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lunes, 9 de diciembre de 2024

Las historias cortas de diciembre: "Inspiradas. Frases y reflexiones a partir de otras ficciones"

-No me gusta oír que yo era tu única razón de ser.

-Pues anda que tú, que no querías ser, ni siquiera estando conmigo

(Inspirada en el T1E3 de “The Last of Us”).


 

-Sabían leer el cielo y coser el mar

(Inspirado en “La abuelita de Kundera”, de Joan Manuel Serrat)

 


-Que la película “Exodus” se ruede a la vez que se produce el éxodo sirio a Irak es muy significativo.

-Siempre hay un éxodo en alguna parte del mundo, así que si ruedas una película sobre el tema, por fuerza tiene que coincidir.


 

A veces odio los ordenadores. Y a Peter Pan.

 


-Kaiser Xosé.

-No te entiendo -dijo la abuela sorda-. ¿Qué quieres decir con eso, que le falta sal?



Zweig relató la vida de Fouché como si fuera una novela; lo cual es muy llamativo, porque la muerte que le dio fue muy parecida a la que él mismo sufrió.

 


Las películas futuristas clásicas no son clásicos, son “futuros clásicos”.


-Me llama la atención que el guión original de "Gladiator 2" contuviera una parte donde el dios Hefesto se ha vuelto cristiano y está predicando en favor de la nueva religión.

-Me recuerda a cuando el Yavhé judío, en "El Evangelio según Jesucristo", de Samarago, decide cambiar de imagen para ser la divinidad cristiana.

-Pero eso es una campaña de marketing: aquí hablamos de un dios que ha dejado de creer en sí mismo.


lunes, 9 de septiembre de 2024

Las historias cortas de septiembre: "Sueños regios"

El otro día tuve un sueño. Soñaba que me hacía amiga del Rey Juan Carlos, y entonces se le caían los apuntes. Al ayudarle a recogerlos, compruebo que son de Historia. Le pregunto: “¿Pero qué haces?” Y él me reponde: “Estudio Historia. Es mi deber de rey”. Y entonces me descojono y le digo: “¡Pero no vale!¡Tú eres historia!¡Eso es trampa!” Al final del sueño, alguien pasaba por allí y me preguntaba si éramos amantes: ya lo que me faltaba, pensé, si podría ser mi abuelo.

                                                                       *

Otro sueño, esta vez, con el rey Felipe, comiendo una cena china con palillos. Yo le digo, “Claro, pero lo tuyo no tiene mérito, te lo habrán enseñado desde pequeño”. Es la segunda vez que sueño con el rey en una semana, ¿me estará pasando algo?¿Tendré yo, una republicana convencida, que no fanática, alguna relación extraña con la dinastía de los Borbones? Dice mi novio que quizás le meta estas andanzas al protagonista de algún libro, ¿quiere decir esto que me estoy convirtiendo en un personaje de novela?


lunes, 6 de enero de 2020

El libro de enero: "Nápoles 1944"

Nápoles es un lugar especial. Como le ocurre a buena parte de los mismos, repleta hasta arriba de contrastes. Capaz de lo mejor y de lo peor, contiene al mismos tiempo los sueños más maravillosos, y también las más atroces pesadillas. Los que han paseado por sus calles reconocerán las estampas en las que los paisanos tienden la ropa en tendederos situados a pie de calle, nivel desde donde los recaderos se dedican a llenar de viandas unas cestas de mimbre que luego las "nonas" o abuelitas italianas recogerán desde las ventanas de sus casas mediante una cuerdita. Sin duda a todos nos vienen a la cabeza escenas cotidianas en las que las "mamas" cocinan desaforados platos de pasta para ragazzos cargados de chulería y ragazzas rebosantes de belleza, así como imágenes de postal en las que primorosas callecitas decoradas con plantas de flores posan como si se trataran de modelos de alta costura. Todas estas escenas incluyen también, en su reverso, a la omnipresente Camorra, la cual lo invade todo como un cáncer del que ninguna quimioterapia ha sido hasta ahora capaz de desembarazarse.

Ahora, imaginemos esta ciudad del amor y del pecado en una circunstancia aún más extrema: 1944. La ciudad ha sufrido la dictadura fascista de Mussolini, la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, la invasión por parte de las tropas aliadas. Se vive toda la desdicha que acompaña, como pasajero no invitado, a cualquier conflicto bélico, y quizás alguno más. En especial, se pasa hambre. Muchísima. Tanta, que los napolitanos buscan alimento entre las bayas del campo, engullen lo que un italiano consideraría por lo normal incomestible, y hasta toman al asalto el acuario municipal y devoran hasta el último de sus peces. A este lugar llega Norman Lewis, futuro escritor de novelas y libros de viaje, como miembro del ejército británico, y como resulta que habla algún idioma -hay que ver lo "profesional" que resulta todo en tiempos de guerra-, le asignan al servicio de inteligencia de esta sección del contingente aliado en <<el pueblo más grande del mundo>>, como lo han definido algunos. "Nápoles 1944" es el producto de sus experiencias durante ese año.

Lewis, en efecto, divisa miseria. Niños que no tienen otra solución que madurar rápido, demasiado rápido. Mujeres que se habitúan a vender con facilidad lo que antes preservaban con celo. Lewis describe situaciones inherentes a toda contienda, especialmente el caos, la incertidumbre, la corrupción, la arbitrariedad. Entre los soldados (que se dedican a aprovechar su superioridad siempre que pueden), y tanto entre los extranjeros como los locales (unos pocos de los cuales son capaces de extraer beneficios de la situación a través del contrabando, el robo o el tráfico de favores). Para hacernos una idea, la Mafia es la primera en colocar a sus hombres en los puestos claves de la administración. No empiezan con buen pie los cambios que han de traer la normalidad a la nueva Italia.

Pero al mismo tiempo, cómo no, Lewis, con una mirada comprensiva y lúcida, contempla cómo el carácter siempre resuelto y artístico de los napolitanos hace que, a su alrededor, se vivan las situaciones más surrealistas. Los italianos serán pobres y les faltará de todo, pero ello no exime que sigan manifestándose tan altivos, elegantes y sibaritas como siempre, y que consideren que un inconveniente menor como la guerra no debe alterar para nada su estilo de vida. Siguen adorando a sus santos, aderezando sus comidas con variados condimentos cada vez que pueden, y presumiendo de nobleza y antepasados en cuanto encuentran la más mínima oportunidad. Lewis se encontrará marquesas arruinadas de alto porte, sabios muertos de hambre que se ganan un sobresueldo a cambio de actuar como "el pariente sofisticado que vive en Roma", truhanes encantadores, enemigos simpáticos, y también colegas canallas. Constatará que durante el asalto al acuario municipal, los napolitanos tuvieron la decencia de reservar, como cena de bienvenida para el jefe de los ejércitos aliados, una ración especial de manatí. Si en Italia no encuentras motivos para reírte, es porque no quieres. Incluso aunque te veas entremezclado en reyertas particulares, discusiones entre amantes, o la fervorosa ebullición de partidos políticos, entre ellos los comunistas, democristianos, un movimiento que quiere volver a poner de moda la toga romana, o un partido ultraderechista llamado Forza Italia! (!) que probablemente no tenga nada que ver con Berlusconi pero que, como nota simpática, durante su fundación, reunió a un par de cabras que ejercieron como testigos mientras ellas, ajenas al revuelo a su alrededor, continuaban tranquilamente pastando.

Os invito a que os dejéis sumergir por ese ambiente tan particular que vive Lewis, el cual acabará enamorándose poco a poco de ese lugar donde le hubiera gustado nacer, y en el cual, por azares del destino ha acabado por residir. Dejaros seducir también por Italia, incluso aunque durante el libro se encuentre en sus horas más bajas. Tal vez porque, en los momentos en que es más densa la oscuridad, más brillante resulta la luz. Una lección que conviene tener presente siempre: a lo largo de este año, seguro, la vamos a necesitar.

lunes, 23 de enero de 2017

El relato de enero: "Ella" (o "Empatía por compasión: surrealístame si puedes").

Ella
(o Empatía por compasión: surrealístame si puedes)

            Cuando uno empieza un cuento con un título cómo éste, uno comienza a sospechar, como quien no quiere la cosa, que ésta va a convertirse en una de esas maravillosas y lacrimógenas historias de amor. Ella, efectivamente, no era como las demás. Pero no tenía el pelo rubio, ni los dientes como perlas, los ojos como zafiros, ni unas tetas tan grandes como las de Pamela Anderson. Lo que sí que tenía, era una cualidad muy especial: muy apreciada, y sin embargo, muy difícil de encontrar.

Sabía decirle a todo el mundo lo que en aquellos momentos necesitaba oír.

Sabía hablarle a todo el mundo como tenía que hablarle.

No, no se crean, no es una cualidad habitual. Es rara, es escasa, es incluso excepcional. Cuando es frecuente, es por partes. Quiero decir, un diplomático sabe cómo tiene que hablarle a un presidente de un país. Y es consciente de ello. Y lo hace cojonudo, como nadie más en el mundo. Y un policía conoce perfectamente cómo ha de tratar a un ratero de la calle. Y una enfermera a un paciente. Pero un diplomático se cagaría del susto ante un ratero de la calle, un policía se quedaría mudo ante un paciente de cáncer, y una enfermera no sabría tratar de igual a igual con el presidente de un país, a no ser que éste se haya fracturado los tobillos y los codos tras un, ¡inolvidable!, salto de esquí. Pero esta mujer, sabía cómo tratarse con todos ellos. Con todos y cada uno.

Pongamos un ejemplo. Un día íbamos en el metro, y nos encontramos con un niño con síndrome de Asperger. Un síndrome de Asperger es una enfermedad parecida al autismo, pero en un grado menor, los que lo sufren se han hecho relativamente conocidos gracias a películas como Rainman, o libros que tienen a alguno de los afectados como protagonistas. A este tipo de personas, sobre todo a los niños, muy frecuentemente les disgusta que les toquen. Pues bien, este niño se hallaba perdido, mirando a la pared en una esquina del vagón de metro, cuando un policía que se apercibió de su presencia se acercó a él e, intentando ayudarle, le agarró del brazo. El niño comenzó a gritar de manera atroz, como si le estuvieran torturando con brasas candentes, y el policía comenzó a ponerse nervioso, sin tener ni idea de qué hacer. Entonces, ella se acercó al niño y, con mucho cuidado de no tocarle, le empezó a susurrar palabras tranquilizadoras, hablándole en un tono pausado y suave, especificándole mucho lo que quería decir, hasta que consiguió que el chico se calmase y aceptara la ayuda del policía. Todos el vagón se volvió hacia ella con una mirada de incredulidad, a lo que ella simplemente se encogió de hombros, risueña, y replicó “No ha sido nada, trabajo en este tipo de cosas”. Que era, justamente, lo que la mayor parte de ellos estaba deseando oír.

Pero ejemplos así, a montones. Como el del borracho que empezó a insultarnos, y acabó prometiendo entre lágrimas que dejaría la bebida y buscaría un trabajo. O el mecánico que intentó estafarnos con una factura, y con el cual ella mantuvo una larga charla (en la cual, a pesar de no poder escuchar lo que decían, contemplé como ella, todo el rato de espaldas, no perdía en ningún momento la compostura, mientras que el mecánico, en cambio, fuera volviéndose presa de un reverencial temor), para que, desde entonces, no sólo nos arregle el coche con la mayor exactitud y presteza –manteniendo constantemente agachada la cabeza, como si creyera que al contemplar los cabellos de ella, fuera a convertirse en piedra-, sino que además, incluso, hasta nos haga descuento. Ella nunca emplea ni una palabra demasiado dura, ni otra demasiado amable, simplemente, utiliza la perfecta, la necesaria para cada uno, desde el susurro más dulce, al más agrio y más violento de los tonos. Y, por supuesto, para ella no existen viejos verdes que le lancen halagos desde el borde de la acera, cajeras de supermercado que le pongan mala cara, ni tan siquiera funcionarios que le extravíen los papeles. Sabe manejar a cualquiera en cualquier situación (todo, claro, dentro de un orden: no puedes conseguir que alguien que adora la vida se suicida, ni que un fundamentalista islámico se ponga a cortar de pronto jamón ibérico. Pero dentro de las tendencias naturales de cada uno, sus palabras pueden ser capaces de casi cualquier cosa). No es que el mundo la ame: sería demasiado extraordinario, además de falso, decir que esto es así. En realidad, lo que casi todo el mundo piensa de ella, es que es, encantadora. O más bien, lo que de verdad piensa casi todo el mundo de ella, es lo que ella quiere que piensen. Yo, por supuesto, la amo: ¿qué podría hacer si no?
           
A veces le he tratado de sonsacar cómo lo hace, y ella me contesta, con toda humildad, que es un don. Dice que domina eso que suelen llamar empatía, esto es, el arte de ponerse en el lugar de los demás. Dice que a partir de entonces, todo es más fácil, que la gente se pasa la vida escuchándose solo a sí mismos, sin que nadie les comprenda, y por eso, el que alguien les demuestre que es capaz de entender sus problemas, y no despreciarlos frente a los suyos propios, les deja totalmente patidifusos, y mucho más dispuestos a negociar. Dice que los actores de teatro dominan mucho esta técnica, así son capaces de ponerse en la piel de sus personajes. Yo le digo que el teatro, por definición, es una profesión de mentirosos, pues todo el mundo aparenta ser lo que realmente no es. Llegados a este punto, en ocasiones le pregunto de pronto si ella se considera a sí misma una mentirosa nata. Y ella entonces me contesta, ¿te gustaría que lo fuera en la cama esta noche?, y ya no hay más discusión.

¿La profesión? Seguramente la habrán adivinado. ¿Política? No, por Dios, ¿por quién nos han tomado?¿Asesora matrimonial? Tampoco, en este tipo de cosas, la gente ni tan siquiera les apetece escucharse mutuamente, como para escuchar a alguien más. ¿Psicóloga? Quizás sería lógico, pero no es el caso. Obviamente, es publicista. Todavía no ha habido ni un anuncio suyo (¿recuerdan ese de “Guau, Rantanplau”, al que le dieron un premio en Nueva York), que no haya cosechado un tremendo éxito.

Muchas veces me preguntan cómo es tener una mujer así. Yo les digo que es como releerte un libro que te encanta, o como revisar de nuevo un antiguo álbum de fotos: sabes perfectamente qué es lo que te vas a encontrar, pero nunca puedes evitar sorprenderte, e incluso, en el caso del libro, llegar a angustiarte por el destino de los protagonistas. También me preguntan qué tal es en la cama. Por supuesto, y aunque no me gusta hacer alardes, puedo afirmar con rotundidad que satisface todos mis deseos. A veces me pregunto si es que ella nació para ser mía. En realidad, y de hecho, es que ella nació adaptada a todo aquello a lo que, por ejemplo por amor, quisiera adaptarse.

Nunca ha conseguido que nadie se le ponga en contra. Ni un jefe, ni un compañero de trabajo, o un profesor en la Universidad. No conseguimos recordar a nadie que la haya mirado con mala inquina, o con el ojo torcido. Los policías la tratan bien al ponerle multas (a veces se las perdonan), y hasta el perro del vecino, que siempre trata de comerse (no; no mordisquear: comerse), mis tobillos y los bajos de mis pantalones, por este orden, le ladra a ella con alegría y entusiasmo, moviendo incluso la cola, cuando la ve aparecer por la calle. ¿Quién puede competir contra eso?

Claro que, tener la mujer perfecta, que alcanzase el ideal de superhombre de Nietzsche y de Mary Shelley, de Prometeo o del protagonista de “El perfume”, también tiene sus puntos débiles. Como la vez en que un asesino huido de la prisión se coló en nuestra casa con una navaja en la mano.
-Mátale a él –dijo ella-, y nosotros nos quedamos a follar en el salón.
Cuando el cuchillo me atravesó de lado a lado, la sangre manándome profusamente a borbotones, me sentía ligeramente estúpido, como debe sentirse alguien durante una explosión cuando se percata, un segundo demasiado tarde, de que se ha dejado abierto el gas. Pero entonces ella, se agachó hasta mi cuerpo moribundo, y me consoló diciendo:
            -Contigo fue con el único con el que siempre fui sincera.


            Y sólo recuerdo que, conforme me iba muriendo, tan sólo era capaz de pensar en cuánto la amaba, y cómo le agradecía tanto todo lo que ella había hecho por mí...