lunes, 12 de noviembre de 2012

La historia real de noviembre: "No lo hice por mi familia"

No lo hice por mi familia

            Hoy toca hablar de un personaje peculiar donde los haya. Genio, seductor, brillante, loco (¿quién de los que posee los tres primeros adjetivos no contiene parte del cuarto), derrochador de estilo y de vida, provocador y opuesto al sistema, azote de las normas establecidas, y por encima de todo, un profundo desdichado. Se llamaba Oscar Wilde.

            El destino de Wilde se ve abocado a la tragedia ya desde su mismo nacimiento. Es hijo de una destacada nacionalista irlandesa, la cual lamentaba profundamente no haber tenido una niña en lugar de un varón, y trata de compensarlo vistiendo a su descendiente de niña. Probablemente en este momento ya se marcó de manera indeleble la naturaleza de la existencia de Wilde, no tanto como homosexual, sino como ficha fuera de juego, nacido varón en lugar de hembra, en el siglo equivocado en el país equivocado. Un par de milenios antes, un siglo y poco después, Wilde hubiera tal vez sido dichoso. Pero nuestro joven Óscar, vestido ahora con traje de muñecas, no es capaz de predecir un negro y tortuoso futuro: aunque quizá en el fondo de sus infantiles sopas, comience a vislumbrar sombras...

            Hay dos maneras de asumir la diferencia: ocultarla y enterrarla para siempre en un zulo, o exhibirla y presentarla como un auténtico distintivo y punta de lanza. Wilde optó por esto último. Vestía chaquetas de terciopelo de vivos colores (rojos, verdes, explosivos rosas). Se paseaba con un girasol en la solapa y marcando tendencias en la moda, variando cada semana, incluso en el mismo día. Como era natural, ese tipo de comportamiento en la Inglaterra victoriana, tan cercana en algunos aspectos al mismo Medievo, no era demasiado bien acogida. De hecho, un grupo de compañeros universitarios de Wilde le alzaron en grupo y le arrojaron al río, a lo cual el escritor respondió con un irónico comentario acerca del excelente estado del agua, invitando incluso a sus rivales a que disfrutaran del baño. Así era Wilde: de cada humillación, hacía una exaltación de sí mismo. Lejos de agachar la cabeza, la elevaba casi hasta el cielo. Su pecado preferido, por supuesto, era la soberbia.

            De hecho, cuando llegó a los Estados Unidos, dispuesto a hacer explotar su fama como escritor y como hombre del momento, y le preguntaron si tenía algo que declarar, éste sólo afirmó, con entusiasmo, “Nada, salvo mi genio”. Era ingenioso y agudo, sutil y mordaz en sus comedias, y él lo sabía, y estaba dispuesto a venderse caro por ello. Se convirtió en un artista de éxito, presumía de un arte estéril y sin funciones políticas, puramente inútil y anhelante de la belleza en sí misma, y puso de moda todo un estilo (imitado por buena parte de la juventud) de pensamiento, en el vestir, y en el comportamiento como dandy. Pero incluso al más cabeza loca le toca sentar la cabeza, y Wilde, como todo caballero inglés, se acaba casando y teniendo hijos. Comienza quizás la etapa más rutinaria y aburrida de la existencia de este ser excepcional: ejerce como periodista, vive de manera asentada y burguesa. Pero eso sí, empieza una novela. Se llama "El Retrato de Dorian Gray", y es una obra maestra, dicen que la mejor novela en literatura inglesa. Y al mismo tiempo, y con el paso de los años, va descubriendo un nuevo aspecto de su vida, una caja de Pandora que ya no podrá cerrar.

            Un compañero mío tiene una curiosa teoría. Han sido muchos los críticos que han argumentado que con Dorian Gray, aquel individuo que disfrutó el privilegio de ser eternamente joven, Wilde manifestó una de sus más oníricas aspiraciones. Hasta ahí, estamos todos de acuerdo. Mi amigo llega un paso más allá. Explica que en realidad, y aunque fuera de manera inconsciente, Wilde reflejó en Gray buena parte de lo que había en él mismo. Según mi compañero, Wilde, como Gray, abusó en su juventud de su extrema belleza y de su condición de dandy, y fue como él, demasiado cruel, demasiado orgulloso y demasiado egoísta, y quizás el tándem Wilde-Gray pensara, al final de su vida, que si hubiera pensado menos en él mismo y más en los demás, quizás le hubiera ido mucho mejor. Personalmente, me resultaba particularmente difícil creer que un hombre fuera capaz de autoinculparse de esa manera, fuera de forma consciente o inconsciente, pero luego mi amigo me recordó el hecho de que Wilde murió de sífilis. La teoría me entusiasmó, y fue entonces cuando me propuse profundizar en la vida de Wilde.

            No obstante, analizado este punto, creo que la teoría de mi amigo no puede considerarse correcta del todo (aunque, en honor al rigor, bien pudiera ser que el equivocado fuera yo: mi conocimiento de Wilde no es tan exhaustivo como el de un biógrafo). Para el momento en que Wilde empieza a redactar El retrato de Dorian Gray (inspirado, efectivamente, por el comentario de un pintor acerca de la belleza de un joven que retrataba, y la posibilidad de que la eternidad del cuadro se transfiriera de manera perenne al joven), Wilde está felizmente casado, manteniendo una vulgar y anodina existencia similar a la que practican las personas que más aborrecen su modo de vida, y todavía no ha tenido tiempo de arrepentirse de su alocada vida pasada. Las consideraciones morales de este relato tampoco parecen tan imprescindibles en el análisis, ya que el propio Wilde, en un prólogo al libro que pretendía suavizar las críticas escandalosas que provocó la historia (donde entre el cínico lord Alfred y el joven Gray se da lo que constituye bastante claramente una relación entre joven y hombre maduro), afirma que los libros no son “buenos” ni “malos”, ni éticos ni malsanos, que el arte no tiene función para con la moral, que tan sólo existen, en la liteatura, la belleza, y la fealdad, y que si alguien encuentra maldad en las cosas bellas, es su ojo el que está viciado, y no el de la obra. A Wilde parecen interesarle más bien poco los aspectos moralizantes del relato, y por eso, aunque narra una historia cuyo germen y desarrollo serían más propios de Poe o de Stevenson, las consideraciones morales se convierten en una pura excusa para describir otra serie de cosas que sólo el genio atormentado y sufriente de Wilde podía escribir. De hecho, y volviend al tema de la autobiografía, la sífilis la adquiere probablemente poco después del inicio de la escritura del libro, y es justamente al final de la redacción de este cuando Wilde comienza a darse cuenta de que la existencia dentro de su matrimonio no le reporta toda la felicidad que quisiera y comienza a frecuentar ocultos y anónimos círculos de relaciones con hombres. Desconocemos en gran parte cómo serían ese tipo de contacto: hoy en día, en que las cosas son más explícitas –aunque no por ello, desgraciadamente, menos terribles de desvelar ante la opinión pública-, dos personas de tendencias homosexuales pueden conocerse a través de Internet, o incluso, de manera más tórrida, encontrar lugares comunes donde desconocidos sin riesgos pueden practicar sexo ocasional con el que dar rienda suelta a sus emociones ocultas. Pero estamos hablando de una época, y de una sociedad, muy distinta a la que vivimos en estos inicios de siglo XXI. La sociedad victoriana, y su prolongación eduardiana en el tiempo, era, en el fondo, un profundo gueto cerrado, un conjunto urbanizable rodeado de setos, detrás de los cuales, como en las novelas de Isabel Allende, se escondían las más terribles torturas. Lo importante no era lo que se hacía, sino lo que se decía, no lo que se era, sino lo que se aparentaba. Una sociedad llena de buenas maneras y convencionalismos sociales, que ocultaba detrás de sí mucho barro y mucha hipocresía, que admitía tan sólo un molde por el cual hacer las cosas, y a todo aquel que se saliera de él le atacaba, como a una galleta mal hecha. Así, entre tazas de té y gestos de amaneramiento, esta sociedad fue capaz de reventar como si se trataran de bueyes a los esclavos que adquiría en territorios colonizados, de instigar un profundo racismo de clases entre las carreras de caballos y los barrios industriales, y de albergar en su interior, aún escondidas, intenciones eugenésicas, y ciertas veleidades a favor de un futuro movimiento nazi. En realidad, el carácter de esta sociedad no era sino una extensión de la caracterísitica flema y superioridad británica (pecado de superioridad en el que, de un modo u otro, hemos caído buena parte de los pueblos), impulsada por el hecho de un imperio universal, y que se manifestó en actitudes tales como considerar las hambrunas en Irlanda un castigo divino en pago con la desidia del pueblo pelirrojo, o en bautizar barcos cada vez más grandes como los más imposibles de hundir en el mundo. Aquella situación, por supuesto, como todo estado totalitario y absoluto, atenazaba a las individualidades, e impedían que éstas florecieran, las forzaba a marchitarse. Virginia Woolf (otra de las grandes excluidas) en su obra Orlando, de profundos tintes homosexuales, describía de manera alegórica el completo siglo XIX como una gigantesca enredadera que había invadido el mundo, llegando hasta las mismas alturas de haber ocultado el sol, e impedir que la tierra disfrutara de él. El cristianismo vil que se practicaba, de cruz y de espada, rechazaba por completo las relaciones homosexuales, y consiguió que se prohibieran legalmente –en el caso del lesbianismo, ni siquiera eso: la reina Victoria, cuando se lo propusieron, afirmó que era inconcebible que dos señoritas realizaran actos de ese tipo-, con lo cual a un homosexual, en esta época, se le hacía absolutamente imposible llevar una vida normal, pues en cada avance, en cada paso, se encontraba con un escalón traicionero, con un muro insalvable, que no era capaz de escalar. Un gay, en esta época, no tenía otra salida que ocultarlo, o llevar su pasión en secreto, y de hacerlo, exponerse siempre no sólo a la vergüenza de ser descubierto, sino a la propia culpabilidad que la sociedad le había implantado, que le hacía considerarse un ser odioso y un pecador contra Dios y contra el hombre, alternando (suponemos, sobre todo, en el caso de Wilde), la rebeldía contra el sistema y contra toda la sociedad victoriana, con un profundo desprecio por sí mismo y su autoconsideración como ser amoral y depravado. ¿Se escondía detrás de todo el narcisismo de Wilde, después de todo, una deprivadísima autoestima? Quién sabe. Como decimos, esta situación de autoflagelamiento probablemente haría que las relaciones entre hombres (en ese oscuro ciclo detrás de las paredes de las mansiones victorianas), no llegaran a ser tan profundas como actualmente, sino que se limitarían a una relación de camadería y de amistad entre varones, de la misma manera en que lo hacen Aquiles y Patroclo, o los propios Gray y lord Alfred, casi siempre con el mismo estereotipo, la madurez experienciada frente a la bisoñez, con el único valor de su propia juventud. Pero volviendo a El Retrato, la teoría de mi compañero se vuelve mucho más extraordinaria si pensamos en Dorian Gray no como una representación de lo que le ha ocurrido a Wilde, sino más bien, de lo que le ocurrirá. Será un Wilde mucho más añejo, mucho más maltratado, el de la Balada de Reading o De Profundis, el que manifeste abiertamente los errores que cometió en su vida pasada, y las profundas consecuencias a las que le ha llevado -sobre todo- confiar en personas en las que no se debería haber apoyado. Será entonces cuando comience a manifestar los síntomas de la sífilis, y cuando, por aquella época, añore esos días de egocentrismo y de rosas en los cuales se sentía tan bien y que fueron, sin embargo, la base de su perdición. Pero no sería extraño considerar que Wilde, en cierta medida, ha sido capaz de ir más allá, y de retratar, quince años antes, no lo que es, sino lo que acabaría por ser. El médico Trousseu descubrió un síntoma, prototípico del cáncer de páncreas, que se acabaría encontrarndo en él mismo años después. El propio Delibes, en La hoja roja, describe la vida de un anciano que se ve morir, y acabaría convirtiéndose, en la senectud, en protagonista de su propio libro. Tal vez, incluso más clarividente, conscientemente o por casualidad, Wilde no contó lo que era en ese momento, sino que describió, a priori, la situación que acabaría por sufir, anticipándose en varios años a su propia vivencia. Convirtiéndose, sin quererlo, en el monstruo que acabó soñando, y que nunca meditó si podía ser. Encarcelado entre rejas de terciopelo por un pecado que hoy en día no hubiera sido sino una existencia corriente, sino, incluso según en que círculos, un modo de obtener el estrellato. Como decimos, Wilde se equivocó de siglo. De haber nacido con Isabel II, quizás no sería tan famoso, tan sólo un presentador de televisión de cierto renombre: pero hubiera sido más feliz.

            (En estos momentos, y aunque aparentemente no venga muy a cuento, me viene a la mente una escena de JFK: en ella, el personaje de Joe Pesci, un conspirador sádico y acelerado, el cual se dedica a avanzar en todo momento a mil revoluciones por minuto, y que consciente de que esa noche va a morir, recita como una plegaria estas palabras, y al hacerlo su tono se enlentece por primera vez en toda su frenética huida: “Yo quería ser sacerdote. Orar. Rogar. Amar a Dios. Pero sólo tenía un defecto... –dice entre lágirmas-. Un único y jodido defecto...” Nos es difícil de creer, hasta inverosímil, que un asesino enajenado y apegado a todos los vicios como el que interpreta Joe Pesci fuera a convertirse en una hermanita de la caridad sólo porque los sacerdotes hubieran dejado de lado su homosexualidad: de hecho, y con su peluquín de brillante cabello rojo, me lo imagino más siendo acusado de pederastia y protagonizando un sonoro escándalo eclesiástico, años después. Pero es curioso pensar la manera en que la simple cuestión sexual referente a una persona puede alterar de manera absolutamente radical su modo de vida, y conducirle desde la paz y la tranquilidad de la oración a una paranoica comedia dirigida a asesinar a todo un presidente de los Estados Unidos. El caso, aunque lejano, podría ser comparable al de muchos homosexuales hoy en día, y también al de Óscar Wilde. En muchos casos no se trata de la vida que les tocó vivir: sino la existencia que, después de todo, y en este caso de verdad contra natura, como introduciendo a golpes un cuadrado metálico en un círculo, les hizo comportarse de una manera, que hubiera sido la única posible: y la sola forma de actuar era explotar).

            La cuestión es que Wilde entra en el círculo gay del momento, y entonces, poco después de la finalización de la obra por la que es más conocido, conoce a “Bossie”. Bossie en realidad el apelativo cariñoso del aristócrata Alfred Douglas, bastante más joven que Wilde en esos momentos. Junto a él, el escritor irlandés encuentra su alma gemela, la persona con la que quiere compartir, más allá que con su esposa y con sus hijos, una forma de comportarse que es más real y más auténtica que la que le obliga a llevar la sociedad debido a su cortedad de miras. Bossie y Oscar pasean, almuerzan, comparten conversaciones y una casi convivencia juntos, y aunque luego Wilde se quejaría de la volubilidad y el comportamiento caprichoso de su compañero durante estos encuentros, no podemos dudarlo, en aquellos momentos, era feliz. No obstante, la felicidad para algunas personas, como casi siempre, no puede durar demasiado: ya se encargan de destruirla los demás.

            Efectivamente: en 1895, el padre de Bossie, lord Douglas, que ha seguido la relación de Wilde con su hijo y no la aprueba con buenos ojos, se atreve a dar un último paso, y le entrega una notita en mano a Wilde en los baños públicos. La nota le acusa, literalmente, de “sondomía”. Así, con falta de ortografía y todo. La historia se podría haber quedado allí simplemente, y no seguir mucho más, tan sólo por el hecho de que a la sociedad victoriana no le gustaba demasiado airear esta clase de asuntos. Pero no a Wilde. No con Wilde. Terriblemente aconsejado, probablemente llevado por ese espíritu que le acompañaba desde su niñez y que le obligaba, como Cyrano, a no ocultar sus defectos, sino a probar que eran superiores a cualquiera de las virtudes de sus coetáneos, Wilde demanda a lord Douglas por injurias. Comienza entonces un juicio, efectivamente, o más bien, un escarnio público. Sólo que el animal desnudo que va a quedar ensangrentado en mitad de la plaza, aquel al que la multitud va a gritar y pedir que le arrojen las picotas, no va a ser lord Douglas, sino él.

            Porque las acusaciones a lord Douglas, un reconocido miembro de la sociedad británica, se difuminan rápidamente, y se vuelven entonces en una terrible acusación contra Wilde, la de tendencias homosexuales. En aquella época, no existía la idea de que pudiera existir una personalidad homosexual. Se sabía de actos homosexuales, de comportamientos y de gestos, pero no formaba parte de las creencias de esta sociedad abigarrada el que un ser humano pudiera constituirse así, de esta manera, de tener adquirida de manera natural y consustancial el gusto por los hombres como parte de sí mismo. La homosexualidad era un delito, como el robo o las tendencias homicidas, y por tanto, como todo delito, tenía sus inductores, que por tanto debían ser condenados culpables. Para la alta sociedad británica, era mucho más fácil señalar a una sola persona como perversor y corruptor de la juventud (a la manera de Sócrates), que reconocer que algunos de los Bossie, los Johnnie, los hijos de los lores (y algún hombre adulto), tenían una pulsión inconfesable e irreconocible dentro de su interior, y que por tanto la completa sociedad del Imperio que había conquistado el mundo, desde sus más profundas raíces, se encontraba construida a base de madera podrida, y por tanto ponía de manifiesto la absoluta falsedad de unas convenciones y todo un orquestamento social refugiado en sí mismo a cuya intolerancia sólo un par de guerras mundiales, y muchos mártires sacrificados, fueron capaces de derribar. Y Wilde, además, era el arquetipo ideal del chivo expiatorio: con su forma de ser exagerada e histriónica, su ego narcisista y sus chaquetas de terciopelo y sus flores, constituía el puntal ideal a quien culpar de todos los males de esos chicos desviados (por supuesto, no era suya la culpa, sino del monstruo que les manipuló), y de paso cercenar de raíz un movimiento, el de la numerosa caterva de jóvenes que habían tomado como modelo a Wilde, a quien muchos miraron con recelo desde el principio, y sobre el cual las calvas cabezas cubiertas de empolvadas pelucas pretendían triunfar. La sociedad impuso su reto, y Wilde lo aceptó: y lo hizo, como siempre, a su manera. Como hacía todas las cosas.

            Convirtió el juicio en un espectáculo, en un show de ingenio y un duelo de mentes. A la pregunta del fiscal de si prefería la compañía de un hombre joven, Wilde declaró que le entusiasmaba más media hora con un hombre joven que un largo interrogatorio, incluso aunque fuera del señor fiscal. Sobre la cuestión del juez acerca de ciertas ideas suyas sobre Dios, contestó “He dicho que el mundo acabaría pronto, porque la mitad de la humanidad ya no creía en Dios, y la otra mitad no creía todavía en mí”. Y lo peor fue cuando los procuradores quisieron demostrar que mantenía relaciones con jóvenes a partir de uno de sus poemas. En respuesta a esto, Wilde lanzó una hermosa, vibrante, maravillosa disertación en favor de la amistad masculina, tratando de ensalzar el valor de ésta en sí misma, pero lo peor es que cuanto más ardientemente defendía su causa, cuando más febril se hallaba en su discurso, más convencidos se encontraban los escandalizados responsables de su futuro de que Wilde se había acostado continuamente con hombres. Al día siguiente, además, se trajeron testigos de las correrías nocturnas de Wilde, y allí el héroe se derrumbó: ya no pudo hacer nada. Fue condenado a dos años de trabajos forzados en la cárcel de Reading; ni tan siquiera trató de huir, para lo cual le ofrecieron ayuda sus amigos. La sociedad, como una célula a un parásito, lo había expulsado definitivamente de su círculo. En un mundo como éste, aquello equivalía a la muerte. Como Fouché de las conspiraciones napoleónicas, sufrió el fantasma del desierto. Por fin se había cumplido aquel sueño del entorno social que le había albergado: un rechazo que Wilde había denunciado en muchas de sus obras de teatro, y que de manera concluyente, por fin se había manifestado con todo su dolor.

            Podemos imaginar los años terribles de Wilde en la cárcel, él, todo un dandy y un aristócrata, un alma sensible y poética, dedicado a arrastrar pesadamente una rueda en un estéril y sombrío trabajo, rodeado de hombres pertenencientes a la peor calaña. Se encuentra deprimido y hundido. Escribe La balada de la cárcel de Reading, y De Profundis, una carta de queja y lamento ante Bossie (el cual se había refugiado detrás de las faldas de su padre, y renegado completamente de Wilde y de sus actos; luego, más adelante, quizás arrepentido, y como Wilde, se adhirió a la fé católica), quizás la más terrible misiva de amor despechado jamás redactada, reprochándole sus veleidades, sus inconsistencias, cuán falso era probablemente el amor que decía sentir por él (y aunque nunca expresa abiertamente estos sentimientos, probablemente acostumbrado a tapar todo con una cortina de amistad, tal y como exigía la sociedad del momento, el lenguaje no deja dudar a duda: nos hallamos ante un mensaje como el que podría haber tenido lugar entre una Madame Bovary y uno de sus amantes). Durante estos momentos, en los cuales hasta el habla le está en algunos momentos prohibido, Wilde siente sin duda el impulso de suicidarse. Una vez se le quitan las ganas cuando escucha, mientras pasea por el patio, unas palabras de labios de los rudos presos: “De todos los que estamos aquí, el señor Wilde quizás sea el que más sufra de todos nosotros”. A lo cual Wilde, sin volverse, negó con la cabeza en un gesto de humildad, “Todos somos igualmente desgraciados”.

            Luego el preso de la cárcel de Reading, celda C-33 (se haría una novela de H. Crane con este título) sale a al calle, y se autoexilia a París. Allí, lo que está viviendo de verdad es una muerte premeditadamente buscada y silenciosa, un auténtico suicidio en vida. Vaga errático, camina consumido además por una sífilis que le matará en pocos años. Se cambia de nombre –terrible es cuando pierdes incluso aquello que más invariablemente durante toda tu vida te ha definido-, y pretende que le olvide todo el mundo. Para los demás, está muerto, y sólo queda consumar el acto definitivo, el hecho en carne. De hecho, está a punto de hacerlo, de arrojarse al agua mientras contempla una noria batiendo en el río, pero entonces se le acerca un vagabundo, que se encuentra mirándole y también a la noria, y Óscar le pregunta, descarnado: “¿Qué?¿Usted también está desesperado?”, a lo cual el miserable le contesta, admirando su cabeza: “No, señor. Me encanta el ondulado. Soy peluquero”. A Wilde le chocó tanto la respuesta, que se le pasó el coraje, y se le quitaron las ganas de suicidarse.

            Wilde murió el 30 de noviembre de 1900, sin ver alumbrar el cambio de siglo, en el hotel d´Alsace de París, de una meningitis cerebral. Bossie se portó mucho mejor en la muerte que en la vida, y pagó los costes de Sebastián Malmouth, el último alter ego de Wilde. Sobre su mayor amor, el escritor irlandés lo resumiría todo en una frase “la diferencia entre una pasión y un capricho, es que el capricho dura un poco más”.

            Pero, ¿y su familia?¿Qué ocurrió con ella? Ocurrió que sufrió. Que tuvo que afrontar el escarnio público, otro cambio de nombre, y que su mujer (la cual murió antes de que Wilde saliera de la cárcel) tuviera que aceptar no que Óscar amara a otros hombres, sino sobre todo, que se amara más a sí mismo, hasta tal punto que fuera capaz de arriesgar en el altar público de un juicio toda su estabilidad y la de su familia, importándole tan sólo su propio ego malherido, sin considerar el futuro de las personas que le rodeaban –incluyendo también las de su propio círculo clandestino gay, los cuales también fueron afectados por su caída-. De este hecho puede considerársele en parte culpable a la sociedad de aquel tiempo (muy similar en ese aspecto a la de ahora), la cual fuerza a los homosexuales a casarse contra natura como coartada para su crimen, y hace que luego, al tener que ceder -como es lógico e inevitable-, a lo que verdaderamente sienten, acaba generando a veces situaciones como el maltrato, la traición o la desdicha (el propio Wilde afirmaría: "Todos los hombres han vivido su propia vida y han pagado un precio por ello. Lo único lamentable es tener que pagar tantas veces por un solo error."); pero no podemos excluir en ello la responsabilidad individual de Wilde. Como llegó a decir Frank Pittman[1] sobre este asunto, “los que sólo tienen en cuenta sus propios sentimientos deben de llevar una vida terriblemente solitaria”.

            Hay un caso parecido, con el cual podríamos, y quizás debiéramos establecer una cierta analogía. Se trata del de Tolstoi. Este escritor ruso se caracteriza, sobre todo, por un profundo y anegado cristianismo, pero no aquel falso y pomposo de la Inglaterra victoriana, sino uno de verdad, que pretendía un profundo cambio de las injusticias y desigualdades sociales. Tolstoi, un hombre de gran misticismo, fue el inspirador, a través de numerosas cartas con Mathama Gandhi, de buena parte del ideario que inspiraría su posterior lucha en Sudáfrica y en la India a través de la no violencia. Defensor de las clases bajas y de los endeudados campesinos, encontraba, sin embargo, una incoherencia entre los ideales sociales que proclamaba, y la clase social pudiente a la que pertenecía. Por eso, en el final de su vida, buscó vivir en el mayor de los recogimientos y separación de los esclavismos terrenales, e incluso le pidió a su mujer que renunciaran de manera implacable a la completa totalidad de sus riquezas materiales. Ésta se negó, de manera rotunda, y Tolstoi, enfrentado a una disputa doméstica y moral tan grande como la invasión de Rusia por parte de las tropas napoleónicas, huyó en mitad de la noche, escapando de su familia para acabar por morir tres días después en una remota estación de ferrocarril de alguna parte de Rusia, víctima de una neumonía, acompañado tan sólo (entre sus allegados) de sus médicos personales, y de su hija menor. Tolstoi mencionó en alguna ocasión: “las familias felices son todas iguales; las infelices lo son cada una a su manera”.

            Dos hombres que decidieron poner de lado a lo que la mayor parte de la humanidad considera su bien más preciado, la familia, a cambio de dos cosas distintas, pero semejantes. Tolstoi, sus ideales morales y sus principios (esa vieja disquisición entre ética para los seres cercanos y para los lejanos). Wilde, quizás su ego, su narcisismo, pero también, el derecho que tenía a vivir una vida que era suya y que unos factores externos, abductores de la libertad individual y los derechos, le pretendían arrebatar. Probablemente las acciones de estos dos hombres no sean igualmente juzgables: pero ambos se vieron arrastrados, por impulsos más fuertes que ellos mismos, a poner en segundo plano a un grupo de personas, a los que es seguro, tanto Tolstoi como Wilde (incluso a pesar de su homosexualidad), amaban, y no por tener otro destino dejaban sin duda de apreciar, y de sufrir por su destino. Como el mismo Wilde aseveró, “Cada vez que un hombre hace algo absolutamente absurdo, tiene siempre los más nobles motivos”. Óscar y León no se conocieron, pero como El guerrero y la cautiva, forman dos caras de una moneda en cuyo retrato, sin embargo, no se esconde Dios. Un Dios que no permitió que Tolstoi viviera en paz consigo mismo, y que condenó a Wilde a la ignominia, pese a que, en el principio de los tiempos, Él también amó a Adán...




[1] “El narcisismo como vía de escape de lo común y de lo corriente”. La nueva comunicación, artículos on-line, Famosos por ser como son.

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