos y de varios trabajos, pero a lo que no renuncia es a una buena cena, sobre todo si está regada con un buen vino. Sobre la cocina de Carvalho se ha escrito mucho, desde la función que ésta ejercía tanto para el personaje como para el escritor, como de la escasa apetencia del detective por los postres. Ya puestos, el mejor resumen lo hacía el propio Carvalho: “Yo nunca como cualquier cosa”.
Recomendación gastronómica: Con libro de recetas incluido, entresacado de la saga de novelas, poco más se puede añadir. Sin embargo, hace no mucho salió un post relacionado con este tema en un blog especializado en el mundo de la cocina, que a muchos nos ha cautivado desde hace tiempo por su agudo sentido del humor. El paladar de Carvalho –siempre exquisito- es, como describen los expertos, muy ecléctico, y da tanto para manjares de la cocina moderna como para platos más tradicionales, pero si hay que elegir a elegir, y siendo el detective de origen gallego, nos quedamos con unas buenas vieiras o unas almejas cocidas en su propio jugo. Ya se sabe lo que dicen: si el producto de origen es bueno, basta con reforzar su sabor natural. A veces lo único que necesita un buen alimento –o buen personaje- es que sea auténtico. Aunque si preferís algo más original, aquí os dejamos esta receta extraída de “Asesinato en el Comité Central”: <<Carvalho abrió varias galerías en el taco de atún y las rellenó con anchoas. Salpimentó, enharinó la bestia y la doró en aceite en compañía de unos ajos. Añadió un poco de agua y dejó que el lomo de atún se cociera a fuego lento (…) Carvalho lo apartó y trabajó el jugo resultante como base de una salsa española corregida con briznas de hinojo (…) esperó a que el atún estuviera frío para cortarlo en rebanadas depositadas en una bandeja y luego cubiertas con la salsa caliente>>.

-Montalbano. El policía italiano creado por Andrea Camillieri en honor a Vázquez Montalbán y que, desde su reducto en Sicilia, se enfrenta a la mafia, a los políticos corruptos, a la prensa partidista, y a un desastroso conserje, hay dos citas que no elude nunca: un reto desafiante, y un contundente plato de pasta. Y si ésta se ve acompañada de alguna de las exquisiteces marinas que otorga el Mediterráneo, bienvenida sea. Sherlock Holmes sería capaz de pasar días sin comer. meditando acerca de un caso: Montalbano seguramente le hubiera mandado a paseo, y marcharía a proporcionar combustible a sus neuronas.
            Recomendación gastronómica. Aunque aquí pega una buena pasta de inspiración marinera, hay dos platos que pierden a Montalbano: el enorme plato de salmonetes -cocinados por su restaurante de confianza- que se mete entre pecho y espalda, o los arancini que le deja preparados en la novela su sirvienta, y que ha hecho que más de uno, leyendo en la cama, haya sentido la tentación de levantarse para ver si le alguien le ha proporcionado un regalo similar. Os dejamos dos enlaces de dos bloguer@s que se han atrevido a imitar los arancini de Montalbano

-El mundo de los detectives y la policía, como se ve, sirve de muy buena excusa para las recetas: quizás porque la comida es algo tan personal y tan único que resulta muy útil para definir un carácter, labor a la que se ve obligado un escritor cuando trata de describir tanto a héroes como a villanos. Bajo este prisma, no es de extrañar que la forense Kay Scarpetta sea una amante de la gastronomía italiana de sus ancestros, e incluso albergue en su casa una cocina personalizada donde fabrica su propio pan. En cuanto al bando de los criminales, es de mención obligada hablar del literario y cinematográfico personaje de Hannibal Lecter, un excelso sibarita (culto, exitoso, educado, con el inapreciable defecto de ser un caníbal) que riega los hígados ajenos con un buen Chianti, y no tiene problemas en que el invitado más pesado de la noche anterior se convierta, en la velada siguiente, en un manjar a degustar.

            Recomendación gastronómica. Al doctor Lecter le agradan mucho las vísceras. Como los platos derivados de las mismas no son aptos para todos los paladares, quizás la primera aproximación debería realizarse con la receta que proporciona la pista para su captura al principio de la película “El dragón rojo”: unas mollejas… hechas a partir de ternasco o cordero lechal, si os resulta más difícil encontrar otro tipo de ingredientes… Bien se sabe que entrar al supermercado a cocinar al cajero es una empresa difícil, incluso aunque el establecimiento se halle abierto los domingos. De todas maneras, abajo os colocamos la página del Larousse Gastronomique que Lecter utiliza como base, por si queréis (si el zoom, la perspectiva y el francés os lo permiten) seguir la receta paso por paso. Aunque si se trata de homenajear a las películas, hay que reconocer que el autor de este vídeo es bastante original al respecto.

-Doña Flor y sus dos maridos: Ésta es una novela sobre el deleite. El placer que proporciona la pasión, espiritual, carnal o a través de cualquier sentido físico, incluyendo también el del gusto. Doña Flor es un ama de casa brasileña de los años 50 con una habilidad excepcional para la cocina, y lo único que es capaz de despistarla de sus postres y de las clases de cocina que imparte a sus alumnas es su indisciplinado, irresistible e incorregible marido. Cuando éste fallece, Doña Flor encuentra consuelo en un aburrido y predecible farmacéutico al cual -a su manera- también adora. Sin embargo, el fantasma de su primer marido no va a permitir que algo tan insignificante como haber fallecido interrumpa la fiesta y le impida gozar.
            Recomendación gastronómica. Los brasileños suelen asombrarse mucho, respecto a la cocina europea, de que pongan cada alimento en un plato distinto. En Brasil, es típico acabar juntándolo todo (un “todo” que normalmente contiene raciones generosas de arroz, legumbres y en muchas ocasiones carne) en una fiesta de los sentidos tan variopinta como el carnaval. Ya puestos, recomendamos una feijoada, aunque debe tomarse con precaución, pues al igual que la fabada asturiana, no es muy recomendable si después te ponen una samba y te invitan a que muevas las caderas. Aún así, reproducimos por su originalidad esta receta de Doña Flor de guiso de tortuga, aunque no la recomendamos tanto por la dificultad de localizar el material como porque (para que negarlo) somos grandes admiradores de los quelónidos:
GUISO DE TORTUGA
(Receta de doña Carmen Dias, tal como ella se la dio a doña Flor,
habiendo ésta permitido a sus alumnos copiarla y probarla.)
<<Se toma una tortuga, después de muerta por el procedimien­to (bárbaro) de aserrarla por los lados, cuidando de que no se dañe la caparazón. Colgar al bicho por las patas traseras, cortarle la cabeza y dejarlo así durante una hora para que se desangre. Después, poner el animal con el vientre para arriba y cercenarle los pies, cuidando de conservar las piernas (o «botas») y separan­do de ellas la piel gruesa que las recubre. Entonces se le extrae la carne, los menudos (hígado y corazón) y los huevos (si los hubie­ra), tirando las tripas, operación que requiere especiales cuidados, debiendo hacerse cada cosa por separado. Lavar todo, carne y vísceras, que, una vez maceradas con los condimentos que se indica­rán habrán de ponerse a fuego bajo hasta que tomen un color de oro oscuro y exhalen un aroma particular. Los condimentos: sal, li­món, ajo, cebolla, tomate, pimienta y aceite, aceite suave a voluntad>>.

-El valle de los caballos. Segundo libro de la serie “El clan del oso cavernario”, y aunque todas las novelas de esta saga tocan el tema de la cocina –ya que narran el día a día de una sociedad de Neardentales y Cromagnones- este libro en particular profundiza en el uso de los distintos recursos al alcance de la protagonista para nutrirse: tanto de la caza (de cómo se obtiene la presa y cómo se cocina) como del uso de las plantas, hierbas y frutos como alimento o como condimento para aderezar. Nada desdeñable es también la información que aporta sobre cómo se conservaba la comida con aquella rudimentaria tecnología. Es fácil encontrar un libro que te hable sobre las maravillas de la cocina italiana o mediterránea, pero en cambio es más difícil encontrar este original punto de vista sobre cómo nos alimentábamos en un remoto pasado.
            Recomendación gastronómica. Traemos a colación una de las recetas que tiene más significado en el libro y que muestra cómo, con materiales muy sencillos, un poquito de habilidad para la caza, cerillas, piedras y un taparrabos, puede ejecutarse un plato delicioso. Extraído del libro, aquí tenéis cómo preparar “perdices de Creb”: <<Ayla se llevó las gordas aves hacia el otro lado de la muralla, hasta el hoyo que había cavado antes y forrado de piedras. El fuego se había apagado en el fondo del hoyo pero las piedras chisporrotearon cuando les echó unas gotas de agua. Había buscado en diversos puntos del valle la combinación exacta de verduras y hierbas, y las había llevado hasta el horno de piedras. Recogió uña de caballo por su sabor ligeramente salado, ortigas, amaranto y vistosas acederas y salvia, para dar sabor. El humo aportaría también su aroma, y la ceniza de madera, sabor a sal.
Rellenó las perdices con sus huevos envueltos en verduras: tres huevos en una de las aves y cuatro en la otra. Siempre había envuelto las perdices en hojas de parra antes de meterlas en el hoyo, pero no crecían vides en el valle. Recordó que a veces se cocinaba el pescado envuelto en heno fresco, y decidió que también podría hacerse con las aves. En cuanto tuvo las aves colocadas en la parte inferior del hoyo, amontonó más hierba encima, después piedras, y lo cubrió todo de tierra>>.

-El último chef chino. Hasta ahora es el único libro con el que nos hemos topado que toca a fondo el tema de la gastronomía china dentro de una historia de ficción. La novela en sí es entretenida, se lee fácil y es capaz de trasladarte a olores y sabores que recuerdan ligeramente a los restaurantes asiáticos tan frecuentes en España, pero con una profundidad y una serie de matices que nunca te encontrarías en el chino de tu barrio. Como mínimo, sorprendente.
            Recomendación gastronómica. La autora tiene una página web en donde detalla alguna de las recetas. No las hemos probado, pero la verdad, con nombres tan sugerentes como “pollo del mendigo” o “pollo fantasma”, dudo mucho que tardemos demasiado en hacerlo.

-Recetas para amar y matar. Un libro ameno, en el que desde el principio te quedas enganchado a la personalidad de la protagonista, una sudafricana junto con la que babearás cada vez que describa alguna de sus creaciones culinarias, a mismo tiempo que aprendes un montón de expresiones en afrikaans.
Recomendación gastronómica. Si hay una compañía constante a lo largo de todo el libro, son los beskuit, una especie de “bollitos ingleses de la hora del té” a la sudafricana, de la que os dejamos una receta.
Ingredientes:
• 1kg de harina.
• 250g de mantequilla.
• 200ml de azucar
• 320ml de suero de leche
• 10ml de levadura
• 2 huevos
• 5ml de sal
• 25ml de aceite.
Se pasa la harina por un tamiz, y se mezcla con el resto de los ingredientes secos. Se añade la mantequilla y se mezcla a mano hasta conseguir una masa homogénea. Se añaden los huevos y el aceite, y se mezcla bien. Se hace un hueco en el centro y se añade el suero de leche, mezclando hasta incorporarlo por completo.
Se separa la masa en pelotitas de unos 4 cm de diámetro y se disponen en una bandeja de horno de unos 7 cm de profundidad.
Hornear durante 45 minutos a 180 grados (con el horno precalentado).
Sacar, cortar y hornear de nuevo a baja temperatura (unos 100º) durante 3 horas (si es posible, con aire) para que se sequen y queden crujientes.

-La cocina del Mundodisco. Alguna vez ya hemos hablado de Terry Pratchett, uno de los escritores favoritos de los autores de este post. Terry, como buen inglés, no es muy de proporcionar ideas suculentas a la historia de la cocina. Casi que al contrario, pues las recetas atribuidas a los enanos (ratas con kétchup; ¿te resulta asqueroso? Prueba a probarlas sin kétchup), incluyendo su famoso pan, tan duro que puedes sentarte en él, no abren demasiado el apetito. No obstante, en una de las novelas de la saga del Mundisco se menciona un picante –en todos los sentidos- libro de recetas con el cual Tata Ogg acabó consiguiendo una fortuna, no se sabe muy bien si por su contenido en deliciosos platos o en comentarios subidos de tono. En todo caso, os recomendamos que compréis, en alguna librería física o digital, el “Nanny Ogg’s Cookbook”, la versión que se vende en este lado del multiverso. Seguro que, hasta la puntita, no tiene ningún desperdicio.
            Recomendación gastronómica. Mientras aguardáis la llegada del libro, de momento os recomendamos una receta en el blog de Cris Kitchen que se inspiró en un plato de curry elaborado por Tata Ogg. Así conseguiréis que os suba la temperatura… por el curry, claro.

-Fabada a muerte en Cocina&Fusión. Dos palabras: te descojonas. No podemos ser más sinceros. El autor, Falsarius Chef, lleva ya unos años haciéndose famoso gracias a su estrafalaria apariencia (las gafas y la nariz postiza a lo Groucho Marx no desprenden demasiada confianza) y a las recetas de “falsa cocina” que en televisión, libros y en su propio blog emplean elementos con tan poco glamour como latas de conservas, botes de legumbres cocidas o vasitos de arroz al microondas. En este caso, el propio Falsarius es el protagonista de la novela, donde nos plantea la resolución de un crimen al mismo tiempo que trata de pasar desapercibido en medio del prestigioso evento culinario de “Cocina&Fusión”. Las ventajas adicionales del libro, tal y como lo describiría el propio Falsarisus Chef, es que vienen las recetas al final, y además se lee en dos carcajadas. Ideal para los que siempre le han tenido miedo a la cocina y al fin se han atrevido a preguntar.
            Recomendación gastronómica. A pesar de que Falsarius es un especialista en latas (y eso queda bien claro a lo largo de la trama de la novela), hoy vamos a recomendar una sorprendente especialidad: la empanalleta, un snack que combina las mejores propiedades tanto de las galletas como de las empanadillas, y que harán las delicias de aquellos que no son capaces de decidirse sobre qué tomar a media mañana.
                                              
                                               Receta de las Empanalletas

Vamos a utilizar puré de manzana de bote y unas pasas. Que las pasas, como ya eran abuelas cuando las compramos, no decepcionan nunca.

Ingredientes: 1 bote de puré de manzanas (el mío de Hero y se encuentra en el Carrefour, por ejemplo), 1 paquete de pasas, 1 paquete de masa para empanadillas, azúcar y canela.

Preparación: sacamos la bandeja del horno y lo ponemos a calentar a 200 grados. Ponemos un plato hondo con azúcar, humedecemos con agua la oblea de empanadilla un poco por una cara y la ponemos sobre en la azúcar, presionando, para que se quede pegadilla. Sacamos la empanadilla y por el otro lado ponemos unas pasas, una cucharadita de puré de manzana, un poco de azúcar y espolvoreamos con canela. Cerramos, sellando los bordes con un tenedor. Cuando tengamos listas todas las que queramos, extendemos papel de horno (o papel de aluminio) en la bandeja del horno, ponemos las empanadillas encima y adentro. En 10 o 12 minutos estarán listas y el azúcar del exterior endurecida, lo que va darles al morderlas un aire crujiente de galleta, que luego con el interior blandito, se nos convierte en gozosa empanadilla de manzana.

            Esperamos que estas recomendaciones os hayan resultado muy gustosas. Para los que os hayáis quedado con hambre, no guardéis reparo. El próximo post sobre el tema tendrá un toque parecido, pero estará dedicado, en vez de a libros, a películas. Hasta entonces, felices lecturas, y también felices banquetes. Bon apettit.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

La historia real de noviembre: los cementerios de Manila

Ya el año pasado por estas fechas dedicamos una entrada a algunos de los cementerios más originales, sobrecogedores y sorprendentes del mundo. Entre ellos, mencionamos algunos que se encuentran presentes en las islas de Filipinas: el cementerio colgante de Sagada (al que debe añadírsele, como parte de la misma tradición, los féretros depositados en la cercana cueva de Lumiang), o el habitado cementerio de Navotas. En mi último y reciente viaje a estas tierras, he tenido oportunidad de visitar el cementerio de Sagada, y también otro par de cementerios de la capital del país, Manila, de los que os quiero hablar a continuación.

Para ser una ciudad atestada de vida (a veces tanta que satura los sentidos, especialmente el del oído y el del olfato), Manila posee numerosos cementerios. Aparte del de Navotas, y de un cementerio estadounidense dedicado a los fallecidos de esta nacionalidad (no olvidemos que Filipinas ha estado bajo un protectorazgo más o menos explícito de este país durante casi cien años) que recuerda al memorial de Arlington y su majestuosa gravedad, hay dos cementerios en Manila que destacan sobre el resto. Uno es el cementerio chino, y otro es el cementerio del Norte.

Dada su cercanía al gigante asiático, Filipinas ha mantenido siempre una relación especial con China, y de hecho suyo es el barrio chino más antiguo del mundo, el de Binondo en Manila, con casi quinientos años de existencia. Dicen que los españoles acotaron a los chinos a un reducido vecindario que colocaron cercano al asentamiento fortificado de sus propias murallas (la llamada zona de "Intramuros"), por eso de mantener vigilados a los enemigos. Y claro, todos esos chinos que vivían, convivían y nacían allí, habían de ser enterrados en alguna parte. Por eso, unos cuantos kilómetros al norte del barrio chino, se crea este cementerio, en el cual se refleja todo el respecto de la sociedad china por sus antepasados. A lo largo de varias calles (que a pesar de encontrarse acotadas, se entrecruzan con facilidad con el trazado del resto de la ciudad), el visitante puede contemplar mausoleos que producen la impresión, más que de consistir en tumbas individuales, de tratarse de casas completas, pequeños templos, e incluso -de un tamaño considerable- iglesias, pues mucho de los chinos allí enterrados adoptaron la predominante fé católica. Sólidos muros, inmensas fotos de los fallecidos, flores en las tumbas, sorprende sin embargo especialmente la presencia de hornos donde quemar ofrendas, grandes mesas acompañadas de un apropiado número de sillas, ventiladores, lavabos e incluso habitaciones que sirven como cuartos de baño. Alguna guía de viaje ha querido destacar que, de esta manera, los chinos dotan a sus ancestros de todas las posibles necesidades que tengan en la otra vida, pero lo cierto es que aquello se contempla desde un punto de vista más lógico si uno piensa que, el día que los familiares quieran visitar con el fallecido o celebrar alguna jornada especial con él, van a tener que pasar varias horas y han de prever todas las contingencias. De hecho, algún puesto ambulante de snacks y similares se sitúa en las esquinas de las calles de esta ciudad de los muertos (igual que otros tenderetes que venden velas, incienso o papel moneda que quemar, como es tradición, en ofrendas rituales). No obstante, el cementerio irradia en general un aire de serenidad y respeto que hace al visitante mantener las distancias, especialmente con los familiares que se encuentran honrando a sus fallecidos en ese momento. Saliendo de allí, iniciamos la ruta hasta nuestro segundo destino.

El cementerio norte de Manila es engañoso, y no es fácil de localizar para el visitante. Porque sí, está al norte, pero hay cementerios que lo están más -y prestarse a confusión-; porque el nombre no dice mucho ("Manila Nord", fue lo que nos acertó a decir como nombre más concreto un guarda que nos indicó la última parte del camino, y Manila North Cementery reza la entrada, pero pregúntaselo a una población mucha de la cual sólo chapurrea el supuesto idioma nacional, el inglés); y porque a pesar de encontrarse al lado del cementerio chino, hay que dar un rodeo de casi un kilómetro andando para acceder a él -y eso en Manila, una ciudad llena de aceras interrumpidas en cada esquina, gente pobre, individuos que tratan de vender algo, contaminantes vehículos y dificultades para el peatón, es todo un logro; por otro lado, ir en coche es posible, pero incluso para esa corta distancia, te expones a un fácil atasco-. Sin embargo, el panorama que nos encontramos fue radicalmente distinto al que esperábamos. La referente universal del viajero Lonely Planet recomendaba contratar un tour a la entrada del cementerio, para que un ciudadano local nos guiara por terreno seguro, al tratarse de un lugar donde existe mucha pobreza. Sin embargo, cuando llegamos, nuestra impresión absoluta era de que aquello era una fiesta. Habíamos llegado en las cercanías de Halloween, y mejor, habíamos llegado en el fin de semana previo a Halloween (aquí es una fiesta muy celebrada, pero también el día de Todos los Santos). Eso significaba que cientos de familias entraban y salían del recinto mientras dentro de las fronteras del cementerio hallábamos vendedores de comida callejeras, puestos de compañías de móviles o franquicias de cadenas locales de fast-food. El cementerio del Norte de Manila se conoce sobre todo porque, al igual que el cementerio de Navotas, contiene gente viviendo en su interior. Es habitual, sobre todo en mausoleos relativamente grandes (de menos de diez metros cuadrados), observar unas cuantos cobertores hechos a base de bolsas de plástico preservando la intimidad de una vivienda donde una familia utiliza las tumbas como mesas, asoma algún ventilador con el que protegerse del insoportable calor húmedo de Filipinas, o simplemente, sobre unas cuantas sillas de plástico, los moradores del cementerio pasan el rato. A veces, la entrada de la tumba puede servir como zona de muestrario de una tienda improvisada o permanente, y la parte de atrás como sección de almacenaje. Los residentes de estas tumbas a veces habitan sin permiso del dueño, pero las más de las ocasiones lo hacen a cambio de mantener las tumbas limpias, en buen estado, y especialmente pintadas y coloridas. Puede parecer una existencia muy mísera, pero en un país donde pasar frío no es un problema, muchos viven en la calle, y la mayor parte de las endebles construcciones no resisten los tifones y otros desastres (en nuestro viaje hemos llegado a ver resistentes mansiones volcadas por los vientos, y un barrio de chabolas recientemente desaparecido en un incendio cuyo causa nunca llegamos a averiguar), vivir en el cementerio y tener una profesión gracias a ello, después de todo, no parece la peor alternativa. En este camposanto, donde algunos de los más grandes héroes nacionales se encuentran enterrados (los niños se sorprenden de que "turisteemos" al lado de un panteón dedicado los héroes de la revolución filipina, sin entender qué hacemos allí), vemos a familias pasear, niños jugar, secciones de la necrópolis a la venta, e incluso nos tomamos, a la entrada, varias alitas de pollo de un establecimiento de comida rápida muy conocido en esta parte de Asia. Luego salimos de allí e, impactados por todo lo que habíamos visto, proseguimos nuestro viaje.

No puedo ofreceros imágenes de todo esto porque no las tenemos. No tomamos fotos del cementerio chino porque, con el ambiente tan solemne que os he mencionado antes que reinaba en esa parte del mundo, no nos atrevimos; y en el cementerio del Norte, nos indicaron explícitamente, en una entrada gobernada por un despreocupado control de seguridad, que no debíamos hacerlo. Sin embargo, para compensar, os ofrezco aquí unas pocas imágenes de otros cementerios con los que nos tropezamos en Filipinas.

Aquí, los ataúdes colgantes de Sagada:

Aquí, también en Sagada, los féretros en la cueva Lumiang. Estos féretros tienen hasta cien años. Como podéis ver, algunos se han podrido en el lateral y permiten vislumbrar el interior.


Y, bueno, ya dijimos en la anterior entrada sobre cementerios que también en las profundidades de los mares existen otro tipo de tumbas, y son las de los barcos hundidos, Filipinas fue escenario de encuentros navales entre las tropas norteamericanas y las japonesas durante la Segunda Guerra Mundial, y varios barcos de esta última nación duermen su último sueño en el lecho del fondo marino. La mayor parte de ellos sólo son visibles con equipos de buceo, pero alguno se puede ver simplemente sumergiéndose y aguantando la respiración bajo el agua. A nosotros, en la turística isla de Corón, nos llevaron a ver el llamado Skeleton Wreck, un naufragio que según algunos es de un barco chino que naufragó antes de la Segunda Guerra Mundial, y según otros, una posible patrullera japonesa que fue hundida por un avión norteamericano. Ambas versiones pueden tener parte de verdad, ya que los japoneses solían emplear barcos de los enemigos que habían derrotado (como los chinos en Manchuria) para reforzar su propia flota. En todo caso, la figura estremecedora del barco, afectado sin duda por un suceso violento que lo dejó en su armazón básico, y cubierto ahora de corales que lo han invadido, despierta toda clase de emociones e inspiraciones. Con su figura fantasmagórica (y la de un estrambótico visitante al lado, que no es el mejor modelo, pero era el que pasaba por allí) os dejo. Yo me voy a dormir el jet lag y a soñar con pecios hundidos.


Posdata: ahora algo más despierto, añado una imagen de lo que no es un cementerio, pero estuvo muy cerca de serlo. La isla de Apo es una isla diminuta situada al sur de Negros Oriental. Es tan pequeña, que cuando la visualizas con Google Maps, es fácil que el distintivo de localización de esta herramienta informática oculte la propia isla. Paseando por la parte no turística del pueblo (situada inmediatamente detrás de la zona de playa y de alojamientos) encontramos algo que no esperábamos, pendiendo sin más de una cuerda.

Os he dicho que Filipinas fue teatro de operaciones de la Segunda Guerra Mundial. No quiero ni imaginar lo que aquella bomba, ahí colgada, con unos caracteres japoneses en el lateral, hubiera provocado en una isla tan pequeña como milagrosa, cuyo gran atractivo turístico es una excelente zona para el snorkel (con la posibilidad incluso de nadar a poca distancia de tortugas marinas). Un recordatorio de que aquella zona no es un cementerio, pero podría haberlo sido, y podría todavía llegar a serlo. Un recuerdo de la fragilidad de la vida. Para eso sirve honrar a los muertos: para recordar que hay que aprovechar cuando estamos vivos. Cuidad esa vida, la vuestra y la ajena. Tratadla todo lo mejor posible. Nos vemos muy pronto. Hasta entonces, manteneos vivos.

domingo, 1 de noviembre de 2015

La historia real de noviembre: Cementerios

El primero de noviembre, miles de personas acuden a los cementerios a rendir honores a sus familiares o amigos fallecidos. Como toda actividad humana que implica a mucha gente, el hecho ha dado lugar a unas rutinas o circunstancias que, vistas desde fuera, pueden suscitar la curiosidad o directamente la sorpresa. Quizás, en ese sentido, la costumbre de mantener las tumbas limpias todo el año (incluso pasando el trapo por la propia) y disfrutar casi de una convivencia natural con los muertos que se produce en La Mancha y que retrataba Almodóvar en la película "Volver", sea una de las más llamativas. Pero, cuando no hay nadie, los cementerios pueden también ser lugares tremendamente interesantes. Bien sea porque se haya decidido rendir altos honores a la persona fenecida, o porque ese camposanto presente alguna característica particular que le haga único, hay necrópolis tan significativas que son incluso receptoras de una gran afluencia turística. En esta entrada, vamos a definir algunos de los tipos de cementerios más interesantes del mundo por donde podéis daros un garbeo y echar un vistazo. De hecho, yo mismo he visitado (a veces cámara en mano, como podréis comprobar) algunos de ellos, hasta tal punto que mi familia me ha preguntado por qué me entusiasma tanto "ir a ver muertos". Los motivos más interesantes por los que darse una vuelta por un cementerio pueden ser:

Cementerios hermosos: En nuestro intento por honrar a los que pasaron a mejor vida, algunos camposantos son auténticas obras de arte. Muchos contienen entre sus habitantes a individuos de excepcional fama y reconocidos en vida, como es el caso del camposanto de Père-Lachaise en París, el cementerio Tijvinskoe de San Petersburgo, el Panteón romano, la Santa Croce florentina (de la que Stendhal salió con su famoso síndrome, apabullado por su belleza), el cementerio de La Almudena en Madrid, o la abadía de Westminster en Londres. No obstante, otros cementerios (o tumbas individuales) son simplemente bellos porque alguien quiso específicamente que el ser querido que había pasado a mejor vida tuviera un hermoso lugar de descanso. Algunos "últimos refugios" no sólo son hermosos por cómo se configuraron, sino que han ido ganando con los años. Por ejemplo, la tumba de Oscar Wilde en el Père-Lachaise tenía tantas marcas de carmín procedentes de personas que querían honrarla con un beso, que las autoridades tuvieron que instalar un cristal protector para evitar que la corrosiva pintura de labios las deteriore. Luego (como esto de la belleza siempre es subjetivo), para gustos los colores. Por ejemplo, en Washington, el cementerio de Arlington a los fallecidos en la Segunda Guerra Mundial -con todas sus cruces dispuestas de una manera tan solemne y geométrica-, es desde luego impresionante, y también lo son los distintos memoriales a los soldados fallecidos en las diversas guerras que ocupan algunos de los espacios más significativos de la capital estadounidense. Pero como digo, ya es cuestión de opiniones. De hecho, a mí y a mi acompañante nos parecieron especialmente curiosos los cementerios turcos, con sus lápidas cubiertas por turbantes o sombreros de fez. Éste en concreto que os muestro en una de las fotografía de abajo (el camposanto del Monasterio de los Derviches, en Estambul), tiene la particularidad de poseer unos habitantes vivos muy especiales. Quieras que no, un poco de vitalidad siempre le da cierta alegría a los muertos.


Tumba de Oscar Wilde en Père-Lachaise, cubierta de marcas de besos de sus fans. Imagen original extraída de aquí.


Habitantes (latientes y que no lo son tanto) del pequeño cementerio del Monasterio de los Derviches en Estambul. Si los gatos gozan de libertad absoluta en la ciudad de los vivos, ¿por qué no iban a hacerlo en la de los muertos?


La tumba de George Wombwell, feriante, en Highgate (Londres), con una estatua del león Nero, uno de los animales que presentó en sus espectáculos. El amor de este señor por los animales es discutible, pero no cabe duda de que la imagen de Nero es majestuosa. Quizás por eso a mi amigo Fernando, fundador de Los Argonautas, le guste tanto. Imagen extraída de Wikicommons.

Tumbas de individuos reconocidos: A veces no basta con tener enterrados a nuestros ilustres prohombres en el cementerio más prestigioso de la ciudad, sino que se construye una estructura completa dedicada a ellos. Esto ocurre más frecuentemente cuando es el mismo gobernante el que diseña su tumba para que sea venerada en tiempos futuros, como es el caso de las pirámides de Giza o las tumbas de los monarcas españoles en El Escorial. En otras ocasiones, es la fama del cadáver que estos edificios contienen lo que les convierte en centro de peregrinación, como es el caso de Napoleón Bonaparte y su actual localización en el palacio de Les Invalides en Francia. Pero quizás el colmo de la exageración post-mortem la tenga la tumba del Primer Emperador de China, Shih Huang-Ti. Preocupado por la inmortalidad, diseñó aún así un complejo funerario de dimensiones desproporcionadas, del cual los guerreros de Xian tan sólo constituyen la puerta de entrada a una reproducción del mundo exterior que contendría seguramente canales de mercurio para simular los ríos, y joyas brillantes ancladas sobre una bóveda para hacerse pasar por estrellas. Tales maravillas, sin embargo, todavía no han podido ser contempladas por los ojos del siglo XXI: por un lado, porque los arqueólogos chinos dudan de que a día de hoy dispongamos de tecnología suficiente para preservar todas esas maravillas en cuanto salgan a la luz; y porque la leyenda dice, además, que la tumba está sazonada de trampas al más puro estilo Indiana Jones, para así evitar que los extraños saqueen el monumento. ¿Llegaremos a contemplarlo algún día? Las que son más difíciles que algún día veamos son las de Alejandro Magno y Gengis Khan. La primera, emplazada en Alejandría, se perdió seguramente durante las revueltas religiosas que precedieron a la caída del Imperio Romano, mientras que la segunda fue enterrada a conciencia en un lugar perdido en el desierto, liquidando después a los que conocían su ubicación para asegurarse de que nadie la pudiera nunca encontrar. Quizás, uno de los misterios de la arqueología más fascinantes entre los que aún no han sido resueltos.


Está claro que Keops, Kefrén y Mikerinos se quedaron a gusto con sus "tumbitas".


Los guerreros de Xian: guardianes custodios de un sueño todavía mucho mayor.

Cementerios originales: La originalidad siempre radica un poco en el punto de vista. Quizás para un judío no sea muy novedoso el camposanto hebreo en Praga, pero para el resto de las personas que habitan por esa zona (muchos de los cuales tan sólo penetran por visitar la tumba de Frank Kafka), desde luego sí que lo es. Aunque otros ofrecen más unanimidad: es el caso del cementerio colgante de Sagrada en Filipinas, el cementerio alegre de Sapantza en Rumanía, o el extraño caso del osario de Sedlec en la República Checa, donde los propios huesos se han utilizado como parte de la decoración de la capilla situada debajo de la iglesia original. Un poco macabro para el gusto de algunos, aunque sin duda ideal para los seguidores más acérrimos de Tim Burton. Tampoco hace falta irse muy lejos para encontrar tumbas originales: a las afueras de Madrid, un cementerio de animales rinde tributo a las mascotas que pasaron a mejor vida. Por otro lado, yo le tengo especial cariño (por motivos personales) al Tofet de Cartago, aunque, quizás, cuando uno descubre que la mayor parte de sus moradores son niños sacrificados a los dioses en virtud de una religión ancestral, lo mismo no te hace tanta gracia. Pero no quiero profundizar en esa historia, porque en otros escritos anteriores ya he hablado alguna vez de ella.


Lámpara de araña elaborada con huesos en el osario de Sedlec (República Checa). Imagen extraída de Wikicommons.

Cementerios bajo tierra: Todo lo que no queremos ver o pretendemos perder de vista rápidamente, lo enterramos bajo tierra. Desde los fallecidos que nos provocan angustia o pánico a la muerte, hasta (como decía Scorsese) los individuos que estorban a la mafia en una tumba improvisada en el desierto alrededor de la ciudad de Las Vegas. Pero enterrar los cuerpos a gran profundidad es casi imprescindible en el caso de que la presencia de los cadáveres cerca de la superficie suponga un riesgo para la salud humana (tal es el origen de las catacumbas de París) o de que los entierros que se celebren lo hagan bajo un rito no tolerado en aquella época (ése es el motivo por el que los cristianos construyeron las catacumbas en Roma). Por supuesto, tan tétrico ambiente ha servido de inspiración para múltiples sucesos de ficción, incluyendo desde reuniones de los Iluminati hasta un paseo de Frodo y Quasimodo de camino a la Corte de los Milagros en la novela de Víctor Hugo "Nuestra señora de París". Y seguro que para muchas más historias futuras.


Detalle de las catacumbas de París. Imagen extraída de Wikicommons.

Cementerios bajo el agua: Aunque es raro e incluso complicado a nivel práctico que los seres humanos quieran enterrar a los suyos cerca de una superficie líquida (salvo en los clásicos rituales vikingos), si nos ponemos un poco más metafóricos, existen ciudades enteras sumergidas bajo el agua (como los restos de buena parte de la antigua Alejandría, tras sucesivos terremotos) que pueden constituir en sí mismo el cementerio de una completa civilización. Asimismo, y como no sólo los seres humanos dejan de pasear por la superficie de la tierra -o del agua-, existen también cementerios de barcos hundidos, como en las islas Chuuk o en las cercanías de la costa española de Finisterre. En el mismo sentido (y ya fuera del agua), existen cementerios de aviones, de automóviles, pueblos fantasma por la desaparición de sus habitantes (ya sea por una guerra o por simple abandono)... Mención aparte (y volviendo al líquido elemento) merece mención esa región del Pacífico Sur donde las agencias espaciales planean el hundimiento de las sondas espaciales que retornan a la Tierra, y de la que ya hablamos en alguna otra ocasión, y que aunque está demasiado dispersa como para que la consideremos un cementerio, sí es un lugar adonde van a parar objetos en su día muy valiosos y ahora olvidados y perdidos por el hombre. Una definición quizás demasiado certera de cómo acabaremos también nosotros.

Cementerios donde vive gente: Podríamos hacer chistes sobre lo cara que está la vivienda y demás, pero la verdad es que los que sufren esta situación están para pocas bromas. Aprovechando el espacio, los más míseros entre los miserables instalan su hogar en el único sitio donde pueden permitírselo: dentro de los panteones familiares, o instalando frágiles tenderetes entre las lápidas para procurarse un refugio lo más decente posible. En La Ciudad de los Muertos de El Cairo o en el cementerio de Navotas en Manila, los habitantes que duermen sobre las tumbas procuran sin embargo darle un toque de color a su situación, y les agradecen en todo caso a los dueños de las lápidas que (en el caso de que conozcan sus circunstancias) les hayan permitido instalarse allí. Una muestra más de lo mal repartido que está el mundo, y quizás una contradicción al viejo dicho de que la muerte, al final, es lo único que nos acaba igualando a todos.

Cementerios imaginarios: Igual que se dice que hay cementerios de película, y el cine y la literatura han empleado a muchos reales para ambientar algunas de sus escenas más sobrecogedoras, también ha habido otros que se han creado específicamente para la ocasión. Es el caso del cementerio donde está enterrado el padre de Tom Riddle en la saga de Harry Potter, y que juega un papel muy importante en la trama de novelas. También tenemos (en un aspecto algo más figurado) el Cementerio de los Libros Olvidados de la saga de Carlos Ruiz Zafón. Por otro lado, más de una historia ha surgido de hoteles encantados o residencias malditas por su supuesta edificación encima de un cementerio indio. Con lo cual uno se pregunta quién es el malvado de la película de miedo, si los fantasmas o los tipos que concedieron el permiso de obra.

Y éstos son algunos de los cementerios más interesantes que se nos han ocurrido. Supongo que cada uno tiene sus preferencias (quizás el favorito sea el de vuestro pueblo, o donde se hallan enterrados vuestros familiares), pero estamos abiertos a sugerencias. ¿Alguno que echéis de menos?¿Uno que creáis que no debería faltar, aunque sólo sea por la importancia personal que tiene para vosotros? Si es así, escribidnos, y no dudéis en adjuntar foto. Los cementerios, al fin y al cabo, no se hacen sólo para los muertos, sino sobre todo para los vivos, para que podamos admirarlos. Y que, de esa manera, recordemos a los que están enterrados allí. Feliz Día de los Difuntos, para los que lo celebréis, y para los que no, al menos disfrutad de esta colección de tumbas. Y cuidaros mucho de no acabar demasiado pronto dentro de una. Hasta la próxima vez.

domingo, 8 de marzo de 2015

La historia real de marzo: La mujer de Lot (Una pequeña lista de las mujeres más famosas sin nombre)

La mujer de Lot
(Una pequeña lista de las mujeres más famosas sin nombre)

            Una vez encontré, en un artículo de la revista “Muy interesante”, dentro de un especial sobre mitología, una curiosa frase: se refería a la mujer de Lot, ésa que giraba la cabeza para contemplar por última vez Sodoma y Gomorra y a la que (al haberle prohibido Dios este acto) el vengativo Yavhé la convertía en piedra. El texto versaba, precisamente, sobre el apelativo que nos ha llegado refiriéndose a ella: la mujer de Lot. ¿Dónde está su nombre de pila? No lo tenemos. Sólo es, como suele destacarse despectivamente, “la mujer de”. ¿Por qué? Quizás, Dios, en su furia vengativa contra la fémina que desobedeció sus órdenes, la condenó no sólo a ser estatua de sal, sino a que su nombre fuera olvidado de la historia. O quizás, por otro lado, se deba a la clásica discriminación y al olvido que han sufrido reinas, damas y emperatrices a lo largo de la historia, de la misma manera que otras mujeres, anónimas, insignificantes, pero que protagonizaron momentos decisivos en los instantes claves de la humanidad, han pasado a ser reseñadas normalmente como una nota aparte, sin que de ninguna de ellas conozcamos los sustantivos por los que las conocían sus contemporáneos, en contraste con sus homólogos masculinos. Tal vez, y por una ocasión, sea el momento de hablar sobre ellas en su conjunto, al igual que otras veces se ha tratado acerca de las mismas por separado.

            El papel de la mujer en la historia ha sido frecuentemente infravalorado y menospreciado frente al ejercido por los hombres. Ha habido pocas excepciones a lo largo del tiempo: una de las más destacadas fue la del pueblo alemán de Rostock, en el cual las mujeres rebautizaron las calles que exhibían denominaciones basadas en objetos inanimados o comerciantes desconocidos, y les pusieron el nombre -que escribieron a mano mediante tiza- de féminas que habían dejado una impronta en la historia de la ciudad. Entre ellos, la Casa de las Mujeres lleva el nombre de “Beguinas”, una congregación religiosa la cual fue perseguida por el Papado y el kaiser (resurgiendo repetidamente de debacles periódicas) hasta disolverse al fin sin que de ninguna de esas Beguinas -a pesar de su constante y abnegada labor social- nos haya quedado un solo nombre para la Historia. En gran parte, esta situación de discriminación, también en la disciplina historiográfica, se debe a la propia estructura que ha sostenido a la mayoría de las sociedades, considerando el dominio masculino como norma habitual de la vida desde el ámbito primero del núcleo familiar hasta la posición superior del trono real. No obstante, también en parte se debe a la propia concepción que de la Historia tenían sus narradores: la mayoría de las gestas escritas se refieren a una larga sucesión de reyes altivos y de batallas cruentas, en los cuales poco o nada de espacio hay para la labor de la mujer cotidiana, del día a día, salvo que no se tratase de alguna reina que, merced a conspiraciones e intrigas palaciegas (e incluso, algunas veces, en el campo de batalla), acabase por introducir algún elemento de distorsión en esta historia monocorde. Y es que hasta hace relativamente poco, el papel de la intrahistoria -como la definió la generación del 98-, del relato cotidiano de los días y las noches de los pequeños protagonistas anónimos que constituyen la masa crítica que hace avanzar a los pueblos, repetimos, esa intrahistoria, ha pasado desapercibida para los historiadores clásicos, y con ello, la posibilidad de que las mujeres, en sus labores continuas de amasado del pan, de coser a mano y de criar a los hijos (pero también de sanadoras, recopiladoras de la narración oral o de autoras) hayan tenido ninguna relevancia en el relato de los acontecimientos. No obstante, y con el tiempo, los historiadores contemporáneos han querido volver la cabeza hacia esas mujeres anónimas que, en momentos puntuales, fueron responsables del destino de los pueblos, y en algunas ocasiones, las más dignas representantes de los mismos. Y poco a poco, han ido apareciendo, rezagadas, algunas historias que con el tiempo habían quedado enterradas, como en una tumba que va ganando estratos encima mes a mes, año a año. Una situación quizás compatible con las mujeres que fallecen, también hoy en día, también sin nombre, lapidadas por regímenes intransigentes, contribuyendo a construir países que no se lo agradecen, asesinadas y marginadas por la discriminación de su género, consiguiendo, con sus logros (como dijo Virginia Wolff), tan sólo engrandecer la imagen del hombre, hasta que ésta parezca el doble de lo que realmente es.

Quizás sea éste el momento de recuperar estos relatos. Quizás sea el instante, de conocer a aquellas mujeres sin nombre, que también hicieron historia, en homenaje a aquellas que, diariamente, sin grandes alardes, la están continuamente elaborando.

La mujer de Asdrúbal (Cartago, ¿-143 a.C.)

            Asdrúbal fue el general cartaginés al que se le asignó la defensa de la ciudad de Cartago durante la parte final de la Tercera Guerra Púnica frente al asedio de los romanos. El relato que hace el historiador Apiano, basándose en los textos de Polibio -cronista oficial de la historia desde el lado romano-, da una imagen bastante descalificadora de Asdrúbal, mostrándolo como un hombre intrigante, capaz de traicionar a un compatriota del mismo nombre con tal de alzarse con el poder militar absoluto en Cartago, y responsable de las terribles ejecuciones y torturas que tuvieron lugar con los prisioneros romanos en uno de los episodios más deleznables de la guerra, con el objetivo de impedir toda posibilidad de llegar a un pacto con el enemigo. Sin embargo, cuando los romanos penetran finalmente en la ciudad, y tan sólo los desertores romanos y la familia de Asdrúbal se mantienen sin rendirse en el templo de Eshmún, el general sale de su escondite con una rama de suplicante, solicitando una rendición pacífica bajo el poder del triunfante general romano Escipión Emiliano. Ante este gesto de cobardía, la mujer de Asdrúbal se presenta, según nos cuenta Apiano, con ropas de fiesta en la parte superior del templo, acompañada de sus dos hijos, y portando un cuchillo. La mujer de Asdrúbal se dirige entonces hacia Escipión, el vencedor de Cartago, y le espeta: “No existe contra ti motivo de venganza por parte de los dioses, romano, puesto que existe derecho de guerra; pero sobre ese Hasdrúbal, que se ha convertido en traidor de su patria, de sus templos, de mí y de mis hijos, ojalá que los dioses se tomen la venganza... y tú, romano, junto con ellos...”. A continuación, se vuelve hacia su marido, y le reprende, “¡Oh, tú, el más miserable, traidor y afeminado de entre los hombres, a mí y a mis hijos nos sepultará este fuego, pero tú, el caudillo de la gran Cartago, ¿a qué triunfo servirás de ornato?!¿Qué castigo no recibirás, de aquél a cuyos pies te has arrodillado?”. A continuación, degolló con el cuchillo a sus dos hijos, y se arrojó, junto con ellos, hacia las llamas de una pira funeraria que habían levantado los desertores para inmolarse, hecho que consumaron finalmente. El acto de la mujer de Asdrúbal no sólo es importante porque simboliza el último canto de cisne de Cartago, sino porque además rememora aquella pira funeraria en la que se sacrificó Dido, la fundadora de Cartago, para evitar ser desposada con un rey extranjero, hecho que hubiera supuesto la pérdida de libertad de los habitantes de la ciudad púnica. No obstante, su sacrificio, junto con la leyenda de Cartago, desapareció prácticamente de la Historia: los romanos se encargaron de borrar buena parte de toda mención de la existencia de Cartago, de tal forma que aparte del  manido relato de la Segunda Guerra Púnica y la figura de Aníbal Barca cruzando los Alpes en elefante, el público general apenas conoce nada de esta urbe de origen fenicio, excluyendo tan sólo de esta afirmación a unos cuantos aficionados y los profesionales de la Historia Antigua. Cabe decir, además, que mientras que el cartaginés era un pueblo en el cual las mujeres tenían una importancia relativamente destacada, participando activamente en la vida pública, y llegando algunas de ellas a cargos de gran relevancia, entre los romanos –y más en aquella época concreta- aquella libertad no lo era tanta. De modo que, en ese sentido, la ofensa se volvió doble.

La madre de Quin Shih Huang (Reino de Quin –China-, ¿-228 a.C.)
La historia oficial de China (o de lo que luego se convertiría en ella, pues en esta época estaba constituida por un conjunto de reinos que guerreaban constantemente entre sí) no incluyó un registro sistemático de la historia de las emperatrices hasta mucho después de la muerte del primer emperador y unificador de China, impulsor, entre otras obras, de la Gran Muralla, y de su propia y grandiosa tumba, más conocida de cara al público como los guerreros de Xi´an (a pesar de que éstos, en realidad, sólo constituyen una muy pequeña parte de la misma). Hasta entonces, la única manera en que una mujer podía entrar en la historia china era a través de sus devaneos amorosos, o sus correrías sentimentales -la mayor parte, por supuesto, para desprestigio de la dama en cuestión. La madre del futuro emperador de China pertenecía a una familia aristocrática, y se convirtió en la concubina de Lü Buwei, un rico comerciante que favoreció el ascenso, al trono del reino de Quin (situado al oeste de China, y uno más de los por aquel entonces siete Reinos Combatientes), de Yiren, el padre de Quin Shih Huang. Yiren, sin embargo, se quedó prendado de esta hermosa mujer, y se la pidió a su protector en matrimonio, a lo cual Lü Buwei, aunque receloso, accedió como un sacrificio más en su plan para convertir a este joven príncipe en rey, y verse más adelante favorecido por este esfuerzo. La pareja se casa en el 260 a.C., naciendo su hijo (entonces llamado Zheng) al año siguiente. La polémica surge desde este mismo momento, pues tras la muerte de Yiren, aún muy joven, se dice que Lü Buwei siguió manteniendo relaciones con su antigua amante, con lo cual los historiadores posteriores han llegado a dejar caer -de forma bastante sutil-, que el comerciante pudo ser el auténtico padre de Zheng, aunque sí que es verdad que el periodo de generación de esta leyenda corresponde a una época en que la figura de Quin Shih Huang, bajo la dinastía de los Han, tendía a ser denostada y vilipendiada por parte de las más altas autoridades. De todas maneras, los encuentros entre Lü Buwei y la reina madre no duran mucho, ya que este último no quiere arriesgarse a perder el poder por un asunto de faldas, y desvía la atención de la reina hacia Lao Ai, un rudo cortesano cuya mayor virtud es -todo hay que decirlo-, la longitud que presenta su pene. Esta tórrida relación (hijos ilegítimos incluidos) se produce durante la minoría de edad de Zheng, y será muy probablemente uno de los hechos que marque la personalidad posterior del que sería el primer emperador. El poder de Lao Ai es cada vez mayor, se atreve incluso a presentarse como padre adoptivo del joven rey, y de ahí que el joven Zheng no dude, nada más alcanza la mayoría de edad, en acusar a Lao Ai de adulterio y traición a la corona (en aquellos tiempos se rumoreaba que el amante real planeaba, en el caso de la muerte de Zheng, postular a sus hijos como herederos del trono de Quin). Lao Ai se levantó en armas, y después de un sangriento enfrentamiento, el rebelde es capturado, decapitado, y su cabeza clavada en una pica. A la reina madre, en el ajuste de cuentas que está llevando a cabo Zheng en estos primeros tiempos de mandato, se la condena al destierro; no obstante, no parece que dejase del todo de apreciarla, ya que algunos gestos del joven rey se dirigen a vengar los malos ratos que pasaron él y su madre hasta la edad de ocho años, cuando tuvieron que sobrevivir en el hostil reino de Zhao y tan sólo gracias a la ayuda de la aristocrática familia de su madre pudieron salvarse. La reina madre fallece en el 228 a.C., quedando únicamente para la historia sus relaciones ilícitas, como si no hubiera hecho nada más en su vida.

Otra mujer sin nombre es importante en el camino hacia la unificación de China que está recorriendo el rey Zheng, sometiendo, mientras avanza, a los sucesivos reinos que encuentra a su paso. Durante la conquista del reino de Wei, una nodriza protege al príncipe real de este reino, un tierno bebé en sus brazos, de las flechas de los soldados de Quin, muriendo cuidadora y niño bajo los dardos. El rey de Quin, sin embargo -y a pesar de haber opuesto una ardua resistencia frente a sus soldados-, decide destacar el valor de la nodriza y ponerla como ejemplo para generaciones posteriores, otorgando a la mujer a título póstumo (y por tanto, a sus herederos) títulos de nobleza. Probablemente a la nodriza le hubiera gustado más que los soldados no hubieran acabado con su vida ni con la del niño, pero como dice José Ángel Martos, con esta medida, recompensando a súbditos de los reinos enemigos, y sometiéndolos bajo una ley común -sea buena o sea mala, pero igualitaria para todos-, Quin Shih Huang fue poniendo las bases para la posterior consolidación de un imperio y de un país, el de China, que todavía no existía, y sobre el que el emperador, después de la conquista, tendría que ejercer la labor más difícil: la de identificación cultural y social, entre habitantes de lugares tan diferentes, en un solo estado, el nuevo, que en estos momentos se formaba.

La madre biológica de Aisin Gioro Xianju, espía chino-japonesa (¿-1921?)
En este caso, la persona que posee realmente relevancia histórica no es la mujer sin nombre, sino su hija, conocida también como Chuandao Fangzi en China y como Kawashima Yoshiko en Japón. Rodeada de multitud de leyendas que varían según el país de procedencia de quien te las esté contando, esta mujer era hija de un aristócrata chino (emparentado con la familia imperial) quien a principios del siglo XX la entregó a las autoridades japonesas como una especie de mediación frente a una potencia que ya se intuía que iba a tener mucha importancia en el futuro devenir histórico de la nación china. Xianju fue educada bajo una rigurosa disciplina militar que la hizo convertirse en una experta en la lucha de guerrillas, jugando sus acciones militares un papel clave en la conquista de Manchuria por parte de los japoneses, quienes arrebataron esta región a la antigua patria de Xianju. Una vez hecho esto, las buenas relaciones personales de Xianju con el último emperador chino (el cual la consideraba un miembro más de la familia) hicieron que éste accediera a convertirse en soberano oficial del estado-títere de Manchuria, manejado en realidad por los nipones. Xianju, sin embargo, no jugó un papel pasivo: las historias dicen que siguió gobernando a sus milicias de manera independiente y manteniéndose muy crítica frente a ciertas actitudes japonesas en China. Xianju fue capturada por los chinos, se escapó, volvió a Japón, retornó a China bajo la tapadera de un restaurante, y fue finalmente detenida y ejecutada por las autoridades chinas en el año 1948, aunque ciertas leyendas esgrimen que en realidad siguió viviendo bajo la imagen adorable y en apariencia inocente de una anciana señora denominada cándidamente “la abuela Fang”. Desde luego, el personaje da mucho juego, porque entre su afición a vestirse con ropas masculinas, la sospecha de unas más que turbulentas relaciones de cama –violación por parte del padre de su tutor incluida-, o la tremenda popularidad que llegó a alcanzar en su país de origen gracias a sus críticas a Japón desde su posición de poder en Manchuria –lo que le llevó a incluso a grabar un disco de canciones con su propia voz: aquello, desde luego, puso en un brete su papel como espía discreta-, no es extraño que para la posteridad haya sido apodada como la “Mata Hari del Este”. En esta ocasión, como decimos, la madre de Xianju no juega ningún papel relevante en la Historia, pero como la madre del emperador Qin, sufre el tradicional olvido que se aplica a las consortes reales chinas. Cuando el padre de Xianju -el Príncipe Shanqi- fallece, su concubina y posiblemente la madre biológica de Xianju se ve obligada a suicidarse por el método tradicional. Fin de la historia, y así, ella no pudo contemplar con sus propios ojos cómo su hija se acababa convirtiendo en lo más parecido que en aquella época podía asemejarse a un héroe.

La reina de Saba (alrededor del siglo X a.C.)
A muchos le sonará la leyenda de la reina de Saba, aquella exótica monarca procedente de una nación situada en las actuales Yemen y Etiopía, la cual, admiradora de la fama del rey Salomón, acudió a visitarle, y tan maravillada quedó ante la sabiduría del gobernante de los israelitas que se acabó convirtiendo al monoteísmo. Por lo visto, todo el mundo quedó contento con aquel viaje, porque la reina dejó en Israel varias toneladas de oro, mientras que ella se llevó en su vientre al hijo de ambos, el futuro Menelik I, quien daría origen a una estirpe de reyes de Etiopía que según el mito termina en el depuesto monarca del siglo XX Haile Selassie. Menelik, por lo visto, se llevaría a su país el Arca de la Alianza en un viaje que hizo a Israel para conocer a su afamado padre, a quien (aunque fuera hebreo) engañó como a un chino para llevarse el Arca a su patria. Pues bien, de la reina africana que causó mayor furor en Occidente antes de Cleopatra no conocemos el nombre, pues la Biblia no lo menciona explícitamente, y según quién la mente puedes encontrarla denominada como Makeda, Bilqis, Balkis, Nikaule o Nikaula (incluso su origen se hallaría en duda, ya que alguno le atribuye a la reina una procedencia búlgara). Así pues, la mujer a la que Salomón le dedicó una sección del Cantar de los cantares, y por culpa de la cual -de acuerdo a la tradición- el monarca judío se dedicó a instalar espejos por toda la superficie de una habitación de palacio con el único objetivo de contemplar (la leyenda dice) sus peluditas piernas, no nos ha legado a la posteridad su nombre. Nos preguntamos si hubiera ocurrido lo mismo si la reina hubiera sido israelita y un seductor rey –mago o no- de nacionalidad etíope hubiera acudido para conquistarla. Quizás de él sí que hubiéramos obtenido sus secretos.

Éstas son las mujeres anónimas que hemos localizado. ¿Y vosotros?¿Conocéis alguna que merezca cierto reconocimiento y cuyo nombre no haya sido difundido?¿Tenéis otras propuestas? Esperamos vuestras futuras aportaciones.

Bibliografía:
            -Historias, Apiano.
            -El primer emperador, José Ángel Martos.
-www.artefinal.com/mujeres_siglo_veintiuno/s_moro.htm: La invisibilidad de la mujer en la historia, Sonia Moro.
-http://historiasdechina.com/2014/01/29/yoshiko-kawashima-espia-china-japon/: Tras la pista de la misteriosa “Mata Hari del Este”, Javier Telletxea Gago.
-La Biblia.
-Wikipedia.