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lunes, 8 de diciembre de 2025

Las historias cortas de diciembre: La importancia de una correcta pronunciación

 Mi amiga Eos se encontraba en Gales, viviendo en la casa de un matrimonio de 70 años. Un día, llegó la vecina terriblemente consternada.

-Tengo una plaga de avispas -afirmó-. Le han picado a mi madre no-sé-cuántas veces, y la pobre es ya muy mayor. No sé cómo librarme de ellas.

-En mi pueblo -respondió Eos-, tenemos un remedio casero, y es echarle agua y jabón a las avispas.

-¿Ah, sí? Pues lo voy a probar.

Dos horas después, la vecina volvió, con rostro aún compungido en el rostro.

-No sólo no se han ido las avispas, sino que han venido cada vez más, y tengo toda la casa pringosa. ¿Seguro que el método es correcto?¿Tenía que ser de pollo, o podía ser...?

Eos abre los ojos y la boca, alucinada.

-¡Jabón (soap)!¡No sopa (soup)!

Algo parecido le ocurrió a John Fitzgeral Kennedy en su visita a Berlín en los años 60. Kennedy se vanagloriaba de sus antepasados alemanes, y además quería destacar la importancia que tenía lo que ocurriera en el Berlín dividido de cara al mundo entero ("Lograr la paz en Berlín", afirmaba, "es conseguirla para París, para Roma, para Washington..."). Por eso, cuando salió al balcón de un edificio oficial germano, delante de una multitud expectante, pronunció, en un alemán cuidadosamente estudiado:

-¡Yo también soy berlinés!

A lo cual la multitud respondió con alborozo. Esta es la versión oficial. No obstante, lo que los alemanes escucharon en realidad aquel día de labios de JFK fue:

-¡Yo también soy una rosquilla!

Lógicamente, de ahí se reían. 


Comentario: No me extraña que las avispas no se fueran: ¡estaban esperando el segundo plato! ;)


lunes, 1 de diciembre de 2025

Los libros de diciembre: pulpos, nazis y mujeres romanas.

-Los secretos del pulpo está escrito principalmente por Sy Montgomery, aunque es un libro ilustrado que ha sido editado por National Geographic, y que cuenta con varios colaboradores. No sé qué me han fascinado más, si las fotografías de las múltiples especies de pulpo, o el texto, que desgrana mil detalles sobre estos fascinantes animales, de los que aún desconocemos muchas cosas. Montgomery nos enseña a amar más aún a estas inteligentísimas criaturas, que han desarrollado un cerebro muy distinto del de los vertebrados, y que cada día nos revelan aspectos nuevos sobre su capacidad de camuflaje, su poder como escapistas, su sorprendente anatomía, sus increíbles sentidos y capacidades -detectar la luz por la piel; caminar sobre dos patas; aprender cosas incluso dentro del huevo, durante la fase embrionaria-, su chocante comportamiento y ciclo vital (son criaturas más sociales de lo que cabría esperarse), o las diferencias que hay entre especies o entre individuos, quienes cuentan con una personalidad propia. Como defecto menor del libro, advierto que a veces no es muy sistemático en el suministro de la información ni en el orden con que te proporcionan la misma -hay órganos de este molusco que sólo te explican después de haberlos nombrado varias veces, e incluso ni entonces-. Eso sí, con este volumen, os garantizo que tendréis menos ganas de comer pulpos, y más de promover que no se hagan granjas donde criar a los mismos para consumo humano.

-En el jardín de las bestias. Escrito por Erik Larsson, narra la historia real del embajador (de 1933 a 1937) de Estados Unidos en Alemania, William E. Dodd, quien fue a Berlín acompañado por su familia, incluyendo su hija Martha. El libro cuenta cómo tanto Dodd como su hija quedaron en parte seducidos por el ambiente de la época, llegando a creer (en unos años en que el nazismo parecía más contemporizador) que las derivas autoritarias y antisemitas del nuevo régimen no serían para tanto. Este ensayo, sin embargo, muestra cómo, al contrario de lo que anhelaban, la situación fue empeorando paulatinamente, y todos los cambios positivos que Dodd y su hija veían eran meros espejismos, o trucos de los fascistas alemanes para ganar tiempo y lograr la consecución de sus fines. ¿Que si lo he leído para ver si nos encontramos en una situación similar respecto a algún otro país actual? Para nada (guiño, guiño), no sé de qué me estáis hablando.

-Soror. Vamos ahora con un colectivo que, a ciertos seres humanos, les resulta tan incomprensible como los pulpos, o (sí, hay gente así) más despreciable que los nazis: las mujeres. En este volumen, Patricia González, historiadora, repasa cómo era la vida del "sexo débil" en la Edad Antigua, y en concreto en la antigua Roma. No sólo habla de las figuras más famosas (entre otras Livia, Fulvia, Agripina, de manera breve Cleopatra), sino sobre todo de las mujeres corrientes, describiéndonos detalles de su existencia cotidiana: cómo vivían, a qué les obligaban las leyes, cómo se modelaba su comportamiento para que se ajustara a un canon social. Para ello, la autora no recurre únicamente a las crónicas oficiales -normalmente parcas en referencias o sesgadas-, sino que recurre también a la arqueología y otros recursos, en muchos casos desmontando sesgos establecidos por los romanos (o por los propios historiadores), o subrayando que ciertas excepciones eran más comunes de lo que se creía. El único pero al texto -y sólo es una visión subjetiva- es que, al narrar la historia de Roma desde una perspectiva específica, parte de la base de cierto conocimiento de la época que quizá requiera de alguna lectura previa, pero no creo que eso sea un inconveniente para la mayor parte de quienes se sientan atraídos por este libro. Médicas, abogadas, niñas obligadas a casarse a una edad muy temprana, prostitutas, o viudas que manejaban su propia fortuna, desfilan por las páginas de "Soror", que por supuesto no es sólo un texto feminista, sino también un ensayo sobre cómo la política, la mitología y la historia se han encargado de instaurar en el imaginario colectivo una visión particular sobre las mujeres, sin que éstas pudieran describir (en casi ningún caso) su propio punto de vista. Una injusticia histórica que libros como éste quieren contribuir a reparar.

domingo, 1 de junio de 2025

El relato de junio: "La mula Francis en la corte del rey Trump"

 “Francis, la mula parlante” es un personaje de ficción que apareció en 1950 en un film estadounidense homónimo en el cual dicho animal hablaba y le daba consejos a un soldado no muy despierto, en contraste con el ingenio cáustico del equino. He querido imaginarme cómo sería la vida de la mula Francis si le diera por aparecer en estos tiempos tan bestias que vivimos.

 

ALGÚN LUGAR DE ESTADOS UNIDOS. AÑO 2023.

                Todo comenzó en el parque de caravanas donde J.D. Vance iba a pasar sus vacaciones. Allí, se sentaba en un taburete y leía el periódico en pantalones cortos, con los pies metidos dentro de una piscina hinchable de plástico rellena de agua, para así recordar cómo eran sus vacaciones de verano cuando era niño. Por suerte, ahora ni él ni su familia vivían allí, pero volvía de vez en cuando para recordar que, si le ponía mucho esfuerzo y el Partido Republicano trabajaba duro, era posible que, algún día, todos los norteamericanos tuvieran una infancia como la suya.

                Fue entonces cuando escuchó cómo alguien le hablaba a su espalda con una voz sonora y bien modulada:

                -Oiga, amigo, ¿ha visto lo que el idiota de Trump está haciendo?

                -Pues sí, es un cernícalo de marca mayor, y se lo digo yo, que he visto muchos. Aunque es verdad que le sigue mucha gente.

                -¿Y no cree, amigo, que alguien debería salir por la tele y decirle a la gente que ese hombre es un maldito ignorante? Y no me refiero adónde ha estudiado, sino que no para de decir sandeces.

                -En efecto, alguien debería hacerlo.

                -¿Y no ha pensado en que ese alguien sea usted?

                -¿Yo? Pues…

                El problema es que, cuando Vance se dio la vuelta para contestar no vio a nadie.

                -Oiga, ¿dónde está?

                -Aquí.

                -¿Cómo aquí? Aquí no hay nada salvo…

                -Yo.

                -¡Una mula!¡Una mula que habla!

                -Francis, para servirle.

                -¿Francis?¡Pero si eso es nombre de chico!

                -No entremos en la cuestión del género, ¿quiere? Qué obsesión tiene la gente por categorizar… Llámeme simplemente Francis, y con eso estaremos todos contentos.

                -Bueno, Francis, como usted quiera… Si a mí lo que me sorprendía era que una mula estuviera charlando conmigo. ¿Dónde ha aprendido usted mi idioma?

                -Que dónde he aprendido yo… Qué pregunta. En una escuela pública estadounidense no, desde luego. Con el poco dinero que invierten ustedes en ella, sería imposible.

                -Oiga, ¿se está metiendo con mi país?¡Porque América es una gran nación!

                -Luego discutiremos si su país se llama o no América, pero de momento, volvamos a lo importante: ¿no ha pensado usted en hacerme caso, e irse a protestar contra Trump en la televisión nacional, ahora que se ha hecho usted famoso con su libro y su película?

                -Ah, ¿las conoce usted?¿Qué tal, le han gustado?

                -Bueno, un poco autoindulgentes y con tendencia a la inacción, si quiere que le diga la verdad. Aunque he de decir que simpatizo con el hecho de que ponga el foco en las personas más desfavorecidas… Pero dejémonos de crítica literaria -zanjó la mula, antes de que Vance pudiera poner reparos-. Ahora, retornando al meollo de nuestro asunto: si conseguimos apartar a ese cretino de Trump de la carrera a las elecciones, y evitamos que salga elegido en 2024, es posible que el país haga algo decente por la gente que vive en los parques de caravanas, y les ayude a estar un poco mejor.

                -Hmm, bueno, eso estaría bien, la verdad.

                -Pues habrá que ir a Washington entonces.

-¿A Washington?¿El estado, o la capital?

-La capital, por supuesto. Ahí es donde se toman las decisiones importantes, y ahí es donde estarán las cámaras de televisión que necesitamos.

                -¿Cuándo dice “necesitamos”, se refiere a mí?¿Quiere ir usted… conmigo?

                -No, con Taylor Swift, no te fastidia… Pues claro que con usted: no se pensará que una mula parlante va a conseguir audiencia en la CNN. Y mira que a la Fox han acudido toda clase de criaturas, incluyendo sapos e invertebrados, pero creo que será más fácil si habla usted por mí. Aunque yo también habré de ir, que para algo la idea ha sido mía.

                -Ummm, en fin, reconozco que eso tiene toda la lógica del mundo.

                -Hala, pues venga, lléveme al Distrito Federal, que ya vamos tarde. Por cierto, le aconsejo que se compre una furgoneta: ¿sabe lo mal preparado que está el transporte público para desplazar mulas? Mira que estuve un tiempo en el ejército, y allí nos trataban mejor…

 

UNOS MESES DESPUÉS

 

                -Hola, Francis, ¿qué tal?¿Te tratan bien en este establo que te he buscado?¿Te dan de comer buena paja?

                -No está mal. Un poco sosa, quizá, pero, por lo demás, aceptable. Por cierto, sea lo que sea lo que ha negociado con el dueño, ya no hace falta que le pague. Le he dado un par de consejos sobre gestión financiera y, con lo que han incrementado sus beneficios, mi hospedaje está más que pagado. Mira que en este caso me ha venido bien, pero eso de Wall Street tiene últimamente más estiércol que este establo. En fin, hablemos de cosas serias: J.D., me encantó lo que dijiste contra Trump el otro día en las noticias. Creo que vamos por el buen camino.

                -¡Eso mismo iba yo a decirte! Mira, de hecho, a raíz de haber salido en la tele, mira quién ha venido.

                -Hola, buenas: me llamo Robert Kennedy Jr.

                -Buenas, encantado de conocerle. Perdone que no le dé la pata, la tengo un poco sucia.

                -Oh, no se preocupe. Últimamente todo está un poco sucio. Es porque la gente se mete toda clase de porquerías en el cuerpo: vacunas, por ejemplo. Así está la sociedad de mal.

                -Creo que no nos vamos a llevar del todo bien usted y yo -respondió la mula.

                -Uy, qué va. En mi familia siempre le hemos tenido simpatía a los burros. De hecho, mi padre anduvo con burros toda su vida.

                -Lo primero de todo, yo no soy un burro, soy una mula. Y, créame, uno puede andar con burros, con elefantes o con zarigüeyas, pero eso no obliga a nadie a convertirse en un asno.

                -Robert me ha contado que tiene grandes planes -intervino Vance-. Y creo que podemos jugar un papel muy interesante en ellos.

                -¿Podemos?-alzó una ceja Francis-. ¿Y quién me ha preguntado a mí?

                -Si le mostramos a la gente que hay una mula que habla -apuntó RFK Jr.-, podemos explicar que eso es una prueba inequívoca de cómo las vacunas están afectando hasta a los cuadrúpedos salvajes. Y por qué deberíamos empezar a consumir productos más naturales: leche cruda, pollo clorado, cocaína…

                -Oiga, señor mío, el hecho de que yo sea capaz de sostener una conversación no tiene nada que ver con las vacunas. No diga estupide…

                -Además -irrumpió Vance, entusiasta-, ¡a mí me han prometido un cargo de vicepresidente!

                -Ay, Dios -se lamentó Francis.

                -¿Puedo pasar?-irrumpió en la habitación alguien naranja con una gorra roja en la cabeza. Sorprendentemente, se escuchó un ruido apagado de aplausos enlatados de fondo, aunque nadie sabía de dónde procedían.

                -¡Hola, Donald! Entra, entra -le indicó RFK, sin pedirle permiso a nadie más-. Te quiero presentar a Frankie, el mulo que habla…

                -He dicho Fran… Buf, imposible -agitó la cabeza Francis, mientras bufaba con hartazgo-. Y ahora viene aquí éste.

                -Hola, Frank -saludó el candidato presidente-. ¿Qué tal?¿Eres un buen mulo americano?

                -Los animales no tienen nacionalidad, señor Trump; a nosotros no nos admiten en el registro electoral. En cambio, parece que el acceso a los documentos secretos se lo dan a cualquiera.

                -Ja, ja, qué gracioso -rio Trump-. Y además, tienes razón, ¡qué mal anda este país! Estas cosas en Rusia no pasan. Menos mal que estoy yo aquí para arreglarlo. Frank, ¿quieres que nos hagamos una foto? La puedo publicar en mi red social.

                -Eeehh… -vaciló Francis, arqueando mucho el belfo superior-. Bueno, si no les importa, pónganse ustedes del lado de mi grupa. Es que ése es mi perfil bueno.

                -Venga, chicos, vamos a hacerle caso. Sonreíd todos…

                Francis agitó la cabeza y miró al cielo como si fuera una cámara imaginaria con la que pudiera comunicarse con el resto del mundo.

                -Vaya añitos nos esperan… Bueno, al menos tenemos una ventaja: no saben distinguir un culo de una cara. Aunque sean tozudos como mulas… algo podremos hacer. Habrá que…

                -¡Oh, Dios mío!, ¿qué es ese olor?

                -Creo que viene del… de detrás de la cola del mulo, señor.

                -… usar bien nuestras armas, incluso las que son un poco pestilentes. Como mínimo, nos echaremos unas risas. Y, quizá, logremos algo más -guiñó Francis el ojo, acompañando el gesto con una sonrisa-. ¡Amigos, iremos hablando!

¿CONTINUARÁ?

lunes, 21 de abril de 2025

La historia real de abril: Sobre los sentimientos.

 Sobre los sentimientos

(Reflexión escrita hace unos cuantos años)

                La Semana Santa ha dado para mucho. Entre otras cosas, para observar detenidamente a la gata de mi madre. Es súperentretenido. Se te queda mirando expectante, curiosa. Si te ocurre hacer algo estrafalario (un número musical, por ejemplo, ejecutado únicamente con fines sociológicos) primero te mira sorprendida, luego rehúye la mirada como si estuviera tratando con un loco peligroso, y al final escapa subrepticiamente, mirando de refilón para ver si le sigues. Supongo que la gata se escama porque no comprende por qué haces esas cosas (los animales tienen, por lo visto, un instinto muy arraigado para no meterse en lo que no entienden. Es lo que favorece, entre otras cosas, que no se coman a los insensatos a quienes se les ocurre poner una tienda de campaña en medio de África. Dicen aquello de que la curiosidad mató al gato, pero más bien da la impresión que es precisamente la falta de curiosidad, ese sentimiento tan humano, que nos ha dado entre otras cosas la ciencia y la filosofía, el que al gato le mantiene vivo). Y, en mi reproche mental hacia el minino –todavía no estoy tan loco como para hablarle en voz alta a un gato, como de hecho hacemos casi todos los que hemos interaccionado con un animal en algún momento-, aduzco que no se me ocurre una manera mejor de llenar del tiempo que hacer esa clase de gansadas en uno de esos impass que se generan con cierta frecuencia en nuestras vidas. De hecho, hasta le recrimino al felino esa suficiencia de la que alardea por la vida, ese no necesitar nada más que lo que tiene. La verdad es que la existencia de un Felix silvestris doméstico es muy simple. Cuando tiene que comer, comer, cuando tiene que dormir, duerme, y cuando tiene que cagar, pues lo hace, y el resto del tiempo se pasea de manera más o menos perezosa por la casa. De hecho, sus únicos conflictos con la vida han sido con mi madre a la hora de ver dónde caga, pero como mi progenitora se ha rendido con bastante rapidez, ni siquiera tiene ahí la gata donde rascar. Por lo demás, el animal parece no alterarse. Yo, la verdad, creo que viviría bastante oprimido así, sin ver ninguna serie de televisión ni leer un libro, pero la gata parece insensible al aburrimiento. Y se me ocurre que, aparte de este último, pocos sentimientos hay más genuinamente humanos. Decía el genial Terry Pratchett que el ser humano es tan estúpido que, en un mundo lleno de maravillas insondables y hechos sorprendentes, ha inventado el aburrimiento. Y tal vez sea verdad eso de que ese sentimiento lo hayamos creado nosotros, pues se me ocurre que en la Prehistoria (ocupados constantemente de qué íbamos a comer, adónde íbamos, en qué cueva podríamos dormir) aburrirse no era una de las opciones disponibles. Y, para cuando surgía un escaso rato de tiempo libre, para eso estaba la curiosidad.

                Cambiando de tercio (o quizás no tanto) en esta Semana Santa no me ha dado tiempo a aburrirme mucho, entre otras cosas, porque alguien muy cercano a mí había perdido a un miembro de su familia. Yo la consolaba, aportándole argumentos que a mí me sonaban tremendamente potentes: como que lo mejor que se podía sacar de este capítulo de su vida era la inmensa cantidad de recuerdos buenos que albergaba de esa persona; y, también, que el último episodio vivido con el fallecido había sido reciente, y muy positivo muy para los dos. Desde ese punto de vista, era la menos mala de las situaciones posibles. Claro que, conforme lo decía, una de las cosas que me pasaban por la mente es que lo que le pasaba por la cabeza a mi interlocutor no era tanto pena por la desaparición de alguien relacionado con momentos pasados, sino el lamento de que, con esa persona, ya no podrían generarse recuerdos nuevos: una especie de nostalgia por sucesos que nunca habrían de ocurrir. En cierto sentido, ahora que lo pienso, tal vez sea eso lo que más lamentamos de la muerte de un conocido: no tanto la añoranza de los buenos instantes que compartimos, sino, más bien, tristeza por todos aquellos que no podremos de ninguna manera vivir.

                Y a lo mejor, ahora que lo medito, ambas cuestiones se encuentren relacionadas. Puede que en nuestra lucha contra el tedio tan sólo nos tengamos los unos a los otros, como una manera de llenar la vida hasta la muerte. Quizá la desaparición de uno no nos recuerde tanto que algún día feneceremos como lo poco interesante que se volverá nuestra vida hasta que llegue el momento de morir. Tal vez cada conocido sea una forma de curiosidad, de abrirnos al abismo del otro; que la empatía no sea sino otra forma de ocupar nuestras vidas, tan necesaria y vital como el cine, la literatura, la mitología, todas esas cuestiones que hemos inventado para no aburrirnos. A alguno este pensamiento le puede parecer frívolo: comparar a las personas con un entretenimiento. Pero probablemente no haya nada más importante en la vida que llenar ese hueco, y es posible que no haya forma mejor de completar ese vacío tan grande que "los otros", ese concepto que necesitamos para mantener íntegro y cuerdo nuestro yo. Por eso, por escéptica que me mire la gata de mi madre como si me hubiera dado un arranque esquizofrénico, necesitamos montar esos números musicales. De hecho, cuando llegue la hora de mi muerte, no quiero que os pongáis tristes: no quiero ropas de luto ni duelo. Al revés; después de tirarme en un sitio que no requiera mucho gasto y no contamine demasiado, salid a divertiros: viajad, creced, vivid, iros de juerga, follad, follad muchísimo, follad con dos o tres personas, haced un cuarteto o un trío, y decid que se lo dedicáis a un amigo, que hacéis todas las cosas que os apetece llevar a cabo porque esa persona no puede hacer lo que le plazca nunca más. Que la pérdida de cada individuo debería celebrarse como una demostración de amor a la vida, y también a la humanidad, pues perder a alguien significa perder un poco todos de nosotros, y todos merecemos ser consolados. En fin, se me ocurre que, hace poco, un veterinario aconsejó a los dueños de animales que, cuando no les quede otro remedio que sacrificar a estos últimos, permanezcan junto a ellos para que no se sientan extraños, para tranquilizarlos, para darles amor. ¿Ves como tenía razón?, le replico mentalmente a la gata de mi madre, de momento (y esperemos que por mucho tiempo) tan ufana, mientras repaso la evolución de las especies y me doy cuenta de que las criaturas que llamamos superiores no han avanzado para tener escamas más duras o aguijones, sino en cambio pelos, calor, empatía, amor compartido, interacción social, fuerza del grupo, todas esas cosas que muchas veces desdeñamos y hasta que no llega el momento postrero no apreciamos. Y creo sinceramente que esa forma de hacer las cosas que escogimos los mamíferos (apostar por sentimientos tan poco prácticos como la curiosidad o el cariño) nos hacen más fuertes que el tiburón o los dinosaurios. Y ahora dejo de escribir porque me parece que la gata sabe que estoy escribiendo sobre ella, y creo que de un momento u otro se va a intentar vengar.

Post-scriptum: al revisar este texto, recuerdo que recientemente ha fallecido la gata de mi madre y, a pesar de que nunca se llevó demasiado bien conmigo, reconozco que la echo de menos. Adiós, Pippa: donde quiera que estés, espero que ejerzas de gato a gusto.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Nuevos episodios de "El Gato de Hubble": Abejas, abejitas everywhere

En "El Gato de Hubble", durante dos programas nos decidimos a hablar de abejas. Pero no de manera metafórica (como para explicar las relaciones entre "papás y mamás", o como hacen en "20.000 especies de abejas"; por cierto, el sistema de diferenciación sexual de las abejas es apasionante), sino real. Y, como veréis en el programa, somos grandes fans de estos insectos a rayas (como le ocurre a "Mr. Holmes", las defendemos a muerte, mientras que odiamos las avispas). Pero es que además de entusiasmarnos su biología -que tratamos sobre todo en el primer episodio-, Daniel nos contó su experiencia particular como apicultor, en particular en el segundo programa, dedicado a "Colmenas", donde describió detalles increíbles que ni siquiera habíamos pensado (y alguno que se le olvidó: ¿sabéis que las celdillas de las colmenas en realidad son circulares, y es la gravedad y la interacción entre sí lo que las vuelve hexagonales?).

En definitiva, la experiencia de primera mano de Daniel nos hizo redescubrir a unos bichillos que son muy importantes para nosotros -en gran parte, su supervivencia es la nuestra- y que, aunque nunca podremos comprender del todo, nos han incitado a interesarnos más sobre su vida y la de los apicultores que se dedican a trabajar con ellas. Como suele ocurrir, ha sido de esos programas que me encantan porque yo no sabía nada del tema y, después de meterme, quería conocer mucho más. Espero que los disfrutéis. Zumbad a gusto hasta la próxima.

Posdata: respondiendo a dos preguntas que surgieron durante los podcast, yo personalmente he encontrado varios casos recientes de mujeres apicultoras, y me han descubierto una escena en vivo y en directo en el que llaman a un apicultor para resolver un problema de enjambre, aunque no se resolvió exactamente igual que como nos lo contó Dani, quizá porque tuvo lugar durante un torneo de tenis de renombre mundial.

lunes, 18 de diciembre de 2023

Los libros de diciembre: tres ensayos

-"Hijos del Nilo": el periodista Xavier Aldekoa, experto en África, traza un recorrido geográfico, histórico y humano a través del imprescindible río Nilo, desde sus míticas fuentes hasta su desembocadura. Viaja pues a través de Uganda, Sudán y Sudán del Sur, Etiopía y Egipto, no sólo relatando su pasado y su relación con el río que los vertebra, sino su presente y los retos futuros a los que han de enfrentarse. Esclarecedor, y todavía muy válido para entender la actualidad.

-"La jirafa de los Médici", de Marina Belozerskaya, narra un conjunto de episodios alrededor de figuras históricas las cuales, por diversas razones, reunieron costosas y exuberantes colecciones de animales exóticos. Desde Ptolomeo Filadelfo hasta William Randolph Hearst, pasando por Pompeyo, Lorenzo de Médici, los emperadores Rodolfo y Moctezuma y Josefina Bonaparte, el libro explora la fascinación que producen en nosotros las criaturas vivas procedentes de lejanas tierras, así como nuestra cambiante relación con los animales y la forma en que éstos son considerados. Abundante en documentación, el libro no se detiene solamente en los zoológicos creados por estos personajes, sino que explora a fondo sus biografías, sus motivaciones, y también la de una gran cantidad de personajes que se implicaron en conseguir que las ciclópeas locuras de sus superiores lograran llevarse a cabo. Muy interesante.

-"Viajes al otro lado del mundo". El naturalista y documentalista David Attenborough nos narra algunos de sus viajes de juventud a tierras lejanas: la Melanesia, Nueva Guinea, Australia, Madagascar. Allí se tropezará con animales sorprendentes y con grupos humanos con costumbres que le descolocarán. Attenborough mezcla la mirada del escritor y del humanista, del individuo que te muestra la naturaleza, y del que te relata también las dificultades técnicas para registrarla. También es una oportunidad de comprobar cómo ha cambiado la perspectiva acerca de la conservación del medio natural en las últimas décadas. Diría que más cautivador aún que sus documentales: además, las fotografías en este volumen, de "Ediciones del Viento", sirven para ilustrar las descripciones del autor, y visualizar lo que él está viendo.

lunes, 27 de noviembre de 2023

Las historias cortas de noviembre. "Qué haríamos sin las señoras...", segunda parte

    Esto ocurrió, hace no demasiado tiempo, en uno de estos barrios castizos típicos de Madrid.

    Una señora, con bata de boatiné y con rulos, se dispone a irse a dormir a su cama. Y entones, para su sorpresa, se encuentra a un lagarto, de medio metro de envergadura, de color verde, tumbado sobre su cama, con los ojos fijos sobre ella, como preguntándole, “¿Qué, te metes por fin, o tengo que esperar mucho más? Que ya tengo sueño”.

    La señora, completamente alucinada, no sabía lo que hacer. Recurrió entonces al único método que se le ocurrió en este momento: cogió el primer spray que tenía a mano (ella le llamaba “flu-flu”: el problema es que no se trataba de insecticida, sino de limpiador para el polvo) y lo roció, como si se tratara de nieve, encima del lagarto; eso sí, manteniendo las distancias. Flu-flu la primera vez, flu-flu la segunda, y el lagarto, nada, ni inmutarse, no se iba ni se movía, tan sólo sacaba la lengua, como volviendo a preguntar: “¿Pero te dejas de chorradas o qué? Métete de una vez en la cama”.

   Así que la señora, agotada de recursos, asió con una mano el teléfono, y llamó, efectivamente...

   No, no a la policía ni a los bomberos ni a la perrera. Tampoco a hijos, sobrinos, familiares o vecinos.

   A Telemadrid.

   La combinación de España profunda y mundo globalizado, es tan peligrosa como la de fundamentalismo islámico y alta tecnología armamentística.

    (Al final, resultó y todo que el lagarto era especie protegida).

   (Otra versión de la historia dice que en realidad, la señora estaba acojonada, y lo que pasa es que les había llamado porque no tenía el número ni de la policía ni de los bomberos, sólo el de Madrid Directo).

martes, 1 de agosto de 2023

La historia corta de agosto. Dedicadas a Eduardo Galeano (XX): un concierto inesperado.

 Dedicadas a Eduardo Galeano (XX): un concierto inesperado.

            Fue muy curioso: cuando detuvimos el coche por una avería en mitad de la carretera, al lado de un claro del bosque, y mi padre (como era habitual en él) enchufaba la música clásica a todo volumen mientras reparaba el motor del coche, un grupo de ciervos se acercaron y quedaron parados, con mirada curiosa, aparentemente extasiados por la poderosa voz de Pavarotti haciendo sombra a los gorjeos de los pájaros. Permanecieron en esa guisa, hasta que finalmente nos marchamos.

            Mi padre se regocijó, orgulloso:

            -Por fin encuentro alguien que sabe apreciar la música que pongo –dijo orgulloso, y complacido, subió aún más la música, sin importarle los gritos que nosotros pudiéramos tronar...

lunes, 21 de noviembre de 2022

La historia corta (y rescatada) de noviembre: "Contacto"

 Contacto

Los antropólogos se han planteado, durante generaciones enteras, cómo se seleccionó positivamente al mono desnudo con respecto al orangután cargado de pelo. Algunos dicen que el ser humano fue en un principio animal acuático, el cual necesitaba tan sólo cabellos en la cabeza para protegerse del sol; otros han propuesto las más variadas y peregrinas teorías. La realidad, como casi siempre, es muchísimo más sencilla.

El mono contempló a la monita que, por un error genético, había nacido sin pelo, y vivía por ello rechazada, apartada del resto del grupo. El mono se acercó entonces, por curiosidad, hacia la solitaria primate, y a pesar de meditar para sus adentros, “Qué fea es”, acercó el dedo, y la tocó -apenas la rozó-, tan sólo por curiosidad.

 Él pensó: “Qué tacto más suave”. Ella se estremeció.


lunes, 23 de noviembre de 2020

La historia real de noviembre. Un lista de alimentos que ya no existen.

¿Sabéis ese momento en que probáis un plato y os decís a vosotros mismos: "está bien, pero nunca será igual que aquel que probé...?". Puede que no sea verdad. Puede que se trate de nuestro estúpido cerebro, que distorsiona los recuerdos y los asocia a factores emocionales, de tal manera que, si os dieran exactamente el mismo alimento que en vuestros sueños, no os sabría exactamente igual. Pero sí que existen algunos casos en los que nunca podremos volver a disfrutar determinados manjares porque, en efecto, desaparecieron para siempre. Y no nos referimos a vegetales que han modificado sus propiedades por el cultivo selectivo del hombre, que también, sino, especialmente, de aquellos tipos que se han extinguido en todas sus formas. La mayoría de ellos, los pobres humanos del presente ni siquiera tuvimos la oportunidad de saborearlos en su momento, y tendremos que vivir por siempre con la intriga acerca de cómo eran. He aquí una somera lista de aquellas deliciosas elaboraciones culinarias que ni tú ni yo degustaremos jamás.

-Por supuesto, aquí tenemos que incluir a buena parte de los animales que hemos extinguido o contribuido a extinguir, muchos de ellos en época prehistórica. Allí donde el hombre arraigaba, desaparecían la mayoría de las grandes criaturas terrestres, lo cual implica que no podremos volver a devorar filetes de mamut ni de otros muchos miembros de la fauna megalítica. Pese a que existen primos lejanos de estas especies o que existen proyectos de clonación de algunos de estos pretéritos seres vivos a partir de muestras fósiles, es bastante poco probable que, a corto plazo, imitemos a nuestros antepasados en el acto de organizar un festín a la luz de la hoguera donde asemos a uno de estos animales.

-Ya en eras históricas, y hasta épocas muy recientes, seguía sin existir el concepto de extinción de una especie, con lo cual el hombre clavaba sus dientes sobre todo lo que veía, incluso aunque esquilmara sus propias fuentes de alimento. Famoso es el caso de los búfalos en Estados Unidos (de los que sólo quedan unas pocas reservas de los mismos, cuyos ejemplares sirven de vez en cuando para degustación de los turistas) o el de los dodos en isla Mauricio, aunque por lo visto allí no pesó tanto la acción del hombre como de los animales que los seres humanos habían traído consigo, en especial los cerdos, que sentían predilección por los huevos de estas aves. Un caso menos conocido, pero no por ello menos sangrante, es el de la paloma migratoria, con diferencia el ave más abundante en Norteamérica hasta el siglo XX (sus bandadas eran tan numerosas que llegaban a oscurecer el cielo), y que fue esquilmada en un tiempo récord después de una campaña sistemática alentada por las autoridades, las cuales argumentaban que, en época de hambruna, qué mejor que dar caza y cocinar a esas inútiles criaturas de Dios. Si a ello añadimos que aquel pájaro no era especialmente hábil frente a las trampas que le tendían los humanos, estaba claro que su suerte estaba echada. Claro que, con todos estos animales, lo peor no es que desaparezca un alimento, por supuesto: es la extinción de un ser vivo, y la pérdida de biodiversidad en los ecosistemas afectados 

-En algunos casos, la extinción ha venido ligada a la agricultura y la ganadería, prácticas que por definición se basan en la selección de las especies más favorables por un determinado motivo, provocando uniformidad en cuanto a las especies criadas o cultivadas. Desaparecieron las coliflores de Cornualles, las peras de Ansault -según se dice, eran exquisitas-, y cualquier clase de zanahoria que no tuviera color naranja (según cuenta la leyenda, merced a una campaña de propaganda de propaganda de los neerlandeses en favor de la reinante casa de Orange, de quien copiaron sus colores), a pesar de los recientemente infructuosos intentos de que la gente aceptara de nuevo en el mercado zanahorias de distinta tonalidad. En otras ocasiones, la desaparición no es intencional, pero está íntimamente ligada a los métodos de producción: la mayor parte de los plátanos que crecen en el mundo son clones a partir de una variedad única (en concreto, del tipo Cavendish), y eso provocó, hace unos años, que por culpa de una plaga casi todas las existencias de plátanos estuvieran a punto de desaparecer. ¿Qué se les ocurrió para evitar que esto volviera a ocurrir? Pues, por supuesto, volver a reproducir el mismo sistema nefasto, de tal modo que, si una enfermedad intratable afecta de nuevo a esta fruta, podemos despedirnos de los plátanos para siempre. En otros casos, son los propios gustos de los clientes los que determinan la elección de una variedad u otra. Por razones que todavía no he podido encontrar registradas en ninguna parte, la gente se ha acostumbrado a creer que los huevos morenos son mejores que los blancos -en realidad, su valor nutricional es exactamente el mismo-, de tal modo que están dejando de comprarlos y, por tanto, abocando a las gallinas de huevos blancos a perderse en la noche de los tiempos.

-Un caso muy particular el silfio. Esta planta es una variedad del hinojo que crecía cerca de Cirene, en la actual Libia. Se utilizaba como especia en la cocina pero también tenía propiedades medicinales. En concreto, era muy apreciado por sus cualidades anticonceptivas y abortivas, y debía de funcionar bastante bien, porque era tan apreciado que llegó a valer su propio peso en plata, y a ser grabado en las monedas acuñadas en esta región. El problema era que el silfio nunca pudo ser domesticado (era un planta exclusivamente silvestre), y crecía en una franja relativamente estrecha de tierra, de tal manera que su recolección estaba cuidadosamente limitada a unas cantidades anuales. La amenaza, sin embargo, venía de dentro, ya que se dice que los pastores de la zona, descontentos porque ese productivo negocio no les repercutía ningún beneficio, dejaban a sus ovejas pastar por la zona de crecimiento del silfio, e incluso se dice que lo arrancaban a propósito. Fuera por esto o por un exceso de recolección, el caso es que el silfio fue haciéndose cada vez más raro y caro hasta que, finalmente, desapareció. Desde entonces, se ha estado buscando con anhelo esa variedad de planta que, supuestamente, daba a los guisos un sabor similar al ajo y que, de acuerdo con los estudios a partir de alguno de sus parientes del género Férula, es probable que realmente tuviera un efectivo poder abortivo. Pero, hasta ahora, en cuanto a rescatar la planta para el presente, no ha habido suerte. Aunque algunos sospechan que cierta variedad mediterránea que aún subsiste podría ser el auténtico silfio, la creencia global es que el último tallo del que se tiene constancia se envió como regalo al emperador Nerón, desapareciendo desde entonces todo rastro sobre la faz de la tierra.


El silfio era tan importante para la economía de Cirene que hasta salía en sus monedas. Ahora mismo es la imagen más precisa que tenemos de su aspecto, así que tomadlo como un cartel de "Se busca"

-Esta historia probablemente disgustará a los amantes del vino. Fue muy difícil cultivar la vid en tierras norteamericanas: a un largo transporte en barco se unía la dificultad de encontrar un clima adecuado para esta planta, y a pesar de los pobres intentos en la Costa Este (Jefferson fue de los primeros en conseguir un mediocre resultado), no fue hasta que llegó a California, de clima más similar al Mediterráneo de donde procedía, cuando el vino empezó a producirse con cierta calidad. Pero había un obstáculo con el que los viticultores no habían contado: la filoxera. Este pulgón tiene como único huésped conocido a las vides, y crecía en exclusiva en América, pero las especies cultivadas en este continente habían acabado por desarrollar resistencia y consiguieron salir adelante. Sin embargo, cuando en Europa se produjo una plaga distinta, causada por un hongo, alguien tuvo la genial idea de traer raíces de origen americano para combatir esta enfermedad. Con las vides americanas llegó también la filoxera, que estuvo a punto de liquidar a la totalidad de las especies del Viejo continente. Por fortuna, la salvación llegó del mismo lugar de donde provino el mal, y gracias a injertar vides europeas en las americanas, los países del Oporto, el Ribera del Duero y el Chardonnay pudieron seguir exportando vino. ¿Final feliz? No del todo. La cosa es que las especies de uva que sobrevivieron no eran exactamente las mismas y, por razones evidentes, no podemos saber cuán gustosas era las bebidas espirituosas que generaban; ciertos testimonios, de hecho, apuntan a que el deleite producido por las cepas antiguas era mayor que con las nuevas. Pero esto, como con otros alimentos, es una duda que nos atormentará por siempre jamás*.

El mayor drama no son esas delicias que nos hemos perdido; sino, tal vez, aquellas a las que no podremos acceder en un futuro quizás demasiado cercano. El cambio climático pone en peligro determinadas especies vegetales, como el caso del cacao, de cuyos cultivos tratan unos cuantos especuladores de apropiarse para que, de aquí a unos años, el chocolate se convierta en un producto de lujo del que sólo unos pocos se beneficien. Tampoco son desconocidas las operaciones que determinadas compañías, como Nestlé, están efectuando para acaparar las principales reservas de agua del planeta, de tal modo que, si la crisis climática acaba afectando a su disponibilidad, ellos puedan controlar el negocio alrededor de la molécula vital de la que estamos compuestos. En el pasado, el ser humano podía decir que desconocía la propia noción de extinción de una especies, y que muchas de las criaturas que hizo desaparecer lo hicieron sin que él fuera consciente de este fenómeno. Pero, dentro de unos años, ¿qué clase de excusa pondremos? O, una pregunta mejor, ¿qué podemos hacer ahora para que no tengamos que lamentarlo?

Bonus: una historia que no va exactamente de alimentos desaparecidos, pero casi -y que recordará a muchos al famoso capítulo de Futurama sobre la pizza de anchoas-. François Miterrand se hizo famoso (además de por la nimiedad de ser el presidente de Francia) por organizar un banquete en la que se sirvió un ave que no sólo está en peligro de extinción, sino que la forma de matarla y cocinarla se considera inusualmente cruel. Por lo visto es tradición, entre los que degustan ese plato, taparse la cabeza con la servilleta para señalar que se es consciente del tremendo sacrilegio que se está a punto de cometer (algo parecido a lo que comentaba Clint Eastwood en "Cazador blanco, corazón negro", emulando a John Houston) y, además, no comer más de uno de estos animales por barba. Miterrand no sólo -presumiblemente- no se tapó la cabeza sino que, para más inri, comió dos. Hay dos maneras de interpretar que Miterrand muriera una semana más tarde: una especie de venganza kármica o, más bien que, sin miedo a la penitencia en el ultramundo, Miterrand decidió aprovechar lo poco que le quedaba de vida para darse un último capricho. ¿Haríamos cada uno de nosotros lo mismo? Quiero pensar que no. Recordadlo si alguna vez tenéis un atún rojo o un pezqueñín en vuestro plato.

*Bonus 2 (post-scriptum). Recientemente he leído que, en la isla de Santorini, sobreviven aún vides pre-filoxera. Y también, que en Castilla La Mancha se está llevando a cabo un proceso de recuperación para crear vino a partir de variedades anteriores a la plaga. Así que ya nos diréis los entendidos si esas estas cepas son tan buenas como dicen. Nos bebemos (perdón, nos llevemos). Un saludo

lunes, 1 de junio de 2020

Cuatro recomendaciones de junio, sobre libros de los que no os voy a contar (casi) nada

Ya conocéis mi teoría sobre que hay libros a los cuales es mejor aproximarse sin tener ideas preconcebidas sobre los mismos. Así que os presento unos pocos de los cuales, por supuesto, os voy a revelar lo menos posible:

-"Sin sangre", de Alessandro Baricco. No sólo me callo porque lo crea mejor sino porque, además, parte de la intriga del libro consiste en subirse del golpe al carro y dejarse llevar por lo que va pasando. Además, ya os digo que el misterio que se plantea durará poco, más que nada porque este intenso relato se devora en un pis-pas.



-"La Tierra Larga". Si dos reconocidos autores de la fantasía y la ciencia ficción como Stephen Baxter y Terry Pratchett (de este último somos incondicionales en el blog) aúnan esfuerzos, sólo puede esperarse algo muy loco. Y, en efecto, han creado una "ida de olla" tan sugerente que merece la pena que la descubráis por vosotros mismos, junto con todas sus posibilidades y -esto cabe advertirlo- continuaciones. Ya de paso, os podéis acercar a "The unadultered cat", de Pratchett, que tampoco necesita presentación porque el título ya lo dice todo, y que os va a encantar tanto si amáis a los gatos como si los aborrecéis.


-"Arte", de Yasmine Reza. Muchos la conoceréis porque se ha representado con frecuencia en el teatro, interviniendo en ella actores de reconocido prestigio como Josep María Flotats, Carlos Hipólito, Ricardo Darín, José María Pou, Albert Finney, Alan Alda, Alfred Molina, Jean-Louis Trintignant, Jean Rochefort, Enrique San Francisco, Luis Merlo, Javier Martín o Alex O`Dogherty, entre otros. La obra, cuyo libreto puede encontrarse a la venta y en bibliotecas, tiene un argumento que no necesita nadie que lo descifre (parte de un grupo de amigos, uno de cuyos miembros adquiere, a cambio de una ingente cantidad de dinero, un cuadro en blanco), aunque sí que os puedo adelantar que, a pesar de tratar aparentemente sobre la pintura y el mundo del arte, en el fondo discurre sobre otra clase de temas, incluyendo sobre todo la amistad.



-"El libro de los seres imaginarios", de Jorge Luis Borges. El título, lejos de metáforas, resulta completamente autoexplicativo (no consiste ni mucho menos en una obra de ficción, sino una breve enciclopedia de las criaturas ideadas por la mente del hombre) así que, ¿para qué profundizar más? En este caso, no disfrutaréis tanto con el estilo literario de Borges como de su erudición. Lo cual, a decir de este lector, no es poca promesa, y aumentará vuestro conocimiento sobre esa clase de entidades que sabemos que no existen y, aun así, nos entusiasman.


Seguiremos no-explicando. Nos leemos, más que nos comentamos. Un saludo.

lunes, 19 de agosto de 2019

El relato de agosto. Cuentos fantásticos (X): "Tengo sueños"

Tengo sueños

            El otro día soñé con unos animales terribles.

          Tenían el aspecto de un inmenso perro, de ésos cubiertos de pelo por todas partes, sobre todo en las cejas, que eran  gruesas y del mismo color castaño del pelo, tan profusas que hasta les cubrían los ojos. Pero lo más llamativo de estos seres es que eran de un tamaño descomunal para su especie, como la mitad de un ser humano, y que poseían unos dientes afiladísimos, sobre todo un par de colmillos situados a ambos lados y procedentes de la mandíbula inferior, dos caninos que asemejaban puñales a punto de clavarse sobre el primer ser humano que encontrasen a mano. Estos animales, en sus luchas intestinas, eran también agresivos, salvajes, los colmillos se clavaban sobre la piel de sus rivales, y sin embargo a ratos, cuando no había enfrentamiento, podían ser estremecedoramente tiernos, y sus lenguas se cruzaban en cariñosos lametazos, con las terribles cuchillas que tenían en sus fauces como testigos mudos del amor entre aquellas criaturas que parecían surgidas del abismo.

            Lo más curioso era la forma en que estos seres daban a luz: eran vivíparos, pero expulsaban a sus hijos a través de sus pies, de las palmas almohadilladas, con los retoños aún por nacer rasgando a través de la piel, royendo con sus colmillos, rompiendo músculos y nervios en un tremendo sufrimiento para la madre, la cual, en medio del terrible parto, perdía toda su fiereza para transformar su cuerpo en el más agudo y concentrado sentimiento de dolor...

            Escribo esto, porque considero que al contarlo como historia, lo restrinjo al terreno de la fantasía, y se vuelve imposible que se haga real.

            Pero también es verdad que el Necronomicon de Lovecraft empezó como una anotación en un relato, y de creérselo tanta gente, han acabado por aparecer Necronomicones en todas las bibliotecas, y se ha convertido ya en un hecho convulsamente real.

            ¿Habré creado a unos monstruos tan terribles, de esta manera?¿Aparecerán algún día en un catálogo de especies zoológicas?

            Y de ser así, si esto ocurre, ¿vendrán entonces a por mí?

lunes, 21 de enero de 2019

El relato de enero: "Naga"


Naga

Dedicado a Cristina Gutiérrez Vázquez, que tuvo la primera y mejor idea

Todas las mañanas me levanto. Asciendo con parsimonia entre la oscuridad y elevo mi cabeza hasta ocasionar la apertura de la cesta, la cual algunas denominan, simplemente, entre reverenciales cuchicheos, “la caja”. Accedo al mundo exterior. El sol me ciega durante unos instantes. Pero a pesar de ello, me incorporo, conozco de sobra cuál es mi papel. No es necesario que mi amo desplace el pungi con delicadeza de un lado a otro, ni tampoco que golpetee rítmicamente el suelo produciendo vibraciones con los pies. Yo sería capaz de reproducir la ceremonia de memoria, de tantas veces como la hemos ejecutado; domino cada uno de los detalles a la perfección. No preciso el innecesario sonido de la música de esa flauta especial, elaborada a partir de una calabaza, ya que carezco de oídos con los que pueda apreciarla. Tampoco ha tenido necesidad jamás mi amo de dejarme atontada, matándome lentamente de hambre o sumergiéndome con brusquedad en agua helada, ni ha recurrido a despistarme con falsas señales olfativas o mediante la mezquina administración de narcóticos. Ni lo ha hecho, ni lo hubiera requerido, ni le hará falta jamás. Porque incluso si cualquiera de los múltiples pasos que conforman mi número fallara, le sería muy sencillo conseguir que me irguiera como lo estoy haciendo ahora mismo, desplegando mi capucha, elevando todo mi cuerpo, expresándome en mi absoluta gloria y magisterio, expulsando un agudo siseo que encogiera a los aldeanos de terror. Sólo tendría que pedírmelo…
                Y eso es porque yo a mi dueño le amo.
                Claro que él también mantiene una relación muy especial conmigo. El sentimiento, como cabe decirse, por extraño que resulte hablando de humanos o de ofidios-o de ambos combinados-, es mutuo. Porque él y yo tenemos cuentas pendientes. Si yo jamás pensé en hacerle daño, de tal forma que mi amo nunca tuvo que guardar la distancia de seguridad típica, él tampoco me trató mal en ningún instante. Sabíamos desde el principio que no era así como nuestra relación iba a funcionar.
                Quizás en este punto deba describir a mi dueño. No guarda semejanza con los típicos sapwallas que caminan casi desnudos, envueltos en serpientes que suelen utilizar como cinturón, bandolera o debajo del turbante, que tocan la gaita y portan sacos repletos de nagas a las que enfrentan entre ellas, mientras practican trucos de magia en los que fingen colocar un pelo sobre el hombro de unos espectadores, cabello el cual, cubierto por una tela, acaba por transmutarse por artes mágicas en una serpiente, provocando una sonrisa que deja al descubierto sus fauces desdentadas, el pánico en la mirada del cliente azorado, o una carcajada en la concurrencia general. En apariencia, el hombre en el que he confiado mi vida no tiene nada de especial: enclenque, desgarbado, de mejillas hundidas, moreno al igual que los de su raza pero de una manera distinta, entre macilento y parcheado, como si en un rostro enfermo hubieran tiznado determinadas secciones con un trozo de carbón. De ojos titilantes y mirada frágil, no transmite la sensación de ser alguien que mantiene el control, más bien al revés: vence la impresión generalizada de que el mundo conspirará en un futuro cercano para sobrepasarle, como si no se encontrara a gusto por debajo de su piel –y, por tanto, estuviera deseando arrancársela de cuajo-. Y, antes de conocerme, esto, en puridad, era así. Los cambistas trataban un día sí y otro también de estafarle; los magos y faquires que pugnan por un puesto en la plaza, de arrebatarle el espacio por el que ha peleado con tanto tesón. Pero todo ha cambiado desde que los demás han comprobado lo que puede hacer conmigo. Sin él saber cómo (quizás por ello no suele ostentar un aire engreído a causa de esta circunstancia), se ha ganado su respeto. Está claro que hemos establecido un enlace muy íntimo. Un puente muy especial.
                De hecho, sólo hace falta vernos mientras nos tocamos. Él me recorre con sus manos, en un masaje que –oh, dioses- no debería terminar nunca. Yo le rodeo en una espiral infinita mientras nuestras bocas se tocan, en lo que él considera cariñosos mimitos para su mascota y sustento, y en cambio para mí supone un orgasmo continuo, un dulce manjar. Ojalá yo tuviera pechos, y carnosos labios, o por el contrario él un cuerpo como el mío, para que nuestras formas armónicamente se ensamblasen. Me da que yo le idolatro mucho más que él lo hace en el sentido opuesto, pero en fin, ¿qué relación no es un poco asimétrica? Por desgracia, el azar de nuestra biología impide que nos podamos complementar, en lo que significaría para mí el supremo éxtasis. Como compensación, en cada función, sobre el escenario, tenemos la oportunidad de desplegar nuestra erótica danza, una coreografía en el que nos compenetramos de manera sincrónica. ¿No dicen que el baile es el mejor preludio del sexo? Pues de ese deleite sustitutorio, hasta el máximo pienso gozar.
                En este planeta siempre cambiante, una colaboración así se valora mucho. Otros encantadores de serpientes se han sentido atraídos por ella, y mi amo envidiado a causa de mí. Le han ofrecido, como contrapartida en pago por mi cuerpo, cantidades ingentes de dinero. Él ha rechazado siempre las ofertas: dice que sería una estafa, porque este acuerdo que mantenemos no se establecería con ningún otro. La gente se pregunta cómo es posible.
                Ya han comenzado los rumores. Porque hay muchos que esgrimen que algunos animales pudieron haber sido humanos en una reencarnación anterior, durante otra vida que conseguimos habitar…

                El hombre abre los ojos.
                Le cuesta acostumbrarse. Antes tenía los párpados invariablemente cerrados. O en todo caso no los usaba, como si sólo escrutase su propio interior. Pero ahora debe huir de su guarida, relacionarse con el mundo, instruirse. Sólo su interacción con lo que encuentre a partir de ahora le permitirá sobrevivir.
                Sale allá afuera. Se tropieza con una región boscosa, de abundante follaje. Un vergel. Un sitio donde debe de abundar el agua, a poco que se ponga a buscar uno. El hombre encara lo alto del cielo. Ahora luce despejado, pero se aproximan nubes que indican que, más tarde o más temprano, algo tendrá que propiciar que estas plantas continúen creciendo verdes. Es necesario por tanto construirse un refugio.
                Prueba con cañas, con el reconfortante barro dentro del cual estaría deseando introducirse para vivir más fresco, también con pequeños troncos de bambú. En el futuro, a partir de madera más dura, o quizás de piedra, podrá elaborar un machete, pero ese logro conlleva tiempo, necesita de momento esperar. En el interin, estas actividades le han dado hambre. Como si hasta entonces no hubiera existido, a continuación de ese pensamiento escucha un trino. Alza la vista, y al mismo tiempo dobla el resto de su cuerpo para recoger una piedra.
                El ave exhibe vivos colores y un lustroso plumaje. Se manifiesta vivaracha, buscando con ansia a una hembra a la que conquistar. Tan concentrada se halla en su canto, que ni siquiera ve venir al hombre. Y sin embargo, su melodía reproduce un tono desesperado. Una especie de “no me mates, no me mates”, histérico y afligido, emitido por alguien a quien mantuviéramos secuestrado. Y que al mismo tiempo nos recuerda al familiar que más hemos amado, como si fuera su propia vida la que fuéramos a segar.
                La piedra acierta de lleno, de tal modo que apenas interrumpe la progresión ordenada del canto. No hubiera salido mejor si el compositor hubiera decidido terminar la sinfonía en un alto. El hombre se arrodilla para recoger al ave. Ya medita cómo formará parte de una suculenta cena.
                <<Nunca me han gustado los pájaros>>, se dice, mientras la comienza a desplumar.

                Mis ojos otean, siempre avizores. Es verdad que a las serpientes no se nos da muy bien vislumbrar objetos con claridad, pero no tenemos problemas en detectar movimiento. A través de nuestros párpados transparentes, que nos permiten atisbar en derredor pese de hallarse siempre bajados, somos capaces de percibir aquello que necesitamos o que puede hacernos daño. Es una dicotomía sin ambages. Por mucho que se empeñen los humanos, es esta sencillez la que garantiza que podamos sobrevivir un día más.
                Una serpiente es algo básico. Una estructura lineal, unidimensional, reducida al mínimo. Hasta hemos eliminado las extremidades, de las que sólo quedan vestigios, en aras de una mayor funcionalidad. ¿Quién dijo que lo más complejo era lo más evolucionado?¿Quién dijo que la adaptación no radicaba en la simplicidad? El resto de nuestro propio organismo ha tenido que adaptarse a ello. Lo que no se amoldaba era desechado. Hasta nuestros órganos internos se han vuelto lineales. Los dos pulmones no cabían, así que uno de ellos se echó a un lado, y prácticamente se atrofió. El resto de nuestras vísceras se han convertido en entes acanalados y alargados. De la misma manera, eso se ha trasladado al comportamiento. Comer o ser comido. Atacar o ser atacado. Adelante o atrás. No tiene más.
                ¿Las cosas pequeñas? Se comen, obviamente. No hay nada más digestivo que un diminuto ratón agitándose impotente e ingenuo a lo largo de mi garganta por la mañana. ¿Las cosas grandes? Se engullen con precaución. Como he dicho, todo se reduce a un término unilateral. No vemos lo largo que pueda ser un bicho, sólo lo alto que es. Y aunque sea alto, podemos comérnoslo (esa articulación de nuestra mandíbula, tan flexible), siempre que no sea demasiado grande respecto a su otra dimensión. Por poner un ejemplo, ¿niños?, sí, somos capaces de devorarlos. ¿Elefantes? Nunca lo he probado, pero con tiempo suficiente para la digestión… Humanos adultos, en cambio, no, a causa de los hombros. Una prima mía en segundo grado lo intentó con un humano que la atacó en la selva, y tuvo que abandonarlo a mitad del intento, vomitando la cabeza que ya había recorrido un cierto espacio a lo largo de su longitud. Vale que las serpientes no tenemos mucha empatía ni demasiado instinto familiar, pero pensar que algo así le pueda suceder a un semejante, hasta a mí me ha causado mal.
                Y luego están los seres que te comen. Por ejemplo, las aves. Como he dicho, los seres humanos tienen tendencia  a complicarlo todo. Hay una absurda historia mitológica que se cuenta, aquí en la India, sobre cómo las aves y las serpientes nos comenzamos a odiar. Tiene que ver con dos hermanas, una de las cuales quería tener muchos hijos (y se convirtió en madre de serpientes) y con el dios Garuda, protector de las aves y que lleva a sus espaldas a Visnú. Pero como he dicho, las cosas son mucho menos retorcidas. Les tenemos miedo porque ellas vuelan, y el aire no es nuestro elemento. Nos sentimos incómodas flotando por ahí. Hasta cuando alzamos la cabeza, tenemos un par de secciones de nuestro cuerpo firmemente ancladas en el suelo. Por eso, unos cuantos centímetros hacia arriba, las puñeteras aves tienen todas las de ganar. Es por ello por lo que no nos soportamos. Y luego está un caso especial. Es el de las mangostas.
                Nadie sabe cómo surgió la pelea. Llevamos combatiendo millones de años, y ahí sigue. En el Sudeste Asiático, hay incluso quien aprovecha la contienda como atracción turística. Ponen a luchar a una mangosta contra una de nosotras, pero la lucha es desigual. La mangosta siempre gana. La superioridad del cerebro mamífero frente al reptiliano y mierdas de ésas, o la capacidad de prever los movimientos del otro a través de la empatía, afirman algunos. Si empatía es alegrarte al ver cómo machacan –por no pertenecer a tu misma clasificación biológica, como si humanos y mangostas compartieran mantel y cobijo- a una pobre serpiente, entonces, desde luego, no es precisamente empatía de lo que los seres humanos disfrutan en exceso. Y menos todavía cuando, para ahorrar, a la pobre y ensangrentada serpiente la enrollan y la envuelven en un trapo para emplearla en futuras batallas, así hasta que la mangosta la termine de reventar. Yo nunca lo he sufrido, pero me da pavor con sólo pensarlo. Por eso permanezco atenta a esa nueva cesta que mi amo ha traído hasta acá.
                No sé qué es, ni qué contiene. Hay algo en el olor que me despista. Sé que la vida para los encantadores de serpientes es complicada desde que han implantado leyes que pretenden acabar con el oficio. La competencia es feroz y, como dice mi dueño, la gente ya no se impresiona como antes, así que hay que regalarles nuevos espectáculos. Sé que ha adquirido un animal distinto de alguna parte, desconozco de dónde. Por cuchicheos de vecinos, he creído oír que lo había obtenido a partir de un colega de profesión que, además, era mujer -¡Alá no permita eso!, se persignan horrorizados los otros encantadores-. Pero ésa es otra historia y serán otros los que habrán de indagar sobre ello en otra ocasión.
                A mí lo que me da pánico es que se haya podido traer una mangosta. Aunque, ya puestos, cualquier otra especie tampoco resultaría de mi agrado.
                Salvo con mi amo, las relaciones con otros seres han acabado siempre por trastocarse…

               
                Con el tiempo, el hombre se adaptó a aquel ambiente. Había fabricado un arco y sus correspondientes flechas, una honda, una jabalina, y las aplicaba según la necesidad. Si algo le daba miedo era la llegada del invierno. ¿Qué pasaría cuando los animales hibernaran?¿Qué era lo que podría entonces cazar?
                Mientras meditaba sobre este problema (en un lugar donde cada vez se escuchaban menos sonidos de pájaros), divisó agitación en el claro situado a la salida del bosque. Intrigado por lo que especulaba más que por lo que estaba seguro, se desplazó hacia allá, agazapado, tratando de confundirse con el medio, acarreando varias de sus armas.
                Cuando se acercó más, la vio. Y ella le vio a él. Y no sabrían decir cuál de los dos impactóse en mayor medida. En un primer momento, el hombre pensó en seguir portando las armas, pero cuando quedó claro que la otra criatura no pretendía hacerle daño, se decidió a arrojarlas hacia un lado, quedándose por completo desnudo, como se hallaba ella. Sus pasos les acercaron hasta reunirles. A pocos metros el uno del otro, se estudiaron, analizaron intenciones mutuas y, sobre todo, se olieron. Ambos quedaron embriagados con el perfume de los genitales del contrario. No transcurrió mucho tiempo antes de que se tocaran. Un leve roce del dedo encima del brazo. Se erizaron ambos lados de la piel.
                Ella le palpó la superficie del abdomen. Con la mano en su vientre, habló. Hasta entonces, él ni siquiera sabía si compartían el mismo idioma.
                -Tienes la piel húmeda y fría, como cuarteada... ¿Qué clase de ser eres?
                No aguardó la respuesta. Casi pronunció en voz alta, aunque ahogó el mensaje en su seno, una frase que quedó dibujada en sus labios: “¿Y de qué clase soy yo?”.
                Él, como toda respuesta, tocó con delicadeza una de sus caderas. Tenía la carne tan de gallina como él mismo.
                A los pocos minutos, ya estaban tumbados sobre la hierba, resollando, tratando de insertar órganos que no controlaban en agujeros que desconocían, palpándose y relamiéndose como si tuvieran que arrancarle la piel al oponente porque en breve iban a despojarles de la suya propia. Se notaba que ella tenía más experiencia que él (quizás no fuera la primera vez), o como mínimo que sabía mejor cómo funcionaban las cosas: guió su miembro enhiesto hasta ensartarlo dentro de ella, y gritó desaforadamente conforme éste se frotaba, turgente y repetitivo, contra su clítoris.
                Terminaron ambos exhaustos, cubiertos de pegajoso líquido, con los cuerpos tan inertes que daba la impresión de que una tormenta de lluvia y barro y fluidos vaginales les había pasado por encima, y de paso había remolcado a una manada de elefantes que a lo largo de sus cuerpos había tenido que rodar. En medio de esa pereza extrema que sucede al coito, ella giró la cabeza para analizar con detenimiento un pene que reposaba exánime, como una lanza recién abandonada.
                -Es curiosa la similitud que tiene con una serpiente.
                Las palabras sonaron secas después de la conflagración. Todavía con la saliva pastosa en la boca, el hombre se afanó en responder:
                -Ya que mencionas a las serpientes, he de decirte…
                Pero no le dio tiempo a terminar porque, antes de acabar la frase, ella ya tenía su miembro en la boca. El escalofrío que le recorrió la espalda le agarrotó la misma e interrumpió el gemido en las cuerdas vocales.
                Los siguientes días se pasaron haciéndolo a todas horas. De tan ocupados que estaban, hasta los precavidos pájaros le perdieron el miedo al lugar.
                Compartieron espacio de manera espontánea. A los pocos días, ella ya estaba empezando a plantar semillas…

                ¿Sabéis eso que dicen, en estética como en el arte, que “menos es más”? En la India, eso no se considera así. Más es más. Siempre. El vestido que engalana a uno cualquiera de los invitados supera en barroquismo y exuberancia al que pueda llevar la novia en la mayor parte de las celebraciones del mundo. Colorido, mística, ambientación. Ahora imagínense eso mismo aplicado a un espectáculo de supuesto origen milenario. Y, sin embargo, para mí lo más fascinante es visualizar a la multitud. Allí da igual ricos que pobres, castas de guerreros o parias, todos asisten hipnotizados para observar el humo tornasolado y el filo cortante de las espadas. Mi amo ha preparado una gran exhibición y, mientras tanto, yo, aun lado, con vistas sólo a lo que un espacio entre los mimbres de mi cesta permite intuir de manera parcial. Tanta expectación, parece mentira, por un encantador de serpientes. Todavía me sigo quedando alelada al comprobar la magnificación con la que tratan los seres humanos a  nuestra especie, tanto para el amor como para el odio. Lo cierto es que llevamos tiempo formando parte de sus tradiciones y leyendas. De hecho, no siempre como peligrosas –como si la mayor parte de mis compañeras no fueran por completo inofensivas-. Lo que es más, a las serpientes, debido a nuestra capacidad de localizar con facilidad el agua, y también a las propiedades medicinales de algunos de nuestros (las que lo poseemos) venenos, se nos ha asociado siempre con la salud, con la vida, con el eterno retorno y los ciclos naturales, simbolizados por el círculo que somos capaces de formar. En el Sudeste Asiático, nuestra efigie engalana palacios reales, así como templos hindúes y budistas; una silueta de ofidio domina los grabados que representan la leyenda del Batido del Océano de Leche, a partir del cual se generaron alguno de los componentes más fundamentales del cosmos. En Egipto, una serpiente retrasa la barca solar para permitir que llegue la noche, pues la pérdida de luz es tan necesaria como el día, igual que, para el equilibrio del universo, la creación debe venir acompañada de una destrucción proporcional; por eso quizás también acompañemos de tantas maneras distintas al dios Siva, tercer componente de la sagrada tríada del hinduismo, garante de la muerte y del cataclismo reestructurador. De hecho, los hindúes consideran sacrílego acabar con una serpiente, y se alejan de aquellos que osan hacerlo, mientras que los musulmanes, en cambio, lo que ocurre es que no se atreven, pues dicen que nosotras siempre vivimos en pareja y que, si una de nosotras muere, su compañera (no importa lo lejos que esté el asesino), le buscará y perseguirá hasta matarle. Quizás por eso se celebre en tantas ciudades un festival dedicado a nosotras donde, a pesar de conmemorar la muerte por parte del héroe Kirsah de una pitón, se nos proporciona de beber leche hasta hartarnos, para luego liberarnos sin mayor negociación. Y luego, otras muchas historias: de hombres-serpientes, de niños perdidos en la jungla, de reencarnaciones anteriores en las cuales se aprecian pequeños detalles que indican a qué clase de reptil nos vamos a transfigurar. Pero la gente sólo se queda con lo malo: sangre y dolor, Satán y ponzoña, tragar polvo y arrastrarse por la tierra. En Delhi, se cuenta la historia de Anang-Pal, un gobernante que construyó un gran clavo de hierro que ensartó en las entrañas de la tierra para atrapar a la gigantesca Sechnaga, la cual porta el mundo sobre sus hombros, pero cuando lo extrajo temporalmente para enseñarle a sus incrédulos consejeros la sangre al final del clavo, el pérfido monstruo se escapó y desde entonces anda por ahí, bajo tierra, esparciendo el pecado por el mundo. “Serpiente” se emplea como insulto, como resumen de las peores cualidades, como forma de culminar una maldición o de incitar a una pelea. Y un enfrentamiento es lo que esta muchedumbre -que incluye a desheredados, de extremidades afectadas por la polio, que casi no son capaces de transportarse a ellos mismos- ha venido a disfrutar. El retumbar de sus pasos agitados, mientras mi amo despliega las fanfarrias, vibra en cada milímetro de mis escamas.
                Atiendo a la cesta, la otra, donde se asienta mi rival. Ahora mis narices, en un inicio despistadas, son capaces de discernir ese ovillo de misterio que antes no desenmarañaba; el espécimen que ha arribado es otra serpiente, pero una distinta, cuya fragancia no habían aspirado mis fosas nasales aún. Espero que no sea una de esas especies malditas que vienen del corazón de África y a la que denominan mamba, con una velocidad endiablada a la que nadie puede superar; o la poderosa Bitis, con uno de los venenos más letales del mundo. Ansío que no se trate de una de las estranguladoras, cuya actitud por lo general no aguanto. Pero entonces, el rugido estrepitoso de la multitud, reflejado en su traqueteo de pies, me indica justamente aquello de lo que no me he podido percatar. Pego el ojo al agujero de la cesta, y siento un temblor. Casi puedo oírlo a pesar de faltarme las orejas. Y me pregunto qué descerebrado le ha quitado el cascabel al gato.
                Debí de habérmelo imaginado. Algo tan exótico, tan desconocido como para sorprender al gran público, tan artefactuado, sólo podía provenir del Nuevo Mundo. Observo sus deslizar sinuoso, su cadencia y, sobre todo, escucho el estremecimiento silente de la multitud nada más enmudece para admirar esos dos maravillosos colmillos que, como agujas hipodérmicas, la serpiente de cascabel tiene carácter suficiente para clavar. Ésa es la hija de mil lunas con la que me toca convivir a partir de ahora, con la que habré de disputarme el amor de mi amo.
                Y el caso es que no será la primera vez en que otra serpiente me complica de manera retorcida la vida.
               
                Él lo miraba furioso. Al árbol donde se ocultaba algo. Y la chica sabía que no consistía en un pájaro. Pero no tenía una idea muy clara de qué era. Aunque no tuvo que esperar mucho tiempo, porque él estaba deseando confesárselo.
                -Ahí hay una colmena. Me gustaría hacer algo con ella. No sólo quitarle la miel a las abejas. Si consiguiéramos, de alguna manera, que trabajaran para nosotros, sería fantástico. Podríamos tener suministro de miel durante todo el año. Pero hay algo que me lo impide.
                Señaló hacia la rama más alta del árbol.
                -Ella –apuntó.
                La muchacha escudriñó entre la espesura. Era casi indistinguible merced a su poder de camuflaje; aun con todo, divisó dos brillantes e intensos ojos dorados.
                -Me da que piensa que es su árbol –expuso la joven aquellas palabras que estaban escribiéndose en el aire.
                El chico negó con la cabeza.
                -Eso es lo que ella cree. Pero lo creerá por poco tiempo.
                La mujer levantó una ceja.
                ¿Por qué tenía –su voz interior se expresó con ironía- la persistente sensación de que aquello iba a concluir fatal?

                Mi amo se ha vuelto loco. He estado escuchando cómo le comentaba a un compañero que quería ponernos a la nueva serpiente y a mí a aparearnos. Dice, ¡insensato de él!, que sería genial obtener una serpiente o, mejor, un grupo de ellas, que fueran una combinación entre cobra y cascabel. Aparte de que no estoy segura de si la biología lo permite, creo que no tiene ni idea de que las relaciones entre animales pueden ser tan intrincadas e indescifrables (por no decir más) como entre los humanos. A las serpientes se nos dice frías, insensibles, incapaces de amar: nos reprochan nuestro escaso instinto maternal, sin tener en cuenta que varias de las mías protegen a sus crías durante las dos primeras semanas, cuando son demasiado débiles para sobrevivir por sí mismas. No comprenden el enorme sacrificio que supone, para nosotras (tan indefensas, a pesar de nuestros mecanismos de protección; tan fácilmente pisoteables; tan maltratadas por humanos y otros poderosos animales), el invertir nuestros escasos recursos en procrear, engendrar, y encima salvaguardar a unos pequeños seres que han que aprender, cuanto antes, que si no sabes valerte por ti mismo no tendrás ningún futuro en este oscuro mundo. Ésa es la gran lección de la vida y, cuanto antes la aprendan, mucho mejor. Sin embargo, las reacciones entre nosotras, y también con otros animales son, como entre dos entes cualesquiera, impredecibles. Un libro comentaba la historia de un ratoncillo –por lo normal, deliciosa y nutritiva cena- que se coló entre un grupo de serpientes en un zoo, y que éstas adoptaron como una especie de mascota. No sé si esa historia será fiable, pues nosotras no poseemos esa estúpida propensión de los mamíferos a proteger (al menos de vez en cuando) a las crías de otras especies. Pero, como digo, las consecuencias de ciertas interacciones no son matemáticamente calculables. Sólo así se explica la de niños que duermen plácidamente con serpientes durante años y cómo éstas, un día, los deciden estrangular. Hay cosas que ni nosotras mismas entendemos, pues no le ha sido concedido a nuestra naturaleza asimilarlas. A los humanos también les pasa, otra cosa es que no deseen aceptarlo. Se explica igual de mal el insensato y cautivo amor de las personas por los gatos, el hecho de que una gata hembra en celo pueda sentirse atraída por un macho humano, o la idolatría que manifiesto por mi amo a pesar de esta bárbara idea que se le ha ocurrido alumbrar. Si tuviera voz y lenguaje, como las serpientes de los cuentos, si pudiera hechizarle con mis pupilas verticales, le recordaría aquella historia sobre un califa que murió y dejó dos herederos, ambos de la edad de un cachorro. El previsor visir, visionario, visualizó una serie de batallas interminables para decidir el poder, y decidió que sólo uno de los bebés debería sobrevivir. Para ello, colocó a cada infante en un extremo de una habitación, y a una serpiente en el centro. Dejarían al animal libre diez minutos, y el niño que saliera indemne sería el vencedor (si a la serpiente no le daba tiempo a atacar en tan escueto rato, lo echarían a suertes y entregarían al verdugo al bebé desafortunado). Cuando abrieron la puerta, se encontraron con que ambos herederos estaban muertos: como consecuencia, se perdió el reino. Es lo que supone jugar a aprendiz de brujo.
                Además, incluso aunque se alineara la mejor de las circunstancias, dudo mucho que yo fuera capaz de dejar que me follara esa serpiente, por llamarla de alguna forma. Hasta ahora no ha ocurrido nada grave entre nosotras, pero es verdad que hemos mantenido una respetable distancia prudencial. Tenemos claro que nuestro oponente se encuentra como el número uno en nuestra lista de enemigos, y por eso intentamos evitar las circunstancias –a pesar del empeño de nuestro amo- en las que nos podamos cruzar. No se trata sólo del amor por nuestro dueño, qué va. Ojalá fuera eso: al menos significaría que la otra serpiente es capaz de amar. Pero dudo que tenga capacidad de ello, esa… víbora sería la palabra humana, pero no es la apropiada. Yo la definiría de otra manera: esa criatura antinatural. Hay seres que no constituyen lo que les tocaba ser porque les impulsa, desde detrás, el eco de oscuras reencarnaciones. Los occidentales se equivocan cuando creen menos que preconizan aquello de que, en el ciclo de la muerte y la vida hinduista, ascendemos a un nivel superior cuando nos <<portamos bien>>, como si de los mandamientos cristianos se tratase. ¿Qué significa “portarse bien” para una serpiente?¿Dejar de comer ratones?¿Ser piadosa con los pobres? Una buena serpiente es aquella que se comporta como lo hacen las serpientes. Pero en el caso de ésta que acaba de llegar, no lo hace porque carga consigo el alma de una existencia previa que le ha dejado cicatrices marcadas. Por tanto, su comportamiento será errático, cuanto menos. En contra de la esencia de su raza, con certeza. Nunca ha pertenecido a mi clan.
                Sólo espero que mi amo se dé cuenta antes de que sea demasiado tarde.

                Hace un día ventoso, desapacible. Las nubes grises invaden lo que hasta hace unos segundos era el firmamento estrellado, y ahora no dejan entrar al sol al lugar. El aire está cargado de electricidad estática. Pero la mujer sabe que el aroma que se respira no es de tormenta meteorológica, sino una de personalidades. De esás donde los rayos más destructivos se tienden a descargar.
                -Vamos –le instó la mujer-. Ni siquiera sabes cómo te conseguirías manejar con la colmena, incluso aunque la tuvieras a mano. Lo más seguro es que las abejas te picaran desde la cabeza hasta los tobillos y terminaras tan hinchado como…
No se le ocurría ninguna analogía.
-En definitiva, que no lo hagas.
                Pero para el hombre no había razones, ni precauciones, ni cálculos previos. Sólo sabe que existe un obstáculo entre él y lo que anda convencido, en su cabeza, que va a suponer su gran éxito, y por tanto ese estorbo ha de ser eliminado. Así que hoy ha decidido erradicar a la serpiente.
                En medio de la humedad del ambiente, del viento que ulula, arroja unas flechas. No sirve de nada. Va a tener que acercarse más.
                Es el momento de agarrar su lanza.

                Mi amo ha decidido que, dado que la “nueva” no ha mostrado el más mínimo interés en procrear conmigo, la única manera de ponernos en contacto va a ser organizar directamente un espectáculo conjunto. En el fondo, lo está deseando hacer, porque sabe que a la gente le entusiasmará, pero no está muy seguro de cómo vamos a reaccionar ambas. Sin embargo, se siente tan seguro de sí mismo, después de lo bien que le ha ido conmigo, que ni siquiera adopta la precaución, como practican otros encantadores, como ha hecho él en ocasiones anteriores, de quitarle los colmillos a la cascabel. Sabe que, sin ellos, el espectáculo perdería la mitad de su fuerza, a pesar de que la mayor parte del tiempo esos dientes provistos de veneno se hallen combados hacia adentro para evitar que la propia serpiente se haga daño a sí misma. Aún así, con las cámaras fotográficas que hay hoy en día, la gente es capaz de tomar imágenes muy buenas, y podrían captar que los colmillos no están, restándole buena parte del morbo; y, por tanto, protestarán, la diversión. La otra opción sería entrenar a la recién llegada para que le mordiera su brazo, engastado en un protector de plata, que le rompiera repetidamente los colmillos, hasta que ésta se convenciera de que la estrategia es inútil (tarea que requeriría un plazo de tiempo muy largo del que ahora no disponemos) o como, como último recurso, emplear un método alternativo para quitarle el veneno, pero éstas salen muy caras y, en los países muy pobres, lo de “seguridad garantizada” es motivo de risión.
                Mi amo prepara el espectáculo con esmero. Sabe que el secreto está en los detalles. Que los gestos y movimientos se combinen con los sonidos y sucesos en el momento adecuado. Dispone las alfombras y los cojines de manera primorosa. A mí, como me ve inquieta, me acaricia a lo largo de la espalda y luego me encierra dentro de “la caja” con delicadeza, plantando una piedra encima que me impide escapar.
                Por tanto, lo único que puedo hacer es golpear repetidamente con la cabeza contra la tapa de la cesta cuando observo que la serpiente de cascabel ha encontrado un modo de salir de su receptáculo y se dirige hacia mi amo, que no ve nada, por detrás…

                El hombre se dirige con ímpetu al árbol. La mujer trata de detenerlo, pero su resolución es firme. Se acerca hasta la rama más baja, donde se ha aposentado la serpiente, y hace esfuerzos para lancearla. El ofidio responde sisando y abriendo la boca, dispuesta para defenderse, que en su caso significa atacar. Su mirada refleja pánico, pero la única forma que tiene de demostrarlo, en su rostro, es mediante un gesto que para el hombre (que presenta en su cara una expresión parecida) se traduce en un rictus de odio y maldad.
                La serpiente arquea su lomo. El hombre aprieta la mano en torno a la lanza. Esta última se cierne amenazadora sobre la cabeza de la serpiente, pero yerra el golpe. El animal coge impulso para saltar.
                El vuelo (porque así cabe calificarse la forma que ha tenido de precipitarse de la rama) se ha producido medio segundo antes de lo que ha previsto el hombre, pero es más que suficiente. Sin embargo, ha tenido lugar en el momento justo en que la mujer, temerosa del peligro, ha adivinado lo que iba a pasar.
                Por eso ella se ha entrometido en el lugar físico perfecto para interponerse entre ambas trayectorias, y la serpiente ha aterrizado con la boca sobre el cuello de la fémina, clavando ambos arpones en la yugular.
                La mujer siente que el tiempo se ralentiza, pues tiene la impresión de durar una eternidad el efímero instante que el veneno se tarda en inocular…
               
                Me agito histérica, golpeando la tapa de la cesta con todas las secciones de mi cuerpo, mientras observo a la cascabel, la mirada vacía, la trayectoria fija, como un zombie, desplazarse a la par que mantiene el cascabel inerme a un lado para que no haga ningún ruido que pueda traicionarla. Trato de hacer toda clase de sonidos para advertir a mi amo, pero para cuando empieza a dar cierto resultado, ya es demasiado tarde; la asesina se ha abalanzado sobre mi amor y ha clavado sus colmillos en la nuca. Mi dueño, incrédulo, cae sobre las rodillas y se lleva las manos al cuello. A pesar del calor que siento, y lo rápido y fuerte que rebota mi corazón, creo que la sangre se me está congelando tan rápido dentro de las venas que me voy a romper como el cristal.
                Mi amo agoniza por el suelo, de rodillas, mientras la cascabel se aleja de manera desacompasada y nerviosa. Debido a mi escasa visión, no puedo vislumbrar del todo lo que sucede. No sé si mi amo se ha chocado con la caja a propósito o por accidente, pero en todo caso, noto cómo la piedra que hay encima de mi cesta se desequilibra y eso me permite, gracias a un golpe que me cuesta un gran dolor de cabeza, escapar de mi prisión. Me arrojo con celeridad histérica sobre el cuello de mi amo, que ya se ha desmayado. Tengo que chupar el veneno antes de que el daño sea irreparable.
                La gente, alertada por el ajetreo, ha acudido para averiguar lo que ha pasado. Al verme sobre el cuello de mi amo, comienzan a pegarme golpes con mantas, palos, piedras, lo que encuentran. Estoy seguro que los que ahora mismo se alejan, acelerados, lo hacen para buscar agua caliente, un cuchillo o un hacha con la que decapitar.
                Yo, mientras tanto, me agito y contorsiono mi cuerpo mientras permanezco con los dientes pegados al cuello de mi amo, rezando porque aún le pueda salvar…
                Hay algo que los occidentales nunca han entendido de la rueda de la vida, de la reencarnación hinduista. Cuando se trata de ascender a un nivel superior, no implica que el más alto de la escala sea necesariamente un humano. Tampoco, en el bucle infinito del tiempo, que la dirección de las reencarnaciones haya de ser forzosamente hacia adelante; también puede hacerse hacia atrás.
                El hombre, en un principio, fue barro. Tras atacar a la serpiente para conseguir algo (nada más común en su naturaleza de hombre) se transformó de manera lógico en serpiente a su vez. Sus comportamientos agresivos persistieron, y atacó a mi amo. Su forma tan violenta de encarar la vida le conducirá en cada reencarnación al sufrimiento, sea cual sea la apariencia que le hayan asignado, o que haya decidido adoptar.
                Yo, en cambio, rescaté a mi amo. Le dejé al límite de la muerte, pero a salvo. A mí, ensangrentada y dolida, bajo el influjo de bastones, barras de hierro, utensilios de cocina, me molieron a palos, pero no por ello dejé de considerar mi fallecimiento un final dichoso. Inane en el suelo, cubierta de líquidos fundamentales, constatando por el rabillo del ojo cómo mi amo se levantaba, mientras el veneno de la cascabel descendía quemante hasta mis heridas desde mis entrañas, me embargó un destello de felicidad. Las consecuencias vinieron antes, en una vida pasada. Como desobedecí las normas que deben regir el comportamiento de las serpientes, sometiéndome sin condiciones a un humano, fui degradada a mujer: condenada a sufrir, en condena continua, el permanente dominio que sobre mí los hombres pretendan manifestar. Pero entonces hice algo que me convirtió en un ser mejor que yo misma: fui más humana que nunca, contraviniendo incluso el orden natural. Por ello sé que, en la siguiente etapa, tendré un destino feliz: quizás salga del ciclo de las reencarnaciones. Tal vez, incluso, me convierta en un ser superior. Puede que construya un Paraíso.
                El pobre de mi amo: tras su muerte, muchos años más tarde de aquella atroz mordedura, metamorfoseó en serpiente, especie con la que tanto había llegado a contactar. La segunda vez que le atacaron, supo estar preparado. No sé qué pasará con él. Allá donde acabe, espero que le vaya bien. Supongo que en una vida futura, en algún momento, nos llegaremos a enamorar. Me figuro que, en ese estado, nuestros cuerpos encajarán en una mejor manera, y no seremos desdichados nunca más.
                Somos lo que somos, o en lo que nos convertimos. Avanzamos en línea recta, o tal vez formamos un círculo por donde fluye de manera perene nuestra esencia vital.
                Siempre que no estemos conformes, tenemos la opción de, nuestra piel, mudar…