miércoles, 29 de febrero de 2012

Curiosidades y reflexiones sobre febrero

Es un mes extraño éste que estamos a punto de abandonar.

Cada cuatro años, se encarga de añadir un día adicional al calendario para poner de acuerdo nuestros relojes con la maquinaria gigante en movimiento  que se desplaza por el espacio a una velocidad de vértigo y que nosotros hemos decidido tácitamente denominar Tierra.

Por tanto, son raros los 29 de febreros, pero aún más raros son los 30. Aún así, los ha habido, en conversiones de calendarios antiguos a nuevos (como del juliano al gregoriano), o también en el calendario revolucionario soviético, que le otorgaba 30 días de manera comunista a todos los meses buscando que no hubiera favoritismos.

Es el mes del carnaval que precede a Doña Cuaresma (y tengo que destacar el de Cádiz, que para algo nací allí); el día 14 se celebra San Valentín (que tiene un origen bastante pagano en las lupercales, como bien se encargó de recordanos este blog, las cuales, al proceder primeramente de Rómulo y Remo, pueden explicar porque era un mes tan importante para los romanos, tratándose incluso del último del año). Sin embargo, otra cosa curiosa es que al día siguiente en Italia también se celebra otro santo, San Faustino, mártir por la defensa del cristianismo en Brescia pero que, quizás por oposición a su homólogo, ha acabado por convertirse en el patrón de los solteros. En Brescia, de todas maneras, es patrón, de tal manera que os acogerán bien tanto si estáis casados como si no, y celebrando vuestra llegada con fuegos artificiales. Hay que destacar que el 15 de febrero, además de todo esto, también es importante porque se conmemora el día del Cáncer Infantil (el 29, quizás por anómalo, de febrero de 2008 fue el primer Día Europeo de las Enfermedades Raras).

Además -o eso dicen- es el mes con más nacimientos del año (seguramente motivado porque mayo, nueve meses antes, es el más abundante en bodas), con lo cual que la mayor parte de los bebés vengan al mundo en carnaval consiste en una buena manera de empezar a tomarse el mundo a guasa -que en los tiempos que corren, no es mala manera.

Como os podréis figurar, en esa época hay muchas efemérides asociadas, pero a mí me gustaría destacar especialmente una que desconocemos, y quizás ahí radique su importancia, porque es la que ha sucedido pero cuyo alcance aún no acertamos a estimar. Dicen los chinos que la peor maldición que te pueden desear es que vivas "tiempos interesantes". Hoy, además, no cabe duda de que atravesamos "Tiempos difíciles", título de una novela de Charles Dickens (cuyos 200 años de edad celebramos este año) que además sirvió para dar título a un programa de televisión que surgió en los años noventa, cuando también atravesábamos una crisis económica de la que no se sabía muy bien cómo iba a acabar. Hoy día, empezamos a darnos cuenta de que muchos acontecimientos realmente determinantes en nuestra vida ocurren mientras nosotros no nos enteramos: por ejemplo, aquella burbuja inmobiliaria que se infló y se infló mientras muchos andábamos a otras cosas, y que ha sido la responsable de buena parte de los problemas. O leyes que se cuelan de repente en los boletines oficiales del estado o en las altas instancias europeas y de las que sólo unos pocos conocen, y menos llegan aún a intuir las consecuencias, pero que en momentos determinados resultan claves y nos hacen preguntarnos: "dónde estaba yo cuando todo esto se estaba llevando a cabo tan mal".

El mundo avanza, y nosotros lo hacemos consigo. A vece existe un desfase entre el movimiento de la Tierra y nuestro calendario, del mismo modo que existe una asincronía entre los problemas reales y los que nosotros nos acabamos por generar. Reales son los tsunamis, los huracanes, y la necesidad de vivir cada día; irreales son los sistemas que nos montamos y que a veces nos perjudican en lugar de beneficiar. Vivimos en una crisis económica en un mundo donde además mil millones de personas se mueren de hambre, pero producimos comida suficiente para alimentar al doble de la humanidad; nuestros abuelos cazadores-recolectores trabajaban 20 horas a la semana, y nosotros, a pesar de tecnológicamente más avanzados, tenemos jornadas laborales de ocho, doce o veinte horas para los más explotados (se supone que con ciertas contrapartidas, eso es cierto, pero que también a veces no lo son tal). Pretendemos un crecimiento infinito en una Tierra finita. Construimos edificios sabiendo que, para cuando le lleguen a nuestros sucesores, se hundirán bajo el mar. En definitiva, vivimos, este 29 de febrero y otros días, en un período de cambio en el que tenemos que ajustar nuestras necesidades y nuestros deseos, lo que requerimos y lo que ansiamos: en definitiva, qué procede de nuestra obligatoriedad de vivir, y qué, en cambio, es consecuencia de nuestros miedos, nuestros egoísmos, nuestras competiciones, nuestras obsesiones, o nuestra irracional manera de pensar. Podemos elegir vivir o no al compás de la Tierra: a ella no le importa. Sólo se dedica a girar.

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