lunes, 25 de marzo de 2013

La obra de teatro de marzo: "El pato salvaje", de Henrik Ibsen

"El teatro lleva en crisis desde los griegos, y aún sobrevive", dijo una vez Andoni Olivares. Y, dado que esta semana (día 27) es el Día del Teatro (buen momento para que busquéis una obra en vuestras respectivas ciudades y compréis entrada), hoy por supuesto tenía que tocar recomendar obra. La escogida ha sido "El pato salvaje", de Henrik Ibsen. Y sobre ella os pienso decir... nada.

¿Cómo que nada? Bueno, sí, os puedo comentar alguna cosa sobre el autor: Henrik Ibsen, quizás el noruego más famoso del mundo, mundialmente aclamado por una revolucionaria obra, "Casa de muñecas", de la que tampoco os voy a revelar mucho, pero os avanzaré simplemente que se le acusó de socavar los fundamentos de la familia, la sociedad y la civilización occidental (ahí queda eso). Pero por lo demás, sobre "El pato salvaje", el drama que hoy nos ocupa... no, no os pienso decir nada.

"¿Pero por qué no?" (me preguntaréis, mascullando: "¿este tipo es tonto o qué?"). Pues porque en muchos casos hay historias (entre ellas, dicho sea de paso, y como promoción nada encubierta, mi último trabajo, "El troll", la cual os podéis descargar siguiendo la instrucciones de la parte derecha de esta página -por supuesto que no la pienso comparar con una obra de Ibsen, pero supongo que entendéis mi postura: Ibsen no necesita publicidad, pero yo sí-) en las cuales es mucho mejor sentarse directamente en la butaca, o abrir el libro, sin saber en absoluto de qué va. De esta manera, la propia forma en que avanza la historia te sorprende en su evolución. No te dejas llevar por ideas preconcebidas ni sospechas sino que, simplemente, te dejas arrastrar por los personajes y miras a ver adónde el torrente de los acontecimientos te lleva. Y en este caso, la obra de Ibsen es un ejemplo perfecto.

¿Que me insistís en que os cuente algo más? Venga, vale, tres cosas: 1) "El pato salvaje" es menos famosa que "Casa de muñecas" pero, en mi opinión, puede rivalizar perfectamente con ella; 2) a pesar de tener más de cien años de antigüedad, os va a parecer tremendamente moderna; y 3) una de sus adaptaciones en España llegó de manos de Antonio Buero Vallejo, uno de nuestros mejores dramaturgos y que tambíen es experto en historias sobre las que es mejor encontrarse en la inopia cuando empieza la ficción -y ya de paso, dos ejemplos de este autor: "La Fundación" y "El tragaluz"; de esta última os recomiendo que os hagáis con una edición que contenga una buena introducción sobre las circunstancias de la obra, pero que no os leáis dicha introducción hasta el final: es de este tipo de relatos que contienen un mensaje interesante por sí solos, pero cuando averiguas lo que hay escondido (y aquí, como en un iceberg, hay más de nueve décimas partes bajo el agua) te impacta muchísimo más-.

Bueno, al final en vez de una obra de teatro quizás os haya recomendado cuatro (o ninguna, según se mire). Pero tenéis opciones, ¿no? Al fin y al cabo, el Día del Teatro, como Navidad, es todo el año.

lunes, 18 de marzo de 2013

El relato de marzo: "No hay Dios"


Tras la elección de un nuevo Sumo Pontífice, quizäs es buen momento para poner este relato. Como está recién horneado y sin tiempo para hacer revisión (está siendo una época muy intensa), os ruego me perdonéis las posibles erratas. Ateos o creyentes, no se me ofendan, por favor, que como casi todos los relatos sobre Dios, éste no va sobre la divinidad, sino sobre los hombres.

No hay Dios.

                El primero que lo sufrió fue el santón indio. Se encontraba realizando una de sus habituales huelgas de hambre, que empleaba a menudo como acto de protesta. En este caso se encontraba lanzando un alegato a favor de sus tesis cuando de repente, su cuerpo se tambaleó ligeramente. La gente pensó que podría tratarse de uno de los efectos del ayuno, y de hecho, esta fue la explicación que se dio ante el hecho de que él fuera el primero en caer. El caso fue que el santón trastabilló, se desplazó hacia un lado, y los asistentes le recogieron con sus brazos. Sus ojos se habían cerrado, en sus labios se hizo el silencio, pero lo extraño de aquella especie de somnolencia era que sus párpados se encontraban apretados, como en una sorprendente concentración.
                El siguiente paso fue en la mezquita. Una de los imanes más reconocidos de Estambul estaba llamando a la oración personalmente, a través de los altavoces, a lo largo de la explanada del barrio de Sultanahmet. Entonces, de manera súbita, el altavoz calló. Fue más tarde cuando descubrieron que el imán, tras una pérdida inesperada del conocimiento, se había caído por las escaleras. Ninguna lesión de la que lamentarse, se atribuyó la caída a la falta de costumbre de subir a los pisos superiores para llamar a la oración (tarea habitualmente destinada a otro colaborador de la mezquita, que casualmente se hallaba enfermo), pero lo que nadie se explicó era que todavía no hubiera recobrado el sentido, y menos esa curiosa expresión de encontrarse soñando con algo particularmente intenso.
                Pero los otros casos fueron más raros. Al Dalai Lama le ocurrió en mitad de la oración nocturna en un templo budista de Nueva York. Justamente cuando se hallaba inclinándose en dirección al Buda, su cuerpo se paralizó. La gente creyó al principio que se encontraba rezando de manera particularmente fervorosa, pero luego se dieron cuenta de que ya no se levantaba. Ciertos monjes, algo pícaros, sugirieron que el Dalai se había quedado algo dormido, y como en todas las casas (incluso las más santas) cuecen habas, los mayores detractores del Lama –algunos echaban de menos al anteriormente fallecido Dalai- sugirieron que alguna vez anterior había hecho amago de ello. Pero no se incorporó cuando le tocaron el hombro, y también había una cosa especial: su pies. Se agitaban como si se encontrara corriendo.
                Sin embargo, el caso más llamativo de todos fue el del Papa. Y tan llamativo. Se hallaba enfrente de la Plaza de San Pedro, delante de más de medio millón de persona. Y mientras se encontraba pronunciando su discurso, leyendo los papeles, una paloma juguetona se posó sobre su cabeza. El Papa, de natural bonachón, trató de quitársela con gentileza de la cabeza. Y en ese instante, como afirmó uno de los testigos, “le dio como un vahído”, y se cayó para atrás junto con su silla. Inmediatamente hubo protestas contra el alcalde de Roma y el profuso número de palomas en la ciudad, e incluso alguno sugería que todos los habitantes de la región del Lazio deberían almorzar esa tarde carne de paloma, pero la globalización y la inmediatez de los medios de comunicación actuales lograron su propósito, y en poco tiempo, todo el mundo supo que, con un desfase de menos de media hora (y a pesar de la diferencia horaria), cuatro de los más altos representantes de las mayores religiones del mundo habían caído en un profundísimo y casi espectral sueño. Y lo cierto, es que nadie –a pesar de la existencia aún despierta de cardenales, obispos, sacerdotes, monjes y monjas, capellanes, cuidadores de templos, imanes, patriarcas, almuecines y creyentes-  sabía decir por qué.
*                                             *                                             *
                Y como suele ocurrir con los grandes acontecimientos planetarios, la verdad es que al principio no pasó nada. La gente estaba perpleja, desde luego, y algún medio de comunicación empezaba a plantear alguna teoría rayana en lo paranormal, pero aparte de eso, y de muchas diplomáticas reacciones de jefes de estado esperando la pronta recuperación de los religiosos, poco más. Un cierto número de curiosos se mantuvo de guardia en San Pedro, y algunos se congregaron alrededor de la tienda donde ¿descansaba?¿meditaba?¿dormía? el santón indio, pero poco más. No obstante, conforme pasaban los días, la gente se agitaba inquieta y se preguntaba en los confesionarios, en los rezos, de comunión en comunión y en cada funeral a orillas del Ganges, qué era lo que iba a ocurrir.
                Hasta que un día ocurrió. Sucedió también en perfecta sintonía horaria, de tal forma que en algunos casos era pleno día y en otros transcurrió en mitad de la madrugada. Pero fue real, afirmaron los que se encontraban al lado del santón indio, que abrió los ojos bruscamente, se incorporó de golpe desde su posición tumbada, y agarró la mano de la persona que tenía al lado, provocando en esta última un gritito de miedo. Pero el santón no dijo nada: eso sí, abrió la boca enormemente, como si estuviera soltando un alarido sordo, pero sin emitir una sola palabra de sus labios, mirando muy fijamente, los ojos inyectados a algún punto desconocido enfrente suya. Y luego, se levantó corriendo, y se encerró en su habitación.
                En el caso del Dalai Lama, la salida fue aún más precipitada. Se incorporó pausadamente desde su posición reclinada (de donde nadie se había atrevido a desplazarle), miró al altar donde estaba rezando… y comenzó a correr rápidamente para encerrarse en el baño más cercano.
                El imán despertó metido en su cama y rodeado de gente… y lo único que se le ocurrió fue meterse bajo las sábanas para que no le vieran.
                No dijeron ni una palabra: bueno, mentimos, hubo una excepción. Cuando el Papa se levantó de la silla donde le habían instalado para contemplar su estado (como si fuera un crucifijo o una estatua) y marchó a pasos cortos pero acelerados, a la velocidad que le permitían sus sesenta años y sus diminutas piernas, los cardenales le siguieron, le tiraron de la túnica, le rogaron, por favor, que les contara qué les había pasado.
                Y entonces, después de insistir a lo largo de todo el pasillo, el Papa, viendo que no le dejaban el paz, y mientras asía la puerta de su habitación, insistido, zaherido y cansado, sólo tuvo fuerzas para gritar, con los ojos ensimismados:
                -¡No hay Dios!¡No hay Dios!
                Y, aprovechando el desconcierto de sus perseguidores, aprovechó y cerró la puerta.
                Los cardenales se quedaron muy callados. Estupefactos ante esta última sentencia, no sabía qué hacer a ciencia cierta, pero una especie de tácito acuerdo se alcanzó: que no debían contarle a nadie lo que habían escuchado.
                En las tres horas siguientes ya lo sabía todo el planeta.
                Y entonces cundió el terror.
*                                             *                                             *
                El santón indio concluyó fácilmente las explicaciones ante la turba de fieles que montaban tumulto por hablar con él y preguntarle recurriendo a una de sus habituales rutinas: decretó un tiempo de silencio (a pesar de que su día habitual eran los miércoles), pero no concretó cuánto tiempo duraría. De esa manera, colocó un cartel colgado de la lona que separaba su habitación de la del resto de la tienda que le servía de refugio, cerró la entrada, y se ocultó. Nadie se atrevió a perturbar su voto.
                Otros, en cambio, no lo tuvieron tan fácil. La gente se agrupó alrededor de la mezquita de Estambul donde se encontraba sin salir el reconocido imán, y llamaba a las puertas exigiendo explicaciones.
                Pero quizás donde se lanzaban los gritos más airados era en el interior de la Capilla Sixtina, donde un grupo de altos prelados de la iglesia católica se habían reunido en petit comité para tratar quizás el asunto más relevante en toda la historia de la cristiandad desde hacía dos milenios. Y para decir (con las puertas bien cerradas) lo que todavía nadie se había atrevido a pronunciar en voz alta en los medios de comunicación.
                -¿Cómo que no hay Dios?¿Qué clase de afirmación es ésta?
                -¿Pero cómo lo dijo…?¿En plan “esto es un caos”, o decía literalmente que Dios no existía o…?
                -¿Cómo queréis que lo sepa?¡Eso fue lo único que dijo!¡No dejó un libro de instrucciones para la interpretación, ni tampoco unas miguitas de pan para llegar a una pista!¡Dijo “No hay Dios” un par de veces, se encerró, y punto?
                -¿Pero cómo puede decir que no hay Dios?¿Una pérdida súbita de fe?¿A su edad?¿A estas alturas?
                -¡Pero esto no es posible!-esgrimió un obispo italiano-. Un Papa no puede afirmar que Dios no existe. No de forma tan rotunda; tan categórica.
                -Bueno, bien mirado –explicó un cardenal extranjero de natural irónico-, también habría quien podría afirmar que antes también afirmaba de forma rotunda y categórica, pero justamente lo contrario.
                -Déjese de disquisiciones marxistas, esto no es un juego –argumentó la mano derecha del pontífice, un hombre pragmático donde los hubiera-. ¿Alguien sabe qué le ha podido pasar?¿Qué ha podido soñar, o sentir, o discernir durante una semana prácticamente en coma, que le haya llevado a este punto?
                -Más que un coma –quiso matizar un prelado que inició los estudios en medicina-, yo diría rigurosamente que se trataba de un sueño…
                -Un sueño que mantuvo al unísono con otros tres destacados líderes religiosos, por otra parte –afirmó otro-, y del que se han despertado a la vez.
                -Bien, sueño, coma, nimbo o como se llame: ¿alguien tiene idea de lo que puede haber ocurrido?¿Alguna explicación racional…?
                Y al decir esto se dio cuenta de que quedaba una segunda alternativa. Y aunque no era muy proclive a pensar en ello, dadas las circunstancias, no tuvo más remedio que continuar:
                -¿… o irracional?
                Todos los jeriarcas eclesiásticos se miraron entre sí, como queriendo escurrir el bulto. Nadie se atrevía a ser el primero. Finalmente uno habló:
                -Hombre, no es exactamente el carro de Elías…
                -Tampoco se parece del todo a la peregrinación en el desierto.
                -A mí la que siempre más me gustó fue una zarza ardiendo.
                -¡Señores, señores, por favor, seamos serios!-exclamó uno golpeando la mesa con la palma-. Una cosa es que Dios se anuncie para proclamar su existencia…. Pero que alguien les diga a los principales líderes religiosos que Dios no existe, ¿quién demonios se lo iba a decir?-pareció que le salían las palabras como espuma de la boca al cardenal.
                Alguno estuvo a punto de soltar: “El mismo Dio…”, pero rápidamente callaron temiendo que no fuera la frase mejor acogida. Alguno en cambio apuntó a que en la propia pregunta del cardenal estaba la respuesta, pero también bajó el dedo antes de señalarlo reconsidero que quizás no fuera oportuno. Finalmente, entre todos, se hizo un profundo silencio.
                -Pero, y si fuera verdad, ¿qué hacemos? Y si resulta que tiene razón, ¿qué puede pasar?
                Se escuchó entonces una voz casi de refilón.
                -Bueno, no sería la primera vez que un Papa con opiniones incómodas desapareciera en extrañas circunstancias…
                Todas las caras se volvieron hacia la voz con las órbitas desencajadas y la faz lívida. El prelado con tendencia a la ironía se disculpó:
                -Vale, vale, vale, sólo era un comentario…
                Y todos se quedaron en silencio, pues no sabían qué más añadir.
                El tiempo pasó para todos los implicados en el asunto. El imán trató de desviarse todo lo posible y dedicarse a orar mientras otro daba por él el sermón de los viernes. El Dalai Lama subió a lo alto del Himalaya y, de esa manera, incluso los periodistas más recalcitrantes consiguieron rendirse. El santón indio persistió con su voto de silencio.
                El que más difícil lo tuvo fue el Papa de Roma. Con todas las miradas puestas en él –y cámaras de televisión enfocando de manera ininterrumpida el balcón de San Pedro, en cuya plaza se agolpaba una multitud expectante portando velas, el Papa tuvo que consentir que un pequeño número de cardenales entrara en sus aposentos; bueno, en realidad no es que consintiera, pero el hecho de que varios de éstos se situaran detrás del guarda suizo que le traía el almuerzo no le dejó muchas opciones. Y ante esa presión, no tuvo más remedio que hablar.
                -Se me ha –y corrigió, pues era consciente de que no era al único al que le había ocurrido-, se nos ha concedido una visión del mundo. Una contemplación del universo tal como es: sus movimientos, sus constantes, sus leyes físicas. He alcanzado una comprensión total del todo, aquello que más ambicionaron filósofos y místicos. Hasta he entendido conceptos que nunca comprendí ni en mis épocas de estudiante: si ahora mismo conversara con un premio Nobel, podría replicarle que todas sus ideas sobre el bosón de Higgs están completamente equivocadas, mientras que la ley en Murphy, en realidad, parece estar más cercana al funcionamiento general del universo.
                Pero los cardenales no estaban para reflexiones teológicas; o quizás, precisamente para lo que estaban era para eso.
                -Vale… ¿y Dios?
                El Papa negó con la cabeza.
                -Nada. Ni la más mínima pista.
                Los cardenales no sabían cómo interpretar este hecho.
                -Que no aparezca no quiere decir que no exista…
                -Quién sabe si esta visión es obra del universo, de Dios o del diablo…
                El Papa negó con la cabeza.
                -Todo mi ser me dice que esa visión era real, y que lo mostraba todo. Y me temo que el resto de los que la han sufrido dirán lo mismo. Ignoro a qué se ha debido, quién la ha emitido o con qué propósito; pero ahora mismo, toda mi alma, mi corazón y mi cerebro, me dicen que no hay ningún Dios. No puedo seguir ejerciendo en el cargo.
                Los cardenales se miraron entre sí, anonadados.
                -Pero… no puede dimitir… Eso sembraría de dudas la Iglesia.
                -No podemos revelar esta verdad al mundo… Al menos, hasta que sepamos cómo manejarla. Debemos procesar la información, elaborar un plan acerca de cómo vamos a explicarla a los medios.
                -Algo tendremos que decir… alguna explicación tendremos que dar.
                -No, no, de eso nada –negó un cardenal muy enfático, tan colorado como sus vestidos-. Como dijo creo que Karel Kapek, la Iglesia no tiene necesidad de explicar ni justificar nada, simplemente de regular o prohibir. Nuestros fieles lo han aceptado hasta entonces, no veo por qué se van a oponer ahora.
                El Papa les miró. Y comprendió. Y asintió. No le iban a dejar. Eran demasiadas cosas, demasiados asuntos dependiendo de él, incluyendo el trabajo de los propios cardenales. Nunca permitirían que la verdad saliera alguna vez de esta sala.
                -De acuerdo. ¿Puedo ir al baño un momento?
                Los cardenales, que habían instintivamente formado un muro para acorralar al Sumo Pontífice, se mostraron dubitativos sobre cómo debían actuar, pero finalmente cedieron. Con mucho cuidado de no tropezarse, el Papa avanzó hasta salir de la habitación.
                Y entonces, salió corriendo a toda velocidad.
                Los testigos de aquel hecho declararon que el representante de Dios en la Tierra (es un decir) realizó una buena carrera para tratarse de una persona de setenta años, que el Papa bien podría haber realizado una buena marca en una competición de atletismo en el rango de participantes de su edad, y que seguramente la velocidad que alcanzó fue seguramente la más alta entre todos los sucesores de San Pedro, teniendo en cuenta la falta de registros históricos acerca de este punto, especialmente entre los que celebraron misa en las catacumbas. Pero lo único cierto y verificable fue que el Papa fue capaz de alcanzar el balcón de la Basílica de San Pedro antes que nadie pudiera impedírselo, y que una vez allí, delante de todas las cámaras de televisión y de la multitud cuyos corazones se habían colmado de gozo al contemplar a su ansiado líder espiritual, el Papa se acercó al borde del balcón…
                ... y entonces saltó.
                La caída no fue excesivamente elegante, a pesar de que el vuelo de la capa le proporcionó cierto lustre. Los allí presentes declararon que fue como si el tiempo se hubiera detenido, aunque las cámaras registraron un tiempo relativamente corto en terminar su recorrido. Algunos creyeron que en el último momento el Papa iba a decir algo, o que la trayectoria del Pontífice iba a dar un brusco giro y éste iba a salir volando hasta los cielos… pero el brusco sonido del cuerpo al estamparse contra el suelo liquidó todas las esperanzas.
                Bueno, seguramente no todas, porque alguien éntre las primeras filas se atrevió a asegurar: “Señor Sumo Pontífice, ¿está usted bien…?”
                La falta de respuesta hizo que, después, no fuera necesario añadir nada.

*                                             *                                             *

                Aquello ciertamente generó un anticlímax. Durante las siguientes horas, los allí enclavados –y especialmente los altos jerarcas de la Iglesia, huérfanos ahora de un líder- se quedaron mirando el lugar donde había aterrizado el Papa como si esperaran que de allí surgiera una divina (y nunca mejor dicho) solución para sus problemas. Pero en cambio, sólo podían contemplar los nefastos acontecimientos.
                -Se ha quedado pegado como un chicle aplastado en la acera –declaró completamente chafado un obispo.
                -Van a tener que sacarle de allí con rascador –argumentó desolado otro.
                -Ya es mala suerte que debajo hubiera una obra y su Santi… el anterior Papa, se haya quedado solidificado en el cemento.
                -Es la peor escultura que podríamos tener.
                -Hombre, miradlo desde otro punto de vista. Para los anales, ha sido la salida más espectacular del cargo que ha habido en toda la Historia –declaró el prelado con tendencia a la ironía-. Y por unos momentos, pareció de verdad que su Santid… el anterior Papa, iba a volar hacia Dios.
                No quiso a añadir, “Quizás lo haya hecho”, la frase parecía fuera de lugar en ese momento.
                Pero el que ni tan siquiera hubiera una réplica indicaba el estado tan depresivo al que habían llegado las cosas.

*                                             *                                             *

                Mientras tanto, la vida siguió. Los cardenales consiguieron mal que bien tapar el asunto y un nuevo Papa –desconocedor de todo aquel turbio asunto- fue elegido. Por supuesto que hubo rumores, filtraciones, elucubraciones varias, pero a falta de ninguna otra certificación oficial El Dalai Lama murió al poco tiempo, y del imán de Estambul poco más se supo. Algunos dicen que le vieron en una región inhóspita de Australia, viviendo como un eremita, pero los testimonios al respecto son bastante confusos llegados a este punto.
                En ese tiempo, el santón indio siguió sin hablar.
                Pudiera ser que le hubieran llegado ecos de la muerte del último Papa (bien fuera porque lo hubiera sentido de alguna manera espiritual o simplemente por el rumor y el eco de las voces de los hombres en el tiempo); pudiera ser porque el largo período de reflexión al que se había sometido había dado sus frutos. O, en definitiva, pudiera ser porque sintió que el momento necesario había llegado. El caso es que un día, el santón, situado hasta entonces sobre la misma piedra, sin comer y casi sin beber durante todo este tiempo, finalmente se levantó.
                Era ya casi de noche. De las multitudes que en un primer momento le habían rodeado, esperando ver qué era lo que decía cuando saliera de su ensimismamiento, ya tan sólo quedaban unos pocos fieles, instalados allí más por la rutina que por la búsqueda de conocimiento, y si acaso unos cuantos vendedores callejeros que vivían de darle de comer a esa escasa gente. “Mejor”, se dijo el santón a sí mismo. Cuando el dios de los cristianos empezó a predicar, lo hizo sobre unos cuantos pescadores. Debe ser a unos pocos, debe ser de manera oral, debe ser íntimo. La Historia está llena de acontecimientos en las que un tipo le dice unas cuantas cosas que cree oportunas en un momento determinado a un grupúsculo de gente, y al rato se convierte en un profeta, en un hombre-milagro, en un Dios. Y los que estaban presentes suelen preguntarse, “¿Ése?, pues yo cuando le vi parecía un tipo bastante corriente que simplemente hizo lo que tocaba”. A veces simplemente hacer lo que toca nos sitúa a nivel de los dioses. A veces nos gusta endiosar a los hombres (eso sí, siempre que estén muertos o no les conozcamos), porque de esta manera lo que hacemos realmente es endiosarnos a nosotros mismos. Quizás no haya Dios, se repitió el santón; pero las cosas deben seguir haciéndose de la misma manera.
                Conforme se levantó y comenzó a andar, la gente se mostró al principio aturdida, y luego le siguieron para ver qué era lo que ocurría, más por inercia casi que por curiosidad. El santón avanzó la suficiente distancia para hacer que se rindieran aquellos que simplemente esperaban ver un buen espectáculo. Por fin, cuando sólo personas realmente interesadas parecieron seguirle, el santón se dio la vuelta y sentó sobre una roca. El resto hicieron lo propio y aguardaron sus palabras.
                -No hay Dios –repitió aquel mantra que llevaba meses resonando en su cabeza-. Pero a mí me gustaría que lo hubiera. Me gustaría que hubiera un Dios que nos auxiliara cuando las cosas no fueran tan buenas, incluso aunque su poder fuera finito. Me gustaría que hubiera un Dios que se metiera dentro de las cabezas de las gentes para decirles: “Sé bueno con tu vecino. Compréndele cuando está en apuros. Auxíliale cuando sea necesario. Trátale bien, rescátale, compórtate como te gustaría que un desconocido con capacidad para echarte una mano querrías que se comportase en relación a ti”.
                Les miró a todos muy fijamente.
                -Me encantaría que existiera ese Dios –afirmó.
                Alargó las manos hacia ellos. Pensó: “sólo un hombre que ayuda a otro puede decirse que actúa en nombre de algo superior”.
                La petición le salió con suave tono de voz.
                -¿Me ayudáis a crearlo?
                Un par de manos se alargaron de vuelta; otras dos o tres se alzaron porque tenían preguntas.
                La pregunta que se forjó, aún está tratando de obtener respuesta.

miércoles, 13 de marzo de 2013

La historia real de marzo: Asesinatos históricos sin esclarecer -o con serias dudas sobre su autoría- (II)

Continuamos con la sucesión de casos de asesinato que han quedado sin resolver (o al menos, con dudas más que razonables) a lo largo de la historia. Vigilad vuestra espalda, que vienen variaditos.

5) El primer asesinato del que se tiene constancia ocurrió antes de la historia, y ni siquiera fue a un ser humano: fue a un neardental al cual le ha correspondido la etiqueta (en los restos arqueológicos) de Shanidar 3. Los científicos que han examinado el cuerpo han dictaminado no sólo que fue asesinado por una lanza, sino que además esa lanza provenía de un hombre de Cromagnon (o sea, uno de los nuestros), con lo cual se trataría también del primer crimen atribuido a un Homo Sapiens Sapiens. El supuestamente primer crimen cometido sobre un humano se sitúa en los Alpes italianos, donde el llamado hombre de Oetzi fue alcanzado por una flecha por la espalda y luego rematado en la cabeza. Por otra parte, recientemente se ha encontrado una fosa común donde se han localizado a 200 individuos que habitaron antes de que existiera la palabra escrita y fueron seguramente víctimas de la primera masacre de la historia (un crimen, lo miremos como lo miremos, como cualquier otro).

6) LA DALIA NEGRA.
Con este nombre se conoce popularmente al asesinato de Elizabeth Short, una joven que apareció muerta en un distrito de Los Ángeles, seccionado su cuerpo a la altura de la cintura, con cortes en las comisuras de los labios remedando una sonrisa, y en buena medida vaciada de sangre. La brutalidad  y espectacularidad del crimen, y el hecho de que la chica tenía fama de haber llevado una vida disipada le dieron popularidad al caso, que hoy por hoy sigue sin esclarecerse. James Ellroy, un escritor obsesionado con los psicópatas a raíz de que su madre fuera asesinada por uno de ellos, inmortalizó la historia en forma de novela, que ha tenido adaptaciones cinematográficas diversas, incluyendo una reciente dirigida por Brian De Palma (por cierto, espectacular Mia Kirshner en su papel de Elizabeth Short). No obstante, hay una larga lista de archivos policiales repletos de crímenes escabrosos sin resolver, incluyendo el asesinato de los Borden o "el niño de la caja", el cual apareció con pelo y uñas recién cortadas dentro de una caja, seguramente para que el conseguido propósito de que no se le identificara.

7) EL MISTERIO DE MARY ROGERS.
El caso no tendría mayores pretensiones de natural: una chica amanece muerta en el río Hudson en Nueva York. Una bella cigarrera la cual, además, había desaparecido en misteriosas circunstancias unos pocos años antes para volver a repararecer después (se duda si a causa de pretender ocultar un aborto, como una maniobra publicitaria o por otros motivos). Pero allí se metió Edgar Allan Poe, que escribió un relato con múltiples similitudes al de Mary Rogers -"El misterio de Marie Rogêt"-, aunque cambió de localización (la ubicó en el Sena parisino) y, sobre todo, se dedicó a analizar las pistas del asesinato, no atreviéndose a señalar claramente a un sospechoso pero sí indicando la dirección que debía seguir la investigación. Leer un relato como éste de noche, a la fría luz de una bombilla de una mesita de noche, y pensar que se trata de un asesinato real y sobrecogerse por ello son todo uno para el lector. Muchos acusaron a Poe de querer ganar notoriedad con el relato, si bien es cierto que novelar misterios reales (y más aún sin resolver) era asunto común en aquella época. Pero más delirante se vuelve todavía el asunto cuando muchos sospechan que el asesino -debido a la multitud de detalles que se aportan en el relato-, ¡es el propio Poe! Parece que Poe (bien sabe si por librarse de las acusaciones) deslizó que era el propio asesino el que le había revelado su autoría y los detalles de la muerte. Fundadas las sospechas o no, el crimen sigue todavía en el aire, y el suicidio del novio de la chica con una nota bastante ambigua no contribuyó a esclarecerlo, ya que éste tenía una sólida coartada. Por cierto que Poe (al que la muerte le rondó dolorosamente toda su vida, como en el caso de su esposa) también falleció en circunstancias extrañas, apareciendo en las calles de Baltimore con las ropas desaliñadas y en un estado delirante, habiéndose atribuido su muerte a la rabia, la sífilis o una intoxicación etílica mortal.

8) LOS FEMINICIDIOS DE CIUDAD JUÁREZ.
En un principio, cuando empezó a publicarse en la prensa la aparición de mujeres muertas con breves  intervalos de tiempo entre las mismas en Ciudad Juárez, muchos imaginaron la idea de un asesino en serie o de un perfil similar. La realidad, desgraciadamente, es mucho más macabra. No hay explicación total para las setecientas mujeres asesinadas desde 1993 hasta 2012 en esta zona fronteriza de México, separada de la estadounidense El Paso a través de una frontera que cruzan miles de inmigrantes cada día para ir a trabajar. Sin embargo, se atribuyen estos crímenes a una combinación de violencia de género, industria del narcotráfico y rivalidades entre bandas (la frontera entre México y Estados Unidos se ha convertido en una de las más violentas del mundo, concentrándose en la parte mexicana todas las miserias de las que se libra la plácida parte estadounidense), en un contexto de impunidad donde la policía no da abasto o no se atreve del todo a investigar. Desde ese punto de vista, la secuencia de acontecimientos está clara: se escuchan unas cuantas muertes, y si alguien pensaba en perpretar un asesinato, ya sabe cómo hacerlo para que acabe en este fondo de saco y se le atribuya a un "asesino" general, una especie de niebla difusa tan grande y viscosa que nadie sabe ni tiene intención de abordar. ¿Pero quién es el asesino: el entorno global, la pobreza, la ignorancia, la droga? Una demostración viva de que a veces los mejores policías son los maestros o las políticas sociales.

9) EL ENIGMA DE KASPAR HAUSER.
Conocida es la historia de este muchacho, el huérfano de Europa, que apareció sin ningún antecedente previo en mitad de las calles de Nuremberg sin apenas el menor grado elemental de formación (no hablaba ni leía) y que parecía haber estado cautivo en palacios durante buena parte de su vida. Con la sospecha siempre encima de ser el príncipe destronado de alguna monarquía europea (puede incluso que de Napoleón II; los análisis genéticos realizados hasta la fecha parecen apuntar a que, efectivamente, estaba emparentado con la casa real de Baden, pero tampoco lo pueden corroborar de manera segura), su muerte es aún más misteriosa, pues apareció con heridas que difícilmente se podría haber autoinfligido. El misterio en torno a su figura continúa.

10) Hay crímenes que no llegan a resolverse pero en los cuales la conveniencia para los beneficiados de la muerte es tan evidente que es difícl abstraerse. El asesinato del obispo Óscar Romero (posteriormente desvelada la implicación de escuadrones de la muerte salvadoreños, que le liquidarían a causa de su implicación a favor de los pobres y en contra de los desmanes del ejército) sería un buen candidato, como tambíen la muerte del teniente coronel del KGB Aleksandr Litvinenko como consecuencia de la ingestión de polonio radiactivo (¿alguien duda en inculpar a Putin?). Lo que suele ocurrir, sin embargo, con estos casos, es que sus muertes quedan sin aclararse hasta mucho tiempo después, cuando los implicados ya no tienen que temer las consecuencias, y los nuevos poderosos pueden dedicarse a perpretar otros delitos que ya resolverán años después.

Finalmente, como componente adicional, se dice que el mejor asesinato es el que no lo parece. Sospechas de crímenes que se fingierion suicidos o accidentes ha habido miles a lo largo de la historia, y si nos ponemos podríamos empezar a hablar de Marylin Monroe, numerosos crímenes políticos... Pero en este sentido, la "muerte natural" más sospechosa de los últimos tiempos ha sido la de Juan Pablo I, fallecido sólo 33 días después de aceptar su nombramiento como Sumo Pontífice. A pesar de que la muerte de los papas es algo lógico y normal (son elegidos ya después de una larga vida de servicio a la iglesia), el hecho de que años después apareciera un turbio escándalo de corrupción vaticana en el que se implicaba al cardenal Marcinkus y el Banco Ambrosiano, y por el cual el banquero Roberto Calvi aparecería ahorcado en Londres, da bastante pábulo a las teorías conspirativas. De hecho, el que se nombrara justo después de su muerte a un papa ajeno a las intrigas italianas, por primera vez en varios siglos, parece indicar que el ambiente vaticano se encontraba muy enrarecido en aquellos momentos. No es éste el único de los misterios que campan por la ciudad de Dios: la muerte la adolescente Emanuela Orlandi, de 15 años, sigue sin resolverse, y se apuntan a conexiones con grupos terroristas, mafiosos enterrados en basílicas romanas, o con la propia curia vaticana (incluso alguna teoría habla de que la pobre Orlandi habría sido capturada y retenida como esclava sexual en el Vaticano, y asesinada después para ocultarlo). La fé de las piedras de uno de los lugares con más tesoros artísticos del mundo no protege a aquel entorno del horror de las maldades de los hombres.

Espero hablaros la próxima vez de temas menos lóbregos y más luminosos. Aunque sean, quizás, también inexplicables. Hasta la próxima ocasión.

lunes, 4 de marzo de 2013

La historia corta de marzo: Historias del metro (6)

Plantearos hacer una cosa de éstas (os dejaré con la duda de sucedió o es tan sólo imaginado) a la vuelta de algún viaje:


En la estación de Méndez Álvaro, sentado, esperando a mi novia que vuelve de viaje en autobús, yo me vuelvo a la señora que tengo al lado, y le digo:
            -¿Sabe?, llevo cinco años sin ver a mi novia. Me dejó plantado en el altar, y desde entonces no hemos vuelto a vernos. Ella huyó a todas partes, ha estado en desiertos, en glaciares, en selvas, y durante todo ese tiempo, de lo que tenía miedo era de volver a casa. Ha pasado por guerras, ha tenido mil amantes, la han tratado mal en muchos sitios, fue encerrada y torturada por un grupo armado en una guerrilla. Y ahora, después de todo este tiempo, de tantas cosas en su vida, ha conseguido una alta posición social, se ha casado con una persona rica y tiene un trabajo estupendo, pero yo conseguí por fin encontrar su teléfono, y la llamé y le dije que, si quería volver, yo estaría dispuesto a recibirla con los brazos abiertos. Ahora, si la veo subir por esa escalera, es que quiere decir que lo ha abandonado todo por mí, y que, a pesar de todo, me quiere...
            Y la señora, visiblemente emocionada, giró la cabeza para contemplar el extremo de esta escalera.
            De repente, mi novia apareció llevada por las escaleras mecánicas. Yo emití una inmensa sonrisa, y me acerqué hacia ella, nos besamos levemente, y comenzamos a andar en dirección hacia la salida. “¿Qué tal Zaragoza?”, le pregunté, “Ah, pues nada”, me respondió, “es extraño, te he echado de menos, pese a que sólo fueran cuatro días”. Cuando volví la cabeza, la señora de antes estaba llorando. Mi novia, siguiendo mi mirada, también se fijó y me preguntó extrañada:
            -¿Tú sabes qué le pasa?
            -No, la verdad –respondí-. Cosas suyas, supongo.

lunes, 25 de febrero de 2013

La historia real de febrero: Asesinatos históricos sin esclarecer -o con serias dudas sobre su autoría- (I):

No hay nada más emocionante que un misterio. Tanto, que a veces sobrepasa el propio valor de aquello que se encuentra oculto. Si a ello le adicionamos un enigma alrededor de un asesinato, la atracción se duplica. Pero, ¿y si ese crimen lleva además un largo período sin resolver? Es entonces cuando se convierte en leyenda. Una selección de 10 crímenes (aunque os dejamos como aderezo algunos también interesantes) que todavía nos siguen intrigando y apasionando a partes iguales, y que ni las nuevas tecnologías ni revisiones históricas han conseguido resolver. Al menos, hasta que alguno de vosotros se atreva a intentarlo.



1). JOHN FITZGERALD KENNEDY.
El tercer magnicidio de un presidente de Estados Unidos (tras Lincoln y Garfield) es seguramente el crimen sin resolver más controvertido de la historia. El presidente JFK, acompañado de su mujer y del gobernador Connelly, saludaba desde el Lincoln presidencial durante un desfile en Dallas (Texas) cuando comenzaron a escucharse disparos que impactaron en el cuerpo del presidente y de Connelly. La película del videoaficionado Zapruder sigue dando vueltas por el mundo mostrando el horror en el rostro de Jacquline Kennedy y el pánico de la multitud. En unas pocas horas, Lee Harvey Oswald, un antiguo marine, es acusado del asesinato, pero Jack Ruby, un mafioso local, le dispara delante de las cámaras (según él, para ahorrarle a la familia Kennedy el drama de un juicio) y la formada para el propósito Comisión Warren dictamina que Oswald (como consecuencia de su supuesta ideología comunista) fue el único autor del crimen. A partir de ahí, comienza la polémica. El más destacado en este sentido -como reflejó la película JFK (1991), de Oliver Stone- fue el fiscal de distrito Nueva Orleans, Jim Garrison, que esgrimía que todas las evidencias apuntaban a que tuvieron que producirse más de los tres disparos que se le atribuyeron a Oswald en el corto período de tiempo que duró el suceso (de hecho, para explicarlo, la Comisión Warren defendió la teoría de una "bala mágica" que fue capaz de provocar múltiples heridas distintas tanto en Kennedy como en Connally, cambiando de dirección varias veces de manera abrupta), y que por tanto debía haber al menos un segundo tirador. Este aspecto, además de las numerosas lagunas de la Comisión Warren, y la insólita actuación del servicio secreto antes y después del asesinato han contribuido a la teoría que atribuye el crimen a lo que Eisenhower denominó el complejo militar-industrial de los Estados Unidos, formado por miembros del ejército, la CIA, el FBI y políticos de las altas esferas, los cuales temían la pérdida de beneficios generada en el caso de que -como así parecía- Kennedy retirara a los Estados Unidos de la guerra de Vietnam. Ésta es la teoría de la conspiración más extendida, que incluye incluso también la colaboración de cubanos anti-castristas. Sin embargo, hipótesis hay para todos los gustos: la mafia, la reserva federal, Israel, y por supuesto variadas combinaciones de todos ellos, implicando de forma más o menos directa a personajes como J. Edgar Hoover, Lyndon B. Johnson o Richard Nixon. Hoy por hoy, muchos documentos continúan clasificados, el misterio sigue sin esclarecerse, y hasta el 70 por ciento de los norteamericanos creen que la verdad va más allá de la teoría de la Comisión Warren, que sigue siendo la única oficial desde entonces. Como anécdota, sólo ha habido dos casos de personas que se autoinculparan del asesinato: James Files, mafioso que diría haber participado en una colaboración entre la CIA y la mafia (aunque la mayor parte de los investigadores creen que sólo confesó esa historia para obtener dinero), y -de acuerdo con su hijo- presuntamente Howard Hunt, un miembro de la CIA condenado posteriormente por el Watergate y que habría confesado en su lecho de muerte que la conspiración fue orquestada por Lyndon B. Johnson en colaboración con algunos miembros de la agencia de espionaje estadounidense. Como colofón, otros políticos de la misma época (Martin Luther King, y el hermano de JFK, Bobby Kennedy) son liquidados en extrañas circunstancias, apuntándose siempre a que había mucho más detrás de los supuestos asesinos solitarios. Caso aparte merece, unos años más tarde, Jimmy Hoffa, el principal jefe de los sindicatos de transporte en los años setenta y polémico a causa de sus supuestos vínculos con la mafia: desapareció de un bar de carretera en 1975 y nadie le ha vuelto a ver. Algunos dicen que está enterrado bajo el marcador del estadio de fútbol americano donde suelen jugar los Giants.

2) OLOF PALME.
Ya que andamos con los magnicidios, es bueno recordar éste que ocurrió no hace tanto, en 1986. El primer ministro sueco, uno de los referentes de la socialdemocracia, crítico con el apartheid y la guerra de Vietnam y defensor entre otros del desarme armamentístico, los países del Tercer Mundo y la causa republicana española, fue asesinado por un desconocido mientras volvía del cine con su mujer (la ingenua Suecia no creía que nadie pudiera intentar asesinar a sus dirigentes y la pareja iba sin guardaespaldas). Se atribuyó el crimen a ultraderechistas suecos o chilenos o a servicios secretos de países como Chile y Sudáfrica; también se identificó a un delicuente de poca monta como el autor de los disparos, pero se le absolvió por falta de pruebas. Recientemente, parece que una millonaria afincada en el Reino Unido y recientemente fallecida (en extrañas circunstancias, si bien parece que coqueteaba previamente con las drogas) reveló tener datos que apuntaban a que un empresario sueco habría instigado el asesinato de Palme puesto que su actividad podría suponer una amenaza para sus negocios. El ordenador de esta mujer contenía datos sobre este asunto que Scotland Yard ha remitido a la policía sueca.

3) Y si de asesinatos políticos se trata, en España tenemos unos cuantos para ingresar con un puesto en la lista. Desde el asesinato del general Prim en un atentado cuando iba a recibir al futuro rey Amadeo de Saboya (y sobre el que Paul Preston ha publicado recientemente un libro y se han realizado estudios sobre la momia) hasta el misterio  Galíndez, que inspiró la novela de Vázquez Montalbán y luego una película protagonizada por Harvey Keitel y Eduard Fernández. Galíndez era delegado del PNV en Nueva York y profesor de la Universidad de Columbia: se encontraba escribiendo un libro sobre el dictador dominicano Trujillo, revelando entre otras cosas que su descendiente natural no era en realidad su hijo. Se dice que fue raptado, llevado a la República Dominicana y posteriormente asesinado, pero no hay pruebas al respecto. Todavía más desconcertante es el caso del general Mola: se supone que habría fallecido en un accidente de aviación, pero continuamente (y de hecho, a este autor le han llegado referencias indirectas al caso) surgen puntos oscuros que se acrecentan al constatar que su muerte dejó expedito el camino al general Franco para convertirse en el jefe del estado español tras la Guerra Civil, cosa que con Mola vivo quizás no hubiera pasado. ¿Coincidencia?

4) JACK EL DESTRIPADOR.
El primer asesino en serie (registrado como tal, aunque se podrían argumentar excepciones como las de Gilles de Rais, Vlad el empalador o la condesa Báthory) de la historia asesinó a cinco mujeres entre agosto y noviembre de 1888, aunque se sospecha que pudieron ser más. Las víctimas -todas ellas prostitutas del depauperado y oscuro barrio de Whitechapel- aparecían salvajemente descuartizadas, e incluso el supuesto asesino se regodeó con la prensa mandando cartas en las que reclamba la autoría de los asesinatos o incluso envió, en un macabro chiste, medio riñón. De Jack el Destripador es difícil conocer qué datos son reales y cuáles no porque a las dificultades de la oscura noche londinense de la época, lo vago de los testimonios y la histeria desatada porlos crímenes, debemos añadir que la profesionalidad de buena parte de la policía de aquel entonces dejaba mucho de desear, y más todavía en el caso de la prensa (todavía está por esclarecerse cuántas de las cartas supuestamente enviadas por el asesino son una invención de los directores de periódico, si no lo son todas). No obstante, cien años de imaginación popular han hecho mucho, incluyendo la versión de Alan Moore en cómic From Hell, innumerables películas y teleseries (incluyendo a nombres tan destacados como Michael Caine, Johnny Depp o Sherlock Holmes) y por supuesto infinidad de teorías, que incluyen desde la familia real británica (entre los candidatos se encontrarían el príncipe Eduardo, el médico de la reina o incluso un complot masónico, siendo un posible motivo el evitar desvelar que una de las prostitutas había quedado embarazada del príncipe de Gales), un pintor, un hombre que huyó a América en la fecha posterior a los asesinatos y de conducta sospechosa, un individuo denunciado por su propia familia ante sus muestras de desequilibrio mental y por supuesto carniceros y médicos varios (de hecho, hace poco un descendente de un galeno de la época ha afirmado que sospecha que su antepasado pudo ser Jack el Destripador, opinando incluso que debería analizarse el ADN de su bisturí -expuesto ahora en un museo británico- para comprobarlo). Arthur Conan Doyle llegó a opinar que se trataba de una mujer, y que era eso lo que le había hecho ganar la confianza de sus víctimas, mientras que modernos criminólogos parecen apuntar a que se trataría de un trabajador que viviría en el barrio, y de hecho han podido delimitar el área más probable donde se encontraría su residencia. Para quien le interese, hoy en día hay innumerables tours londinenses que te guían por los lugares más emblemáticos del caso, y que pueden terminar como colofón con un buen plato de curry (es la mejor zona de Londres para eso). Otros famosos asesinos en serie cuya identidad nunca llegó a revelarse fueron el famoso Zodiac, o Jack "the Stripper", un asesino del Londres de los años sesenta con métodos parecidos a los del Destripador, pero que además desvestía a sus víctimas antes de arrojarlas al Támesis.

Se supone que este sería el retrato robot de Jack el Destripador, de acuerdo a las descripciones de por entonces, y realizado en la actualidad. No, a pesar de lo que la imagen sugiere, Freddy Mercury en aquella época todavía no había nacido (ésta es la típica coñas que te regalan los guías de  los tours de Jack el Destripador alrededor de Whitechapel en Londres).

(Continuará...)

lunes, 11 de febrero de 2013

Celebración: 1 año de blog

Todo tiene sus cumpleaños, hasta esta página. Y dado que este blog viene a cumplir algo más de un añito, vamos a celebrarlo entregando -para aquellos que lo siguen y disfrutan periódicamente-, un pequeño regalito que quizás incluso pueda estimular a futuras y aún más interesantes lecturas. Se trata de la introducción de la novela corta "El troll", la cual, como sabéis, podéis adquirirla por un módico precio tanto en formato "epub" como "pdf" en peopleEbooks.com. Espero que, aparte de desasosegaros un poco (pues ésta es la principal misión de esta historia), os convezca lo suficiente como para que adquiráis el resto del libro.

Un saludo, que lo disfrutéis, y muchas gracias a todos los que acudís regular o esporádicamente a estas páginas y aportáis vuestra presencia e incluso vuestro valioso grano de arena en forma de comentario, o compartiendo alguna de estas historias a través de las redes sociales. Este blog, más que nunca, se debe a vosotros. Nos vemos.


El troll
Introducción

          Nos encontramos en mitad de Plaza Castilla, el nudo de comunicaciones más importante del norte de Madrid. Siete y media de la mañana: las calles y las aceras son iluminadas por un frío sol de invierno que alimenta los más negros nubarrones. La gente camina, de un lado a otro, deprisa, a grandes zancadas, en dirección a sus claustrofóbicos trabajos y rutinarias ocupaciones diarias. Es la marea humana: contemplada desde fuera, asemejan millones de hormiguitas furiosas que se desplazan sin sentido, pisoteándose unas a otras, tropezando a cada paso, pero en realidad, cada uno de estos individuos conoce perfectamente adónde va, hacia dónde se dirige, y lo hace con mirada fijada en el objetivo, sin tiempo que perder ni un instante, ni siquiera para plantearse, “¿Por qué?”. Contemplamos maletines, carteras de piel, abrigos, quioscos abiertos, gente que compra el periódico, un ciego vendiendo cupones, un mimo en mitad de la calle manteniéndose estático como el hielo, ejecutivos agresivos que acaban de decidir que hoy será su último día de vida. Y en medio de esta vorágine, de esa inmensa maquinaria urbana, nuestro hombre, un rostro más entre la multitud, decide situarse justo a un lado de las inclinadas Torres Kío, en una zona peatonal por la que pasan cada minuto varios cientos de personas, y, bruscamente, y aparentemente sin venir a cuento, se detiene.
            Escruta en ese momento al resto de los hombres y mujeres que se cruzan, como un enjambre zumbante de abejas, a su alrededor. Permanece callado, silencioso. Pasa desapercibido entre la muchedumbre, que no repara en este súbito cambio de ritmo. Porta un maletín en la mano, también una gabardina arrugada, humedecida a causa de la reciente lluvia. Se queda en un instante parado, y al hacerlo, parece como si la gente, de repente, esa misma gente que iba caminando delante de él hasta hace unos instantes, marchara más y más deprisa, ahora a cámara rápida, es como si acéleraramos el vídeo, y entonces, nuestros movimientos, los más cotidianos, aquellos en los que creemos con más firmeza y que con tanta convicción realizamos, se vuelven cómicos y graciosos. Efectivamente, son graciosos, reflexiona nuestro hombre, el cual aprieta ahora una tecla de ese mando imaginario que blande en su mano: ahora marchan todos para atrás, la gente sube de espaldas los escalones del metro, el ciego entrega una moneda y el cliente le devuelve un cupón, la ropa interior tendida que vuela y que cae, vuelve a ascender hasta arriba. Y en ese momento, nuestro hombre, toma una intrépida decisión. Avanza lenta, muy pausadamente, hacia el centro de la plaza, en mitad de las dos inmensas torres inclinadas, y se queda parado de nuevo. Levanta la mirada hacia arriba.
            Y comienza a otear un punto fijo en el cielo.
       Al principio, no pasa nada. La gente sigue a sus cosas, no tiene tiempo para detenerse; el desconocido comprueba cómo los caminantes pasan de largo, y él pasa, como todos los días, inadvertido. Pero poco a poco, algunas personas van elevando la vista, encuentran a nuestro hombre, e interrumpen sus actividades para observarle. “Qué le ocurre”, se preguntan. “A qué está mirando”, se escaman. El cielo es azul, allí arriba en la inmensidad no hay nada, “¿Qué sigue aquel tipo con la mirada?”. Quizás esté parado sin más, postulan algunos. Pero no puede ser, nadie se queda detenido sin más observando el cielo, ningún hombre en su sano juicio lo haría, Quizás esté buscando algo, arguyen ciertos individuos, O ya lo ha encontrado, se responden otros. Y la gente le mira, se queda parada, si le vieran con otra pinta, una gabardina raída o unos pantalones plagados de sietes, probablemente no lo harían, se susurrarían, “Será un loco”, “Vete tú a saber lo que mira”, “Y yo qué sé”, lo despacharían de su mente a un lado, pero en este caso, éste parece un hombre normal, con su abrigo y su corbata, con su cartera y sus gafas, él no es nadie, un ser anodino y gris más de los que tanto abundan en la ciudad, con lo cual él es, sin embargo, y por tanto, él es, aunque queramos negarlo, Uno de nosotros. Y por eso, la gente se queda parada, cada vez más personas se acumulan en torno al desconocido, contemplando el mismo punto invisible del cielo, escudriñando bajo las nubes la misma respuesta, y esas personas se llevan la mano a los ojos, protegiéndose de los aún tenues rayos solares, y resisten las rachas frías de viento, y mientras tanto siguen buscando; alguno, más avezado, cree haberlo encontrado, o al menos quiere fingir haberlo hecho, levanta la ceja, pero luego, al contemplar los rostros ensimismados de los demás, comprueba que tampoco ellos ven nada, y por eso, abandona su actitud de superioridad, vuelve a agachar la cabeza, y a otear con el rabillo del ojo el horizonte. Y cada vez se acumula más y más gente, y cada vez, hay más personas en tropel, veinte, treinta personas en mitad de Plaza Castilla, en pleno centro de este universo de granito, en el punto clave del mundo, y entonces, sin mediar palabra, y cuando cree que ya es suficiente, nuestro hombre se marcha. Algunos, los primeros, se quedan estupefactos, pero los que llegaron más tarde, los que ya se encontraron el corro dispuesto, no saben qué importancia puede tener este hombre, aparentemente insulso y anónimo, en la formación de un hecho tan singular, y por eso, continúan escrutando el cielo, como si nada hubiera pasado. En ese momento, un hombre, un camionero que baja a descargar su pedido de bollos industriales frescos, recién amasados, se queda admirando el conjunto, incluyendo al mimo (el cual, no se sabe muy bien si por sentido de la imitación o por simple curiosidad, se halla inclinado hacia adelante, y persiste en la búsqueda del mismo punto que los demás), y se echa a reír. Lo hace de manera estentórea, insultante, ofensiva. Uno de los individuos entre el grupo de los que miran, un señor calvo, con bigotito, con el pelo blanco y gafas, abandona entonces su concentración (ponía cara de gran esfuerzo, como de ratoncillo, buscando averiguar qué lo que todos los demás miraban) para girar la cabeza, y con la boca torcida, alcanzar a lanzarle un exabrupto al camionero:
            -¿Y usted de qué coño se ríe, eh?¿Tiene usted algún problema?¿Es que se lo pasa bien riéndose de los demás?
El camionero, sin embargo, continúa carcajeándose a mandíbula partida. Desde el grupito, algunos componentes del mismo comienzan a mostrar expresión de enfado, sintiéndose evidentemente ultrajados, otros en cambio, más solidarios con el camionero -quizás porque tienen hambre y él lleva dulces-, parecen, entre murmullos, considerar mucho más levemente la ofensa. El hombre con cara de ratoncillo no duda en encararse con el camionero, al mismo tiempo que se va acercando hacia él.
            -¡Pero bueno, qué se ha creído!-le grita rabioso, todavía humillado en su fuero interno por no ser capaz de ver lo que todos los demás estaban mirando, él nunca pudo visualizar una sola imagen del Cuadrado Mágico, nunca completó el cubo de Rubick sin cambiar las pegatinas de sitio, no fue capaz de subir más de tres nudos en la cuerda, y por eso los demás niños se reían de él-. ¡Cerdo... grasiento!
            Y entonces la expresión del camionero se modifica súbitamente. Suelta de pronto la caja repleta de comida que llevaba en las manos, haciendo que los donuts que portaba en la misma caigan aplastados por el impacto contra el suelo, y se eleva las mangas para levantar el puño ante el hombre, el cual, sorprendido ante la inmediatez del gesto, tan sólo acierta a esgrimir en su defensa, “¡Llevo gafas, llevo gafas!”.
            Y en un instante, los hechos se precipitan. Ofendidos del grupito de mirones se arrojan en defensa de su compañero, mientras que los que más se identifican con la causa del transportista se acercan a separarles, y poco después, al empezar a recibir bofetones, acaban por ponerse de parte de él. Los niños que se encontraban de camino al colegio interrumpen su trayecto para abalanzarse oportunos sobre los redondos dulces rodantes, sin importarles los gritos iracundos e impotentes del camionero, al tiempo que cientos de golosinas son pisoteadas bajo el impulso irrefenable de este elefante humano el cual, ahora más que nunca, parece estar arrasando con una cacharrería. En medio de todo esto, entre los gritos y la guerra, tan sólo se escucha, por encima de ellos, al hombre del principio gritando, “¡Llevo gafas, llevo gafas!”, mientras contemplamos cómo hasta la cara del mimo, a pesar de llevarla pintada de un blanco inmaculado, acaba enrojeciendo a fuerza de tortas.
Al otro lado de la plaza (o del mundo), nuestro hombre, muy lejos ya de todos estos acontecimientos, se encuentra justo a la entrada del metro, dispuesto y preparado para penetrar en el mismo, aunque haciendo una última pausa antes de realizar este acto. Se vuelve entonces muy lentamente, analizando con un impenetrable silencio el panorama que ha creado, y mientras la policía llega, y todo el mundo en este pequeño centro del universo madrileño concentra su vista en el caos que se ha organizado en su más íntimo interior, el desconocido simplemente sonríe, edificando una breve y sutil línea en su cara, se da la vuelta de nuevo, y desciende resueltamente por las escaleras del metro.
            A su espalda, sin embargo, y conforme la policía comienza a detener a gente, y a recibir también bofetadas como si se tratara de un ciudadano más, comienza la tercera guerra mundial...

Adendum: por desgracia, la descargar en peopleebooks.com ya no es posible, pero ahora podéis leer "El troll" en Smashwords en una variedad de formatos. Para acceder a ella, pinchad aquí pero, como siempre, si necesitáis cualquier cosa, sólo tenéis que contactar conmigo. Un abrazo.

lunes, 4 de febrero de 2013

La historia corta de febrero: Dedicadas a Eduardo Galeano (IV)


            El padre a su hija pequeña:
- Debería tener un manual de instrucciones para jugar contigo.
Y la niña, alborozada:
-¿Y qué vas a hacerme con él, un barquito de papel?