miércoles, 1 de mayo de 2013

El relato de mayo: un cuento sobre el "perpetuum mobile"

      El perpetuum mobile es una máquina teórica que, hipotéticamente, debería ser capaz de generar movimiento de manera continua e infinita, sin necesidad de seguir aportando energía desde fuera del sistema. Se ha tratado de desarrollar esta máquina desde tiempos remotos (convirtiéndose en una especie de Santo Grial o de obsesión para la ciencia de épocas antiguas), siempre de manera infructuosa. El siempre inquisitivo Leonardo da Vinci lo intentó, pero concluyó que su consutricción era imposible. Finalmente, el segundo principio de la termodinámica zanjó definitivamente el tema al establecer que "no se puede transformar completamente el calor en trabajo" (es decir, el efecto del rozamiento haría siempre que se perdiera parte de la energía y que el aparato se acabara detuviendo). Pero no en el mundo alternativo donde se encuentra enclavado este relato de ciencia ficción. Espero que os resulte movidito.                                                       

Ad eternam

                                                            A Timoteo Rodero, y D.H, que nos han demostrado que, mucho más importante que el conocimiento, son el esfuerzo, las ganas, y la ilusión por aprender.

                                                            A Álvaro Ridruejo, muchas de cuyas aportaciones han contribuido a la elaboración de este cuento.

“Los hombres deberían morir por las mentiras. Pero la verdad es demasiado preciosa como para morir por ella”. Terry Pratchett.
                                               
            El guardia de seguridad del Museo decidió que no podía soportar ni un minuto más el contemplar las paredes desnudas, los inmensos huecos, los extensos espacios vacíos… Y decidió entonces pasar a la acción.

            Cogió uno de los audífonos informativos que proporcionaba el Museo para los visitantes. Tenía tres posibles opciones: la versión para niños, la de adultos, y para los estudiantes de ciencia. La de los estudiantes, por mucho que se esforzó, nunca fue capaz de entenderla, a lo largo de los diez años de trabajo en el Museo. La de los niños, pese a ser divertida, no pegaba con este momento. Accionó la de adultos.

            De repente, las paredes comenzaron a llenarse de luces, sonidos y colores… Las imágenes holográficas se pusieron en marcha, y el guardia comenzó a caminar, mientras recorría, lentamente, sin prisas, el recorrido del Museo. Nunca se escuchaba de escuchar de nuevo la historia que le estaban recordando los hologramas y los efectos especiales, las voces y las imágenes de otras épocas: eran muchas las veces que hacía esto, caminar solo, cuando no había nadie más en todo el vasto edificio, presenciando el mismo espectáculo al que asistían los miles de visitantes que llegaban al Museo cada día… En teoría no debería hacerlo, en teoría debía estar vigilando. Pero este Museo sólo tenía una cosa de valor… y nadie se atrevería jamás a tocarla…
            <<Dicen que el hombre>>, comenzó la narración, <<le da una tremenda importancia a la teoría… De hecho, tardamos en comenzar a volar, porque sir Isaac Newton determinó, mediante un análisis teórico, que esto era científicamente imposible, y, por tanto, nadie intentó demostrar lo contrario hasta mucho tiempo más tarde, mediante el sencillo método de probar a ver si funcionaba... Lo cierto es, gracias a Dios, en el caso de la invención a la que está dedicado este Museo, no se aplicó el mismo caso. Muchos dijeron que era una locura; la mayoría, una utopía imposible; Leonardo da Vinci lo dio por perdido; y, sin embargo, hubo un hombre que se atrevió a desafiar estos malos augurios, y consiguió sacarlo adelante. De no ser así, probablemente llevaríamos varios siglos de retraso científico en nuestro haber, y la Tierra sería hoy muy diferente a como la conocemos…
            El guardia aguzó el oído. Siempre lo hacía en esta parte, cuando comenzaba a ponerse interesante.           
            >>Se trata del perpetuum mobile, es decir, la máquina de movimiento eterno. Durante la Edad Media, múltiples alquimistas y pseudocientíficos trataron de construir un aparato que se moviera continuamente, pese al rozamiento de los componentes, la fricción, la propia acción de resistencia del aire… Nunca lo lograron, entre otras cosas, porque carecían de unas bases teóricas adecuadas. Sin embargo, en el siglo XVI, un hombre, Andrea Stolzok, del que desconocemos casi todo, incluso si éste es su verdadero nombre, desarrolló todo un cuerpo teórico de conocimientos que llegaba a la conclusión de que era posible fabricar un perpetuum mobile, y, lo que es más, que éste, en su infinito movimiento, podía abastecer de energía a los hombres para la eternidad. Todos sus escritos fueron encontrados mucho más tarde, casi un siglo después, por unos monjes benedictinos que se dedicaron a construir su aparato… El resultado fue sorprendente… El perpetuum mobile era posible, y se hizo realidad delante de sus propios ojos. Fue una suerte, porque el monasterio estuvo a punto de ser arrasado por un incendio, salvándose los documentos milagrosamente.
            >>Desde entonces, todo ha cambiado. Toda nuestra ciencia, nuestra tecnología actual, la que nos permite, ya en el siglo XXI, volar, llegar al espacio, alcanzar los límites del sistema solar, desentrañar los secretos del átomo, hacer posible el milagro de la fusión fría, construir los más potentes ordenadores con el tamaño de un reloj de pulsera, y los robots más avanzados que tanto han transformado el mundo, y que consiguieron acabar con las injusticias sociales del pasado, todo eso, se ha basado en el perpetuum mobile. Su propia existencia, así como de toda la teoría que lleva detrás, han hecho posible llegar casi hasta los límites del conocimiento de la física, las matemáticas, la astronomía, y e incluso las ciencias biológicas y químicas… Además, el concepto filosófico del perpetuum, como aparato que no descansa, que permanece siempre alerta, (no en vano es la base de los sistemas de seguridad actuales), ha influido a poetas, filósofos, literaturas, historiadores… Su movimiento cíclico ha inspirado a inspirado a movimientos religiosos y creado nuevas formas de espiritualidad. De hecho, Andrea Stolzok es el único hombre que ha recibido, a título póstumo, algún premio Nóbel, el de Física. Sin embargo, por más que hemos intentado escarbar en su biografía, ha sido imposible. Algunos dicen que en realidad se trata de varias personas, que es imposible que ésta sea la obra de un hombre solo. Otros, que en realidad existió, y que se trató del mayor genio de todos los tiempos. Einstein declaró, tras terminar su teoría del campo unificado (la cual significó prácticamente la resolución definitiva de la física de partículas), que se sentía el niño tonto de la clase al lado de Andrea Stolzok, cuya teoría fue incluso capaz de sobrevivir a la aparente contradicción que entrañaba el segundo principio de la termodinámica, la cual argumentaba que, para que parte del trabajo realizado por el perpetuum no fuera desperdiciado en forma de calor, habría que hacer que varios millones de partículas actuasen exactamente de la misma manera, y eso era estadísticamente imposible. En todo caso, sin dudas ya sobre la solidez de la teoría de Stolzok, y para nuestra pesadumbre, la mayor parte de la verdad sobre la vida de este científico continúa siendo un misterio…
            El guardia de seguridad pasó entonces a la habitación contigua: una habitación que, esta vez sí, poseía un elemento material que se hallaba exhibido en el Museo. Lo único que, realmente, podría ser de valor para alguien, pero que, por profunda veneración, y por sentido común, nadie se atrevería a sustraer.
            -Y aquí está-prosiguió la visita guiada-; el primer perpetuum mobile en la historia, construido en aquel monasterio benedictino. Como ven, su estructura básica es la de un péndulo, forma original que le dio Stolzok, aunque puede ser aplicable a cualquier otro diseño: automóviles, aviones, robots… El aparato parece sencillo, la parte de arriba se asemeja a la de una balanza, pero, en realidad, su mecanismo es tremendamente complejo, se dice que hay sólo cien personas en el mundo que lo han llegado a entender plenamente, incluyendo, claro está, los actuales directores del Museo. De hecho, el perpetuum mobile original que, como ven, todavía desplaza el péndulo a un lado y otro, autorregenerando la energía en cada movimiento, no es sólo un objeto decorativo de este Museo: todavía se sigue estudiando, en gran medida, su mecanismo de funcionamiento, en búsqueda de nuevas aplicaciones y posibilidades, por parte de los más reconocidos científicos del planeta. Así pues, este sencillo péndulo sigue siendo imprescindible para el conjunto de nuestra población. En este momento, les dejaremos solos, podrán quitarse los audífonos… Será así como puedan contemplar con mayor deleite este aparato. Dicen, incluso, que si se aguza el oído, puede escucharse el tic-tac de su mecanismo, aunque eso, estadísticamente, sólo lo hacen una de cada tres personas, y, según algunos, no es más que una alucinación colectiva. Pueden ustedes, señores…
            Y el guardia se quitó los cascos y contempló el pequeño péndulo, de unos treinta centímetros, situado sobre el soporte de metal que lo elevaba hasta la altura, en su punto máximo, de un hombre de estatura media. Estaba cubierto, además, por una urna de cristal. El guardia nunca se cansaba de contemplarlo: por más que lo miraba, no podía dejar de parecerle maravilloso aquel mecanismo genial que había otorgado al hombre algunos de los milagros más maravillosos que se hubieran producido en la historia.

            Y sin embargo, aquella vez, fue distinta.

            Porque, ese día, el guardia, dudándolo al principio, aterrorizándose cuando se cercioró, se dio cuenta de que el péndulo se desplazaba más lentamente…

            Lo hizo, hasta que su arco comenzó a disminuir, de forma cada vez más dramática…

            Continuó haciéndolo, hasta el final…. Continuó ralentizándose… hasta que, ante el indescriptible grito callado de terror del guardia, éste finalmente se detuvo.

                                    *                                  *                                  *

             Hinsgbury recibió la llamada en mitad de la noche.
            -¿Sí?-preguntó-. ¿Quién es?   
            -Tiene usted que venir, profesor Hingsbury.  
            -¿Dupont?¿Adónde?¿Sabe usted qué hora es aquí?
            -Pues al Museo, naturalmente -no hizo falta que le especificara cuál-. Tiene que venir en seguida. 
            -¿Pero qué demonios…? Maldita sea, Dupont, no tengo tiempo de acertijos matemáticos a las dos de la mañana. Si quiere le llamo yo dentro de seis horas, y hablamos.                   
            -Profesor Hingsbury, se lo aseguro, tiene que venir, es importante.  
            -Dupont, no pienso tomar un avión en mitad de la madrugada y cruzar todo el océano Atlántico sin tener un motivo justificado.
            -De acuerdo -susurró Dupont, bajando la voz-… No quería contarlo por teléfono, pero veo que no voy a tener más remedio…-redujo aún una cuarta el tono-. Se ha parado.
            El gesto de Hingsbury, enfundando en un pijama de cuadros, empalideció. Su mujer preguntaba, con los ojos cerrados, “cariño, ¿quíén es?”
            -¿Cómo que se ha parado?¿Qué se ha parado?
            Dupont masculló.
            -¿Es que hace falta que te lo diga?
            El corazón de Hingsbury se aceleró.
            -Voy para allá.
            En tres horas, había llegado al Museo, situado en Londres, desde los Estados Unidos. Este tiempo puede parecernos una exageración, pero se trataba de un vuelo lento, el único que había podido coger a esas horas, no contaba aún con el nuevo modelo de perpetuum, más evolucionado, y con el que sólo se tardaban dos.

            Hingsbury accedió al Museo gracias al guardia, que le abrió la puerta de atrás. El profesor americano se dio cuenta de que el guardia se encontraba temblando; no le extrañaba. No sabía, en las siguientes horas, si él mismo iba a entrar en un colapso nervioso.

            Cuando entró en la estancia, allí ya se encontraban todos: Dupont, Müller y Clark. No muchos, los imprescindibles. Los cuatro hombres que más sabían del perpetuum en estos momentos: eran, además, los cuatro directores del Museo, aunque sólo uno de ellos funcionaba como gerente real, Dupont, mientras que los demás era tan sólo honoríficos.
           
            Lo que más le sorprendió ver a Hingsbury por allí, era la presencia de un niño pequeño, de unos cuatro años años, de pelo rubio.
            -¿Dupont, qué hace tu hijo aquí?-preguntó antes de saludar
            El aludido, que se encontraba, como los otros, contemplando el perpetuum mobile, se dio la vuelta.
            -Estaba solo con él, su madre está de guardia en el hospital, no podía encontrar a nadie que le cuidase a estas horas, y no me atrevía a dejarle solo en casa, así que me lo he traído.
            Hingsbury hizo un gesto con la mano hacia el guardia, en dirección al niño.
            -Por favor, ¿se lo puede llevar a dar una vuelta? Que juegue un rato por ahí. Ya sabe donde están los juguetes del Museo para los niños, ¿de acuerdo?-se acercó a sus compañeros, y contempló, con el mismo impávido rostro con el que sus compañeros habían analizado el hecho, la noticia a la que tantas vueltas le había estado dando en su cabeza durante el viaje en avión: el perpetuum mobile, completamente inmóvil. Para Hingsbury, era como si la Tierra se hubiera salido de su órbita, en cuanto a sorprendente… y en cuanto a grave.
            -Vamos a ir por partes. ¿Quién más sabe esto?
            Se asumía, por supuesto, que el idioma del debate seria el inglés.
            -Nada más que nosotros cuatro, y el guardia.
            -¿Cómo lo descubrió?-le preguntó a Dupont, refiriéndose a este último-. ¡No lo habrá parado él!
            -¡Por supuesto que no!-bramó el francés-. Es de absoluta confianza. No ha dado una sola queja en veinte años de servicio.
            -Dice que se paró –intervino Clark pretendiendo desviarse de la suposición de Hingsbury-… sin más… Redujo la velocidad y, simplemente, se acabó por detener.
            El americano se mesó los cabellos. Ninguno de ellos había hecho el más mínimo gesto de saludo al llegar. Todos estaban tan preocupados, que no habían pensado ni siquiera en guardar las más mínimas formas.
            -¿Cuánto tiempo tenemos?-preguntó Müller.
            Dupont hizo cuentas.
            -Son las cinco de la mañana. A las ocho comienza a entrar el personal, pero a ésos podemos mantenerles controlados. A las nueve, los visitantes. Y es solucionarlo antes de entonces, o cerrar el Museo.
            Hingsbury enarcó una ceja.
            -¿De qué estás hablando?¿No estarás diciendo que vamos a ocultar lo que ha pasado?
            -Cálmate, James -le insistió Dupont.
            -¡Esto es un hecho científico de mi primera magnitud!¡Nos guste o no nos guste, tenemos que comunicarlo!
            -Hingsbury -pidió Clark-, tranquilícese, por favor. Nosotros llevamos ya aquí unas horas, y hemos tenido más tiempo para analizar la situación. Este asunto no tiene tan sólo -recalcó mucho estas últimas palabras- connotaciones científicas… Sino bastantes más. Comprende lo que quiero decir, ¿verdad?           
            Hingsbury se serenó, y asintió con la cabeza. Efectivamente, tenía muchas más implicaciones.
            -Hoy por hoy, todos los aparatos con los que funcionamos se basan en la tecnología del perpetuum mobile -declaró Dupont-. Nuestros conciudadanos van a trabajar en sus vehículos confiando en ese modelo. Si ahora les decimos que ese modelo es falso, que todo aquello en lo que confían, se basa en una quimera, será el caos.
            -No podemos decir la verdad sin más -concretó Müller-. Tenemos que tener, al menos, una mínima hipótesis sobre lo que ha ocurrido.
            -Y esa es la cuestión -puso los brazos en jarras Hingsbury-. ¿Qué ha ocurrido?
            Y se hizo un silencio quedo.

            Clark fue el primero en hablar.
            -Bueno, tal vez esto no le guste demasiado a Dupont… Pero tal vez ha sido un problema del Museo. Tal vez no se ha conservado todo lo bien que se debiera.
            Dupont negó con la cabeza.
            -Condiciones óptimas de temperatura, humedad… Queríamos que los materiales no sufrieran ningún daño que pudiera alterar el diseño original. Renovación del aire cada cierto tiempo, eliminación automática del polvo… Ningún perpetuum ha sido tratado igual.
            Müller se rascó la cabeza.
            -¿Hasta qué punto sabemos que está detenido del todo? Quiero decir, a lo mejor en realidad el movimiento se ha estado ralentizando en los últimos tiempos, y no nos hemos dado cuenta, por la propia costumbre de contemplarlo todos los días. Incluso puede que la velocidad haya ido disminuuyendo progresivamente desde que fue construido, y que la que nosotros contemplábamos era mucho menor que la inicial. Quizás, de hecho, ahora mismo no está detenido del todo, sino que tiene un movimiento a nivel microscópico, que no podemos apreciar con la vista.
            Dupont negó con la cabeza.
            -Sobre eso, sí que te puedo responder: los sistemas de detección indicaron un movimiento a velocidad constante, hasta hace unas horas, en que cesó drásticamente. Y el aparato está parado, al menos, con la definición de inmovilidad que se le puede aplicar a un objeto a esta temperatura: ya sabéis que incluso, en el cero absoluto, las partículas conservan un cierto movimiento. Pero sobre eso no te preocupes, Müller. El perpetuum está parado, y bien parado. No te sé decir si antes de que instaláramos los sistemas de detección iba más o menos rápido, pero desde luego, lo que es desde hace un siglo, la velocidad se ha mantenido constante.
            Hingsbury se acercó a la urna.
            -Tal vez le haya afectado algo exterior. Algo extraordinario, que no suele acontecer, y que ha opuesto una fuerza inversa a su movimiento, que lo ha hecho detenerse.
            -¿Cómo qué?-preguntó Clark.
            -No sé… Te diría que un desplazamiento del eje de la Tierra, pero eso sería un absurdo, de ser así, ya estaríamos muertos… Pero sí una causa que altere el equilibrio dinámico del planeta, su movimiento en general, algo extraño… un terremoto de dimensiones catastróficas, un meteorito lo suficientemente grande…
            -Para averiguar eso, tendríamos que acceder a los bancos de datos de los sistemas de detección de…-quiso decir Müller.
            -Ya lo he hecho-aseguró Dupont, entregándoles unos papeles meticulosamente doblados que guardaba en uno de los bolsillos de la chaqueta-. No ha habido nada; ni terremoto, ni meteorito, ni nada que se salga de lo común.           
            -¿Una nueva arma, diseñada por algún enemigo?-preguntó Hingsbury-. ¿Algo que sea capaz de detener los perpetuum?
            -Ningún loco osaría hacer eso -dijo Müller-. Sería el fin de la civilización misma.
            -Hay mucho loco suelto por ahí –replicó crítico el americano.
            -Sí -dijo Clark-, pero se necesitarían no una, sino varias personas, todos ellos con grandes conocimientos científicos. Y todos deberían poseer un elevado instinto homicida. La posibilidad es factible, aunque muy remota.
            Uno de los científicos pareció tener una especie de inspiración divina.
            -¿Y el perpetuum le hubiera comunicado su energía a la Tierra?-preguntó Dupont-. Al fin y al cabo, muchas de nuestras máquinas no son perpetuums en sí misma, sino adaptadores: aprovechamos la energía del perpetuum, que es infinita, para poner en marcha su mecanismo, que funcionará así eternamente. ¿Por qué no ha podido, basándose en el mismo principio, transmitírsela a la Tierra?
            Müller se encogió de hombros.
            -Podría, pero también sería muy raro. Si fuera así, lo tendría que haber hecho progresivamente, durante siglos, no en unos instantes.              
            -Quizás lo lleva haciendo, y nunca lo comprobamos-dijo Clark-. ¿Alguien le ha medido la velocidad a la Tierra últimamente?
            -No-dijo Dupont-. Nadie se ha esforzado en ello. De hecho, lo de medir la velocidad del perpetuum, fue más para darle gusto a los visitantes del museo, que por ninguna necesidad científica real. Nadie supuso que alguna vez nos sirviera para algo. Siempre se ha asumido que los perpetuum son… precisamente eso, perpetuos.
            -Quizás -elucubró Clark-, cuando el perpetuum transmitió la mayor parte de su energía a la Tierra, hubo una especie de aceleración, un proceso de retroalimentación, y, en un momento en que se había desplazado una energía crítica, se precipitó hacia… un colapso final -la palabra sonaba muy cruda, por mucho que trataran de atenuarla.
            -Eso estaría muy bien, Clark -dijo Hingsbury-, pero hay un problema. ¿Adónde le hubiera transmitido el perpetuum esa energía? La Tierra es muy grande, son muchas cosas. ¿A su movimiento? El giro de rotación se hubiera acelerado tanto, que hubiéramos muerto, el día y la noche serían alternados a tal velocidad que serían instantáneos. ¿A su temperatura, al calor fundido del manto, al movimiento de las placas tectónicas? Con la energía del perpetuum, cualquiera de estos hechos estaría provocando una hecatombe, que hubiera acabado ya con la vida en la Tierra.
            -Se os está olvidando algo –recordó Dupont-. Para todos esos planteamientos, os estáis basando en que, efectivamente, la energía del perpetuum es muy grande… No obstante, volviendo a la teoría, debemos recordar que, la energía del perpetuum, un aparato que genera eterno movimiento, y es inmune al rozamiento…
            -… es infinita -recordó Hingsbury-. Maldita esa, es verdad, en teoría, el perpetuum podría estar transmitiéndole energía a la Tierra, y acelerándola hasta hacernos desaparecer del mapa, por los siglos de los siglos, y seguiría sin detenerse.
            Y mientras añadía esa última frase, se fijó en que en el rostro de Müller había una pequeña sonrisa.
            -¿De qué te ríes, tú?-le preguntó, ligeramente irritado, el americano.
            Müller le contempló con una expresión enigmática.
            -Bueno, puede que, después de todo, la teoría estuviera mal.
            Todos se quedaron callados.

            Hingsbury se paseó alrededor del péndulo, la mano en la nuca.
            -¿Que está mal?¿Cómo que está mal?
Seguía bastante enervado.
-¿Cómo... cómo se te ocurre…?¡Es como… es mandar a la mierda toda nuestra base científica!¡Es olvidarse de todo lo que hemos hecho hasta ahora!¿Cómo te atreves siquiera a proponer eso?
-¡Pero se ha parado!, ¿no?
-¡Sí, se ha parado, eso no hace falta que lo repitas, lo podemos ver todos!
-¡Pues algo tiene que fallar entonces!
-¿Y cómo explicas tú doscientos años de progreso basados en una teoría que está mal?-replicó Hingsbury, mesándose los cabellos-. ¿Cómo se puede comer eso?
Müller trató de matizar el concepto.
            -No digo que esté completamente mal… Simplemente, puede que no sea tan perfecta como nosotros pensábamos.
            -¿Qué quieres decir con eso?-preguntó Dupont.
            Clark se restregó los ojos.
            -Empiezo a estar algo cansado de estar de pie, y tengo sueño. ¿Nos traemos los sillones del vestíbulo?
            Así lo hicieron. Colocaron los sillones formando un corro alrededor del soporte del perpetuum, de tal forma que podían observarlo ligeramente desde abajo, estando sentados, y así tratar de desentrañar, aunque sólo fuera a fuerza de erosionarlo con su mirada, alguna pista de entre su mecanismo… Era fundamental que se les ocurriera una idea. Y mejor si era pronto.
            -Estoy diciendo -continuó Müller el pensamiento que había introducido anteriormente- que, desde que la ciencia existe, ninguna teoría es cierta, ninguna hipótesis es todo o nada. No hay verdades absolutas, todo tiene su probabilidad, y su porcentaje de error. Hasta ahora, habíamos considerado la teoría del perpetuum absoluta, innegable… Pero tal vez, no sea tan perfecta como lo que nosotros pensamos. El grado de error de una teoría lo determina el hecho experimental: hasta ahora, ningún hecho experimental había indicado la existencia de fallo alguno en el modelo, pero… al fin ha ocurrido. Ha pasado después de trescientos años, lo cual demuestra que era una buena teoría, inmune al paso del tiempo… o casi.
            Los otros tres científicos meditaron las palabras del alemán.
            -No.
            -Imposible.
            -Completamente absurdo.
            -¿Por qué?-inquirió Müller-. ¿Tan difícil os resulta aceptarlo?¿Tan rígido se os ha quedado el cerebro, que no podéis asumir que la teoría no es perfecta?¿Y si resulta que nos hemos equivocado en nuestro concepto de infinito?
            -Ah, no, volver a las discusiones filosóficas sobre lo que es el infinito, no, por favor –rogó Hingsbury.
            -Volvemos a la paradoja de Aquiles y la tortuga –se desplomó sobre su asiento Dupont.
            -Para mí, sería inaceptable -interpuso Clark.
            -O peor –volvió de nuevo a la carga Dupont-. Significaría que todo el conocimiento en que nos basamos es absolutamente incierto. Sería como decirnos que la gravedad es mentira, que las cosas pueden ir tanto hacia arriba como hacia abajo.
            -¡Pero vamos!-objetó Müller-. No os estoy diciendo que la teoría es errónea, simplemente, que no es perfecta.
            -Pero es que esta teoría equivale a la perfección -repuso Clark-. La idea del perpetuum no es que se mueva un año, dos, veinte siglos; es un movimiento infinito. Es la misma base de la teoría; si te mueves de allí, no estamos hablando de lo mismo. Estamos hablando, entonces, de un aparato que da muchas vueltas y suministra energía mucho tiempo, pero un tiempo finito, y, entonces, toda la teoría se desploma, se viene abajo.
            -No me puedo creer que seáis tan cerrados de mente.
            -Pero es que debemos ser así de cerrados de mente -terció Hingsbury por primera vez desde la argumentación de la teoría del alemán-. Quiero aportar el grano de arena americano a este debate.
            -¿Y en qué consistirá ese grano?-preguntó Dupont.
            -En la practicidad.
            Se hizo un silencio incómodo.
            -Vamos, pensemos. El perpetuum no es famoso por ser una teoría genialmente elucubrada; es conocido, porque todo lo que conocemos, se basa en ellos. Los aviones, los coches, los ordenadores, los aparatos de los hospitales, incluso la tostadora eléctrica. Este mecanismo es la base de toda nuestra tecnología actual; y, lo que es más importante, se fundamentó siempre en que la teoría del perpetuum era perfecta. Pura, inmaculada… Sin fallos.           
            Los otros tres científicos meditaron sobre este punto. Müller preguntó.
            -¿Pero en qué afecta este fallo a la tecnología? Quiero decir, es que no acabo de ver el problema. El perpetuum, sea la teoría perfecta o no, nos ha proporcionado unos niveles tecnológicos, y un modo de vida adecuado en los últimos siglos… Eso ocurría antes, y seguirá ocurriendo ahora, aunque éste se haya parado.
            -¡Pues cambia mucho, Müller!-se levantó Hingsbury, y empezó a dar vueltas por la habitación-. A ver, os va a costar entenderlo, porque siempre que os preguntan por este asunto, siempre asumís que la teoría de Stolzok es matemáticamente perfecta… Y esa es la cuestión, que, de tanto usarla, no nos damos cuenta. Pensad, en que todos los aparatos, todos los diseños que se realizan, se basan en que el perpetuum no puede pararse.
            -Sí, en efecto, eso es así -cercioró Dupont, impaciente por llegar al fondo de la cuestión.
            -¡Pues bien!-exclamó Hingsbury-. Tal y como hemos planificado nuestro mundo, dependemos completamente del perpetuum. Todo nuestro modo de vida se asienta en él. Quiero decir, imaginemos que hay un terremoto, un tsunami, que cae un meteorito… Todos los sistemas de defensa se basan en la perfección del perpetuum. Pero si éste no es imparable, si es modificable… entonces, todos nuestros cálculos son incorrectos, y no podemos estar seguros de que van a funcionar…
            Müller se rascó la nariz.
            -Pero que no duren eternamente, no significa que no puedan funcionar con un tiempo. Al fin y al cabo, este perpetuum ha aguantado trescientos años. No está nada mal. No es el infinito, pero no es una mala aproximación, sobre todo teniendo en cuenta que fue elucubrado en el siglo XVI, construido en el XVII, y hecho con materiales mucho menos elaborados que con los que se elaboran los perpetuum actuales. Quizás éstos sí se aproximen mucho más a una cifra razonable, millones de años tal vez. Eso es mucho tiempo. El ser humano, para entonces, tal vez se haya extinguido, y entonces no tendremos que preocuparnos más del asunto.
            -Vale, Müller, ahí tenemos el primer perpetuum, pero, ¿y el segundo?
            Dupont -en algo se tenía que demostrar que era el director principal del Museo-, fue el que respondió más rápidamente.
            -El segundo está en un museo en Pekín.
            -¿Y el quinto?
            -Pues… ahí ya no llegan mis conocimientos.
            -¡Esa es la cuestión, ¿no lo veis?!-chilló histérico Hingsbury-. Como asumimos que cualquier perpetuum, proceda de la época que proceda, no fallará, hay sistemas claves para los seres humanos que se mantienen con perpetuums del XVIII, del XIX… Y nadie sabe exactamente qué es lo que regula cada uno.
            -Pero puede comprobarse-dijo Clark-. Tienen números de serie, están anotados en un registro. Y pueden sustituirse.
            -¿Por qué?-preguntó Hingsbury-. ¿Por otros perpetuum? Aunque a corto plazo se solucione el problema, lo cierto es que vamos a seguir pendiendo de un hilo. Porque, realmente, no sabemos si el proceso es igual para todos los perpetuum. Tal vez unos aguantan más, y otros menos; nunca se ha hecho un ensayo de tiempo, porque siempre se ha asumido que duraban eternamente. Los nuevos perpetuum se diferencian, más que nada, en los anteriores, no en su durabilidad, sino en la capacidad que tienen de producir más energía por unidad de tiempo. Y, si asumimos que, efectivamente, la energía de los perpetuum no es infinita, sino que tiene un valor, un valor concreto, tendremos que asumir que los nuevos perpetuum…
            -… cuanta más energía producen…-se dio cuenta Müller.    
            -… menos tardarán menos en llegar a su fin -concluyó la frase Dupont.
            -¿Lo veis?-dijo Hingsbury-. En realidad, no sabemos cuáles son mejores, si los nuevos o los antiguos. Cuánto tardarán de verdad. Es una bomba de relojería, puede que ahora mismo haya mil a punto de detenerse, o dos mil, o ninguno, quién sabe. Es la incertidumbre, más que nada, lo que me está poniendo nervioso. Y, además, pensad en toda una serie de sistemas militares que se han planeado a cien años vista, y en los cuales están influyendo los perpetuum… Todos ellos tendrían que ser reelaborados, reinvestigados, probablemente todos estén mal, probablemente todos provocarían una catástrofe si los dejáramos a su libre albedrío.
            -Pero hay un detalle importante -añadió Clark-. Nos hemos olvidado de un asunto.
            Hingsbury levantó la vista. Empezaba a encontrarse algo cansado. Estaban planteándose demasiadas cosas, en demasiado poco tiempo, se estaba hablando del agotamiento energético, del fin de la civilización, de la seguridad, del presente y futuro de la humanidad… Eran demasiadas cosas, demasiado impactantes, demasiado martilleantes en su cerebro, menos a esta hora de la madrugada y con jet lag, demasiadas responsabilidades para una noche. Pero es que el hecho al que se estaban enfrentando… era trágico.
            -¿Sí?-preguntó Dupont.
            -¿No estamos orientando la cuestión desde un punto de vista desenfocado? Al fin y al cabo, éste es el único perpetuum mobile que ha estado funcionando de forma ininterrumpida desde sus comienzos. En cambio, otros muchos han empezado a funcionar hace poco, han tenido distintos tiempos, distintas evoluciones… El segundo perpetuum, o el tercero, o los que sean, fueron siendo intercambiados, sustituidos por otros… Es cierto que nadie se esmeró, desde arriba, en que cada perpetuum estuviera en el sitio correcto según su fecha de caducidad, pero sí es cierto que los que regulan los sistemas y servicios más importantes –defensa, sanidad, etc.-, van siendo sustituidos continuamente por otros mejores… ¡A los perpetuum no les da tiempo de gastarse, porque son intercambiados continuamente! La propia selección natural, como si de un ser vivo se tratase, ha hecho que, en los lugares claves, haya contribuido más de un perpetuum, con lo cual, el “agotamiento”, por decirlo así, de las máquinas, no ha sido tan sufrido como el de otros aparatos que han permanecido en su puesto, incólumes, durante siglos… como este de aquí -señaló al que se encontraba encima de la mesa-. Pensemos que, en líneas generales, ninguno de nosotros conoce ningún aparato que no haya sufrido varios intercambios de perpetuum… No me extrañaría nada que los más antiguos, ni siquiera anduviesen ya en circulación, salvo en los museos.
            -Eso no elimina el problema principal -dijo Dupont.
            El instante de calma que les había proporcionado Clark, se diluyó ahora con este nuevo desafío.
            -¿Y cuál es el problema principal?-se exasperó Hingsbury.
            -El que nos encontramos con que nuestro principal sistema de abastecimiento energético es limitado; algo que nunca habíamos tenido en cuenta.
            Los demás se miraron entre sí.
            -Pensadlo: el hombre tenía la tracción animal; luego, algunas máquinas, muy primitivas. Pero llegó el perpetuum... y ahí se acabó toda inventiva. No tenemos sistemas alternativos. No los hemos desarrollado.
            Ése era un buen detalle. Ahí todos los demás estuvieron de acuerdo.
            -Bueno, hay otros sistemas energéticos -dijo Müller-. Está el petróleo.
            -Sí, está el petróleo, querido amigo, pero, ¿cómo aprovecharlo? Se sabe, a nivel teórico, que el petróleo sería un perfecto combustible para motores de combustión… ¡si alguien se hubiera molestado en inventar los motores de combustión!
            -Es verdad –confesó de forma ingenua Clark, cuyo rostro empezaba a reflejar ya la desolación del momento.
            -Miradlo desde este punto de vista -indicó Dupont-. La ciencia avanza por los caminos que le marcan las necesidades humanas, y la tecnología. Desde que llegó el perpetuum, nos marcamos como meta el perfeccionarlo, nunca el diseñar estrategias alternativas. Energía solar, eólica, todo ello son posibilidades teóricas, que se han elucubrado en disciplinas como la filosofía, pero que nunca han sido puestas en marcha por las ciencias básicas… ¿Para qué?, nos preguntábamos. ¡Si tenemos el perpetuum...!
            Se hizo el silencio ante esta última afirmación.
            -Creíamos que teníamos en nuestras manos el fin de todos nuestros males: la piedra filosofal, la fuente de la eterna juventud… Y, sin embargo, nos hemos encontrado con que nuestra energía es limitada, agotable… Que nuestros perpetuum están fatídicamente destinados, si es verdad que la teoría de Stolzok no es perfecta, uno por uno, a detenerse…
            El ambiente en aquellos momentos no pudo ser más incómodo, ni más opresivo.
            -Pero -aclaró Müller, queriendo quitarle algo de dramatismo a la situación-, no hay por qué desesperarse… Todavía -dijo con un tembleque en la voz- podemos seguir fabricando más perpetuum…
            -¿Podemos de verdad, Müller?¿Seguro?-preguntó Dupont-. ¿Hasta cuándo? Tanto dependemos del perpetuum, que, para muchos de los procesos industriales de la fabricación de nuevos aparatos de este tipo, hemos aprovechado la energía que nos proporcionaban los anteriores modelos; y éstos para construir otros más avanzados… Y así indefinidamente. Pero, ¿hasta cuándo?¿Hasta cuándo podremos seguir?¿Quién nos dice, que en un momento determinado, crítico, en el día que vayamos a construir un nuevo perpetuum, no tengamos siquiera la maquinaria para elaborarlo, y por tanto, nos hayamos quedado literalmente sin recursos? Y entonces sí, claro, podríamos construir nuevos perpetuum... pero a la misma velocidad con que pudieron los monjes benedictinos con este aparato, que fue muy lenta. ¿Puede nuestra civilización actual soportar una disminución del ritmo de vida tan brutal, en tan poco tiempo? La colonización espacial y la superpoblación que hemos alcanzado ha sido posible gracias a este invento, significa toda su base de sustentación, ¿significa que todas las personas que se han establecidos en las colonias, tendrán que volver...?
            Los demás se rebulleron en sus asientos. Sólo Müller quiso aportar algo de esperanza al plomizo momento que ahora se les avecinaba.
            -Bueno, qué pesimistas os veo esta noche. Para el momento en que tengamos que plantearnos esas decisiones, ya habremos desarrollado otras fuentes de energía.
            -¿Estás seguro, Müller?-preguntó Clark preocupado-. Todo ese esfuerzo lo hubiéramos tenido que hacer en siglos. Ahora, tenemos que hacerlo a toda velocidad –cosa que no siempre es posible pedirle a la ciencia-, porque sabemos que tenemos un tiempo limitado… El problema, es que no sabemos cuánto.
            -¿Cuánto?-preguntó Dupont.
            -Eso, cuánto -se preguntaba Hingsbury.
            Y se miraron entre ellos.
            -Si no sabemos cuál es la causa del problema, nunca sabremos de cuánto tiempo disponemos -dijo Hingsbury.
            Clark contempló el aparato. En su rostro se había afincado aún más el aire desolado.
            -Quizás sea únicamente problema de este perpetuum. Quizás no afecte a los demás.
            -O quizás les va a pasar a todos lo mismo a la vez –propuso ácido Dupont.
            -Por Dios, ni se te ocurra -se horrorizó Hingsbury.
            -A ver, empecemos por el principio…
            -No tenemos principio ahora mismo, sólo vemos el final…
            Se contemplaron, angustiados entre sí.
            -No puedo creerlo -dijo Dupont-. Las más brillantes mentes científicas del momento, sintiéndose impotentes.           
            -Pero es que es como para sentirse impotente -se dejaba caer en el sillón Hingsbury-. Es un problema como el que nadie ha tenido, nos sobrepasa por todos lados.
            -Podríamos ponernos a revisar las ecuaciones de Stolzok -propuso Müller.
            -¿Con la de vueltas que les ha dado todo el mundo?-replicó despectivo Dupont-. Estoy seguro de que no encontraríamos nada.
            -¿Alguna vez ha ocurrido algo como esto?-preguntó Hingsbury, menos conocedor de la historia de la ciencia-. Quiero decir, alguna vez que un principio fundamental haya sido puesto en solfa.
            -Bueno...-meditó Dupont-. Hubo algo parecido, en la época en que se investigaban las radiaciones beta. En aquellos tiempos, descubrieron que, por muy exactas que se realizaran las mediciones, siempre había una parte de energía que se perdía. Eso contradecía la norma básica del principio de la conservación de la energía. ¡Imagínate cómo se lo plantearon, la energía ya no es permanente, ahora desaparece de la nada, rompiendo el principio más básico de todos los que han asentado la ciencia! Fue un hecho dramático para muchos científicos, algunos, asustados, propusieron que habría que resignarse y, frente a toda lógica, poner en la ecuación, en lugar de una equivalencia, un “menos o igual”...
            -Pero entonces –continuó la historia Müller-, un científico planteó que el principio tenía que estar bien. Y que lo que pasaba era que había una segunda partícula, que no podían detectar, y que ocupaba la cantidad equivalente a esa energía. Fue la primera vez que se predijo la existencia de una partícula, a nivel teórico. Luego se ha hecho muchas veces, pero aquella vez, fue bestial. El caso es que acertó: fue la demostración de que la ciencia, después de todo, puede ser una cuestión de fe, de ser capaz de creer que la teoría se encuentra por encima de todo.
            -Eso es lo que me preocupa -respondió Clark-. Porque lo peor de todo será la reacción del público. Y el público, que cree a pies juntillas en esta teoría como si fuera una religión, aunque no la comprendan, tendrá una respuesta... en fin... Si la nuestra está siendo bastante descorazonadora, no me quiero imaginar la del resto de la humanidad.
            Todos guardaron silencio.
            -Ésa es otra -inqurió Müller, tragando saliva-. ¿Qué hacemos?
            -¿Cuánto tiempo tenemos?
            Dupont contempló con cansancio su reloj.
            -Una hora escasa antes de que lleguen los empleados.
            -Joder, joder, maldita sea -blasfemó Hingsbury-. ¿Y qué les vamos a contar?
            -Todo -dijo Müller.
            -Nada -dijo Clark.
            -¿Todo?-gritó Hingsbury al alemán-. ¿Estás loco?
            -Eso fue lo que dijimos: explicarlo con una hipótesis factible. No hay hipótesis, o, si preferís, la hipótesis es que la teoría es incorrecta. Se lo presentamos así, y ya está. ¡Antes eras tú el que te ofendías cuando insinuábamos el retrasar la noticia!
            -Creo que los acontecimientos han modificado bastante mi manera de pensar, mi querido amigo… lo que no entiendo ahora es tu postura.
            -¿Y cómo lo hacemos, Müller?¿Envolvemos el regalito en paquete para regalo?-inquirió sarcástico Dupont.
            -¿Qué sugerís entonces?-preguntó Müller.
            -No decir nada -terció Clark-. Cerrar el museo, aludiendo obras, y llamar aquí a más científicos, a militares, a las autoridades competentes… Ver qué opinan los presidentes de la Confederación Mundial.
            -¿Y qué haremos si empiezan a aparecer perpetuums que se paran por todo el mundo?¿Vamos a vallar cada esquina?         
            -Müller, por Dios, contarlo todo así sin más no es una opción -atajó Hingsbury-. No lo entenderían, de la misma manera que no lo entendemos nosotros: sería el caos. Atracos, desorden… maldita sea, la gente confía sus vidas, cada día, a los perpetuum, hay obreros que trabajan a cientos de metros de altura sobre un aparato que, en teoría, no puede fallar. ¿Cómo les vas a decir tú ahora que se suban allí arriba?
            -Sería el fin de la civilización -dijo Clark.
            -Es, el fin de la civilización -Dupont estaba ahora mismo terriblemente pesimista.
            -Vamos, señores, no seamos así -quiso tranquilizar Müller-. El hombre inventó el perpetuum, y puede valerse sin él.
            -El hombre se ha acostumbrado demasiado al perpetuum -bostezó Clark.
            -¡Por Dios!, ¿no eras tú el optimista antes? No te pongas apocalíptico; en el caso de que pasara cualquier cosa, la gente se adaptaría.
            -Pídeles volver al siglo XVII, a ver qué te dicen.
            -Volverá todo -dijo Dupont-. Todos los males que existían antes del siglo XVIII, y que creíamos haber erradicado… el hambre, la pobreza…
            -Estallará una guerra -predijo Clark.
            -Vuelven los cuatro jinetes del Apocalipsis -ironizó Hingsbury.
            -Y lo peor -puntualizó Clark-: ¿quién se atreverá a ser el mensajero del Apocalipsis?
            -¿A qué te refieres?-preguntó Müller.
            -¿Qué te imaginas que hará la multitud aterrada cuando se entere?¿Contra quien cargarán las culpas?¿Te gusta eso de ser profesor universitario, de ser reconocido por tus compañeros? Cuando te presentes ante el mundo, tú, garante del conocimiento, intérprete de los designios de los dioses, con tan sólo unos balbuceos inconexos como toda teoría sobre lo que ha pasado, veremos cómo reacciona la gente. Creo que lo que pasará con nuestras casas, y en general, con todas las de los científicos prestigiosos que ahora disfrutan de todo el respecto intelectual, social y monetario que nos puede dar la sociedad, será escandaloso comparado con lo que aconteció en un día de revolución en la Bastilla...
            Todos se plantearon hacia dentro esa posibilidad: hasta ahora, no se les había ocurrido pensar que este hecho afectara tan directamente a sus propias vidas. ¿Qué puesto le aguarda a un científico que no sabe dar respuestas?
            -Estoy agotado… No puedo más -se hundía el francés.
            Hingsbury empezaba a contagiarse. Comenzaba a darse cuenta del lío en que se habían metido. La humanidad debería evolucionar sólo hacia un lado, sólo hacia delante, así estaba construido el mundo desde sus orígenes. ¿Sería posible volver a empezar?¿Era tan corto, o tan largo, el tiempo que les aguardaba antes del colapso de los perpetuum?¿Comenzarían a fallar desde mañana, uno a uno, progresivamente, o tardaría aún un siglo en detenerse el siguiente?¿Cuánto tiempo le quedaba a la humanidad?¿Reaccionaríamos correcta y ordenadamente, o nos mataríamos entre nosotros? Sólo el futuro podía decirlo… Hingsbury se sentía como Jesucrito en el huerto de los olivos, rezando porque apartaran de él este cáliz. No, definitivamente, y pese a toda su capacidad racional como científico, no podía asumirlo. De ser así el futuro, no quería vivirlo.
           
            De repente, llegó el guardia, que se encontró con cuatro hombres -hace unas cuantas horas serenos, activos, como científicos rigurosos, seguros de sí mismos, respetados por la comunidad científica-, que se encontraban, en estos momentos, completamente abatidos y apesadumbrados, con el mismo lamentable aspecto que presentarían en una mañana de resaca. El guardia iba acompañado por el hijo de Dupont.
            -¿Pero qué pasa?-preguntó Hingsbury, con muy malos modos-. ¿Todavía queda una hora, no?
            El guardia se detuvo, con el niño en la mano, que también se asustó ante el grito proferido.
            -Lo siento…-se disculpó el americano-. Lo siento muchísimo… Es que no he dormido apenas, y la cosa no va muy bien -señaló al perpetuum-, como usted puede comprobar. ¿Qué es lo que pasa?-terminó la frase cansado.
            El guardia reflejaba también un rostro grave, una mirada preocupada.
            -Se ha adelantado una chica… Una de las programadoras… Tiene que hacer cosas en el sistema de esta habitación… ¿Qué le digo?
            Hingsbury se pasó la mano por la cara. Oh, no, era el fin… Mientras tanto, el hijo de Dupont no hacía más que molestar alrededor de su padre, que balbuceaba unas palabras en francés para tratar de calmarlo. El niño, que tampoco había dormido mucho, estaba sin embargo pletórico.
            -¿Qué le das a tu hijo para dormir, Dupont?-preguntó Müller-. ¿Anfetaminas?
            Éste, visiblemente agotado, parecía casi hablar menos francés que su hijo, prácticamente se hallaba ya completamente escurrido en el sillón.            
            -Es muy activo. Demasiado activo. Su madre se queja precisamente de eso.
            El niño, sin embargo, dejó de prestarle atención a su padre. Algo, mucho más emocionante, captaba su interés unos centímetros por encima de él.    
            -Allí -decía el niño en francés, con una lengua de trapo que hizo que a duras penas le entendieran-. Allí.
            Müller sonrió.
            -Vaya; cree que el perpetuum es un juguete -se quiso reír.
Pero no lo hizo cuando contempló los ojos de Hingsbury.
            -Por Dios, James… Estás completamente lívido. ¿Qué te pasa?¿Has visto un fantasma?
            Y, entonces, todos ellos empalidecieron. Hingsbury se aproximó a la urna.
            -¡Allí, allí!-gritaba el niño.
            Hingsbury quitó el cristal.

            Los otros se encontraban tan sorprendidos, que no tuvieron tiempo de moverse.     -¡Allí, allí!-gritaba el niño.
            Hingsbury le miró, desde su altura, con gravedad, como consultándole el último gesto, como si fuera él quien le estuviera dirigiendo.
            -Déplace-ça! –chillaba cada vez más alborozado el niño-. Déplace-ça!
            Y entonces, con el rostro más impenetrable que jamás pudo alguno de los presentes contemplar, con un sentimiento de sorpresa, que les impidió moverse del sitio, Hingsbury depositó el dedo sobre el eje del péndulo, que llevaba sin ser tocado más de trescientos años, lo desplazó ligeramente hacia un lado…

            … y lo puso de nuevo en marcha.
           
            Los ojos se le salían a todo el mundo de las órbitas, contemplando el horror, la herejía, el sacrilegio que su compañero había cometido sobre un objeto que –todos lo sabían-, ya no era nada más que un simple péndulo, sin ninguna de las características de un perpetuum. El guardia era el que se hallaba más tembloroso. Los otros, lo estaban menos, simplemente, porque se encontraban petrificados. El hijo de Dupont, mientras tanto, pegaba saltos de alegría.
            -Ça se déplace! Ça se deplace!
            Y, de repente, y entre la consternación general, Hingsbury se empezó a reír, se desternillaba, como si estuviera loco.
            -¡Usted!-le gritó exultante al guardia.- ¡Saque el champán, y traiga cuatro copas!
            El guardia se quedó atónito. Éste volvió la vista hacia Dupont.

            El francés, tan sorprendido como los demás, comenzó, a pesar de todo, a esbozar una breve sonrisa. Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
                       
            Clark, cuya flema británica parecía agrietarse por momentos, estuvo a punto de levantarse para preguntar por la monstruosidad que estaban haciendo… pero él también reflexionó, y se levantó con alegría.

            El rostro de Müller indicaba, a todas luces, una suprema felicidad.

            Todos, carentes de fuerza hace un momento, parecían ahora radiantes, hombres nuevos, como si hubieran vuelto a los veinte años. Hasta el guardia se contagió del estado de ánimo imperante, y asumió que, de una manera u otra, todo volvía a estar bien.
            -Propongo ahora un brindis -determinó Hingsbury, abrazándose sobre todo al guarda, y a Dupont, principales responsables, a partir de ahora, de vigilar que el perpetuum nunca dejara, aparentemente, de moverse; orientó entonces su copa en dirección al hijo de este último.
            -¡Por nuestros hijos!-proclamó-. ¡Porque tengan, a su vez, hijos tan listos, que le solucionen a sus padres todos sus problemas!
            Y todos brindaron, entre risas, elevando sus copas al cielo. Mientras tanto, Hingsbury, que contemplaba la máquina, de nuevo en acción, origen de todos los problemas, acariciaba el cabello del niño.
            -Más vale que se cumpla nuestro brindis -susurró entre dientes el americano-. Y buena suerte -se agachó y le susurró al niño en la oreja-… La vais a necesitar…


                                                            FIN



            Nota: este cuento, por supuesto, no tiene ninguna base científica. Empezando por el hecho de que el perpetuum mobile es físicamente imposible (como hemos mencionado antes, contradice la segunda ley de la temodinámica), y siguiendo por varias inconsistencias que probablemente se nos hayan colado en algún razonamiento científico y que se podrán detectar con tan sólo rascar un poco. Este cuento, en realidad, sólo quiere servir un poco a modo de reflexión sobre la ciencia, la sociedad, la forma en que construimos nuestro mundo.. y lo que nos puede pasar algún día, de forma, probablemente, no muy distinta.

            Por cierto, la historia sobre el inicio de la aviación, la negación por parte de Newton de la posibilidad de la misma, y el logro final del primer aeroplano, es real, y corresponde, como todos sabemos, a los hermanos Wright (aunque hubo mucho desarrollo, por parte de otros científicios, anterior y posteriormente al invento). En cuanto a la primera partícula subatómica postulada, la historia también es real. En nuestro mundo sin perpetuum, el mérito corresponde a Pauli.

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