Sucedió en Madrid.
Una tromba de agua cayó en la ciudad de Madrid, provocando, entre otras cosas (y gracias a los socavones de las obras que hacen que la ciudad pueda compararse con un queso Gruyere), un completo caos de metro o circulatorio. Pero lo más importante, estaba aconteciendo en la superficie.
En un estrecho paso limitado por las obras, un gran charco, como una piscina de 4 metros de largo, se extendía ante los transeúntes, dejando sólo un estrecho sendero para pasar, al final del cual había que enfrentarse a un inabordable metro de agua que no se podía bordear.
Así que la gente, comenzó a organizarse en fila india (filas de cuatro o cinco personas, las más ancianas cogidas de la cintura), por el estrecho sendero, y finalmente, cuando llegaban al último charco, al reto final, se atrevían a saltar.
Una chica, animosa, comenzó a aplaudir estentóreamente cuando el primero de los peatones consiguió salvar la prueba.
A continuación, el resto de los habitantes de Plaza Castilla (que era donde tuvo lugar este suceso), cada vez que uno de los aventureros saltaba, le recompensaba con un aplauso.
No está mal que de vez en cuando nos
premien nuestras pequeñas heroicidades diarias: probablemente no necesitemos
quince minutos de fama, sino un par de aplausos por día.
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