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miércoles, 1 de junio de 2016

Las historias reales de junio. Casas malditas.

La historia real de este mes va sobre un tema muy trillado en el cine y la literatura, como es el de las casas malditas. Lugares donde han acontecido hechos terribles y (se supone) un halo de fantasmagórica muerte y destrucción ha quedado para siempre allí depositado. Si quisiéramos hacer una lista extensa de las diferentes mansiones encantadas, probablemente no terminaríamos nunca, y por eso sólo os quiero poner tres ejemplos, aunque espero que -ojalá- capten vuestra atención.

El primero es uno relativamente conocido: se trata de la mansión Winchester. La leyenda dice que la viuda Winchester, tras la muerte de su esposo, sentía pánico por la posibilidad de que los fantasmas de todos los individuos que habían muerto a manos del rifle inventado por su marido volvieran de la tumba para matarla. Por ello, construyó una mansión tan intrincada y retorcida (2.000 puertas, 10.000 ventanas, 47 chimeneas, 47 escaleras -algunas de las cuales no llevan a ninguna parte-, 13 cuartos de baño, 6 cocinas, ventanas tapiadas para confundir a los espíritus y, por supuesto, una legión de obreros trabajando 
continuamente en una obra que bajo ningún concepto debía finalizar), con el objetivo de que los espectros no fueran capaz de localizarla nunca. La historia de esta casa y sus moradores ha servido de inspiración a numerosas películas y series de terror, fue la base de la mansión en constante crecimiento que Isabell Allende describió en "La casa de los espíritus", y dicen que, dentro de poco, la historia de los Winchester vivirá una nueva adaptación cinematográfica.


Vista aérea de la mansión Winchester (extraída de aquí)


Claro que, observando una geografía tan barroca como la de la imagen de arriba, es fácil intuir que la casa ha tenido una historia convulsa. Pero, ¿qué pasa si -como ocurre en muchos campos de batalla de toda Europa- la hierba crece, las cosas se serenan, y las apariencias no dejan ver lo que aconteció en el pasado? Uno de los ejemplos que más me llaman la atención, en este sentido, es el del palacio Beylerbeyi (en la imagen de abajo), la cual servía como residencia de verano de los sultanes de Estambul. Su apariencia idílica, sin embargo, esconde un pasado turbulento. Durante seis años (de 1912 a 1918) fue convertido en una prisión, aunque sólo para un individuo, el depuesto sultán Abdul Hamid II. En un período en el que el Imperio Otomano languidecía ("el enfermo de Europa", se denominaba entonces), y muchas voces pedían una aproximación a los países occidentales, Abdul Hamid II, lejos de abanderar la bandera del progreso, entró en un profundo estado de paranoia en el que creía que todos (espías, prensa, reformistas, estudiantes, incluso el propio ejército que le protegía de los anteriores) se encontraban contra él y amenazaban su seguridad. Mantuvo al país en un estado de miedo y sospecha constante, muy acorde con su similar estado de ánimo. Al final, la desconfianza en su propio ejército le llevó a recortar en el presupuesto del mismo, factor que aprovecharon los revolucionaron Jóvenes Turcos para deponerle con ayuda de unos militares que tampoco estaban muy felices con él. Tras un tiempo de exilio en Tesalónica, pasó sus últimos años en Beylerbeyi (hoy una parte más del patrimonio cultural turco), donde se dedicó al estudio, la carpintería y a redactar sus memorias. Pero donde, según dicen, su estado de ansiedad continua y temor a lo que se escondía en cada esquina del palacio no se llegó a frenar jamás. La residencia de verano se convirtió en su prisión, de la misma forma en que él había retenido, como prisionero, a todo el imperio.


Postal del palacio de Beylerbeyi en 1901 (extraída de Wikicommons). Hoy en día, este lado del Bósforo se encuentra ocupado por muchos más edificios, y el palacio no presenta el aspecto aislado que refleja esta imagen, sino más bien el de la fotografía de abajo, realizada por el autor.


Sin embargo, para mí, quizás el caso más dramático podamos encontrarlo en España, en un lugar aparentemente anodino como el Museo de Antropología de Madrid. El museo fue organizado desde su origen (y de hecho, fue él quien promovió su construcción) por el doctor González Velasco, quien a lo largo de sus diferentes viajes recolectó numerosas piezas procedentes de exóticos países, y pensó que el mejor lugar donde albergarlas sería un edificio dedicado específicamente a tal fin. Cuando el museo fue finalmente construido, el doctor Velasco decidió irse a vivir allí (era propio de la época juntar la vivienda con el lugar de trabajo; de hecho, a pocos metros de distancia se halla la antigua casa y laboratorio de Santiago Ramón y Cajal). El doctor Velasco había sufrido, años atrás, una tragedia familiar: su hija Concha había muerto a la edad de 15 años, y quizás el padre se sentía en parte culpable, pues había contravenido los consejos del médico familiar a la hora de administrarle el tratamiento. La cuestión es que cuando el doctor Velasco se mudó al museo, decidió desenterrar el ataúd de su hija para darle sepultura cerca de la casa, y entonces, la apertura incidental del féretro provocó que todos los presentes comprobaran con sorpresa cómo el cadáver se había conservado en muy buenas condiciones (las versiones de la leyenda varían: unos dicen que el cuerpo había sido embalsamado con anterioridad por su propio padre, y otros en cambio que lo hizo después, cuando descubrió el "milagro" obrado de manera natural. Yo leí por primera vez acerca de esta leyenda en el conocido <<Madrid Oculto>>, de Peter y Mark Besas, y en esta visión me baso principalmente). Sea como fuere, parece ser que ese incidente terminó por nublar la visión del padre atormentado, quien, al observar a su hija muerta casi con el mismo aspecto que mantenía en vida, decidió vestirla (con un traje de novia, añade más morbo todavía la historia popular) y mantenerla en la casa como si aún siguiera con ellos, sacándola a cenar junto con su mujer en el comedor familiar todas las noches, y retornándola a un dormitorio individual al acostarse, a cuya ventana seguramente se intentaban asomar los curiosos para contemplar a tan tétrica muñeca de tamaño humano. Se dice que la situación se mantuvo así varios meses hasta que la esposa del doctor Velasco, harta de la macabra situación y de los mareantes vapores procedentes de los productos químicos utilizados para preservar el cuerpo (y, seguramente, de las murmuraciones de los vecinos ante aquellas delirantes cenas), le dio a elegir: o la niña o ella. El doctor Velasco, no sin renuencia, dio su brazo a torcer y accedió a enterrar de nuevo el cuerpo. Hoy en día, el Museo de Antropología funciona únicamente como atractivo turístico y cultural y nadie habita allí, salvo que creamos que por entre sus puertas siguen paseando los espectros.

Vista exterior del Museo Nacional de Antropología en Madrid (extraída de Wikicommons)

No obstante, escribiendo estas líneas, no puedo evitar acordarme (aunque no se trate estrictamente de casas) de un par de lugares también hasta cierto punto fantasmagóricos y que tuve la ocasión de visitar hace unos años. El primero -imágenes de abajo- es el tophet, un antiguo cementerio de la ciudad de Cartago, en Túnez, donde cada una de las estelas que veis allí representa un niño ejecutado durante un sacrificio humano. Sobre el por qué tan macabras ceremonias (que, en realidad, tienen más sentido de lo que se intuye a simple vista) no me voy a extender porque ya lo he explicado en alguna ocasión y encontraréis sobrada información aquí.

 Imágenes del tophet de Cartago, desde fuera y desde dentro.

En este mismo lugar, no demasiado lejos, hay una serie de ruinas en apariencia anodinas pero en las que, si uno simplemente se asoma, observa o escarba, puede encontrar falanges, costillas e incluso cráneos. Algunos de ellos bastante pequeños. Estos escombros, que en su día correspondieron a tres calles, fueron testigos de una de las más encarnizadas batallas entre romanos y cartagineses en la Tercera Guerra Púnica. Si hubiera ocurrido en una época más reciente, estaríamos hablando de una matanza como la de Srebrenica, o nos recordaría a los combates portal a portal de los que hemos sido testigos en las grandes ciudades de las guerras recientes de Siria o de Irak. Hoy, como el tiempo ha pasado y ya no quedan testigos de la tragedia, la mayor parte de los visitantes deambulan -felices en su ignorancia- entre las ruinas, tan sólo si acaso interrumpidos por algún inspirado guía local que les muestra lo sencillo que es desenterrar algún hueso.

 Las famosas tres calles del genocidio. Arriba, visión general; abajo, un poco más concretas.




Dicen que, tras la Primera Guerra Mundial, el espiritismo estaba de moda porque el mundo se hallaba, en efecto, lleno de espectros, y los familiares de los fallecidos estaban deseando contactar con sus allegados. Quizás nos resultaría sorprendente saber la de fantasmas desaparecidos con los que nos cruzamos cotidianamente a nuestro alrededor, si no como figura real, al menos como recuerdo. Aunque tal vez no haya que mirarlos con aprensión: puede que lo único que pretendan es que aprendamos de sus errores. El hecho de que no lo consigamos constituye la única base de su tormento. Para ellos, en realidad, los que les damos más miedo, somos nosotros.

Nos leemos en las próximas semanas.

lunes, 14 de septiembre de 2015

La película de septiembre: Zero motivation (2014)

La película que os presento a continuación engaña. Porque uno escucha las palabras "ejército israelí", y lo primero que le viene a la cabeza es un film de alto contenido social y reflexión profunda sobre el conflicto hebreo-palestino. Algo del estilo "Vals con Bashir" u otras películas del mismo corte. Vamos, un dramón en toda regla. Y sin embargo, quizás nos encontremos ante una de las comedias más divertidas y sorprendentes de los últimos tiempos.


El argumento se basa en el servicio militar israelí, que allí es obligatorio tanto para chicos como para chicas. Pero mientras que los chicos se encuentran inmersos en complejas operaciones militares para "salvar a la patria", a las chicas básicamente las almacenan en administración, rellenando papeles y preparando café para los oficiales, tratando de pasar el tiempo como mejor pueden en un puesto que (como dice el título de la película) ofrece una motivación bastante escasa. En un puesto militar perdido en un lugar seguramente cercano a donde Cristo perdió las sandalias (nunca mejor dicho), un grupo de chicas se dedica a intentar cambiar de destino, labrarse un futuro mejor o, simplemente, divertirse hasta que salgan de aquel agujero. Y allí es cuando empiezan a sucederse extrañas situaciones, a cual más surrealista y entretenida.


La película es una comedia coral, protagonizada por chicas de distintas personalidades, cada cual con sus obsesiones y paranoias, y cuyos temperamentos se verán obligados a chocar más de una vez entre sí. A pesar de un momento inicial con una escena bastante truculenta, el resto de la película, como decimos, transcurre sobre todo en el tono de la comedia ligera, y prácticamente no hay menciones al hecho de que Israelí se encuentre en guerra constante con el resto de sus vecinos (salvo en una ocasión, en un chiste muy, muy sutil que, sin embargo, seguro que arranca alguna sonrisa). Viendo esta película, uno acaba por pensar que, desde luego, los israelíes son tan mediterráneos como nosotros, que las películas sobre mujeres dan mucho juego sin necesidad que de que las dirijan gente como Woody Allen, George Cukor o Almodóvar, y que, con lo chuscas que son las historias de la mili de "aquí", no estaría nada mal un remake a la española. Eso sí, tendrían que esforzarse mucho para que les saliera tan refrescante e irreverente como ésta. A ello contribuye sin duda el trabajo de las actrices, lo más sobresaliente de la cinta junto con el guión.


Mientras llega o no llega ese hipotético remake a vuestras pantallas, de momento os dejo esta recomendación. La película es recientita, pero dudo que podáis encontrarla con facilidad en los circuitos comerciales. De hecho, yo la vi en la Filmoteca de Madrid en V.O.S., aunque me figuro que siempre habrá maneras de encontrarla. Yo le echaría un buen vistazo: seguro que, de esa manera, veréis que vuestro trabajo no es el peor del mundo y se os hace mucho más liviana la "vuelta al cole". O eso espero. Que se os dé bien. Un saludo.


lunes, 27 de julio de 2015

El relato de julio. Un cuento erótico: "Sherezade".

Sherezade
(Un cuento erótico)

                La noche había comenzado bien. O eso le decía yo a Rodríguez. Sin embargo, él no manifestaba el mismo entusiasmo.
                -Fíjate en esa camarera –le apuntaba a Rodríguez entre copa y copa-. Te ha guiñado el ojo. Vamos, no puedes negarlo. La cosa te va bien, los hados te sonríen.
                -Sí, claro, eso, como siempre… Luego yo le hablaré, ella me hablará, descubriremos que no tenemos nada en común, o quizás conectemos, entonces tendremos un rollo de una noche, y quizás esté muy mal, o muy bien, y seguiremos, o no, y nos cabrearemos, y volveremos a empezar…
                -Ya veo que has venido hecho unas castañuelas –le repliqué irónico mientras ajustaba el alfiler de mi corbata.
                -Es que siempre es lo mismo, Lucas… De un tiempo a esta parte, siempre me pasan las mismas cosas. Me convence la idea de estar durante un rato con una chica, pero conforme pasa el tiempo, descubro todo lo que puedo saber de ella, y entonces la cosa se vuelve monótona y aburrida… Y si sólo quieres líos de una noche, dejas una estela de corazones rotos que es muy difícil sobrellevar… Por no hablar de la cantidad de veces que explorar tan sólo te lleva a decepciones.
                -¿También en la cama?-le pregunté yo con todo el cinismo del que fui capaz mientras bebía de mi copa y rastreaba con el radar en la dirección contraria.
                -También en la cama, sí –replicó Rodríguez-. Hay una cosa que te he tratado de explicar.
                -Sí, perdona un momentito… Hola, guapas –dije yo abriendo los brazos de par en par para acoger a las dos gemelas pelirrojas que me habían reconocido y se habían acercado a mí-. Hoy os quiero presentar a Román Rodríguez, un compañero de mi empresa. Creedme, es un tipo muy especial: éste no es de los que se leen frases filosóficas para soltarlas en reuniones de empresa y darse el pisto. Éste es de los que leen filosofía de verdad.
                -Oh, qué interesante –soltaron ambas gemelas, casi a dúo, mientras Rodríguez arqueaba las cejas, escéptico.
                -Y además, toca un instrumento… El saxo, me parece, ¿no?
                -El saxo tenor, en concreto –aclaró Rodríguez.
                -Oh… Eso suena algo muy complicado –indicó una de las gemelas, rompiendo la simetría.
                -Bueno, es que me gusta mucho el jazz y la música de los años 20 y 30… Duke Ellington, Charlie Parker, Coleman Hawkins, ese tipo de cosas…
                -Oh, es… muy interesante –repitió la misma gemela, inclinándose hacia él-. Yo siempre he sido muy fan de Frank Sinatra… Y también de One Direction…
                -Sí, claro –sonrió Rodríguez, en su faceta del más experimentado actor-, ésos también están muy bien…
                -Me aburro –soltó completamente impertinente la otra gemela, haciendo una de las pocas cosas que pueden molestarme de una chica guapa-. ¿Por qué no bailamos un poco?
                -Id adelantándoos vosotros, chicas, que ahora vamos –una vez la nube de las gemelas se hubo despejado, pude volver a introducirme en mi tormenta con Rodríguez-. ¿Pero qué haces, Román? Fan de algo que parece poco corriente y sofisticado, sí; soltar nombres que no conoce nadie, no. ¿Quién puñetas es Coleman Hawkins? Con Ellington y Parker hubiera bastado. Esas cosas raras pueden atraer a las chicas en un primer momento, pero luego las espantan. ¿No has pensado en abordarlas con algo más normalito?
                -Ya te he dicho que no estoy interesado –expresó pesaroso Rodríguez-. Sí, es verdad, a nadie le disgusta un polvo, y menos con una chica guapa, pero no sé si me merece ahora mismo todo el esfuerzo que requiere…
                -Tú lo que pasa es que echas de menos a Sonia. Y lo entiendo. Pero, y discúlpame ser tan agresivo, los muertos no resucitan. Así que no tienes más remedio que cambiar completamente de mentalidad…
                -Sí, ya lo sé, no aferrarme al pasado, todas esas cosas… Pero ya sabes cómo era Sonia… Con ella, todo era distinto. Con ella, cada día era especial…
                -¿También en la cama?-dije repitiendo el chiste.
                -También en la cama –respondió nostálgico Rodríguez-. Recordarás aquella ocasión…
                -Sí, ya, claro, claro, no hace falta que me lo digas…
                Por supuesto que me acordaba. No se me quitaba la visión de la cabeza desde que Rodríguez me la contó…

*                                            *                                             *

                Yo volvía a casa después de una larga reunión de trabajo. Lo que no me podía figurar era lo que me iba a encontrar.
                Abrí con mis llaves. El ruido que surgió detrás de la puerta debía haberme hecho sospechar. Y, sin embargo, cuando me cayó un largo alud de bolitas de poliexpán, como las que se utilizan para forrar los paquetes por dentro y evitar que se dañe su contenido, me pilló por sorpresa. El maletín se me cayó de la pura impresión. Comencé a caminar hacia el salón, buscando una explicación, y lo único que conseguí fue sumergirse en un mar de poliexpán que me llegaba hasta el pecho. De repente, noté cómo una mano me bajaba un calcetín a la altura de su correspondiente tobillo. Me sobresalté, como si me hubiera atacado una anguila eléctrica. De repente, surgió la cabeza de Sonia entre la corriente de poliexpán. Sonreía, con sus ojos azules y su pelo negro corto con un flequillo que no llegaba a ocultarle las finas cejas.
                -¿Y esto?-pregunté yo.
                -¿Qué pasa, nunca te habían dado una sorpresa de este tipo?
                Sonia, que nadaba o buceaba alternativamente dentro de la nube de poliexpán, se acercaba a mí de vez en cuando. Consiguió quitarme un zapato conforme me trataba de desplazar, trastabillándome, a través tan viscosa textura. Luego un calcetín; más tarde otro. Cuando consiguió agarrarme del cinturón, yo la atrapé como a una sirena en medio de la espuma marina, y ella se asió a mí intentando arrebatarme la corbata. Fue entonces me di cuenta de que estaba completamente desnuda: palpé sus suaves senos en medio de aquel río de etéreo plástico. Luego le agarré los glúteos y más tarde ascendí hasta los aterciopelados muslos. Ella se ancló a mí, incrustada en mi cintura gracias a una presión rígida e inamovible. A pesar de que sus pantorrillas estaban frías, la temperatura de mi cuerpo -conforme ella me quitaba la camisa y empezaba a lamer mis pezones-, comenzaba a incrementarse sin remisión, y especialmente en la zona del bajo vientre, casi a quemar…
                La tormenta que sacudió aquel particular océano en el que flotábamos fue dura, agreste, salvaje; no hubo limitación ni intermediarios entre nosotros. Piel contra piel, cuerpo a cuerpo, yo me encontraba devorando su cuello cuando mi cuerpo llegó al clímax, y el producto de mi éxtasis, como fuegos artificiales, se entremezcló con la blanca espuma que rodeaba nuestros cuerpos…

*                                            *                                             *

                No sabía cuál era la mirada más evocadora en aquel momento por encima la mesa cuando a ambos se nos pasó la misma historia por la cabeza, si la de Rodríguez o la mía. En todo caso, fui yo el que rompí el silencio cuando le repuse:
                -Ya, pero ésa no es la cuestión…
                -Sí, ya sé cuál es la cuestión. Pero hoy no me apetece ponerme a resolverla. Lo siento, amigo. Gracias por los consejos y los ánimos, pero creo que me voy a casa.
                Rodríguez cogió su chaqueta y se levantó. Yo suspiré, decepcionado, y le despedí perezosamente con la mano al mismo tiempo que me despedía del fascinante plan con las gemelas. Aunque, conforme Rodríguez se aproximaba a la puerta del bar, ocurrió algo que desde el principio intuí que iba a volcar a toda la situación.
                No sabía, de hecho, de donde había salido aquella chica. Mira que tiendo a fijarme en estas cosas y a escanear de arriba abajo todo elemento femenino que entra en mi radio de acción (el cual, por otro lado, abarca bastante metros), pero en este caso, era como si hubiera aparecido de repente, o como si siempre hubiera estado allí. La chica no era fea, más bien al contrario, yo diría que atractiva, con un pelo rubio anaranjado cubriéndole parte de la cara al estilo de las actrices de los años 40. Llevaba puesto un vestido de fiesta de lentejuelas azules iridiscentes que seguía de manera sinuosa sus curvas. El problema era su expresión, y la orientación de todo su cuerpo, casi abandonado (como una botella vieja que hace mucho que nadie se atreve a beber) sobre una silla situada justo al lado de la barra. Tenía pinta de hastiada, de decepcionada, de tan cabreada que ni siquiera dejaba espacio para lo triste. La típica actitud que no pega nada con una chica que se ha vestido para salir de fiesta. Pero, claro, ése es el típico misterio que puede atraer a un fan del jazz que anda de vuelta de todas las cosas y necesita un cierto incentivo para avanzar un poco más. Quizás, también, el contenido del tatuaje que se desvelaba en la espalda desnuda de la chica sirvió de aliciente.
                -Buenas –se aproximó él-. Estaba pensando en alguna frase original y simpática con la que acercarme a ti y abrir conversación, pero la verdad es que no se me ocurre nada más que decir que me has llamado la atención y me gustaría saber más que ti… Ya ves, no se te ha acercado el tipo más inteligente del bar, o al menos no todavía…
                La otra levantó la vista, sin dejar por ello de seguir bebiendo de su cocktail a través de una colorida y fantasiosa pajita.
                -No. No quieres conocerme. Crees que quieres –expresó a través de una voz que también pegaba con la de una actriz de los años 40-, pero en cuanto sepas más de mí, casi seguro que no. Ya te ahorro yo el esfuerzo. Es mejor que te busques a otra.
                Cualquier otro en su caso hubiera probablemente extraído de la manga unas palabras de disculpa y se hubiera marchado discretamente. Pero Rodríguez estaba en esa fase en que lo único que puede estimularle a seguir adelante es precisamente que algo le eche para atrás. Lo que se pone difícil. La tela que estás deseando quitar no es precisamente la transparente, sino la que no te deja ver lo que hay debajo.
                -Bueno, puedes probarme. Creo que no tengo una mala conversación; no te voy a pedir nada que no quieras; y, sobre todo, en el momento en que te aburras de mí, puedes mandarme sin más preámbulos a coger la puerta. Pero me sigue apeteciendo saber más de ti. Así que, si te apetece que me siente y te invite a otra copa…
                Yo asistía a este diálogo, desde cierta lejanía, escuchándolo todo muy atento. Rodríguez me preocupaba en cierta medida, y también he de reconocer que si la historia de la chica se terminaba en ese momento, se acababa todo por esta noche, y lo cierto es que a mí también me interesaba que aquello continuara un poco más.
                Por eso me gustó comprobar que la chica había hecho un gesto tácito para que Rodríguez se sentara.
                Me levanté y fui a buscar a las gemelas. Pero no podía parar de pensar en aquel tatuaje en la espalda.

*                                            *                                             *

                Era fin de semana. Tardé un par de días en volver a ver a Rodríguez. Pero cuando éste volvió por la oficina, por encima de la próxima reunión de proyectos, tan sólo tenía una pregunta:
                -¿Qué tal te fue con esa chica?
                Rodríguez, que ya de por sí traía cara de bastante descompuesto, tardó unos cuantos segundos en reaccionar:
                -Buf… Buf… Buf… Es demasiado largo e intrincado de contar. Si quieres te lo digo luego… a la hora de la comida.
                Sin embargo, yo insistía. Le dije que no podía dejarme ahora sin saber nada, con toda la miel en los labios:
                -No puedo darte una respuesta clara –replicó severo-. Es mucho más complicado de lo que parece.
                -¿Pero cómo de complicado?¿Hubo tema al final o no?
                Rodríguez acercó sus ojos a los míos.
                -Hubo tema, sí… pero no sé con quién.
                Y lo dijo como si, de su tumba, hubiera visto aquella noche ver salir caminando un fantasma. Aquello, lejos de apaciguar mis ánimos, no hizo sino hacerme temblar más ardientemente la boca del estómago, henchida de curiosidad.
                El rato hasta la hora del almuerzo se me hizo eterno. Cuando Rodríguez entró en el comedor, los cubiertos en mi mano temblaban. Claro que (como pude confirmar cuando Rodríguez se sentó y se llevó un vaso de agua a los labios), yo no era el único.
                -Antes de que te diga nada –no me dejó ni preguntar-, quiero que sepas que yo todavía no sé muy bien cómo afrontar esto, o si debo creérmelo del todo… Pero es verdad que necesito contárselo a alguien. Y contárselo tal y como pasó…
                Volvió a sorber otro trago.
                -… a ver si, de esta manera, puedo empezar a creérmelo yo.

                Por mucho que me esforzara, no pasaba con esta chica de la frontera de las conversaciones intrascendentes. Se negaba incluso a darme su nombre. A ratos parecía tímida, y otros simplemente arisca. Se notaba que tenía mucho mundo detrás, y que de todos los temas que sacaba, por muy estrafalarios que fueran, ella podía aportar siempre muchísimo más que yo. Pero se negaba a contribuir mucho a la charla, como si cada palabra la hubiera empleado ya demasiadas veces, y fuera un juguete manoseado con el que no quisiera divertirse más. Y, sin embargo, no me mandó a tomar con viento fresco y seguía bebiendo allí al lado conmigo, aunque me diera la extraña impresión de que no lo hacía porque quisiera sino porque no tenía más remedio. Me pregunté qué motivos impulsan a una chica que no tiene ganas de fiesta a salir a las tantas de la noche vestida de una manera tan atractiva y entrar a un bar. Pero claro, no me podía intuir todo lo que había detrás.
                Llega un momento en que no se puede hablar más, en que ya ha habido suficientes copas, y es momento de volver a casa. Me ofrecí a acompañarla. Ella asintió con un movimiento de cabeza casi imperceptible. No era una negación, pero desde luego tampoco una invitación clara. Parecía casi más desidia que otra cosa. La verdad es que aquello me desalentó bastante. Llega un momento en que tanta resistencia, en lugar de servirte de acicate, te deprime, y que si sigues rascando y no se te muestra nada, piensas a lo mejor simplemente es que no hay nada debajo que mostrar. Por eso, cuando la despedí en la puerta de su casa, y ella no insistió, casi me lo tomé como un alivio. Iba a marcharme cuando de repente (apenas tras el minuto que tardé en convencerme de que ya no había nada que hacer) se abrió la puerta. Y entonces, una mano llena de uñas afiladas y de un color rojo intenso me arrastró.
                Me había llevado hacia adentro de la casa una portentosa mujer con una piel de tintes intensamente morenos y orientales. Una impresionante hembra semidesnuda, que como única vestimenta llevaba puestas una especie de corazas parciales que le ocultaban sólo ciertas partes del cuerpo, pero insinuaban o dejaban plenamente a la vista todo lo demás. Entre esas porciones de armadura de un color broncíneo, un par le cubrían los hombros y sólo en cierta medida unos sugerentes pechos, cuyo escote y semiocultos pezones invitaban abiertamente al pecado. En lugar de ropa interior, sus caderas estaban circundadas de una cadenita dorada que surcaba la cintura y luego trazaba un contorno hasta su bajo sexo. Pero lo más intimidante de todo era el tocado de la cabeza, una mezcla entre corona y casco de guerrero debajo de la cual se adivinaba un intenso cabello negro y, sobre todo, unos ojos de gato de un desconcertante color amarillo, con un círculo de fuego alrededor de la pupila. En condiciones normales yo hubiera preguntado algo, pedido un tiempo muerto, o hubiera salido corriendo, pero cuando una fuerza de la naturaleza de ese tipo te atrapa y te arrastra hacia el dormitorio, no hay nada que puedas hacer. Ni yo quería, porque me encontraba completamente subyugado.
                Aquello fue una batalla. Y la perdí por todos los frentes. La perdía incluso cuando ella ejecutaba ciertas actitudes de sumisión, como cuando, con esos labios teñidos de negro, devoraba con ansia todo mi miembro, pero en realidad, la mayor parte de las veces dominó ella. Lo hizo conforme me permitió devorar sus senos, lo hizo conforme me obligó a recorrer con ansias mi lengua por todo su sexo, y también cuando nos arañamos mutuamente la espalda, en su caso con garras que parecían cuchillos. Me pude fijar de reojo en que, si bien las uñas de una mano lucían de un tono rojo apasionado, las otras eran de colores variados, desde un azul lapislázuli a un verde esmeralda, e incluso la del índice dibujaba un arcoíris. Pero tampoco tuve demasiado tiempo para contemplarlas, porque cada postura dejaba rápidamente paso a otra, en una carrera sin tregua ni compasión. Durante el lapso de tiempo en el que ella se encontraba encima de mí, cabalgándome como si fuera un potro de carreras, elevando los ojos cerrados al cielo y apretando los dientes mientras me clavaba los dedos en los muslos, me dio tan sólo la brevísima sensación de que (a pesar de toda aquella espectacular diferencia física) entre la mujer que me había plantado delante de la puerta, y la otra que estaba allí sacándome las fuerzas como un súcubo en su apogeo, había ciertos rasgos y elementos en común… Pero no pude pensar mucho en ello, porque aquellos estremecedores movimientos pélvicos me llevaron al éxtasis, y me vacié por completo dentro de aquel volcán de deseo, quien me secundó al mismo tiempo con un impactante grito de placer que provocó aún más terribles sacudidas. A pesar de todo, todavía seguimos guerreando intensamente, amándonos hasta matarnos, durante media hora más.
                Al día siguiente, estaba hecho polvo. Tanto, que no recordaba siquiera cómo había terminado la noche después de aquella enorme confrontación de sensaciones. Era capaz de rememorar perfectamente el tacto de sus glúteos, la visión de sus vértebras reflejándose en las curvas de su espalda, el olor de su cuello, el dolor de sus colmillos clavándose en mi oreja, el sabor de mi propia sangre sobre sus labios… pero no tenía ni idea de cómo había acabado durmiendo en el sofá. Me levanté algo aturullado y me desplacé hasta donde creía que estaba el dormitorio. La puerta estaba cerrada. Golpeé un par de veces con delicadeza. Al ver que no había respuesta, intenté girar el pomo, pero estaba cerrado con llave. Entonces se deslizó, escurridizamente, una tarjeta por debajo de la puerta. Me agaché y la miré.
Antigüedades Alexandria
Objetos inalcanzables.
                Debajo había una dirección y un teléfono. No obstante, aquello no me parecía ni mucho menos suficiente. Iba a decir algo en tono enfadado, pero de repente me di cuenta de que ni siquiera sabía el nombre de la o las mujeres que habitaban aquella casa. También me dije a mí mismo que, después de todo, no era la primera vez que alguien, después de una noche de pasión, no quiere volver a ver a su contrincante. Debía aceptar la derrota deportivamente, aunque reconozco que me marché con una sensación amarga. De hecho, recogí mis cosas rápidamente y ni siquiera le eché un ojo a la casa, a pesar de que parecía interesante (con una amplia biblioteca, multitud de objetos de aspecto antiguo y exótico, y una lámpara de techo con apariencia de añeja). Pero, a pesar de todos estos pensamientos, un incómodo comezón de intriga me ocupaba completamente el espacio situado entre la ropa y la primera capa de piel, y cuando esto ocurre, uno no suele quedarse parado.
                Así que ese día volví a mi casa, dormí un par de horas, y luego me levanté como si llevara encima una resaca de tres días. Para airearme, salí de casa. Y mis pasos me llevaron de manera casi inconsciente a la dirección de aquella tienda de antigüedades. Que fuera fin de semana no me preocupaba. De alguna manera, intuía que iba a estar abierta. No podía imaginarme otra alternativa posible.
                La dirección resultó llevarme a una oscura galería comercial que parecía completamente abandonada, con casi todos los negocios cerrados o directamente en estado de descomposición. Caminé durante varios minutos por lo que parecía un viejo museo de negocios perdidos, con marcas ya obsoletas o eslóganes que estuvieron de moda en épocas más que pretéritas. Si en aquel momento hubiera aparecido un monstruo al otro lado de un oscuro pasillo, lo cierto es que no me hubiera extrañado lo más mínimo. Pero me encontré algo que incluso me impactó más, y era la propia tienda que estaba buscando, aunque abierta.
                No obstante, el que parecía el único habitante de aquel refugio carente de luz y instrumento alguno para limpiar el polvo me rehuyó con la mirada cuando llegué, y corrió (más bien trotó lentamente, como un elefante viejo) a esconderse en lo que adiviné como un escondite de viejos libros, relojes, lámparas de aceite, y objetos de diversa clasificación, como una cucaracha huyendo de la luz para dirigirse a un sótano donde puede entablar comunicación más cómodamente. El dueño de la tienda (o eso supuse que era), un hombre anciano de cabellos grises y un pulcro bigote que parecía encontrarse hablando siempre al cuello de su americana de terciopelo rojo, sostenía una pipa en la mano mientras me literalmente monologaba, y yo sólo podía intuir su rostro a través de los espejos antiguos, pues siempre me daba la espalda.
                -Perdone el hermetismo –indicó él-, pero he de tener cuidado con la gente de la inmobiliaria. Pretenden comprar mi negocio para terminar de derruir esto, por si no se derruye por sí mismo, y transformarlo en un bloque de edificios. Pero yo sigo resistiendo pese a todo, manteniendo este lugar en pie… Aunque, como quería indicarle antes de la digresión, noto perfectamente que usted no es uno de ésos. Me lo dice su mirada, su aire de curiosidad. Usted busca algo, ¿verdad?, y no sabe muy bien cómo podré ayudarle. ¿Me pasa usted esa tarjeta? Ah, claro… Hacía muchísimo tiempo que no veía una de éstas. Hace mucho que dejé de producirlas. Y esto sólo puede provenir de una única persona… Usted viene a verme por ella, ¿verdad? Claro, cómo no. Todo adquiere sentido al final, siempre, si uno se para a esperar un poco. Y eso va por mí pero, sobre todo, también va por usted.
                El hombre se sentó en una amplia mesa, pero que parecía diminuta al hallarse ocupada por altas columnas de libros. Sacó uno de ellos de una de las columnatas y lo abrió, provocando una estampida de (probablemente) una manada de seres invisibles, y también bastante polvo.
                -Perdone también la falta de espacio y el desorden… Los académicos que no nos resignamos a seguir las directrices de la universidad tenemos que refugiarnos en este tipo de atalayas. Claro que no me quejo: en ese antro de desconocimiento hay más polvo que aquí, y además no dejan lugar para la alternativa “no oficial”, para las conclusiones que no obran bajo consenso… Prefiero conservar la independencia en este lugar, y atender de esa manera a cuestiones que uno no puede explorar de acuerdo a las teorías estándares… Como lo que vivió usted anoche, ¿verdad?
                Cerró el libro de improviso, no sin dejar dentro de él un marcapáginas un par de segundos antes, y me miró por encima de sus gafas de anteojos cuadrados:
                -¿Bajo qué forma se le presentó a usted?¿Doncella, madre, bruja?¿En qué momento se obró la transformación?
                Le describí brevemente el intenso encuentro que había tenido lugar aquella noche. Asintió con aire de un buen confidente.
                -Isis, sin duda. La hechichera egipcia, capaz de todos los embrujos. O, más bien, una de sus múltiples manifestaciones. Las representaciones de diosas no son ni mucho menos únicas. Y, en gran medida, se adaptan a lo que el mundo espera de ellas. Como ocurre con todos los dioses, después de todo.
                Supongo que constató mi expresión de incomprensión, así que el hombre prosiguió:
                -No sabe usted la suerte que ha tenido… o la maldición que le ha caído encima, depende de cómo lo mire. La mujer con la que se encontró usted anoche, fue… Bueno, por decirlo brevemente, es, por así decirlo “la mujer”. Espero que capte las comillas que hay alrededor de mi definición. Quizá lo entienda mejor si le hablo desde el punto de vista mitológico. En otro tiempo se la hubiera calificado como hada, una ninfa, una sibila incluso… Ahora, simplemente, en este mundo tecnológico, todas estas ideas son difíciles de clasificar, y por tanto no se clasifican. Lo que debe usted entender es que la mujer que conoció usted anoche, antes de las doce de la noche, no es distinta de la que se abalanzó sobre su cuerpo tan sólo unos minutos después… Es sólo una de las caras con las que se muestra: hoy tiene una, mañana tendrá otra, y así indefinidamente, hasta el fin de los tiempos. Le resultará a usted complicado de creer que un hecho como éste no sea conocido por el gran público, pero es que para este espécimen en concreto, es fácil ocultarse mediante la táctica de hacerse pasar por personas distintas. Tan sólo es posible apercibirse de que todas esas mujeres son la misma persona cuando se pasa mucho tiempo y en estado muy íntimo con ellas –o ella, mejor dicho. De hecho, la primera vez que alguien lo notó, se quedó tan sorprendido con esa individua que le permitió pasar en su palacio mil y una noches seguidas. Supongo que le sonará a usted el nombre de Sherezade…
                >>No, no me mire así, con esa cara de enajenación mental transitoria. Usted mismo lo ha visto, ¿es que otra explicación alternativa le parecería más convincente? Entiendo su confusión, pero entienda usted también que nuestra común amiga, no obstante, es la más perjudicada de todos. Su vida ha transcurrido en un albur caótico y perdido en el que jamás ha podido conservar por mucho tiempo nada, incluyendo hogar, ocupación o amigos. Ahora mismo es más sencillo, porque, gracias a las ventajas de este mundo moderno, puede permanecer toda la vida encerrada en su casa y ser capaz de subsistir a través de relatos sobre su vida por los que cobra para que sean difundidos por Internet… pero ha tenido una existencia muy ajetreada a lo largo de los siglos. Y ya está cansada de la maldición. El mayor problema es que, para superar la misma, la única manera es que alguien permanezca con ella el suficiente tiempo para contemplar… bueno, no diré la totalidad de sus transformaciones, pues son infinitas, pero sí al menos una versión de cada ella. Hay poca gente dispuesta a hacer eso. Y no voy a ser yo precisamente quien se lo recomiende a usted.
                >>Usted tiene pinta de ser un hombre conocedor de la vida y de sus entresijos. ¿Sabe lo que es aguantar a la misma persona, día tras día, en la convivencia de una pareja? Imagínese los cambios de humor, las crisis pasajeras… Y ahora imagíneselo multiplicado por mil, por cada personalidad modificada, por cada versión inestable… Un día será la persona más afable del mundo; otro, un ser de terrible carácter que no le querrá ni ver… Habrá días que roce la ninfomanía, y otras que odie a todos los hombres. Y más todavía por tratarse de una mujer… No me entienda mal, no es un comentario misógino, admiro precisamente la enorme variedad de las mujeres. Pero, precisamente, en este caso, es lo que lo hace más difícil. En el caso de los hombres, el número de tipos humanos es bastante más reducido. Si duda usted lo que digo, no tiene nada más que entrar en un estadio de fútbol. Aún así, dicen también que, si Sherezade (vamos a llamarla así por comodid, ¿quiere?) encontrara a su equivalente en hombre, también viviría en paz. Otros opinan, en cambio, que ambos se matarían. Nadie ha tenido la oportunidad de realizar el experimento para comprobarlo.
                >>En fin, amigo, que usted decide su futuro. Puede usted marcharse y nadie se lo reprocharía: seguro que es lo que ella espera que usted haga. Pero piense también que ella le ha pasado mi dirección, es decir, que, de alguna manera, le ha transmitido usted la suficiente confianza para querer continuar un poquito más. Para alguien tan frágil como ella, es difícil abrirse de esta manera. Y no se crea que por la multiplicidad de variaciones de personalidad y físicas dejará a usted de reconocerle; los más antiguos teólogos ya llegaron a la conclusión de que la mente y el alma son inalterables y únicos, a diferencia de los componentes que los envuelven. Pero al final lo sorprendente no es encontrarse al ejemplar excepcional, como ha hecho usted, sino al individuo que se atreve a no dejarse guiar por el miedo y asomarse a la boca del lobo para averiguar más. Y ahora es cuando nos preguntamos de qué pasta está hecho usted.
                -¿Y tú, en ese momento, qué hiciste?-le pregunté a Rodríguez, obnubilado.
                Rodríguez pareció meditar. Había un profundo peso en sus ojos.
                -Yo me quejaba de que faltaba sorpresa en mi vida… Y precisamente me encuentro con esto. Aunque tal vez sea demasiado…
                Rodríguez no me lo comentó. Pero por su mente pasaban en esos momentos imágenes que creía lejanas. Él duchándose, un día cualquiera por la mañana, escuchar abrirse la puerta del cuarto y pensar que era Sonia que había ido a realizar cualquier acto de aseo. Y entonces se abre la puerta de ducha y, antes de que pueda decir nada, se encuentra con una memorable escena de sexo oral. Echaba de menos que ese tipo de imágenes no pudieran repetirse. Se suponía que “la mujer” podía transformarse en múltiples versiones femeninas posibles. ¿Habría alguna parecida a Sonia, entre todas ellas?
                -¿Sabes?, le he dejado una nota debajo de la puerta –me contestó-. Le he dicho de quedar esta noche en el mismo bar. Quiero ver que es lo que ocurre. Y entonces decidiré.
                Yo me quedé sorprendido. Tanto, que no pude evitar preguntarle a Rodríguez si podía acompañarle y, más adelante, retirarme para contemplarle discretamente. Él esperó fuera del bar, a la puerta. Del callejón, surgió una mujer…
                A pesar de que no se parecía en nada a aquella que yo vi con Rodríguez aquella noche, pude reconocerla en seguida. Giré la vista hacia Rodríguez. Por primera vez en mucho tiempo, adiviné dibujada en su rostro una mirada de expectación.
                Hay a quien le gusta ganar, y hay a quien le gusta el juego. Y cada uno le gusta uno distinto. Creo que Rodríguez había encontrado el suyo.


¿CONTINUARÁ?...

lunes, 1 de diciembre de 2014

La historia real de diciembre: La cruzada de los pobres

Consciente de que en el momento en que se publiquen estas líneas puede haber comenzado otra nueva barbarie en Palestina (cuando las escribo acaba de terminar el penúltimo asalto a Gaza), me meto en una sección de la historia de esta siempre problemática parte del mundo. Mencionar las cruzadas es hablar de muchas cosas: de todo un movimiento demográfico, militar y religioso (incluso comercial) que duró casi dos siglos y del que aún quedan consecuencias en forma de ruinas, herencias culturales o ideológicas, e incluso inestabilidades políticas. Contempladas de distinto modo según qué bando (Amin Maalouf, en su "Las cruzadas vistas por los árabes", relata cómo los musulmanes las interpretaron como un simple y fatal acto de invasión por parte de extranjeros), las cuatro/ocho cruzadas (según cómo las cuentes) que se sucedieron dieron lugar a cambios en la conciencia colectiva medieval en Europa, y sirvieron de inspiración para acciones desesperadas, insensateces varias y leyendas a cada cual más variopinta. De alguna de estas anécdotas hablaremos en otra ocasión, pero hoy toca conversar sobre de primera cruzada de todas, la que, sin embargo, fue más olvidada por el paso de la historia: aquella que fue conocida como la cruzada de los pobres.

Revisemos los hechos: todo surge a raíz de que el dominador del Imperio Bizantino a finales del siglo XI, el emperador Alejo Conmeno, está muy preocupado por los avances de los turcos selyúcidas en la península de Anatolia (hoy dentro de la actual Turquía), y teme por la supervivencia de su imperio (no es para menos. Unos cuatro siglos después, serán otros turcos, esta vez los otomanos, los que invadan su capital y la rebauticen como Estambul en lugar de Constantinopla). Alejo Conmeno le pide ayuda al papa Urbano II, a quien, como estandarte de la cristiandad occidental, le solicita que llame al resto de Europa a luchar contra el común enemigo, y que le mande mercenarios para pelear junto a él. Urbano II seguramente le encuentra utilidad a esta petición por dos razones: en primer lugar, porque la peregrinación de los cristianos europeos a los Santos Lugares (desde hace tiempo en manos de los musulmanes) había sufrido, después de un largo período de tolerancia, algunos problemas en los últimos tiempos (al parecer, los turcos selyúcidas trataban bastante peor a los peregrinos que sus antecesores, los también musulmanes sarracenos), y eso es algo que, como líder principal de la Iglesia de Occidente, no puede permitir. Pero por otro lado, Urbano II soñaba con una Europa en la cual los países individuales no tenían tanta importancia, sino que era el poder cristiano (por supuesto, encabezado por él) el que dirigía la mayor parte de las acciones de los líderes nacionales. Por ello, Urbano II expone la idea en el concilio de Plasencia. Sin embargo, ensimismados por sus luchas internas (que incluían al propio Papa), los gobernantes europeos no le hacen mucho caso. Distinto será unos meses más tarde, en el concilio de Clermont; allí, el Papa Urbano II realiza lo que se convertiría, a posteriori, en uno de los discursos más importantes de todos los tiempos. Con una oratoria -según relatan las crónicas- proverbial, conminó a los religiosos de Francia allí presentes -pero también a los de toda Europa-, a enfrentarse al maléfico enemigo, recuperar Tierra Santa para los cristianos, y prometió perdón de los pecados y total indulgencia divina a todo aquel que participara en la contienda. Los obispos, abades, e incluso señores locales que participaban en el Concilio, enfervorizados, respondieron a la alocución del Papa con un sentido y emocionado: "¡Dios lo quiere!", y corrieron a difundir la noticia por todos los lugares de Europa. El germen de la idea había triunfado, en marcha se había puesto la maquinaria de guerra.

En realidad, este relato tan bonito tiene también sus inexactitudes. En primer lugar, no quedan copias fidedignas del discurso de Urbano II, y todas las transcripciones que se poseen fueron redactadas cuando la Primera Cruzada ya había concluido, con lo cual es fácil pensar que se manipularon según la resolución final de los hechos. Por un lado, parece bastante claro que Urbano II no llamó explícitamente a conquistar Jerusalén, sino solamente a hacer más accesible el lugar a los peregrinos. Y también, parece que muchos de los grandes señores y reyes que fueron convocados a la guerra no lo hicieron solamente por convencimiento cristiano (aunque algo habría) sino también porque la posibilidad de dejar de pelearse por migajas entre ellos y dirigirse a nuevas tierras donde cabía esperarles un suculento botín era algo que les llamaba mucho la atención. No obstante, hay una cosa que es verdad: aunque no fuera la primera vez que se llamaba por parte del Papa a la guerra santa (ya se había hecho contra los normandos en Sicilia y contra los musulmanes en la Reconquista de España), y ni siquiera la primera en que se pedía auxiliar a los bizantinos (Gregorio VII lo intentó tras una dolorosa derrota de estos últimos, con escaso éxito), Urbano II supo pulsar la tecla adecuada en el momento preciso para conmover las preocupaciones y sensibilidades europeas que estaban bullendo en ese momento, y transformar todo el continente en un inmenso martillo que, cargado con la creencia absoluta en la religión, iba a provocar un terremoto en buena parte de Oriente durante mucho tiempo. ¿Y qué era lo que le pasaba por la cabeza a los europeos? Eran tiempos de plagas, de leyendas, de oscurantismos. Alrededor del año 1000 se había generado movimientos por parte de desesperados que creían que iba a llegar el fin del mundo, y aunque aquel momento había pasado, el susto se le había quedado en el cuerpo a muchos, y no les venía nada mal la llegada de una acción que borrara todos sus pecados y les hiciera creer en la salvación divina. Europa estaba lista para saltar, y Urbano II les dio los medios, la oportunidad y un motivo. No necesitaron mucho más.

Claro que preparar una contienda de esas características requería tiempo, equipos, planificación y estrategia. Pero éstos son el tipo de conceptos que la sinrazón y el fervor religioso no entienden. Mientras que los grandes señores se pertrechaban para intentar (como les había incitado el propio Papa) tener lista la expedición para el año siguiente, había una serie de religiosos errantes, predicadores de los caminos, que decían que no había que esperar, sino que ponerse en marcha, rápido, para arrebatar lo antes posible sin mediar trabas la Ciudad Santa de los infieles. Y lo peor es que muchos le hacían caso. Mientras que los grandes reyes europeos partían a los Santos Lugares habiendo repartido previamente su herencia y sus posesiones en caso de muerte -porque no sabían si iban a regresar-, muchos campesinos salieron de su casa así, sin más, inmediatamente, camino de Tierra Santa, cargados de apenas un fardo de comida y un par de herramientas, como si fueran a dar un paseo y por la tarde fueran a volver. "Dios proveerá", pensaron seguramente. No sabemos lo que Dios opinaría, pero seguramente al diablo le pasó por la mente aquel refrán sobre que el infierno está empedrado de buenas intenciones.

Y así esa Cruzada (una turba, más bien) comenzó, liderada por nombres tan extraños como Pedro el Ermitaño y Walter el Indigente, y salió a recorrer los caminos de Europa. Por supuesto, al cabo de poco tiempo se les acabó la comida, pero entonces llegó una idea que les vino bien en el momento preciso. Es decir, ¿había querido el Papa hablar sólo de combatir contra los musulmanes, o se refería en general de actuar contra todos los herejes?¿Para qué iban a recorrer miles de kilómetros en busca de enemigos que nunca habían visto, cuando era mucho más fácil dirigirse contra los también malévolos judíos, que estaban mucho más cerca? Aprovechando que pasaban por diversas localidades de Alemania donde existía una abundante población hebrea, los miembros de la cruzada de los pobres organizaron ataques, disturbios e incluso abiertos "pogromos" contra los judíos de la región, sabiendo que las autoridades locales poco podían hacer contra un ejército, y también que para escapar de las mismas sólo tenían que desplazarse al siguiente pueblo. Fueron quizás los primeros incidentes antisemitas relevantes en Europa (tras algunos antecedentes en el siglo VI y algunos incidentes aislados alrededor del año 1000 y su locura del fin del mundo), y a pesar de que hubo obispos que trataron de defender a los judíos en su territorio, queda constancia de que el propio Pedro el Ermitaño, el líder principal de aquellos hombres de fe y comida hambrientos, practicó la extorsión para conseguir que los judíos alimentaran a sus improvisadas tropas. Curas y monjes, incluso, fueron visto agrediendo físicamente a los judíos. Sin embargo, en el clima de intolerancia de aquellos tiempos -y a pesar de los llamamientos a la paz por parte de los nobles y el propio Papa-, seguro que se vio como algo bueno. Tal vez incluso decían que los pobres cristianos sólo estaban defendiéndose.

Hubo más caos aún cuando entraron en la región de Hungría. Reino cristiano por excelencia, uno de los colaboradores más activos de la cruzada más seria que se estaba preparando aún, vio como una masa indisciplinada de gente entraba en su territorio dispuesta a devorar todo lo que había a su paso. El ejército húngaro trató de permanecer respetuoso frente a los visitantes, pero cuando los cruzados empezaron a provocar desórdenes e incluso matanzas, se mostraron hostiles primero y violentos después. Finalmente, el rey húngaro hizo prometer al noble francés Godofredo de Bouillón (destinado, más adelante, a convertirse en el auténtico héroe de la Primera Cruzada oficial) que aquel grupo de desarrapados se comportarían pacíficamente, y entonces él los escoltaría. Parece que los ánimos se calmaron y así las huestes de Pedro el Ermitaño consiguieron llegar a su siguiente destino, el Imperio Bizantino.

Pero para Alejo Conmeno, el que se suponía que había pedido aquellas tropas, lo sucedido era una burla. Pedía mercenarios para trabajar bajo su bandera, y le traían una banda desorganizada que se alimentaban del territorio que pisaban como una bandada de pirañas, y que se preocupaban mucho por los Santos Lugares y muy poco por Constantinopla. La historia relataría la actitud que tuvo Alejo Conmeno con los primeros cruzados como "un ejemplo de diplomacia", en el caso de unos, o como "una traición absoluta", en el caso de otros. Con la cruzada de los pobres, los miramientos no fueron excesivos: se les prestó barcos para que pudieran cruzar lo antes posible el Bósforo, desembarcaran en Turquía, y de esa manera pudiera librase de ellos. De ahí en adelante, ya no eran su problema.

La cruzada de los pobres logró algunos primeros éxitos en tierras turcas. No obstante, poco tiempo más adelante, poco pudieron hacer. El ejército turco era fuerte y experimentado, y aquella panda de campesinos y monjes fanáticos no sabían ni cuidar su retaguardia. El grueso de la cruzada de los pobres fue masacrado, y muchos de sus líderes (como Walter el Indigente) murieron. El famoso Pedro el Ermitaño consiguió sobrevivir y volver a Constantinopla, donde allí se incorporó a la mucho más preparada "Cruzada de los Príncipes", que se conocería a partir de entonces como Primera Cruzada, seguramente tratando de olvidar que aquella idiotez de expedición anterior había existido. Aquella cruzada tuvo mucho éxito e, inspirada por un concepto novedoso, revolucionario y arrollador que sorprendió a los musulmanes (quienes seguramente tuvieron una impresión muy parecida a la que hemos experimentado nosotros al contemplar movimientos modernos como Al Qaeda o ISIS, o antiguos como el nacimiento del islam o del cristianismo), combatió duramente en Jerusalén y recuperó la ciudad para los suyos. Pedro el Ermitaño (también conocido como Pedro de Amiens) fue reconocido como capellán del ejército victorioso, y no debió acordarse de la paliza que les pegaron en Turquía, pues exigió la muerte de todos los infieles que habitaban en la capital de Palestina, fueran musulmanes o judíos, hombres, mujeres, ancianos o niños. Los hay que no aprenden ni siquiera a fuerza de palos.

Los reinos cristianos en Oriente cosecharon el éxito durante un tiempo, estableciendo relaciones comerciales duraderas y manteniendo posiciones importantes, como San Juan de Acre, Malta, Creta, Tiro, la propia Jerusalén y Rodas. No obstante, tuvo lugar la habitual contraofensiva, y a largo plazo estaba claro que los musulmanes eran más, se encontraban más cerca de sus enclaves más poderosos, y tenían todas las de ganar. Nombres como Saladino y Ricardo Corazón de León se cruzaron en episodios históricos que convivieron con leyendas, y numerosos avances y retrocesos se vivieron en forma de batalla, asedio o negociación. Cuando los cristianos se vieron definitivamente expulsados de Jerusalén, intentaron retornar de todas las maneras posibles -alguna realmente menos un plan formado que meras fantasías-, coincidiendo los momentos de mayor fervor religioso justamente cuanto mayor era el avance turco. Sin embargo, con el tiempo el espíritu cruzado se apagó y se puso fin al intento de llevar a cabo una de las ideas más insensatas (que eso no es lo peor; lo peor es que sean aberrantes y aún así -o precisamente a causa de ello- se encuentren disfrazadas de justicia) de todos los tiempos. De ese tipo de ideas que, sin embargo, convencen a tanta gente que, por la pura fuerza de la fe y la creencia irrcional, pueden estar muy próximas a hacerse realidad. Hasta que, cuando miras abajo, te das cuenta de que no hay suelo bajo tus pies. Como la mayor parte de las ideas que convencen a un gran número de humanos. Somos así. Y eso no hay religión ni razón que pueda curarlo. Cada hombre tiene una cruzada consigo: escoged una justa, y planeadla con cabeza. Un saludo.