martes, 1 de mayo de 2018

Los libros y la historia real de mayo: cinco visiones literarias (y otras tantas artísticas) sobre el 2 de mayo

Llega la efeméride del 2 de mayo, en la cual se conmemora el levantamiento de la población madrileña contra las tropas napoleónicas en 1808, y vuelven con la precisión de un reloj los homenajes y comentarios políticos (la mayor parte oportunistas) al respecto. Coincide también con una época en la que he tenido la ocasión de documentarme a fondo sobre los sucesos que acontecieron aquel día, incapaz todavía de asimilar que buena parte de las esquinas y portales que pueden pasearse por el centro de las calles de la capital fueran testigos de una feroz conflagración, y que no hace falta irse a Austerlitz o a Waterloo para contemplar en vivo y en directo el escenario de campo de batalla. No obstante, y a pesar de haber muchos (y sin duda muy exhaustivos) textos históricos sobre esta jornada, no son tantas las referencias -para lo que implicó el hecho- desde el punto de vista del amante de la literatura. Para aquel intrigado que quiera conocer más acerca de aquella jornada y de lo que se ha escrito por parte de escritores españoles sobre ella, ofrezco unas cuantas recomendaciones que quizás puedan ser de utilidad:

-"Cartas de España" ("Letters from Spain", aunque yo lo traduciría como "Cartas desde España"), de Blanco White: José María Blanco White, nacido como Blanco Crespo, era un español de ascendencia irlandesa, ilustrado, anglófilo y crítico con la España de su tiempo (en particular de la arcaica sumisión de individuos e instituciones a la iglesia católica), quien acabó refugiado en Inglaterra -sus opiniones demasiado independientes siempre acababan resultando, tarde o temprano, incómodas para las autoridades de cualquier nación-, donde escribió unas "Cartas de España" que reflejaban muchas cuestiones sociales, políticas y culturales de su país nacimiento, incluyendo uno de los pocos relatos en primera persona -por parte de un escritor- de los acontecimientos del 2 de mayo. En realidad Blanco White no puede narrar mucho, pues, inconcebible para él la noticia de que un batallón militar francés había tiroteado en masa al gentío español en la Plaza de Oriente (fue la respuesta francesa al ataque a varios soldados franceses perpetrado por unos pocos exaltados españoles; a partir de entonces, sin embargo, aquella matanza dio pie a la insurreción), el escritor hispano-irlandés salió para comprobar qué había pasado, y al ver con sus propios ojos que una columna de soldados extranjeros se desplazaba ocupando toda una calle con el objeto de disparar a quien se asomara, marchó corriendo a su casa como alma que llevaba el diablo, de donde no salió hasta que se tranquilizó la cosa, lo justo para dar una vuelta y poder vislumbrar el cadáver del héroe del día Luis Daoíz (el capitán al mando del parque de artillería de Monteleón, el único donde las tropas militares españolas opusieron resistencia a los franceses) cerca de la casa que este último tenía cerca de la hoy Plaza del Callao. Sin embargo, a pesar de lo sesgado del testimonio Blanco White, resulta muy útil en el sentido de que es una de las visiones más accesibles que tenemos de alguien que vivió el fenómeno desde dentro.

-"El 19 de marzo y el 2 de mayo": forma parte de uno de los Episodios Nacionales de Galdós, donde estos acontecimientos cruciales no podían faltar dentro de la crónica que el canario afincado en Madrid realizó sobre buena parte de la historia española. Galdós se inventa una narración que le cuadra de manera idónea para que el protagonista de nuestra historia se halle presente tanto en los acontecimientos del 19 de marzo en Aranjuez (donde, durante el famoso motín, los partidarios del rey Fernando VII asaltan la casa del valido Godoy) como en los del 2 de mayo en Madrid, adonde hemos seguido a nuestro particular héroe para intentar evitar que su amada -por la que nos pasamos angustiados buena parte de la narrativa- se case contra su voluntad con un viejo avaro y mezquino. El problema es que el 2 de mayo acaba envolviéndolos a todos, y aquí Galdós también refleja una visión parcial (al depender del punto de vista de un solo protagonista) pero muy representativa de lo que debió de ser aquella jornada, enfocando los sangrientos enfrentamientos que tuvieron lugar a lo largo de unos pocos pero muy furibundos bloques de la calle Mayor, en callejones, azoteas, balcones y casas particulares. Seguiremos de hecho al personaje principal hasta el 3 de mayo y sus fusilamientos, momento en el que el por el común realista Galdós se pone el traje romántico y nos dejará vibrando y estremeciéndonos hasta el final.

-Hace algunos años, coincidiendo con los fastos del centenario del 2 de mayo, la publicación de un libro, "1808, el 2 de mayo, tres miradas", lamentablemente prologado por la inefable Esperanza Aguirre -ya decimos que, en este tipo de ocasiones, casi todas las declaraciones de políticos son oportunistas- trataba de agrupar los textos literarios en torno a esta conmemoración, y como no hay demasiados, junto a la sección de las "Cartas de España" de Blanco White que tratan sobre el tema y el Episodio Nacional de Galdós, se incluía "El siglo de las luces" de Alejo Carpentier, que en su día comentamos. Precursor del realismo mágico (modificó completamente la composición de "Cien años de soledad" cuando García Márquez lo leyó), de hondas profundidades de vocabulario y una complejidad estructural como la de una catedral gótica, el libro trata en su inmensa mayoría de las consecuencias de la Revolución Francesa en la zona del Caribe, pasando por la Francia revolucionaria y, en un breve apartado durante un colosal cierre de círculo, con el 2 de mayo español. No es mucho (apenas ocupará unas pocas páginas del extenso libro) pero, procediendo de la magistral prosa de Carpentier, causa una prodigiosa impresión, viene muy a cuento y refleja, como en el texto de Galdós, cómo todas las historias individuales que se desarrollaban aquel día, cada una a su manera, fueron interrumpidas de manera súbita, independientemente de su origen, por la fuerza de los acontecimientos: alterando para siempre sueños, anhelos, posibilidades y cualquier otro posible final.

-"Un día de cólera", de Arturo Pérez Reverte. Es sin duda el intento más sistemático, minucioso y (al menos, desde la perspectiva del lector aficionado) rigurosamente documentado en detallar lo que aconteció en cada esquina, por parte de cada individuo que participó en la lucha. Al menos, de los que ha quedado constancia histórica, dentro de la evidente imposibilidad de registrar la verdad absoluta después de tan colosal maremágnum (como ocurre, por ejemplo, con las distintas versiones de la muerte de Manuela Malasaña). El escritor cartagenero se enfunda el mono de periodista de guerra y bucea en las fuentes para encontrar las historias personales (con nombre, profesión, edad, estado civil) de los que vivieron y murieron aquel acontecimiento, dentro de las cuales encontramos auténticas maravillas -flechazos de amor, resurrecciones casi milagrosas, monjas lanzando estampitas a los soldados españoles, mozas guerreras, inéditas escenas de solidaridad, una mujer cantando una copla en mitad de un combate- que sólo pueden pasar en la guerra, y que sólo podrían ocurrir en España. Mi consejo es leer este libro con un mapa al lado (incluso aunque la geografía de Madrid haya cambiado , en parte influida por los acontecimientos de aquel mayo), para seguir las evoluciones por las calles de los distintos estamentos sociales, culturales y profesionales que sufrieron el impacto de los hechos, y de cómo éstos (de manera muy diversa, en buena parte en función de su decisión individual) los afrontaron. La obra de Reverte deja, como él mismo advierte, muy poco resquicio a la imaginación, salvo para aprovechar algunas reflexiones de los protagonistas acerca de las diversidad de motivaciones planteadas (palpable la brecha entre ilustrados, dirigentes y clases populares), y también sobre la negra dicotomía a la que se enfrentaba e esos momentos España. En definitiva, un buen texto para plantearse uno su propia ruta (aunque siempre pueda contratarse) sobre los lugares que aquel día hicieron historia en Madrid.

-"1808 Madrid". Novela gráfica, elaborada por Juan Aguilera y Julián Olivares, llevada a término gracias al crowfunding, que, si no aporta gran detalle histórico comparado con los relatos arriba mencionados, sí resulta un diáfano reflejo en imágenes de lo que debieron de constituir aquellos días. Una somera y sencilla introducción que puede servir de preámbulo a otro tipo de publicaciones de mayor calado sobre este asunto.
Una página de "1808 Madrid".

No podíamos cerrar este post sin la visión pictórica, elaborada por algunos de los pintores nacionales más relevantes de aquel tiempo y épocas posteriores. Entre otros, destacamos:

La carga de los mamelucos, de Francisco de Goya. Refleja uno de los momentos más agobiantes, en las que una carga de mamelucos egipcios bajo mando francés bajaba por la carretera de San Jerónimo para desembocar a la Plaza de Sol, donde tenía lugar un choque brutal entre militares napoleónicos y ciudadanos españoles, los cuales, a navajazos, degollando a los jinetes o rajando las tripas de las bestias -tras entrecruzarse entre las piernas de los caballos-, montaron auténticos estragos que obligaban a la caballería a refugiarse hacia la calle Alcalá. Sin embargo, la carga de mamelucos no cesaba, por lo que, a pesar del altísimo número de pérdidas francesas (no se lo esperaban, nunca el ejército imperial había sufrido tanto: fue el primer anuncio de su eclipse), al final fueron barridos los españoles, quedando la plaza del Sol sembrada de cadáveres. Entre los fallecidos, del jefe de los mamelucos y héroe de Austerlitz Mustafá, pasado a cuchillo entre un par de paisanos españoles.


Defensa del parque de artillería de Monteleón, por Joaquín Sorolla. Dicho parque de artillería era prácticamente el único donde, merced a movimientos previos por parte de unos cuantos oficiales locales que planeaban una revuelta contra los soldados franceses (quienes, lejos de actuar como supuestos colaboradores, se comportaban como un ejército invasor en un país ocupado), se almacenaba armas a disposición de los militares españoles, pues había orden de que estos últimos no tuvieran munición para así prevenir posibles revueltas. El hombre a cargo del parque, por pura cuestión de azar, era el templado capitán Luis Daoíz, a quien el capitán Pedro Velarde (firme defensor de la acción armada, mientras que su amigo Daoíz, aún partidario de hacer algo, era bastante más escéptico) convenció a pesar de sus dudas para entregar armas a la población madrileña -algún otro cuartel lo hizo, aunque en menor cantidad- y, sobre todo, organizar la defensa en torno al parque de artillería, donde, con unos pocos militares y muchos indisciplinados pero atrevidos civiles a su cargo, Daoíz y sus camaradas consiguieron, frente al ejército más poderoso del mundo, detener a los franceses durante buena parte del tiempo, sangrarles a bajas, e incluso hacer centenas de prisioneros, pero no logró su objetivo principal (aunque muchos defensores ya intuían que utópico), que era incitar al resto de los militares de la capital a la revuelta. Pese a todo, los hechos de 2 de mayo sí consiguieron prender esa mecha, en los días siguientes, en el resto de los lugares de España, iniciándose "de facto" la guerra de independencia. Daoíz y Velarde murieron en el sitio, y hoy de ese parque sólo queda la puerta principal, bajo la cual se aposentó uno de los cañones. Esa puerta forma hoy el arco monumental más destacado del área que quedó después, rebautizada como "Plaza del 2 de mayo", y que hoy contiene las estatuas de Daoíz y Velarde en el que momento en que juran resistir hasta el final. Las calles que desembocan en la plaza marcan el camino que siguieron, durante el continuo hostigamiento al parque de artillería, las huestes de infantería francesa.


Malasaña y su hija batiéndose contra los franceses, de Eugenio Álvarez Dumont. No es Sarajevo ni Bagdag, es Madrid, en un combate sangriento, calle a calle, plaza a plaza. Como hemos dicho antes, sobre el final de Manuela Malasaña (joven madrileña de 17 años que falleció aquel día) hay controversia. Unos dicen que ella se encargaba de llevarle cartuchos a su padre, combatiente en aquella jornada en los alrededores de Monteleón, y que la mató un disparo francés. Otros, en cambio, que ella volvía del taller de bordado donde trabajaba y, tras ser asaltada por una patrulla francesa, éstos encontraron sus tijeras de costura (con las cuales, según cierta versión, trató de defenderse), motivo más que suficiente según las ordenanzas francesas para acusarla de portar armas, y por ello la ejecutaron. En todo caso, el deceso de aquella joven muchacha, conocida y apreciada en el barrio, motivó que el nombre de este último, el de Maravillas (donde se alojaba el parque de Monteleón), acabara modificándose hasta convertirse en el hoy vanguardista barrio de Malasaña.

Los fusilamientos del 3 de mayo, de Francisco de Goya. Joachim Murat, el hombre de Napoleón en España, no escarmentaba, y siguió en sus trece: si la matanza masiva en la plaza de Oriente (planeada en cuanto hubiera una excusa, con el fin de domeñar a la población, como ya había logrado el ejército francés con éxito con descargas similares en El Cairo y otras ciudades) sólo tuvo como fruto alentar más rabia e insurgencia, el aspirante a ser investido rey de España pretendió que la represión ante la revuelta española fuera ejemplar, y en la madrugada del 2 al 3 de mayo se fusiló, y mucho, dentro de la Iglesia del Buen Suceso (entonces enclavada en la zona oriental de la plaza del Sol), en el Paseo del Prado (justo donde hoy se levanta el mayor monumento a los caídos del 2 de mayo, y donde reposan los restos de Daoíz y Velarde), y también en la montaña del Príncipe Pío, no muy lejos del Cementerio de la Florida donde acabaron los restos de varios de los fusilados (una placa, y unos azulejos con el cuadro de Goya decoran el sitio), y también a poca distancia de la Ermita de San Antonio de la Florida donde hoy descansan los huesos del genial sordo aragonés. Hay muchas dudas sobre si Goya observó en directo los fusilamientos, si lo hizo de cerca o con un catalejo, si se pasó a posteriori por el lugar para observar los cadáveres o si permaneció todo el rato en su casa, sitauda en las proximidades de la Puerta del Sol. Lo que sí se que se conoce es el drama personal que vivió a causa de la contienda posterior, reflejada en sus "Desastres de la guerra", y la lucha interior que le desgarraba: entre una Francia ilustrada a la que el pintor desearía que España se pareciera más (pero que, contrariamente a sus deseos, trataba con violencia e injusticia irracionales a la nación sometida), y su propio país, ignorante y testarudo, condenado bajo el yugo de una Inquisición anacrónica (excelentemente reflejada por Milos Forman en la estupenda "Los fantasmas de Goya", ambientada en esta misma época) y una anquilosada monarquía reaccionaria. Goya pintó muchos y muy estremecedores cuadros sobre la guerra y la situación de España en aquel tiempo, pero para mí es muy representativo "El coloso" (ahora en duda su autoría real), donde el gigante de la guerra lo arrasa todo y sólo un borrico (en representación de la estulticia, en concreto la de los Borbones) es el único que no huye ante la que se avecina. La pregunta que se hacía Goya (y la que se hace Reverte en boca de Daoíz) era si el sacrificio de los héroes del 2 de mayo merecía la pena por la España tan necia que les había tocado vivir, en la cual, más adelante, Fernando VII condenaría a muerte a muchos de los que -en aquel levantamiento y en los siguientes, en todos los puntos de España- pelearon en su nombre. Insistía el Ministerio del Tiempo en esa frase del "Cantar del Mío Cid" que tan bien refleja esta patria nuestra: "qué buen vasallo sería, si tuviera buen señor". Una revuelta popular en la que aún andamos imbricados.

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