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lunes, 23 de diciembre de 2024

Las historias reales de diciembre: hilos de "llámalo X"

Para aquellos que no podéis o no queréis meteros en esa cosa rara en la que Elon Musk ha transformado Twitter, hilos de esa red social, accesibles para todos los ojos, y que tratan variopintos temas: por ejemplo, el hombre que quiso viajar al pasado para salvar a María Antonieta; el volcán que casi se carga una isla, dañó a un país, y que seguramente creó la tumba más grande del mundo; y cómo un gusano asqueroso es la inspiración para el símbolo de la medicina. De paso, ya que andamos de recopilatorios navideños, podéis explorar los distintos hilos que hemos publicado a lo largo de este año, o de los pasados. Que los disfrutéis.

domingo, 1 de julio de 2018

La historia real de julio: una pequeña lista de científicos represaliados

En estos días en que se habla tanto de sacar de sus aposentos los cadáveres de rancios dictadores, y de recuperar los cuerpos que éstos dejaron en las cuentas, conviene recordar que las víctimas de golpes de estado, revoluciones y violencias de variado signo no se circunscriben sólo a políticos, colectivos discriminados ni a poetas (¿dónde estará el cadáver de Lorca?), sino a todos los estamentos y clasificaciones sociales de cualquier índole. En apariencia, los científicos tendrían que haberse librado en mayor medida de este descalabro: bien por su utilidad inherente (ahí tenemos a un Werner von Braun que se pasó la última parte de la guerra en un hotel de lujo en Alemania, esperando a que le capturaran sus futuros jefes de los Estados Unidos), bien porque su actividad tiende a desarrollarse en un ámbito neutral en la mayor parte de los casos. Sin embargo, hay científicos que, bien por sus ideologías particulares, bien por sus propios descubrimientos científicos, sufrieron de persecución, acoso y hasta asesinato por parte de poderes fácticos y autoridades. Aquí hay una pequeña lista que engloba a algunos de ellos:

-Antigüedad: uno de los casos más conocidos de esta enumeración es el de Arquímedes. Según la leyenda (que contiene visos de veracidad), Arquímedes habría intervenido en la defensa de la ciudad griega de Siracusa respecto al sitio a la que la habían sometido los romanos. Uno de los ingenios que habría empleado (descrito por Polibio) era la "garra de Arquímedes", una especie de mano de hierro que inclinaba a los barcos y permitía que accediera agua a su interior. La otra gran estrategia (mucho más controvertida en cuanto a su verosimilitud) sería la de emplear espejos para crear un rayo de calor que incendiara las naves enemigas. Sea como fuere, cuando los romanos entraron en la ciudad (narra el mito) uno de los soldados romanos se encontró a Arquímedes haciendo cálculos sobre la arena. Como el legionario no era consciente de quién era el sabio -ni tampoco de que había órdenes explícitas de no hacerle daño- y como el inventor y matemático se mostrara desdeñoso respecto a la presencia molesta del soldado, éste le mató con su espada, para gran disgusto de su oficial superior cuando se enteró. No es para menos: se dice, entre otras cosas, que Arquímedes estuvo muy cerca de crear el cálculo diferencial que más tarde desarrollarían por separado Newton y Leibniz, y que si algo se lo impidió fue la dificultad de trabajar con los enrevesados números griegos. También a raíz de varios reportajes y de la fantástica película "Ágora", de Alejandro Amenábar, es famoso el asesinato de Hypatia, matemática y directora de la Biblioteca de Alejandría que fue (probablemente) violada y (sin duda) descuartizada por orden del obispo Cirilo, quien pretendía eliminar todo vestigio de paganismo en oposición a la fe cristiana que él representaba, culminando con ello la labor de destrucción de la mítica Biblioteca de Alejandría.


-Con la iglesia hemos topado: Hypatia fue uno de los primeros borrones en el debe de la iglesia, durante un período en el que se destruyó intensamente tanto ciencia como arte y literatura, pero incluso cuando el cristianismo se convirtió una religión asentada en la sociedad, las persecuciones siguieron adelante contra todo aquel que osara contradecir sus dogmas. También en el terreno científico. El caso de Galileo Galilei, obligado a abjurar de sus teorías astronómicas, es el más popularizado, pero no el que peor terminó. Lluis Alcanyís y García de Orta fueron ejecutados por la Inquisición debido a sus orígenes judíos (el primero en Valencia, el segundo en Portugal). Relevantes también son los casos de Lucilio Vanini, quien teorizó mucho antes que Darwin la evolución de las especies y que fue condenado por ateísmo, y del visionario Giordano Bruno, que anticipó entre otras cosas la existencia de otros planetas donde, según él, podría haber otras criaturas inteligentes aparte de nosotros -lo último se da quizás erróneamente por supuesto-. Ninguno de ellos tenía una visión del supremo hacedor absolumente equivalente a la de la Iglesia (lo cual no quiere decir que no fueran creyentes ni cristianos; Vanini creía en el Dios como una fuerza conductora, mientras que Bruno se definiría como panteísta), y por ello fueron ajusticiados. No sólo en el área del catolicismo encontramos mártires. El aragonés Miguel Servet, descubridor de la circulación menor, mantenía una agria disputa teológica con el protestante Calvino a cuenta de la Santísima Trinidad. Ingenuo, Servet acudió a Ginebra, donde Calvino había establecido su sede teocrática, para hacer las paces. No salió vivo de allí: la madera en la que prendieron su hoguera estaba mojada a causa de la lluvia y tardó horas en quemarse. Una valiente apología de él fue escrita por Castelio y reflejada por Stefan Zweig varios siglos más tarde.


-Las revoluciones políticas de la Edad Moderna se cobraron también sus víctimas: algunas por haberse involucrado de manera directa en las mismas, y otras no tanto. Francisco José de Caldas era un multifacético colombiano que, cuando Napoleón invade España, ve con buenos ojos (como muchos de sus compañeros) expulsar al virrey español que tomaba lo mejor de las colonias y se lo reservaba para la metrópoli. Los conspiradores encuentran un buen lugar para realizar sus reuniones en el Observatorio Astronómico de Bogotá que Caldas dirigía pero, descubierta la conjura, los rebeldes se ven obligados a huir y Caldas colabora como ingeniero militar en muchas de las siguientes batallas. Capturado por sus enemigos, a pesar de su erudición, el militar español que condena a Caldas niega el indulto bajo la frase: "¡España no necesita de sabios!". Mientras le conducen al lugar de la ejecución, dibuja en una pared la letra griega θ, que se asocia con la frase "Oh, larga y negra partida". Muere acribillado por los disparos. Similar suerte corrió Antoine Lavoisier, el padre de la química moderna, y que en la Francia pre-revolucionaria fue conocido por dos motivos: 1) demostrar la ley de la conservación de la masa, desmontando la hasta entonces establecida teoría del flogisto y 2) participar también en teorías económicas, mejorando el sistema de recaudación de impuestos. Estos impuestos eran los que exprimían a las clases populares y, por tanto, los que trabajaban en estas actividades fueron tremendamente vilipendiados por la Revolución Francesa cuando ésta triunfó. De hecho, en la ejecución de Lavoisier se ha querido ver un enfrentamiento pasado contra Marat, líder del movimiento revolcuionario que fue ridiculizado por Lavoisier años antes en el campo de la química, pero lo cierto es que, a lo largo del período revolucionario, todos los individuos destacados en relación con el cobro de impuestos fueron guillotinados. El juez del tribunal que le condenó proclamó (de manera muy similar al militar que negó el indulto a Francisco José de Caldas) que "Francia no necesita ni de sabios ni de químicos".


-En ocasiones, de quien has de guardarte no es de los individuos ajenos, sino de tus propios colegas. Semmelweis, de quien hemos hablado colateralmente en cierta ocasión, era un médico húngaro en Viena que descubrió la asociación entre fiebres después del parto y el hecho de que los médicos trataran a las madres después de haber tocado a los muertos en la sala de autopsias, así que recomendó el lavado de manos para prevenir los fallecimientos causados por dichas fiebres. Sus colegas le desprestigiaron (aludieron a su origen húngaro para despreciar su teoría), perdió su trabajo y su reputación, y acabó tan dolido por el rechazo que se dice que, para demostrar su hipótesis, se hirió con un bisturí procedente de una sala de autopsias, provocando una infección que le causó la muerte (nota: leyendo más sobre el tema, descubro que esta historia es una leyenda, pero que durante mucho tiempo fue aceptada. Aún así, parece claro que la muerte de Semmelweis se produjo tras los malos tratos recibidos en un sanatorio mental, al que ingresó después una serie de actos de locura influidos seguramente por el gran tormento personal que le causó el rechazo de la comunidad científica). Otro caso paradigmático es el de Daniel McFarlan Moore: varios científicos han muerto asesinados en diversos países (sobre todo, regiones tercermundistas) por individuos que les asaltaban en el auto, en la calle, o en su casa. En el caso de Moore, sin embargo, su asesino era un compañero de profesión en paro que explotó de rabia al ver que el primero se le había adelantado con la patente de un invento.


-Si los estados y las organizaciones sociales pueden matarte, no está tampoco libre de peligros el que se deja engullir por la naturaleza para aislarse de la sociedad. Aunque, en la mayor parte de las ocasiones, más que los insectos o las serpientes, la amenaza procede de otros hombres. Dianne Fossey (muy conocida por su semblanza biográfica en la película "Gorilas en la niebla") fue asesinada por cazadores furtivos por querer proteger a los gorilas a los que estudiaba y con los que convivió. El naturalista boliviano Noel Kempff Mercado cometió el error de aterrizar su avioneta en un lugar dominado por un cártel de la droga y fue asesinado; sólo un compañero suyo español sobrevivió, y el hecho de que relatara su historia cambió en Bolivia la percepción del narcotráfico e incrementó la lucha contra el tráfico de drogas. Muy irónico también es el caso del entomólogo británico Ernest Gibbins, quien pretendía ayudar a la población indígena analizando muestras biológicas (con el objeto de contribuir a la cura de la tripanosomiais y la fiebre amarilla) pero murió lanceado porque sus sujetos de estudio pensaban que iba a utilizar su sangre para hacer brujería.


-Meterse en proyectos militares tiene también sus inconvenientes. Ya hablamos en su día del físico Oppenheimer, que no fue asesinado pero sí degradado y apartado de todo proyecto en medio de la histeria anti-comunista generada por el senador Joseph McCarthy y su "caza de brujas". Pero algunos casos llegan hasta el extremo: el físico iraní Yahya El Mashad fue asesinado en su casa de manera misteriosa, aunque todo el mundo sospecha que la orden la dio Barack Obama para evitar que Irán desarrollara su programa nuclear. En cuanto a Gerard Bull, era un ingeniero canadiense que había trabajado en numerosos proyectos de defensa de varios países, pero se cree que la acción que causó su muerte fue desarrollar un nuevo tipo de misiles para el Irak de Sadam Husseim, lo cual atrajo la mirada y la condena del servicio secreto israelí del Mossad.


-Las dictaduras son un mal momento para el pensamiento independiente. El monolítico pensamiento único soviético no admitía disidencias de ningún tipo, y entre sus múltiples víctimas también se hallaban investigadores, e incluso corrientes científicas. Por ejemplo, el darwinismo era considerado demasiado capitalista y el lamarckismo (hoy científicamente invalidado, salvo en algún caso muy concreto), más acorde con las teorías comunistas. Entre purgas soviéticas de ida y vuelta, tanto los defensores como los detractores de ciertas teorías acabaron engullidos por la maquinaria de la detención o el gulag (en ocasiones, los mismos instigadores de las purgas fueron a su vez purgados). Tampoco tenemos que irnos muy lejos: en España, la mayor parte de los científicos hubieron de huir con el golpe de estado de 1936, y muchos de los que se quedaron (entre ellos, un discípulo de Cajal) fueron depurados. Hoy, se han iniciado proyectos de recuperación de memoria histórica para rescatar su labor. Incluso en democracia, puede haber asesinatos a científicos por razones políticas a causa del terrorismo, esa forma de hacer dictadura cuando no se dispone de los resortes del estado (y viceversa): José Ramón Muñoz Fernández era un internista asesinado por los GRAPO por proporcionar alimentación forzosa a dos de sus miembros en huelga de hambre, una actuación que decidió, en última instancia, el Tribunal Constitucional.


Dicen que, por cada niño con potencial que fallecece sin oportunidades en el Tercer Mundo, perdemos un Einstein o una Marie Curie. En los casos que hemos narrado antes, conviene refrescar la cita que enunció el sabio Lagrange a propósito de la muerte de Lavoisier: "Sólo ha hecho falta un instante para cortarle la cabeza; pero Francia no será capaz de producir otra semejante en un siglo".

lunes, 9 de abril de 2018

El libro y la historia real de abril: Fouché, un post retorcido para una mente retorcida

Borges comentaba, en uno de sus cuentos, la posibilidad de un libro que no se entendiera de la misma forma si se empezaba por el principio que al revés (y sólo hay que ver, en los dos sentidos, las dos primeras trilogías de Star Wars para confirmarlo); de la misma forma, un texto -y un personaje- se someten a multitud de interpretaciones. Si en post anterior mostraba una versión distinta del "Noli me tangere", de José Rizal, cuando redacté esta breve sinopsis de "Fouché. El genio tenebroso", de Stephan Zweig, tuve obligatoriamente que quedarme corto. Ocurre que, cuando redacto críticas de libros, muchas veces me veo obligado a morderme la lengua esperando que el lector localice por sí mismo aquellos pasajes que a mí me han gustado tanto y los observe, maravillado, bajo la irrepetible luz de la primera vez. Eso hace que los resúmenes literarios queden cojos, desprovistos de su sustancia, de aquello justamente que al libro de origen hizo destacar. En el caso de Fouché, es muy típico que lo más importante de él permanezca en la sombra, enterrado como la parte sumergida de un iceberg, pero he de reconocer que algo dentro de esa historia me obligaba a continuarla. Puede que resulte contradictorio ponerme a explicar un personaje cuya biografía -más extensa y sin duda mejor explicada- he recomendado extraer de un ensayo más amplio, pero creo que esta aproximación puede ser útil por varias razones, una por cada tipo de lector: 1) a los que leyeron el libro, porque siempre es interesante volver a escuchar acerca de la sabrosa figura de Fouché, 2) a los que crean que no tienen tiempo o interés para leer el libro entero, para aprender en unos breves párrafos la biografía de tan desconocido personaje, o 3) para los que aún tengan dudas sobre qué hacer con el texto de Zweig, que esta breve reseña les anime a intentarlo.

Quizás la mejor manera de aproximarse a la figura de Fouché es contemplarle cuando se halla contra las cuerdas, que es el momento en el que más reluce su oscuro brillo. En 1802, tiene lugar un atentado con bomba del que se salva de milagro el carruaje de Napoleón, pero que mata a cuarenta personas. El gobernante de Francia (todavía no es emperador, aunqie le falta poco) se encara frente a Fouché, su ministro de policía; le acusa públicamente de inepto, de abúlico, no haber evitado el crimen. Le ridiculiza, sin reparo, delante de todo el mundo. Para más inri, Napoleón, amigo de atribuirse más habilidades de las que tenía (y no eran pocas), apunta a una teoría sobre el origen del atentado, y ordena detener a varios acusados de afiliación política jacobina. Su ministro replica que, por el contrario, es más probable que la conspiración haya sido de origen realista. Napoleón entra en cólera, aniquila verbalmente su teoría, y prohíbe cualquier investigación al respecto. Fouché, ante semejante chorreo, activa la misma rutina que ejecuta cuando el ciudadano Bonaparte, en algunos de sus frecuentes arrebatos de ira, dice que debería echarlo y mandarlo fusilar: calla, quizá esboza una forzada sonrisa y tal vez murmura un casi inaudible: "No soy de esa opinión, sire". Y pese a lo que le ordenan, sigue investigando por su cuenta. Mientras tanto, en los pasillos, a lo largo de los siguientes días, frente a sus colaboradores o sus más estrechos allegados, Napoleón sigue glosando la incompetencia de Fouché. Sin embargo, su ministro ya ha identificado los caballos de los conspiradores, ya conoce las fondas en que han parado, ya tiene escrito, en papel, el nombres de cada perpetrador. Cuando termina hasta el fondo su exhaustiva investigación, Fouché se la presenta al más poderoso gobernante francés, pulida y envuelta en papel para regalo. Hasta el propio Napoleón, avergonzado, tiene que reconocer su genio. Se siente tan abrumado, tan humilde al tener que reconocer que pocos hombres como Fouché pueden dar ante él la talla, que no tiene más remedio que echarle. Eso sí, con una indemnización millonaria, que le garantice todos los honores. Hoy en día Fouché, junto con Vidocq, es reconocido como uno de los creadores del sistema policial en Francia; a Vidocq le han dedicado una película de corte fantástico del mismo nombre que le rinde justicia. A Fouché la mejor justicia -como en su vida- es que nadie adivine quién es, ni casi siquiera que allí esté.

Le abandonamos de momento millonario, y con una mueca de triunfo en el rostro, a este hombre de orígenes humildes que no valía para estibador en los puertos del sur de Francia. Allí le hubiera esperado su destino por la familia que le dio origen, pero para un chico enclenque y despierto, sin ganas de cargar con pesados fardos, la única salida es la iglesia: allí lee mucho y aprende más, y en poco tiempo acaba de profesor en el lugar donde cursó como seminarista. Su vida podría haber pasado gris e inadvertida en un tiempo distinto a aquél, pero los momentos de crisis sirven para que triunfen los hombres más astutos -no necesariamente los más útiles-, los más abyectos, nunca los poco ambiciosos o los abnegados. Y en el ambiente caótico de la revolución francesa, donde los puestos públicos ya no son exclusivos para príncipes o nobles, sino también para comerciantes, burgueses o incluso proletarios, Fouché cumple todas las condiciones para el triunfo, y del fracaso huye él. Durante los siguientes años, ocupará distintas funciones en la Asamblea Nacional francesa, también durante el Terror, el Directorio, y más tarde con Napoleón. Servirá a todas las tendencias políticas, y cambiará con periódica frecuencia de chaqueta. Su única motivación, más allá de intenciones o ideología, es siempre su propia supervivencia política. En función de eso, empeñará su palabra, la alquilará a menudo, o venderá a su padre político al mejor postor. Zweig dice del político, elaborando planes alternativos en función de si cae o no Napoleón en Waterloo, que Fouché no traicionaba al emperador: se traicionaba, si era derrotado, a sí mismo él.

Así, en la Asamblea francesa, forma parte de los más radicales, después de partir de los más moderados. Es amigo de Robespierre, y luego forma parte del grupo que le acabaría tumbando (y aún y todo, se las arregla para no estar presente en el momento de las votaciones que le condenan, siempre nadando y guardando ropa). No le gusta la fama, el calor del púlpito, aunque se halla siempre ubicuo en todas las conspiraciones donde pueda tocar el poder. Da el tipo de hombre pacífico, de no haber roto nunca un plato, pero durante una etapa en la que tiene funciones ejecutivas propias, se le acaba conociendo (inútil explicar por qué), tras miles de víctimas a su cargo, como "el ametrallador de Lyon". Hay pocas veces que se signifique o emita veredictos radicales. Una de las pocas ocasiones, porque no tiene más remedio, es cuando debe votar a favor a la decapitación de Luis XVIII. Esa palabra, "sí", le define ya por siempre. Por desgracia, hay pocas veces que en un renuncio en política te acabe costando caro, y al final fue éste -de los numerosos que llevó a cabo a lo largo de su vida- el que después de tantos cambios de rumbo le derribó.

Pero mientras tanto, ajeno a las preocupaciones que envía a su "yo" futuro, Fouché sigue adelante. Tras un breve paréntesis al inicio del Directorio (donde se pretende extinguir los desmanes de la revolución francesa y Fouché tiene que esconderse, rayando incluso en la extrema pobreza), sabe demostrarle su valía a los nuevos gobernantes de Francia y acaba al frente de la policía. Desde allí, teje una red de informantes que le será más tarde útil para hacer triunfar el golpe de estado que llevará al poder a Napoleón. Aunque al "petit con", que diría Reverte, nunca le cayó bien el tipo; si Bonaparte no confiaba en los servicios secretos porque un espía (en sus propias palabras) era un traidor natural, qué opinaría de Fouché; además, su pasado de "ametrallador de Lyon" le daba una idea de su carácter. No creyó el general, desde el primer momento, que la lealtad fuera una cualidad que el político arribista cargara consigo; y ya hemos visto que sus relaciones tuvieron, a lo largo del tiempo, algo más que sus más y sus menos. Problemáticos fueron también sus tratos con Talleyrand, el otro gran ministro de Napoleón. Ya contamos en el anterior post sobre Fouché que el actor y director teatral Josep María Flotats había descrito el antagonismo entre los dos en la representación "La cena", donde se presentan dos enemigos opuestos, ambos números uno en sus respectivos campos (Talleyrand la diplomacia, Fouché el espionaje), respetuosos los dos por el talento de su rival, pero a causa de esa superposición, obligados a tratar de desembarazarse del otro constantemente. De hecho, sólo se unirían para provocar la caída de Napoleón. Uno de los momentos más brillantes de la obra de Flotats es cuando Talleyrand, de orígenes aristocráticos, le afea a Fouché su nacimiento en la orilla de la miseria al recriminarle su brusca manera de levantar una copa. "¿Qué habría de hacer entonces?", replica una frase similar Fouché, y Talleyrand le muestra: la copa se levanta, se mira, se mueve, se comprueba "la gota", se lleva a los labios y luego se huele. "¿Y después?", pregunta Fouché. "Después, se deja en la mesa otra vez". Clasismo y elegancia en sencillos y cómodos pasos.

Fouché es capaz de aguantar todos los terremotos, incluso la caída de Napoleón en Leipzig; no obstante, es entonces Talleyrand quien se la juega, al volver a colocar a los Borbones, dejando fuera del gobierno a Fouché. Aún así, tras el retorno de Bonaparte de la isla de Elba, en sus famosos cien días, Fouché se torna para el corso insustituible. Quizá demasiado, porque mientras en Waterloo Napoleón y Wellington no paran de mirar la hora para ver si llegan o no a tiempo Blücher o Grouchy, y el protagonista de "La cartuja de Parma" de Stendhal participa en la contienda sin haber llegado a ver la batalla -paradigma de todos los conflictos modernos-, Fouché traza su propio gobierno en la sombra y para cuando Napoleón vuelve a París, derrotado, Fouché le contesta que no hay sitio para él. Camino lo poco que queda de la gloria imperial del destierro en la tropical Santa Elena, nuestro hombre del traje gris se prepara para ofrecerle a los Capetos de nuevo el trono como un caramelo, a cambio simplemente de algún ostentoso cargo. Y se lo hubieran dado seguro, de la misma manera en que fue capaz de servir a cada hombre y a su némesis en todas las ocasiones anteriores, de no ser por una sola, ilógica, sentimental e inapelable razón: una vieja integrante de la familia real francesa, que recordaba con horror aquellos días de julio aciagos, que tenía pesadillas de terror con el momento en que la cabeza de Luis XVIII se desprendió de su cuerpo, y que no era capaz de olvidar que, ante el voto donde se decidió su suerte, Fouché no se abstuvo y tampoco dijo "no". En los corredores de palacio, como una representación espectral, la vieja tía/abuela/mártir, errando huérfana y fanática, ajena a nuevos tiempos y razones de estado, sólo era capaz de dibujar en sus labios: "regicida", sin añadir de nada más. Fouché era capaz de luchar contra ministros, reyes, estratagemas. Era capaz de demostrar su utilidad en cualquier régimen, bajo cualquier circunstancia. Pero contra lo que no podía luchar, contra lo que no cabía defensa, táctica o estrategia, era contra la callada, obsesiva, resistencia de los fantasmas.

Fouché se despide del poder, que no volverá a catar más. Atesora una buena fortuna, obtenida gracias a que el capital ganado de manera legal (e ilegal) en política lo ha servido invertir sabiamente. Pero lejos de los resortes que manejan a los hombres, Fouché, que diría Amaral, sin tocarlos a ellos, no es nada. Resulta curioso observar cómo Zweig describe el amargo destierro de Fouché, casi siempre circunspecto, alegre tan sólo en alguna partida de ajedrez, pobre sustituto de los juegos en los que empleó a seres humanos como piezas. Stephan Zweig pretendió perfilar un retrato de sí mismo -como intelectual, como pacifista- en el libro "Erasmo. Triunfo y tragedia", como el hombre que le hubiera gustado ser, incluso tratando de alisar en el sabio alemán algunas de sus más acuciantes aristas; en cambio, con Fouché, el autor austríaco se dibuja a sí mismo cómo acabó, aún con años de anticipación, en aquel largo destierro en Brasil, sin aquello que más amaba (libros en el caso de Zweig; capacidad de mando, que añoraba el intrigante), y que no dejaba de anhelar. Como aquella protagonista del cuento del propio Zweig, una alta dama de la corte francesa que, al comprender que no va a poder tejer tapices nunca más con los hilos del gobierno, decide suicidarse después de una fiesta espléndida. Fouché no llega a tanto; simplemente se consume, como una vela, cuya discreta luz a nadie salvo a sí mismo pretendió iluminar.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El libro y la historia real de noviembre: "Fouché. El genio tenebroso", de Stefan Zweig

José Fouché, político e intrigante francés. No busquéis ningún retrato que se parezca a otro: parece como si el propio Fouché lo hubiera así buscado.

A pesar de la reciente (y muy recomendable) "Stefan Zweig: Adiós a Europa", película inspirada en los últimos días de este autor, no me ha quedado claro si el escritor austríaco escribía de manera atropellada o en cambio meditaba sesudamente cada línea. De sus memorias ("El mundo de ayer", que comentamos en este blog) sabemos que le encantaba, al corregir, eliminar todo párrafo que él considerara superfluo e innecesario. Quizás esto es lo que haga que las biografías escritas por Stefan Zweig resulten tan enardecidas, tan vivas y batallantes, leídas con el ritmo propio de una novela, donde personajes poderosos se hallan (aunque sea con una pluma) constantemente en acción, y a punto de morir o matar. Algo similar pasa con "Fouché. El genio tenebroso", el relato de uno de los grandes hombres de Francia durante la época de la Revolución y el imperio napoleónico; desde los arrabales de Nantes, cómo un chico débil y enfermizo, poco apto para las labores manuales, va ascendiendo en virtud de su inteligencia para convertirse en el perfecto político: sin ideología, comprometido con ninguna causa o partido, buscando únicamente la pura supervivencia, y durante el camino siempre ascender, ascender todo lo posible y más. El relato de Fouché no es uno cargado de luces: no sólo porque no se trate de un personaje admirable (muchos le llamarían chaquetero, voluble, gusano despreciable incluso), sino porque a Fouché le disgustan los grandes focos y titulares que acompañan los nombres de Danton, Robespierre o Napoleón, hombres a los que secunda, se enfrentra o traiciona. Fouché, en cambio, es individuo de sombras: desde ellas puede ejercer el poder, y desde ellas se maneja también discretamente, ya sea tanto para las intrigas políticas, como para crear los primeros esbozos del sistema policial francés, o enfrentarse a sus enemigos (entre ellos, un conspicuo y elegante Talleyrand cuyos contrastes con Fouché escenificaron sobre las tablas Josep María Flotats y Carmelo Gómez en una obra de teatro del primero, denominada "La cena"). Zweig nos describe el ascenso, auge y caída de Fouché (a causa de lo único a lo que no era capaz de hacer frente), en una descripción psicológica apasionante, donde los grandes delitos y las grandes miserias quedan expuestas para que podamos juzgar en rigor toda la personalidad de este animal político -otro título de esta biografía es "Fouché. Retrato de un hombre político"-, que sólo podía alimentarse a base de algo que, según muchos, no debería existir. Porque, ¿qué hacer cuando lo que mejor se te da es algo terrible? Un dilema que quizás aprendiendo de Fouché podamos contestar.

lunes, 26 de junio de 2017

El libro de junio: "El siglo de las luces", de Alejo Carpentier

“Hay épocas hechas para diezmar los rebaños, confundir las lenguas y dispersar las tribus”.
                       Alejo Carpentier. El siglo de las luces.

Existen (relativamente, para la intensidad y profundidad del terremoto que provocó) pocos libros ambientados en la Revolución Francesa. No demasiados que traten del Caribe. Y muchos menos dedicados a lo que fue la Revolución Francesa en el Caribe. Pero es que hay algunos textos que son inconcebibles sin el influjo particular de sus autores, de tal modo que, si éstos no hubieran existido, probablemente ningún otro hubiera podido alumbrarlos. Quizás por eso sólo Alejo Carpentier -suizo, de padre francés y madre rusa, que residió en Cuba y Venezuela durante buena parte de su vida y acabó muriendo en Francia- era capaz de pergeñar esta historia, un relato que abarca desde el final del período de la Ilustración hasta el principio del fin de la revolución francesa, saltando del Mar Caribe a Europa y de las ideas a la acción, allá donde el lector se atreva a acompañarle. La historia se narra desde el punto de vista de tres muchachos adolescentes, herederos de una fortuna en una Habana que es colonia española, donde un recién llegado (Victor Hughes, personaje de inspiración real) les va a poner en contacto con el mundo de la Revolución Francesa y de los nuevos conceptos que empiezan a extenderse en aquel tiempo, y modificará, a nivel individual, el rumbo de sus vidas para siempre. Se dice que Alejo Carpentier es uno de los precursores de lo "real maravilloso", una definición que muchos autores no dudan en igualar al "realismo mágico" que se hizo famoso años más tarde cuando los escritores del boom latinoamericano -García Márquez, Allende, Vargas Llosa- lo pusieron de moda. Y es que aparte de tratarse de una historia intensa (llena de sucesos dramáticos, pasiones, cambios de rumbo, reflexión intelectual y política), el autor no duda en salirse durante breves lapsos de tiempo de la trama principal, para dibujarnos con colorido el ambiente de la Europa y la Latinoamérica de aquella época, desde el mestizaje cultural del que el propio Carpentier era ejemplo, hasta los exóticos parajes, cambiantes escenarios y apasionantes trasfondos que recorre la novela. Se trata de un libro intenso, cargado de símbolos, descripciones y referencias culturales, que exige un poco de paciencia y de esfuerzo para leerlo (no es la típica lectura ligera de verano, aunque contenga mares y océanos suficientes para inspirarnos viajes) pero que, al lector al que le interesen los temas de los que habla, no acabará decepcionando, pues contiene aventura suficiente (en forma de corsarios y guerreros, libertadores y pensadores, libros y guillotinas) como para llenar unas cuantas vidas, y al mismo tiempo resulta un brillante reflejo tanto de las intensas luces de la Revolución, como también de sus alargadas y tenebrosas sombras. Os dejo el deseo de que no tengáis que vivir lo que proclama la frase de la novela que hemos citado al principio, y que, a ser posible, hasta que nos veamos, disfrutéis de tiempos menos convulsos. Un saludo.

Post-scriptum: Después de escribir esta reseña, me enteré de que, en su día, cuando Gabriel García Márquez leyó este libro, arrojó a la papelera las cien páginas que llevaba escritas del manuscrito titulado "Cien años de soledad" y empezó de nuevo, con pluma matizada por el evocador lenguaje de Carpentier. Había nacido, oficialmente, el realismo mágico.