lunes, 8 de abril de 2013

La historia real de abril. Parásitos del alma.

De primeras, ya advierto: esta sección contiene conceptos e imágenes que pueden resultar desagradables. Hipocondríacos y mentes sensibles, abstenerse.

Muchas veces nos parece que nuestra personalidad es característica de nosotros mismos, y por tanto inherente e imposible de separar de nuestro más íntimo ser. Sin embargo, siempre me he preguntado qué ocurriría si a una persona se le diera la oportunidad de volver a nacer de nuevo, en otro lugar distinto del mundo: seguramente, su piel tendría distinto color por la mayor o menor influencia del sol o por distinto trabajo. Seguramente, su forma de llevar el pelo sería diferente. Más que probablemente, su personalidad se hubiera visto alterada por las distintas circunstancias que ha vivido. Y así hasta hacerlo irreconocible. Al mismo tiempo, parte de estas circunstancias se ven también motivadas por nuestra salud. Un caso histórico muy conocido es el de Enrique VIII, que sufrió un accidente que le lastimó la pierna, impidiéndole montar a caballo, cazar y otras muchas diversiones regias, lo cual le hizo engordar y le agrió el carácter,  factor que sin duda contribuyó a que (aparte de otras circunstancias -históricas, políticas y personales-) tuviera la natural tendencia a cortar la cabeza de su actual mujer para a continuación casarse con otra. También se atribuido el comportamiento caótico de algunos gobernantes (como Iván el Terrible) a las consecuencias mentales de una sífilis no tratada, o a los propios tratamientos contra la sífilis. Sobre el faraón Akenatón -padre del futuro Tutankamón e instaurador durante una breve época de una religión monoteísta-, se ha defendido que la presencia de un síndrome de Marfan no diagnosticado (una enfermedad benigna hasta edades relativamente tardías, que provoca un perfil físico muy particular, con caras alargadas y dedos largos e hiperflexbiles) podría haberle hecho sentir diferente del resto de los seres humanos y hubiera favorecido ese cambio religioso tan radical que originó en el antiguo Egipto, cuando Akenatón creó un dios único cuya excepcionalidad se encontraba seguramente más acorde con la singularidad de los rasgos del gobernante. Pero a veces, todos estos cambios son sutiles, más difíciles de distinguir. Desde la persona que evita las escaleras porque tiene un problema imperceptible de visión que le dificulta manejarse ellas, hasta los que duermen con almohadas más duras porque su baja tensión les provoca grandes dolores de cabeza cuando se levantan bruscamente de la cama, pasando por aquellos cuya personalidad se modifica por una tendencia a la obesidad como consecuencia de un ligero problema metabólico, lo cual provoca que los chicos le llamen "gordito" en el colegio. En la naturaleza, incluso, están ampliamente descritos una serie de parásitos que son incluso capaces de modificar el comportamiento de sus víctimas para su conveniencia, y de los que hablaremos en alguna otra ocasión. Hoy, en cambio, trataremos acerca de dos parásitos humanos que también han modificado el comportamiento de nuestro especie: uno en lo cultural, y el otro, en lo personal de cada individuo.

Empecemos por el Dracunculus medinensis. Este parásito habita sobre todo en zonas acuáticas de África, India y Oriente Medio, y por tanto suele afectar a trabajadores que pasan mucho tiempo en el agua y, sin pretenderlo, se tragan las larvas (las cuales, a su vez, se hallan contenidas en un diminuto crustáceo, pero de esto olvidaros, porque para lo que nos ocupan es como si estuvieran sueltas). Éstas abandonan el intenstino y marchan al tejido celular subcutáneo -o sea, la capita de grasa justo debajo de la piel que todos tenemos-, donde se convierten en adultas y copulan. Es entonces cuando la hembra se dirige hacia las zonas de la piel más expuestas al exterior, y en particular brazos, piernas o abdomen. Hay que aclarar que las hembras pueden tener una considerable longitud, de tal manera que los afectados pueden ver a un gusano de más de medio metro reptando bajo su piel. Finalmente, la hembra sale al exterior por uno de sus extremos, provocando una úlcera en la piel que duele, pica y quema, lo cual suele provocar que el paciente se introduzca el agua (ideal para el parásito, que busca liberar sus huevos allí). El gusano se queda colgando de la piel, con un extremo fuera y el otro dentro, algo que, como os podéis imaginar, suele producir una impresión bastante desagradable. Lo malo de todo esto es que quitarse el gusano de encima no es tan fácil como simplemente cortarlo o tirar de él: el problema de este tipo de parásitos es que, cuando liberan el contenido de su cuerpo a la sangre, inducen una reacción muy parecida a las alérgicas que, en circunstancias extremas, puede provocar la muerte. Por ello, para acabar con el parásito, lo que suelen hacer los habitantes de estas regiones es coger un palito muy fino e ir enrollando el extremo saliente del gusano en él, hasta finalmente, y tras mucho tiempo de cuidadosa extracción, sacarlo por completo del cuerpo, como podéis ver en esta fotografía.




Lo curioso es que este tipo de tratamiento ha influido en nuestra cultura de tal manera que ha inspirado las leyendas cerca del origen de la medicina. Si recordáis, el símbolo de la medicina es una serpiente que se enrosca alrededor de una vara. En la Biblia, Moisés crea el símbolo de una serpiente alrededor de un bastón para librarse de una plaga de serpientes que asola al pueblo de Israel, y se cree que este mito puede provenir del bastoncito que se emplea para sacar al Dracunculus. También en la mitología griega, las serpientes tienen una gran importancia, pues se las dejaba reptar libremente (cuenta la leyenda) por el templo del fundador de la medicina Asclepio, esperando que inspirara los sueños de sus pacientes a la hora de proponerles remedios para su curación. Por cierto, hablando de curaciones, la OMS ha dicho que va a intentar que el 2014 sea el último de este parásito sobre la faz de la tierra, a fuerza sobre todo de evitar que la gente beba de aguas contaminadas mediante la prevención y filtros adecuados. El anuncio es muy bonito, pero dado que llevan intentando lo mismo desde 1995, yo no perdería la esperanza, aunque sí que andaría precavido sobre el tema. Sin embargo, según la OMS, ahora sí que sí toca (sería la segunda especie que nos infecta que queda erradicada del planeta a lo largo de la historia, después de la viruela), y los números parecen indicar que, como ha dicho Bill Gates a propósito del tema, ahora sí hay una voluntad política para realmente hacerlo.

El segundo parásito del que hablamos hoy es el Toxoplasma gondii, causante de la enfermedad denominado toxoplasmosis. Esta especie debe su supervivencia, entre otras, a tener una amplia variedad de hospedadores, pero dos son los más importantes para el hombre: el gato y el ganado vacuno. Infectarse a través de los gatos es muy complicado, pues son animales muy limpios y requiere básicamente manipular sin precaución las deposiciones de los felinos (sin embargo, embarazadas, abstenerse, porque la toxoplasmosis para el feto es bastante perjudicial). Por tanto, la forma más común de infección es ingiriendo carne poco cocinada de ternera, pero, en general, el toxoplasma es un parásito capaz de ser controlado por nuestro sistema inmune, con lo cual no causa síntomas a no ser que nos encontremos inmunodeprimidos (una vez más, embarazadas, por si acaso, abstenerse), situación que se ha producido de manera relativamente frecuente en nuestro medio en los últimos años  como consecuencia del SIDA o de poblaciones inmigrantes con más bajo nivel de vida y peor sistema inmune. El toxoplasma, cuando se desarrolla, produce unos quistes en el cerebro que pueden llegar a ser fatales pero, como decimos, en sujetos con un buen sistema inmunológico no se producen aparentemente daños, de tal manera que, en determinadas poblaciones que consumen una alta cantidad de carne poco cocinada (el ejemplo más claro, los parisinos, con su adorado steak tartare) se puede encontrar hasta un 80% de individuos infectados por el Toxoplasma, todo esto, como hemos dicho, sin síntomas... al menos aparentemente.

Y es que, cuando uno empieza a hacer estudios en grandes poblaciones, surgen tendencias. Por poner un ejemplo, los ratones infectados por el toxoplasma empiezan a perder su miedo natural a los gatos e incluso se sienten atraídos por ellos (lo cual es muy útil para el toxoplasma, para continuar con la infección en otro hospedador). Y en los seres humanos, aunque sólo en ciertos individuos (estaríamos hablando de estadísticas en grandes grupos de poblaciones) se ha descrito una mayor frecuencia de esquizofrenia. Pero en sujetos sanos, también se ha visto que hay mayor porcentaje -en las personas infectadas por Toxoplasma- de individuos inseguros y dubitativos. El toxoplasma podría provocar más neurosis (de hecho, según ciertos investigadores, explicaría en parte por qué los franceses serían más neuróticos -según dicen las estadísticas- que los australianos), y también un mayor índice de suicidios. Las diferencias irían incluso por sexos: los hombres infestados tienden a tener más accidentes de tráfico, mientras que las mujeres, en cambio, parecen poseer una inteligencia más despierta que sus compañeras sanas, pero también, por contra, más tendencia a sentirse culpables.

¿Puede, por tanto, el Toxoplasma inducir al suicidio? Es aventurado decirlo. En este tipo de asuntos influyen una amplia variedad de circunstancias, desde factores genéticos hasta socioeconómicos, ambientales, climáticos. Un tipo con Toxoplasma no se va a suicidar porque sí, pero, en el caso de que viva unas condiciones que faciliten que esa idea pase por su cabeza, el Toxoplasma puede darle un pequeño empujón a favor de esta dramática vía. Esto no revela un determinismo absoluto sobre las decisiones humanas, pero sí que somos menos libres de lo que aparentemente creemos. Y que, tal vez, tratar estos factores subyacentes puede contribuir, a la larga, a disminuir nuestra infelicidad o el número de intentos autolíticos.

La vida son nuestros genes, nuestro entorno, nuestras células... y, a veces, pequeños invitados no esperados.

P.D. Como aderezo, os muestro un video que preparé para el concurso de monólogos científicos FAMELAB y donde, mal que bien, describo el ciclo biológico del Dracunculus medinensis, así como su relación con los símbolos de la medicina. Digo mal que bien porque no les ha gustado lo suficiente para ser seleccionado (quizás el hecho de que este escritor no sea el mejor orador del mundo para tiempos absolutamente medidos haya contribuido) aunque, por contra, esto tiene la ventaja en que os lo puedo mostrar ahora, unos pocos días de que se haya conmemorado el Día Internacional de la Salud. Como veréis, no hay grandes efectos especiales: una bolsa de farmacia, una serpentina y un bolígrafo. Pero ya es más de lo que se usa en la realidad. Un saludo.


1 comentario:

  1. Eso sí, aquí tenéis el ganador y algún monólogo más. Muy logrados: http://gaussianos.com/eduardo-saenz-de-cabezon-ganador-de-famelab-espana-2013/?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+gaussianos+%28Gaussianos%29

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