lunes, 26 de enero de 2026

La historia corta de enero: La importancia de un bonito acento.

En un congreso científico en Argentina, un becario español estaba hablando con dos homólogos bonaerenses. Y mientras el chico les describía sus investigaciones acerca de las concepciones implícitas sobre el aprendizaje en determinados colectivos, los otros dos becarios les contemplaban arrebolados, hasta el punto de hacer al español sentirse incómodo. Finalmente, los becarios rioplatenses se confesaron:

-Mira, te lo tenemos que decir... Es que todas las películas porno que llegan a Argentina están dobladas con acento de España. Y por eso, cada vez que te oímos hablar, nos ponemos cachondos.

El becario español entró en estado de shock.

Tal vez fuera por esta misma razón (la diferencia de acento) por lo que, cuando entró en una tienda de comestibles y le preguntó por unos tomates a la dependienta argentina de veintidós años, ésta entornó los párpados y le susurró: "Habláme, habláme..."

lunes, 19 de enero de 2026

La historia real de enero: los náufragos olvidados de Tromelin

Es posible que hayáis leído esta historia en más de un sitio, como me ha ocurrido a mí, pues el relato de cómo sesenta esclavos africanos son abandonados en una isla desierta sin apenas recursos ni agua potable durante quince años es como para conmover a cualquiera. Pero cada una de esas narraciones carece de una parte interesante de la crónica completa, así que he decidido plasmar la versión que considero más completa por aquí, en un blog que, al fin y al cabo, es sobre todo para divertirnos, aunque sea mediante un acontecimiento tan ominoso.

Ubicación de la isla de Tromelin (según Google Maps).

Nuestra historia tiene lugar en la isla de Tromelin, que pertenece al grupo denominado "las islas dispersas del Oceano Índico", un grupo de islas en su mayoría deshabitadas (Tromelin es la excepción) situadas entre Madagascar y África que, aún hoy, pertenecen a Francia. Tromelín -la cual, en concreto, está situada al este de Madagascar- es bastante pequeña: el tamaño es de alrededor de 1700 metros de largo (algunas fuentes lo amplían a 4 km; de todos modos, ya sabéis que es fácil que la extensión de estas islas cambie según los ciclos de marea) por 700 de ancho. Durante mucho tiempo estuvo poblada principalmente por meteorólogos, pero ahora sólo existe una guarnición de 15 soldados que la protegen. Eso sí, en la época que nos ocupa no habitaba nadie allí, y de hecho, ni siquiera se llamaba Tromelín, sino Île des Sables (isla de arena) porque, bueno, allí no hay mucho más, la verdad. Y ése iba a ser uno de los grandes problemas.

Isla de Tromelin. Fotografía de la NASA, extraída de Wikicommons.

En 1760, parte del puerto de Bayona (Francia) el barco L'Utile, que debía dirigirse a las factorías francesas en la India, previo paso por la isla Mauricio y, antes por Madagascar, con una tripulación de 142 hombres. Pero, en esta última isla, el capitán Jean de la Fargue decide hacer un negocio adicional y comprar 160 esclavos. El problema no es que adquiriera esclavos (porque en aquella época, estaba permitido en buena parte del mundo), sino que en Francia éste era un negocio que era monopolio del estado, así que, propiamente, aquel acto era ilegal, ya que carecían de los permisos apropiados. Por eso, para que no les detecten, el capitán decide ir por una ruta alternativa a la tradicional: la tragedia reside en que tenían dos cartas marítimas contradictorias, hacía mal tiempo (era invierno en ese hemisferio), y la navegación nocturna en aquella era no era una ciencia exacta, así que acabaron embarrancando con los arrecifes de Tromelin y el barco se fue a pique.

En un primer momento, la mayoría sobrevive. Las cifras de las distintas fuentes varían (entre 0 y 20 fallecidos en la tripulación, entre 70 y 100 entre los africanos), pero la clave aquí fue que, como el L'Utile no era un barco de esclavos, éstos no iban encadenados, y los que no estaban encerrados en la bodega pudieron nadar hacia la orilla. Claro que cabría preguntarse quiénes lo iban a pasar peor.

Como consecuencia del naufragio, el capitán pierde la cabeza, y es el segundo de a bordo, Barthelemy Castellan du Vernet, quien se hace cargo de la organización para la supervivencia. Sacan todo lo que pueden del barco hundido (comida y agua, velas, madera del propio navío) y crean dos campamentos -uno para la tripulación y otro para los esclavos, que para todo hay clases-, una fragua, un horno y un pozo. Es sorprendente que los africanos colaboren activamente en todas estas labores, a pesar de que los suministros los gestiona la tripulación, mientras que los esclavos se tienen que buscar la vida (de hecho, parece que 20 de ellos murieron por falta de agua). Entre todos, sobreviven comiendo tortugas, aves marinas y pescado. Además, construyen un barco para salir de allí; lo terminarán en septiembre de 1761, lo bautizarán como Providencia, y en él se embarcarán los miembros de la tripulación, dejando a unos 60 esclavos de origen malgache abandonados a su suerte. Eso sí, les prometen que van a regresar para salvarles; la gran motivación que encontró Castellan para que los africanos trabajaran en la construcción del bajel fue ese juramento, y también que les firmaba un escrito que les liberaba de la esclavitud cuando volvieran a tierra. Queda a vuestro parecer imaginaros la cara de esos esclavos, y si reflejaban escepticismo ante la posibilidad de cumplimiento de esa promesa.

Cuando llegan a Mauricio (entonces llamada "Isla de Francia"), es verdad que la tripulación le pide al gobernador de la isla que mande un barco de rescate, pero éste se niega por tres motivos: 1) le había molestado mucho que compraran esclavos de manera ilegal, y quería castigar a los marineros de L'Utile -fastidiando con ello a los náufragos malgaches: todo un clásico-; 2) adujo que estaban en medio de la Guerra de los Siete Años con Inglaterra, que no podía prescindir de un barco en un momento como aquel, y que, si rescataba a los africanos, eso suponía 60 bocas más que alimentar en tiempo de guerra; 3) aunque no lo dijo abiertamente, el hecho de que fueran africanos negros algo debió de pesar. Castellan insistió activamente en que debían mandar un barco, e incluso parece que trató de organizar varias expediciones de rescate, pero ninguna de ellas fructificó (según una fuente, llegó a mandar hasta tres barcos, pero las cartas náuticas eran tan malas que nunca conseguían localizar la isla). Al final, Castellan marchó a París, donde siguió insistiendo en su petición, lo cual generó cierto debate entre los círculos intelectuales de la capital. No obstante, las preocupaciones de la Guerra de los Siete Años (y el hecho de que quebrara la Compañía Francesa de las Indias Orientales, propietaria de L'Utile) hicieron que los franceses se olvidaran de esos pobres individuos perdidos en una isla situada a 450 km de la tierra habitada más próxima. Prácticamente todos les dieron por muertos; pero los más afortunados (es un decir) sobrevivieron allí hasta 15 años.

En la isla, como hemos dicho, no había prácticamente nada: de hecho, sólo crecían 2 ó 3 árboles (palmeras y cocoteros) y unos cuantos arbustos. Pero entre eso y la madera que les quedaba del barco, los esclavos construyeron una hoguera se mantuvo encendida de manera ininterrumpida todo el tiempo que estuvieron allí -aunque las evidencias arqueológicas dicen que utilizaron herramientas para reavivarlo-. Emplearon elementos de cobre del barco para construir recipientes con los que recoger el agua de lluvia; y entre los corales y las piedras de la arena crearon refugios en los que protegerse de las inclemencias del tiempo y los ciclones, o de las inundaciones que podían llegar a cubrir toda la isla. Hay que decir que estos malgaches eran de la parte central de la isla de Madagascar, así que no eran precisamente duchos en el arte de sobrevivir mediante recursos costeros: pero cazaron tortugas, aves y pescado para alimentarse, trenzaron plumas de pájaros para vestirse, e incluso renunciaron a sus principios religiosos (que les impedían usar piedras para ninguna otra cosa que no fueran tumbas) porque, cuando se trata de sobrevivir, hay que mostrar cierta flexibilidad. Algunos intentaron construir balsas o incluso se dejaron llevar por maderos a la deriva: ya os podéis figurar cuál fue su destino.

Entre tanto, tres fueron las veces que pasaron navíos cerca de la isla. La primera, un barco que pasó en 1773, los avistó, pero no se detuvo, aunque avisó a las autoridades de que allí había gente, así que enviaron un buque que por lo visto no llegó a a isla, y no se hizo mucho más. Más de un año después, se fletó un segundo barco, La Sauterelle, que no pudo aproximarse tampoco a Tromelin por el mal estado de la mar, pero mandó un marino en un bote. El bote quedó destrozado por las olas, y aunque el marinero logró llegar a la isla a nado, La Sauterelle fue definitivamente incapaz de acercarse, con lo cual la isla contaba ahora con un náufrago más. No sabemos cuánta gente quedaba por allí todavía (por lo visto, la mayoría de los esclavos murieron durante los primeros meses), pero el marinero consiguió que le ayudaran a construir una balsa, y él, junto con otros tres hombres y mujeres, partió a la mar. Sorprendentemente, parece que el barco llegó hasta Mauricio, lo que causó gran sensación, e hizo que se fletara con toda la rapidez posible un barco de guerra para el rescate definitivo.

Al mando de este barco, La Dauphine, iba Bernard Boudin de Tromelin (a partir de entonces, la isla lleva su nombre), que encontró a los supervivientes: aunque la fuente más completa dice que fueron hasta 14, la mayoría dicen que eran 8, 7 de ellas mujeres, y un bebé de 8 meses nacido en la isla, el único en toda su historia. Se les llevó a Mauricio, donde el nuevo gobernador decretó su libertad y les dio la posibilidad de regresar a Madagascar, que todas las supervivientes declinaron. Además, el gobernador, Jacques Maillart, adoptó al bebé, al que puso de nombre Jacques Moyse (por Moisés, "rescatado de entre las aguas"); a la madre del mismo -llamada en malgache Semiavou, "alguien que no está orgulloso"- le cambió el nombre a Eva; y a la abuela, Dauphine, por el nombre del barco de rescate. Toda la familia fue acogida en casa de Maillart durante el resto de sus vidas.

El caso de Tromelin tuvo sus consecuencias. El pensador Nicolás de Condorcet utilizó el ejemplo de estos malgaches en sus "Reflexiones sobre la esclavitud de los negros" para promover la abolición de la esclavitud, que se lograría con la Revolución Francesa (aunque Napoleón la volvió a imponer en cierto momento; fue ya avanzado el siglo XIX cuando se abolió en todos los territorios franceses). Por otra parte, en la isla de Tromelin -donde ahora hay una estación meteorológica y una pista de aterrizaje- ha habido hasta cuatro expediciones arqueológicas promovidas por la UNESCO para tratar de descubrir a fondo lo que ocurrió durante esos 15 años: han encontrado, entre otros objetos, el diario de un tripulante, útiles de cocina (y la cocina), una piedra usada para afilar los cuchillos, algunas tumbas, y, en fin, la firme demostración de que la voluntad del ser humano para sobrevivir se obstina en mantenerse viva a pesar de las visicitudes.

Fotografía de Lauren Ransan mostrando restos arqueológicos encontrados en la isla. Extraída de Wikicommons.

En fin, como veis, una historia apasionante, de las que evoca el espíritu aventurero. Aunque espero que, si alguna vez tenéis la ocasión de visitar esa zona, sea en mejores circunstancias.

lunes, 12 de enero de 2026

El libro de enero: "Caballeros, esto no es una casa de baños", de Georg von Wallwitz

Los matemáticos son gente especial. Normalmente se les presentas como seres etéreos, sumergidos en un mundo de abstracción, sin importarles nada tangible, salvo unas fórmulas abstractas que pocas personas en el planeta entienden. Desde ese punto de vista, sería lógico que esta biografía de David Hilbert, uno de los matemáticos más importantes del siglo XX, hubiera de ser bastante aburrida, concentrada en individuos que sólo necesitan un suministro más o menos razonable de papel, lápiz, y un tiempo casi sin límite para emborronar ecuaciones mediante estas herramientas. Y, sin embargo, resulta apasionante.

Para empezar, por la excentricidad de los personajes: desde el protagonista, David Hilbert, un rígido prusiano, proclive a enamorar a mujeres en los bailes, y al mismo tiempo incapaz de comprender a su hijo discapacitado; hasta von Neumann, el creador de la teoría de juegos, que deseaba ganar mucho dinero para comprar coches muy caros; pasando por Hermann Minkowski, profesor de Albert Einstein, quien, incluso después de que éste descubriera la teoría de la relatividad, creía que su ex alumno era un zote porque no sabía las suficientes matemáticas. Lo cierto es que este grupo de matemáticos que trabajaban alrededor de la Universidad de Gotinga se concentraron en aspectos sumamente formales y teóricos, pero tuvieron un papel fundamental en el desarrollo de la teoría de la relatividad (de hecho, Hilbert intervino en buena parte de la vertiente matemática), y en el de las herramientas que fueron indispensables para la mecánica cuántica. De hecho, como subraya el libro, buena parte de los discípulos de Hilbert acabaron enredados en la misión de crear la primera bomba atómica. Así que, como véis, la emoción está siempre presente en el texto.

El autor, a veces, ha de adentrarse en complicados conceptos matemáticos, pero se agradece que, la mayor parte del tiempo, sobre todo nos sintetice las nociones fundamentales y, sobre todo, el factor humano alrededor de las mismas. Eso deja espacio para que conozcas las grandes conquistas científicas de aquel período, y también historias como la de Emmy Noether, una genial matemática injustamente discriminada por su sexo, y a quien David Hilbert defendió arduamente, en contra del criterio de sus colegas (el título del ensayo va precisamente por ahí). La Universidad de Gotinga generó una frenética actividad intelectual desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial -de hecho, su decadencia va a en paralelo con el destrozo que el fascismo provocó en la ciencia europea-, y describir lo que supuso toda esa corriente de pensamiento es importante, pero la entenderemos mucho mejor si comprendemos el carácter de los científicos implicados, que incluyen a Einstein, Oppenheimer, Heisenberg, Henri Poincaré, Max Born y Arthur Sommerfeld, con menciones especiales para Leibniz y Huygens. En definitiva, os lo recomiendo tanto si os gustan las matemáticas como si (al igual a la mayoría) os resultan incomprensibles: el cotilleo sobre la vida de los matemáticos y sus motivaciones bien lo merece.

jueves, 1 de enero de 2026

El relato del mes: "Mi Homero" (segunda parte)

Esta historia parte originalmente de aquí. 

               Los días seguían a las noches y, mientras, el ejército seguía avanzando. El joven iba transcribiendo los cantos de su maestro, al tiempo que visitaban a nuevos aspirantes. Normalmente, éstos tenían un poema preparado, que solía versar también sobre la guerra de Troya. De hecho, muchos coincidían con el mismo episodio que narraba el ciego.

                -Ya te lo he dicho alguna vez -reclamaba orgulloso el rapsoda-: cada historia tiene sus pasajes favoritos para todo el mundo. Al comandante no es el único al que le gusta. Al fin y al cabo, tiene de todo: amor, muerte, heroísmo. Padres que lloran, mujeres que lloran, guerreros que lloran… ¿a quién demonios no le va a gustar? Un buen drama le alegra a cualquiera.

                Sin embargo, de vez en cuando, se encontraban sorpresas. Como el día en que alguien les enunció la larga lista de barcos y héroes que habían desembarcado en las playas de Asia para luchar contra los troyanos. Joven y maestro estuvieron intercambiándose miradas (es un decir, porque el maestro las manifestaba, pero no las veía) durante todo el poema. Pero resulta que se estaban mandando mensajes opuestos:

                -¡Es horroroso!-se quejaba el ciego mientras, con la excusa de dar un paseo, dialogaban lejos de la casa.

                -¿El poeta o el poema?-le interrogó el joven.

                -¡Ambos!

                -Pues a mí la lista me gusta. Creo que muestra muy bien la situación inicial, antes de la batalla.

                -Eso no hay manera de memorizarlo…

                -Pero lo puedo escribir.

                El ciego bufó:

                -¿Y qué vas a hacer?¿Decirle que te permita transcribir el poema y que no le damos el trabajo? No lo va a hacer gratis.

                -Podemos pagarle. Estoy dispuesto a invertir parte de mi salario si hace falta.

                -A lo que tú tienes casi no se le puede llamar salario. Menos aún repartirlo impunemente por ahí.

                -Creo que es importante -expresó el chico.

                Y le miró con esos ojos suplicantes que el ciego no veía nunca, pero que, de alguna manera, era capaz de intuir.

                -Anda, ve adentro, pide material de escritura, y redacta rápido -dijo el ciego, dándole unas piezas de metal que hacían las veces de moneda en aquel tiempo -. Yo te esperaré aquí afuera. Al menos, hace buen tiempo -rezongó.

                 Entre tanto, el camino hacia el ejército enemigo proseguía, con el campamento levantándose a la noche, y desmontándose durante el día. Y, cada noche, el ciego narraba su porción de historia. Conforme se iban acercando al punto donde sucedería la conflagración, parecía que el maestro le ponía más impulso a sus narraciones, y exteriorizaba en mayor medida las emociones ligadas a los personajes. Y eso se transmitía a los oyentes, los cuales, a su vez, estaban más nerviosos por la posibilidad de entrar en combate. El cantor describía vívidamente los escenarios donde tenían lugar los hechos de la historia, de tal modo que los guerreros casi podían verse luchando allí. El joven cedió a la tentación de preguntar:

                -¿Maestro, cómo es que sabes tantas cosas de la zona donde está Troya?¿Es que estuviste allí?

                -Claro que sí, muchacho. Hace mucho tiempo, antes de que tú nacieras. Antes de que me quedara ciego. Recorrí aquella región hasta casi memorizarla de memoria. Por eso sé lo que vieron Áyax y Paris como si yo mismo hubiera estado allí.         

                -¿Y qué queda de Troya, maestro?

                -Oh, nada… Es decir, la ciudad sigue ahí, pero han cambiado tantas cosas que sin duda no tiene nada que ver con lo que contemplaron los ojos de Ulises. En cambio, el paisaje permanece, testigo de todo lo que ocurrió.

                -Maestro, tengo otra pregunta…

                -Me gusta que tengas tantas. Adelante, escupe.

                -Buena parte del poema se pasa repitiendo la idea del destino: los dioses saben lo que le va a pasar a Aquiles, nada ni nadie va a poder evitarlo. ¿Crees de verdad eso?¿Piensas que el futuro no se puede cambiar?

                El ciego dobló el cuello hacia un lado.

                -Pero Aquiles, en el fondo, elige. Después de que muere Patroclo, podría haberle enterrado, haberse marchado a casa, vivir cultivando el campo el resto de su vida. En cambio, elige la venganza; además hacia Héctor, aunque Aquiles sabe que él tampoco tiene la culpa de nada, porque fue Patroclo el que decidió asaltar las murallas de Troya a pesar de todas las advertencias en contra. Aquiles, conscientemente, escoge el camino de la guerra y la locura. Al final todos elegimos, sin duda: lo que ocurre es que somos esclavos de nuestras propias elecciones. Al menos -pronunció muy lentamente estas palabras- cuando nos dejan elegir…

                De todos modos, se empezaron a notar cambios. La salud del maestro se resentía. En una ocasión, le dijo:

                -Hoy no podré acompañarte. Estoy demasiado cansado. Ve tú a ver al candidato del siguiente pueblo.

                Y añadió, justo después:

                -Llévate material de escritura. Lo mismo te interesa algo de lo que te cuenten allí. Y, si no seleccionamos a ese aspirante, al menos se llevará algún beneficio -dijo entregándole unas cuantas monedas.

                -Pero, ¿y si lo escogemos? -preguntó el chico, que tampoco sabía si estaba preparado para esa cuestión.

                -No creo que lo hagamos -negó con la cabeza, bastante convencido, el anciano.

                Así que, en varias ocasiones, el muchacho acudió por su cuenta a escuchar candidatos. Y, en efecto, a veces ocurría que le gustaba la forma en que el poeta había enfocado un determinado episodio o contaba una historia, a veces sólo relacionada con la guerra de Troya de manera tangencial. El joven todavía no sabía del todo para qué transcribía estos fragmentos de relato, pero lo hacía, poniendo incluso de sus exiguos ahorros para conseguir esos pedacitos de narración que ampliaban un determinado punto de vista, desarrollaban un personaje, aportaban una nueva voz. Un día, se encontró con poema estupendo, aunque declamado por el cantor en un dialecto muy marcado, con expresiones muy propias del lugar. El caso es que el poema estaba tan, tan bien hilado, que tratar de adaptarlo al habla de su maestro hubiera supuesto destruirlo por completo. Aun así, lo conservó. De esa manera, al final, el muchacho tenía un canto más largo que el relato original del ciego, aunque compuesto de muchos fragmentos pequeños, difíciles de hilvanar entre sí. ¿Qué era lo que iba a hacer con todo esto?

                Un día, su maestro le llevó a dar un paseo por las afueras del campamento, sin ningún propósito concreto. Era una agradable tarde de primavera. El hombre ciego toqueteaba los arbustos, en parte porque era su manera de explorar el entorno, y en parte también como si buscara algo de manera cuidadosa. Finalmente, arrancó unas cuantas bayas de una planta:

                -Ten cuidado, nunca comas esta clase de frutos. Parecen inofensivos, pero son tremendamente venenosos. Pueden producir una muerte casi instantánea.

                El muchacho los observó con atención.

                -No sabría distinguirlas de otras bayas normales…

                -Así es la naturaleza -sentenció el hombre, con una sonrisa-. Finge, engaña, nos utiliza para su propio beneficio. Pasa igual que con las historias, ¿verdad? -reforzó más todavía su sonrisa-. Se modifican y se adaptan para su receptor.

                Al chico se le enarcó la ceja. Fue entonces cuando se atrevió a realizar una pregunta que llevaba mucho tiempo rondándole:

                -Maestro… ¿sabemos si la guerra de Troya alguna vez ocurrió realmente?¿Qué piensas tú?

                El ciego se rio. A continuación, se encogió de hombros.

                -Como te he dicho, las historias están ahí para las personas del presente. Se cuentan para servirnos a nosotros. A Andrómaca, a Menelao, a Briseida y a Néstor les sirve ya de muy poco que narremos sus tormentos y sus hazañas. Qué importa que lo que digamos sea cierto o irreal. Qué más da una mentira, siempre que nos proteja, nos salve… nos sirva para algo, de alguna forma, en algún lugar…

                El anciano se sentó en un tocón de árbol. Parecía cansado. Su aprendiz se sentó junto a él. El primero tocó el hombro del segundo, en un gesto afectuoso:

                -Yo… En fin, creo que eres… una mujer muy valiente. He conocido otras personas como tú en mis viajes. No muchas, desde luego… Quizá yo, al cantar acerca de seres mitológicos, de Hermafrodito, de individuos especiales, era más proclive a reconocerlas… Aunque, a pesar de eso, creo que no siempre he sabido tratarlas como debía. A decir verdad, aún hoy, no puedo entenderte del todo… Pero bueno, sólo quería decirte que comprendo lo sola que te debes sentir. Yo también me siento así a veces.

                El viejo se apoyaba en su bastón mientras hablaba, y permanecían espalda contra espalda:

                -No dejes que te arrebaten la posición en la que crees que debes estar -prosiguió, casi como si hablara para sí mismo, o para el resto del universo. Entonces elevó el tono de voz-. ¡Agárrate ahí… con todas tus fuerzas! El mundo puede ser un lugar muy oscuro y cruel. Avanzamos en él a ciegas. Pero de vez en cuando encontramos nuestra fuerza interior para llegar a ser héroes… o para encontrar astucias que nos socorran, como la del caballo de Troya.

                Dicho esto, el anciano se levantó, y emprendieron de vuelta el camino al campamento.

                Aquel día era uno extraño. Por fin habían caminado lo suficiente como para avistar al enemigo. Se planteaba la inminencia de la pelea, y por eso los ánimos andaban caldeados. Por todos lados, soldados, mensajeros y esclavos se movían de un lado a otro. En medio de aquel maremágnum, el comandante de las tropas prácticamente atrapó al joven aprendiz del ciego por el cuello y le espetó:

                -Avisa a tu maestro. Mañana, los hombres tienen batalla. Y han de estar bien motivados. Así que más vale que el poema de esta noche sea realmente inspirador.

                El chico asintió. Se encaminó con prestancia a la tienda que compartía con el cantor para advertirle. El problema fue lo que se encontró.

                Su maestro estaba tumbado en su catre, paralizado; la postura que mantenía, la boca entreabierta, indicaba de manera inequívoca cuál era su estado actual. A su lado, en una mesita, las bayas que su alumno le había visto recoger el día anterior. Era difícil descifrar la expresión que mantenía su rostro con aquellos ojos ciegos, pero el muchacho diría que en él había anidado una cierta paz. Aunque eso implicara que el joven perdiera toda la serenidad por completo.

                Durante unos instantes se quedó paralizado, sin saber cómo actuar. Luego, recobró la compostura y pensó que lo único que podía hacer era avisar al jefe de las tropas para advertirle. Y como supuso, a éste, en mitad del desbarajuste que tenía encima, la noticia no le sentó bien.

                -¿Cómo?¿Y tenéis algún sustituto? -recordando las palabras del ciego el día anterior, el joven negó con la cabeza-. Bueno, pues si es lo que tenemos, tendrá que valer. Esta noche, quiero una interpretación bestial por tu parte. Coge el mejor éxito de tu maestro, el poema que más entusiasma a los soldados, y reprodúcelo palabra por palabra. Y esperemos que seas capaz de enardecer a mis hombres para salir a matar.

                La última frase la dejó caer el militar con una mezcla de resignación y esperanza calculada que al muchacho no le tranquilizó demasiado.

                Con inmediatez y nerviosismo, el joven volvió a la tienda de su antiguo profesor (cuyo cadáver había sido retirado diligentemente por algún soldado bajo órdenes del comandante) y se puso a revisar entre sus papiros. Empezó a repasar mentalmente las veces que su maestro le había narrado las historias, tratando de recordar comentarios sobre si tal o cual pieza triunfaba, o era en cambio recibida de manera tibia. Tomó una de las escenas clave de la obra. La leyó en voz alta. No sabía si sonaba convincente. Buscó otro pasaje al azar y lo enunció con toda la sonoridad que pudo. Nada, no encontraba el modo. Se sentó sobre el catre donde dormía habitualmente, desesperado ante su situación.

                Y de repente, se dio cuenta. No le salía bien imitar al ciego; ni falta que le hacía. Más bien al contrario, cualquier intento de copiarle lo único que haría sería acentuar las diferencias frente a un público que estaba habituado a oírle vez tras vez, noche tras noche, con sus habituales latiguillos y fórmulas de repetición. Y, desde luego, el joven no pensaba renunciar a algunas de ellas (al fin y al cabo, si su maestro las había escogido, era desde luego porque funcionaban). Pero, si lo que quería era sorprender a los soldados, debía ofrecer algo nuevo, distinto.

                Volvió la vista hacia el texto que les había dado la chica que, en su día, había confesado que escribía para su hermano. Lo hojeó: en efecto, era bueno, muy bueno. Por supuesto, no podía leerlo delante de los militares, acostumbrados como estaban a que el ciego recitara de memoria. Pero, si lo ensayaba, sería capaz de cantarlo en voz alta aquella noche… y suplir los olvidos con las técnicas de improvisación que había aprendido con el viejo durante los últimos meses.

                Aun así, todo eso era más fácil pensarlo que luego encontrarse ante varias centenas de hombres, ocupando toda la superficie del claro del bosque que la propia guarnición había abierto para instalar su campamento. Contemplar a toda esa masa de virilidad masculina, que se veía (y se olía) violenta, nerviosa, con las armaduras a medio quitar como si fueran a atacarles en cualquier momento, no era una situación fácil. El joven nunca había notado tantos ojos puestos encima. En cierta medida, se sentía como cuando Patroclo se enfundó la armadura de Aquiles para hacerse pasar por él y se preguntaba, al contemplar su propio cuerpo flacucho sobre las fornidas piezas de metal, si estaría a la altura de aquello de lo que pretendía disfrazarse.

                Había una cierta tensión. El muchacho no sabía si se debía a la cercanía de la guerra (y, por tanto, que muchos de aquellos hombres supieran que no estarían allí al día siguiente, y unos cuantos creyeran erróneamente que sí que lo harían), o a la incertidumbre que él mismo transmitía. Por eso, cuando empezó a recitar, acompañando su canto con la lira, tenía un opresivo nudo en la garganta.

                La mirada del comandante, al darse cuenta de que se apartaba de las clásicas formas del ciego, no contribuyó a calmarle precisamente.

                Pero, poco a poco, conforme las palabras fluían, un cambio se fue operando en aquella masa de individuos. El texto que el chico había escogido era aquel en el que el rey Príamo acude a ver a Aquiles, quien lleva arrastrando por el suelo durante días, atado a un carro, el cadáver de su hijo Héctor alrededor del túmulo de Patroclo, en la proximidad de las murallas de Troya. El anciano rey Príamo ha decidido venir no como rey de una ciudad asediada, sino como padre, para convencer al héroe griego de que le devuelva el cuerpo con objeto de darle sepultura:

                -Acuérdate de tu padre, oh Aquileo, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo y ha llegado a los funestos umbrales de la vejez. Quizás los vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien le salve del infortunio y la ruina; pero al menos aquél, sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de día en día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré hijos valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que de ellos ninguno me queda.

                Durante este párrafo, el joven apreció un cambio en el ambiente del campamento: más relajado, menos duro… hasta húmedo, a causa de las lágrimas. Porque, ¿qué soldado no tenía padres?¿Cuál no se acordaba de los hijos que había dejado atrás, o se preguntaba si los volvería a ver algún día?¿Qué hombre, al escuchar aquellos versos, no recuperaba una parte de la esencia de su humanidad? Una fracción que, a lo largo del embrutecedor viaje hacia el lugar de la batalla, habían perdido.

                Los soldados le dedicaron una ovación cuando terminó. Henchido por el orgullo, sin embargo, el muchacho no tuvo ocasión de que la legendaria hubris o arrogancia desmedida le invadiera y le condujera a la perdición, como le ocurría a la mayor parte de los héroes mitológicos. Porque cuando bajó de su estrado, el comandante se acercó para encararse con él:

                -Si hubieras cantado este poema cualquier otro día, te hubiera mandado decapitar -le abordó secamente. Y mientras los músculos del muchacho valoraban si eran capaces de evitar la liberación de sus esfínteres, el comandante prosiguió-. Pero hoy nos has venido bien. Hoy les has recordado a sus hombres por quién luchan… y cuál es la única manera segura que tienen de volver a casa. Que, por supuesto, es batirse mañana. O eso me encargaré de recordarles a primera hora con una arenga. Reza porque esa clase de motivación sea suficiente para vencer.

CONTINUARÁ...

lunes, 22 de diciembre de 2025

El relato del mes: "Mi Homero" (primera parte)

                Al hombre se le vio llegar (y se le adivinó la identidad) ya desde lejos. Entre otras cosas, por su bastón. También, porque le acompañaba un soldado, guiándole con cuidado mientras le asía delicadamente del brazo. Por otra parte, era cierto que no había mucha gente de silueta desconocida que se acercara por allí. Así que cuando la mujer lo vio, no tuvo dudas acerca de que él era el hombre sobre el cual le habían hablado.

                Cuando llegó, el soldado rehusó entrar en la casa (aunque no rechazó un poco de queso y unas aceitunas, que comió de cualquier manera en el soleado entorno). En cambio, el ciego aceptó el ofrecimiento, y también un banquete más sustancioso. Sólo cuando ya había comido y bebido lo bastante se aproximó la madre, con un chico joven al lado:

                -Aquí está mi hijo -declaró-. Ahora veréis por qué le comparan con una sirena de las que cautivan a los marinos.

                A un leve gesto de la mujer, el ya más que adolescente (aunque aún lo pareciera) empezó a entonar una melodía. El hombre ciego escuchó con delicada complacencia aquel armonioso canto, que embriagaba y le llevaba, como en volandas, a parajes bellos y exóticos…

                Unos cuantos minutos después, el hombre asintió satisfecho, y la madre envió a su hijo a otra parte de la casa. De hecho, se aseguró de que estuviera bien lejos antes de empezar a hablar en voz baja:

                -¿Qué os ha parecido?

                El invidente se encogió de hombros.

                -Canta muy bien, en efecto. Pero le faltan algunos atributos necesarios para ser un buen cantor de poemas. Para empezar, no es ciego. Es difícil que le acepten sin serlo, aunque sea por pura tradición. Y luego está otra cuestión…

                La madre enarcó una ceja, preocupada.

                -En la aldea me han dicho -indicó el hombre- que no le llaman “sirena” sólo por su hermosa voz.

                El ciego no podía verlo, pero el rostro de la mujer transparentó con total claridad cómo el alma se le había caído a los pies:

                -¿Puedo hablar en confianza?

                -Por supuesto.

                -¿Y en confidencia?

                El ciego asintió de nuevo con la cabeza:

                -Los invidentes no podemos ver, pero en ocasiones podemos también no oír, y hasta callar.

                La madre suspiró, como si llevara conteniendo el aliento muchos años:

                -Hace poco me dijo lo que todos sospechábamos. Que él no se siente un hombre, dice. Que le gustaría haber nacido mujer, como sus hermanas. Comprendedme, ¿qué futuro le espera? En esas circunstancias, no puede enrolarse en un ejército. En el pueblo nunca le van a mirar bien. He perdido toda esperanza de que se case -a pesar de que procuraba mantener un volumen bajo, en este punto no pudo evitar un deje de angustia bajo el cual su tono se elevó-. He invertido mucho tiempo y dinero en su educación, porque sé que es lo único que puede sacarle de este sitio. Yo sé que a los cantores se les suele ver como seres distintos, tocados por los dioses, a los que se les permiten… ciertas excentricidades. ¿Hago mal en querer buscarle un destino distinto al final aciago que mis sueños intuyen?

                El ciego negó con la cabeza:

                -No. Hacéis bien -y tras unos segundos, agregó-. Dejadle bajo mi cuidado. Seguro que hallamos una manera de lograr que este chico encuentre su hueco en el mundo. Al fin y al cabo, éste es enorme: si existe un lugar para los ciegos, ¿por qué no lo va a haber para él?

*

                Cuando el chico viajó con el invidente y el soldado adonde se encontraban acampadas las tropas, el comandante supremo de aquel ejército griego lo tuvo clarísimo:

                -No, de eso nada; alguien que tenga vista no puede declamar poemas para mis hombres. Ellos no lo aceptarían. Creen que Apolo habla a través de los ciegos; y es cierto que a nadie que posea ojos que funcionen le he visto almacenar tantos versos en la memoria. Pero puede ayudarte a buscar un sustituto -sugirió el militar al rapsoda-. Y así dejas de llevarte a uno de mis soldados cada vez que hagas una excursión a un villorrio olvidado por los dioses.

                Desde los primeros días, se habituaron a la rutina: por la noche, el joven oía al maestro ciego declamar sus versos delante del pelotón de soldados, quienes, a la luz de la hoguera, escuchaban embelesados la historia de cómo Aquiles se pelea con Agamenón, iniciando una secuencia de acontecimientos que acaba por conducir a la muerte de Patroclo, amante de Aquiles, quien a su vez se venga matando a Héctor, príncipe de Troya. Desde su posición elevada, el poeta recitaba la historia, acompañándose, en los momentos más trascendentales, de la lira, cambiando la entonación de la voz para imitar a los personajes, realizando gestos, interaccionando con el público, al que hacía gemir, reír, llorar, y por supuesto participar, como si cada soldado fuera un héroe más del poema. Luego, por el día, mientras el ejército marchaba, el maestro y su alumno se desviaban a un lugar donde habían oído referencias (a través de los lugareños) de alguien que podría aspirar a ser el siguiente cantor. Mientras tanto, en sus largas caminatas, el ciego recitaba el poema para que el joven lo fuera memorizando. Por supuesto, en lugar de declamar sólo un trozo, como hacía noche tras noche con los soldados, le iba descubriendo fragmentos mucho más largos. El chico no tenía problema en seguirlos, pues había escuchado otros poemas sobre la guerra de Troya, en los que se detallaban distintos episodios y salían a colación los mismos personajes. Lo que sí se dio cuenta, a lo largo de la narración, es de que el maestro nunca contaba de la misma manera dos veces la historia:

                -Claro que no -le explicó el maestro, entre risas-. Aunque mi memoria se ha empeñado en compensar mi visión, todavía no tengo poderes infinitos, como los seres sobrenaturales. Tienes que encontrar un equilibrio: si el poema es muy corto, te lo sabes muy bien, pero no puedes mantener entretenidos a los soldados mucho tiempo, y bien se sabe que las caminatas hasta el lugar de la batalla son largas. Pero si es muy largo, no puedes memorizarlo correctamente y acabas soltando cualquier tontería. Hallas la dosis justa entre lo que dejas a la cabeza y lo que le permites a la improvisación.

                -¿Y por qué no cantarles otros poemas distintos?-planteó el joven.

                -Bueno, a veces lo hago, cuando me quedo corto y todavía no nos hemos topado con el ejército enemigo. Pero no funciona igual: los soldados saben apreciar la diferencia entre un poema trabajado y una simple historia. Además, al comandante le gusta el relato de Aquiles y Patroclo: dice que enseña a los soldados que renunciar a la lucha por egoísmo personal solo trae consecuencias peores. Por culpa del desmedido orgullo de Aquiles, su amante Patroclo muere, y al final Aquiles, el de los pies ligeros, tiene que volver a la lucha. Cuando el héroe griego mata a Héctor, ha sellado su destino, ése que le debía llevar a decidir entre tener una vida larga pero anodina, o una breve pero heroica. Lo dicho, al comandante le gusta que esa historia se recalque bien a lo largo del viaje. De hecho, prefiere que la repita dos veces a que nos enredemos con los otros muchos episodios de la epopeya que suceden antes o después. Y eso que la guerra de Troya da para… mil vidas, amigo mío, mil vidas, como mil fueron los barcos que zarparon por Helena una vez.

                La primera casa que visitaron tenía a un aspirante que era casi un niño. El chico no declamaba mal; el problema era su nefasta memoria. Se olvidaba de lo que tenía que decir, se adelantaba, se enredaba con lo que iba después… Si la ceguera conllevaba que se le agudizasen los otros sentidos y capacidades, estaba claro que eso aún no había sucedido. El maestro lo daba por imposible cuando una muchacha de aproximadamente su misma edad (evidentemente, su hermana) salió fuera de la casa a impedirles que marcharan:

                -Mi hermano sólo necesita tiempo para memorizar los versos. Si le dais unos años…

                -Por desgracia, tiempo es lo que no tenemos, muchacha -sonrió con dolor el anciano-. ¿Por qué te crees que buscamos un sustituto? Mii corazón no resistirá mucho tiempo más estos viajes. Necesito un sucesor que tenga las capacidades que estoy buscando, y lo necesito ya.

                -Yo podría hacerlo -dijo la muchacha, que levantó la vista orgullosa-. Yo sí tengo la memoria que le falta a mi hermano.

                Al ciego le faltó tiempo para echarse a reír.

                -No te ofendas, jovencita, pero los soldados nunca aceptarán a una poetisa. Eso, por no decir que me parece una idea atroz que quieras pasarte la vida entre campamentos de soldados.

                -Pero hago versos muy buenos -protestó airada la muchacha-. Yo he sido quien se los ha escrito a mi hermano: llevamos días ensayándolos. Podría recitarlos; incluso, podría redactarlos, y que fuera otro quien los leyera -enunció, mirando en tono de súplica al joven.

                -Querida, todas esas ideas me parecerían maravillosas… en un mundo ideal -contestó el ciego-: pero ni con los mejores versos del mundo te aceptarían. Y dudo que mi comandante quiera pagar a una poetisa y a un recitador: ya es bastante poco lo que me pagan a mí, y si aceptan a este muchacho es sólo porque saben que necesito un remiendo.

                La muchacha se hallaba visiblemente decepcionada. Incluso el ciego lo notó, a través de los silencios:

                -Seguro que una joven lista como tú sabe encontrar su camino. Y sí, he de reconocerte que los versos eran muy buenos: al menos, los que recordaba tu hermano.

                Cuando ya se marchaban, la chica volvió a salir, después de un breve intervalo que había aprovechado para entrar de nuevo en la casa:

                -Como mínimo, leed la historia -les instó ella, y echó otra mirada solícita sobre el muchacho-. O que os la lean. Quizá si el comandante ve que los versos son buenos, se lo piense.

                El ciego permitió que el joven cogiera el papiro que le tendían, y lo guardase. El chico palpó, en esa hoja, todo el trabajo que la niña había puesto, y que la familia también había invertido, pues aquel material de escritura era sin duda caro para lo que esos campesinos ganaban. Mientras caminaban de vuelta al campamento, a una necesariamente baja velocidad, el muchacho iba leyendo el papiro, al tiempo que el invidente agitaba la cabeza:

                -De verdad que es una pena, porque no están nada mal. Si los hombres fueran distintos…

                -De todas maneras, no es mala idea que dice la niña, ¿no? -inquirió el muchacho-. Si no encontramos a un buen ciego, siempre puede leerse el poema en voz alta. Eso permitiría que fuera más largo.

                El rapsoda adquirió gesto dubitativo:

                -Mira, chico… O chica, no sé cómo prefieres que te llame -ahí se produjo una honda pausa, en la que al muchacho se le notó, a través de sus brazos, atenazado por la tensión, la esperanza, las dudas. El ciego resopló tras unos segundos-… Bah, seguiré usando el masculino. No es nada personal, ¿sabes? Cómo te sientas por dentro sólo te incumbe a ti… pero si un soldado me escucha llamarte de una manera extraña, es probable que lo paguemos los dos muy caro… En fin, lo que quería decirte es que te podría soltar un sermón sobre cómo la palabra oral es superior a la escrita, y en parte pensarás que lo digo porque soy ciego, y en parte tendrás razón. Pero me quedan cuatro días sobre esta miserable tierra, y ya no estoy para subterfugios: muchísimos sabios defienden que la narración oral tiene sus ventajas sobre lo que está escrito sobre un soporte físico, y yo estoy de acuerdo. A un papiro no le puedes preguntar, una tablilla de arcilla no va a corregir el error que se ha plasmado sobre su superficie. Pero no se puede ser dogmático con estas cosas -afirmó-. Puede que algún día te encuentres un comandante menos inflexible, y aunque todo narrador ha de tener una buena memoria, ¿quién soy yo para decir qué nos deparará el futuro? Soy ciego, no oráculo. Así que, mira, quédate con ese texto y… quizá, a partir de ahora, podamos comenzar a escribir el poema. Sólo por si acaso, ¿eh? No querría morirme, y que mi narración perezca conmigo, antes de que encontremos a mi sucesor.

CONTINUARÁ...

lunes, 15 de diciembre de 2025

La historia real de diciembre: Maximiliano y Carlota

Sobre esta historia se han escrito libros, se han hecho películas y, si las plataformas digitales son un poco listas, harán una serie de televisión, porque hay material para contar largo y tendido. Pero digamos que me he ido a tropezar con ella en mi visita a Trieste, y tenía que compartirlo con vosotros. Así que, aunque seguramente la mía no es la versión mejor elaborada ni más completa, aquí os dejo mi visión de lo que les aconteció a Maximiliano de México y su esposa Carlota.

Unos jóvenes Maximiliano y Carlota, retratados por el fotógrafo Louis-Joseph Ghémar

El palacio de Miramar es un lugar curioso. Tiene una larga tradición de gafe. Para empezar, se encuentra en un bucólico asentamiento pegado al mar (todas las habitaciones tienen vista al Adriático) y relativamente cerca de Trieste, la menos italiana de las ciudades de este país: una urbe que alcanzó su apogeo cuando era el único puerto del Imperio Austrohúngaro, pero que, ahora, es una más entre las ciudades costeras transalpinas, y echa de menos los tiempos de su dorado esplendor. Pero es que, además, Miramar tiene la leyenda de tratar mal a los que pernoctan entre sus muros. Así, Jan Morris describe en "Trieste o el sentido de ninguna parte": "La emperatriz Isabel de Baviera [Sissí emperatriz], consorte de Francisco José, se hospedó allí con frecuencia y terminó muriendo apuñalada en Ginebra. Carlota [sí, esa misma Carlota; luego hablaremos de eso] vivió allí brevemente y al final perdió la cabeza. El káiser alemán Guillermo II se quedó allí en una ocasión y muy poco después tuvo que renunciar a su trono. El primer rey de Albania pasó allí unas cuantas noches y su trono tan sólo duró seis meses. El duque de Aosta zarpó desde Miramare para convertirse en el virrey italiano en Etiopía y jamás regresó a Italia [murió de malaria y tuberculosis en una cárcel de Nairobi]. Cuando el general británico Freyberg escogió este emplazamiento como cuartel general al término de la Segunda Guerra Mundial, optó por ir sobre seguro y durmió en el jardín; pero uno de sus sucesores estadounidenses desafió a la superstición y murió en Corea, y otro falleció en un accidente de coche a su vuelta a Trieste desde los Estados Unidos".

Vista del palacio de Miramar (Miramare en italiano) en Trieste. Fotografía del autor.

Pero, sin duda, la peor fama de gafe le viene a Trieste de su habitante más ilustre, Maximiliano de Habsburgo. Maximiliano estaba destinado a ser uno más de los herederos de la casa de Hagsburgo que pululaban parasitando del Imperio Austro-Húngaro, una amalgama de naciones mezcladas a disgusto, que reventó del todo tras la Primera Guerra Mundial. De hecho, Maximiliano era el hermano menor de Francisco José (sí, el simpático emperador de las patillas que todo el mundo asocia con los últimos días de esplendor del Impero en Viena; sí, el marido de Sissí, quien se lo robó a su hermana, por cierto), y le tocó ser virrey del reino de Lombardía-Véneto. Pero como los italianos (qué raro) no estaban conformes con formar parte del Imperio Austro-Húngaro, se rebelaron, y al ser considerado Maximiliano muy blando frente a sus súbditos, se vio obligado a dimitir, después de haber comprobado cómo, a pesar de sus esfuerzos por mejorar la vida de los habitantes de su reino, ni estos últimos le apreciaban, ni tampoco su familia, que básicamente le permitió únicamente ejercer un ingrato papel de rey-títere.

Fue entonces cuando Maximiliano se refugió en los viajes, en Carlota y en el palacio de Miramar, donde residía. Con Carlota se había casado un tiempo antes, y ella -mujer de múltiples intereses, incluyendo bastante habilidad con la pintura- le había intentado ayudar en las tareas de gobierno (como toda una primera dama, se había vestido de campesina tirolesa como iniciativa para congraciarse con la región de Lombardía-Véneto). El príncipe austríaco compartía con su esposa la pasión por la botánica, que ambos cultivaron en su inmenso jardín en la finca de Miramar, palacio perennemente en construcción. De hecho, si a Maximiliano le hubieran dejado, probablemente hubiera sido feliz desarrollando su biblioteca sobre plantas, una de las mejor surtidas de la época. Hasta viajó a Brasil en expediciones que tenían como función ampliar su conocimiento y conocer nuevos ejemplares exóticos. Sin embargo, Maximiliano y su mujer ambicionaban un papel más activo en la política y, como suele decirse, cuando los dioses quieren reírse de ti, se dedican a atender tus peticiones.

Biblioteca del palacio de Miramar.

En México, las cosas andaban revueltas desde que habían decidido independizarse de los españoles. El país se hallaba sometido a constantes guerras civiles. En medio de todo esto, Napoleón III, emperador de Francia (por si os lo preguntáis, era heredero de Napoleón Bonaparte, aunque en realidad sólo eran familia política; cómo llegó a tener trono en el país galo es una larga historia), ve que México acumula demasiada deuda con Francia y decide que la mejor manera de cobrársela es intervenir militarmente y apropiarse del país. En medio de los enfrentamientos intestinos entre facciones, los conservadores mexicanos se alían con él (no así los liberales, centrados alrededor de la figura de Benito Juárez). Así que, aunque Napoleón III tiene un país en guerra, decide que al frente tiene que poner un rey. Y no se le ocurre mejor candidato que Maximiliano, al que ha conocido personalmente y del cual admira sus cualidades.

Para la pareja, es el destino que han estado buscando. No tienen en cuenta su experiencia previa con súbditos que no se sienten representados por gobernantes extranjeros, ni con lo difícil que es controlar un país cuando tu poder depende completamente de lo que te proporcionen otros. Desdeñan los posibles inconvenientes que se van a encontrar. Cuando llega la embajada mexicana, ésta les explica que la nación está entusiasmada con la posibilidad de que Maximiliano sea su rey, y que le aclamarán sin duda al llegar al país (sin revelar que la figura de Maximiliano apenas la conocen unos pocos mexicanos), así que el matrimonio se deja seducir por los cantos de sirena. Maximiliano exige que, en algún momento, su posición se respalde con un referéndum popular, aparte de garantías financieras y militares; la embajada, por supuesto, se pliega y dice a todo que sí, con esa doblez característica del lenguaje de los embajadores. Así, los nuevos consortes reales parten del castillo de Miramar, que como pareja nunca llegarán a ver terminado del todo, y se embarcan hacia la aventura. Atrás quedarán las paredes del palacio, tapizadas con el lema "Equidad en la Justicia", el emblema de Maximiliano como emperador de México, y con varios cuadros que representan la historia de la embajada y la partida de Maximiliano a tierras lejanas.

La comisión mexicana que invita a Maximiliano de Habsburgo a ocupar el trono de México en Miramar (Cesare Dell'Acqua). Exhibido en el Castillo de Miramar.

Una vez en México, el matrimonio de verdad lo intenta. A pesar de que las cosas no son tan bonitas como se las pintaron (el palacio donde querían instalarles estaba infestado de chinches, y deciden cambiar de residencia), Maximiliano acomete cambios que pretenden convertir a su nuevo imperio en un país más justo y próspero. Restringe el tiempo de la jornada laboral, abole el trabajo infantil y los castigos corporales, cancela las deudas de los campesinos si son mayores de diez pesos, promueve reformas agrarias (aún en contra de lo que desean los aliados que le han puesto en el trono), promueve la libertad religiosa y que el derecho a voto le sea otorgado a mucha más gente... Carlota, mientras tanto, le auxilia en todo. Hasta cuando su marido marcha de viaje por tierras mexicanas, ella queda como regente, de tal modo que, hoy en día, se la reconoce como la primera mujer gobernante de México. Si bien las relaciones entre la pareja, para entonces, ya eran distantes (se habían alejado desde los tiempos en que vivían en Italia; además, por lo visto, Maximiliano quedó demasiado seducido por la hermosura de las mujeres mexicanas), a nivel político siguieron siendo estrechos colaboradores. Quizá el problema público más notorio fue cuando Maximiliano, visto que no tenían hijos, decidió adoptar como heredero a un descendiente del primer intento de casa real mexicana, para gran disgusto de Carlota. Sin embargo, problemas más acuciantes les aguardan.

Lema del 2º Imperio Mexicano, "Equidad en la justicia", mandado iscribir por Maximilano en las paredes del Palacio Miramar.

Porque las bienintencionadas reformas de Maximiliano no pasan de la escasa cuadrícula de terreno que han conseguido conquistar las tropas francesas (mandadas por Napoleón III), belgas (gracias a el apoyo de la familia de Carlota) y austríacas (también la familia de Maximiliano desea echar una mano), junto con unos pocos soldados nativos. Y, poco a poco, esa entente militar empieza a desvanecerse. La aventura mexicana gasta mucho dinero, obtiene muy pocos resultados, y tiene a la opinión pública de todos los países implicados en contra. Poco a poco, los gobernantes europeos dejan de interesarse por el proyecto, y dejan a Maximiliano abandonado a su suerte. Éste se da cuenta de que el suelo se sostiene frágil bajo sus pies, y sopesa seriamente la posibilidad de abdicar. No obstante, se impone el sentido que Maximiliano tiene de la responsabilidad que ha contraído; mientras, Carlota marcha a los países europeos a recabar ayuda para su proyecto y, en último término, para salvar a su marido. Durante su periplo, ejerce de diplomática en Viena, en París, y también en el Vaticano, donde (aún hoy) es la única mujer que ha dormido en la Santa Sede.

Por desgracia, todas las gestiones son infructuosas. Maximiliano cuenta con un raquítico ejército que nada puede hacer frente a las tropas de Juárez. Finalmente es capturado, juzgado y condenado a muerte. A pesar de las múltiples peticiones de clemencia que llegan del otro lado del Atlántico (por ejemplo, por parte del escritor Víctor Hugo), la sentencia se ejecuta en forma de fusilamiento, retratado de manera muy conocida por Manet en una serie de pinturas. Es curiosa la colección de reliquias que hay alrededor de Maximiliano: el sombrero con el que murió se conserva en un museo en Padua, gracias a la donación de un amigo cercano; un tesoro azteca que había acabado en Austria fue devuelto a México, a petición del nuevo emperador, y hoy se exhibe en un museo; y, por otra parte, muchos de los presentes en el fusilamiento bañaron sus pañuelos en sangre de su cuerpo recién acribillado, no se sabe si para tener un recuerdo o para venderlo al mejor postor. Lo cierto es que esa sangre, presuntamente, se ha utilizado para análisis de ADN en casos de duda sobre parentescos monárquicos.

El final de todos los protagonistas de esta historia es aciago. El cadáver de Maximiliano se embalsamó de mala manera (los pelos de su barba fueron vendidos por ochenta dólares) y, cuando el emperador Francisco José reclamó su cuerpo, después de muchos dimes y diretes, se realizó una operación para adecentar el cadáver que incluyó cambiarle los ojos por los de una talla de una virgen y añadirle una barba postiza. Por suerte, el féretro se selló antes de su llegada a Austria para que no pudieran verlo sus familiares (porque vaya cuadro...).

Mientras tanto, Carlota de Bélgica estaba siendo consumida por la locura. Ya le había afectado cuando estuvo en Roma, negociando con el Papa (pensaban que querían envenenarla, y sólo bebía agua de las fuentes públicas de la ciudad) y, con el fusilamiento de su marido, la cosa sólo fue a más. Las razones por las que su mente se perturbó son desconocidas: seguramente había de base un trastorno orgánico, acrecentado por la ansiedad que rodeó su titánica labor en defensa de la vida de Maximiliano y de su imperio. Hay una leyenda particularmente tétrica al respecto: Carlota, dolida por no poder tener hijos, acude a una curandera mexicana para que le permita ser fértil, pero ésta la reconoce como la emperatriz y, como es partidaria de Benito Juárez, le da de comer un hongo que conduce a la locura. Cuando os digo que esto da para serie de televisión... Carlota se pasaría el resto de su vida recluida en residencias regias, primero en el pabellón del jardín del palacio de Miramar, y luego en varios palacios en Bélgica.

En fin, he aquí la triste historia. Maximiliano trató de hacer lo que pudo por México, pero no se dio cuenta de que, por muy bien que quieras hacer las cosas, los pueblos han de gobernarse a sí mismos, y sólo podrán aceptar plenamente una administración que emane de su propio núcleo. Un concepto que su hermano Francisco José no aprendió nunca y que conduciría al desmembramiento de su imperio muy poco tiempo después. Maximiliano era sin duda, a pesar de sus numerosos defectos, un ingenuo soñador bienintencionado, un romántico, alguien que no fue educado para entender un mundo en plena transformación. Carlota fue una mujer sin duda extraordinaria, que buscó salirse del papel limitado a su sexo y participar activamente de la vida pública. A ambos les arrambló la historia, como al tiempo caduco que les vio nacer y que, por mucho que se resista, al final estaba condenado a morir.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Las historias cortas de diciembre: La importancia de una correcta pronunciación

 Mi amiga Eos se encontraba en Gales, viviendo en la casa de un matrimonio de 70 años. Un día, llegó la vecina terriblemente consternada.

-Tengo una plaga de avispas -afirmó-. Le han picado a mi madre no-sé-cuántas veces, y la pobre es ya muy mayor. No sé cómo librarme de ellas.

-En mi pueblo -respondió Eos-, tenemos un remedio casero, y es echarle agua y jabón a las avispas.

-¿Ah, sí? Pues lo voy a probar.

Dos horas después, la vecina volvió, con rostro aún compungido en el rostro.

-No sólo no se han ido las avispas, sino que han venido cada vez más, y tengo toda la casa pringosa. ¿Seguro que el método es correcto?¿Tenía que ser de pollo, o podía ser...?

Eos abre los ojos y la boca, alucinada.

-¡Jabón (soap)!¡No sopa (soup)!

Algo parecido le ocurrió a John Fitzgeral Kennedy en su visita a Berlín en los años 60. Kennedy se vanagloriaba de sus antepasados alemanes, y además quería destacar la importancia que tenía lo que ocurriera en el Berlín dividido de cara al mundo entero ("Lograr la paz en Berlín", afirmaba, "es conseguirla para París, para Roma, para Washington..."). Por eso, cuando salió al balcón de un edificio oficial germano, delante de una multitud expectante, pronunció, en un alemán cuidadosamente estudiado:

-¡Yo también soy berlinés!

A lo cual la multitud respondió con alborozo. Esta es la versión oficial. No obstante, lo que los alemanes escucharon en realidad aquel día de labios de JFK fue:

-¡Yo también soy una rosquilla!

Lógicamente, de ahí se reían. 


Comentario: No me extraña que las avispas no se fueran: ¡estaban esperando el segundo plato! ;)