lunes, 11 de agosto de 2014

La película de agosto: "La mujer pantera", de Jacques Tourneur.

No hay más remedio: debemos rendirles honores periódicamente a nuestros predecesores. Y es porque sin ellos, no podríamos ser lo que somos ahora. Quizá por eso, en el año 2011, Martin Scorsese abordó un género que le era tan desconocido para rodar "La invención de Hugo". Y es que sólo de esta manera podía hacerle un sentido homenaje al director de cine francés Georges Méliês, autor, entre otros, de "Viaje a la luna".


Lo cierto es que los años 30 y 40 del siglo XX fueron fascinantes desde el punto de vista de una nueva técnica que acababa de nacer y a la cual los artistas trataban de sacarle todas las posibilidades. Se crearon los primeros recursos cinematográficos, se idearon los primeros géneros (la fantasía, el terror, la ciencia ficción nacen aquí), y la cosa se revolucionó más todavía con la llegada del cine sonoro, y de unos primitivos intentos (pintados a mano) de obtener imágenes en color. Fritz Lang, Wilhem Murnau, Jean Renoir, son algunos de los grandes nombres de este período. Pero quizás muchos nos quedamos fascinados con una película que a pesar del tiempo transcurrido aún colea: dirigida por Jacques Tornueur, "Cat People", en español, "La mujer pantera".

Leer los títulos de la filmografía de Jacques Tourneur es como dar un viaje alrededor del mundo metido en una máquina del tiempo (incluso aunque muchas bordaran cuando no se hundieran abruptamente en la serie B): "La ciudad sumergida", "La comedia de los horrores", "Tombuctú", "Cita en Honduras", "La mujer pirata", "El halcón y la flecha"... pero ninguna cautivó tanto el inconsciente colectivo como esta película, dirigida alrededor de los mitos del mal, los secretos antiguos, el misterioso atractivo de los felinos y, especialmente -y de manera genérica- la mujer. Creo que era Jean-Luc Goddard el que decía que para hacer una película sólo hacía falta una mujer y una pistola. Muchos hemos probado a llevar esta fórmula a cabo, ya sea en el cine o sobre el papel mediante letras. En el caso de Tourneur, ni siquiera le hizo falta la pistola para crear una obra que se convirtió en leyenda del siglo XX. ¿Y qué necesitó para ello? Prácticamente ningún efecto especial; nada más que sugerencia, insinuaciones, sombras, sentimientos instintivos que laten ocultos en el hombre, algo de mitología y dejar que la imaginación del público hiciera el resto. Fue un éxito de taquilla en su día, pero, poco reconocida por el cine oficial (no excesivamente amigo de los géneros), se convirtió en una película de culto. En 1982 realizaron un remake que aportó algunas variaciones interesantes a la historia (el foco, manteniéndose la ambientación en Estados Unidos, se mueve de Yugoslavia hacia África, y se nos abre la posibilidad de que la mujer pantera pueda tener familia) y, sobre todo, buenas actuaciones por parte de Malcolm McDowell y, especialmente, una hipnotica y seductora Natassja Kinski, que nos demostró una vez más que el mal podía ser tremendamente cautivador.

No obstante, remakes aparte, la influencia de Jacques Tourneur permanece. Quizás porque acertó en un punto particularmente oscuro (y por ello resistente a eliminarse con la civilización) como es nuestro lado animal. Y en concreto, a todos, hombres y mujeres, nos fascina la relación del género femenino con los felinos. Tal vez por eso a las brujas siempre les acompañe -negro o no-, casi siempre un gato. Tal vez por eso una secta casi secreta localizada en Asia (de índole entre mística y sexual y conformada en su inmensa mayoría por mujeres) tiene por nombre "tigresas blancas". Y quizá por eso, hace poco tiempo, leyendo un interesantísimo artículo de Jacinto Antón acerca de los tigres (una especie maravillosa, y desgraciadamente cada vez más en peligro) titulado "A la caza del devorador de hombres", me encontré con este absorbente párrafo: "La historia me hace pensar, y perdonen el excurso, en el baghnak,un arma india tipo puño de hierro (de la palabra hindi para garra de tigre) que imita una zarpa y que, inventado por Shivaji, el fundador del imperio Maratha, le sirvió a este para sacarle las entrañas al general Afzul Khan, al servicio del sultanato de Bijapu, cuando aparentaba abrazarle (!). Soy incapaz de dejarles de explicar que fue tradición armar a las chicas hindúes bengalíes con este instrumento para protegerlas durante los sangrientos enfrentamientos con los musulmanes en las revueltas de Calcuta de 1946. ¡Chicas tigre!, parece sacado de una película de Jacques Tourneur". La realidad, la ficción, y la leyenda, como casi siempre, nunca caminan demasiado separadas.

lunes, 4 de agosto de 2014

La historia ¿irreal? de agosto: Sentido, sensibilidad y ¿monstruos marinos?

"Alegoría de la inmortalidad", de Giulio Romano.


Sobre los labios de la mujer queda la sombra de un sabor que la obliga a pensar “agua de mar, este hombre pinta el mar con el mar” –y es un pensamiento que provoca escalofríos.
"Océano", de Alessandro Baricco. 



Hay varios personajes especialmente interesantes en la novela "Océano mar", de Alessandro Baricco (autor, entre otros, de Seda y Novecento. La leyenda del pianista en el océano). Uno de ellos es un oficial militar que registra todas las informaciones que le llegan de variados lugares del globo, conformando un catálogo del planeta que se mueve a medio camino entre la realidad y la ficción, entre lo verdaderamente vivido y lo solamente imaginado por una panda de borrachos, solitarios, locos y a menudo sabios que como término genérico vienen a denominarse con el nombre colectivo de "marineros". Entre ellos, uno que parece haber perdido completamente la razón, pero es capaz de revelarle a nuestro oficial que, en Tombuctú, las mujeres llevan sólo un ojo tapado porque de verles los dos, los hombres que las contemplasen (ante su inmensa belleza) se volverían completamente locos. Hasta que llega un momento en que el capitán le pregunta, intrigado, "¿Y cómo sabe usted eso?", y el marinero le responde, hechizado y hechizante:

-Porque yo los he visto.

Anécdotas aparte, esta historia nos recuerda que la navegación marina ha sido durante mucho tiempo (y en gran parte lo sigue siendo) una ciencia que en sus mapas mezcla la realidad con los más absurdos sueños y fabulaciones, cuando no directamente mentiras. Hace poco salían publicadas en la red dos historias al respecto. Una se refería a una tierra que, durante muchos años, varios exploradores persiguieron en los confines del norte de la tierra cuando ésta no se trataba en realidad más que de un espejismo, o tal vez algo peor. Otro enlace (por cierto, de un blog con bastantes ideas interesantes, y si vais de enlace en enlace encontraréis historias apasionantes) hablaba de islas que se ha creído durante años que existían y en realidad no lo hacen, y de las que no se ha descubierto su inexistencia hasta... ¡el año 2011!  Por no hablar de los períodos de tiempo en los que la cartografía era una disciplina sólo para intrépidos: en los que se pensaba que en nuestras antípodas se caminaba al revés, que siguiendo recto por el Atlántico se llegaba a la India, o en los que se creía, a pies juntillas, aquella frase de "Aquí hay dragones". Y recordemos que historias sobre el Triángulo de las Bermudas han seguido generándose hasta hace muy pocos años. Todo ello por no hablar de esos mapas misteriosos que señalaban costas que se supone que no se habían descubierto en aquel momento, o sorprendentes regiones que nunca se llegaron a pisar.


La ballena podría contener a Jonás o al barón Munchausen; la isla, a King Kong o quizás a Cthulhu.


Lo de "Aquí hay dragones", además, da mucho juego. Porque en realidad, si complicado es conocer la superficie, lo es aún más diseccionar lo que hay debajo de ella. Se dice que si bien desconocemos buena parte de las especies animales y vegetales que campan por nuestro planeta, cuando se trata del océano, la proporción de "materia oscura" es bastante mayor. Recordemos la sorpresa de los geólogos cuando se encontraron con que las mayores cordilleras, volcanes y expulsiones de magma no tienen lugar en tierra firme, sino bajo la superficie de los océanos, o cuando supieron que el lecho marino no era fijo, sino que podía modificarse en función de huracanes y tormentas submarinas mucho mayores que las que pueden tener lugar en el mundo terrestre. Nos queda por desentrañar una buena parte de los pequeños milagros cotidianos que tienen lugar cada día en nuestras aguas. Y frente a lo que no se conoce, lo más natural es que surjan las leyendas. Algunas, incluso, que se ven superadas por la realidad.

Una de las más conocidas por todos nosotros es la de las sirenas, que tantos quebraderos de cabeza dieron a Ulises (la Odisea es un buen catálogo de las leyendas del Mediterráneo de aquellos tiempos), y las cuales en realidad parecen corresponder a algunos mamíferos marinos -incluyendo manatíes, morsas o elefantes marinos- bastante menos atractivos que las míticas criaturas de torso femenino y cola de pez. De hecho, Cristóbal Colón (el cual, por cierto, le mentía a sus marineros sobre el recorrido que llevaban avanzado para no reconocer que sus cálculos sobre la circunferencia de la Tierra eran incorrectos) ya anotaba en sus diarios que las sirenas que él creía haber avistado le parecían bastante menos seductoras que aquellas acerca de las cuales había leído en los libros. Lo que poca gente sabe es que estos animales (y en concreto los elefantes marinos) no sólo pueden emitir bramidos bastante estentóreos sino que, incluso, en las condiciones adecuadas, son capaces de imitar la voz humana, de la misma manera en que lo hacen los loros. El hecho de que no sea tan sencillo tener en nuestra casa a un manatí como a un ave de variados plumajes es, seguramente, lo que ha contribuido a que este fenómeno no sea tan conocido. Sin embargo, tuve la inmensa suerte, asistiendo a un congreso sobre Lingüística, de escuchar una grabación de un elefante marino que había convivido durante un período relativamente largo con un marinero escocés, en la que el mamífero saludaba, ante nuestro impacto, con un gutural a la par que jovialísimo: "Hello, my friend!". Ante lo cual, el investigador que presentaba la charla dijo que lo realmente alucinante no era que el elefante marino hablara sino, sobre todo, que lo hiciera con un contundente acento escocés. Eso sí que es un fenómeno de las Tierras Altas de Escocia, y no Nessie.

Pero si hay un animal marino que haya cautivado nuestros corazones hasta volverlos insanos, éstos son las criaturas cercanas a los calamares gigantes, y más concretamente, el kraken. O, como decía Sheldon Cooper ("Big Bang Theory"), <<la única criatura marina que podría considerar que  me comiera sería  el Kraken, porque entonces las últimas palabras  que oiría serían: "¡Liberad al Kraken!".  Nunca se pasa de moda>>.


El Kraken ha inspirado multitud de leyendas y de historias, incluyendo la afamadísima Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne o, más recientemente (y basado parcialmente en la primera), Esfera de Michael Crichton. Claro que de todas las mitologías circulando por ahí, el Kraken no es precisamente la menos realista de todas. Al fin y al cabo, se ha registrado la presencia de calamares en las profundidades marínas que pueden llegar a medir hasta quince o veinte metros de longitud. Digo registrado porque verles siempre ha sido difícil, al tratarse de unos bichejos esquivos, cuyos rastros se encontraban especialmente como digestiones a medio devorar en el estómago de cachalotes, y a los que sólo muy recientemente se les ha grabado en vídeo. Estos fascinantes animales, además de sorprendentes peculiaridades como una aguda inteligencia (o al menos eso demuestran sus compañeros más pequeños), poseen la capacidad de divisar lo que pasa a su alrededor cuando no existe una luz excesiva, lo cual puede explica los descomunales ojos con los que la naturaleza ha dotado a estos bichejos.


En "20.000 leguas de viaje submarino", ¿quién es el monstruo: el calamar gigante o el capitán Nemo?


Claro que tanta leyenda no es extraña a raíz de las muestras que la marea suele traer de vez en cuando a nuestras costas. Un caso concreto es este ejemplar de pez remo que el mar arrojó hace poco a las playas de California, y que de haberse encontrado en Escocia seguramente ya lo estuvieran confundiendo con el monstruo de un archivisitado lago. O, de manera aún más bizarra, esta cosa innombrable que apareció en una zona de Almería; en otro país cualquiera seguramente hubieran acudido biólogos marinos a investigarlo, pero en esta Iberia nuestra, a falta de presupuesto, parece que se va a quedar simplemente enterrado bajo la arena. Y tenemos suerte de que no acabaran cortándolo a trocitos y sirviéndolo como raciones en los chiringuitos locales. (Nota al pie: que no se me ofenda nadie. Yo como en esos chiringuitos todos los años, y está todo buenísimo).

Peces abisales, focas en el lago Baikal, animales que viven cientos de años (Moby Dick, de acuerdo a la esperanza de vida de las ballenas, todavía podría seguir dando vueltas por ahí; y las langostas marinas, según recientes estudios que aún así procuran mostrarse cautelosos, son capaces de vivir una existencia inmortal de crecimiento infinito, sólo limitada por la existencia de depredadores), fósiles que luego resulta que siguen vivos o la desconcertante por todos lados langosta mantis y su impresionante sistema visual; los mares, lagos y océanos están repletos de criaturas aterradoras, sorprendentes, maravillosas, pero también peligrosas, y temibles. Como dice Bill Bryson (y por poner un ejemplo), el famoso tiburón blanco es probablemente la máquina de matar más exitosa que existe; tanto, que lleva millones de años surcando los mares sin apenas haber sufrido cambios en su evolución, y provocó en gran medida la necesidad de los peces de huir de tan tremendo bicharraco saltando a la superficie, y de esta manera facilitando el inicio de la vida sobre la más segura y firme tierra. Pero como nos hace reflexionar Blackfish (un documental acerca de la cría en cautividad de las orcas y los problemas que esto origina), por encima de tiburones, rayas y mantas, narvales, pirañas, criaturas antárticas y ballenas asesinas, hay un animal mucho más terrorífico, cruel y destructor surcando los mares, ríos y océanos, y causando daño a la mayor parte de las especies de la superficie y las profundidades marinas: ese animal, como seguramente habéis imaginado, somos nosotros, con nuestro afán por esquilmar y llevar a la ruina casi todo lo que tocamos. El mar y sus habitantes nos han legado leyendas extraordinarias; ojalá que el ser humano no consiga que la vida en los océanos se transforme en una vieja leyenda.

Nota del autor: Todas las imágenes han sido extraídas de Wikicommons, y el vídeo de Youtube. Internet, ese otro gran mar desconocido y lleno de secretos...

viernes, 1 de agosto de 2014

La historia corta de agosto: Huroncitos

Los huroncitos (3 mm aprox) deben crecer en una oquedad tibia y húmeda para desarrollarse. Una vez transcurrido el tiempo necesario, adquieren sus alas y salen volando a toda velocidad hacia su destino, dejando tras de si la primera capa de pelo que les envuelve.
Y así es como me contó el primo Alex (4 años) cómo nacen las pelusas del ombligo.

Dedicado a María Kertész, que me inspiró.

martes, 22 de julio de 2014

El ¿relato? de julio: Héroe

Éste el inicio de algo. Quién sabe qué. Quizás se decida con el tiempo. Tal vez lo haga el relato, tal vez lo haga yo; más seguramente, lo escogerán los lectores.

Siempre le toca hablar al tiempo.


HÉROE

 

                “Desde que volví a España,

este país parecía lleno de personas que, de una manera u otra, se habían echado -o las habían echado a perder-. Quemados, arruinados, zombies vivientes. Individuos que transitaban por el metro como si pudieras atravesarlos, vacíos de sustancia y de ánimo, sin nada que lograr, pero tampoco demasiado que perder ni fuerza para cambiar todo aquello.

Noté a la gente deprimida, apagada, expectante, como si anduvieran -apagado el interruptor-, en espera de una droga o de un acontecimiento que les devolviera la esperanza en el futuro y les hiciera rejuvenecer.

Lo natural parecía que, más tarde o más temprano, de una manera u otra, todo desembocara en una espiral de sangre y violencia.

Y entonces llegó él.

Era justamente lo que necesitaban”.

 

                La verdad es que, desde el principio, la situación era atípica. Y difícilmente explicable era el proceso por el cual había sido concebida. Había quien le había echado la culpa al funcionario alemán de turno, que había empaquetado “la cosa” (por llamarlo de alguna forma) sin encomendarse a Dios ni al diablo acerca del descalabro más bien predecible que podía provocar todo aquello. Y también le caía la bronca al director artístico de Hamburgo, quien seguramente pasaba las vacaciones en Mallorca y había visto como un bonito gesto para con su país de acogida de turisteo llevarse aquella roca tan interesante que habían traído los germanos de Venezuela a una exposición en España, aunque en vez de en el Mediterráneo mallorquín fuera en una ciudad más cercana al Atlántico, y aunque en lugar de encontrarse en un museo se hallara expuesta en mitad de una plaza junto a un árbol centenario, un ágora que se había llenado de curiosos los cuales desconcertaban a los conservadores teutones cuando estos últimos les preguntaban a los presentes de dónde venían y ellos les respondían una cosa extraña acerca de La Línea (“¿qué línea?”, se preguntaban los teutones; “¿a lápiz o a boli?”, interrogaban) que no conseguían del todo aclarar. Pero lo que terminó de convertir aquello en surrealista fue la llegada en barco de aquellos indígenas, con su aspecto -más que de otro continente-, como de otro planeta, sus ropas entre proletarias y hippies, y aquellas pancartas proclamando: “Queremos a nuestra abuela”. Muy bien, yo también quiero a la mía, argumentaban los gaditanos, pero eso no es razón para venir aquí a… que no, que no, que ésa es nuestra abuela. ¿Ésa?¿Cuál?¿La roca que han traído los alemanes? Y los indígenas sudamericanos se explicaban. Por lo visto, aquella roca gigantesca, de la altura de por lo menos tres hombres, era su antepasado. No era que los representara, ni que la adoraran como una encarnación de ellos, no. Era porque para su religión, de alguna extraña manera, esa roca era como su abuela, igual que otros pueblos consideran que los valles, las montañas y la flora y fauna con la que viven son tan parientes suyos como sus primogénitos y sus hermanos de sangre. Por lo visto, el gobierno venezolano había entregado aquella roca tan significativa y tan especial (“la verdad es que es bonita la jodía”, repetía el pueblo llano, al observar sus colores jade, rosáceos y lapislázuli) , en un gesto de buena voluntad para con el pueblo alemán, sin preguntarse si la roca pertenecía a alguien que quizás estuviera allí antes que ellos, y ahora los indígenas venían a reclamarla para llevársela, decían, al barco que tenían amarrado en el fondeadero del puerto, y que pertenecía en virtud de los convenios internacionales a la república venezolana, y por tanto su suelo era tan venezolano como si se encontrase en el mismo centro de Caracas. Y ahí fue cuando se empezó a montar el lío. Porque los alemanes fueron prudentes, se mostraron bastante más comedidos: que esto se hablaría, que se lo comunicarían a los autoridades, que si se alcanzaría un acuerdo satisfactorio para todas las partes, etcétera. Pero los españoles, ni eso. Con tal de no quedar mal con los extranjeros, se cerraron completamente en banda y dijeron que no había nada que hablar sobre el asunto. Y claro, la gente empezó a encabritarse. Hay que entender también el contexto. Eran épocas muy difíciles. Estábamos con la historia de si rescate o no rescate, que si la Merkel, que si los alemanes imponiendo cosas, y venían esos indígenas diciendo que les habían robado a su abuela, con aquellas caritas de angustia, y claro, aquello te toca la fibra sensible. Y por un momento esos hombretones y mujeres que pasaban por situaciones crudas todos los días, que borboteaban un nivel de palabras malsonantes que hubieran acojonado a un capo de la mafia, que hablaban con esa voz en grito tan típica de los países mediterráneos que hace que la advertencia tronante de Yahvé en el desierto se te antoje un silbidito en comparación el alarido de llamada de una madre de barrio a su niño, pues ves a todos esos imaginándose que en lugar de esa roca está su yaya en el sofá, obligada a permanecer allí en medio de desconocidos, y bueno, era de imaginar que cosas buenas por la cabeza no se les tenían que estar pasando. Pero la realidad era la que era. La roca pesaba varias toneladas, estaba custodiada por policías y agentes públicos de variado tipo, y lo que estaba muy claro es que en aquel momento no iba a irse a ninguna parte. El gentío se marchó a su casa y la multitud se fue dispersando… Los indígenas venezolanos habían hecho amago de colocarse en una sentada muy separaditos entre sí, rodeando a su ancestral figura, en paz y en silencio, y parecía que iban a aposentarse allí durante horas, pero los guardias municipales no se anduvieron con chirigotas y los sudamericanos, con tal de no armar jaleo, decidieron partir con sus caras largas y el corazón abatido y hacerles finalmente caso. Parecía que el espectáculo se había desmontado y así iba  finalmente a concluir todo.

                Salvo porque alguien apretaba el puño mientras no paraba de pensar…

 

*                                            *                                             *

 

                Un chico camina, concentrado y en silencio, por las calles de una barriada gaditana.

                Éste es un barrio deprimido. De ésos que los que gustan de eufemismos disfrazan de “humildes”, y los que no entienden de ellos tachan de “jodidos”. El paro es superior a la mitad de la población. A falta de otro estímulo mejor, los jóvenes no encuentran otra salida que la droga: o bien tomarla o bien comerciarla, pero cuando te ha dado tanto de lado la vida no puedes permitirte quedarte al margen de tanto negocio. Las camisetas no tienen mangas y aquí nadie ha oído hablar del reciclaje ni tampoco de las leyes antitabaco. Éste se trata de un universo aparte, independiente de las normas de la física, la química y hasta del censo. Ahora, bajo la luz perezosa de la tarde, cuando todo el mundo duerme la siesta, parece casi como si estuviera encantado, casi muerto. Como si esperara el beso de una princesa para despertar…

                El chico parece errático, algo meditabundo. No ha tenido una vida fácil. Tampoco habla mucho. Se diría que es otro más de los chicos del barrio, pero su mirada revela que alberga en su interior algo especial… Ha tenido que enfrentarse diariamente a una decisión desde su más tierna infancia, una opción que de manera constante ha ido eludiendo y postergando, pero que sabe que algún día tendrá que afrontar…  Sin embargo, sólo mencionarlo en voz alta haría que todo el mundo le dejara de tomar en serio y se convirtiera en una guasa (piensa para sí mismo, sin dejar de darle vueltas). “Héroe”, y más con el apelativo de “súper” delante, es algo que se puede decir en Nueva York, en Washington, o en las Molucas, donde quiera que fuere que estuviera eso… Pero no en el Cerro del Moro. No con tu madre delante. Estas cosas aquí no pasa. Hay problemas tan chungos que no los resuelve ni Spiderman. A lo mejor, incluso, al hombre-araña le roban los calzoncillos si se le ocurre aparcar en doble fila.

                Pero hay cosas que te tocan. En el interior de las casas ocurrirá de todo y se blasfemará cada cinco minutos, pero rara es la viejecita que no tiene una estampa de la Virgen del Rocío a un costado de la cama…

                Hay cosas que pueden provocar que los puños se empiecen a apretar…

 

*                                             *                                             *

 

                Vigilar una roca de varias toneladas es un coñazo. Para empezar, por su inutilidad. ¿Quién cojones se la va a llevar? Otra cosa son los actos de vandalismo. Pero no parecía que en aquella noche fuera a pasar nada raro. El vigilante, entonces, podría permitirse una meadilla. ¿O no? Claro que sí… Que se nota todavía el peso de las cervecitas. Eso sí, un poquito alejado, donde los matorrales. No sea que encima por un descuido vaya a acabar pringando la puñetera roca sagrada y tengamos un incidente internacional.

                Bueno, pues ya está -dice después de un rato-, asunto concluido, remata cerrando la cremallera. Ahora vuelvo a mi puesto y entonces…

                No está.

                Ni el puesto, ni la roca, ni hostias. Simplemente no está.

                “Me parece que no voy a volver a beber en mucho tiempo”, se dijo el guarda.

                Ni tampoco a mear.

 

*                                            *                                             *

 

                El escándalo a la mañana siguiente, al comprobar que la piedra no se encontraba en su sitio, fue mayúsculo. La ansiedad fue aumentando progresivamente, hasta tal punto que se cuenta que alguien vislumbró a un delegado provincial de grado cuarto abroncando en calzoncillos a uno de sus subordinados inmediatamente inferiores. Pero lo que fue aún más impresionante fue el susto que se pillaron todos al enterarse de que la roca de marras se encontraba en el barco de los indígenas venezolanos, los cuales, por otra parte, explicaban que no habían tenido nada que ver con el tema, pero que ya que su querido ancestro se encontraba allí y que su barco era tan inviolable como una embajada, que casi era mejor que partieran, ya se sabe, encantado de conocerles, mande usted recuerdos a la familia, y si te he visto no me acuerdo, permiso, permiso, ya nos hemos ido. Mientras la mirada de los alemanes al escuchar al guarda nocturno narrar aquella desquiciante historia acerca de la desaparición de una roca de varios cientos de kilos, sin haber intervenido un tráiler o al menos una tuneladora, reflejaban la más absoluta perplejidad (“las caras de palo más estiradas y suspicaces que he visto nunca”, declaró con posterioridad el guardia, quien afirmaba que no hubiera encontrado compañeros más impenetrables a la hora de jugar al póker), desde las autoridades españolas se decidió abordar el problema desde una perspectiva más sistemática. Es decir, el presidente del gobierno le empezó a pegar gritos al ministro, el ministro al secretario de Estado, el secretario al jefe de policía, el jefe de policía al comisario, y el comisario a los agentes, así hasta que quedó muy claro que el hecho de que cada uno de los subordinados obtuviera resultados era el único motivo que podría hacer que sus superiores dejaran tal vez de gritar. Y aquello debió estimular bastante a los agentes, porque lo cierto es que al poco tiempo empezaron a obtenerse pistas, ya fuera una minúscula fibra de tejido, una más que borrosa suela de zapato o un insignificante cabello. Lo cierto es que las evidencias resultaban (sobre todo al contrastarlas entre sí) sumamente contradictorias, pero obviando los incoherentes detalles, al sumar todas éstas, de una manera o de otra, apuntaban a un lugar que de puramente inesperado, ya constituía en sí mismo un indicio sospechoso: el cerro del Moro. A alguno le sorprendía que un acto tan revolucionario y al mismo tiempo tan altruista como el que había ocurrido en aquellos lares tuviera precisamente su origen en un lugar que no había destacado a lo largo de los tiempos por sus virtudes cívicas precisamente. Pero por otro lado, para los dignatarios políticos, aquella era justamente la punta de flecha que en aquellos momentos necesitaban para señalar con el dedo y mandar a la policía a castigar con mano dura a aquellos que estaban destinados –desde el momento en que aparecieron en escena- a recibir el escarmiento y servir de cabeza de turco. De nada sirvieron las llamadas a la precaución de los inspectores, argumentando que había que investigar más, que aquello debía tener responsables concretos, y que de nada serviría entrar a saco contra la población de todo el barrio, sino que tan sólo impediría actuar con la precisión quirúrgica necesaria para encontrar a los auténticos culpables, quienes quedarían confundidos con el resto de la barriada. Los concejales, obstinados, negaron con la cabeza; para un robo así tendría que haber intervenido mucha gente, y cuanta más mierda removieran, más posibilidades sabrían de sacar algo en claro. Con lo cual los inspectores se encogieron de hombros, dijeron aquello de donde manda patrón, etcétera, etcétera, y procedieron a llamar a los grupos de asalto, los cuales, por otro lado, se encontraban entusiasmados de poder participar.

                Pero las circunstancias cambian un poco cuando te vas a meter de verdad en harina. A pesar de los cascos y de las porras, de los escudos de material transparente, de los uniformes antidisturbios hechos para durar, entre los policías no circulaba mucha tranquilidad frente a aquel movimiento. Y quizás a ello contribuyera la aparente calma chicha del barrio, que permitía escuchar el sonido de los dientes castañetear en un radio de decenas de metros. Tanta placidez era sospechosa, y más todavía en aquellos instantes. Vale que el lugar era de común bastante desangelado de por sí. Vale que se vaciaba aún más cuando se olía la presencia de algún “pitufo”, y la verdad es que para eso tenían un olfato de lince. Pero esto… ni un alma en las calles. Ni un ama de casa tendiendo la ropa. Ni un jubilado comprando el pan. Aquello sonaba a la paz que precede la entrada a los cementerios. Tan sólo hubiera faltado el típico arbusto siendo barrido por el viento, como ocurre en los viejos pueblos del Oeste. Pero el capitán de la tropa no podía dar sensación de miedo ante sus hombres, así que ordenó avanzar. Y avanzar, y avanzar, y avanzar. Y aquello parecía tranquilo. Por un momento parecía que la cosa había funcionado. Así hasta que empezó a caer la lluvia.

                Sólo que en vez de agua, fue de cerámica, metal y madera.

                Cacerolas, tenedores, platos de barro, tostadoras, cuencos y clavijas; macetas cargadas de tierras, jarras llenas de agua, y botellas rellenas de aceite de oliva. Todo un repertorio entero de cocina le empezó a caer a los grupos de asalto desde arriba, desde las ventanas abiertas de los edificios de uno o dos pisos que dejaban un hueco para el cielo bajo el sol iluminado que ahora se oscurecía ante los ojos de los policías ante la batería de instrumentos con los que se hubieran podido cocinar un menú completo de banquete con postre y dos platos, más una riada de cubertería, de no ser porque les estaba golpeando encima de sus cabezas. Nadie pudo aclarar si aquella idea se le había ocurrido a los gaditanos espontáneamente o si en cambio alguien les sopló que sus antepasados lo habían hecho en su día hace doscientos años cuando por aquellas mismas calles entraron –con intenciones bastante idénticas- los soldados franceses napoleónicos (en verdad, aquel acontecimiento histórico ocurrió en un barrio de Málaga: pero, cuando se trata de malmeter para pegarse, ser fiel a la realidad se trata únicamente de una opción). El caso es que poco importaba: el barrio había emitido su dictamen y los policías se vieron obligados a largarse tan rápido como se lo permitieron las piernas. Mucho se discutió en días posteriores sobre lo que habían sentido en bloque los habitantes individuales de aquellas casuchas que a duras penas podían denominarse viviendas. Lo cierto es que el barrio siempre ha tendido a proteger a los suyos, incluso aunque en muchas ocasiones sean culpables (y especialmente, en ocasiones, cuando saben que los suyos son culpables). Pero aquello de cargarle el mochuelo al barrio, en general, cuando estaba claro que gente normal y corriente no había podido hacer esto, les resultaba no sólo absurdo e incongruente sino que además -y después de tanto trabajador despedido, de tanto inquilino desahuciado, de tanto jubilado que sostenía con su efímera pensión a la familia para intentar que al menos los más jóvenes tuvieran la oportunidad de salir del barrio-, aquello les sonaba francamente injusto y hasta macabro. Y por una vez el barrio, que lo había soportado todo demasiado adormilado y sometido hasta la fecha, había dicho basta y había decidido reaccionar. Nadie supo si era verdad que era alguien del Cerro el que había cometido aquel delito por el que se les invadía. Pero poco importaba: para lo sucesivo, era como si lo hubiera hecho, porque el responsable sabía que en el barrio siempre tenía refugio, y que como miembro del tal se podía considerar. Por primera vez en mucho tiempo, pudo decirse claramente aquello de que, de manera oficial, esa pequeña región del mundo se había convertido en zona tomada, independientemente de los órganos de decisión oficiales de la ciudad, de la provincia, del país o de la Unión Europea. El asunto de la roca sagrada quedó en suspenso, mientras ésta se marchaba de vuelta a su tierra junto con sus nietos sudamericanos. Y un rumor cada vez más insistente recorrió la atmósfera: había de verdad un héroe en el barrio. Nadie sabía quién era y todo el mundo se miraba receloso con una mezcla de intriga y desconfianza, preguntándose cuál de sus convecinos sería (en tono cariñoso) “aquel maldito cabrón”. Pero por encima de aquello, flotaba por el ambiente una –por novedosa- desconcertante sensación: el desconocido y sutil aroma, que hacía tanto tiempo que parecía desaparecido del barrio, que emitía el aliento de la esperanza. Un olor que se habían encontrado demasiado tiempo añorando, y que ahora se iban a empeñar con toda intensidad en volver a respirar.

(Nota: la historia de los indígenas venezolanos y la roca sagrada que creían su abuela es real. La roca fue expuesta en Alemania y, tras la queja de los grupos afectados, las autoridades germanas se comprometieron a buscar una solución favorable para ambas partes. No ha llegado a mis oídos si esta última ha llegado a concretarse).

¿CONTINUARÁ...?

martes, 15 de julio de 2014

El libro de julio: "El paraíso de las damas", de Émile Zola

Hoy os quiero hablar de un escritor que me ha impactado de una manera especialmente contundente en los últimos tiempos: el autor francés del siglo XIX Émile Zola, autor entre otras de la obra que nos ocupa, "El paraíso de las damas".



Zola es un autor muy especial por varias cosas. Lo primero de todo es que es uno de los que pueden presumir no sólo de haberse abstraído en el interior de sus libros (bien sabemos que a veces los escritores pueden parecer un poco ensimismados y ajenos al mundo, como dialogando con las musas entre las nubes), sino también por involucrarse en los problemas de la sociedad que le rodeaba. En este caso, Zola lo hizo en sus novelas, y también con su vida, con su -reiteradamente estudiado desde entonces- artículo periodístico "J'accuse!" ("¡Yo acuso!"), en el cual defendía al militar Alfred Dreyfuss de acusaciones motivadas únicamente por su condición de judío, inaugurando el género de la columna de opinión como una forma de periodismo que trataba no sólo de informar de lo que pasaba, sino influir en la opinión de sus ciudadanos y, de esta manera, contribuir a reparar las injusticias existentes. Zola lo hizo, como decimos, desde una hoja de un periódico, y también desde sus novelas. Y al hacerlo, se lo planteó desde un punto de vista sistemático: no concebía cada libro como un ente aislado sino que, con cada una de ellos, pretendía colocar una tesela de un mosaico, un cuadro absoluto que sirviera de visión global de las principales angustias, dramas y condiciones de la sociedad francesa de la que fluía. Y para ello, tomó de base a una familia concreto, y en cada novela fue retratando a uno de sus miembros, que a su vez definía un estamento de la sociedad, un modo de vida: un día, los maquinistas; otra, los trabajadores de la mina; otra, la clase proletaria en su conjunto, y así sucesivamente.

Zola pertenecía a la corriente literaria del naturalismo. Ésta se considera una prolongación del realismo, el cual, en la segunda mitad del siglo XIX, pretendía describir, a modo costumbrista, la circunstancias del entorno en el cual se hallaban sumergidos sus autores. Hasta ahí, los puntos en común; la diferencia es que el naturalismo buscaba ir más allá y ahondar hacia los recodos más oscuros y las más vibrantes pulsiones del corazón del hombre. En este sentido, podría decirse (al igual que hizo Beethoven en música con el neoclasicismo, al que explotó hasta sus límites de una manera tan abrupta que consiguió romper el molde, abriendo el paso al romanticismo) que los naturalistas consiguieron girar la rueda hasta acercarse en muchos aspectos a los antecesores de los escritores realistas, en este caso los románticos, que en Francia representarían Dumas y Víctor Hugo. Ejemplos de naturalismo en España tendríamos a Vicente Blasco Ibáñez, que nos regaló, entre otros, su estremecedor "Cañas y barro" -otro libro muy recomendable-, o a Emilia Pardo Bazán, adentrándose ya incluso en el género del terror.

Pero volviendo al tema, como decíamos, Zola lo quería describir todo: es decir, todo de verdad. Aspiraba a desgranar cada uno de los aspectos de la realidad, no sólo asignando una problemática concreta a cada novela, sino dentro de cada una, tomar todos los posibles puntos de vista y personajes y reflejar sus vivencias y su opinión, hasta que el lector pudiera hacerse una idea de cada uno de los aspectos que debían tomar en consideración. En definitiva, aspiraba a hacer un relato completo de su tiempo, como intentó Víctor Hugo con "Los Miserables" o como aquel mapa del que Borges hablaba que estaba construido a escala 1:1. Hablando sobre Zola con un especialista en escritores franceses del siglo XX, este amigo me comentaba que, para autores posteriores, aquella pretensión les parecía ingenua. Es entonces cuando empiezan a aparecer otro tipo de literaturas que destacan la subjetividad de los hechos en función de quien los presencie, la importancia de la perspectiva, la imposibilidad de conocer la verdad al estar siempre narrada a partir de los ojos de otro. Sin embargo, no creo que ambas actitudes -la de Zola y sus detractores- sean incompatibles. Zola y los escritores de su generación tenían que hacer todas esas cosas y entonces, sólo entonces, se podría dar un paso adelante. O no puede existir el barco a vapor sin antes construir la balsa. Y en literatura, suele ocurrir que ninguna visión es la correcta, sino que todas apuntalan apasionantes puntos de vista desde los que comenzar a hablar.

La obra más conocida de Zola es "Germinal", ambientada en la paupérrima atmósfera de la vida en un poblado minero. La importancia de esta obra fue tal que, cuando Zola murió, una gran manifestación de trabajadores de las minas acompañó su féretro, gritando emocionados: "¡Germinal, Germinal!". Zola tuvo problemas para publicarla pues se le acusó de socialista; Zola negaba estas acusaciones argumento que el mensaje principal de la obra no era político, sino acerca de la dramática miseria de los hombres de este oficio. Lo cierto es que Zola es imparcial en el sentido de que reparte estopa contra todo el mundo: contra los capitalistas, los sindicalistas, y también sobre los defectos de los obreros (muchos de ellos influidos por las condiciones tan terribles en las que viven). Al analizar con lupa escrutadora cada detalle de sus personajes, los expone con sus grandezas, y también sus motivaciones más viles. En ese sentido, Zola -el gran autor de la novela social que surge y se plantea como una necesidad para el mundo-, no es sin embargo un hombre que diserte desde un bando: es muy crítico con el papel de la Internacional, hubo bastantes cosas que le desagradaron de la Comuna (un experimento en el París tras la Guerra Franco-Prusiana a medio camino entre el marxismo y el anarquismo), y en "El Paraíso de las Damas" (novela a la que llegaremos más tarde, permitidme tan sólo este ligero apunte) se coloca en mi opinión excesivamente a favor del dueño de los grandes almacenes al destacarle como motor del progeso. Pero en "Germinal" quedan bien claras sus intenciones: no odia ciegamente y sin razón a "la parte de arriba" de la pirámide, la burguesía, y -aunque también expone a individuos maleficos y carentes de todo escrúpulo- en muchas ocasiones les muestra como personas que simplemente buscan obtener una tranquilidad para sus vidas o incluso pequeños empresarios que arriesgan sus rentas en el negocio. Sin embargo, contra lo que sí está radicalmente en contra Zola es contra "el sistema", la organización de la sociedad en su conjunto, lo que permite que nuestro mundo sea así, y sobre todo contra la injusticia que esto supone. Y, desde ese punto de vista, siempre se va a poner del lado de los desheredados, de los oprimidos, de los maltratados por la sociedad. Y, al mismo tiempo que muestra a burgueses aparentemente pacíficos, también será capaz de señalar su hipocresía al permitir que, a pocos metros de distancia, sus semejantes padezcan situaciones que serían impensables para el más degradado de los animales. En ese sentido, Zola es un humanista, que se pondrá siempre a favor del hombre, que no puede soportar la existencia alienada de los obreros, y por tanto eso le acercará a los ebullentes movimientos de izquierda de su tiempo, aunque Zola, tras su experiencia, desconfíe de muchos de sus líderes. Desde esa óptica, el pensamiento de Zola puede parecernos muy moderno, y es que en muchos sentidos (y más ahora, tras la llegada de la crisis económica a Europa y un cierto retorno a situaciones propias del siglo XIX), el escritor francés describe problemas muy actuales con los que claramente podemos sentirnos identificados. Pero ya insistiremos en ese aspecto más adelante.

Otra de las cuestiones importantes de la forma de escribir de Zola es el empleo que hace sus personajes: múltiples y poliédricos, cubren todo el espectro de las emociones ante una determinada situación concreta. Las piezas, además, todas útiles, encajan con precisión, como las manecillas de un reloj, para llevarnos a un desenlace siempre brutal y apasionante. Esto, además de en "Germinal", se puede ver muy destacadamente en "La Bestia Humana", para mí incluso mejor novela que la primera. Sin pretender contaros demasiado (porque es de estas historias ante las que es bastante mejor no leer muchas sinopsis antes), un detalle interesante de este libro es que a partir de él se han hecho dos adaptaciones cinematográficas, dirigidas además por dos directores de prestigio como Jean Renoir y Fritz Lang y, sin embargo, ninguna de ellas ha estado del todo a la altura. Seguramente, esos sellos tan "naturalistas" de los que hablábamos antes, el uso del erotismo, de la violencia, de las implicaciones psicológicas de los personajes y de sus actos, y de cómo todo esto sirven a la trama, son muy difíciles de plasmar sobre la pantalla cinematográfica, y más con los códigos de censura de la época. De hecho, algunas de las imágenes más espectaculares no podrían haberse recreado sino con un gran esfuerzo de fotografía y efectos especiales. Quizás algún futuro remake le haga justicia. Mientras tanto, a todos nosotros nos quedará el libro.

Y finalmente, entramos en la novela de la que quería hablar desde el principio, aunque la haya dejado para el final. Es la menos conocida de las que hemos hablado hasta ahora, y yo no diría que es mejor que las otras dos. ¿Por qué las recomiendo entonces? Primero, porque seguramente no escucharéis hablar de ella por otros sitios. Segundo, porque me la recomendó una amiga que siempre me ha propuesto sugerencias interesantes en cuanto a la literatura y el arte en general, y además supuso mi primera incursión en el universo de Zola. Y tercero y principal, porque "El Paraíso de las Damas" contiene algunos elementos únicos. Ambientada en el nacimiento de los primeros grandes almacenes (los "Corte Inglés", las "Lafayette", los "Harrods" de turno), la historia contiene de manera destacada algunos de los elementos de modernidad tan característicos de los que habíamos hablado antes. La visión de una indefensa muchacha que debe abrirse paso en medio de la vorágine de la gran ciudad, las mezquinas intrigas entre las dependientas de los grandes almacenes, el impulso imparable del jefe de la compañía y, especialmente, el gradual pero inexorable declive de los pequeños comercios, conduciendo a situaciones angustiantes sobre todo debido a la incapacidad de estos últimos hacerle frente, en una guerra de precios, al monstruo comercial que están contemplando ascender sobre sus cadáveres justo delante de sus ojos. Aunque ambientada en un entorno que seguramente a muchos no nos resulta muy cómodo (yo soy de los que hay que traerles a rastras para ir de compras), y aunque ya he comentado que no me convence del todo cómo trata al jefe de los almacenes (ni tampoco ciertos aspectos de la protagonista) lo que no cabe duda es que se trata de una novela bien construida, que trata determinadas cuestiones acerca de las cuales no se suele hablar mucho en otros libros, y, bueno, puede ser (como me fue a mí) un buen punto de partida para comenzar a leer a este excelente autor. Y ya me comentáis si la sugerencia ha sido fructífera.
Pasad una feliz semana, y buenas lecturas.