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lunes, 23 de marzo de 2026

El relato de marzo: "Historia de dos fogones"

La primera vez que se encontraron fue delante del escaparate de un restaurante italiano. Se descubrieron contemplando arrebolados las berenjenas cubiertas por una capa de parmesano, el cacio e peppe con pecorino espolvoreado por encima, los canoli luciendo esplendorosos al otro lado del cristal. Y al mirarse de reojo y descubrirse mutuamente espiando los platos, ella no pudo evitar confesar:

-Es que soy cocinera.

A lo que él respondió, con un entusiasmo imposible de disimular:

-¡Yo también!

Les faltó tiempo para invitarse a sus respectivos restaurantes. Al final fueron a uno de ellos: este humilde cronista no sabe si a él de ella o al de él. Se pasaron tres horas cocinando en paralelo, primero recetas separadas, más tarde conjuntas. Se dieron a probar de sus platos, y más tarde se dieron de comer: al principio con las cucharas, y luego con los dedos. Al cabo de un rato, ya estaban haciendo el amor de manera feral y salvaje sobre una mesa del comedor. Volaron las especias, las salsas, las harinas. Se entremezclaron los fluidos bucales con vinos y caldos, aceites de variadas procedentes hirvieron sobre la temperatura corporal de su piel. El orgasmo sobrevino en un beso de nata que erizó cada papila gustativa de sus lenguas. Al final, ambos, saciados, cedieron a la tentación del remate final, y se deleitaron cada uno en barquillo recubierto de caramelo que saborearon hasta la última gota.

A partir de entonces, se convirtieron en inseparables. Iban juntos a aperitivos, catas, meriendas, eventos de degustación. Quedaban en el mercado, hacían la compra por separado (porque cada cual era muy especial para sus ingredientes), y luego intercambiaban impresiones sobre cómo les había ido y qué pequeño milagro habían conseguido adquirir. Se citaban para “estrenar” los últimos restaurantes que habían abierto en la ciudad, y por supuesto cenaban juntos. Y cuando decimos cenar, nos referimos a que los platos explotaban, y sus ingredientes flotaban por los aires. Hicieron el número de Nueve semanas y media, el de Tímidos anónimos, el de Deliciosa Martha y hasta el de Ratatouille. Y de vez en cuando se despertaban con hambre en mitad de la noche, y asaltaban la nevera… y el uno al otro.

Por otra parte, también tenían sus choques: típicos desencuentros de cualquier pareja. Cómo se te ocurre maridar este pescado con este vino. Pero en qué cabeza cabe añadirle limón a esta salsa. Que si, en este restaurante, es mejor el plato combinado 69, o el 88. A veces tenían ardientes discusiones en las que volaban las empanadillas, los platos se estrellaban contra las paredes, y grandes raciones de spaguetti acababan aplastadas contra el escaparate de sus restaurantes, para sorpresa de viandantes y hasta comensales. Aunque, casi tan violentas como sus peleas, eran las comidas de reconciliación, donde devoraban a mordiscos la vida, y todo lo que había en la despensa.

No siempre era fácil para los amigos de la pareja (entre los que por supuesto abundaban los camareros, los sumillers, los comerciales de compañías de comestibles, los gourmets y los gourmands) aguantar el temperamental carácter de la fogosa pareja. Lo mismo estaban tan acaramelados en la mesa donde compartían mantel con todos los demás (de tal modo que parecía que no había nadie más a su alrededor), que se saltaban cualquier tipo de etiqueta y casi se arrebataban la ropa sobre una barra, mientras esperaban a que les pusieran una mesa: como si, en ausencia de comida, el resto del planeta careciera de importancia. Pero sus compañeros también tenían que sufrir sus discusiones, porque hay que decir que ninguno de los dos era del todo fiel: ella a veces tenía unos antojos brutales de probar un kebab (y de degustar también a la cocinera que los hacía), mientras que él sentía debilidad por los quesos (y los cocineros) franceses. Entonces él la acusaba a ella de rebajarse a la comida basura, mientras que ella le replicaba que era un pretencioso y un snob. Sin embargo, no eran capaces de estar separados más de dos menús, y luego volvían a la cama tan hambrientos como siempre, a veces organizando tríos, soireés, cenas de picoteo, banquetes pantagruélicos y comidas con guarnición, postre, café y licor para decenas de comensales.

Después de un tiempo de apasionado noviazgo, ella se quedó embarazada. Y tras nueve meses en que se permitió comer prácticamente todo lo que le apeteció “por el bien del niño”, nació el pequeño. Al principio, éste devoraba con fruición la leche materna, pero luego pareció aburrirse y la dejó de succionar, como si le causara desgana. Los padres estaban desesperados, al ver que su hijo perdía peso día tras día, y semana a semana. Un día, un par de amigos fueron a visitarles para ver si podía consolar a los nuevos padres (por supuesto, traían unos cuantos dulces a modo de obsequio). Sin embargo, cuando llegaron, se toparon con la puerta abierta, ruidos procedentes de la cocina y, a lo largo del camino hasta esta última habitación, un rastro de comida que había salpicado todas las superficies, incluido el techo. Cuando llegaron a la sala que constituía el kilómetro cero de la conflagración, se encontraron a los dos progenitores visiblemente cansados y alegres, mientras sobre una mesa se asentaba una complicada composición culinaria que más tarde les describirían con un título de unas diez palabras, incluyendo varias en ruso. Aun así, los dos cocineros parecían felices porque metían la cuchara en el plato, se lo daban al niño, y éste comía entusiasmado. El padre, con pinta de cansado por las ojeras, anunció sonriente, aunque a la vez preocupado:

-Creo que tenemos un problema. Hemos engendrado un sibarita.

domingo, 1 de marzo de 2026

El libro y la historia real de marzo: "El curioso caso de Mary Mallon", o la historia de Mary la Tifoidea


El caso de Mary Mallon es relativamente conocido en la profesión médica. A principios del siglo XX, en la ciudad de Nueva York, se encontró a una mujer que era portadora asintomática de la fiebre tifoidea, una enfermedad transmitida sobre todo a través de la comida cruda. La fiebre tifoidea, en aquella época, era muy mortífera, y no existía ninguna clase de tratamiento. Mary Mallon -a partir de entonces, apodada por la prensa con el peyorativo nombre de "Mary la tifoidea"- trabajaba como cocinera, con lo cual ella, sin sentirse afectada por la enfermedad, estaba transmitiéndola a las personas a quienes servía a partir de aquellos alimentos que no se cocinaban mediante altas temperaturas. Se dice que Mary Mallon llegó a transmitir la bacteria letal a 30 personas, de las cuales murieron 3. La cuestión que se plantea, de cara sobre todo a la clase médica, es que tuvieron que prohibir ejercer su profesión (y, eventualmente, ante la falta de colaboración, encerrar de por vida) a una mujer que en realidad no era culpable de ningún crimen, pues nadie le había acusado de provocar las muertes a propósito. Y, sin embargo, se la castigó con un régimen similar al de los condenados por asesinato. Desde luego, el dilema ético es apasionante.

Anthony Bourdain, el célebre cocinero que se convirtió en escritor sobre gastronomía (con una biografía personal también muy turbulenta), decide escribir sobre este caso. Y se pone de parte de Mary. Por muchos motivos bien justificados. Se dice que Mary no era muy colaborativa, pero pensad que estamos hablando de una mujer de origen irlandesa y orígenes humildes -en una época donde el clasismo, la xenofobia y el machismo campaban a sus anchas- que de repente es acusada por los médicos de ser poco menos que una asesina, una transmisora de muerte con patas, una mujer sucia y que no se lava adecuadamente las manos. En ese sentido, es normal que Mary lo negara todo y no quisiera hablar con los sanitarios. Bourdain, además, habla desde su experiencia como cocinero: teoriza sobre lo duro que sería para Mary dejar de ejercer su profesión, tanto a nivel económico como de autoestima personal, y toma partido por todos aquellos profesionales de la gastronomía que han acabado tan hartos de su profesión que en buena parte descuidan hasta la parte de la higiene. (Un inciso respecto a esto: hay un debate que Bourdain no llega a zanjar sobre si Mary se lavaba suficientemente las manos al cocinar. Este debate es muy difícil de resolver por varios motivos: 1) la poca disposición a hablar por parte de Mary, que desconfiaba de los médicos; 2) el debate eterno: ¿qué es lavarse bien las manos?; porque a todo el mundo le parece que se las lava lo suficiente; 3) lo difícil que hubiera sido hacer experimentos sobre este asunto. Mi teoría, a partir de lo que he leído del libro y de lo que sé como licenciado en medicina, es que seguramente Mary hacía bien su trabajo, porque, si no, los brotes por fiebre tifoidea hubieran sido mucho más frecuentes. Lo que pasa es que todo el mundo sabe -y más desde la epidemia de COVID- lo complicado que es lavarse exhaustivamente bien las manos todas las veces que se requiere, y que siempre hay fallos que, en un individuo normal, no se notan. Pero que, en una persona portadora de la enfermedad, pueden desencadenar el desastre).

Bourdain se muestra empático. Además, trata de rastrear, a pesar de la escasa documentación disponible, todo lo que sabemos sobre Mary, y e intenta que nos hagamos una idea de su contexto y sus condicionantes. Como digo, toma partido por Mary, y quizá le coge algo de inquina a los médicos, pero creo que en este caso, más que culpables, sobre todo hay víctimas: víctimas de la falta de desarrollo de la medicina hasta entonces, víctimas de una enfermedad que aún hoy causa numerosos muertos, víctimas de la falta de antibióticos. Es una historia que conviene recordar hoy en día, cuando tenemos vacuna contra la fiebre tifoidea, una que nos salva la vida a diario, a nosotros y a las personas de nuestro entorno. Conviene, pues, leer este interesante libro y no olvidar este caso, para que no volvamos a aquellos tiempos en que ocurrían desgraciados casos como el de Mary Mallon.

lunes, 11 de agosto de 2025

La historia real de agosto: nuevos hilos (y un vídeo) de Bluesky.

Una nueva ronda de hilos de Bluesky: tenemos el ambiente irrepetible de Tánger cuando era zona internacional y los perseguidos (gente muy interesante, pero también con sus claroscuros) se alojaban allí; también, la historia de un caracol cuya concha se daba la vuelta hacia el lado contrario, y le dio la vuelta a muchas concepciones que tenemos sobre ellos. Y, para variar, esto no es un hilo, pero sí un vídeo que he colgado en esa red social (también en otras, pero aquí se puede ver aunque no formes parte de ella) y en el que cuento la historia de cómo los fabricantes de helados Magnum descubrieron que era menos importante el sabor que el sonido. Espero que os llamen la atención. Un saludo.

sábado, 1 de junio de 2024

Los libros son para el verano: unas recomendaciones literarias rápidas

Para que no digáis que os faltan libros de cara al verano o al curso (escolar/laboral) que viene, unas cuantas recomendaciones cortas de libros variados:

-Relatos de diez mundos, de Arthur C. Clarke, es una variada exploración de muchas de las posibilidades de la ciencia ficción a partir de uno de sus mejores narradores. En casi todos, sin embargo, la Tierra resulta fundamental -porque ¿qué viajero es aquel que no mira de reojo siempre a casa?

-La gran serpiente, escrita por Pierre Lemaitre cuando no se había hecho tan famoso y no le publicaban con facilidad las novelas, fue su última incursión en la novela negra, y quiso hacerlo apoyándose en la historia de Francia (un pasión con la que luego prosiguió), el poder de la casualidad, y abundantes dosis de humor negro. 

-Una escritora en la cocina, de Laurie Colwin. Normalmente no me animaría a hojear lo que, en buena medida (pero no toda: cada capítulo trata sobre un aspecto del mundo culinario), es un libro de recetas de cocina, salpimentado de opiniones personales de la autora sobre el noble arte de la gastronomía. No obstante, Colwin lo hace con tanto entusiasmo, dedicación, y (por qué no decirlo) elegancia, que leerlo se convierte en una delicia. Incluso los que sólo revisamos las recetas en diagonal -a pesar de que, dentro de ellas, encuentras frases interesantes-, o diferimos de su opinión sobre la comida inglesa, podremos encontrar deleite en sus páginas, trufadas de tanta ironía como amor por la comida.

-El periodista español Xabier Moret fue invitado por un amigo a pasar un rato en Islandia, mientras terminaba una novela. Fruto de su aprendizaje sobre el país nació La isla secreta, un libro ideal para aquellos que quieran empaparse acerca de esta desconocida y sorprendente región del mundo, e ideal para quienes pretendan informarse de cara a una visita. Por otra parte, Moret creyó necesario volver a este territorio de hielo y fuego para contar no sólo cosas que le faltaban, sino cómo atravesó Islandia la crisis de 2008, y lo expuso en Islandia, revolución bajo el volcán, que resulta un buen complemento. Y, hoy en día, en que somos testigos de cómo las burbujas inmobiliarias amenazan con repetirse porque no aprendemos de nuestros errores, no resulta nada desactualizado.

-Adiós, muchachos son una especie de memorias de Sergio Ramírez, escritor (autor de, entre otros, un libro estupendo llamado "Sara", donde reivindica desde un punto de vista feminista a este personaje de la Biblia) que llegó a ser vicepresidente de Nicaragua durante la revolución sandinista. Ramírez narra el período en que el Frente Sandinista se preparó para tomar el poder frente a la dictadura de Somoza, lo logró, y cómo administró el país para llevarlo a una democracia en la que, más adelante, perdieron el poder tras un mal resultado electoral. Es complicado narrar la propia historia de un movimiento cuando tú mismo estás inmerso en él, pero da la sensación de que Ramírez trata de ser sincero tanto en la bondad de las intenciones de la revolución como en sus fracasos a la hora de conseguir sus objetivos, incluyendo las luchas de poder dentro del sandinismo y sus aliados, los errores a nivel político y económico o el reconocimiento de que hubo cosas que pudieron hacerse mejor. Y por eso, aunque sin duda es una versión subjetiva y seguramente influida por cuestiones que ocurrieron a posteriori, merece la pena echarle un vistazo a la intrahistoria de esta peculiar revolución.

viernes, 1 de septiembre de 2023

Nuevo capítulo de "El Gato de Hubble": ¿qué es el arte? (y, sobre todo, ¿se puede comer?)

Una de las chicas francesas de Pablo Picasso. A saber dónde la conoció.

En esta nueva entrega de "El gato de Hubble" hablamos sobre el mundo del arte, y, claro, la conversación ha derivado hasta terrenos insospechados. ¿Cualquier cosa es arte?; ¿la gastronomía también puede serlo?; ¿el valor de un cuadro tiene algo que ver con el precio?; ¿cuál es la diferencia entre un autor y un artesano; es el concepto de autor tan importante hoy en día como en otros momentos de la historia?¿Hay una zona de confort para los creadores, y otra para los espectadores? En un episodio con mucha libertad creativa, donde hablaremos mucho y muy bien del Prado, Viena y Elche, preparaos para descubrir historias increíbles como la del detective a quien le negaron que una pintura era un Pollock, lo bien orquestada que está la música del Mario Bros, o cómo las innovaciones técnicas y las cuestiones económicas han pesado en la simbología artística (incluso en el color del manto de la Virgen). Bienvenidos, pues, a un programa con mucho arte.

lunes, 23 de enero de 2023

Las películas del mes: unos cuantos films sobre cocina

Si en posts anteriores hablamos acerca de libros y películas relacionados con el mundo de la gastronomía, colgamos aquí una nueva entrada acerca de films, series y programas televisivos donde el gusto, el aroma y el sabor juegan un papel fundamental, y donde ha colaborado Cris Kitchen a la hora de aportar recetas que mariden bien con la programación audiovisual. Un picadito de historias, que esperemos que hagan las delicias de la mayoría y, sobre todo, os despierten el apetito suficiente como para solicitarlas en el menú:

Esto es lo que entiende Dall-E como una receta de cine. ¿Qué os parece?¿Os inspira alguna película concreta?¿Os da hambre? Y, sobre todo, ¿qué narices creéis que es?

-Los franceses siempre le han dado mucha importancia al arte del buen comer, y no es raro que hoy muchas de las recomendaciones que servimos hoy sean de procedencia gala. Delicioso realiza una especulación (a partir de hechos históricos distorsionados) sobre el origen de los primeros restaurantes, y reflexiona sobre las diferencias entre clases que, en la vida real, motivaron la aparición de los mismos. Resulta tan gustosa como sofisticada. Vatel, por otra parte, pretende recrear el ambiente de los grandes banquetes de la aristocracia y monarquía pre-revolucionarias a partir de la figura del mítico cocinero Vatel, a cuya tormentosa historia dan una vuelta -casi se diría que una excusa-. Aunque se trata sobre todo de un espectáculo para la vista, no deja mal sabor de boca. La cocinera del presidente también se basa en hechos verídicos, en concreto en las vivencias de quien fue la cocinera a cargo de las papilas gustativas de François Miterrand, una pesada responsabilidad que la protagonista se toma con absoluta seriedad y dedicación. El chef, la receta de la felicidad, en contraste, se trata de una comedia sencilla y sin demasiada capas acerca de qué aspectos de nuestra existencia definimos como prioritarios. No es para tirar cohetes pero sus actores (entre otros Jean Reno) le insuflan una cierta vida. Finalmente, La brigada de la cocina abandona los fogones de los restaurantes más exclusivos y extrae una lección social a cuenta de los MENAs que probablemente los franceses, tal y como está la cosa, necesiten como el comer.

    Para ver algunas de estas películas, sugerimos preparar antes un sabroso hachis parmentier elaborado con confit de pato que (experiencia personal) sabe de rechupete.

-A mí Pig me ha sorprendido. Te cuentan que la historia se centra en cómo a Nicholas Cage le han robado su cerda trufera y va en busca de los raptores, y te imaginas cualquier cosa. No obstante, la película te sorprende, y no sólo porque no sea la matanza que prometía (tiene un par de escenas duras, pero literalmente un par, y no demasiado terribles). Se trata ante todo de un relato frágil, delicado, cuidadosa y esmeradamente emplatado para que ahondemos en por qué es tan importante la comida y qué relación tiene con la parte más valiosa de nuestras vidas. Y probablemente, además, atesora la mejor interpretación de Cage en los últimos años. Yo, sinceramente, me atrevería a degustarla.

    Para acompañar esta película, recomendamos un plato bien cargado de trufa. Sí, sabemos que la trufa está cara en el mercado (si os interesa, os podemos recomendar gente que la trabaja), y además os decimos que ha de ser fresca (congelada pierde completamente el aroma, el cual constituye el valor diferencial de este alimento; otros métodos de conservación pueden servir, pero no igualan ni mucho menos al producto recogido unos pocos días antes. Por cierto, ya no se emplean cerdos: un perro -en realidad, perra- funciona mucho mejor). Lo ideal es mantener la trufa en un recipiente cerrado durante unos cuantos días con un producto con alto contenido en grasas, el cual absorba su aroma: lo clásico es hacerlo con huevos. Tras 2-3 días, preparar los huevos al gusto (se aconsejan fritos, y rayando trufa al gusto por encima). Para amantes de los olores sofisticados.

-Las series también han tocado el mundo de la restauración. Para paladares acostumbrados a sabores fuertes, Hannibal es toda una experiencia culinaria (tratándose de un psiquiatra caníbal, podéis imaginar que abundan los platos que dicen mucho; si habéis sido capaces de sobrevivir a eso, también os recomendaría que os paseéis por la película Estómago). Para comensales más sensibles, yo recomiendo especialmente Midnight Tokyo Stories, una serie de Netflix centrada en uno de esos pequeños locales de comida sencilla tan abundantes en Tokyo, donde el cocinero protagonista promete prepararte el plato que quieras siempre y cuando tenga los ingredientes. Punto de partida que sirve de base para una serie de historias entrecruzadas que contemplan los aspectos más íntimos y personales los entrañables parroquianos de este bar. Prometo bocados dulces, tiernos, que te dejarán con una sonrisa en los labios, y ganas de pedir más.

    No somos expertos en cocina japonesa (menos aún en el canibalismo). ¡Más bien al contrario, agradeceremos sugerencias (sobre el canibalismo no, claro)! De hecho, nos encantaría viajar a Japón en los próximos años... y alguna recomendación culinaria no nos vendría nada mal. ¡Aregato ya por adelantado!

-Somebody feed Phil. No soy muy de programas de televisión relacionados con el mundo de la cocina, pero en este caso, la figura de Phil Rosenthal (productor de "Todo el mundo quiere a Raymond"), un individuo bonachón, adorable, al que has de querer casi por decreto, paseándose por medio mundo mientras ruega que le den de comer, y poniendo cara de exaltación cada vez que prueba un bocado, es para enamorar a cualquiera. Además, el programa sirve de excusa para reflexionar sobre el lado geográfico, histórico, social (y por supuesto culinario) de cada uno de los lugares que visita. Os recomiendo especialmente el programa sobre Madrid, donde el equipo de Phil descubrió que la riqueza gastronómica de un país no tiene por qué residir en un restaurante cinco estrellas, sino simplemente en un bar aleatorio donde un sencillo plato de gambas al ajillo te puede dejar muerto en el sitio.

    Cuando Phil viaja por el mundo, suele visitar a chefs de renombre; pero en cambio, cuando lo hace por Estados Unidos, suele acudir a lugares de toda la vida, quizá porque conoce mejor a los cocineros y el producto que está degustando. En ese sentido, pocas combinaciones de especialidades locales nos parecen más apetitosas que las de Nueva Orleans. El restaurante Gumbo, ubicado en Madrid (os podéis fiar de él: van norteamericanos auténticos), no sólo nos ha deleitado con estupendos platos, sino que, además, gracias a que de vez en cuando publican sus recetas, nos permitió construir nuestra versión particular de la sabrosa sopa denominado gumbo (aunque da la impresión de que las instrucciones de este plato en particular han desaparecido de la web, que no del restaurante; en todo caso, recomendamos ir igualmente, porque mejor versión que ellos no la vais a cocinar).

-Si os gustan los concursostengo la satisfacción de mencionar un programa de cocina poco conocido en España, aunque sí que nos ha llegado su emisión (no sé si ahora mismo se podrá encontrar por Internet; espero por vuestro bien que sí). Se trata de Sabotaje en la cocina, una competición televisiva estadounidense donde los protagonistas son obligados a cocinar recetas -en apariencia sencillas- bajo condiciones imposibles, como trabajar en cocinas diminutas, carecer de los más elementales ingredientes, o tener que sortear toda clase de imprevistos en mitad del proceso. No tiene nada que ver con ninguna de las historias que hemos comentado antes pero, al disfrutarlo, cabría pensarse que escritores y guionistas como Tarantino, Agatha Christie o George R.R. Martin forman parte del elenco del show.

    No os vamos a sugerir ningún plato especial con esta recomendación porque ya bastante complicado está cocinar por culpa de la inflación y el precio de algunos productos esenciales: eso sí, pensad que una tortilla de patatas, aunque salga mal, siempre puede convertirse en unos excelentes huevos rotos. Incluso aunque haya que sacrificar la cebolla (a muchos no les supone un problema) si sospechamos que la receta va a terminar en desastre.

Bonus (a modo de postre): La comida de Big Bang Theory. ¿Os habéis fijado en que -a pesar de que no es una serie que trate primordialmente ese tema- buena parte de las escenas de la serie “Big Bang Theory” transcurren durante almuerzos o cenas y, sin embargo, casi ninguno de los personajes pega bocado? Sea por no interrumpir los diálogos, o porque queda mal ver a alguien en primer plano con un trozo de espinaca entre los dientes, lo cierto es que alguna vez nos hemos preguntado si las viandas que les ponen a los protagonistas son de plástico (como sí que ocurre, por ejemplo, en las películas de Harry Potter, ya que, por lo visto, la multitud de repeticiones convertía el olor a comida en un infierno). Aunque, al observar algún mordisco aislado, uno empieza a pensar que más les vale que no.

martes, 14 de junio de 2022

Los libros de junio. Comida, Darwin, exploración con "ñ" y grandes dosis de Ártico: una tanda de divulgación

Como hemos dicho con anterioridad en este blog, un ensayo no tiene que ser ni mucho menos aburrido. Más bien al contrario, un buen ensayo, y más si pretende hacer divulgación (ya sea de ciencia, historia o cualquier tema), puede y hasta debe ser apasionante. Es el caso de estos tres que os cometamos, un picadito de recomendaciones variadas que creemos que os van a llamar la atención. Allá van:

-Cenando con Darwin, Tras la huella de la evolución en nuestros alimentos, de Johnathan Silvertown, es un libro tan instructivo como ameno sobre cómo la evolución biológica ha influido tanto en la comida que degustamos como en la capacidad del ser humano para apreciarla, en un ensayo que combina biología, gastronomía e historia de nuestra especie. Un pequeño y delicado bocado para las papilas gustativas que alojamos, de manera metafórica, en las células grises.

-Atlas de los exploradores españoles es un libro de Geoplaneta (una sección editorial especializada en hacer la geografía interesante para el gran público) en el que varios autores recopilan de manera exhaustiva las biografías condensadas de un amplio número de individuos nacidos en lo que hoy es España y que, de una manera y otra, contribuyeron a expandir las fronteras del globo. El libro incluye a exploradores clásicos y conquistadores como Magallanes, Elcano, Pizarro y Cortés, pero también nombres mucho más desconocidos (como Yuder Pachá, el almeriense que conquistó Tombuctú) y también científicos, evangelizadores, cartógrafos, ingenieros... Una manera de explorar las contribuciones -en muchas ocasiones negativas, pero con bastantes ejemplos positivos también- que nuestros antecesores han aportado al conocimiento global.

-Aventura en el Ártico. Peter Freuchen fue un explorador danés que vivió un sin número de aventuras en el Ártico y también fuera de él. Montó una misión comercial en Groenlandia, convivió con los inuits durante años, por supuesto se hartó de escribir libros y departir en diversos foros sobre sus experiencias, y en una fase tardía de su vida se unió a la resistencia contra los nazis (por lo que le detuvieron y condenaron a muerte: se salvó tras huir a Suecia). Su episodio más famoso, sin embargo, fue cuando tuvo que utilizar un bloque congelado de sus propios excrementos a modo de cuchillo para salvar su vida. En "Aventura en el Ártico", Freuchen no narra esta anécdota (aunque hay un momento en que está a punto de emplear ese mismo método), pero sí una retahíla de curiosidades acerca de los inuits, su chocante modo de vida, y las argucias mediante las que sobrevivió a las rigurosas condiciones del Ártico. Entre otras historias que cuenta tenemos una especialmente bonita (la cual relatamos por aquí) relacionada con su primera mujer, la inuit Navarana.

Peter Freuchen junto a su segunda esposa.

lunes, 14 de marzo de 2022

Las recomendaciones de marzo: tres historias italianas

Grupito de recomendaciones para este mes. En esta ocasión lo tenemos variado: dos libros (de ficción y no ficción) y una serie, todas ellas con el común denominador de ser italianas. Allá vamos:

¡Delizia! La historia épica de la comida italiana. El título resulta autodescriptivo. El autor, John Dickie, parte de las ideas preconcebidas (en ocasiones, bastante falsas) acerca de la gastronomía italiana, y hace un repaso a la evolución de la cocina transalpina a través de un recorrido histórico por sus ciudades más destacadas. ¿Lo mejor? Que, en muchas ocasiones, la comida es una excusa para hablar de los cambios que estaban teniendo lugar en la sociedad, ya que, por supuesto, lo que somos y lo que comemos se halla íntimamente ligado. Tan divertido como erudito.

La concesión del teléfono. Muchos ya sabemos que, cuando Andrea Camilleri no escribía sobre el comisario Montalbano, se dedicaba a redactar, a poquititos, un tratado sobre la historia de Sicilia a través de unas cuantas novelas donde describía las distintas épocas de la isla bajo la óptica de sus vivencias cotidianas. Hablamos de ello cuando comentamos La revolución de la luna, y seguramente deberíamos haberlo mencionado también cuando me leí "El sobrino del emperador", una divertidísima crónica sobre la estancia de un príncipe etíope en Italia que aprovechaba para cargar contra la estupidez inherente al fascismo. "La concesión del teléfono" pertenece a esta misma estirpe. Como en "El sobrino del emperador", Camilleri emplea el género epistolar -y algún que otro recurso- para describirnos cómo un habitante de su imaginaria ciudad de Vigàta (patria chica también de Montalbano) solicita, a finales del siglo XIX, la concesión de una línea telefónica. La petición sirve de excusa para diseccionar las distintas relaciones entre los ciudadanos entre sí y con las autoridades civiles, policiales, eclesiásticas y criminales, incluyendo en su seno aspectos como la traición, venganzas, equívocos, dobles juegos, sospechas, incompetencia, obcecación, muchas ilegalidades, trastornos mentales, sexo y un poco de (bastante cotilleo). Ideal para pasar un buen rato y entender mejor la quintaesencia siciliana.

Cortar por la línea de puntos. En este recorrido que estamos haciendo por la historia italiana, esta miniserie de animación representa la época más reciente. Tanto, que todos podemos sentirnos representados. Basada en un cómic (si no tiene tintes autobiográficos, lo disimula muy bien), narra la vida interior de un dibujante ya talludito que explora su presente y pasado tanto a través de los recuerdos como mediante el diálogo con su conciencia, a la que representa un armadillo gigante. El guión es caótico, irónico, afilado y cáustico con todas sus ganas, y aunque las reflexiones del muchacho no son distintas de las que nos hemos hecho todos en algún período de nuestra vida (sobre todo en esa fase adolescente tan idiota), lo hace de manera tan divertida que pasas un rato estupendo. Incluso cuando se mete en temas más espinosos y serios, procura no olvidar que es importante no creerse nunca el ombligo del mundo, y que ninguno tenemos la mayoría de las respuestas. Muy recomendable.


lunes, 23 de noviembre de 2020

La historia real de noviembre. Un lista de alimentos que ya no existen.

¿Sabéis ese momento en que probáis un plato y os decís a vosotros mismos: "está bien, pero nunca será igual que aquel que probé...?". Puede que no sea verdad. Puede que se trate de nuestro estúpido cerebro, que distorsiona los recuerdos y los asocia a factores emocionales, de tal manera que, si os dieran exactamente el mismo alimento que en vuestros sueños, no os sabría exactamente igual. Pero sí que existen algunos casos en los que nunca podremos volver a disfrutar determinados manjares porque, en efecto, desaparecieron para siempre. Y no nos referimos a vegetales que han modificado sus propiedades por el cultivo selectivo del hombre, que también, sino, especialmente, de aquellos tipos que se han extinguido en todas sus formas. La mayoría de ellos, los pobres humanos del presente ni siquiera tuvimos la oportunidad de saborearlos en su momento, y tendremos que vivir por siempre con la intriga acerca de cómo eran. He aquí una somera lista de aquellas deliciosas elaboraciones culinarias que ni tú ni yo degustaremos jamás.

-Por supuesto, aquí tenemos que incluir a buena parte de los animales que hemos extinguido o contribuido a extinguir, muchos de ellos en época prehistórica. Allí donde el hombre arraigaba, desaparecían la mayoría de las grandes criaturas terrestres, lo cual implica que no podremos volver a devorar filetes de mamut ni de otros muchos miembros de la fauna megalítica. Pese a que existen primos lejanos de estas especies o que existen proyectos de clonación de algunos de estos pretéritos seres vivos a partir de muestras fósiles, es bastante poco probable que, a corto plazo, imitemos a nuestros antepasados en el acto de organizar un festín a la luz de la hoguera donde asemos a uno de estos animales.

-Ya en eras históricas, y hasta épocas muy recientes, seguía sin existir el concepto de extinción de una especie, con lo cual el hombre clavaba sus dientes sobre todo lo que veía, incluso aunque esquilmara sus propias fuentes de alimento. Famoso es el caso de los búfalos en Estados Unidos (de los que sólo quedan unas pocas reservas de los mismos, cuyos ejemplares sirven de vez en cuando para degustación de los turistas) o el de los dodos en isla Mauricio, aunque por lo visto allí no pesó tanto la acción del hombre como de los animales que los seres humanos habían traído consigo, en especial los cerdos, que sentían predilección por los huevos de estas aves. Un caso menos conocido, pero no por ello menos sangrante, es el de la paloma migratoria, con diferencia el ave más abundante en Norteamérica hasta el siglo XX (sus bandadas eran tan numerosas que llegaban a oscurecer el cielo), y que fue esquilmada en un tiempo récord después de una campaña sistemática alentada por las autoridades, las cuales argumentaban que, en época de hambruna, qué mejor que dar caza y cocinar a esas inútiles criaturas de Dios. Si a ello añadimos que aquel pájaro no era especialmente hábil frente a las trampas que le tendían los humanos, estaba claro que su suerte estaba echada. Claro que, con todos estos animales, lo peor no es que desaparezca un alimento, por supuesto: es la extinción de un ser vivo, y la pérdida de biodiversidad en los ecosistemas afectados 

-En algunos casos, la extinción ha venido ligada a la agricultura y la ganadería, prácticas que por definición se basan en la selección de las especies más favorables por un determinado motivo, provocando uniformidad en cuanto a las especies criadas o cultivadas. Desaparecieron las coliflores de Cornualles, las peras de Ansault -según se dice, eran exquisitas-, y cualquier clase de zanahoria que no tuviera color naranja (según cuenta la leyenda, merced a una campaña de propaganda de propaganda de los neerlandeses en favor de la reinante casa de Orange, de quien copiaron sus colores), a pesar de los recientemente infructuosos intentos de que la gente aceptara de nuevo en el mercado zanahorias de distinta tonalidad. En otras ocasiones, la desaparición no es intencional, pero está íntimamente ligada a los métodos de producción: la mayor parte de los plátanos que crecen en el mundo son clones a partir de una variedad única (en concreto, del tipo Cavendish), y eso provocó, hace unos años, que por culpa de una plaga casi todas las existencias de plátanos estuvieran a punto de desaparecer. ¿Qué se les ocurrió para evitar que esto volviera a ocurrir? Pues, por supuesto, volver a reproducir el mismo sistema nefasto, de tal modo que, si una enfermedad intratable afecta de nuevo a esta fruta, podemos despedirnos de los plátanos para siempre. En otros casos, son los propios gustos de los clientes los que determinan la elección de una variedad u otra. Por razones que todavía no he podido encontrar registradas en ninguna parte, la gente se ha acostumbrado a creer que los huevos morenos son mejores que los blancos -en realidad, su valor nutricional es exactamente el mismo-, de tal modo que están dejando de comprarlos y, por tanto, abocando a las gallinas de huevos blancos a perderse en la noche de los tiempos.

-Un caso muy particular el silfio. Esta planta es una variedad del hinojo que crecía cerca de Cirene, en la actual Libia. Se utilizaba como especia en la cocina pero también tenía propiedades medicinales. En concreto, era muy apreciado por sus cualidades anticonceptivas y abortivas, y debía de funcionar bastante bien, porque era tan apreciado que llegó a valer su propio peso en plata, y a ser grabado en las monedas acuñadas en esta región. El problema era que el silfio nunca pudo ser domesticado (era un planta exclusivamente silvestre), y crecía en una franja relativamente estrecha de tierra, de tal manera que su recolección estaba cuidadosamente limitada a unas cantidades anuales. La amenaza, sin embargo, venía de dentro, ya que se dice que los pastores de la zona, descontentos porque ese productivo negocio no les repercutía ningún beneficio, dejaban a sus ovejas pastar por la zona de crecimiento del silfio, e incluso se dice que lo arrancaban a propósito. Fuera por esto o por un exceso de recolección, el caso es que el silfio fue haciéndose cada vez más raro y caro hasta que, finalmente, desapareció. Desde entonces, se ha estado buscando con anhelo esa variedad de planta que, supuestamente, daba a los guisos un sabor similar al ajo y que, de acuerdo con los estudios a partir de alguno de sus parientes del género Férula, es probable que realmente tuviera un efectivo poder abortivo. Pero, hasta ahora, en cuanto a rescatar la planta para el presente, no ha habido suerte. Aunque algunos sospechan que cierta variedad mediterránea que aún subsiste podría ser el auténtico silfio, la creencia global es que el último tallo del que se tiene constancia se envió como regalo al emperador Nerón, desapareciendo desde entonces todo rastro sobre la faz de la tierra.


El silfio era tan importante para la economía de Cirene que hasta salía en sus monedas. Ahora mismo es la imagen más precisa que tenemos de su aspecto, así que tomadlo como un cartel de "Se busca"

-Esta historia probablemente disgustará a los amantes del vino. Fue muy difícil cultivar la vid en tierras norteamericanas: a un largo transporte en barco se unía la dificultad de encontrar un clima adecuado para esta planta, y a pesar de los pobres intentos en la Costa Este (Jefferson fue de los primeros en conseguir un mediocre resultado), no fue hasta que llegó a California, de clima más similar al Mediterráneo de donde procedía, cuando el vino empezó a producirse con cierta calidad. Pero había un obstáculo con el que los viticultores no habían contado: la filoxera. Este pulgón tiene como único huésped conocido a las vides, y crecía en exclusiva en América, pero las especies cultivadas en este continente habían acabado por desarrollar resistencia y consiguieron salir adelante. Sin embargo, cuando en Europa se produjo una plaga distinta, causada por un hongo, alguien tuvo la genial idea de traer raíces de origen americano para combatir esta enfermedad. Con las vides americanas llegó también la filoxera, que estuvo a punto de liquidar a la totalidad de las especies del Viejo continente. Por fortuna, la salvación llegó del mismo lugar de donde provino el mal, y gracias a injertar vides europeas en las americanas, los países del Oporto, el Ribera del Duero y el Chardonnay pudieron seguir exportando vino. ¿Final feliz? No del todo. La cosa es que las especies de uva que sobrevivieron no eran exactamente las mismas y, por razones evidentes, no podemos saber cuán gustosas era las bebidas espirituosas que generaban; ciertos testimonios, de hecho, apuntan a que el deleite producido por las cepas antiguas era mayor que con las nuevas. Pero esto, como con otros alimentos, es una duda que nos atormentará por siempre jamás*.

El mayor drama no son esas delicias que nos hemos perdido; sino, tal vez, aquellas a las que no podremos acceder en un futuro quizás demasiado cercano. El cambio climático pone en peligro determinadas especies vegetales, como el caso del cacao, de cuyos cultivos tratan unos cuantos especuladores de apropiarse para que, de aquí a unos años, el chocolate se convierta en un producto de lujo del que sólo unos pocos se beneficien. Tampoco son desconocidas las operaciones que determinadas compañías, como Nestlé, están efectuando para acaparar las principales reservas de agua del planeta, de tal modo que, si la crisis climática acaba afectando a su disponibilidad, ellos puedan controlar el negocio alrededor de la molécula vital de la que estamos compuestos. En el pasado, el ser humano podía decir que desconocía la propia noción de extinción de una especies, y que muchas de las criaturas que hizo desaparecer lo hicieron sin que él fuera consciente de este fenómeno. Pero, dentro de unos años, ¿qué clase de excusa pondremos? O, una pregunta mejor, ¿qué podemos hacer ahora para que no tengamos que lamentarlo?

Bonus: una historia que no va exactamente de alimentos desaparecidos, pero casi -y que recordará a muchos al famoso capítulo de Futurama sobre la pizza de anchoas-. François Miterrand se hizo famoso (además de por la nimiedad de ser el presidente de Francia) por organizar un banquete en la que se sirvió un ave que no sólo está en peligro de extinción, sino que la forma de matarla y cocinarla se considera inusualmente cruel. Por lo visto es tradición, entre los que degustan ese plato, taparse la cabeza con la servilleta para señalar que se es consciente del tremendo sacrilegio que se está a punto de cometer (algo parecido a lo que comentaba Clint Eastwood en "Cazador blanco, corazón negro", emulando a John Houston) y, además, no comer más de uno de estos animales por barba. Miterrand no sólo -presumiblemente- no se tapó la cabeza sino que, para más inri, comió dos. Hay dos maneras de interpretar que Miterrand muriera una semana más tarde: una especie de venganza kármica o, más bien que, sin miedo a la penitencia en el ultramundo, Miterrand decidió aprovechar lo poco que le quedaba de vida para darse un último capricho. ¿Haríamos cada uno de nosotros lo mismo? Quiero pensar que no. Recordadlo si alguna vez tenéis un atún rojo o un pezqueñín en vuestro plato.

*Bonus 2 (post-scriptum). Recientemente he leído que, en la isla de Santorini, sobreviven aún vides pre-filoxera. Y también, que en Castilla La Mancha se está llevando a cabo un proceso de recuperación para crear vino a partir de variedades anteriores a la plaga. Así que ya nos diréis los entendidos si esas estas cepas son tan buenas como dicen. Nos bebemos (perdón, nos llevemos). Un saludo

domingo, 15 de septiembre de 2019

La historia real de septiembre: unos cuantos apuntes acerca de la primera vuelta al mundo

Muchos habréis escuchado a lo largo de los últimos meses cómo se suceden los homenajes a la primera vuelta al mundo, de la que se conmemora este mes el quinto centenario. Da la casualidad de que he tenido la oportunidad de pasarme por algunos de los lugares que dicha expedición (encabezada primero por Magallanes y rematada por Elcano) atravesó en su largo periplo, y también se ha dado la circunstancia de que han llegado a mi entorno ciertos libros que entran en detalle acerca de este episodio. Sin duda, conoceréis los conceptos generales alrededor del mismo, pero existen algunos pormenores los cuales, por azares del destino, no parecen ser muy conocidos entre el gran público, aunque creo a unos cuantos os pueden resultar de gran interés. Aunque sea, tan solo, porque así me lo han parecido a mí.


Magallanes y Elcano, extraído de este enlace

Para empezar, comencemos con las motivaciones. Aquí os recomiendo un libro de Jack Turner cuyo título es ilustrativo sobre el origen de todo el proceso: "Las especias". Sin frigoríficos ni medios de conservar los alimentos, los europeos tenían que recurrir a las especias para -aparte de dar sabor a las comidas- que los manjares a su mesa les duraran unos cuantos días más y no se les pudrieran en sus despensas. Entre estas partículas mágicas, se hallaban pequeños milagros en forma de polvos y hierbas como el clavo, la pimienta o la nuez moscada. La mayor parte de ellas, procedentes de las partes no comestibles de las plantas, con funciones defensivas que explican el sabor picante y también algunas de las propiedades medicinales que se les atribuyen. El problema es que nadie sabía a ciencia cierta de dónde venían. Teólogos y filósofos proclamaban que eran originarias del paraíso, transportadas a través de los grandes ríos (entre ellos el Nilo, el Ganges, el Tigris y el Eúfrates). En términos prácticos, sin embargo, las especias llegaban a Europa a través de Constantinopla, desde los venecianos y otros mercaderes italianos se hacían de oro como intermediarios de tan pingüe negocio. ¿Pero qué había más allá de Constantinopla? Una serie de reinos casi míticos, descritos en su día por Marco Polo: Catay (hoy denominada China), Cipango (Japón), la India. Y algunos incluso más legendarios que reales: el reino de Saba, el de Preste Juan, lugares donde individuos con cabeza de perro convivían con otros que caminaban cabeza abajo. Pero entre los europeos y los habitantes del país de las especias, multitud de pueblos, muchos de ellos musulmanes, en hostilidad permanente con los cristianos (particularmente desde las cruzadas), y que también se llevaban su tajada en el comercio de aquel oro verde, marrón, rojo o anaranjado, pues colorido y variado era el aspectos de estos preciados polvos y fragmentos vegetales de propiedades y nacimiento casi mágicos.

El problema era que tanto intermediario encarecía el precio de las especias y, por eso, nada más la tecnología de la navegación empezó a evolucionar un poco, algunos tuvieron la idea de utilizar el mar como una ruta más sencilla para comprarle tan preciados artículos directamente a los productores. El primero en intentarlo fue Colón, quien, con cálculos erróneos sobre las dimensiones de la Tierra, creía que podía llegar a los países donde crecían las especias en poco tiempo. Las previsiones le fallaron (de hecho, le mentía a su impaciente tripulación, haciéndoles pensar que habían recorrido menos trayecto del que realmente habían navegado) pero, durante el error con resultados más prósperos de la historia, consiguió llegar a un nuevo continente, que más tarde se conoció como América. Sólo que Colón no lo sabía, y su expedición no se consideró ni mucho menos exitosa, porque el navegante a cargo no fue capaz de encontrar especias. No obstante, aquel mismo marino que jamás aclaró su país de procedencia, y que había mentido a su tripulación a lo largo camino, volvió a abrir el cajón de los embustes, y trajo a España supuestas "especias" que no se parecían en nada a las originales, pero cuya diferencia justificaba el Almirante por haberlas recogido de forma inadecuada o en un estado incorrecto de maduración. Colón se había equivocado al buscar el país de las especias: él había encontrado algo mejor, un nuevo mundo. Claro que sus contemporáneos no vieron igual el proyecto, que consideraron un fiasco: ni las tristes piñas que Colón trajo de sus viajes (el inicio de una larga lista de frutas y verduras que aportaría, a la dieta de los europeos, el Nuevo Mundo) consiguieron disimular el sabor del fracaso.

Los que en cambio tuvieron más suerte fueron los portugueses: Vasco de Gama rodeó África y atracó en la India, donde desembarcaron a un pobre marinero que se empleó como conejillo de Indias para que se aventurara en un mundo desconocido donde lo más probable que le esperaba era la muerte. Allí, en la urbe de Malabar, la ciudad al pie de las montañas de donde se extraía la pimienta, el desventurado cabeza de turco portugués se tropezó con mercaderes indios, árabes, y hasta un par de italianos que se quedaron pasmados al contemplar un europeo y le preguntaron qué demonios hacía allí. Las negociaciones que se iniciaron desde aquel mismo momento fueron difíciles, pero se pusieron más sencillas para los portugueses en cuanto sacaron las armas y cañonearon aquellas ciudades que se oponían a venderles los productos que necesitaban al precio deseado. En poco tiempo, los lusos tuvieron bajo su mando las principales localizaciones de las especias, empezando por Malabar y también por las lejanas y difíciles de hallar islas Molucas: las del norte (único lugar del mundo de donde se obtenía el clavo) y las del sur (el punto exclusivo donde localizar la nuez moscada). La felicidad portuguesa era máxima, y eso se manifestaba especialmente en las cartas que el rey luso enviaba a su suegro Fernando el Católico, presumiendo de las especias que había encontrado, las cuales destacaban más al contrastarla con el exiguo tesoro obtenido por Colón. Aún así, y en el largo plazo, tampoco tenía el rey desde Lisboa motivos para enorgullecerse demasiado: el dominio portugués sería escasamente efectivo (con barcos extranjeros y locales tratando de saltarse todo lo posible su monopolio) y no se obtendrían de verdad unos jugosos beneficios de las nuevas regiones descubiertas hasta que no se las apropiaran los holandeses durante el siguiente siglo . Pero aquí es donde empezamos a entrar en el meollo de nuestra historia.

Visto que había dos imperios católicos en pugna por el control de los nuevos territorios adonde habían llegado los exploradores, España y Portugal le pidieron arbitrio al papa Alejandro VI (por cierto, perteneciente a la familia Borgia) para establecer qué lugares le correspondían a cada uno. El Papa decretó entonces emplear un meridiano para delimitar dos zonas de influencia: un lado (el oeste, al que correspondería a la mayor parte de lo que hoy es la América hispana) le correspondería a los españoles, mientras que el otro, el este (que abarcaría buena parte Asia y, por casualidad, incluía una porción del nuevo continente que constituiría el germen de Brasil) era portugués. El problema (aparte de que ambas naciones estaban dispuestas a saltarse a su conveniencia el acuerdo y, en el caso de Francia o Inglaterra, directamente a no aceptarlo) era que, sin instrumentos de medida adecuados, era muy difícil distinguir por dónde pasaba el meridiano por el otro lado, en lo que se refería a la zona asiática. Por lo tanto, ¿las Molucas (hoy situadas en lo que conocemos como Indonesia) eran españolas o portuguesas? Había un portugués que tenía sus dudas. Se llamaba Magallanes: había estado destinado en la India, y sólo conocía las Molucas por referencias. Cuando volvió a la corte portuguesa, descubrió que su larga estancia en tierras orientales le había impedido medrar lo suficiente en la corte real  como para que sus proyectos fueran tenidos en cuenta. Él, de hecho, tenía una idea en ciernes, y era que, con lo lejos que se encontraban las Molucas, quizás fuera más fácil llegar por el otro lado, navegando siempre al Oeste. Magallanes, como Colón, también manejaba unas dimensiones incorrectas de la Tierra y pensaba que, después de América (a través de la cual debería de haber un paso marítimo que permitiera continuar al otro lado) había un recorrido de pocos días hasta llegar a las islas de las especias. Como sus planes no fueron tenidos en cuenta en su propio país, decidió vender sus servicios al bando contrario: se marchó a España y se lo propuso al rey Carlos I. Éste tampoco sabía a ciencia cierta si las Molucas eran portuguesas o españolas. Pero, ante la posibilidad de un fructífero negocio a cambio de arriesgar unos pocos barcos, ¿por qué no intentarlo?

                            
Reparto del mundo entre España y Portugal según el tratado de Tordesillas (1494, posteriormente renegociado). Como puede verse, las Molucas pertenecían oficialmente a la zona portuguesa. Extraído de aquí.

La travesía, sin embargo, estuvo lejos de ser el paseo triunfal que hubieran deseado todos. Partieron cinco bajeles, cuatro de los cuales fueron desapareciendo a lo largo del periplo (uno de ellos, de hecho, fue abandonado porque las sucesivas muertes entre la tripulación hacían imposible controlar todos los navíos). Después de cruzar el océano Atlántico, lo primero que les costó fue encontrar el supuesto paso por el que atravesar el continente americano. Lo intentaron varias veces por brechas en la costa donde al final hallaron agua dulce, deduciendo que en realidad eran ríos. Tuvieron que bajar tan al sur que Magallanes encontró pingüinos -una especie de este animal lleva su nombre-, en lo cual emuló a Colón, quien supuestamente había descubierto en sus viajes sirenas (ahora se cree que se trataba de elefantes marinos: eso explica también que Colón escribiera en su diario que las sirenas que no eran ni mucho menos tan bellas que como se describían en la mitología). Finalmente, la expedición localizó un hueco, el llamado paso de Magallanes, que consiste en uno de los múltiples caminos dentro del laberinto formado por islas en la zona que hoy conocemos Tierra de Fuego, y que se denominó así porque la costa, de noche, estaba poblada de hogueras que intimidaron a los hombres de Magallanes. Hoy sabemos que se debía a que allí vivían varias tribus nativas (entre ellos los selknam y los yamaná) que habían hecho del manejo del fuego la mejor manera de supervivencia -tanto que podían hacer hogueras sobre la superficie de sus barcas, y que ni siquiera llevaban ropa encima, sino una capa de grasa de animal que les protegía del frío cuando nadaban-, y que más tarde interaccionarían con los exploradores ingleses que se atrevieron a viajar por allí, entre ellos un escandalizado Charles Darwin. Pero esa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.

Fue sin embargo antes, en la costa atlántica de Argentina, a la altura de la hostil Patagonia, donde tuvo lugar la primera rebelión abierta contra Magallanes, ante las inclementes condiciones del viaje, a lo cual no ayudaba la testarudez que en ocasiones manifestaba el líder de la expedición. La revuelta fracasó, y los líderes de la misma fueron condenados a quedarse en aquella inhóspita región, expuestos a lo que quisieran hacer de ellos los indígenas. Otros marinos, en cambio, fueron perdonados. Entre ellos, había un vasco denominado Juan Sebastián Elcano, más tarde imprescindible en el desenlace de esta historia.

Una vez cruzado el estrecho de Magallanes (años más tarde, otros descubrirían rutas alternativas para dirigirse del Atlántico al Pacífico: el corsario Sir Francis Drake a través del paso que lleva su nombre; el capitán Fitzroy por el canal que bautizó como su barco, el Beagle, el mismo que tiempo después transportó a Darwin), se abrió una zona de mar que, después de las tormentas padecidas en las siempre turbulentas aguas de Tierra de Fuego, a los viajeros les debió parecer un plácido estanque. Por eso quizás lo denominaron Pacífico. A partir de allí, según los cálculos de Magallanes, sólo debían de transcurrir dos o tres días hasta llegar a las Molucas. Atravesaron por el contrario un océano que ocupa la mitad de la Tierra y, claro, llegaron la enfermedad y el hambre. Buena parte de los expedicionarios fallecieron durante aquel período.

No obstante, la fortuna favoreció temporalmente a los hombres de Magallanes, que tocaron tierra en la isla de Bohol, de la cual, como de otros lugares del archipiélago filipino, hemos hablado en anteriores ocasiones. En la isla de Bohol, dicen las crónicas, en una de las playas, se firma el primer pacto de colaboración y paz entre la raza blanca y las razas marrones/nativas/aborígenes/indígenas/como queráis llamarlas (en resumen: no blancas). Lo cierto es que el primer contacto con los nativos parece amistoso. Los exploradores se trasladan a la cercana isla de Cebú, donde toman contacto con las autoridades locales. Allí, hacen amistad con el rey de la isla y le regalan a la reina una talla de un niño Jesús con el que, se cuenta, la reina jugaba como si se tratara de una muñeca (hoy se denomina "el Santo Niño", y es objeto de peregrinación desde todas las regiones de la católica Filipinas). 

Pero de repente, las cosas empiezan a torcerse. No sé sabe muy bien cómo, el rey de Cebú se lleva a los viajeros a la cercana isla de Mactán, probablemente porque creía que, ahora que tenía a estos soldados de su parte, podía arreglar viejas cuentas con un viejo enemigo, el jefe de tribu Lapu-Lapu, dueño y señor de aquella isla donde hoy se planta un aeropuerto. Bien sea porque Lapu-Lapu desconfiaba de los recién llegados, o porque éstos llegaban acompañando a un rival, éste se enfrentó desde un primer momento a los españoles, que se vieron atrapados en una guerra que no les iba ni les venía. A pesar de las mortíferas armas de fuego españolas, los hombres de Lapu-Lapu eran muchos, y tuvo lugar una carnicería donde resultaron muertos muchos de los navegantes, incluyendo el propio Magallanes. Sobre la suerte del mismo, hay discusiones: existe una cruz levantada por los españoles donde el líder de la expedición cayó y, más o menos "a una lanzada de distancia" (la frase es de la guía Lonely Planet), los filipinos alzaron una estatua con la efigie del aguerrido y musculoso Lapu-Lapu, el hombre que supuestamente se la arrojó, y que hoy es considerado como el primer héroe nacional filipino. No obstante, crónicas más certeras afirmaron que fueron varios los indígenas que trataron de ensartar a Magallanes con sus armas, y que de ellos acertaron dos que no incluían al líder (como vemos, parece que las tradiciones tanto de emplear a los extranjeros para los conflictos internos, como de alterar la historia para ensalzar al líder, no son exclusivamente occidentales). Otro motivo de polémica podemos encontrarlo en las últimas palabras que suelta Magallanes mientras sus compañeros salen corriendo hacia la playa para tomar los barcos, dejándole abandonado a su suerte: mientras que los relatos del tiempo dicen que Magallanes les exhortó a marcharse y les deseó buena suerte en su viaje, yo veo más realista imaginárselo lanzando imprecaciones tanto en portugués como en español, maldiciéndoles en todas las lenguas posibles.
La cruz de Magallanes y la estatua de Lapu-Lapu; esta última, por cierto, tiene un trasero digno de un héroe.

El viaje prosigue, con sucesivos cambios de jefe de la expedición conforme la muerte o la desdicha van cebándose sobre los agraciados. No obstante, por fin algo de éxito: los españoles llegan a las Molucas del Norte y se instalan en una de las islas, venciendo a la débil guarnición portuguesa. Cargan sus bodegas de la valiosa especia conocida como clavo, demostrando que se puede llegar a las Molucas por esta vía (aunque a qué precio), y obteniendo un lujoso cargamento que vender para rentabilizar la expedición. A partir de ahí, hay que tomar decisiones acerca de cómo volver: un barco que necesita quedarse un tiempo en tierra para realizar reparaciones opta por retornar a través de la ruta originaria de vuelta a España. Sin embargo, explosivas tormentas en el otrora benefactor Pacífico les obligan a dar marcha atrás, de nuevo hacia unas islas Molucas donde ya los portugueses han tomado cartas en el asunto, poniendo en marcha la medidas para capturar a los españoles que allí permanecían y encerrándolos para recuperar el control de la isla. Los más afortunados de este grupo tardaron muchos años en volver a España.

La otra parte de la expedición realiza un fatigoso camino bordeando Asia y África hasta desembarcar en Sanlúcar de Barrameda casi tres años después de su inicio. En medio, han perdido más de doscientos hombres (sólo volvieron dieciocho de los 239 originales). El beneficio económico de la expedición no fue excesivo. Si descuentas los sueldos que no hubo que pagar a los muertos, las pérdidas materiales y demás imprevistos, la expedición salió rentable por muy poco, y todo eso gracias al clavo que la nave sobreviviente, la Victoria, llevaba en sus bodegas, una ínfima muestra de la riqueza que se podía llegar a lograr. Pero no podía terminarse el viaje sin un nuevo infortunio: el rey español Carlos I decide que no quiere meterse en una complicada dinámica sobre si las Molucas son o no españolas, y decide negociar con los portugueses para renunciar definitivamente a ellas a cambio de una suma con la que pagará su inminente boda. Los asesores del rey que, tiempo ha, habían apoyado el proyecto de Magallanes, se llevan las manos a la cabeza: la suma que recibirá el reino por la transacción sería (calculan) el equivalente a los beneficios que les proporcionarían las Molucas durante sólo diez años, y encima serán dilapidados en festejos reales. Parece que casi todos los esfuerzos han sido en vano, y eso que la tan dificultosa meta fue a pesar de todo conseguida.

No obstante, la aventura traería otras consecuencias consigo. Además de ser la primera demostración fehaciente de la esfericidad de la Tierra (se acabó el "aquí hay dragones" y las cascadas interminables del fin del mundo en la mitología), el descubrimiento de Filipinas llevaría a la posterior colonización de la que constituiría una excelente base de operaciones para el comercio con Asia, y el llamado galeón de Manila llevaría periódicamente a España toda clase de productos procedentes del sudeste asiático (entre otros, el famoso mantón de Manila, de origen chino). De la suerte de los expedicionarios, sobre quien más conocemosmos es de Elcano, que se hizo grabar como lema, en su escudo de armas, de "El primero que me dio la vuelta" (acompañado de un globo terráqueo), pero su empeño en conseguir de Carlos I una pensión vitalicia en pago por ese logro nunca fue recompensado. Aunque hubo otros barcos que dieron la vuelta al mundo, la falta de motivaciones prácticas provocó que ningún otro navío español lo volviera intentar a corto plazo, al menos a propósito. Hubo que esperar hasta el siglo XIX, en que la fragata Numancia se dirigió, vía Atlántico, hacia la República de Perú, donde unas tensiones diplomáticas absurdas con el embajador implicaron a la Numancia en medio de una estúpida guerra en la que tenía todas las de perder. Enemistada tanto con Perú como con Chile, las naciones que tenía que rodear, decidió volver por el Pacífico para un viaje para la cual no estaba preparada y sufrió el hambre y la desolación, como describió en una de sus novelas ejemplares Pérez Galdós. Pero ésta también es otra historia distinta, que deberá ser contada en otra ocasión.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Los vídeos de noviembre: 7+1 vídeos de Youtube que no os debéis perder

Youtube vino para cambiar el mundo. Se suponía que, de ser los espectadores meros receptores de contenido, iban a empezar a generarlos. Tanto que, junto con el auge de las redes sociales, la revista Time proclamó en 2006 que el personaje del año era "Tú", cada uno de nosotros, de los futuros creadores. Muchos protestaron ante una profecía no cumplida, al ver que la mayoría de los vídeos más visualizados de Youtube eran promovidos por cantantes, empresas, plataformas comerciales, perdiéndose el espíritu democrático que debía caracterizarle. Pero como ocurre con todas las tecnologías, sus resultados dependen de sus usos, y por tanto dan resultados ambiguos: Twitter sirve para buscar humor y la mala leche más absoluta; Facebook puede emplearse para retransmitir una revuelta ciudadana en un país árabe o para que sólo escuchemos la historias que queremos oír. Y en Youtube, frente a mucha bazofia, flojitos influencers, GranBombas y tipos creídos de más que se quieren largar a Andorra, hay muchas pequeñas joyitas, muchas de ellas amateurs con hechuras de profesionales, que no podemos perdernos. Entre ellas, os ofrezco cinco de mis favoritas:

-¿Quién es el mejor villano Disney?: de los autores de este vídeo, Pascu y Rodri, hablaremos más adelante. Pascu, de hecho, pertenece a un grupo denominado "Acorde al guión", que monta musicales de gran calidad, a alguno de los cuales he tenido el privilegio  de asistir. Con alguno de sus componentes monta esta divertida parodia de algunos de los más sugerentes malvados de la factoría Disney, con mucho desparpajo y un sorprendente giro final.


-Pascu y Rodri, además, tienen un canal en Youtube denominando "Destripando la historia", en la que combinan música, ingeniosas letras y unos animadísimos dibujos para resumirte un libro, una historia mitológica o un cuento infantil, recurriendo además a los textos originales, lo cual está muy bien para evitar que sea -por ejemplo- Disney el que lo cope todo. Muchas de ellas son graciosísimas, pero yo os dejo en concreto ésta de Rapunsel, que no paro de ponerme en bucle, y que tiendo a recordar (ya lo entenderéis al final) cada vez que me da por pedir comida a domicilio.


-Hay muy buenos divulgadores científicos en nuestro país. Antonio Martínez Ron, el recientemente fallecido José Cervera, todo el universo que gira alrededor de Naukas... Todos ellos entienden que las nuevas tecnologías y los vídeos consisten en una forma de comunicar tan útil como cualquier otra. Yo hoy quiero destacar a Patri Tezanos, una investigadora del Instituto Cajal y psicóloga de formación que nos regala cada cierto tiempo vídeos relacionados con la neurociencia en su canal de Antroporama. Os dejo con un vídeo en concreto que puede resultaros entretenido porque trata acerca de que, por mucho filtro de Instagram que apliquemos, para nuestro cerebro tenemos un aspecto bastante feo.


-El siempre interesante blog de cocina de "El Comidista" de "El País" destacó en una mítica entrada a algunos de los cocineros más estrambóticos de Internet. La sensación de ver a un sueco pasado de revoluciones cocinar albóndigas a cabezazos es inenarrable, pero en este blog, donde nos gusta quedarnos con lo positivo, destacamos al bucólico, pacífico y tierno peluche de Arkapasso, donde una llama de felpa nos hace recetas a un ritmo pausado que resulta por completo hipnótico. Os dejo un episodio que tiene doble valor no sólo porque se atreve a hacer los españolísimos churros, sino porque Arkapasso nos muestra ciertos detalles personales que hará que le adoréis más todavía.



-Probablemente el éxito musical por Youtube más famoso desde el "Fea, pero te quiero", con "Es gratis", Arnau Griso nos sintoniza con una canción que, junto con el "Hoy puede ser un gran día de Serrat", se hace ideal para enfrentarse a las mañanas del lunes. Ideal para pesimistas y que están deseando dejar de serlo.



-Los vídeos explicativos de Manu Sánchez han salido en varios de los programas en los que ha participado, tanto en la televisión nacional como en la autonómica andaluza, pero no tienen ni la mitad de fama de lo que se merecen para lo divertidos que son. Aquí ponemos el enlace a la primera de tres de partes dedicadas a la mitología griega, pero cualquiera de las temáticas, a la velocidad y el desparpajo de este sevillano tan amigo de los carnavales Cádiz, no tiene desperdicio.



-Sin duda, junto con el anterior, el vídeo más profesional que hemos nombrado hasta ahora; sin embargo, el programa de radio de Carne Cruda se yergue como una alternativa al pensamiento dominante, y sin duda se manifestó en este número, un flashmob del que no os voy a revelar nada, pero que a muchos nos alegró el ánimo en momentos tan oscuros como nos tocó pasar. Con esta sonrisa, esperamos alegraros la jornada, la semana y todo lo demás. Buenos días y buenos vídeos.



BONUS TRACK: La grabación en directo del truco ganador del último Campeonato Mundial de Magia, de Eric Chien. No necesita presentación pues, durante seis minutos, os dejará sin palabras.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

La historia corta de noviembre: "Lágrimas de cebolla".

-La elaboración de una receta es como el acto de hacer el amor – ella enunció-. Si sigues el texto del libro a pies juntillas, pierde magia, candor, espontaneidad. Si un plato, de cualquier origen, elaborado por un cocinero francés, no adquiere aquel inequívoco aroma a delicadeza, a elegancia, a cuidado, propias de un Liceo en París o de los campos de lavanda en Provenza, habremos perdido un delicado matiz que no podrá ser replicado de ninguna otra forma, en ningún otro lugar. Y eso supondrá una pérdida cultural irreparable no sólo para nuestros paladares, sino para el conjunto de la humanidad. Por ello, cada construcción cada un plato característica y única, dependiendo de la localización física, del momento o del estado de ánimo del cocinero. Esta subjetividad es un hecho que nunca debemos permitirnos olvidar.

Y conforme lo decía, clavaba los ojos en él, el aprendiz, y él quedaba subyugado ante la mágica caída de sus pestañas. A partir de entonces, la clase de cocina fue un laberinto, un vals, un juego de engaños. Sus almas se espiaban de reojo mientras cortaban los tomates o picaban un ajo, y cada desplazamiento para capturar un ingrediente o atrapar un electrodoméstico se convertía en un sensual torbellino donde los cuerpos se cruzaban –arriesgando con tocarse- y ambos jugaban alternativamente al ratón y al gato. Dosificaron las especias como si las aplicaran por su piel desnuda durante un masaje de espalda; someter a un trozo de carne, a una verdura, era una vibrante metáfora de lo que harían nada más les concedieran la oportunidad. Cuando él le dio a probar su plato, ella acercó la cuchara a sus labios disimulando que no le importaba en qué posición quedaba su escote, y al degustar aquella delicia, derramó una casi desapercibida lágrima, en un callado orgasmo de felicidad.

lunes, 23 de octubre de 2017

Las películas de octubre: películas y recetas de cocina

En un post anterior -elaborado, como éste, en colaboración con el blog "La tentación vive... en la cocina", de Cris Kitchen- hablábamos de comida, de comensales, de cocina y de cocineros. Y también sobre literatura. Ahora en esta ocasión, y aprovechando que hasta el propio festival de cine de San Sebastián ha incluido una sección de cine dedicada a la gastronomía, discutiremos sobre películas: algunos títulos –más o menos conocidos- relacionados con el mundo de la gastronomía, acompañados de sus correspondientes recetas para degustarlas. Podéis empezar a leerlo, pero yo os aconsejo, antes de nada, aseguraros de que tenéis la nevera o un paquete de galletas a mano. Advertencia: la lectura de este post puede dar ganas de devorar.



-Ratatouille. Había que empezar, cómo no, con esta pequeña joya de Pixar sobre el amor y la dedicación a la cocina. Construida con delicadeza y elegancia, como todas las buenas películas (y los buenos platos), el film apela a las sensaciones que provoca el arte tanto entre los creadores como entre los receptores del mismo. Un detalle que, más que ninguna otra cosa, marca el poder de una película, y también de un estofado.
            Recomendación gastronómica. En la película se insiste en el poder evocador del gusto, en su capacidad para llevarnos a un momento en que fuimos extremadamente felices. Para “Ratatouille”, aparte de casi cualquier plato de la cocina francesa (en este contexto, valdría también el film “La cocinera del presidente”), convienen recetas que nos transporten al período siempre extraordinario de la infancia. Nada como un delicioso batido de plátano o a un atípico y dulcísimo bizcocho para recordar la época en que cada momento debía ser brillante, y no había tiempo para medias tintas, o para escalas de grises que no se atrevieran a brillar.



-Julie&Julia. Una película que entrecruza las vidas de Julie Powell (Amy Adams), una joven que decide aprender a cocinar a través de las recetas de Julia Child (Meryl Streep), y de la propia Julia, la cual enseñó la cocina francesa a las amas de casa estadounidenses en los años 50, y de la que se nos narra en paralelo su particular camino de aprendizaje. Una historia deliciosa, que cae ligera como una crêpe.
            Recomendación gastronómica. A pesar de que la obsesión de Julie por la mantequilla puede parecer enfermiza, algunos platos tienen muy buena pinta: en concreto, hemos caído enamorados de unas pechugas de pollo con crema, champiñones y oporto (aquí un enlace donde hacen referencia a la receta) que no tardaremos mucho en intentar.




-Un viaje de 10 metros. En un pequeño pueblo de Francia, un restaurante familiar indio se coloca a escasos diez metros de un esnob establecimiento local, cuyos dueños reaccionan como Marine Le Pen después de darse una vuelta por un barrio árabe. Aún así, el roce hace el cariño y, en esta época de choque de nacionalidades, la película nos muestra como la fusión de culturas y el intercambio resultan más beneficiosos que la soledad y el enfrentamiento. Que la película cuente con Helen Mirren como actriz principal resulta, como aditivo, de lo más estimulante.
            Recomendación gastronómica. Es una buena ocasión para recomendar un buen restaurante indio. Empezamos con unas onion bhaji y unas samosas (de carne o verduras) para empezar. Acompañando a un arroz pilau, sugerimos unas raciones de pollo con mantequilla (butter chicken) o cordero korma -si no os gusta el picante-, o alguna receta que se apellide Madrás si os atrevéis a arriesgar (esto, en el caso de un restaurante indio en un país occidental. En la India de verdad, olvidaos de distinciones, casi todos los platos pican). Para mojar en las salsas, podéis coger algún naan (o pan indio) simple o con queso, aunque si es por el sabor del naan, nosotros os aconsejamos ardientemente el peshwari. De postre, un suave batido de mango (mango lassi) o un delicioso gulab jamun, unas bolitas de masa frita empapadas en almíbar, nada aptas para diabéticos. También podéis intentar reproducir estos platos en vuestra casa. Para ello, una pequeña ayuda, esta receta de pan naan tomada del blog de Cris Kitchen, y aquí otra de batido de mango.


-Chef. Hay varias películas tituladas así (incluyendo la entretenida “Comme un Chef”, que en España se tradujo como “El chef, la receta de la felicidad”), pero nosotros nos referimos a la dirigida y protagonizada por Jon Favreau –director de “Ironman” y la nueva versión de “El libro de la selva”, entre otros- en 2014. Un cocinero de éxito es duramente golpeado por un crítico que le acusa de estancarse en los mismos platos. Decidido a darle un vuelco a su vida, y de paso a recuperar su iniciativa como padre, se embarca en un viaje a bordo de una camioneta de comida callejera que le haga recuperar la ilusión por la cocina. Una comedia simpática sin muchas pretensiones, aunque quizás pueda hacernos pensar (igual que ocurre con “Comme un chef”) acerca de cuáles son las motivaciones reales por las que nos levantamos todos los días.
            Recomendación gastronómica. La película, entre otras cosas, reflexiona sobre el papel de las redes sociales y de los críticos culinarios. En un momento determinado, tiene lugar una discusión monumental acerca de un coulant de chocolate. Como nosotros somos más defensores del buen sabor y de los platos bien hechos, antes que de colocar el vanguardismo por delante de todo lo demás, os vamos a recomendar un tierno coulant, con el chocolate bien fundido por dentro. Porque si el chocolate es el sustituto del sexo (o produce el 10% del placer del orgasmo, según dicen), queremos que os ocurra como a Meg Ryan en la famosa escena del restaurante de “Cuando Harry encontró a Sally”, y que la gente quiera pedir, con ansia, eso que os ha hecho gozar.


-The lunchbox. Una pequeña y original historia. En la India, existe un gran negocio a nivel nacional, basado en los mensajeros que transportan el almuerzo (recién preparado por las mujeres) al trabajo de sus maridos, para que éstos puedan tomar aún caliente un plato de comida casera. Un día, el envío de una mujer sufre un error y su comida va a parar a un solitario individuo que hasta ahora sólo recibía la triste e impersonal comida procedente de un restaurante. Poco tiempo después, los dos afectados se darán cuenta de la confusión pero, para entonces, ha comenzado un intercambio de mensajes en el cual ambos acabarán desnudando sus preocupaciones y desvelos más íntimos. Ideal para aquellos a los que les disgusta comer solos.
            Recomendación gastronómica. Comer “de tupper” es siempre complicado, pero hasta que el sistema indio no se implante en esta parte del Ganges, ofrecemos aquí alguna sugerencia para que los tuppers puedan ser dignos quizá no de un restaurante cinco estrellas, pero sí al menos de una amorosa cocina de madre.


-Deliciosa Martha: La historia es un baile (llevado, por cierto, a través de una espléndida música), y como todo baile, es también un enfrentamiento, en este caso entre la precisa y cuadriculada mentalidad alemana de la protagonista -una chef de prestigio a la que le toca de golpe hacerse cargo de los hijos de su hermana-, y la genial y caótica volatilidad de su nuevo compañero de fogones, un artístico y desenfadado italiano cuya forma de ser le ataca los nervios a su compañera germana. Una película llena de ritmo, sabor y sobre todo alegría. Nada que ver con su adaptación americana, "Sin reservas": como casi siempre, para degustar un buen plato tienes que partir de la receta original.
            Recomendación gastronómica. Como mezcla de la fusión alemana-italiana, quizás un típico plato suizo como el rösti de patata sirva como mejor ejemplo de que la mezcla de opuestos puede provocar resultados más que interesantes.

Bonus: El festín de Babette. Quizás éste es el mejor contraejemplo de lo que no se debe hacer. Una experta en cocina francesa, obligada a vivir en una remota población costera del norte de Europa, decide preparar para su entorno más cercano una cena de restaurante de lujo. Sin embargo, los invitados a este ágape, en virtud de su moral religiosa, deciden deliberadamente no disfrutar de los manjares, para sorpresa del único asistente que no se encuentra al tanto del asunto. Considerada película de culto para muchos, para el amante de la cocina puede suponer, sin embargo, un anticlímax continuo donde se castiga el placer de los sentidos. O, en palabras más claras, “estaba deseando que del mar aparecieran dos orcas y se comieran de una vez a los protagonistas”.
Recomendación gastronómica: Lo idóneo al ambiente de la película serían unas gachas de avena, sin azúcar. Pero por el bien de nuestros lectores, recomendamos que las acompañéis de unos trocitos de plátano y chocolate negro, regadas con un buen chorrito de miel, por ejemplo, con lo que quedará un “porridge” de lo más resultón.

 Mientras tanto, a vosotros os deseamos buenas historias que tengan lugar en vuestra cocina. A ser posible, que no sean de terror. Un saludo.