lunes, 8 de marzo de 2021

El libro de marzo: "Cuando las sirenas no eran las nuestras", de Juan M. Domingo Toral


Hemos visto, leído, escuchado y rememorado toda clase de historias de la guerra civil. Sin embargo, a veces nos encontramos una perspectiva inédita y original, probablemente no relacionada con las grandes líneas de la contienda, sino con los pequeños trazos que afectaban a la vida cotidiana. En este sentido, "Cuando las sirenas no eran las nuestras", de Juan M. Redondo Toral, antiguo jefe del Archivo Histórico de los Bomberos de Madrid, puede llenar una página que, para muchos, permanecían en blanco hasta ahora. Quizás porque -a veces es más terrible eso- ni siquiera sabíamos que poseíamos ese hueco.

Recuerdo una película de James Bond donde, muy cerca de la hecatombe final que está a punto de avecinarse siempre en esta clase de films, el espía británico se deja guiar por un hombre que conduce el tráfico, un policía con el típico chaleco de emergencias fosforescente. En ese momento pensé algo que suelo decir con frecuencia desde entonces, y es que una sociedad avanzada es aquella en la que los individuos esenciales son los que visten un chaleco amarillo fosforescente. O tal vez una bata de médico, un uniforme de enfermero, una toga de juez, o la vestimenta propia de cualquier tipo de servidor público. Y, en vez de un Adonis apolíneo como James Bond, son más altos, más bajos, gorditos, tienen rostro de hombre y mujer, edades variadas, pero se caracterizan por una cosa: el sentido de cumplimiento de su deber y, si es posible, de abnegación a los demás. Parece que durante la epidemia de COVID hemos redescubierto de nuevo este concepto, que esperemos que nunca volvamos a olvidarlo.

Los bomberos de Madrid, desde el inicio de la contienda el 18 de julio del 36, tuvieron que afrontar toda clase de malos tragos: la incertidumbre, la desesperación, el miedo; la reacción de la turba desesperada cuando se dio cuenta de lo que se les venía encima; las dudas acerca de los propios compañeros, cuando llegaron los procesos de depuración interna -y más allá- por parte de un bando republicano que tenía miedo a los desafectos (y donde los extremistas o los aprovechados encontraron campo libre para sus desmanes); y, más adelante, cuando terminó la guerra, el equivalente proceso por parte del bando contrario, que no tuvo consideración de los vencidos.

Toral nos cuenta detalles con nombres y apellidos; personaliza vivencias que sufrieron muchos a través de unos pocos con los que podemos identificarnos con el día a día de Madrid, que tiene que lidiar con sus problemas normales (en cuanto a incendios, y a todo lo demás), y además los derivados de la guerra, especialmente de los bombardeos, que dejan arrasadas zonas enteras de la capital. Sentimos como propias la falta de personal y el exceso de trabajo extenuante. Y, al final, estamos tan cansados, que la última puntilla final está allí para rematarnos. Pero también encontramos ejemplos de solidaridad espontánea, de apoyo mutuo, voluntarios infatigables y, sobre todo, personas que mantienen su juramento, permaneciendo al pie del cañón cuando casi cualquier otro se hubiera dado la vuelta para salir corriendo. Esos héroes anónimos a los que pocas veces se les agradeció el esfuerzo. Para eso sirven esta clase de textos.

Un último apunte, ya desde el punto de vista editorial. El libro -escrito con sobriedad y humanidad- ha sido redactado a partir de un antiguo bombero con más de treinta años de experiencia, que ha tenido acceso de primera mano a los archivos históricos. Es el típico relato que, si yo fuera editor, intentaría atrapar antes de que me la arrebataran. Ha sido publicada por Libros.com (a la que, por cierto, pertenece el -esperemos- próximo gran éxito que saldrá de la pequeña factoría de la historias de la que forma parte este servidor), una editorial especialista en crowdfunding. Grandezas o miserias del mundo literario actual, han sido los lectores los que han decidido que este libro se publique, lo cual da para muchas reflexiones en toda clase de sentidos. Aunque, al final, son siempre después de todo los lectores quienes nos mantienen en pie. Sirva esta frase de agradecimiento a aquellos que nos sustentan a los que intentamos contar historias. Muchas gracias a todos.

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