lunes, 26 de mayo de 2014

El relato de mayo: "La paradoja Grouden-Rosenthal"

La paradoja Grouden-Rosenthal

                Me gustaría comenzar esta confesión realizando una pregunta. ¿Existe la posibilidad de perdonar a alguien por los pecados que no ha cometido? O expresado de otra manera, ¿se puede aceptar el hecho, la posibilidad futura, de que alguien nos induzca algún mal, y absolverle a priori por ello? O dicho desde otro punto de vista, ¿son culpables las personas de los pecados que todavía no forman parte de su vida?¿Hasta qué punto es cualquiera responsable de su futuro? Sobre todas estas cuestiones me gustaría hablar.
                Antes de empezar, y ante todo, un hecho, que a muchos podrá sonar paranoico, remoto o sencillamente fantasioso: el gobierno ha estado realizando experimentos de cara a poder hacer efectiva la posibilidad de los viajes en el tiempo. En realidad, si lo piensan, no tiene nada de raro: todos los gobiernos promueven los avances científicos, más aún si éstos tienen posibles aplicaciones militares, todavía más si existe el peligro de que otra potencia pueda desarrollarlo antes de ella, y es natural que existan proyectos secretos que se desarrollen bastante por delante del conocimiento del gran público. Más todavía tratándose del país más poderoso del mundo. Se preguntarán cómo es posible que yo me encuentre tan seguro de este hecho: concretamente, he participado en la investigación relativa a este proyecto.
                Y (aquí llega mi confesión) he llegado a probarlo en mí mismo.
                Todo comenzó hace unos meses. Bueno, en realidad, si nos remitimos al origen, sería hace unos años, y de hecho, como comprenderán, llevo cierto tiempo formando parte del equipo que ha trabajado sobre la cuestión de los viajes espacio-temporales. No obstante, creo que podré relatar de manera más apropiada mi historia si parto desde este punto. Fue poco después de haber llegado a un parón experimental al haberse llegado a la conclusión de que una de las vías por las que seguíamos se había relevado inútil. En aquel momento, y para desconectar, me fui unos días de vacaciones y me marché a casa de mis padres. Para ellos siempre es una alegría volver a verme, y eso que me fui hace no tanto. Quizás en estos momentos deba concretar un par de detalles sobre mi situación personal: mis padres eran inmigrantes chinos que llevan viviendo en Estados Unidos varios años, y yo nací ya aquí. Soy todavía muy joven, y el hecho de que a pesar de ello me encuentre formando parte de un equipo ultrasecreto del gobierno no se debe tanto a mi experiencia como a que en el campo de la física son a veces más necesarios mentes jóvenes y ágiles que añejos experimentadores. Esto, en el mundo de la física, es así: o como dijeron en alguna ocasión, los grandes descubrimientos de la física se hacen casi siempre antes de los 30 años (en mi caso, me di de margen hasta los treinta y cinco: visto lo que he de contarles, he de decir que me he adelantado en un par de años). En todo caso, mis padres se alegraron de volver a verme, y yo también, con sinceridad, pero también con sinceridad me entró aquel desasosiego propio de reconocer que aquellas dos personas que sonreían afablemente a mí, a su hijo único, eran más que parientes, amigos, más que íntimos, prácticamente extraños. Y como hago siempre que me encuentro en ese tipo de circunstancias, me pongo a hacer algo útil y a ser posible mecánico (será mi mentalidad de ingeniero): para estas ocasiones, no viene nada mal ordenar papeles viejos. Fue entonces, entre una estantería que prácticamente se me cayó encima y un puñado de viejos libros de mecánica cuántica, cuando encontré mi viejo móvil.
                Ya casi ni me acordaba de que lo tenía. Es de estas cosas que dejas abandonadas en mitad de ninguna parte y no las recuerdas hasta que vuelves a verlas. El móvil se estropeó más o menos en la época en que me cambié de casa, justo cuando me fui a vivir con mi novia. No pareció haber mucha manera de recuperarlo y, tras un par de intentos, me compré un móvil nuevo de otra compañía, sin ni tan siquiera sacar la tarjeta telefónica, y dejé la otra en el móvil roto en casa de mis padres, pensando que así sería más fácil de localizar por si en algún caso hacía falta (tampoco creía que me fuera a ser muy necesario: tengo pocos contactos y suelo, por si acaso, dejar sus números anotados en una agenda a papel y lápiz. Fue por esas particularidades por lo que me resultó tan sencillo cambiar de móvil). Pero no la había vuelto a requerir desde entonces. Allí se habían quedado, el móvil y la tarjeta, por siempre jamás.
                Claro que de todo esto no me acordé en un principio. Fue luego cuando, tras quitarle el polvo e ir extrayendo los componentes –admitía con cierto disgusto que debería haberlo llevado a algún punto de reciclaje- me di cuenta de que la tarjeta seguía allí y mi cerebro rehilvanó toda la historia. Es inevitable (tanto cuando vuelves a casa de tus padres aunque sea por un tiempo como cuando encuentras un viejo objeto que ya creías perdido) que hagas un balance del pasado y examines el camino que hasta entonces has recorrido. Supongo que fue aquel punto nostálgico, no muy frecuente en mí, el que me hizo sacar la tarjeta y meterla en mi nuevo móvil. Sorprendentemente, la tarjeta parecía funcionar a pesar del paso del tiempo. Y más sorprendentemente todavía, a los pocos minutos me llegaba la recepción de un mensaje.
                Durante unos segundos lo contemplé como anhelante, sin saber qué esperar. Mi cabeza reaccionó con rapidez: el único momento en que se pudo recibir algún mensaje fue en el breve lapso de tiempo desde que el móvil se rompió hasta que cambié de móvil y esta tarjeta dejó de recibir llamadas. Eso debía ser… hacía por lo menos cuatro años. Tenía un mensaje congelado allí, que debía haber permanecido guardado todo ese tiempo, como esos mosquitos que se meten en resina y que según una película de corte futurista se pueden aprovechar para hacer dinosaurios. Me pregunté si se podrían construir dinosaurios a partir de mi móvil viejo y, tras reflexionar sobre lo absurdo de esta suposición, me dispuse a abrir el mensaje. Y éste me llenó todavía más de sorpresa.
                Era un mensaje de mi novia. No de la actual (que no tengo) sino, claro está, de la que tenía hace cuatro años. El mensaje decía así: “Estoy tratando de llamarte pero no contestas. Si finalmente quieres quedar, podemos vernos a las 20.30 delante de la academia. Intentaré traerte las rosquillas para que te las puedas llevar”. Y tras ello un punto y final de terminación del mensaje.
                Me acordaba de aquella noche. Mi novia se marchaba a un viaje de vacaciones por la costa de Florida con sus amigas, y antes quería despedirse de mí. Después de muchos equívocos a consecuencia de la ruptura de mi móvil, pudimos contactar al fin y certificar la cita delante de la academia de francés en la que por entonces daba clase (ella acaba de terminar sus estudios de derecho tras haberse graduado también en ciencias políticas, y aspiraba a convertirse en diplomática, aunque no descartaba, de entre todas las posibilidades de entrar en la Administración, alguna otra hipotética rama). En efecto, recuerdo muy bien aquella noche: excitada por el viaje y también por el hecho de no verme en un par de semanas, a la vuelta de las cuales íbamos a empezar a buscar piso para por fin irnos a vivir juntos, se encontraba algo nerviosa. Aquella noche me besó ardientemente y  me llevó a su casa, la cual se encontraba vacía dado que sus padres también se hallaban de viaje. Esa noche hicimos fogosamente el amor. Por desgracia, se olvidó de las rosquillas en la academia de francés y nunca hubo manera de recuperarlas. Una pena, pues las rosquillas de su madre estaban muy ricas.
                Y ahí estaba: un mensaje que llegaba desde el pasado, desde hacía cuatro años, para sacudir mi conciencia. He dicho que al encontrarse con este tipo de cosas empiezas a hacer balance: yo lo hice. Supongo que no ayudó el hecho de que acabara de fracasar una importante línea experimental de mi trabajo. Tampoco que hacía varios años que no había salido con ninguna chica en serio. No desde que hacía cortado con ella. Con Alice. Era el nombre de mi novia. Rompimos cuando descubrí, más o menos tras un año de convivencia, que me había engañado con otra persona. Un estudiante de Literatura Comparada algo más joven que ella que había conocido en una fiesta (a la que por cierto yo la había llevado) y que tenía la aspiración de ser escritor. En resumen, un pedante engreído. No pude soportar aquello y me fui de casa. Aquello, como dije, había sido después de un año viviendo juntos. Más o menos un año y poco después del envío –nunca recogido- de aquel mensaje.
                No pude sino pensar en cómo era yo mismo en aquella época. Más contento, más ingenuo, con todas las ilusiones por delante, enamorado (sí, puedo confesarlo sin temor a avergonzarme) como nunca lo he estado desde entonces, y sobre todo, feliz. Aquella fue una noche perfecta y si hubiera tenido que elegir cualquiera otra para que se repitiera de manera continua a lo largo de mi vida, sería ésa. Y sin embargo, se había marchado, y de aquella noche magnífica lo único que me quedaba era un viejo mensaje de móvil.
                Durante un tiempo no hice nada al respecto. Seguí ordenando mi viejo cuarto, volviendo a ver a viejos amigos, y cenando siempre puntualmente con mis padres. Pero hay mecanismos secretos que se activan en nuestro cerebro y funcionan sobre un problema incluso aunque no nos creamos trabajando en ello. No fue hasta un par de semanas después cuando me di cuenta de que lo tenía. La solución. El fin del dilema. En aquel momento, abandoné la casa de mis padres –no sin las despedidas protocolarias- y me reincorporé al trabajo antes de tiempo, aduciendo la comprobación de ciertos parámetros tras el último fiasco. La mayor parte andaba de vacaciones y ninguno me puso demasiadas pegas. Fue entonces cuando lo comprobé: había encontrado el núcleo del problema y tenía en mis manos el punto clave del acertijo. La posibilidad de los viajes en el tiempo era factible.
                Supongo que lo que ahora querrá saber el lector es en qué consiste. Por supuesto, no voy a darles ninguna información. Lo primero de todo porque, a no ser que el que lea estos textos sea un físico avanzado en complicados detalles de la teoría de la relatividad y de la hipótesis Grouden-Rosenthal (bautizada así por un compañero mío de proyecto en honor a su abuela judía Grouden, la cual había defendido con vehemencia la teoría de que Hitler le había comprado tiempo al Dios cristiano para matar más hebreos), difícilmente lo entenderían. Lo segundo, porque incluso aunque fuera así, se trata de un proyecto secreto del gobierno sobre el que firmé una claúsula de confidencialidad, así que no me está autorizado revelar su contenido. Y tercero y principal, por razones que les expondré posteriormente en esta exposición. Baste decir que no se trata, paradójicamente, de un concepto excesivamente complicado (para lo que debiera tratarse) y, sobre todo, relativamente poco costoso, no tanto en términos de dinero como de energía, que es de lo que me puede interesar desde el punto de vista físico más de los distintos aspectos. En realidad lo que requiere es un cambio radical de enfoque, pero una vez se ha asumido este punto, te das cuenta de que las líneas del espacio-tiempo, en el momento en que se han curvado para ponerse más juntas, ofrecen una distancia salvable entre cada una de ellas. Como analogía, podríamos compararlo con rescatar un objeto que se ha caído dentro de una piscina: no importa la profundidad, la lejanía del borde o si el objeto flota, una vez te metes en el agua, todo se vuelve mucho más sencillo. O para explicarlo a un profano y en términos realmente prácticos, podía permitirme realizar pruebas sin causar un excesivo escándalo que llamara la atención de mis superiores, y bajo la coartada de estar llevado a cabo procesos de chequeo y reparación.
                Así, me preparé para iniciar la primera de las aproximaciones. Elegí para ello a mi cobaya particular, en este caso una hurona de nombre Lana, que llevaba en una jaula de mi casa un par de meses. Pensé primero en probar con una iguana llamada Alfred, que también forma parte del ecosistema de mi casa, pero teniendo en cuenta que Alfred se pasa la mayor parte del tiempo durmiendo y rascándose las patas traseras, creía que los efectos psicológicos de un cambio en la dimensión del tiempo no serían muy susceptibles de ser estudiados en él. Por eso coloqué a la valiente Lana dentro de un modesto receptáculo, en el cual sin embargo costó introducirla por su manía habitual de colarse por todos los resquicios, y penetrar en todas partes menos en aquellas cajas donde quieres que se meta. Una vez hecho esto, sin embargo, y tras dedicarle un último y afectuoso saludo de despedida a la atribulada mamífera, puse en marcha los últimos controles para ajustar las condiciones, y cerré el humilde receptáculo donde se iba a llevar a cabo quizás el experimento más importante de la historia de la humanidad. Reflexioné que personajes más insignes se habían encontrado todavía con medios y condiciones mucho más precarias. La primera prueba sería sencilla: apenas un par de segundos en el futuro. Apreté la última palanca: un zumbido metálico pareció inundarlo todo. No soy un ser particularmente emocional. Algunas veces me han dicho incluso que parezco frío. Pero en esta ocasión, me estremecí.
                Aquellos breves segundos marcarían a posteriori toda mi existencia. No recuerdo exactamente los detalles. Unos breves destellos azulados e iridiscentes salieron de la caja. Un sonido apagado debió surgir de la garganta del animal. Me pregunté qué pasaría justamente por la cabeza de una hurona en el breve instante –apenas unos pocos milisegundos- en que pasaba de encontrarse de este tiempo para encontrarse en otro completamente distinto. Me pregunté si una hurona podía diferenciar el paso de los minutos, los meses, los años. Me pregunté si Laika había sentido a su alrededor la tensión de todos los científicos y había sido en cierta medida conocedora de su papel en ese acontecimiento histórico. Si los bigotes de la hurona se agitarían levemente conforme se movían las aspas de los aparatos y las lucecitas electrónicas a su alrededor. Todo eso se me pasó por mi cabeza, y sin embargo, efectivamente, apenas fueron unos instantes, y también debieron serlo para la hurona. Abrí la portezuela de la caja y Lana ya no estaba: y a los pocos instantes, en un segundo, si no menos, apenas en un parpadeo, la hurona se encontraba de nuevo en su sitio, moviéndose y retozando, como si nada le acabara de pasar. La prueba acababa de ser todo un éxito: una pieza de comida para hurones fue la primera recompensa por este hallazgo de la humanidad.
                Ahora venía sin embargo un escollo más difícil: el viaje al pasado. Pero aquella posibilidad me sobrecogía (a pesar del éxito inicial del que habíamos partido) e inundaba mi cabeza con un miedo aterrador y mortal. Porque ello significaba entonces que no tenía más remedio que plantearme una cuestión ineludible, una paradoja evidente –pero no por ello menos reseñable- para todos aquellos que nos dedicamos a esta clase de cuestiones, y que tarde o temprano y a pesar de que no lo deseemos, tenemos que acabar por afrontar. Y se trata de algo tan manido y discutido tantas veces, de tal manera que habrá pocos que no la hayan oído, como la evitabilidad o no del pasado. Si Lana no se había materializado espontáneamente antes de que yo la enviara a través del viaje en el tiempo al pasado, esto podía querer significar tres cosas: una, que yo nunca había enviado a Lana al pasado, por razones que desconocía. Otra, que de alguna manera quizás Lana se había perdido a través del camino: el experimento había fallado, o éste era mortal de necesidad y Lana había acabado desintegrada en miles de pequeños puntitos repartidos a lo largo del espacio tiempo. Ni qué decir tiene que éste era mi más horrible temor. Pero la tercera hipótesis tampoco era mucho más convincente. Existen una serie de teorías al respecto, las cuales se han expresado frecuentemente mediante la llamada paradoja del abuelo, pero que en mi opinión tienen una de sus mejores expresiones en el relato “El viajero”, un escrito de ciencia ficción aparecido hace unos cuantos años y cuya teoría nunca se aclaró. “El viajero” viene a sostener que cualquier viaje en el tiempo hacia el pasado implica una creación de un nuevo marco espacio-temporal, un nuevo universo, en definitiva, en el que el viajero del tiempo podrá desarrollar su acción, y que se convertiría a partir de ahora en su nuevo mundo. Su universo original, el punto de partida, nunca le vería regresar, sus acciones no servirían para cambiar nada en el presente o el futuro, y algunos esgrimirían incluso que este primer universo podría desaparecer. En palabras concretas, Lana aparecería en un nuevo universo, pero nunca jamás retornaría a este, y aunque mi “yo” en el otro universo pudiera encontrarla, mi “yo” aquí presente jamás la volvería a ver. Y esas cuestiones eran de gran importancia. Sobre todo, si el que me disponía a viajar en el tiempo era yo.
                Metí de nuevo a Lana en el cubículo y accioné los aparatos. Esta vez, la mirada de despedida que le dediqué a la hurona tuvo un poso mucho más profundo, como si fuera yo el que me encontrara al otro lado del aparato. Apreté los últimos botones, bajé la palanca… una vez más los destellos iridiscentes, una vez más la misma sensación de temor… El zumbido eléctrico se hizo todavía más agudo, y en un momento determinado todo paró. Con un respeto reverencial, abrí la compuerta.
                Lana no estaba. Pero la duda que me había planteado, tan sólida como si fuera una losa situada en el interior del cubículo ahora vacío, seguía estando allí.
                No obstante, me atreví a ello. Diseñé un compartimento más grande. Cambié los parámetros adecuados. El día señalado, lo preparé todo con fervor. Muchos de los que lean estos se preguntarán, ¿por qué me atreví a hacer esto?¿Por qué arriesgarlo todo, empezando por la vida, sin saber lo que iba a ocurrir? No se crean: yo también me lo pregunté en un par de ocasiones. Y la única respuesta que encontré fue mirar a mi alrededor, a mi vida, y no encontrar ninguna razón por la que me debiera quedar. Por eso lo preparé todo para el día siguiente. Fue lo que fuera lo que le había ocurrido a Lana, lo acabaría por averiguar.
                Aquel día me encontraba tenso. Creo que me puse y me quité las gafas varias veces, dudando si llevarme esas o no: yo tenía unas gafas diferentes en aquella época. Pero no importaba. Mi viaje fue ligero para el primer viaje en el tiempo de un ser humano: simplemente la ropa que llevaba puesta, y un móvil sin tarjeta, para así ganar tiempo cuando llegara la ocasión. Desconocía si la tecnología aguantaría el envite de un desplazamiento en el tiempo, pero de acuerdo con la teoría que había desarrollado –y que hasta ahora se había probado correcta- debería hacerlo sin gran problema. Sí que tuve la precaución de desnudarme: no quería que ropa demasiado moderna o demasiado maltratada para cuando había sido comprada me delatase en algún pequeño detalle. Me coloqué tumbado en el compartimento –única manera en que podía caber- y accioné desde dentro los controles. De nuevo el zumbido, los chasquidos eléctricos, el miedo. Y mi piel desnuda frente al aparato, cuyo sonido se volvió cada vez más estremecedor, hasta llegar a un clímax de estruendo auditivo y de tenebrosidad. Por fin, poco a poco, el sonido se fue parando. El contador del interior del aparato contó a cero. Apenas cerré los ojos un segundo y cuando los volví a abrir, el compartimento ya no estaba. Y era en otro lugar donde había ido a aterrizar.
                Me incorporé. Reconocí el lugar en seguida. Efectivamente, era el lugar que había escogido, mi cuarto en casa de mis padres. Traté de recordar los detalles de ese día, hacía ya cuatro años. Yo debía estar ahora mismo en el trabajo. Abrí el segundo cajón de la mesita: encontré allí el móvil estropeado, con la tarjeta en su interior. Extraje la misma. La introduje en el móvil nuevo. Me estremecí: mis primeros pasos en el pasado y todavía estaba desnudo. El mensaje llegó a los pocos segundos, como si fuera una señal divina. Comprobé la hora, tanto la del mensaje como la de mi despertador. Había sido mandado hacía apenas unos minutos. El contenido era exactamente el mismo que había leído en su momento. Había leído el mensaje, cuatro años antes de lo que debía. Había sido el primer cambio.
                El segundo vino a continuación. “De acuerdo. No se te olviden las rosquillas”.
                Abrí los cajones y me puse mi propia ropa vieja. Cogí las llaves de emergencia de mi casa y salí por la puerta. Me encontraba tranquilo: mi otro yo no había recibido el mensaje y, conocedor de que Alice se iba de viaje, no tenía la idea en mente de que fueran a quedar. Hice algo de tiempo hasta la hora de la cita. Después, cuando llegó la hora, caminé con nerviosismo hasta allí. Esperé en aquella noche fresca a la luz de la luna. Y de repente salió. Llevaba en la mano la bolsa de las rosquillas.
                Dios mío, me dije a mí mismo. No era como haber visto a un fantasma, a una persona muerta, pero casi. No la había visto en persona desde hacía tres años. Las imágenes recientes que habían llegado hasta ella de mí a través de fotografías y redes sociales revelaban el paso del tiempo. Ahora, la veía de nuevo como hace cuatro años, más joven, más lozana, pizpireta, con la nariz aguileña llena de pecas, ese peinado liso con apenas una ligera ondulación estilo años cuarenta, y un vestido azul algo como de muñeca que volaba por encima de sus piernas conforme avanzaba hacia mí. Se acercó del todo y con una sonrisa enorme, me depositó un beso en los labios.
                -Hola, héroe –me dijo ella, abrazándome contra sí-. ¿Me has echado de menos desde la última vez?
                Me quedé con la boca seca. Sí; sí; ahora entendía lo muchísimo que la había echado de menos.
                El sexo fue todavía más salvaje, más intenso de lo que recordaba. Descolocamos algún cuadro de las paredes, estuvimos a punto de derrumbar el jarrón encima de la cómoda de su madre. Cuando terminamos, la cara de Alice tenía esa expresión maravillosa que sólo tienen algunas chicas justo después de haber hecho el amor.
                -Uf, pues sí que parece que tenías ganas –suspiró. De repente sonó una llamada en su móvil-. ¿Quién será?
                Se acercó pero, antes de que pudiera cogerlo, le cogí ambas manos y la besé otra vez.
                -Pero bueno –exclamó-, ¿qué te ha dado?
                Mientras hacíamos el amor de nuevo medité, cómo podría coger su móvil antes que ella y eliminar una llamada la cual, aunque no lo había visto, ya me imaginaba de dónde procedía, y cuáles eran las consecuencias de que alguien lo pudiera mirar.
                El que Alice se fuera de viaje facilitó mucho las cosas. Dejaremos para más tarde el explicar cómo conseguí que mi doble del presente no interfiriera conmigo: sólo aclararé que requirió muchos engaños, borrar muchos de mis pasos, y perder el contacto con mucha gente. Pero lo conseguí. Lo conseguí. Vivía de nuevo, con mi chica, con Alice, con la persona que (ahora lo sabía más que nunca) nunca había dejado de amar. Pero el momento más tenso de todos llegó cuando una vieja amiga me dijo:
                -Esta noche celebro una fiesta en mi casa. ¿Quieres venir?
                Pero yo guardé silencio y negué con la cabeza. Pretendí dejar mi cara de piedra para que ningún gesto me pudiera delatar. Esa noche, con un plan completamente distinto, me llevé a Alice a la otra punta de la ciudad.
                Aquella había sido la fiesta donde Alice conoció al chico con el que me había engañado. Ahora, con la ausencia de ambos a aquella fiesta, se había concluido el cambio en el curso de los acontecimientos. A partir de ahora, podía respirar en paz.
                Pero ahí es cuando tengo que retomar la pregunta que hice al principio. ¿Se debe considerar a alguien responsable de las acciones que todavía no había cometido? Alice nunca conocería a ese mequetrefe de literatura comparada: por tanto, nunca me sería infiel con él. Pero eso no quitaba el hecho, si lo hubiera conocido, sí que lo hubiera sido. No es que sospechara que mi novia podría (como cualquiera, de todo el mundo, de manera hipotética) serme infiel: es que ya lo había sido. O lo sería. En otro universo. En el futuro. Como quiera llamársele. Las acciones que había llevado a cabo descartaban el engaño, pero… ¿no seguía siendo una traición, aún así?¿Incluso aunque fuera de mente?¿Incluso aunque aún no se hubiera pensado… o producido?
                Dicen que el ser humano puede ser cualquier cosa en potencia, en función de las circunstancias en que se lo ponga. El que pudo haber sido un campesino tranquilo con familia e hijos, le toca ser Enrique VIII y quizás mate a varias de sus mujeres. Hitler puede ser pintor, y como no le compran sus cuadros, pone en pie de guerra a medio planeta. Alice ahora no me puede engañar con ese chico: pero si yo, abrazado con ella en la cama, le pregunto si me será fiel siempre, y ella me dice que sí, yo sabré que es mentira, que lo ha sido –incluso antes de que ella lo sepa. Lo cual no descarta, en todo caso, que me pudiera ser infiel con otro. Lo que me encontraba ahora es que antes, cuando me separé de Alice, lo hice por el dolor que me causó que se acostara con otro: ahora en cambio, recelaba, porque lo pudiera hacer. Porque ya lo había hecho en su día.
                Tal sensación me carcomía, me corroía hasta el alma: era el mismo motivo por el cual había tenido que dejar a Alice, porque no pude aceptar su infidelidad, y ahora podía conmigo, a pesar de todo lo que había hecho para evitarlo. Cada vez que veía su sonrisa zalamera, pensaba que se la habría podido dedicar a otro. Yo nunca he sido celoso: pero lo que había ocurrido con Alice había cambiado mi percepción. Quizás no me pasara con otras chicas: estaba seguro de que no me pasaría con otras chicas, pero sí con ella, precisamente por lo que ya había vivido de primera persona. Pero justamente era a Alice a la que amaba, y eso me consumía aún más.
                Mis recelos aumentaron. Mi obsesión fue a peor. Trataba mal a Alice: la interroga, la acosaba, prácticamente la seguía. Ella se preguntaba por qué hacía todo esto, si es que había hecho algo malo: pero yo no se lo podía decir, porque sabía que no me creería. Y en todo caso, aunque me creyera, no serviría de nada, porque ella me argumentaría que no había hecho nada, y yo le contestaría que tenía razón. Pero ello no aliviaría mi frustración.
                Los celos me consumían. Ya no podía aguantar. El momento que lo colmó todo fue cuando nos invitaron a una fiesta y casi nada más llegar, anduvimos prácticamente todo el tiempo por separados: yo había estado con malas caras toda la semana, y apenas podía ni verla. Entonces fue cuando observé de refilón la presencia de un recién llegado: era el famoso idiota de literatura comparada, que había acudido a la fiesta, debido a conocidos de conocidos. El mundo es un pañuelo, que suele decirse. Pero a mí esa cita, que siempre me había hecho gracia, ahora no me tenía entusiasmado.
                Ya estaba: a pesar de todos mis esfuerzos, la maldición había ocurrido. Ahora ellos dos se encontraban en la misma casa, quizás en algunos momentos hasta en la misma habitación. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que llegaran a encontrarse?¿A lo mejor estaban entablando conversación en este mismo momento?
                No lo pude evitar. Mis ojos se desplazaban de un lado a otro inquisitoriales cada vez que divisaba a alguno de ellos. Y entonces, en un momento determinado, divisé algo: el chico de literatura comparada entraba aparte en una habitación, una especie de cuarto oscuro. Delante de él, aunque no pude verificar quién, una chica. Tan sólo le observé el vuelo de su vestido. Se parecía sospechosamente al de Alice. Por más que moví la cabeza, no pude encontrarla en estos instantes, mientras miraba a mi alrededor. Un repentino sentimiento de furia me invadió el pecho. Me acerqué a grandes zancadas a la puerta de la habitación. Abría la puerta. El corazón me latía con fuerza.
                Tras unos primeros instantes, todo se hizo oscuridad.
*                                             *                                             *
                Un par de meses más tarde, me encontraba sentado en una cafetería cerca de mi trabajo. Me daba la sensación de sentirme varios años más viejo. Fue entonces cuando una chica se me acercó. Entraba desde la puerta de la cafetería y a decir verdad he de confesar que me desconcertó. Su cara me sonaba vagamente pero no sabía de qué: aunque a primera vista no vestía ni parecía buscar una imagen despampanante, era cierto que era bastante guapa, pero había algo extraño en ella, una especie de secreto escondido que guardaba bajo su mirada serena e incluso algo grave, y que sin embargo no terminaba de restarle una naturalidad innata que a cada lado parecía transportar. Vestía una gabardina gris y llevaba un bolso que cargaba en un lado junto a un enorme paraguas. Pero lo que más me sorprendió de todo fue que se vino a colocarse a mi lado, justamente en mi misma mesa.
                -¿Puedo sentarme?-me dijo, lo cual me resultó extraño, ya que prácticamente ya lo había hecho, pero asentí. Ella se sentó y colocó el bolso en el regazo. Por un momento pensé que iba a sacar un encendedor y un cigarrillo al modo de las míticas actrices de cine negro de los cuarenta (el pelo castaño oscuro, rizado, aunque alisado en un flequillo que le cubría casi por entero un ojo, y la gabardina de ese color tan peculiar desde luego ayudaron a ello), pero en realidad lo que extrajo fue una fotografía en blanco y negro de una chica con el pelo rubio. No la supe reconocer.
                -No suelo hacer estas cosas –me dijo, dando una sensación de apocamiento que se veía superado por una determinación más fuerte todavía-. En realidad –confesó- ni siquiera sé por qué estoy haciendo esto. Ésta es mi hermana. Seguramente no te acuerdes de ella. O quizás no la vieras. Hasta hace unos meses estaba saliendo con un tipo. Un chico llamado Leonard. Creo que le conoces. Se dedica a estudiar…
                -… literatura comparada, lo sé –empecé a recordar.
                -Exacto. Hasta que de repente abriste aquella habitación oscura y te encontraste a Leonard y a otra chica que no era mi hermana dentro de ella. Quizás no la vieras –dijo señalando la fotografía- porque se marchó de la fiesta a toda velocidad. Por supuesto cortó con Leonard. Se pasó meses destrozada. En buena medida, tuve que hacerme cargo de ella. Aquello le dolió muchísimo. Pero durante todo este tiempo me he estado preguntado otra cosa: qué papel jugabas tú. Sobre todo teniendo en cuenta que ya te conocía.
                El camarero se acercó a nosotros. Ella pidió un café bien cargado con crema. Me miró detenidamente a los ojos.
                -Te he visto muchas veces, Chris –me dijo-. En el trabajo, en los pasillos, en ciertos rincones del mismo. Nunca hemos tenido que colaborar abiertamente: no soy una científica. Sólo soy una funcionaria del gobierno a la que de vez en cuando se le ordenan supervisar ciertas cosas. Seguramente me has visto de refilón algunas veces y mi cara te suene vagamente. A mí me pasaba lo mismo con la tuya. Pero cuando te vi aquel día, en la fiesta, mostrando cómo a mi hermana le habían engañado, lo primero que me pregunté es: “¿por qué lo está haciendo él?”. Es una tendencia natural en mí: trato de buscar siempre el otro lado de las cosas, los segundos significados. Pero no ha sido hasta que no le he dado las suficientes vueltas a ello hasta que no me he decidido a acudir a ti.
               
                Cuando el café llegó, la chica lo envolvió con sus manos y lo acercó a sus labios. Casi parecía que lo fuera a tocar con la nariz, bastante chata.
                -He averiguado algunas cosas sobre ti, Chris. Sé que en aquella época estabas saliendo con una chica. Ahora sé que no lo haces. ¿Qué es lo que ocurrió?
                Reflexioné un momento. Estuve por decirle que no lo sabía. Estuve por decirle que la cabeza me ardía cuando, pese a no encontrar a Alice en esa habitación, me invadía la rabia de pensar que podría haber sido ella. Estuve por decirle que llegó un momento en que no pude más. Estuve que decirle que era en base a una traición que nunca se había producido. Estuve por decir…
                -La dejé porque me fue infiel.
                Se hizo silencio hondo. La chica movió la cucharilla sobre el café, produciendo el único sonido sobre la mesa.
                -¿Te apetece que vayamos a tomar algo?-me preguntó.
                Aquella tarde fue sorprendente. Debajo de la gabardina beige había un vestido negro, y debajo del vestido, un cuerpo para el pecado. Los labios se revelaron más dulces todavía de lo que prometían, y los pechos y los hombros desvelaban que efectivamente, y tal y cómo revelaba la cara que ahora me besaba, había un secreto que guardar. Después de hacer el amor, ella apoyó su cabeza en mi pecho y lo besó.
                -Dime –le interrogué-, ¿por qué te has acostado conmigo?
                Ella pasó por la mano por mi torso.
                -No lo sé. Me daba la sensación de que había algo detrás. Algo que había sufrido mucho, y que necesitaba consuelo.
                Y luego, cuando seguimos saliendo, en los días, y las noches, que tuve para conocer esa alma y ese cuerpo, yo le argumentaba:
                -Me habías visto muchas veces y sin embargo no te habías fijado en mí. De no haber sido por la infidelidad de mi novia, y por lo que le había pasado a tu hermana, nunca nos hubiéramos encontrado.
                Y ella me replicaba, mientras me abrazaba desde detrás con sus brazos:
                -Quizás eso sea verdad. Pero yo creo en el destino. Somos enormemente felices. Los dos estamos enamorados. Algo así no puede haber ocurrido o no por una simple casualidad. Creo que si no hubiera sido por esas circunstancias, de una manera u otra, nos hubiéramos llegado a encontrar.
                Y luego se hacía una trenza que colocaba por delante de uno de sus hombros, y salíamos, y disfrutábamos, y todo se olvidaba porque lo que había dicho de que la amaba era verdad.
                Pero sin embargo, un pensamiento me recorría día a día, noche a noche, mientras ella dormía. Y por eso, me decidí a actuar.
                Por eso construí de nuevo la máquina del tiempo. Por eso la volví a probar y volví a probar con Lana –una vez más-. Y por eso retrocedí al pasado, al momento de la fiesta donde había entrado sin saber que me iba a encontrar allí a Leonard. Me metí en la casa esgrimiendo que había salido un momento fuera. Sin que nadie me viera (sobre todo yo mismo) me metí en el cuarto oscuro, me escondí con denuedo, y a pesar de quien pudiera entrar o salir, no hice nada hasta que no vi a pasar a alguien allí. Ese alguien era yo.
                Tras un ligero forcejeo, y una puñalada en el pecho, y aguantar su cuerpo contra una pared (los ocupantes del cuarto oscuro estaban demasiado ocupados con sus cosas como para escucharnos) se cumplió la verdad que escribí cuando narré estos sucesos por primera vez: tras unos segundos, se hizo para mí la oscuridad…
                Ocultar el cadáver en la fiesta fue complejo. Sacarlo de allí, aún más. Pero todo estaba pensado: al fin y al cabo, había tenido todo el tiempo del mundo (en el futuro) para planearlo. También se plantearán si no me parecía cruel matarme a mí mismo. Bueno, si esto es un juicio a mí mismo, como alegato defiendo que el muerto tampoco era ningún angelito. Al fin y al cabo, él fue primer asesino que un día se espero a sí mismo en la casa de sus padres y, delante de la mirada atónita del chico, le clavó un cuchillo en el corazón. Nunca podré olvidar mi cara de terror (¿la suya o la mía?) cuando, tras unos segundos de forcejeo mi otro yo se dio cuenta de que su atacante era yo. Así fue fácil acertarle: casi no se defendió de la sorpresa. Fue así, efectivamente, como conseguí librarme de mi otro yo para conseguir salir con Alice sin problemas. Ahora, un tiempo después, mi yo usurpador había vuelto a hacer lo mismo y vuelto al pasado, esta vez para dejar que el futuro se desarrollara como tuvo que ser originalmente. Nunca descubrí lo de Leonard con la hermana de Clear (así se llamaba la chica que me ha robado desde entonces el alma y ha provocado que cometa un nuevo crimen, si es que se llega a legislar algún día así), y rompí con Alice de nuevo, aunque por razones completamente distintas e independientes. Y desde entonces, esperé.
                Esperé a que Clear me dedicara una mirada, una sonrisa, una acción. Pero ésta nunca ha llegado. De vez en cuando nos cruzamos en el trabajo: ahora sí que me fijo allá donde va. Siempre va vestida de manera elegante, nada provocativa –sólo yo sé los misterios que aguarda su ropa interior. Siempre realiza comentarios incisivos, apropiados y correctos –sólo yo sé qué profunda actividad mental, qué hondos pensamientos bucean debajo. Siempre se comporta de manera amable, siempre un aire dulce –sólo yo conozco cuán grandiosa es la caridad de su alma. Todo esto lo conozco pero ella no sabe que lo sé… porque no me lo ha mostrado nunca. No en este tiempo. No en este universo, al menos.
                Y retomo de nuevo la pregunta inicial: ¿se puede juzgar a alguien por una acción de lo que todavía no es responsable?¿O se la puede adorar, en cambio, por gestos que aún no ha llegado a realizar? Yo la quiero por algo que no es, o al menos, que no ha sido todavía, conmigo: pero la amo por todas sus potencialidades, no sólo por las que tiene en ese momento, sino por las que desarrollará conmigo, por las que todavía no ha llegado a realizar. Sé que junto a mí se ha vuelto todavía más altruista, más generosa, más maravillosa, más increíble aún: paradójicamente, teniendo en cuenta que ha sido estando al lado de alguien que ahora la ha abandonado. Cuando me fui de su lado ya era madre y tenía un hijo. ¿Cómo quererla por su espíritu de madre, si éste no se ha llegado a fraguar?
                Y sin embargo, allí estoy. Aguardando, expectante, un gesto, una señal. No tengo manera de acercarme a Clear: no conozco ninguna manera. Sé que por su propia natural timidez, nunca conseguiré hacer nada si yo doy el primer paso, tiene que hacerlo ella. ¿O quizás no sea así? Quizás me equivoque, quizás no esté todo prefijado en el carácter. Pero Clear decía que creía en el destino: que si teníamos necesariamente que estar juntos, que habría alguna señal que lo llegaría a lograr. La echo de menos a ella: y a mi hijo. Pero necesitaba saber, de alguna manera, que su amor no se debía simplemente al hecho fortuito de que a su hermana le habían hecho daño y que a mí –de una forma más o menos mentirosa- me habían infligido la misma maldad. Debía marcharme para saberlo. No hubiera podido ser una buena pareja sin eso.
                Y por eso la espero, día a día, hora a hora. La miro a lo lejos, me imagino las trenzas que nunca se pone en el trabajo y casi parezco verlas. ¿Cuándo tendré que esperar para verlas de nuevo?¿Cuánto para que la verdad que yo viví se haga de nuevo realidad?
                No lo sé: pero puedo esperarlo. He cometido muchos errores. Quizá cada uno de los viajes en el tiempo lo fueron. Pero ahora lo tengo claro. Sé lo que quiero. No tengo prisa. Puedo esperar. Quiero hacerlo bien.

                Mientras acaricio a Lana, y mantengo un móvil apagado pero provisto de una tarjeta telefónica entre las manos, sigo esperando una señal…

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