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lunes, 10 de noviembre de 2025

Las series de noviembre: varias de Filmin

-Monsieur Spade es una ficción atípica. Parte de la idea de que Sam Spade (el célebre detective creado por Dashiel Hammet, y protagonista de El halcón maltés) se ha ido a resolver un asunto en el sur de Francia, y ha encontrado motivos para quedarse a vivir y retirarse allí. Sin embargo, años después, nuevos y antiguos problemas van a surgir ante sus ojos, y es entonces cuando sus viejos hábitos de detective vuelven a hacerle falta. Esta miniserie de seis capítulos tiene un guión con grandes luces, pero también algunas sombras: es de estas narraciones a las que hay que hay que prestar atención para no perderte cosas; coincide con las viejas historias de los años 40 en las tramas enrevesadas, no siempre perfectamente coherentes -y, en este caso, algo fuera de escala-; a ratos cuesta distinguir los flashbacks, en general muy buenos, aunque a veces se abusa de los mismos; y el final es una ensalada caótica y poco creíble (como si, cual Raymond Chandler en El sueño eterno, el guionista hubiera dispuesto de manera prometedora piezas en el tablero de ajedrez, y al final de la partida decidiera pegarle una patada al juego) que a varios espectadores puede emborronarles el conjunto. Eso sí, durante buena parte del metraje, ese guión funciona muy bien, especialmente con los ácidos comentarios del cínico detective encarnado por Clive Owen, que interpreta uno de los mejores papeles de su carrera. Como buen cine negro, hace un excelente uso de la atmósfera que tiene en derredor, y cambia las turbias calles de San Francisco por un aparentemente bucólico pueblo galo, el cual, sin embargo, atrapado entre la posguerra mundial y las salvajadas francesas en Argelia, bulle con una maldad que haría gozar al célebre autor Jim Thompson. Los papeles y actores secundarios también son interesantísimos. En definitiva, con todas las salvedades, creo que esta serie os hará pasar unas cuantas buenas horas.

-Inside nº9: más británica que el té de las cinco, y con mucho componente teatral, esta serie de capítulos independientes ha sido creada y guionizada por Reece Shearsmith y Steve Pemberton, que ejercen de actores protagonistas en todos los episodios (al menos, hasta lo que me he podido ver, pues de las nueve temporadas me quedan aún cuatro y poco). Lo único que tiene en común cada entrega, con mucha variedad formal y sin miedo a arriesgar, es que hay bastante humor negro, normalmente un misterio o un componente de intriga o terror, y que en algún momento sale a colación el número 9. La cuarta temporada, en particular, es fantástica, pero, como digo, no hay ninguna relación entre episodios, así que podéis discutir con otros televidentes sobre vuestros capítulos favoritos.

-Taboo. Con una única temporada que lo dio todo, esta serie, que impactó hasta cierto punto en su momento pero no tuvo la resonancia de otras contemporáneas, mostró a un Tom Hardy en estado de gracia en una intriga internacional y de época con una atmósfera muy sólida, que entremezcla muy bien un fondo de realismo con trazas de fantasía.

-The Newsreader es una serie australiana que describe el ambiente de una redacción de noticias en los 80, donde las elecciones personales se entrecruzan con la actualidad informativa de una época que, desde luego, tuvo su aquel. No es The newsroom, pero sobre todo la primera temporada tiene mucha fuerza, entre otras cosas por la garra de sus intérpretes.

Estas series, al menos la última vez que las vi, se podían disfrutar en Filmin.

lunes, 19 de junio de 2023

La serie de junio: "We're Lady Parts"

El punto de partida de "We're Lady Parts" es genial. Una chica joven, modosita, conservadora, que hace una tesis en microbiología y cuya única ambición es encontrar marido, se ve arrastrada a formar parte de un grupo punky de chicas, cuyas canciones y forma de vida van en contra de todo el universo que ha conocido hasta entonces.

Si os habéis imaginado una historia en la que podrían encajado Anne Hathaway o Julia Roberts, habéis acertado. Ahora añadid que todas las protagonistas forman parte de la comunidad musulmana en Londres. El cocktail, como ves, es explosivo.


La serie es genial. Por muchos motivos. Hay que tener una capacidad increíble para tomar este argumento (que camina en la cuerda floja sobre el abismo de la crítica por todos lados) y hacer algo que no atenta directamente contra ningún modo particular de vida, sino que defiende ante todo la capacidad de decidir por una misma, sin imposiciones de los demás -una actitud, por supuesto, muy punk-. Encima, sin tirar de moralina ni lugares comunes, sino desarmándote a fuerza de sentido del humor y de unas referencias pop extraordinarias, muy reconocibles para el espectador que vive en Occidente. Las actrices interpretan con gran criterio a unos personajes extremadamente carismáticos y, como colofón, la banda sonora (especialmente la parte no-punk) es maravillosa. Encima, los capítulos son cortos y la serie, lejos de estirarse, te deja con ganas de más. De momento, sólo tiene una temporada y podeís encontrarla en Filmin.

lunes, 6 de marzo de 2023

El relato de marzo: "Un mensaje en una botella"

Un mensaje en una botella

Paca es una mujer de costumbres. En cuanto su marido Luis sale por la puerta para trabajar (dos de besos despedida, mua, mua), practica una rutina invariable, algunos la tacharían de monótona. Ejercitan una serie de rituales de limpieza de cutis y adecentamiento del rostro que, si hubieran estado bajo el conocimiento de Channel o Paco Rabanne, estos últimos habrían pagado millones por examinar sus secretos; pero como Paca es una simple ama de casa del distrito de San Blas, no creemos que vaya a llegar ningún alto ejecutivo con una maleta cargada de billetes para entregársela y sacarla de pobre. Más bien al contrario, Paca es bien consciente de su destino, aunque también es feliz con él. Le vale con adecentarse, realizar unas pocas tareas domésticas -las mínimas e imprescindibles para que su casa se mantenga en pie-, y luego sentarse el resto del día a devorar una serie tras otra. No puede evitarlo: le encantan, le apasionan, las ama, las adora. Se las traga todas: comedias, románticas, de ciencia ficción, de autor, aunque la cautivan especialmente los más desconsolados y perturbadores dramas. Paca no se autoengaña: dice que ella es adicta a las series como su madre lo era a los culebrones venezolanos. No es una diferencia de filosofía, confiesa; si acaso, argumenta, hemos mejorado en calidad. Por eso, esa mañana, mientras espera que hagan efecto los rulos sobre sus cabellos, se enfunda la bata de boatiné, tan vieja como cómoda, y se sienta en su mullido sofá, delante del televisor, para disfrutar de la maratón que su cadena favorita le ha prometido de uno de sus programas favoritos. La primera media hora es maravillosa; el capítulo, espectacular, como casi todos. El problema viene cuando llega el siguiente. La mujer parpadea, patidifusa, aunque no debería estarlo: lo han vuelto a hacer. Lo han vuelto a hacer, una vez más. A pesar de sus quejas reiteradas. A pesar de que les mandó un e-mail a los de la cadena (bueno, su sobrino les mandó un mail; menos mal que el chaval le echa una mano con las cuestiones informáticas). Pese a que llamó por teléfono y una amable señorita le aseguró personalmente que no iba a volver a ocurrir. Pues allí estaba: los peinados cambiados de sitio, las tramas desarboladas. "Ya está bien", se dice a sí misma, levantándose en un arranque de ira. "Esto es ya es pasarse de castaño oscuro. Pero de hoy no pasa. Se van a enterar", farfulla para sus adentros mientras se dirige al cuarto para vestirse. Se pone sus mejores prendas, las de ir elegante, las de acudir para pedir favores. Pero esta vez no va a solicitar: va a ordenar. Va a exigir. Se van a enterar de quién es Paca.

 

Coge el metro (Dios mío, ¿hacía cuánto que no se subía a uno?¿La gente olía antes así? Qué asco, le dan ganas de echar un poco de ambientador para clarificar el ambiente). Se dirige al centro de la ciudad, a la dirección adonde remitió las cartas que envió originariamente. Una vez sale del subterráneo, tarda un rato en orientarse hasta llegar al edificio, pero, una vez lo hace, reconoce de manera inconfundible la silueta que muestran al inicio de todos los programas. Entrar, en circunstancias normales, no hubiera resultado fácil, pero resulta que hoy acude un grupo de individuos anónimos como público invitado para la grabación de un programa de telerrealidad, así que, en medio de la confusión, consigue acceder a la recepción. Una vez allí, se dirige a un mostrador, donde una bella señorita de ésas que parece que fabrican por lotes en un laboratorio la atiende:

-¿Sí?¿En qué podemos ayudarla?

Paca toma aire antes de soltar parrafada.

-Mire, yo me pongo a ver todos los capítulos que echan de "Darwin se acuesta con Copérnico". Ya sabe, la serie ésa de los científicos tan simpáticos que se acuestan todos con todos. Es una serie estupenda...

-Ah, sí, es uno de nuestros productos estrella. Gracias por el cumplido.

-De nada. Pero vengo a quejarme. No puede ser que, cada vez que ponen varios capítulos seguidos, los coloquen en un orden completamente aleatorio y absurdo. De repente, los personajes que están juntos se separan y es como si nunca se hubieran arrejuntado; los peinados y cambios de estilo se alteran de una manera caótica; no hay ningún control, pasamos de la temporada 4 a la 8, y luego a la 1, sin la menor transición. Quiero hablar con quien hace eso. ¡Es una falta de respeto a los telespectadores!

La mujer de recepción se queda sorprendida. Es la primera vez que le realizan una petición como ésta. Normalmente, es cierto, la gente se queja; de hecho, hasta sus propios familiares le reprochan que parece que la programación la organiza un mono borracho. Pero eso de dirigirse personalmente a la sede de la cadena a quejarse... bueno, es otro nivel. A lo mejor su novio anarquista tiene razón y la revolución se está aproximando.

-Creo que debería formular usted su sugerencia al Área de Programación. Está en la segunda planta, a la izquierda. Pregunte por el Señor Carvajal.

Paca da la gracias -educación ante todo- y se dirige, con el bolso agarrado al pecho, hacia el lugar indicado por la amable recepcionista. Sin embargo, hay algo que la recepcionista no le ha advertido y que le va a resultar enormemente ventajoso: resulta que, a consecuencia de la última crisis a raíz de los ratios de audiencia, varios departamentos se encuentran congregados en una de las salas más recónditas, en una reunión de ésas en la que ruedan cabezas y de las que suelen salir becarios envueltos en lágrimas, así como profesionales de muchos años cargando con cajas en las que guardan plantitas y fotos personales. Quizá por eso, cuando llega, en el departamento de Programación no hay casi nadie. Paca es consciente de que lo suyo es abordar a uno de los pocos trabajadores que se hallan pululando por allí y preguntarles. Pero entre que les ve cara de angustiados (normal: su único pensamiento ahora mismo es si van a perder su trabajo), y que tiene cierta curiosidad malsana por ver cómo es un edificio de la televisión por dentro, decide que es mejor husmear por todos los rincones, a ver qué encuentra. Lo cierto es que, lejos del glamour que cabría esperar, aquello es como una oficina cutre con el personal particularmente ansioso. En puridad, se respiran malas vibraciones. La sensación se acrecienta cuando encuentra una puerta de metal cerrada con un candado oxidado, al lado de uno de esos viejos montacargas que dan la impresión de que sirven para desplazar bolsas de lavandería al fondo de un túnel mugroso en medio de un apocalipsis zombi. Paca le echa un vistazo distraído al candado. Y, como es una mujer de mundo, a pesar de que por su profesión no lo aparente, coge una horquilla de entre sus cabellos, juguetea un poco en la cerradura y consigue que el desvencijado candado se abra. Paca pasa a través de la puerta, desde donde se abren unas escaleras. Desciende muy lentamente hacia una especie de húmedo sótano.


El lugar con el que se topa parece sacado de una pesadilla de alguien que se ha pasado con su ración de películas expresionistas alemanas. Faltan tan sólo los tubos de ensayo con líquidos de un verde fluorescente, y los derrames de líquido radiactivo por las esquinas. Aunque, para compensar, ciertas secciones del suelo se muestran pegajosas a cada paso. Hacia ambos lados se abren monitores, pantallas de ordenador y de televisor, tablones con gráficas de audiencias, teletipos. La luz parpadea en las bombillas, que titilan temblorosas, cual sobrecogidas por su propio fulgor. Todo aquello da sensación de irrealidad, de film de ciencia ficción de sobremesa... hasta que, de repente, lo que surge parece salido de las peores fantasías de la Edad Media.


Hay varias mesas, sobre las cuales se asientan ordenadores, teclados, reproductores de CD y de DVD, viejas máquinas de vídeo doméstico, y por supuesto pantallas planas. También se acumulan, desordenados, diagramas y esquemas de parrillas televisivas. En el centro, un muchacho: joven, de unos treinta años, con grandes gafas redondas, con cara de "apamplao", como diría Paca; pero, sobre todo, con un color de la tez macilento, como la gente que lleva mucho tiempo sin ver el sol, y del pálido ya han pasado directamente al verde. Y lo más extravagante de todo: se encuentra atado a la pata de una sólida y pesada mediante una gruesa cadena de metal. Es difícil expresar cuál de los dos se queda más ojiplático al contemplar al otro, si Paca al observar esta aparición propia de una película de serie B, o el chico al observar a una señora a la que sólo le falta el traje regional de su aldea para desentonar más en los sótanos de una importante cadena de televisión.


Sin embargo, la cara del chico, unos segundos después, muta en una expresión de alegría extraordinaria:

-¡Por fin!¡Alguien ha venido!¡Por fin han venido a buscarme!

Paca parpadea un par de veces.

-¿Qué os ha dado la pista?-la verborrea del chico se acelera hasta tal punto que cuesta entenderle-. ¿Ha sido la serie de "Darwin se acuesta con Copérnico", verdad?¿O la de “Todos están con Lola”?¡Habéis entendido el mensaje!

-¿Qué mensaje? -las facciones de Paca se tornan en un grito de indignación-. ¡Si la programación es un caos!¡De eso venía a quejarme!¡El orden de los capítulos de la serie de los científicos no tiene ni pies ni cabeza!

-¡Por supuesto que sí!-el chico, a pesar de las dificultades de movilidad debidas a la cadena, es capaz de deslizarse hasta unos papeles que acercó a Paca, y que hasta ahora se encontraban desparramados sobre la mesa que hace las veces de los presidios-. ¿Lo ves?¡El orden de los capítulos contiene un código oculto a través del cual podíais encontrarme!¡Si uno sigue los indicios, puede averiguar mi situación y cómo llegar hasta aquí! Lo inserté de manera diferente en otras diez series, pero éste -dijo apuntando a un esquema referido a “Darwin se acuesta con Copérnico”- fue el que me salió más diáfano, y por tanto más fácil de descifrar...

De repente, un par de neuronas conectan en su interior:

-Tú no has venido a sacarme de aquí, ¿verdad?

Pero entonces, en tan sólo unos pocos segundos, del rictus de sorpresa pasa a uno de terror absoluto:

-¡No!¡Por favor!¡Por favor, no os la llevéis!¡Tenéis que liberarme!¡Necesito salir de este sitio!

El guardia de seguridad que acaba de aparecer toma a Paca (delicada, pero firmemente) por el brazo, y la desplaza con suavidad:

-Vamos, señora. Usted no debe estar aquí.

Paca protesta débilmente, dándose la vuelta para contemplar al pobre chico, que aúlla enfermo de llanto e ira, tratando de desplazarse y enredándose con la cadena mientras lo intenta. Sin embargo, el guardia de seguridad no atiende a sus protestas: la saca de vuelta a la puerta del candado, el cual cierra con economía de movimientos para a continuación plantarse delante de la entrada.

-Puede usted marcharse -indica con una solidez que no dejaba lugar a dudas. Paca alza un dedo, como si fuera a reprenderle o a decir algo, pero la actitud del segurata la convence de que aquello no serviría de nada. Lenta, muy lentamente, se da la vuelta y se dirige con pasos cortos de vuelta a la recepción.

Una vez allí, todavía traumatizada por lo que acababa de contemplar, camina a pasos muy cortos en dirección al mostrador de entrada, donde divisa a la misma chica con la que había hablado antes:

-Creo... creo que tienen a un hombre encerrado en el sótano -decide soltar así, de sopetón.

La chica le dedica una amplia sonrisa de anuncio de dentífricos (está claro que la han seleccionado por su buena presencia), aunque no puede evitar enarcar de manera demasiado evidente una ceja:

-¿Cómo dice?

-Sí, un chiquito, joven. Lo tienen allí... atrapado con una cadena.

La muchacha, sin desarmar del todo su sonrisa (aunque esta vez parece más forzada), niega sutilmente con la cabeza:

-No es política habitual de la empresa tener empleados encadenados en su sótano.

Paca ve que por allí no hay nada más que rascar. De todas maneras, mientras se aleja a su ritmo pausado habitual, la recepcionista alza el teléfono situado sobre el mostrador. Paca puede escuchar, mientras se aleja, cómo la bella Venus post-capitalista solicita a través del auricular: "¿Seguridad?".

Paca vuelve a su casa, entre aún estupefacta y mohína. Va a su casa. Se pone a hacer sus labores domésticas. Su marido vuelve un rato más tarde. Paca sirve la mesa y le pone unas cervezas. El esposo departe animadamente sobre lo que le ha ocurrido en el trabajo. En uno de sus (breves) momentos de silencio, mientras bebe de su cerveza, Paca espeta:

-Yo hoy he ido a la sede de mi cadena preferida. Y allí... he visto a un pobre chico... lo tenían encadenado en el sótano... Trabaja programando los capítulos de las series.

El marido se queda un momento con la cerveza en la mano, perplejo. Luego, agitó la mano, despreocupado:

-¿Qué es eso que has visto?¿Una película de esos telefilms cutres que ponen a media mañana? Por un momento me has asustado. Un chico encadenado en un sótano... Ja, ja, qué gracioso.

Paca sigue con la comida, quita más tarde los platos, y no vuelve a mencionar el asunto.


Al día siguiente, Paca se planta delante del televisor con un bolígrafo y un cuaderno de anillas. Enciende la televisión, y maneja el mando hasta localizar la cadena que ha visitado el día anterior. Con sus cinco sentidos clavados como dagas en la pantalla, trata de dilucidar cada gesto, cada señal, cada posible mensaje; pensando en quién puede hallarse al otro lado, se dispone a anotar todo aquello que pueda encontrar...

lunes, 14 de marzo de 2022

Las recomendaciones de marzo: tres historias italianas

Grupito de recomendaciones para este mes. En esta ocasión lo tenemos variado: dos libros (de ficción y no ficción) y una serie, todas ellas con el común denominador de ser italianas. Allá vamos:

¡Delizia! La historia épica de la comida italiana. El título resulta autodescriptivo. El autor, John Dickie, parte de las ideas preconcebidas (en ocasiones, bastante falsas) acerca de la gastronomía italiana, y hace un repaso a la evolución de la cocina transalpina a través de un recorrido histórico por sus ciudades más destacadas. ¿Lo mejor? Que, en muchas ocasiones, la comida es una excusa para hablar de los cambios que estaban teniendo lugar en la sociedad, ya que, por supuesto, lo que somos y lo que comemos se halla íntimamente ligado. Tan divertido como erudito.

La concesión del teléfono. Muchos ya sabemos que, cuando Andrea Camilleri no escribía sobre el comisario Montalbano, se dedicaba a redactar, a poquititos, un tratado sobre la historia de Sicilia a través de unas cuantas novelas donde describía las distintas épocas de la isla bajo la óptica de sus vivencias cotidianas. Hablamos de ello cuando comentamos La revolución de la luna, y seguramente deberíamos haberlo mencionado también cuando me leí "El sobrino del emperador", una divertidísima crónica sobre la estancia de un príncipe etíope en Italia que aprovechaba para cargar contra la estupidez inherente al fascismo. "La concesión del teléfono" pertenece a esta misma estirpe. Como en "El sobrino del emperador", Camilleri emplea el género epistolar -y algún que otro recurso- para describirnos cómo un habitante de su imaginaria ciudad de Vigàta (patria chica también de Montalbano) solicita, a finales del siglo XIX, la concesión de una línea telefónica. La petición sirve de excusa para diseccionar las distintas relaciones entre los ciudadanos entre sí y con las autoridades civiles, policiales, eclesiásticas y criminales, incluyendo en su seno aspectos como la traición, venganzas, equívocos, dobles juegos, sospechas, incompetencia, obcecación, muchas ilegalidades, trastornos mentales, sexo y un poco de (bastante cotilleo). Ideal para pasar un buen rato y entender mejor la quintaesencia siciliana.

Cortar por la línea de puntos. En este recorrido que estamos haciendo por la historia italiana, esta miniserie de animación representa la época más reciente. Tanto, que todos podemos sentirnos representados. Basada en un cómic (si no tiene tintes autobiográficos, lo disimula muy bien), narra la vida interior de un dibujante ya talludito que explora su presente y pasado tanto a través de los recuerdos como mediante el diálogo con su conciencia, a la que representa un armadillo gigante. El guión es caótico, irónico, afilado y cáustico con todas sus ganas, y aunque las reflexiones del muchacho no son distintas de las que nos hemos hecho todos en algún período de nuestra vida (sobre todo en esa fase adolescente tan idiota), lo hace de manera tan divertida que pasas un rato estupendo. Incluso cuando se mete en temas más espinosos y serios, procura no olvidar que es importante no creerse nunca el ombligo del mundo, y que ninguno tenemos la mayoría de las respuestas. Muy recomendable.


lunes, 3 de enero de 2022

Las recomendaciones de enero: unos cuantos comentarios rápidos sobre libros, películas, series, y todo lo demás.

Una recomendaciones literarias y audovisuales sobre las que os cuento relativamente poco, pero que, si las seguís, creo que dejarán un poso interesante durante bastante tiempo:

-El evangelio de las anguilas, de Patrick Svensson. En este sorprendente libro, el autor combina la descripción de sus vivencias personales respecto a la pesca de la anguila (un mundo al que llegó a través de la influencia paterna) con la peculiar relación que tenemos los seres humanos con este escurridizo animal, cuya biología ha mantenido en jaque a los especialistas durante milenios. Descubriremos que Aristóteles o Freud se metieron a fondo en la cuestión de la reproducción de la anguila (un enigma aún no resuelto del todo), y las características de este particular animal, tan sorprendente e insondable, y más íntimamente asociado a los seres humanos de lo que pensamos. El libro trata de cuestiones sobre la memoria, el legado, la evolución conjunta del Homo Sapiens con otras especies con los que compartimos este planeta, el poder inextricable de la naturaleza, y las motivaciones para nuestros actos, ya seamos bichos de dos patas o de unas cuantas aletas. Un texto de extraña y evocadora belleza.

-Insumisas (2018). Esta película cubana, dirigida y guionizada por Fernando Pérez y Laura Cazador, narra la historia real de Enrique Fáber, un médico suizo que llega a la Cuba colonial del siglo XIX y tiene que lidiar con la complicada situación social (revueltas de esclavos, una prejuiciosa sociedad de la época) mientras trata de ejercer su profesión para salvar vidas, aunque las presiones serían mayores si se supiera la verdad: que en realidad Enrique Fáber es una mujer que ha fingido ser hombre para poder ejercer como galeno. Cabría pensar que por ser un biopic, una película de época y una obra realizada lejos de las coordinadas geográficas habituales, el film podría adolecer de ciertos problemas, pero lo cierto es que lleva muy bien tanto el ritmo como el sentido de la narrativa y la ambientación histórica, y además va mejorando conforme avanza el metraje. Chapó tanto a los actores como al personaje principal, por el que uno no puede sentir sino admiración. La película puede encontrarse en Filmin.

-Heimebane. Traducida como Home Ground fuera de Noruega, de donde es originaria, parte de la original premisa de que se elige a una entrenadora -mujer- para dirigir un equipo -masculino- de la primera división noruega. Partamos de los puntos negativos: presenta ciertas incoherencias de guión, las nociones futbolísticas contienen errores (no sé si de traducción, por desconocimiento, o para forzar la narrativa), y además la entrenadora posee una concepción del fútbol que a mí, personalmente, me horripila. A cambio de eso, la trama está muy bien llevada, entremezclando las cuestiones deportivas con las personales, con personajes secundarios muy atractivos, y sin miedo a llevar las situaciones al límite. La serie, por supuesto, trata la peliaguda posición de la entrenadora, única mujer en un mundo de hombres, pero también toca aspectos como el alto nivel de presión de los futbolistas profesionales, o cómo los factores extradeportivos afectan al juego. El hecho de que la serie sea noruega también le proporciona un cierto valor añadido, tanto en sus fortalezas como en sus debilidades: ves a hombres ayudando en las tareas domésticas, los personajes consumen una especie de tabaco masticable con una pinta rarísima, y los jugadores conocen hasta al panadero de la esquina (hay que decir que la serie está ambientada en un pueblo pequeño con un club sin mucho caché: que nadie espere, en esta ficción -de los, en general, poco atléticos futbolistas-, las preocupaciones típicas de Cristiano Ronaldo o Messi). La serie, con dos temporadas, puede disfrutarse en Filmin.

Posdata: a muchos, esta última serie os recordará a Ted Lasso, producida por Apple TV. Aunque con obvias similitudes, las dos series son muy distintas, aunque recomiendo ambas vivamente ("Ted Lasso", por su gran sentido del humor y un "buen rollo" que traspasa la pantalla). Nos seguimos viendo.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Cuando el bueno (o el malo) es el arquitecto -o el urbanista-. Las películas y las historias reales de diciembre: "Huérfanos de Brooklyn" y "Show me a hero"

Hace unos años se hizo muy famosa la disposición del gobierno de Murcia (creo que en este caso la orden procedía del gobierno autonómico) de dibujar el trazado del nuevo ferrocarril de tal manera que aislaba una serie de barrios de población mayoritariamente obrera. Hubo numerosas y muy vehementes manifestaciones y -hasta lo que yo tengo entendido- consiguieron que, al menos en parte, se echaran atrás. De esta anécdota pueden extraerse múltiples interpretaciones, incluyendo que eso de los llamados "gobiernos tecnócratas", los cuales toman decisiones fundamentadas únicamente en el criterio de expertos, no existen. Porque todas las medidas son en parte políticas: puedes elegir gastar más dinero en unos colectivos u otros; puedes recaudar más de los ciudadanos ricos o de los pobres; y, a la hora de señalar por dónde pasa una línea de tren o una carretera, el sitio por donde cruza determina a quién afectará. En pocos ámbitos se nota más que en la construcción, motor económico principal de buena parte de los países, fuente abundante de tramas de corrupción (por definición, tienes un montón de dinero del sector público que pasa al sector privado: la tentación es jugosa) y, como veremos en esta entrada, origen de escenarios que alteran drásticamente la vida de la gente, y que se reflejan a veces también en la ficción.

En un interesante debate en Twitter con especialistas de variados campos que os recomiendo, y que sirvió de inspiración a esta divagación que os presento, @Pedro_Torrijos, al que muchos conoceréis por sus estupendos hilos de Twitter sobre arquitecturas improbables, mencionó una frase interesante, "el urbanismo es el segundo artefacto más importante de la especie humana después del lenguaje". No cabe duda de que otros expertos en diferentes disciplinas opinarán que su campo de estudio ejerce una influencia más relevante, pero en todo caso, como ejemplifica el caso de Murcia, puedes hacer muchas cosas según cómo dibujes los planos de la ciudad. O incluso de un país. Por ilustrarlo de otra forma: Estados Unidos tuvo que decidir -cuenta la leyenda; seguramente la verdad es más compleja-, durante la Segunda Guerra Mundial, cómo orientar su sistema de transporte para desplazar grandes cantidades de mercancías y material militar de un lugar a otro. Hitler había empleado los ferrocarriles, y gracias a ello logró enormes desplazamientos de tropas del frente Occidental al Oriental. En cambio, Estados Unidos eligió la carretera. Gracias a eso, el transporte de pasajeros por tren en Estados Unidos es casi testimonial; todo el mundo tiene coche (hasta hay vagabundos que viven en su vehículo, el cual a veces conducen en busca de una oferta de trabajo o en dirección a los bancos de alimentos); los mejores restaurantes están en las salidas de las carreteras; y los pueblos ocupan mucha más extensión que una ciudad europea media porque se asume que todo el mundo agarra el coche para ir a cualquier sitio. Por contar mi experiencia personal, durante cuatro meses viví en Charlottesville, una localidad de 30.000 habitantes -y una población flotante de 70.000 más- con quizás la mitad de extensión de la ciudad de Madrid. Los únicos que íbamos en autobús éramos las minorías raciales y yo. Los automóviles me dejaban pasar en los cruces y me miraban con cara de pena ("pobrecito, que tiene que ir andando"). En una ocasión, salía de una tienda de informática a la que llegué en taxi para que no la cerraran antes, y vi que la única manera de volver a mi residencia habitual era cruzar una carretera. Tomé la única alternativa posible: hice auto-stop. Una amable mujer (con un coche típico de madre: grande como un jeep de Mad Max y lleno de juguetes y restos de comida en el asiento trasero, que apartó con tanta gentileza como rubor) me desplazó una distancia de unos 10 metros, suficiente para llegar a un sitio desde donde podía volver andando. Las experiencias de otras personas son muy similares. Mi hermana me comentaba que, en Los Ángeles -una ciudad sin aceras-, una pareja de recién casados se compró antes un coche que un piso para vivir juntos. Compartían auto mientras habitaban cada uno en casa de sus padres. Salvo si resides en alguna de las grandes urbes del noreste como Boston o Nueva York, las cuales cuentan con un decente transporte público -y se consideran, en parte, tanto urbanística como culturalmente, "ciudades europeas", dicho en algunas ocasiones con un tono de desprecio-, en Estados Unidos, si no tienes un coche, no eres nadie. Ello implica también ciertas consecuencias: el ciudadano americano, que coge el automóvil para todo, no anda, está obeso, quema una tonelada de gasolina que contamina el medio ambiente (la disposición tan extensa de las ciudades tampoco es el sistema más ecológico posible), y exige que el petróleo esté barato para que no le cueste un riñón su modo de vida. Lo cual explica tal vez la mitad de las guerras de Estados Unidos en Oriente Medio para mantener bajo el precio de la gasolina.

Hablando de Nueva York, la primera vez que leí acerca de Robert Moses fue en este ensayo que os mencioné sobre la gentrificación. Es sorprendente que hayamos oído hablar tan poco de él, teniendo en cuenta que dirigió la política urbanística de Nueva York durante décadas, pese a que la ciudadanía nunca le había votado. La primera vez que se le ha mostrado en la gran pantalla (al menos, que yo sepa) ha sido en "Huérfanos de Brooklyn", un film noir moderno dirigido por Edward Norton, en general bien ejecutado, donde Moses es encarnado por Alec Baldwin. La película, basada en una novela, se ha tomado -o eso se deduce- bastantes licencias en el terreno de lo personal, pero menciona detalles en los que coinciden muchos críticos de Moses: para ser más explícitos, el profundo racismo y clasismo que impregnaba sus ideas urbanísticas. El ejemplo más sangrante fue construir los puentes de salida de la ciudad -recordemos que Manhattan es una isla de la que se escapa por 21 puentes- de tal modo que hacían imposible la circulación de los autobuses, lo cual impedía que la gente sin coche propio (pobres y afroamericanos, cuando no las dos cosas) pudieran disfrutar de las playas cercanas a Nueva York. La película incide también en que Moses fue muy popular por construir parques por todas partes, aunque algunos barrios fueron bastante más favorecidos que otros (adivináis cuáles, ¿verdad?). Y señala que algunos de sus planes urbanísticos -evitados en ocasiones a causa de la movilización popular- obligaban a desplazar a comunidades enteras de sus hogares sin que se supiera bien dónde podrían realojarse (en todo caso, Moses se encargaría de que no fuera en el mismo barrio que los blancos). A partir de ahí, no os cuento más sobre la trama de la película. Espero que la disfrutéis.

Por tanto, queda claro que la planificación urbanística puede decidir todo, y que su orientación es (casi) siempre política. Como mencionó alguien -no recuerdo quién, así que me perdonaréis la ausencia de cita-, sólo el hecho de escoger si una ciudad tiene o no baños públicos ya es una cuestión fundamental. A propósito de esto, menciono otra obra de ficción, pero basada en hechos reales. "Show me a hero", de la HBO, muestra una localidad anexa a Nueva York donde un juez determinó, a través de una sentencia, que el ayuntamiento debía construir una serie de viviendas para ciudadanos desfavorecidos (en una palabra, y tratándose de Estados Unidos, por supuesto negros), con el objetivo de evitar la formación de guetos y la exclusión social. Ésta es una decisión impopular, pues los habitantes mayoritariamente blancos de la ciudad se niegan a que sus viviendas se infravaloren -o no quieren a esas personas como vecinos, ahí cada uno decide los motivos auténticos-. Entonces, un concejal, interpretado por Oscar Isaac, decide auparse a una ola de populismo y anuncia que, si es elegido como regidor, no cumplirá la sentencia. Por supuesto, gana las elecciones, pero entonces se topa con la dura realidad: no tiene más remedio que acatar la orden si no quiere que la ciudad se arruine. Aquí se trata el espinoso tema de políticos que prometen algo imposible a sus ciudadanos y sólo lo asumen cuando son elegidos, apoyándose en algo que sabían que era mentira desde el principio (¿os suena? Seguro que en vuestro país habéis visto más de un caso). La serie cuenta la historia de este alcalde que tuvo que plegarse a los hechos; también relata las dificultades para que la construcción de las viviendas pudiera llevarse a cabo, y para que se lograra una cierta convivencia entre los nuevos vecinos. Narrada como una ficción atípica, la serie da abundantes pies para el debate y la reflexión, tanto en cuestiones políticas como en el aspecto personal.

Probablemente, las medidas más lesivas para nosotros los ciudadanos no llegarán de un discurso grandilocuente enunciado por un señor con bigote frente a una multitud enardecida. Lo harán silenciosamente, en forma de Boletín Oficial del estado, ciudad o comunidad autónoma. Serán disposiciones mínimas, enrevesadas e ilegibles, sobre aspectos aparentemente técnicos e irrelevantes. Quizás sólo se refieran a requerimientos sobre determinadas medidas, longitudes y pesos. Tal vez una de las cifras que aparezcan mencionadas sea el (Douglas Adams sería feliz con esto) número 42.

lunes, 12 de octubre de 2020

El libro de octubre: "Recursos inhumanos", de Pierre Lemaitre

Pierre Lemaitre es un escritor que lleva unos cuantos años imprimiendo una profunda huella en la literatura y el cine francés. Aunque esta afirmación tiene una parte de falsedad, dado que -si bien Lemaitre ha ejercido de guionista-, casi han llamado más la atención las adaptaciones de sus novelas, a pesar de que él no se hallara personalmente implicado en su traslación cinematográfica. En ese sentido, es destacable "Nos vemos allá arriba", obra ganadora del premio Goncourt que aún no he tenido la oportunidad de leer, pero cuya versión en pantalla demostraba una perfecta combinación de sensibilidad y aprovechamiento del contexto histórico que no se veía, quizás, desde "Largo domingo de noviazgo" de Jean Pierre Jeunet. Pero en este post no quiero hablar de esta obra, ni tampoco de "Vestido de novia", un homenaje a Hitchcock de la que se han escuchado críticas dispares pero que sin duda dio bastante que hablar en su momento. En este caso, pretendo escribir unos pocos comentarios acerca de "Recursos inhumanos", un relato furibundo que trata de las presiones del mundo laboral, y la historia también de un hombre contra el monstruo del capitalismo.

No son pocas las ficciones (desde el "Germinal" de Zola hasta la película "Recursos humanos", por circunscribirnos exclusivamente al ámbito francés) que han tratado el tema de las relaciones laborales, aunque quizás no tanto desde la precariedad y la deshumanización a la que se asocian en el siglo XXI. De entre las más señaladas, por supuesto la estupenda "Los lunes al sol" de Fernando León de Aranoa, o la correcta pero más aséptica "Arcadia" de Costa-Gavras, un experto en las lides del cine social, que esa ocasión nos narraba cómo un desempleado se dispone a conseguir un puesto de trabajo por el expeditivo método de liquidar a sus competidores. "Recursos inhumanos" ahonda en esta última línea: un ejecutivo cincuentón, en paro desde hace bastantes años (al menos, en lo que respecta a su especialidad), el cual sólo ha conseguido enganchar un trabajo-basura detrás de otro, contempla cómo lo que a priori era sólo una situación temporal se está convirtiendo en un pozo sin fin que amenaza con engullir sus ahorros, su casa y hasta el futuro de su matrimonio. El protagonista, al inicio un padre de familia ejemplar con dos hijas ya mayores y que no cuenta en su debe más que el hecho de no soportar a su yerno (cosa con la que el lector, al comprobar cómo es el interfecto, seguramente conculque), nota cómo se le va amargando el carácter y la vida ante la falta de ocupación. Por eso, cuando surge la solución en forma de oferta de trabajo, decide apostar el todo por el todo e hipotecar su presente, su futuro e incluso el de su familia para conseguirlo. Sin embargo, en la antesala de lo que debería de constituir su gran triunfo, el hombre descubre que la oportunidad de su vida era un engaño, así que decide tomarse la justicia por su mano y subir la apuesta bastantes grados más, hasta llegar a un límite irreversible. A partir de ahí, toma cuerpo un trepidante thriller que constituye un titánico juego de voluntades, una encarnizada lucha entre un tigre de Bengala y un mucho más pequeño pero desesperado gato doméstico (al cual no le quedan vidas con las que conformarse), de la cual no se puede salir sin que uno de los contendientes acabe sin cabeza, y el otro como mínimo pierda una extremidad.

Quizás la mejor manera de recalcar las virtudes del libro sea a base de de contrastar el texto con su adaptación televisiva, llevada a cabo por Netflix (y con el mismo nombre, mientras que el título original en ambos casos es "Cadres noirs"). La versión para la pequeña pantalla, en una mini-serie de seis capítulos, en efecto es un alegato contra el sistema capitalista y el mercado de trabajo, pero quizás se regodee en exceso en ese punto, olvidando que la novela, aun teniendo esta misma base, multiplica sus raíces para que la planta que cultiva crezca vigorosa y fuerte. Uno de los mayores choques entre serie y texto se encuentra en la figura de Eric Cantona, el actor protagonista, que si bien en otras ocasiones ha sabido mostrarse contenido en pantalla (como consiguió de él Ken Loach cuando se interpretó a sí mismo en "Buscando a Eric"), en este caso parece andar siempre como si le acabaran de arrojar un café por la espalda. Si en la novela vemos a un padre cariñoso que acaba evolucionando, debido a la situación en la que se encuentra, hasta convertirse en su ser despiadado que arriesga los sueños de sus hijas -buscando que los medios sean absueltos por el redentor fin-, Eric Cantona tiene ya pinta de cabreado desde el principio, perdiéndose en parte la esencia biográfica de la novela. No obstante, en sendos protagonistas se aprecia un mismo proceso, poco tratado por ambas ficciones pero claramente visible a los ojos del espectador: el hecho de contemplar cómo en un momento determinado el personaje principal -con un plan relativamente elaborado en la novela, y uno bastante más improvisado en la serie- llega a ese punto del que muchos de nosotros hemos sido ya testigos en nuestros padres y amigos en el que, al llegar a una cierta edad, dejan de preocuparse por el amor que puedan transmitir a su familia e hijos, y sólo son capaces de hablar en términos monetarios, y expresar su cariño a través de herencias y cuadros de balances (arriesgándose a sacrificar, en el camino, aquello por lo que supuestamente se pusieron a luchar). También se malogra en la serie un aspecto muy humano de la novela -en pos de enarbolar un alegato último contra el capitalismo-, mediante un final que no desvelaremos, pero que está protagonizado por uno de los personajes más desaprovechados de la versión televisiva: el amigo íntimo del protagonista, Charles. Un pobre tipo, compañero de trabajo en esos empleos precarios que ambos van encadenando, que vive en un coche tan destartalado como él mismo, y que da la sensación de estar a punto de desarmarse en cualquier momento, como un muñeco al que le hubieran dejado de dar cuerda y tan sólo aguantara por pura inercia, pero que sigue sonriendo, a pesar de cada percance, un día más. La forma en que la serie trata a este individuo le hace perder buena parte de la ternura que destila la novela (de hecho, los finales de ambas versiones dejan en posiciones morales muy distintas al protagonista), olvidando que este conflicto, más allá de la cuestión laboral, es uno profundamente personal e íntimo, cosa que sí que refleja Lemaitre en una narración que, a pesar de estos toques de poesía, es capaz de mantener la intensidad y el misterio hasta casi la última línea, sin que sepamos en ningún momento qué es lo que viene a continuación. En definitiva, un texto cargado de adrenalina que, sin embargo, da pie a profundas reflexiones sobre quiénes somos, y qué hace con nosotros esa cosa extraña que, para ganarnos el pan, nos roba al menos ocho horas al día de nuestras vidas. ¿El trabajo dignifica al hombre? Marx, Auschwitz y esta novela están de acuerdo en pocas cosas, pero quizás las tres coincidirían en un veredicto unánime en contra de esta conclusión.

sábado, 14 de marzo de 2020

Las recomendaciones de marzo: otra (más) lista de libros y películas sobre epidemias que no se están destacando lo suficiente

Atención: si durante la cuarentena del coronavirus os desesperáis y no tenéis nada interesante que leer, aparte de los cuentos y post del blog, ofrezco gratis mi novela histórica "Cartago. El imperio de los dioses" (o cualquier texto que me pidáis). Hablad conmigo a través del formulario de contacto (a la izquierda de la página) o en los comentarios de cualquier entrada y yo os lo mando. Pasadlo bien -dentro de lo que cabe- y mantened la moral alta.

Cuando estoy triste o cabreado, me tiendo a refugiar en el humor (en ocasiones, de uno mismo o de la propia situación que me atañe, aunque sea negro), el cine o la literatura. Si ya estáis harto de oír hablar del famoso coronavirus, como puede pasarle a muchos de los lectores de este blog desde España y otras partes del mundo, abandonad este post y coged un buen libro (recomendamos muchos por aquí). Pero si queréis encontrar buenas historias sobre epidemias con las que distraeros en este período de cuarentena obligada o semi-voluntaria, y las que circulan últimamente de manera abundante por otros lares no os convencen ("La peste" de Camus, muy buena pero que no va de enfermedades, y "Contagio" de Soderbergh, tan técnicamente perfecta y realista como aburrida y deprimente), os menciono una serie de libros, películas y capítulos de serie a los que no se les está publicitando tanto y que pueden llamaros la atención. Entre otros:

-"La máscara de la muerte roja": el periodista Guillem Martínez ha sido uno de los que ha mencionado el clásico "Decamerón" de Boccaccio, donde un grupo de nobles y sus acompañantes se alejan de la epidemia de peste a un lugar aislado y se entretienen narrándose cuentos cortesanos. En realidad resulta fácil deducir tras unas pocas páginas que el autor italiano emplea la enfermedad como una vaga excusa para relatar un conjunto de historias sobre temas esencialmente mundanos y frívolos. Como podéis ver, todo muy burgués y clasista, propio de un grupito de aristócratas que huyen adonde no pueden hacerlo los pobres, y creen que la epidemia no les alcanzará (o, en todo caso, que es mejor que el fin del mundo les pille riendo). El cuento "La máscara de la muerte roja", de Edgar Allan Poe, reincide en esa idea, pero le da una vuelta de tuerca a partir de la mentalidad circular que en aquella época impregnaba un cerebro de Poe que se hallaba empapado hasta las cejas de opio. Por cierto, que aparte de la traducción probable de Cortázar que encontraréis por ahí, hay una adaptación al cine de Roger Corman (un clásico del terror de serie B setentero) con Vincent Price (otro clásico) como protagonista pero, como suele ocurrir, es difícil igualar el toque del original.

-Si Guillem Martínez menciona "Guerra Mundial Z" como paralelismo con la situación actual y sus posibles resoluciones, y a riesgo de repetirme porque ya lo he mencionado alguna vez en redes sociales, en este podcast de "El gato de Hubble" que proporcionaba mucha información sobre epidemias hablábamos de libros como "El último hombre" de Mary Shelley, películas como "Estallido" (donde la cosa se lía porque nadie le hace caso al científico, como pasaba en "El origen del planeta de los simios"; así que, ¡haced caso a los científicos, que son los que saben, y no a los bulos que corren por Whatsapp!), "And the band played on" (sobre el rastreo de los primeros pacientes afectados de SIDA), y por supuesto las mucho más comerciales "Soy leyenda", "28 días [y semanas] después", "12 monos", "Guerra Mundial Z" y "Contagio" también. De paso se nos fue la olla divagando sobre muchísimas cosas acerca de enfermedades, y de otras que no lo son tanto. Por cierto, hace poco el periodista Pedro Vallín (autor del libro que tengo pendiente, "¡Me cago en Godard!"), decía que esta situación le recuerda a "Shin Godzilla", pero a mí, tal como está la cosa, veo más paralelismos con "El incidente" de Shyamalan.

-Ya que entramos en el tema zombie y de ciencia ficción, e intentando no hacer spoilers -¡atención, si la serie os interesa saltaos tres líneas!-, el último capítulo de la tercera temporada de "El Ministerio del Tiempo" trata de cómo los viajes temporales pueden influir en las enfermedades (aunque también hay una referencia clave a la gripe española, si no cito mal, durante la segunda temporada). Hay un par de libros dedicados al este sugerente tema, pero como no los he leído, no me atrevo a recomendaros directamente. Por otra parte, si "Pandemia" de Robin Cook ahora sale en la lista de los más recomendados (no confundir con la de serie documental Netflix, que por lo visto ha aparecido por casualidad -¡de veras!- en la fecha de expansión del virus, y que según dicen es un ensayo médico muy serio), su colega de profesión el también escritor y médico Michael Crichton escribió "La venganza de Andrómeda" sobre un virus extraterrestre que empieza a pulular sobre la Tierra después de que un grupo de simpáticos pueblerinos estadounidenses decida abrir un satélite caído del cielo casi literalmente a martillazos. Enternecedor.

-Siguiendo con las series, "House", cómo no, tiene varios capítulos dedicados a epidemias, pero uno en concreto (creo haber confirmado que era el cuarto de la primera temporada, "Maternidad"; pero justo en el momento en que escribo estas líneas se me hace difícil encontrarlo) detalla los mecanismos por lo que puede transmitirse una enfermedad contagiosa por vía aérea: un conocimiento muy útil ahora que estamos en esa delicada fase de #Frenarlacurva del COVID-19, y debemos tratar de expandir el virus lo menos posible.

-"Ensayo sobre la ceguera", por supuesto, de Saramago, es ya un clásico moderno de estas latitudes (ello no evita que sea absolutamente recomendable), aunque la historia trate menos de las epidemias, como fenómeno médico, que de las consecuencias humanas que surgen a raíz de las mismas. Por cierto que, hasta cierto punto, "Las intermitencias de la muerte" es una continuación que tiene muchas derivadas apasionantes, aunque esta vez sobre el fenómeno contrario: nadie consigue morir. Tened cuidado con lo que deseáis...

-Y para terminar, cómo no, un clásico: "Frankenstein de Mary Shelley", de Kenneth Branagh, donde el director británico se toma la licencia (que yo sepa, no está en el libro original, por supuesto maravilloso) de incluir un brote de cólera que aprovecha el Dr. Frankenstein para llevar a cabo sus experimentos, y que a mí me recuerda más que ninguna otra narración a estas épocas medievales donde las epidemias desestructuraban la civilización y el caos provocaba más víctimas que la propia enfermedad (un ejemplo que suelo poner a menudo: dicen que buena parte de los leprosos desaparecieron tras la epidemia de Peste Negra porque se murieron sus cuidadores, y los enfermos se quedaron encerrados en las leproserías sin que nadie viniera a atenderlos). Así que recordad siempre que, si hay algo peor que lo que genera miedo, es el propio pánico. Por lo tanto, cabeza fría, seguid las recomendaciones de los médicos, no contagiéis mucho, y permaneced en casa. Nos vemos próximamente, sin duda vivos y sanos.

Un abrazo (os quiero a todos: de verdad, cuidaros mucho, y cuidad sobre todo a los más vulnerables entre los vuestros) y mucho ánimo también.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Los libros de diciembre. Divulgación científica: "¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?" y "500 años de frío".

A veces es sorprendente la escasa comunicación que existe entre los mundos literario y científico. Se dan casos de individuos eruditos en el campo de las letras que, sin embargo, no sienten en absoluto la necesidad de adquirir unas mínimas nociones de cultura científica (por supuesto, también ocurre al contrario). Dentro de los científicos, por otra parte, existen aquellos que consideran despreciable cualquier forma de comunicación que no sea para indicar contenidos prácticos, pero también hay algunos que constituyen infatigables consumidores de literatura, y que incluso se han sentido estimulados por los autores de ciencia ficción y fantasía para realizar sus particulares descubrimientos, u orientar su carrera profesional. Para mí, la ciencia siempre ha sido una fuente de inspiración y documentación: me descubre insólitos hechos de la naturaleza, abre infinitas posibilidades, y proporciona anécdotas sorprendentes. Es por ello por lo que valoro en gran medida la figura de los divulgadores científicos, quienes ponen en conexión el mundo de los investigadores (por lo general encapsulados dentro de la burbuja de sus respectivos laboratorios, aunque también puedes encontrar muy buenos divulgadores entre ellos) con el público general, y ayudan con su encomiable labor a que la sociedad reclame sus representantes una mayor inversión en ciencia. Un trabajo muy importante a la hora de obtener financiación, un tesoro muy preciado y que tiende a escasear en estos días.

Antonio Martínez Ron es uno de estos grandes divulgadores. Le conocí a partir de un desconcertante y curiosísimo blog "Libro de Notas. Guía para perplejos", pero luego le he visto nadando en todas las salsas. Colabora en Naukas, ha ejercido de divulgador científico en periódicos digitales, organiza debates y conferencias (la última en la que estuve, en el Planetario, discutía sobre la colonización de Marte) y por supuesto alimenta periódicamente su blog Fogonazos, del cual Martínez Ron ha extraído algunas de las historias más jugosas para publicar el libro que hoy nos ocupa, "¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?". La respuesta sencilla a esta pregunta sería decir -y por eso precisamente viene tan a cuento-, "fogonazos", pero el por qué concreto de esa respuesta dejo que vosotros mismos lo descubráis.



A lo largo de sus páginas, Antonio Martínez Ron (@aberron en Twitter, donde despliega una bulliciosa actividad) abre y cierra en pequeños capítulos varias decenas de universos en los que podemos sumergirnos y quedar arrebolados. Explosiones nucleares a tutiplén, aventuras sin parangón en el espacio, el cerebro de Einstein en el maletero de un coche, magos que entrenan a la CIA, granjeros virtuales chinos del World of Warcraft, cabezas criogenizadas, cerditos que viven sin sangre, calamares gigantes custodiados por el ejército de Estados Unidos, cápsulas del tiempo, dioses informáticos creados por sus propios seguidores y un largo etcétera. Entre ellas, sorprendente especialmente las asombrosas maneras de funcionar del organismo humano, y en concreto de su el cerebro: gente que percibe que su mente sale de su cuerpo, o que el tiempo se ralentiza; individuos que están convencidos de que su pene está encogiendo; Philip K. Dick proclamando que otros escritores forman parte de una conspiración internacional... Como veis, la diversión está asegurada. Y, de paso, todos incrementamos un poquito nuestro conocimiento científico. Quizás, si hay que ponerle una pega, es que a lo largo de las historias algunos temas se repiten, y supongo que es porque Martínez Ron, como todos, siempre tiene asuntos fetiche que le llaman en mayor medida la atención (por supuesto, cada cual encontrará ciertos capítulos más apasionantes que otros). Pero, al tratarse de un libro de historias independientes, es fácil seleccionar sólo las que más nos entusiasmen a título individual.



El otro libro de divulgación que venía a recomendaros hoy -aunque éste tiene también mucho de historia y de aventura- es "500 años de frío", de Javier Peláez, @irreductible en Twitter, red social en la que comparte amistad y cachondeo con Martínez Ron entre otros, aunque este nombre de guerra sirve también de homenaje a su blog particular. En este caso, Peláez trata de resumir bastantes más de 500 años de exploración ártica en busca del Polo Norte y los míticos pasos del Noreste y Noroeste, entre otros hitos históricos. De paso, el libro habla también sobre el comercio de las especias, novedades científicas, balleneros, las casi siempre complicadas relaciones con los pueblos indígenas, y las situaciones límite que vivieron los exploradores y que les llevaron a explorar de manera adicional los aspectos más íntimos de la condición humana, ésos que exhibimos -de manera más diáfana-, cuando nadie nos ve: traición y altruismo, engaño y coraje, perseverancia y fracaso, ansia de descubrimiento o de gloria, tragedia y belleza. Todo ello, por supuesto, unido a chapuzas, planes surrealistas, errores descomunales y un sinfín de divertidas anécdotas. Por otra parte, si resulta que después de leer este libro no os habéis quedado congelados del todo en tan inhóspitas latitudes, entonces quizás deberíais echarle mano a otro libro, "Confines" de Javier Reverte, donde el célebre cronista de viajes cuenta a su propia manera la búsqueda del paso del Noreste y la conquista del Polo Norte (Reverte ya escribió otro libro, "En mares salvajes", sobre la búsqueda del paso del Noroeste, cuya conclusión no os adelanto, pero que otro periodista resumió de manera muy poética y simbólica aquí), para luego dirigirse al otro extremo del mundo y narrarnos las desdichas de los viajeros que se dedicaron a explorar la Tierra de Fuego chilena y argentina y algunas de las regiones más salvajes de la zona sur del continente americano. Lo curioso de leer varias versiones del mismo tema reside, especialmente, en hallar las diferencias entre las interpretaciones de unos y otros, lo cual indica que buena parte de lo que sabemos de los viajes árticos dependen en gran medida de lo narrado por los supervivientes, y que a veces la verdad no es tan sencilla de dilucidar. Por otra parte, si preferís congelaros a través de una pantalla, la bastante atractiva primera temporada de la serie "The Terror" de la AMC, disponible en Amazon Prime y producida por Ridley Scott -basada, a su vez, en una novela de Dan Simmons, el creador de "The Wire"-, se centra precisamente, aunque de un modo bastante libre (no es de extrañar, pues carecemos de bastantes datos del episodio original, uno de los más misteriosos del Ártico), en una de estas expediciones polares.

Por cierto, un detalle: estos dos libros que os recomiendo me los envió, en formato ebook, una persona muy querida como presente de cumpleaños. Lo digo por si estáis buscando ideas para esta época, en la que vienen de perlas regalos que reconforten cuerpo y alma, y que cumplan además los requisitos de que no haya que talar ningún árbol para generarlos (o, si hay que hacerlo, que al menos se adquieran en una librería pequeña, de ésas a las que tanto les cuesta hoy en día sobrevivir), y también que no sea imprescindible comprárselos a ningún gigante de los que se dedican de manera sistemática a evadir impuestos. No sé si el receptor del obsequio os lo agradecerá, pero desde luego el medio ambiente, el pequeño comercio o la justicia social se verán beneficiados por vosotros. Porque, al fin y al cabo, ¿no se supone que estas fechas están hechas de buenos propósitos?

lunes, 1 de abril de 2019

La historia real, la película y la serie de abril: el caso Getty

Lo ha contado una película ("Todo el dinero del mundo", dirigida por el archiconocido Ridley Scott) y una serie de la HBO ("Trust", en la que participa, entre otros, el también multipremiado Danny Boyle) y, sin embargo, tenemos tantas dudas como certezas. Partamos del principio: tenemos a Paul Getty, un archi-multi-hiper-mega-millonario británico de los años 70, dueño de una de las mayores empresas petrolíferas de todos los tiempos. Consigue, merced a trucos fiscales, prácticamente no pagar impuestos. En la película, lo interpreta un majestuoso Christopher Plummer; en la serie, un afiladísimo Donald Sutherland. Las dos versiones coinciden en que es un puñetero tacaño; insiste más en ello el personaje de Plummer. Sutherland, aún aparentándolo hasta el tuétano, da la impresión de emplear el dinero, sobre todo, para controlar a los demás. Siempre tiene que quedar por encima del resto. Siempre tiene que ganar algo (aunque, en eso, la versión de Plummer tampoco le va a la zaga). Por tener, hasta tiene un puñetero harén (firmado por contrato, con la prohibición legal de tener hijos incluida) y un tipo pagado para darle conversación o, si es menester, leerle literatura erótica. En ambos casos, por cicatero o por egocéntrico, un hijo de puta ilustrado, que ama el arte clásico o renacentista (tenía una particular fijación con los mármoles del Partenón) más que a cualquiera de sus hijos o de sus nietos.Y en esta historia real, la ocasión de demostrarlo se presenta cuando uno de sus nietos (un adolescente alocado que vive en Italia) es secuestrado y se exige un rescate por él. El viejo millonario al principio se muestra incrédulo, luego receloso y, más adelante, inflexible. No va a pagar. El poseedor de la fortuna más increíble del mundo se niega a pagar para salvar la vida de su nieto.

 

Más allá de las diferencias de tono, que las hay, y evidentes, sorprende la disparidad en las versiones. Los hechos fundamentales están claros, pero algunos de los más destacados se presentan de manera radicalmente distinta en cada producción, indicativo seguramente que, de este secuestro, los implicados no han querido contar mucho (no es de extrañar, dado por dónde discurren los derroteros), tanto por el lado de la familia Getty como de los secuestradores (como en otros aspectos, no quiero avanzar mucho acerca de la trama, pero digamos que la pobreza criminal del sur de Italia acaba teniendo mucho que ver). Por supuesto, la serie, con más tiempo de metraje, entra con mucha mayor complejidad en ciertas cuestiones: el ambiente del enclave donde se concentran los secuestradores, la atmósfera tan irrespirable de la mansión Getty (la tensión entre las cuatro mujeres de ese harén tan particular que compite por los afectos del viejo; el férreo dominio que el millonario ejerce sobre los hijos, narrándose con especial dedicación cómo el padre del nieto secuestrado vive su particular descenso a los infiernos; el rocambolesco camino que lleva al nieto hasta la situación del secuestro; hasta las inquietudes del servicio doméstico de la mansión Getty). Hay un nexo común, sin embargo, muy claro entre ambas historias: la madre del secuestrado, interpretada en la película por Michelle Williams y en la serie por Hillary Swank. Mientras que Williams ejerce más de "madre coraje", partiéndose la cara por su hijo, Swank no ansía menos su vuelta , pero navega bamboleada por fuerzas mucho más poderosas que ella. Mientras que Williams es la protagonista principal de la cinta exhibida en cines, enfrentándose titánica a la piedra inerosionable que supone su suegro Plummer, "Trust" es una producción coral donde Donald Sutherland es la gran estrella de rock, dando paso a todo su divismo (endiabladamente retorcida es la manera que administra el secuestro), pero donde Swank y los actores que interpretan a su marido y su hijo (así como un Brendan Fraser que hace de negociador al que sólo le faltan dos pistolas y una placa de sheriff para ejercer de arquetipo de atípico héroe americano) tienen también un poderoso peso en la trama. En ese sentido, en la película, aparte de Plummer, a Williams sólo le da la réplica un Mark Wahlberg que hace de hombre fuerte del millonario en Italia, describiéndose sus relaciones (respecto a la serie de HBO) de manera muy distinta.

¿Cuál de estas dos versiones es mejor? Probablemente -y aunque tenga el handicup de haberse estrenado más tarde-, "Trust"; no sólo por una mayor profundidad en el tratamiento de la historia, no sólo por sus actuaciones, sino también por su sentido estético, su fotografía, su descripción del contexto. La película de Ridley Scott (que se antoja en cambio más realista a la hora de tratar los aspectos más controvertidos del asunto, incluso aunque el protagonista principal sea mucho más bidimensional) sufre sin embargo de un problema de ritmo, pues pretende contar una historia muy larga de manera condensada, y a pesar de ello se hace eterna, en concordancia con el transcurso del proceso, cuestión para la que es más útil desde luego el formato de una serie (al contrario de lo que suele pasar con otro tipo de relatos), donde además el montaje juega para mantenernos en tensión todo el rato. Da la sensación, además, de que Ridley Scott ha hecho grandes películas, y que sabe captar perfectamente el momento para contar una historia, pero que ya se ha pasado la época de sus más esmeradas producciones. En cambio, la HBO ha conseguido aquí uno de sus acabados más logrados, aunque ciertamente no de los más populares. En ambos casos, mansiones británicas, villas romanas, el mísero sur de Italia, altas finanzas y bajas miserias morales, un cóctel imprescindible para una más que impactante historia. Quedaos con la que gustéis.

lunes, 11 de marzo de 2019

La serie de marzo: "Press"



Nos encantan las buenas historias de periodistas. Incluso ahora que el periodismo anda tan en descrédito. Quizás por eso incluso más. Porque ahora que vemos a tantos llamados "periodistas" que siguen al dedillo la agenda de los poderes políticos y fácticos, que publican noticias falsas, que sólo buscan el clickbait, nos volvemos hacia los viejos referentes de lo que esa idolatrada profesión debería ser. Y la serie de televisión británica Press ha venido a llenar ese vacío.

Press (con seis capítulos de una hora de duración) parte de los dos ángulos opuestos, dos formas de enfocar las noticias. Una es la del clásico, riguroso, combativo The Herald, de componentes con ética periodística intachable, que recuerdan en cierta medida a los protagonistas de The Newsroom, otra serie ya mítica sobre el periodismo, aunque en este caso los personajes no tienen la necesidad (disculpable, por el otro lado, en los brillantes diálogos de Sorkin) de arreglar el planeta con cada discurso, aunque sí que aprovechan para introducir muy buenas reflexiones sobre el mundo que les toca lidiar. Y, por el otro, tenemos The Post, un tabloide británico de la peor calaña, liderado por su director (un villano como hacía tiempo que no veíamos, interpretado por Ben Chaplin), el cual sólo piensa en las ventas, sin importarle qué normas puede quebrar, ni a cuánta gente destruir con cada uno de sus actos. Por supuesto, esto es la vida real: mientras que para los periodistas de "The Herald" (buenos, muy buenos, demasiado incluso) las pasan canutas para conseguir sus objetivos, para los de "The Post" todo es más sencillo, aunque son conscientes de que corren el riesgo de perder el alma con cada uno de sus pasos. Por supuesto, como en buena serie que se precia, el eje central pivota alrededor de los personajes, y por tanto sus preocupaciones personales son tan importantes como las noticias que tienen que manejar.

La serie aprovecha las exclusivas periodísticas por las que pugnan los reporteros para discutir sobre los endémicos males del periodismo: tanto los viejos (la influencia de los políticos y las multinacionales, bien a través de presiones o mediante el discutible papel de los anunciantes), como los nuevos. En este sentido, resulta muy representativa la idea que los integrantes de los distintos periódicos reciben acerca del uso de las nuevas tecnologías: mientras que a una bisoña periodista de "The Herald" le dejan claro que no todo son mails y redes sociales y que de vez en cuando toca gastar las suelas como en los viejos tiempos, en "The Post", cuando buscan desprestigiar a alguien por motivos más que turbios, se ponen a rebuscar entre la basura de sus viejos tuits. ¿Les suenan estos debates en nuestros días? Ahora imagínense las mismas escenas en las sedes de eldiario.es y OKDiario. O en algún periódico del quiosco que ha ido perdiendo lustre con cada portada, sin ir más lejos.

Desde luego, uno podría pensar que (como en Spotlight, como en la película de Spielberg The Post) es la nostalgia la que invade esta serie, acerca de una edad de oro del periodismo que ya no existe, y al ver la secuencia de una imprenta funcionando en su mágico estilo ("a quién le importa la edición impresa, si nadie la lee", le insinúa una abogada a la directora de "The Herald", quien le devuelve una mirada fulminante), cabría pensar que es así. Sin embargo, Press también reparte estopa a las viejas generaciones, desde su demasiado flexible actitud hacia las mujeres hasta su también excesivamente flexible manejo de la verdad (en ese sentido, la sombra de Kapuscinski y la discusión en torno a su figura se muestra tremendamente alargada; hasta el periodista que sirve para representar a su alter ego se parece a él).

Sin embargo, más allá de los debates sobre el periodismo (¿edición digital o impresa?; ¿gratuidad o suscripción?; ¿sobre qué asuntos se pone el foco y cómo?; ¿qué noticias se pueden o deben publicar, o dejar en cambio en el cajón?), como en toda buena serie, repetimos, la clave está en los personajes. En reporteros comprometidos, en otros que han perdido el rumbo, en magnates de la política o las finanzas, o el director del tabloide, tan despiadado como impredecible y poliédrico, uno de los caracteres que llevan el peso de la trama capítulo a capítulo, y sin duda uno de los motivos principales para ver esta serie. Aunque existen unos cuentos más.

La serie Press emite su primera temporada, y está disponible al completo, en Filmin.

lunes, 12 de enero de 2015

La serie de enero: "Silk"

Desde la última entrada del blog que dedicamos a series de televisión (aquí un enlace), hay una nueva hornada que han pasado a formar parte de mis favoritas. Algunas seguramente las conozcáis: Orange is the new black, True detective, Medium, Gotham, Caso abierto, Arrow... No obstante, hay una que hace poco he descubierto prácticamente por casualidad, y que quisiera compartir con vosotros. Se trata de la británica Silk, que describe el día a día de un bufete de abogados británico, y todas las grandezas, miserias e intrigas personales que se tejen a su alrededor.


Probablemente algunos me diréis, "ya, una serie más de abogados". Y en muchos sentidos os daré la razón de que se ha abusado mucho de este género, y no en demasiadas ocasiones ha podido aportarnos algo relevante. No obstante, la serie tiene algunas características más que atrayentes, y en muchos sentidos quizá pueda decirse que ha alcanzado el punto culmen de su especie. Y no sólo porque sea original en numerosos aspectos: sino sobre todo (y como en casi todas las buenas series) por la fuerza y el carisma de sus personajes y de sus tramas.

Primer dato a tener en cuenta: es una producción que (como las imágenes que os muestro de la serie) pertenece a la BBC. Eso no sólo garantiza calidad, sino que además le da una particularidad a la ficción, y es de encontrarse ambientada en el sistema legal británico. Por tanto, bienvenidos al mundo de las pelucas pre-decimonónicas, los discursos pomposos y los letrados a quienes sus familias pagaron una carrera en Oxford y Cambridge, que se combina a su vez con la Inglaterra mestiza, repleta de "hooligans" irredentos, y de chocantes y paradójicas desigualdades sociales. De hecho, algunas cuestiones referidas a la forma de hacer justicia en la serie pueden sorprender al espectador, en algunos casos por sus grandes diferencias con España, y en otros porque te da la sensación (no me han podido confirmar si fundada o no) de que algunas situaciones no pueden ser realistas y las ha introducido algún guionista malévolo con el fin de meter en un aprieto a sus protagonistas principales (por poner un ejemplo, el compadreo que se traen entre sí jueces, abogados y fiscales  no parece ni medio lógico; aunque -y mucho más en España- cosas más raras se han visto). La serie, de hecho, emplea como punto de partida un aspecto exclusivo del modelo británico, y es que dos de los abogados del bufete protagonista, Shoe Lane Chambers, aspiran a obtener "la seda" (silk, que da título a la serie) representativa del cargo de Consejero de la Reina, una especie de ascenso en el mundo de los abogados que te da acceso a mejores casos, más sueldo y el reconocimiento de tus colegas. Claro que, con la abundancia de pirañas que se mueve en este mundillo, eso de que llames demasiado la atención puede convertirse en algo fatal.


Y aquí tenemos el eje principal alrededor del cual se mueve la serie. Martha Costello (en la imagen superior, con peluca) es una de las abogadas que aspira a conseguir el título de Consejero de la Reina, teniendo que combinar sus ambiciones profesionales -en un mundo mayoritariamente de hombres- con sus propios problemas personales. Si por algo destaca Martha, y es lo que la hace un personaje admirable que atrapará al espectador desde el principio, es por su pasión: es capaz de desvivirse y de meterse en los mayores trances por un cliente, por los que por supuesto lucha siempre en el lado del abogado defensor. Y lo hace porque Martha ha deseado asumir esa media mentira que dice que todos merecemos un juicio justo, que el cliente es inocente hasta que se demuestre lo contrario, y que hasta el tipo a priori más deleznable merece una oportunidad. Claro que Martha tiene un problema, y es que tiene conciencia, lo cual muchas veces no casa con lo que tiene que hacer a causa de su trabajo. Pero si Martha tiene un problema mayor, éste consiste en que se trata de una abogada defensora nata: como le dicen en la segunda temporada de la serie, "si te tocara defender a Adolf Hitler, seguro que pondrías el 100 por 100 de tu esfuerzo en absolverle". Una maldición que lleva a cuestas porque muchas veces le interfiere con su objetivo de conseguir la seda.


Claro que Martha no está sola, sino que cuenta con la "inestimable ayuda" de sus compañeros de bufete. A la izquierda, en la fotografía de arriba, tenemos a Clive, colega y al mismo tiempo competidor por el puesto de Consejero de la Reina. Clive es de un tipo de abogado muy distinto al de Martha Costello: educado en un ambiente selecto, de verbo fluido, no destaca precisamente por su compromiso, y no duda en cambiar de chaqueta o apuñalar por la espalda si cree que para sus ambiciones esto puede ser necesario. A la derecha nos encontramos con Billy. Billy es el "senior clerck" del despacho. Se trata de un cargo más bien administrativo; Billy acepta los casos, los reparte entre los abogados, y procura que, en definitiva, todo vaya bien en el bufete, incluyendo las cuentas. Pero esa es una posición que da mucho poder, y Billy, que es un tipo de la vieja escuela, puede llegar a ser "un poco mafias", por no decir que bastante. Eso sí, afirma que ama incondicionalmente a todos los miembros de su bufete, y que, por procurarles algo bueno, sería capaz de matar o (¡peor!) de transgredir la ley. De todas maneras, no os creáis demasiado mis propias descripciones de los personajes, porque si algo tiene esta serie es que, conforme pasan los capítulos, los guionistas procuran dar una de cal y una de arena y hacen que incluso el tipo más antipático te demuestre que también tiene su corazoncito.

Y además de éstos, los protagonista principales, también hay una serie de caracteres con un rol más o menos secundario. Por ejemplo, el de los alumnos ("pupils") que vienen a aprender lo duro que es esto de meterse en un tan rocoso mundo laboral, y entre los cuales se encuentran algunos de los personajes más interesantes, incluyendo a (ver fotografía abajo) un joven y refrescante Tom Hughes, y a una vieja conocida de un par series que han pasado por España, Natalie Dormer, a quien hemos visto hacer de Ana Bolena en Los Tudor y que ahora tiene un papel pequeño pero brillante en Juego de Tronos.


La serie se basa en describir los casos que ocurren en el día a día y que se entrecruzan con tramas personales y profesionales las cuales evolucionan capítulo a capítulo. Quizás en eso se base el secreto de la serie, que es capaz de combinar toda la tensión de un caso individual (culpable o inocente) con un argumento más complejo y persistente en el tiempo, sin que los problema que tienen ambas opciones a la hora de sostener una serie pesen demasiado en el resultado final. Entre sus defectos, quizás, el hecho de que tratar de condensar cada temporada en seis capítulos hace que, efectivamente, la trama sea muy intensa, pero que algunos hilos (sobre todo en los capítulos finales) se resuelvan de un modo un tanto atropellado. Aparte de que en ocasiones (pecata minuta, y desde luego es algo abundante en otros libros, películas y series) algunos giros de la trama pueden parecer un poco forzados y parezca que a veces las exigencias del guión se pongan por encima de las motivaciones de los personajes. Pero en definitiva, es una buena serie, con personajes complejos y a la vez muy bien perfilados, situaciones que nos ponen al límite como ser humano, y motivos más que suficientes para pegarnos a la pantalla durante cada capítulo de una hora y volver a repetir en el siguiente episodio.

Silk ha tenido tres temporadas, y de momento se especula sobre si habrá una cuarta (los indicios de momento apuntan a que no, quizás porque la tercera, efectivamente, y por lo que he visto, es más flojita que una segunda que desde luego fue bastante buena). No sé si será posible acceder a la serie original a través de la BBC, pero como mínimo os podéis descargar las dos primeras temporadas en versión original subtitulada en Filmin. De momento, en las televisiones españolas no está ni se le espera. Aunque si os animáis un suficiente número de fans, quizás quieran planteárselo.

martes, 1 de octubre de 2013

Las series de octubre

Decía Jorge Luis Borges que no quería escribir novelas porque eso, más tarde o más temprano, significaba rellenar, y que no le veía ningún sentido si podías expresar la misma idea de manera sucinta en un cuento corto. Hernán Casciari, por el contrario, argumentaba que ya no creía en el cine porque, desde que había descubierto las series, no veía la ansiedad de tener que contar una buena historia en hora y media. Sea cual fuere la postura de cada uno, lo cierto es que el hecho de que el cine no se atreviera a apostar por proyectos relativamente arriesgados hizo que algunos muy buenos guionistas -y sus muy buenas ideas- pasaran a la televisión, generando algunas de las historias más impactantes de los últimos tiempos. Reconozco que ha habido pocas series que me hayan impactado tanto que tuviera que seguirlas capítulo a capítulo: House, Expediente X, Colombo, El cuentacuentos, The Newsroom, la serie de Sherlock Holmes de la BBC en los 80, son algunas de ellas. También está claro que hay series que, pese a que tengan sus altibajos o no coincidan al cien por cien con mis gustos personajes, hay que reconocer que albergan grandes tramas, ideas, mensajes, personajes, giros de guión, sorpresas o momentos estelares que han hecho que sus fans las consideren -y con razón- evidentes candidatas a proclamarse las mejores series de todos los tiempos: Perdidos, Prison Break, Breaking Bad, Dexter, The wire, Homeland, Fringe, Shark, Mentes criminales, o, en el apartado de comedia, Me llamo Earl, Frasier Cómo conocí a vuestra madre (otros añadirían sin duda, y con razones lógicas, Twin Peaks, Mad Men, Seinfield, Los Simpson, Friends, The Good Wife, Juego de Tronos, Deadwood, Los Soprano, Big Bang Theory, El ala oeste de la Casablanca, Roma, y tantas otras). Todo esto sin contar algunos éxitos clásicos, incluso aunque el paso del tiempo les haga perder algo de lustre (¿quién no se estremecía con McGiver o Starman?), ni tampoco las series de animación, uno de los apartados en que los españoles (especialmente en los años 80, con unas cuantas producciones míticas en colaboración con los japoneses) hemos de sentirnos más orgullosos, incluso aunque no tengamos un Batman, un Spiderman, unos Simpson, y ni siquiera unas Gárgolas. Para que en este blog existan todas las manifestaciones culturales posibles, este post va dedicado a unas pocas series que quizás han sido menos conocidas o publicitadas por los medios, pero que creo que también requieren de su huequito en el imaginario colectivo. Y estas series son las siguientes:

  • Death Note (Cuaderno de muerte).

Anime japonés que causó gran impacto en su país y fuera de él, esta serie es capaz de combinar una intriga mayúscula con elementos sobrenaturales para crear una trama absorbente de la que difícilmente te puedes desenganchar. El punto de partida es el siguiente: un shinigami (difícil definir el concepto en unas pocas palabras, pero vamos a resumirlo en una especie de "ángel oscuro") arroja a la Tierra un "cuaderno de muerte", es decir, un bloc de notas que tiene la propiedad de que, si su portador escribe un nombre en él, la persona cuyo nombre es anotado en el cuaderno muere de manera prácticamente automática. El receptor de este cuaderno es Light Yagami, un estudiante brillante, narcisista, y que se cree con capacidad por encima del resto para decidir entre el bien y el mal. A partir de allí, el argumento se complica en lo que se convierte en un maquiavélico y retorcido juego de ingenio entre Light Yagami y sus adversarios, especialmente el enigmático detective L, que está dispuesto a darle caza en lo que se trata sin duda de una lucha sin cuartel a muerte en la que sólo uno de los dos -si acaso- sobrevivirá. El mejor aspecto de esta serie radica en que, pese a la brevedad de sus capítulos (apenas veinte minutos), ni un segundo está desaprovechado: cada episodios puede introducir 2 ó 3 cambios que alteran dramáticamente las circunstancias de los protagonistas, empleando los guionistas todas las armas a su alcance (circunstancias inesperadas, un afiladísimo uso de la lógica por parte de los personajes más implacables, e incluso elementos fantásticos cuando éstos permiten dar más juego), de tal forma que la serie en conjunto da 4-5 cambios de rumbo completos en cuanto al guión original. Cuidado que vicia.

  • Fawlty Towers.

Quizás yo sea más de Borges que de Casciari, pero siempre me ha dado la sensación de que si una trama se alarga indefinidamente (y en las series suele ocurrir así, pues no se suelen cancelar hasta que baja la audiencia, o hasta que algún guionista con cabeza decide que esto hay que cerrarlo), la historia pierde bastante fuelle y acusa la repetición. Este mismo fue el motivo por el cual John Cleese (uno de los miembros más destacados de los Monty Python) decidió realizar solamente 12 -pocos, pero muy selectos- capítulos de esta ya mítica ficción que, aunque poco conocida por estos parajes, es todo un clásico de la televisión británica. La ambientación, de hecho, se basa en un suceso real: cuando los Monty Python fueron a trabajar a un pueblecito inglés de la costa llamado Torquay, se alojaron en un pequeño hotel con un dueño bastante peculiar. Tanto, que le gritaba a todo el mundo, se desquiciaba por cualquier cosa, trataba de manera insultante a muchos clientes e incluso -dice la leyenda- arrojó la maleta de uno de los integrantes del equipo por un acantilado, creyendo que escondía una bomba (en realidad, el "tic-tac" que el angustiado hostelero escuchaba correspondía a un reloj-despertador). Cuentan también las crónicas que todos los miembros del grupo cómico abandonaron el hotel, indignados, salvo Cleese, que vio potencial cómico para ello, y se quedó anotando las excentricidades de este individuo, que se convirtió en el protagonista de la futura serie, acompañado de la sufrida mujer que le aguanta, el camarero español que entre su desconocimiento del idioma y su torpeza no acierta a dar una a derechas (¡español, sí, de Barcelona!: todavía hay algunos ingleses que creen que la gente de Barcelona tiene fama de tonta a raíz de esta serie), y la pobre camarera que trata de tapar los agujeros en este hotel de los líos donde no paras de troncharte de risa (por cierto, la camarera es la mujer real de John Cleese, y co-guionista de la serie). Para verla con un medicamento contra los dolores de barriga provocados por las carcajadas. 



  • The Lost Room (La habitación perdida).

Otro ejemplo de serie ejecutada con un principio y un fin premeditados, y es que la trama obligaba, y precisamente ahí puede radicar su éxito: todo gira en torno a una serie de objetos aparentemente anodinos (un peine, un ojo de cristal, un billete de autobús), los cuales poseen propiedades sorprendentes e inexplicables, desde la capacidad de freír un huevo hasta la detener el tiempo, o la de de enviarte en unos segundos de un porrazo a una carretera abandonada en mitad de Nuevo México. Estos objetos se encuentran relacionados con una misteriosa habitación -la cual sólo puede abrirse gracias a una codiciada llave-, donde se rumorea que en el pasado ocurrió un suceso terrible. Un policía se apropia de manera casual de la llave y, por un accidente, pierde dentro de la intrigante habitación a su hija, la cual desaparece sin dejar rastro. Para conseguir recuperarla, el policía tendrá que moverse en un mundo poblado por variopintos individuos que harían cualquier cosa conseguir los objetos, con el objetivo de destruirlos, hacerse poderosos con ellos o utilizarlos para reparar los errores del pasado, pero el policía mantiene la única obsesión de encontrar a su hija, sin conocer, al otro lado de la habitación, qué verdad se le va a revelar y, sobre todo, sabiendo que no hay nada ni nadie de quien se pueda fiar...
  • El Conde de Montecristo.

¿Resumir el novelón de El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, de más de mil páginas, en dos horas de película? La directora francesa a la que propusieron este encargo se negó, y opinó que era mucho mejor hacer una miniserie de cuatro capítulos, con dos horas cada uno, y eso que se come buena parte de la estancia en la cárcel. A través de buenas interpretaciones y una cuidada escenografía, la clave de esta miniserie está, como no, en los diálogos, en el argumento, en los personajes, todos ellos esplendorosamente mostrados desde el clásico inmortal de Dumas, porque, como suele ocurrir, las mejores historias para la pantalla provienen de los libros. Fue seguramente la más lograda de un grupo de producciones con las cuales los franceses pretendieron homenajear a sus títulos claves en la literatura. Aquí el ejemplo ha cundido poco -aunque algún clásico en pantalla tenemos-, pero aún nos encontramos a tiempo.

Dicen que la clave de las series está en los personajes. Dicen que las series sirven para ver la evolución de los mismos, o que pueden, de manera más realista, captar retazos de nuestras vidas y describir la realidad cotidiana con mayor rigurosidad. De igual manera, quizás podamos ser protagonistas de nuestra propia serie, de nuestra propia vida, haciéndonos cada vez más interesantes y dejando pocos espacios en blanco que se tengan que rellenar. Mientras nos perfeccionamos a nuestra manera, siempre podremos admirar finales felices como los que (frase de V de Vendetta mediante) sólo son posibles en el cine. O en la televisión, quién sabe.