lunes, 10 de mayo de 2021

El relato de mayo: "Contra el olvido"

Contra el olvido

 

                Abro los ojos.

                Estoy al lado de una mujer.

                No puedo reprimirlo: alargo la mano para tocarle el brazo. No quiero despertarla, pero, por culpa de ese gesto irrefrenable, provoco que se incorpore al mundo consciente. Ella gira el cuerpo y se desliza -suave como una nube en el cielo- entre las sábanas para acercarse a mi lado.

                -¿Qué pasa? -me pregunta. Aunque a ella le basta con que esté ahí.

                Acumulo tensión en la mandíbula cuando respondo:

                -Me tengo que ir -le digo-. Tengo que luchar contra el olvido.

                Un rato más tarde, estoy en marcha. Mi montura me lleva a través del desierto. Desde lejos vislumbro el único lugar al que debía desplazarme. Bajo la luz del amanecer, su silueta parece incluso más espléndida que el día que la di por terminada. Porque esto que veo es mi creación. Desde lejos, da la impresión de que lo hubieran elaborado otros, cabría decirse que seres de otro mundo. Pero no, es todo fruto del hombre: es un producto de mí.

                Claro que no puedo presumir en solitario de este logro, medito mientras camino por entre los pasillos que conforman esta estructura circular y recurrente sobre sí misma; entre otras cosas, porque sería negar la evidencia. Este conjunto de monumentos de piedra posee la influencia de otros pueblos, de aquellos que visité durante mis viajes, y de los que tantas cosas aprendí: asirios, nubios, fenicios, cananeos, babilónicos… Y, conforme lo recuerdo, no puedo olvidar el nombre del hombre que lo hizo posible, pues me trasladó consigo en cada uno de sus trayectos: mi faraón.

                Admiro su nombre, precisamente, engastado en los cartuchos que yo mismo hice tallar en las paredes del monumento, para mayor gloria de los siglos, por toda la eternidad. Ahora, sus sucesores, sus enemigos, han decidido arrancarlos. Desprenderán y romperán los cartuchos para que no quede constancia de su nombre. Lo peor, para que éste quede borrado por toda la eternidad. Han conseguido este propósito de manera parcial con la destrucción, hace unos cuantos días, de su tumba. Hasta ahora, por su acceso remoto, no han podido llegar a este otro sitio. Pero no tardarán mucho en hacerlo. Por eso me he adelantado a los acontecimientos. Incluso aunque cause la desaparición de aquello que he levantado, que tanto amé y con lo que tanto tiempo he convivido.

                La cuadrilla de obreros que contraté ha llegado a tiempo. Con extremo cuidado y dedicación, se esfuerzan en ir desmontando las planchas que elaboré con los distintos bajorrelieves cargados de jeroglíficos. Lo tienen relativamente fácil porque los diseñé a propósito para que fueran retirados con sencillez y, si era necesario, hacerlo deprisa. En aquella época, ya intuía lo que podría ocurrir a la muerte de mi señor, y sabía que, cuando sus adversarios llegaran aquí, no estarían interesados en llevarse nada, sino únicamente en derruir y fragmentar. Su intención no es sólo obliterar de la memoria de los hombres la figura de mi farón sino, también, al eliminar toda constancia escrita de su nombre, asesinar su alma en el inframundo. Es una venganza que va más allá de la tumba. Por ello, por doloroso que me resulte, la única manera de preservar su espíritu será enviar cada una de estas planchas a los rincones más distantes del imperio, adonde sus voraces depredadores no podrán encontrarlas jamás. De esa manera, destruyo la obra capital de mi vida, el monumento de mis desvelos; pero, a cambio, salvo de la oscuridad a mi amigo. Si tuviera que elegir otras 10.000 veces, 10.000 veces lo haría igual.

                Desde una colina cercana, veo partir los camellos en dirección a los cuatro puntos cardinales. Los miro como el padre que ve marchar a los hijos: alguien a quien le duele no verles al lado, pero que sabe que la única manera de que salgan adelante es que vivan su propia vida, aunque sea lejos del hogar. Que estén a salvo, aunque no sea conmigo.

                Lo que ocurra con los restos de mi ya desaparecido monumento -cuyo armazón desnudo yace a mi lado y será devorado, en poco tiempo, por las arenas del desierto- y con el nombre de mi amigo, sólo el futuro, que tantas sorpresas nos depara, lo puede dilucidar.

 

 

                Las primeras experiencias de I.G. con el fenómeno que nos ocupa tuvieron lugar a consecuencia de su trabajo como ingeniero de sistemas en lo que entonces se denominaba la Unión Soviética. Podríamos entrar en prolijos detalles sobre el tipo de mediciones que efectuaba, pero como él solía explicar a sus convecinos: “no lo vas a entender igual, y lo importante es que sepas que intento encontrar una determinada clase de partículas asociadas a ciertos tipos de energía”. Estuvo trabajando en los alrededores de la planta de Chernobyl, y también desarrolló proyectos relacionados con el accidente de Kyshtym. Almacenaba toneladas de gráficos y bases de datos (cuando operaban con papel; con el empleo de medios digitales, la metáfora que implicaba peso dejó de ser realista, aunque la cantidad de datos que recopiló fue todavía más telúrica) con cuantificaciones de todo tipo, a partir de prospecciones realizadas en diversas clases de lugares. Centrales nucleares abandonadas, silos, ríos, campos de cultivo, o muestras tomadas en la atmósfera, como parte del ruido de fondo. La primera vez que captó la señal que nos ocupa tuvo lugar en las áreas donde realizaron buena parte de sus funciones los llamados “liquidadores” de Chernobyl. I.G. las atribuyó, lógicamente, a la radiación. Luego detectó medidas anómalas en los hospitales de las zonas asociadas pero, aunque estas se encontraban en abierta contradicción con otros parámetros físicos objeto de estudio, I.G. también consideró que se debían a derivaciones de los fenómenos radiactivos. Por ello, aunque incapaz de justificarlas, nuestro ingeniero supuso que habrían de tener un sentido físico que futuras investigaciones confirmarían.

                Sucedieron desde entonces muchas cosas; se hundió la Unión Soviética; nuestro hombre pasó a formar parte del funcionariado de la nueva nación, Rusia. La nómina siguió llegando, aunque ostensiblemente reducida. No obstante, el hombre no cedió a la tentación en forma de cantos de sirena de la empresa privada. Al fin y al cabo, le gustaba su trabajo; le entusiasmaba la ciencia que llevaba aparejada consigo, y creía en lo que hacía. Eso sí, con el desarme armamentístico, producto del final de la guerra fría, sus misiones se volvieron más variadas, y mucho más internacionales. Fue precisamente en uno de sus viajes al centro de África cuando localizó de nuevo esos desconcertantes patrones que había detectado en su día. Preguntó si en las minas a las que había ido a investigar se habían localizado trazas de radiactividad. Los responsables locales lo negaron enfáticamente. Fue entonces cuando se puso a investigar con mayor ímpetu.

                A lo largo de distintos análisis por el mundo, los resultados fueron coherentes: Nagasaki, Auschwitz, la oficina S-21, las áreas de recolección del caucho del antiguo Congo Belga; cárceles, campos de concentración; cementerios, fosas comunes. Y también hospitales, incineradoras, funerarias. Sitios con un claro denominador común.

                El día que I.G. se percató del hecho básico, el momento en que captó hasta el tuétano su significación, tuvo que sentarse, ponerse de fondo música de Rajmáninov, y pensar. Él nunca había sido un hombre religioso. No creía en cuestiones sobrenaturales. Él sólo había seguido fielmente, a lo largo de su vida, el rastro de aquello que fuera capaz de ver, medir o tocar. Pero ahora, pese a su desconfianza y recelos, desafiando su educación, precisamente porque le habían enseñado a aceptar lo que la ciencia le susurraba a través de demostraciones y teorías, no podía soslayar las pruebas físicas. No era capaz de negarse ante la evidencia. Tenía delante de sí un medio científicamente probado de contactar con la dimensión donde habitan los muertos. O, al menos, de certificar su presencia. No sabía cuán lejos podía llegar o a qué consecuencias prácticas iba a conducir todo aquello. Pero, como ocurre con buena parte de los descubrimientos científicos, lo primero es reconocer la vía que se abre ante cada hallazgo. Él había dado el primer paso. Ahora tocaba convencer al resto del mundo.

                Por supuesto, el inicio fue una mezcla de estupefacción, incredulidad y escepticismo que rayó en la mofa. Sin embargo, poco a poco, como la nieve que cae pausadamente y con el tiempo cubre hasta lo alto de campanario más destacado del pueblo, la avalancha de datos acabó por convencer incluso a los más recalcitrantes. Sobre todo, cuando se dieron cuenta de la cantidad de opciones que se les abrían por delante. A partir de entonces, los estudios se volvieron más concienzudos, sistemáticos. Se amplificó la intensidad de la señal de tal manera que, lo que antes sólo podía localizarse en lugares donde había fallecido mucha gente, tuvo la oportunidad de detectarse a nivel individual. De repente, fue posible descubrir no sólo el escenario de matanzas y de genocidios, sino también el de fallecimientos de individuos concretos y aislados. Ni qué decir tiene que aquello supuso una revolución acerca de lo que podía desentrañarse a nivel forense (la resolución de asesinatos cuyos detalles eran desconocidos), histórico (el descubrimiento de la tumba de Gengis Khan tuvo lugar al poco tiempo, merced a esta nueva tecnología), filosófico y de diversas aplicaciones las cuales, al inicio, no fueron tan siquiera sospechadas. Baladí es expresar que el mundo entero se transformó.

                Para nuestro hombre no hubo siquiera debate interno sobre si ese conocimiento debía reservarse exclusivamente para su país, o había de otorgarse al resto del mundo. Él era un patriota, y permanecería fiel a su tierra. Ahora bien, con lo que no había contado sería con la deslealtad de una parte de la misma. En concreto, de una mujer.

                Su esposa sollozó. Se arrodilló, imploró que la perdonara. Se justificó diciendo que aquello sólo había sido un desliz: una pura pasión carnal impulsada por las ganas de recuperar la plenitud de sus años más jóvenes. Le suplicó que se quedara a su lado y que envejecieran juntos. Pero ya era tarde. Él marchó del país, y se llevó consigo sus descubrimientos, que empezaron a esparcirse por todas partes.

                Una mujer le había engañado, y aquello tuvo sus consecuencias.

                                                                                             

 

                Conoció a Ludwig von Economo en una reunión conjunta de empresarios, científicos e integrantes de medios de comunicación para intercambiar ideas de un modo informal. Lo curioso es que von Economo (joven, apuesto, de perilla afilada, con una extraña combinación, en su vestimenta, de elegancia y estilo “casual”, y ni el más mínimo asomo de acento en su inglés; tanto que I.G. dudó sobre si era oriundo de los Estados Unidos o Gran Bretaña) no le explicó demasiado acerca de su proyecto. Simplemente le dio su tarjeta y le emplazó a reunirse con él en la más prestigiosa pinacoteca local. Un lugar anómalo para una entrevista de trabajo.

                -Vaya allí el sábado a las once. Le va a interesar –guiñó el ojo cómplice.

El primer fenómeno curioso fue que el museo estaba vacío. Lo habían reservado exclusivamente para un evento privado donde sólo estaban él, von Economo… y una muy atractiva mujer que hablaba el idioma de Tolstoi como sólo alguien que ha crecido con el cuento del soldado, el zarévich y la muerte puede hacerlo. La joven empezó a explicarle el cuadro –cedido al museo como parte de una exposición temporal- de Iván el Terrible y su hijo, desgranándole las motivaciones de Iliá Repin como si ella se hubiera encontrado a su lado cuando lo pintaba, preparando (mientras aguardaba la terminación de la obra) el samovar.

-Observen la mirada angustiada en los ojos del soberano; no sólo acaba de asesinar a su hijo, influido seguramente por el mercurio que le proporcionaban para tratarle la sífilis; ha matado al heredero al trono de Rusia. Acababa de quitar la vida al único que podía salvar su dinastía y, quizás, el futuro en conjunto del país. <<Qué he hecho>>, se encuentra sin duda preguntándose a sí mismo. <<Qué he hecho>>.

                La mujer se deslizó –casi cabría más decirse que flotó- entre las distintas obras de arte en un juego de ballet, como si llevara toda la vida preparando esta danza. Tchaikovsky, pensó nuestro hombre, habría ideado para ella El lago de los cisnes, y luego la habría invitado a pasear.

                Conforme la joven seguía desplegando su abanico de erudición y de divinidad secular sobre la pulida superficie del museo, I.G. sospechó que la estrategia de von Economo estaba muy bien urdida para tratar de seducirle no sólo en virtud de una atractiva oferta profesional, sino también de una mujer cuyos encantos e intereses comunes iban a atraerle como un agujero negro.

                Lo malo de las estrategias obvias y descaradas para obtener nuestra atención es que, si nos las plantean, es entre otras cosas porque estamos deseando que lo hagan. Al fin y al cabo, es el caramelo que nos gusta, envuelto en un plástico de colores que nos entusiasma más aún.

                Por eso, nada más I.G. firmó en el despacho de von Economo su incorporación a la empresa, con lo cual formalizaba su incorporación al sector privado, no le resultó extraño que su recién instaurado patrón sonriera mientras, a las puertas, aguardaba su nueva amiga para escoltarle.

                Acompañó a Irina hasta su hotel. Ella, por lo visto, había viajado desde San Petersburgo ex profeso para este encuentro, todo pagado por von Economo, por supuesto. Estaba claro que, para su nuevo supervisor, el dinero no era un problema.

                -Así pues, ¿no trabajas para él?-preguntó I.G.

                -Bueno, es una manera de decirlo –matizó ella-. Me contrata de vez en cuando. Puedo decir que soy mi propia jefa, pero también que me proporciona unas cuantas y bastante jugosas oportunidades. Aunque, si te refieres a la incompatibilidad de ciertas cuestiones, soy completamente autónoma en materia laboral… sobre todo ahora que ya has firmado –dijo conforme abría la puerta de su habitación y, casi sin pretenderlo, como hacía todo, se dejaba caer (y le invitaba a caer) blandamente sobre la cama.

                Así fue como empezó una de las etapas más fructíferas de su vida, de ésas en las cuales los intereses profesionales maridan en paralelo con los personales de una forma tan natural, ideal y eficiente, a todos los niveles, que no nos damos cuenta de -desde fuera- lo aberrantes que parecen, y todos los problemas inadvertidos que acarrean, los cuales sólo se manifiestan en el momento en que se rompe la burbuja, por lo común de la manera más brutal. Pero ese hipotético suceso aún se hallaba lejos. Y lo cierto es que, en el ínterin, lograron unas cuantas cosas interesantes. Ya no eran capaces sólo de detectar la presencia de almas fallecidas, sino que podían ponerse en comunicación con ellas. Era cierto que de un modo primitivo: no había voces audibles, sino una especie de traducción a un código que, filtrado por el tamiz de un ordenador, reproducía una serie de mensajes sin mucha lógica gramatical pero con un sentido evidente. Desde luego, no era perfecto, pero era bastante mejor que un aullido y un agitar de cadenas, y, por supuesto, lo más similar que nadie jamás había sostenido, desde los diálogos con el inframundo en los poemas épicos, a una ultraterrenal conversación. Al principio I.G. tenía un poco de miedo de que von Economo mostrara el lado capitalista del asunto y exigiera al gran público precios inalcanzables a cambio de sus servicios, pero su jefe fue muy astuto y supo ver desde el principio el filón de una amplia difusión: ofreció tarifas económicas para que cualquiera pudiera hablar con sus allegados, en un negocio que por supuesto creció en una curva estratosférica y mareante. Sobre lo que los familiares muertos tuvieran que decir, los resultados, en honor a la verdad, fueron bastante dispares. Prácticamente ninguno transmitía verdades divinas reveladas más allá de la muerte, y muy pocos poseían tesoros ocultos que dejar en herencia a sus descendientes; las más de las veces, sus preocupaciones eran más mundanas y se limitaban a saludos muy generales, y a preguntar si todos estaban bien. Porque, entre otras cosas, esta nueva vía de comunicación les confirmó cosas que ya suponían acerca del estado de estos dos seres a caballo entre dos mundos: no se ubicaban en ninguna localización espacial específica -alternaban su posición entre el lugar donde fallecieron, aquel donde se hallaba su tumba, y una serie de enclaves significativos para su biografía, hallándose con cierta probabilidad en varios sitios a la vez, cual una especie de gato de Schrödinger fenecido del todo-; tenían un conocimiento muy impreciso de lo que había acontecido en el mundo <<real>> -de alguna forma había que denominarlo- una vez habían abandonado éste, y tampoco se encontraban en ninguna clase de nuevo destino, ni parecían albergar misión alguna que ejecutar por la que, si la cumplieran, quedarían librados de su sino y se volatilizarían de allá. Simplemente, daban vueltas, merodeaban por los antiguos lugares que habían recorrido durante su existencia; sobrevivían, nada más. Pero lo que I.G. y otros investigadores no podían ni imaginar era el consuelo que siquiera esa pálida presencia otorgaba a sus conocidos y familiares, motivo que le convencía a I.G. de que su trabajo lo cumplía por algo más que ganar dinero, y que en realidad esos allegados pagarían muchísimo más por la oportunidad de obtener lo que llevaban a cabo gracias a su pericia técnica. En ese sentido, I.G. se sentía útil, se sentía bien. Y, bajo la flexibilidad de su nueva pareja, Irina, con quien había probado actividades y posturas con las que no había soñado nunca, se sentía joven otra vez.

                Todo iba bien hasta un día. Una jornada que debía de haber sido buena. Irina le enseñó un cuadro del periodo romántico, una representación de una escena histórica. Irina decía que, en su opinión, ese período del arte se encontraba infravalorado respecto a otros estilos formalmente más atrevidos, aunque quizás, en su opinión, con menor carga de significado. En concreto, se refería a una escena de fusilamiento donde la sangre destacaba, brillante y rojiza, sobre la blancura casi intacta de la nieve.

                -Una cosa es lo que yo admiro por dentro; otra lo que debo decir, de acuerdo a los cánones artísticos aceptados; y otra lo que les recomiendo a los compradores porque se va a revalorizar y les va a hacer ganar una pequeña fortuna, que es lo que pretenden casi todos. Por eso, no resulta fácil decirles que es mejor que dejen esa basura pretenciosa que están adquiriendo, y que se vayan a adquirir uno de estos cuadros. Uno de esos pequeñitos y olvidados, por los que algunas daríamos un brazo o un riñón por colgar en el recibidor de nuestra casa. Aunque no puedo quejarme -guiño el ojo mientras señalaba la pintura, en un gesto íntimo y confesional-; éste en concreto lo voy a conseguir.

                I.G. enarcó una ceja al observar el precio.

                -¿Y eso?¿Te lo puedes permitir?

                Irina sonrió con una mezcla de picardía y de falsa culpabilidad.

                -Bueno… Tengo unos ahorrillos.

                Pero estaba hablando con la persona equivocada.

                -Eeeeh… Aquí hay algo que no me cuadra. ¿Te acuerdas de cuando estuviste de viaje, y tuve que hacerte unas gestiones para pagar a una empresa a la que habías contratado unos servicios?

                Irina se rio.

                -Ja, ja, sí. Esa maldita memoria fotográfica. Deberías haberte metido a detective en lugar de a ingeniero. ¿Nunca te lo han dicho?

                I.G. guardó silencio. No era sólo eso. Irina le hablaba muy a menudo del dinero. Para ella era algo importante. Su familia era de esa vieja aristocracia que salió atropelladamente de Rusia tras la caída de los zares. Poco acostumbrados a desenvolverse en ningún oficio, los mayores vegetaron y vivieron de las rentas, pero sus descendientes se adaptaron rápido al nuevo ecosistema. Aun así, Irina tenía el problema de que se movía en un mundo de las altas esferas, y manejaba cifras vertiginosas de dinero, pero ella en sí misma no era rica. A ello contribuía el hecho de observar con rigor casi religioso los gustos caros que se le suponía a una mujer que se movía en el ámbito social de los potenciales compradores. De modo que su empresa unipersonal siempre se movía en un delicado límite entre los beneficios y la ruina, y muchas veces tenía que aportar fondos de su propio pecunio para no llegar ahogada a los balances. De ahí que a I.G. le extrañara que pudiera permitirse aquel pequeño dispendio.

                -En fin, supongo que ya te lo puedo contar. Sobre todo, porque tú también vas a salir beneficiado. Después de todo, este logro es también obra tuya. Y, cuando lo anuncien en la junta de accionistas, el dinero no será un problema, para ninguno de nosotros, nunca más.

                Cuando Irene se lo confesó, I.G. se quedó lívido. Sin apenas dar explicaciones, marchó y cogió el coche en dirección a la empresa. Allí se encontró, organizando cuestiones operativas en un pizarra, a von Economo, junto con un pequeño grupúsculo de ayudantes.

                -Ah, estás aquí -desplegó una amplia jovialidad von Economo-. Dime, ¿querías verme?

                Pero I.G. no le devolvió la sonrisa.

                Una mujer le había traicionado. Y aquello tuvo sus consecuencias.

 

 

                Dicen que el período inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial estaba lleno de espectros. Y era verdad. Los fantasmas de los muertos durante la contienda vagaban por los campos de Europa, y las familias de éstos se pusieron en contacto con espiritistas y médiums para contactar con sus fallecidos. Pero como éstos en realidad eran estafadores sin escrúpulos, o crédulos sin la menor idea de lo que estaban haciendo, no se consiguió nada. Debió de ser una estampa muy cómica cuando las almas perdidas (que sí que existían) veían que todos los esfuerzos desplegados caían en saco roto porque, a pesar de la cantidad de gente que deseaba hablar con ellos, lo estaban haciendo del modo incorrecto -la tecnología tardaría años en implementarse,- y por tanto no había manera de obtener ningún resultado.

                Todo cambió con el nuevo sistema desarrollado por I.G. Sin embargo, lo esencial en lo que se centraron los analistas de von Economo fue en aquellos primeros datos que el científico entonces soviético había recolectado. Se dieron cuenta de que esas iniciales detecciones fueron posibles porque I.G. las había hallado cerca de sitios donde se había producido un alto número de víctimas. De hecho, fue a partir de los encargos de la empresa para localizar fosas comunes y crímenes de guerra cuando se les ocurrió que la inmensa acumulación de energía allí concentrada podía repercutir en otra clase de cuestiones. Y se pusieron a indagar.

                von Economo se lo explicó. Los muertos eran muertos, y muertos estaban. Su tiempo había pasado, y su capacidad para transferir impresiones al mundo de los vivos era limitada, y cumplía su función tras un tiempo. De hecho, muchos no tenían ni siquiera descendientes con los que comunicarse. En cambio, ellos no desaparecían; no se disipaban en el aire una vez cumplida su misión pendiente, como ocurría en las novelas góticas o en las películas. Lo que hacían allí era perder su tiempo y el de todos, mientras ellos quedaban errando por una eternidad soporífera y fútil. En cambio, la Tierra que seguía adelante, la de verdad, adolecía de un grave problema de suministro de combustible, y sólo el aprovechamiento de esta gran cantidad de energía hasta ahora malgastada podría suplirla.

                El funcionamiento era simple, desgranó  von Economo: la ventaja era la acumulación de todas esas almas alrededor de unos cuantos puntos comunes (aquellos que primero estudió I.G.) donde se concentraban. Incluso el hecho de que oscilaran entre varios lugares a la vez no impedía que, cuando la tecnología creada por I.G. fuera aplicada según los nuevos diseños de los ingenieros de von Economo, aquellos sitios especiales sirvieran como punto de anclaje para acceder a los espectros y absorber todo su potencial. De esta manera, explicó el jefe de I.G. ante su horripilado empleado, tendremos así una cantidad impresionante de energía a nuestra disposición, para el servicio de toda la humanidad.

                I.G. estaba mudo de espanto. Les mataremos, atinó finalmente a decir tras balbucear un rato la respuesta. Eliminarás la energía residual que queda de esos individuos, y de esa manera quedarán desaparecidos para siempre. von Economo sonrió. No se puede asesinar, dijo, a alguien que ya está muerto desde el principio. No se les puede matar dos veces. Ellos ya tuvieron su paso sobre la tierra. Ahora necesitamos que les proporcionen un futuro a sus congéneres. Hemos sobrevivido miles de años sin comunicarnos, ellos errando de manera inútil por la faz de la tierra, nosotros sin conocer su existencia. Si ahora se desvanecen del todo (explicó von Economo con esa sonrisa taimada que hasta ahora sólo era un signo de inteligencia) no les vamos a extrañar.

 

 

                Al día siguiente, I.G. se coló sin permiso en las instalaciones de su propia empresa. Podría haber utilizado su pase personal de seguridad, pero se aseguró de robar, antes de salir el día anterior, la tarjeta de uno de los guardias. No sabía si von Economo desconfiaría de él a raíz de las últimas revelaciones pero, en todo caso, después de lo que iba a hacer aquella noche, seguro que revocaría todas sus autorizaciones. De hecho, meditó mientras subía a la sala de máquinas, lo más probable era no sólo que le denunciase, sino que tratara de destruirle y mandara sicarios para erradicarle de la faz de la Tierra. Era normal. Pero no por ello recuperaría lo que iba a perder ese día.

                I.G. se alegró de cómo había diseñado aquellos aparatos. Seguramente a causa de los viejos tiempos en que había trabajado para la Unión Soviética -por aquella obsesión paranoica de que el Politburó pudiera apropiarse de su labor y utilizarla para fines bélicos que I.G. ni siquiera había sopesado- era por lo que había dispuesto aquella tecnología mediante un sistema modular, de tal manera que fuera posible extraer unas cuantas secciones sin alterar el funcionamiento del conjunto. Por eso, las alarmas no sonaron, ningún medio de seguridad se activó. I.G. pudo desarrollar su misión sin interrupciones hasta que, finalmente, apretó un botón. Casi pudo sentir el sonido de la energía fluyendo, de esas almas movilizándose, con un suspiro de alivio, ante el gesto que las iba a salvar de la destrucción. Claro que aquello iba a cambiar por completo la forma en que interaccionaban con el mundo físico con el que tan recientemente habían vuelto a sincronizar.

                von Economo lo había dicho. La clave de su pavoroso sistema era la concentración. En determinados puntos en el espacio, había una densa confluencia de almas de las que era posible obtener una gran energía. Era como extraer sal a través de un bloque arrancado de una mina. Pero, ¿qué hacer si toda esa sal se encontraba disuelta en el mar? Entonces, el coste de purificar ese material -la sal en la metáfora; en la vida práctica, las almas- se volvía tan prohibitivo que no merecía la pena. Eso era lo que había hecho I.G.; había disociado a los espectros de los lugares físicos a los que se encontraban encadenados, de tal manera que ahora se encontraban “vibrando” (era el término técnico que se le aplicaba) a lo largo de la completa amplitud del espacio. Un fallecido en las guerras afganas producía la misma señal en Moscú que en Uganda o Pekín. Una señal débil, desde luego, insuficiente para ponerse en contacto con ese ente, pero también imposible de absorber y asimilar. Una vez más, los muertos volvían a estar solos y, sus descendientes, impedidos para hablarles. Pero al menos, estaban vivos (de alguna manera). En cierto modo, los había salvado. A costa de cortar la única conexión que habíamos mantenido con el mundo de los difuntos pero, desde luego, impidiendo que aquellos millones de fantasmas sufrieran una muerte definitiva otra vez. No sabía si todos aquellos espectros -con los que personalmente, en ningún caso, se había comunicado; no creía que a sus padres, unos racionalistas estrictos, les hiciera gracia el asunto- estarían de acuerdo con el cambio. Sentía, en todo caso, que era mejor que él hubiera tomado la decisión en su nombre, antes de que von Economo lo hiciera en base al dinero que el pingüe negocio le iba a proporcionar. Si tuviera que elegir otras 10.000 veces, 10.000 veces lo haría igual.

                Después de hacer esto, salió del edificio. Fue al aeropuerto. Compró un billete de avión. En la nave, reflexionaba, con un vaso de vodka en la mano, sobre la ahora remota posibilidad de que un montón de fantasmas, parientes de alguien, se hubieran convertido en papilla y ardieran como combustible en el depósito del avión. También meditó sobre si, allí afuera, habría algún espectro al otro lado de la ventanilla, observándole, mirando, quizás de alguna manera intuyendo lo que había ocurrido y dándole las gracias. Ahora nunca lo sabremos, se dijo. Quizás estos espíritus le daban tanto miedo al mundo (se planteó I.G.) como nosotros, desde el otro lado, se lo dábamos a ellos.

                Descendió del avión. Tomó un taxi en la ciudad que tanto le sonaba y que, sin embargo, con el paso de los años, encontró muy cambiada. Como si ahora el espectro fuera él. Fue a una dirección cuya ubicación concreta nunca había podido olvidar. Sacó su llave y probó, acertadamente, para ver si funcionaba. Se metió en la casa y más tarde en la habitación, momento en que, con mucho tiento, se quitó los zapatos, se metió en la cama y se acomodó junto a una mujer dormida. Ella se desplazó ligeramente para hacerle hueco, reconociendo sin duda el sonido de la respiración, la identidad de su calor, y su forma de moverse; en definitiva, sus costumbres.

                -¿Qué pasa? -como único, comentario, la mujer le preguntó, como si llevara en la cama toda la vida. Aunque a ella le bastaba con que estuviera ahí.

                Entonces, I.G. respondió de la única manera en que había sabido transmitir sus pensamientos para que se perpetuaran a lo largo de los tiempos, para que no se perdieran en la noche oscura del alma. El único recurso que le quedaba tanto a él como a los espectros cuya existencia acababa de salvaguardar. Y, en aquel momento, le apetecía que una persona, en realidad la única que había amado, fuera receptora de lo que quería legar al mundo:

                -He tenido que venir. Tenía que luchar contra el olvido.

                Contra la espalda de ella, se abrazó. Durante horas permanecieron allí, pegados, refugiados cada uno en el otro, disfrutando de su mutua compañía, nada más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario