lunes, 30 de septiembre de 2013

Las series de octubre

Decía Jorge Luis Borges que no quería escribir novelas porque eso, más tarde o más temprano, significaba rellenar, y que no le veía ningún sentido si podías expresar la misma idea de manera sucinta en un cuento corto. Hernán Casciari, por el contrario, argumentaba que ya no creía en el cine porque, desde que había descubierto las series, no veía la ansiedad de tener que contar una buena historia en hora y media. Sea cual fuere la postura de cada uno, lo cierto es que el hecho de que el cine no se atreviera a apostar por proyectos relativamente arriesgados hizo que algunos muy buenos guionistas -y sus muy buenas ideas- pasaran a la televisión, generando algunas de las historias más impactantes de los últimos tiempos. Reconozco que ha habido pocas series que me hayan impactado tanto que tuviera que seguirlas capítulo a capítulo: House, Expediente X, Colombo, El cuentacuentos, The Newsroom, la serie de Sherlock Holmes de la BBC en los 80, son algunas de ellas. También está claro que hay series que, pese a que tengan sus altibajos o no coincidan al cien por cien con mis gustos personajes, hay que reconocer que albergan grandes tramas, ideas, mensajes, personajes, giros de guión, sorpresas o momentos estelares que han hecho que sus fans las consideren -y con razón- evidentes candidatas a proclamarse las mejores series de todos los tiempos: Perdidos, Prison Break, Breaking Bad, Dexter, The wire, Homeland, Fringe, Shark, Mentes criminales, o, en el apartado de comedia, Me llamo Earl, Frasier Cómo conocí a vuestra madre (otros añadirían sin duda, y con razones lógicas, Twin Peaks, Mad Men, Seinfield, Los Simpson, Friends, The Good Wife, Juego de Tronos, Deadwood, Los Soprano, Big Bang Theory, El ala oeste de la Casablanca, Roma, y tantas otras). Todo esto sin contar algunos éxitos clásicos, incluso aunque el paso del tiempo les haga perder algo de lustre (¿quién no se estremecía con McGiver o Starman?), ni tampoco las series de animación, uno de los apartados en que los españoles (especialmente en los años 80, con unas cuantas producciones míticas en colaboración con los japoneses) hemos de sentirnos más orgullosos, incluso aunque no tengamos un Batman, un Spiderman, unos Simpson, y ni siquiera unas Gárgolas. Para que en este blog existan todas las manifestaciones culturales posibles, este post va dedicado a unas pocas series que quizás han sido menos conocidas o publicitadas por los medios, pero que creo que también requieren de su huequito en el imaginario colectivo. Y estas series son las siguientes:

  • Death Note (Cuaderno de muerte).

Anime japonés que causó gran impacto en su país y fuera de él, esta serie es capaz de combinar una intriga mayúscula con elementos sobrenaturales para crear una trama absorbente de la que difícilmente te puedes desenganchar. El punto de partida es el siguiente: un shinigami (difícil definir el concepto en unas pocas palabras, pero vamos a resumirlo en una especie de "ángel oscuro") arroja a la Tierra un "cuaderno de muerte", es decir, un bloc de notas que tiene la propiedad de que, si su portador escribe un nombre en él, la persona cuyo nombre es anotado en el cuaderno muere de manera prácticamente automática. El receptor de este cuaderno es Light Yagami, un estudiante brillante, narcisista, y que se cree con capacidad por encima del resto para decidir entre el bien y el mal. A partir de allí, el argumento se complica en lo que se convierte en un maquiavélico y retorcido juego de ingenio entre Light Yagami y sus adversarios, especialmente el enigmático detective L, que está dispuesto a darle caza en lo que se trata sin duda de una lucha sin cuartel a muerte en la que sólo uno de los dos -si acaso- sobrevivirá. El mejor aspecto de esta serie radica en que, pese a la brevedad de sus capítulos (apenas veinte minutos), ni un segundo está desaprovechado: cada episodios puede introducir 2 ó 3 cambios que alteran dramáticamente las circunstancias de los protagonistas, empleando los guionistas todas las armas a su alcance (circunstancias inesperadas, un afiladísimo uso de la lógica por parte de los personajes más implacables, e incluso elementos fantásticos cuando éstos permiten dar más juego), de tal forma que la serie en conjunto da 4-5 cambios de rumbo completos en cuanto al guión original. Cuidado que vicia.

  • Fawlty Towers.

Quizás yo sea más de Borges que de Casciari, pero siempre me ha dado la sensación de que si una trama se alarga indefinidamente (y en las series suele ocurrir así, pues no se suelen cancelar hasta que baja la audiencia, o hasta que algún guionista con cabeza decide que esto hay que cerrarlo), la historia pierde bastante fuelle y acusa la repetición. Este mismo fue el motivo por el cual John Cleese (uno de los miembros más destacados de los Monty Python) decidió realizar solamente 12 -pocos, pero muy selectos- capítulos de esta ya mítica ficción que, aunque poco conocida por estos parajes, es todo un clásico de la televisión británica. La ambientación, de hecho, se basa en un suceso real: cuando los Monty Python fueron a trabajar a un pueblecito inglés de la costa llamado Torquay, se alojaron en un pequeño hotel con un dueño bastante peculiar. Tanto, que le gritaba a todo el mundo, se desquiciaba por cualquier cosa, trataba de manera insultante a muchos clientes e incluso -dice la leyenda- arrojó la maleta de uno de los integrantes del equipo por un acantilado, creyendo que escondía una bomba (en realidad, el "tic-tac" que el angustiado hostelero escuchaba correspondía a un reloj-despertador). Cuentan también las crónicas que todos los miembros del grupo cómico abandonaron el hotel, indignados, salvo Cleese, que vio potencial cómico para ello, y se quedó anotando las excentricidades de este individuo, que se convirtió en el protagonista de la futura serie, acompañado de la sufrida mujer que le aguanta, el camarero español que entre su desconocimiento del idioma y su torpeza no acierta a dar una a derechas (¡español, sí, de Barcelona!: todavía hay algunos ingleses que creen que la gente de Barcelona tiene fama de tonta a raíz de esta serie), y la pobre camarera que trata de tapar los agujeros en este hotel de los líos donde no paras de troncharte de risa (por cierto, la camarera es la mujer real de John Cleese, y co-guionista de la serie). Para verla con un medicamento contra los dolores de barriga provocados por las carcajadas. 


  • The Lost Room (La habitación perdida).

Otro ejemplo de serie ejecutada con un principio y un fin premeditados, y es que la trama obligaba, y precisamente ahí puede radicar su éxito: todo gira en torno a una serie de objetos aparentemente anodinos (un peine, un ojo de cristal, un billete de autobús), los cuales poseen propiedades sorprendentes e inexplicables, desde la capacidad de freír un huevo hasta la detener el tiempo, o la de de enviarte en unos segundos de un porrazo a una carretera abandonada en mitad de Nuevo México. Estos objetos se encuentran relacionados con una misteriosa habitación -la cual sólo puede abrirse gracias a una codiciada llave-, donde se rumorea que en el pasado ocurrió un suceso terrible. Un policía se apropia de manera casual de la llave y, por un accidente, pierde dentro de la intrigante habitación a su hija, la cual desaparece sin dejar rastro. Para conseguir recuperarla, el policía tendrá que moverse en un mundo poblado por variopintos individuos que harían cualquier cosa conseguir los objetos, con el objetivo de destruirlos, hacerse poderosos con ellos o utilizarlos para reparar los errores del pasado, pero el policía mantiene la única obsesión de encontrar a su hija, sin conocer, al otro lado de la habitación, qué verdad se le va a revelar y, sobre todo, sabiendo que no hay nada ni nadie de quien se pueda fiar...
  • El Conde de Montecristo.

¿Resumir el novelón de El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, de más de mil páginas, en dos horas de película? La directora francesa a la que propusieron este encargo se negó, y opinó que era mucho mejor hacer una miniserie de cuatro capítulos, con dos horas cada uno, y eso que se come buena parte de la estancia en la cárcel. A través de buenas interpretaciones y una cuidada escenografía, la clave de esta miniserie está, como no, en los diálogos, en el argumento, en los personajes, todos ellos esplendorosamente mostrados desde el clásico inmortal de Dumas, porque, como suele ocurrir, las mejores historias para la pantalla provienen de los libros. Fue seguramente la más lograda de un grupo de producciones con las cuales los franceses pretendieron homenajear a sus títulos claves en la literatura. Aquí el ejemplo ha cundido poco -aunque algún clásico en pantalla tenemos-, pero aún nos encontramos a tiempo.

Dicen que la clave de las series está en los personajes. Dicen que las series sirven para ver la evolución de los mismos, o que pueden, de manera más realista, captar retazos de nuestras vidas y describir la realidad cotidiana con mayor rigurosidad. De igual manera, quizás podamos ser protagonistas de nuestra propia serie, de nuestra propia vida, haciéndonos cada vez más interesantes y dejando pocos espacios en blanco que se tengan que rellenar. Mientras nos perfeccionamos a nuestra manera, siempre podremos admirar finales felices como los que (frase de V de Vendetta mediante) sólo son posibles en el cine. O en la televisión, quién sabe.

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