lunes, 22 de junio de 2026

El relato de junio: "Nunca te enemistes con..."

               La familia Higgins se levantó. Y hay que hablar en plural porque en la familia Higgins no se despertaban los miembros de manera individual, sino todos a la vez, en una secuencia que se iniciaba normalmente por el perro Poochie y proseguía con los niños, para rematar en una especie de orquesta andante y viviente a la que se iban incorporando paulatinamente la señora Higgins, la abuela Higgins y, por último, el señor Higgins, de tal manera que aquella familia-colmena acababa sentándose toda junta a la hora del desayuno. El hecho de que se hallaran en un hotel no alteró demasiado la secuencia de acontecimientos; si acaso los niños se precipitaron antes sobre la cama de los padres y los cinco (seis, incluyendo a la mascota) se apretujaron aún más en la mesa del desayuno, entre otras cosas porque la señora Higgins no tenía que preparar el café y freír los huevos. Eso sí, al término de la comida, devorada casi a dentelladas (con un ímpetu todavía mayor los humanos que el perro), el fragor y el entremezclar de cuerpos empezó de nuevo, esta vez en dirección a las maletas medio abiertas, los armarios medios llenos y los baños repletos de gente. El único que salió del apartamento (pues el señor Higgins había insistido en que un hotel era carísimo) fue el propio señor Higgins, obligado a sacar al perro, entre otras cosas, porque tener a Poochie fue un empeño personal suyo, y fue cuando lo adquirieron de las pocas veces en que su mujer se plantó: “A esa bestia parda o la sacas tú, o se queda en casa”, y el señor Higgins tuvo que transigir, entre otras cosas porque Poochie, en efecto, era un mastodonte de varios kilos de peso con quien la señora Higgins, con su diminuto tamaño, no sería capaz de lidiar ni con la más fuerte de las correas.

                Para el señor Higgins, pasear por las calles de El Cairo con el perro, en lugar de en su Manchester natal, era desde luego una novedad. Algunas cosas eran comunes: madres paseando con los niños, coches circulando por la calzada… Claro que las mujeres llevaban hiyab y las calles presentaban un embotellamiento continuo, interrumpido sólo por las escasas personas que intentaban cruzar a pie en medio del atasco. Entre ellos, el señor Higgins distinguió a un grupo de turistas que, como una bandada de patitos, caminaban por detrás de una familia egipcia, seguramente intimidados por el caso circulatorio de la ciudad y la ausencia de semáforos. La familia egipcia contemplaba la escena entre carcajadas risueñas: se veía que ya estaban acostumbrados a esa clase de escenas.

                De repente, el señor Higgins sintió en la correa un movimiento tenso y que, para el experto, resultaba evidente: Poochie se colocaba en esa posición tan ridícula que suelen tener los perros cuando defecan, con el rostro además de profunda humillación característico. Inmediatamente después de liberar el origen de sus zozobras, Poochie volvió a adquirir su cara normal, como si nada hubiera ocurrido.

                En ese momento, con mucha sutileza aprendida durante años, el señor Higgins miró cauteloso a ambos lados de la calle. ¿Nadie le estaba viendo? Estupendo. Y abandonó tranquilamente el lugar del crimen, dejando el mojón de su perro abandonado en la acera.


                Qué hermoso es visitar países extranjeros, pensó el señor Higgins.

*

                Aquel día tocaba visitar el museo de las momias. Su mujer había insistido. En realidad, la institución tenía un nombre más técnico y más largo, pero el señor Higgins no se había quedado con él: para el señor Higgins, todos los museos eran iguales. Si acaso, algunos tenían una cafetería con mejores platos.

                Iban en grupo, acompañados por un guía británico que les desplegaba su erudición, y la más brillante de sus verborreas:

                -Al final del Museo tendrán la tienda, donde podrán comprar toda clase de souvenirs. Pero no se preocupen por si les parecen muy caros: otro día podrán comprar productos similares en varias tiendas de esta calle. Eso sí, tengan cuidado, porque mañana es viernes, y ya saben ustedes que en Egipto el viernes y el sábado son fiesta y muchos lugares no están abiertos…

                -No, si esta gente con tal de no trabajar… -se quejó en voz demasiado alta el señor Higgins.

                -Pero cariño -le replicó de forma azorada y por lo bajini su esposa-, tienen dos días de fin de semana, como nosotros…

                El grupo, ajeno a estas preocupaciones, avanzaba presuroso hacia la siguiente sala. Allí, varias momias se hallaban expuestas dentro de sus sarcófagos. Algunas tenían las vendas puestas y otras, en cambio, mostraban tal cual la efigie de sus dueños, tan bien conservadas como si casi no hubieran pasado por ellas más de dos mil años. La mayor parte de los restos de faraones, princesas y hasta gatos momificados se hallaban rodeados de cajas de metacrilato protectoras, con una excepción. En medio de la sala, un grupo de hombres y mujeres con pinta de especialistas se hallaban examinando uno de los cuerpos. El ejemplar se hallaba expuesto a la vista: tenía los ojos cerrados, la piel cetrina, el aspecto de que podría haber fallecido lo mismo hace un millón de años que hace dos días, y hasta trazas de cabellos pelirrojos.

                -Ah, amigos, hemos tenido suerte. Nos hemos topado con el equipo de la doctora Al-Jadhim, que se encuentra inspeccionando uno de los valiosos tesoros del museo con un grupo de estudiantes. Esta es una oportunidad muy especial para ver una momia tan de cerca. En concreto, éste es el cuerpo de… ¿OIGA, PERO QUÉ ESTÁ USTED HACIENDO?

                Todos los ojos se volvieron hacia la parte inferior del cuerpo de la momia, a la altura donde se encontraba el señor Higgins. El cual, de manera aparentemente inocente, y sin que nadie se hubiera percatado (pues tanto los investigadores como el grupo turístico se hallaban situados alrededor de la cabeza del cadáver), se había acercado al pie de aquel cuerpo humano y lo había agarrado por el dedo meñique.

                De hecho, cuando todos los ojos se hallaban fijos en él, el señor Higgins se puso nervioso, realizó un movimiento extraño, y una porción del dedo de la momia se le quedó en la mano. Momento en empezó a mirar algo preocupado a su alrededor.

                El que más nervioso se puso fue el guía:

                -¿PERO SEÑOR HIGGINS, QUÉ CREE USTED QUE ESTÁ…?

                El hombre trató de disculparse.

                -Sólo es un dedi… una falange de nada.

                La mirada de odio que le dedicaba la egiptóloga que dirigía el examen del cadáver era un poema. Pero el que llegó armando más escándalo fue el guardia de seguridad. Bueno, en realidad no. El guardia de seguridad caminaba muy resolutivo para echarle, pero, mientras tanto, un visitante del museo con pinta de habitante de El Cairo se acercó al grupo y se puso a hablar en árabe a un ritmo muy rápido y a todo volumen.

                -¿Qué dice este hombre?-preguntó confuso el señor Higgins, que no sabía muy bien dónde colocar el fragmento de momia que aún tenía entre las manos.

                -Esto… -el guía se andaba tan abrumado por tantos acontecimientos que no sabía por dónde empezar a traducir-. Ha dicho que eso es una ofensa a su cultura, una falta de respeto por sus antepasados… Que además hay tradiciones egipcias muy serias al respecto, maldiciones para quien profane un cadáver de esa manera… Momias que se levantan de la tumba para vengar la profanación, ese tipo de cosas.

                -Ay, George, en menudo lío nos ha metido… -se lamentaba la señora Higgins para sus adentros, mientras se moría de vergüenza y deseaba estar en cualquier otra parte. Mientras tanto, la abuela Higgins no parecía enterarse de lo que estaba pasando, y los niños (que se habían quedado muy tristes después de saber que Poochie se debía quedar dentro del apartamento) se lo estaban pasando de lo lindo con aquel follón.

                -Mire, señor, creo que es mejor que se vaya del edificio -le espetó el guardia de seguridad en un inglés con acento.

                -¿Por qué?¿Por esto? -alzó el señor Higgins el dedo de la momia, todavía en sus manos-. Pero a él no he podido hacerle daño, ya está muerto.

                -¡No es un “él”, es una “ella”!-replicó el guía, superado por las circunstancias-. ¡Y cada parte de su cuerpo es de un valor in-cal-cu-la-ble!

                -Bueno, pero esto se pega con un poco de pegamento y…

                El individuo egipcio que se les había acercado, quizá entendiendo lo que estaba diciendo el señor Higgins, comenzó una diatriba todavía más acelerada y furiosa en su propia idioma.

                -Creo que el guardia tiene razón y que deberían ustedes irse -dictaminó el guía, mientras la señora Higgins se tapaba la cara con las manos y los niños estallaban en una alegría rabiosa. La abuela Higgins, mientras tanto, no entendía el motivo por el que se marchaban, pero se alegraba secretamente de hacerlo, porque le apetecía comer algo.

                De hecho, nada más salir del museo, escoltados por un vigilante guardia, la abuela Higgins manifestó sus ganas de ir a un restaurante, a lo cual se apuntaron jubilosos los niños, lo cual les obligó a buscar un lugar donde comer, pero esta vez sin las recomendaciones del guía para encontrar un sitio apto para extranjeros. Después de entrar en un par de locales donde la comida era tan picante que los paladares tan británicos de la familia Higgins les resultaba intolerable, acabaron todos juntos tomándose un helado en una cafetería de corte moderno, momento en que la señora Higgins sacó a relucir el mal cuerpo que le había dejado aquel incidente:

                -¡George, ¿cómo has sido capaz de hacer algo así?!¡Esa momia lleva siglos allí sin que nadie le haga nada, y vas tú y…!

                -Buah, qué exageración. Si es una momia más. Con la de cientos que tienen ahí…

                -¡Esa es otra!¡No hemos visto ni la mitad del museo!¡Pues mañana yo vuelvo allí, contigo o sin ti!¡No me voy a perder uno de los sitios que tenía apuntado para ver, sólo porque a ti no se te pueda sacar a ninguna parte!

                El señor Higgins, después de la sabiduría que había adquirido tras diez años de matrimonio, sabía que hay momentos para hablar, y momentos para callarse. Y supo intuir con clarividencia que ésta era de las ocasiones en que su mujer no atendería a razones.

                 El día se les hizo corto, porque, con la suerte de tribulaciones que habían vivido los integrantes de la familia británica, casi no quedó tiempo para hacer nada más. Aquella noche, tratando de olvidar los sucesos acaecidos, los Higgins se dispusieron simplemente a dormir. El señor Higgins, de hecho, concilió el sueño con total facilidad, como si ésa hubiera sido una jornada normal y corriente.

                Sin embargo, de alguna manera, el señor Higgins notó una cierta agitación nocturna. A mitad de la noche, sintió un chirrido en el extremo de la habitación y, en cuanto entreabrió el ojo, se dio cuenta de que una presencia estaba desplazando la puerta.

Entonces, desde el umbral, con sus ojos rojos, una figura espectral y envuelta en vendas lo miró y deslizó la lengua, anticipante, sobre unos afilados dientes… El señor Higgins intentó incorporarse, pero entonces descubrió que se encontraba paralizado por el terror…

                Aunque entonces, debido a la aceleración de sus propios latidos, se despertó. Y quedó aliviado al principio al mirar a la puerta y constatar que allí no había ninguna momia. Pero había algo que sí que estaba igual que en su sueño: seguía sin poder moverse. Al principio creyó que se le habían enredado los pies con las sábanas. Pero luego se dio cuenta de que no; entre otras cosas, porque no sólo se le habían inmovilizado las piernas, sino también el resto del cuerpo. El corazón le dio un vuelco cuando se dio cuenta de que tenía una mujer al lado. No su esposa, claro, que continuaba durmiendo plácidamente en su lado de la cama. Sino, a los pies del cabecero de la cama, una mujer ya madura, menuda y regordeta, de cabello oscuro, recogido en un moño. Le sonaba de algo… ¿quién era? ¡Ah, sí! Era la doctora que estaba dirigiendo la investigación que estaban realizando sobre la momia con la que habían tenido el incidente aquella mañana. ¿Qué demonios hacía en esa habitación?¿Y por qué le sonreía de manera tan enigmática?

                -Tranquilo, señor Higgins. Los efectos de la parálisis son normales. Es parte del efecto de la sustancia que le he inyectado hace unos minutos. ¿Sabe usted?, cuando una trabaja en el campo del antiguo Egipto, civilización en la cual se llevaban a cabo procesos de momificación exquisitos en los que se empleaba de manera excelente la química, se aprenden un par de trucos. Como la droga que le ha provocado la parálisis que ahora sufre. Así que no trate de resistirse, señor Higgins, no le servirá de nada. Y ahora, voy a envolverle en la alfombra de esta roñosa habitación para transportar su cuerpo. Discúlpeme si hay momentos en que lo hago de un modo poco delicado: pero ahora lo principal es no despertar a su esposa.

*

Describir el rato que pasó el señor Higgins envuelto en la alfombra, desplazado quién sabe hacia dónde por parte de una mujer que tenía toda la pinta de una psicópata, sería una tarea imposible porque cualquier narración se quedaría corta. De hecho, dentro de su muy limitada respiración, el señor Higgins exhaló un suspiro de alivio al ser liberado de la alfombra, pero detuvo la siguiente inspiración en seguida, nada más se dio cuenta de dónde estaba: habían vuelto al museo de las momias. Y, por el rabillo del ojo, el señor Higgins se dio cuenta de que se encontraba en uno de los sarcófagos. A pocos centímetros, la expresión de la cara de su secuestradora exhibía un tono de reproche suave, como el de una madre muy decepcionada por su hijo.

                -Bienvenido, señor Higgins. Va a sentir usted un raro privilegio: el de tener la oportunidad de sobrevivir durante miles de años dentro de una tumba, para ser admirado por las generaciones futuras. Sólo unos pocos miembros de la antigua civilización egipcia han podido llegar hasta nuestros días para cumplir ese destino: debería usted darle gracias a este momento.

                Si el señor Higgins hubiera podido hablar, casi que no hubiera hecho falta, porque sus inmóviles ojos lo expresaban todo a través de una mirada de pánico. La investigadora sonrió, entre despreciativa y condescendiente:

                -Conozco a los hombres como usted, señor Higgins: van por la vida como si sus actos no tuvieran consecuencias, matando a las flores conforme las pisan sin darse cuenta. Y si alguien se lo reprocha, se van sin decir nada, o si acaso emiten una falsa disculpa, y se marchan sin remordimientos. Esa clase de gente que emponzoña el mundo, a la que le da igual tener esclavizada a su pobre mujer que cargarse el dedo de una momia egipcia. Hasta que por fin encuentran la horma de su zapato: alguien que le da su merecido. Recuerde, señor Higgins: no le conviene enemistarse con una egiptóloga. Están muy acostumbradas a trabajar con los sentimientos extremos, con promesas absolutas, y con la perspectiva de la inmortalidad.

                Dicho esto, la mujer empezó a tomar lo que parecían unas vendas y a envolver de manera completa, metódica y sistemática al señor Higgins en ellas. El ciudadano británico hubiera derramado lágrimas de arrepentimiento y tristeza, si la droga no le impidiera hacer nada de todo esto. Cuando la investigadora terminó, le echó un último vistazo para comprobar que todo estaba correcto:

                -Ahora me voy, señor Higgins. No se preocupe: en realidad no soy tan cruel. El efecto de la droga se le pasará paulatinamente en unas horas y no tendrá ningún problema en salir de aquí. Eso sí, tendrá que explicar a los guardias del museo qué hacía dentro de un sarcófago, después de aparecer en pelota picada en medio del Museo en horario infantil. Pero ya le dejaré a usted que se las apañe: seguro que se las sabe arreglar. Mientras tanto, reconsidere lo que ha hecho y cómo se va a comportar en el futuro. Y recuerde: en caso de que vuelva usted a hacer lo que no debe, tengo muchas más ideas perversas de cómo actuar. Pase usted un buen día.

                Por suerte, la mujer se fue sin dejar cubierta la tapa del sarcófago. Aunque el señor Higgins no lo consideró una buena idea conforme vio a masas de niños y visitantes entrar poco a poco en el museo mientras éste se incorporaba a sus rutinas diarias. En un momento determinado, le pareció escuchar una voz reconocible. No, no podía ser… ¡Sí, eran ellos! Era su familia. Seguro que de alguna manera le reconocían y le sacaban de allí…

                -Ay, mira, Gertrude -le decía la señora Higgins a la madre del señor Higgins-… Qué momia tan bien hecha. Si parece que la hubieran envuelto ayer.

                -Hija, yo es que no puedo pensar en nada mientras no encontremos a George…

                -No te preocupes, Gertrude, seguro que se ha ido a dar una vuelta. Te apuesto a lo que quieras a que regresa antes de mediodía, preguntando qué vamos a comer. ¡Niños!¿Qué estáis haciendo?

                -¡Estamos tirando del dedo de la momia, como hizo ayer papá!

                -¡Estos niños, qué disgustos me dan!¿De las cosas que podríais haber heredado de su padre, tiene que ser precisamente esa manera de hacer el cafre? Ay, como nos vuelvan a expulsar por segundo día del museo no lo soportaría, qué bochorno sería…

                -Hija, de todas maneras me da la sensación de que esta momia es muy rara… ¿No te da la sensación de que está como llorando?

                -Uy, pues ahora que lo dices, es verdad… Es que ya se sabe cómo eran estos momificadores egipcios: si es que parece como si siguieran vivos… Cualquier día de estos se levantan Ramsés o alguno de estos y salen andando…

                La familia Higgins se fue, dejando a la momia tan sola y rodeada de gente como antes. A mediodía, por la hora de comer, fue vaciándose el museo. Fue en ese momento cuando sucedió algo inesperado: un perro de tamaño enorme, que se había escapado del apartamento donde le habían encerrado porque seguramente uno de los niños no había dejado muy bien cerrada la puerta, irrumpió en el museo, sin que ninguno de los guardias le hubiera atajado a su paso, y al encontrar un olor familiar, se acercó a uno de los sarcófagos, le pegó un par de lameteados a la cara de la momia que alojaba en su interior, y se tumbó al lado de la tumba egipcia. Esperando, como suele decirse, a que su dueño retornase, aunque para ello tuviera que aguardar durante siglos junto a la tumba: los animales, ya se sabe, tienen un concepto muy relativo de la eternidad.

lunes, 15 de junio de 2026

La historia real de junio: una breve biografía de Sergei Eisenstein

 


Vivimos tiempos extraños, en el cine y en todo lo demás. Nos encontramos con que las nuevas generaciones no conocen las películas anteriores a su era. Se podrían argumentar explicaciones de corte tecnológico: ahora no existe un único televisor, sino múltiples pantallas a través de numerosos dispositivos, así que los hijos no se ven obligados a ver las películas que les gustan a sus padres. Pero hay también una cierta explicación ideológica, o quizás ligada a una era: se desprecia lo antiguo, quizá por esa concepción centrada en el "yo" del nuevo romanticismo de los tiempos modernos, puede que tal vez porque facilita la creación de remakes a partir de películas que los adolescentes no han visto. En realidad, no es nada que no ocurriera antes (de hecho, remakes en el cine ha habido siempre, y desde 1920, al menos se ha estrenado uno por año), sólo que se ha magnificado: actualmente hay de media aproximadamente 5 veces más remakes al año de los que se producían en los años 80.

Pero quizá por eso, puede que sea una buena idea echarle un vistazo al cine antiguo. Esa época en la que había relativamente bastantes mujeres directoras (como es el caso de Alice Guy -la creadora de la primera película de fantasía, y del primer corto documental sobre el proceso de rodaje- o Lois Weber), antes de que, con el advenimiento del sonido, el cine se convirtiera en un asunto de presupuestos tan altos que los productores decidieran que era demasiado arriesgado dejarlo en mano de las mujeres. Esa época en que estaba todo por inventar y los cineastas eran locos en busca de un sueño, como relata la película "Así empezó Hollywood", de Peter Bogdanovich. En ese período, destaca una figura que quizá muchos aficionados al séptimo arte conoceréis: el director soviético Sergei Eisenstein.

Podríamos detenernos en la semblanza biográfica de Eisenstein, en sus padres desapegados o en sus inicios en el teatro, pero nada de esto es relevante, porque las cuestiones clave de su vida están ligadas al cine. Muy desde el inicio, empieza a dedicarse a este medio y, sobre todo, empieza a desarrollar una teoría muy especial sobre el montaje. Sí, el montaje, esa disciplina cinematográfica que tiene su propio Óscar y por la cual la forma de intercalar los planos es clave para el desarrollo de una escena. De hecho, ese concepto tiene un nombre, el efecto Kuleshov, por el cual la forma en que se desgrana la información en el montaje es clave para la percepción emocional del espectador. En ese sentido, Eisenstein no fue sólo un director, sino un profundo estudioso del cine, y desarrolló su propia teoría del montaje y sus tipos, diferente de la estadounidense, que transitaba por caminos distintos. Por cierto, que los pioneros del cine norteamericano tampoco lo tuvieron fácil en este apartado: cuando David W. Griffith le dijo a su productor que quería alternar a perseguidores y perseguidos durante un western, durante una escena de persecución, éste le dijo que los espectadores iban a sentirse confusos y no iban a entender nada. Por fortuna, los espectadores sí lo entendieron, aunque esto refleja en parte lo mucho que hemos cambiado como consumidores de cine (y lo poco que han cambiado los productores en el arte de equivocarse en sus predicciones).

Pero Eisenstein prosiguió adelante, y en ese sentido su gran obra maestra fue El acorazado Potemkim, quizá la película sobre la que más se ha escrito. Tiene mucha gracia que un barco tan importante para la historia del cine tenga el nombre de Piotr Potemkim, el ministro de Catalina la Grande el cual (según una anécdota seguramente falsa) creó los llamados pueblos Potemkim, es decir, pueblos ficticios (similares a los escenarios de cartón piedra de los decorados de cine) que servían para convencer a la zarina de que todo marchaba sobre ruedas en el Imperio ruso, aunque la realidad fuera muy distinta. Hay que situarnos en el contexto: nos encontramos en el nacimiento de la era soviética, y todas las películas han de estar sometidas a la propaganda. También la de Eisenstein, que encuentra sin embargo sus estrategias para trascender de manera artística a pesar de las limitaciones temáticas o de otro tipo. El acorazado Potemkim narra los sucesos alrededor de la revolución soviética en la que se vio implicado este buque. Una de las escenas claves tiene lugar con la masacre que las tropas zaristas (en concreto, cosacos) realizan en la ciudad de Odessa. En concreto, estamos hablando de la escena de la escalinata, el culmen de las técnicas de montaje de Eisenstein, y que ha sido posteriormente homenajeada en El padrino, Bananas, Brasil, La venganza de los Sith, la tercera entrega de Agárralo como puedas, en dos capítulos de Los Simpson y, sobre todo, en la maravillosa secuencia rodada por Brian de Palma en Los intocables de Elliot Ness. Por cierto, la escalinata todavía puede verse hoy en día en Odessa (Ucrania), y desde 1955 se denomina Escalera Potemkim.

En la cima de su popularidad, Eisenstein viaja a Europa para investigar sobre la reciente tecnología del sonido. Allí, se encuentra con un directivo de la productora Paramount, que le convence de visitar Estados Unidos. Le hace caso, y allí le reciben como un genio artístico. Se cuenta que tuvo lugar una curiosa escena en el despacho de un productor: Eisenstein iba acompañado de un amigo ruso, y cuentan que el productor les preguntó qué les parecían las películas norteamericanas. Por lo visto Eisenstein y su amigo se miraron entre sí, y aunque no dijeron nada, dejaron pasar un lapso lo suficientemente largo como para que nada de lo que explicaran después tuviera la más mínima importancia. Sin embargo, los proyectos de Eisenstein en Estados no florecieron: entre otras cosas, porque ya por aquel entonces comenzaba la paranoia anticomunista en Estados Unidos, y hubo personas que se dedicaron sistemáticamente a denigrar al cineasta nacido en la actual Letonia, a quien le denominaron "perro rojo". Así pues, Eisenstein marchó hacia latitudes donde su arte fuera mejor valorado.

De hecho, no viajó muy lejos: marchó a México, donde trató de rodar la película "¡Que viva México!", ambientada en la revolución de este país. La producción estuvo plagada de problemas: entre otras cosas un terremoto, a partir del cual Eisenstein aprovechó para rodar un corto documental en el que relataba las consecuencias de la tragedia. Además, a Eisenstein llegaron a meterle en la cárcel nada más llegar al país por una confusión que se arregló gracias a un amigo español. Sin embargo, el inconveniente que acabó hiriendo de muerte la película fue que Upton Sinclair (escritor, premio Nobel, hoy olvidado: en parte con justicia, porque aunque sus obras tenían un punto social importante y llegaron a ser proféticas -como con este libro que predecía la aparición de un político muy similar a Donald Trump-, su prosa estaba demasiado supeditada a su mensaje político), quien era a la postre patrocinador de la película, decidió dejar de financiarla. Eisenstein volvió a la Unión Soviética, y aunque Sinclair le dijo que le mandaría el film cuando estuviera terminado, lo cierto es que de las varias versiones que se produjeron, ninguna tuvo la supervisión de Eisenstein, quedando como una película maldita de cuyos males culparía Sinclair a la Unión Soviética.

Conflictos cinematográficos aparte, Eisenstein no resultó inmune de aquel viaje. Desde entonces, Stalin, el todopoderoso dictador soviético, le miró con suspicacia, tras su contacto con las subversivas ideas extranjeras. Era frecuente que hubiera choques entre Eisenstein y las autoridades soviéticas, porque en un régimen que llegó a prohibir la teoría darwinista por considerarla demasiado capitalista, un cineasta como Eisenstein, que a veces se centraba en las figuras individuales en lugar del colectivismo que debía impregnar cada aspecto del arte soviética, se consideraba un verso suelto. Sin embargo, Stalin supo dar buen uso de la capacidad de Eisenstein para sus propias intenciones propagandísticas. De hecho, en mitad de la Segunda Guerra Mundial, durante aquel conflicto ciclópeo que enfrentó a la Unión Soviética con Alemania, Eisenstein realizó la patriótica Iván El Terrible, la cual ensalzaba la capacidad de resistencia rusa contra sus enemigos (y, de paso, ponía en duda el origen de la legitimidad del poder del zar: algo que sin duda no le gustó a Stalin). Sin embargo, como suele ocurrir, después de aquello, si te he visto no me acuerdo: los siguientes capítulos de lo que iba a ser una trilogía alrededor del zar ruso (que Eisenstein pretendía que fueran en color y, en todo caso, compartían la belleza fotográfica de la película original) fueron manipulados por la censura soviética, y Eisenstein nunca consiguió que fuera su montaje el que finalmente viera la luz.

Eisenstein falleció a una edad temprana como consecuencia de un infarto. Aunque después hubo varios cineastas soviéticos notables, ninguno salvo Tarkovsky llegó a igualar su fama como artista. Eisenstein, entre otras cosas, representa el esfuerzo por el que artistas e intelectuales, incluso en la más férrea de las dictaduras, intentan encontrar la forma de expresar sus ideas de la forma más libre posible. Una lección que podrían aprender los palmeros de los pequeños dictatorzuelos que abundan con tanta frecuencia hoy en día.

Nos vemos, nos leemos. Un saludo, y disfrutar de las buenas películas, incluyendo las de Eisenstein.

lunes, 8 de junio de 2026

La historia corta de junio: "Ser protagonista de la historia sin saberlo"

         Hay veces en que no conocemos la auténtica causa por la que ocurren los acontecimientos y, por tanto, sólo tenemos una versión parcial de los mismos, de tal manera que nuestra interpretación resulta siempre sesgada y, las más de las veces, errónea.

         Como le ocurrió a aquel Boing 747 que despegó del aeropuerto de Tenerife Norte un buen día y, sin quererlo, se introdujo por un agujero de gusano que le hizo aparecer por la Palestina del año 1 después de Cristo en dirección este.

         El viaje temporal fue, en verdad, muy corto, pues, al poco tiempo, y antes siquiera de que los pilotos pudieran apercibirse del suceso (apenas detectaron un par de señales anómalas en la nave), volvieron a meterse por un agujero de gusano que les dejó en su localización original.

         Sin embargo, para entonces, el brillo y la estela de su avión al atardecer ya los habían visto unos cuantos millares de personas de unas cuantas civilizaciones en el mundo, y, bueno, como suele decirse… el resto es leyenda.

            Los pasajeros, ajenos a esto, siguieron haciendo su vida normal.

lunes, 1 de junio de 2026

Los libros de junio: "El abogado secreto" y "Bajo las togas: errores judiciales y otras infamias".

"El abogado secreto" (The secret barrister en inglés) es uno de esos excelentes ensayos que nos trae la editorial Capitán Swing para ilustrar el mundo en que vivimos. El autor (conocido en redes precisamente como The secret barrister) es un afamado divulgador acerca de cómo funciona el sistema judicial británico, el cual tiene algunas características propias muy diferenciadoras del resto de sistemas, y algunas miserias comunes al resto de países. Por ejemplo, los lectores se sorprenderán al ver las distintas tipologías de juristas que coexisten en el Reino Unido (algo que ya vimos con la serie Silk), o la importancia que se le da -al menos en teoría- a los derechos individuales en las islas británicas. Aunque el libro ya tiene unos años, algunas reflexiones siguen siendo muy actuales, como, por ejemplo, el peligro de mantener en prisión preventiva a un inocente durante meses o años (como por ejemplo planteaba la serie The nigh of), un tema muy polémico también en España a raíz de ciertas resoluciones judiciales. 


Otro ensayo sobre derecho, escrito por además un jurista español de prestigio, al que muchos conocimos gracias al caso descrito en el sorprendente documental "Seré asesinado". En este caso, Carlos Castresana (que ha participado en juicios tan señeros como el caso Pinochet) se pone a reflexionar sobre los pleitos más controvertidos de la jurisprudencia internacional para describir aquellas circunstancias en las cuales precisamente quienes debían impartir justicia -en especial los jueces- se comportaron de manera abyecta e infame. De hecho, muchos de estos juicios (como el del crimen de Cuenca) modificaron la normativa legal de su entorno, y otros (como el del asesinato en León en el entorno del Partido Popular) todavía colean en el imaginario colectivo. Aunque escrito a veces con un lenguaje demasiado "jurídico", el texto es muy útil para conocer algunos de los grandes procesos -Martin Guerre, Mariana Pineda, Nuremberg, los juicios británicos a sucesos en Irlanda del Norte- que han dado forma al derecho de los países occidentales.

lunes, 25 de mayo de 2026

La historia real de mayo. Sobre Caravaggio: un crimen, una huida, un perdón y otro problema, en varios cuadros.

Muchos conocéis la figura de Caravaggio: pintor maldito, de vida disoluta, su leyenda negra tiene todo lo que puede alimentar la figura de un artista famoso. Desde una tendencia innata a meterse en líos, con arrebatos ocasionales de locura (a la que, por supuesto, como a todos los pintores, se le ha culpado al plomo de los pigmentos, aunque Caravaggio seguramente ya tenía problemas de base), a sus muy personales criterios artísticos, que le llevaban a usar como modelos a chicos de la calle y a prostitutas para retratar a vírgenes y santos.

Y, por supuesto, una capacidad artística maravillosa. La palabra "claroscuro" no ha significado lo mismo después de él.

Detalle de "La muerte de la virgen", de Caravaggio, la cual lo tiene todo para representar al artista: una modelo de reputación dudosa, una escena muy humana para un tema divino, y un uso espectacular de las luces y las sombras.

Por supuesto, conoceréis que Caravaggio tenía una vida agitada, durante la cual lo mismo le lanzaba una bandeja de alcachofas en la cara a un camarero (que, como única ofensa, le había hablado mal), que aparecía con heridas en la garganta y en la oreja y decía que su origen era que se había caído sobre su propia espada -qué rocambolesca historia real debía de estar ocultando-. Sorprendentemente, sin embargo, a pesar de su carácter impetuoso, y a su tendencia a escandalizar a sus clientes, casi siempre caía de pie. Hasta que tuvo problemas serios el día que mató a un tal Ranuccio Tomassoni -seguramente de manera accidental- a partir de una riña por un partido de tenis (aunque, por supuesto, ese episodio está lleno de dudas: el hecho de que al parecer Caravaggio le cortara el pene a Ranuccio, obviamente, no ayuda). La cosa es que, esta vez, Caravaggio se ha pasado de la raya y se ve obligado a huir. Sin embargo, para nosotros, lo más importante no es el crimen en sí, sino lo que hizo para intentar limpiar su ficha policial.

Lo primero que hizo Caravaggio fue poner tierra de por medio, y marchó a Nápoles, protegido por la familia Colonna. Allí, por supuesto, dio muestras excelsas de su capacidad artística. Sin embargo, a Caravaggio le iba la marcha y estaba deseando volver a Roma, la capital artística y cultural del planeta, entre otros motivos por el mecenazgo del Papa. Y, por ello, urdió un plan para regresar. Aunque, para ello, tenía que viajar otra vez. Y todavía más lejos.

"Siete obras de misericordia" es uno de los cuadros que Caravaggio pintó en Nápoles. Por supuesto, bastó para colocarle en los primeros puestos de los artistas de la ciudad.

Hay que tener en cuenta que, tras la muerte de Ranuccio, aparte de querer matarle los amigos del fallecido, a Caravaggio le quería ejecutar la propia autoridad papal. Y la posible pena que pesaba sobre él era la decapitación. Quizá por eso, Caravaggio se regodeó de manera insistente en cuadros que tenían que ver con este tema. Por ejemplo, parece que le mandó este "Salomé sostiene la cabeza de Juan el Bautista" (en la que la cabeza decapitada tiene la cara de Caravaggio) a Alof de Wignacourt, Gran Maestre de la orden de Malta. Un hombre que iba a ser clave en la estrategia para volver a Roma.


Malta era un estado próspero en la época en que Caravaggio llega a él. Recordemos que los Caballeros de la Orden de Malta son una de las muchas órdenes de monjes-soldado que se crearon en Jerusalén a partir de las cruzadas. Como a los templarios (al menos, por un tiempo), a los caballeros de Malta les fue muy bien y, aunque fueron expulsados de Tierra Santa, se refugiaron luego en Rodas (donde hicieron mucho dinero gracias al apoyo de los estados europeos y, por supuesto, de la piratería), y más tarde en Malta, donde erigieron una lujosa capital que hoy conocemos como La Valeta. La ventaja de los caballeros de Malta es que, a pesar de que en el fondo tenían una ética a medio camino entre los señores feudales y una banda de ladrones, eran muy respetados por la cristiandad, y Caravaggio sabía que ingresar en la Orden le garantizaría el perdón papal. El problema es que Caravaggio no tenía fácil acceder a este rango por sus orígenes humildes, pero ¿es eso un inconveniente cuando tienes el mejor pincel de Italia y quizás del mundo? Eso sí, el Estado de Malta le exigió un pago importante a Caravaggio, el cual, pobre como una rata, era sin embargo rico en talento artístico. Y de ahí que algunas de las más excelsas obras del artista nacido en Milán se encuentren en este archipiélago.
"San Jerónimo escribiendo", uno de los cuadros de Caravaggio en Malta.

Quizá la obra más conocida de este período -aparte de muchos retratos de miembros de la Orden- es "La decapitación de Juan el Bautista" (volvemos al tema de las decapitaciones), el cual, además, tiene una particularidad: es el único cuadro firmado por Caravaggio. Lo curioso es que lo rubrica, macabramente, a partir de la sangre que cae de la cabeza cercenada, pero tiene motivos para poner su nombre allí: firma como F Michelangelo; Michelangelo es su nombre de pila y F (abreviatura de fra) viene de fratelli o hermano, pues le habían nombrado miembro de la Orden de Malta. En realidad, caballero de la Obediencia Magistral, lo máximo a lo que podía aspirar sin ser de noble cuna: pero era bastante, porque resultaba suficiente para garantizarle el perdón papal y el regreso a Roma.

"La decapitación de San Juan Bautista" se exhibe hoy en un lugar destacado en la catedral de Malta; la firma es visible, si ampliáis mucho la imagen, en la parte de abajo del cuadro.

Sin embargo, como os podéis figurar, y tratándose de Caravaggio, tanta buena fortuna no podía durar. En una nueva reyerta a cuento de nada, nuestro protagonista la lía parda. Hay dudas sobre qué pasó, aunque algunos dicen que hirió a uno de los miembros de la Orden, Asti Giovanni Rodomonte Roero, el cual además poseía un rango superior al suyo. Entonces, la Orden intentó algo que, en teoría, no se podía hacer: tratar de retirarle el cargo a Caravaggio (después de un juicio que, probablemente tuvo lugar delante de "La decapitación a San Juan Bautista"), como "miembro fétido y pútrido", por haber cometido un crimen tan execrable que les costaba nombrarlo en los documentos oficiales. Lo encerraron, pero Caravaggio (que debía de tener amigos en todas partes, sobre todo entre los que tenían las llaves de las celdas) se escapó, seguramente de nuevo bajo la protección de la familia Colonna, y volvió a su agitado peregrinar por el mundo.


"Madonna di Loretto", otro de los cuadros de Caravaggio donde la Virgen es representada por una modelo que en la vida real era una prostituta, y que tiene una cara de "qué cansada estoy de todo", como si se hubiera enterado de la última liada de Caravaggio.

Por supuesto, las andanzas de Caravaggio no se acabaron allí. Intentó de nuevo que el Papa le perdonara, y así a lo mejor se explica que le mandara al cardenal Borghese, sobrino del Pontífice, un nuevo cuadro de una decapitación, esta vez de David con la cabeza de Goliath: hay quien dice que es una forma original de reírse del asunto, y otros que es un regalo de agradecimiento al cardenal por mediar en la absolución papal, con un poco de retranca "caravaggiana". En todo caso, al artista le permiten que vuelva a Roma, pero, como muchos sabéis, fallecerá en extrañas circunstancias en el trayecto. Las historias de Caravaggio, en efecto, no suelen acabar bien.
Así que, si viajáis a Malta (un lugar estupendo, con un gran patrimonio natural y cultural, sobre todo desde el punto de vista prehistórico), yo os aconsejo que le echéis un ojo al "San Jerónimo escribiendo" y "La decapitación de San Juan Bautista" en la catedral, y que también paseéis por las calles de La Valeta, pensando en que Caravaggio seguramente se sentía a gusto ahí, aunque siendo muy consciente de que aquel no era su lugar, sino que, en algún momento, debía volver a casa. Que es lo que piensan casi todos los turistas al final de cualquier viaje. Nos vemos, nos leemos. Un saludo.

lunes, 18 de mayo de 2026

La historia corta de mayo: "Sucedió en Madrid, un día de lluvia"

            Sucedió en Madrid. 

            Una tromba de agua cayó en la ciudad de Madrid, provocando, entre otras cosas (y gracias a los socavones de las obras que hacen que la ciudad pueda compararse con un queso Gruyere), un completo caos de metro o circulatorio. Pero lo más importante, estaba aconteciendo en la superficie.

            En un estrecho paso limitado por las obras, un gran charco, como una piscina de 4 metros de largo, se extendía ante los transeúntes, dejando sólo un estrecho sendero para pasar, al final del cual había que enfrentarse a un inabordable metro de agua que no se podía bordear.

            Así que la gente, comenzó a organizarse en fila india (filas de cuatro o cinco personas, las más ancianas cogidas de la cintura), por el estrecho sendero, y finalmente, cuando llegaban al último charco, al reto final, se atrevían a saltar.

            Una chica, animosa, comenzó a aplaudir estentóreamente cuando el primero de los peatones consiguió salvar la prueba.

            A continuación, el resto de los habitantes de Plaza Castilla (que era donde tuvo lugar este suceso), cada vez que uno de los aventureros saltaba, le recompensaba con un aplauso.

            No está mal que de vez en cuando nos premien nuestras pequeñas heroicidades diarias: probablemente no necesitemos quince minutos de fama, sino un par de aplausos por día.

lunes, 11 de mayo de 2026

El libro de mayo: "Orígenes", de Lewis Dartnell

Hay un símil, que aquí parafrasearé, en el que Dartnell explica cuál es el sentido de este libro. En el fondo, dice, es como cuando hablas con un niño de seis años y te pregunta "¿por qué?" respecto a alguna cuestión. Tú se la explicas y, al llegar al fondo del asunto, el niño vuelve a inquirir "¿por qué?", y debes bucear en una nueva capa de conocimiento, y así sucesivamente, hasta tener que remontarte al Big Bang. Pues ésa es un poco la cuestión. Dartnell lo quiere explicar todo: por qué surgió la raza humana en el Rift de África Oriental, y cómo las condiciones que vivió le dieron una ventaja para adaptarse al resto del mundo; cómo pasó de ser cazador-recolector a la agricultura y la ganadería, y qué condiciones motivaron que fuera de una manera y no de otra; de dónde saca el ser humano el carbón o el petróleo que hicieron posible la Revolución Industrial, por qué el polo de prosperidad pasó del Mediterráneo a Europa septentrional, o por qué China perdió impulso frente a Europa. Y, como Marvin Harris o Jared Diamond o Marx, no busca (al menos, casi nunca) explicaciones culturales, sino sobre todo condiciones materiales y objetivas que tienen su origen en la física del clima, la tectónica de placas o la profunda influencia que la vida ha tenido sobre nuestro planeta. A partir de estos factores, Dartnell aclara cuestiones tan alucinantes sobre cómo la Tierra llegó a estar cubierta por completo de un océano de hielo, cómo el plancton nos ha salvado de varias extinciones, por qué la vida ha causado las glaciaciones (que dificultaron la vida del ser humano, pero también permitieron en buena parte su expansión), y, en general, la base de buena parte de lo que comemos, consumimos, producimos o es la base de nuestro día a día. Todo ello trufado, además, de interesantes disgresiones y apasionantes anécdotas. En muchos sentidos, el libro es un gran clarificador: gracias a él, es más fácil tener una visión comprensible, basada en la causa y el efecto, de la historia evolutiva del ser humano, que quizás hemos leído a Arsuaga u otros científicos, pero de una manera más sistemática. El libro, por supuesto, combina múltiples ciencias (geología, biología, meteorología) y se ve obligado a simplificar, generalizar y también especular, pero, por un lado, revela una vasta erudición y trabajo de documentación de Dartnell y, por otro, proporciona una visión global al lector sobre de dónde venimos y, más importante, hacia donde vamos. Algo que necesitamos más que nunca aprender.

viernes, 1 de mayo de 2026

El relato de mayo: "En son de... bueno, olvídalo".

                La nave espacial se dejó llevar con una tranquilidad pasmosa. Como si, a pesar de su naturaleza inerte, estuviera habituada a esta clase de desplazamientos en los cuales la gravedad de un planeta se aprovechaba para aproximar el vehículo interestelar a la superficie de un nuevo mundo. Seguramente el motivo era que su piloto estaba más que acostumbrado. De hecho, se diría que hasta aburrido de aquella clase de misiones.

                -Gborg… ¿qué hemos leído sobre este planeta llamado -procuró que la duda no trasluciera en la vibración de sus ondas mentales-… Tierra?

                -Bueno, señor -respondió su ayudante, fingiendo que no necesitaba mirar las notas que almacenaba en el córtex de su zíngulo medio, es un mundo de clase C con unas cuantas especies de clase beta…

                -Vamos, Gborg, que tú tampoco te has leído en profundidad el informe nos pasó la Junta de Colonización.

                -No, señor.

                -Bien, no hay problema, yo tampoco. Estas misiones son todas iguales. Entrar, soltar el discursito e irse. A partir de cierto grado de civilización, las cosas se ponen bastante sencillas. Tú llegas, les enseñas tu tecnología superior, les dices que no les vas a hacer daño, sino que al contrario, les ofreces entrar en la tremenda serie de beneficios que implica formar parte de la Federación Espacial, y a partir de allí todo va como el tejido mágico de Shyanolok. No es como si cogiéramos al primer paleto ignorante que pilláramos por allí: se supone que vamos a contactar con sus líderes supremos. Suelen ser gente muy razonable.

                Gborg movió su flurduz axial con satisfacción. Sí, desde luego, aquellas primeras misiones de contacto eran sencillas: justamente lo que le vendieron en la oficina de reclutamiento. Además, se notaba que su instructor sabía de lo que estaba hablando.

                El aterrizaje en los jardines de la Casa Blanca fue sencillo. De nada sirvieron las inocuas armas terrícolas contra las defensas de la nave. Los tripulantes salieron al exterior, y el líder de la misión conectó el traductor automático, así como el resto de sistema de soporte vital de sus trajes.

                -Estimados representantes de la Tierra… Por favor, llévennos ante su líder.

                Les condujeron ante un despacho. Dentro había mucha gente. Aquello era normal. Lo que no era tan normal era la naturaleza de esa gente. El software de los trajes de los alienígenas indicaba que la mayor parte de lo que debían de ser los asesores del político al mando poseían una conformación cerebral bastante extraña. El líder de la Tierra también tenía una disposición neuronal anómala… además de un extraño color naranja en la capa más superficial de sus tegumentos que no casaba con ninguna de las razas conocidas de las criaturas que dominaban ese planeta.

                -Noto altos niveles de fundamentalismo religioso -susurró Gborg a su instructor, como si la telepatía no fuera suficiente.

                -Esto no debería ser normal en esta escala de progreso tecnológico -le respondió su superior-. Pero bueno, cada especie tiene sus excentricidades. Voy a proceder con el protocolo. Queridos amigos… -comenzó la alocución mil veces recitada el extraterrestre.

                Los terrícolas escucharon. Y escucharon. Y escucharon. Así hasta que el ser del espacio terminó. Y añadió un toque de humor, que solían aconsejarles en la Academia:

                -Espero que acojan con amabilidad a estos humildes aliens en su planeta.

                En ese momento, el líder de la Tierra empezó a proferir una respuesta airada. El tono de fruta terrícola a medio madurar de su piel se volvió progresivamente como el color de la fruta madura, y aunque los dos alienígenas no eran expertos en discernir las emociones terrícolas, captaron un discurso inconexo, una explosión de ira, y una serie de frases sin sentido alguno, a pesar de tratar de traducirlas a todos los idiomas. Aquella reacción inesperada se transmitió al resto de los presentes, que empezaron a agitarse como un grupo de chomps ante una subida de la temperatura del agua. De repente, el jefe de todo aquello les señaló y empezó a gritar:

                -¡Destruidles!

                Gborg sentía que debía de haber algún error. Golpeó un par de veces el comunicador. Después, al ver que aquello no funcionaba, balbuceó:

                -Creo que no nos han entendido. Venimos a ofrecerles ayuda mutua, colaboración, una serie de ventajas inimaginables. Venimos en son de…

                Pero ya para la mitad de la frase ya se habían abalanzado sobre él una masa de individuos con el rostro desfigurado de furia. Individuos de ambos sexos (por lo que indicaba el dimorfismo característico de aquella especie) le tiraban de las extremidades y de los folsoms como si pretendieran arrancárselos, y trataban de abrir su traje mediante palancas y otros utensilios que encontraron por ahí. Aquellos homínidos exhalaban aullidos y una brutalidad animal que Gborg ni siquiera había encontrado en las especies inferiores más salvajes. De hecho, el pom central de Gborg sufrió un colapso repentino cuando un ejemplar humano con abundante bigote facial, sobre todo bajo un bulboso apéndice, reventó el casco espacial de su instructor como si fuera la concha de un fádilo, y empezó literalmente a devorarlo a grandes mordiscos. Por todas las deidades del universo, ¿en dónde gurbs habían aterrizado?

                -¡Ey, chicos!-dijo uno de los energúmenos en aquella sala-. ¿Por qué no nos hacemos un selfie?

                A partir de entonces, la cosa se volvió muy rara: dejaron de atacarle, le pusieron una especie de extraño atavió de color rojo en su pedúnculo superior (que el resto se pusieron encima de lo que ellos llamaban “cabezas”), y empezaron a registrar imágenes con su primitiva tecnología. Luego le ofrecieron algo que llamaban “puro” y empezaron a tratarle como si llevara allí toda la vida.

                Gborg aún no lo sabía, pero, no muchos meses más tarde, abriría su primer casino.

lunes, 20 de abril de 2026

El relato de abril: "Cartago en sangre".

                 Hace unos cuantos años, escribí este libro. En él, contaba de manera novelada lo que ocurrió cuando, en el 149 a.C., los romanos ordenaron a los púnicos que abandonaran la ciudad de Cartago (la cual constituía una parte esencial de su vida). Como los latinos suponían, los púnicos se negaron en redondo, y les dieron a los romanos la excusa perfecta para atacar la ciudad y destruirla. Aquel enfrentamiento fue conocido con el nombre de Tercera Guerra Púnica.

                Este relato lo he escrito partiendo de que, en un momento determinado, se hubiera abierto otra posibilidad…

                Consideradlo una fantasía, un divertimento, el inicio de algo quizás. Como ocurre con las conversaciones en redes sociales, las historias se inician, luego prosiguen (atención, spoiler), y después no terminan nunca…

 

                El ambiente en la sala del Consejo de Cartago era desolador.

                Ya había pasado el tiempo de la furia. Y de las lágrimas. Los púnicos ya habían asumido las condiciones de su martirio: era abandonar la ciudad (y con ello toda una forma de vida, su esencia misma, como si les arrebataran uno de sus órganos), o defenderse los romanos. Es decir, morir, porque no había manera de ganar contra la desproporcionada fuerza que tenían en contra. Ésa era la disyuntiva: que. en realidad, no era tal, porque no había opciones. Sabían que se defenderían pero que, más tarde o más temprano, morirían. Eso era todo.

                Se trataba ahora de discernir los detalles. Que era más o menos como discutir cómo ibas a preparar la mortaja para el sepelio. A nadie le agrada, pero en algún momento has de hacerlo. Quizás por eso les costaba arrancar. Los líderes de la ciudad se situaban a un lado de una inmensa mesa, y los representantes del pueblo llano al otro, con las cabezas gachas y las caras tan largas como el largo día que acababan de sufrir. De hecho, el sol se había puesto detrás de las colinas, y sobre la ciudad empezaba ese período de tiempo en que se enrarece la luz, poco antes de cernirse la oscuridad.

                Tal vez por ello, también, no divisaron a la figura que se coló en la sala del Consejo de manera subrepticia, sin llamar la atención de nadie. Tal vez por ello tuvo la oportunidad de avanzar casi hasta primera línea, muy cerca del estrado, sin que nadie se apercibiera de su extraña vestimenta. Llevaba un atuendo sencillo, como el de un agricultor que realiza habitualmente las tareas del campo; llevaba el pelo rizado y alborotado, como si acabara de vivir un encuentro violento. De hecho, en sus ropas (y también en las uñas de sus pies descalzos) había unos restos de un tinte rojizo oscuro que podía asemejarse a la sangre.

                El hombre arrancó a hablar. Su voz tenía un timbre especial, que encandilaba y te hacía zambullirte en ella, como si nadaras en un océano. Pero no eran esos matices los que habían hecho que la audiencia no se sorprendiera al escucharle alzar la voz sin haber sido invitado, o no pensara en sacarle a palos de allí. Había algo subyugante en aquella forma de entonar: aquella gente, que había oído durante años historias de dioses, podría haber utilizado la palabra “sobrenatural”. Pero era parte del poder de aquella cautivadora forma de expresarse: que a todo el mundo le parecía que esa forma de hacer las cosas era normal. Él era consciente de eso: por ello empleaba la misma estrategia desde hacía miles de años.

                Porque la palabra “sobrenatural”, desde luego, se quedaba corta.

                -Nos encontramos con la situación habitual: el momento en que alguien tiene toda la razón se enfrenta contra alguien que posee toda la fuerza. Es una circunstancia espinosa. Y lo sé de primera mano, porque yo personalmente lo he vivido. Pero amigos, vengo a ofreceros una posibilidad alternativa. A decir verdad, la única que tenéis.

                Con descaro, y también con asombrosa agilidad, el hombre se colocó detrás del estrado. Los miembros del Consejo se retiraron a un lado, movidos por un invisible impulso. Ninguno podía apartar los ojos de aquel tipo. Cabría decirse que era la única persona en el mundo.

                De hecho, durante un breve período de tiempo, prácticamente fue así.

                -Mi historia comienza cuando todavía vivía mi hermano. Trabajábamos para el mismo empleador hasta que tuvimos que separarnos por… vamos a decir “razones creativas”. Desde entonces, lo he pasado mal. Me echaron de mi puesto, pero el individuo que me despidió me proporcionó, como regalo adicional -saboreó la palabra mientras la escupía-, “un regalito”. Una especie de condena que vengo arrastrando desde entonces. Nadie sabe muy bien cómo denominarlo. Es el problema de ponerle nombre a los conceptos nuevos. Esta maldición me obliga a vagar de noche por el mundo, dormir de día… y utilizar una fórmula peculiar para mi sustento. Desde entonces, por supuesto, he tratado de cambiar mi situación. Llegué a una ciudad llamada Sodoma. Les convencí de que adoptaran mi estilo de vida. El problema es que aquello se malinterpretó, y mi antiguo empleador, que por lo visto también mandaba mucho por allí, decidió rescindir el contrato con esta ciudad… de una manera expeditiva. Pero mala hierba nunca muere, como suele decirse, y aquí he seguido dando vueltas. Así que vengo a ofrecerles el mismo pacto que les ofrecí en su día a los sodomitas… pero, esta vez, espero que con mejor resultado.

                Se aproximó a una de las representantes del pueblo. Era una mujer joven, y hasta cierto punto atractiva, con los brazos descubiertos. El protagonista la condujo al centro de la sala. Una vez allí, estiró el brazo de ella hasta que su mano se quedó muy cerca de la cara de él.

                -Hay que decir que esta nueva condición que adquiriréis posee sus contrapartidas. Se acabaron los amaneceres. No habrá manera de retornar a una vida normal. Tendréis que vivir de la muerte y la destrucción… pero bueno, eso es algo a lo que estuvieron acostumbrados, en su día, vuestros ejércitos, y que desde luego constituye el día a día de vuestro enemigo, Roma…

                Acercó sus labios a la muñeca de la mujer y, con los colmillos, pegó un estruendoso mordisco. Podía escucharse el sonido de la sangre al ser aspirada por la boca de él, como la savia fluyendo a través de un árbol.

                Después de un largo trago, el hombre soltó la mano de la mujer y, con un reguero de sangre en cada comisura de los labios, exhaló un largo bufido y remató:

                -Con esto -dijo, y al decirlo visualizó cómo, en un día del futuro, en mitad de la noche, desde las murallas de Cartago, brotaban una miríada de muertos vivientes que contemplaban con caras pálidas a los romanos, se abalanzaban sobre sus cuellos conforme éstos intentaban trepar por sus escalas, y volaban hacia los arqueros que disparaban flechas incendiarias, las cuales caían sobre las filas propias antes de dispararse, sembrando el escenario de confusión-, con esto, repito, tendréis buena parte del trabajo hecho.

                El resto de las personas presentes en aquella sala empezó a acercarse al hombre. Todos le ofrecían sus antebrazos, su cuello, sus espaldas, sus hombros. El individuo tomaba aquellas partes del cuerpo y las aproximaba hacia él.

                -Pero, señor -interrumpió uno de los hombres que se desplazaban para que el protagonista de la noche les mordiera, hablando como si el hechizo se hubiera disuelto en parte, y hubiera recuperado por fin la capacidad de ser consciente y preguntar-… Eso será por las noches. ¿Y qué ocurrirá durante el día?

                Y el hombre que había inaugurado en el mundo el fratricidio y la mentira respondió, con ojos vidriosos:

                -Para los días, no os preocupéis… ya tengo algo pensado.

¿CONTINUARÁ?

lunes, 13 de abril de 2026

La historia corta de abril: Confesión

Una mujer maltratada hablaba a través del confesionario a su sacerdote, que trataba de convencerle de que el divorcio no era la solución. Y entonces la mujer, con una voz muy grave, pero muy serena a pesar de los temblores, le contestó:

-Si en el cielo están las normas que usted me dice, con esos hombres católicos, entonces le temo al cielo más que nada en la ultratumba. Déjennos a las mujeres el infierno. Al menos estaremos solas.

miércoles, 1 de abril de 2026

El libro y la historia real de abril: "La isla de los ciegos al color", y una reflexión sobre Oliver Sacks y el oficio de divulgador

Hoy os voy a recomendar un libro, y después os voy a advertir algo sobre el autor. Uno podría pensar que la segunda parte es incompatible con la primera, pero eso os lo voy a dejar decidir a vosotros. Me parece que es la mejor manera de contar esta historia, pues refleja dos visiones diferentes que hemos recibido los lectores por separado. Y, en muchos sentidos, reflejan cronológicamente la sensación que hemos tenido al conocerlas. Dicho esto, preparad los cinturones, que allá vamos.

Muchos conocieron a Oliver Sacks por la película Despertares, basada en uno de los casos clínicos más relevantes de su carrera; otros, por su libro (uno de muchos) "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", en el cual nos describía algunos pacientes neurológicos con afecciones sorprendentes y extraordinarias. "La isla de los ciegos al color" va un paso más allá, pues combina muchas de las pasiones de Sacks, un hombre con múltiples intereses y biografía llamativa, y demuestra que es un divulgador todoterreno y cautivador. El punto de partida de este ensayo es el sueño de casi cualquier médico: pacientes de una rara afección genética (acromatópsicos, es decir, "ciegos al color", para los cuales el mundo es una escala de grises) que abundan en una alta proporción en una isla aislada del Pacífco, lo cual da lugar a toda clase de implicaciones médicas, personales y sociales. Sacks acude allí con varios colegas atraídos por el tema, y se deja seducir por el encanto de las islas remotas, un tema que le chifla desde niño. De ahí, la segunda parte del libro viaja a Guam, que también es una isla perdida, y donde asimismo existe una extraña dolencia neurológica, el lytico-bodig, pero en esta ocasión, su causa es desconocida. De hecho, el intento de averiguar su causa convierte a esta sección del texto en casi una novela de detectives, en la cual uno de los sospechosos más prometedores son las cicas, un extraño tipo de plantas que, por supuesto, también encandila a Oliver Sacks, quien en la tercera parte del libro despliega toda su faceta de amante de la botánica y se explaya con el paraíso exuberante que las cicas poseen en la isla de Rota.

Lo que cuenta Sacks es subyugante, y se halla salpicado de episodios médicos tan atrayentes clínicamente como humanamente conmovedores. Pero lo más impactante del libro son las disgresiones: el propio Sacks confiesa que empezó a meter tantas de ellas que el ensayo estaba multiplicando varias veces su tamaño inicial. Al final, lo solucionarion con unas notas al final del volumen que ocupan casi un tercio del texto, pero que no sobran en absoluto porque son extremadamente sugerentes: lo mismo te habla de la biografía de un investigador que de la clasificación de todo un género de plantas, de la historia (geológica, natural, cronológica) de un país, o de la sensación de los científicos al trabajar con períodos de millones de años. Porque Oliver Sacks es un polímata, y en este libro ha tenido la oportunidad de explayarse con algunas de sus obsesiones, pero, sobre todo, de darle salida a sus múltiples inquietudes, y el lector aficionado al conocimiento lo agradece. Después de terminar el libro, tendréis ganas de viajar, de leer, de conocer gente con vidas sugerentes y, sobre todo, de experimentar la vida a tope: y seguro que Oliver Sacks estaría muy de acuerdo con ello.

Hasta aquí, la reseña del libro. Ahora, sin embargo, llega la parte de la historia real, con cierto componente de opinión. Muchos sabréis que, recientemente, se han puesto muy en duda varios libros de Oliver Sacks ya que, a raíz de ciertos diarios, se ha revelado que algunos de los hechos que describía en sus casos clínicos eran exageraciones, cuando no directamente invenciones. Hay mucho debate sobre este asunto, y no sé hasta qué punto "La isla de los ciegos al color" se ve afectado por esto. Algunos médicos indican que las "invenciones" de Sacks eran compatibles con la clínica de otros pacientes, y que por tanto no comprometen la veracidad de sus textos. A uno le entran ganas de compararlo con el periodista Kapuscinski (también muy cuestionado respecto a ciertos relatos), quien más o menos deslizaba que podía justificarse que se narraran en primera personas hechos que no se habían visto directamente, pero que el autor sabía que ocurrían: sería una forma de "mentir para contar la verdad", que tendría cierta lógica en el caso de Kapuscinski, quien retransmitía conflictos tercermundistas olvidados donde se trataba de atraer la atención del público. Sin embargo, la delgada línea entre "hacer más brillante una historia para darle relevancia" y "tergiversarla para ganar relevancia como divulgador o influencer" es muy fina, y hoy, a principios del siglo XXI, sabemos el daño que hacen los bulos. Por eso, creo que los divulgadores actuales tenemos que aprender de los errores o zonas grises de nuestros maestros (ya sea Sacks, Kapuscinski o Cousteau -cuyos métodos hoy en día no nos parecería muy ecologistas-) y entender que hay que ser sincero con lo que uno cuenta, y que si se pretende hacer autoficción o un texto vagamente "basado en hechos reales" (de la misma manera en que lo hace el cine), siempre debes advertir sobre ello. La verdad es nuestra mejor arma y, si la perdemos, no ganaremos la guerra. Al fin y al cabo, en los inicios de todas las profesiones -ya sea la arqueología, la medicina o el derecho- se desarrolaban prácticas que hoy no se consideran aceptables, y actualmente no hacemos las cosas del mismo modo que nuestro predecesores. Dicho esto, nada de lo que he leído en otros lados me indica que "La isla de los ciegos al color" contega falsedades (y, en todo caso, Sacks no está vivo para recibir los réditos del libro, ni para defenderse de ninguna acusación que vertamos sobre él), así que yo recomiendo el texto con todas las notas, peros, astericos o salvedades que queráis ponerle. A partir de ahí, por supuesto, será el lector el que tenga que juzgar, sobre esto como sobre todo lo demás. Dicha esta parrafada, me despido, deseándoos buena semana y buenos libros.

lunes, 23 de marzo de 2026

El relato de marzo: "Historia de dos fogones"

La primera vez que se encontraron fue delante del escaparate de un restaurante italiano. Se descubrieron contemplando arrebolados las berenjenas cubiertas por una capa de parmesano, el cacio e peppe con pecorino espolvoreado por encima, los canoli luciendo esplendorosos al otro lado del cristal. Y al mirarse de reojo y descubrirse mutuamente espiando los platos, ella no pudo evitar confesar:

-Es que soy cocinera.

A lo que él respondió, con un entusiasmo imposible de disimular:

-¡Yo también!

Les faltó tiempo para invitarse a sus respectivos restaurantes. Al final fueron a uno de ellos: este humilde cronista no sabe si a él de ella o al de él. Se pasaron tres horas cocinando en paralelo, primero recetas separadas, más tarde conjuntas. Se dieron a probar de sus platos, y más tarde se dieron de comer: al principio con las cucharas, y luego con los dedos. Al cabo de un rato, ya estaban haciendo el amor de manera feral y salvaje sobre una mesa del comedor. Volaron las especias, las salsas, las harinas. Se entremezclaron los fluidos bucales con vinos y caldos, aceites de variadas procedentes hirvieron sobre la temperatura corporal de su piel. El orgasmo sobrevino en un beso de nata que erizó cada papila gustativa de sus lenguas. Al final, ambos, saciados, cedieron a la tentación del remate final, y se deleitaron cada uno en barquillo recubierto de caramelo que saborearon hasta la última gota.

A partir de entonces, se convirtieron en inseparables. Iban juntos a aperitivos, catas, meriendas, eventos de degustación. Quedaban en el mercado, hacían la compra por separado (porque cada cual era muy especial para sus ingredientes), y luego intercambiaban impresiones sobre cómo les había ido y qué pequeño milagro habían conseguido adquirir. Se citaban para “estrenar” los últimos restaurantes que habían abierto en la ciudad, y por supuesto cenaban juntos. Y cuando decimos cenar, nos referimos a que los platos explotaban, y sus ingredientes flotaban por los aires. Hicieron el número de Nueve semanas y media, el de Tímidos anónimos, el de Deliciosa Martha y hasta el de Ratatouille. Y de vez en cuando se despertaban con hambre en mitad de la noche, y asaltaban la nevera… y el uno al otro.

Por otra parte, también tenían sus choques: típicos desencuentros de cualquier pareja. Cómo se te ocurre maridar este pescado con este vino. Pero en qué cabeza cabe añadirle limón a esta salsa. Que si, en este restaurante, es mejor el plato combinado 69, o el 88. A veces tenían ardientes discusiones en las que volaban las empanadillas, los platos se estrellaban contra las paredes, y grandes raciones de spaguetti acababan aplastadas contra el escaparate de sus restaurantes, para sorpresa de viandantes y hasta comensales. Aunque, casi tan violentas como sus peleas, eran las comidas de reconciliación, donde devoraban a mordiscos la vida, y todo lo que había en la despensa.

No siempre era fácil para los amigos de la pareja (entre los que por supuesto abundaban los camareros, los sumillers, los comerciales de compañías de comestibles, los gourmets y los gourmands) aguantar el temperamental carácter de la fogosa pareja. Lo mismo estaban tan acaramelados en la mesa donde compartían mantel con todos los demás (de tal modo que parecía que no había nadie más a su alrededor), que se saltaban cualquier tipo de etiqueta y casi se arrebataban la ropa sobre una barra, mientras esperaban a que les pusieran una mesa: como si, en ausencia de comida, el resto del planeta careciera de importancia. Pero sus compañeros también tenían que sufrir sus discusiones, porque hay que decir que ninguno de los dos era del todo fiel: ella a veces tenía unos antojos brutales de probar un kebab (y de degustar también a la cocinera que los hacía), mientras que él sentía debilidad por los quesos (y los cocineros) franceses. Entonces él la acusaba a ella de rebajarse a la comida basura, mientras que ella le replicaba que era un pretencioso y un snob. Sin embargo, no eran capaces de estar separados más de dos menús, y luego volvían a la cama tan hambrientos como siempre, a veces organizando tríos, soireés, cenas de picoteo, banquetes pantagruélicos y comidas con guarnición, postre, café y licor para decenas de comensales.

Después de un tiempo de apasionado noviazgo, ella se quedó embarazada. Y tras nueve meses en que se permitió comer prácticamente todo lo que le apeteció “por el bien del niño”, nació el pequeño. Al principio, éste devoraba con fruición la leche materna, pero luego pareció aburrirse y la dejó de succionar, como si le causara desgana. Los padres estaban desesperados, al ver que su hijo perdía peso día tras día, y semana a semana. Un día, un par de amigos fueron a visitarles para ver si podía consolar a los nuevos padres (por supuesto, traían unos cuantos dulces a modo de obsequio). Sin embargo, cuando llegaron, se toparon con la puerta abierta, ruidos procedentes de la cocina y, a lo largo del camino hasta esta última habitación, un rastro de comida que había salpicado todas las superficies, incluido el techo. Cuando llegaron a la sala que constituía el kilómetro cero de la conflagración, se encontraron a los dos progenitores visiblemente cansados y alegres, mientras sobre una mesa se asentaba una complicada composición culinaria que más tarde les describirían con un título de unas diez palabras, incluyendo varias en ruso. Aun así, los dos cocineros parecían felices porque metían la cuchara en el plato, se lo daban al niño, y éste comía entusiasmado. El padre, con pinta de cansado por las ojeras, anunció sonriente, aunque a la vez preocupado:

-Creo que tenemos un problema. Hemos engendrado un sibarita.