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martes, 24 de febrero de 2015

El relato de febrero. Un cuento que estaba pendiente: "50 sombras de gris"

 Hace un tiempo (demasiado, me temo), como premio a un concurso relacionado con la novela "El troll", me comprometí a escribirle a Alicia Pérez Frías, la ganadora del concurso, un relato personalizado. Ella me pidió que en el relato aparecieran ratones (para eso, al fin y al cabo, es con lo que ella más trabaja en su laboratorio de investigación) y que contuviera mucho humor. El cuento se ha hecho de rogar, pero finalmente las musas nos han permitido escribirlo, y esperamos haber logrado ese objetivo de hacer reír a Alicia y que además, de paso, os guste también a vosotros. Ya me contaréis. Os dejo con estos ratones, que son tan amables que no muerden. Un saludo.

50 sombras de gris

Existe un error muy común en el uso del lenguaje. Básicamente, cuando nos dicen que algo está oscuro, pensamos en la más absoluta nada. Negrura inmensa, solemnidad fúnebre. Pero en realidad, cuando nos hallamos en el interior de una habitación oscura, nada más lejos de la ausencia de sentidos: puedes detectar a cientos de criaturas que bullen, gimen, roen, mascan y no dejan de actuar.
              
Sin embargo, si quieres intuir todo eso, has de poseer necesariamente un prodigioso olfato que te permita captar toda esa infinidad de detalles que ocurren bajo de la superficie de nada eterna. Y para ello, ayuda bastante que seas el ente más prodigioso de la creación: es decir, un ratón.
              
Y es entonces cuando, para ti, la oscuridad se convierte en una fiesta.
              
La Ciudad (a la que los animales externos a la misma denominan, simplemente, “el animalario”) es un lugar donde todas las opciones están abiertas, y cualquier cosa que te propongas es, con un poco de esfuerzo y algo de picardía, una alternativa factible. El animalario es un lugar donde se nace, se discute, se pelea, se come, se debate, se hace el amor, se planea, se sueña y se muere, a veces a la vez y no necesariamente en ese orden. Como toda organización mínimamente completa, se halla dividida en secciones: a un lado los recién llegados, todavía poco integrados en la vida urbana de la tribu; más allá, los ratones verdes brillantes, todo un fenómeno de la naturaleza, sobre todo por su constante preocupación por preguntarse qué les ha podido ocurrir a los otros ratones para que no hayan nacido así; se hallan en una región aparte los roedores obsesionados por los laberintos y por desactivar trampas para conseguir queso (se han conseguido establecer concursos de más de doscientos participantes); a la izquierda, cerca de la entrada, los adictos a la nicotina y los obesos, que no consiguieron moverse mucho más allá de donde los dejaron. Luego están los llamados “olímpicos”: buscan tesoros, se mueven bajo el agua, hacen todas esas chorradas y al final reciben un premio por parte de esos estúpidos humanos que, al parecer, no son capaces de hacer por su cuenta ninguna de estas cosas. El problema es que todas estas variedades de ratones se entristecen mucho cuando se encuentran faltos de estímulos, y languidecen aguardando el próximo reto, lo cual, sumado a los altos niveles de competitividad que demuestran cuando se hallan enfrascados en medio de los mismos, no les hace comportarse como los compañeros más adecuados cuando se ven sometidos a la rutina de lo cotidiano. Por eso, cuando un ratón ya se ha adaptado a la vida en el Animalario, lo que tiende es a unirse a alguno de los numerosos grupos de intereses rigurosamente científicos que se dedican a hacer lo que mejor se les da a estos ratones tan avezados: analizar en profundidad a los humanos.
              
Por ejemplo, en estos mismos momentos, se está celebrando un caluroso debate en el Foro Ratonil recién organizado en el centro de la urbe. Y allí, una severa investigadora, con sus gafas sostenidas en un precario equilibrio por encima de los bigotes, leía un sesudo informe que mantenía a la audiencia en tensión:
               -Y nuestras investigaciones han llegado a unas conclusiones perturbadoras –indicó, captando el nerviosismo de la audiencia-: cuando juntas a dos humanos de distinto sexo, varón y hembra, dentro de una misma habitación, en situaciones ideales de relajación y bienestar… aquello NO necesariamente tiene que terminar en sexo.
               La audiencia fue sacudida por un espasmo de sobrecogimiento y repulsión:
               -¡Qué asco!
               -¡Es espantoso!
               La opinión de una ratona de edad madura, muy formal tras sus enormes curvas y su posición asentada sobre el estrado, fue absolutamente tajante:
               -Guarras –sin temblar un ápice, dictaminó.
               A tan sólo unos cuantos metros de allí, otro grupo de ratones llevaba a cabo otra actividad imprescindible para el entendimiento de los humanos: tratar de identificarse con los mismos a través de sus manifestaciones culturales.
               -Y hoy, con todos ustedes, “Cómo conocí a la ratona que os da la leche”.
               Una nube de silbidos, roer de incisivos y pataleos. Se abre el telón. Aparecen un par de ratones machos, uno de ellos vestido con una peluca y rimel como si se tratara de una hembra. El que hace de macho expresa, mansamente:
               -Robin, te quiero.
               -Yo también te aprecio, Ted –indica la fingida ratona con voz de falsete-, pero no quiero tener nada estable contigo.
               -Ah, bueno –dice el macho ejecutando lo que en los ratones sería lo más parecido a un encogimiento de hombros.
               Se escuchan murmullos de confusión entre la muchedumbre:
               -No entiendo, ¿por qué no la obliga a tener sexo con él?
               -Es que –responde una ratona joven entre los espectadores- se está portando como un “Caballero”.
               -En mis tiempos –expresó con una mezcla de disgusto y añoranza un ratón más anciano-, si una hembra no quería nada contigo, la acosabas y ya está. Si no hubiera sido así –desplazó la cabeza hacia un lado-, no estarías tú aquí, ni tampoco ninguno de mis otros veintisiete hijos. No estas moderneces que se llevan ahora…
               -¡Psss, no expulséis tantas feromonas, que estoy intentando oler!-protestó uno de los espectadores.
               -Pues yo no entiendo por qué dicen que esto es una comedia –opinó otro-. Ya llevan diez minutos actuando y todavía sobre el escenario no se ha meado nadie.
               Pero un poco más allá, a cierta distancia de todo este bullicio, se hallan aquellos que, por definición, no pueden estar acompañados… Los inadaptados… Lo que nadie sabe es que hoy, precisamente hoy, van a acabar por encontrarse entre ellos.
               Ésta es la historia de cómo de esa unión surgió una gran aventura…

                                            *                                          *                                          *

               Y en el primero en quien nos vamos a fijar es en alguien cuyo propio nombre ya es absolutamente indicativo de su particularidad. La mayor parte de los ratones, en general, poseen denominaciones que o bien subrayan su condición de roedor (“Colita”, “Grisáceo”, “Pardito”, o la siempre inefable calificación -para sus dueños perennemente vergonzosa- como “Bigotitos”), o bien alguna cualidad excepcional del mismo (“Cojito”, “Verdeturquesa”, “Ohmehasmordidoratónasqueroso”). En cambio, este individuo, desde que ha tenido uso de razón, se ha venido en llamar (y no por decisión externa, sino por una espontánea elección, unilateral y proveniente de su voluntad propia) a sí mismo con el nombre de Perseus. Podría argumentarse que éste es el apelativo de un héroe mitológico, pero esto nuestro ratón –que no ha tenido mucho acceso a fuentes de historia clásica y no entiende demasiado de dioses griegos- lo desconoce y lo adopta sencillamente por una razón, y es porque, para él, ese nombre es completamente humano. Podría haber escogido quizás un apelativo más común (Pepe, Francisco, Arturito), pero quizás eso hubiera chocado aún más a los otros ratones y generado más preguntas, y en cambio con esta elección ha conseguido que desaparezca el problema primero –es decir, que pase desapercibido el hecho de que lleve un nombre humano-, sin más incidentes aparte quizás de dar alguna que otra explicación, pero no muy distinta de la que hubiera tenido que dar un niño humano llamado Perseo. Y es que Perseus, por encima de todo, tiene una obsesión: quiere vivir como un humano, ansía mimetizarse con ellos. No porque se haya vuelto loco o atraviese una crisis de identidad; Perseus anda metido en un gran experimento, en el cual intenta comprender a los humanos a fuerza de confundirse con uno de ellos. Al igual que el Pierre de Menard de Borges, que pretendía volver a escribir El Quijote tras convertirse en Cervantes, Perseus aspira a caminar como un humano, sentir como un humano, pensar como un humano y, finalmente, creerse del todo que es un humano. Y para ello el primer requisito, como buen homínido macho, es aprender a mear de pie. De ahí que le veamos transpirar en lo que para él supone un heroico gesto.Se eleva de puntillas. Eriza tensamente el espinazo. Toma impulso con los músculos de la vejiga y entonces…
               -¿Qué demonios estás haciendo?
               El tono de sorpresa reflejada en el timbre de la voz que le ha llegado desde detrás casi desequilibra la posición de Perseus, quien estuvo a punto de caer estampado de boca sobre el suelo. Cuando recuperó la verticalidad, el ratón se volvió hacia el lugar de donde venía la pregunta, encontrándose con un individuo de su misma especie, de pie, contemplándole con aspecto intrigado, como si fuera el bicho más raro que hubiera visto en su vida. Perseus, algo intimidado por este súbito mirón, dejó de ejecutar el acto que estaba llevando a cabo y se puso a observar al desconocido. Éste seguía manteniendo el aire ingenuo y levemente indiferente que a Perseus tanto le había descolocado desde el principio. La primera pregunta que pasó por su mente fue la que se hacía siempre: “¿Qué es lo que haría un humano en esta situación?”, y la respuesta era sencilla, así que decidió presentarse.
               -Hola –alargó la pata hacia el ratón-. Mi nombre es Perseus. ¿Cuál es el tuyo?
               El otro ratón no entendió el gesto. Se quedó un rato mirando la pata de su interlocutor y luego, al interpretar que el otro esperaba algo de él, también alargó la pata y chocaron las zarpas en un apretón.
               -No… no tengo un nombre. Pero los otros ratones del Animalario me llaman Juan.
               La cosa se quedó bastante fría a partir de este momento. Azorado, Perseus se acobardó ante la mirada penetrante del otro -el cual parecía aguardar constantemente una explicación- y se volvió hacia un lado, esperando que de esta manera el recién llegado Juan se olvidara de él y pudiera retomar tranquilamente lo que estaba haciendo. Y efectivamente, Juan dio la impresión de entender que su nuevo compañero quería estar solo, y se alejó de su lado. Perseus escuchó los pasos detrás de él. Se alejó, se alejó, se alejó. Se alejó, se alejó y se seguía alejando…
               -¡Eh, espera un momento!
               Juan se detuvo y se dio la vuelta.
               -¿Qué pasa?
               Perseus le observaba asombrado como si estuviera viendo en directo al héroe griego de su mismo nombre sosteniendo la cabeza de alguna señora con muy mala baba y un agresivo peinado fatalmente cuidado.
               -¿Qué haces ahí?
               Juan bajó la vista para ver a qué se refería. No vislumbraba nada especialmente excepcional: él se encontraba en un sitio normal, sobre la superficie blanca de la mesa del laboratorio, allí, como siempre, delimitado por las paredes de la inmensa jaula que albergaba a muchos de ellos y cuyos elevados muros impedían –a pesar de que se encontraban a cielo abierto- ninguna posibilidad de escapar.
               -No sé, ¿qué ocurre?
               Pero para Perseus era radicalmente distinto. Perseus lo que veía era un ratón… completamente alejado de todas las paredes. Esto puede parecernos una cuestión anecdótica, si lo vemos desde el punto de vista de un humano. Pero para Perseus, que tenía todavía suficiente alma de ratón en su interior para apreciar la diferencia, era un hecho llamativo: como todos los animales del bosque saben, los ratones no pueden caminar sencillamente a campo abierto por el miedo instintivo que tienen a encontrarse en medio de la pradera a una serpiente. Por eso, tienden siempre a transitar pegados a las paredes, a ser posible, mediando una buena dosis de oscuridad. Pero un ratón que paseara despreocupadamente tan lejos de los muros de la jaula -incluso teniendo en cuenta que no había serpientes a la vista-, sólo podía ser calificado de un imprudente, de un loco, o quizás…
               -¿Cómo has dicho que te llamaban?
               -Pues… Eso, en el animalario me suelen llamar Juan. Juan Sin Miedo.
               Perseus mantuvo la calma, como el tipo de persona que se encuentra a un dragón en un paso de peatones y comienza a charlar con él tranquilamente, pensando: “tranquilo. Si le hablas del tiempo, seguro que ni se acuerda de que es un dragón”.
               -¿Y por qué te llaman Juan sin Miedo, mi querido amigo?
              Juan se encogió de hombros.
             -No sé. Siempre he querido salir de aquí. Recorrer mundo. Explorar las cosas que hay más allá del animalario. ¡Ver qué hay fuera de aquí!
             ¿Fuera de aquí?¿Fuera de aquí? Perseus se revolvió. ¿Qué podía haber fuera de aquí que le pudiera interesar? Aquí lo tenía todo: su modo de vida, su tiempo de estudio, sus seres humanos... Claro que podría ser interesante estudiar a los Homo sapiens sapiens en su hábitat natural, es decir, fuera de las condiciones de laboratorio. Sería interesante ver qué pasaba cuando se quitaban aquellas batas. Tal vez…
                -No –se dijo a sí mismo, aunque lo hiciera en voz alta, como si se tratara de convencer al resto del mundo-. Para una fuga de este tipo (para un proyecto, quiero decir, como éste), se necesitarían varios individuos… Especialistas, cada uno encomendado a una misión. Y no sé yo si encontraremos individuos suficientes… Los ratones parecen estar a gusto en el animalario.
                Juan Sin Miedo adquirió un aire decidido en su mirada. Le señaló en una determinada dirección.
               -Ven conmigo.
           Algo escamado, Perseus le siguió. Durante unos pocos minutos, caminaron en silencio entre la inmensa ciudad flotante del animalario, donde los diversos subgrupos se odiaban, se amaban, interaccionaban o dejaban de hacerlo entre sí. Pero atravesando por encima de compañeros en toda clase de actitudes y posiciones, hubo un momento determinado en que –Perseus se apercibió- la densidad de ratones iba haciéndose más y más baja, hasta llegar a una zona en la que Perseus, a pesar de las obvias diferencias con el resto de su especie, no había llegado nunca: la zona de los renegados. De aquellos cuyas peculiaridades se habían hecho tan destacadas con respecto a las de sus compañeros, que ni siquiera tendían a juntarse con los demás, sino que tenían un nicho aparte. Ellos eran, a su manera, los excluidos. Pero aún así, Perseus confiaba en que fueran tan felices a su manera en el animalario, que no ansiaran escapar a ningún otro lado, y de esa manera el propio Perseus evitara plantearse que su plan absurdo de una fuga –quería decir, proyecto- pudiera ser de ninguna manera factible.
              Pero cuando llegaron al sitio, Juan sin Miedo le señaló con determinación a uno de sus compañeros.
                   -Fíjate en él.
              El ratón en cuestión estaba temblando. Pero el temblor en sí mismo no era nada, porque un temblor puede reflejar una situación puntual, y era más inquietante echarle un vistazo a los signos evidentes de nerviosismo crónico, como el pelo erizado, los ojos inyectados en sangre, o un agotamiento que se reflejaba desde las orejas hasta la cola retorcida pasando por los alicaídos bigotes. Pero lo peor fue cuando vislumbró a Perseus, y saltó espantado tratando de encontrar protección entre los barrotes de la jaula en la que todos se hallaban encerrados. 
                 -¡Ay, ay, ay!¡Un ratón!¡Un ratón!
                 -Sí, claro, un ratón, ¿qué pasa?
                 Y entonces lo comprendió.
                 -¿Es un ratón con miedo a los ratones?¿Y entonces, qué pasa cuando se mira a sí mismo?
              -¡Aaaaah!-gritó el interpelado para responderle. El susodicho acababa de vislumbrar de refilón una de sus zarpas.
               Perseus asintió frente a Juan sin Miedo, captando el mensaje.
             -De acuerdo, está claro, tenemos candidatos. Pero eso no resuelve buena parte de los problemas. Una vez salgamos de aquí, tus habilidades, Juan, serán muy útiles para poder caminar por el mundo exterior. Pero mientras tanto, la jaula constituye un muro para cualquier salida.
           De repente, Perseus vio algo. Sobresalía tan destacadamente que no sabía cómo no se había dado cuenta antes. A un lado del animalario, un ratón sin duda especial probaba sus habilidades únicas. El ratón tenía acopladas un par de estructuras que asemejaban inmensas alas a ambos lados de su cuerpo. El objetivo inicial de esas alas –aunque el ratón no lo supiera- era que el hueco que se formaba entre las mismas a la altura de la espalda sirviera como un lugar específico para aplicar medicamentos sin que el ratón pudiera toquetearse por culpa de las “supuestas alas”. Pero ya se sabe que la forma de nuestro cuerpo modifica nuestra manera de pensar, de tal manera que aquel roedor víctima de un experimento había acabado por creer que aquellos apéndices planeadores eran suyos e, incluso, que podía volar. O al menos, eso reflejaban las gafas de aviador que este ratón portaba siempre consigo. Perseus lo entendió desde el principio. Y por eso hizo la pregunta de manera directa, sin rodeos.
             -¿Puedes volar?¿Podrías sacarnos volando de esta jaula?
            Los bigotes del ratón se estiraron de placer.
           -¿Volar?¡Claro!¡Por supuesto!
         Lo cual, en la traducción mental de Perseus, estaba claro: aquel ratón no podía volar en absoluto, pero creía firmemente que lo haría. Le bastaba simplemente con eso.
         -¡Perfecto! Preparaos entonces para salir de aquí.

*                                          *                                          *

               Los ensayos de vuelo se convirtieron, por supuesto, en el espectáculo del día en el Animalario. Perseus dirigía las maniobras mientras Piloto (pues tal era el nombre del intrépido aviador de poblados bigotes) se pegaba alocadas carreras por una improvisada pista de despegue que debía servir como campo de prácticas para el momento de la verdad. Que de momento Piloto no pareciera dar visos de ser capaz de alzar el vuelo en ningún caso no parecía constituir un problemático impedimento (“todavía hay que practicar”, pregonaba Perseus con infinita paciencia), mientras ambos ratones recibían el siempre voluntarioso entusiasmo de Juan sin Miedo y la docta ayuda de Roche, un ratón experto en devorar (en todos los sentidos) guías comerciales de empresas farmacéuticas y que, a falta de un ingeniero aeronáutico, parecía el más adecuado para concretar los aspectos técnicos del asunto. Mientras tanto, una multitud de roedores se situaba alrededor del campo de experimentos, mientras dos individuos, más alejados, debatían acerca de los aspectos filosóficos de los mismos:
               -¿Tú crees que se matarán en el primer intento o en el segundo?
               -¿Hace una apuesta?
               -No, qué va; si me vuelvo a meter en el juego, mi esposa me mata.
               -La pregunta que me hago yo es qué pasará si se estrellan; es decir, adónde irán.
               -Creo que la respuesta es que la parte principal del cuerpo se queda allí pegado al suelo, mientras que algunos trozos…
               -No me refiero a eso, zopenco; sino adonde se dirige su espíritu, su… esa cosa que sientes entre las orejas.
               -Creo que eso también se machaca bastante.
               -¿Tú no crees que hay un cielo de los ratones? Un lugar al que todos vamos después de muertos y donde todo es feliz y maravilloso.
               -Yo escuché acerca de un lugar así, pero no había que estar muertos. Era en la India. Una especie de templo donde todo está lleno de ratones, y son sagrados, y los humanos se alegran si los tocamos, y hay cinco ratas blancas que traen especialmente buena suerte…
               -¿Ratones o ratas?
               -Nunca me ha quedado muy claro; era más un rumor que otra cosa, y quien me lo comentó fue interrumpido en su relato por una trampa con queso.
               -¿Y si hay cielo de los ratones, también habrá infierno?¿Adonde irán los humanos que se han portado mal con nosotros? Como esas malditas investigadoras…
               -Depende; ¿a qué van a ir, a pasarlo mal ellas, o a golpearnos con el látigo?
               -No tengo ni idea, compadre.
               Mientras tanto, Perseus estaba llegando a una peligrosa conclusión: se acercaba el momento en el que la inmensa multitud la cual se estaba congregando alrededor de la plataforma de vuelo empezaría a impacientarse, y eso quería decir que los sucesivos ensayos ya sólo servirían para ponerles aún más nerviosos y hacerles dudar del proyecto, minando la confianza de los propios implicados. Por tanto, había que partir ya, a pesar de que Perseus sabía de sobra que no estaban ni de lejos preparados para intentar este viaje. Pero las odiseas (bien sabía por su corta experiencia de la vida el ratón con nombre de héroe griego), si te esperas a iniciarlas con todo preparado y en su sitio, no las terminas nunca.
               -¡Bien!-hizo un súbito gesto para que todo el mundo le prestase atención-. Vamos a ponernos en marcha. Piloto cogerá carrerilla y echará a volar, y nosotros, agarrados a su cola, ascenderemos por encima de las paredes de la jaula.
               -¿Y qué hacemos con Pinky?-preguntó Juan Sin Miedo. Pinky, a la sazón, era el nombre del ratón que le tenía pánico a los otros ratones.
               -Le pondremos a la cola de Piloto un revestimiento de tela para que Pinky no tenga que tocarle la cola directamente. De hecho, nos lo pondremos todos, por si acaso hace falta que nos cojamos entre nosotros llegado el momento -añadió Perseus, quien seguramente no las tenía todas consigo.
               Tardaron unos 10 minutos adicionales en completar esos preparativos. Una vez hecho esto, se encontraban todos preparados: Piloto, enfocado hacia su objetivo mientras contemplaba el cielo (que no era otra cosa sino unos tubos fluorescentes que parpadeaban a la altura del techo del animalario), y todos los demás agarrados a su cola. Piloto se ajustó las gafas:
               -¿Todos listos?-hubo un murmullo de asentimiento general, por parte de algunas gargantas de manera más entusiástica que de otras-. ¡Pues allá vamos!
               Y Piloto empezó a correr. Todos los demás le seguían, agarrados de la cola, desplazándose a toda velocidad, procurando no descolgarse del ratón de cola. Sin embargo, Perseus constataba atormentado un problema: que, a pesar de toda la carrerilla, seguían sin levantarse ni el más mínimo ápice del suelo, y que -cada vez más cerca- se iban aproximando a la pared de la jaula. Y no sabía qué podrían encontrarse al otro lado, pero se temía que no serían globitos de colores y un cartel enorme que dijera: “Feliz cumpleaños, coged una galleta y sentaros en un sitio cerca del final”.
               -¡Venga, chicos, allá vamos!-gritó Piloto, entusiasmado, completamente absorbido dentro de aquel papel tan dramático. Pero para su desgracia, Piloto siguió sin impulsarse hacia arriba: simplemente, ayudado por la inercia de sus compañeros, se estrelló contra la pared de la jaula y la derribó, precipitándose todos ellos hacia el vacío.
               Aunque para Piloto, que se veía flotando por primera vez en el cielo, aquello había estado muy claro: en aquel momento, estaba volando. Y no tenía ni la menor idea de que se estaba a punto de estrellar.

                                            *                                          *                                          *

               Sin embargo, Perseus sí que era más consciente de que una caída a esa distancia bien podía matarles, y su estado de ánimo se encontraba ligeramente alterado. Por primera vez, contemplaba desde abajo la superficie de la mesa donde su inmensa jaula había estado situada durante todo este tiempo; y aquella visión no le gustaba, porque también podía mirar el suelo donde definitivamente iban a acabar machacados dentro de unos cuantos segundos. Empezaba a sospechar que, probablemente, el intento de salir de la jaula volando había sido, en el mejor de los casos, una posible mala idea.
               Pero entonces, Juan Sin Miedo les sorprendió. Sacó de un repliegue de su grasa corporal algo parecido a un pequeño látigo y lo empuñó para conseguir que el extremo de aquella improvisada herramienta quedara enganchado en uno de los agujeros de las fragmentadas paredes de la jaula, las cuales se agitaban todavía en el aire, sostenidas al resto de la jaula por encima de la mesa. De esa manera, Juan detuvo su caída, y quedó colgado de manera precaria de las paredes de la jaula gracias al látigo. Comprendiendo lo que había que hacer en ese momento, Perseus se agarró a la cola de Juan e instó con rápidos gestos  a los demás a hacer lo mismo, de tal manera que Roche se enganchó a la cola de Perseus, Pinky (con algo de asco, pero sobreponiéndose gracias al revestimiento de tela que tan apropiadamente habían colocado) hizo lo propio con la cola de Roche, y por último Piloto se asió a la de Pinky. Piloto se quedó tan cerca del suelo que el último tirón al engancharse le hizo descolocarse y caer, pero las alas amortiguaron su caída. “Un feliz aterrizaje”, pensó tumbado boca arriba, sonriendo todavía gracias al vuelo más largo que había recorrido en su vida.
               -¡Buena idea la del látigo!-le indicó Perseus a Juan desde abajo, ofreciéndole un gesto de satisfacción.
               Juan recibió este halago no especialmente convencido.
               -¿Te refieres a esto? –dijo señalando al látigo-. No sé. Pensé que tenía que llevarlo. Como que… pegaba con todo esto. Pensé que podría hacer falta. No sé por qué.
No obstante, aunque su situación ya no era crítica, seguía siendo desesperada: salvo Piloto, el resto de los ratones seguían colgados como una morcilla, pendientes de un fragmento de hierro que en cualquier momento podía desprenderse y hacerles caer.
               -¡Creo que he leído algo acerca de esto!-exclamó Roche, cuyo extremo conocimiento de revistas científicas le hacía encontrar soluciones para todo. Y recolocó sus gafas por encima de los bigotes para calcular la distancia a una de las patas de la mesa, e indicó a sus compañeros que se balancearan para crear un movimiento de péndulo a partir de la cola de Juan. Comenzaron a moverse, al principio muy suavemente: Roche les incitó a hacerlo con más brío.
               -Creo que el truco está en hacerlo como si trataras de bailar: mueve la cadera, uno, dos, mueve la cadera…
               Fueron ejecutando un recorrido cada vez más amplio (en lo que se les asemejó la conga más estresante de sus vidas), acercándose progresivamente de esa manera a la pata de la mesa. Después de tres o cuatro intentos, estuvieron a punto de alcanzarla, pero no llegaron del todo. Sin embargo, en el siguiente balanceo, Pinky (que estaba deseando librarse de la obligación de tener que agarrar una cola de ratón, por muy disfrazada que ésta estuviera) se agarró con fuerza a la pata de la mesa, quedándose sujeto en mitad de la misma. A continuación, Roche se dejó caer sobre la cabeza de su compañero, Perseus sobre la de Roche y Juan sobre la de Perseus, de tal forma que al final todos se encontraban agarrados a aquella inmensa columna como si se tratara de una barra de la estación de bomberos. Pero Pinky estaba tan horrorizado de tener un culo de ratón encima, que se dejó deslizar por la barra –perdón, la pata de la mesa-, y el resto de los ratones que quedaban por encima se deslizaron a continuación, quedándose todos amontonados en el suelo y con un fuerte dolor de posaderas. Perseus, aturdido todavía por el golpe, abrió los ojos: observó entonces como el resto de los ratones del animalario les contemplaban desde lo alto de la mesa, sorprendidos de que aún estuvieran vivos. Y sólo cuando escuchó la pregunta de Roche lo comprendió plenamente:
               -¿Y ahora qué?
               Perseus, todavía tumbado boca arriba, sonrió:
               -Somos libres.

                                            *                                          *                                          *

               La libertad, sin embargo, a veces significa simplemente escapar para acabar por meterse en una jaula más grande. Y lo que Perseus no sabía era que la mesa del animalario se encontraba en una habitación la cual a su vez estaba controlada por un científico quien, de acuerdo a las teorías más modernas de la revista Nature Science Cell SuperCool Journal to Publish if you are SuperCool, había decidido poner a los ratones todos juntos en una jaula grande y de techo abierto en lugar de en jaulas pequeñitas y cerradas para así intentar que los animales se encontraran un ambiente más natural y que “les recordara a su hogar” (siempre que el prado o las alcantarillas de las que los ratones provenían albergaran seres mitológicos vestidos con una bata azul, armados con un apéndice en forma de fregona, y que desprendiesen un fuerte olor parecido a la lejía. Aunque esto, por otra parte, explicaría alguno de los traumas infantiles de muchos de los roedores). Y este científico, que devoraba todos los artículos científicos a más velocidad aún que Roche, que tenía la misma capacidad analítica de Perseus, y la misma iniciativa y pasión por conquistar sus sueños que Piloto, no se llamaba Herbert von Karazen, ni Max Maximillian, ni Pierre Le Grandeur, como hubiera merecido, a pesar de que su lúcida claridad científica se encontraba en consonancia con todos esos nombres. No, el hombre que penetró con prestancia en el animalario, tras haber escuchado un cataclísmico sonido de paredes metálicas rompiéndose, era otro muy distinto, pero igualmente audaz: se llamaba Arturito, vestía gafas de hipermétrope que le hacían aparentar poseer ojos muy parecidos a los de un mochuelo, y cuando vio la jaula de los ratones completamente abierta (con, al fondo de la misma, cincuenta sombras de pelo gris bullendo de nerviosismo las unas sobre las otras), junto con unos cuantos animales correteando agitados debajo de la mesa, prácticamente entró en shock. Pero mucho más todavía cuando observó a un roedor con vestido con alas y gafas de piloto, a otro que también llevaba puestas gafas y había penetrado con aire voraz en un armario cargado de revistas viejas, y a otro que se encontraba armado con una especie de látigo que le daba un aire muy parecido a Indiana Jones, aunque con un estilo mucho menos presumido. Sin embargo, lo que más le sorprendió de todo fue cuando descubrió a uno de los ratones en el suelo, de pie, sobre sus dos patas, mirando al propio Arturito ávidamente, como si se lo comiera con la mirada. El ratón se puso a su vera, le tiró un par de veces del calcetín, y realizó un gesto que Arturito entendió como una petición de que le levantasen. Con algo de asco (porque no tenía puestos los guantes), Arturito cogió al roedor, lo alzó a la altura de sus ojos, y aguardó, porque el ratón parecía estar haciendo algo muy similar a comprobar su garganta. Y de hecho, Perseus, después de repasar mentalmente sus bien aprendidas lecciones sobre lenguaje humano, y tratar de adaptar su agudo tono de voz a los limitados oídos de los Homo sapiens (con lo cual le salió una extraña mezcla de gañido de cabra y cobaya a la que le estuvieran aplastando los testículos), se atrevió por fin a dar el paso y, con un aire de denodado esfuerzo, consiguió exhalar un forzado:
               -Hola, me llamo Perseus y quiero ser tu amigo.
               Y entonces fue cuando Arturito, después de un varonil grito, se desmayó.

                                            *                                          *                                          *

                Cuando Arturito volvió en sí, y después de colocar a los animales fugados en una jaula aparte, con tan sólo Perseus situado frente a él sobre uno de los estantes de la biblioteca, su situación mental distaba mucho de haberse calmado, y no hacía más que dar vueltas de un lado para otro de la habitación. Perseus, mientras tanto, a quien todo esto representaba mucho más que un sueño (¡un humano al natural!, ¡con el que podía estudiar su comportamiento en situaciones fuera del animalario!), se entretenía vivamente y procuraba permanecer atento a cada detalle. Aunque ahora mismo no sabía muy bien a qué carta debía quedarse, porque Arturito no parecía estarle hablando a él personalmente, y sin embargo, no había nadie más en la habitación:
               -Porque claro, ¿y cómo explico yo todo esto al profesor Fernández?, ¿y quién se va a creer esta historia?, peor, incluso, lo más probable es que me encierren en un manicomio, y además…
               Un “`plin-plin” procedente del ordenador vino a interrumpir su reflexión. Arturito se acercó hacia la pantalla y, al comprobar qué lo había causado, se pasó la mano por la cara, desesperado. Perseus, con su inmenso conocimiento de la problemática primate, recurrió a sus viejos apuntes de humanología humana (los cuales, en buena parte, consistían en una colección del cine de los años cincuenta y una copia barata del musical de “Los Miserables”) y, con la voz más seductora que fue capaz de expresar (y que recordaba en cierta medida al estornudo ronco de una ardilla), apuntó:
               -¿Problemas con las mujeres?
               Arturito, que parecía haber olvidado que Perseus se encontraba allí, pegó un intenso respingo:
               -¿Cómo lo has sabido?
               Perseus, quien se sentía interpelado por primera vez por un humano –y por lo tanto importante-, hinchado el pecho, se explicó:
               -Oh, es sencillo. Arqueamiento de cejas, enrojecimiento de orejas, rubor en las mejillas… y, todo hay que decirlo, empezáis a expulsar un tipo especial de feromonas –susurró más bajito al expresar lo siguiente-. No es por intentar ser hiriente, pero en esos momentos  oléis un poquito mal.
               Arturito agachó la cabeza y la desplazó pesaroso de un lado a otro.
               -Es… se trata de Nerea. Es una compañera de laboratorio. Siempre trato de impresionarla, pero nunca encuentro manera… Creo que le gusta ese estudiante australiano de intercambio. Surfista, rubio, larga melena… Para qué me voy a engañar, no puedo competir con eso.
               Perseus se rascó la cabeza con intensa fruición.
               -Bueno, quizás pueda servirte de ayuda. No quiero presumir, pero yo he estudiado a fondo los comportamientos y pulsiones humanas, quizás incluso desde un punto de vista más objetivo, teniendo en cuenta que siempre lo he contemplado desde fuera… Podría intentar ayudarte.
               Arturito le miraba con unos ojos (ya de sobra magnificados por las lentes) que se habían quedado ensanchados como platos:
               -¿Tú?¿Ayudarme?
               -Puedo andar escondido en un bolsillo e indicarte qué debes decir en cada momento. A cambio –Perseus aprovechó por primera vez el factor de encontrarse en una posición de poder-, tú te comprometes a encontrar una solución para que mis compañeros, que con tanto ahínco han buscado la libertad, vivan en un entorno adecuado donde puedan cumplir sus sueños. Firmaremos el pacto con un apretón de manos.
               A Arturito, la perspectiva de que un ratón pudiera auxiliarle en sus cuestiones amorosas le resultaba bastante poco halagüeña. Tener que estrechar la zarpa de un ratón, también.
               -No sé yo…
               -Vamos –le instó entusiasta Perseus-, seguro que lo has intentado de todas las maneras posibles y no te ha salido bien de ninguna de ellas. Confiando en mí, ¿qué puedes perder?-inquirió el ratón recordando uno de los mejores capítulos de McGiver a través de los cuales había aprendido el lenguaje humano. No le recordó a Arturito lo mal que acababa aquel episodio.
               Arturito dudaba, e incluso balbuceaba visiblemente. Pero había algo en aquella seguridad que emanaba del ratón, conforme elevaba la patita al aire, que le hizo sentirse valiente también.
               -¡Trato hecho!-selló el acuerdo Arturito con entusiasmo, y no dejó entrever que el tacto húmedo de las almohadillas plantares del ratón le había provocado un cierto desagrado.

                                            *                                          *                                          *

               El relato de cómo continuó la siguiente parte de la historia resulta un poco confuso al estar contado a dos voces: una primera bastante entrecortada y apagada (que era la de Arturito incapaz de hablarle a alguien que no fuera el cuello de su camisa), y otra la de Perseus (que directamente le hablaba al cuello de la camisa de Arturito porque básicamente se encontraba localizado dentro de un bolsillo de su chaqueta). Pero más o menos, debió ser un poco más o menos como sigue:
               -Hola, Arturo.
               -Hola, Nerea…-(hay que indicar que, en esta parte, la discordancia entre los dos testimonios es bastante abrupta; mientras Arturito dice que sostuvo un animado diálogo de gran contenido intelectual con la preciosa y esbelta Nerea, con sus gafas de pasta de color rojo y su maravilloso pelo castaño claro recogido en una voluminosa coleta, Perseus asegura que lo único que escuchó por parte de Arturito fueron farfullantes interjecciones, interrumpidos tartamudeos e, incluso, el sonidito de un par de gotas de baba cayendo desde sus labios. Acerca de la chica, Perseus dijo que, en fin, en el fondo, no estaba del todo mal).
               -¿Qué pasa, Arturito?-se escuchó de golpe, tras interrumpir aquella (independientemente de las versiones) breve conversación una voz que, inconfundiblemente, pertenecía a Billy, el famoso estudiante australiano de intercambio (aunque también podría corresponder a Billy, el famoso muñeco rubio musculado), quien le había pegado un empellón al joven científico en mitad de la espalda.
               En ese momento, los músculos del cuello de Arturito se erizaron de tensión y miedo, y Perseus supo que tenía que intervenir para que la siguiente escena acabara de la mejor manera posible. Le susurró el contenido de la frase que tenía que soltar a Arturito, quien la expresó prácticamente en el transcurso de un rechinar de dientes:
               -Te he pedido en ocasiones anteriores, por favor, que no me llames Arturito.
               -¿Qué pasa, te has pasado toda la noche aprendiendo esa frase? Venga, no te enfades, Arturito…
               -Creo que deberíamos cimentar nuestra relación sobre unas nuevas bases…
               -Qué filósofo vienes hoy. Oye, Nerea, qué guapa te has puesto…
               -El caso, Billy, es que quería comentarte…
               -Aparta, gafotas.
               -¿Ves?, era a ese tipo de comentarios a los que me refería…
               El cruce de frases se intercambió un par de veces más, en los que Perseus empleó todas las técnicas psico-sociales de las que disponía, y que procedían de su famoso manual de relaciones interpersonales “Quién me ha robado mi leche fermentada”, y ninguna de ellas, sin embargo, dio para su sorpresa ningún resultado.
               -Pues, por resumir, Billy, lo que yo quería pedirte…
               -O te apartas de aquí o te pego un piñazo en los morros.
               Definitivamente, aquello a Perseus le estaba exasperando. Era el ser humano más despreciable con el que se había topado, y ya había conocido a dos. Resignado, Perseus llegó a la conclusión de que, en algunas ocasiones, todo lo que has aprendido no sirve para nada y tienes que acabar haciendo, simplemente, aquello para lo que por naturaleza te encuentras predestinado desde el momento de nacer. Sin embargo, la verdad es que agradeció enormemente el haber aprendido a mear a dos patas cuando, tras unos cuantos segundos de duda, salió del bolsillo de la chaqueta de Arturo, se colocó encima del hombro de Billy, y le lanzó un buen reguero de agüita amarilla en la boca.

*                                          *                                          *

               Lo cierto es que el incidente resultó bastante aparatoso, y fue la comidilla de la universidad durante semanas; pero a pesar de las interminables discusiones sobre el tema, nadie consiguió averiguar de dónde había salido el ratón y por qué se había ensañado tanto con el pobre chico australiano, primero utilizando su vejiga y luego a base de emplear con habilidad (y un puntito de mala leche) sus agudos y pulcramente aseados dientes. Pero una vez pasada la primera impresión de sorpresa, la sin par conmoción y las risas, lo que acabó por recordar todo el mundo fue cómo Arturo fue capaz de quitarle el ratón de encima a Billy (mientras éste, por otro lado, sollozaba como una niñita de tres años) y conseguir que el fiero animal se convirtiera en un amigable roedor el cual sonreía de oreja a oreja conforme el joven científico le acariciaba con delicadeza el lomo. Y, mientras esto ocurría, la guapísima Nerea se aproximaba a su compañero de laboratorio y, tras parpadear un par de veces en una larga caída de ojos, enunciaba:
               -Es curiosa esa frase que cuentan acerca de que los animales no se equivocan con las personas, ¿no es verdad?
               Y así fue como empezó a fraguarse el final para cada uno de nuestros protagonistas.
               Nerea y Arturo acabaron juntos. Se casaron, tuvieron hijos, y hoy en día viven felices con un negocio de quesos. Fueron los inspiradores de un famoso monumento dedicado al ratón de laboratorio, que les recuerda la extraño carambola a través de la cual el destino les unió. Pero no todo es felicidad: Nerea posee una extraña obsesión por el Risk, y Arturito no sabe por qué le desaparecen los calcetines del armario y siempre se encuentra tan sólo calcetines impares. O sea, las preocupaciones habituales de una pareja normal.
               Piloto acabó trabajando para la NASA para toda clase de experimentos espaciales. Nunca ha conseguido aprender a volar, pero los tests de caída libre le mantienen engañado casi todo el tiempo. Ya prácticamente no se marea cuando ejecuta giros boca abajo.
               Roche empezó trabajando para una compañía farmacéutica, pero pronto les cogió manía, y ahora vive en una casa construida por sí mismo en Brasil a base de paneles de energía solar y materiales reciclados, proclamando un retorno a una vida más sencilla y en mayor comunión con la naturaleza. Ha escrito varios libros para ratones recomendándoles que sigan esa vía pero, incomprensiblemente, ningún ratón se lo ha comprado.
               Juan Sin Miedo trabaja en una agencia de rescate de palomas mensajeras atrapadas en lugares inhóspitos. En sus ratos libres, para relajarse, toca jazz en un club para gatos. Nunca ha entendido por qué ningún otro roedor viene a verle tocar.
               Pinky se metió en un curso intensivo para quitarse el miedo a los ratones. El curso ha sido todo un éxito, pero ha tenido como despreciable efecto secundario el hecho de que ahora Pinky le tiene pánico a la nieve. Los experimentadores noruegos que han llevado a cabo el proyecto no creen que esto tenga necesariamente que suponer un problema. Pinky vive en Oslo y se ha comprado una casa con amplios ventanales.
               El sistema de una única jaula para todos los ratones se encuentra actualmente en desuso, pero todavía, en los mentideros entre los ratones, cuando conversan, aún recuerdan la leyenda de aquel grupo de exaltados medio locos que se escapó de la jaula que entonces llamaban hogar. Una buena parte cree que fueron a parar a un lugar mejor; la otra mitad piensa que se los están comiendo como parte del pienso para animales.
               Y en cuanto a Perseus… ha adquirido una plaza como catedrático titular de un máster especializado en relaciones entre roedores y seres humanos. Vivió innumerables aventuras y pasó por muy diversas situaciones. Pero si queréis conocer el resto, qué narices, dice Perseus mientras gira el cómodo sillón verde donde se encuentra sentado y contempla a todos los lectores: dejad de leer y comprad el libro. O, mejor, id a ver la película. Perseus guiña el ojo. Suena música de los Bee Gees. Aparece una imagen de varios ratones surfeando sobre una playa hawaiana. Luego, los cinco ratones protagonistas salen tocando como componentes de una banda de rock sobre un escenario al fondo del cual se encuentran bailando Arturo y Nerea. El público son ratones, que gritan y aplauden con escandalosa animación.
              
-Pues no me ha parecido una buena comedia.
               -Pero si se han meado y todo.
               -Pero no se han comido a nadie.
               -Tú es que no entiendes de arte moderno.
               -Ya. ¿Me pasas las palomitas?
               -Calla, que viene el making-of.

               -Perseus, tienes que ofrecernos ahora algo para los comentarios del director: ¿hay alguna cosa que nunca hayas llegado a entender acerca de los humanos?
               Perseus apoya el mentón sobre la patita, reflexivamente, y pregunta:
               -Sí. ¿Por qué se ponen esos nombres tan ridículos?

FIN

               Es verdad. Es que son absurdos. Arturo, vaya nombre. Bigotitos… Ése sí que es un nombre resonante…

¿CONTINUARÁ?

(Música de los Bee Gees con voces de ratón cantando)

lunes, 30 de abril de 2012

El relato de mayo (adelantado). "Smile".


El relato de hoy quiere servir de homenaje no sólo a las personas especiales que he conocido a lo largo de mi vida (y que me inspiran este relato, cada cual en una medida distinta), sino también como ejemplo de cómo ciertas enfermedades pueden generar situaciones sorprendentes -algunas horrendas, otras en cambio maravillosas- en función de la siempre inesperada perspectiva con la que el ser humano al que le aflige sea capaz de afrontarlas. Gracias a los prodigios de la investigación y de la medicina (que han disminuido la mortalidad infantil por otras afecciones) vemos un número cada vez más creciente de estas enfermedades genéticas de baja incidencia, denominadas también "enfermedades raras", para muchas de las cuales todavía no se conoce cura. En algunos casos por el deseo de desentrañar los mecanismos que gobiernan nuestro organismo, y también en muchos casos por el abnegado deseo de ayudar, miles de científicos se dedican en cuerpo y alma a diseccionar la base de estas enfermedades, y a encontrar una manera de reparar su mal. Conozco a fondo a esos investigadores porque los he tenido cerca: son hombres como todos, realizan su trabajo los más por vocación, algunos por altruismo y otros porque es una tarea como cualquier otra. Pero puedo testificar de primera mano que muchos de ellos son personas maravillosas, y no nos cabe duda de que realizan una contribución incalculable a la sociedad: comprometidos con su trabajo hasta decir basta, capaces de despreocuparse de cosas personales o de su propio futuro y en cambio pasar una noche sin pegar ojo preguntándose por qué un experimento salió mal o si se han dejado encendida una luz del laboratorio que debieron apagar. Gracias a estos seres anónimos con bata (que no ven pacientes, que no salen casi nunca en los periódicos, que realizan un trabajo callado y en la sombra, arduo, trabajoso, poco agradecido y siempre entregado), que un día se llamaron Pasteur o Fleming, nuestra esperanza de vida es más larga, nuestros hijos nacen cada vez más sanos, y hay se cuentan cada año por menos las plagas a las que no hayamos conseguido derrotar. En un tiempo en que los recortes en ciencia cada vez son más brutales (suponiendo, de manera segura, pan para hoy y hambre para mañana) y en que gente que triunfa por labores vanas se dedica a cuestionar la utilidad de la ciencia, este post quiere servir, entre otras cosas, de tributo a mis amigos los científicos. Y en concreto a unos cuantos a los que he amado muy intesamente: ellos saben cuánto les voy a extrañar.

Smile

            No hay nada más grande que esa sonrisa.
Y al mismo tiempo, nada más mortal.
            No me entendáis mal. Ésta no es una de estas historias donde un hombre terriblemente cruel y despiadado ejecuta un plan macabro con el objeto de llevar a la ruina a más de media humanidad. No es nada de eso. Ni siquiera se puede decir que en este relato haya un malo pequeñito, una especie de personaje secundario amable que nos haga gracia a la vez que él trata sin éxito hacerle la puñeta a todos los demás, como una suegra quejica, un jefe malintencionado o incluso un perro que se orina sin venir a cuento en la entrada de nuestro jardín. No, aquí no mostraremos ningún villano. Al menos, ninguno humano. La única culpable, terrible y maléfica, en este caso, es la propia madre naturaleza.
            Pero quizás debiera comenzar de una manera más convencional la historia. Para ello, os quiero presentar a mi novia, Lluvia. Es un nombre original, como ella misma. Le gustan cosas curiosas, y a veces diametralmente opuestas: le encanta cine, claro, pero también escuchar el sonido de un grillo agazapado detrás de las rocas. Salir con los amigos, y asimismo las cajitas de música, las cuales puede pasarse horas tocando. Abrir la boca y beber el agua de lluvia directamente: dice que la alimenta, ya que después de todo lleva su nombre. Los libros pequeños, de los que caben en el bolsillo y los puedes apretar contra tu cuerpo y acariciar. ¿Puenting, alpinismo, deportes de riesgo?, quizás, aunque los que practique no sean los más conocidos, pero para ella toda su vida, en cierta medida, es un evento arriesgado. Pero lo más formidable de todo, como digo, es su sonrisa, y más increíble todavía, su risa. Una risa abierta, espontánea, natural, fresca, mostrando todos los dientes, una carcajada espectacular que te llena, alucinante, ambiciosa, la cual te hace pensar que no hay otra cosa mejor en el mundo, que todo es dicha y felicidad y maravilla, una risa que lo inunda todo, que lo ilumina, como un océano desparramándose más allá de sus orillas. Todo rebosa un universo de grandiosidad y de belleza cuando se ríe...
Y entonces, a continuación, el corazón de Lluvia, como un reloj mal acompasado, se desconecta.
            No es una broma. Qué más me gustaría a mí que lo fuera. Ojalá hubiera sido todo una broma. En todos los lugares donde alguna vez ha pasado. En la playa. En la piscina. En el cine. En el centro comercial. En la acera. En la esquina. En casa. En un estadio de fútbol. En mitad de la lluvia. En días soleados. En días de niebla. En España, en Francia, en Italia, en Argentina. En lo alto de los edificios y en lo profundo de las pirámides. En todos esos días, una sonrisa, un estremecimiento, un gritito de sorpresa, un llanto, pero sobre todo, una risa, como aviso con antelación de que el mundo se detiene. Primero para mí, y a continuación para ella. Para mí sólo era de mente, para ella, en cambio, también ocurría de cuerpo. El flujo sanguíneo se para y le deja de llegar oxígeno al cerebro. Y entonces hay que reanimarla. A veces bastan con unos simples golpecitos, como si se estuviera despertando de un sueño. Otras veces, en cambio, hay que ponerse más serio. Tiene gracia esto que diga lo del sueño, porque es una enfermedad que se parece mucho a la narcolepsia, aunque ésta es más conocida para el gran público. Porque dormirte cuando sientes alguna emoción en gran medida, bueno, hasta ahí es comprensible, ¿pero hallarse al borde de la muerte? Parece cosa de brujas, una especie de misterio de ciencia ficción. Y sin embargo, lo sorprendente de esta historia no es esto. No es el milagro más grande.
            Éste es el relato de la persona con la que con más frecuencia y estruendosidad escuché reírse jamás.
            Lluvia ríe en todos los lugares y en todas las ocasiones. Es una fanática empedernida de las comedias; sonríe cuando le saludas y también al despedirse de ti. Se asusta al escuchar la explosión de los fuegos artificiales en las fiestas, y se emociona al contemplar un atardecer especialmente bello. Tiende a rodearse de amigos que la hacen reír a mandíbula batiente, se apunta a todas las fiestas, le encanta sorprenderse por un truco de magia, se conmueve cada vez que sucede cualquier acontecimiento pequeñito, de hecho es una especialista en darse cuenta de los más ínfimos detalles, como la vez que abrió tantísimo los ojos al encontrar unos zapatitos de muñeca junto a una casita de juguete abandonados por la calle y dijo, toda excitada: “Creo que Dorothy, la del mago de Oz, ha estado aquí”. Y temblaba al imaginárselo.
            Pero claro, todo ese torrente de emociones tenía que tener su contrapunto, y lo tiene. Como cuando salió de voluntaria para un espectáculo de circo y quedó tan entusiasmada que tuvieron que reanimarla entre tres hombres. También fue curiosa la escena durante la cual, en el transcurso un viaje en globo, tuve que darle golpecitos durante todo el trayecto porque se quedaba tan ensimismada y absorta contemplando el paisaje que no hacía más que parársele el corazón a intervalos periódicos. Aunque he de reconocer que cuando peor lo he pasado fue en la montaña rusa; a cada grito de exaltación de Lluvia, un desvanecimiento, y luego, un nuevo brusco movimiento de la montaña rusa la volvía a recuperar. Todo transcurrió bien y al final no pasó nada grave, pero yo me pasé acojonado a su lado todo el viaje, reflexionando en aquel momento acerca de lo inútil era para ambos en esta ocasión el arnés de seguridad.
            Posiblemente lo que todos me preguntéis es cómo la dejé subir a ese cacharro infernal, o hacer todas esas cosas, teniendo en cuenta su enfermedad. Y entonces os respondería lo que ya he contestado tantas veces: que ella no me deja oponerme. Que no tengo más remedio. La fuerza de voluntad de Lluvia por llevar a cabo aquellas cosas que le emocionan es mucho mayor que el miedo que todos nosotros tenemos a que le pase algo, a que en el intento fallezca. Nunca ha dejado que nada ni nadie le impida realizar aquello que aspira a hacer: ni siquiera su enfermedad. Ni mucho menos su inestable corazón.
            La vida de Lluvia ha sido excepcional en muchos sentidos. Empezando por su nombre, y siguiendo por todo lo demás. Su propia existencia es un continuo desafío a las leyes de la naturaleza. Los médicos que la atendieron en un principio no le daban más de dos años de vida. Y sin embargo, ahí sigue, en la edad adulta, con un trabajo, una vida, un novio (en este caso yo mismo), y una vida repleta de anécdotas y acontecimientos, probablemente muchos más de los que la mayoría de nosotros podamos presumir alguna vez en nuestra vejez. Uno cabría esperar que, para que una persona que sufre esta enfermedad –que los científicos denominan RAS, o Reflexive Anoxic Seizure (traducible como epilepsia anóxica refleja)- la única salida posible, en el caso de que se pretenda mantener una existencia prolongada, es eliminar cualquier estímulo que le pueda provocar estas paradas cardiacas las cuales impiden que le llegue el oxígeno al cerebro: es decir, evitar cualquier hecho que le pueda producir una emoción. O, en el caso de que esto no sea posible (ya que es muy difícil controlar un mundo exterior tan complejo como el nuestro), aprender a que nada nos emocione; a que ningún chiste nos cause risa; a que el sufrimiento no nos produzca dolor. Resignarnos a no enamorarnos jamás... Lluvia, en cambio, ha elegido la vía opuesta: sentir por todos sus poros, vivir de forma tan intensa que parece que en cualquier momento fuera a explotar. Ser feliz, hasta sus últimas consecuencias.
            Pero (me diréis entonces) ese modo de vida es muy arriesgado. ¿Qué pasa si no hay nadie allí para ayudarla, para darle unos golpecitos, o realizarle una maniobra de resucitación cardiopulmonar? O incluso, ¿qué ocurre cuando se encuentra con gente que no conoce su enfermedad? Con respecto a este último punto, personalmente puedo dar constancia hablándoos acerca de la primera vez que salimos. Yo la había invitado a tomar algo después de un par de cruces de miradas en la universidad, y ella había aceptado. Tras salir de la cafetería, después de un par de horas hablando de temas variados, y mientras caminábamos por las calles desiertas, ella me dijo: “Tengo que acordarme antes de irme a casa de un encargo que me ha hecho mi madre. Me ha dicho que le compre un limón”. Yo, al observar lo tarde que se nos había hecho, no pude sino observar: “Bueno, es una pena que no haya una limonería de guardia por aquí”. Tardó en pillar el chiste, unos pocos segundos. Pero entonces, cuando yo casi lo había olvidado, ella comenzó a repetirlo, “una limonería de guardia, je, je”, primero una risita escueta, y luego una tremenda carcajada, enorme, gigante, tanto que me sobresaltó, no sólo porque considerara que el chiste no era ni mucho menos tan bueno como para eso, sino también porque para cuando Lluvia se desmayó desplomándose sobre mí ya me había dado cuenta de que algo extraño estaba pasando. Así fue cómo la historia de nuestra primera cita acabó en urgencias, después de ser transportado durante todo el trayecto en una ambulancia pitando a toda velocidad. La verdad es que no era así como tenía planeada acabar la noche, le expresaría a Lluvia muy a menudo cuando sacáramos a relucir ese incidente. “Bueno”, me respondía ella, “¿a qué ninguna chica te había llevado nunca en una carroza con tantas lucecitas?”, y se reía a continuación alborozada. A mí este tipo de comentarios irónicos de Lluvia sobre su enfermedad no siempre me han hecho gracia, pero me he tenido que resignar.
            ¿Cómo acostumbrarse a esa existencia, a esa forma de vida tan atroz? Bueno, todo es cuestión de ponerse... sobre todo si hay mucho amor de por medio. Lluvia me confesó más adelante que no me había querido contar lo de su enfermedad en la primera cita porque temía que me asustara, como los otros, y me marchara sin volver atrás la vista. En la cama del hospital, todavía recuperándose de su último desvanecimiento, me interrogó: “¿Tú también te vas a marchar?”, preguntándomelo con ojos tiernos. Y en aquel momento no dije nada, pero hice algo mucho más significativo: me quedé. No supe muy bien por qué. Todo me decía que salir con esa chica iba a ser un problema por todos lados. En parte me justificaba a mí mismo diciéndome que, si la dejaba, a lo mejor le daba otro ataque y se moría allí mismo. Pero por otro lado, sin embargo, yo también era consciente de que había algo más...
            Un trago incluso más complicado fue lo de hablar con su padre. Cuando ya llevábamos un par de meses saliendo, y parecía que la cosa iba a ir un poco en serio, éste consiguió que nos quedáramos a solas en el salón de su casa mientras Lluvia se acicalaba, y allí me habló. Lo cierto es que me daba algo de miedo, con esa envergadura tan imponente, un hombre grande por alto y también a lo ancho, con una profusa barba donde parece que podría albergarse media selva. “Mira”, me dijo, “la verdad es que esta situación no es tampoco nada cómoda para mí. La última vez que vi a un padre entregando a una hija fue cuando el padre de mi mujer lo hizo conmigo, y lo cierto es que ya entonces me pareció arcaico. Yo en aquella época era un hippie de los radicales, que creía en el amor libre y en la obligación de desterrar los convencionalismos sociales, y nada me iba a decir que treinta años más tarde iba a acabar haciendo lo mismo. Pero en el caso de Lluvia, no hay más remedio. Hasta ahora, hemos sido sus padres los que más hemos cuidado de ella. Ya sabes lo delicada que es su vida, lo frágil que puede llegar a ser. Es un milagro: un milagro que nos ha sido concedido, y que tenemos el deber de salvaguardar. Durante todo este tiempo nos ha tocado nosotros: ahora vas a tener que hacerlo tú. Cuídala y hazla todo lo feliz que puedas. Aunque quizás no deberías hacerlo demasiado”. Y yo, no sé por qué, hecho todavía un mozalbete, en lugar de encogerme ante tan pesada carga, me sentí henchido de cierto orgullo, y también de una honda responsabilidad. Responsabilidad que he asumido desde entonces, sin haber tenido nunca (en ningún momento) la tentación de renunciar.
            Y así hasta ahora… Ambos mantenemos un collage (mental, y también físico, porque conservamos las fotos colgadas de un corcho en el dormitorio del piso en el que vivimos desde hace un par de años) de imágenes de cosas que hemos compartido juntos. Con los minaretes de Estambul de fondo; acudiendo a espectáculos del Circo del Sol, con Lluvia creyendo sincera que los acróbatas iban a caérsenos encima en cualquier momento; jugando partidos de paintball, cubiertos ambos de balazos de pintura; sentados en las butacas de un cine, robándome Lluvia de mi cubo las palomitas mientras ambos mantenemos la mirada clavada en la película; celebrando Halloween vestidos de bruja ella y de zombie yo, mientras ambos nos asustamos ante la llegada de una momia. Casi todas esas imágenes tienen lugar justo antes, justo después, o al mismo tiempo que uno de sus ataques, porque en todos ellos Lluvia disfruta al máximo, hasta el punto de correr peligro debido a su perenne situación. Y sin embargo, ella nunca se raja: siempre persevera por llegar hasta el fin.
            Para mí, por supuesto, esta situación es complicada. ¿Cómo hacer sonreír a alguien a quien, precisamente, hacerle sonreír es un problema? Supone conciliar un precario equilibrio. De hecho, la primera vez que nos acostamos juntos, yo estaba acojonado. Tuve que hacer acopio de valor (y de mucha insistencia por su parte) para que todo llegara a buen puerto. Y aún así, hubo cuatro o cinco momentos críticos por el camino. Pero al final, todo salió bien, después de todo, y Lluvia me abrazó y me dijo que era la sensación más placentera que había tenido jamás, y que quería repetirlo por lo menos tres o cuatro veces por semana. Creo que entonces me recorrió por todo mi cuerpo un escalofrío.
            Lluvia no quiere negarse nada. Siempre quiere todo más. A veces me digo a mí mismo que lo hace porque es una incosciente, pero en realidad parece tenerlo todo mucho más reflexionado de lo que en principio aparenta. Dice que no entiende que por sufrir una cierta dolencia tenga que resignarse a mantener una vida infeliz. Que de blindarse ante los sentimientos, ante los emociones, entonces quizás conservaría la vida, pero se encontraría muerta, tan muerta como las piedras que no sufren esa enfermedad. Y por eso quiere aprovechar la vida, esa vida tan efímera que Dios nos ha dado, y que en su caso se aprecia todavía más. Rebuscar los más íntimos rincones hasta sentir todas las emociones que le sea posible alcanzar. Saborearlas todas profundamente; no sea que ésta, sea su última oportunidad.
            Pero esto nos provoca a todos miedos, susto. ¿Cómo sobrellevar esto, cómo aguantar la posible muerte del amor de tu vida, dos, tres, cuatro veces al día? Se te desarrollan reflejos, automatismos. De hecho, a veces me ocurre, cuando no estoy con ella (lo cual procuro que sea lo menos posible) que cuando veo a alguna chica riéndose efusivamente o emocionándose, le doy un par de golpecitos en el brazo, para luego a continuación darme cuenta de que ella no la va palmar. Siempre tengo la precaución de llevar conmigo, además, cosas que crea que sean útiles para despertar a Lluvia en caso de peligro; un silbato, un inhalador contra el asma para excitar sus receptores, y si vamos en el coche, un desfibrilador pequeñito. Pero aún así, nunca es suficiente. En todas las circunstancias, hay miedo, hay desánimo. Hubo una época, incluso, en que me dije que esto no podía durar. En que si seguíamos así, esto acabaría con Lluvia muerta en mis brazos, y yo llorando desconsolado en una cuneta. Por eso me esforcé, durante un par de semanas, en que la vida de ella fuera lo más rutinaria posible, más predecible. No llevarla a ver cosas nuevas, no contarle chistes graciosos, convertir su existencia en algo gris, monótono y anodino, tal como sería más seguro, tal como haría que todos pudiéramos tomarnos la vida con mayor tranquilidad. Traté de que el cambio fuera sutil y paulatino, para que ella no lo apreciase y de esa manera se pudiera poco a poco amoldar y acostumbrarse. Sin embargo, Lluvia me notó algo extraño en mi comportamiento y en mirada, y me exigió que me confesase. Entonces le revelé mis miedos, le conté la profundidad de los pensamientos que me rondaban por la cabeza. Y ella se rió, como siempre natural y espontánea, y me besó en los labios, bendiciendo mi ingenuidad con ese beso:
            -¡Pero tonto!¿No comprendes que precisamente estoy contigo porque me emocionas, porque me sorprendes, porque me haces reír? De no ser así, no te querría. Si no fueras así, entonces sí que no querría vivir más.
            Y desde entonces hemos seguido. Sin miedo y con sobresaltos. Porque sobresaltos, sí, muchos, controlados, pero siempre al acecho, como si en cualquier momento pudiera pasar cualquier cosa, y de hecho puede pasar. Como una espada de Damocles que se balancea siempre sobre nuestras cabezas. Siempre nos mantiene alerta, siempre nos obliga a mirar atrás.
            Pero bien mirado, he conseguido adaptarme. Esta vida es un riesgo, desde luego, pero toda vida lo es. Si existe un riesgo es porque hay algo bueno, algo hermoso que proteger. Hay gente que pasa toda su vida sin hacer nada que pueda ponerles en peligro, ellos no sufren RAS ni nada parecido, y sin embargo, disfrutan mucho menos de sus horas de lo que Lluvia lo hace con normalidad. Ella en cambio ha decidido vivir del todo su vida, apurar hasta los límites de su existencia. Ojalá yo me pareciera a ella; ojalá tuviera tanto valor. Sin embargo, mi existencia es plena porque tengo una misión que va más allá de todos los límites: proteger ese milagro. Procurar que no se extinga jamás.
            Hacerlo, y al mismo tiempo, alimentar su alegría, estimular su sonrisa, provocarle todo aquello que precisamente la puede matar. ¿Es posible aguantarlo? Ella dice que lo haga; que merece la pena. Que nada le gusta más que el hecho de reír, soñar, querer, caricias, abrazos, besos, todo eso que la gente no se da normalmente porque tiene miedo a revelar sus sentimientos, o teme que sea impropio, todas esas cosas que se guardan para sí y que hace que pasen ochenta años y se den cuenta de que no han disfrutado lo suficiente de su vida y han desaprovechado un tiempo que no podrán recuperar jamás, pedorretas en la barriga, llenarle la cara de chocolate o de crema, todas esas cosas que a ella le encantan (en su corazón mental, más resistente que el físico) y que a mí me encanta también dar. Dice Lluvia que no tiene miedo de morir por alguna de las emociones que yo le provoque; que sería muy feliz si pudiera presumir de tener una persona al lado que la ama y a la que ama tanto que le provoca destellos completos de felicidad. “¿Te imaginas?”, me dice entrecortada, susurrando, “¿qué sería más bonito que poder decir que he fallecido de alegría?¿Que me has entusiasmado tanto, que me ha dado un ataque de risa por algo que me has contado, y que éste ha sido mortal?¿Se te ocurre forma más maravillosa de morir?”. Yo la escucho y ante un debate tan serio, prefiero hacerle cosquillas y pararla. Y ambos nos metemos bajo las sábanas y nos olvidamos de que existe todo lo demás.
            ¿Cómo afronto el futuro? Con un profundo sentido del compromiso que he adqurido, y a la vez, con esperanza. A sabiendas de que todo lo que tengo se podría perder en cualquier momento, y también, de que si no pongo el esfuerzo en mantenerlo, entonces no tendré nada por lo que me merezca la pena luchar. Soy consciente de que quizás me iría aparentemente mejor si estuviera con una personal “normal”, que no ofreciera esos riesgos: pero comparadas con Lluvia, todas las personas reales son tan sosas, viven una existencia tan anodina, han aprendido tan poco a disfrutar de la vida, que dudo de que con ninguna de ellas pudiera llegar a ser feliz. Ella me ha enseñado varias cosas: la capacidad por pelear por lo que uno cree; el valor de la ilusión, del querer un mejor futuro; y sobre todo, que nunca debemos rendirnos, que paralizarnos en no hacer nada es tan sólo una manera de extinguir de modo consciente la propia vida. Y que ése es el mayor pecado que podemos realizar. Que hay que vivir, vivir al límite. Y esté con Lluvia o sin ella, si un día por desgracia muere, recordaré el mensaje que ella me enseñó y en la distancia, aunque la lloremos, sabré que el mejor homenaje que pueda yo dedicarle será actuar como ella, tal como me enseñó: aprovechar la vida al máximo. Reír todo lo posible. Sobre todo, disfrutar.
            Así que, mientras Lluvia está dormida, con la cabeza apoyada en mi regazo, al mismo tiempo que vemos una película (por supuesto de miedo), y yo acaricio su pelo, reflexiono sobre la suerte que me ha deparado el destino y pienso, “Qué duro”, y también “Qué maravilla”, lo mismo que debieron de sentir aquellos a los que les tocó custodiar el Santo Grial. Y recuerdo aquella frase que escuché una vez y que no sé de dónde viene ni quién se la inventó: la vida no esperar a que la tormenta amaine... sino aprender a bailar bajo la lluvia. Me pregunto si el que la enunció tenía que enfrentarse a un dilema similar.
            Yo ahora mismo canto y bailo bajo esa lluvia, la que al mismo tiempo me moja y me cala los huesos.
            Y espero con ansia que el sol no salga jamás...


            Nota del autor: la dolencia denominada Reflexive Anoxic Seizure, aunque poco frecuente, existe, aunque en algunos casos sea tan sólo transitoria. Esta historia surgió a partir de la lectura del autor de la existencia de un niño de pocos meses que había empezado a sufrir esta enfermedad.