No obstante, remakes aparte, la influencia de Jacques Tourneur permanece. Quizás porque acertó en un punto particularmente oscuro (y por ello resistente a eliminarse con la civilización) como es nuestro lado animal. Y en concreto, a todos, hombres y mujeres, nos fascina la relación del género femenino con los felinos. Tal vez por eso a las brujas siempre les acompañe -negro o no-, casi siempre un gato. Tal vez por eso una secta casi secreta localizada en Asia (de índole entre mística y sexual y conformada en su inmensa mayoría por mujeres) tiene por nombre "tigresas blancas". Y quizá por eso, hace poco tiempo, leyendo un interesantísimo artículo de Jacinto Antón acerca de los tigres (una especie maravillosa, y desgraciadamente cada vez más en peligro) titulado "A la caza del devorador de hombres", me encontré con este absorbente párrafo: "La historia me hace pensar, y perdonen el excurso, en el baghnak,un arma india tipo puño de hierro (de la palabra hindi para garra de tigre) que imita una zarpa y que, inventado por Shivaji, el fundador del imperio Maratha, le sirvió a este para sacarle las entrañas al general Afzul Khan, al servicio del sultanato de Bijapu, cuando aparentaba abrazarle (!). Soy incapaz de dejarles de explicar que fue tradición armar a las chicas hindúes bengalíes con este instrumento para protegerlas durante los sangrientos enfrentamientos con los musulmanes en las revueltas de Calcuta de 1946. ¡Chicas tigre!, parece sacado de una película de Jacques Tourneur". La realidad, la ficción, y la leyenda, como casi siempre, nunca caminan demasiado separadas.
¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
lunes, 11 de agosto de 2014
La película de agosto: "La mujer pantera", de Jacques Tourneur.
No obstante, remakes aparte, la influencia de Jacques Tourneur permanece. Quizás porque acertó en un punto particularmente oscuro (y por ello resistente a eliminarse con la civilización) como es nuestro lado animal. Y en concreto, a todos, hombres y mujeres, nos fascina la relación del género femenino con los felinos. Tal vez por eso a las brujas siempre les acompañe -negro o no-, casi siempre un gato. Tal vez por eso una secta casi secreta localizada en Asia (de índole entre mística y sexual y conformada en su inmensa mayoría por mujeres) tiene por nombre "tigresas blancas". Y quizá por eso, hace poco tiempo, leyendo un interesantísimo artículo de Jacinto Antón acerca de los tigres (una especie maravillosa, y desgraciadamente cada vez más en peligro) titulado "A la caza del devorador de hombres", me encontré con este absorbente párrafo: "La historia me hace pensar, y perdonen el excurso, en el baghnak,un arma india tipo puño de hierro (de la palabra hindi para garra de tigre) que imita una zarpa y que, inventado por Shivaji, el fundador del imperio Maratha, le sirvió a este para sacarle las entrañas al general Afzul Khan, al servicio del sultanato de Bijapu, cuando aparentaba abrazarle (!). Soy incapaz de dejarles de explicar que fue tradición armar a las chicas hindúes bengalíes con este instrumento para protegerlas durante los sangrientos enfrentamientos con los musulmanes en las revueltas de Calcuta de 1946. ¡Chicas tigre!, parece sacado de una película de Jacques Tourneur". La realidad, la ficción, y la leyenda, como casi siempre, nunca caminan demasiado separadas.
lunes, 4 de agosto de 2014
La historia ¿irreal? de agosto: Sentido, sensibilidad y ¿monstruos marinos?
-Porque yo los he visto.
Una de las más conocidas por todos nosotros es la de las sirenas, que tantos quebraderos de cabeza dieron a Ulises (la Odisea es un buen catálogo de las leyendas del Mediterráneo de aquellos tiempos), y las cuales en realidad parecen corresponder a algunos mamíferos marinos -incluyendo manatíes, morsas o elefantes marinos- bastante menos atractivos que las míticas criaturas de torso femenino y cola de pez. De hecho, Cristóbal Colón (el cual, por cierto, le mentía a sus marineros sobre el recorrido que llevaban avanzado para no reconocer que sus cálculos sobre la circunferencia de la Tierra eran incorrectos) ya anotaba en sus diarios que las sirenas que él creía haber avistado le parecían bastante menos seductoras que aquellas acerca de las cuales había leído en los libros. Lo que poca gente sabe es que estos animales (y en concreto los elefantes marinos) no sólo pueden emitir bramidos bastante estentóreos sino que, incluso, en las condiciones adecuadas, son capaces de imitar la voz humana, de la misma manera en que lo hacen los loros. El hecho de que no sea tan sencillo tener en nuestra casa a un manatí como a un ave de variados plumajes es, seguramente, lo que ha contribuido a que este fenómeno no sea tan conocido. Sin embargo, tuve la inmensa suerte, asistiendo a un congreso sobre Lingüística, de escuchar una grabación de un elefante marino que había convivido durante un período relativamente largo con un marinero escocés, en la que el mamífero saludaba, ante nuestro impacto, con un gutural a la par que jovialísimo: "Hello, my friend!". Ante lo cual, el investigador que presentaba la charla dijo que lo realmente alucinante no era que el elefante marino hablara sino, sobre todo, que lo hiciera con un contundente acento escocés. Eso sí que es un fenómeno de las Tierras Altas de Escocia, y no Nessie.
Pero si hay un animal marino que haya cautivado nuestros corazones hasta volverlos insanos, éstos son las criaturas cercanas a los calamares gigantes, y más concretamente, el kraken. O, como decía Sheldon Cooper ("Big Bang Theory"), <<la única criatura marina que podría considerar que me comiera sería el Kraken, porque entonces las últimas palabras que oiría serían: "¡Liberad al Kraken!". Nunca se pasa de moda>>.
El Kraken ha inspirado multitud de leyendas y de historias, incluyendo la afamadísima Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne o, más recientemente (y basado parcialmente en la primera), Esfera de Michael Crichton. Claro que de todas las mitologías circulando por ahí, el Kraken no es precisamente la menos realista de todas. Al fin y al cabo, se ha registrado la presencia de calamares en las profundidades marínas que pueden llegar a medir hasta quince o veinte metros de longitud. Digo registrado porque verles siempre ha sido difícil, al tratarse de unos bichejos esquivos, cuyos rastros se encontraban especialmente como digestiones a medio devorar en el estómago de cachalotes, y a los que sólo muy recientemente se les ha grabado en vídeo. Estos fascinantes animales, además de sorprendentes peculiaridades como una aguda inteligencia (o al menos eso demuestran sus compañeros más pequeños), poseen la capacidad de divisar lo que pasa a su alrededor cuando no existe una luz excesiva, lo cual puede explica los descomunales ojos con los que la naturaleza ha dotado a estos bichejos.
Claro que tanta leyenda no es extraña a raíz de las muestras que la marea suele traer de vez en cuando a nuestras costas. Un caso concreto es este ejemplar de pez remo que el mar arrojó hace poco a las playas de California, y que de haberse encontrado en Escocia seguramente ya lo estuvieran confundiendo con el monstruo de un archivisitado lago. O, de manera aún más bizarra, esta cosa innombrable que apareció en una zona de Almería; en otro país cualquiera seguramente hubieran acudido biólogos marinos a investigarlo, pero en esta Iberia nuestra, a falta de presupuesto, parece que se va a quedar simplemente enterrado bajo la arena. Y tenemos suerte de que no acabaran cortándolo a trocitos y sirviéndolo como raciones en los chiringuitos locales. (Nota al pie: que no se me ofenda nadie. Yo como en esos chiringuitos todos los años, y está todo buenísimo).
Peces abisales, focas en el lago Baikal, animales que viven cientos de años (Moby Dick, de acuerdo a la esperanza de vida de las ballenas, todavía podría seguir dando vueltas por ahí; y las langostas marinas, según recientes estudios que aún así procuran mostrarse cautelosos, son capaces de vivir una existencia inmortal de crecimiento infinito, sólo limitada por la existencia de depredadores), fósiles que luego resulta que siguen vivos o la desconcertante por todos lados langosta mantis y su impresionante sistema visual; los mares, lagos y océanos están repletos de criaturas aterradoras, sorprendentes, maravillosas, pero también peligrosas, y temibles. Como dice Bill Bryson (y por poner un ejemplo), el famoso tiburón blanco es probablemente la máquina de matar más exitosa que existe; tanto, que lleva millones de años surcando los mares sin apenas haber sufrido cambios en su evolución, y provocó en gran medida la necesidad de los peces de huir de tan tremendo bicharraco saltando a la superficie, y de esta manera facilitando el inicio de la vida sobre la más segura y firme tierra. Pero como nos hace reflexionar Blackfish (un documental acerca de la cría en cautividad de las orcas y los problemas que esto origina), por encima de tiburones, rayas y mantas, narvales, pirañas, criaturas antárticas y ballenas asesinas, hay un animal mucho más terrorífico, cruel y destructor surcando los mares, ríos y océanos, y causando daño a la mayor parte de las especies de la superficie y las profundidades marinas: ese animal, como seguramente habéis imaginado, somos nosotros, con nuestro afán por esquilmar y llevar a la ruina casi todo lo que tocamos. El mar y sus habitantes nos han legado leyendas extraordinarias; ojalá que el ser humano no consiga que la vida en los océanos se transforme en una vieja leyenda.
Nota del autor: Todas las imágenes han sido extraídas de Wikicommons, y el vídeo de Youtube. Internet, ese otro gran mar desconocido y lleno de secretos...
viernes, 1 de agosto de 2014
La historia corta de agosto: Huroncitos
Y así es como me contó el primo Alex (4 años) cómo nacen las pelusas del ombligo.
martes, 22 de julio de 2014
El ¿relato? de julio: Héroe
HÉROE
“Desde que volví a España,
este país parecía lleno de personas que, de
una manera u otra, se habían echado -o las habían echado a perder-. Quemados,
arruinados, zombies vivientes. Individuos que transitaban por el metro como si
pudieras atravesarlos, vacíos de sustancia y de ánimo, sin nada que lograr,
pero tampoco demasiado que perder ni fuerza para cambiar todo aquello.
Noté a la gente deprimida, apagada,
expectante, como si anduvieran -apagado el interruptor-, en espera de una droga
o de un acontecimiento que les devolviera la esperanza en el futuro y les
hiciera rejuvenecer.
Lo natural parecía que, más tarde o más
temprano, de una manera u otra, todo desembocara en una espiral de sangre y
violencia.
Y entonces llegó él.
Era justamente lo que necesitaban”.
La
verdad es que, desde el principio, la situación era atípica. Y difícilmente
explicable era el proceso por el cual había sido concebida. Había quien le
había echado la culpa al funcionario alemán de turno, que había empaquetado “la
cosa” (por llamarlo de alguna forma) sin encomendarse a Dios ni al diablo
acerca del descalabro más bien predecible que podía provocar todo aquello. Y
también le caía la bronca al director artístico de Hamburgo, quien seguramente
pasaba las vacaciones en Mallorca y había visto como un bonito gesto para con
su país de acogida de turisteo llevarse aquella roca tan interesante que habían
traído los germanos de Venezuela a una exposición en España, aunque en vez de
en el Mediterráneo mallorquín fuera en una ciudad más cercana al Atlántico, y
aunque en lugar de encontrarse en un museo se hallara expuesta en mitad de una
plaza junto a un árbol centenario, un ágora que se había llenado de curiosos
los cuales desconcertaban a los conservadores teutones cuando estos últimos les
preguntaban a los presentes de dónde venían y ellos les respondían una cosa
extraña acerca de La Línea (“¿qué línea?”, se preguntaban los teutones; “¿a
lápiz o a boli?”, interrogaban) que no conseguían del todo aclarar. Pero lo que
terminó de convertir aquello en surrealista fue la llegada en barco de aquellos
indígenas, con su aspecto -más que de otro continente-, como de otro planeta,
sus ropas entre proletarias y hippies, y aquellas pancartas proclamando:
“Queremos a nuestra abuela”. Muy bien, yo también quiero a la mía, argumentaban
los gaditanos, pero eso no es razón para venir aquí a… que no, que no, que ésa
es nuestra abuela. ¿Ésa?¿Cuál?¿La roca que han traído los alemanes? Y los indígenas
sudamericanos se explicaban. Por lo visto, aquella roca gigantesca, de la
altura de por lo menos tres hombres, era su antepasado. No era que los
representara, ni que la adoraran como una encarnación de ellos, no. Era porque
para su religión, de alguna extraña manera, esa roca era como su abuela, igual
que otros pueblos consideran que los valles, las montañas y la flora y fauna
con la que viven son tan parientes suyos como sus primogénitos y sus hermanos
de sangre. Por lo visto, el gobierno venezolano había entregado aquella roca
tan significativa y tan especial (“la verdad es que es bonita la jodía”,
repetía el pueblo llano, al observar sus colores jade, rosáceos y lapislázuli)
, en un gesto de buena voluntad para con el pueblo alemán, sin preguntarse si
la roca pertenecía a alguien que quizás estuviera allí antes que ellos, y ahora
los indígenas venían a reclamarla para llevársela, decían, al barco que tenían
amarrado en el fondeadero del puerto, y que pertenecía en virtud de los
convenios internacionales a la república venezolana, y por tanto su suelo era
tan venezolano como si se encontrase en el mismo centro de Caracas. Y ahí fue
cuando se empezó a montar el lío. Porque los alemanes fueron prudentes, se mostraron
bastante más comedidos: que esto se hablaría, que se lo comunicarían a los autoridades,
que si se alcanzaría un acuerdo satisfactorio para todas las partes, etcétera. Pero
los españoles, ni eso. Con tal de no quedar mal con los extranjeros, se
cerraron completamente en banda y dijeron que no había nada que hablar sobre el
asunto. Y claro, la gente empezó a encabritarse. Hay que entender también el
contexto. Eran épocas muy difíciles. Estábamos con la historia de si rescate o
no rescate, que si la Merkel, que si los alemanes imponiendo cosas, y venían esos
indígenas diciendo que les habían robado a su abuela, con aquellas caritas de
angustia, y claro, aquello te toca la fibra sensible. Y por un momento esos
hombretones y mujeres que pasaban por situaciones crudas todos los días, que
borboteaban un nivel de palabras malsonantes que hubieran acojonado a un capo
de la mafia, que hablaban con esa voz en grito tan típica de los países
mediterráneos que hace que la advertencia tronante de Yahvé en el desierto se
te antoje un silbidito en comparación el alarido de llamada de una madre de barrio
a su niño, pues ves a todos esos imaginándose que en lugar de esa roca está su
yaya en el sofá, obligada a permanecer allí en medio de desconocidos, y bueno,
era de imaginar que cosas buenas por la cabeza no se les tenían que estar
pasando. Pero la realidad era la que era. La roca pesaba varias toneladas,
estaba custodiada por policías y agentes públicos de variado tipo, y lo que
estaba muy claro es que en aquel momento no iba a irse a ninguna parte. El
gentío se marchó a su casa y la multitud se fue dispersando… Los indígenas
venezolanos habían hecho amago de colocarse en una sentada muy separaditos
entre sí, rodeando a su ancestral figura, en paz y en silencio, y parecía que
iban a aposentarse allí durante horas, pero los guardias municipales no se
anduvieron con chirigotas y los sudamericanos, con tal de no armar jaleo,
decidieron partir con sus caras largas y el corazón abatido y hacerles
finalmente caso. Parecía que el espectáculo se había desmontado y así iba finalmente a concluir todo.
Salvo
porque alguien apretaba el puño mientras no paraba de pensar…
* * *
Un
chico camina, concentrado y en silencio, por las calles de una barriada
gaditana.
Éste
es un barrio deprimido. De ésos que los que gustan de eufemismos disfrazan de
“humildes”, y los que no entienden de ellos tachan de “jodidos”. El paro es
superior a la mitad de la población. A falta de otro estímulo mejor, los
jóvenes no encuentran otra salida que la droga: o bien tomarla o bien
comerciarla, pero cuando te ha dado tanto de lado la vida no puedes permitirte
quedarte al margen de tanto negocio. Las camisetas no tienen mangas y aquí
nadie ha oído hablar del reciclaje ni tampoco de las leyes antitabaco. Éste se
trata de un universo aparte, independiente de las normas de la física, la
química y hasta del censo. Ahora, bajo la luz perezosa de la tarde, cuando todo
el mundo duerme la siesta, parece casi como si estuviera encantado, casi
muerto. Como si esperara el beso de una princesa para despertar…
El
chico parece errático, algo meditabundo. No ha tenido una vida fácil. Tampoco
habla mucho. Se diría que es otro más de los chicos del barrio, pero su mirada
revela que alberga en su interior algo especial… Ha tenido que enfrentarse
diariamente a una decisión desde su más tierna infancia, una opción que de
manera constante ha ido eludiendo y postergando, pero que sabe que algún día
tendrá que afrontar… Sin embargo, sólo
mencionarlo en voz alta haría que todo el mundo le dejara de tomar en serio y
se convirtiera en una guasa (piensa para sí mismo, sin dejar de darle vueltas).
“Héroe”, y más con el apelativo de “súper” delante, es algo que se puede decir
en Nueva York, en Washington, o en las Molucas, donde quiera que fuere que
estuviera eso… Pero no en el Cerro del Moro. No con tu madre delante. Estas
cosas aquí no pasa. Hay problemas tan chungos que no los resuelve ni Spiderman.
A lo mejor, incluso, al hombre-araña le roban los calzoncillos si se le ocurre
aparcar en doble fila.
Pero
hay cosas que te tocan. En el interior de las casas ocurrirá de todo y se
blasfemará cada cinco minutos, pero rara es la viejecita que no tiene una
estampa de la Virgen del Rocío a un costado de la cama…
Hay
cosas que pueden provocar que los puños se empiecen a apretar…
* * *
Vigilar
una roca de varias toneladas es un coñazo. Para empezar, por su inutilidad.
¿Quién cojones se la va a llevar? Otra cosa son los actos de vandalismo. Pero
no parecía que en aquella noche fuera a pasar nada raro. El vigilante,
entonces, podría permitirse una meadilla. ¿O no? Claro que sí… Que se nota
todavía el peso de las cervecitas. Eso sí, un poquito alejado, donde los
matorrales. No sea que encima por un descuido vaya a acabar pringando la
puñetera roca sagrada y tengamos un incidente internacional.
Bueno,
pues ya está -dice después de un rato-, asunto concluido, remata cerrando la
cremallera. Ahora vuelvo a mi puesto y entonces…
No
está.
Ni
el puesto, ni la roca, ni hostias. Simplemente no está.
“Me
parece que no voy a volver a beber en mucho tiempo”, se dijo el guarda.
Ni
tampoco a mear.
* * *
El
escándalo a la mañana siguiente, al comprobar que la piedra no se encontraba en
su sitio, fue mayúsculo. La ansiedad fue aumentando progresivamente, hasta tal
punto que se cuenta que alguien vislumbró a un delegado provincial de grado
cuarto abroncando en calzoncillos a uno de sus subordinados inmediatamente
inferiores. Pero lo que fue aún más impresionante fue el susto que se pillaron
todos al enterarse de que la roca de marras se encontraba en el barco de los
indígenas venezolanos, los cuales, por otra parte, explicaban que no habían
tenido nada que ver con el tema, pero que ya que su querido ancestro se
encontraba allí y que su barco era tan inviolable como una embajada, que casi
era mejor que partieran, ya se sabe, encantado de conocerles, mande usted
recuerdos a la familia, y si te he visto no me acuerdo, permiso, permiso, ya
nos hemos ido. Mientras la mirada de los alemanes al escuchar al guarda
nocturno narrar aquella desquiciante historia acerca de la desaparición de una
roca de varios cientos de kilos, sin haber intervenido un tráiler o al menos
una tuneladora, reflejaban la más absoluta perplejidad (“las caras de palo más
estiradas y suspicaces que he visto nunca”, declaró con posterioridad el
guardia, quien afirmaba que no hubiera encontrado compañeros más impenetrables
a la hora de jugar al póker), desde las autoridades españolas se decidió
abordar el problema desde una perspectiva más sistemática. Es decir, el
presidente del gobierno le empezó a pegar gritos al ministro, el ministro al
secretario de Estado, el secretario al jefe de policía, el jefe de policía al
comisario, y el comisario a los agentes, así hasta que quedó muy claro que el
hecho de que cada uno de los subordinados obtuviera resultados era el único
motivo que podría hacer que sus superiores dejaran tal vez de gritar. Y aquello
debió estimular bastante a los agentes, porque lo cierto es que al poco tiempo
empezaron a obtenerse pistas, ya fuera una minúscula fibra de tejido, una más
que borrosa suela de zapato o un insignificante cabello. Lo cierto es que las evidencias
resultaban (sobre todo al contrastarlas entre sí) sumamente contradictorias,
pero obviando los incoherentes detalles, al sumar todas éstas, de una manera o
de otra, apuntaban a un lugar que de puramente inesperado, ya constituía en sí
mismo un indicio sospechoso: el cerro del Moro. A alguno le sorprendía que un
acto tan revolucionario y al mismo tiempo tan altruista como el que había
ocurrido en aquellos lares tuviera precisamente su origen en un lugar que no
había destacado a lo largo de los tiempos por sus virtudes cívicas precisamente.
Pero por otro lado, para los dignatarios políticos, aquella era justamente la
punta de flecha que en aquellos momentos necesitaban para señalar con el dedo y
mandar a la policía a castigar con mano dura a aquellos que estaban destinados
–desde el momento en que aparecieron en escena- a recibir el escarmiento y servir
de cabeza de turco. De nada sirvieron las llamadas a la precaución de los
inspectores, argumentando que había que investigar más, que aquello debía tener
responsables concretos, y que de nada serviría entrar a saco contra la
población de todo el barrio, sino que tan sólo impediría actuar con la
precisión quirúrgica necesaria para encontrar a los auténticos culpables,
quienes quedarían confundidos con el resto de la barriada. Los concejales,
obstinados, negaron con la cabeza; para un robo así tendría que haber
intervenido mucha gente, y cuanta más mierda removieran, más posibilidades
sabrían de sacar algo en claro. Con lo cual los inspectores se encogieron de
hombros, dijeron aquello de donde manda patrón, etcétera, etcétera, y
procedieron a llamar a los grupos de asalto, los cuales, por otro lado, se
encontraban entusiasmados de poder participar.
Pero
las circunstancias cambian un poco cuando te vas a meter de verdad en harina. A
pesar de los cascos y de las porras, de los escudos de material transparente, de
los uniformes antidisturbios hechos para durar, entre los policías no circulaba
mucha tranquilidad frente a aquel movimiento. Y quizás a ello contribuyera la
aparente calma chicha del barrio, que permitía escuchar el sonido de los
dientes castañetear en un radio de decenas de metros. Tanta placidez era
sospechosa, y más todavía en aquellos instantes. Vale que el lugar era de común
bastante desangelado de por sí. Vale que se vaciaba aún más cuando se olía la
presencia de algún “pitufo”, y la verdad es que para eso tenían un olfato de lince.
Pero esto… ni un alma en las calles. Ni un ama de casa tendiendo la ropa. Ni un
jubilado comprando el pan. Aquello sonaba a la paz que precede la entrada a los
cementerios. Tan sólo hubiera faltado el típico arbusto siendo barrido por el
viento, como ocurre en los viejos pueblos del Oeste. Pero el capitán de la
tropa no podía dar sensación de miedo ante sus hombres, así que ordenó avanzar.
Y avanzar, y avanzar, y avanzar. Y aquello parecía tranquilo. Por un momento
parecía que la cosa había funcionado. Así hasta que empezó a caer la lluvia.
Sólo
que en vez de agua, fue de cerámica, metal y madera.
Cacerolas, tenedores, platos de barro, tostadoras, cuencos y clavijas; macetas cargadas de tierras, jarras llenas de agua, y botellas rellenas de aceite de oliva. Todo un repertorio entero de cocina le empezó a caer a los grupos de asalto desde arriba, desde las ventanas abiertas de los edificios de uno o dos pisos que dejaban un hueco para el cielo bajo el sol iluminado que ahora se oscurecía ante los ojos de los policías ante la batería de instrumentos con los que se hubieran podido cocinar un menú completo de banquete con postre y dos platos, más una riada de cubertería, de no ser porque les estaba golpeando encima de sus cabezas. Nadie pudo aclarar si aquella idea se le había ocurrido a los gaditanos espontáneamente o si en cambio alguien les sopló que sus antepasados lo habían hecho en su día hace doscientos años cuando por aquellas mismas calles entraron –con intenciones bastante idénticas- los soldados franceses napoleónicos (en verdad, aquel acontecimiento histórico ocurrió en un barrio de Málaga: pero, cuando se trata de malmeter para pegarse, ser fiel a la realidad se trata únicamente de una opción). El caso es que poco importaba: el barrio había emitido su dictamen y los policías se vieron obligados a largarse tan rápido como se lo permitieron las piernas. Mucho se discutió en días posteriores sobre lo que habían sentido en bloque los habitantes individuales de aquellas casuchas que a duras penas podían denominarse viviendas. Lo cierto es que el barrio siempre ha tendido a proteger a los suyos, incluso aunque en muchas ocasiones sean culpables (y especialmente, en ocasiones, cuando saben que los suyos son culpables). Pero aquello de cargarle el mochuelo al barrio, en general, cuando estaba claro que gente normal y corriente no había podido hacer esto, les resultaba no sólo absurdo e incongruente sino que además -y después de tanto trabajador despedido, de tanto inquilino desahuciado, de tanto jubilado que sostenía con su efímera pensión a la familia para intentar que al menos los más jóvenes tuvieran la oportunidad de salir del barrio-, aquello les sonaba francamente injusto y hasta macabro. Y por una vez el barrio, que lo había soportado todo demasiado adormilado y sometido hasta la fecha, había dicho basta y había decidido reaccionar. Nadie supo si era verdad que era alguien del Cerro el que había cometido aquel delito por el que se les invadía. Pero poco importaba: para lo sucesivo, era como si lo hubiera hecho, porque el responsable sabía que en el barrio siempre tenía refugio, y que como miembro del tal se podía considerar. Por primera vez en mucho tiempo, pudo decirse claramente aquello de que, de manera oficial, esa pequeña región del mundo se había convertido en zona tomada, independientemente de los órganos de decisión oficiales de la ciudad, de la provincia, del país o de la Unión Europea. El asunto de la roca sagrada quedó en suspenso, mientras ésta se marchaba de vuelta a su tierra junto con sus nietos sudamericanos. Y un rumor cada vez más insistente recorrió la atmósfera: había de verdad un héroe en el barrio. Nadie sabía quién era y todo el mundo se miraba receloso con una mezcla de intriga y desconfianza, preguntándose cuál de sus convecinos sería (en tono cariñoso) “aquel maldito cabrón”. Pero por encima de aquello, flotaba por el ambiente una –por novedosa- desconcertante sensación: el desconocido y sutil aroma, que hacía tanto tiempo que parecía desaparecido del barrio, que emitía el aliento de la esperanza. Un olor que se habían encontrado demasiado tiempo añorando, y que ahora se iban a empeñar con toda intensidad en volver a respirar.
¿CONTINUARÁ...?
martes, 15 de julio de 2014
El libro de julio: "El paraíso de las damas", de Émile Zola
Y finalmente, entramos en la novela de la que quería hablar desde el principio, aunque la haya dejado para el final. Es la menos conocida de las que hemos hablado hasta ahora, y yo no diría que es mejor que las otras dos. ¿Por qué las recomiendo entonces? Primero, porque seguramente no escucharéis hablar de ella por otros sitios. Segundo, porque me la recomendó una amiga que siempre me ha propuesto sugerencias interesantes en cuanto a la literatura y el arte en general, y además supuso mi primera incursión en el universo de Zola. Y tercero y principal, porque "El Paraíso de las Damas" contiene algunos elementos únicos. Ambientada en el nacimiento de los primeros grandes almacenes (los "Corte Inglés", las "Lafayette", los "Harrods" de turno), la historia contiene de manera destacada algunos de los elementos de modernidad tan característicos de los que habíamos hablado antes. La visión de una indefensa muchacha que debe abrirse paso en medio de la vorágine de la gran ciudad, las mezquinas intrigas entre las dependientas de los grandes almacenes, el impulso imparable del jefe de la compañía y, especialmente, el gradual pero inexorable declive de los pequeños comercios, conduciendo a situaciones angustiantes sobre todo debido a la incapacidad de estos últimos hacerle frente, en una guerra de precios, al monstruo comercial que están contemplando ascender sobre sus cadáveres justo delante de sus ojos. Aunque ambientada en un entorno que seguramente a muchos no nos resulta muy cómodo (yo soy de los que hay que traerles a rastras para ir de compras), y aunque ya he comentado que no me convence del todo cómo trata al jefe de los almacenes (ni tampoco ciertos aspectos de la protagonista) lo que no cabe duda es que se trata de una novela bien construida, que trata determinadas cuestiones acerca de las cuales no se suele hablar mucho en otros libros, y, bueno, puede ser (como me fue a mí) un buen punto de partida para comenzar a leer a este excelente autor. Y ya me comentáis si la sugerencia ha sido fructífera.






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