lunes, 24 de septiembre de 2012

Una reflexión a raíz de la muerte de Carrillo, que no va sobre Carillo.

Efectivamente, no. No os voy a hablar de Santiago Carrillo. No voy a ensalzarle como padre de la patria, no aludiré a sus ideas o a su espíritu conciliador, y tampoco arremeteré contra su figura por su supuesta participación en las matanzas de Paracuellos, o le exoneraré total o parcialmente de las mismas. En los últimos días, muchos ya han hecho todas esas cosas, con lo cual creo que poco más  podría aportar. Así que quien buscara algo de eso, bien puede marcharse. Pero sí que me gustaría comentar una serie de ideas que me han venido a la cabeza cuando recientemente (y por esa lógica interna que hace que, cuando alguien muere, tendamos a repasar su biografía), al leer sobre la vida de Carrillo, haya encontrado entre otras cosas que, poco después de la guerra civil, su hija pequeña moría en un campo de concentración francés como consecuencias de las enfermedades que allí adquirió. Tenga o no uno simpatía o afinidad política por el personaje, está claro que conocer un hecho como éste impacta, como sin duda marcó a Carrillo en su día, y esto puede llevar a la reflexión...

Y efectivamente, observé a Carrillo con otros ojos. Quizás fue comparar su piel llena de arrugas a los 97 años, en el filo de la muerte, con las imágenes del pasado, y no encontrar tanta diferencia como uno cabía pensar. Quizás fue al recordar que este hombre pasó por una guerra civil y un exilio. Tal vez fue por cavilar acerca de una época en la que, en cualquier momento, sin que menos te lo esperaras, de madrugada incluso (el estallido de la guerra civil le sorprendió a Carrillo en Francia, desde donde volvió para combatir), podías tener que coger un fusil para vender cara tu vida. Todos esos momentos la mayor parte de los lectores no los han vivido: pero esa generación sí.

Fijémonos en el mapa temporal de Europa de los últimos dos siglos: está lleno de cicatrices, de sangre, de batallas, de desgarros sin miramientos. Una primera guerra mundial a la que sigue una segunda, en un ciclo en el que parece que Europa debe desangrarse de manera rutinaria cada cincuenta años (hay quien dice que las luchas que están teniendo lugar actualmente a nivel diplomático y económico entre los países es una especie de forma de entablar una tercera). Un mundo mucho más inseguro que el actual: calles menos iluminadas, menor vigilancia policial, menor densidad de población, lo cual, en palabras de Arthur Conan Doyle, tiene el peligro de que grites y nadie te pueda escuchar... Nuestros abuelos pasaron por las hambrunas y las épocas de las grandes epidemias, miraron directamente a los ojos de los cuatro jinetes del apocalipsis y vieron como muchos de los suyos se quedaran por el camino... Es normal, por tanto, que sus rostros sean más curtidos, más feroces. Que a las ambigüedades morales que nos encontramos hoy en día se contrapongan conceptos que sólo tenían que ver con la vida y la muerte, con sobrevivir sin ser aniquilado. En que la violencia se entendiera no sólo como una necesidad para la supervivencia, sino también como la única forma posible de cambiar el mundo porque de no ser así, a lo mejor ni siquiera tenías la posibilidad de hablar. En este caso no estoy hablando de conceptos acertados o erróneos, como tampoco trato de justificar ningún acto, opinión o aparente delito: simplemente expongo que, en un contexto radicalmente distinto, las opiniones eran más extremas, las sutilezas menos tenidas en cuenta, los debates versaban sobre aspectos muy distintos y el hombre, en definitiva, era diferente. No por sus genes ni porque un distinto sol se levantara cada mañana, sino por un entorno que tenía mucho de lucha y muy poca humanidad.

Pero claro, me diréis -y con razón- esto no es exclusivo de nuestros abuelos. Que la existencia es corta, insegura y azarosa es algo que ya sabíamos. Cualquiera puede liquidarte en una esquina armado con una navaja. Más aún en algunos lugares del mundo donde tu pellejo tan sólo vale unos pocos dólares. De sobra conocido es que los zagales de cualquier barriada de Río o Kinshasa tienen más consciencia de la realidad (entendida ésta como frágil, cambiante, huidiza y las más de las veces traicionera) que buena parte de los que habitamos esta cómoda burbuja protectora denominada primer mundo.

Aunque quizás ahí está la cuestión. Durante unos cuantos años (y en una región espacial muy concreta), ha habido un cierto paréntesis en la historia. Por supuesto que, incluso en la región espacial y temporal a la que se ha visto limitada este paréntesis, ha habido injusticias, dolor, miseria y pobreza. Pero, por así decirlo, era más limitada, más auxiliada, menos temible. Daba la sensación de que había unas reglas, unas mínimas protecciones, incluso ciertas cosas que llamábamos derechos. Sin embargo, nadie nos garantiza que esto vaya a seguir así. Nadie asegura que este contrato que se firmó tiene por qué seguir vigente el año siguiente. Bien pudiera ocurrir que los tiempos malos (los que para una parte del mundo han sido "todos los tiempos"), con todo lo que ello conlleva, estuvieran a punto de volver.

De lo que se trata, en ese sentido, no es comparar tanto la generación actual con las anteriores, ni tratar de hacerla mejor o peor. Cada cual vive sus circunstancias, y suele decirse que cada una tiene que enfrentarse a un reto terrible que pone a prueba su capacidad (algo de esto expresaba Miguel Delibes, aunque en su sentido más negativo, en "La guerra de nuestros antepasados"). Pero quizás, en ese sentido, sorprende encontrarse con que esta generación moderna se ha topado en situaciones contra las cuales sus antepasados lucharon para que no se repitiesen, o se hayan tropezado, de improviso, con que tienen que asumir problemas que nunca antes habían sufrido y que deben remontarse a sus abuelos para encontrar dilemas parecidos.

Podrá decirse, en ese sentido, que quizás en los últimos años en Europa (y el mundo occidental en general) se haya vivido en un sueño que no era real. Pero hay dos preguntas que debemos hacernos entonces:

a) ¿Sea real o no... es mejor? El mundo real, efectivamente, es como aquel castigo romano en el cual te encierran en un saco con animales salvajes y donde mueres o te endureces. Pero, aparte de la pérdida de la sensibilidad como consecuencia de ese endurecimiento (como la piel al adquirir escamas, que pierde capacidad de reacción a los besos), ¿merece la pena para ello tanto sufrimiento?
b) Esas generaciones anteriores, como Prometeo trayendo el fuego de los dioses, sufrieron el tormento de un águila comiéndoles el hígado a cambio de que el hombre no volviera a pasar frío ni le temiera a la oscuridad... ¿tendrán que ver cómo sus vástagos vuelven a ser atacados por el águila inmisericorde, sin por ello haber conseguido que las antorchas en el mundo se iluminen, salvo en la morada de los dioses? En este caso me acuerdo de la clásica historia del villano que, a pesar de todo, tiene una debilidad por la que al final cede y que pretende por encima de todo salvar, como el bárbaro Droculft cuando entrega su vida por preservar Rávena. Sin embargo, ¿qué pasará si el sacrificio de Droculft ha sido en vano?

En definitiva me quiero preguntar si en un futuro quizás no demasiado lejano, encontraremos la mirada y la piel de Carrillo en la cara de personas que bien pudiera ser sus bisnietos. Si alguna vez de madrugada se escuchará el restallar de algún fusil y se tendrán que despertar.

Si los bárbaros volverán a cabalgar por Europa la próxima primavera...

6 comentarios:

  1. Una muy interesante reflexión y bien traída al hilo de la muerte de Carrillo. Sin embargo, quiero pensar que esta enorme crisis no deja de ser el paso atrás que acompaña a cada tres hacia adelante, como una forma de ajuste de los defectos que arrastramos endémicos al hombre capitalista y consumista que dejó de apreciar lo más cercano y humano para dejarse llevar por la fascinación de la tierra prometida de la modernidad. Quizá al fijarnos en esas arrugas, en esas marcas que sólo los propios seres humanos pueden dejar en otros recuperemos lo que hemos perdido entre tanto plástico y metal.

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  2. Interesante el tema,creo que ha dado para más de un ensayo o una novela.A mi parecer el ser humano moderno que vive en paises del primer mundo está rodeado de una serie de conceptos tales como las leyes,la cultura,el estado,etc...que forman una especie de andamiaje que le protege de la realidad.De "su" realidad.Cuando estalla una guerra,conflicto o se inicia una hambruna,ese andamio se desmorona dejando a la vista la verdad del edificio,nosotros mismos.Entonces entra en juego la famosa cita de Plauto "homo non est homo,est lupus hominis",y sólo el que es hombre de verdad mantiene sus valores,principios o cultura en tales circunstancias.El problema es que el los que hacen eso suelen acabar con la espalda apoyada en la tapia del cementerio,al alba.Total,que desde mi punto de vista el mayor peligro para el ser humano es él mismo,o lo que hay bajo él si rascas un poco.La cultura o unos valores libres de hipocresía nos salvan de eso.Saludos.PD:Me ha hecho mucha ilusión que cites a mi paisano don Miguel Delibes,de vez en cuando me fumo un pitillo junto a su tumba,le daré recuerdos de tu parte...

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  3. Buen análisis. Aunque a veces me da la sensación de que la cultura puede servir para salvarnos, pero también, en determinados casos, para "disfrazar" instintos primitivos, y darles una pátina de reconocimiento. Pero en general, es verdad que cuanto más cultura y más educación, menos posibilidades tenemos de caer en la barbarie.
    Sobre tu paisano, es uno de mis autores de referencia, y a nivel personal incluso ha tenido bastane influencia. Su muerte me apenó especialmente. Quizás algún día os cuente un poco más.

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  4. De hecho, y en relación con la cita que has mencionado, una de las diferencias entre los nuevos tiempos y los antiguos era que antes de lo que más miedo habrías de tener es de una catástrofe natural -por ejemplo, una sequía. Hoy en día (aunque también antes, es sólo que se ha acentuado en contraste) debes asustarte de eso, sí, pero puedes tener los campos hermosamente cultivados y sin embargo pasar hambre merced a las maquinaciones del hombre. Triste que, aparte de las dificultades de la naturaleza, nos impongamos otras a nosotros mismos.

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