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domingo, 1 de febrero de 2026

El relato de febrero: "Mi Homero" (tercera parte)

 Esta historia tiene su antecedente previo aquí.

                Al día siguiente, a esa misma hora, estaban brindando con las copas llenas hasta arriba de dulce vino, que sabía el doble de dulce simplemente porque estaban vivos.

Las risas se prodigaban de un lado a otro de las múltiples hogueras donde los guerreros se abrazaban, reían, dedicaban sagrados holocaustos a los dioses… y luego se comían a los animales sacrificados, devorando hasta la última gota de su grasa.

                -¿Qué, cantor?-le preguntó uno de los soldados, dándole una sonora palmada en la espalda-. ¿Estabas muy inquieto esperándonos?

                Lo cierto es que sí, se dijo a sí mismo el que ya había sido oficialmente declarado el sustituto del ciego. El muchacho hubiera esperado que la fase de la batalla se viviera como en los poemas; sangre derramada, gestos de valor, carne y gritos, cuero y acero… En lugar de eso, hubo un período de silencio atronador y angustioso en la retaguardia del campamento, durante el cual al joven le asaltaban periódicamente imágenes de sí mismo y los soldados huyendo entre el bosque, corriendo por sus vidas, con el rugido de fondo de mortíferos jinetes cabalgando a lomos de caballos que iban tras ellos…

                La otra opción era la que se estaban viviendo esta noche. La que, por suerte, había acontecido:

                -¿Qué tal, maldito criajo?-el comandante se presentó con brutal espontaneidad y rudeza, como solía hacerlo cada vez que irrumpía en su vida. Se sentó sobre unas piedras y apoyó los pies encima de un hatillo de ramas que, dentro de muy poco, alguien prendería para hacer una nueva hoguera. Pero, mientras tanto, se mostraba relajado, bebiendo con total frivolidad de su copa.

                -Lo has hecho muy bien -le felicitó-. Confieso que tuve mis dudas, pero ahora… Hoy hemos conseguido una gran victoria. Eso los hombres lo valoran. Si seguimos teniendo suerte, tus poemas se convertirán en sinónimo de victoria. Y aquí entramos en lo importante.

                Inclinó la cabeza hacia su empleado:

                -Estaba batalla ha sido útil, pero es tan sólo la antesala de otra mayor. Sabemos que el enemigo está concentrando tropas en otro punto, para preparar un enfrentamiento que será realmente decisivo. Para entonces, necesito que tengas un poema épico preparado: uno grande, hermoso, y que motive a nuestros soldados a pelear hasta el final.

                Metió la mano en el interior de la armadura, donde guardaba un zurrón de donde extrajo una bolsa que colocó en el pecho del chico. El muchacho la agarró: desde fuera, podía palparse el tacto de las monedas.

                -Esto es por tus servicios; y para que vayas tirando hasta la próxima vez que nos veamos. Lo dicho, espero una composición de las que hacen época. Una que la gente recuerde, más incluso que la propia guerra de Troya.

                El muchacho asintió.

                Al día siguiente, hizo el petate y partió. No lo hizo por el mismo camino que el ejército. Se desvió hacia el hogar de la chica que le había regalado esos versos tan útiles. Se la encontró trabajando en el campo, junto con su familia. Cuando llegó cerca de la muchacha, depositó un grueso paquete de monedas sobre sus manos:

                -Tu trabajo me ha sido muy útil -le dijo a la chica. Y luego, dirigiéndose casi más a su familia que a ella, añadió-. Tienes un don. Aprovéchalo. Ojalá -dijo antes y después de un breve suspiro-, ojalá el mundo te deje sacar todo lo que tienes dentro.

                Luego, vagó por distintos lugares. Visitó recitales en honor a los dioses, y certámenes poéticos. Durante su periplo, escuchó a toda clase de poetas: unos buenos, otros malos, la mayoría regulares, unos cuantos excelsos. A aquellos de los que podía extraer buenas ideas, les pagaba para que le permitieran tomar al dictado sus palabras. De esa manera, volvió a crecer el poema, que él iba afilando, puliendo, cohesionando para que adquiriera integridad y coherencia. Para ello, intentó aplicar las fórmulas de los relatos orales del ciego a lo largo de todo el manuscrito; de esa manera, parecía como si éste siguiera hablando, aún después de muerto.

                Durante sus investigaciones, el muchacho viajó a lo largo de ciudades, pueblos, aldeas. En ellas, se disfrazó de variadas maneras: peregrino, pordiosero, poeta, heraldo… incluso mujer, en ciertas circunstancias. Durante algunos días, pudo pasear en los mercados de una gran urbe, escondida (o revelada) bajo ropajes femeninos, de la misma manera en que lo hizo Aquiles cuando trató de librarse de ser reclutado para la guerra de Troya. El joven (la joven) se preguntó durante aquellos paseos si en el fondo Aquiles, como ella, no se sintió feliz bajo aquellas prendas. Y si tal vez aspiró a que, en lugar de morir pronto, pudiera vivir una vida distinta que la destinada bajo la máscara de guerrero, en un contexto distinto, en otro lugar… Pero a nuestra heroína, como a Aquiles, le traicionó su amor las armas: en esta ocasión, por las armas de la palabra y de las letras. Era hora de volver a los caminos. En ese momento, cargada de un arsenal.

                En poco tiempo, el rapsoda se reincorporó al ejército y éste, como le prometieron, partió en un largo viaje. La mayor parte de los reclutas eran nuevos y no le conocían, ni a él, ni tampoco a su maestro. Por eso cuando, al final del primero de sus cantos, alguien se atrevió a preguntar de dónde había sacado aquella historia, él respondió:

                -Me la cedió un maestro. Un maestro ciego.

                Al decirlo, no se refería sólo al anciano que le enseñó: también a todos los que habían contribuido al poema, aún sin saber que sería asimilado en un todo mayor, que ahora viajaría con él a lo largo de los kilómetros, las veredas, los páramos, las ensenadas. Ninguno de ellos era consciente de estar creando algo nuevo. Eran ciegos al futuro, y al fenómeno que estaba sucediendo. Un hecho que quedó bautizado cuando el soldado que había preguntado entendió que “Homero” no era la palabra en griego para designar a un invidente, sino un nombre propio, y empezó a emplearlo como tal.

                El viaje fue largo, fatigoso, y sometió a todos los viajeros a obstáculos que pusieron a prueba sus límites. Tras aquellas interminables jornadas, al final del día, el cantor reconfortaba, acunaba, enaltecía los espíritus de los guerreros instigándoles a la batalla, al heroísmo, a ser siempre su mejor versión. Les mantuvo unidos después de agotadores recorridos por las montañas repletas de cuevas, y por húmedas caminatas en el barro; les alentó mientras cruzaban islas, mares, lagos y estrechos de bravos oleajes. Les insufló ánimos hasta la victoria: una a la que, sin duda, nuestro poeta contribuyó.

                Después de la batalla final, cuando se consiguió un gran y definitivo triunfo, y el objetivo del viaje se consumó, los soldados le preguntaron al cantor:

                -¿Y en el camino de vuelta, con qué vas a deleitarnos?

                El cantor sonrió con complacencia:

                -¿Habéis oído la historia de cuando Ulises volvió a casa? Tuvo un periplo más difícil que nosotros; y aun así, regresó.

 

                Este relato le debe una gran influencia a Homero y su Ilíada, una obra de Robin Lane Fox donde el autor discute las distintas posibilidades acerca de quién fue Homero y cómo compuso su poema épico. Yo he tomado prestadas algunas hipótesis, y he recreado las mías propias. La auténtica identidad de Homero nos será, probablemente, siempre desconocida… lo cual, en muchos sentidos, es más interesante que conocerla con seguridad. Mientras tanto, la autoría de la Ilíada, como la veracidad de la guerra de Troya, son cuestiones que se pierden entre la bruma…

lunes, 4 de febrero de 2019

La historia real de febrero: una pequeña lista de libros perdidos

La historia de la literatura no es la que es, sino la que ha sobrevivido. Incendios, inundaciones, grandes destrucciones promovidas por turbas o por los estados, se han alineado de tal forma que de determinados autores sólo conservamos, si acaso, una pequeña fracción de los textos que escribieron. He aquí una pequeña selección (susceptible de ser ampliada) de algunos de los más grandes escritos  jamás perdidos:

-Segundo libro de Poética de Aristóteles: supuestamente dedicado a ensalzar las virtudes de la comedia, su existencia se pone en duda. Sin embargo (cuidado, que destripamos libro), Umberto Eco utilizaba esta leyenda como recurso argumental en "El nombre de la rosa".

-Sobre la construcción de esferas de Arquímides. Citado por Pappus de Alejandría, en teoría contendría varios diseños de Arquímedes, entre ellos un remedo de planetario o un reloj astronómico. La muerte de su autor tras el sitio de Siracusa, a manos de un soldado romano, hizo perder para siempre la posibilidad de recuperarlo.

-Los libros contenidos en las Bibliotecas de Alejandría y la Casa de la Sabiduría en Bagdag: incendios y ataques por parte de cristianos a la primera, el saqueo de los mongoles en el caso de la segunda, hicieron desaparecer miles de obras. Sobre la mítica biblioteca de Bagdag, se dice que, tras su destrucción, las aguas del Tigris se volvieron negras durante seis meses a causa de la tinta vertida.

-Tito Livio escribió una extensa historia de Roma Desde la fundación de la Ciudad (como la tituló), de 142 tomos, de los que sólo se han salvado 35. Más intencional fue la eliminación de los textos sagrados considerados apócrifos a lo largo de los distintos concilios en los que se conformó la actual Biblia cristiana, y que contenían toda clase de visiones, algunas muy contradictorias con los dogmas que han prevalecido. Entre otros, el llamado "Evangelio de la víspera", que cierta secta empleaba para promover el amor libre entre sus miembros, con una serie de descripciones de actividades sexuales que harían sonrojar a más de un exégeta.

 -"Margites", atribuido a Homero. Poco sabemos de él. salvo que Aristóteles decía que había marcado una tendencia en las comedias, del mismo modo que lo habían hecho la "Ilíada" y la "Odisea" (de hecho, "Margites" debía de ser una parodia de esta última) en los poemas épicos.

-En el siglo XVII, William Shakespeare y John Fletcher escriben supuestamente un drama a partir de Cardenio, un personaje secundario que aparecía en la novela de Cervantes, "El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha". Por supuesto, la búsqueda de un manuscrito que conecte a los autores más grandes de la lengua española e inglesa ha sido incesante, y aunque ha habido varias versiones de las que se ha reclamado su autenticidad, ninguna ha alcanzado el consenso entre los especialistas para ser reconocida como una obra original del bardo de Stratford-upon-Avon (si es que ése es su auténtico lugar de nacimiento).

-Lord Byron fue un personaje controvertido, amado y denostado en proporciones ciclópeas. Quizás por eso resulta tan fácil entender que ciertos familiares le pidieran a sus abogados que quemaran sus memorias tras su muerte, cosa que hicieron en el despacho de su editor. Tampoco estamos seguros de hasta qué punto George Gordon Byron hubiera contado la verdad sobre sí mismo, pero al menos constituiría una fuente más de información. Se rumorea que, probablemente, la obra habría resultado escandalosa pues hubiera confirmado su homosexualidad, inaceptable para aquella época. En todo caso, la duda quedó sellada. Algo similar ocurrió con los últimos meses del diario de la poeta Sylvia Plath, borrados por su marido para no hacer sufrir a sus hijos. En ese momento, también intentó buscar los restos de la novela "Double exposures" pero, según explicó su esposo, ésta había quedado perdida "en algún lugar de los años 70", de donde nunca se recuperó.

-En 1922, la primera esposa de Hemingway, bajo órdenes de su marido (quien, mientras trabajaba como corresponsal en una conferencia de paz en Lausana, quería enseñarle los trabajos que tenía en casa a un editor), metió en una maleta buena parte del material inédito que el escritor llevaba redactado hasta entonces, incluyendo varios relatos y un esbozo de novela. La mujer abandonó transitoriamente el tren en la estación de París para comprar una botellita de agua de Evian y, cuando volvió a su compartimento, la maleta había volado -algunos dicen que este suceso fue la base del divorcio de Hemingway, pero como casi todo alrededor de éste, es difícil saber lo que esta afirmación tiene de real o legendario-. Hemingway, que conservó uno de los relatos porque se lo había devolvió un editor (el cual lo rechazó), pero que no recuperó nada más a pesar de haber ofrecido una recompensa por la maleta, le consultó a la famosa escritora, amiga e intelectual Gertrude Stein acerca de qué debía hacer. Ésta (que, por cierto, había leído uno de los cuentos perdidos, y no le había gustado nada) le recomendó que reescribiera a partir de lo que se acordaba, porque si no lo había almacenado en la mente, es que no era lo suficientemente bueno. Hemingway así lo hizo, y de ahí salió su primera novela, "Fiesta". Hay mucho crítico literario que opina que esta pérdida le sirvió para perder lastre de obras primerizas que le habrían absorbido demasiado si hubieran continuado en su poder; pero, como digo, casi todo lo relacionado con Hemingway tiene demasiadas vertientes para juzgar a la ligera su autenticidad. En todo caso, se ha convertido en una de las maletas más famosas de la historia de la literatura.

-En 1942, Bruno Schultz termina su novela "El Mesías", en el que había puesto la sangre y la vida, pero ambas le son arrebatadas al tratar de huir del campo de concentración donde se hallaba encerrado, a manos de un soldado de las SS. Desde entonces, el misterio de lo que pasó en esa novela ha inspirado hipótesis por parte de historiadores, también novelas, y rocambolescas consecuencias (que incluyen espías y accidentes de tráfico) en el mundo real. Como otros textos que hemos descrito, todavía no ha sido hallada, pero aguarda quizás el momento propicio para aflorar.

lunes, 6 de abril de 2015

El libro y la historia real de abril: "El corazón de Ulises", de Javier Reverte (I)

Algunos de vosotros conoceréis a Javier Reverte. Se trata de un periodista que un día, cediendo a un impulso que albergaba desde años atrás, marchó a África para escribir un libro de viajes, y así dio origen a una trilogía ("El sueño de África", "Vagabundo en África" y "Los caminos perdidos de África") a la que luego siguió una larga lista de libros de viajes contados en un tono muy particular, alternando lo que le iba pasando en sus periplos junto con la historia de los lugares que iba visitando o las reminiscencias literarias de los autores que habían ido pasando por allí. De Javier Reverte he leído ya unos pocos libros, pero el primero con el que comencé (precisamente a raíz de un viaje que realicé a las tierras de las que hablaba), fue "El corazón de Ulises", centrados alrededor de la geografía e historia de la civilización griega. Os quiero comentar un poco acerca del libro y, de paso, de las impresiones que yo saqué de este trayecto, el cual tenía varios puntos de destino en común con el de Reverte, y otros en cambio que alguno de nosotros visitó mientras el otro no lo hizo. Con lo cual, bienvenidos, en definitiva, a un repaso alrededor de la civilización griega.

Isla de Kos observada desde un barco que surca el Mar Egeo.

Grecia es la cuna de muchas cosas: de la democracia, de buena parte de la filosofía y la ciencia, de la civilización occidental tal y como ahora la conocemos. En el recorrido que hace Reverte a lo largo de numerosos enclaves, es difícil escoger un lugar por el que empezar, y de hecho yo no voy a partir en esta crónica del mismo punto en el que inició Reverte su caminar errante. En particular, yo creo que, por ser los griegos un pueblo tan marinero (el autor comenta de manera repetida que la oración que los 10.000 de Jenofonte declamaron al avistar su patria no fue el de "¡Tierra!", o "¡Grecia!", como hubieran hechos otros, sino mucho más sentidamente: "¡El mar, el mar!"), o precisamente por el origen del personaje que Reverte escogió para darle título a su particular odisea (Ulises, representante de la inteligencia y de la astucia como forma de vencer a las adversidades), lo suyo es empezar por Ítaca. Hoy en día, hay pocas evidencias que indiquen que algo parecido a un rey llamado Ulises gobernara precisamente en Ítaca, una isla escarpada y rocosa que parece de todo menos la capital de un reino, y más comparándolo con las más fértiles islas de alrededor. Sin embargo, los itaquenses están a favor de la veracidad de la leyenda y se fundamentan en buena medida en dos motivos: unas inscripciones que aparecieron en la isla y que contenían el nombre de Ulises, y también el inteligente razonamiento de alguno de sus habitantes, esgrimiendo que Ítaca es una isla mucho más inaccesible para conquistar que sus homólogas vecinas, y que por tanto un rey listo hubiera situado allí su centro de gobierno para así defenderlo mejor de sus enemigos. Y si hemos de creer a la leyenda, Ulises era cualquier cosa menos tonto.

Copa teóricamente perteneciente  al rey Néstor de Pilos, uno de los participantes de la guerra de Troya por parte del lado heleno. La descripción de una copa muy similar aparece en la Ilíada, y de ahí que se la haya denominado "copa de Néstor", aunque en realidad lo más probable es que sea de una época muy anterior. Al fondo, máscaras mortuarias atribuibles también presuntamente a Agamenón.


Claro que al hablar de todo esto, de Ulises y de la guerra de Troya, estamos asumiendo que todos los acontecimientos narrados en los poemas de Homero eran verdad. Pero es que que hubo alguien que se los creyó tan a pie juntillas que salió a buscar pruebas que demostrasen la veracidad de la leyenda. Y lo cierto es que lo consiguió: Heinrich Schlieman encontró lo que parecían ser los restos de "siete Troyas", cada una construida encima de la otra, una de las cuales se supone que es la mítica ciudad que fue destruida por una incendio consecuencia de la invasión llevada a cabo por el ejército griego. La verdad es que Schliemann -pese a su entusiasmo-, casi destruyó la misma cantidad de arqueología que la que sacó a la luz, y que si bien los estudiosos consideran que si bien tenía razón en que los mitos alrededor de la guerra de Troya guardaban una base y un trasfondo de verdad, tampoco puede uno creerse a pies juntillas cada uno de los aspectos del relato de Homero. En definitiva, volvemos al viejo cuento del vaso medio lleno o medio vacío, o más bien podemos quedarnos con la idea de que, detrás de toda buena mentira, hay seguramente siempre una cierta parte de verdad.

Vista panorámica de la caldera de Santorini. Más de mil años antes de Cristo, la isla que había aquí reventó debido a la explosión del volcán que albergaba, quedando un gran agujero y unas pocas elevaciones, cuya disposición general recuerda de alguna manera la isla original que antes existía. Aquel cataclismo golpeó duramente a las entonces bisoñas civilización griega y cretense, y provocó toda clase de cambios sociales y enfrentamientos en un período que hoy día se asume como una edad oscura.

Lo que ahora se cree es que la guerra de Troya fue un acontecimiento que sucedió en el contexto de una época oscura que siguió a la explosión del volcán situado en lo que hoy en día es Santorini (ver apartado arriba), momento en el cual tuvieron lugar migraciones de numerosos pueblos más o menos belicosos (entre otros, los famosos "pueblos del mar" que describieron los egipcios y que fueron los responsables de la desaparición de los hititas"), momento que los griegos aprovecharon para atacar Troya porque ocupa una posición privilegiada para garantizar el control del estrecho de Dardanelos. ¿Y qué tiene de importante ese estrecho? Pues que constituye un primer paso de avance para la llegada al Mar Negro, un lugar con numerosas poblaciones donde se pueden mantener prósperas relaciones comerciales o incluso practicar la piratería. De ahí que es bastante probable que la guerra de Troya, lejos de ser una expedición épica por el amor de un mujer, se trate más bien de una punta de lanza para convertirse en una tribu de piratas que domine un vasto territorio. Además, los griegos protagonistas de la Ilíada y la Odisea tenían buenas razones para creer que el Mar Negro era una fuente próspera de riquezas, y esas razones las tenían precisamente en otra leyenda: la de Jasón y los Argonautas, que en teoría se iban a esa zona a buscar un vellocino de oro pero, en realidad, seguramente iban detrás de mucho oro y bastante poco vellocino.

Lo único que queda del templo de Diana en Éfeso. Encima, un nido de cigüeña.

Un fuerte militar se yergue en la zona donde -probablemente- en su día estuvo emplazado el faro de Alejandría. Dicen que un comerciante cargó en burro las pocas piedras que quedaban del mismo, y nunca se le ha vuelto a ver. Aunque a la sociedad egipcia se considera como un colectivo tremendamente conservador, Alejandría (que ha visto pasar a griegos como los Tolomeos, Cleopatra y Kavafis, romanas como Hypathia, cristianos, árabes y toda clase de visitantes extranjeros), sin embargo, ha conservado un aire de cosmopolitismo y sensualidad que no parece haber cambiado demasiado desde los tiempos de la Justine de Lawrence Durrell.

En su libro, incluso, Javier Reverte viaja muy lejos de Grecia, en lo que ya son repúblicas eslavas, para visitar la zona que posiblemente atrajo a los integrantes del viaje de los Argonautas en busca de fama y fortuna. Pero es que esta característica, el esfuerzo de los griegos por lograr la expansión de su civilización, bien a través de aventureros y viajantes -ya Tolomeo habla, a través de los relatos de viajeros, de unas Montañas de la Luna situadas en el sur de África como nacimiento del río Nilo, llegando en el siglo XIX a certificarse como existentes-, o bien a través de mercenarios o conquistas militares, es un aspecto tremendamente relevante de la cultura griega. De hecho, para entender buena parte de la historia y la evolución helena hay que adentrarse a veces muy lejos de su territorio, desde las colonias griegas establecidas en la Península Ibérica o en Sicilia, hasta las vastas regiones que Alejandro Magno recorrió llevando su imperio hasta el Ganges. No olvidemos que una de las ciudades con un carácter más genuinamente griego, por excelencia, es la Alejandría egipcia cuyo proverbial faro todo el mundo admiró. O que las mejores ruinas que actualmente pueden encontrarse de la civilización griega y romana (esta última la cual, como sabemos, copió una buena parte de su cultura de los helenos), se hallan en la costa oeste de Turquía, donde la ciudad de Éfeso, por poner un ejemplo, alberga una de las 7 maravillas del mundo descritas por Herodoto, el famoso templo de Diana. De esta maravilla tan sólo se pueden admirar unos pocos restos, al igual que pasa con el ya mencionado faro y con otras cuatro (sólo las pirámides de Giza quedan casi completamente en pie). Aunque, quizás, si queremos buscar una ciudad heredera del saber griego a través de los complicados siglos que siguieron a la época de decadencia de esta cultura, quizás el mejor ejemplo lo encontremos en Estambul, que los griegos siempre conocieron como Constantinopla.

Se olvida a menudo que, durante siglos, fue la elitista dinastía griega de los Tolomeos la que gobernó Egipto, y que Cleopatra fue la última de las reinas griegas, sólo que su inteligencia y su ambición política (muy por encima de su auténtica belleza y sólo un poquito por encima de su proverbial sensualidad) la llevaron a congraciarse en gran medida con el pueblo egipcio para así ganar más popularidad. De hecho, Cleopatra sabía alejarse muy bien del papel de "reina del pueblo" y recuperar el papel de diosa cuando se lo proponía, y como prueba, esta piscina privada que se hizo construir en las aguas termales de la ciudad de Hyerapolis, hoy denominada Pamukkale. Ahora, cientos de turistas sudorosos se bañan cada día en el lugar que estuvo destinado a compartir íntima y fogosamente con Marco Antonio y sus breves visitas. ¡Si Cleopatra levantara la cabeza!


Composición: arriba, Hagia Sofía vista desde el lado de la Mezquita Azul; abajo, Mezquita Azul vista desde el lado de la Hagia Sofía. Los dos grandes referentes arquitectónicos de Estambul, frente a frente.

Sin embargo, en Estambul, la ciudad de las cien mezquitas y de las mil especias, poco queda de los recuerdos griegos. A pesar de que durante mil años fue la capital del Imperio Romano de Oriente, donde se hablaba griego y se conservaba todo el acervo cultural helénico (el cual, tras la caída a manos de los turcos en 1453, pasó a Italia gracias a los sabios que huyeron, iniciando el proceso cultural del Renacimiento), hoy en su inmensa mayoría Estambul es una ciudad musulmana. Eso sí, ha conservado la esencia de la cultura del mestizaje, de la unión entre diversos estilos, que se aprecia perfectamente en el hecho de que debajo de los símbolos islámicos que ahora decoran las paredes interiores de la Hagia Sofía (otrora la mayor catedral cristiana y hasta hace muy poco mezquita) puedan encontrarse -preservadas de manera casi intacta- las pinturas icónicas características del período bizantino. O que, en el estrecho del Bósforo que divide la ciudad en el lado europeo y el asiático, podamos hallar las bases de una leyenda que se cuenta como una fantástica aventura dentro de la historia de Jasón y las Argonautas. En general, en cada calle, en cada esquina, nada es único, sino que tiene múltiples planos y dimensiones a través de los cuales con perspectiva debemos entrever.

Pasen y huelan. Bazar de las Especias (Bazar Egipcio) en Estambul.

Así que, precisamente, quizás Grecia, tan mestiza como cualquier otra nación, será mejor entenderla a través de la periferia, y sólo a través de ella llegaremos a su punto central. Por eso, y volviendo al punto original de la argumentación, quizás para llegar al corazón de Grecia, el de Ulises, debamos hacerlo a través de las islas. De eso nos encargaremos en una próxima visión. Hasta entonces, pasad buenos días, y planead buenos viajes.