Esta historia tiene su antecedente previo aquí.
Al
día siguiente, a esa misma hora, estaban brindando con las copas llenas hasta
arriba de dulce vino, que sabía el doble de dulce simplemente porque estaban
vivos.
Las risas se
prodigaban de un lado a otro de las múltiples hogueras donde los guerreros se
abrazaban, reían, dedicaban sagrados holocaustos a los dioses… y luego se
comían a los animales sacrificados, devorando hasta la última gota de su grasa.
-¿Qué,
cantor?-le preguntó uno de los soldados, dándole una sonora palmada en la
espalda-. ¿Estabas muy inquieto esperándonos?
Lo
cierto es que sí, se dijo a sí mismo el que ya había sido oficialmente
declarado el sustituto del ciego. El muchacho hubiera esperado que la fase de
la batalla se viviera como en los poemas; sangre derramada, gestos de valor,
carne y gritos, cuero y acero… En lugar de eso, hubo un período de silencio
atronador y angustioso en la retaguardia del campamento, durante el cual al
joven le asaltaban periódicamente imágenes de sí mismo y los soldados huyendo
entre el bosque, corriendo por sus vidas, con el rugido de fondo de mortíferos
jinetes cabalgando a lomos de caballos que iban tras ellos…
La
otra opción era la que se estaban viviendo esta noche. La que, por suerte,
había acontecido:
-¿Qué
tal, maldito criajo?-el comandante se presentó con brutal espontaneidad y
rudeza, como solía hacerlo cada vez que irrumpía en su vida. Se sentó sobre
unas piedras y apoyó los pies encima de un hatillo de ramas que, dentro de muy
poco, alguien prendería para hacer una nueva hoguera. Pero, mientras tanto, se
mostraba relajado, bebiendo con total frivolidad de su copa.
-Lo
has hecho muy bien -le felicitó-. Confieso que tuve mis dudas, pero ahora… Hoy
hemos conseguido una gran victoria. Eso los hombres lo valoran. Si seguimos
teniendo suerte, tus poemas se convertirán en sinónimo de victoria. Y aquí
entramos en lo importante.
Inclinó
la cabeza hacia su empleado:
-Estaba
batalla ha sido útil, pero es tan sólo la antesala de otra mayor. Sabemos que
el enemigo está concentrando tropas en otro punto, para preparar un
enfrentamiento que será realmente decisivo. Para entonces, necesito que tengas
un poema épico preparado: uno grande, hermoso, y que motive a nuestros soldados
a pelear hasta el final.
Metió
la mano en el interior de la armadura, donde guardaba un zurrón de donde
extrajo una bolsa que colocó en el pecho del chico. El muchacho la agarró:
desde fuera, podía palparse el tacto de las monedas.
-Esto
es por tus servicios; y para que vayas tirando hasta la próxima vez que nos
veamos. Lo dicho, espero una composición de las que hacen época. Una que la
gente recuerde, más incluso que la propia guerra de Troya.
El
muchacho asintió.
Al
día siguiente, hizo el petate y partió. No lo hizo por el mismo camino que el
ejército. Se desvió hacia el hogar de la chica que le había regalado esos
versos tan útiles. Se la encontró trabajando en el campo, junto con su familia.
Cuando llegó cerca de la muchacha, depositó un grueso paquete de monedas sobre
sus manos:
-Tu
trabajo me ha sido muy útil -le dijo a la chica. Y luego, dirigiéndose casi más
a su familia que a ella, añadió-. Tienes un don. Aprovéchalo. Ojalá -dijo antes
y después de un breve suspiro-, ojalá el mundo te deje sacar todo lo que tienes
dentro.
Luego,
vagó por distintos lugares. Visitó recitales en honor a los dioses, y
certámenes poéticos. Durante su periplo, escuchó a toda clase de poetas: unos
buenos, otros malos, la mayoría regulares, unos cuantos excelsos. A aquellos de
los que podía extraer buenas ideas, les pagaba para que le permitieran tomar al
dictado sus palabras. De esa manera, volvió a crecer el poema, que él iba
afilando, puliendo, cohesionando para que adquiriera integridad y coherencia. Para
ello, intentó aplicar las fórmulas de los relatos orales del ciego a lo largo
de todo el manuscrito; de esa manera, parecía como si éste siguiera hablando, aún
después de muerto.
Durante
sus investigaciones, el muchacho viajó a lo largo de ciudades, pueblos, aldeas.
En ellas, se disfrazó de variadas maneras: peregrino, pordiosero, poeta,
heraldo… incluso mujer, en ciertas circunstancias. Durante algunos días, pudo
pasear en los mercados de una gran urbe, escondida (o revelada) bajo ropajes femeninos,
de la misma manera en que lo hizo Aquiles cuando trató de librarse de ser
reclutado para la guerra de Troya. El joven (la joven) se preguntó durante
aquellos paseos si en el fondo Aquiles, como ella, no se sintió feliz bajo
aquellas prendas. Y si tal vez aspiró a que, en lugar de morir pronto, pudiera
vivir una vida distinta que la destinada bajo la máscara de guerrero, en un
contexto distinto, en otro lugar… Pero a nuestra heroína, como a Aquiles, le
traicionó su amor las armas: en esta ocasión, por las armas de la palabra y de
las letras. Era hora de volver a los caminos. En ese momento, cargada de un
arsenal.
En
poco tiempo, el rapsoda se reincorporó al ejército y éste, como le prometieron,
partió en un largo viaje. La mayor parte de los reclutas eran nuevos y no le
conocían, ni a él, ni tampoco a su maestro. Por eso cuando, al final del
primero de sus cantos, alguien se atrevió a preguntar de dónde había sacado
aquella historia, él respondió:
-Me
la cedió un maestro. Un maestro ciego.
Al
decirlo, no se refería sólo al anciano que le enseñó: también a todos los que
habían contribuido al poema, aún sin saber que sería asimilado en un todo
mayor, que ahora viajaría con él a lo largo de los kilómetros, las veredas, los
páramos, las ensenadas. Ninguno de ellos era consciente de estar creando algo
nuevo. Eran ciegos al futuro, y al fenómeno que estaba sucediendo. Un hecho que
quedó bautizado cuando el soldado que había preguntado entendió que “Homero” no
era la palabra en griego para designar a un invidente, sino un nombre propio, y
empezó a emplearlo como tal.
El
viaje fue largo, fatigoso, y sometió a todos los viajeros a obstáculos que
pusieron a prueba sus límites. Tras aquellas interminables jornadas, al final
del día, el cantor reconfortaba, acunaba, enaltecía los espíritus de los
guerreros instigándoles a la batalla, al heroísmo, a ser siempre su mejor
versión. Les mantuvo unidos después de agotadores recorridos por las montañas
repletas de cuevas, y por húmedas caminatas en el barro; les alentó mientras
cruzaban islas, mares, lagos y estrechos de bravos oleajes. Les insufló ánimos
hasta la victoria: una a la que, sin duda, nuestro poeta contribuyó.
Después
de la batalla final, cuando se consiguió un gran y definitivo triunfo, y el
objetivo del viaje se consumó, los soldados le preguntaron al cantor:
-¿Y
en el camino de vuelta, con qué vas a deleitarnos?
El
cantor sonrió con complacencia:
-¿Habéis
oído la historia de cuando Ulises volvió a casa? Tuvo un periplo más difícil
que nosotros; y aun así, regresó.
Este
relato le debe una gran influencia a Homero y su Ilíada, una obra de
Robin Lane Fox donde el autor discute las distintas posibilidades acerca de
quién fue Homero y cómo compuso su poema épico. Yo he tomado prestadas algunas
hipótesis, y he recreado las mías propias. La auténtica identidad de Homero nos
será, probablemente, siempre desconocida… lo cual, en muchos sentidos, es más
interesante que conocerla con seguridad. Mientras tanto, la autoría de la
Ilíada, como la veracidad de la guerra de Troya, son cuestiones que se pierden
entre la bruma…