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lunes, 19 de enero de 2026

La historia real de enero: los náufragos olvidados de Tromelin

Es posible que hayáis leído esta historia en más de un sitio, como me ha ocurrido a mí, pues el relato de cómo sesenta esclavos africanos son abandonados en una isla desierta sin apenas recursos ni agua potable durante quince años es como para conmover a cualquiera. Pero cada una de esas narraciones carece de una parte interesante de la crónica completa, así que he decidido plasmar la versión que considero más completa por aquí, en un blog que, al fin y al cabo, es sobre todo para divertirnos, aunque sea mediante un acontecimiento tan ominoso.

Ubicación de la isla de Tromelin (según Google Maps).

Nuestra historia tiene lugar en la isla de Tromelin, que pertenece al grupo denominado "las islas dispersas del Oceano Índico", un grupo de islas en su mayoría deshabitadas (Tromelin es la excepción) situadas entre Madagascar y África que, aún hoy, pertenecen a Francia. Tromelín -la cual, en concreto, está situada al este de Madagascar- es bastante pequeña: el tamaño es de alrededor de 1700 metros de largo (algunas fuentes lo amplían a 4 km; de todos modos, ya sabéis que es fácil que la extensión de estas islas cambie según los ciclos de marea) por 700 de ancho. Durante mucho tiempo estuvo poblada principalmente por meteorólogos, pero ahora sólo existe una guarnición de 15 soldados que la protegen. Eso sí, en la época que nos ocupa no habitaba nadie allí, y de hecho, ni siquiera se llamaba Tromelín, sino Île des Sables (isla de arena) porque, bueno, allí no hay mucho más, la verdad. Y ése iba a ser uno de los grandes problemas.

Isla de Tromelin. Fotografía de la NASA, extraída de Wikicommons.

En 1760, parte del puerto de Bayona (Francia) el barco L'Utile, que debía dirigirse a las factorías francesas en la India, previo paso por la isla Mauricio y, antes por Madagascar, con una tripulación de 142 hombres. Pero, en esta última isla, el capitán Jean de la Fargue decide hacer un negocio adicional y comprar 160 esclavos. El problema no es que adquiriera esclavos (porque en aquella época, estaba permitido en buena parte del mundo), sino que en Francia éste era un negocio que era monopolio del estado, así que, propiamente, aquel acto era ilegal, ya que carecían de los permisos apropiados. Por eso, para que no les detecten, el capitán decide ir por una ruta alternativa a la tradicional: la tragedia reside en que tenían dos cartas marítimas contradictorias, hacía mal tiempo (era invierno en ese hemisferio), y la navegación nocturna en aquella era no era una ciencia exacta, así que acabaron embarrancando con los arrecifes de Tromelin y el barco se fue a pique.

En un primer momento, la mayoría sobrevive. Las cifras de las distintas fuentes varían (entre 0 y 20 fallecidos en la tripulación, entre 70 y 100 entre los africanos), pero la clave aquí fue que, como el L'Utile no era un barco de esclavos, éstos no iban encadenados, y los que no estaban encerrados en la bodega pudieron nadar hacia la orilla. Claro que cabría preguntarse quiénes lo iban a pasar peor.

Como consecuencia del naufragio, el capitán pierde la cabeza, y es el segundo de a bordo, Barthelemy Castellan du Vernet, quien se hace cargo de la organización para la supervivencia. Sacan todo lo que pueden del barco hundido (comida y agua, velas, madera del propio navío) y crean dos campamentos -uno para la tripulación y otro para los esclavos, que para todo hay clases-, una fragua, un horno y un pozo. Es sorprendente que los africanos colaboren activamente en todas estas labores, a pesar de que los suministros los gestiona la tripulación, mientras que los esclavos se tienen que buscar la vida (de hecho, parece que 20 de ellos murieron por falta de agua). Entre todos, sobreviven comiendo tortugas, aves marinas y pescado. Además, construyen un barco para salir de allí; lo terminarán en septiembre de 1761, lo bautizarán como Providencia, y en él se embarcarán los miembros de la tripulación, dejando a unos 60 esclavos de origen malgache abandonados a su suerte. Eso sí, les prometen que van a regresar para salvarles; la gran motivación que encontró Castellan para que los africanos trabajaran en la construcción del bajel fue ese juramento, y también que les firmaba un escrito que les liberaba de la esclavitud cuando volvieran a tierra. Queda a vuestro parecer imaginaros la cara de esos esclavos, y si reflejaban escepticismo ante la posibilidad de cumplimiento de esa promesa.

Cuando llegan a Mauricio (entonces llamada "Isla de Francia"), es verdad que la tripulación le pide al gobernador de la isla que mande un barco de rescate, pero éste se niega por tres motivos: 1) le había molestado mucho que compraran esclavos de manera ilegal, y quería castigar a los marineros de L'Utile -fastidiando con ello a los náufragos malgaches: todo un clásico-; 2) adujo que estaban en medio de la Guerra de los Siete Años con Inglaterra, que no podía prescindir de un barco en un momento como aquel, y que, si rescataba a los africanos, eso suponía 60 bocas más que alimentar en tiempo de guerra; 3) aunque no lo dijo abiertamente, el hecho de que fueran africanos negros algo debió de pesar. Castellan insistió activamente en que debían mandar un barco, e incluso parece que trató de organizar varias expediciones de rescate, pero ninguna de ellas fructificó (según una fuente, llegó a mandar hasta tres barcos, pero las cartas náuticas eran tan malas que nunca conseguían localizar la isla). Al final, Castellan marchó a París, donde siguió insistiendo en su petición, lo cual generó cierto debate entre los círculos intelectuales de la capital. No obstante, las preocupaciones de la Guerra de los Siete Años (y el hecho de que quebrara la Compañía Francesa de las Indias Orientales, propietaria de L'Utile) hicieron que los franceses se olvidaran de esos pobres individuos perdidos en una isla situada a 450 km de la tierra habitada más próxima. Prácticamente todos les dieron por muertos; pero los más afortunados (es un decir) sobrevivieron allí hasta 15 años.

En la isla, como hemos dicho, no había prácticamente nada: de hecho, sólo crecían 2 ó 3 árboles (palmeras y cocoteros) y unos cuantos arbustos. Pero entre eso y la madera que les quedaba del barco, los esclavos construyeron una hoguera se mantuvo encendida de manera ininterrumpida todo el tiempo que estuvieron allí -aunque las evidencias arqueológicas dicen que utilizaron herramientas para reavivarlo-. Emplearon elementos de cobre del barco para construir recipientes con los que recoger el agua de lluvia; y entre los corales y las piedras de la arena crearon refugios en los que protegerse de las inclemencias del tiempo y los ciclones, o de las inundaciones que podían llegar a cubrir toda la isla. Hay que decir que estos malgaches eran de la parte central de la isla de Madagascar, así que no eran precisamente duchos en el arte de sobrevivir mediante recursos costeros: pero cazaron tortugas, aves y pescado para alimentarse, trenzaron plumas de pájaros para vestirse, e incluso renunciaron a sus principios religiosos (que les impedían usar piedras para ninguna otra cosa que no fueran tumbas) porque, cuando se trata de sobrevivir, hay que mostrar cierta flexibilidad. Algunos intentaron construir balsas o incluso se dejaron llevar por maderos a la deriva: ya os podéis figurar cuál fue su destino.

Entre tanto, tres fueron las veces que pasaron navíos cerca de la isla. La primera, un barco que pasó en 1773, los avistó, pero no se detuvo, aunque avisó a las autoridades de que allí había gente, así que enviaron un buque que por lo visto no llegó a a isla, y no se hizo mucho más. Más de un año después, se fletó un segundo barco, La Sauterelle, que no pudo aproximarse tampoco a Tromelin por el mal estado de la mar, pero mandó un marino en un bote. El bote quedó destrozado por las olas, y aunque el marinero logró llegar a la isla a nado, La Sauterelle fue definitivamente incapaz de acercarse, con lo cual la isla contaba ahora con un náufrago más. No sabemos cuánta gente quedaba por allí todavía (por lo visto, la mayoría de los esclavos murieron durante los primeros meses), pero el marinero consiguió que le ayudaran a construir una balsa, y él, junto con otros tres hombres y mujeres, partió a la mar. Sorprendentemente, parece que el barco llegó hasta Mauricio, lo que causó gran sensación, e hizo que se fletara con toda la rapidez posible un barco de guerra para el rescate definitivo.

Al mando de este barco, La Dauphine, iba Bernard Boudin de Tromelin (a partir de entonces, la isla lleva su nombre), que encontró a los supervivientes: aunque la fuente más completa dice que fueron hasta 14, la mayoría dicen que eran 8, 7 de ellas mujeres, y un bebé de 8 meses nacido en la isla, el único en toda su historia. Se les llevó a Mauricio, donde el nuevo gobernador decretó su libertad y les dio la posibilidad de regresar a Madagascar, que todas las supervivientes declinaron. Además, el gobernador, Jacques Maillart, adoptó al bebé, al que puso de nombre Jacques Moyse (por Moisés, "rescatado de entre las aguas"); a la madre del mismo -llamada en malgache Semiavou, "alguien que no está orgulloso"- le cambió el nombre a Eva; y a la abuela, Dauphine, por el nombre del barco de rescate. Toda la familia fue acogida en casa de Maillart durante el resto de sus vidas.

El caso de Tromelin tuvo sus consecuencias. El pensador Nicolás de Condorcet utilizó el ejemplo de estos malgaches en sus "Reflexiones sobre la esclavitud de los negros" para promover la abolición de la esclavitud, que se lograría con la Revolución Francesa (aunque Napoleón la volvió a imponer en cierto momento; fue ya avanzado el siglo XIX cuando se abolió en todos los territorios franceses). Por otra parte, en la isla de Tromelin -donde ahora hay una estación meteorológica y una pista de aterrizaje- ha habido hasta cuatro expediciones arqueológicas promovidas por la UNESCO para tratar de descubrir a fondo lo que ocurrió durante esos 15 años: han encontrado, entre otros objetos, el diario de un tripulante, útiles de cocina (y la cocina), una piedra usada para afilar los cuchillos, algunas tumbas, y, en fin, la firme demostración de que la voluntad del ser humano para sobrevivir se obstina en mantenerse viva a pesar de las visicitudes.

Fotografía de Lauren Ransan mostrando restos arqueológicos encontrados en la isla. Extraída de Wikicommons.

En fin, como veis, una historia apasionante, de las que evoca el espíritu aventurero. Aunque espero que, si alguna vez tenéis la ocasión de visitar esa zona, sea en mejores circunstancias.

lunes, 10 de febrero de 2025

El libro y la historia real de febrero: "Revolución. Indonesia y el nacimiento del mundo moderno", de David van Reybrouck.

 

El libro del que tratamos hoy es descomunal, en muchos sentidos. En el físico: tiene más de 600 páginas. En el volumen de lo que cuenta: aunque el relato principal se centra en cuatro años (de 1945 a 1949, cuando se certificó la independencia indonesia), el texto realiza un relato sobre la historia del territorio desde sus orígenes, sobre la cual se va profundizando conforme avanzan los siglos, dedicándole una mirada especial a la colonización holandesa, los primeros intentos revolucionarios, la invasión japonesa durante la Segunda Guerra Mundial y, finalmente, el período de descolonización y sus consecuencias posteriores. Es impresionante también respecto a sus fuentes: no es sólo que cuente con un sin número de referencias bibliográficas, sino que se sustenta muchísimo en testimonios directos (bastantes de ellos, ya nonagenarios, a punto de perderse en la noche de los tiempos) recogidos en lugares tan distantes como Holanda, Indonesia, Japón o el Himalaya. Finalmente, es un libro que ha causado un gran impacto: un belga escribiendo sobre un tema holandés y que mira en muchas ocasiones desde la perspectiva asiática. No es extraño que algún político de los Países Bajos haya mandado al autor al infierno, mientras que este sesudo análisis histórico ocupa escaparates en buena parte de las librerías indonesias.

Pero el esfuerzo, desde luego, ha merecido la pena. Es un texto apasionante, que me ha obligado a dedicarle un día entero leyendo para devolverlo a tiempo a la biblioteca de donde lo saqué como simple documentación para un viaje a Indonesia. Por supuesto, lo ha complementado y me ha hecho comprender muchas cosas, algunas de las cuales quiero compartir aquí.

Para empezar, muchos creen que la colonización neerlandesa en Indonesia fue suave, comparada con otras experiencias. Supongo que todos los antiguos países colonizadores piensan lo mismo de su caso particular. Pero no: en muchas ocasiones fue brutal, despiadada, y fuente de un enorme descontento. Los Países Bajos administraron sus dominios primero como un negocio (a través de la Compañía de las Indias Orientales, con el fin sobre todo de garantizar el monopolio de las especias), y luego, conforme las circunstancias fueron cambiando, como un estado avasallador que se aprovechaba de las ricas materiales primas de un territorio que cada vez se fue haciendo más grande y estructurado. Por supuesto, ello generó toda clase de interacciones, algunas positivas, como una cierta sección de la población indonesia que recibió educación y pudo compartir algunas de las responsabilidades de la colonización. Pero incluso ellos (especialmente la población mestiza) notaron que los europeos siempre se encontraban un escalón por encima -el libro realiza muy buena analogía con las distintas cubiertas de un barco de aquella época- y eso, como en muchos lugares del mundo, sembró las semillas del rencor y las ansias de libertad. Hay varios episodios del libro que ilustran muy bien este odio acumulado: 1) cuando los japoneses llegan para invadir Indonesia, en busca sobre todo de petróleo, sus habitantes les reciben como libertadores. Y a pesar de que luego el hambre y el propio colonialismo japonés rompen esa luna de miel, aquel período (en que los indonesios alcanzaron mayor autonomía, y fueron instruidos en el arte miliar por sus nuevos amos asiáticos) fue clave para entender que, después de la Segunda Guerra Mundial, las cosas no podían seguir igual; 2) cuando los neerlandeses vuelven tras la guerra, creen que les van a acoger con los brazos abiertos. En lugar de ello, se encuentran con una población abiertamente hostil. Ante ello, los Países Bajos repiten los mismos errores, y creen que la fuerza lo solventará todo. De hecho, es increíble leer lo que a finales de los años 40 llegaron a hacer los Países Bajos (un pueblo asfixiado, poco tiempo antes, por el yugo alemán) en cuanto a crímenes de guerra en una región que decían estar liberando y pacificando, y lo poco que se han castigado y puesto de relieve esas matanzas -tanto, que quienes las han confesado han recibido, por parte de neerlandeses, terroríficas amenazas de muerte-. Para que nos hagamos una idea de lo radicales que llegaron a volverse las posturas, un partido de derechas bastante importante a finales de los años 40, liderado por un ex-primer ministro del país, dijo que, antes de entregar las colonias, habría que disolver el gobierno, y planeó un golpe de estado que hubiera supuesto el asesinato de numerosos líderes neerlandeses. No sé si a los lectores les sonará a otros contextos en que el tema territorial ha entrado en un bucle de obcecación tan fuerte que ha llegado a originar ideas extremadamente delirantes y antidemocráticas.

Uno de los puntos fuertes del libro es que te indica que, al contrario de lo que muestran las películas, hay muchos casos individuales que se escapan a lo común: un intelectual independentista indonesio que vive en Holanda y acaba en un campo de concentración nazi; un mestizo indo-holandés que es capturado por los japoneses y le cae la bomba atómica de Nagasaki encima; un tripulante de submarino alemán que es arrestado por los japoneses al final de la contienda; soldados nacidos en Nepal, quienes trabajan para la corona británica, los cuales tratan de pacificar la recién liberada Indonesia, pero que se encuentran con el rechazo de la población (saben que la entrada del Reino Unido es el anticipo de la llegada de los holandeses para recuperar la joya del reino), con lo cual asiáticos terminan enfrentados contra asiáticos, y japoneses y británicos han de colaborar juntos para garantizar la paz. Para mí, una de las escenas más sorprendentes es cuando los americanos, durante la Segunda Guerra Mundial, llegan a la zona de Papúa (donde sus habitantes viven aún en el Neolítico) y, mientras empiezan a construir aeropuertos, les prometen a los nativos 25 céntimos por cada japonés -la prueba del objetivo cumplido es una oreja- que maten en la huida desesperada de los nipones a través la selva. Por lo visto, aquel año, muchos soldados americanos enviaron orejas asiáticas a casa como regalo. En este libro, desde luego, hay muchos casos que darían para espectaculares adaptaciones cinematográficas.

De hecho, entre los muchos actores, poliédricos, entre dos culturas y dos perspectivas, cargados de matices, me ha llamado la atención aquellos neerlandeses que, a pesar de la cerrazón de sus gobernantes, tenían claro que los indonesios merecían aquella misma libertad que, a ellos mismos, los nazis les habían negado. Por ejemplo, el Partido Comunista Holandés, que siempre estuvo a favor de la independencia indonesia; los 8.000 miembros del Partido Socialista que se dieron de baja, descontentos con la postura que habían adquirido sus líderes con el proceso descolonizador; el 50% de hombres y el 38% de mujeres de la población de los Países Bajos que estaban en contra de mandar tropas a las colonias; o el caso de un soldado neerlandés que, al darse cuenta de que le llevaban para matar indonesios, se escapó de noche, llegó a la zona del enemigo, gritó "¡Merdeka!" ("libertad" en indonesio"), le contó a la población local los planes de sus jefes, y fue acogido como un héroe (aunque fue encarcelado a su vuelta a los Países Bajos). Demostrando que disidentes y auténticos amantes de la libertad los ha habido siempre en todos lados.

En el otro lado, el pueblo indonesio dio enormes muestras de paciencia y resiliencia, aunque, al final, por supuesto, tantos excesos llevaron a reacciones violentas (en muchos casos exageradas y que pagaron inocentes), pero que son fáciles de entender después de lo que habían vivido, y que al final fueron las únicas que los colonizadores llegaron a entender. Frente a ello, hubo muchos personajes y políticos que mediaron, contemporizaron, y de verdad intentaron poner lo mejor de su parte. Entre los nombres más destacados están Sukarno (futuro primer presidente de Indonesia, y que pactó con Dios y el diablo para conseguir su propósito; de hecho, fue capaz de hablar con fascistas japoneses, colonizadores holandeses, islámicos y comunistas indonesios, y también de defraudar a todas esas colectividades) y Sutah Sjahrir, un hombre culto y conocedor de las costumbres europeas, atrapado entre dos fuegos, que acabó enfrentado con la siguiente ola revolucionaria, y que hundió su carrera política, como muchos, para tratar de evitar un derramamiento de sangre. En el proceso, quedó claro que había posturas contrapropuestas (por ejemplo, una generación mayor que optaba por pactar y ser pragmática, y una más joven que apostaba por la violencia revolucionaria), en elecciones que eran siempre complicadas porque el poder de la fuerza en su abrumadora mayoría estuvo del lado neerlandés.

Al final, a pesar de que por supuesto hay muchos factores implicados, la independencia indonesia se logró por dos motivos principales: 1) aunque, a través de la violencia, los Países Bajos recuperaron casi la totalidad del territorio tras la Segunda Guerra Mundial, nunca lo controlaron del todo. La resistencia indonesia en forma de guerrillas convirtió aquello en un anticipo de lo que sería más tarde la guerra de Vietnam, quedando claro que unas centenas de miles de hombres no pueden gobernar un país donde millones conspiran subterráneamente en contra. Tener colonias, desde luego, ya no era rentable; 2) los EEUU, el gran mediador internacional, cambiaron de opinión. Si al principio estaban a favor de los Países Bajos porque temían que éste cayera bajo la influencia del comunismo, los movimientos en contra de esta doctrina política por parte de Sukarno les convencieron de que apoyarle a él -uno de los pocos actores moderados que quedaba en pie en el archipiélago asiático- era la única manera de garantizarse de que Indonesia no cayera bajo las redes de la Unión Soviética. Con ello, el país pudo conseguir el logro de ser libre, aunque pagó caro su éxito: económicamente, sobre todo al principio, las condiciones fueron muy ventajosas para los Países Bajos y, además, EEUU siguió utilizándolo como bastión contra el comunismo. Tanto que, en los años 60, favoreció un golpe de estado que causó centenas de miles de muertos e inauguró una dictadura que duró 32 años (y de la que todavía quedan reminiscencias y cicatrices en el país). Sin embargo, el autor de "Revolución" se centra sobre todo en los aspectos positivos: Indonesia -el cuarto país más poblado del mundo- fue el primer estado que, tras la Segunda Guerra Mundial, proclamó su independencia, y constituyó la inspiración para procesos descolonizadores que se iniciaron por todo el mundo. Aunque luego muchos de esos procesos sufrieron traumas, sabotajes, traiciones, quedaron desvirtuados, o se asomaron a un sin fin de problemas que venían derivados o eran independientes del colonialismo (en realidad, el capitalismo y la corrupción fueron los mayores responsables), en el balance, a inicios del siglo XXI, esos pueblos son un poco más autosuficientes y más libres, y han demostrado que se puede hacer política donde el centro de todo no sea la raza blanca. Teniendo en cuenta lo horrorosa que suele ser la Historia humana, a veces una victoria de este orden -por muy pírrica que sea- es suficiente.

Por último, el libro habla, para mí proféticamente, de cómo los seres humanos colonizamos no sólo los territorios, sino también el futuro: como el autor de "Revolución" dice, la gente de los años 20 del siglo XXI explotamos los recursos y comprometemos el destino de los habitantes del 2080. La destrucción de la naturaleza (de la que Indonesia, por desgracia, es una privilegiada avanzadilla) nos pasará las cuentas tarde o temprano. Pero esas son revoluciones que otras generaciones -sí, también nosotros- tendremos que liderar.