martes, 25 de septiembre de 2012

Una reflexión a raíz de la muerte de Carrillo, que no va sobre Carillo.

Efectivamente, no. No os voy a hablar de Santiago Carrillo. No voy a ensalzarle como padre de la patria, no aludiré a sus ideas o a su espíritu conciliador, y tampoco arremeteré contra su figura por su supuesta participación en las matanzas de Paracuellos, o le exoneraré total o parcialmente de las mismas. En los últimos días, muchos ya han hecho todas esas cosas, con lo cual creo que poco más  podría aportar. Así que quien buscara algo de eso, bien puede marcharse. Pero sí que me gustaría comentar una serie de ideas que me han venido a la cabeza cuando recientemente (y por esa lógica interna que hace que, cuando alguien muere, tendamos a repasar su biografía), al leer sobre la vida de Carrillo, haya encontrado entre otras cosas que, poco después de la guerra civil, su hija pequeña moría en un campo de concentración francés como consecuencias de las enfermedades que allí adquirió. Tenga o no uno simpatía o afinidad política por el personaje, está claro que conocer un hecho como éste impacta, como sin duda marcó a Carrillo en su día, y esto puede llevar a la reflexión...

Y efectivamente, observé a Carrillo con otros ojos. Quizás fue comparar su piel llena de arrugas a los 97 años, en el filo de la muerte, con las imágenes del pasado, y no encontrar tanta diferencia como uno cabía pensar. Quizás fue al recordar que este hombre pasó por una guerra civil y un exilio. Tal vez fue por cavilar acerca de una época en la que, en cualquier momento, sin que menos te lo esperaras, de madrugada incluso (el estallido de la guerra civil le sorprendió a Carrillo en Francia, desde donde volvió para combatir), podías tener que coger un fusil para vender cara tu vida. Todos esos momentos la mayor parte de los lectores no los han vivido: pero esa generación sí.

Fijémonos en el mapa temporal de Europa de los últimos dos siglos: está lleno de cicatrices, de sangre, de batallas, de desgarros sin miramientos. Una primera guerra mundial a la que sigue una segunda, en un ciclo en el que parece que Europa debe desangrarse de manera rutinaria cada cincuenta años (hay quien dice que las luchas que están teniendo lugar actualmente a nivel diplomático y económico entre los países es una especie de forma de entablar una tercera). Un mundo mucho más inseguro que el actual: calles menos iluminadas, menor vigilancia policial, menor densidad de población, lo cual, en palabras de Arthur Conan Doyle, tiene el peligro de que grites y nadie te pueda escuchar... Nuestros abuelos pasaron por las hambrunas y las épocas de las grandes epidemias, miraron directamente a los ojos de los cuatro jinetes del apocalipsis y vieron como muchos de los suyos se quedaran por el camino... Es normal, por tanto, que sus rostros sean más curtidos, más feroces. Que a las ambigüedades morales que nos encontramos hoy en día se contrapongan conceptos que sólo tenían que ver con la vida y la muerte, con sobrevivir sin ser aniquilado. En que la violencia se entendiera no sólo como una necesidad para la supervivencia, sino también como la única forma posible de cambiar el mundo porque de no ser así, a lo mejor ni siquiera tenías la posibilidad de hablar. En este caso no estoy hablando de conceptos acertados o erróneos, como tampoco trato de justificar ningún acto, opinión o aparente delito: simplemente expongo que, en un contexto radicalmente distinto, las opiniones eran más extremas, las sutilezas menos tenidas en cuenta, los debates versaban sobre aspectos muy distintos y el hombre, en definitiva, era diferente. No por sus genes ni porque un distinto sol se levantara cada mañana, sino por un entorno que tenía mucho de lucha y muy poca humanidad.

Pero claro, me diréis -y con razón- esto no es exclusivo de nuestros abuelos. Que la existencia es corta, insegura y azarosa es algo que ya sabíamos. Cualquiera puede liquidarte en una esquina armado con una navaja. Más aún en algunos lugares del mundo donde tu pellejo tan sólo vale unos pocos dólares. De sobra conocido es que los zagales de cualquier barriada de Río o Kinshasa tienen más consciencia de la realidad (entendida ésta como frágil, cambiante, huidiza y las más de las veces traicionera) que buena parte de los que habitamos esta cómoda burbuja protectora denominada primer mundo.

Aunque quizás ahí está la cuestión. Durante unos cuantos años (y en una región espacial muy concreta), ha habido un cierto paréntesis en la historia. Por supuesto que, incluso en la región espacial y temporal a la que se ha visto limitada este paréntesis, ha habido injusticias, dolor, miseria y pobreza. Pero, por así decirlo, era más limitada, más auxiliada, menos temible. Daba la sensación de que había unas reglas, unas mínimas protecciones, incluso ciertas cosas que llamábamos derechos. Sin embargo, nadie nos garantiza que esto vaya a seguir así. Nadie asegura que este contrato que se firmó tiene por qué seguir vigente el año siguiente. Bien pudiera ocurrir que los tiempos malos (los que para una parte del mundo han sido "todos los tiempos"), con todo lo que ello conlleva, estuvieran a punto de volver.

De lo que se trata, en ese sentido, no es comparar tanto la generación actual con las anteriores, ni tratar de hacerla mejor o peor. Cada cual vive sus circunstancias, y suele decirse que cada una tiene que enfrentarse a un reto terrible que pone a prueba su capacidad (algo de esto expresaba Miguel Delibes, aunque en su sentido más negativo, en "La guerra de nuestros antepasados"). Pero quizás, en ese sentido, sorprende encontrarse con que esta generación moderna se ha topado en situaciones contra las cuales sus antepasados lucharon para que no se repitiesen, o se hayan tropezado, de improviso, con que tienen que asumir problemas que nunca antes habían sufrido y que deben remontarse a sus abuelos para encontrar dilemas parecidos.

Podrá decirse, en ese sentido, que quizás en los últimos años en Europa (y el mundo occidental en general) se haya vivido en un sueño que no era real. Pero hay dos preguntas que debemos hacernos entonces:

a) ¿Sea real o no... es mejor? El mundo real, efectivamente, es como aquel castigo romano en el cual te encierran en un saco con animales salvajes y donde mueres o te endureces. Pero, aparte de la pérdida de la sensibilidad como consecuencia de ese endurecimiento (como la piel al adquirir escamas, que pierde capacidad de reacción a los besos), ¿merece la pena para ello tanto sufrimiento?
b) Esas generaciones anteriores, como Prometeo trayendo el fuego de los dioses, sufrieron el tormento de un águila comiéndoles el hígado a cambio de que el hombre no volviera a pasar frío ni le temiera a la oscuridad... ¿tendrán que ver cómo sus vástagos vuelven a ser atacados por el águila inmisericorde, sin por ello haber conseguido que las antorchas en el mundo se iluminen, salvo en la morada de los dioses? En este caso me acuerdo de la clásica historia del villano que, a pesar de todo, tiene una debilidad por la que al final cede y que pretende por encima de todo salvar, como el bárbaro Droculft cuando entrega su vida por preservar Rávena. Sin embargo, ¿qué pasará si el sacrificio de Droculft ha sido en vano?

En definitiva me quiero preguntar si en un futuro quizás no demasiado lejano, encontraremos la mirada y la piel de Carrillo en la cara de personas que bien pudiera ser sus bisnietos. Si alguna vez de madrugada se escuchará el restallar de algún fusil y se tendrán que despertar.

Si los bárbaros volverán a cabalgar por Europa la próxima primavera...

martes, 18 de septiembre de 2012

El libro de septiembre: Homenaje a Terry Pratchett: El club de los... 72?

En los últimos tiempos ha estado de moda aquella famosa maldición de los 27 por la cual alguno de los artistas (preferentemente musicales, y preferentemente recientes) más afamados de la historia -Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, o hace muy poco Amy Winehouse- murieron a esa edad. Claro que siendo rockero, y con el consumo medio de drogas en esta subpoblación de la humanidad, tener al menos dos infartos antes de los cuarenta es un simbolo de status. Dicen que uno se hace viejo conforme observa que sus ídolos son más jovenes que uno mismo (algo que es dramáticamente fácil de conseguir si tus héroes lo son deportivos). A mí en cambio -aparte de que empiezo a constatar que a en ocasiones los personajes de mis historias empiezan a ser más jóvenes que yo- me pasa al contrario, que mis idolatrados van cayendo tras una larga vida y fructífera vida y a edades propias de Matusalén. Pero no dejo de quedarme menos triste por ello.
Esta idea me viene a la memoria dado que recientemente se cumplieron dos años de la muerte de Saramago a la muy envidiable cifra de 87 abriles. Pero tambien cayó, sin demasiada diferencia en el tiempo, Miguel Delibes a los 89 (después de una dura y larga enfermedad). Afortunadamente, el tiempo nos respeta a Eduardo Galeano, pero, como dijo Serrat sobre sus conciertos con Sabina, "nunca se sabe si este va a ser mi último concierto, el de Joaquin, o incluso el último vuestro, asi que vamos a a disfrutar y a no pensar mucho esas cosas". A Terry Pratchett, en cambio, el hecho de tener seguramente una de las mentes mas agudas e ingeniosas del pasado siglo no le ha protegido para que un Alzheimer algo precoz ataque sus neuronas en la sexta década de su vida y le haya inducido a que, mientras intenta terminar todos los libros que puede antes de que llegue la fatídica hora, se embarcase a realizar este documental sobre la muerte digna que le ha reportado varios premios y disparado una extensa polemica en el Reino Unido.
Nunca me han gustado los homenajes despues de muerto: todo parece bonito, todo el mundo te quería, nadie te deseaba ningun mal. Además, llegan siempre tarde: hemos aprendido a reconocer que Adolfo Suarez fue el mejor presidente de nuestra democracia cuando nuestros elogios ya no le sirven. De poco le valieron, tampoco, los homenajes a posteriori dedicados a Bécquer (aunque predijera con acierto que iba a ser así) o a Kafka. Decia un medico especialista en moribundos que uno nace siempre rodeado de medicos, enfermeras (y en ocasiones, añado yo, un padre histérico grabando con una camara de video) a pesar de que un bebé no se entera de nada, mientras que la mayor parte de las veces, los ancianos mueren solos, y en buena parte de las ocasiones conscientes de su soledad: más que homenajes, seguramente preferirán alguien que les acompañe en una casi siempre demasiado sobrecogedora cama de hospital.
Seguramente Terry no lea este tributo, claro: en castellano, en el maremágnum de Internet, por parte de un modesto admirador y con su cabeza tal como anda ahora mismo... Pero este post va dirigido a los que pueden hacerle inmortal: sus lectores, que pueden acudir a su obra, y escuchar las palabras de Terry, de generacion en generacion, y transmitir su recomendación a otros. Dicen que si bien la biología se comporta de forma darwinista, la cultura lo hace de forma lamarckiana: la manera que tenian los personajes de Bradbury de recordar los libros no es distinta de la tradicion oral con la que nacieron la Odisea o los cantares de gesta, o el modo en que los libros (a traves de manos salvadoras de incendios, monjes protectores u ocultos en escondites reconditos) han llegado a nosotros desde la Antigüedad. Y con ellos, todo el conocimiento humano.

No me quiero explayar mucho acerca de los libros de Pratchett (aunque sin duda lo acabaré haciendo), porque sin duda es mejor que os aproximéis directamente. Pero sí que os puedo dar unas cuantas indicaciones: ante todo, Terry es, sobre todo, y por encima de todo, un cachondo mental. No es una denominación extraña para alguien que tiene un invernadero de plantas carnivoras en el jardín, que en pleno siglo XXI se ha forjado su propia espada, y el cual defiende que el mundo seria un lugar mejor si hubiera mas orangutanes viviendo en él. Dice su biografía que empezo a trabajar en la sección de local de un periodico a los 17 y a las pocas horas ya habia visto un cadaver, lo cual desde luego (y en sus propioas palabras) es adquirir experiencia profesional de forma más bien rápida. Tambien, el hecho de trabajar durante mucho tiempo como representante de prensa de cuatro centrales nucleares debe contribuir en sobremanera a desarrollar un sentido del humor ironico, retorcido y algo macabro. La palabra que mejor lo definiría es, obviamente, inglesa: "witty", ingenioso, ágil, tanto que a veces va tan rapido que tienes que volver para atras para ver donde se habia quedado el chiste. Decia Bernard Shaw que si vas a contar la verdad, mejor que lo hagas con sentido del humor, o te matarán: y dicen tambien que el humor es la forma mas adecuada muchas veces de describir la realidad. Y en este sentido, también cabe decirlo de Pratchett: al lado de este tono de parodia continua y de humor inteligente en la mejor tradicion del estilo británico (muchas veces he definido el Mundodisco, ese universo particular que él se sacó del sombrero de hechicero, como una mezcla entre "El señor de los anillos" y los Monty Phyton), se encuentra muchas veces una profunda reflexión sobre cuestiones como la tolerancia, el perdón, el daño que los humanos sabemos  infligirnos entre nosotros, el sentido del deber o la solidaridad. Y de hecho dicen que sus libros fueron perdiendo muchas veces un componente fantasioso y eran cada vez más realistas, oscuros y lúcidos. No obstante, y aunque haya diferencias en la saga del Mundodisco (con sus mas de 45 títulos) desde el principio hasta el final, la seriedad y el humor se combinaban en ambos casos en buenas dosis, haciendo de este estilo unico e irrepetible una marca personal de la casa, y sencillo de reconocer para deleite de propios y extraños en cada ocasión.
¿Que es el Mundodisco? Bueno, es un planeta plano y circular que vaga por el espacio encima de cuatro elefantes, que a su vez se apoyan en una tortuga la cual (¿nada?, ¿bucea?) por el espacio sideral. Sobre este quelónido, se asientan sus continentes y sus océanos, sus seres humanos pululando, y tambien enanos, trolls, elfos, brujas, magos... los cuales desarrollan sociedades tremendamente parecidas a las de un mundo esférico y sin tortugas que seguramente nos sonará a los lectores. En e Mundodisco, hay un imperio parecido al chino, hay un continente remotamente similar a Australia, otro a Africa... Y luego, esta Ankh-Morpok, la ciudad protagonista de la mayor parte de las historias y parodia, como no (recordadlo, Terry Pratchett es britanico) de Londres. Ankh-Morpok es definida con una ciudad con un aire muy familiar... porque se nota que lo han respirado muchas familias antes. Con un río con un agua... tan poco liquida que no la llevan en cubos, sino en redes. Ya os podeis imaginar lo demas. Ankh-Morpok esta gobernada por el Patricio (un personaje tan agudo y elegante que el cine fue interpretado por Jeremy Irons), bajo el sistema de un hombre, un voto... el Patricio es el hombre, y el voto es el suyo. Sin embargo, el Patricio tiene aficion por hacerle creer a todo el mundo que son ellos los que controlan el destino de sus vidas, mientras el las dirige desde lo alto como en un tablero de ajedrez. A lo largo de la obra del Mundodisco, nos vamos encontrando con numerosisimas referencias sociales y literarias de nuestro propio universo: desde la Odisea hasta los Beatles, pasando por Conan el Barbaro, el periodismo, la magia o las guerras napoleónicas... como suelen explicar las contraportadas de sus libros (las ilustraciones suelen ser más bien bizarras y haceros creer que se trata de libros infantiles, pero creedme, son para jóvenes de 12 a 99 años), nada escapa a la inquisitiva pluma de tan hiperprolífico escritor. Sorprende tanta variedad, pero efectivamente, la ventaja de tener un mundo inventado es que todo es posible y puedes hablar de lo que te apetezca y te dé la gana. Y si se argumenta que Ankh-Morpok en un principio era mas medieval, bien es cierto que al final de la saga casi parece mas una ciudad victoriana (donde el Patricio ha conseguido que las cosas funcionen en la ciudad: no que funcionen bien, sino que funcionen), y que Pratchett puede aprovechar una lucha entre enanos y trolls para hablar del racismo y la tolerancia, o una rocambolesca aventura para criticar "el mayor crimen de todos, y que quizás por ello esta permitido: la guerra". Como decimos, todas las opciones estan abiertas, y eso es lo que le ha dado tanta versatilidad a la saga y le ha permitido progresar con el tiempo, convirtiendo a Pratchett en el segundo autor británico más vendido de la historia y (según una encuestra reciente) aquel cuyos libros se roban preferentemente en las grandes librerías de Inglaterra.
El Mundodisco no es una saga al uso: no hay un unico personaje principal. Hay muchos protagonistas, que se cruzan y comparten destino durante un tiempo, y a los que no volvemos a ver hasta varios libros despues. Sin embargo, no hace falta empezar por el primer tomo y terminar por el ultimo. Como dijo un crítico una vez sobre una de las obras de la saga: "sentía con este libro que habían empezado la fiesta sin mí; pero pronto me invitaron a bebidas, me ofrecieron un asiento, me presentaron a todos los personajes, y me hicieron sentir como en casa", así que podeis coger cualquier libro de la serie y comenzar; pero claro, cada personaje se encuentra tan solo en unos libros, y hay por tanto unas tramas o arcos argumentales (que podéis encontrar descritos en la Wikipedia) por si los queréis seguir. Entre los personajes mas famosos estan Rincewind (un aprendiz de mago fracasado el cual, aunque admite que huir de los problemas puede traerte más problemas, opina que siempre puedes huir de esos nuevos problemas, y por tanto ha desarrollado una envidiable capacidad de correr a toda pastilla); la Guardia de la Ciudad de Ankh-Morpok (especialista al principio en esconderse cuando intuían problemas pero que ahora se dedican incluso a mediar en disputas politicas y resolver casos de asesinato -han sido de los que más han evolucionado a lo largo de la serie-); la astuta e irreverente Tiffany Archer; el reconvertido (tras casi morir en la soga) ladrón de bancos Húmedo von Mustachen; los magos (adictos a la nicotina y a las buenas cenas); las brujas (capaces de dejarte seco sin usar la magia, tan sólo con una buena reprimenda o una poderosa mirada); y, quizas el mas omnipresente (lógicamente acorde con su papel, y que sólo dejó de aparecer en un libro del Mundodisco), la Muerte, con su guadaña preparada para llevarse a las almas cuando les llega la hora, sus comentarios que suelen poner punto y final (literalmente) a todas las preguntas, y progresivos intentos de entender a los humanos que nunca terminan del todo de fraguar. Con todo este desaguisado, ¿por dónde empezar? Yo caí en esta adicción cuando un buen amigo me prestó "¡Guardias!, ¿guardias?", y creo que es buen sitio donde arrancar -de hecho, los únicos libros que trato de leerme en orden son los referidos a la Guardia de la Ciudad-. Creo que, aparte de hacer un homenaje a Pratchett, os estaries haciendo un favor a vosotros mismos, garantizándoos horas de diversión durante muchos años.
En todo caso, cuando llegue la hora, seguramente Terry estara esperando a la Muerte con su sombrero de mago y comience una conversación llena de afilados comentarios donde la Muerte se pregunte si las frases las pone ella o las dice sólo porque el diálogo lo ha escrito el autor, y cavile sobre si eso puede llevar al final del tiempo o al inicio de otro universo... Será, sin duda alguna, una escena memorable. Lo bueno es que en la saga del Mundodisco (al menos mientras no se cumpla la maldición de que se termine, y de que nosotros nos lo leamos por completo) seguirá habiendo muchas más.

P.D. Ademas del Mundodisco, Terry Pratchett tenía tambien varios libros paródicos, incluyendo una saga sobre enanos, o una colaboracion con el escritor Neil Gaiman, "Buenos presagios", acerca del apocalipsis (con el dudoso record de ser el libro cuyos ejemplares han sufrido más percances a manos de sus lectores, incluyendo caerse en una bañera y ser ensambladas una a una las páginas de nuevo: sólo la historia de como se escribio la novela es una epopeya para partirse de risa), además de textos escritos en colaboracion con cientificos sobre las leyes físicas presentes en el Mundodisco (donde la luz viaja muy despacio, el tejido de la realidad se altera continuamente, el tiempo y el espacio se imbrican y la fé puede originar a los dioses).
Además, del Mundodisco se llevaron a cabo tres adaptaciones cinematográficas por parte de la BBC a partir de las correspondientes novelas. Para fans de todos los tipos. Quizás alguno de vosotros no sepa todavia que sois uno de ellos. Quién sabe...

P.D.2. En el momento que escribí este post, coloqué el título «la maldición de los 72» como contraste a la mítica maldición de los 27. No obstante, justo ese mismo día, me enteré de la muerte del entrañable actor Juan Luis Galiardo a esa edad. ¿Casualidad o destino? Dejo la respuesta es vuestras manos.

martes, 11 de septiembre de 2012

La historia corta de septiembre: Dedicadas a Eduardo Galeno (I)

Historias diminutas, primorosas, como a traves del ojo de la cerradura de la realidad. Que nos recuerdan al estilo de Eduardo Galeano. Seccion por tanto nueva en el blog, con capitulo primero.


DEDICADAS A EDUARDO GALEANO,
o historias contadas a las doce de la noche, justo cuando no dan ganas de levantarse y apuntarlas.

1

Un día la serpiente se tumbó a descansar. Y se quedó allí, al sol, durmiendo todo lo larga que era.

Entonces llegó una niña, que iba caminando alegremente por el prado. Vio entonces sobre al hierba una cuerda muy larga, bien estirada; la cogió casi de los extremos, la curvó, y se puso a jugar a la comba con ella.

La serpiente se deja hacer: ha decidido no hacerle nada. Ya está harta de que la gente tenga miedo de ella; por una vez, quiere hacer feliz a los demás.

La niña sonríe, y procura no doblar mucho la cuerda cuando salta. No le gusta hacer daño a los animales.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La historia real de septiembre: Historia del Soñador y del Loco



Historia del Soñador y del Loco



            Fueron dos héroes alemanes, que si hubieran vivido en un lugar con costa, habría conquistado grandes mares. Y los dos murieron en un río.

            Federico Barbarroja tenía nombre de pirata. Y sin embargo, prefería, en lugar de dedicarse a las correrías y aventuras propias de la gente de estos cauces, dedicarse a ser gobernante del Sacro Imperio Romano Germánico. Mantener Alemania unida, como hizo él, era toda una proeza. Una nación tan potente, un pueblo tan indsutrial y trabajador, lo único que le impedía demostrar su hegemonía en Europa era la división entre sus estados, y efectivamente, nada más se unieron definitivamente, con Otto von Bismark, se transformaron en una potencia que revolucionó todo el mapa europeo, tanto, como dos guerras mundiales. Pues durante el reinado de Barbarroja se mantuvo, pero eso, lo que duró su hálito de vida. No fue mucho tiempo, al fin y al cabo, pero hay empresas tan grandes, que sólo la firme tutela del hombre que las creó, y éste ha de ser un gran hombre, pueden permitir que sean posibles.

            Barbarroja se empeñó en resucitar un imperio que, en gran parte, pasaba por el dominio de las ciudades italianas y el sometimiento del Papa. El representante de Dios en la Tierra se empeñó en que Lombardía fuera una prolongación de los cielos, y una serie de interminables guerras se sucedieron entre el emperador y el Papa. Agotado ya de tanta lucha, aunque consolidado su dominio en su zona de influencia, el Emperador escuchó de boca de ese mismo poder que tantos quebraderos de cabeza le habían causado un mensaje que le llenó la cabeza de provechosas ideas: lanzarse a una Cruzada, marchar a Tierra Santa, no sólo luchar por Dios, sino además, por nuevos dominios, nuevos tesoros, para su Alemania natal. Así, marchó con su ejército en dirección primero a Constantinopla, más tarde sería a Jerusalén: el objetivo era enfrentarse a las tropas de Saladino, y formar, junto con las tropas de Corazón de León y las del rey de Francia, una entente invencible contra la que tendría que lidiar el infiel. Pero hubo una poderosa fuerza que se tropezó en el camino del todopoderoso kaiser: el río Salef.

            Llevaban mucho tiempo caminando: habían recorrido muchas leguas, sus armaduras resplandecían del polvo y la sequedad del trayecto. Entonces, ante sus ojos se ofreció la imagen del río, con sus aguas claras y tranquilas. El Emperador, que, por una vez, también recordó que era hombre. Tenía sed. Mucha sed. Y por eso, así, sin más, se desplazó hacia la orilla del río, se introdujo en el agua, con la armadura y todo, y llegó hasta una zona en la que todavía no cubría, para darse un refrescante, y grato baño de agua cristalinas...

            Y de repente, ante los ojos de sus hombres, comenzó a gesticular: sus movimientos se convirtieron en aspavientos descontrolados, su rostro se desgarró en un rictus de dolor y de angustia... Sus soldados, sus hombres, aquellos que le serían fieles incluso aunque les condujera al mismo infierno, se quedaron petrificados de golpe, y nadie actuó. Pensaron tal vez que era una broma, también pudo ser el efecto de la llamada difusión de responsabilidad, los soldados se contemplaron anonadados los unos a los otros, si hubieran sido uno, no hubiera pasado nada, pero como eran veinte mil, su Emperador, su líder, su Dios, el hombre en quien creían más que todas las cosas, el que había dominado Alemania con mano de hierro durante casi cuarenta años, en el mismo margen del río, con el agua tranquila, en un día claro, maravilloso, delante de todos ellos... se ahogó...

            Nadie sabe realmente qué fue lo que pasó. Se ha dicho que el agua estaba muy fría, que la armadura era muy pesada, que Barbarroja tenía ochenta años, que le dió un ataque al corazón... Pero por hace o por beta, el caso es que... se ahogó.

            Las crisis moral y sentimental que tuvo lugar entre los hombres de su ejército no puede ser escrita con palabras. Buena parte desertaron; otro trozo, volvió a sus tierras, atemorizados, y se prepararon para el fin del mundo; algunos, incluso, creyeron que su Dios les había abandonado, y se cambiaron de religión, ingresando en las filas islámicas. El Imperio que tanto sudor y sangre había costado ganar, se desmembranó rápidamente en un par de años. La muerte de Barbarroja fue tan estúpida, tan patética, tan contradictoria con la forma que había vivido su vida, que seguro que algún enemigo, al escuchar la noticia de boca de hombres que parecían locos, no se lo creyó. Mucho más propio de un espectáculo de prestidigitadores, incluso, fue lo que ocurrió con su cuerpo: el cadáver del Emperador fue transportado en un tonel de salmuera por los pocos hombres fieles que le quedaban, para ser así enterrado, definitivamente, donde él lo había pedido, en la Cúpula de la Roca, una iglesia cristiana situada en el corazón de Jerusalén.

            Pero hay un segundo héroe, recordamos. Luis II de Baviera, el rey Loco, pasó a la historia como un hombre fantasioso, incapaz para las tareas de gobierno, obsesionado por vivir en un cuento de hadas, y que se acabó muriendo en una prolongación más de la locura. No obstante, las leyendas, como las locuras, tienen dos formas de verse: y hoy vamos a contemplar el otro lado de la realidad.

Nuestro hombre vivió unos setecientos años después de Federico Barbarroja: como él, pertenecía a una dinastía de reyes ilustres, en concreto, su padre y su abuelo fueron famosos por la edificación de palacios y grandes avenidas, las cuales hicieron grande a una ya pujante ciudad de Munich. El joven príncipe tuvo una infancia feliz: creció en el país de los cuentos, y como tal, creció enamorado de las leyendas de Tristán e Isolda, de las narraciones tradicionales alemanas, de los relatos que poco  a poco, iban recolectando los hermanos Grimm. Este príncipe de cuento de hadas (que en efecto, hubiera sido mucho más feliz si hubiera vivido en la Edad Media, y no en el racionalista siglo XIX) apareció, el día de su coronación, joven, gallardo, apuesto, con un orgulloso traje militar, de color azul. Y desde el primer día, tuvo bien claro que entre todas las cosas, lo que prefería era potenciar el arte: por eso, llamó bajo su amparo, como hacen las aves para con sus crías bajo sus alas, al compositor Richard Wagner.
           
            Pero Wagner, pese a ser un gran músico, en cuanto a las propiedades de un ser humano, carecía de casi todas las demás. No sólo era calavera y mujeriego, sino que además, se intrincó en conspiraciones políticas, y de hecho estaba deseando largarse a la corte de un rey que tuviera más dinero, a fin, por supuesto, de poder dilapidarlo. Los bávaros no aguantaron a los Wagner en su territorio, y finalmente, le dieron un ultimátum al rey: o Wagner o nosotros. El rey, visiblemente dolido, y sin comprender las causas de estas desavenencias entre dos grupos de seres a los que amaban, no tuvo más remedio que aceptar, y dejó a Wagner partir. Éste nunca se acordó de él, pero de no ser por Luis II, muy probablemente hubiera acabado sus días en la Historia en un margen de la periferia, vagando, olvidando, de taberna en taberna...

            Pero Luis II quedó muy dolido con su gobierno por el trato que le habían dado a Wagner, y por eso, y para buscar consuelo, acometió un proyecto aún mayor. Un palacio, un maravilloso palacio, el cual, por fuera, tendría todas las características de los castillos de la Edad Media que él tanto idolatraba, y en la que le hubiera gustado habitar: pero por dentro, tendría todos los lujos y comodidades de una residencia moderna, con las más avanzadas tecnologías de la época. Y todo ello, debería realizarse, lejos de lo que habían hecho su padre y su abuelo, que se habían traído especialistas procedentes de todo el mundo, con materiales casi exclusivamente de Baviera, y por supuesto, eso sí, únicamente por gente que residiera en Baviera. Sería un logro del pueblo bávaro: un logro destinado a durar.

            El rey de hecho se desplazó a vivir en el castillo todavía no terminado para seguir la consecución de las obras, huyendo de un gobierno el cual, sabía de seguro, tenía capacidad más que suficiente para ocuparse de los asuntos de Baviera, pero al que detestaba. Pese a que tenía que firmar los decretos reales, habitó en un lugar a varios kilómetros de Munich, de tal manera que obligó a los ministros a trasladarse allí cada vez que querían que firmase un edicto. De hecho, tenía una ley que prohibía que se ausentara de la capital más que un número determinado de días al año, y por eso de vez en cuando iba a Munich, pisaba el suelo, daba la vuelta, y volvía de nuevo hacia su castillo. Observaba las obras desde una escalera –que era prácticamente donde vivía-, desde donde podía contemplar los logros de la construcción. Los ciudadanos bávaros aprendieron a realizar numerosas técnicas que antes no conocían, y en este palacio se instalaron accesorios como el primer teléfono móvil de la historia (tenía un radio de unos seis metros, era mucho más parecido a un inalámbrico), calefacción central y agua corriente (en un palacio, repetimos, que por decoración y por estilo, era completamente medieval), y una cocina que seguía los principios de Leonardo da Vinci, y que aprovechaba el calor del agua corriente corriendo tanto para obtener energía térmica como mecánica, en un flujo continuo a través de diversas tuberías. Luis había soñado un palacio, un lugar donde refugiarse de la triste y monótona realidad donde volvía, un modo de trasladarse a esa época de leyendas y de cuentos de hadas que tanto añoraba, y que nunca existió (pues lo importante de las épocas históricas no es cómo fueron, sino como nosotros creemos que fueron, y aunque no hubiera duendes, ni brujos, ahora lo sabemos, la Edad Media que tenemos en nuestra cabeza, no sería la misma, si ellos no estuvieran allí) y por eso en su dormitorio hizo colocar una ventana que le permitía contemplar una cascada, de tal manera que el ruido de ésta le despertaba por las mañans... Luis II soñó un sueño, tratando, como hacemos todos, con la literatura, con los videojuegos, con nuestras continuas suposicione, divagaciones, reconstrucciones históricas, de hacer que éste fuera real... Y un día, lo consiguió: el castillo fue terminado.

            Sin embargo, tan sólo le pudo durar treinta y tres días. Algunos sectores de su familia estaban inquietos: había gente que pensaba que le correspondía la parte más gruesa de la herencia. Hubo un misterioso visitante que llegó al castillo, que habló con el rey, y que volvió al día siguiente, con dos hombretones. Invitaron al monarca a dar un paseo... El rey, fatalmente, murió por accidente, en un prístino lago cercano: ahí de confesar que es os he mentido, no fue un río. Pero como en el caso de Barbarroja, el agua estaba en calma.

            Lo extraño de todo esto, es que es muy extraño que el rey se ahogara, porque era un buen nadador...

            A partir de entonces, la leyenda fue distribuida, y obligada a ser creída por todos: era mejor que el rey hubiera muerto. Estaba loco: se había obsesionado por un mundo de fantasía e ilusión, y no era capaz de llevar su vida adelante. Su muerte, fue consecuencia necesaria de su vida. Ya estaba: la semilla del rey loco, que daba campo libre a sus herederos para apoderarse del trono de Baviera, estaba servida.

            En todo caso, el palacio, su legado, su obra final, fue tan útil a los bávaros, como Luis esperaba que lo fuera. No sólo proporcionó enormes ingresos, al cabo del tiempo, a su familia, por el interés turístico que demostró (luego más tarde al gobierno alemán, que se lo compró a la familia haciendo un negocio redondo; hoy por hoy, es conocido por ser el castillo que sirvió de modelo a Disney para el de la Bella Durmiente), sino lo que es más importante: como todas las avanzadas técnicas, tanto arquitectónicas como tecnológicas, que se habían empleado en la construcción del palacio, habían sido realizados por artesanos bávaros que habían aprendido las técnicas para realizarlas, ahora el país tenía soldadores, arquitectos, expertos en la creación del cristal, todo tipo de personas especializados en las tareas manuales, y por eso precisamente, se creó una fuerte industria, que hizo a Baviera famosa por constituirse en un lugar donde todo tipo de labores técnicas podían ser desarrolladas. Y ese legado que dejó Luis II, el rey Loco, a su tierra, ha sido el más persistente de todo: porque hoy en día, incluso con la crisis, en Baviera, en la industrial Baviera, tan sólo hay un cinco por ciento de paro...

            Barbarroja soñó con un Imperio, soñó con la gloria, y precisamente por esa ambición murió; la Historia le trató como un gran hombre, para sus contemporáneos quizás estuviera loco. Luis II de Baviera soñó con cosas más sencillas, con un mundo de cascadas y de cuentos de hadas, favoreció, bien a través de la música, bien de la arquitectura, rememorar las viejas historias que se referían a Sigfrido, a Tristán e Isolda... pero la Historia, esa coqueta, le ha querido recordar como un loco, en una leyenda negra que ha dejado escondido sus logros, y ha recordado tan sólo, lo que sus enemigos quisieron que pensáramos de él...

            Dos hombres con un objetivo claro: dos hombres, que en parte (casi una eternidad, pero sólo casi, le duró a uno; tan sólo treinta tres días, lo tuvo otro), consiguieron alcanzar las metas, los sueños, a los que se habían conducido...

            ¿Quién es el soñador, y quién es el loco?