Mostrando entradas con la etiqueta reflexiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reflexiones. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de junio de 2018

La historia real de junio: reflexiones sobre la ley y el papel de la mujer en nuestra sociedad


Valga como reflexión general y muy inconcreta.
Hubo un tiempo en que me planteé ser abogado. Lo deseché porque me disgustaba la idea de vivir en un mundo de perenne enfrentamiento. Con el tiempo he aprendido que hay cuestiones que sólo pueden valorarse desde el punto de vista del todo, y otras, desde el de la parte.
Sin saber demasiado de derecho, de lo poco que leído me produce la sensación de que hay múltiples formas de equivocarse. Una de ellas es basar la ley de manera excesiva en la pasión e irracionalidad humanas. Este abuso (que una lectura que me llamó la atención definía como un exceso en la doctrina de la ley natural) lleva a cosas como las turbas y los fundamentalismos.
Luego (y que me perdonen los expertos, que seguro que por algún lado derrapo) está el positivismo, que dice que lo único real es la ley. Esa doctrina te elimina factores religiosos, pero llevada al absoluto, también produce sus demonios. Desde ese punto de vista, los crímenes de los nazis son casi todos legales porque se cometieron bajo las leyes presentes en ese momento. El hombre (y la mujer) se convierten en robots que cumplen y son oprimidos bajo la bondad o injusticia de la ley.
Y luego está la interpretación. Ese sentido común, esa fraternidad que se supone que tendría que llevar al equilibrio. Y el arma más retorcida cuando así se quiere aplicar, pues el papel aguanta cualquier absurdo, equilibrismo o ficción
En España creo que hemos tenido en exceso errores de ley natural, de positivismo y, desde luego, de interpretación de la ley. Sumado todo ello a la injerencia del poder político en un país cuya constitución no nombra la separación de poderes, y a la pobre, además de cegarla, la secuestra.
De tantos problemas, habrá que fijarse en los detalles de cada uno y pensar soluciones. Yo, por mi parte, pienso en aquel rey del Principito que decía que si ordenaba a sus súbditos una orden que ellos no podían cumplir, entonces era que la culpa era suya. Y se me ocurre que la ley, y la forma de ejercerla, fue creada por el hombre para servir al hombre: para hacernos más libres, más humanos, más justos. Para darnos seguridad y protegernos, pero también para impedir que aplastemos a otros. Si no consiguen ese propósito, si atienden menos a requisitos o ruegos reales que imaginarios, entonces no es la ley la que sirve al hombre (o la mujer, o el niño, o la gente de cualquier raza o confesión), sino que esos colectivos viven esclavos de la ley. Y por tanto (es la mayor conquista que ha logrado el ser humano) tenemos el derecho y el deber de cambiarla.
Quizás lo que tengan en común el derecho y la literatura sea ese consejo de George Orwell sobre que ciertas leyes de la escritura debes seguirlas, hasta que resulta más conveniente romperlas y olvidarlas.

(Esta reflexión se publicó en Facebook el 27 de abril de 2018, en el perfil de Emilio Tejera)



Una sociedad secreta, con todos sus miembros vestidos de negro. Formada por inquisidores, médicos, jueces, curas, burgomaestres, abogados, incluso alguna mujer. Que encierran desde que son larvas a las hembras en cámaras umbrías, que las atan, una cuerda en cada extremidad, de techo y paredes, y las mantienen allí durante años, hasta que toca servir como incubadoras humanas y, mientras tanto, pueden utilizarse como herramientas del placer, carne muerta para el desahogo. Y, para proteger a los miembros de nuestra hermandad, disponemos la estructura de la sociedad para ellos, elaboramos las leyes para ellos, disponemos las oportunidades para ellos, incluso sacrificamos a nuestros propios retoños, en ocasiones alguno de los chicos, pero qué le vamos a hacer, en otros momentos nos hemos beneficiado, y la rueda tiene que girar... Una sociedad distópica como ésta recuerda a historias como "Déjame salir" o "El cuento de la criada", tan extremas que alguno puede descalificar tachándolas de paródicas, diciendo: "Eso no es exactamente así, eso no podría pasar".
Pero, entonces, ¿por qué de vez en cuando nos comportamos de esa manera?
Portada de "El martillo de brujas", o "Mallus Maleficarum".



(Esta reflexión fue originalmente publicada en Facebook el 3 de mayo de 2018, en la página de escritor de Emilio Tejera Puente).

La veo en un bar de carretera, de tantos que hay por ahí en España. Una camarera de mediana edad y aspecto de ajada, quizás porque el maquillaje de la cara no ha conseguido el objetivo que tenía al aplicarse sobre esos moratones que tendrán uno o dos días de duración, y cuyo propósito era contrarrestar. Hacer como que no pasara nada, pese a que ella lo sabe, que el hijoputa lo sabe, que sus compañeras de trabajo lo saben, que los clientes lo sabemos, vaya que si somos conscientes de ello, y todo eso unos cuantos días después de una de las sentencias más polémicas sobre violencia de género que ha sacudido España, y aquí estamos, en mitad de Castilla profunda, a pesar de todo lo que ha llovido y se ha protestado, y la mujer con el maquillaje y el hipoputa seguramente tan campante, en efecto, como si no pasara nada, porque en este país no se sabe lo que tiene que pasar para que deje de pasar nada. En encrucijadas como ésas estamos. En medio, me preguntan: "Dice una amiga que si le recomiendas algún país donde pueda viajar una mujer sola" y, qué quieren que les diga, no sé qué contestar.

martes, 25 de septiembre de 2012

Una reflexión a raíz de la muerte de Carrillo, que no va sobre Carillo.

Efectivamente, no. No os voy a hablar de Santiago Carrillo. No voy a ensalzarle como padre de la patria, no aludiré a sus ideas o a su espíritu conciliador, y tampoco arremeteré contra su figura por su supuesta participación en las matanzas de Paracuellos, o le exoneraré total o parcialmente de las mismas. En los últimos días, muchos ya han hecho todas esas cosas, con lo cual creo que poco más  podría aportar. Así que quien buscara algo de eso, bien puede marcharse. Pero sí que me gustaría comentar una serie de ideas que me han venido a la cabeza cuando recientemente (y por esa lógica interna que hace que, cuando alguien muere, tendamos a repasar su biografía), al leer sobre la vida de Carrillo, haya encontrado entre otras cosas que, poco después de la guerra civil, su hija pequeña moría en un campo de concentración francés como consecuencias de las enfermedades que allí adquirió. Tenga o no uno simpatía o afinidad política por el personaje, está claro que conocer un hecho como éste impacta, como sin duda marcó a Carrillo en su día, y esto puede llevar a la reflexión...

Y efectivamente, observé a Carrillo con otros ojos. Quizás fue comparar su piel llena de arrugas a los 97 años, en el filo de la muerte, con las imágenes del pasado, y no encontrar tanta diferencia como uno cabía pensar. Quizás fue al recordar que este hombre pasó por una guerra civil y un exilio. Tal vez fue por cavilar acerca de una época en la que, en cualquier momento, sin que menos te lo esperaras, de madrugada incluso (el estallido de la guerra civil le sorprendió a Carrillo en Francia, desde donde volvió para combatir), podías tener que coger un fusil para vender cara tu vida. Todos esos momentos la mayor parte de los lectores no los han vivido: pero esa generación sí.

Fijémonos en el mapa temporal de Europa de los últimos dos siglos: está lleno de cicatrices, de sangre, de batallas, de desgarros sin miramientos. Una primera guerra mundial a la que sigue una segunda, en un ciclo en el que parece que Europa debe desangrarse de manera rutinaria cada cincuenta años (hay quien dice que las luchas que están teniendo lugar actualmente a nivel diplomático y económico entre los países es una especie de forma de entablar una tercera). Un mundo mucho más inseguro que el actual: calles menos iluminadas, menor vigilancia policial, menor densidad de población, lo cual, en palabras de Arthur Conan Doyle, tiene el peligro de que grites y nadie te pueda escuchar... Nuestros abuelos pasaron por las hambrunas y las épocas de las grandes epidemias, miraron directamente a los ojos de los cuatro jinetes del apocalipsis y vieron como muchos de los suyos se quedaran por el camino... Es normal, por tanto, que sus rostros sean más curtidos, más feroces. Que a las ambigüedades morales que nos encontramos hoy en día se contrapongan conceptos que sólo tenían que ver con la vida y la muerte, con sobrevivir sin ser aniquilado. En que la violencia se entendiera no sólo como una necesidad para la supervivencia, sino también como la única forma posible de cambiar el mundo porque de no ser así, a lo mejor ni siquiera tenías la posibilidad de hablar. En este caso no estoy hablando de conceptos acertados o erróneos, como tampoco trato de justificar ningún acto, opinión o aparente delito: simplemente expongo que, en un contexto radicalmente distinto, las opiniones eran más extremas, las sutilezas menos tenidas en cuenta, los debates versaban sobre aspectos muy distintos y el hombre, en definitiva, era diferente. No por sus genes ni porque un distinto sol se levantara cada mañana, sino por un entorno que tenía mucho de lucha y muy poca humanidad.

Pero claro, me diréis -y con razón- esto no es exclusivo de nuestros abuelos. Que la existencia es corta, insegura y azarosa es algo que ya sabíamos. Cualquiera puede liquidarte en una esquina armado con una navaja. Más aún en algunos lugares del mundo donde tu pellejo tan sólo vale unos pocos dólares. De sobra conocido es que los zagales de cualquier barriada de Río o Kinshasa tienen más consciencia de la realidad (entendida ésta como frágil, cambiante, huidiza y las más de las veces traicionera) que buena parte de los que habitamos esta cómoda burbuja protectora denominada primer mundo.

Aunque quizás ahí está la cuestión. Durante unos cuantos años (y en una región espacial muy concreta), ha habido un cierto paréntesis en la historia. Por supuesto que, incluso en la región espacial y temporal a la que se ha visto limitada este paréntesis, ha habido injusticias, dolor, miseria y pobreza. Pero, por así decirlo, era más limitada, más auxiliada, menos temible. Daba la sensación de que había unas reglas, unas mínimas protecciones, incluso ciertas cosas que llamábamos derechos. Sin embargo, nadie nos garantiza que esto vaya a seguir así. Nadie asegura que este contrato que se firmó tiene por qué seguir vigente el año siguiente. Bien pudiera ocurrir que los tiempos malos (los que para una parte del mundo han sido "todos los tiempos"), con todo lo que ello conlleva, estuvieran a punto de volver.

De lo que se trata, en ese sentido, no es comparar tanto la generación actual con las anteriores, ni tratar de hacerla mejor o peor. Cada cual vive sus circunstancias, y suele decirse que cada una tiene que enfrentarse a un reto terrible que pone a prueba su capacidad (algo de esto expresaba Miguel Delibes, aunque en su sentido más negativo, en "La guerra de nuestros antepasados"). Pero quizás, en ese sentido, sorprende encontrarse con que esta generación moderna se ha topado en situaciones contra las cuales sus antepasados lucharon para que no se repitiesen, o se hayan tropezado, de improviso, con que tienen que asumir problemas que nunca antes habían sufrido y que deben remontarse a sus abuelos para encontrar dilemas parecidos.

Podrá decirse, en ese sentido, que quizás en los últimos años en Europa (y el mundo occidental en general) se haya vivido en un sueño que no era real. Pero hay dos preguntas que debemos hacernos entonces:

a) ¿Sea real o no... es mejor? El mundo real, efectivamente, es como aquel castigo romano en el cual te encierran en un saco con animales salvajes y donde mueres o te endureces. Pero, aparte de la pérdida de la sensibilidad como consecuencia de ese endurecimiento (como la piel al adquirir escamas, que pierde capacidad de reacción a los besos), ¿merece la pena para ello tanto sufrimiento?
b) Esas generaciones anteriores, como Prometeo trayendo el fuego de los dioses, sufrieron el tormento de un águila comiéndoles el hígado a cambio de que el hombre no volviera a pasar frío ni le temiera a la oscuridad... ¿tendrán que ver cómo sus vástagos vuelven a ser atacados por el águila inmisericorde, sin por ello haber conseguido que las antorchas en el mundo se iluminen, salvo en la morada de los dioses? En este caso me acuerdo de la clásica historia del villano que, a pesar de todo, tiene una debilidad por la que al final cede y que pretende por encima de todo salvar, como el bárbaro Droculft cuando entrega su vida por preservar Rávena. Sin embargo, ¿qué pasará si el sacrificio de Droculft ha sido en vano?

En definitiva me quiero preguntar si en un futuro quizás no demasiado lejano, encontraremos la mirada y la piel de Carrillo en la cara de personas que bien pudiera ser sus bisnietos. Si alguna vez de madrugada se escuchará el restallar de algún fusil y se tendrán que despertar.

Si los bárbaros volverán a cabalgar por Europa la próxima primavera...