Es posible que hayáis leído esta historia en más de un sitio, como me ha ocurrido a mí, pues el relato de cómo sesenta esclavos africanos son abandonados en una isla desierta sin apenas recursos ni agua potable durante quince años es como para conmover a cualquiera. Pero cada una de esas narraciones carece de una parte interesante de la crónica completa, así que he decidido plasmar la versión que considero más completa por aquí, en un blog que, al fin y al cabo, es sobre todo para divertirnos, aunque sea mediante un acontecimiento tan ominoso.
Nuestra historia tiene lugar en la isla de Tromelin, que pertenece al grupo denominado "las islas dispersas del Oceano Índico", un grupo de islas en su mayoría deshabitadas (Tromelin es la excepción) situadas entre Madagascar y África que, aún hoy, pertenecen a Francia. Tromelín -la cual, en concreto, está situada al este de Madagascar- es bastante pequeña: el tamaño es de alrededor de 1700 metros de largo (algunas fuentes lo amplían a 4 km; de todos modos, ya sabéis que es fácil que la extensión de estas islas cambie según los ciclos de marea) por 700 de ancho. Durante mucho tiempo estuvo poblada principalmente por meteorólogos, pero ahora sólo existe una guarnición de 15 soldados que la protegen. Eso sí, en la época que nos ocupa no habitaba nadie allí, y de hecho, ni siquiera se llamaba Tromelín, sino Île des Sables (isla de arena) porque, bueno, allí no hay mucho más, la verdad. Y ése iba a ser uno de los grandes problemas.
En 1760, parte del puerto de Bayona (Francia) el barco L'Utile, que debía dirigirse a las factorías francesas en la India, previo paso por la isla Mauricio y, antes por Madagascar, con una tripulación de 142 hombres. Pero, en esta última isla, el capitán Jean de la Fargue decide hacer un negocio adicional y comprar 160 esclavos. El problema no es que adquiriera esclavos (porque en aquella época, estaba permitido en buena parte del mundo), sino que en Francia éste era un negocio que era monopolio del estado, así que, propiamente, aquel acto era ilegal, ya que carecían de los permisos apropiados. Por eso, para que no les detecten, el capitán decide ir por una ruta alternativa a la tradicional: la tragedia reside en que tenían dos cartas marítimas contradictorias, hacía mal tiempo (era invierno en ese hemisferio), y la navegación nocturna en aquella era no era una ciencia exacta, así que acabaron embarrancando con los arrecifes de Tromelin y el barco se fue a pique.
En un primer momento, la mayoría sobrevive. Las cifras de las distintas fuentes varían (entre 0 y 20 fallecidos en la tripulación, entre 70 y 100 entre los africanos), pero la clave aquí fue que, como el L'Utile no era un barco de esclavos, éstos no iban encadenados, y los que no estaban encerrados en la bodega pudieron nadar hacia la orilla. Claro que cabría preguntarse quiénes lo iban a pasar peor.
Como consecuencia del naufragio, el capitán pierde la cabeza, y es el segundo de a bordo, Barthelemy Castellan du Vernet, quien se hace cargo de la organización para la supervivencia. Sacan todo lo que pueden del barco hundido (comida y agua, velas, madera del propio navío) y crean dos campamentos -uno para la tripulación y otro para los esclavos, que para todo hay clases-, una fragua, un horno y un pozo. Es sorprendente que los africanos colaboren activamente en todas estas labores, a pesar de que los suministros los gestiona la tripulación, mientras que los esclavos se tienen que buscar la vida (de hecho, parece que 20 de ellos murieron por falta de agua). Entre todos, sobreviven comiendo tortugas, aves marinas y pescado. Además, construyen un barco para salir de allí; lo terminarán en septiembre de 1761, lo bautizarán como Providencia, y en él se embarcarán los miembros de la tripulación, dejando a unos 60 esclavos de origen malgache abandonados a su suerte. Eso sí, les prometen que van a regresar para salvarles; la gran motivación que encontró Castellan para que los africanos trabajaran en la construcción del bajel fue ese juramento, y también que les firmaba un escrito que les liberaba de la esclavitud cuando volvieran a tierra. Queda a vuestro parecer imaginaros la cara de esos esclavos, y si reflejaban escepticismo ante la posibilidad de cumplimiento de esa promesa.
Cuando llegan a Mauricio (entonces llamada "Isla de Francia"), es verdad que la tripulación le pide al gobernador de la isla que mande un barco de rescate, pero éste se niega por tres motivos: 1) le había molestado mucho que compraran esclavos de manera ilegal, y quería castigar a los marineros de L'Utile -fastidiando con ello a los náufragos malgaches: todo un clásico-; 2) adujo que estaban en medio de la Guerra de los Siete Años con Inglaterra, que no podía prescindir de un barco en un momento como aquel, y que, si rescataba a los africanos, eso suponía 60 bocas más que alimentar en tiempo de guerra; 3) aunque no lo dijo abiertamente, el hecho de que fueran africanos negros algo debió de pesar. Castellan insistió activamente en que debían mandar un barco, e incluso parece que trató de organizar varias expediciones de rescate, pero ninguna de ellas fructificó (según una fuente, llegó a mandar hasta tres barcos, pero las cartas náuticas eran tan malas que nunca conseguían localizar la isla). Al final, Castellan marchó a París, donde siguió insistiendo en su petición, lo cual generó cierto debate entre los círculos intelectuales de la capital. No obstante, las preocupaciones de la Guerra de los Siete Años (y el hecho de que quebrara la Compañía Francesa de las Indias Orientales, propietaria de L'Utile) hicieron que los franceses se olvidaran de esos pobres individuos perdidos en una isla situada a 450 km de la tierra habitada más próxima. Prácticamente todos les dieron por muertos; pero los más afortunados (es un decir) sobrevivieron allí hasta 15 años.
En la isla, como hemos dicho, no había prácticamente nada: de hecho, sólo crecían 2 ó 3 árboles (palmeras y cocoteros) y unos cuantos arbustos. Pero entre eso y la madera que les quedaba del barco, los esclavos construyeron una hoguera se mantuvo encendida de manera ininterrumpida todo el tiempo que estuvieron allí -aunque las evidencias arqueológicas dicen que utilizaron herramientas para reavivarlo-. Emplearon elementos de cobre del barco para construir recipientes con los que recoger el agua de lluvia; y entre los corales y las piedras de la arena crearon refugios en los que protegerse de las inclemencias del tiempo y los ciclones, o de las inundaciones que podían llegar a cubrir toda la isla. Hay que decir que estos malgaches eran de la parte central de la isla de Madagascar, así que no eran precisamente duchos en el arte de sobrevivir mediante recursos costeros: pero cazaron tortugas, aves y pescado para alimentarse, trenzaron plumas de pájaros para vestirse, e incluso renunciaron a sus principios religiosos (que les impedían usar piedras para ninguna otra cosa que no fueran tumbas) porque, cuando se trata de sobrevivir, hay que mostrar cierta flexibilidad. Algunos intentaron construir balsas o incluso se dejaron llevar por maderos a la deriva: ya os podéis figurar cuál fue su destino.
Entre tanto, tres fueron las veces que pasaron navíos cerca de la isla. La primera, un barco que pasó en 1773, los avistó, pero no se detuvo, aunque avisó a las autoridades de que allí había gente, así que enviaron un buque que por lo visto no llegó a a isla, y no se hizo mucho más. Más de un año después, se fletó un segundo barco, La Sauterelle, que no pudo aproximarse tampoco a Tromelin por el mal estado de la mar, pero mandó un marino en un bote. El bote quedó destrozado por las olas, y aunque el marinero logró llegar a la isla a nado, La Sauterelle fue definitivamente incapaz de acercarse, con lo cual la isla contaba ahora con un náufrago más. No sabemos cuánta gente quedaba por allí todavía (por lo visto, la mayoría de los esclavos murieron durante los primeros meses), pero el marinero consiguió que le ayudaran a construir una balsa, y él, junto con otros tres hombres y mujeres, partió a la mar. Sorprendentemente, parece que el barco llegó hasta Mauricio, lo que causó gran sensación, e hizo que se fletara con toda la rapidez posible un barco de guerra para el rescate definitivo.
Al mando de este barco, La Dauphine, iba Bernard Boudin de Tromelin (a partir de entonces, la isla lleva su nombre), que encontró a los supervivientes: aunque la fuente más completa dice que fueron hasta 14, la mayoría dicen que eran 8, 7 de ellas mujeres, y un bebé de 8 meses nacido en la isla, el único en toda su historia. Se les llevó a Mauricio, donde el nuevo gobernador decretó su libertad y les dio la posibilidad de regresar a Madagascar, que todas las supervivientes declinaron. Además, el gobernador, Jacques Maillart, adoptó al bebé, al que puso de nombre Jacques Moyse (por Moisés, "rescatado de entre las aguas"); a la madre del mismo -llamada en malgache Semiavou, "alguien que no está orgulloso"- le cambió el nombre a Eva; y a la abuela, Dauphine, por el nombre del barco de rescate. Toda la familia fue acogida en casa de Maillart durante el resto de sus vidas.
El caso de Tromelin tuvo sus consecuencias. El pensador Nicolás de Condorcet utilizó el ejemplo de estos malgaches en sus "Reflexiones sobre la esclavitud de los negros" para promover la abolición de la esclavitud, que se lograría con la Revolución Francesa (aunque Napoleón la volvió a imponer en cierto momento; fue ya avanzado el siglo XIX cuando se abolió en todos los territorios franceses). Por otra parte, en la isla de Tromelin -donde ahora hay una estación meteorológica y una pista de aterrizaje- ha habido hasta cuatro expediciones arqueológicas promovidas por la UNESCO para tratar de descubrir a fondo lo que ocurrió durante esos 15 años: han encontrado, entre otros objetos, el diario de un tripulante, útiles de cocina (y la cocina), una piedra usada para afilar los cuchillos, algunas tumbas, y, en fin, la firme demostración de que la voluntad del ser humano para sobrevivir se obstina en mantenerse viva a pesar de las visicitudes.
En fin, como veis, una historia apasionante, de las que evoca el espíritu aventurero. Aunque espero que, si alguna vez tenéis la ocasión de visitar esa zona, sea en mejores circunstancias.
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