Fuego y tormentos.
Inspirado
en una historia real
Hay
días que se parecen mucho al infierno. Si, en el lugar donde resides
habitualmente, resuena el estruendo del entrechocar de armas; si la
temperatura, por las habitaciones incendiadas, asciende a la que sufrirías en
una caldera donde podrían estar cociéndote; si no estás seguro de, si en la
próxima hora, seguirás vivo o si podrás salir de allí… pues no hay demasiadas
diferencias a haber sido condenado al fuego y el suplicio eterno. Sobre todo,
si estás en manos de unos herejes como los españoles. Porque eso quizá te
demuestre, con cierta probabilidad, que te has equivocado de Dios.
Pero
vamos a dejar de lado lo que está ocurriendo dentro del resto del castillo de
Guillermo de Orange, quien, por cierto, se halla muy lejos de allí mientras sus
servidores son masacrados, desmembrados o, en el mejor de los casos, arrojados
piadosamente por las almenas. Ahora mismo sólo vamos a concentrarnos en una
habitación, la cual, desde luego, daba mucho miedo desde fuera, a causa de los recientes
gritos que habían salido de ahí. Pero en este momento concreto, por un
instante, se ha hecho el silencio. Parece que, desde dentro, la persona que
está a cargo (de ropas negras, figura enjuta y rostro cetrino; al pesar de su
esmerado bigote y su trabajado neerlandés, no consigue ocultar su origen
español) quiere darle oportunidad a otra persona. Esta última se halla sentada,
aunque en contra de su voluntad; sus manos están atadas junto a la parte
posterior de una silla. Aunque quien se encontrara allí se sorprendería, sobre
todo, por sus manos. De hecho, el torturador que se sitúa detrás de él, a pesar
del horror, no puede parar de mirarlas. Y eso que el espanto que se abre ante
sus ojos lo ha provocado él. Pero no es común contemplar a un individuo que se
ha quedado sin ninguna uña en sus dedos. La carne viva se exhibe con crudeza en
las falanges, de las que aún rezuma un líquido negruzco y pegajoso. El rostro
del torturado refleja la angustia de la situación. Pero eso es lo que resulta
más extraordinario aún.
A
pesar de todo, no ha hablado.
-No
entiendo ese empeño tuyo, la verdad -indica el hombre de pie, frente al prisionero,
tratando de disimular todo lo posible su acento de origen hispánico-. Sólo es
un puto cuadro. A ti ni te va ni te viene. Y todo esto puede cesar ahora mismo.
Te pondremos en una cama, te curaremos las heridas. A cambio, simplemente, de
que nos digas dónde está.
El
hombre maniatado, empero, sigue sin soltar prenda. El individuo que acaba de
soltar la parrafada le hace un gesto al torturador. Éste abre mucho los ojos,
como esperando una corroboración. ¿En serio?¿Vamos a llegar a esto?, parece
preguntar con incredulidad. La figura de ropas negras, ahora mismo el
representante del duque de Alba en estas tierras, asiente. Sí, en efecto, vamos
a llegar a esto. El torturador se coloca frente al prisionero y se agacha.
Coloca los brazos delante de su cuerpo y, al hacerlo, aproxima unos alicates
muy pequeños que acerca al dedo gordo del pie izquierdo del torturado, quien
tiene los pies descalzos. Coloca los alicates, con mucha delicadeza,
envolviendo por arriba y por abajo la uña de dicho dedo. Gira de nuevo el cuello,
buscando una última confirmación, o más bien lo contrario. El español agacha la
cabeza, procurando no mirar: le resulta horripilante, pero sabe que es
necesario. El torturador agarra con más fuerza los alicates.
-¡Lo
hemos encontrado!-oye a su espalda.
Un
suspiro de alivio recorre los pulmones de todos. Los tres individuos en la sala
orientan los ojos hacia la puerta de entrada, donde la persona que acaba de
llegar dirige a unos individuos para que entren en la habitación mientras
cargan con una pintura. En realidad, es un tríptico; se halla cerrado, pero, a
una indicación del español, los hombres que lo transportan abren la doble hoja
que sirve de portada, y la composición pictórica se muestra en todo su esplendor.
Ahí está: el cuadro por el que han hecho sufrir a ese hombre durante horas. Lo
ha creado un enigmático y sin duda retorcido autor holandés. Algunos le llaman “el
Bosco”. Se supone que representa el cielo, el infierno, y el paraíso terrenal.
Al español le parece una pesadilla. Pero, cuando le ordenaron asaltar el
castillo de Guillermo de Orange, aunque esta guerra se lleve a cabo por razones
muy distintas, el duque de Alba le proporcionó una indicación muy precisa: “localiza
el cuadro. Es tu absoluta prioridad”.
Por
eso se ve en la necesidad, hasta personal, de preguntar al torturado:
-Ya
ves. Al final lo hemos encontrado. Todo tu esfuerzo ha sido en vano. Ahora dime…
¿por qué esa cerrazón?¿Ha sido por lealtad a tu dueño? Porque, tenlo claro, él
no lo hubiera hecho: en tus mismas circunstancias, él te hubiera vendido a la
más mínima oportunidad. Eso lo sabes, ¿no? Así que, dime… ¿por qué nos ocultabas
el emplazamiento del cuadro?
El
torturado alzó ligeramente la cabeza. Casi podría decirse que sonrió.
-Esa
pintura está maldita. Tiene algo demoníaco. No quiero tener nada que ver con
ella.
Escupió
hacia un lado. De sus labios se vertió un hilillo de sangre.
-La
victoria será vuestra… pero el infierno… también es para vosotros.
El
español tragó saliva. Maldita sea si entendía algo de todo esto. En todo caso,
había hecho su trabajo. Volvió a echarle un nuevo vistazo a la obra.
Esperaba
que el rey español (quien seguramente sería, a partir de ahora, el nuevo dueño
de aquella enrevesada pintura) no tuviera que arrepentirse de lo que había
conquistado… Rezó también por que terminara, cuanto antes, aquella maldita
guerra.
Aclaración
histórica: el episodio por el cual el guardián del castillo de Guillermo de
Orange fue torturado de esa manera concreta por hombres del duque de Alba para
revelar la localización de “El jardín de las delicias”, y éste resistió al tormento
para no confesar su ubicación, es real. El resto de este relato es inventado.
Hoy en día,
gracias al asalto de ese castillo, la pintura se exhibe en el Museo del Prado.