lunes, 4 de junio de 2012

La historia real de junio. El discurso del jefe Seattle.

Antes que nada, quiero explicar un poco mi intrahistoria dentro de la historia. Mi conocimiento de este suceso llegó de la mano de Fernando Fernández-Gil, líder del grupo Los Argonautas, el cual se dedica a llevar a cabo actos culturales de naturaleza solidaria con los más necesitados (desde aquí aprovecho para homenajear la abnegada labor que hacen). Entre los primeros proyectos del grupo se encontraba una revista benéfica, que entre otras cosas quería publicar la "Carta del Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos". A mí me gustó esa carta y yo sugerí añadirle una introducción con una pequeña aclaración histórica, que tuve el honor de redactar. Más o menos lo que venía a decir este prefacio era que, en 1854, el presidente de los EEUU Franklin Pierce le envió una oferta al jefe indio Seattle para comprarle las tierras a su tribu, la Duwamish, y éste le respondió con un discurso. La traducción más extendida de este discurso en castellano (y a continuación de la cual desarrollaremos algunos comentarios), y que podéis encontrar en numerosas páginas web y enlaces, es la que transcribo a continuación:

El Gran Jefe Blanco de Wáshington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Wáshington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras.
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?
Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada rama brillante de un pino, cada puñado de arena de las playas, la penumbra de la densa selva, cada rayo de luz y el zumbar de los insectos son sagrados en la memoria y vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la historia del piel roja.
Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra de origen cuando van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan de esta bella tierra, pues ella es la madre del hombre piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el ciervo, el caballo, el gran águila, son nuestros hermanos. Los picos rocosos, los surcos húmedos de las campiñas, el calor del cuerpo del potro y el hombre, todos pertenecen a la misma familia.
Por esto, cuando el Gran Jefe Blanco en Wáshington manda decir que desea comprar nuestra tierra, pide mucho de nosotros. El Gran Jefe Blanco dice que nos reservará un lugar donde podamos vivir satisfechos. Él será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por lo tanto, nosotros vamos a considerar su oferta de comprar nuestra tierra. Pero eso no será fácil. Esta tierra es sagrada para nosotros. Esta agua brillante que se escurre por los riachuelos y corre por los ríos no es apenas agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que ella es sagrada, y deberán enseñar a sus niños que ella es sagrada y que cada reflejo sobre las aguas limpias de los lagos hablan de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo de los ríos es la voz de mis antepasados.
Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros niños. Si les vendemos nuestras tierras, ustedes deben recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Por lo tanto, ustedes deberán dar a los ríos la bondad que le dedicarían a cualquier hermano.
Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, pues es un forastero que llega en la noche y extrae de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando ya la conquistó, prosigue su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados y no se preocupa. Roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa.
La sepultura de su padre y los derechos de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto.
Yo no entiendo, nuestras costumbres son diferentes de las suyas. Tal vez sea porque soy un  salvaje y no comprendo.
No hay un lugar quieto en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír el florecer de las hojas en la primavera o el batir las alas de un insecto. Mas tal vez sea porque soy un hombre salvaje y no comprendo. El ruido parece solamente insultar los oídos.
¿Qué resta de la vida si un hombre no puede oír el llorar solitario de un ave o el croar nocturno de las ranas alrededor de un lago?. Yo soy un hombre piel roja y no comprendo. El indio prefiere el suave murmullo del viento encrespando la superficie del lago, y el propio viento, limpio por una lluvia diurna o perfumado por los pinos.
El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre- todos comparten el mismo soplo. Parece que el hombre blanco no siente el aire que respira. Como una persona agonizante, es insensible al mal olor. Pero si vendemos nuestra tierra al hombre blanco, él debe recordar que el aire es valioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que mantiene. El viento que dio a nuestros abuelos su primer respiro, también recibió su último suspiro. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben mantenerla intacta y sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda saborear el viento azucarado por las flores de los prados.
Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos.
Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. Vi un millar de búfalos pudriéndose en la planicie, abandonados por el hombre blanco que los abatió desde un tren al pasar. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el caballo humeante de hierro puede ser más importante que el búfalo, que nosotros sacrificamos solamente para sobrevivir.
¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales en breve ocurrirá a los hombres. Hay una unión en todo.
Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.
Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.
Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.
Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca.
La tierra es preciosa, y despreciarla es despreciar a su creador. Los blancos también pasarán; tal vez más rápido que todas las otras tribus. Contaminen sus camas y una noche serán sofocados por sus propios desechos.
Cuando nos despojen de esta tierra, ustedes brillarán intensamente iluminados por la fuerza del Dios que los trajo a estas tierras y por alguna razón especial les dio el dominio sobre la tierra y sobre el hombre piel roja.
Este destino es un misterio para nosotros, pues no comprendemos el que los búfalos sean exterminados, los caballos bravíos sean todos domados, los rincones secretos del bosque denso sean impregnados del olor de muchos hombres y la visión de las montañas obstruida por hilos de hablar.
¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.
¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció.
La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.

Muchas cosas se cuentan sobre el jefe Seattle. Entre otras cosas, que era un líder respetado no sólo por su tribu, sino por otros grupos indios de alrededor. Su altura era excepcional para la época (dicen que durante el discurso mantuvo todo el rato la mano por encima de la cabeza del gobernador territorial, y que en comparación con la mano la cabeza parecía diminuta); todos parecen coincidir en que se trataba de un excelente orador y decían que su voz podía escucharse a largas distancias. Todo esto contribuía a que su opinión fuera altamente tenida en cuenta en aquella época, y ese prestigio fue sin duda relevante cuando las tierras anteriormente pertenecientes a los Duwamish fueron incoporadas al estado de Washington; tanto, que la capital del nuevo estado norteamericano adquirió el nombre de Seattle (el apelativo con el que los norteamericanos tradujeron el nombre original de este jefe indio) en honor a él. Creo que ha quedado basante claro que, al final, el jefe Seattle dijo que sí a los blancos. Muchos le reprochan esta opción, aunque otros en cambio aducen que fue un líder que tuvo que tomar decisiones difíciles en momentos complicados y que adoptó la determinación que creyó que era mejor para su tribu.
Hasta aquí la historia "oficial". Pero cuando uno empieza a entrar en detalles, surgen las dudas. El jefe Seattle dio el discurso delante de una multitud en una reunión convocada para tratar el tema de la venta de tierras. Y cuando habló (durante lo que aproximadamente fue una media hora, según las fuentes), parece que casi nadie entendió nada, porque el jefe Seattle habló en el idioma de su tribu. Después, este discurso (o lo que se recordaba de él) fue traducido al chinook, una lingua franca mezcla de varios lenguajes indios, inglés y francés, y finalmente trasladado al inglés para explicárselo al gobernador territorial. Treinta años más tarde, alguien que decía haber estado en el evento y que tomó notas de la versión en inglés -aunque, desgraciadamente, no hay  otra fuente que confirme la exactitud y fidelidad de lo que se había apuntado- reprodujo un fragmento del discurso que se publicó en el Seattle Sunday Star. Y ese trozo es lo que se conserva, y que podéis leer aquí en inglés.
Como podéis ver, esta versión difiere en gran medida de la primera que os he mostrado. Muchos dirán, además, que esta supuesta carta del jefe Seattle (y me refiero a la que he copiado en este post) contiene conceptos e ideas que difícilmente podrían hallarse en el siglo XIX. Incluso alguno, si rebusca un poco, podría encontrar inconsistencias históricas. La razón es la siguiente, y es que esta carta en realidad fue escrita por otra persona. En los años 70, el director Ted Perry dirigió una película de corte ecologista denominada Home, utilizando como base una adaptación "modernizada" del discurso del jefe Seattle elaborada por un académico llamado Arrowsmith. La película se pretendía mostrar como una obra de ficción que reflejaba las preocupaciones medioambientales de la década en que fue filmada, y los responsables de la misma se han desligado repetidamente del uso que se ha hecho del fragmento de la película  referente a las palabras del jefe Seattle. En este blog podéis leer la historia completa de la evolución del discurso, y cómo el autor del mismo se queja del fraude montado alrededor de él y de cómo numerosos grupos ecologistas y New Age han tergiversado la realidad para dar mayor promoción a sus teorías.
No obstante, siempre he defendido que lo importante de una afirmación no es quién la diga, sino lo que significa. Parece claro que no fue un indio del siglo XIX quien pronunció aquellas palabras, sino que fueron hombres del siglo XX, pero no por ello (y en determinados aspectos del mensaje) siguen dejando de tener validez. Evidentemente, no debemos tomárnoslo como una cita histórica, sino como un alegato de determinadas ideas e incluso como literatura de ficción, pero eso tiene valor también (aunque, por supuesto, siempre usado de la manera apropiada y no para justificar falsedades). Además, en la versión con más rigor -con los peros antes mencionados- del discurso del jefe Seattle, se mencionan ideas como la importancia que los indios dan a la tierra a la que habitan y a su carácter sagrado: un concepto que también es importante en otras culturas (ya lo mencionábamos en "Cartago. El imperio de los dioses" con respecto a los cartagineses), y que si bien tampoco es netamente ecologista puede muy bien considerarse un precursor -o como mínimo, cabría introducir el debate en el terreno del viejo dilema entre civilización que va la mano (o no) con la naturaleza-. Por otra parte, me fascinan cómo las historias reales pueden llegar a convertirse en leyendas: cómo sucesos históricos se transforman en elaboradas ficciones mitológicas y sobreviven en la mente de las gentes, aunque sea de una manera distinta a cómo se originaron. Normalmente pensamos en estos relatos como pertenecientes a vikingos, griegos y romanos, pero, como demuestra este caso, las elaboraciones pueden tener unos pocos años también. En este caso, la elaboración alrededor de la historia es casi tan interesante como el discurso.
Por último, hay un aspecto que me llama la atención más todavía de este suceso, y quizás el principal motivo por el que lo he incluido en este blog. Se trata de una figura olvidada, la de la Princesa Angeline, la hija del jefe Seattle. Angeline se negó a irse de sus tierras a pesar de que el tratado firmado indicaba que su tribu debía marcharse, y se quedó allí, en las calles de la ciudad con el nombre de su padre, vistiendo las ropas usadas que la gente tenía a bien darle y vendiendo cestas artesanales, convirtiéndose en una figura popular que fue aclamada a su muerte en un sobrecogedor funeral. En la Wikipedia en inglés podéis encontrar una imponente foto de la Princesa Angeline, de quien se dice (y copio ahora de la versión de la Wikipedia en español) "era una figura familiar de las calles, encorvada y arrugada, con un pañuelo rojo sobre su cabeza, un chal puesto, andando lenta y dolorosamente con la ayuda de una caña". También, en esta enciclopedia on-line, podéis encontrar más información acerca del jefe Seattle, tanto en inglés como en castellano.

1 comentario:

  1. Es una historia muy interesante, una forma elegante y sabia de rendirse que lamentablemente no se supo entender ni respetar. Y muy adecuado para recordar ahora, cuando tantos avisos sobre la amenaza que se cierne sobre la Tierra se dan y se ignoran.
    Y por otra parte, no puedo evitar recordar la canción de la Pocahontas de Disney, "Colores en el viento"...

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