lunes, 20 de abril de 2026

El relato de abril: "Cartago en sangre".

                 Hace unos cuantos años, escribí este libro. En él, contaba de manera novelada lo que ocurrió cuando, en el 149 a.C., los romanos ordenaron a los púnicos que abandonaran la ciudad de Cartago (la cual constituía una parte esencial de su vida). Como los latinos suponían, los púnicos se negaron en redondo, y les dieron a los romanos la excusa perfecta para atacar la ciudad y destruirla. Aquel enfrentamiento fue conocido con el nombre de Tercera Guerra Púnica.

                Este relato lo he escrito partiendo de que, en un momento determinado, se hubiera abierto otra posibilidad…

                Consideradlo una fantasía, un divertimento, el inicio de algo quizás. Como ocurre con las conversaciones en redes sociales, las historias se inician, luego prosiguen (atención, spoiler), y después no terminan nunca…

 

                El ambiente en la sala del Consejo de Cartago era desolador.

                Ya había pasado el tiempo de la furia. Y de las lágrimas. Los púnicos ya habían asumido las condiciones de su martirio: era abandonar la ciudad (y con ello toda una forma de vida, su esencia misma, como si les arrebataran uno de sus órganos), o defenderse los romanos. Es decir, morir, porque no había manera de ganar contra la desproporcionada fuerza que tenían en contra. Ésa era la disyuntiva: que. en realidad, no era tal, porque no había opciones. Sabían que se defenderían pero que, más tarde o más temprano, morirían. Eso era todo.

                Se trataba ahora de discernir los detalles. Que era más o menos como discutir cómo ibas a preparar la mortaja para el sepelio. A nadie le agrada, pero en algún momento has de hacerlo. Quizás por eso les costaba arrancar. Los líderes de la ciudad se situaban a un lado de una inmensa mesa, y los representantes del pueblo llano al otro, con las cabezas gachas y las caras tan largas como el largo día que acababan de sufrir. De hecho, el sol se había puesto detrás de las colinas, y sobre la ciudad empezaba ese período de tiempo en que se enrarece la luz, poco antes de cernirse la oscuridad.

                Tal vez por ello, también, no divisaron a la figura que se coló en la sala del Consejo de manera subrepticia, sin llamar la atención de nadie. Tal vez por ello tuvo la oportunidad de avanzar casi hasta primera línea, muy cerca del estrado, sin que nadie se apercibiera de su extraña vestimenta. Llevaba un atuendo sencillo, como el de un agricultor que realiza habitualmente las tareas del campo; llevaba el pelo rizado y alborotado, como si acabara de vivir un encuentro violento. De hecho, en sus ropas (y también en las uñas de sus pies descalzos) había unos restos de un tinte rojizo oscuro que podía asemejarse a la sangre.

                El hombre arrancó a hablar. Su voz tenía un timbre especial, que encandilaba y te hacía zambullirte en ella, como si nadaras en un océano. Pero no eran esos matices los que habían hecho que la audiencia no se sorprendiera al escucharle alzar la voz sin haber sido invitado, o no pensara en sacarle a palos de allí. Había algo subyugante en aquella forma de entonar: aquella gente, que había oído durante años historias de dioses, podría haber utilizado la palabra “sobrenatural”. Pero era parte del poder de aquella cautivadora forma de expresarse: que a todo el mundo le parecía que esa forma de hacer las cosas era normal. Él era consciente de eso: por ello empleaba la misma estrategia desde hacía miles de años.

                Porque la palabra “sobrenatural”, desde luego, se quedaba corta.

                -Nos encontramos con la situación habitual: el momento en que alguien tiene toda la razón se enfrenta contra alguien que posee toda la fuerza. Es una circunstancia espinosa. Y lo sé de primera mano, porque yo personalmente lo he vivido. Pero amigos, vengo a ofreceros una posibilidad alternativa. A decir verdad, la única que tenéis.

                Con descaro, y también con asombrosa agilidad, el hombre se colocó detrás del estrado. Los miembros del Consejo se retiraron a un lado, movidos por un invisible impulso. Ninguno podía apartar los ojos de aquel tipo. Cabría decirse que era la única persona en el mundo.

                De hecho, durante un breve período de tiempo, prácticamente fue así.

                -Mi historia comienza cuando todavía vivía mi hermano. Trabajábamos para el mismo empleador hasta que tuvimos que separarnos por… vamos a decir “razones creativas”. Desde entonces, lo he pasado mal. Me echaron de mi puesto, pero el individuo que me despidió me proporcionó, como regalo adicional -saboreó la palabra mientras la escupía-, “un regalito”. Una especie de condena que vengo arrastrando desde entonces. Nadie sabe muy bien cómo denominarlo. Es el problema de ponerle nombre a los conceptos nuevos. Esta maldición me obliga a vagar de noche por el mundo, dormir de día… y utilizar una fórmula peculiar para mi sustento. Desde entonces, por supuesto, he tratado de cambiar mi situación. Llegué a una ciudad llamada Sodoma. Les convencí de que adoptaran mi estilo de vida. El problema es que aquello se malinterpretó, y mi antiguo empleador, que por lo visto también mandaba mucho por allí, decidió rescindir el contrato con esta ciudad… de una manera expeditiva. Pero mala hierba nunca muere, como suele decirse, y aquí he seguido dando vueltas. Así que vengo a ofrecerles el mismo pacto que les ofrecí en su día a los sodomitas… pero, esta vez, espero que con mejor resultado.

                Se aproximó a una de las representantes del pueblo. Era una mujer joven, y hasta cierto punto atractiva, con los brazos descubiertos. El protagonista la condujo al centro de la sala. Una vez allí, estiró el brazo de ella hasta que su mano se quedó muy cerca de la cara de él.

                -Hay que decir que esta nueva condición que adquiriréis posee sus contrapartidas. Se acabaron los amaneceres. No habrá manera de retornar a una vida normal. Tendréis que vivir de la muerte y la destrucción… pero bueno, eso es algo a lo que estuvieron acostumbrados, en su día, vuestros ejércitos, y que desde luego constituye el día a día de vuestro enemigo, Roma…

                Acercó sus labios a la muñeca de la mujer y, con los colmillos, pegó un estruendoso mordisco. Podía escucharse el sonido de la sangre al ser aspirada por la boca de él, como la savia fluyendo a través de un árbol.

                Después de un largo trago, el hombre soltó la mano de la mujer y, con un reguero de sangre en cada comisura de los labios, exhaló un largo bufido y remató:

                -Con esto -dijo, y al decirlo visualizó cómo, en un día del futuro, en mitad de la noche, desde las murallas de Cartago, brotaban una miríada de muertos vivientes que contemplaban con caras pálidas a los romanos, se abalanzaban sobre sus cuellos conforme éstos intentaban trepar por sus escalas, y volaban hacia los arqueros que disparaban flechas incendiarias, las cuales caían sobre las filas propias antes de dispararse, sembrando el escenario de confusión-, con esto, repito, tendréis buena parte del trabajo hecho.

                El resto de las personas presentes en aquella sala empezó a acercarse al hombre. Todos le ofrecían sus antebrazos, su cuello, sus espaldas, sus hombros. El individuo tomaba aquellas partes del cuerpo y las aproximaba hacia él.

                -Pero, señor -interrumpió uno de los hombres que se desplazaban para que el protagonista de la noche les mordiera, hablando como si el hechizo se hubiera disuelto en parte, y hubiera recuperado por fin la capacidad de ser consciente y preguntar-… Eso será por las noches. ¿Y qué ocurrirá durante el día?

                Y el hombre que había inaugurado en el mundo el fratricidio y la mentira respondió, con ojos vidriosos:

                -Para los días, no os preocupéis… ya tengo algo pensado.

¿CONTINUARÁ?

lunes, 13 de abril de 2026

La historia corta de abril: Confesión

Una mujer maltratada hablaba a través del confesionario a su sacerdote, que trataba de convencerle de que el divorcio no era la solución. Y entonces la mujer, con una voz muy grave, pero muy serena a pesar de los temblores, le contestó:

-Si en el cielo están las normas que usted me dice, con esos hombres católicos, entonces le temo al cielo más que nada en la ultratumba. Déjennos a las mujeres el infierno. Al menos estaremos solas.

miércoles, 1 de abril de 2026

El libro y la historia real de abril: "La isla de los ciegos al color", y una reflexión sobre Oliver Sacks y el oficio de divulgador

Hoy os voy a recomendar un libro, y después os voy a advertir algo sobre el autor. Uno podría pensar que la segunda parte es incompatible con la primera, pero eso os lo voy a dejar decidir a vosotros. Me parece que es la mejor manera de contar esta historia, pues refleja dos visiones diferentes que hemos recibido los lectores por separado. Y, en muchos sentidos, reflejan cronológicamente la sensación que hemos tenido al conocerlas. Dicho esto, preparad los cinturones, que allá vamos.

Muchos conocieron a Oliver Sacks por la película Despertares, basada en uno de los casos clínicos más relevantes de su carrera; otros, por su libro (uno de muchos) "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", en el cual nos describía algunos pacientes neurológicos con afecciones sorprendentes y extraordinarias. "La isla de los ciegos al color" va un paso más allá, pues combina muchas de las pasiones de Sacks, un hombre con múltiples intereses y biografía llamativa, y demuestra que es un divulgador todoterreno y cautivador. El punto de partida de este ensayo es el sueño de casi cualquier médico: pacientes de una rara afección genética (acromatópsicos, es decir, "ciegos al color", para los cuales el mundo es una escala de grises) que abundan en una alta proporción en una isla aislada del Pacífco, lo cual da lugar a toda clase de implicaciones médicas, personales y sociales. Sacks acude allí con varios colegas atraídos por el tema, y se deja seducir por el encanto de las islas remotas, un tema que le chifla desde niño. De ahí, la segunda parte del libro viaja a Guam, que también es una isla perdida, y donde asimismo existe una extraña dolencia neurológica, el lytico-bodig, pero en esta ocasión, su causa es desconocida. De hecho, el intento de averiguar su causa convierte a esta sección del texto en casi una novela de detectives, en la cual uno de los sospechosos más prometedores son las cicas, un extraño tipo de plantas que, por supuesto, también encandila a Oliver Sacks, quien en la tercera parte del libro despliega toda su faceta de amante de la botánica y se explaya con el paraíso exuberante que las cicas poseen en la isla de Rota.

Lo que cuenta Sacks es subyugante, y se halla salpicado de episodios médicos tan atrayentes clínicamente como humanamente conmovedores. Pero lo más impactante del libro son las disgresiones: el propio Sacks confiesa que empezó a meter tantas de ellas que el ensayo estaba multiplicando varias veces su tamaño inicial. Al final, lo solucionarion con unas notas al final del volumen que ocupan casi un tercio del texto, pero que no sobran en absoluto porque son extremadamente sugerentes: lo mismo te habla de la biografía de un investigador que de la clasificación de todo un género de plantas, de la historia (geológica, natural, cronológica) de un país, o de la sensación de los científicos al trabajar con períodos de millones de años. Porque Oliver Sacks es un polímata, y en este libro ha tenido la oportunidad de explayarse con algunas de sus obsesiones, pero, sobre todo, de darle salida a sus múltiples inquietudes, y el lector aficionado al conocimiento lo agradece. Después de terminar el libro, tendréis ganas de viajar, de leer, de conocer gente con vidas sugerentes y, sobre todo, de experimentar la vida a tope: y seguro que Oliver Sacks estaría muy de acuerdo con ello.

Hasta aquí, la reseña del libro. Ahora, sin embargo, llega la parte de la historia real, con cierto componente de opinión. Muchos sabréis que, recientemente, se han puesto muy en duda varios libros de Oliver Sacks ya que, a raíz de ciertos diarios, se ha revelado que algunos de los hechos que describía en sus casos clínicos eran exageraciones, cuando no directamente invenciones. Hay mucho debate sobre este asunto, y no sé hasta qué punto "La isla de los ciegos al color" se ve afectado por esto. Algunos médicos indican que las "invenciones" de Sacks eran compatibles con la clínica de otros pacientes, y que por tanto no comprometen la veracidad de sus textos. A uno le entran ganas de compararlo con el periodista Kapuscinski (también muy cuestionado respecto a ciertos relatos), quien más o menos deslizaba que podía justificarse que se narraran en primera personas hechos que no se habían visto directamente, pero que el autor sabía que ocurrían: sería una forma de "mentir para contar la verdad", que tendría cierta lógica en el caso de Kapuscinski, quien retransmitía conflictos tercermundistas olvidados donde se trataba de atraer la atención del público. Sin embargo, la delgada línea entre "hacer más brillante una historia para darle relevancia" y "tergiversarla para ganar relevancia como divulgador o influencer" es muy fina, y hoy, a principios del siglo XXI, sabemos el daño que hacen los bulos. Por eso, creo que los divulgadores actuales tenemos que aprender de los errores o zonas grises de nuestros maestros (ya sea Sacks, Kapuscinski o Cousteau -cuyos métodos hoy en día no nos parecería muy ecologistas-) y entender que hay que ser sincero con lo que uno cuenta, y que si se pretende hacer autoficción o un texto vagamente "basado en hechos reales" (de la misma manera en que lo hace el cine), siempre debes advertir sobre ello. La verdad es nuestra mejor arma y, si la perdemos, no ganaremos la guerra. Al fin y al cabo, en los inicios de todas las profesiones -ya sea la arqueología, la medicina o el derecho- se desarrolaban prácticas que hoy no se consideran aceptables, y actualmente no hacemos las cosas del mismo modo que nuestro predecesores. Dicho esto, nada de lo que he leído en otros lados me indica que "La isla de los ciegos al color" contega falsedades (y, en todo caso, Sacks no está vivo para recibir los réditos del libro, ni para defenderse de ninguna acusación que vertamos sobre él), así que yo recomiendo el texto con todas las notas, peros, astericos o salvedades que queráis ponerle. A partir de ahí, por supuesto, será el lector el que tenga que juzgar, sobre esto como sobre todo lo demás. Dicha esta parrafada, me despido, deseándoos buena semana y buenos libros.