lunes, 27 de julio de 2026

Las historias cortas de julio: Para comunicarse hacen falta pocas palabras

Pero cuando Juana gritó "¡Guapa!" de manera aparentemente espontánea al paso de la virgen en la procesión de Semana Santa, a quien verdaderamente miró fue a su compañera Julia. Y así fue como Julia descubrió que Juana siempre había estado secretamente enamorada de ella.

 *

El día que Paco, el operario mecánico, perdió la mano izquierda en un accidente de trabajo, él, que era sordo, también perdió su medio de comunicación habitual (el lenguaje de signos), así que se quedó mudo. Para ayudarle, sus compañeros de trabajo le han construido una prótesis que permite que, con leves movimientos del brazo, una mano izquierda de plástico articule los signos que quiere expresar. De esa manera, más que de ninguna otra, le han demostrado su aprecio.

Él, por otra parte, con ambas manos, la suya y la que le han regalado sus amigos, compone el lenguaje de signos con tanta poesía que parece que, en el aire, está pintando.

lunes, 13 de julio de 2026

El libro (¿libros?) y ¿la película? de julio: "El bar de las grandes esperanzas", de JR Moehringer

JR Moehringer (si es que ése es su verdadero nombre, pues la historia de esas iniciales sin puntos trae tela; la descubriréis en el libro) ya me sorprendió en el pasado con "A plena luz", una novela que ficcionaba una escueta noticia de periódico para construir la semblanza al completo de un carismático atracador de bancos. En este sentido, cuando leo "El bar de las grandes esperanzas", un libro protagonizado por alguien con el nombre del autor, que parece eminentemente autobiográfico, y que según el epílogo es prácticamente un libro de memorias con casi todos los nombres conservados, me da por sospechar. Y es que Moehringer es un maestro contando historias, del tipo de los que creen que un buen relato es demasiado bueno para que la verdad se interponga y lo chafe. Y aun así, tiene pinta de realista: como la vida, la narración sufre súbitos cambios de dirección, retorna varias veces al mismo punto, no tiene finales redondos, y, salvo alguna escena resuelta con brillantez, nada nunca es tan romántico como uno se lo imagina. Pero hay que reconocer también que este cuento de perdedores, de conversadores, de gente que se refugia en los bares, no sólo para beber, sino sobre todo para hablar; este viaje de cómo un niño busca la masculinidad que cree que nunca adquirió por carecer de padre; este homenaje al acto de contar historias, ya sea en un bar, en un libro, desde un periódico o a los amigos; esta historia, en fin, de cómo alguien crece y supera las adversidades (especialmente, la mayor de todas: el miedo a enfrentarse a uno mismo) es un relato apasionante, telúrico y absorbente, de los que engloba el universo y el tiempo den su totalidad porque, al fin y al cabo, transcurre en Nueva York, y como todo neoyorkino sabe, fuera de sus fronteras no hay nada que merezca ser nombrado. Y, por supuesto, transcurre en los bares y a través de gente que vive en los bares, con todas sus grandezas y sus miserias, y escapa de los bares para adentrarse en los recovecos siempre complejos de la familia, la universidad, el mundo laboral, el maravilloso mundo de los libros y, especialmente, el amor, ese laberinto insondable.

En fin, que os lo leáis: es largo, tiene una prosa envolvente y compleja (en ocasiones, como una catedral gótica), que cree en el poder de las palabras -de acunarte, acariciarte, de rodearte de palabras-, pero, ya sea a pesar de eso (o, sobre todo, a causa de eso), os va a encantar. Y, seguramente, queráis quedaros a vivir en este libro, y no os importaría -a pesar de que a veces den ganas de atizar al idiota del protagonista- que nunca llegue a terminar. Y luego buscaréis y os pondréis a leer "A plena luz". Y, ya os lo digo, merecerá la pena.

Posdata: en cuanto a la película (porque sí, hay una película), uno entiende que es difícil adaptar algo tan vasto y orgánico, pero, a fuerza de cambiar cosas, la historia va perdiendo progresivamente su encanto hasta hacerse mucho más anodina que en el original. Por eso, no os la voy a recomendar especialmente. Aunque la dirija George Clooney.

miércoles, 1 de julio de 2026

El relato y la historia real de julio: "Fuego y tormentos"

 Fuego y tormentos.

Inspirado en una historia real

 

                Hay días que se parecen mucho al infierno. Si, en el lugar donde resides habitualmente, resuena el estruendo del entrechocar de armas; si la temperatura, por las habitaciones incendiadas, asciende a la que sufrirías en una caldera donde podrían estar cociéndote; si no estás seguro de, si en la próxima hora, seguirás vivo o si podrás salir de allí… pues no hay demasiadas diferencias a haber sido condenado al fuego y el suplicio eterno. Sobre todo, si estás en manos de unos herejes como los españoles. Porque eso quizá te demuestre, con cierta probabilidad, que te has equivocado de Dios.

                Pero vamos a dejar de lado lo que está ocurriendo dentro del resto del castillo de Guillermo de Orange, quien, por cierto, se halla muy lejos de allí mientras sus servidores son masacrados, desmembrados o, en el mejor de los casos, arrojados piadosamente por las almenas. Ahora mismo sólo vamos a concentrarnos en una habitación, la cual, desde luego, daba mucho miedo desde fuera, a causa de los recientes gritos que habían salido de ahí. Pero en este momento concreto, por un instante, se ha hecho el silencio. Parece que, desde dentro, la persona que está a cargo (de ropas negras, figura enjuta y rostro cetrino; al pesar de su esmerado bigote y su trabajado neerlandés, no consigue ocultar su origen español) quiere darle oportunidad a otra persona. Esta última se halla sentada, aunque en contra de su voluntad; sus manos están atadas junto a la parte posterior de una silla. Aunque quien se encontrara allí se sorprendería, sobre todo, por sus manos. De hecho, el torturador que se sitúa detrás de él, a pesar del horror, no puede parar de mirarlas. Y eso que el espanto que se abre ante sus ojos lo ha provocado él. Pero no es común contemplar a un individuo que se ha quedado sin ninguna uña en sus dedos. La carne viva se exhibe con crudeza en las falanges, de las que aún rezuma un líquido negruzco y pegajoso. El rostro del torturado refleja la angustia de la situación. Pero eso es lo que resulta más extraordinario aún.

                A pesar de todo, no ha hablado.

                -No entiendo ese empeño tuyo, la verdad -indica el hombre de pie, frente al prisionero, tratando de disimular todo lo posible su acento de origen hispánico-. Sólo es un puto cuadro. A ti ni te va ni te viene. Y todo esto puede cesar ahora mismo. Te pondremos en una cama, te curaremos las heridas. A cambio, simplemente, de que nos digas dónde está.

                El hombre maniatado, empero, sigue sin soltar prenda. El individuo que acaba de soltar la parrafada le hace un gesto al torturador. Éste abre mucho los ojos, como esperando una corroboración. ¿En serio?¿Vamos a llegar a esto?, parece preguntar con incredulidad. La figura de ropas negras, ahora mismo el representante del duque de Alba en estas tierras, asiente. Sí, en efecto, vamos a llegar a esto. El torturador se coloca frente al prisionero y se agacha. Coloca los brazos delante de su cuerpo y, al hacerlo, aproxima unos alicates muy pequeños que acerca al dedo gordo del pie izquierdo del torturado, quien tiene los pies descalzos. Coloca los alicates, con mucha delicadeza, envolviendo por arriba y por abajo la uña de dicho dedo. Gira de nuevo el cuello, buscando una última confirmación, o más bien lo contrario. El español agacha la cabeza, procurando no mirar: le resulta horripilante, pero sabe que es necesario. El torturador agarra con más fuerza los alicates.

                -¡Lo hemos encontrado!-oye a su espalda.

                Un suspiro de alivio recorre los pulmones de todos. Los tres individuos en la sala orientan los ojos hacia la puerta de entrada, donde la persona que acaba de llegar dirige a unos individuos para que entren en la habitación mientras cargan con una pintura. En realidad, es un tríptico; se halla cerrado, pero, a una indicación del español, los hombres que lo transportan abren la doble hoja que sirve de portada, y la composición pictórica se muestra en todo su esplendor. Ahí está: el cuadro por el que han hecho sufrir a ese hombre durante horas. Lo ha creado un enigmático y sin duda retorcido autor holandés. Algunos le llaman “el Bosco”. Se supone que representa el cielo, el infierno, y el paraíso terrenal. Al español le parece una pesadilla. Pero, cuando le ordenaron asaltar el castillo de Guillermo de Orange, aunque esta guerra se lleve a cabo por razones muy distintas, el duque de Alba le proporcionó una indicación muy precisa: “localiza el cuadro. Es tu absoluta prioridad”.

                Por eso se ve en la necesidad, hasta personal, de preguntar al torturado:

                -Ya ves. Al final lo hemos encontrado. Todo tu esfuerzo ha sido en vano. Ahora dime… ¿por qué esa cerrazón?¿Ha sido por lealtad a tu dueño? Porque, tenlo claro, él no lo hubiera hecho: en tus mismas circunstancias, él te hubiera vendido a la más mínima oportunidad. Eso lo sabes, ¿no? Así que, dime… ¿por qué nos ocultabas el emplazamiento del cuadro?

                El torturado alzó ligeramente la cabeza. Casi podría decirse que sonrió.

                -Esa pintura está maldita. Tiene algo demoníaco. No quiero tener nada que ver con ella.

                Escupió hacia un lado. De sus labios se vertió un hilillo de sangre.

                -La victoria será vuestra… pero el infierno… también es para vosotros.

                El español tragó saliva. Maldita sea si entendía algo de todo esto. En todo caso, había hecho su trabajo. Volvió a echarle un nuevo vistazo a la obra.

                Esperaba que el rey español (quien seguramente sería, a partir de ahora, el nuevo dueño de aquella enrevesada pintura) no tuviera que arrepentirse de lo que había conquistado… Rezó también por que terminara, cuanto antes, aquella maldita guerra.

 

Aclaración histórica: el episodio por el cual el guardián del castillo de Guillermo de Orange fue torturado de esa manera concreta por hombres del duque de Alba para revelar la localización de “El jardín de las delicias”, y éste resistió al tormento para no confesar su ubicación, es real. El resto de este relato es inventado.

Hoy en día, gracias al asalto de ese castillo, la pintura se exhibe en el Museo del Prado.