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miércoles, 1 de julio de 2026

El relato y la historia real de julio: "Fuego y tormentos"

 Fuego y tormentos.

Inspirado en una historia real

 

                Hay días que se parecen mucho al infierno. Si, en el lugar donde resides habitualmente, resuena el estruendo del entrechocar de armas; si la temperatura, por las habitaciones incendiadas, asciende a la que sufrirías en una caldera donde podrían estar cociéndote; si no estás seguro de, si en la próxima hora, seguirás vivo o si podrás salir de allí… pues no hay demasiadas diferencias a haber sido condenado al fuego y el suplicio eterno. Sobre todo, si estás en manos de unos herejes como los españoles. Porque eso quizá te demuestre, con cierta probabilidad, que te has equivocado de Dios.

                Pero vamos a dejar de lado lo que está ocurriendo dentro del resto del castillo de Guillermo de Orange, quien, por cierto, se halla muy lejos de allí mientras sus servidores son masacrados, desmembrados o, en el mejor de los casos, arrojados piadosamente por las almenas. Ahora mismo sólo vamos a concentrarnos en una habitación, la cual, desde luego, daba mucho miedo desde fuera, a causa de los recientes gritos que habían salido de ahí. Pero en este momento concreto, por un instante, se ha hecho el silencio. Parece que, desde dentro, la persona que está a cargo (de ropas negras, figura enjuta y rostro cetrino; al pesar de su esmerado bigote y su trabajado neerlandés, no consigue ocultar su origen español) quiere darle oportunidad a otra persona. Esta última se halla sentada, aunque en contra de su voluntad; sus manos están atadas junto a la parte posterior de una silla. Aunque quien se encontrara allí se sorprendería, sobre todo, por sus manos. De hecho, el torturador que se sitúa detrás de él, a pesar del horror, no puede parar de mirarlas. Y eso que el espanto que se abre ante sus ojos lo ha provocado él. Pero no es común contemplar a un individuo que se ha quedado sin ninguna uña en sus dedos. La carne viva se exhibe con crudeza en las falanges, de las que aún rezuma un líquido negruzco y pegajoso. El rostro del torturado refleja la angustia de la situación. Pero eso es lo que resulta más extraordinario aún.

                A pesar de todo, no ha hablado.

                -No entiendo ese empeño tuyo, la verdad -indica el hombre de pie, frente al prisionero, tratando de disimular todo lo posible su acento de origen hispánico-. Sólo es un puto cuadro. A ti ni te va ni te viene. Y todo esto puede cesar ahora mismo. Te pondremos en una cama, te curaremos las heridas. A cambio, simplemente, de que nos digas dónde está.

                El hombre maniatado, empero, sigue sin soltar prenda. El individuo que acaba de soltar la parrafada le hace un gesto al torturador. Éste abre mucho los ojos, como esperando una corroboración. ¿En serio?¿Vamos a llegar a esto?, parece preguntar con incredulidad. La figura de ropas negras, ahora mismo el representante del duque de Alba en estas tierras, asiente. Sí, en efecto, vamos a llegar a esto. El torturador se coloca frente al prisionero y se agacha. Coloca los brazos delante de su cuerpo y, al hacerlo, aproxima unos alicates muy pequeños que acerca al dedo gordo del pie izquierdo del torturado, quien tiene los pies descalzos. Coloca los alicates, con mucha delicadeza, envolviendo por arriba y por abajo la uña de dicho dedo. Gira de nuevo el cuello, buscando una última confirmación, o más bien lo contrario. El español agacha la cabeza, procurando no mirar: le resulta horripilante, pero sabe que es necesario. El torturador agarra con más fuerza los alicates.

                -¡Lo hemos encontrado!-oye a su espalda.

                Un suspiro de alivio recorre los pulmones de todos. Los tres individuos en la sala orientan los ojos hacia la puerta de entrada, donde la persona que acaba de llegar dirige a unos individuos para que entren en la habitación mientras cargan con una pintura. En realidad, es un tríptico; se halla cerrado, pero, a una indicación del español, los hombres que lo transportan abren la doble hoja que sirve de portada, y la composición pictórica se muestra en todo su esplendor. Ahí está: el cuadro por el que han hecho sufrir a ese hombre durante horas. Lo ha creado un enigmático y sin duda retorcido autor holandés. Algunos le llaman “el Bosco”. Se supone que representa el cielo, el infierno, y el paraíso terrenal. Al español le parece una pesadilla. Pero, cuando le ordenaron asaltar el castillo de Guillermo de Orange, aunque esta guerra se lleve a cabo por razones muy distintas, el duque de Alba le proporcionó una indicación muy precisa: “localiza el cuadro. Es tu absoluta prioridad”.

                Por eso se ve en la necesidad, hasta personal, de preguntar al torturado:

                -Ya ves. Al final lo hemos encontrado. Todo tu esfuerzo ha sido en vano. Ahora dime… ¿por qué esa cerrazón?¿Ha sido por lealtad a tu dueño? Porque, tenlo claro, él no lo hubiera hecho: en tus mismas circunstancias, él te hubiera vendido a la más mínima oportunidad. Eso lo sabes, ¿no? Así que, dime… ¿por qué nos ocultabas el emplazamiento del cuadro?

                El torturado alzó ligeramente la cabeza. Casi podría decirse que sonrió.

                -Esa pintura está maldita. Tiene algo demoníaco. No quiero tener nada que ver con ella.

                Escupió hacia un lado. De sus labios se vertió un hilillo de sangre.

                -La victoria será vuestra… pero el infierno… también es para vosotros.

                El español tragó saliva. Maldita sea si entendía algo de todo esto. En todo caso, había hecho su trabajo. Volvió a echarle un nuevo vistazo a la obra.

                Esperaba que el rey español (quien seguramente sería, a partir de ahora, el nuevo dueño de aquella enrevesada pintura) no tuviera que arrepentirse de lo que había conquistado… Rezó también por que terminara, cuanto antes, aquella maldita guerra.

 

Aclaración histórica: el episodio por el cual el guardián del castillo de Guillermo de Orange fue torturado de esa manera concreta por hombres del duque de Alba para revelar la localización de “El jardín de las delicias”, y éste resistió al tormento para no confesar su ubicación, es real. El resto de este relato es inventado.

Hoy en día, gracias al asalto de ese castillo, la pintura se exhibe en el Museo del Prado.

lunes, 25 de mayo de 2026

La historia real de mayo. Sobre Caravaggio: un crimen, una huida, un perdón y otro problema, en varios cuadros.

Muchos conocéis la figura de Caravaggio: pintor maldito, de vida disoluta, su leyenda negra tiene todo lo que puede alimentar la figura de un artista famoso. Desde una tendencia innata a meterse en líos, con arrebatos ocasionales de locura (a la que, por supuesto, como a todos los pintores, se le ha culpado al plomo de los pigmentos, aunque Caravaggio seguramente ya tenía problemas de base), a sus muy personales criterios artísticos, que le llevaban a usar como modelos a chicos de la calle y a prostitutas para retratar a vírgenes y santos.

Y, por supuesto, una capacidad artística maravillosa. La palabra "claroscuro" no ha significado lo mismo después de él.

Detalle de "La muerte de la virgen", de Caravaggio, la cual lo tiene todo para representar al artista: una modelo de reputación dudosa, una escena muy humana para un tema divino, y un uso espectacular de las luces y las sombras.

Por supuesto, conoceréis que Caravaggio tenía una vida agitada, durante la cual lo mismo le lanzaba una bandeja de alcachofas en la cara a un camarero (que, como única ofensa, le había hablado mal), que aparecía con heridas en la garganta y en la oreja y decía que su origen era que se había caído sobre su propia espada -qué rocambolesca historia real debía de estar ocultando-. Sorprendentemente, sin embargo, a pesar de su carácter impetuoso, y a su tendencia a escandalizar a sus clientes, casi siempre caía de pie. Hasta que tuvo problemas serios el día que mató a un tal Ranuccio Tomassoni -seguramente de manera accidental- a partir de una riña por un partido de tenis (aunque, por supuesto, ese episodio está lleno de dudas: el hecho de que al parecer Caravaggio le cortara el pene a Ranuccio, obviamente, no ayuda). La cosa es que, esta vez, Caravaggio se ha pasado de la raya y se ve obligado a huir. Sin embargo, para nosotros, lo más importante no es el crimen en sí, sino lo que hizo para intentar limpiar su ficha policial.

Lo primero que hizo Caravaggio fue poner tierra de por medio, y marchó a Nápoles, protegido por la familia Colonna. Allí, por supuesto, dio muestras excelsas de su capacidad artística. Sin embargo, a Caravaggio le iba la marcha y estaba deseando volver a Roma, la capital artística y cultural del planeta, entre otros motivos por el mecenazgo del Papa. Y, por ello, urdió un plan para regresar. Aunque, para ello, tenía que viajar otra vez. Y todavía más lejos.

"Siete obras de misericordia" es uno de los cuadros que Caravaggio pintó en Nápoles. Por supuesto, bastó para colocarle en los primeros puestos de los artistas de la ciudad.

Hay que tener en cuenta que, tras la muerte de Ranuccio, aparte de querer matarle los amigos del fallecido, a Caravaggio le quería ejecutar la propia autoridad papal. Y la posible pena que pesaba sobre él era la decapitación. Quizá por eso, Caravaggio se regodeó de manera insistente en cuadros que tenían que ver con este tema. Por ejemplo, parece que le mandó este "Salomé sostiene la cabeza de Juan el Bautista" (en la que la cabeza decapitada tiene la cara de Caravaggio) a Alof de Wignacourt, Gran Maestre de la orden de Malta. Un hombre que iba a ser clave en la estrategia para volver a Roma.


Malta era un estado próspero en la época en que Caravaggio llega a él. Recordemos que los Caballeros de la Orden de Malta son una de las muchas órdenes de monjes-soldado que se crearon en Jerusalén a partir de las cruzadas. Como a los templarios (al menos, por un tiempo), a los caballeros de Malta les fue muy bien y, aunque fueron expulsados de Tierra Santa, se refugiaron luego en Rodas (donde hicieron mucho dinero gracias al apoyo de los estados europeos y, por supuesto, de la piratería), y más tarde en Malta, donde erigieron una lujosa capital que hoy conocemos como La Valeta. La ventaja de los caballeros de Malta es que, a pesar de que en el fondo tenían una ética a medio camino entre los señores feudales y una banda de ladrones, eran muy respetados por la cristiandad, y Caravaggio sabía que ingresar en la Orden le garantizaría el perdón papal. El problema es que Caravaggio no tenía fácil acceder a este rango por sus orígenes humildes, pero ¿es eso un inconveniente cuando tienes el mejor pincel de Italia y quizás del mundo? Eso sí, el Estado de Malta le exigió un pago importante a Caravaggio, el cual, pobre como una rata, era sin embargo rico en talento artístico. Y de ahí que algunas de las más excelsas obras del artista nacido en Milán se encuentren en este archipiélago.
"San Jerónimo escribiendo", uno de los cuadros de Caravaggio en Malta.

Quizá la obra más conocida de este período -aparte de muchos retratos de miembros de la Orden- es "La decapitación de Juan el Bautista" (volvemos al tema de las decapitaciones), el cual, además, tiene una particularidad: es el único cuadro firmado por Caravaggio. Lo curioso es que lo rubrica, macabramente, a partir de la sangre que cae de la cabeza cercenada, pero tiene motivos para poner su nombre allí: firma como F Michelangelo; Michelangelo es su nombre de pila y F (abreviatura de fra) viene de fratelli o hermano, pues le habían nombrado miembro de la Orden de Malta. En realidad, caballero de la Obediencia Magistral, lo máximo a lo que podía aspirar sin ser de noble cuna: pero era bastante, porque resultaba suficiente para garantizarle el perdón papal y el regreso a Roma.

"La decapitación de San Juan Bautista" se exhibe hoy en un lugar destacado en la catedral de Malta; la firma es visible, si ampliáis mucho la imagen, en la parte de abajo del cuadro.

Sin embargo, como os podéis figurar, y tratándose de Caravaggio, tanta buena fortuna no podía durar. En una nueva reyerta a cuento de nada, nuestro protagonista la lía parda. Hay dudas sobre qué pasó, aunque algunos dicen que hirió a uno de los miembros de la Orden, Asti Giovanni Rodomonte Roero, el cual además poseía un rango superior al suyo. Entonces, la Orden intentó algo que, en teoría, no se podía hacer: tratar de retirarle el cargo a Caravaggio (después de un juicio que, probablemente tuvo lugar delante de "La decapitación a San Juan Bautista"), como "miembro fétido y pútrido", por haber cometido un crimen tan execrable que les costaba nombrarlo en los documentos oficiales. Lo encerraron, pero Caravaggio (que debía de tener amigos en todas partes, sobre todo entre los que tenían las llaves de las celdas) se escapó, seguramente de nuevo bajo la protección de la familia Colonna, y volvió a su agitado peregrinar por el mundo.


"Madonna di Loretto", otro de los cuadros de Caravaggio donde la Virgen es representada por una modelo que en la vida real era una prostituta, y que tiene una cara de "qué cansada estoy de todo", como si se hubiera enterado de la última liada de Caravaggio.

Por supuesto, las andanzas de Caravaggio no se acabaron allí. Intentó de nuevo que el Papa le perdonara, y así a lo mejor se explica que le mandara al cardenal Borghese, sobrino del Pontífice, un nuevo cuadro de una decapitación, esta vez de David con la cabeza de Goliath: hay quien dice que es una forma original de reírse del asunto, y otros que es un regalo de agradecimiento al cardenal por mediar en la absolución papal, con un poco de retranca "caravaggiana". En todo caso, al artista le permiten que vuelva a Roma, pero, como muchos sabéis, fallecerá en extrañas circunstancias en el trayecto. Las historias de Caravaggio, en efecto, no suelen acabar bien.
Así que, si viajáis a Malta (un lugar estupendo, con un gran patrimonio natural y cultural, sobre todo desde el punto de vista prehistórico), yo os aconsejo que le echéis un ojo al "San Jerónimo escribiendo" y "La decapitación de San Juan Bautista" en la catedral, y que también paseéis por las calles de La Valeta, pensando en que Caravaggio seguramente se sentía a gusto ahí, aunque siendo muy consciente de que aquel no era su lugar, sino que, en algún momento, debía volver a casa. Que es lo que piensan casi todos los turistas al final de cualquier viaje. Nos vemos, nos leemos. Un saludo.

martes, 1 de abril de 2025

Una obra de arte: "Inside In"

Esta pequeña obra de arte es un homenaje al cerebro humano, a todo lo que es capaz de hacer y crear, y a su funcionamiento. Contiene multitud de detalles que espero que os llamen la atención: ampliad la imagen haciendo "click" sobre la misma, y dadle al coco para descubrirlos. Saludos cerebrales.


lunes, 13 de enero de 2025

La historias reales de enero: hilos en más de una red social

Os traigo hilos en redes sociales variadas. En la antigua Twitter, dos acerca de Indonesia, el apasionante país de las especias y de otras muchísimas cuestiones: uno habla sobre el tesoro más preciado de Bali, y el otro describe el poblado chabolista al que ayudó Instagram. También, rescatamos un viejo hilo sobre la figura de Tutankamón y su controvertido padre. Por otro lado, tengo cuenta también en Bluesky -de hecho, es la única red social en la que estoy ahora mismo-, y allí poseo un lugar donde almaceno hilos (algunos son versiones mejoradas de los de Twitter, y otros son completamente nuevos, como éste acerca del día que mi suegra se cachondeó de su propia muerte). Espero que sigáis encontrando formas diversas de enrollaros con ellos. Un saludo.

lunes, 16 de diciembre de 2024

Los libros de diciembre: inspirados en sucesos reales

Tres narraciones basadas en historiales reales pero que están muy cerca de la ficción, entre otras cosas, porque emplean recursos propios de la novela para cautivarnos. Muy recomendables todas:

-A plena luz, de J.R. Moehringer. Basado inicialmente en un artículo de prensa, este libro cuenta la historia de un legendario atracador de bancos de la época de Gran Depresión que sale de la cárcel ya anciano gracias a la influencia de unos periodistas que le exigen a cambio que, durante un día, les lleve por las zonas de Nueva York que pueden explicar su trayectoria vital. El autor -antiguo periodista- utiliza de manera excelente la alternancia entre recuerdos, sucesos del presente y analogías en todas las direcciones para trazar un retrato de un atípico ladrón de bancos (que lee a Dante y tiene el humor cínico de un reventador de cajas fuertes) que está cargado de frases ingeniosas y de personajes inolvidables. No se lee, se devora.

-En Las futbolistas que desafiaron a Mussolini, Federica Seneghini relata de manera novelada (pero en realidad se inspira en investigaciones periodísticas) los avatares de un grupo de chicas que, en la Italia de Mussolini, se empeñaron en montar el primer equipo de fútbol femenino, y de todos los inconvenientes que tuvieron que afrontar. Aparte de describir las siempre indignantes consecuencias del fascismo, quizá lo que más duele de todas sus desventuras es que muchas de las actitudes y sucesos nos las podríamos encontrar perfectamente hoy en día, sobre todo ahora que machistas y fascistas se exhiben sin ningún rubor.

-El affaire Arnolfini, de Jean-Philippe Postel. Muchos conoceréis este cuadro, enclavado en la National Gallery de Londres (por cierto: es pequeñísimo), y que ha sido cúmulo de un sinfín de especulaciones. Pues bien, este ensayo, que en parte se maneja como libro de misterio. trata de sacarle punta a todos y cada uno de los posibles detallitos de la pintura, hasta encontrar interpretaciones sorprendentes, y que van mucho más allá de lo que pueden imaginar nuestros ojos a simple vista. ¿Un par de peros? Como siempre que hablamos de simbología en el arte, cada afirmación que se enuncia podría ser cierta, pero también sería factible su contraria; y, por otro lado, el autor trata de deducir mucho a partir de detalles que no sólo cuesta ver en la pintura en su tamaño original, sino hasta después de ampliarla varias veces. Para amantes de los juegos de detectives en el arte.

lunes, 1 de enero de 2024

Una ronda de libros para enero: recomendaciones para regalos de Reyes

Unas cuantas recomendaciones de regalos de Reyes, ya sea para otros... o para vosotros mismos, que el amor bien entendido siempre empieza por el cariño a uno mismo. Espero que alguno os cuadre:

-Conquistadores secundarios. Muchos conocéis a Javier Traité (yo en concreto lo hice a través de El condensador de fluzo; por cierto, su estilo de escritura me recordó mucho a sus participaciones en el programa), pero quizá no sepáis de este divertidísimo libro en el que este autor escudriña a aquellos conquistadores que -más allá de Colón, Cortés y Pizarro- invadieron, saquearon y esquilmaron poblaciones al mismo tiempo que se perdieron, se tragaron toda clase de embustes y pasaron más hambre que el perro de un ciego. Cargado de ironía a la par que inspirado en las crónicas oficiales (las cuales con frecuencia pone en cuestión), nos muestra que la conquista de América fue menos una epopeya que un conjunto de equívocos, disputas absurdas y obsesiones -sobre todo, alrededor del oro- donde los españoles se comportaron de manera tan indómita como idiota. Hilarante a la vez que instructivo.

-Historia irreverente del arte. El título del libro de Alberto Garín (subtitulado "De la caída del Imperio Romano de Occidente al final de la Edad Media") conduce en parte a equívoco. Porque no se trata de un texto que se tome a mofa el mundo del arte: al contrario, lo que hace es irse a las razones básicas por las cuales los distintos movimientos artísticos adoptaron ciertas maneras. Explica el origen de cúpulas, arcos ojivales o variaciones de la planta de las iglesias en función de las intenciones políticas, sociales y religiosas de las personas que ordenaron edificar estas estructuras, así como de la influencia mutua que los diferentes pueblos iban ejerciéndose entre sí. Un libro muy ilustrador acerca del origen de determinados conceptos, si bien la parte del románico (a lo mejor es porque no soy un fan de este estilo), o las genealogías de determinados reinos, no resultan tan interesante como otros apartados.

-El asesinato de mi tía. Richard Hull fue ayudante de Agatha Christie, y se nota conforme uno lee esta novela, repleta de sutil ironía, implacable humor negro y un poco de ridículamente cómico costumbrismo británico. El argumento: el protagonista es un tipo perezoso, esnob y mezquino que depende por completo (a nivel económico) de su tía, insufrible, metomentoda y tan mezquina -a tenor de lo que cuenta su sobrino- como él. Entre ambos irritantes personajes tiene por fuerza que haber choques, pero llega un momento en que el protagonista considera que la única manera de resolver la situación es desembarazarse de su pariente. Sin embargo, va a comprobar que cometer un asesinato no es tan sencillo como uno hubiera imaginado. Para amantes del humor macabro y con un punto perverso.

viernes, 1 de septiembre de 2023

Nuevo capítulo de "El Gato de Hubble": ¿qué es el arte? (y, sobre todo, ¿se puede comer?)

Una de las chicas francesas de Pablo Picasso. A saber dónde la conoció.

En esta nueva entrega de "El gato de Hubble" hablamos sobre el mundo del arte, y, claro, la conversación ha derivado hasta terrenos insospechados. ¿Cualquier cosa es arte?; ¿la gastronomía también puede serlo?; ¿el valor de un cuadro tiene algo que ver con el precio?; ¿cuál es la diferencia entre un autor y un artesano; es el concepto de autor tan importante hoy en día como en otros momentos de la historia?¿Hay una zona de confort para los creadores, y otra para los espectadores? En un episodio con mucha libertad creativa, donde hablaremos mucho y muy bien del Prado, Viena y Elche, preparaos para descubrir historias increíbles como la del detective a quien le negaron que una pintura era un Pollock, lo bien orquestada que está la música del Mario Bros, o cómo las innovaciones técnicas y las cuestiones económicas han pesado en la simbología artística (incluso en el color del manto de la Virgen). Bienvenidos, pues, a un programa con mucho arte.

lunes, 17 de julio de 2023

Los libros no son sólo para el verano: una serie de recomendaciones literarias

Los libros no son sólo para el verano... pero la verdad, tumbados en la playa bajo la sombra, sientan muy bien. Por eso, una serie de recomendaciones rapiditas en esta época en que tenemos más tiempo de lo habitual para leer:

-"Roma desordenada: La ciudad y lo demás" es una recopilación de reflexiones y anotaciones de elección absolutamente personal (como indica el propio título) del diplomático Juan Claudio de Ramón, quien tuvo la suerte de vivir un tiempo en la Ciudad Eterna y, como él mismo dice, hubiera resultado más extraño no escribir un libro sobre la experiencia que abstenerse. Por supuesto, cualquier texto sobre una ciudad que ha mudado tantas veces de piel y vivido tantas vidas va a ser interesante (de hecho, me ha enseñado a reconocer un número más amplio de capas), y en el haber del libro tenemos historias apasionantes, mucha erudición y documentación detrás, y algunas sugerencias bibliográficas dignas de apuntarse -en particular, la película Confidencias y el libro La casa de la vida, que me están permitiendo conocer a uno de esos personajes tan pintorescos que habitan Roma-. En el debe, por contra, flota la sensación de que buena parte del libro no se ha hecho pensando en los lectores, con referencias tan crípticas que sólo los que hemos leído previamente sobre el tema vamos a entender (por supuesto, en alguna seguro que me he perdido). Aparte de eso, este ensayo tiene un poco de todo, desde apreciaciones personales del autor en las que uno no tiene por qué estar de acuerdo -como en cualquier libro- e ilustrativas postales acerca de cómo se sufre la vida cotiiigadores, se embarcan en una serie de disquisiciones a medio camino entre la biología, la antropología, la gastronomía y unas cuantas ciencias más para explicar qué comemos, por qué lo hacemos y, sobre todo, cómo de rico está. Aporta ideas muy interesantes y sorprendentes para un acto sólo aparentemente sencillo como es nutrirse, y satisfará tanto a los que saben del tema como a los aficionados que pretenden encontrar un plato sabroso.

-"El invencible". Esta novela de ciencia ficción de Stanislav Lem (Ciberiada, La voz de su amo) se ha comparado con Solaris, y aunque desde luego no le sale tan redonda, tiene algo en común: Lem reflexiona sobre qué tipo de criaturas podremos encontrarnos cuando exploremos los confines del espacio exterior, y nos obliga a salir de nuestro antropocentrismo. El "pero" es que da la sensación de que a veces la narrativa le estorba, y que ciertas cuestiones tecnológicas están un poco cogidas por los pelos (aunque, por otra parte, Lem se inventa máquinas bastante chulas). En conjunto, sin embargo, como digo, y teniendo en cuenta cómo Lem afronta el misterio y la perspectiva ante las distintas situaciones, bastante recomendable.

-"1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó". A lo largo de este ensayo, Eric H. Cline repasa lo poco y fragmentado que sabemos acerca de esta época en que múltiples civilizaciones del Mediterráneo Oriental (el primer mundo más o menos globalizado que se conoce) decayeron a la vez al final de la Edad de Bronce por culpa de causas sólo hasta cierto punto conocidas, generando una Edad Oscura. El libro se apoya en gran medida en los descubrimientos sobre el terreno (de hecho, traduce un gran número de inscripciones, y cita trabajos de diversas campañas arqueológicas), y por supuesto no consigue resolver el misterio sobre qué pasó exactamente, aunque apunta una interesante hipótesis que no conocía: el hecho de que, en un mundo tan complejo, una serie de factores pequeños concatenados pudieron desencadenar la caída de un sistema que estaba cogido por pinzas, pues se hallaba demasiado interconectado (¿qué pasa si tu economía se basa en exceso del comercio extranjero?), quizá porque todo dependía de unos pocos cuellos de botella. Esta última teoría es interesante, porque si en el pasado esos puntos críticos pudieron ser los centros palaciales que dominaban las redes del comercio internacional, hoy en día podemos establecer analogías al observar cómo fenómenos locales como una guerra en Ucrania o un atasco en el canal de Suez trastocan las conexiones y provocan consecuencias que se traducen en crisis globales. En ese sentido, como siempre, analizar la historia es esencial para comprender el presente, y aunque es difícil establecer comparativas, uno se siente con frecuencia tentado de trazarlas.

lunes, 20 de febrero de 2023

El libro de febrero: "La arquitectriz"

"La arquitectriz", de Melania G. Mazzuco, es un colosal mosaico. Una alfombra con cientos de pequeños nudos donde se entrecruzan vidas y sucesos históricos. Gira en torno a un personaje real (Plautilla Briccia, de las primeras mujeres que se encargaron de diseñar un edificio, de ahí el título), pero, lejos de quedarse en lo poco que sabemos de su vida, le añade tanto color y detalles que se presenta vívidamente ante nuestros ojos. Otro punto alrededor del cual orbita la novela es la vivienda que ella diseña, Villa Benedetta, también denominada "el Bajel", del cual la autora nos narra sus antecedentes, su construcción y su futuro, así como los de los individuos que pululan en diversas épocas dentro de él. El libro está lleno de apasionantes personajes, repletos cada uno de su particular carisma, y también de todo el caos y el desorden de los que está poblada no sólo la vida, sino también, en particular, la eterna, abigarrada y esplendorosa ciudad de Roma. Pero, ante todo, es un estupendo reflejo de la Italia del Barroco, con sus artistas (Bernini, Borromini, Pietro da Cortona) pintando, intrigando y batallando entre sí, mientras los poderosos (ya se llamen Sumo Pontífice, Luis XIV o Mazarino) les financian, les utilizan, les alzan en nubes de gloria o les hacen caer miserablemente en desgracia. En medio de todo eso, nuestro personaje trata de salir adelante a pesar de todos los factores que le pesan en contra: mujer, artista, inteligente, pobre. El libro es en algún momento tan excesivo, con tanta tendencia a explotar por sus costuras (qué menos en una obra sobre el Barroco) que te da la sensación de que mete ciertas frases a destiempo, o que no concreta bien acerca de qué personajes está hablando, como si ciertas cuestiones hubieran sido imposibles de reconducir tras agotadoras y titánicas sesiones de revisión. Sin embargo, estos diminutos defectos son pecata minuta en comparación con la inmensa riqueza que aportan caracteres com el padre de Plautilla, o Elpidio, el amor casi imposible de esta última, así como sor Eufrasia, la monja con la que hace migas, sus decenas de familiares, y tantos y tantos actores en esta representación teatral que siempre te deja con ganas de contemplar más actos. En definitiva, permitiros atrapar por este torrente tempestuoso y, una vez en la vorágine, os aconsejo que os dejéis llevar.

lunes, 7 de febrero de 2022

Las historias reales de febrero: unos cuantos hilos de Twitter.

Muchos de los que me seguís en Twitter habréis notado que mi producción de hilos se ha visto disminuida, ya que tengo otros proyectos literarios y divulgativos en el horizonte. Sin embargo, alguno ha caído, y para que tanto los que están en esa red social como los que no la visitan de manera habitual, aquí los enlazo para que podáis disfrutarlos: tenemos a Eugenia Martínez Vallejo, mal llamada La Monstrua; presentamos una serie de lugares que se encuentran en ocasiones bajo el agua, y en otras no, de tal manera que resulta difícil saber en qué situación nos gustan más; y aquí estuvimos contando unas pocas anécdotas de cine. Espero que os gusten y, si existe algún tema del que os gustaría que hablase, en este u otros formatos, no dudéis en sugerírmelo. Un saludo

lunes, 27 de septiembre de 2021

Las historias reales del otoño: nuevos hilos de Twitter

Los proyectos de Internet o los literarios son como la catedral de Plasencia: que esté a medias no implica que no sea grandioso.

Ya en una entrada anterior mencionábamos que algunas historias, por razones de formato y de otro tipo, las estábamos narrando a partir de hilos de Twitter. La tendencia ha seguido y, desde entonces, hemos desgranado más relatos sobre ciencia en general (Newton enfrentándose a su némesis, un genio del mal que pretendía derrotarle en una lucha a muerte; Juanelo Turriano y sus maravillosas invenciones; las brillantes e hilarantes actividades extracientíficas de los investigadores; la vez en que los países aliados quisieron derrotar a los del Eje mandándoles icebergs), la ciencia de la medicina en particular (paralelismos de la profesión en la actualidad respecto al antiguo Egipto, tanto para médicos como para pacientes), el macrocosmos de la literatura (la importancia de cómo decir las cosas, el legado de Las uvas de la ira en Nomadland, el nacimiento de ciertos tipos de giros argumentales, o lo engañoso que es el éxito literario), el mundo del arte (un teatro escondido en Nápoles, varias listas de recomendaciones cinéfilas, distintos hilos sobre anécdotas cinematográficas, y un paseo por el edificio inacabado más espectacular que conozco), y por supuesto la siempre interconectada historia (¿quien llegó primero al Polo Norte?; ¿cómo engañar a los nazis con cartón piedra y muchas toneladas de caca de camello?). Creo que con esto tenéis material de sobra para un buen rato, así que espero que lo disfrutéis.

lunes, 19 de abril de 2021

Las historias reales de abril: una serie de hilos de Twitter

Dante y Beatriz, esculpidos en un edificio que les homenajea, y que tiene connotaciones literarias, infernales, de tributo a Italia y, sobre todo, de bienvenida a un nuevo continente: lo contamos acá.

Hay muchas maneras de divulgar. En bastantes casos, cuenta el sistema en el que te sientes más cómodo, al que puedes llegar a una audiencia más amplia (o más interesada), o cuyo formato se adapta mejor a la historia que pretendes narrar. En ciertas ocasiones, por algunos de esos motivos, he narrado algunas historias a partir de unos cuantos hilos de Twitter que he decidido recopilar aquí: incluye narraciones sobre historia, sobre arte, sobre medicina, sobre ciencia y sobre literatura -y sobre los aspectos históricos, sociales y humanos que siempre llevan aparejados- aunque suele ocurrir que los géneros estén entremezclados, y de hecho algunos relatos están incluidos en diversas clasificaciones. En estos hilos tratamos cuestiones muy variadas: historias sobre cómo el primer europeo que puso pie en tierra en la India para buscar especias no era el capitán de la nave, sino un criminal; sobre edificios antiguos que son un conjunto de muñecas-rusas construidas a lo largo de seiscientos años; sobre el funicular más antiguo del mundo y su relación con Julie Andrews; sobre obras de arte perdidas, sobre edificios hipócritas, sobre medicina en condiciones extremas, o acerca de cómo un estafador puede ser responsable de grandes hitos literarios. Acerca de volcanes, australianos, hippies romanos, ciudades extrañas, edificios misteriosos situados más cerca de lo que imaginas o preguntas sobre el mundo del arte. Y, en general, sobre la vida, la humanidad, y todas esas cosas que hacen que la existencia merezca la pena y, entre otras cosas, descubrir más acerca de todos los aspectos de la misma. Espero que os hagan disfrutar. Nos seguimos leyendo, en Twitter, en el blog, o donde haga falta. Un saludo virtual.

martes, 1 de diciembre de 2020

Un hilo de Twitter: UN VISTAZO A LAS MEJORES OBRAS DE ARTE QUE NUNCA (JAMÁS) VERÁS.

En una entrada anterior, estuvimos hablando de algunas obras de arte perdidas a lo largo del tiempo. En este nuevo post, originalmente hilvanado como un hilo de Twitter (aquí tiene algunas modificaciones y adaptaciones a un formato más largo), profundizamos en esta idea.

Esta historia la podemos titular UN VISTAZO A LAS MEJORES OBRAS DE ARTE QUE NUNCA (JAMÁS) VERÁS.

O trabajos artísticos que se han perdido para siempre y que sólo podemos intuir cómo eran.

Dentro hilo :)

El arte es extremadamente frágil. Se puede perder por incendios, guerras, inundaciones, robos… En el mejor de los casos, se recupera. A veces, se conservan fotografías que nos permiten contemplarlas en el pasado.

Aparte de que muchas de esas fotografías sean en blanco y negro, no es tan distinto a verlas por Internet, sólo que nunca podrás aspirar a contemplarlas en un museo. Por ejemplo, este “El pintor camino del trabajo” de Van Gogh, irremisiblemente desaparecido.

En el peor escenario, se pierde todo rastro de él. Un caso, por ejemplo: la estatua de Julio II esculpida por Miguel Ángel, abatida y fragmentada por una turba enfurecida. Obras que los propios artistas quemaron en la hoguera de las vanidades, o que ardieron en el incendio del Alcázar en Madrid (de ello hablaba un capítulo del Ministerio del Tiempo)

Hay un punto intermedio: cuando se reconstruye a partir de lo que sabemos, o cuando quedan copias. Si acaso, bocetos del original. Como ocurre con estos planos de un caballo de terracota construido por Leonardo da Vinci. Tenemos entonces una cierta imagen de cómo debió de ser.


Para ilustrarlo mejor: seguro que sabéis que, salvo las Pirámides de Egipto, el resto de las Maravillas del Mundo Antiguo han desaparecido. Hasta las pirámides tenían un aspecto distinto


 Un caso es la estatua de Zeus en Olimpia. Sobrevivió al intento de Calígula de decapitarla y colocar su efigie (una risa procedente de la estatua, dicen, asustó a los obreros), pero no a un incendio en Constantinopla, adonde se había trasladado.

Pero nos quedó su rastro en monedas conmemorativas. Y, a partir de allí, hay quien ha hecho reconstrucciones. Así que sabemos (ésta es una copia romana) que debía de ser más o menos así.

Por cierto, aunque no es una maravilla del mundo antiguo, todos habréis oído hablar de la Biblioteca de Alejandría, la primera gran biblioteca pública de la historia. Si alguien no sabe lo que es después del éxito editorial de El infinito en un junco, de @irenevallejo, es que vive debajo de una piedra. Pero su estructura no está muy clara. Se sabe que era un anejo al Museo, el auténtico centro de investigación. Pero poco más se conoce. Ésta es la imagen que podría tener, según Alejandro Amenábar, en la película Ágora.

Cuando Egipto quiso reconstruir la biblioteca, ya en época contemporánea, no tenían ningún plano en el que basarse. Pero tampoco les importó. Querían hacer una biblioteca moderna y funcional, y lograron una de las más luminosas y diáfanas de la actualidad.

Es complicado reconstruir cualquier edificio antiguo. En el caso de no tener planos (o de disponer de unos detallados), la elección es más sencilla: lo reconstruyes tal cual o no haces nada. Pero si la cosa está a medias, hay dudas. En el siglo XIX los arqueólogos tenían más libertad. Arthur Evans (que no era arqueólogo profesional), en Creta, colocó columnas de hormigón para reproducir lo que él creía que era el aspecto del palacio del rey Minos. O lo que quedaba mejor

Por poner otro ejemplo, Viollet-le-Duc hizo lo que quiso en la reconstrucción de Carcasonne, mostrando una imagen idealizada de la Edad Media que encandila a los turistas pero que, según muchos historiadores, no era respetuosa con lo que se sabía de la arquitectura real.

 

Los criterios para las reconstrucciones van cambiando con el tiempo. A veces los arqueólogos prefieren marcar claramente qué es original y qué es reconstruido. Si hay dudas, el criterio actual es dejarlo mejor como está. A veces se llega a soluciones intermedias que no siempre satisfacen a todos.

Pero no quería meterme excesivamente en arquitectura. No he conseguido encontrar muchos ejemplos de edificios de los que se supiera muy poco y que hayan tratado de reconstruirse. Quizás La Brasa Torrijos tenga un estupendo hilo al respecto, o tal vez nos quiera deleitar redactando uno.

En todo caso, volvemos a las obras de arte. Aquí, la Atenea Lemnia, una de las mejores obras de Fidias. Al menos, Pausanias decía que era la mejor. ¿Auténtica? Qué va, reconstrucción moderna. Salvo por el brazo, claro.

Volvemos a Fidias: ésta es la Atenea Pártenos, la famosa que Fidias montó en varias partes para que no pudieran acusarle de desfalcar el tesoro público mintiendo en las cantidades gastadas de oro y de plata. Se perdió probablemente en el mismo trance que el Zeus de Olimpia.

La Afrodita de Cnido también tiene historia. Con una copia vestida en Cos, los habitantes de Cnido (que escogieron la versión desnuda) recibían numerosos visitantes gracias a ella, tanto que no quisieron desprenderse de la misma a pesar de las fortunas que les ofrecieron.

Dicen que el modelo en el que se basaron fue la hetaira Friné. Tiberio Graco tiene un muy buen hilo donde explica cómo ésta se salvó de un juicio gracias a su belleza. Pero hay toda clase de leyendas. Hasta de Afrodita viéndola y preguntádose cuándo la han contemplado desnuda.

Salgamos de los griegos, y metámonos de nuevo en los pintores. Aquí vemos cómo un cuadro de Van Eyck puede salvarse gracias a que otro pintor incluye la obra como parte de una pintura propia.


A veces hay suerte y un contemporáneo realiza una copia a partir directamente del original, como ocurre con “Leda y el Cisne” de Leonardo.

Sobre Leonardo, una historia curiosa que contamos en una entrada de mi blog. En Florencia, una misma sala debía ser decorada con una pintura de Miguel Ángel a un lado y otra de Leonardo a otro. El contrato lo firma Maquiavelo, para rematarlo. Las dos quedaron inacabadas y se perdieron, de una manera u otra. Aunque esa historia se ha puesto recientemente en duda a raíz de ciertas investigaciones.

La cosa es que, de la obra de Leonardo, queda una presunta escena del cuadro, que fue copiada por Rubens (imagen de arriba). De la obra de Miguel Ángel, Bastiano da Sangallo fue capaz de rescatar la sección central.

De Miguel Ángel hay varias obras perdidas, incluyendo pinturas, un Cupido que falseó para hacerlo pasar por una antigüedad (entonces no era tan raro), y una escultura de Hércules de la que Rubens hizo un dibujo.

Rubens copió muchas de las obras de Tiziano de las que disponían los reyes españoles para así mejorar su técnica de pintura. A veces tienes el gozo de ver original y copia justo al lado, pero otras no.


 Aunque sabemos que no siempre las pintaba con fidelidad (les imprimía su propio estilo), en algunas ocasiones es lo más cercano que poseemos a las pinturas originales. Aquí, un retrato de Carlos I y su mujer se conserva en el Palacio de Liria


Las pérdidas no entienden de género, como le pasó a ésta de Sofonisba de Anguissola copiada por Pantoja de la Cruz… 

… ni de nacionalidades o estilos únicos. Aquí una segunda versión del Lacoonte del Greco que, suponemos, se parecía al original. Aunque igual no sería, claro.

Tenemos Caravaggios destruidos por terremotos…

Riberas que han ardido entre las llamas (aquí el boceto final por parte del propio artista: menos da una piedra)

Murillos expoliados en la guerra de la Independencia

… o primero expoliados y luego incendiados.

Afectados por revoluciones, como este Ingres…

Un Klimt afectado por la Segunda Guerra Mundial del que sólo queda un fragmento reproducido en su época

Y tantas y tantas obras… De algunas, ni siquiera hemos llegado a saber jamás su existencia. Se han desvanecido en la noche de los tiempos

En algunos casos es el propio artista quien reconstruye la obra, como cuando Diego Rivera reconstruyó su mural en el Palacio de Bellas Artes de México después de que fuera vandalizado por razones ideológicas (el pecado fue sacar retratado a Lenin)

Una gota de esperanza. Porque todo parece muy catastrófico, ¿no? Sin embargo, existe otra cara más positiva: algunas obras se recuperan.

Enterradas bajo la tierra (de este rescate fue testigo Miguel Ángel, quien hasta adivinó qué sección de la escultura faltaba para que ésta se hallara equilibrada; más tarde se localizó la parte predicha por el florentino)

Colgadas de un monasterio, sin que nadie les prestara atención…

Recuperadas cuando trataban de venderlas…

O por la labor de los cuerpos policiales nacionales e internacionales

Algunos guardaban los cuadros en su casa tranquilamente como recuerdo de una guerra. Sabedores -o no- de su valor.

Hay muchísimas más obras que podríamos mencionar, pero en algún momento esto ha de tener un fin. Si te ha gustado la historia, dale a FAV, retuitea (es la mejor forma de dar difusión a estar historia) o píntame un cuadro.

Si te interesa profundizar más, hay muchas más maravillas perdidas sobre las que puedes documentarte. A lo mejor, quién sabe, te encuentras con que una de esas obras de arte perdidas está en tu viejo desván. Si es así, no dudes en llamar a un experto en arte… ¡y también contádmelo!

lunes, 20 de julio de 2020

El relato de julio: "Manos de piedra".


Manos de piedra.

La muerte tiene sus ventajas. A la fuerza, acumulas paciencia suficiente como para contemplar cómo el tiempo vence todos los agravios y, después de mucho esperar, algunos esfuerzos se ven por fin reconocidos. Por eso, hoy en día, mi alma incorpórea sonríe cuando observa a los miles de visitantes que acuden a este afamado museo a admirar esta magnífica escultura (no diré nombres, no quiero emponzoñar la Belleza con mayúsculas con acusaciones en minúscula y letras cursivas), y de paso se maravillan también de mi obra. Aunque a veces, he de reconocerlo, la parte más vanidosa de mí queda herida de orgullo y le entran ganas de gritar: “¡No le adoréis a él, malditos!¡El resto de la escultura es suya, pero no le alabéis a él cuando mencionéis las manos!¡Las manos son mías, solo mías, tengo la prueba, podéis encontrarlas en otro sitio, si tan sólo os fijarais un poco…!”. Es entonces cuando suelo darme cuenta de que no pueden verme ni oírme, y que he golpeado inútilmente el cristal que rodea aquel trozo de piedra la cual simboliza al mismo tiempo mi triunfo y mi derrota, mi tragedia y mi destino. Pero quizás deba explicaros un poco más el contexto. Puede ser que, así, cuando volváis a mirar a vuestra escultura preferida, seáis capaces de descubrir la verdad.
En las biografías suelen reflejarse las vivencias de los individuos. Sin embargo, quizás lo que ayude a explicar mejor la realidad sea la historia de los flujos humanos. Cuando hojeáis el recorrido vital de un artista del Renacimiento, te hablan acerca de que tuvo un maestro, y de que luego se independizó, o quizás fusionó varias técnicas procedentes de distintos lados, y comenzó a producir su única e irrepetible obra artística original. Pero esa biografía no os va a revelar todo lo que hay debajo. No os va a hablar de las decenas, quizás cientos de individuos, que mostraron cierta destreza con las manos, y a quienes sus madres, ilusionadas, confiaron al taller de un maestro de reconocido prestigio para éste que le adiestrara y quizás pudiera convertirse en el próximo Miguel Ángel o en el Leonardo de turno. El muchacho aprendía, eso era verdad; sudaba, se le explotaba al máximo, pero aprendía, de eso no cabía duda. Lo que era raro era que su talento se llegara a reconocer. A menudo, en cuanto alcanzaba un nivel suficiente, su trabajo pasaba a formar parte de la producción común del taller, la cual se atribuía en su totalidad al maestro, quien, si de verdad hubiera realizado con sus propias manos el trabajo que aplaudía el gran público, no hubiera tenido tiempo posible ni para ir al baño con aquel acelerado ritmo de producción de obras. Todas las estatuas, frisos, capiteles, pinturas, se realizaban bajo la firma del insigne Maestro (nótese la ironía de esta mayúscula), cuando en realidad, por contrato, y en concreto tratándose de las obras religiosas –con las cuales en mi época estábamos más acostumbrados a trabajar-, lo único que tenía obligación de pintar el susodicho jefe de aprendices era específicamente la cara de Cristo, acto que debía realizarse siempre en secreto. Esto (sospechábamos muchos) era sólo una excusa para que aquel esfuerzo final lo ejecutara también un ayudante, mientras el maestro se encontraba terminando otro trabajo en otro sitio, o tal vez durmiendo la siesta. En esto consistía el futuro a medio plazo; los había también quienes volvían a casa nada más demostrar su incompetencia, de vuelta a las labores del campo de las que procedían, mientras que unos pocos, a la larga, si la cosa te iba bien y demostrabas un talento excepcional, se casaban con la hija del Maestro (de alguna manera había que transmitir a la prole el negocio) y terminaban siendo reconocidos como Artistas, con derecho a estampar su firma, recibir encargos, montar su propio grupo y, en una minoría de casos, decidir incluso sobre qué tema en concreto les gustaría esculpir. Pero la mayoría se convertían simplemente en la minúscula letra “a” de “artesanos”, técnicos especialistas, muy reconocidos en su campo, estimados por sus compañeros de profesión, gente que tenía un plato en la mesa asegurado por su dominio de un determinado arte, pero por supuesto sin las loas y las flores que recibían los grandes nombres. Ganarse un puesto allí era difícil, quizás no del todo satisfactorio, pero era a lo máximo a lo que podíamos aspirar muchos. Ya era raro que yo me hubiera colado allí, más aún que quisiera llegar más lejos. Y de manera más excepcional en mi situación. El mundo del arte –como todos los submundos, en realidad- ha sido siempre bastante escéptico (o mejor dicho, impermeable) frente al papel que podían desarrollar las mujeres. Al menos, fuera del rol de musa que permanecía lánguida, esperando a que alguien la quisiera pintar.
Porque, eso sí, modelos desde luego si había muchas. Si el flujo de hombres que querían convertirse en artistas arrastraba una cierta corriente, el de muchachas que pretendían -merced a su belleza- modificar su destino, constituía un caudal de tumultuoso frenesí.  Chicas jóvenes que llegaban de campos, aldeas, pedanías, villas pequeñas, a otras urbes siempre más grandes, más artísticas, más renombradas: las más modestas féminas en dirección a Bérgamo, Bolonia, Siena; las más voluptuosas, a Florencia, Milán, la Roma eterna. Todas aspiraban a casarse con un rico potentado, incluso un príncipe, y luego, descartada por imposible esa opción, bajaban al siguiente peldaño para convertirse durante un par de años en la amante de un joven heredero rico, y ganarse de esa manera una generosa pensión. Y como a esa fase no podían llegar todas, sino sólo las más exuberantes, las más jugosas, los bocados más deliciosos con los que pecar, la mayor parte de ellas solían recorrer todos los escalafones en dirección hacia abajo: desde cortesana de primero altos y luego subterráneos vuelos hasta lavanderas del río, pasando normalmente por una brillante pero efímera carrera como modelo artístico, efímera por obligación a causa del marchitamiento de la belleza, pero también por los riesgos inherentes a mezclarse con un ambiente tan pútrido como el de los artistas, que lo mismo consiguen meterte en una fiesta de palacio que te aficionan a sórdidas tabernas y sustancias sin las cuales luego no te puedes manejar. Drogas a las que acaban tan enganchadas las modelos como los propios artistas, los cuales a su vez cuentan a su espalda con una variable legión de mujeres y efebos que arrastran consigo y a los que andan corrompiendo en aquel momento concreto, y de los que más tarde no se acordarán nunca más. Por culpa de todos estos vicios, es normal que la vida de las chicas dure poco, aunque a veces los que ni siquiera sobreviven son los propios pintores. Algunos de estos retratados, modelos, figurantes, musas –novias, taberneros, prostitutas, chulos de barrio, lo que hoy en día se denominarían camellos- acaban alcanzando la inmortalidad como obras de arte, exhibidos en los museos, o como anécdotas a pie de página de las biografías de aquellos a quienes han inspirado, pero maldita la utilidad que aquel honor les produjo a los susodichos en su día. A veces me pregunto si la igualdad entre sexos, ésa que se supone que los siglos posteriores al mío han traído, ha supuesto de verdad un cambio real en el destino aciago de estas mujeres: si el hecho de que ahora puedan formarse y acudir a la universidad en igualdad de condiciones que sus doctos colegas ha interrumpido el abastecimiento de piel joven y fresca, o si por el contrario, en lugar de acabar en manos de los nobles o de los sacerdotes del Vaticano, sólo recorren otra vía del mercado de carne para aterrizar también en manos de los depredadores a los que aboca sin remedio su destino final. Tal vez sea ésta una visión muy cínica del pasado y del presente, pero como ustedes comprenderán, mi posición me obligaba (me fuerza) a ello, y aunque yo no lo manifestara de viva voz en mi tiempo, es posible que mis colegas lo intuyeran y ello contribuyera en parte a mi ostracismo. Porque el hecho de que una mujer se colara en su mundillo artístico, en su templo del saber, era doblemente doloroso; ya que algunos veían reflejada, en mis expresiones de repugnancia, en mi mirada de reprobación, lo que ellos solían hacer con las otras. Pero de mí no podían prescindir, no era tan sencillo. Yo me había labrado mi hueco. A ver de dónde iban a sacar si no sus manos. Las manos que ellos mostraban. Eso también lo tendré que explicar.
Esculpir el mármol de una sola vez es terriblemente difícil. En efecto, hay algunos que son capaces, tal vez no a la primera ni a la segunda, aunque sí a la vigésima o vigésimo cuarta. Sin embargo, incluso aunque se erigieran en los amanuenses más habilidosos del mundo, el talento artístico para todas las partes del cuerpo no es algo que esté al alcance de cualquier mortal. Todo el mundo admira la mano que palpa prieta la carne en el muslo de las esculturas de Bernini, la mirada de la Gioconda, la rodilla del galo vencido… Por eso, cuando alguien demuestra una habilidad excepcional para determinadas partes del cuerpo –los tendones, el peinado, aunque sea una oreja-, esa habilidad no se desaprovecha con facilidad. Igual que los romanos tenían muy desarrollado el sistema para sustituir la cabeza de la estatua del anterior prefecto por la testa del nuevo, casi cualquier parte del cuerpo de una escultura excepto el tronco se puede quitar y volver a enganchar, consiguiendo obrar el mágico cambio. Y lo bueno de esto es que ni siquiera requieres repetir el milagro de la creación cada vez. Cualquier mano de piedra puede reproducirse por parte de un técnico, esta de vez de manera matemática y precisa, empleando compases y reglas, incluso adaptándolo al tamaño concreto de la nueva escultura. De esa manera, mis manos acabaron encontrándose en todos sitios: en esculturas de Pisa, Nápoles y Colonia; en miniaturas preciosistas, y en colosos de más de veinte metros de altura; con las palmas hacia abajo, hacia arriba, u orientadas de manera retorcida en un rictus de dolor. Esas manos de hombre, ciclópeas, nervudas, que copié en una ocasión de un marinero que se echó a la mar y al que nunca yo (quizás nadie) he vuelto a ver. No obstante, si de algo estoy orgullosa, es de mis manos de mujer. A ellas quiero dedicarles un apartado especial.
La conocí (las conocí) donde difícilmente puede conocerse a una musa; en una lonja de pescado, donde sus hábiles manos destripaban a los peces con basteza. No debía de llevar mucho tiempo, y de hecho sus dedos aún no se habían resentido de esa actividad. Era una criatura humilde, de baja extracción social, y eso se notaba en su mirada embotada en ocasiones, como si estuviera contemplando ante sí, de manera continua, todas aquellas circunstancias que era demasiado joven como para haber vivido. Eso sí, desnuda, con aquella piel nívea y aquellos pechos suavísimos como la pannacotta, hubiera podido pasar perfectamente por la modelo de un Tiziano o de un Caravaggio. Sobre todo, en aquella época oscura en que ella se empezó a poner enferma, debido entre otras cosas a aquellas influencias oscuras del mundo del arte de las que yo la traté de librar -aunque he de confesar, avergonzada, que no fui capaz de hacerlo-. “Pero no”, me juré a mí misma mientras ella me servía de molde para mi escultura, “yo conseguiré que tengas un destino distinto a las otras, y también lograré que se te recuerde siempre”. No alcancé mi primer propósito, y sólo parcialmente el segundo, pero al menos tuve éxito en lo que respecta a sus manos, las cuales, desde que el resto de mis colegas las descubrieron, fueron solicitadas hasta la saciedad, en algunas ocasiones de maneras más legales o respetuosas que otras. El resto de la escultura, desgraciadamente, y siendo yo una mujer, no podía correr la misma suerte. Del templo del arte me dejaron atisbar el vestíbulo desde el umbral, pero hubiera constituido para ellos sacrilegio no cerrarme en las narices la puerta.
No pasa nada. Las manos siguen ahí, inmortales. Dedicadas con amor a toda la hermosura transitoria de este mundo. A esta chica que no es nadie y a quien nadie conocerá. Pero quizás, algún día, de las huellas dactilares de alguna de esas esculturas, donde yo reflejé las mías propias, puedan deducir su autoría, y eso les llevará a la estatua primigenia, enterrada ahora bajo tierra con algunos de los mayores tesoros artísticos de mi tiempo, y volverán a saber también quién era ella y cuánta belleza llegó a alcanzar. Tampoco le servirá, a la pobre muchacha, nada de esto (como una artista más, me he vuelto una hipócrita), pero éste es al menos el consuelo que le puedo proporcionar.
Ahora vuelve a mirar a tu escultura favorita. Fíjate en sus manos. Quizás sean las mías.
Un día quizás se despierten y, aunque no hablen, tal vez puedan tocar.