lunes, 10 de abril de 2017

El relato y la historia real de abril: "Merecen toda la suerte que el azar pueda darles"

Merecen toda la suerte que el azar pueda darles

Esta obra está inspirada en hechos reales que se relatan en el documental “Las cajas españoles”, en relación con el traslado de obras de arte desde el Museo del Prado durante la Guerra Civil.
Los diálogos y la manera de reflejar algunas situaciones son ficticias, especulativas o imaginadas, pues no conocemos a ciencia cierta cómo tuvo lugar el suceso original.
El contexto, por desgracia, es tan inmodificable como real.

        El cálido y tormentoso zumbido del motor se antojaba, a los milicianos, como el rugido durmiente de un monstruo marino que se hubiera zambullido en el frío océano con ellos en el interior de su panza. “Me pregunto si Jonás llegó a escuchar el ruido de la digestión dentro del estómago de la ballena”, meditó alguno de los hombres para sus adentros, sumergido en la oscuridad, mientras recordaba sus viejas lecciones en el colegio católico. No obstante, el Dios en el que no creía debió escucharle, porque nada más aquella breve ráfaga de duda teológica atravesó su cabeza, el rugido del vehículo se interrumpió y el camión se paró en seco, de tal manera que el frenazo les hizo golpearse los unos contra los otros. Algún individuo, incluso, asió instintivamente con más fuerza las armas que portaba consigo, y de hecho unos cuantos de los que se encontraban dormidos estuvieron a punto de ponerse a disparar, con el sobresalto, una ensalada de tiros en el interior del camión. Cuando se abrieron las puertas del monstruo, tenía pinta de que aquello iba a degenerar en una batalla campal. No obstante, las personas que aparecieron en la puerta del camión, dejando penetrar los tímidos rayos de luna, descolocaron a los ocupantes. Ellos esperaban a un comando del bando nacional, soldados entrenados con fusil el ristre que lo primero que hubieran hecho sería descerrajarles un par de tiros y dejarlos con las tripas abiertas como un pescado. En lugar de esto, lo que encontraron fue a un miliciano, muy similar a ellos, abriendo las compuertas del vehículo y cediendo el paso a un hombre con gabardina, gafas de lentes circulares, del grosor de un culo de vaso; el rostro era también redondo, a juego con las gafas, y el peinado estaba orientado hacia un lado, con raya y flequillo, proporcionándole aspecto de intelectual. El tipo de persona que no esperas encontrarte en mitad de una guerra, sino detrás de un despacho, y de hecho se le notaba bastante perdido. Su rostro revelaba un poso de preocupación, tanta como aire de oficialidad pretendía emanar su figura, aunque él mismo había de reconocer que no le salía muy bien del todo. A los hombres del camión, desde luego, les descolocó sobremanera. Estaban preparados para luchar, pero no para esto; para ver a ese hombre, plantado como un pasmarote bajo el frío y la fina llovizna, y por eso aflojaron la presión alrededor de los fusiles. El hombre de la gabardina intentó elevar la voz para que su mensaje llegara a todo el camión con tono estentóreo, pero le interrumpió un ataque de tos que lo hizo ininteligible. Luego, más tímidamente, proclamó:
            -Tienen ustedes que bajar y desocupar el camión. Háganlo cuanto antes, por favor.
            La estupefacción gobernó en primer lugar las reacciones, y eso propició unos cuantos segundos de silencio. Luego –y la manera comedida de expresarlo fue, sin duda, consecuencia de la educación con la que había formulado su solicitud el hombre de fuera del camión- uno de ellos se levantó e inquirió:
            -¿Quién es el que lo pide?
            El primero se mordió el labio inferior. A continuación, dijo muy serio:
            -El ministro de Estado. O sea, yo.
            Aquella declaración debería haber ido seguida de un trueno, pero en lugar de eso, cesó la llovizna. No obstante, el efecto fue igual de perturbador. Aún así, se veía que, con la explicación, los interpelados no habían quedado satisfecho del todo.
            -Pues será todo lo ministro de Estado que sea –proclamó el que había hablado antes-, pero con los fachas siguiéndonos los talones, ni aunque viniera aquí el mismísimo Marx iba yo a desalojar este camión.
      El hombre de la gabardina guardó silencio. Para sus adentros, barruntaba dos frases contrapuestas que replicar: “No tengo a Marx pero tengo a otra persona”, o “Esto es más importante que Marx; muchísimo más importante”. Sin embargo, la precaución venció a las ganas de discutir, y no dijo nada. En lugar de eso, hizo un gesto al miliciano que le acompañaba y le advirtió:
       -Tengo que hablar de este asunto con otras personas. Impida que arranque este camión –luego se volvió de nuevo hacia los que estaba dentro del mismo-. Volveré en seguida. No se muevan.
         El hombre se volvió entonces hacia atrás y se perdió de la vista de los sorprendidos milicianos. El único individuo que había hablado hasta entonces le pidió al que acompañaba al ministro:
          -Al menos abre las puertas del todo para que entre algo de fresco.
       El otro obedeció. Algunos aprovecharon para descender y salir de la oscuridad del camión, aunque la pálida luz reinante no era ni mucho menos un faro en mitad de la noche. Se encendieron unos cuantos cigarrillos. Otros salieron para desperezar las piernas, o para liberar necesidades a las que no habían podido dar salida durante aquellas largas horas dentro del camión. A pesar de que procuraban aparentar serenidad, los temblores de algunos (especialmente los más jóvenes) al encender los fósforos indicaban la tensión nerviosa a la que seguían sometidos. Un individuo más veterano les contemplaba con cierta benevolencia, la cual los primeros malinterpretaron:
        -¿Qué pasa?¿Por qué cojones estás tan tranquilo?¿O es que tú no tienes miedo de que nos atrapen los nacionales?
            El aludido sonrió con una punzada de (no sabía qué le dolía más) tanto de amargor como de ironía. Volvió la vista hacia la zona de carga del camión. Allí se acumulaban algunas provisiones, pero sobre todo armas y munición. Las llevaban con ellas por si pudieran servirles, pero el hombre se preguntaba si los franceses iban a permitirles portar con ellos ese arsenal, o se los requisarían nada más llegar a la frontera. Esas armas hubieran sido más útiles atrás, en todas las batallas perdidas, pensaba el hombre… Algunas de ellas, él las había vivido. El sabor de la derrota aún le dejaba un regusto en la boca a hiel… Ahora, en cambio, huían como ratas mojadas, en busca de un destino incierto donde a nada seguro se podían agarrar. Los más optimistas hablaban de aprovechar los vientos de guerra que soplaban por Europa para retomar la contienda, ahora desde el extranjero. Pero aquel hombre, que había visto tanto… No estaba seguro de si era posible. O mucho peor, si él tenía fuerzas para hacerlo.
            Para él, casi, que le cazaran las tropas nacionales ahora que la España que él había intentado salvar estaba a punto de morir, reducida a unos cuantos kilómetros que se iban empequeñeciendo cada día hasta convertirse sólo en una mota en el espacio, sería casi un alivio. Al menos, ya no tendría que seguir huyendo.
            Sin embargo, no tuvo que responder a sus compañeros. Todos los ojos se habían vuelto hacia el lugar adonde se había dirigido el ministro. Allí había un par de edificios, y, en frente de ellos, un par de coches dentro de los cuales se situaban, apiñados, varios hombres que discutían acaloradamente. La figura del ministro se reconocía entre algunos de ellos. Los milicianos volvieron la vista hacia la explanada. La carretera había sido cortada. Un camión que iba junto con ellos había quedado parado también. Varios milicianos y unos pocos policías de la República habían cortado la carretera y seguían deteniendo vehículos, siempre y cuando éstos fueran de gran tamaño. A los turismos, al menos de momento, los dejaban pasar. El retén que habían montado estaba enlenteciendo el intenso tráfico, provocado por una hilera de coches que parecían insectos huyendo a toda velocidad de un hormiguero en llamas. No obstante, la cosa se encontraba algo más despejada que por la mañana o a última hora de la tarde, cuando el caos y las riadas de coches habían colapsado completamente las carreteras. Ahora, el número de coches era mayor, pero la penumbra incrementaba la sensación de irrealidad, de absurdo. Aunque quizás el problema no fuera la noche, la desesperación o las familias que habían empaquetado todo lo que tenían y habían decidido marcharse a otro país. Quizás, simplemente, es que se tiene siempre esa impresión cuando llega el fin del mundo.
            -Mirad, algo se mueve –indicó uno de los que iban en el camión, y que llevaba un vendaje alrededor del brazo. Cuando volvieron la vista, los otros comprobaron cómo, en efecto, el que se había presentado como el ministro había salido de los coches, acompañado con otras personas. Entre ellas, el ministro discutía fogosamente con un hombre calvo, con bigote, de delgadez casi cadavérica, muy alto, que fumaba con frenesí un cigarrillo mientras daba pasitos nerviosos a uno y otro lado, como tratando de apaciguarse a sí mismo. Después de unos cuantos minutos de intenso debate, los dos hombres parecieron ponerse de acuerdo y se volvieron de nuevo hacia el camión. Junto a éste, empezaron a agolparse más milicianos, evacuados, heridos, procedentes de los otros vehículos que habían sido retenidos.
            -Me llamo Timoteo Pérez Rubio –afirmó el hombre delgado-. Represento a la Junta Central del Tesoro Artístico. En esos edificios –dijo señalando al lugar de donde provenía- tenemos ahora mismo guardados los cuadros y otras obras de arte que se han rescatado del Museo del Prado. Estamos llevándolas a Suiza, con el objetivo de guardarlas a buen recaudo, para así salvarlas de los bombardeos de la guerra. Primero fueron a Valencia, luego a Cataluña, ahora tienen que ir al extranjero. Un Comité Internacional nombrado por la Sociedad de Naciones nos iba a mandar unos camiones desde Francia para transportar las obras. Pero al ver el follón que había organizado en la frontera…
            Pérez Rubio obvió expresamente la palabra que se le pasaba por la cabeza, “desbandada”.
            -… al ver el caos, digo… Han decidido no acudir. Necesitamos todos los camiones posibles para desplazar las obras. Tenemos que requisar su camión.
            Se hizo un momento de cavilación entre los ocupantes del vehículo. Se estaban tomando su tiempo en procesar lo que les habían dicho.
            -¿Unas obras de arte?-preguntó uno.
            -¿Putos cuadros?-inquirió enajenado otro.
            -Les pido que se tranquilicen –solicitó mediador el ministro.
            -¿Qué cojones nos vamos a tranquilizar?-se incorporó el herido que había hablado antes, entre exabruptos-. ¿Quieren que nos bajemos aquí en mitad de la nada para dejar sitios a puñeteros cuadros?¿Saben cómo tengo yo el brazo?¿Y saben cómo le pasó esto?¡Me ha ocurrido en batallas en las que me partí el espinazo defendiéndome por ustedes!¡Por su gobierno!-golpeó con el dedo índice sobre el pecho del ministro.
            -Y ahora ese mismo gobierno le pide que le haga un nuevo favor a la patria-replicó el político, casi en un ruego.
            -¿Otro?¿Quiere más?¿Quiere que me abra las venas y le ceda mi sangre, acaso?¿Y todo porque quiere salvar unos putos cuadros?¿Y además, para qué?¿Qué va a pasar con ellos en Suiza?¿Se lo quedarán los suizos?¡Porque a mí eso no me parece muy patriótico!
            -No –agachó la cabeza pesaroso el ministro, para luego rechinar entre dientes. Le costaba dar el siguiente paso-. Lo más probable es que se los entreguen, cuando termine la guerra, al gobierno de Franco.
            Aquello fue la gota que terminó de desbordar la rabia.
            -¿A los fachas?-respondió colérico uno-. ¿Y eso es salvar las obras de arte?
            -¡Al menos permanecerán en España!-apretó los puños el ministro, quien no levantaba la vista del suelo-. ¡Al menos seguirán perteneciendo al pueblo español!
            Timoteo Pérez Rubio, mientras tanto, se había echado a un lado como si, una vez manifestado su alegato, ya no tuviera nada más que agregar y se colocara a un discreto lado de la conversación. Como pintor que era, le dolía escuchar que las obras de Velázquez o Zurbarán eran “putos cuadros”, pero lo cierto es que ahora se sentiría mucho más a gusto en su viejo estudio, con sus pinceles, en lugar de en este proyecto que le había quebrado la salud y la vida. Aunque fuera una responsabilidad de la que, como hombre y como artista, no era capaz de escapar.
            -Eso es una gilipollez –sentenció el miliciano herido-. No pienso moverme de aquí. Y mucho menos por… grabados o esculturas.
            El ministro levantó levemente los párpados para enfocar la mirada del miliciano. Visto lo que había, tomó una determinación, y giró la cabeza hacia Pérez Rubio:
            -Avísale.
            El representante de la Junta, solícito, se dio la vuelta y se dirigió hacia los coches.
      Mientras tanto, la situación se iba volviendo más violenta. Los milicianos no eran particularmente agresivos, pero habían pasado por mucho. Era de noche, era tarde. La fina llovizna había vuelto a caer. Ya casi no pasaba ningún coche por el retén. Varios camiones habían quedado varados, y todos ellos transportaban provisiones, armas y sobre todo, personas. Personas que sabían que si no se desplazaban al otro lado de la frontera, morirían o serían encarcelados. Y que se les agotaba el tiempo. Por eso se agolpaban en torno al ministro. No había ninguna sensación de amenaza física contra su persona, al menos de momento… pero tampoco ningún ánimo de claudicación.
            -¿Quién es ese que viene?
            Todo el mundo levantó la vista al frente. Allí, a lo lejos, procedente de la zona de los coches, vieron avanzar a un hombre. Era bajito. Vestía sombrero. Llevaba puestas unas gafas. Era algo entrado en carnes y avanzaba lentamente, de acuerdo a la edad que revelaban sus canas, y también a un aire cansado. Quizás se encontraba enfermo.
            -La madre que les parió.
            Dos o tres pegaron un respingo. Otros maldijeron en voz baja. Unos cuantos individuos aislados manifestaron signos ostensibles de cabreo o de sorpresa, pero la mayoría callaron, desconocedores de quién era ese individuo, aunque perplejos ante las reacciones de sus compañeros. Ninguno había visto a ese hombre en persona; eran pocos los que le habían contemplado en una tribuna, unos cuantos más los que le habían vislumbrado brevemente en los noticiarios que ponían antes de las películas, y algunos pocos más los que habían escuchado su voz por la radio. Una voz que ahora, mientras se colocaba junto a ellos y les tendía la mano uno por uno, anunciaba de manera rotunda:
            -Buenas noches. Me llamo Manuel Azaña, y soy el presidente de la República.
            A pesar de lo repetitivo del gesto, el hombre le dio la mano a todos y cada uno de los que estaban allí. Algunos lo recibieron con hosquedad, escepticismo o desconfianza, pero la mayoría se sintieron tan aturdidos que no pudieron ni hablar, o si acaso liberaron unas pocas palabras entre las que resonaron muchos “gracias” y unos cuantos “es un honor”. La mayor parte de esos hombres no había recibido la educación más elemental. Pensar que les diera la mano el máximo representante del estado era, para ellos, poco más que inimaginable.
            -Bien. De nuevo, muchas gracias a todos. Sé que están cansados. Sé que no es una situación fácil. Y también sé cuánto les cuesta lo mucho que les pedimos. Creo que el señor Pérez Rubio les ha explicado la situación. Verán, esto… es muy importante. Como sus vidas también, lo entiendo, y entiendo que han de velar por su supervivencia. Pero estas obras no pueden protegerse por sí mismas. Son el patrimonio inmortal español. Cuando nosotros desaparezcamos, seguirán estando ahí, proporcionando arte, pureza, grandeza, ilusión, a millones de españoles. Esto… no puede perderse. Vale más que cualquiera que nosotros. Les digo lo mismo que le dije al presidente del gobierno hace poco: si algo les pasara a estas obras, nos tendríamos todos que pegar un tiro. Nosotros podemos intentar movernos por nuestra cuenta: salvar a la República, a nuestras familias y a nuestras propias personas, de otra forma. Pero estas obras no tienen a nadie salvo a nosotros. Son nuestra responsabilidad. Les pido un poco de comprensión…
            Fue como si alguien hubiera tirado una piedra a un estanque y las ondas, pacientes y reverberantes, tardaran un buen rato en llegar con igual amplitud a todas partes. Después de un rato de reflexión, el miliciano del vendaje en el brazo dio un paso al frente.
            -Me llamo José Expósito. Y no soy el presidente. Ni tengo ningún cargo público. Sólo sé que me han herido mientras luchaba por la República. Y allí al fondo –señaló a uno de sus compañeros, al fondo del camión-, tengo a un amigo que perdió la pierna en la batalla del Ebro. Y lo que le quiero preguntar ahora –dijo aproximándose a escasos centímetros de los ojos de Azaña- es si entre esas obras a las que tenemos que dejar sitio y por las que nos obligan a bajarnos, hay vírgenes. Y santos.
            Sus ojos quedaron fijos, muy intensamente, con tono interrogador. Pero Azaña mantuvo el pulso de la mirada.
            -Sí, claro, por supuesto. Hay vírgenes, y santos. Algunos, realizados por los más excepcionales artistas de su tiempo, que pintaron y esculpieron vírgenes y santos porque era lo único que podían hacer si querían expresar su arte. Y también hay Goyas, y Grecos, y Boscos, y cientos de obras de las cuales somos responsables de que nuestros hijos las puedan contemplar.
            -Yo no he visto nunca ninguna de esas obras –replicó el miliciano.
            -Yo sí.
Interrumpió de repente un hombre, a quien nadie había escuchado decir nada en todo este rato. Todas las miradas se volvieron hacia él. El hombre, de aspecto humilde, ropas andrajosas, barba de tres días, se mostró tímido y azorado, apretando la boina entre sus manos.
-Una vez fui al Prado, cuando era pequeñito… No me acuerdo de casi nada, me llevó mi madre. Pero recuerdo las Meninas. Eran… eran inmensas. Parecían como si las figuras fueran de verdad. Era… como una fotografía.
De nuevo una piedra generando ondas en el estanque. Cuando sintió que el suceso había producido el efecto deseado, Azaña habló de nuevo, dirigiéndose a su primer interlocutor.
-Esto mismo es lo que le estoy diciendo. Comprendo que usted no pudiera ver esas obras. Seguro que no tuvo tiempo para desarrollar su educación, porque tuvo que trabajar desde pequeñito para sostener a su familia. Quizá porque nunca tuvo dinero para viajar, porque costaba mucho conseguir un pedazo de pan. Pero ése era nuestro sueño. Por el que luchamos todos, antes y ahora. El sueño de la República. Que todos los niños pudieran aprender y estudiar. Que pudieran hacerlo porque no tuvieran que preocuparse de que en su casa hubiera un plato en la mesa, porque éste se daba por descontado. Es el sueño que buscábamos. Ahora mismo, están cayendo las bombas encima nuestra, y si aterrizara una aquí mismo, estas obras se perderían para siempre. No deje que esto pase. Deje que esos niños del futuro tengan esa oportunidad…
El miliciano se estaba guardando la rabia, y el dolor, y las lágrimas dentro de los ojos, y la nariz, y del pecho, mientras el aire le brotaba furioso de las fosas nasales. El presidente se lo agradeció con la mirada, y volvió la vista hacia el resto. Las miradas de los milicianos eran de una mezcla de resignación, estupor, impotencia. Uno de los que estaba apoyado en el camión se retiró. Otro se fue bajando. A cada uno que descendía, Azaña le ofrecía la mano, le daba personalmente las gracias, cosa que también hacía el ministro de Estado, y también, con un apocado movimiento de cabeza, Pérez Rubio. Azaña, mientras tanto, no paraba de hablar.
-No saben ustedes lo que significa esto. España recordarán este gesto. Intentaré que les sea lo más sencillo posible obtener un transporte. A ustedes y a todos los que ahora mismo andan en este difícil trance. La patria tendrá en cuenta su dedicación. Este gesto, sépanlo ustedes, se estudiará en las escuelas. Se recordará siempre.
Los que se bajaban no respondían nada. Si acaso, agradecían las palabras con un movimiento de cabeza, o en cambio callaban, quizás porque no querían expresar su opinión acerca de si –después de tres años de guerra e ilusiones perdidas- realmente creían que la Historia se acordaría de ellos. Los más voluntariosos ayudaban a desplazar a los heridos. De los edificios salieron operarios que metieron, a toda velocidad, dentro del camión, grandes cajas y embalajes que contenían las obras del Museo del Prado. Alguna se veía que había sufrido cierto desgaste, incluyendo manchas oscuras que reflejaban cómo los bombardeos les habían afectado. Mientras tanto, encima de todos ellos -también de Azaña estrechando la mano a todo el mundo-, seguía cayendo la lluvia. No había a mano ningún paraguas.
-Repito, muchísimas gracias. España no lo olvidará. Yo no lo olvidaré. Ahora me tengo que ir, señores. A mí también me espera una penosa travesía para atravesar la frontera –dijo señalando a los atestados coches de donde procedía-. Les deseo mucha fortuna. Merecen toda la suerte que el azar pueda darles. Que a todos les vaya bien.
Azaña se alejó, junto con el ministro y Pérez Rubio, en la oscuridad de la noche. Los operarios terminaron de cargar el camión. El hueco (ahora lleno de cajas) del espacio para la carga, donde antes se hallaban ellos, contemplaba a los milicianos todavía incrédulos, observando el interior del camión desde el suelo. Las compuertas se cerraron. El retén fue eliminado, y la comitiva de coches arrancó. Los camiones se alejaron. Los milicianos se quedaron mirándolos, alejándose de ellos. Observados desde del camión, los milicianos abandonados hubieran dado al principio la impresión de un grupo de pequeños animales de quienes se alejaban volando sus madres. Más adelante, sin embargo, se volverían puntos cada vez más pequeños, hasta que no pudieran distinguirse del paisaje.
Desde el horizonte de la carretera, los que se habían quedado abajo parecían muy aislados. Muy perdidos. Muy solos.

Se pusieron a un lado de la carretera, para comprobar si veían algún camión pasar…

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