lunes, 1 de agosto de 2016

La ¿historia real?, el libro, y el relato de agosto: una de golems.

Para este mes de agosto, que el calor aprieta y el tiempo se escurre entre las muchas cosas que nos hemos propuesto hacer, voy a juntar algunos de los aspectos que solemos tratar semana a semana en un solo post, y de paso rescataremos un viejo relato. No obstante, creo que os gustará, porque el tema desde luego da para mucho, tanto para los que conocéis previamente acerca del mismo como para el que le pille de nuevas. Porque pocos pueden resistir ante la fascinación que evoca una palabra como "golem".

Sí, algunos habréis oído hablar de él. Un golem es una criatura mítica de las leyendas hebreas que puede ser moldeado del barro y al que se le insufla vida mediante la inscripción de tres palabras rituales en su frente. El golem es, por así decirlo, un autómata: no posee mucha inteligencia, pero cumple todo lo que se le dice, quizás con demasiada literalidad en algunos casos. Esta semejanza con una máquina (casi más que con una criatura mitológica) ha sido la que ha hecho que se asuma que la leyenda de los golems ha inspirado el Frankenstein de Mary Shelley, o innumerables historias de robots. No obstante, todo comenzó -o eso dicen- en un lugar tan poco proclive para la ciencia como el gueto judío de Praga durante el siglo XVI.

La historia fundacional alrededor de la cual nace la gesta del golem parte del rabino Judah Loew, quien ha acabado convirtiéndose en una de las figuras más relevantes del judaísmo en los últimos dos milenios, aunque no precisamente a causa de cuestiones religiosas. La leyenda dice que el rabino Loew creó al golem para que ayudara y protegiera a los judíos en la ciudad de Praga. El rabino habría construido al golem, esculpiéndolo del barro y concediéndole la vida al escribir la palabra hebrea "Emet" ("verdad") en su frente. El golem no podía hablar (de hecho, había que introducirle un papel con las órdenes a ejecutar en un orificio que simulaba la boca), era un poco lento, y sus ambiciones intelectuales estaban a la altura de su nivel de conversación. Aparte de eso, como hemos mencionado antes, su mayor problema provenía de su escasa capacidad de interpretación: cuentan que una vez le ordenaron sacar agua del río, y casi inunda la ciudad. Lo cierto es que las razones por las que dejó de emplearse el golem dependen de la fuente donde las leas. Aunque en algunos textos se insinúa que llegó a haber violencia y un par de muertos, otras versiones dicen que la cosa no pasó de un mero susto. Eso sí, el rabino, prevenido, decidió que el mejor destino del golem era volver a dormir el sueño de los justos, y borró la primera letra de la palabra escrita en la frente de su creación, convirtiéndola en "Met" (muerte), e inactivando el golem. Se dice que el "cadáver" del "Frankenstein hebreo" está encerrado en un arcón en la buhardilla de la Sinagoga Vieja-Nueva de Praga (abajo en la foto; puede admirarse fácilmente desde las inmediaciones del cementerio judío de Praga, donde están enterrados entre otros el rabino Loew y Franz Kafka), listo para recobrar la vida si se realizan las adecuadas ceremonias. La sinagoga, como veis, no presenta un aspecto muy inquietante, pero si os queréis pasar a intentar algo, adelante: nunca se sabe. 



Si la visión de la sinagoga donde se mantiene durmiente el golem, o la del cementerio hebreo, no son suficientes razones para visitar el barrio judío de Praga (la cual, por cierto, está preciosa en esta época del año... cualquier época del año), habéis de tener en cuenta que en sus inmediaciones hay varios restaurantes que ofrecen comida yiddish, incluyendo sabrosos platos de carpa. Si veis a alguien sentado en el restaurante que no come, no habla y os mira fijamente, cuidado... lo mismo a algún turista ha resucitado al golem antes que tú.

El mito dio varias vueltas, y fue redactado y reescrito de distinta formas hasta que la novela de Gustav Meyrink de 1915 sentó las bases de la versión canónica. Hoy en día, sin embargo, circulan varias adaptaciones, ilustradas o incluso aptas para niños. En la que tuve yo en mis manos hace unos años, se relataban numerosas historias más o menos simpáticas donde el golem se muestra como un ser colaborador que auxilia a los judíos tanto en sus problemas cotidianos como en circunstancias extraordinarias, en lo que constituye prácticamente un relato costumbrista de la vida del guetto judío durante el siglo XVI. Por supuesto, en este relato (como cabría esperarse), el rabino Loew es "el bueno", la comunidad hebrea tiende a caerte bien, y el texto -de marcada intención moralizante- deja bien claro que seguir la normativa religiosa es un aspecto de la vida bastante esencial. Los cuentos que tienen como protagonista al golem se suceden en el libro hasta que llega el necesario final que obliga al golem a tomar descanso y a un retorno a la normalidad. Sin embargo, en el texto que llegó a mis manos, en ningún momento se juzga al golem como un acontecimiento negativo (tal como ocurre con el mito de Frankenstein u otras modernas versiones de cómo el hombre trata de hacer el papel de Dios), sino que se le considera como una buena solución que con el paso del tiempo se vuelve hasta cierto punto peligrosa o deja de ser rentable. A pesar de todas estas variantes, El golem de Meyrink de principios del siglo XX sigue siendo la más oficial de las versiones: sirvió de base para una película de cine mudo del mismo título y, de acuerdo al propio Borges, fue su lectura (a través del empleo de un diccionario para traducirlo) la que provocó que el autor argentino aprendiera alemán. Curiosas son las palabras de Borges acerca de la figura del golem, a la que le dedicó un poema: "El golem es al rabino que lo creó, lo que el hombre es a Dios; y es también, lo que el poema es al poeta". Dejar el golem en manos del creador de El aleph da para mucho.
Desde aquella época, la leyenda del golem ha sufrido pocas pero significativas variantes. Terry Pratchett les introdujo en su Mundodisco (dando al mito una vuelta de tuerca, como casi todas sus parodias de leyendas clásicas), pero la verdad es que la visión principal no ha cambiado mucho desde la historia original del rabino Loew. Hace un tiempo escribí un relato relacionado con este tema que publiqué en el blog, pero que decidí retirar temporalmente para un determinado proyecto literario que ya ha finalizado del todo. Ahora, aprovechando esta entrada, vuelvo a publicarlo para que lo disfrutéis de nuevo (los que lo leísteis) o descubrirlo -los que no. Espero que la introducción de la leyenda original os ayude a ponerlo un poco más en contexto. Así ya sabéis; en los callejones de la vieja Praga (o tal vez más cerca, detrás de una esquina de vuestra propia ciudad), tened mucho cuidado: cuidado con el golem...




El sueño del golem

            Voy a serles muy sincero en este punto: yo nunca he sido demasiado creyente de los fenómenos ocultos o paranormales. Ni siquiera he sido demasiado religioso: al fin y al cabo, cuando mi tío el rabino colocaba sus velas, quemaba sus inciensos, y entonaba sus salmos, y decía estar contemplando a Dios, yo lo único que veía era unas velas derritiéndose, el humo del incienso elevándose, y a un viejo cantando salmos con una voz cascada y ronca, consecuencia del tabaco, cuyo olor ni siquiera lograba disimular el incienso. Así que, como pueden comprobar, soy, y me considero, bastante prosaico por naturaleza. Ahora bien, de todos es sabido que los judíos somos gente eminentemente práctica. Los neoyorquinos, también. En consecuencia, yo tenía el doble de razones para sostener, como sostuve en su día, que, si en un momento dado, la pragmaticidad pasaba por volver a creer en las caducas leyendas de mi infancia, bienvenidos sean entonces los cuentos de viejas.

            Y es que con el paso de los años, escalando por las altas cimas de los negocios de la Gran Manzana, uno acaba ganándose enemigos. Y, a la larga, resulta conveniente, un día u otro, acabar por librarse de alguna de ellos. Pero claro, ¿cómo hacerlo? Yo personalmente no, desde luego; si algo nos han enseñado tantos años de películas y series de misterio en televisión, es que siempre queda alguna huella, alguna pista, alguna pequeña cagada que tú cometes, y que los policías, con sus aparatos de alta tecnología detecto-hasta-por-qué-zona-de-la-habitación-has-respirado, terminan por encontrar para conseguir endilgarte el mayor marrón de tu vida. Y claro, casi por el mismo motivo, queda descartado el acudir a otra persona. Incluso el más profesional de los asesinos cantaría el Rigoleto –implicando si es necesario a su propia madre-, si con ello consiguiera librarse de una parte de la condena. ¿A quién recurrir, entonces? Y fue en esos instantes cuando, casi por casualidad, me volvió a la mente la leyenda del golem.

            Quizás el profundo conocimiento que tiene la sociedad occidental de las Sagradas Escrituras haya contribuido a que los aspectos más mitológicos de la tradición hebrea (para nada concernientes al Antiguo Testamento que se les enseña a los niños), hayan sido eclipsados por este último, siendo ominosamente pasados por alto, y favorecido su olvido. No obstante, tal vez sea el mito del golem el que mejor haya aguantado la presión del inexorable paso del tiempo, y de hecho, hasta el mismo Jorge Luis Borges le llegó a dedicar un poema. Ha sido además un tema de referencia continuamente retomado por los escritores judíos que han abordados los temas fantásticos, e incluso sirvió de inspiración para el Frankenstein de Mary Shelley. En principio, y para entendernos, comenzaré por aclarar que el golem no existe por sí solo, sino que es una criatura fabricada por el ser humano. Aquel hombre que desee construirlo, debe marchar a una tierra virgen, no hollada por el hombre, y construir una figura de barro –ése será su golem.. Luego, unas palabras mágicas, unas cuantas invocaciones y referencias a la cábala (aquí los textos varían: unos dicen que la palabra emet –que significa “verdad”- ha de escribirse en la frente, otros se refieren a otras palabras y otros medios, pero en todo caso, siempre hay alguna palabra clave escrita en alguna parte), y el golem cobrará vida, dispuesto a servir los designios de quien le haya creado. La leyenda más famosa sobre el golem está ambientada en la Praga del siglo XVI, donde el rabino Loew creó un golem el cual, a lo largo de la semana, se ocupaba de los trabajos pesados. Cada noche previa al Rabat, el rabino le retiraba al golem de la boca una tira de papel en la cual se hallaba escrito el nombre verdadero de Yavhé, tira sin la cual el golem volvía a transformarse en una inanimada figura de barro. Cuenta la leyenda que, una noche, al rabino se le olvidó retirar el papel, y el golem, recién empezado el Rabat, comenzó a romper y destrozarlo todo sin ningún control. Entonces, el rabino llegó, se quedó mirando frente a frente al golem, le arrancó el papel de la boca, y prohibió terminantemente volver a otorgarle vida al monstruo (algunas versiones tienen incluso mayor componente dramático, dicen que la palabra emet estaba escrita en la frente, y que cuando el golem se hallaba a tan sólo unos centímetros del rabino, dispuesto a atacarle, éste borró una de las letras de la palabra transformándose en met, que quiere decir “muerte”, y así el golem murió). Esta historia, que me la contaron en su día mis abuelos, era el típico cuento que te narran antes de ir a dormir, y que de pequeño te despierta entusiasmo, de adolescente indiferencia, y de mayor, una incómoda sonrisa. Yo no había vuelto a esos días de vivienda pequeña e historias desde hacía muchos años, los mismos que debían haber pasado desde la última vez que visité a mis hermanas, que siempre insistían en recordarme alguno de los episodios de nuestra infancia, mira aquí en esta foto, qué mono eras, y qué sonrisa, qué simpático, antes eras más simpático, muchos menos arisco, no sé qué es lo que te ha pasado desde entonces. Al carajo, solía murmurar yo entre dientes en esas ocasiones. Pero ahora, estas viejas historias, podían servirme de mucha utilidad para el presente más inmediato. Pues, si en realidad eran leyendas, no perdía nada por creer en ellas. Pero si contenían una parte de verdad, entonces, constituían una solución de ventajas inimaginables para la consecución de mis fines.

            Así que lo que hice, fue coger el coche. Ante la pregunta, ¿qué lugares hay cerca de Manhattan que sean una tierra virgen?, es muy difícil contestar. Sobre todo en un planeta donde poco o nada queda ya virgen, y donde más de la mitad de la superficie del mismo está sujeta a la especulación inmobiliaria. No obstante, afortunadamente para mis propósitos, y a pesar de los republicanos, aún existen reservas naturales donde es posible encontrar con relativa facilidad algún lugar que no haya entrado en contato con el ser humano. Colarme en la reserva fue más o menos fácil; no hay nada que pueda negársele a un hombre con una firme convicción, y más de un billete de cien dólares en el bolsillo (ah, la voluntad de Schopenhauer...) Encontrar ese lugar virgen, sin embargo, tuvo algo más de complejidad. Pero después de un par de intentos, lo logré; era un terreno arcilloso, no habitaba allí ningún animal, tampoco hubiera sido útil como lugar de residencia de ningún primitivo habitante del continente americano, y se hallaba bastante bien resguardado de miradas ajenas. A pesar de que no suelo creer en las intuiciones, sentí, en aquellos momentos, que ése era el sitio adecuado. Comencé a elaborar la figura de barro.

            Lo hice con dedicación, con cuidado y esmero, recordando todos los detalles que había leído y releído en la abundante documentación que había obtenido acerca del tema. Construí mi golem como siempre me lo había imaginado, como fue hilvanándose, haciéndose más real en mi cabeza, conforme me iba acercando al parque natural al volante de mi coche. Lo construí, lo detallé, del mismo barro, como hicieron a Prometeo los dioses, y, al terminarlo, le eché un último vistazo. Había quedado perfecto.

            Adopté el método del rabino Loew para darle vida, la tira de papel en la boca. Constituía la prueba definitiva. El golem pasó de su inmovilidad de barro pétreo a abrir y cerrar los párpados. Emitió algún sonido gutural, y poco más. Era un poco extraño contemplarle así, un hombre de barro, con el agua que le había formado todavía goteándole de los pies, sobre todo porque la leyenda decía que tendría que haber adquirido forma humana y haberle crecido el pelo y las uñas. No obstante, también es verdad que en teoría los salmos había que hacerlos en compañía de otras dos personas, y claro, es lo que tiene hacer golems, uno no tiene manual de instrucciones ni tampoco puede llamar al servicio técnico a preguntar qué es lo que falla o dónde tiene que pulsar para activar la función de “reset”. No me entretuve hacer más ensayos, permanecer allí era demasiado arriesgado, era mucho más seguro volver a casa. Desactivé al golem, quitándole la tira de papel, y, con bastante dificultad, me llevé la estatua de barro al maletero del coche, donde la dispuse con cuidado. Luego, marché a casa.

            Cuando probé de nuevo el golem, esta vez ya en mis dominios, era noche cerrada, pero no hubiera importando, pues nos encontrábamos en la oscuridad del garaje. Le coloqué la tira de papel en la boca, y comprobé su absoluta servidumbre, así como su incapacidad para hablar o producir la más mínima expresión que revelara coherencia o racionalidad. No me resultaba extraño, después de todo: el golem es un autómata, una criatura sin alma, tan sólo con cuerpo, y no esperaba de él grandes alardes. No obstante, el comprobar cuán fina es la línea que nos separa a nosotros, los hombres, de convertirnos en golem, de perder nuestras almas –como quizás lo estuviera haciendo yo en este momento-, de transformarnos en ese ser absurdo y simplón, de hierática faz como ante el que yo me encontraba, me sobrecogió ligeramente. Sin embargo, ya he mencionado que no soy muy dado a sentimentalismos; desactivé el golem, y me fui a dormir.

            El encargo que le mandé al golem, a la noche siguiente, no era demasiado complicado: aunque no era capaz de hablar, sí que comprendía (le hablaras en inglés o en yiddish, le era indiferente; incluso podías no hablar, tan sólo le bastaba con que lo pensaras e hicieras una leve señal con los ojos) todo lo que le ordenaba. Le señalé donde estaban los hogares de mis enemigos, y le dije por dónde podría acceder empleando la violencia. El plan no tenía fisuras: era tan simple como entrar, arramblar con todo lo que pudiera, y eliminar la vida de mis oponentes. En principio, no tenía que haber testigos: habitualmente, la fauna habitual de Wall Street y de los centros financieros de Manhattan está demasiado ocupada como para tener que preocuparse de una mujer o unos hijos. Y en todo caso, si, por lo que fuera, algún vecino contemplase al golem, ¿qué iba a decir? Entre la oscuridad, creerían ver a un hombre, que describirían como quisieran ellos imaginárselo, allí su inconsciente jugaría un papel determinante, probablemente la descripción de cada uno de los testigos coincidiría con la imagen que ellos mismos tenían del típico asesino, para uno sería gordo y sin afeitar, para otros, de una delgadez cadavérica y con cicatrices en la cara. Y, si por algún casual, alguien llegara a contemplar al golem tal como era, ¿qué sería lo que diría? “Ha sido un monstruo de barro, lo sé, yo lo he visto”. Nunca se atreverían a declarar, por no saber qué decir; y, por si eso fuera poco, ni siquiera la policía de Nueva York, que ha visto ya tantas cosas, daría crédito a testigos que hicieran mención a monstruos mitológicos. En todo caso, nada había que me relacionara directa o indirectamente con los crímenes. Yo siempre quedaría a salvo.
           
            El golem recibió las órdenes quieta y parsimoniosamente (qué extraño, pensé, ¿qué pasaría si se me hubiera olvidado modelar las orejas?¿Podría oírme igual? No pude evitar pensar en este tipo de tonterías mientras le mencionaba los detalles del plan). Le pregunté que si las había comprendido. Giró la cabeza, y asintió. El barro de su cuerpo se modificaba extrañamente con cada movimiento que había, como si fuera flexible, plástico, frente a la contradictoria apariencia de solidez que mostraba cuando se hallaba parado. Entonces, se levantó. Comenzó a caminar de manera torpe y desgarbada. Con cada paso, me daba la sensación de estarse abriendo la roca que cubría una inmensa cueva, como si –meditaba yo para mis adentros-, estuviera abriendo de nuevo el mismo sepulcro de Cristo, para darle muerte otra vez. Se paró ante la puerta del garaje, que yo levanté, y que chirrió a causa del lamento de los goznes. El golem se marchó sin grandes estridencias, incrementando paulatinamente la velocidad. Cuando se perdió de mi vista, marchaba corriendo.

            Pasé en vela toda la noche, sin saber muy bien qué esperar, ni qué hacer. Sabía que no ganaba nada con quedarme esperando al golem, pero de todas maneras, quise hacerlo. Consumí la angustia en el garaje, con la puerta abierta, dando vueltas sin cesar, fumando un cigarrillo tras otro. En un momento determinado, debí sentarme en una silla y dormir; cuando me desperté, ya era casi la aurora, y el golem se encontraba ante mí, de pie, inmóvil y estático. Su cuerpo estaba cubierto de sangre y trocitos de cristal. Lo desactivé, y marché frenético a ver las noticias.

            Efectivamente, mis enemigos habían muerto. Los telediarios mostraban imágenes de sus hogares, completamente destrozados, como si hubiera pasado un huracán a través de ellos, huracán tras el cual hubiera llegado Jack el Destripador en versión sanguinaria, brutal e indecible. De “horripilable masacre” y “acto de un grupo de criminales abyectos y sin escrúpulos”, lo tachaban las noticias. Bebí a sorbitos una taza de café.

Medité sobre la situación en la que me encontraba; la coincidencia de varias muertes esa misma noche podría alertar a algún ser desconfiado, pero aquel acto de cercanía temporal entre las muertes (premeditado, por supuesto: no quería que mis enemigos, al verse sorprendidos por la muerte de un hombre semejante a ellos en rango y categoría, aumentaran bruscamente las medidas de seguridad en torno suya, o alterasen sus rutinas), no importaba tampoco, pues mis enemigos tenían a su vez tantos posibles conspiradores en su contra, que yo sólo hubiera sido el último de una larga lista de nombres mucho más apetecibles de investigar. Además, la sincronización revelaba la existencia de una banda organizada, que algo de lo cual –al menos, en teoría-, yo no disponía. Y, por supuesto, estaba el hecho de que ningún hecho físico me asociaba a los asesinatos. Me fijé en la hora a la que habían ocurrido los mismos; teniendo en cuenta las distancias, y que el golem había recibido instrucciones de buscar pasar desapercibido, había un intervalo realmente breve entre crimen y crimen (qué palabra más fea, crimen, ¿no¿ Llamémosle mejor “lamentable daño”). El golem se movía rápido; yo no sabía muy bien de qué manera. En todo caso, y a pesar de mi absoluto ateísmo –incluso a pesar de lo vivido en los últimos días-, mis manos me temblaron ligeramente. Me alegré de que el golem estuviera bajo mi mando, y no el de otro.

Durante un par de semanas, me dediqué, simplemente, a disfrutar del producto de mis fechorías. En ausencia de molestias externas, los negocios iban viento en popa: pronto podríamos lanzarnos como tiburones a la caza de una nueva empresa a la que absorber como si fuera una mota de polvo. Sin embargo, y como siempre, seguir en activo implica nuevos desafíos; y esta vez, no eran tan fáciles de resolver por la vía expeditiva, como había ocurrido con los anteriores.

Me di cuenta de que necesitaba ayuda; contaba con expertos financieros y asesores, con chacales de la vida que, orientando su ya clara vocación de psicópata, decidieron estudiar economía; pero eso no era suficiente. Al fin y al cabo, un hombre es un hombre y, como tal, limitado por sus capacidades materiales. En cambio, un ser sobrenatural, de ultratumba, del otro mundo. Qué sería capaz de hacer si, además de su fuerza y de sus poderes, pudiera ser capaz también de razonar y de elaborar planes. En busca siempre de la continua mejora y del aprovechamiento de los recursos, me dije a mí mismo que no podía desaprovechar la oportunidad que se presentaba ante mis ojos. Comenzó a hilvanarse una idea en mi mente.

Durante todo ese tiempo, había tenido al golem abandonado, encerrado en el garaje, cubierto con una lona de plástico, y sin la tira de papel en la boca. La noche que lo tuve preparado, volví a bajar al garaje, y activé de nuevo el golem. Éste, como si le pesaran los párpados, tardó mucho en levantarlos. Luego, se quedó quieto, esperando mis órdenes. Pero esta noche, iba a ser distinto.

Lo primero, ante todo, era proporcionarle una cierta compresión del lenguaje. Allí tuve que poner todo mi esfuerzo y capacidad de empatía, tratando de imaginarme cómo nos enseñaron en la guardería nuestras profesoras a elaborar las primeras palabras. Yo le ponía ejercicios, le obligaba a trabajar las cosas. El golem, de forma fría, automática, fue respondiendo; se disiparon mis temores, entonces. Tenía miedo de que fuera incapaz de aprender nada, que fuera barro y sólo barro, sin el más mínimo asomo de inteligencia. Parecía que era posible, pero había que estimulársela. Seguí trabajando en ello.

También había que enseñarle unas mínimas matemáticas; una pizarra, en la que dibujábamos palitos, y un ábaco, fueron nuestras primeras herramientas. Yo bajaba hasta el garaje por las noches, activaba al golem, le enseñaba cosas, y cercano ya el alba, lo desactivaba y marchaba de nuevo al trabajo, sin haber dormido una sola hora. No importa, me dije. Ya dormiré, me encontraba entusiasmado con este proyecto. También había que enseñarle cosas relacionadas con la naturaleza, y con la organización de la sociedad. Parece complicado hacerlo desde un garaje, pero los modernos métodos multimedia nos permiten hacer una serie inimaginable de cosas. El golem atendía, prestaba atención, movía los ojos inquieto ante las imágenes que yo le enseñaba, de plantas y animales, de mapas y fotografías de edificios. Me alegraba tener aquel alumno fiel y atento, incapaz de rechistar, parecía –a todo punto-, perfectamente capacitado para aprender. Las cosas siguieron avanzando, esta vez con más calma, y me permití el lujo de dormir un par de horas cada día.

Al principio le leía yo; primero historias infantiles, luego, pasamos a contenidos más elevados. Shakespeare, Dante, Edgar Allan Poe, Walt Whitman y Calderón… Yo leía, hablaba sobre sensaciones humanas como la envidia o la bondad, recitaba y me colocaba en el lugar de los poetas, transmitiendo un don que nos ha sido heredado de generación en generación y ha perdurado hasta nuestros días, como es la capacidad de hacernos soñar. Pronto, muy pronto, estimulé al golem a que pronunciara sus primeras palabras; no se le daba muy bien, desde luego. Tenía una voz excesivamente grave y modulaba muy mal los tonos, pero algo hizo, incluso fue capaz de leer párrafos en voz alta, si bien no tenía ningún problema con terminar (siempre que fuera en silencio) un libro entero. Aprender a escribir fue mucho más fácil de lo que me podía haber figurado: los progresos eran cada vez más rápidos.

La verdad es que las cosas salían mucho mejor de lo que yo me había esperado, y eso hizo que, tal vez, la vanidad, se me subiera a la cabeza, y me planteara, por primera vez en mi vida, rutilantes quimeras. Me sentía orgulloso de mi labor, sentía que estaba forjando no sólo a un ayudante, sino –con el tiempo, con un poco de paciencia, con el paso de los años-, a todo un intelectual, alguien que fuera capaz de alcanzar (y de superar incluso) a los necios patanes egocéntricos que dicen ser mis asesores en los negocios, y que están llenos de ese orgullo y arrogancia que les hace imposible dejar libre la imaginación, y obtener ideas nuevas, esas ideas geniales que determinan el éxito que todos ansiamos en la vida. Lejos de recordar la parábola de los sucesos que le acaecieran a Víctor Frankestein, yo me sentía como Dios creando a Adán en el Paraíso, seleccionando las formas, el color, la textura de la piel y de los huesos del futuro ser humano… Pero esta forja, esta creación, que yo estaba elaborando, era puramente intelectual, para nada física, pertenecía al terreno de la abstracción, de la misma inteligencia. Y todo ello para crear desde los inicios -si todo fuera bien, si todo continuaba como se iba desarrollando-, algo muy parecido al superhombre que describió Nietzche, al Dios que un día soñó Einstein, o al Príncipe que Maquiavelo dibujó.

Porque mi golem representaba todo eso, y muchas cosas más: constituía el triunfo de la mente sobre la materia, del espíritu sobre la carne, de lo que la misma voluntad del hombre es capaz de hacer si se lo propone. Me sentía orgulloso de mi creación, sentía más satisfacción por él que por los millones que ganaba diariamente, e incluso comenzaba a imaginarme el futuro, y cuánto de grandeza había en él. Porque, al contrario que los absurdos y patéticos mortales –siempre enfangados en cuestiones menores-, mi golem respiraría frescura, inteligencia, vitalidad, tendría la sabia astucia de Fouché y de Tayllerand y la sensibilidad de Petrarca, sería educado en los más refinados clásicos, porque yo habría dirigido su orientación hacia ellos. Significaría un antes y un después en mi vida, constituiría un compañero con el que debatir mis problemas y encontrar soluciones, un socio, un colaborador, un igual, por qué no, un amigo. Tal vez alguien, con quien combatir la soledad…

Sin embargo, en un momento determinado, las cosas comenzaron a fallar. Fue progesivo, poco a poco, fue ocurriendo paulatinamente. El golem se movía más lento, más pesado, parecía más aturdido, tenía la mirada perdida, de vez en cuando. Algo pasaba, pero él no era capaz de expresarlo, y yo, ¡infeliz de mí!, era incapaz de entender lo que me quería decir él. Los progresos iniciales se volvieron significativos retrocesos; dejó de escribir, no podía leer, hablar le resultaba un suplicio tormentoso, hasta retornar finalmente a los sonidos guturales del momento en que le conocí. Parecía, pensé yo, que tanta información le había saturado, que tanto conocimiento le había afectado demasiado, como si tuviera un cupo limitado de memoria y de espacio en su capacidad de aprendizaje, y se hubiera rebosado su límite hasta el punto de volver hacia atrás. Traté de hacer lo que pude, volví a dormir pocas horas, quise darle descansos, reforzar sólo las bases más esenciales de lo que le había enseñado, pero nada… El deterioro era triste, progresivo, irrevocable y maldito, como maldito me consideraba yo. Ya no sabía qué hacer.

Y un día, nada más levantarme por la mañana, antes de salir a trabajar –le había dejado con la tira en la boca esta noche, tenía miedo de lo que pasara si lo desactivase-, lo contemplé. Se había quedado parado, quieto, caído sobre el suelo, balbuceaba ligeramente, perdida la noción de sí mismo, como el ser autómata de barro que después de todo siempre fue. No pude asumir mi derrota, volví de nuevo a mi documentación inicial sobre el golem, la que recluté antes del primer proyecto, y encontré un párrafo que anteriormente me había pasado de largo: “El golem”, decía el texto, “ha de nutrirse siempre del mismo barro que lo fundó. Cualquier modificación o mutilación que sufra su cuerpo ha de ser arreglada en esa misma tierra de origen”. Claro, me dije yo. Qué es lo que he hecho estos días, sino modificar a ese golem, tal vez no en el terreno físico, sino en el intelectual. Tal vez no esté preparado para esta alteración de sus propiedades, quizás fuera esto lo que le había alterado en su funcionamiento, tal vez si volvía al barro tendría una segunda oportunidad. No había otro remedio, tenía que irme: no podía arriesgarme a perderlo.

Cogí el coche entonces, y volví a meter el golem en el maletero. Conduje el coche de manera frenética y suicida de nuevo hacia la reserva natural; fue complicado y pesado cargar el golem sobre mis hombros, parecía que esta vez pesara más. Tambaleándome, logré localizarlo por fin, el barro primigenio de donde había surgido, el lugar adecuado para poderlo restituir. Había que actuar deprisa. Coloqué al golem pesadamente en el punto exacto de donde había surgido la primera vez; tenía que modelarlo de nuevo, pero sin destruirlo completamente, irle incorporando lodo y fango que sirviera de base para crear un golem más resistente. Le eché un último vistazo, y me agaché, delante del golem, para recoger el barro en el cuenco de mis manos.

Fue entonces cuando sentí desde arriba un golpe demoledor.

Luché denonadamente, busqué con todas mis fuerzas derrotar a mi agresor; pero era demasiado fuerte, era demasiado astuto, me encontré envuelto en una nube de lodo y sangre, sentí cómo mis movimientos se hacían más pesados conforme el barro cubría mis ropas y dificultaba mis movimientos, mientras los golpes seguían llegando desde todos lados y hacia los rincones más sensibles de mi cuerpo. Me sentía cada vez más pesado, cada vez más aturdido, más dolido, no podía respirar. Sentía que estaba perdiendo… sentía, que no podía ganar.

Y fue entonces cuando lo entendí todo; cuando comprendí que, desde el principio, yo había jugado a ser Dios, y a como a todos los dioses, me había salido muy caro. Cuando comprendí que había trasgredido la principal regla del golem, que es su carencia de alma, y que cuando la introduje, modifiqué toda la ecuación, hasta obtener algo muy distinto. Y me di cuenta de que en realidad nunca había gobernado yo la situación, sino el otro; que, mientras yo me dedicaba a soñar con hombres ideales y con Prometeos, mi antagonista había encontrado el contrahechizo. Fui consciente, de que aquel párrafo que había leído unas horas antes en mi casa no había sido nunca ignorado, sino que, en realidad, nunca se encontró allí, y que fue alguien, o algo, lo que después, para sus propios fines, lo añadió. Pero ahora era muy tarde.

Seguía luchando. Me encontraba cubierto de barro por todas partes: los brazos se volvían cada vez más pesados. Mis miembros se paralizaban, se paraban, sentía como si no fueran míos, ya no era capaz de hacerlos mover. Y mientras, mi agresor, se iba parando, se iba separando, se alejaba de mí, mientras yo seguía luchando, contra mí mismo, contra mis demonios, contra cualquier deseo, quería mover un dedo, quería, tan sólo, mover un dedo…

Finalmente, me entregué. Ya no podía hacer nada. A través de mis ojos, cubierto el resto del cuerpo de una gruesa capa del barro, completamente inmóvil, contemplé a un hombre. Era guapo, era apuesto, tenía una sonrisa de triunfador en los labios, y un aire de satisfacción en su rostro. Me contemplaba con aire displicente, tal y como yo, en su día, le miré a él, cuando yo le creé. Pero a partir de ahora, pensé yo, todo va a ser muy distinto.


Ahora, yo soy el golem.

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