lunes, 16 de marzo de 2026

La historia corta de marzo: Quien lo probó, lo sabe

            Todos los días, cuando volvía a mi casa por la tarde, después de haber trabajado duro por la mañana en el campo, me encontraba a esa muchacha sentada leyendo un libro debajo de la reconfortante sombra de una encina. Me gustaba su postura, su porte pausado y sereno, su sonrisa melancólica, y esa forma tan concentrada que tenía de abstraerse en la lectura, como si no pudiera hacer otra cosa.

            Día tras día, la iba viendo siempre ahí, en esa misma posición, sin levantar nunca la vista, enamorándome en cada recodo, cada abismo, de su fascinante silueta. Pero yo no me atrevía, tímido y cobarde, siquiera a acercarme para hablarle un poco, para iniciar un primer contacto. De forma que cada vez temía más que, un día cualquiera, ella, simplemente, ya no estuviera allí.

            Por eso me animé. Un día, me acerqué hacia ella con un ramo de flores silvestres (qué inútil, qué cursi, y al mismo tiempo, no sabía qué era mejor que eso, quizás un libro), y se lo puse delante. Ella no lo recogió.

            Aunque luego comprendí que no era por desprecio o indiferencia. Es que la chica, en realidad, era un espantapájaros.

            Desde entonces, cada vez que paso por allí, ya no la miro de la misma manera. Ahora me acerco, le cambio la página, para que pueda seguir leyendo el siguiente capítulo y no se aburra con la misma lectura, y me alejo de nuevo, despidiéndome un breve saludo.

            No la iba a dejar de amar sólo por ser de paja...

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