martes, 8 de enero de 2013

Reflexión. ¿Quién hizo la revolución?¿Y quién la hará ahora?


¿Quién hizo la revolución?¿Y quién la hará ahora?


                Entre finales del siglo XVIII y mediados del siglo XX se desarrollaron una serie de pasos claves para generar la democracia representativa y el estado de bienestar que los países occidentales conocemos. Para ello hicieron falta revoluciones, en buena medida soñadas y regadas con la sangre de jóvenes idealistas, utilizados por diversos estamentos sociales (especialmente la incipiente burguesía) para imponer una situación lo más favorable posible a sus intereses, y en la que los habituales oportunistas que acuden siempre en auxilio de los vencedores aprovecharon para situarse en la cresta de la ola tanto en el antiguo como en el nuevo régimen. Pero en todo caso, entre idas y venidas, revueltas y aplastamientos (con movimientos hacia atrás como el de la otrora defendida Santa Alianza), siempre quedaba un poso que decía que, de alguna manera, debía avanzarse hacia el progreso, y proclamaba una aspiración a que el futuro fuera cada vez más igualitario, más democrático, y más beneficioso para todos. A partir de ese sentir general (por un lado), de unos pocos privilegiados que hicieron causa común contra los intereses de su propia clase (por otro), de muchos inocentes sacrificados que lucharon por un mundo mejor (como factor tercero) pero, sobre todo, de un estamento acomodado que descubrió que, para determinadas cosas, una mayor igualdad era más beneficiosa para sus propios negocios, llegamos a una situación de equilibrio que -especialmente Europa- conoció como una relativamente sosegada paz, donde pudo decirse aquello de que “todo el mundo era rey” (aunque quizás esto último nos lo creímos demasiado, y nos olvidamos no sólo que no todos podemos hacer cualquier cosa que nos plazca, sino que los reyes tienen que luchar constantemente por defender lo que han conquistado) y donde parecía lógico pensar que la vida no era necesariamente -como lo fue en el pasado para nuestros predecesores- un valle de lágrimas, sino que la gente había venido al mundo para algo más que trabajar sin descanso, sino también para divertirse dentro de lo posible, pasar momentos de gozo, abrazar a los suyos, alcanzar sus aspiraciones personales y profesionales y, por encima de todo, intentar ser feliz. Parecía, por tanto, que era posible alcanzar esa especie de “utopía” en cierta medida, en la cual por supuesto no todo era justo ni para todos los países, ni tampoco para todos los individuos en aquellos lugares del mundo donde la cosa fuera mejor pero, al menos, una buena parte de la población podía beneficiarse de estas ventajas, y a partir de allí, siempre podríamos aspirar a cosas mejores. O al menos, creímos aquellos que pensamos que el mundo no debía avanzar hacia atrás.
                Hoy en día, al compás de la tortuosa evolución económica, muchas de estas ideas se tambalean. Descubrimos que, en buena medida, el sueño tenía pies de barro. Si de la visión de una monarquía absoluta que velaba por todos se nos volvió falsa un día, hoy, la de la democracia representativa no se halla con una salubridad mucho mayor, y empezamos a descubrir que este sistema puede servir fácilmente (en momentos tanto de bonanza como de crisis) para encubrir una nueva forma de oligarquía. En determinados momentos, parece intuirse que los poderes públicos –especialmente las autoridades económica y legislativa, y también la policía- sólo sirven para defender el mantenimiento del orden (encontrándonos -en estos momentos más que nunca- en la clásica disquisición sobre si es mejor preservar un sistema cualquiera para que no se produzcan cambios traumáticos, a pesar de que este orden sea radicalmente injusto) y que el teórico dominio de la mayoría democrática disfraza en realidad un montaje donde el dinero garantiza la dispersión de las mentiras a través de los medios –consiguiendo incluso que las masas atenten contra sus propios intereses de clase, creyendo que defienden sus escasas posesiones cuando en realidad están contribuyendo a hacer mayores las del “uno por ciento”- y, por tanto, los despachos de nuestros representantes acaben ocupados por una casta política se dedica simplemente a cuidar de los dineros de quienes les pagan. Hasta ahí, este discurso todos nos lo sabemos: y ahora, ¿adónde vamos?
                Un estudio reciente que relaciona el precio de los alimentos básicos en todo el mundo -especialmente el del grano de cereal- con los acontecimientos políticos, y que ha revelado ser bastante predictivo -léase las revoluciones árabes- dice que en el verano de este año 2013 (como todo estudio científico, por supuesto, corre el riesgo de equivocarse, así como que la fecha se adelante o se atrase) tocan revueltas porque el fantasma de la carestía llamará a nuestra puerta. Ponerse a predecir el futuro es muy complicado; la sociedad europea parece bastante anestesiada, cuando no noqueada a causa de la indefensión aprendida, y sorprendentemente son los considerados países ricos los que se hallan en dificultades, aunque es más probable que este tipo de fenómenos, aún así, ocurran en regiones clásicamente más castigadas como África o Asia. Pero aunque la crisis económica sirva como catalizador de estos fenómenos, lo cierto es que, aparte de las múltiples dificultades que el ser humano tendrá que plantearse en los próximos años (de la cual, a medio plazo, la más dramática será la ecológica), lo cierto es que muy probablemente la más fundamental, si sobrevivimos a las coyunturales –lo cual, desde luego, no será ni mucho sencillo-, es qué tipo de sistema de gobernanza adoptará la humanidad a largo plazo, y cuál será el equilibrio que se establecerá entre las grandes regiones mundiales. Si el siglo XIX, tras un constante debate, alumbró la democracia representativa y los nacionalismos, y el siglo XX (tras una terrible crisis y guerras mundiales) apuntó a la cooperación entre los países y el estado de bienestar, el siglo XXI debería crear un nuevo modelo. Pero, ¿cuál debe ser el que surja?
                Ésa es la madre del cordero, como suele decirse, y no parece que en estos días haya aparecido una nueva respuesta (aparte de matices de las ya existentes) para los desafíos mundiales, si bien es verdad que la democracia había aparecido en Grecia hacía siglos y sin embargo en la Francia de 1789 parecía una idea revolucionaria. En ese sentido, el mundo está basculando entre tres grandes polos: por un lado, una especie de nueva Santa Alianza europea que pretende que el orden económico del mundo siga tal y como está e incluso sea más injusto, aunque parece haber optado porque los consumidores no tienen por qué tener pasaporte europeo –sino que pueden ser perfectamente americanos o chinos-, y por tanto se puede intercambiar el eje de riqueza norte-sur por uno clase alta-clase baja a nivel mundial; luego está la opción americana (sorprendentemente, en estos años, incluso en Estados Unidos, aunque seguramente esto dejará de serlo en un futuro cercano), que apuesta por lo que clásicamente quería una socialdemocracia europea hoy aparentemente enterrada: avanzar hacia adelante a la vez que progresamos todos, incluso estableciendo para ello asociaciones colaborativas entre países. Finalmente, está la decisión china: capitalismo a ultranza, pero matizado (el estado controla buena parte de la progresión y, además, las clases dirigentes chinas son conscientes de que si el pueblo no obtiene mejores niveles de vida su reinado puede ser bastante efímero), y una autoridad indiscutible que hace que -al contrario que con la democracia griega- el pensamiento moderno ahora mismo sea que uno se maneja mejor (especialmente contra los intereses del mercado) con una voz única dictatorial que mediante la discusión eterna de la democracia –demostrándose, además, que el (¿mezquino?, ¿pragmático?) ser humano relegará la libertad si ello no le garantiza un mayor bienestar económico-. He ahí los modelos de los cuales partimos, y donde nos encontramos. Y la duda sobre cuál debemos actuar.
                Y todo ello, teniendo en cuenta la incipiente disolución del estado nacional: los países sienten como sus decisiones no dependen de ellos mismos sino de lo que digan los mercados (con lo cual, todo el mundo parece el administrador de algo que le ha sido entregado, pero nadie sabe muy bien por qué), y, por otro lado, cuando te encuentras administraciones tan grandes como China, te hallas con el problema de cómo solventar los problemas que se producen a nivel local (en este país, sin ir más lejos, se está haciendo mucho énfasis con acabar con la imparable corrupción en regiones, ciudades y pueblos, y que el estado se ve incapaz de controlar ante la inmensa extensión de su territorio). A la vez, mientras que algunos nos quejamos de la crisis de Europa, la situación en América del Sur y Sudeste Asiático -a pesar de los actuales niveles de crecimiento-, tampoco es precisamente boyante, y la africana, por mucho que algunos números sean más positivos, sigue siendo tan paupérrima como siempre. Así que, visto que nuestros problemas son comunes, las soluciones locales no podrán valer –más todavía por el paso inexorable del tiempo que tiende a hacer que todas las dificultades sean contagiosas- y por tanto, presumiblemente, no durarán. Pero en el dilema entre una autoridad más férrea y, en cambio, como proponen muchos, una democracia directa más clara (que tampoco solucionará todo, por supuesto: ¿cómo va a ser infalible un conjunto que depende de humanos que no lo son?), se encuentra la propia clave del asunto. Y es que la democracia directa implica un sistema más horizontal, como horizontales se están volviendo, también, las relaciones entre los habitantes de los países.
                Todavía no ha amanecido el día: pero llegará un momento en que un ciudadano de Madrid encontrará que está más conectado (porque es verdad) con las necesidades de un trabajador de Chicago o un refugiado de Sahel que con el diputado que su país o región ha venido a elegir como representante político. A través de internet y otros medios de comunicación no tradicionales, empezará seguramente a surgir una nueva clase social: los interconectados. Ya teníamos hace tiempo organizaciones sociales con un objetivo mundial y común: ONGs, agencias defensoras del medio ambiente, o incluso la ONU, que nació ya vencida ante el poder relativo de los estados nacionales. Pero si el mundo se conecta, ¿quiénes serán sus representantes, más allá de fronteras, en todo el mundo exterior? Aparentemente, este movimiento parece un enjambre sin rumbo, un continuo run-rún que, como se dice, encuentra de vez en cuando una forma de cristalización en manifestaciones y acciones puntuales, pero que siempre localiza su refugio -frente a la represión, la apatía o la dificultad de obtener logros palpables mediante las formas de protestas tradicionales- en un Internet rescatador donde curaría sus heridas y se regeneraría para volver a actuar. Y aún así, a pesar de su aparente exceso de “virtualidad”, este fenómeno ya está empezando a ver aparecer sus pequeños puntales que llevan a cabo acciones concretas en el mundo real: Wikileaks, Anonymous, intentan erigirse en la voz de un sistema que, casi por definición, no tiene líderes, sino que es la suma continua de pequeños apoyos el que lo hace fuerte, autocontrolándose de tal modo los propios abusos. Pero, aparte de los peligros evidentes, ¿puede funcionar este sistema?¿Se puede cambiar el mundo a partir de manos alzadas o caídas, de “Likes” y de compartir enlaces, todo aparentemente tan fútil y vacuo? Quién sabe, pero la pregunta es, ¿están los líderes de la oligocracia haciendo mejor, o demuestran actualmente más eficiencia los modos de cambiar el mundo que funcionaron de manera bastante poderosa en los siglos XIX y XX? La fragmentación de la sociedad, la desilusión acerca de la política, los líderes y los sindicatos, y la cizaña esparcida merced a la contrapropaganda política parecen jugar en contra de estos métodos. ¿Es posible revertirlo –y, seguramente, ocurrirá en parte de manera natural conforme la gente se vaya sumando al carro de “los miserables”, de los desheredados-, o iremos más rápido sumando parte de nuestras fuerzas en otro lado?
                No hay respuesta clara, pero sí una intuición: de la actual sustitución de la utopía por un sucedáneo -yendo más allá de falsos príncipes que luego se revelan ranas, y rescatando sólo con más democracia a la democracia misma- sólo se podrá salir cuando se consiga la unión de la mayoría, y para ello tendremos que empezar a anteponer la solidaridad entre la masa oprimida (y ahí clase media y baja tendrán que ser una, o las divisiones por proteger un grano de arroz lo harán inviable) a las querencias por países y partidos, recuperando, en cierta medida, el espíritu del socialismo antes de 1914, que quedó enterrado por las irracionalidades nacionalistas de la Primera Guerra Mundial. Una labor que será difícil porque todavía una gran masa de la población –sea por cuestión generacional o por simple pobreza- no tiene acceso a los mecanismos de contacto e interrelación necesarios. ¿La cosa entonces no es posible? En absoluto. Se trata sólo de una cuestión de tiempo. Para la democracia representativa y el estado de bienestar hicieron falta doscientos años. Para un nuevo modelo, ahora inimaginable y que nos acabará sorprendiendo y sobrepasando –eso si no nos liquida antes el cambio climático por el camino, o no vuelve ante nuestra derrota la Santa Alianza-, desgraciadamente, quizás tengamos que esperar cien años más. Pero quizás podamos acelerarlo. Esta reflexión, a base de subrayar e interrelacionar obviedades intenta ser un humilde intento de pegarle un empujoncito. Espero que, en ese sentido, llegue a funcionar.

P.D. Habrá quien me replique a estas palabras, por un lado, que este movimiento de los ·interconectados" ya existe, aunque sea a nivel de cada país (ahí está el problema, contesto yo: al tratar cuestiones globales e internacionales en un tablero local nos estamos restringiendo a nosotros mismos, y evitando hacer la fuerza necesaria, como un grupo de enanos batallando a un gigante. Por otro lado, cuanto más fragmentados estemos, más posibilidades habrá que las influencias verticales -desde arriba del escalafón en cada país- se aseguren de llevanros por el camino del rebaño, al impedirnos contemplar una visión más amplia), que se han producido las primeras conexiones entre movimientos como el 15-M y Occupy Wall Street (y esto es verdad, pero todavía no es suficiente), o que un movimiento que se basara exclusivamente en nuevas tecnologías correría el peligro de dejar a los que no utilizan habitualmente éstas fuera del mismo, con todos los problemas que ello conlleva. Y en muchos sentidos, estas protestas tienen razón. El que pasemos de una situación actual donde la colaboración entre ciudadanos de los países (fuera del stablishment político) no importa nada, a una en la que la democracia sea lo que estos ciudadanos decidan entre todos, puede hacer a través de innumerables maneras en una variada posibilidad de transiciones. Sólo de nosotros depende que sea de la forma más justa, armoniosa y equilibrada posible. Quizás lo veamos en vida. Quizás un día lo hagamos.

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