En julio de 1616, el conocido como padre Méndez predijo, en Sevilla, su propia muerte, la cual tendría lugar, de acuerdo con su vaticinio, 21 días después. Los hechos que sucedieron a partir de entonces se describen, entre otros lugares, en las “Historias de la Inquisición” de Juan Eslava Galán, de donde he sacado la mayor parte de la documentación para este relato. Muchas de las anécdotas que aquí se detallan sólo son descripciones de eventos que se registraron -o, al menos, se comentaron- por aquel entonces. Como os podéis imaginar, las adaptaciones al siglo XXI son mías.
Toda persona
tiene un pasado. No llegamos a lo que somos por casualidad. En los momentos
previos al culmen de lo que llegamos a ser hay indicios, pistas a veces
sutiles, de lo que podríamos más tarde alcanzar. El padre Méndez coqueteó entre
varias religiones antes de optar definitivamente por la católica, e ingresar
como religioso. Migró a América; allí no le fue bien, y regresó entonces a
Europa, donde se asentó en Roma. Sin embargo, su comportamiento extravagante
alertó incluso al Papa, que le obligó a marcharse de la ciudad. Fue entonces a
Sevilla, donde vino a ocurrir lo mismo, ya que el arzobispo le forzó a buscarse
otro sitio, fuera de la urbe. Sin embargo, cuando el prelado murió, nuestro
protagonista volvió a intentarlo. Fue entonces comenzó a plantar la semilla de
su gloria.
Para
empezar, organizó su propia congregación. El padre Méndez, desde un principio,
supo ver el potencial de las redes sociales; montó sus propios canales en
diversas plataformas, donde su desparpajo y capacidad de convencimiento le
granjearon una enorme cantidad de seguidores. Sin embargo, las actuaciones más
atrevidas las reservaba para las distancias cortas. Tenía un pequeño coro de
entusiastas a los cuales, después de haber convivido con las complejidades del
mundo moderno y la existencia digital, su mensaje de volver a unos valores más
sencillos, más puros, los de sus abuelos, les hacía especial ilusión. Sobre
todo a mujeres, muchas de ellas jóvenes e inmigrantes. Por ello, organizaba
reuniones en las que desvirtualizó a unas cuantas. Les alojó en una casa con
amplios cuartos en el centro (una vieja casa de realquilados), pero hacían vida
comunal. Allí, se dedicaba a hacer varias misas diarias en el salón, que
empleaban como si fuera una iglesia. Sólo que las ceremonias eran un poco -por
así decirlo- originales. En los vídeos en redes sociales, el padre Méndez
comentaba que habían llegado a hacer a hacer una misa de veintitrés horas sin
que él ni ninguno de sus seguidores (¿acólitos?¿miembros de una secta?) se
sintieran cansados. Lo que no decía era que, en mitad de sus misas, se quitaba
las ropas y empezaba a temblequear como si estuviera poseído. A la luz de
aquellos actos, alguno se hubiera preguntado si la aseveración del padre Méndez
de que en aquellas ceremonias realizaban varias comuniones al día había alguna
clase de doble sentido. Sin embargo, sus seguidores en el canal de Telegram, al
contemplar de manera confidencial los vídeos que mostraban aquellos extraños
bailes, los devoraban acríticamente, y los nuevos followers que se
incorporaban al canal (seducidos primero por el escándalo, y más tarde por la
sensación de que algo auténtico tenía que haber detrás de aquellas extrañas
manifestaciones) se sentían más seducidos que suspicaces frente a aquellas
perturbadoras imágenes. El boca a boca se extendió de manera presencial, y
también en red: muchos llegaban a verbalizar lo especiales que se sentían al
formar parte de un movimiento tan único, con un líder que tenía tanta
personalidad, y las ideas tan claras (en contraposición con el vacío que, con
anterioridad, había llenado sus vidas), y destacaban también el sentido de
comunidad que habían encontrado en aquella nueva agrupación. La afluencia, por
supuesto, empezó a aumentar, en Youtube y otras redes; con ella, llegaron
también las donaciones. El padre Méndez podría haber parado allí, pero por
supuesto, aquello no iba a ser suficiente: él sabía que la marca requería
crecer y, además, su ego necesitaba siempre más.
Se ha dicho que en el siglo
XVII “la obsesión era la otra vida” (Juan Eslava Galán, “Historias de la
Inquisición”; pág. 171). En verdad, muchos se desvivían tanto para hacer
méritos en el otro mundo, que cabía preguntarse si disfrutaban en algún sentido
de éste. Claro que puede ser lo natural cuando el universo terrenal no tiene
demasiado que ofrecerte. Desde ese punto de vista, la promesa de la vida eterna
no resulta mal atractivo. Llegar al cielo, hacerse acreedor de un rinconcito en
el paraíso, exhibir tu futuro -como anticipo del premio a largo plazo- en forma
de buenas obras que te llevarán hasta él. En el siglo XXI, hay otra clase de
ensimismamiento: por la otra vida, la digital, la que no refleja la real en
absoluto. Sino que es inmaculada, rutilante, perfecta, donde tus buenos actos
también te definen: desayuna aguacate, disfruta de vacaciones en Punta Cana,
viste de primeras marcas, abraza niños negros en África, donde su piel
contrasta en mayor medida con el azul del filtro “Tropical”. Los principios,
sin embargo, son los mismos: pórtate bien en esta vida, y tendrás una
existencia digital perfecta. Haz las cosas como debes, y abandonarás esta
existencia de miseria, casas estrechas, sueldos bajos, humillación. Y, con un
poco de suerte, si el flujo de publicaciones se mantiene constante, y brillas
lo suficiente, tu vida, de una manera u otra, quizá empiece a parecerse a
aquella otra que pretendes aparentar.
Entonces, el padre Méndez soltó
la bomba: iba a morir en tres semanas exactas. Pero no porque estuviera enfermo:
al contrario, se sentía como un roble. Se lo había comunicado Dios en persona,
a través de un mensaje tan diáfano como cargado de esplendor divino. La noticia
empezó de manera simple, con un simple vídeo enlazado a un post. Después, se
viralizó. El número de seguidores aumentó instantáneamente en todos los
formatos, redes y canales. Salió en prensa y hasta en la tele. De repente, la
descreída sociedad española sufrió un ataque súbito de fervor religioso. ¿Por
qué no?, decían algunos, las modas siempre vuelven, y nunca hemos descartado del
todo nuestros viejos ritos ancestrales. Se contemplaron escenas que hacía
décadas que no se veían: lisiados e invidentes haciendo cola para que el hombre
santo les curase, antes de que cruzara con la barca de Caronte al otro lado. La
diferencia es que en la época en que todo el mundo era católico por definición
no estaba Cuarto Milenio filmando, dando a entender que ellos, de alguna
manera, habían anticipado la noticia. De hecho, había peleas por debajo de la
mesa por ver qué productora iba a proporcionar el alojamiento que albergaría
durante los últimos días el cuerpo del ilustre finado y, por tanto, quien
tendría derecho a retransmitir en directo sus últimos momentos de agonía, el
transporte del cadáver y el sepelio. Por supuesto, nadie se atrevía a decir en
voz alta que aquella predicción era tan sólo una fantasía, un delirio
egocéntrico fuera de la realidad: porque aquello significaría acabar con la
gallina de los huevos de oro, y nadie pretendía que se terminara la fiesta, al
menos, mientras hubiera cáscaras doradas que recopilar. En la calle, mientras
tanto, en los mentideros de la ciudad de Sevilla, por supuesto, se producían
discusiones: había quien lo negaba, había quien lo defendía, había quien no
creía al padre, pero… (ese “pero” que acaba matando casi todas las buenas
cosas). Las autoridades civiles y eclesiásticas, entre tanto, no querían entrometerse
y lo dejaban estar: bien sabe que no es sano interponerse en aquellos asuntos
que al pueblo enardecen en demasía. Si acaso la cosa se descontrolaba, siempre,
más tarde, podrían actuar.
¿Qué
hacía, al tiempo que sucedía todo esto, nuestro buen padre? Parecía retirado de
este mundo. Nadie sabía muy bien donde estaba. Era su representante el que más
hablaba, a semejanza del custodio de un Santo Grial. Méndez sólo aparecía en
redes muy de vez en cuando, como si ya estuviera más fuera que dentro de esta vida.
Trascendía que comía muy poco: prácticamente, decían, vivía del aire. Por
supuesto, moraba rodeado de sus fieles, que le profesaban tal atención que casi
se diría que, más que observarle, le absorbían. Por supuesto, el padre Méndez
estaba encantado. Completamente en su salsa. Hablaba con sus muchos seguidores,
sin dar síntomas de agotamiento, a pesar de las muchas horas despierto. Por
supuesto, aquello se interpretó como un milagro, y la rumorología empezó a
atribuirle muchos más: desde que flotaba en el aire hasta que las cámaras se
ponían en marcha en su sola presencia (por supuesto, los fenómenos divinos han
de adaptarse a los nuevos tiempos). En su presencia, por supuesto, los seguidores
aprovechaban: le tocaban la cara, la nuca, las manos. Recogían el sudor de su
frente (“el rocío de sus labios”, describió de manera poética un bloguero) e,
intentando pasar inadvertidos, le arrancaban fragmentos de cabello o le
cortaban trozos de ropa. El padre Méndez se daba cuenta de todo, pero dejaba
hacer igual, y sonreía. A una señora mayor le dio por colgarle, al santo varón,
un rosario en el cuello, y pronto acabó tan cargado de cuentas que, conforme
caminaba, repicaba como un sonajero. Luego los rosarios eran retirados y la
gente se los llevaba a su casa, aunque se encontró alguno vendiéndose a buen
precio en AliExpress, y también en el Rastro. De igual modo, no era raro
encontrar por aquella época (no sólo en la ciudad, sino por todo el país),
tazas y camisetas referidas al mágico acontecimiento. También se subastó en
eBay un trapo con la certificación de tener estampada la efigie en sudor de la
cara del padre Méndez. Al fin y al cabo, salvo el de los panes y los peces, los
milagros no dan de comer, pero la creencia en ellos puede originar pingües
beneficios.
Se ha dicho que en el siglo
XVII florecía la picaresca. Parece a ratos como si se tratara de un mal
endémico y exclusivo español, como si nunca hubieran existido un Fagin, el
hombre que vendió varias veces la torre Effiel, o el que pretendía cortar a la
mitad y (darle la vuelta a una sección) a la isla de Manhattan. Como siempre,
sin embargo, en aquella era la picaresca tenía dos velocidades o, mejor dicho,
dos niveles bien diferenciados. Estaba el pobre que se las buscaba para
sobrevivir: el lazarillo que le roba la comida al ciego; el niño de manos
habilidosas que castiga el descuido de dejar la bolsa muy suelta (como premio,
te proporciona la advertencia de que tengas más cuidado); el amigo que conoce a
un amigo que a su vez conoce a un amigo que te puede meter mano en un negocio
no del todo legal -igual que, en Roma, todo el mundo tiene un colega que maneja
las llaves de un tesoro arqueológico que nadie más puede ver, y te sientes privilegiado
a causa de ello-. Frente a ellos (pobres pajarillos que rapiñan las migajas que
la vida no les ha querido regalar) tienes a los grandes halcones que vuelan
alto y se pasean por los palacios del gobernador y del obispo, en ciertos
tiempos, o los de la Junta o la Moncloa, en siglos diferentes. Como suele
decirse, mientras unos llevan la fama, otros cardan la lana. El problema es
que, como cada uno hace su pequeña trapacería, cuando llega la hora de imponer
un sistema más justo, incluso los que deberían salir favorecidos se oponen, por
miedo a que le quiten ese escaso trozo de privilegio que han conquistado. De
esa manera, el gran ladrón queda impune para poder seguir enredando sus
desmanes, y quejándose de los Guzmán de Alfarache al que él supera por mil.
Pero siempre da más color local ese pícaro de baratillo que merodea las
tabernas, que juega a los dados y a las cartas, y que corre por las plazas
públicas informándose de todas las novedades acerca del padre Méndez, a veces
por malsana curiosidad, como todo el mundo, y en ocasiones por averiguar qué
puede caer de allí. Total, no va a hacer negocio una solo persona con la
religiosidad de los feligreses…
Mientras
tanto, la gente que iba a verle, claro, le preguntaba por su próxima vida en el
cielo. La mayor parte salían de aquella conversación sonrientes, pues el padre
Méndez sabía muy bien qué era lo que quería escuchar el interlocutor con el que
dialogaba. Pero claro, hablando durante casi veinticuatro horas al día, es
fácil cometer errores. Como a una señora a la que le dijo que dentro de poco
iba a ir al cielo, cosa que por lo visto a la mujer, que aún esperaba incordiar
en este mundo un rato más, no le hizo ninguna gracia. A otra en cambio le
anunció que iría a visitarla después de muerto, y la buena dama no se mostró
muy conforme con eso de tener que invitar a un fantasma a té y pastitas. De vez
en cuando, además, el padre Méndez iba haciendo predicciones públicas para
después de su muerte: algunas eran un poco apocalípticas, sobre todo en
dirección a aquellos habitantes de la ciudad (o internautas) que se habían
metido con él desde el primer día. Otras, en cambio, destacaban cómo, tras su fallecimiento,
se produciría una ola masiva de conversiones. El padre Méndez ya había hecho
testamento digital, indicando a quién le legaría sus redes sociales para que,
aunque él se fuera, no quedaran desasistidos de auxilio espiritual. Se preguntó
si sería posible, desde el cielo, continuar manejando su canal, así que le
encargó a sus sustitutos que no cambiaran las contraseñas, por si acaso tenía
la oportunidad de grabar un vídeo desde lo más alto. Nunca se sabe cuándo vas a
mandar una exclusiva en lo que se convertirá en un hito histórico.
Llegó
un momento en que, en el lugar de refugio del padre Méndez, había tal
aglomeración de gente (y también de solicitudes digitales) que tuvo que poner
fin a todo. Dio un discurso de despedida y colgó un vídeo -lo primero antes que
lo segundo, para pulir detalles de cara a lo que pasaría a la posteridad- donde
hizo un repaso de su vida, por supuesto bajo un prisma muy positivo, y cargado
de subjetividad. En sus múltiples adioses se derramaron lágrimas, se vertieron
toneladas de comentarios, se desplegaron innumerables aplausos, y por supuesto likes.
Después, toda manifestación digital y física cesó por completo, y se hizo
el silencio.
Dicen
que el siglo XXI proliferan los bulos. Pero el siglo XVII tampoco era moco de
pavo. Un par de cientos de años antes, una mentira que hablaba de judíos
secuestrando y desmembrando a un niño en Toledo (niño que nunca llegó a encontrarse,
porque no existía) desembocó en la condena de varios conversos por parte de la
Inquisición, y terminó de dar un empujón al decreto definitivo de expulsión de
los judíos. Muchas veces estos rumores -como ahora- llegaban de manera
interesada, sobre todo de los de arriba (los que tenían más capacidad de
influencia y de difusión, empleando el pecunio si hacía falta) contra los de
abajo, con el objetivo añadido de sembrar cizaña entre los más pobres. Si hoy
es contra inmigrantes, entonces era contra cristianos de origen judío -porque,
por supuesto, los “cristianos viejos” no iban a competir contra ellos en
igualdad de condiciones-. Los bulos, hoy como entonces, siempre han ido
dirigidos, y buscando nuestro lado más oscuro: luego, la capacidad de la gente
de creerse cualquier tontería, y de atacar a su igual, funcionan para hacer el
resto.
Sin embargo, unos cuantos días antes de que se
cumpliera el plazo, surgieron las primeras dudas. Parecía que el padre Méndez
no las tenía todas consigo: quizá se veía demasiado sano o, quizá, ahora que se
acercaba el plazo, principiaba a flaquear la fe que su cerebro había puesto en
su propia mentira. A ratos, el padre se ponía a especular que la muerte podía
llegar un poco antes, o tal vez un poco después. Cuando uno de sus acólitos más
cercanos se horrorizaba ante este comentario, proclamando que, si la fecha se
retrasaba, el cachondeo en Twitter iba a ser épico, el padre Méndez replicaba,
con estoicismo: “A lo mejor me toca esconderme en un monte”. Por suerte, él no
había leído “El disputado voto del señor Cayo” de Delibes, y no se le había
ocurrido la solución que uno de los personajes citados había dispuesto para un
caso semejante, y que implicaba tomar parte activa en la cuestión: o quizá sí
lo había pensado, pero tenía demasiado apego a la vida como para planteárselo.
Por Internet seguía manteniéndose el mutismo desde las cuentas oficiales, pero
un seguidor muy activo dijo que él también había tenido una visión por la cual
el padre Méndez viviría aún unos cuantos años para servir al Señor, todavía en más
y mejor medida. Por lo visto al cura se le vio aliviado al leer ese mensaje,
aunque sus ayudantes se mostraron cariacontecidos al pensar en aquella
posibilidad.
Al
final, llegó el día de marras. El padre Méndez dijo que iba a pasar sus horas
finales, justo antes de la medianoche fatal, en la iglesia, acompañado de una
cámara subjetiva que grabaría sus últimos momentos delante de millones de
internautas. El padre se despidió de sus devotas y se encaminó muy despacio hacia
el edificio, como si de esa manera alargara o retrasara el instante definitivo.
Luego, llegado al sitio (donde se habían reunido unos pocos y escogidos
fieles), se arrodilló y se puso a rezar. Un médico que formaba parte de su
equipo le tomaba diversas mediciones continuamente: pero, pese a que el
sacerdote se había pasado sin comer las últimas veinticuatro horas, y había
recorrido su habitación durante aquel tiempo, sin pausa, de arriba abajo (como
si pretendiera forzar su propia muerte a base de castigar el cuerpo), aparte de
encontrarle un poco débil, por lo demás le veía completamente normal, sin
ningún indicio previo de lo que, presumiblemente, iba a ocurrir. Cuando sólo
quedaban unos instantes para que expirara el plazo, el padre realizó un último
gesto: “Adiós, hermanos míos”, declaró ante la cámara con voz queda, mirando
virtualmente a los ojos. Llegaron las doce menos diez segundos, llegaron las
doce en punto, esperaron unos cuantos minutos por si no andaban ajustados al
cien por cien sus relojes, aguardaron a que transcurriera el primer minuto de
rigor, luego comprobaron que no se habían equivocado, después dejaron que
pasaran tres, cinco, diez, veinte giros de segundero, una hora. Cuando a las
dos de la madrugada quedó claro que allí no iba a haber milagro ni se le
esperaba, los asistentes fueron abandonando poco a poco, con la cabeza gacha y
cara de circunstancias, el recinto. En un momento determinado, el cura apagó la
cámara, se levantó, y sin despedirse de nadie, se fue. Nadie supo del todo
donde había pasado aquella noche, aunque muchos decían que en un hostal para
almas en pena donde nadie hacía demasiadas preguntas.
Dicen que en el siglo XXI florecen los narcisistas. En la película “Pactar con el diablo”,
Satanás, interpretado por Al Pacino, llega a afirmar que “la vanidad siempre ha
sido mi pecado favorito”. Los narcisistas han existido siempre: unos activos
(pretenden ser admirados), otros pasivos (siguen a sus ídolos como la luna, que
ansía brillar a base de reflejar los rayos del sol). Muchos de estos últimos,
en realidad, son gente con muy baja autoestima, que esperan localizar un
remedio para sus males en un conocimiento ignoto que nadie más posee, y que les
hace por tanto superior al resto. Lo cierto es que en el siglo XVII también
había narcisistas, como en todos los lugares y en todas las eras, y como bien
demuestra el caso del padre Méndez en Sevilla: la gran diferencia con el siglo
XXI es que nunca éstos han tenido a un público tan masivo, a través de las
redes sociales, y por tanto han extendido sus tentáculos sobre tantos
individuos, hasta el punto de fundar auténticas sectas, con miembros renuentes
a cualquier clase de lógica racional. Pero las estrategias son las mismas:
tratar de convencer a través de la emoción (por ello apelan a ti de manera íntima,
y en primera persona: de ahí que la imagen, y sobre todo los vídeos, sean su
principal herramienta de trabajo) de una hipotética verdad que tú deseas creer,
y que por supuesto a él le va a reportar atención, y casi siempre dinero. De
hecho, este último llega directamente con la visualización, con lo cual ya no
hace ni falta que saquemos la cartera para darles de comer a esos estafadores.
Así que, por favor, no veáis sus vídeos; no difundáis sus publicaciones; no
alimentéis ese troll que está viciando la mente de tus vecinos, de tu familia,
de tu casa. Eso es lo que quieren: y hasta que no lo consigan, no van a parar.
En la soledad de su refugio, un
amigo visitó al padre Méndez. Este último le preguntó qué debía hacer. El compañero
de lágrimas le aconsejó que volviera a los principios: que ejerciera la caridad,
por los barrios de Sevilla, para ayudar a los más necesitados. Dijo que, si obraba
así, al principio, desde luego, el nivel de burlas sería un hartazgo, pero que
luego conseguiría hacerse perdonar, y que todo se apaciguaría en unos pocos
días.
No las tenía todas consigo el
padre Méndez cuando salió a la calle, pero, finalmente, se atrevió. La gente le
señalaba en voz alta y le zahería, entre risas, preguntándole por su obra
maestra. Ante lo cual el sacerdote respondía, resignado, entristecido,
lacónico: “el demonio me ha dado un mal golpecito”.
Por sorprendente que pudiera
parecer, al principio, la mayoría de sus followers le defendieron.
Dijeron que Cristo, para salvarnos, tuvo que morir; esgrimieron (emulando a
Borges, sin saberlo) que Judas, para abrir el camino del cielo, hubo de sufrir
el tormento, el arrepentimiento, la humillación; y argumentaron que el padre
Méndez había hecho también el ridículo por mandato de cielo: para con ello
predicar la humildad, para que nadie se creyera más grande que otro. Pero
aquello coló solo a medias, porque la ristra de comentarios que siguió a esas
declaraciones alimentó millones de caracteres que combinaban mofa (y befa) con
toneladas de sensación de vergüenza ajena. Con el tiempo, sin embargo, hasta
eso cesó. Poco a poco, el ruido se fue apagando, porque todos, de una manera u
otra, deseaban un retorno a la normalidad.
Mientras tanto, un día, de manera
inopinada y casi inadvertida, los diversos perfiles digitales del padre de
Méndez (la página y el perfil de Facebook, el de Twitter, Mastodon y Bluesky,
el de Instagram y Tik Tok, el canal de Youtube y el de Telegram, el grupo de
Whatsapp, un sin número de bots, perfiles falsos, cuentas B) desaparecieron de
golpe. Como si nunca hubieran existido. Se generó un inmenso hueco, un espacio
vacío. En la calle, si preguntaban, los antiguos fans del fenómeno del año negaban
hasta tres veces “no, yo nunca he seguido al padre Méndez”, y ponían de
referencia a otros youtubers de la misma quinta que habían prosperado a
su sombra, pero que ahora se desmarcaban y trataban de adoptar un perfil
diferenciado. Hubo, desde luego, muchos chistes, toneladas de sarcasmo, alguno
hizo sangre, pero no demasiado: quien más, quien menos, todo el mundo tenía un
amigo, una prima, un hermano que la había cagado con eso, y tampoco era cuestión
de restregarles una conspiranoia que, después de todo, y al contrario que otras
más tóxicas, no había hecho daño a nadie, salvo a los incautos que ahora
servían de carnaza para el regocijo general.
Sin embargo, a los pocos meses,
empezaron a aparecer perfiles con un cierto parecido al del cura que lo había
revuelto todo. Ninguna de ellas se identificaba como “padre Méndez”: esta vez
había un apodo, un avatar, un nombre de usuario, una forma u otra de ocultar una
identidad. No estaba claro si los viejos enlaces acerca del padre Méndez en la
prensa generalista habían sido borrados (el olvido digital todavía era un
asunto sometido a numerosos vacíos legales), pero una oscura y concienzuda
labor de borrado, aclarado y posicionamiento habían provocado que los
resultados más certeros sobre el tema pasaran a la segunda página de Google
-ésa, según dicen, donde un cadáver se puede ocultar-. Está claro que la muerte,
en el contexto digital, realmente no existe, o cuanto menos es un asunto que
exige cierta discusión. En los comentarios de algún vídeo, cuando alguien
decía: “oye, ¿ése no se parece al padre Méndez, el que la cagó con su propia
muerte?”, nadie respondía o, si acaso, recibía como toda respuesta, por parte
del autor del vídeo, un escueto like.
Ya se sabe que los tramposos, con el tiempo, o te acaban reprochando que caigas
en la estafa, o te hacen partícipe de la misma, como si todo fuera un juego, y
la mejor opción, si te engañan, es reírte y disfrutar. Es su manera de
sobrevivir: si se tomaran a sí mismos demasiado en serio, después de todo (y
sobre todo en el caso del padre Méndez), tendrían que morirse. Y, por supuesto,
eso jamás.
FIN
Nota
al pie: en la versión real de esta historia, el padre Méndez tuvo la decencia
de fallecer a los pocos meses de estos sucesos, quizá de agotamiento (o tal vez
de vergüenza). En la época actual, estoy seguro de que hubiera experimentado
una segunda o tercera resurrección.
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