lunes, 15 de septiembre de 2014

El libro de septiembre: "Yo, robot", de Isaac Asimov


Protagonista de seguramente la peor adaptación cinematográfica de la historia (en el sentido de fidelidad al libro original), "Yo, robot", sin embargo, es considerado un clásico inolvidable para los fans de aquella rama de la ciencia ficción que se dedica a plantear los problemas futuros a los que se enfrentará el hombre, conforme éste vaya siendo capaz de crear entes artificiales con mayores capacidades e incluso inteligencia que él mismo. Asimov no inventó el concepto de robot; lo creó el autor perseguido por el nazismo hasta el lecho de muerte -literalmente- Karel Capek en su muy buena obra de teatro R.U.R., y él seguramente a su vez se basaba en trabajos como "Frankenstein" de Mary Shelley o en las leyendas alrededor del gólem que circulan por el barrio judío de Praga y que otros autores han reflejado en sus escritos, como Borges en su poema "El gólem" o el modesto creador de este post en un cuento, "El sueño de gólem", el cual ha escapado en los últimos tiempos del blog en busca de nuevos destinos y ambiciones. (Por cierto, Kapek también es reconocido por escribir La fábrica del absoluto, una fábula sobre el espíritu religioso con uno de los inicios más desternillantes que yo haya leído nunca, aunque luego el propio Capek reconociera no saber cómo terminarlo). Asimov tampoco fue el que ideó el robot más afamado (los aficionados del género pueden debatir entre el Hal 9000 de 2001, los robots de la película -basada en un relato de Philip K. Dick- Blade Runner, Cortocircuito, Wall-E, los sobrecogedores ingenios mecánicos de Metrópolis o un par de candidatos adicionales); pero sin duda, Asimov pasará a la historia de la ciencia ficción como el mayor maestro en el campo de los robots gracias a una trilogía dedicada a los mismos. Una trilogía que gira alrededor de 3 reglas que Asimov inventó y que (seguramente), si llegan a desarrollarse robots tan avanzados como los que describe el autor norteamericano de origen ruso, acabarán inscritas en el cerebro de estos autómatas. Dichas reglas son:

De hecho, la primera obra de la saga, la propia Yo, robot, ni siquiera es una novela (como sí ocurre con las otras dos obras de la trilogía, Los robots del amanecer y Robots e imperio, las cuales asimismo fervientemente recomiendo; también descubriréis que algunos amplían esta saga con otros libros, pero como muchos ya sabréis, Asimov no creó estas novelas de manera independiente, sino que creó una gran obra épica sobre el futuro de la humanidad que abarca dieciséis volúmenes, más de cincuenta años de literatura y miles de años en la historia futura  de la humanidad), sino una recopilación de cuentos. Relatos sencillos, resueltos en unas pocas páginas, enlazados entre sí por una entrevista a la investigadora sobre robótica Susan Calvin -responsable en buena parte de este amanecer mecánico-, y en cada uno de los cuales se desgrana un problema y una duda sobre la futura relación de los seres humanos con los robots: ¿cómo se superarán los recelos lógicos e iniciales entre ambas formas de vida?¿Podrán los robots adquirir sentimientos tan humanos como la intuición o el amor propio?¿Debe permitirse que se presente un robot a las elecciones o tome decisiones en nombre de los humanos, o sin el consentimiento explícito de ellos?¿Es posible que un autómata desafíe las Tres Leyes en pos de un objetivo mayor?¿Cómo reaccionarán los robots ante dilemas y cuestiones similares que se plantearon en su día los humanos y que de una manera mejor o peor todavía no hemos resuelt?¿Qué ocurrirá cuando se ponga al límite el cumplimiento de alguna de las Tres Leyes de la Robótica? De Asimov se ha dicho muchas veces que es muy cerebral, y que sus historias sirven, más que como relatos, sobre todo para plantearse una disquisición sociológica sobre cómo sería un mundo bajo unas muy determinadas condiciones de vida. Pero ocurre que también, conforme nos planteamos distintos aspectos del entorno de los robots, y lanzamos preguntas en torno a él, en realidad las estamos haciendo con respecto a nuestros propios instintos y miedos, a nuestras más escondidos emociones (alguno de los cuentos, de hecho, tocan bastante la fibra sensible, que a Asimov a ratos se le daba tan bien manejar), y a la esencia profunda de lo que nos define como humanidad. Se dice también de Asimov  que en sus relatos, pese a hallarse poblados de robots, alienígenas o impresionantes viajes interestelares, el auténtico protagonista es el hombre. En este caso, somos nosotros -sirviéndonos de espejo nuestro propio reflejo frente a los autómatas-, los que realmente sufrimos el escrutinio en Yo, robot. Porque, quién sabe: si nos encontramos frente a individuos más útiles, más benevolentes, más sabios que nosotros... ¿en qué lugar quedaríamos?¿Podríamos soportarlo? Quizás un día nos toque averiguarlo.

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