domingo, 16 de junio de 2013

La historia real de junio: Las brujas de Zugarramurdi

Quizás muchos estéis al corriente ya de que han comenzado a distribuirse por la web las primeras imágenes de la nueva película de Alex de la Iglesia, "Las Brujas de Zugarramurdi". He de confesar que esta noticia me ha hecho adelantarme a la hora de comentar un tema sobre el cual quería hablar desde hace tiempo, pero seguramente en un tono muy distinto al que lo usará el carismático director español. Y aunque sin duda De la Iglesia va a contar con algunas de las brujas más sugerentes del panorama cinematográfico español, en este caso os quiero presentar un personaje que también debería llamarnos la atención por un motivo tan curioso como contundente, y sorprendente a pesar de todo, precisamente por lo aparentemente anodino del hecho: fue un hombre que actuó de acuerdo a la razón.

Lo primero de todo aclarar que, como todos sabéis, lo de la caza de brujas para quemarlas en el fuego purificador de la hoguera no era algo nuevo para cuando tuvo lugar el famoso auto de fé en Logroño donde se condenó a morir bajo las llamas a doce supuestas brujas (cinco de ellas, en efigie, pues habían fallecido anteriormente) las cuales habitaban en la localidad navarra de Zugarramurdi, en el año 1610. De hecho, más de un siglo antes, un par de teólogos alemanes habían publicado un texto denominado Malleus maleficarum, que consistía en un tratado exhaustivo acerca de en qué consistía la brujería, cómo desenmascarar a las brujas, y finalmente, qué castigos deberían aplicarse sobre las mismas. Dicen que las palabras tienen un inmenso poder, y en este caso la fortaleza de este texto residió en la cantidad de gente dentro de la iglesia que lo acabó leyendo, asumiendo sus tesis y llevándolas a la práctica. El equivalente al Mein Kampf de la Edad Media significó la condena a muerte de miles de mujeres (en una mentalidad claramente misógina) que en muchos casos sólo habían cometido el pecado de leer un poco más de la cuenta, actuar un poco más extravagantemente de lo normal, suscitar la envidia de una vecina, o simplemente estar en el lugar equivocado en el momento más inoportuno. Hubo casos en todos los países: quizás a destacar especialmente se encuentre el de Matthew Hopkins, "Cazador General de Brujas" (no sabemos si un título inventado por él mismo o investido por el Parlamento inglés; según Hopkins, claro, la versión buena era esta última), el cual acabó con unas doscientas mujeres tras demostrar su relación con la magia negra con pruebas tan irrevocables como el famoso juicio del agua (si te ahogas, no eres bruja; si no te ahogas, eres bruja, y debes morir también) y otras demostraciones de conexiones con espíritus impíos igual de peregrinas. Me hubiera encantado que el final de Hopkins hubiera sido el descrito por Neil Gaiman y Terry Pratchett en su graciosísimo libro "Buenos presagios" (especialmente recomendando, sobre todo por el prólogo y el epílogo: tiene el mejor "making of" que le recuerdo a una obra escrita), y que venía a decir así: ˂˂Del pasado siempre se pueden extraer lecciones: "Matthew Hopkins, General Cazabrujas, iba por los pueblos de Inglaterra cobrando 9 peniques por cada bruja encontrada y mandada a la soga. Como no cobraba por horas, tenía que encontrar un gran número de brujas. Su periplo duró hasta que un vecino de East Anglia se dio cuenta de que era mucho más barato colgar directamente al intermediario"˃˃pero parece que en realidad falleció de tuberculosis pulmonar en la cama. En Francia también sucedieron sus cositas, y de hecho a principios del siglo XVII Pierre de Lancre andaba montando un gran revuelo por esas tierras, en concreto en la zona más cercana alos Pirineos, lo cual condujo a la inquietud al otro lado de la frontera. Y de ahí los juicios de Zugarramurdi. Pero no todos los religiosos que participaron en aquel juicio estuvieron de acuerdo con el resultado. Y entre ellos se encontraba uno de los jueces, el inquisidor Alonso Salazar y Frías.

Salazar, burgalés de nacimiento, había estudiado Derecho Canónico en Salamanca y Sigüenza, y tenía fama de buen abogado -labrada en sus diferentes destinos, siempre cercanos a relevantes personajes de la Iglesia española- cuando fue enviado a participar en los juicios de Zugarramurdi. Este religioso estuvo de acuerdo con los otros inquisidores en castigar con penas no capitales a aquellos acusados que confesaron voluntariamente sus crímenes. Sin embargo, la controversia vino con los doce ajusticiados que habían negado sus actos, los cuales fueron finalmente conducidos a la hoguera, a pesar de que Salazar solicitaba más pruebas. Finalmente, Salazar logró salvar a dos almas, pero no se quedó convencido del todo, y exigió realizar una investigación por su cuenta en la zona de Navarra y el País Vasco, con el objeto de realizar las pesquisas con sus propios métodos, sin intimidaciones ni torturas, como solía hacerse en aquellos tiempos. Le acompañaron otros dos inquisidores. Lo que Salazar encontró pasará a la historia como uno de los ambientes más dantescos y degenerados que se han descrito en la historia de las sociedades humanas organizadas y relativamente recientes, quizás porque en otros casos no había un testigo lúcido que lo pudiera contar.

Lo más curioso de todo -como luego revelará Salazar en sus crónicas- es que en esta zona de España ni siquiera se conocían leyendas sobre las brujas. Pero cuando llegó Pierre de Lancre y empezó realizar sus procesos al norte de los Pirineos, las noticias se filtraron y se inició un lento goteo que acabó convirtiéndose en imparables olas y luego en una marea que, cual tsunami, arrastraba todo a su paso. Denuncias mutuas, sueños paranoicos, niños que confesaban acudir a aquelarres que nunca habían existido, vecinos que arrojaban piedras y quemaban las casas de aquellos individuos acusados por sus paisanos de brujería, o sumergían  a los sospechosos en ríos helados para obligarles a confesar. Hasta una mujer embarazada falleció durante las torturas que se le sometieron para averiguar qué organización demoníaca perseguía el mal de los habitantes de la región, todo esto llevado a cabo por aldeanos que decían actuar, para sus barbaries, "en nombre de la autoridad". El "insano clima" -como describió Salazar- que reinaba en la zona había propiciado un pánico que ahora se extendía como el fuego a través de una mecha de pólvora, asemejando a lo que hoy en día todavía ocurre en algunas regiones de África, donde la sospecha de un "brujo" que se encuentra maldiciendo a todo un clan o poblado  origina migraciones masivas, desata guerras entre localidades vecinas (por la natural tendencia humana a pensar que el enemigo se encuentra siempre fuera de casa) o, en el caso de los amba, uno de los pocos grupos que busca los brujos dentro de sus propias filas, ha conseguido acabar con una inmensa comunidad completamente disgregada y condenada al caos. Hasta 5000 denuncias se acumularon frente al grupo de inquisidores encima de su mesa, en uno de los procesos más voluminosos en la historia de Europa en relación con la brujería, y seguramente uno de los más macabros. Pero la actitud de los distintos inquisidores encargados de juzgar los casos era muy distinta: mientras los otros dos querían aplicar el máximo castigo, Salazar decía que no había causa. Y allí comenzó la batalla.



En realidad, como dice Gustav Hennigsen, biógrafo de Salazar, los tres inquisidores eran sacerdotes y habían estudiado en la universidad: pero mientras que dos de ellos eran teólogos, y hacían más caso a lo que decían los "demonólogos" oficiales de la iglesia, Salazar era un abogado. Buscaba la evidencia. Perseguía los hechos. Practicaba el método inductivo, frente a unos sacerdotes que se creían al dedillo todo lo que los supuestos brujos les contaban. A ello, Salazar replicaba que, precisamente por haber confesado brujos, no podían basarse únicamente en su palabra, y menos al narrarles hechos que desafiaban toda racionalidad humana. Debían obtener evidencias palpables o, al menos, testimonios creíbles de gente que no fueran brujos, para poderles condenar. Frente a él, los otros dos inquisidores se mostraban indignados de que Salazar -por cierto más joven que ellos- pudiera llevarles la contraria, expresando implícitamente con sus argumentos que las tesis que los otros dos defendían no tenían consistencia alguna, y negando por tanto la veracidad de las 1800 confesiones que habían obtenido y que para ambos inquisidores tenían que ser ciertas, pues se hallaban de acuerdo con todo lo que ellos sabían sobre las formas en que se expresa el demonio (y que, por supuesto, estaban en el Malleus maleficarum; guía que los inquisidores conocían y con la cual seguramente a los acusados de brujería habían sugestionado). ¿Cómo podía Salazar mostrarse tan empecinado en contra de sus argumentos? "No comprendemos cómo puede haber quien se atreva a decir que sean los sabios el Consejo de la Inquisición quienes estén sumidos en el error durante tanto tiempo hayan procedido injustamente", llegaron a afirmar, henchidos de rabia. Porque efectivamente, la alternativa, de ser cierto lo que decía Salazar, era que todo lo que habían hecho durante años (con toda la gente que había muerto),todo lo que habían creído, estaba mal. La presión sobre el abogado nacido en Burgos tuvo que ser asfixiante, hasta el límite de lo brutal. «Mis colegas dicen que ciego del demonio defiendo yo a mis brujos», aseveró seguramente agotado, asediado continuamente por sus colegas. En medio, la vida de 5000 personas estaba en juego, y Salazar sólo encontraba la cerrazón de sus compañeros, que se negaban a claudicar. Enviaron sus conclusiones a Madrid esperando ver cuál era su dictamen. Grandes momentos de tensión se debieron pasar en un período en que las comunicaciones eran lentas e inseguras, y donde podían pasar semanas hasta obtener la anhelada respuesta. Finalmente, las instancias centrales de la Inquisición fallaron a favor de Salazar: alguno de los más altos responsables de esta institución habían trabajado con él y eran más partidarios de sus métodos, habiendo incluso  advertido previamente al resto de los inquisidores de que el Malleus maleficarum podía contener errores, como cualquier otro libro, y que no había que basarse sólo en este trabajo para juzgar. El miedo que se había extendido por la región del País Vasco había hecho que los mismos todopoderosos jerarcas eclesiásticos se pusieran nerviosos, pero al ver una persona que sobre el terreno defendía sus tesis, decidieron apoyar a Salazar, y volver por lo que, según Hennigsen, era la norma de la iglesia española al respecto (en realidad, en contra de lo que ha defendido la famosa leyenda negra española, ha habido muchos más muertos por brujería en los países de Centroeuropa que en España; eso sí, y como una losa nuestra, la Inquisición española -con la innegable ayuda de Fernando VII- permaneció activa aquí mucho más tiempo).

Salazar afirmó en sus conclusiones que "No hubo brujos ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y hablar de ellos"; entendió que la solución al problema no era avivarlo con la intervención de los autoridades y la instauración de más escándalo, sino todo lo contrario, que el silencio era la mejor medida para que las aguas volvieran a su cauce. Bajo los consejos de quien ha sido reconocido como "el abogado de las brujas", la postura de la iglesia frente a futuras denuncias fue la de la prudencia antes que la condena preventiva, como mantenían muchos. Aquello podía haber sido una gran masacre y un cúmulo de despropósitos, como los que describió Arthur Miller (empleándolo de metáfora para otra caza de brujas, la de McCarthy) en su famosa "The crucible" ("El crisol", o "Las brujas de Salem"). Y sin embargo, terminó como debía acabar de acuerdo al sentido común: con tranquilidad y sosiego.


Muchas veces me he planteado escribir una novela o un relato ambientado en aquellos días. Me imagino a Salazar, a semejanza de Guillermo de Baskerville en "El nombre de la rosa", tratando de salvar a las inocentes criaturas cuyo único pecado es ser ignorantes y supersticiosas (creyéndose sus propias o ajenas fantasías que les llevan a la desgracia, como las histéricas que describía Freud en el siglo XIX), frente al malvado inquisidor general, que busca tan sólo la muerte y la condenación ajena en las llamas del infierno inmortal. Pero lo veo hartamente complicado, por un solo y sencillo motivo: porque en esta historia, la que acaba triunfando por encima de todo, es la verdad. Las cosas avanzan por donde, de acuerdo a la lógica y al buen sentido, debían avanzar. Al os relatos les conviene el drama, la tragedia y, sobre todo, lo insospechado. Como suele decirse, no es noticia que el perro muerda al hombre, sino que el hombre muerda al perro. Salazar no es un mártir que se sacrifica (casi la única manera de pasar a la historia defendiendo una postura, especialmente cuando se está en lo correcto) ni es alguien que se enfrenta al enemigo entre explosiones espaciales: es un tipo que se basa en la razón, y que pretende que los actos que llevemos a cabo en este mundo se ajusten a ella. Algo que parece sencillo y encomiable, pero que, a pesar -o precisamente a causa de ello-, no es lo normal. Salazar simboliza al típico héroe que trata de hacer prevalecer lo que dicta la sensatez frente a una marea humana la cual, llevada por los prejuicios, la ignorancia, el orgullo o la ambición personal, le quiere forzar a lo contrario. Me recuerda, en cierta medida, al caso de Semmelweis, un médico húngaro que en el siglo XIX descubrió en la maternidad de Viena que eran las "materias putrefactas" con las que los estudiantes de medicina quedaban contaminados tras la realización de las autopsias, y que luego llevaban a las salas de partos, las causantes de las fiebres puerperales que acababan con la vida de una altísima proporción de embarazadas. Hoy en día sabemos que esas partículas son bacterias y que la higiene es una necesidad fundamental, pero en aquella época este hecho no se conocía, aunque (y esto es lo verdaderamente grave, y que por tanto no les disculpa) tampoco se le hizo caso al médico que había propuesto una teoría que se encontraba basada en los hechos, y preferió echársele la culpa de las infecciones a la falta de pericia de los estudiantes o incluso a su procedencia extranjera, sin comprobar que estas hipótesis tuvieran algo que ver con la realidad. Semmelweis quería obligar a que todos los que fueran atender a las embarazadas se lavaran las manos antes de hacerlo, pero a pesar de la pulcritud de su razonamiento -y de la contundencia de los resultados-, sus colegas, por vanidad, por envidia o quizás cierto tufo xenófobo, le ignoraron y expulsaron de su propio lugar de trabajo (sólo cinco profesores apoyaron su causa: algunos han sido reconocidos como padres de ciertas ramas de la medicina, pero en aquella época no tenían la influencia para oponerse a la eminencia médica que en aquel momento más poder acumulaba). Semmelweis maldijo impotente la terquedad y ceguera de sus compañeros de profesión -más dolorosa aún en una rama del saber como es la ciencia, donde las pruebas y no las cuestiones personales deberían ser los principales referentes, y todavía con mayor razón cuando hay vidas en juego-, y, en un último acto de dramatismo, acabó por inducirse él mismo la enfermedad que había estudiado a través de un corte con un bisturí contaminado, sabiendo que de este manera demostraba que su teoría era cierta, pero siendo consciente también de que a pesar de todo no le harían caso. Salazar no tuvo que pasar  por ese calvario porque, afortunadamente, le hicieron caso. Eso seguramente le hizo más feliz a él y salvó muchas vidas, pero también puede  ser la causa de que sus acciones no hayan impactado más en el inconsciente colectivo.  Quizás sea esa falta de espectacularidad de las logros de este abnegado profesional de las letras -o quizás esa habitual tendencia de los españoles a denostar a nuestros héroes y adorar los ajenos y destacar, si acaso, a nuestros peores representantes, como es el caso de Torquemada- la que haya hecho que el biógrafo de Salazar sea un extranjero, que el abogado burgalés no tenga página en la Wikipedia en español y sí en inglés, o que apenas tengamos referencias en nuestra cultura a Salazar aparte de su aparición en la película gallega "A paixón de María Soliña". Salazar ejerce de este "tipo normal", cargado de sentido común, un sabio, un hombre docto, que precisamente por ser tan excepcional merece ser subrayado aunque la mayor parte de las veces no sea la "prima dona" más rutilante. No sé si se merece una novela, pero tengo claro que sí que debería erigírsele una estatua. Claro que, como dice Pérez-Reverte, este país no se distingue por premiar a sus mentes más preclaras (recientes casos relacionados con la ciencia en el siglo XXI vienen a demostrarlo), argumentando que si Cervantes hubiera sido francés hubiera sido sin duda mucho más aclamado, pero también que seguramente, sin los sinsabores de ser español, no hubiera conocido la ingratitud, la envidia y la humillación y, por tanto,no hubiera escrito El Quijote.

Independientemente de que algún día yo o alguien nos animemos a narrar las desventuras de Salazar y de las  dolorosísimas sesiones de esgrima o boxeo verbal que tuvo que mantener con los dos obstinados inquisidores, creo que conviene terminar este relato con una reflexión que realizaba el antropólogo Marvin Harris en su célebre conjunto de ensayos "Vacas, guerras, cerdos y brujas". Harris defendía que el concepto de las brujería fue creado en la Edad Media por parte de las clases dominantes para que los campesinos no se rebelaran contra el rey o el señor feudal de turno, sino que se enfrentaran entre sí persiguiendo a entes demoníacos, considerándolos como los orígenes de sus males (también aquí volvemos a hacer la semejanza con lo que pasa en África, donde Kapuscinski relata en "Ébano" cómo los africanos son capaces de reaccionar ante una muerte por accidente de coche buscando reiteradamente al brujo causante del mismo, hasta el límite de la extenuación, en lugar de revisar de manera mucha más práctica el líquido de frenos). Harris también argumentaba que, en la época en la que escribió su libro, las brujas habían "resucitado", a rebufo de la cultura new age, por el mismo motivo: para que busquemos la solución a nuestros problemas en la magia, y no en acciones estructuradas y practicables. Si hace unas décadas el argumento era válido, no menos lo sigue siendo ahora y en tiempos venideros, en los que los hechos se ocultan bajo argumentos indescifrables por parte de gurús que no aceptan réplica y se refugian en "aquellos que poseen el conocimiento", y no en la veracidad de los hechos: en este tipo de momentos, conviene recordar, como dice Hennigsen y saca a relucir Pérez Barredo en un artículo en el Diario de Burgos, que «el mundo siempre tendrá necesidad de alguien que se atreva a desenmascarar al verdugo: de hombres tan enteros como Salazar».

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